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Idelosan
Mensajes: 1.315
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008

Historial recopilatorio del concurso de relatos

21 de Mayo de 2009 a las 21:49
Bueno, ya que Oniria no se ha decidido a hacer un topic de esto pese a ser ella la envidiable currante que lo ha calculado todo, lo haré yo :p Iré actualizando la lista edición a edición. Como soy un poco masoca y me tomo muy en serio esto de organizar y mantener cosas, no creo que surja problema alguno.

Ahora, sería menester que cada relato aquí aparecido fuera posteado en este topic por su propio autor, habiéndose corregido cualquier posible falta ortográfica, gramatical, etc. que tuviera la versión original (recordad que esto va para el libro recopilatorio a final de año). No os pongais, sin embargo, a alterar el relato o su estructura de forma substancial porque ya no sería entonces el que ganó en su momento, sino otra cosa.

bubok.es/">NOTA IMPORTANTE: Acordaos de indicar a qué número de certamen corresponde vuestro relato, y en qué posición quedasteis.

CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK: RELATOS GANADORES (si hay errores, AVISADME por mensaje privado)


I CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Alejandro López Fernández (Incongruente)
Tema: Inauguración
1º EL PRÍNCIPE AZUL ……. Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)
2º EL EXTRAÑO CASO DE WESLEY KEY ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º OFRENDA AL SOL ……. Eduardo Serrano (eduardoserrano)
Extra 1º ILUSIONANTE DEBUT ....... Alejandro López Fernández (Incongruente)
Extra 2º VIDA SIN LUZ ......... Iván de los Ángeles Company (Idelosan)
Extra 3º SÁBADO POR LA TARDE ......... Miguel Álvarez (miguelmig)
Extra 4º DE RATAS Y HOMBRES ......... Juan González Mesa (Bizarro)


II CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)
Tema: Música
1º PASOS DE BAILE ……. Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º AL ALBA ……. Nadie Esminombre (R2–D2)
3º EL NIÑO CARPINTERO ……. Nadie Esminombre (R2–D2)


III CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
Tema: Fantasmas
1º FUE EN AQUEL MOMENTO ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
2º FRENTE A FRENTE ……. Roberto Arévalo Márquez (rarevalo)
3º LAS VELAS EN EL SÓTANO ……. Marcos Pita (Reithor)


IV CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
Tema: Injusticias
1º LA DE HERMOSAS MEJILLAS ……. Nadie Esminombre (R2–D2)
2º COLEGIOS ESPECIALES ……. Juan González Mesa (bizarro)
3º EL GENIO DE LA LÁMPARA ……. Roberto Arévalo Márquez (rarevalo)


V CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2–D2)
Tema: La Muerte. Muerte. Muertos…
1º LA FUGA DE LOGAN ……. Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º LA GRUTA DE LA MUERTE ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º EL ENTIERRO DE GENARÍN ……. Miguel Álvarez (miguelmig) [añadido: EL OFICIO DEL CAIMÁN........Juan González Mesa (bizarro)]


VI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)
Tema: El Ego
1º HIDALGO ……. Marcos Pita (Reithor)
2º TERROR Y MIEDO ……. Melina C. Vidoni (thundergirl_vw)
3º BIZARRO ……. Juan González Mesa (bizarro)


VII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Juan González Mesa (bizarro)
Tema: Lascivia
1º LA DE LASCIVAS MEJILLAS ……. Nadie Esminombre (R2–D2)
2º HIERÓDULA ……. Yolanda Díaz de Tuesta Martín (oniria)
3º MAQUINAS PACHINKO ……. Mónica V. Sanmartín (Teniente_Tulip)


VIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)
Tema: Cuentos infantiles
1º EL FLAUTISTA …Yolanda Díaz de Tuesta Martín (oniria)
2º EL NIÑO COJO ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º EL PRÍNCIPE INFELIZ …… Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)
 

IX CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Juan González Mesa (bizarro)
Tema: Dioses y monstruos
1º ADARA, LA INMORTAL …Nadie Esminombre (R2D2)
2º SUSANA CERCA DEL CIELO …… Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
3º JEFFREY …….  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


X CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema: Identidad
1º CORPUX SYSTEMS …….  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º MARÍA SIN NOMBRE ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º LO MIO CON ALPAVIESE ……  Nosebundos (Nosebundos)


XI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema: Corín Tellado: anhelos de mujer
1º EL SÍNDROME DE LORENA KOLSEN …….  Juan González Mesa (Bizarro)
2º LA DAMA DEL VIENTO ……. Lola Alarcia (Lolaalarcia)
3º FIN ……  Juan Carlos Boíza López (jcboiza)


XII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias: Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
Tema
: Egipto
1º EL SEDUCTOR DEL MUNDO …….  Nadie Esminombre (R2D2)
2º EL CARISMA DE LA 8 MM ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º LA PIRÁMIDE ……  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


XIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema
: Memoria
1º NUESTROS NOMBRES …….  Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)
2º EL ÁRBOL, EL MONTÍCULO, EL DÍA QUIETO Y CÁLIDO ……. Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
3º SHOW URBANO ……  Diego Nieto (Diegonieto)


XIV CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)
Tema
: Apocalipsis
1º UN MUNDO LLAMADO PAULA …….  Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
2º UN DÍA CUALQUIERA ……. Daniel Hernández Rodríguez (Daniel HR)
3º REENCUENTRO ……  Juan González Mesa (Bizarro)


XV CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
Tema
: Hambre
1º DETRÁS DEL OBJETIVO …….  Xavier Mitjana (Vixa)
2º LA HOZ ……. Nadie Esminombre (R2D2)
3º EL PRÍNCIPE INSATISFECHO ……  Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)


XVI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Xavier Mitjana (Vixa)
Tema
: Robots
1º DIARIO ÍNTIMO DE PIGMALIÓN …….  Nadie Esminombre (R2D2)
2º DIARIO DE JULIUS GARBER ……. Lola Alarcia (Lolaalarcia)
3º SOSPECHAS ……  Juan Carlos Boíza López (jcboiza)


XVII CERTAMEN

Maestro de Ceremonias
: Nadie
Esminombre (R2D2)
Tema
: Sueños
1º DIEZ …….  Juan González Mesa (Bizarro)
2º VACÍO ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
3º FULL TIME …… Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


XVIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Juan González Mesa (Bizarro)
Tema: Superhéroes
1º LA MUJER QUE SABÍA DEMASIADO …….  Nadie
Esminombre (R2D2)
2º DUENDE ……. Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)
3º CARLOS Y SPIDERMAN …. Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)


XIX CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Nadie Esminombre (R2D2)
Tema
: La Biblia
1º LÁZARO EN OSCURIDAD ……. Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
2º LA MARCA ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º LA LEY DEL PROFETA …… Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)


XX CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Yolanda Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
Tema
: Seducción
1º DE AMANTES ……. Diego Castro Sánchez (pelagio)
2º EL ÚLTIMO BAILE ……. Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)
3º OPTIMYSEX …… Daniel Hermosel Murcia (Daniel Turambar)


XXI CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Diego Castro Sánchez (pelagio)
Tema
: Detectives
1º PRUEBAS FALSAS ……. Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
2º FLORA DUERME EN EL BOSQUE ……. Yolanda
Díaz de Tuesta Martín (Oniria)
3º EL CADÁVER REINCIDENTE …… Juan González Mesa (Bizarro)


XXII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Juan Carlos Boíza López (jcboiza)
Tema
: Fantasía
1º EL CERRO DE LOS MUERTOS ……. Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)
2º IRACUNDO ……. Juan González Mesa (Bizarro)
3º MI PEQUEÑO TROLL …… Daniel Hermosel Murcia (DanielTurambar)


XXIII CERTAMEN
Maestro de Ceremonias
: Óscar Borrachero Sánchez (Ernie)
Tema
: Niños
1º LA NIÑA QUE CASI CONOCIÓ A KOJI KABUTO …….  Mónica Sanmartín (Teniente_Tulip)
2º PESADOS ABRIGOS COMO CADÁVERES ……. Juan Manuel González Lianes (Juanmglianes)
3º AK 47 …… Diego Castro Sánchez (pelagio)
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 10 de Enero de 2010 a las 23:57

XXI CERTAMEN (TERCER PUESTO)

EL CADÁVER REINCIDENTE 

 

            Claudio era más viejo de lo que aparentaba. Hacía deporte, casi compulsivamente, desde algunos años atrás. Algunos pensaban que se teñía las canas. Otros observaban que se había vuelto supersticioso, o quizá religioso.

 

            Claudio besó discretamente la cruz que pendía de su cuello y volvió a guardársela bajo la camisa. Después, salió del coche y cruzó el jardín de la vivienda, iluminado por los agresivos focos de la científica. La casa parecía estar siendo constantemente fotografiada. La casa era como el cadáver de una modelo.

 

            Sólo que el verdadero cadáver se encontraba dentro.

 

            El detective Pazos dio una palmada en el hombro del vecino y se guardó la libreta; dio una breve carrera para alcanzar a Claudio.

 

                        - Es acojonante – dijo.

 

                        - Detective… - saludó Claudio, apretándole afectuosamente el brazo para invitarle a entrar primero.

 

                        - La habitación estaba cerrada, desde dentro – insistió Pazos.

 

             El inspector apretó los dientes y sonrió para disimular que sus tripas se acababan de cerrar en un nudo de ahorcado. Los agentes salieron de la habitación agachando la cabeza como si les hubiesen pillado haciendo algo malo, a modo de saludo. Claudio y el detective Pazos se situaron en el centro del cuarto y miraron a su alrededor.

 

            El cadáver de José Cadalso estaba tirado en el suelo, arrugado como una araña consumida por el fuego. Las manos engarfiadas ocultaban la última expresión de terror de su rostro. La ventana estaba cerrada con un seguro que necesitaba una llave especial, como en los hospitales. La puerta de la habitación había sido forzada por un cerrajero y los agentes que se personaron en primer lugar, daban fe de que había estado cerrada por dentro. El cristal de la ventana era doble y la puerta, como todas las otras puertas interiores de la casa, era blindada.

 

            Aquel tipo se había instalado en un bunker sellado y no le había servido de gran cosa. Tenía la pata de una silla, arrancada de cuajo, metida en el centro del estómago hasta atravesar la columna por la espalda.

 

                        - Pero lo más acojonante para mí – observó Pazos – es que un violador asesino sobreviva dieciséis años en la cárcel y al mes de salir… se lo carguen.

 

                        - La vida es rara – respondió el inspector, como en un murmullo.

 

             Alguien había dicho esas palabras antes que él. Un forense llamado Silvio Valera, hacía dieciséis años, había dicho esas mismas palabras cuando encontraron el cadáver de Lucía Monegro en la orilla fangosa del río Segura.

 

            Aquella primavera, la búsqueda se había organizado río abajo del lugar en que José Cadalso confesó haber arrojado el cadáver. Pero Lucía Monegro apareció casi un kilómetro río arriba, con medio cuerpo fuera del agua, las manos rotas de agarrarse a los guijarros, los codos sepultados en la orilla y la cabeza colgando de los hombros; la frente no tocaba el suelo. Cuando el inspector llegó al lugar de los hechos estuvo a punto de pedir que ayudasen a aquella mujer a levantarse; pero estaba muerta, bien muerta, y el forense Valera, a ojo de buen cubero, calculó que lo estaba desde hacía varios días.

 

            Para Claudio, enfrentarse a aquello fue algo que cambió su vida: concebir la imagen de Lucía Monegro, muerta y arrastrándose por el fondo del río hasta llegar a la orilla para que la policía pudiera encontrarla. Cambio su idea de la vida y de la muerte. Y le hizo huir de ella como de una nueva fobia. Eliminando las grasas de su dieta, haciendo ejercicio, tiñéndose el pelo, rezando a Dios cada mañana y cada tarde.

 

            Las manos amoratadas agarrándose a los guijarros, los ojos desteñidos de la muerte escrutando el lecho del río, buscando la orilla durante días y durante noches, como un salmón que ha perdido la Gracia.

 

                         - ¿Qué dicen los vecinos? – preguntó Claudio, apartando la mirada de las manos de José Cadalso.

 

                        - Oyeron los gritos sobre las 23:30. Parece que estaban al corriente de quién había sido su vecino, así que tardaron muy poco en decidirse a llamar a emergencias. Este hombre me ha confesado que temían escuchar los gritos de una mujer cualquier día de estos, pero nunca los de un hombre. ¡Cómo es la gente!

 

                        - ¿Había niebla?

 

            El detective levantó la mirada de la libreta, desconcertado.

 

                        - Sí.

 

             Aquella mañana de primavera, dieciséis años atrás, cuando el cadáver de Lucía Monegro asomó sobre las aguas del Segura, también hubo niebla. Persistió hasta pasado el mediodía, justo cuando cerraron la cremallera de la bolsa. “La vida es rara”, dijo el forense cuando la luz del sol volvió a arrancar destellos de las aguas del río. Sin duda, aquel hombre había visto cosas. Claudio estaba en los inicios de una brillante carrera como inspector, pero al forense le quedaban pocas semanas para jubilarse.  

 

            Quizá por eso su informe fue tan ambiguo. Quizá por eso se pudo encerrar a Cadalso por asesinato y no por tentativa.

 

            José Cadalso había sido un violador consumado pero un asesino bastante torpe. Después de la violación, Lucía había intentado huir de aquella fábrica abandonada. Su agresor tardó casi veinte minutos en arrinconarla. Perdió el cuchillo durante el forcejeo y tuvo que agarrar una silla oxidada, que pertenecía al mobiliario abandonado por la empresa durante el desahucio. Había golpeado a su víctima con la silla hasta matarla y la había metido en el maletero de su coche, olvidándose de limpiar los restos de sangre en el suelo cubierto de polvo. No se percató de que tenía la cara llena de arañazos y los zapatos cubiertos de barro hasta que se cruzó con uno de sus vecinos al volver a su casa. Antes de eso, se había pasado por una farmacia para comprar ansiolíticos, bajo la promesa de volver al día siguiente con una receta de su médico.

 

            Fue fácil de atrapar y fácil de encerrar, aquel asesino torpe y llorón, aquel yuppie remilgado y feo. Pero, como víctima, lo estaba poniendo bastante más difícil.

 

            El detective esperaba que Claudio tomase la iniciativa, pero el inspector estaba en cuclillas junto al cadáver de José Cadalso, respirando agitadamente, sin moverse, con los pelos de la nuca empastados de sudor.

 

                        - Bueno, inspector, vamos a resumir – propuso Pazos, intentando que su tono sonase despreocupado - La habitación estaba cerrada por dentro, los gritos fueron sobre las 23:30, ningún testigo vio entrar ni salir a una segunda persona de la casa y sólo se hacen cargo de que había una espesa niebla que se disipó al poco rato. ¿Qué hacemos con todo esto? Me parece que dependemos de la científica, pero visto el trozo de madera que asoma de las tripas de este cabrón, no creo que haya sido envenenado. ¿Qué me dice?

 

                        - El caso es fácil – respondió el inspector, metiendo una mano enguantada en los bolsillos del muerto – El asesino entró por la ventana.

 

             El detective tuvo que apartarse para que Claudio llegase hasta ella. Llevaba una llave larga, como un palo, que introdujo en el cierre. Abrió la ventana y volvió junto al cadáver de José Cadalso para devolver la llave a su bolsillo.

 

                        - Jefe… - rogó el detective - ¿Qué está haciendo?

 

                        - Resolver el caso – respondió Claudio.

 

             Cuando se levantó, tuvo que apoyarse en los hombros de Pazos. Parecía en ese momento que ni el ejercicio, ni la dieta, ni los cosméticos, eran más efectivos que la vejez y la muerte.

 

                         - Jefe…

 

                        - Me quedan cuatro meses para jubilarme. No quiero que me jodas.

 

            Detective e inspector se miraron, el uno sosteniendo al otro como si fuesen a comenzar un baile. Pazos vio en los ojos de Claudio mucha verdad y mucho miedo.

 

                         - No me jodas – repitió el inspector.

 

                        - La ventana estaba abierta – respondió Pazos – De otro modo, sería imposible.

 

                        - Buen chico.

 

             Claudio estimó que podía sostenerse de pie y volvió a apretar el brazo del detective con afecto; con agradecimiento. Salieron de la habitación para dejar entrar al forense, un tipo joven, nervioso, con mirada inteligente, recién peinado y afeitado.

 

                         - Yo descartaría los tóxicos – dijo Pazos con una sonrisa falsa y socarrona.

 

            El forense soltó una risita complaciente y dejó el maletín sobre una mesa.

 

                        - Nunca se sabe… - respondió, continuando la broma.

 

                        - La vida es rara – concluyó el inspector desde la puerta.

bizarro
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Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 10 de Enero de 2010 a las 23:59

XXII CERTAMEN (SEGUNDO PUESTO)

IRACUNDO

 

            Preston salió de la iglesia y pasó junto a un viejo caballero que, arrodillado, rezaba: “Perdóname, Señor, porque soy débil y cobarde”. Chasqueó los labios y enfiló a las caballerizas ajustándose el yelmo. Algunos pajes sacaban apresuradamente los caballos de los nobles, cargados de armas.

 

            Su mozo esperaba fuera sujetando a los mastines; llevaban un día sin comida por orden del amo y parecían a punto de morder cualquier cosa. El mozo sintió alivio cuando Preston cogió las correas y le ordenó ensillar su yegua. Los perros se rozaron contra las pantorrillas del caballero sin conseguir moverlo. Preston tuvo que sujetarlos con más fuerza cuando algunos mercaderes cruzaron la calle dando prisa a sus bueyes y enseres.

 

            “Huyen da la ciudad”, pensó, “tienen instinto”.

 

            Los nobles que aguardaban en el patio de armas no tenían nada de dicho instinto y, seguramente, ansiaban el momento de marchar a la montaña para combatir al dragón. Ni siquiera estaban pensando en el hierro, tan sólo en la gloria.

 

            El mozo salió de las caballerizas con la yegua oscura de Preston. El caballero despidió al mozo con una generosa propina, dado que no tenía fe en que volvieran a verse sino frente al Creador, y montó sobre Jineta para dirigirse donde los nobles. Arma y Castigo lo siguieron cruzándose revoltosos tras las el paso de la yegua.

 

            En el patio de armas, había una docena de nobles blasonados, amparados por sus cuñados y sus yernos que también montaban caballos de guerra, que también se habían costeado armas y servicio para la batalla. Reían, bebían, se impacientaban, como campesinos esperando en un prostíbulo. Ni siquiera Sir William, cuya hija seguramente estaba ya en la panza de la bestia, parecía doloso o preocupado. Al contrario, se mostraba orgulloso de que el secuestro de su hija hubiese movilizado todas aquellas lanzas.

 

            Desde la torre del homenaje, el Rey sujetaba una pesada cortina con el dorso de la mano, prácticamente invisible teniendo el sol a la espalda del edificio.

 

            “Él sí piensa en el peligro y en el hierro”, meditó Preston, “está pensando en la guerra que sí tiene importancia, la que llegará cuando su hermano consiga reunir doscientos barcos para regresar a casa”.

 

            Del Rey pasó la mirada a las almenas, a los tenderetes de comida y de ropa, a los cobertizos, los almacenes y las despensas. Demasiada madera.

 

            El Rey cometía el error de compararse con el dragón, pensando que el dragón defendería su montaña para que no se la arrebataran, como él defendía su trono desde el trono.

 

            “Pero tú no eres un dragón”.

 

            Preston sabía algo de dragones, porque había perdido un regimiento de hombres luchando contra uno, según se contaba, y había sobrevivido. Los nobles, cuando se percataron de que estaba entre ellos, fueron guardando silencio esperando que lanzara una arenga. Preston estaba convencido de que, hasta el más temerario de todos ellos, incluso con armas y armadura, evacuaría sus mierdas con uno sólo de sus mastines que se le arrojase encima. Y el dragón era un mastín del tamaño de una yunta de bueyes, que escupía tal ácido por las fauces que prendía la carne o la madera al contacto con el sol, y que podía arrancar la techumbre de un hogar de un solo coletazo. Su piel era dura como la de un jabalí. Y era listo como un lobo.

 

            Preston se ajustó el hacha de doble mango a la espalda. Comprobó las correas de su lanza. Pidió perdón al Señor por saber tanto sobre lo que la experiencia le decía que haría la bestia y guardar silencio.

 

 

            La cueva era enorme, pero no estaba llena de tesoros ni de huesos. Regianak se mantenía sobre las cuatro patas inclinado hacia delante, los sentidos concentrados en todo lo que viniese del valle, donde los hombres, sin duda, afilaban los tesoros de la Tierra.

 

            Lady Margaret se apoyaba en la superficie musculosa de su pata trasera, acariciando la escama blanda y negra. El dragón era como una escultura caliente que olía a hombre y a bestia y a metales.

 

            Regianak se movió. Cada vez que se movía, era como un milagro oscuro que hacía que algo excitante creciese dentro de la doncella. Acariciarle era como acariciar a la muerte. Olerle era como oler al diablo. Oírle era como oír hablar a Dios.

 

                         - No has de temer – dijo Regianak, mirándola por encima de sus alas encogidas – Acabará pronto.

 

                        - Vámonos a otra montaña – suplicó ella.

 

             Regianak tomó aíre buscando ser paciente y terminó de volverse hacia la dama.

 

                        - Nuestras eran las montañas y de los hombres los valles – dijo – Así estaba establecido hasta que los tuyos comenzaron a olvidarse, debido a sus cortas vidas. Pero no nosotros – Regianak apartó la mirada y movió el largo cuello, majestuosamente, mostrando la cueva,  – Esta es mi montaña.  Y todas las montañas importan.

 

                        - ¿Por qué? – insistió ella - ¿Por qué importan todas?

 

                        - Porque el hombre no debe poseer sus dones – dijo con tanta convicción que la misma cueva sufrió un temblor grave e iracundo. Después, el dragón suavizó su tono y volvió a agachar la cabeza – Porque el hombre es capaz de decir que una hija a la que desprecia ha sido raptada, para ganar el favor de un Rey que no quiere justicia, sino hierro, para seguir en un trono que pertenece legítimamente a su hermano.

 

            La doncella no entendió todo el significado de sus palabras, pero sí entendió que su decisión era inamovible.

 

                        - Quizás te maten – dijo.

 

                        - Quizás – respondió el dragón.

 

                        - Entonces, quiero que me devores – suplicó lady Margaret – Te amo desde la primera vez que sentí que podías devorarme.

 

            El dragón no emitió respuesta de inmediato. Alzó la cabeza y estudió la convicción de la dama. Meditó todas las opciones en un segundo y estudió su propio corazón. Entonces, dijo:     

 

                        - Sea.

 

             Atacó con rapidez y con amor y se volvió hacia la entrada de la cueva. Se dejó caer hacia los cielos dejando en el suelo un reguero cálido y valiente.

 

 

            El dragón había pasado sobre sus cabezas hacía buen rato y los nobles estaban confundidos, en cierto modo aliviados cuando vieron la importancia de su enemigo y cómo se alejaba de ellos. Algunos preguntaron por Preston, el experto en dragones, pero no pudieron encontrarlo. Algunos lo llamaron cobarde.

 

            Luego, alguien dijo que veía humo proveniente del castillo. No hubo que esperar a los mensajeros para entender la estrategia del dragón y para que toda la partida se volviese sobre sus pasos, preocupados por sus tierras, sus comercios y sus familias. Ni siquiera Sir William antepuso al regreso la vida de su hija.

 

            Ellos no pensaban que la ciudad, a pesar de haberse quedado sin guarnición, pudiese estar de aquel modo destruida.

 

 

            Regianak entró en la cueva realmente cansado. Se arrancó las flechas del lomo como un perro se muerde las garrapatas. Aún tenía prendido en las alas el olor del incendio. Otro olor le asaltó a los hocicos y le hizo ponerse en alerta.

 

            Dos mastines salieron del fondo de la cueva, hambrientos y decididos, y saltaron a sus patas y en busca de su cuello como si pudieran darle muerte. Regianak los tiró por tierra con las zarpas y saltó hacia delante, encogiendo las alas, para hacer presa en sus lomos.

 

            Entonces, Preston salió desde su escondite y atravesó el buche de la bestia con su lanza, y la clavó en la dura tierra de la pared de la cueva. El dragón intentó gritar, enloquecido por el engaño que había prevalecido sobre su engaño, pero el bufido salió tanto por las fauces como por la herida y sonó a vapor de lava. Tiró hacia arriba a pesar del dolor, a punto de quebrar la lanza, mirando con el ojo del flanco derecho cómo el caballero se pasaba el hacha de doble mango a las manos y levantaba la hoja como si tuviese todo el tiempo del mundo.

 

                         - No vengo por el hierro – dijo – Ni por la dama.

 

             El dragón volvió a tirar hacia arriba rompiendo la lanza, pero el hacha de Preston cayó contra su cabeza antes que pudiera liberarse y le cerró los ojos para siempre. Hubo un último estertor. Luego, el silencio.

 

            El cuerpo oscuro de la bestia quedó inmóvil, como una estatua que hubiese formado parte de la montaña. Preston se acercó a su cabeza muerta y susurró:

 

                        - Vengo por mis hombres.

miguelmig
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Fecha de ingreso: 23 de Enero de 2009
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  • 11 de Enero de 2010 a las 19:08

Sábado por la tarde (Tema: inauguración) (cuarto en el I Certamen)

 

Era sábado por la tarde cuando Marisa dio el pistoletazo de salida a la vida de su pequeño comercio: una librería en una esquina de la Calle del Libro. No obstante, en esta vía de la ciudad de residencia de Marisa no abundan estos negocios, y es por esto por lo que quizá Marisa decidió ubicar el suyo en esta zona, como para convertir a ésta en un algo literario, que es lo que probablemente pensase que debería ser por la denominación de la susodicha calle.

Dejando el subconsciente a parte, el asunto es que Marisa se hallaba allí charlando con sus amigas y familiares, quienes fueron los asistentes, entre canapés y cava burbujeante en vasos de plástico, cuando de pronto una mujer de talla media y anchura gruesa, con una gran papada, entró por la puerta. Advirtieron la entrada de esta mujer los allí congregados por el sonido de la puerta al chocar contra un paragüero mal colocado, ella con sus ojos de pestañas maquilladas con rímel azul, grandes, con las cejas arqueadas para hacer saber a todos que se sabía observada y qué no era para tanto su entrada allí, pues no era conocida ni famosa ni nada, tan sólo había dado con la puerta un golpe al paragüero. En éste depositó su paraguas la mujer, todo mojado. Afuera la lluvia era leve pero constante; llevaba ya todo el día cayendo el líquido elemento desde las grises alturas.

Ya todos vueltos de nuevo a sus charlas, a sus comidas y a sus vasos con burbujas, la mujer gruesa comenzó a mirar las obras escritas allí expuestas, las que estaban en una mesa grande en el centro del local con un tapete de terciopelo rojo. Las tocaba de una en una a medida que iba leyendo sus títulos y sus autores, deslizando sus dedos por sus tapas, pero sin cogerlas; parecía que buscaba una en concreto.

-¡Anda mira! ¡Si este es mi libro! –exclamó alterada y contenta.

Marisa, que no le había quitado ojo al ser su primera clienta no conocida, se sorprendió de tal noticia: parecía que esa mujer gruesa, de papada grande, era escritora, y había encontrado allí un libro de creación suya.

-¿Lo ha escrito usted? –preguntó.

-Sí,… qué ilusión… -parecía más calmada, los párpados caídos, leyendo el texto de la contraportada.

Todos volvieron a observarla, como había sucedido hacía unos instantes cuando había hecho  acto de presencia de manera tan escandalosa. Pensó de nuevo que no era para tanto, que ella no era conocida ni famosa ni nada, para enseguida notar que esto mismo ya lo habían notado todos ellos, y por eso se sorprendían, que una persona que parecía una cualquiera fuera la autora del libro que sostenía en sus manos.

-Lo he escrito yo –dijo.

Incongruente
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Fecha de ingreso: 10 de Junio de 2008
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  • 21 de Enero de 2010 a las 10:29

1º Concurso Extra 1º

ILUSIONANTE DEBUT

 

Casi antes de que el desvencijado despertador hiciese sonar su estridente pero resolutivo grito de aviso, ya la nerviosa mano de Sara había apretado el botón de “parar” y sus bien contorneadas y largas piernas, salieron a toda velocidad de debajo de las sábanas.

De pie en su habitación, comprobó que toda su ropa se encontraba perfectamente colocada en la silla; se puso una bata y cogiendo la llave de la habitación, salió en dirección al baño común de la pensión donde se alojaba desde hacía tres días.

Después del contundente lavado de dientes, empezó la operación de “decoración”. Limpieza de cara, crema de resaltes, color de mejillas, cejas, pestañas, labios… En realidad, después de casi media hora de detallado trabajo y continuada contemplación, la mujer que, sonriente, se admiraba en el espejo, en nada tenía que ver con la que acababa de levantarse. ¡Milagros de unas manos expertas que otros agradecerían con sus miradas!

Terminado el extenuante trabajo del baño, limpieza interior incluida, salió de él y se encontró de frente ante los irritados y somnolientos ojos de un extraño que, indiferente al trabajo que ella se había esforzado en realizar, la miró indignado y sin pronunciar palabra, se metió dentro y cerró la puerta tras sí con un fuerte golpe.

Sara se quedó estupefacta junto a la puerta, sin comprender la indignación y desinterés demostrados por aquel desconocido. Encogiéndose de hombros, caminó hasta su habitación. Se acercó a la ventana, retiró los gastados y casi transparentes visillos que resguardaban su intimidad de los ojos de cualquier vouyeroso observador y miró al exterior.

No pudo evitar una mueca de desagrado al comprobar como la cortina de agua que tras los cristales caía, hacía del exterior una verdadera piscina. Aquello no lo había previsto y de inmediato, se acercó al apolillado armario que, en sus buenos tiempos, debió ser un mueble muy apreciado por sus dueños. La puerta, ajena al ajetreo de la habitación, gritó sobresaltada por el brusco despertar al que Sara la obligaba y abriéndose, dejó ver lo que tan celosamente guardaba. Sara comprobó que su gabardina se encontraba en el lugar adecuado y comenzó rápidamente a cambiar de atuendo. Ropa interior, medias, falda, que para ajustarla al  “exacto” lugar que debía ocupar en su perfecto cuerpo, necesitó la ayuda concienzuda del espejo, ubicado en el trasdós de la quejosa puerta del armario; camisa, pañuelo corbata y chaqueta.

¡No! Y mil veces ¡no!. Aquel rebelde pañuelo ni ocupaba el lugar que Sara requería, ni tomaba la forma adecuada. A la cuarta intentona, la impaciencia comenzó a hacer su trabajo de zapa y la zapatilla que calzaba su pie izquierdo salió despedida, golpeando con fuerza contra la pared. Definitivamente se lo quitó, lo extendió sobre la cama, aun sin hacer, lo dobló de otra forma y… comienzo de nuevo. Al poco, y frente al espejo, una sonrisa apareció en su rostro; posiblemente también en el transparente rostro del espejo que ya, por sus esquinas, comenzaba a opaquear, aburrido de tanto iluminar la escena. Sara, despreocupada de las emociones que su ayudante de cámara pudiera sentir, se calzó los zapatos y comenzó a doblar sábanas, almohada y colcha, para dejar la habitación en perfecto estado.

Finalmente, se acercó de nuevo al armario y tomando su gabardina se la puso. Una última mirada al ya triste espejo, que con tanto esmero se había dedicado aquella mañana a devolver a su dueña una imagen mejor que la que recibía; algo que desde pequeño le habían inculcado sus amados padres. Buscó la llave de la habitación, cogió el paraguas, metió en el bolso el móvil, una bolsa de clinex y unos caramelos de menta y dirigiéndose a la puerta, salió y cerró con llave.

Ascensor y a la piscina. Rápidamente hasta la boca del metro. No era una hora punta, no, eran cinco minutos después de esa maldita hora; ese momento en el que todos los que trabajan acostumbran a usar para recuperar el tiempo perdido entre las pegadizas sábanas o los sentimentales espejos de armarios.

Quiso entrar en el vagón del metro, pero no lo consiguió, la metieron; a tal velocidad y de tal forma que, los llorosos ojos de Sara no quisieron mirar donde quedaba ubicado su “delicado” pañuelo de cuello.

Pero, ¡ay, Dios mío, si solo hubiese sido su pañuelo! No quiso pensar en nada más y al llegar a su estación, forzó su salida del vagón, consiguiendo su intento casi en el mismo momento en el que las estrictas puertas se cerraban. Ya en el andén, intentó arreglar lo imposible, pero los milagros, aquella mañana, se había acabado al salir del baño de la pensión y llorosa y desilusionada, se dirigió a su trabajo.

Al entrar en el auditorio, dejó en recepción gabardina, bolso y paraguas y, a la mayor velocidad que pudo, fue hasta donde ya se encontraba su jefa esperándola junto a otras tres azafatas de congresos. Rápidamente les recordó lo hablado el día anterior y dándoles un paquete de directorios, las fue colocando en sus sitios. Una en la puerta principal, otra a la entrada al salón, la siguiente en el pasillo entre salón y despachos y, finalmente a Sara, junto a la entrada a los aseos. Quizás estuviese pagando con el sitio designado su tardía llegada.

Aquel primer día de trabajo, la pobre Sara, recién terminada su carrera de  Ciencias Políticas y Económicas, su master en idiomas, inglés y alemán, su doctorado en Política exterior que, al pobre de su padre, le había costado todas las horas extras del mundo, lo pasó llorando sin lágrimas y viendo como un enorme grupo de hombres y mujeres, expertos o interesados en la agricultura extensiva, pasaban por su lado sin tan siquiera pedirle un solo directorio.

Pero aun le quedaba toda una vida por delante, ¡¡¡enormemente larga vida por delante…!!!

 

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 4 de Mayo de 2010 a las 11:30
Esto sigue adelante? Tenemos que colgar aquí los cuentos? Hasta qué posición, los cinco primeros, los cuatro?
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 16 de Junio de 2010 a las 18:38
Puf, yo creo que nunca subí niguno... ¿o sí? No sé, queda un poco raro y caótico de todos modos, ¿o no?
josesisbert
Mensajes: 1
Fecha de ingreso: 19 de Julio de 2010
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  • 22 de Julio de 2010 a las 23:49
cita de oniria ----------------------------
2º en el XXI Certamen
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FLORA DUERME EN EL BOSQUE

El verano en que cumplí trece años, mi madre y yo vivíamos en un pueblo muy pequeño, en el que nunca parecía pasar nada. Quizá por eso suscitó tanto interés la noticia de que el hombre que había alquilado la vieja casona era Detective. ¡Un auténtico Detective, como los de las películas! ¿Estaría investigando algo? ¿Un crimen del que aún no teníamos noticia? La llegada de Ricardo Barea atrajo la atención de todos, incluso la mía, que por aquella época me había enamorado por primera vez, y hubiera debido estar más pendiente del chico de mis sueños, Alberto, el hijo del alcalde.

Pero, si de verdad Barea era Detective, cosa de la que pronto empezó a dudarse seriamente, no daba la talla ni de lejos. Los Detectives siempre estaban rodeados de un aura de misterio, de glamour, como afirmaba mi amiga Flora. Usaban sombrero y gabardina, y siempre tenían cerca una chica, vieja como de más de veinte años, cierto, pero tremendamente guapa, y de largas piernas, y todo eso.

Ricardo Barea no llevaba sombrero, ni gabardina, y había llegado solo. No parecía estar investigando nada, porque salía poco de la casa, situada ya en las afueras, y únicamente iba al centro del pueblo cuando tenía que hacer alguna compra. Yo solía cruzarme con él en el bosque, y en cierta ocasión le vi en las ruinas de la ermita, hablando con mi madre. Era un hombre extraño o, mejor dicho, había algo extraño en su mirada.

El golpe de gracia para su popularidad lo dio la noticia de que en nuestro país los Detectives no tenían realmente permiso para investigar crímenes. No se les dejaba buscar al asesino, ni estudiar las pruebas, como en las películas.

– Son pobres diablos, gentuza. Sólo se dedican a temas de Aseguradoras – explicó don Evaristo, el alcalde, en el bar. Nos miró de reojo a Flora y a mí, que merendábamos en nuestra mesa del fondo, y añadió, con tono más bajo: – Y, bueno… asuntos personales, ya me entienden…

– Asuntos de cuernos – me susurró Flora, y ambas reímos – Ni caso, Blanca. Digan lo que digan, Barea es el más interesante de los adultos del pueblo. Incluso podría decirse que sigue siendo guapo. La maestra está loca por él – abrió la boca para añadir algo, pero volvió a cerrarla. No fue necesario, supe lo que estaba pensando.

También mi madre estaba loca por él. Y yo quería odiarle.

¡Tenía tantas cosas en mi cabeza aquella medianoche de finales de agosto, cuando me escapé sigilosamente de casa, porque Flora me había citado en el bosque...! Nunca quedábamos tan tarde, y menos fuera del pueblo, pero insistió tanto que accedí. Flora llevaba algún tiempo actuando de un modo misterioso, desapareciendo durante horas o manteniéndose extrañamente taciturna. Yo sospechaba que también se había enamorado de alguien, incluso pasó por mi mente el nombre de Barea. Esperaba que, esa noche, decidiese revelarme su secreto.

Pero, al llegar al sitio, me topé con su cadáver.

Lo primero que vi fue la luz, claro. Su resplandor amarillento me fue guiando en la distancia. Pensaba que era la linterna de Flora… pero cuando llegué al río la descubrí allí, tumbada en la hierba, cerca de la orilla. Al principio, creí que se había quedado dormida, algo que no me hubiera sorprendido, a semejantes horas; sólo tras un segundo vistazo descubrí que tenía la cabeza apoyada sobre una piedra, como si se hubiese desnucado por una mala caída. Su vestido blanco parecía refulgir con la luz de la linterna que alguien sostenía a baja altura. Dirigí la mía hacia allí, instintivamente, y reconocí al señor Barea. Estaba acuclillado junto al cuerpo, estudiándolo con atención, pero alzó de inmediato la cabeza.

– No mires, Blanca – me ordenó. Se puso en pie – ¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? – no contesté, no tenía voz, ni conseguía centrar la mente en nada. Debió darse cuenta de cómo me sentía, porque se apiadó de mí – Tranquila. He llamado a la policía, no tardarán en llegar. Tendrás que esperar aquí conmigo – asentí, y bajé la pequeña cuesta, tratando de no mirar más a Flora. Sus ojos de cristal me daban miedo – Ten cuidado, no pises ahí – señaló el suelo, en el barro tierno cercano al río, con el haz de la linterna – Hay una huella – miré hacia allí, y no pude evitar un sobresalto – ¿Ocurre algo?

– No… – susurré, los ojos fijos en la huella, bien marcada, del pie derecho de unas deportivas. Conocía aquel dibujo, y aquella talla de zapato. Flora y yo las habíamos encontrado muchas veces por el bosque.

Eran las deportivas de Alberto.

– ¿La has reconocido? Sí, claro que sí. Y yo también – el señor Barea agitó la cabeza – Lo siento mucho, niña. Sé que estás… interesada en él. Te he visto, sé cómo le miras... ¿Por eso estás aquí? – esperó un segundo. Como no dije nada, continuó: – Supongo que sí. No creo que tu madre sepa que has salido a estas horas. Te has escapado, habías quedado con él...

– ¡No! – me ruboricé – ¡Yo… nunca hubiera hecho eso! ¡Había quedado con Flora! ¡Me dijo que quería mostrarme algo!

– Con Flora. Vale – chasqueó los dientes – Entonces, puedo hacerme una idea de lo ocurrido.

– ¿Qué? ¿Qué ha pasado?

– Flora y tu amigo mantenían una relación... – abrí desmesuradamente los ojos y agité la cabeza, incapaz de creerlo – Lo sé con toda certeza, créeme, les vi la otra noche… – se interrumpió, buscando una forma mejor de decirlo – pasando el rato. Pensé en llamar a la policía, porque Alberto tiene veinte años, pero Flora era una menor. No lo hice. Ahora lo lamento.

– No es posible… No es cierto, se ha confundido.

Me miró con pena.

– Puedo equivocarme, claro. Pero, el escenario de un crimen siempre habla por sí mismo y, si sabemos escuchar, podemos reconstruir lo sucedido aquí, esta noche. Resulta bastante lógico suponer que Flora quedó contigo, pero también con Alberto, para organizar una escena y dejarte claro cómo estaban las cosas – dio un par de pasos a un lado, moviendo la linterna, dirigiendo la luz a distintos puntos, a medida que hablaba – Se encontraron aquí, y, en algún momento, empezaron a discutir. Hay rastros de un forcejeo. Quizá él quería dejarlo y Flora le amenazó, y te puedo asegurar que podía ponerle las cosas muy difíciles, de decidir denunciarlo. Él cogió una piedra, esa… No está tan firmemente incrustada en el suelo como las otras. Creo que la cogió, golpeó, y luego la volvió a dejar, colocando encima la cabeza del cadáver, intentando de forma poco hábil simular un accidente.

– Pudo serlo…

– No. Al margen de lo demás, mira las manos de Flora – las enfocó con la linterna – Las uñas tienen restos de piel y sangre, y hay algunos cabellos en la derecha... Pruebas que indican una lucha y que me temo que señalarán directamente a Alberto – empecé a llorar, no pude evitarlo. El señor Barea me cogió por un brazo y me condujo hasta un gran tronco caído, donde me senté. Él se acomodó a mi lado, me dio su pañuelo, y dejó que me desahogase.

Creo que hubo un momento en que acercó una mano para acariciarme el pelo y consolarme, pero se contuvo – Blanca, hay algo que me intriga – preguntó, al cabo de un rato, cuando estuve más calmada – Has llegado y me has visto aquí, con el cuerpo, pero no has tenido miedo de mí. En ningún momento has pensado que yo pudiera ser el asesino. ¿Puedo preguntar por qué?

Consideré si debía responder a eso.

– Porque sé que es usted mi padre – reconocí, finalmente. El señor Barea parpadeó.

– ¿Cómo lo has descubierto? ¿Te lo ha dicho tu madre?

– No. Ella jamás le menciona. Yo… les he visto, hablando. Y lo supe, la primera vez que me miró. Lo vi en sus ojos, brillaban, estaban llenos de emoción – él no dijo nada, pero sus ojos volvían a brillar – ¿Por qué nos abandonó?

– ¿No has oído los rumores? No soy tan buen Detective... Tardé mucho en encontraros – añadió, con sarcasmo dirigido a sí mismo, y luego bufó – El asunto es más complicado de lo que parece, y creo que debe ser tu madre la que te lo explique.

Asentí. Demasiadas noticias, demasiadas sorpresas. Y, esa noche, mi pequeño mundo de adolescente ya se había tambaleado hasta los cimientos.

Apoyé la cabeza en su hombro y guardamos silencio, velando el sueño de Flora.

¡Me encantó! Gracias por compartirlo.
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 22 de Julio de 2010 a las 23:54
Aaaaadios! Este hombre está haciendo un señor barrido...
carlosaribau
Mensajes: 2.104
Fecha de ingreso: 2 de Septiembre de 2009
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  • 23 de Julio de 2010 a las 6:21
y se está equivocando mucho compartiendo sus números de teléfono en intesné
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 23 de Julio de 2010 a las 9:11
Pssst, cuidadín que es de la SGAE...
liberopolis
liberopolis
Mensajes: 4
Fecha de ingreso: 13 de Abril de 2013
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  • 13 de Abril de 2013 a las 8:23
Muy interesante eso
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