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R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008

X Certamen Bimensual de Relatos. Tema: Identidad(es)

8 de Junio de 2009 a las 0:00
Como es habitual, Bizarro más bizarro que nunca. Y yo me voy a dormir. Así que, a semejanza del Asalto al Palacio de Invierno, me proclamo ganador del IX Certamen, con mi relato "Adara, la inmortal". Olvidad mi inmodestia y agradecedme la rapidez en cumplir este trámite necesario para que empiece a trabajar vuestra imaginación.

Tema propuesto: Identidad(es).

Me explico. Aunque escribir es, en gran medida, construir y crear identidades, lo que pido es algo más que eso: relatos centrados en el problema de la identidad: la propia, la de otro o la de otros. Certezas, vuelcos, cambios, pérdidas de identidad...

Como ejemplo, propongo el relato de Borges "El otro", doce páginas que podreis encontrar dentro del libro de relatos "El libro de arena", publicado por Alianza Editorial en una edición de bolsillo de apenas 8 euros.

A los adeptos al género fantástico: no es una venganza de un escritorzuelo realista. Hay en el certamen III, Fantasmas, algún relato que podría entrar aquí perfectamente, como por ejemplo Frente a Frente. Y si comprais el librito de Borges, leed el relato titulado "There Are More Things": está dedicado a la memoria de H.P. Lovecraft.

Y sería estupendo que no faltara nadie de los que siempre han estado aquí posteando su relato.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Junio de 2009 a las 9:19
Una puta gilipollez

- Mire señor García, el propósito de todas las pruebas que le hemos realizado ha sido para investigar qué tipo de trastorno clínico le está afectando en su calidad de vida. Las primeras pruebas médicas se centraron en la búsqueda de tóxicos, patógenos o células cancerosas. Por suerte debo comentarle que no hemos encontrado nada destacable en los análisis, así que descartamos su hospitalización, aunque realizaremos otras pruebas para estar seguros.
- Me quita un peso de encima, pero hay algo que no entiendo. Si no han encontrado nada, ¿por qué quiere seguir realizando pruebas?
- A ver, más que nada, por pura rutina. Piense que a su edad, el cáncer de próstata es la enfermedad que más se manifiesta y produce anualmente muchas muertes por no controlarlo.
- Entonces, doctor ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Por qué me comporto así?
- Bueno, sin los síntomas biomédicos, consulté con otro especialista y me recomendó seguir la evolución psicológica que sufre su aptitud. Para empezar, focalizamos nuestros esfuerzos en evaluar su vida familiar y laboral y hemos podido observar una grave repercusión en su entorno social que le afecta negativamente. Los resultados han sido bastante satisfactorios. Ha quedado muy claro que usted sufre episodios de manía persecutoria y de depresión. Todos estos síntomas podrían haber sido inducidos por el consumo de drogas, como cocaína, canabis, anfetaminas u opiáceos, pero como he comentado, el análisis biomédico los descarta, así que su patología es simplemente mental.
- Dios mio, esto suena mal, muy mal.
- No, no se asuste. A decir verdad no es tan malo. Estos síntomas que experimenta son bastante frecuentes. A lo largo de nuestra vida, nuestra psique va cambiando y, dependiendo de los factores sociales a los que nos exponemos, podemos caer en una depresión. Por ejemplo, en el caso de un gran estrés laboral y o familiar, que justamente es lo que usted padece.
- ¿Así que es simple estrés?
- Por una parte sí pero por otra no. Lo que ocurre en su caso, es que además sufre un agravamiento psicológico ya que tiene trastornos obsesivos compulsivos. Este comportamiento es derivado de una patología que viene marcada por cambios bruscos de su estado de ánimo, pensamiento y comportamiento. Así que, señor García, quiero decirle que hemos encontrado el causante de sus problemas. Usted sufre un trastorno bipolar.
- ¿Pero cómo? ¡Esto es más grave de lo que creía! ¿Qué me recomienda? ¿Qué he de hacer? ¿Medicamentos?¿Terapia?
- No no, nada de medicación. Hemos evaluado su perfil psicológico y ha resultado que encaja a la perfección como líder de partido. Así pues, lo mejor que puede hacer es dedicarse a la política.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Junio de 2009 a las 17:11
PICO Y PIEDRA

Su cometido era picar, picar sin descanso. Picar esa piedra calcárea, rojiza, cada vez más dura. Picaba sin descanso. Ese era su trabajo, su única misión. Nunca se había planteado hacer otra cosa.

Un día le dieron un pico, le enseñaron un pequeño recoveco dentro de una gruta laberíntica y le dijeron que lo único que tenía que hacer era golpear esa pared, hacer crecer el agujero. Nunca se había preguntado porque el agujero tenía que ser cada vez más grande. Nunca se molestó en comprender su cometido. Simplemente picó, picó sin descanso. Un día tras otro, una semana tras otra, un año tras otro.

No era consciente de ello. El tiempo, su transcurso, su paso irrefrenable e inexorable, era un concepto alieno. Nada tenía que ver con él. Desde sus inicios, sólo había existido el pico, y él, lo único que había hecho a lo largo de toda su existencia era golpear sistemáticamente la piedra que tenía enfrente. En caso de considerarlo, para él, el concepto de tiempo hubiese sido algo confuso, difuso. Nunca había visto la luz del sol. No conocía el significado de la palabra día, semana o mes. Su rutina siempre había sido la misma. En su corta, larga o eterna existencia, nunca había experimentado nada, no había realizado acción alguna o visto elemento distinto que sirviese como referencia para empezar a contabilizar los beeps cíclicos, precisos y monótonos que surgían de algún punto perdido en el interior de su grueso armazón.

Del mismo modo que, para él, el concepto de tiempo era voluble, también lo era el concepto de consecuencia, de objetivo, de meta. Él tenía una misión, pero nunca se había planteado el objetivo de su trabajo. Las consecuencias era algo que nunca había evaluado y nunca lo había hecho porque  no tenían ninguna influencia en su cometido inmediato: picar, picar una vez tras otra esa rojiza y dura piedra calcárea.

Y de ese modo, beep tras beep, agotaría su existencia en un cometido vano, en las profundidades de un planeta devastado, en una misión de objetivo ya inexistente... sin ser consciente en ningún momento de todo ello. Simplemente, él se limitaría a picar sin descanso hasta que la pequeña pila nuclear que llevaba alojada en su torso agotara sus reservas.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Junio de 2009 a las 17:56
                                            IDENTIDAD
                         
               "Es como si no hubiera nadie... No es ella, no lo es"



      (Relato de un hijo)

Mi madre, dentro de la enfermedad conserva cosas de su carácter.
Ha sido muy sociable y muy cariñosa, y le ha gustado ayudar a todo el mundo. Y aún es, acepta muy bien a toda la gente.
Con mi padre y conmigo no se comporta así, pero con el resto de la sociedad es la persona que ha sido siempre, cariñosa y atenta.
No puedo hablar nada con ella, pero tampoco se preocupa de nada por mí. No sé, es totalmente diferente, no es la persona que era. Parece que esté centrada mucho en ella, con nosotros nada, en cambio con el resto sí.
Mi madre ha sido, una persona luchadora pero donde las haya.
Núnca se ha dejado vencer por nada.
Muy activa, muy emprendedora... una mujer muy inteligente.
Creo que aún guarda todo eso.
Cuando estoy con ella, la acaricio, le abrazo y le beso, le toco el brazo, le explico cuanto acontece a su alrededor, le preparo su postre preferido, o le pongo el programa de radio que tanto le gusta escuchar.
Ella quiere esto y es lo que tiene. Le gusta que esté mucho con ella,  que la lleve aquí, y que la lleve allá, que la peine, que la pinte, y que... Y es lo que tiene.
No me entiende nada, ni habla, ni escribe ni nada.
Igual son fantasias mias, pero creo que su cabeza no sabe ni lo que piensa.
Ella nota lo que le haces, nota que estas por ella, de que la cuidas... Y notas como está bien.
Aveces ella te dice que no te quiere y te trata mal, pero eso es la enfermedad, nada más.
Siempre estaba en casa y, ahora su lugar está vacio.
Yo sigo necesitando a mi madre, porque supongo que la figura de la madre es la figura de la madre, y mi padre supongo que sigue necesitando a mamá, y ahora más, porque cuando estás jubilado es cuando más tiempo puedes compartir o más puedes disfrutar de la vida.
Yo no tengo madre, la tengo fisicamente porque la veo, pero emocionalmente o para otras cosas pues no, no tengo madre, es la pura verdad.
Ahora es al reves, yo soy quien cuido de mamá, como si estubiese con una hija, como si estubiese con un bebe.
La incertidumbre siempre está presente, a veces, parece que mantiene cierta capacidad para pensar, aunque manifiesta no saber cual puede ser el contenido de sus pensamientos.
A veces le pregunto:
-¿Mamá, me quieres?
Ella, se gira, y me dice.
-Te quiero con toda mí locura
-Está aquí papá, ¿le quieres?
Ya no se acuerda de nada...

Si algún día me pidiesen resumir en una palabra, los motivos por los que sigo cuidando a mi madre, esa palabra sería, sín lugar a dudas, AMOR.




 




concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Junio de 2009 a las 18:10

Nada es lo que parece 

 

    Entró en la agencia de detectives temprano, diez minutos antes de que comenzara su horario laboral. En efecto, Julio era detective. Se dedicaba a investigar la vida de la gente: que si la de una mujer cuyo marido sospechaba que le ponía los cuernos; que si la de un trabajador de baja cuya empresa sospechaba de la veracidad de su enfermedad; que si la de un político cuyo puesto en el partido y en el Gobierno pudiera quedar en entredicho…

 

    Pero Julio también rastreaba la existencia de sus compañeros de trabajo. Lo hacía los fines de semana con los mismos medios que utilizaba los llamados días de diario en su actividad laboral.

 

    Ya sentado en su puesto, Julio, asqueado de todo –y eso que la jornada no había hecho más que comenzar- comenzó a juzgar a los que iban entrando, a sus compañeros:

 

   “Mira”, se decía, “Diana, la más tonta aquí y la más lista fuera. Se hace pasar por imbécil y en realidad está forrada. Es una niña de papá, lo tiene todo: cinco pisos, uno en donde vive y los otros cuatro en alquiler. Podría vivir una existencia ideal, sin trabajar y sin apenas agobios, pero aquí está, porque no tiene vida social, ni amigos ni nada, tiene que venir aquí para sentirse igual al resto de la humanidad”.

 

   “Ahí viene el otro, Alberto. Siempre burlándose de todo el mundo, como si fuera perfecto. Y sus amigos le toman por el más tonto del grupo, no le hacen ni caso cuando habla y aquí casi todos le tienen como un líder”.

 

    “Anda, el que faltaba, Javier. Éste va de macho intentando ligar con todas las de la oficina… ¡Si ellas supieran que se lo monta con el jovenzuelo del conserje…!”.

 

    “Ostia, el jefe…. Éste también tela marinera. Aquí va de duro y luego está con su bebé que se le cae la baba”

 

    Ya todos aposentados en sus sillas respectivas frente a sus ordenadores, realizando informes de vidas de otros o planificando idas a la calle para luego hacerlos, Julio pensó:

 

    “Anda que si todos estos supieran lo que yo sé de ellos… Y si supieran a lo que me dedico el fin de semana…”.

 

    Nadie lo advirtió, pero se puso colorado, bajó la cabeza y comenzó a trabajar. Dura existencia la de todos ellos, la suya incluida.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 11 de Junio de 2009 a las 0:56


                      EL HOMBRE DEL SACO




DESTINO

……Un cigarrillo medio consumido,
 el frío suelo y una idea;
 perdido en el recuento,
 una vez más, de las tristezas de la vida.
 La bebida como única compañía,
 Triste  e ignorada soledad,
 destino aventurero,
 la calle como hogar, un cartón de vino,
 la vida solitaria y libre,
        y como techo el cielo…..





Cualquiera, al ver a aquel hombre, podría afirmar que era una ruina. Y tendría razón: el pelo y la barba le llegaban casi a la cintura, la ropa, impropia para la temporada de calor, mugrienta hasta quedar tiesa; toda su piel oscurecida por la suciedad, las uñas largas y negras. Era la viva imagen de una persona que ha llegado al límite de la degradación.
Estaba tranquilamente sentado en el peldaño de acceso a una lonja en venta, a su lado un gran saco negro, de esos de basura industrial, donde seguramente guardaba todas sus pertenencias y sobre él una revista de actualidad, abierta por la página en la que una bella mujer lo miraba sonriente. El también sonreía ilusionado y feliz y, en voz muy baja, le contaba algo a la fotografía que debía ser muy divertido, puesto que lo hacía reír de vez en cuando.

Caminando por la misma acera venían dos señoras de mediana edad, de esas bien vestidas y cuidadas, que charlaban amigablemente. Al acercarse al hombre una de ellas le dio con el codo a la otra, disimuladamente y le dijo:

- Mira, Inés, ese hombre ahí sentado es Juan Hidalgo, el ex de Luisa Martínez. Sí, mujer, no pongas esa cara de no saber, ¿no recuerdas?, aquel que desapareció de pronto un día.

- ¡Ah!, si, ahora lo recuerdo, menuda papeleta fue aquello para la familia.

- Pues ahí le tienes; no fue suficiente con todo aquel jaleo, que ahora tienen que verlo a todas horas por aquí en esas condiciones.

- Parece que no es agresivo ¿no?

- Pues no lo sé, pero a simple vista, eso parece.

Sin ningún cuidado las dos mujeres miraban al hombre, como si no estuviera ahí o no pudiera verlas. Así que él se levantó un poco del suelo y poniendo su negra mano en sus testículos les hizo un gesto obsceno con la boca, consiguiendo con ello que ellas salieran casi corriendo de allí, haciendo comentarios airados sobre la desvergüenza de aquel hombre.

El se rió con una risa ronca y volviéndose a la rubia de la revista le dijo:

- Así era mi mujer, y parecido era yo. ¿Que te lo cuente? Pues verás:

-Yo tenía un gran despacho en una gran Empresa, era apreciado por los grandes jefazos y por mis subalternos, viajaba mucho y tomaba grandes decisiones; decidía sobre la vida de los demás y sus patrimonios y de paso me enriquecía yo todo lo que podía. Vestía buenos trajes e iba a los mejores hoteles en los mejores coches.
No paraba. ¿Qué si era feliz? Pues no lo sé, de verdad, no tenía tiempo para darme cuenta de si lo era. Pero yo pensaba que sí y que mi familia lo era también, vivían con lo mejor.

Empecé a sentirme extraño cuando llegó la primera crisis económica; las cosas se me escapaban de las manos y yo empecé a desfasar. No fue nada grave, lo controlé bien con unas pastillas para la ansiedad y un par de semanas de descanso. Pero un día mi hija se fue de casa con un tipo al que acababa de conocer y que le triplicaba la edad, artista decía que era, pintaba monigotes. Ni siquiera me lo comentó. Se fue. Que nunca estaba en casa, me dijo después. Ese día di el primer salto. Después, sin saber cómo, fui dando otros, hasta que decidí irme a la playa justo el día que tenía la reunión más importante de los últimos tiempos, en el despacho. Y ¿sabes? No me importó nada. ¡Qué se vayan a tomar por culo! Me dije. Y me tumbé en la arena y me quedé dormido.

Discutí con mis jefes, claro. Pero aquella me la pasaron. Yo les rendía pingües beneficios. Pero las siguientes y las otras de después, esas colmaron el vaso. Lo que lo fastidió todo definitivamente, fue el día que le dije a uno de nuestros mejores clientes, delante de todo el mundo, que me jodían mucho sus opiniones y que se las metiera por donde ya sabía.

Y me fui. Era eso o echarme. Me hicieron el favor. Pero lo cierto es que me fui del todo. De allí, de casa y de la ciudad y sobre todo me fui de mí mismo. Y aquí estoy, contigo. Tú me gustas mucho, porque siempre estás sonriente y nunca me haces reproches. Y además por fin hago lo que quiero sin preocuparme de nada, ni de nadie. Y soy libre. Dicen que no soy el mismo y que estoy trastornado, pero yo sé que no es verdad, que yo soy más yo justo ahora.

Y eso es todo. Ya lo ves.

 Se pasó la mano por la nariz y luego la subió a la frente, como enjuagándose el sudor, dejando un chorretón negro por el recorrido,  que se unió a los múltiples que ya llenaban su cara.
Tomando la revista en las manos, con mucho cuidado, casi con mimo, la metió dentro del saco de plástico que, al levantarse, cargó a las espaldas y se fue calle abajo, parándose en cada papelera para mirar dentro a ver si había algún tesoro que poder guardar.


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Junio de 2009 a las 2:22



Desde aquella reunión, la cabeza de Luigi no dejaba de dar vueltas. El grupo de gente en el que se había integrado tan plenamente desde hacía casi un año, planeaba aniquilar al grupo de gente que había formado parte de su vida durante los cinco años anteriores.

Luigi nunca pensó detenidamente en las presiones psicológicas a las que se enfrentaría siendo un policía infiltrado. Fue un estúpido, se lanzó a la piscina sin preguntarse qué había debajo. Nunca dudó de su sentido de la justicia, de su concepto del bien y el mal, de su total determinación a la hora de enfrentarse a la mafia que asolaba su querida ciudad. Pero desde que empezó a ganarse la confianza de Fabio Puzo y su familia y esbirros, el italiano, sin ser plenamente consciente de ello, comenzó a sentirse como nunca lo había hecho antes. Se sentía querido, arropado, integrado en un grupo de gente que le apreciaba de verdad y que confiaba en él.

Ganaba mucho dinero y vivía con gran lujo, y los desafíos que se le presentaban, manifestados principalmente en forma de extorsiones, le hacían sentirse más pletórico, poderoso, que culpable. En ningún momento a lo largo de ese excitante año le había fallado a sus colegas de la policía: les había estado pasando información acerca de su progreso desde entonces, desensibilizado, como quien fabrica la primera bomba atómica de la historia no viendo (o no queriendo ver) cuáles son las consecuencias futuras de lo que, por deber, está haciendo. Los meses fueron pasando ambiguos, inciertos, las emociones de Luigi eran un torrente de confusión dividido entre sus viejos amigos de la policía, y su nueva familia mafiosa en la que tan a gusto se sentía.

Aquella fatídica reunión fue un mazazo en la cabeza de Luigi, un punto de inflexión vital que le invitaría a una profunda reflexión. Definitivamente, por alguna razón que no conocía, allí fue informado de que Fabio estaba al tanto de cuáles eran los policías asignados a su caso. Estaba al tanto de cada aspecto de su rutina, poseía una información tan profunda acerca de sus colegas, que el policía infiltrado no podía evitar sentir un escalofrío cada vez que pensaba en ello. Su hasta ahora tan cómodo y despreocupado camino, se dividía en dos direcciones radicalmente opuestas: la policía, con sus sueldos precarios, escasa seguridad, viejos amigos, en el lado correcto pero aburrido de la ley; o la mafia, con sus generosos ingresos, protección del capo, nuevos amigos, en lado incorrecto pero estimulante de la ley. El hombre incluso llegó a considerar la posibilidad de que Puzo sospechara acerca de su auténtica identidad, y precisamente por ello fuera él el elegido para ir a asesinar a los que, (posiblemente, pensaría el capo) eran sus colegas. ¿Una forma de asegurarse de la fidelidad del sospechoso a la familia? Podría ser. Tal vez eso explicaría el por qué de la asignación de un trabajo tan importante de repente, pues Luigi hasta el momento sólo había trabajado para el capo en asuntos menores, nada de asesinatos, y mucho menos a policías.

Sin haber tenido tiempo de poner en orden sus sentimientos, de pensar en frío y aclarar sus planes de futuro, Luigi había cesado por primera vez de informar a Amadeo, su colega del departamento. Antes de que se diera cuenta, estaba ya subido en un mercedes negro dentro del garaje de la mansión Puzo, acompañado por nada más y nada menos que los dos hijos de Fabio, y uno de los esbirros de la familia con los que había cogido más confianza: Juan, el chófer.

El plan era claro: sirviéndose de pequeñas ametralladoras UZI, los tres pasajeros del coche dispararían una lluvia de balas. Un rápido barrido mortal se sucedería cuando Juan condujera, lentamente, justo por delante de la terraza del bar donde Amadeo, junto a un par de amigos también involucrados en el caso Puzo, solían almorzar al aire libre.

Apenas media hora más tarde, el mercedes negro se encontraba de nuevo en el garaje de la mansión Puzo. La misión había sido todo un éxito. Los tres policías, que en ningún momento de dieron cuenta de lo que estaba pasando, fueron brutalmente acribillados por más de cien balas provenientes de tres cañones furiosos, uno de los cuales era manejado con pericia por Luigi. Sus tres compañeros, ya a salvo en el garaje, estallaron en celebraciones. El plan había salido maravillosamente, y además la fidelidad del que llegaron a considerar posible agente infiltrado, quedaba más que demostrada para ellos. Sonrientes y exaltados en sus asientos, apenas se dieron cuenta de que el rostro de Luigi era sombrío. Y lo que fue peor para ellos, apenas se dieron cuenta de que le había quitado de nuevo el seguro a su ametralladora, y se disponía a disparar a quemarropa contra los tres.
 
El coche acabó salpicado de sangre hasta los topes. El policía infiltrado, prácticamente fuera de sí, dejó su arma vacía en el suelo, y cogió las de los dos hermanos que yacían inertes en sus asientos, aún con esa estúpida sonrisa en la cara.

Empuñando una UZI en cada mano, Luigi irrumpió en la planta baja de la mansión Puzo. Sin que nadie pudiera esperárselo, el otrora esbirro de confianza atacó a los que antes eran sus compañeros, aniquiló absolutamente a todos ellos sin que tuvieran siquiera tiempo a reaccionar. Con la ventaja del factor sorpresa, no le fue difícil llegar hasta la segunda planta ya con nuevas armas cogidas a los caídos, acribillar a la guardia personal del capo, y meter una bala a Fabio Puzo entre ceja y ceja, mirándole fijamente a los ojos frente a la gran mesa de su despacho.

Más de veinte cuerpos ensangrentados adornaban la mansión Puzo en sus dos ostentosas plantas. Luigi no estaba muy seguro acerca de qué oscuro futuro le esperaba a partir de ese momento, o de qué recursos se podría servir para rehacer una vida que en realidad siempre estuvo rota. El hombre, dominado aún por los sentimientos de duelo por la destrucción de los dos mundos entre los que se estuvo moviendo a lo largo del último año, con sus dos identidades radicalmente separadas, sólo tenía clara una cosa:

“O los dos, o ninguno”.


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Junio de 2009 a las 12:47
EL ANVERSO

    Llevaba días sin dormir tanto y tan bien. Era sábado. Haría la compra de la semana y luego se encerraría en casa a leer los periódicos y a ver películas clásicas del oeste. Hacía calor. No lo había notado en toda la noche. Se daría una ducha antes de desayunar. Se dirigió al servicio y orinó con la mano apoyada en la pared, ligeramente inclinado hacia el retrete. Luego, fiel al guión de todas las mañanas, se colocó frente al espejo y lo que vio fue una pared alicatada con baldosas blancas.
-    ¡Mierda!
Se llevó las manos a la cara para asegurarse de que seguía ahí, barbada y húmeda de sudor. Conocía algunos otros casos. Dio media vuelta y miró directamente la pared a su espalda, no la reflejada en el espejo. “¡Mierda!”, se repitió en voz baja, como si con aquella palabra pudiese cambiar las cosas. Recordó que a un compañero le sucedió lo mismo y decidió llamarlo.
-    Te aconsejo que no te pongas nervioso. Es lo peor que puedes hacer: ponerte nervioso y acabar pensando que la cosa no tiene remedio.
-    ¿Lo tiene?
-    Claro que lo tiene. Has hecho bien llamándome. Copia la siguiente dirección y no pierdas el tiempo. Yo tuve que mover cielo y tierra antes de que un funcionario cabrón me la acabase dictando. Todo fue más fácil desde ese instante.
Anotó el nombre de la calle y el número. “Procura no perder la calma”, se repitió bajo una lluvia de alfileres helados y, poco después, ante un tazón de café con leche y tostadas con aceite.
En la calle se sentía invisible. Los transeúntes con los que se cruzaba parecían traspasarle con la mirada, pero él sabía que podían verlo, tocarlo. Provocó un choque con un señor que le venía de frente y que le pidió disculpas por ser tan torpe. Las aceptó. Estaba inquieto, pero sin perder la calma, como puede estarlo quien espera el resultado de un examen o la llamada de alguien a quien acaba de conocer y del que se ha enamorado.
El edificio tenía dos plantas. Un hombre le oyó exponer su caso sin mover un músculo. A continuación le entregó un formulario que debía contestar. Lo hizo en pocos minutos.
-    No le garantizo un éxito al cien por cien. Ya sabe como son estas cosas… -No, no lo sabía. Era la primera vez y continuaba sin estar nervioso. – Le daré una llave. Usted irá al número de cabina que le indique y tendrá que resolver el problema por sí mismo.
Cogió la llave que le entregaba el hombre y caminó por un largo pasillo flanqueado de puertas innumerables. Un sordo rumor de voces salía de detrás de aquellas puertas. La suya se encontraba casi al final. Daba paso a una suerte de cabina con una silla y un espejo de cuerpo entero enfrente de la silla. Se sentó y esperó a que sucediera algo. Al cabo, una figura humana igual a la suya en todos los detalles, se acomodó en la silla del espejo y se le quedó mirando fijamente. Vestían las mismas ropas, lucían el mismo peinado, sus manos las apoyaban a la misma altura de los muslos.
-    ¿A qué has venido?
-    A buscarte, evidentemente. –La voz le temblaba un poco. Se sintió ridículo hablando con su propio yo.
-    Podrías haberte ahorrado el viaje. No pienso ser nunca más tu anverso.
-    ¿Puedo conocer la razón?
-    Opino que no, pero voy a dártela de todos modos. Básicamente se trata de aburrimiento. No llegas a imaginarte lo aburrido que estoy de ti.
-    ¿Es posible?
-    ¡¿Posible?! Si supieras cuánto me asquea tu modo de vida. ¿Me has preguntado alguna vez si me gustan las películas del oeste? Odio a esos tipos que andan a caballo de un pueblo a otro y que, a la menor ocasión, hacen uso de su pistola. ¿Me has preguntado si me apetece beber leche cuando tú bebes leche?
-    Nos vemos poco.
-    No es escusa. Siempre hay un vidrio o un espejo próximo donde encontrarme.
-    Pero eso sería agotador para mí. Si siempre que tomo una decisión tengo que consultártela, no haría nada en el poco tiempo libre del que dispongo.
-    Del que disponemos… He ahí donde radica el problema, que no nos tenéis en cuenta; vosotros, los que no dependéis para haceros ver de que el otro decida mirarse la jeta, solo pensáis en vuestro bienestar.
-    ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza?
-    Conservo recuerdos que tú pareces haber olvidado en algún momento de nuestras vidas. Hubo un tiempo en el que quisiste cambiar el mundo, en el que todo aquello que no te gustaba lo combatías con uñas y dientes porque considerabas que era lo mejor no solo para ti, sino para todos.
-    Nos hacemos viejos. Nos hacemos conservadores.
-    Yo no quiero ser conservador.
-    Esto es absurdo. ¿Cómo puedo estar hablando con mi propia imagen? Me pregunto si no será un sueño del que no he despertado aún.
-    Eres patético. Te niegas a admitir la evidencia. El problema es tuyo, ¿sabes? Sin mí acabarás consumiéndote, te volverás loco, pronto abordarás a todo el que te cruces por la calle y le exigirás respuestas.
De repente sintió miedo. Perdía la calma. Ocultó la cabeza entre sus manos. Necesitaba pensar.
-    ¿Qué puedo hacer para recuperarte? –preguntó tras un largo silencio. Su imagen presentaba las mismas marcas de los dedos en su frente y el pelo revuelto.
-    Pensar más en mí.
-    Pero necesito saber qué quieres que te dé. No puedo actuar sin un referente.
-    Escarba en el poso de los días. Ahí es donde hallarás una respuesta.
Se vio a sí mismo enfrentándose a un policía de dos metros. Se reconoció entre un grupo de estudiantes enzarzados en una discusión infinita sin apenas voz, ronca de tabaco y de cerveza caliente. Se sorprendió en brazos de una muchacha con las tetas más hermosas de la facultad. Se supo desnudo bajo el agua en una playa de la Costa Brava. Se observó con barba, pelo largo como un Cristo, camiseta raída y sandalias en un campo de refugiados en Argel...
-    Me pides un imposible –sollozó.
-    No seas melodramático. Solo me faltaba eso.
-    Está bien. Cambiaré. Mi compañero recuperó su reflejo no hace mucho y si él pudo, yo también.
-    Las razones de la separación cambian en función del individuo.
-    Dejaré de beber leche, dejaré de ver películas del oeste; abriré las cajas donde guardo novelas que nos emocionaron, volveré a fumar tabaco negro, buscaré con quien compartir cama las noches de los sábados, haré cursillos de idiomas, cualquier cosa si con eso logro volver a encontrarte a ese lado del espejo.
-    ¿Me lo prometes?
-    Claro.
Acercó la mano al vidrio y se tocaron. El pacto estaba hecho. Salió de la cabina con un nudo de congoja en el estómago que le duraría hasta llegar a casa. Durante el trayecto no quiso comprobar si en las lunas de los escaparates le acompañaba el reflejo. Mejor en casa. La desilusión podría encauzarla mejor a solas que rodeado de desconocidos. Subió por las escaleras para no enfrentarse al espejo del ascensor. Ya dentro, caminó al lavabo y allí estaba, el mismo tipo ventrudo y con ojeras, el mismo individuo lacio del que dependía su existencia, al que odiaba más conforme pasaban los años, su condena hasta el fin.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Junio de 2009 a las 13:45

 

 

 

Perdido en sí mismo

 

 

Ella le adoraba. Su físico era perfecto, el tipo de hombre que siempre le había atraído. Sus modales eran suaves, sus manos y labios certeros en las caricias. Sus palabras las adecuadas en cada instante, las que siempre la dejaban bien a ella ante él y ante los otros. Se sentía comprendida, respetada, amada, casi como una diosa a su lado. Decidieron casarse; estaban seguros de haber encontrado a la persona adecuada para compartir su proyecto. La boda fue un éxito de alegría, diversión y cariño. El viaje de novios un destino al paraíso soñado. Regresaron felices. Pasados dos meses, ella quedó alegremente embarazada. Él recibió la noticia con ilusión camuflada. Ella advirtió destellos de insinceridad. A partir de entonces, le fue observando, analizando, pendiente de todo lo que él hacía y decía. Y fue viendo, con sumo dolor, cómo se iniciaban los continuos cambios negativos en el trato que él le daba.

Conforme pasaban los días, en el rostro de él fueron creciendo expresiones furtivas llenas de sombras, y palabras atrapadas entre sus dientes, miradas frías y huidizas, esquivas caricias, gestos duros que dañaban la sensibilidad y el ánimo de ella. Se dilataban los silencios. No había respuestas a las preguntas de ella. El diálogo entre ambos iba muriendo: vaciándola a ella, dejándolo indiferente a él. La distancia entre ellos crecía a mayor velocidad que el hijo engendrado. Los encuentros íntimos fueron desapareciendo. Ella cayó en una incertidumbre y en una apatía creciente. Él, pasivo, en la melancolía sin fondo. Ella, observante, reprochaba su comportamiento. Él sólo argumentaba que eran imaginaciones suyas. Dejaron de salir, de mostrar su envidiada relación ante los otros, de mirarse de frente, de decirse, de acercarse, de tocarse. El ambiente hogareño feliz de los dos primeros meses se iba convirtiendo en algo insufrible, en una penitencia imposible de cumplir.

Ella se fue dando cuenta de lo mucho que desconocía a su marido, de lo torpe que había sido al dejarse llevar por la ilusión de una buena apariencia. Reconoció que no sabía casi nada de él, que se había casado con el mayor extraño que había pasado por su vida, que de él sólo sabía su nombre y apellidos, cómo era su exterior, o que carecía de familia y era director de una multinacional, y poco más. Nada conocía sobre su verdadero interior y su pasado. Su auténtica identidad estaba velada, oculta tras un físico y unos modales perfectos, engañosos.

Se dijo tonta, cría, miles de veces, desesperada, pero se armó de paciencia y valor.

Buscó, rauda, a un investigador privado. Tras unos días de seguimiento, éste concluyó asegurando que su marido había sido un chico guapo salido de un barrio bajo de la ciudad, niño conflictivo, pandillero bronco en su adolescencia, rechazado por sus padres, perseguido por la policía, gerente de empresas dudosas, traficante de todo lo que caía en sus manos y muy reservado con su vida, sin amigos de verdad, solitario; pero la suerte profesional se había aliado con él en el momento preciso, permitiéndole ocupar un puesto destacado que le había ido abriendo puerta tras puerta en el mundo de los negocios.

A pesar de la dualidad del marido, ella se crecía ante los inconvenientes. No deseaba perder a la persona que sabía amaba intensamente aún y no dejaría de amar nunca.

Aquella noche de angustia en espiral, metidos ya en la cama y cuando él la creía dormida, ella advirtió las puntas de unas tijeras hundiéndose lentamente en su abultada barriga de ocho meses. Pero ella tuvo un destello de lucidez. Se volvió serena hacia él, controlando el temor, como si despertase de un plácido sueño. Al mirarle a los ojos y ver sus lágrimas, el miedo instalado en sus iris, la confusión en su rostro, el temblor de un niño desvalido en su cuerpo, sospechó de inmediato sobre el origen del mal de su marido, sobre las consecuencias de su desamparo, sobre sus celos hacia el hijo, sobre sus carencias, sobre su cambio radical, sobre aquella viscosa identidad, sobre todo lo que les estaba amargando la existencia.

Entonces, le acarició con dulzura la cabeza -que él acababa de dejar desmayada sobre la almohada-, las húmedas sienes, los titilantes párpados cerrados, la comisura de sus temblorosos labios, las gélidas manos sudorosas, diciéndole en voz queda cuánto lo amaba y necesitaba, entre tarareos de su canción favorita. Ella consiguió sacar las tijeras de los dedos de él, sin esfuerzo, lentamente, como si sus falanges estuviesen inertes. Y él se abrazó con fuerza a la cintura de ella, mudo. Quedó blando, dormido como un bebé al pecho materno, empapando el escote femenino de lágrimas y saliva.

Cada día, entre mimos y suaves pero contundentes frases, ella lo iba convenciendo para que visitase a un entendido en su problema.

Antes de nacer el hijo, él caminaba ya de la mano de ella en dirección a la consulta del psiquiatra, dos veces por semana. Tras nacer el niño, él empujaba con gusto el carrito del bebé junto a ella, con frecuencia, cruzándose miradas de complicidad.

Él iba recuperando, poco a poco, su identidad interna perdida en la niñez, y ella el aceptable bienestar que ambicionaba.

La vida en pareja no llegó a ser un cuento de hadas. Periódicamente, surgían en él retazos de su mal que dañaba a ambos, pero ella y el doctor lo manejaban acertadamente. Sus vidas fueron una lucha de búsquedas y hallazgos, dentro de una moderada armonía que beneficiaba a familiares, amigos y, sobre todo, a ellos mismos y al niño.

Ella siempre se sintió satisfecha de su modo de reaccionar con él, y él contento de haberle hecho caso a la mujer que representaba lo mejor para sí mismo.

Pasado el tiempo, supieron que él había sido el hijo no deseado producto de una violación a una bella adolescente de clase baja, por parte del chulo del barrio. La madre lo había abandonado el mismo día del nacimiento. Lo dejó, con frialdad, entre lejanos parientes despreocupados, que lo usaron como ayuda y se deshicieron de él en la dura adolescencia.

Lo bueno de todo ello es que él conoció, por fin y junto a ella, el origen de su identidad y la causa de sus males, hasta entonces aprisionados en los recovecos de su ser, en esos a los que él nunca había sabido llegar por sí mismo.

concursoderelatos
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  • 13 de Junio de 2009 a las 14:36

PSICOLOGICAMENTE PERFECTO

 

Gunht, como cada mañana, antes de entrar en su consulta, se calza sus zapatillas de deporte y sale corriendo por el sendero que antiguamente conectaba el pueblo de Murg con el condado de Unterterzen. Siete kilómetros hasta el bosque de Vellen y vuelta; siempre contemplando el lago Walensee y siempre admirado de tanta belleza.

 

Mientras corre y contempla el paisaje, repasa su agenda diaria.

 

Hoy, a primera hora, visita de la señora Pragter, perennemente acompañada de su hija; a veces duda si su cliente es la madre o la hija. Su dilatada experiencia le susurra al oído que no anda muy equivocado, pero la realidad, estado en el que Gunht cree tener puestos sus pies y, sobre ellos, todos sus sentidos, le indica que la que padece los “desvanecimientos” mentales es la madre. Sonríe mientras pasa mentalmente la hoja de la agenda.

 

¡Vaya!, exclama al recordar la segunda visita, el enorme problema del joven Louis. ¿Como un chico de unas características tan perfectamente determinadas, con unos resultados de análisis de todo tipo tan perfectos, estudiante de muy alto nivel, en segundo curso de ingeniería de sistemas, tranquilo, inteligente y ... esa sorprendente manía de creerse un ser diferente que tiene un solo objetivo en la vida. En la entrevista que tuvo con su madre, Gunth nunca olvidará el comentario que ella le hizo cuando le contó el problema de su hijo: “Doctor, puede que ahora no comprenda, pero le garantizo que al final, él hará lo que debe hacer para que usted lo entienda todo” y despidiéndose de él le sonrió.

 

Diez semanas consecutivas; diez horas tomando apuntes de cosas tan increíbles que aun con sus conocimientos no llegaba a entender. Cuando, desarmado por tanta información incomprensible le preguntaba el por qué y para qué, siempre la misma respuesta “Doctor, espere hasta el final” Gunht le insistía – pero... ¿Por qué a mi?. Se entiende que todo esto tiene algún objetivo y ...- como si no le oyese, el joven Louis seguía descargando su mente.

 

Ya el sudor le empapaba el chandal cuando llegó hasta el bosque; rodearía el enorme abeto del centro del sendero y volvería. En ese instante sintió como le saludaban pero, al no haber recibido el mensaje por sus oídos, siguió corriendo, rodeando el gigantesco árbol. - ¡Doctor Hobbest, buenos días!- le insistió el subconsciente y, deteniéndose junto al árbol, miró a su alrededor. Gran conocedor de la mente humana y del cerebro donde teóricamente se albergaba la obra más perfecta que la naturaleza había fabricado, motivos por los que desde pequeño su gran objetivo fue la psiquiatría, sonrió de la broma que el suyo le estaba gastando y comenzó a correr de nuevo. Fue en ese instante cuando le vio. El joven Louis estaba en el centro del sendero, parado, con sus manos en los bolsillos y, como siempre, la cabeza inclinada hacia un lado, agachada pero mirándole a los ojos.

 

- Doctor Hobbest, me sorprende su incredulidad; ¡tanto le he contado ya y aun no me entiende. Su “realidad” deforma sus ideas y estas le fuerzan a no creerme!-  Gunth se paró junto a él, sorprendido al ver como le oía sin que Louis moviese los labios al hablar.

 

-¿Eres Louis?. ¿De donde sales?- le preguntó sorprendido por tan repentina aparición; su estupor ante la transparencia de su etérea figura, la sensación de estar como levitando, sin peso alguno y el fuerte impacto al oír nítidamente su voz dentro de su cerebro, solo podrían desaparecer y hacerle reaccionar con una contestación lógica de Louis a sus preguntas.

 

- ¿Duda usted hasta de sus propias sensaciones? ¿Es que acaso ya ni cree a sus oídos y vista? ¡Ah, Doctor!, no me decepcione ahora que ya todo está hecho. Cuanto le tenía que decir ya se lo dije; todo lo que le tenía que informar ya le informé. Ahora, solo me queda una cosa por hacer y, entiendo que ha llegado el momento-. Al ver cómo Louis se acercaba a él, Gunth se echó hacia atrás alarmado.

 

-¿Qué es lo que tienes que hacer?. En las sesiones me has dado mucha información que yo no he llegado a entender, pero nunca me has hablado de hacer nada al final. ¿A qué te refieres?.-

 

- No tema Doctor, nada que pueda hacerle daño alguno, nada que le pueda preocupar- y siguió avanzando hacia Gunth. Al intentar apartarse de él, sintiendo como le oía sin hablar, y viendo como le veía avanzar sin andar, Gunth intentó huir, pero se sintió inmovilizado. Sin poderlo evitar, notó como el cuerpo inmaterial de Louis se introducía en él y, antes de poder decir nada, sintió un pequeño shock en su cerebro.

 

Instantes después Gunth corría hacia Murg haciendo repaso de su agenda para aquella mañana. El sudor le corría por todo el cuerpo; ya el calor del verano se empezaba a notar.

concursoderelatos
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  • 14 de Junio de 2009 a las 15:20

LO MÍO CON ALPAVIESE

 

 

(…) mientras yo lloraba abrazado a mi novia, buscaba apoyo para la causa… buscaba llevar la situación al límite y que me dijera basta: "¡Quieres dejar de comportarte como un maniaco! Deberías buscarte la vida, y salvarte tú, joder. Ponte en manos de un profesional, y deja esas chorradas sobre el Quijote; el mundo no necesita más locos escupiendo sandeces y babas. Colgado de mierda… no lo flipes con la eidésis esa de mierda. No hay trasvase de dolor, tú les escuchas durante horas y quedas hecho una porquería, joder, tío."

Pero a lo más que llegaba, era a decirme que no me comprendía en absoluto, que era su bicho, su amante, su niño… que nadie hacía que se corriera como yo lo hacía.  

 

Vivíamos fuera de todo tiempo- aunque mi novia prefería fechar con números en las páginas del taller literario de poesía y cuentos, al que acudíamos en la nave de La Fábrica- me miraba extrañada cuando anotaba una ubicación imaginaría ,y una fecha inventada. Vivíamos rodeados de locura, aunque censuraba con gesto duro mis historias sobre Alpaviese. Después de aquella conversación sobre el ascensor sin ascensorista, de la reja negra recién pintada, y lo de mí hogar dentro de mí, me recomendó - como ella lo llamó un retiro humanista- unos días de descanso de los amigos, la cafeína y las noches de humo. Llevo dos días sin café, literatura, locura, o porros. Me levanto temprano, y le hago la compra a la vieja, mi higiene personal es impecable y no llevo a cabo ningún ritual sexual sustitutivo por que no la vea… comienzo a aburrirme. Tercer día, (hacía meses que no me quedaba en blanco frente a la máquina) menudo coñazo… tengo los nervios a flor de piel. He recuperado algo de cordura, de intranquilidad por mis peculiaridades socio-económicas, estoy pensando en volver a buscar un trabajo a parte de la reforma. Algo fácil de sobrellevar, uno de esos de cuarenta horas semanales mirando la puerta de un local al que nadie entra; así tendría tiempo para leer con calma, y tomar café.

 

Pero volvamos. Volvamos al relato; sigo llorando abrazado a mi novia. Ella no sabe porque lloro- yo mismo dudo de que sea por el dolor de M., aunque me haya contado una historia horrible-, lo que más me jode es que esté sola, y que ni siquiera yo pueda acompañarla-  intuyo que no soy el Quijote, que me estoy enganchando a esta mierda, y que voy a terminar con el macuto a cuestas buscando gente que necesite ser escuchada… pienso en que el doctor Sam Beckett nunca regresó a casa, y se lo digo:      " el doctor Sam Beckett nunca regresó a casa " y fluyo por ese camino equivocado. Llanto, y risa. Cafeína, llanto y risa… lloro, como hace años que no me permitía delante de nadie. Y más risas. El gas a presión - contenido en mi cráneo- hace sonar todas las alarmas. ERGN!! La válvula de emergencia se abre, y subo, y bajo del cielo hasta aquí abajo por periodos de dos segundos: " hacen falta más Quijotes en el mundo"… le digo, "hacen falta más…", "hacen falta" repito. Ella me abraza, y no sabe que decir… ella me ama, nada más.  

 

Salgo de la habitación con los ojos rojos. He dejado a Ana a solas aclarándose las ideas, supongo que trata de asumir que estoy mal de la cabeza, se estará liando un peta para pensar con mayor claridad. En el salón, M. está sentada en el suelo. Escribe algo en la mesita del café, parece una niña de siete años. Se relame como una niña pequeña, se muerde los labios para concentrarse como lo haría una niña pequeña, resopla por el esfuerzo e inclina la cabeza hacia uno, y otro lado. Me acerco, y me ofrece el papel. Es un poema, muy malo, malo de cojones, y un dibujo; me ha dibujado como si fuera el quijote, con una cacerola en la cabeza, y una cuchara de palo en lugar de espada o lanza. El poema habla de nuestro encuentro, de lo que compartimos durante esas noches de humo. "Vaya", pienso, "que cojones les pasará a los locos en esta casa…"  Tengo clara una cosa, debo huir, tomar un descanso… no quiero terminar como el dominico haciendo hechizos,  y con ataques de nervios incontrolables. Aunque claro- luego sonrío-. Tal vez sea demasiado tarde.

 

M. salta del suelo, y me trepa como si fuese un árbol. Dice que es un koala, y yo su arbolito; está como una puta cabra. Yo estoy como una puta cabra. Dominico está como una puta cabra, todo el que cruza el umbral de esta casa, tarde o temprano acaba como una puta cabra. Va ser una noche muy larga, una de esas noches. Así que me dirijo con mi amiga de veinte y pico colgada del cuerpo, y que no para de gritar que es un koala, a la cocina. Preparo algo de café, a ver si Ana se acaba de liar el peta, y tenemos un poco de actividad, humo, y conversación. Comenzaré con el retiro que me ha aconsejado Ana a partir del lunes, que coño. Curraré algo en la reforma de la casa de Javi, y el jueves vuelvo con mis amigos locos.

 

Un día te vuelven a dar las cinco de la mañana despierto. Y te tomas un café bien cargado para desayunar, de camino al curro te tumbas dos latas de bebidas energéticas porque vas a pasarte unas horitas tirando muros, y cargando sacos de escombros para que se los lleven a tomar por culo de una vez. Poco a poco la necesidad de sueño desaparece, y es sustituida por una forma especial de ver el asunto; no eres igual al resto. Sólo duermes tres horas cada dos días y estás especialmente contento, ya no caminas por la calle; caminas en medio de un paisaje fantástico que si se plasma tal cual resulta un magnifico poema. Una papelera es maravillosa, los edificios se extienden hasta el final del mundo conocido rodeados por una limpidez nunca vista. Te comunicas con todo ser vivo- árboles incluidos- sin tener que usar palabras, ni ninguna otra cadena cultural, porque ellos están allí y tú también. Todos estáis juntos mirándoos desde la punta de la nariz hasta la silueta de las hojas. Más cafeína, más bebidas energéticas, más sabiduría de aquella que acompañó a los primeros pobladores del mundo; y el viento te acaricia a ti, a nadie más, si no estuvieras ahí no habría soplado ninguna racha de viento, pues todo está conectado con todo, y todo está conectado contigo y tú a su vez estás conectado con todo. Tú eres el mundo, el mundo eres tú, o está dentro de tu cabeza, y dentro de tu cabeza es lo único que hay. Acabas de acceder a un conocimiento olvidado, un largo saber lo inunda… una sabiduría perdida. Todos esos tú, rodeándote, formando parte de ti, papeleras y basura en medio de la calle, que también eres tú, edificios de siluetas demasiado definidas, edificios que te invitan a caminar bajo ellos para que disfrutes de su sombra, coches que dejan hueco para que puedas pasar entre ellos, pájaros que te saludan y se sienten saludados si les haces el gesto de la mano, no tienes más importancia que el gato que huye tras una esquina, no eres más que cualquier ser y eres todos ellos al ser consciente de la sapiencia olvidada cuando los tiempos cambiaron para siempre. Llegas al trabajo, te cambias de ropa, y saludas a los compañeros. Te pones los guantes y coges la herramienta, picas la pared. Por primera vez el trabajo de albañil adquiere un sentido místico, es mágico. Como el camino y todo lo que te has cruzado mientras tanto. Los psiquiatras lo llaman manía, y joder, es la leche.

 

Cuando el fin de semana, vuelvo a casa del dominico, intento explicárselo todo a Ana. Pero ya es demasiado tarde, así que acabo llorando de impotencia, abrazándola.

 

concursoderelatos
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  • 14 de Junio de 2009 a las 21:10
María Sin Nombre

      Aunque llevaba trabajando como enfermera en el hospital más de cinco años, nada me había preparado para lo que me esperaba en la sala de urgencias. Se trataba de una niña de no más de siete u ocho años, en cuyos rasgos se dibujaban las huellas del síndrome de Down. La pequeña miraba con ojos asustados a su alrededor, inconsciente del terrible estado de su cuerpo. La sangre corría sobre su rostro desde una herida punzante, que algún golpe brutal le había producido en pleno cráneo y en sus brazos se alternaban cortes profundos y crueles quemaduras. No pude evitar recordar como mi padre apagaba sus cigarrillos en mis brazos, como castigo por haber sacado algún suspenso, mientras mi madre apartaba la mirada.
 
      Reprimiendo la angustia que sentía ante la saña y brutalidad con la que aquel pequeño cuerpo había sido maltratado, limpié sus heridas, hasta que la introdujeron en el quirófano, donde manos expertas se hicieron cargo de ella.

   Al llegar a casa, no podía olvidar la mirada indefensa de aquella pobre niña. A la mañana siguiente, lo primero que hice fue preguntar por la pequeña.

- ¡Pobrecilla! – exclamó la jefa de enfermería - ¿Te diste cuenta de que tenía Síndrome de Down?

- Claro– contesté impaciente –, pero ¿cómo está?

- Parece que se recuperará, aunque aún están haciéndole pruebas. Lo malo van a ser las secuelas; no recuerda nada y, en su condición, no parece fácil que recupere la memoria.

- ¿Y su familia?

- ¿Familia? ¿No has leído los periódicos? La encontraron en una cuneta de la carretera y nadie ha denunciado su desaparición. La policía cree que fue su propia familia la que la arrojó desde un coche en marcha.

- ¡Pero eso es monstruoso! – exclamé horrorizada.

- Sí, lo es – contestó la enfermera, bajando la mirada -. Algunas personas no aceptan tener hijos como ella y los apartan, tratándolos como animales o dejándoles morir.

   Pasé el resto del día con el estómago revuelto y, esa misma tarde, pedí el traslado inmediato a cuidados intensivos. Sentía que mi deber era intentar ayudar a aquella pequeña.

   Al día siguiente, pude, por fin, acudir a donde estaba ingresada la niña. La encontré mejor de lo que esperaba; aunque estaba conectada a una unidad de monitorización y lucía un aparatoso vendaje en la cabeza, no le habían puesto ventilación asistida. Un doctor estaba examinándola.

   Al consultar el historial, me llamó la atención el texto que aparecía en la cabecera: “Sin Nombre”.

- ¿Y esto? – pregunté al doctor.

- Nadie sabe cómo se llama – repuso, levantando los hombros.

- Mi madre decía que todas las mujeres eran Marías – exclamé –, mientras con mi bolígrafo añadía delante: “María”. 

   Cuando el doctor abandonó la habitación, me acerque a la pequeña. Se había quedado profundamente dormida debido a la fuerte medicación. Observé su rostro tranquilo y me fijé en el moratón de una de sus mejillas. A mi mente acudió la imagen de mi madre abofeteándome el día en que, al cumplir los dieciocho años, le dije que me iba a vivir con Aitor.

   Dos días después, encontré a María despierta. Sus ojos, azules y redondos, estaban llenos de la luz de la inocencia. Miraba a su alrededor con curiosidad y expectación y, nada más verme, me saludo con un tembloroso “hola”. Noté de inmediato como se estremecía al ver la bandeja en la que llevaba los útiles para hacerle un análisis de sangre.

- No te preocupes, cariño, no te voy a hacer ningún daño – le dije, acariciándole la mejilla.

   Cuando acerqué la jeringuilla a su brazo, todo su cuerpo temblaba. Estuve a punto de tirar la maldita jeringa y estrecharla entre mis brazos, pero, al final, decidí realizar la extracción lo más suavemente que pudiera. Al terminar, le di un beso en la mejilla y ella me devolvió una sonrisa que me supo a gloria.

   Más tarde, le llevé un pequeño geranio que tenía en mi casa medio abandonado.

   - ¡Está chunga! – exclamó, al ver el estado raquítico de la planta.

   - No se lo digas a nadie – le susurré al oído -, es que soy un desastre como jardinera.

   Empezó a reírse, con esa sinceridad y entrega de la que sólo son capaces los niños, consiguiendo que mi trabajo en el hospital se llenase de luz y alegría.

   Poco  a poco, el estado de María fue estabilizándose; el fantasma de una posible infección empezaba a alejarse definitivamente.
 Aprovechando su mejoría, le llevé unos rotuladores y un cuaderno para que se entretuviera dibujando. Nada más verlo, comenzó a garabatear con torpeza sobre el papel.

   - ¿Tu no dibujas? – me preguntó.

   - Me pasa como con las plantas, no se me da bien – le mentí. 

   La verdad es que la pintura había sido el único desahogo de mi infancia y que, cuando me casé, intenté convertirlo en una actividad profesional. Sin embargo, todo se torció cuando Aitor perdió su trabajo en la fábrica. Sólo le ofrecían trabajos a tiempo parcial y pequeñas obras, lo que fue amargando su carácter. Nuestras broncas eran continuas, hasta que una mañana volvió a casa borracho y con un nuevo finiquito bajo el brazo. Yo estaba pintando un desnudo masculino, y, cuando Aitor lo vio, se sintió ofendido. Arremetió contra mí golpeándome con saña. Aquel día le abandoné a él y a la pintura para siempre.

   La mejoría de María continuó y dos días después dio sus primeros pasos por la habitación.

   - ¿Tienes novio? – me preguntó, dejándome sorprendida.

   - No – atiné a responderle.

   - ¿Por qué? – insistió.

   - No sé…- dudé - ¿Y a ti? ¿Te gusta algún chico? – bromeé.

   - María no puede tener novio, María es fea – contestó, bajando la mirada.

   - ¡Eso no es cierto! – repuse indignada - Eres la niña más bonita del mundo, cuando seas mayor tendrás novios a montones.

   Su rostro se iluminó y, echándome sus manitas alrededor del cuello, me regaló el beso y el abrazo más sinceros que he recibido jamás. No pude evitar que algunas lágrimas resbalasen por mi mejilla.

   Aquella fue la primera y la última vez que pude tenerla entre mis brazos. Al día siguiente, cuando me incorporé al turno de mañana, el doctor de guardia me estaba esperando.

- Ha ocurrido algo terrible – me dijo.

- ¿De qué estás hablando?

- Se trata de María – repuso - Anoche entró en coma. 

- ¿Cómo es posible? – pregunté, intentando reprimir el nudo que se estaba formando en mi garganta – Ayer estaba perfectamente.

- Tenía un coágulo en el lóbulo frontal que no habíamos visto en el TAC. No hemos podido hacer nada, ha muerto hace una hora.

El doctor me dijo que me tomase el día libre y me fuese a casa.  Aunque el golpe fue tan duro que apenas era capaz de tenerme en pie, quise ir una última vez a la habitación de María.

Al entrar, creí por un instante que María me recibiría en la cama con su mirada de curiosidad y su sonrisa inocente, pero sólo un amasijo de sábanas me dio la bienvenida. En un rincón estaba el cuaderno que le había regalado. Fui hojeando sus primerizos en inseguros dibujos, hasta llegar a uno en el que había pintado a una niña con la cabeza envuelta en vendas junto a una enfermera y, en medio de las dos, un enorme corazón rojo. No pude reprimir más tiempo mis lágrimas y rompí a llorar con desesperación. Eran lágrimas de pena, sí, pero también de indignación y rabia, lágrimas reprimidas desde mucho antes de conocer a María.

Estaba a punto de irme, dejando todo atrás, cuando reparé en el pequeño geranio que le había regalado. El día anterior estaba mustio y raquítico, pero ahora estaba lleno de vida y repleto de pequeñas flores sonrosadas. Aún sin comprender muy bien por qué, aquello hizo que mis lágrimas se convirtieran en una pequeña sonrisa.

Esa misma tarde, desempolvé mi viejo estuche de pinturas al óleo y pinté un retrato de María, a cuyo lado puse su hermoso geranio en flor. Desde ese día, mi casa y mi vida se llenaron de una nueva luz. Puede que nunca llegue a saber quién era realmente mi pequeña María Sin Nombre, pero lo que sí sé, es que, en el poco tiempo que tuve el privilegio de conocerla, ella me ayudó a recordar quién era yo.

FIN
concursoderelatos
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  • 15 de Junio de 2009 a las 22:45

Corpux Systems

Necesitaba un respiro. Desconectar. Un año y medio era demasiado tiempo dedicado a una sola cosa. Y aunque todo había terminado brillantemente, el precio pagado era terriblemente alto: su matrimonio, alguna de sus amistades e, incluso, la relación con su socio. Porque nadie había entendido lo que aquel proyecto significaba para él y nadie había estado dispuesto a esperarlo hasta que terminase.

Dejó de pensar en aquello. Ahora que “Commutatio” iba a salir adelante, ¿qué podía importar? Ahora que estaba a punto de ver cómo millones de personas conectaban sus neurotransmisores a su estimulador, ahora que iba a llenarse los bolsillos mientras una legión de infelices aceptaban pagar para convertir sus recuerdos negativos en positivos, para comprar una felicidad mentirosa, ¿qué importancia tenía haber perdido un puñado de personas?

Llegó a aquel refugio que sólo él conocía, cuando ya había anochecido. El escáner lo reconoció después del barrido de pupilas y autorizó la entrada. Apenas cenó. Se conectó a la red hasta pasadas las tres de la mañana. Entonces apagó todo, activó el “Nivel Búnker” de seguridad y se metió en el baño. Desplegó su maniático ritual de abluciones y, al llegar al colutorio, se dio cuenta de que iba a sufrir una crisis. El tacto de la piel cambió como cuando antaño amenazaba la gripe, los latidos de su corazón fueron creciendo hasta ser galope, las manos empezaron a temblarle, la respiración se hizo dolorosa… Mientras duró el proyecto las había sufrido tantas veces que, más que un problema, las crisis de ansiedad se habían convertido en una costumbre. Así que escupió el colutorio y buscó el neceser para hacerse con el pertinente ansiolítico que, en apenas segundos, reducirían los síntomas a nada.

Pero no los encontró.

Rebuscó e incluso lo vació, pero no estaban. Hizo lo mismo con cada bolsa, miró en los bolsillos de cada prenda y en cada agujero de la casa, pero no encontró nada. La ansiedad ya se había instalado por completo, tomándolo como rehén, y no tenía nada con lo que combatirla.

¡El vehículo!

Casi a la carrera, se plantó delante de la puerta retráctil del garaje. De no tener alguna pastilla allí, estaba dispuesto a hacer los kilómetros que hiciesen falta para conseguir una. Así que acercó el ojo al sensor y esperó.

Un barrido.

Dos.

Identificación negativa. Acceso denegado”.

Se quedó inmóvil. Hasta los síntomas cesaron unos segundos. Nunca el sistema había mostrado fallo alguno. Ni una fisura. Ahora, le bloqueaba el paso y los sistemas de comunicación.

Ansioso de nuevo, insistió; pero la respuesta fue idéntica: acceso denegado. De ser otro el motivo por el que tenía que salir, hubiese esperado a calmarse para ver si así el sistema lo reconocía; pero tal y como se encontraba, salir de allí le parecía la única razón por la que seguía vivo. Así que siguió el procedimiento. Activó el sistema manual y una voz de mujer, sensual y autoritaria, se presentó:

Bienvenido al Sistema de Seguridad Emocional de Corpux Systems. Para iniciar el examen, deberá colocarse la red de sensores tal y como se indica en el display y conectarla al sistema. Para ello, inserte la clavija en la ranura identificada como “Mental” en el cuadro de mandos. Le recordamos que se trata de un procedimiento absolutamente indoloro, que deberá contestar con rotundidad y claridad a las preguntas y que, bajo su autorización, Corpux Systems tiene acceso a su caudal de recuerdos.

Gracias por confiar en nuestra Compañía.

Responda: ¿cuál es su nombre completo?”

Contestó de forma clara, procurando que el jadeo de su respiración no influyese en el examen. El proceso continuó:

Respuesta correcta.

Responda: ¿es usted una buena persona?”

Aquello lo pilló por sorpresa. No esperaba una pregunta moral. Las manos le temblaron más todavía mientras se repetía la pregunta mentalmente. Contestó: “Sí”.

“Respuesta incorrecta.

Responda: ¿es usted una buena persona?”

¿Respuesta incorrecta? ¿Qué carajo decía aquella máquina? Se asentó bien los sensores y se planteó de nuevo la pregunta. Llegó a la misma conclusión: sí, era una buena persona. Más allá de detalles, más allá de las debilidades que cualquiera podía tener, él era una buena persona. En términos generales, lo era. Así que volvió a decir: “Sí”.

“Respuesta incorrecta.

Responda: ¿es usted una buena persona?”

Se movió, abriendo la boca para tratar de respirar mejor y con la sensación de tener el corazón en la garganta. No entendía por qué el sistema de seguridad repetía que estaba mintiendo si él estaba diciendo la verdad. Y la única explicación le parecía terrible: el sistema vocal fallaba. Y de pronto, sin que él dijese una palabra, la máquina respondió a sus pensamientos:

“Recuerde: siempre con su autorización, Corpux Systems tiene acceso a su memoria. Así pues, a la hora de realizar este examen, el sistema cuenta con toda la información que reporta el conocer su vida al completo. Teniendo esto presente, responda: ¿es usted una buena persona?”

Y desesperado por salir de allí, contestó lo que la máquina quería oír: “No”.

“Respuesta incorrecta.

Le recordamos que su respuesta ha de ser sincera. De otro modo, no podrá ser considerada.

Responda: ¿es usted una buena persona?”

- ¡Puta máquina de mierda! ¡Déjame salir! ¡Soy yo, joder! ¿No lo ves? ¡Déjame salir de aquí! Por favor…

“El sistema de seguridad cuenta con un modo formativo. Si pulsa el icono identificado como “Veritas”, el Modo Vocal iniciará un proceso de reeducación de la auto-imagen a través del análisis de la memoria. En caso contrario, el proceso se bloqueará a menos que responda correctamente a la pregunta planteada”.

Se dio cuenta de que no tenía otra salida. Su fantástico equipo de seguridad le estaba diciendo que sólo le dejaría salir cuando se diese cuenta de que en realidad era un grandísimo hijo de puta. Lo que allí tenía instalado era en realidad un juez.

Pulsó el “Veritas”. Y comenzó un aprendizaje que siguió durante horas y que le hizo sentir como si le vomitasen su propia vida encima.

¿Sintió dolor cuando murió su hermano? Sí. Respuesta incorrecta. Sí. Respuesta incorrecta. No, no sentí dolor. ¿Por qué acusó a su compañero de proyecto de plagio? Porque tenía serias sospechas y estaba en la obligación de denunciarlo. Respuesta incorrecta. ¿Por qué lo acusó? Tenía que hacerlo. Respuesta incorrecta. ¿Por qué? Porque si lo desprestigiaba, yo me quedaría como único director del proyecto. ¿Quién ganó en realidad aquel certamen de nanotecnología? ¿Quién puso el mote de “ballenato” a su hermana y lo contó en el colegio? ¿Qué hizo en aquel aparcamiento con aquella chica que le dijo que no, que no la tocara? ¿Es usted un buen padre? ¿Desmintió el rumor de que su ex-mujer era alcohólica? ¿Es soberbio? ¿Es justo? ¿Es narcisista? No, sí, no, yo no fui. Respuesta incorrecta.

Después de horas siendo reeducado, echado en el suelo y sin ningún síntoma de ansiedad desde hacía mucho, dejó de contestar. La máquina había deshecho la labor de toda una vida, como un Commutatio invertido: lo bueno convertido en malo. Estaba tan cansado y tan triste, que sólo tenía ganas de quedarse un rato allí, acurrucado, llorando. Ahora ya no tenía miedo de quedarse encerrado porque, lo sabía, ya podía contestar con sinceridad a la pregunta; ahora ya sabía que no, que no era una buena persona, así que la dominatrix cibernética lo dejaría salir.

Entonces, sin que supiese muy bien por qué, la puerta se deslizó hacia arriba. Se levantó despacio, se quitó la red de sensores y recogió sus cosas. Por alguna razón, estaba seguro de que las puertas no iban a cerrarse, de que ya no hacía falta que se diese prisa. Por fin, cruzó la puerta y subió al vehículo.

Antes de encenderlo, escuchó la voz sensual y autoritaria:

“Gracias por confiar en Corpux Systems”

Lo último que pensó antes de salir de allí fue en aquella paradoja: el sistema de seguridad lo reconocía justo cuando él había descubierto que no sabía quién era.

Se fue. No sabía a dónde.

La casa se cerró en Modo Búnker, tal y como tenía programado.

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  • 16 de Junio de 2009 a las 13:30

APRENDER JUGANDO

 

                                         

            El inspector Valencia se mueve incómodo en la silla. Para no parecerlo, vuelve a levantar una carpeta que no le dice nada y se toca la comisura del labio mientras lee.

            Esteban estudia su cuello manteniendo esa pícara sonrisa de dominio, de control. Un joven que sonríe de esa manera, rodeado de adultos, parece flotar a un metro del suelo, sobre la realidad, por encima del bien y del mal. Pero Esteban no flota; está sentado, al otro lado de la mesa de la sala de interrogatorios, y tan sólo parece un lobo mirando un cuello.

            El detective Morilla entra con un par de cafés y un chocolate de máquina; doble de azúcar para una mente que no descansa nunca. Esteban toma el chocolate y agradece el recado, lo que él quiere considerar un recado, agachando la cabeza con un gesto muy honorable mientras da vueltas al palo plástico y demasiado corto que hace de cuchara.

 

-          ¿Qué es un juego de rol? – pregunta el inspector cerrando la carpeta – Sigo sin entenderlo.

-          Lo que hacen los críos que no tienen novia – propone Morilla con una sonrisa cargada de agresividad, que no crueldad, ya que la crueldad es potestad de quienes conocen el terreno que pisan.

 

Esteban está bastante acostumbrado a esa actitud, una suerte de desprecio y

estupidez que, muy lejos de hacerle sentir ridículo, le da fuerzas. Muchos de los que se han comportado así con él acabarán pagando un alto precio.

 

-          Jugar a rol es lo que usted hace desde que se levanta – responde Esteban tirando el palito plástico a una papelera. Falla. Su personaje preferido, Aldus Sékker, también habría fallado, y ese detalle le consuela y le hace sentir más inteligente; más como Sékker. Prosigue – Usted nació de una manera, con unos códigos adquiridos en la infancia y, para ganarse el pan, se ha tenido que aprender otros códigos y desarrollar otras habilidades y decir cosas que preferiría no decir. Usted juega todos los días al inspector disciplinado.

 

El inspector lo mira con tanta atención que, incluso por un momento, parece no

estar prestándole ninguna. Parece estar mirándole el cogote a través de la cara. Esteban nota que sus manos se ponen a sudar solas. Inaceptable.

 

-          Sigue – dice el inspector.

 

No le ha reprendido ni amenazado. No se escabulle. Esteban piensa que esa

invitación a seguir abre demasiadas posibilidades y prefiere guardar silencio.

 

-          ¿No? – el inspector se encoge de hombros – Bueno, cuando os sentáis en casa de uno a jugar a rol, ¿qué hacéis? No en metáfora, por favor. Las metáforas me tocan los cojones.

 

Esteban fruñe el ceño, sonriendo de nuevo; percibe que el inspector, aun

conociendo perfectamente la dinámica del juego de rol (todos los criminólogos hace tiempo que la conocen), prefiere que Esteban comience a soltar cuerda en un terreno en el que se siente cómodo. Sékker se ha dado cuenta con facilidad.

El detective se toca el cuello, nervioso. El inspector no tiene ninguna prisa. Esteban tampoco.

 

-          Un jugador plantea una situación y decide todo lo que sucede luego, cómo reaccionan los personajes que no juegan, cómo son los peligros... de qué va a ir la película, en resumen – el inspector habla como si leyese un atestado y Esteban siente que, de algún modo, es decepcionante que pueda diseccionarse tan fríamente la esencia del juego de rol – Los otros jugadores crean un personaje valorando en puntos sus habilidades y cualidades innatas, también su personalidad y sus... poderes, si los tiene.

-          Es correcto – responde Esteban con la misma frialdad.

-          Y yo tengo un chaval con un brote psicótico que ha soltado a todos los leones del zoológico, dos trabajadores del zoológico heridos, seis personas ingresadas por ataques de ansiedad y a media comisaría armada con rifles de los que disparan dardos con plumas. ¿Cómo se llega de una cosa a la otra, Esteban?

-          Bueno – mastica Esteban con cierto placer – Tienes a un montón de policías jugando a los cazadores de leones. Ahora es su rol.

-          ¿Y vosotros, a qué jugáis?

-          ¿No ha dicho usted que se trata de un brote psicótico?

 

El inspector vuelve a hacer una pausa para escanearle desde los ojos a la nuca.

Posee una mirada que puede poner nerviosa a la gente, pero Sékker ha conseguido que sus manos ya no suden. Sonríe a través de los labios de Esteban y es capaz de soportar cualquier interrogatorio. Inteligencia 9, Autocontrol 9, dialéctica 7, manipulación 10.

 

-          ¿Por qué ha soltado tu amigo a los putos leones? – pregunta el detective.

 

Arruga su vaso de plástico y lo tira a la papelera. Acierta. Ha gastado sus puntos

en ese tipo de habilidades.

 

-          Por que era justo – responde Aldus Sékker.

 

El inspector vuelve a abrir la carpeta y señala con un dedo. Cita textualmente:

 

-          El detenido ha manifestado que el león es su tótem y que tenía pensado llevarlos a las montañas para que pudieran cazar en libertad – vuelve a cerrar la carpeta – No lo ha hecho porque sea justo, sino porque el león es su tótem. ¿Te das cuenta?

-          Jugando a rol – responde Sékker – descubres cosas acerca de ti mismo. A veces funciona como una zanahoria delante de un burro: si mi personaje es capaz, ¿por qué no voy a ser capaz?

-          Es un delito igualmente – escupe el detective; misma agresividad; misma estupidez.

-          Ya – responde Sékker – pero tienen interés en saber si mi amigo era dueño de sus actos o si es sólo un delincuente.

-          ¿Había hecho antes algo parecido? – insiste el inspector Valencia - ¿Ha manifestado el deseo de cumplir... misiones... de otra índole?

-          ¿Matar a alguien? – Sékker se muestra divertido – No. Él es un shaman.

 

            La palabra “shaman” suena como si una persona nueva hubiese entrado en la sala. Nadie comenta nada al respecto.

 

-          ¿Le ayudaste a hacerlo? – pregunta el detective Morilla poniendo las manos sobre la mesa - ¿Le animaste a hacerlo?

-          ¡Claro! – responde poniendo su vaso de plástico al alcance del detective, para probar su grado de manipulación y conseguir que lo encesten por él – Se estaba sintiendo muy mal; muy cobarde. Bueno, él piensa que los depredadores no deben estar enjaulados.

-          ¿Él o su personaje? – pregunta el inspector.

-          ¿Lo pregunta usted o el inspector? – responde Sékker - ¡Esto es una ridiculez! ¡Él creó a su personaje igual que usted se metió voluntariamente en la academia de policía! No está loco. Es coherente. Como usted, supongo.

-          La gente coherente no va por ahí abriendo jaulas de leones – se desespera el detective, arrugando el vaso de plástico que había sido de Esteban y tirándolo a la papelera; encesta; Sékker sonríe – Eso es una locura.

-          Jugando a rol, descubres cosas acerca de ti mismo – responde Esteban a través de la sonrisa lobuna de Sékker.

 

El inspector le hace a Morilla un gesto con la mano. Morilla obedece y se calla,

mirando hacia la pared, golpeteando la mesa con los dedos. 

            El inspector Valencia se ha dado cuenta de algo y tiene la cabeza algo torcida, como si mirase el mundo desde una nueva perspectiva.

 

-          ¿Tú le indujiste a hacerlo? – pregunta sin esperar respuesta - ¿Eres tú el que está jugando?

 

            Hay mucho silencio en tan sólo dos segundos. El detective se muerde un labio, fuera de órbita, alerta.

            Sékker siente un extraño placer por el hecho de estar a punto de ser descubierto. También siente miedo.

 

-          ¿Qué has inducido a hacer a los demás jugadores? – pregunta el inspector.

 

Esteban nota que la ansiedad se agarra a su garganta y a su pecho, pero no puede

resistirse a la idea de que es mejor ser conocido que desconocido. Que todos los grandes planes deben ser descubiertos, admirados y expuestos para hacer justicia a su creador.

 

-          ¿Qué están haciendo tus amigos? – pregunta el inspector con la cautela de quien prefiere no saberlo, de quien preferiría no tener un grado tan alto de comprensión del género humano. Quizá 7 o incluso 8.

 

Sékker se echa hacia atrás en su silla, une los dedos tras la nuca y articula un

provocador gesto de victoria. Sabe que sus siguientes palabras le llevarán en un futuro cercano a la cárcel y a la fama, y siente que es algo justo y embriagador.

 

-          Descubrirán todo esto -  dice – a su debido tiempo. ¿Les gusta jugar? Espero que sí porque, en los próximos meses, vamos a jugar juntos a un juego muy divertido.

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  • 16 de Junio de 2009 a las 20:37
2004

A Laura le encantaban aquellas mañanas. Cuando su marido se levantó, en su habitual madrugón, no le dio ni para un gruñido cariñoso de buenos días; y se quedó unos minutos más disfrutando de su duermevela matutina tras escuchar cerrarse la puerta. Serían aún las ocho menos cuarto, le daba para tres cuartos de hora más de profundo descanso antes de ponerse en marcha y dirigirse a la comisaría a empezar su turno. “Un día menos para el ascenso”, se decía entre ilusiones y sueños. Y con una sonrisa se volvió a dormir.

Apagó la alarma de un manotazo, y se levantó con energía para dirigirse al baño. Se deleitó desperezándose mientras orinaba, y se estiró para encender la radio y escuchar a los geniales Fesser. No había mejor manera para empezar el día. Abrió el agua caliente, Marzo aún no era cálido en la capital, y cuando el vaho abrazó la mampara inició su ritual de limpieza a la piedra y el guante. Se enjabonó con ternura, cuidando cada detalle de su piel, y revisando si tenía algún morado del exceso en el gimnasio o de la persecución del día anterior en la Albufera. No encontró ninguno suficientemente importante para alardear frente a sus compañeros, una pena. Rápidamente se pasó al champú y acondicionador, esperando que empezaran en la radio con el monólogo del Ninja que tocaba los jueves por la mañana, pero no llegaba la voz tan característica de Miguel Ángel Rodríguez. En cambio, estaban dando un inusual boletín informativo, pero el agua no le dejó entender más que dos palabras: …Atocha… atentado…

“Mierda”.

Se le cortó la respiración con la preocupación, y los nervios llegaron a raudales. Sería un día movido, otra vez, y justo en aquella semana. Mal. Muy mal. En un instante había olvidado su remoloneo en la cama y su ritual exfoliante. Sin terminar de secarse y con el pelo húmedo se enfundó el uniforme, se puso su colgante y se bebió el café tibio que le había dejado Fernando en la mesa con su siempre amable post-it (un corazón, una horrible rima: “que tengas un buen día y no escuches a Sabina” y una firma garabateada). Bajó la escalera corriendo, con el casco en una mano y una napolitana de crema seca –que se iba comiendo – en la otra. Se la terminó en el garaje mientras arrancaba la moto, se puso el casco (sintiendo el frío del pelo en las sienes) y salió.

En cinco minutos llegó a la comisaría, encontrando todo tumultuoso. Un caos, cada cual corriendo y nada tenía sentido. El comisario gritaba órdenes al teléfono, y la mayoría se dirigía a los coches para movilizarse. Era como si hubiera habido un ataque bélico, ni cuando sucedió Hipercor fue para tanto. El terror hizo asomo en su corazón, llegó a través de la pantalla cuando vio la estación y un tren abierto en canal, despedazado, como si un niño se ensañara con una oruga que le ha picado hasta hacerla papilla. Era horrible.

Aún no le tocaba su turno, pero le dio igual. Encendió su moto de nuevo, callejeó hasta la Avenida y se dirigió todo lo rápido que la hora punta le permitía hasta la M30, bajó hasta Entrevías y cogió Méndez Álvaro hasta llegar a la glorieta del Emperador. Si la comisaría era un caos, aquello era el infierno de Dante emergiendo en la superficie. Imposible moverse, un pesar general, un desconcierto aterrador en cada rostro que veía en la calle, rostros que querían llorar y no podían, rostros que coronaban cuerpos paralizados.

Cruzó al otro lado de la calle y entonces lo vio con sus propios ojos. Una escabechina como no se vivía en Madrid desde 1939, o 1808. Saltó la pequeña valla y bajó el terraplén. Allí se encontró con un agente de los Tedax, que se había quitado el casco. Su cara era todo un poema, un desgarro en el alma.

“Fernando”, pensó. Podía ser su tren… No sabía si era la vía que le correspondía. Comenzó a caminar entre los escombros, entre restos humanos, charcos de sangre y ecos de quejidos por todas partes. Una macabra orquesta de teléfonos móviles y sus dispares melodías, ninguna de las cuales tocaba a su fin, hizo de hilo musical en aquella tragedia. Pasó varias horas vagando entre los cuerpos, ayudando a quien pudo ayudar, buscando a su marido. Le había llamado ya ocho veces, ninguna lo había cogido, y ya se temía lo peor. Estaba a punto de derrumbarse a llorar y gritar como una histérica, pero debía guardar la compostura y ayudar a los supervivientes, echar un cable a los médicos y otros agentes. Tocaba ser más fuerte que nadie.

No consiguió encontrar a Fernando por ningún lado cuando cayó exhausta. No había comido nada desde el desayuno. Un compañero de otro distrito se acercó y le dio una barrita energética, que se obligó a comer. Vomitó, y acto seguido rompió a llorar en los brazos de aquel desconocido agente. Éste la sacó de la zona más afectada, y la sentó en un banco para que descansase. Aquella barbarie les superaba a todos.

Al rato se plantó un oficial frente a ella, era el capitán Pérez, su jefe directo. No hubo palabras, no hacían falta para darse cuenta de que su marido no daba señales de vida. Asiéndola suavemente del brazo, la condujo a un furgón, donde Laura se recompuso.

-¿Dónde va?- Preguntó a Pérez.

-A identificación.

Sus mejillas sonrojadas dejaron de serlo, la lividez de la realidad fue más que evidente. Unas lágrimas consiguieron escapar de su prisión, llevaban todo el día pugnando por abandonar a sus ojos. El furgón se puso en marcha, pero Laura no sentía nada, ni vivió el paso de los siguientes veinte minutos que tardaron en llegar al hospital de campaña montado en las afueras.

Allí fue vagando como un muerto viviente entre los muertos. Los iba mirando, queriendo no encontrar a Fernando allí. La cadaverina comenzó a inundar de nauseas su olfato, pero tenía que recorrer aquel espantoso lugar. La mayoría de los cuerpos estaban incompletos, mutilados, y por supuesto calcinados. Tardarían en encontrar la identidad de más de uno. Aquel joven que ya no tenía la vida por delante, una señora que nunca volvería a preparar galletas para su nieta, ese obrero que nunca volvería a pagar una letra de su abultada hipoteca. Y cientos más de vidas truncadas por unos asesinos.

Llegó al final, y no había identificado a Fernando. Allí no estaba. Salió a tomar aire fresco y encontró la lista negra: sesenta nombres, y más de cien casillas marcadas donde algún nombre tenía que escribirse. En ese momento llegó otro furgón de ambulancia, de donde sacaron más cuerpos. Aún quedaban cadáveres por identificar. Fue a mirar los nuevos cuerpos mientras los transportaban con prisas, y una pierna asomó fuera de la bolsa sin cerrar. Horrorizada, Laura identificó el tatuaje entre las quemaduras de aquella extremidad; y un grito agudo creció desde sus cuerdas vocales hasta todos los oídos presentes. Paró a los enfermeros, quienes dieron un salto hacia atrás, y abrió la funda cogiendo la pierna; y quedó más horrorizada cuando se encontró que la pierna no iba unida a ningún cuerpo. Los ojos se le abrieron como platos, cayó de rodillas, y se desmayó.

Al despertar tardó en enfocar, y la cabeza le dolía: contusión, menudo golpe se debió dar. Se giró, sintiendo un pinchazo en la nuca, y consiguió distinguir a Fernando a su lado. Por un momento pensó que estaban muertos y habían pasado al más allá, pero aquel dolor le indicaba lo contrario. Acabó por entrar un médico.

-Hombre, ¡que alegría! Si ha recuperado el sentido.

-¿Qué hago aquí?

-Ha sufrido un colapso, poco azúcar y un día horrible para todos.

-No, quiero decir, al lado de…

-Si, verá, no le hemos podido identificar, hemos notado que llevan colgantes complementarios así que, más por fetichismo que por otra cosa les pusimos juntos y…

-Se trata de mi marido. ¿Está bien?

-Pues no, pero vivirá. Más de lo que pueden decir muchos en este día. El alcance de los daños aún no lo sabemos.

Laura notó que su marido había perdido ambas piernas. Recordó con amargura su primera conversación, cuando le dijo: “las motos son peligrosas, mejor usar el transporte público”, y comenzó a llorar en silencio.
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  • 17 de Junio de 2009 a las 18:05
LA NOCHE DE OTRO

Enrique despertó sobresaltado.

En su sueño, había creído… pero no, qué iluso. Seguía en la torre del mago, su prisión, su condena, seguía transformado en cuervo. Servodeo y Otro dormían junto a él, en el amplio alféizar de una ventana, con las cabezas casi ocultas bajo las plumas…

Abrumado por aquella insoportable sensación de pérdida, tardó tanto en reparar en él que, cuando le vio, el intruso estaba ya al pie de la torre.

¡Claro, eso era lo que le había despertado!

Enrique dio un respingo, y golpeó a Otro. Más allá, Servodeo, que tenía un sueño muy ligero, percibió la conmoción, y le clavó sus pálidos y fríos ojos azules, tan llenos de inteligencia y de perspicacia, tan extraños en un cuervo. Nadie que los viese podía evitar pensar que había tras ellos una mente muy superior a la de un pájaro cualquiera, y era cierto. Ya entre los hombres, Servodeo, clérigo de la Tríada, se había destacado por su agudo ingenio y por una voluntad fuera de lo común. Por eso, ni todo el poder del Maestro había podido anular aquel rasgo característico.

Otro y Enrique tan sólo habían conservado sus personalidades. Exteriormente eran como dos gotas de agua, totalmente idénticos. En realidad, Enrique no podía quejarse. Otro ni siquiera había mantenido el nombre; una vez transformado, nunca volvió a recordarlo. Fue Servodeo quien lo bautizó como Otro Más.

– ¿Se puede saber qué ocurre? – preguntó Servodeo, enfadado.

– Alguien está escalando la torre, deberíamos avisarle del peligro.

Servodeo bufó.

– ¿Y eso? ¿Acaso alguien me avisó a mí? Tú haz lo que quieras, no seré yo quien se interponga entre tú y tu... ¿cómo lo llamas? ¿Honor? ¿Dignidad? No sé, en esos temas siempre me confundes. Recuerdo que usas para él una palabra, y que la usas mal, de hecho.

Enrique le miró, enfadado.

– Servodeo, terminarás tus días siendo un cuervo despreciable.

– Error, querido amigo. Yo no moriré como cuervo. He visto a muchos como Otro perder definitivamente su identidad y alejarse volando para vivir y morir como cuervos, pero yo soy distinto. Incluso tú lo eres, a tu manera. Fuiste un Paladín, y eso...

– ¡Eh! Creo que es una muchacha – murmuró Enrique, sin hacerle caso.

– ¿Una muchacha? – repitió Servodeo, repentinamente interesado. Tuvo que inclinarse para poder verla y empujó bruscamente a Otro contra Enrique. Otro se agitó, nervioso.

– ¿Qué ocurre–graznido–pasa?

– Una chica está escalando la torre – le explicó Enrique, en un rápido susurro – Y no graznes.

– Ah–graznido–deberíamos avisarla–graznido–Maestro despertará y... – Otro les miró alternativamente, indeciso. Ni siquiera cuando era humano le había gustado tomar la iniciativa en nada. Otro empezaba a ser feliz tal como era; amaba volar, le hacía sentir una grandeza que jamás había experimentado cuando portaba el cuerpo y la mente de un hombre pequeño. Los pensamientos eran cortos y fugaces, verdad, pero también lo era el dolor.

–... la transformará en cuervo – terminó Enrique.

– Error, amigo mío – Servodeo sonrió torvamente – La transformará en cuerva. Nunca hemos hablado de sexo, pero...

– ¡Oh, por favor! – Enrique retrocedió, escandalizado – ¡Calla! ¡Ni en broma!

– No seas memo. Escucha, Enrique – dijo, golpeándole con la punta del ala en el pecho, tras apartar al pacífico Otro a un lado – Llevo diez años con esta forma y jamás me he encontrado una hembra interesante. Había perdido toda esperanza de pasar un buen rato en, digamos, los próximos veinte años, y aunque es verdad que la Tríada no permitirá que pierda nunca las ganas, es ley de vida que pierda las fuerzas, así que no te interpongas.

– Mirad, ha–graznido–entrado–graznido–estudio–graznido–Maestro – dijo Otro. Enrique se sobresaltó. O estaba loca o desconocía la importancia de esa habitación. Quizá la codicia había nublado sus sentidos, como le sucedió a Otro, o quizá la ambición, como les ocurrió a Servodeo y a él mismo.

– Está perdida – ronroneó Servodeo – Ya te tengo, preciosa…

Enrique inspiró profundamente y se lanzó en picado hacia la ventana del estudio.

Servodeo soltó una sagrada imprecación, y alzó también el vuelo, aunque su destino se hallaba en el interior, en ese mismo piso, a pocas puertas de distancia: el dormitorio del Maestro.

Otro permaneció inmóvil en el alféizar, acobardado y confuso, hasta olvidar todo lo sucedido. Con una vaga incomodidad, porque echaba de menos el calor de sus compañeros, ordenó primorosamente sus plumas alrededor de su cabeza y se deslizó hacia un sueño sin sueños.

Enrique revoloteó alocadamente, y alcanzó la ventana abierta del tercer piso. No había más luz que la vela que llevaba la muchacha, una belleza esbelta y decidida, de inmensos ojos verdes...

Iba a avisarla, pero, entonces, la puerta se abrió con violencia. La figura amenazadora, poderosa, del Maestro, parecía desbordar el quicio. Era muy alto, y barbado, como un gran rey de tiempos remotos. Se situó frente a la muchacha, moviendo las manos, murmurando unas palabras arcanas. Parecía un árbol viejo y nudoso, cuyas ramas muertas dieran un fruto imposible.

La chica era rápida, y tenía buena puntería. En el mismo instante en que el rayo se dirigió hacia ella, le lanzó la daga. Gritó, cuando el poder concentrado en aquella luz la envolvió y empezó a alterar ineludiblemente su naturaleza.

El Maestro, sin embargo, cayó al suelo de espaldas, cuan largo era, con la empuñadura del arma surgiendo de su garganta. Fue tan rápida su muerte, tan inesperada, que ni siquiera llegó a poner expresión de asombro, y partió hacia el más allá con el ceño de superioridad de costumbre.

Entonces, sólo entonces, Servodeo y Enrique también gritaron.

– ¡Maestro! – Servodeo parecía totalmente fuera de sí – ¡Levántate, Maestro! ¡Tríada, te lo imploro! ¡Robaré, violaré, exterminaré todas las razas con mis propias manos, pero, por favor, por favor, dame manos!

Enrique miró con tristeza sus negras plumas. A él siempre le había gustado vestir de blanco.

– Es el fin – susurró – ¿Quién va a levantar ahora el sortilegio?

– ¿Qué... me... ocurre? – preguntó una voz.

Enrique y Servodeo miraron hacia allí. En el lugar donde antes había estado la muchacha, se encontraba ahora una cuerva, y bellísima, por cierto. Aunque Enrique había visto muchas otras revoloteando por el jardín, en ninguna había encontrado aquel elegante inclinar de la cabeza, o esas encantadoras plumitas en la base de las patas. Los dos cuervos varones se dieron cuenta al unísono de que aquella preciosidad seguía teniendo los ojos verdes.

– No te asustes, no pasa nada ¿Recuerdas tu nombre? – le preguntó Enrique. Ella titubeó, pero asintió.

– Me llamo Violeta.

Menos mal, pensó él. Al menos, conservaba su identidad. De momento…

Necesitaban descansar, y ya no podían hacer nada. Servodeo levantó el vuelo. Enrique ayudó a Violeta, que intentó elevarse dos veces antes de lograrlo, y volvieron al alfeizar.

Allí, descubrieron que cuatro cuervos no podían estar cómodamente alineados con el pico hacia la noche, como les gustaba dormir. Con una cierta brusquedad, Enrique empujó a un lado a Servodeo y a Otro, tratando de dejar espacio a Violeta. Sin moverse, Servodeo protestó y juró que le redondearía el pico si no se estaba quieto; Otro, sin embargo, abrió los ojos y graznó.

– No graznes... – empezó Enrique, antes de darse cuenta de que Otro le miraba sin aquella chispa humana que los hacía tan diferentes. Otro volvió a graznar, disgustado, y levantó el vuelo – ¡Otro! ¡No! ¡Vuelve!

Pero, mientras gritaba, Enrique sintió cómo algo en su interior quería seguirle en aquella mágica danza, surcando el cielo, libre y salvaje, sin amargura, sin miedo, sin identidad. Gimió. Levantó esquirlas de la roca gris del alféizar, arañándola con sus fuertes uñas, tratando de aferrarse a ella, tratando desesperadamente de no olvidar quién era...

Entonces, Otro, se dirigió a la noche y desapareció.

– Se ha ido – murmuró Servodeo. Su voz tenía un leve toque de tristeza.

– ¿Adónde? – preguntó la sorprendida Violeta.

– Oh... a volar, sencillamente – le respondió Servodeo – Y creo que–graznido–tu... – se interrumpió bruscamente. Sus ojos, sobresaltados, buscaron los de Enrique, pero, antes de que este tuviera tiempo a decir nada, pidió, en un tono muy distinto: – Mañana, Enrique. Mañana hablaremos de ello. Esta es la Noche de Otro.

Enrique asintió. Tampoco se sentía con fuerzas de abordar el tema. No podía decirle que, simplemente, no podría seguir allí sin él, sin su continua lucha, sin su permanente apoyo...

– Mañana – dijo – Buenas noches, clérigo de pacotilla. Buenas noches, Violeta.

– Buenas noches – le respondieron.

Y no tardaron en ser tres cuervos dormidos en un alféizar.
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  • 17 de Junio de 2009 a las 18:08

Inspirado en Who Am I? (animatrix edition), Peace Orchestra 

 

Inercia.

 

Una brazada, inmersión, otra brazada, respirar, una brazada, inmersión, otra brazada, respirar…

 

– God job Andy! Salta out of del agua just now. For ahora es suficiente. Quince minutos de bubbles and to the ducha. – Smith, mi entrenador. Aún no domina el idioma.

La pila de burbujas es toda mía. Relaja mis músculos. El chapoteo del agua me aísla del ruido exterior. Aún así sumerjo la cabeza bajo el agua y dejo que la pequeña corriente me meza. Ingravidez, calor, sonidos amortiguados. Siento que puedo ser yo mismo, pero ¿quién soy yo?

 

– ¡Vamos, campeón!, ya pasó tu tiempo. Ve a ducharte, esta noche tenemos una cena con un nuevo patrocinador. – Lydia, mi representante. Algún día tendré que casarme con ella.

Las duchas están igualmente solitarias. Mejor así. Apoyo las manos sobre la fría porcelana y dejo que el chorro templado golpee mi nuca y mis hombros, precipitándose en cascada por mi espalda. Podría pasarme la vida bajo el agua. Todo lo demás me es ajeno. Incluso mi cuerpo. ¿Qué es lo que quiero?

  

– Enhorabuena hijo, ¡uno cuarenta y dos con ochenta! Una lástima que los tiempos de entrenamiento no sean oficiales. – Juan, mi padre, él comenzó todo esto y ahora teme quedarse al margen. Eso nunca ocurrirá.

La reina de picas ronronea. A pesar de la insistencia de Lydia para que subiera al coche, mi padre me arrojó con un guiño las llaves de su moto. La Kawasaki despliega su magia mientras atravieso la ciudad anaranjada sin apenas ser consciente de lo que hago. Solamente la vibración del motor entre las piernas, luces que se abren fugazmente a derecha e izquierda, el sonido grave y amortiguado por el casco, esa ingravidez que da la velocidad, solamente superada por la del agua. El tiempo adquiere otra dimensión. Es a la vez efímero y eterno. Como la muerte. ¿Cuánto llevo así?

 

– Muy buenos resultados chico, por lo visto vas a por los ocho oros. ¿Estos números son correctos, ha batido ya tres records mundiales entrenando? – Mi futuro nuevo patrocinador, no recuerdo su nombre. No parece muy distinto a los anteriores, para él solo soy una inversión más.

Una elegante terraza sobre un acantilado. Jazz de fondo. La brisa es suave pero fría y eriza los cabellos de la nuca de Lydia. El sonido del mar rompiendo contra las rocas me llama. Mi padre entretiene al hombre de negocios. Smith ha llegado tarde, pero con todas mis marcas de los últimos meses. Mi progresión es sorprendente para alguien tan joven y sin unas condiciones físicas aparentemente superiores. Mi mano busca las rodillas de Lydia bajo la mesa. Smith pide más vino. Al encontrarlas me siento de algún modo tangible. Entre ella y mi padre llevan la conversación al terreno de los negocios. Yo simplemente sonrío y asiento, sonrío y como, sonrío y asiento, sonrío y como. ¿Qué estoy haciendo aquí?

 

– ¿Qué van a tomar de postre? – El camarero, un tipo simpático. Creo que me ha reconocido y quiere pedirme un autógrafo. Se lo dejaré en un billete de veinte.

La carta de postres no capta mi atención. Lydia elije por mí sin mirarme, al parecer esta noche me he ganado un poco de flan con cajeta. Mi futuro nuevo patrocinador me mira con codiciosa satisfacción, decidirá gran parte de mi agenda futra. Mi padre me guiña un ojo lleno de orgullo, él me ha conducido hasta aquí y parece satisfecho con el rumbo que marca Lydia. Smith contempla atónito la tercera botella de vino vacía y toma sin pudor mi copa intacta. Ni siquiera creo que la de explorar el muslo de mi agente haya sido una idea propia. ¿Cuándo tomé mi última decisión?

 

– Ven. – El océano, negro e infinito bajo el manto de estrellas, me mira con su gran ojo blanco y me habla.

Junto a la baranda, doy un paseo solitario por el mirador del restaurante con la excusa de ir al baño. El acantilado se recoge bajo el suelo de cristal y, salvo la estructura metálica, todo lo demás es agua. Por las paredes sube el hipnótico sonido de las olas arañando la roca. El viento trae el salitre a mis pulmones. La Luna tiñe de destellos plateados la superficie del mar. Yo veo más allá, en la eterna ingravidez del oscuro abismo. Algo me espera. Una promesa. Una respuesta. En el silencio submarino escucho sus voces y, por una vez, me siento parte de algo. ¿Qué soy yo?

 

– Ven, ven, ven. Eres uno de los nuestros. Ven, ven con nosotros. Él te revelará la verdad. Ve, ve junto a él. Ve bajo las olas donde nada has de temer. Ven, ven, ven… – El coro subacuático recita cadenciosamente la invitación. Me dejo llevar.

Vacío. El salto apenas dura un suspiro. Aplausos. El mar me recibe. Ingravidez. Una braza, otra brazada, una brazada, otra brazada… Calor. La sangre se agolpa en mis músculos, en mi cabeza. Leves sonidos amortiguados. Él me acoge en la oscuridad de su abismo y me muestra la verdad. Plenitud. Es un instante a la vez efímero y eterno. Paz. Como la muerte.

 

concursoderelatos
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  • 18 de Junio de 2009 a las 12:03
    Jane Doe

    Amanecía. La habitación estaba oscura. El hombre que yacía sobre la cama se incorporó y tanteó a su alrededor en busca de la mesilla, encontrándola vacía. Palpó las paredes buscando un interruptor y cuando al fin dio con uno lo apretó. Nada. Un relámpago iluminó el cuarto, delatando una ventana.
   
    Se acercó a ella buscando algo de información, pero fuera también estaba oscuro, apenas se adivinaban algunas sombras producidas por los coches que pasaban a gran velocidad por la carretera.
   
    Muchas preguntas se agolpaban en su cabeza, ¿dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Y lo más importante, ¿quién era?
   
    Otro relámpago iluminó el cielo y a lo lejos vio la silueta de un hombre. No vio su rostro, llevaba un sombrero bien calado y una gabardina ocultaba su cuerpo. Podría ser cualquiera y eso le hizo pensar en su cara. No sabía cómo era su rostro.

    Se volvió hacia la mesilla. Abrió el cajón y rebuscó dentro. Encontró una vieja linterna que alumbraba con una mortecina luz ámbar. Suficiente para no tropezar. Alumbró a su alrededor y vio una puerta entreabierta al otro lado de la habitación. Se dirigió a ella esperando encontrar el cuarto de baño. Empujó la hoja de madera y entró para mirarse directamente al espejo. Se quedó un instante contemplando ese rostro que no le decía nada. Esos ojos que lo miraban desde el cristal le resultaban ajenos. Se acercó y se acarició el rostro. Tenía una cicatriz que nacía en el pómulo derecho y se abría hasta la barbilla.

    La luz de la tormenta lo sorprendió en el mismo instante en que recordaba algo. Esa cicatriz la tenía desde niño. Recordó el momento, el lugar apareció ante sus ojos en forma de espejismo. Pero era como ver una escena de una película. No conocía a ninguno de los personajes que aparecían en ella. Se volvió hacia la bañera abatido, aquella sensación era horrible. Necesitaba saber.

    En la bañera había algo, se acercó, iluminó con la linterna el contenido y se horrorizó al contemplar lo que había. Eran ropas, su ropa, pues estaba semidesnudo. Estaban sumergidas en agua y el agua estaba totalmente negra. La pobre luz de la linterna no le dejaba ver lo que era, pero no necesitaba recuperar la memoria para saberlo. Era sangre.

    Se examinó de arriba abajo, temeroso de estar herido, pero no tenía nada. Aquella sangre no era suya.

    Volvió al dormitorio decidido a encontrar algo que le indicara quién era, pero no había nada, no había tarjetas, carnets ni nada que lo identificara. Se sentó en la cama y se apretó el rostro con ambas manos. Un trueno lo sacó de su desesperación.

    Se puso en pie y se asomó de nuevo a la ventana. Allí seguía el hombre de la gabardina, con la cabeza mirando en dirección a su ventana. Cerró la cortina y murmuró casi sollozando: ¿Quién eres?

    -¿De verdad no sabes quién es ese hombre? –le preguntó una voz de mujer desde el sillón raído.

    Él se volvió asustado, buscando con desesperación la linterna para alumbrar hacia el sillón. La luz apenas alcanzó a iluminar el rostro de una mujer, de una mujer tan hermosa que a pesar de no recordar supuso que jamás había visto otra así.

    -¿Quién eres? –preguntó.

    -¿También vas a fingir que no me recuerdas? –dijo la mujer.

    -No te recuerdo, no sé quién es ese hombre –dijo señalando la ventana –Y no sé quién soy yo.

    La mujer lo miró unos instantes con desconfianza. Él bajó hasta sus pies, estaba descalzo. Cuando alzó la vista la mujer se había levantado.

    -Es cierto… -le dijo –Ese hombre que te espera fuera –continuó –es el hombre que has matado.

    Aquello no tenía sentido. Nada de lo que sucedía lo tenía. Pero las ropas llenas de sangre hablaban por sí solas.

    -Y si lo he matado, ¿por qué está ahí? –le preguntó -¿Cómo es posible que lo vea?

    -Igual que me ves a mí –le dijo la mujer acercándosele.

    Él sintió deseos de tocarla, pero no lo hizo. Debía estar loca, debía ser una puta que había contratado y que lo había drogado. Por eso no recordaba nada. Por eso estaba aquél hombre fuera, porque debía ser su chulo.

    ¿Y cómo encajan las ropas en esto? Se preguntó desconcertado.

    Miró a la mujer a los ojos y sintió que la conocía.

    No era una fulana.

    -Te conozco –le dijo.

    -Desde que eras un niño –le contestó.

    -¿Estás muerta? –la pregunta le resultó demasiado extraña, se volvió hacia la ventana y miró en busca del hombre del sombrero.

Allí estaba, inmóvil. Había empezado a llover y el agua resbalaba sobre su gabardina.

    -Llevo muerta desde hace veinte años –contestó, pero esas palabras no tuvieron el efecto que hubieran debido sobre un hombre normal, él se volvió y la miró.

    -Te mataron por mi culpa –dijo recordando algo que no le parecía de su vida.

    -Sí.

    Él se acercó a ella y acarició su rostro.

    -Pero eras una niña, ¿por qué tengo frente a mí una mujer? –le dijo.

    -Tú me pediste que creciera para ti.

    -¿Siempre has estado conmigo?

    -Siempre, tú me lo pediste, Víctor.

    Víctor. Aquél nombre sí le decía algo, pero no lograba averiguar qué. Le sonaba tan familiar y ajeno al mismo tiempo…

    -¿Por qué lo maté? –le preguntó a la mujer.

    -Porque me lo prometiste, por eso me pediste que me quedara a tu lado.

    Víctor sintió que la cabeza le daba vueltas y se vio obligado a sentarse sobre la cama. Demasiados recuerdos volvían a su mente para no quedarse, no lograba recordar nada del todo… miles de instantáneas que pertenecían a su vida giraban a su alrededor y se veía incapaz de atraparlas. Cerró los ojos y trató de recordar, pero no lo logró.

    -Tienes que irte –le dijo la mujer –Viene a por ti.

    -Está muerto ¿no lo he matado?

    La mujer le dio un bofetón.

    -Yo también estoy muerta –lo miró directamente a los ojos, diciéndole sin palabras: y mira lo que te he hecho.

    -No recuerdo quién soy, pero si fui capaz de matar por ti…

    -No quiero que mueras por mí –le dijo la mujer llorando, Víctor miró hacia la ventana y cuando volvió la cabeza se encontró con la niña que había sido su amiga.

    -No recuerdo nada –casi gritó Víctor –Tal vez sea mejor que muera y que me marche contigo.

    La niña se transformó de nuevo en la mujer ante la atónita mirada de Víctor.

    -¿Sabes por qué has matado a ese hombre?

    -Por ti.

    -No, lo has hecho por ti, porque te sentías culpable de mi muerte –le explicó la mujer –Pero no lo eras.

    Víctor se llevó una mano a la cara recorriendo el surco de la cicatriz con la yema de sus dedos.

    -A mí me cortó la cara, pero a ti…

    -A mí me mató –terminó ella.

    -¿Y por qué no recuerdo nada? –le gritó.

    -Porque yo he hecho que lo olvides. Es mi regalo antes de marcharme.

    -Y si me marcho de aquí ¿qué le impedirá buscarme y matarme? –dijo señalando la ventana.

    -Yo se lo impediré, pero necesito que te marches de la habitación.

    -¿Por qué? No sé a dónde ir.

    -Tú no lo recuerdas, pero planeamos todo esto hace tiempo.

    -Explícamelo.

    -Si lo hiciera, recordarías, y no habría servido de nada.

    Víctor la miró con los labios apretados. No quería dejar esa habitación, no quería vivir sabiendo que no volvería a ver esos ojos verdes que lo contemplaban ahora. La mujer le señaló una bolsa junto a la ventana de atrás. Víctor se acercó a ella y la cogió. Dentro había dinero y las llaves de un coche. Las cogió y se volvió para mirar una vez más a la mujer.

    -No recuerdo tu nombre.

    -Mejor así –le dijo llorando.

    Víctor salió por la ventana, sin atreverse a mirar atrás, se dejó caer sobre el césped, apenas había un par de metros y no se lastimó con la caída. Frente a él había un viejo Plymouth rojo que le resultaba familiar. Metió la llave en la cerradura y la giró sin dificultad. Se sentó sobre el asiento de cuero y miró hacia la ventana. Los ojos verdes lo miraban llenos de dolor. Él mismo sentía que su alma estaba rota, no sabía por qué, no sabía por quién… y no lo sabría nunca.
concursoderelatos
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  • 18 de Junio de 2009 a las 20:18
Mastín del bosque.

No sabría deciros mi nombre, pues nunca nadie me ha puesto uno, ni tampoco lo he necesitado. Tampoco sé si nací, ni tengo conocimiento del tiempo que pasé ahí, ni de mi edad. Sólo sé, que cómo cada día, me levantaba del regazo del ser con el que vivía. Éste también se levantaba y salíamos a correr en medio de un paraje habitado por seres de pelo verde y piel marrón, sin intercambiar sonido alguno, palabra alguna; pues tampoco necesitaba hablar, ni tampoco conocía el lenguaje.

Después de correr nos acercábamos a un lugar donde fluía un líquido azulado como el cielo, pero a su vez, parcialmente transparente. Era un líquido que siempre manaba fresco y el ser que existía a mi lado, me enseñó a metérmelo en la boca y hacer que me entrara en el cuerpo. Luego supe que eso que bebía era agua, y era vital e imprescindible para mi existencia.

Jamás me pregunté qué habría más allá de ese lugar sembrado de seres de corteza marrón y de pelo verde, de criaturas que flotaban en el aire con una incansable agitación de sus extremidades membranosas o de otras que se arrastraban por el suelo, contorsionándose y tambaleándose extrañamente.

Lo único que hacía era sobrevivir, alimentarme y dormir.

Con el transcurso de las comidas fui conociendo nuevas cosas. Conocí lo que era el dolor y el sufrimiento, la angustía y luego la agonía. Más adelante conocí el significado de la muerte; y llevados por su mano, sentí el miedo y el temor; y también la pena.

Con cada nueva víctima en nuestras fauces, conocí más de cerca eso que sentía, y que ahora sé que es la misericordia. Por eso, en ese preciso momento, sentí la necesidad de hablar, de poder comunicarme con el ser que me cuidaba. Pero como no conocía las palabras, sólo pude emitir gruñidos rasposos y huecos gimoteos. También le hice gestos con mis dos extremidades delanteras; las puse en mi rostro y luego en el pecho, emitiendo un leve lloriqueo. Creo que me entendió, y yo también entendí algo: que eso que amartillaba en mi interior me anunciaba la excitación.

Con el tiempo fui aprendiendo cosas nuevas. Aprendí que yo y “el ser” éramos sumamente diferentes. Su rostro era alargado y huesudo, con las facciones remarcadas. En cambio mi rostro era mucho más redondeado y fino, con una piel muy lisa, la cual mi compañero le encantaba lamer con una lengua mucho más grande y abultada que la mía.
Su mandíbula también era mucho más prominente que la mía, y en vez de boca, un hocico se alargaba profusamente siendo coronado por una nariz chata de orificios que no paraban de olfatear con ahínco. Yo, en cambio, no tenía esa capacidad de saber tanto mediante el olfato. Sí que sabía percibir vagamente según qué cosas, y distinguía el olor que emanaban esos seres inmóbiles de pelaje verde y voluminoso que rodeaban hasta el infinito nuestro hogar; pero no llegaba, ni por asomo, a las capacidades de mi compañero peludo.
En efecto, su cuerpo estaba recubierto totalmente de pelo, y encima de sus extremidades traseras una larga y juguetona cola despuntaba siempre alerta y vigilante. Yo no tenía esta cola tan risueña, ni sus divertidas orejas coronando su cabeza; pero estos detalles que podrían parecer insignificantes en ese lugar salvaje, a mí me revelaron esa diferencia esencial que había entre nosotros dos.

Un día fuimos a trotar entre verdes pelos gigantes que brotaban del suelo y sujetaban infinitas cantidades de redonditas y esferas de multitud de colores entre un vasto e inacabable paisaje llano que se prolongaba hasta el infinito. Trotábamos alegres y hasta en algún breve instante llegué a galopar a dos patas. Esos instantes de luz y de felicidad, del más radiante y maravilloso esplendor me llenaron el cuerpo. Pero quién iba a pensar que ese momento de gloria iba a irse tan rápido para dejar paso a la confusión y al horror posterior.

Pues de pronto mi compañero se paró, y sus aullidos juguetones fueron sustituidos por un gruñido amenazador. Y ahí estaba, el objeto y el motivo de la indignación de mi acompañante perruno.

Era un ser pequeño y aparentemente frágil. Estaba en una posición muy rara, alzado hacia arriba con sólo las dos patas traseras en el suelo, y levantado con el cuerpo recto y erguido. No obstante, estando levantado no era mucho más alto que yo o mi amigo peludo.

Sus dos patas delanteras le cubrían la boca y me fijé que le temblavan ridículamente. Sus ojos estaban fíjamente posados sobre mi compañero, pero cuando me acerqué andando normalmente a cuatro patas, su expresión aún se agravió mucho más. Sus ojos se llenaron de ese miedo que yo ya había conocido tiempo atrás y me miró con una expresión de terror mezclada con pena y con otros inescrutables instintos imposibles de descifrar.

En ese momento me asaltaron unas sensaciones imposibles de describir. Mirando a ese ser, vi tantas similitudes conmigo que me tambaleé confuso. Me di cuenta que era muy semejante a mí aunque llevara encima de su cuerpo unas pieles extrañas de diferentes colores. Entonces me fijé atentamente en su rostro desencajado por el miedo, en su pelo que le cubría la cabeza, igual que a mí; y en su postura, sobre todo en su postura a dos patas… y pensé en cómo yo también había podido levantarme a dos patas durante unos breves instantes.

Lentamente me preparé y me fui alzando, sin la intención de parecer agresivo, pero sus ojos aún se abrieron más y la criatura cayó al suelo, sentada en una posición un tanto rara. Me acerqué aún más a ella, avanzando torpemente a dos patas, con pasos vacilantes y toscos. Entonces no aguanté más el equilibrio y me abalancé de nuevo a mi postura original, cayendo de cuatro patas a escasos centímetros del rostro de la criatura.

Tan cerca de ella pude sentir el olor de su piel y me ruborizé. En ese momento se acercó gruñendo mi compañero y, de pronto, de la boca del ser salió un sonido cambiante y complejo. Al principio más fuerte y uniforme, pero se apagó lentamente en un chillido. Pero no era un chillido normal como los nuestros, me di cuenta que era algo mucho más complejo… entonces vi que de sus ojos salía un líquido transparente como aquél que bebíamos, y se deslizaba por su rostro hasta caer al suelo.

En ese momento me perdí en su rostro, en ese líquido y en ese sonrosado color de sus mejillas… mi dedo tocó su piel y sentí una descarga que jamás olvidaré… y tan sumido estaba en mi fascinación, que el estruendo ensordecedor que estalló a mi lado a duras penas me pudo sacar de mi ensoñación. Era parecido al de una tormenta, pero sólo fue una vez, y vi como el ser de rosadas mejillas gritó y el líquido de sus ojos aún emanaba con más intensidad.

Cuando me giré, el horror y el caos invadieron ávidamente mis visiones. Mi compañero se encontraba tumbado en el suelo, con su cuerpo sangrando entre espasmos y agonía. Me lancé a él, con un grito desesperado, buscando la fuente de su herida y cuando la encontré, la lamí y le chupé el mal que tenía ahí dentro.

Chupé y escupí, chupé y escupí…

Hasta que no pude más y me abrazé a él… y acaronando su rostro en el mío vi cómo su expresión de dolor moría y se extingía con él el último gruñido de sus fauces.

Grité y grité y grité…

Hasta que la misma conmoción llegó a mí, anunciada por el estruendo ensordecedor.

Cuando desperté me encontraba en un sitio muy diferente al cual había vivido siempre, llevaba pieles de extraños colores encima y la criatura de mejillas sonrosadas estaba ahí, con muchas otras criaturas parecidas a ellas, y parecidas a mí…

Con el tiempo me enseñaron muchas cosas y ahora creo saber qué soy… pero, ¿es eso seguro? ¿soy eso que dicen que soy? un… ¿un humano..?

No sé qué pensar, pues abajo, detrás de mi cintura, una prominente protuberancia peluda está empezando a asomar… y cuando la acaricio sólo recuerdo a mi compañero perruno, a mi amigo peludo que me cuidó y ahora que conozco el lenguaje, puedo decir que le amé y que jamás le olvidaré…

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Autor: aitorzarate

   

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