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romi
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Desde el jardín de un Carmen Granadino // Su muerte

25 de Julio de 2009 a las 10:43

 Pongo aquí un trozo de mi próximo libro: “Desde el jardín de un Carmen Granadino”. Libro donde se recoge la vida,  luz, flores, agua y otros matices, en uno de los muchos cármenes que hay en la ciudad de Granada. “¿Cármenes?” Casas con jardín, huerto, agua y árboles.  En este pequeño relato, un trozo de la historia que se recogen en el libro, se describe el final de uno de las protagonistas del libro. Uno de los muchos seres vivos que pueblan los jardines de los Cármenes Granadinos.  

Su muerte            

Y al mediodía del 22 de julio y cuando más calor hacía, me acerqué al sitio donde tantas veces le había regalado algo de alimento. Pero este día 22, era realmente espacial. Ardía en mí el deseo de encontrarla para comprobar cómo había evolucionado. Por eso ya no la busqué donde otros días. Tenía claro que no habría podido subirse al ciprés. Y también tenía claro que no habría ido muy lejos de donde la había dejado el día anterior. Pero también temía que algún gato o rata le hubiera atacado y se la hubiera comido.

         Me acerqué directamente a la adelfa. La busqué por el sitio donde la había visto el día anterior y no la encontré. La llamé y tampoco apareció. Di un par de vueltas alrededor de la adelfa y seguía sin verla. Llamándola preguntaba: “¿Dónde te escondes? Quiero darte tu regalo de todos los días”. Y esperé verla por algún sitio, de un momento a otro. No la vi. Me fui, despacio hacia el lado de la torrentera, por donde el pino caído y donde yo le tenía amontonado todas las cáscaras de almendras que se había comido y también las de las nueces.

         Y la vi. Justo al comienzo de la torrentera, donde empieza la vereda que recorre el pinar, estaba. Pero no acostada o buscando alimento como otros días. La vi como tendida a todo lo largo, sobre su lado derecho, con los ojos cerrados, las manos estiradas y respirando a bocanadas. Enseguida deduje que se estaba muriendo. Que justo en este mismo momento la vida se le escaba para dejarla fría y sin fuerzas para siempre. Me acerqué diciendo: “¡No te mueras, preciosa amiga!” Pero creo que ella ni siquiera me escuchó, Quise cogerla y llevármela a otro sitio más fresco y cómodo. Pero otra vez caí en la cuenta que no debía tocarla. Ella no estaba acostumbrada a que la cogiera. Aunque se estuviera muriendo, seguro que se asustaría y esto haría que se estresara y sufriera más. La dejé quieta.

         Me senté sobre la laderilla, saqué mi cámara, le hice algunas fotos, pidiéndole perdón por molestarla en el momento de su muerte y luego me quedé quieto. Justo a su lado, mirándola y sin tocarla. El corazón se me llenó de honda pena pero tenía muy claro que nada podía hacer para ayudarle. La vida, su destino, la naturaleza, Dios, le estaba presentando su momento final.

 

         Me acerqué a la reguerilla, cogí un poco de agua fresca y, con mucho cuidado, dejé caer tres gotas sobre su reseca boca. No dejaba de abrirla y cerrarla, como si le faltara aire o como si quisiera agarrarse al vacío para que no se le fuera la vida. Las tres gotas de agua creo que le refrescó un poco pero también me di cuenta que le asustó. Y lo comprendí. Ella estaba acostumbrada a mi presencia pero, como en todo momento había respetado su libertad, no estaba acostumbrada ni a mis manos ni a cualquier acción que se saliera de lo que conocía. No le di más agua y la dejé que tranquilamente muriera.

         Y se murió. Unos minutos antes de las tres de la tarde, cuando el viento subía en pequeña ráfaga desde el pinar y las chicharras emitían su concierto, ella dejó de respirar. Vi que en ese mismo momento movió un par de veces sus manos, también su cabeza y luego ya se quedó inmóvil. Noté que por la cara me chorreaban algunas lágrimas y noté que la tristeza se me amontonaba en la garganta. Miré al cielo, miré para la ciudad de Granada, miré para el bosque de los pinos y miré para el corazón del Carmen Granadino.  

Le dije: “Te has ido sin apenas conocer la vida, sin poder disfrutar de las flores, olores y sonidos del jardín donde naciste. Lo siento mucho. Yo he querido ser tu amigo, soñando que podría ser bueno para ti. No ha podido ser. La naturaleza tiene sus leyes y, aunque yo no lo entienda, respeto que las cosas hayan sido así para ti. Y claro que pienso que no te mereces lo que ha ocurrido. Tenías que haber vivido y tenías que haber disfrutado del jardín donde viniste a nacer. Siento mucho, de verdad, lo que ha ocurrido y espero que, en otro lugar, universo o dimensión, tengas la oportunidad que aquí no tuviste. Te recordaré siempre y hasta intentaré hacer lo que esté en mis manos para que tu memoria nunca se olvide entre los humanos”.

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