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Vixa
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Fecha de ingreso: 12 de Mayo de 2008

XVI Certamen Bisemanal de relatos robóticos de Bubok

31 de Agosto de 2009 a las 0:39
Como comentaré después en el hilo de los comentarios, valga la redundancia, los autores que han escogido a vampiros como protagonistas de sus relatos han tocado la que es prácticamente mi única debilidad fantástica.

Pues bien, si los vampiros son mi debilidad en lo que a fantasia se refiere, el tema que propongo tocará la que es mi predilección en la ciencia ficción: LOS ROBOTS.

Se admiten andriodes, seres biónicos y cyborgs en su defecto. Aunque preferiblemente prefiero personajes con el corazoncito de latón.

Se abre la veda.
concursoderelatos
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  • 31 de Agosto de 2009 a las 11:08

Yo Café

Era un día apacible, calmado, y bastante típico. Había pájaros en los árboles cagándose en los coches y viejecitas intentando cruzar la calle ante la mirada asesina de taxistas esquizofrénicos. Todo normal. Tan normal, que nadie de la oficina sospechaba que la monotonía del día iba a cambiar.

Fue hacia las 10:30, cuando Juan, el comercial de seguros, se levantó de su cubil para ir a buscar su enésimo café de la mañana. Sacó de su bolsillo una moneda y entonces me di cuenta que su pulso temblaba más de la cuenta. Hizo su selección e intentó insertarla por la ranura, pero en el primer intento la moneda cayó. Se agachó como si sufriera un espasmo, y en esa posición vi como un tembleque le recorría la espina dorsal. Al final recogió la moneda y, esta vez si, la introdujo en la ranura. Pero nada ocurrió.

Al poco, la máquina le devolvió integra la moneda y Juan, la recogió a duras penas para volver a insertarla. A cada intento, la máquina se la volvía a vomitar.

Desde mi cajón podía observar el espectáculo, hasta que se rindió. El hombre-flan inclinó la cabeza y poco a poco fue retorciendo su cuerpo hasta quedar encarado hacia mi.

“Ti. Ti Tienes cambio?” Me dijo

Hice un gesto de llevarme la mano a la cartera mientra negaba con la cabeza. Noté que en su mirada había una chispa de enajenación acompañada de una sonrisa maquiavélica. Juan se volvió hacia la máquina y repitió la operación. Una, dos, tres veces más. A la cuarta, la expendedora no la escupió. Eufórico, Juan vio como su selección empezaba ha fluir por la boca de la máquina, pero con horror se dio cuenta que no había vaso. El liquido chisporroteaba al caer en la rejilla y le manchó los pantalones.

“j jjjj jjooder” dijo mientras se giraba de una forma tan poco natural que me asustó, y con sus ojos venosos me miró y me dijo. “ttt ttengo un una reun nion con el jjj jje fee, miierrda”.

Si que me diera tiempo a contestar, Juan se volteó y le propinó una patada a la máquina. Creo que se tendría que haber hecho daño, porque si lo hubiera hecho yo, me hubiera roto la uña del mejillón. Pero Juan no tuvo tiempo de lamentarse. La máquina contestó al golpe eyectándole un chorro marrón a la entrepierna. Y por el humo que desprendía, no debía de ser agua fría

“ahhhh ahhhh” dijo lamentándose, mientras se ponía de cuclillas. De repente, mientras estaba en esa posición, la maquina se tambaleó y se precipitó hacia delante. Un estruendo acompañado de ruido de cristales rotos con destellos producidos por miles de chispas inundó la sala. Absorto estaba en lo que había pasado hasta que me di cuenta que la máquina estaba tumbada en el suelo, mientras una mano de juan sobresalía por un lado. Un líquido marrón espeso iba cubriendo el suelo.

Semanas más tarde, cuando el técnico reemplazó a la máquina, dijo
“A esta no la estreséis, ya que son muy sensibles.”

Desde entonces tomo té en sobres. Y aún así he de ir a por agua a otro expendedor.

concursoderelatos
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  • 1 de Septiembre de 2009 a las 19:17

El juguete nuevo

 

En aquel taller todo se encontraba en su sitio, perfecto orden, limpieza absoluta, luz suficiente, ventilación aséptica. Demasiado perfecto para un taller, pero el Jefe había avisado de su llegada y Gabriel, el encargado del taller no quería que le llamasen la atención.

Y llegó el instante.

Con el gran estruendo de la típica parafernalia que siempre le acompañaba, nadie nunca entendió por qué necesitaba ir siempre rodeado de aduladores y chupaculos, el Jefe se presentó en las puertas del taller.

Bien, bien, veo que todo está según las leyes naturales que nos dan la categoría de únicos. Comencemos pues y mirando a Gabriel Hoy tenemos la intención de fabricar el mejor robot que jamás hayamos ideado. Para ello y se colocó justo al lado de la gran mesa central, perfectamente iluminada Gabriel, para las extremidades, tanto superiores como inferiores, serán suficientes dos en cada nivel, utilizaremos las mismas que en nuestro último invento. El tronco central estará compuesto por tres diferentes partes.

¿Tres partes, Jefe? En el último solo iban dos y..

Tres he dicho, Gabriel, pues ahí se encuentra uno de nuestros nuevos diseños. Tendrá su correspondiente motor de distribución de líquido alimentario y de engrase, la máquina de filtrado y depuración y… y aquí, el Jefe, poniendo más énfasis en sus palabras y algunas gotas de fina ironía, prosiguió lentamente …chan ta ta chan, en el centro llevará un sistema revolucionario.

El Jefe miró a su alrededor hasta descubrir en la esquina de la mesa a uno de sus ayudantes personales.

Rafael, dale a Gabriel los planos del sistema central y alguno de vosotros id abajo y decidle a Miguel que empiece a fabricar dos extremidades de cada nivel. Las necesitamos a la mayor brevedad posible. Los demás, quitaos de en medio, no quiero que falte ni luz ni visión del trabajo que vamos a desarrollar y tomad nota, ya que no voy a repetir la clase magistral que vais a recibir.

Una vez los planos en sus manos, Gabriel los miraba con atención. Al poco levantó la vista hacia el Jefe, como queriéndole preguntar algo, pero de nuevo, moviendo su cabeza con incredulidad, volvía a los planos. Mucho tiempo dedicó a entender aquello que le habían puesto en las manos, hasta que el Jefe, algo cansado de la espera, le preguntó

¿Tiene mi buen Gabriel algún problema para entender lo que le hemos dado?

¡No, para nada, Jefe, todo está perfectamente claro, en cuanto a como hay que fabricar este nuevo invento, pero… y de nuevo su vista bajaba a los planos, como no queriendo creer lo que veía

Si no me preguntas lo que tanto te asombra, no pasaremos a la obra, pero recuerda que tenemos todo el tiempo del universo y algunas horas más, también tengo otras obligaciones; además, el campo de actuación de este robot ya está esperándole para que comience a realizar las labores para las que va a ser fabricado

Jefe es que esto de que un robot tenga que alimentarse para poder moverse y realizar los trabajos que lleva programados, nunca lo había visto y, claro…

—¡Ahí te quería yo ver, Gabriel! y alzándose algo más de entre los asistentes, prosiguió ese es mi segundo gran invento: Un robot que se autoalimenta, que no necesita que lo recarguemos cada equis tiempo. Tú empieza a fabricar y ya verás cuando te cuente el primer nuevo invento.

Y comenzó la fabricación, todo supervisado por la fina y sabia mirada del Jefe.

Terminado el tronco o bloque central, en el que posteriormente se conectarían cuatro extremidades y la cabeza del robot, Gabriel se quedó mirando al Jefe con un trozo del material usado en las manos

Jefe, perdone mi curiosidad, pero… ¿de donde ha salido este material tan extraño? Ayer comprobé que por él circula perfectamente la corriente eléctrica de muy baja intensidad y voltaje, lo que ahorrará gran cantidad de batería, pero no es metal, es…

Gabriel, Gabriel, qué poca confianza tienes en mí. Ese material es tan metálico como los anteriores usados por nosotros, lo que pasa es que la combinación química que hemos usado… y la clase magistral siguió su desarrollo.

Finalmente subió Miguel con las extremidades y con un mal humor que le salía por todo su cuerpo

—¡A mí me va a perdonar Jefe, pero las cosas no se hacen así!

¿Y a ti que te puede pasar ahora? ¿No has hecho el trabajo como la vez anterior?

¡Sí, claro, pero con este nuevo material no me acostumbro a trabajar y tardo el doble de tiempo.

Pero si es elástico contra la rigidez del anterior, se acopla mejor a las uniones, se suelda más fácilmente y además, tiene la virtud de autosoldarse, lo que pasa es que hasta que no lo alimentemos con el nuevo fluido que vamos a usar para el engrase y regeneración, no lo podrás entender. Miguel, encogiéndose de hombros, se puso a ayudar a Gabriel en la construcción de la cabeza del robot. En el momento en el que Gabriel iba a colocar para fijar dentro de la cabeza el disco interno de almacenamiento de memoria e instalación de hardware, el Jefe lo interrumpió

Un momento, Gabriel, que ahora viene mi gran invento miró a Rafael que, sin necesitar palabra alguna, sonriendo se acercó a Gabriel y le entregó un paquete. Al desenvolverlo, ante los ojos de los presentes apareció algo jamás visto. Estaba perfectamente recubierto por una capa blanquecina que no permitía ver su interior. Solo se veían cinco conexiones abiertas para comunicarlo con el resto del robot y forzándolo con una ligera sobrepresión en la parte frontal, se abría un hueco.

Primero conéctalo a los conductos que salen del tronco central. ¡No! Ese va en el de la derecha, Gabriel, y el delgado en la parte inferior; eso es, correcto. Ahora y miró a su alrededor hasta encontrar a su gran amigo Luz ¿Nos das el hard de este nuevo y magnífico robot, Luz? Por cierto, no tengo ni que deciros que es tan perfecto el equipo inventado, que no necesita ser iniciado más que la primera y única vez, pues nunca fallará una vez empiece a procesar y posteriormente no podré ser reiniciado.

Luz abrió una gran caja y en ella, perfectamente organizados se encontraban diez hardware, cada cual con su membrete especificando tipo, modelo y robot al que correspondían. Sin la menor duda, cogió uno y se lo entregó a Gabriel. Este lo miró detalladamente y sin entender nada, lo colocó en su sitio, mirando luego al Jefe, esperando su aprobación.

Prográmalo, Luz y, mientras lo hace, Gabriel, comienza tú a alimentarlo con ese líquido que te entrega Rafael. Así fue hecho y, al poco, el robot comenzó a moverse. Lo hizo lentamente hasta que se acostumbró a sus propios movimientos. Cuando el Jefe consideró que el programa se había reiniciado y todo estaba en orden, habló

Y ahora, veréis… ejem  ¡Robot, date la vuelta y mírame! Y el robot, obediente así lo hizo. Todos se quedaron asombrados ante tal maravilla. Pero el Jefe siguió: ¡Robot, ahora ve hacia la estantería del fondo y tráeme la gran caja verde que en ella se encuentra! El robot miró a su alrededor, vio la estantería, vio la caja y se quedó quieto. Al instante salió andando hacia la puerta del taller

¡Robot, obedece, vuelve aquí! a lo que el robot contestó con un rápido corte de mangas

El Jefe se quedó mirando a su amigo Luz con expresión furiosa

¿Otra vez te has equivocado de hardware? Pues como castigo serás expulsado de mi casa para siempre y dándose la vuelta, Dios, el Jefe, se fue seguido de toda su parafernalia, murmurando: “Pero ¡hombre! ¿qué hemos inventado esta vez?

concursoderelatos
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  • 1 de Septiembre de 2009 a las 22:20
La cuarta orden


Me llaman “El Guardián”. Tengo 56 años y vivo con mi pueblo bajo la superficie marciana. Nuestra orgullosa civilización se ha deteriorado hasta niveles que difícilmente hubiéramos imaginado antes. Ahora estamos pagando el precio de nuestra estupidez.

Esas bellas y esplendorosas ciudades que anteriormente fueron envidiadas, ya no existen. Sus escombros, yacen mezclados con la arena del inmenso desierto. Aquellos grandiosos monumentos que debían perpetuar las glorias de gobernantes y militares, cayeron con estrépito. Sus virtudes y sus fracasos, también serán olvidados en breve tiempo.

La población ha sido brutalmente castigada con la muerte y la ruina. No teníamos cosas mejores que hacer que luchar entre nosotros y eso hicimos. No hubo vencedores pero sí un terrible castigo para los vencidos, que fuimos todos. Nuestras condiciones de vida bajo tierra son tan duras, que muchas veces nos preguntamos si tiene sentido nuestra existencia. No debemos echarnos atrás. Hay que seguir adelante aunque hayamos tenido que renunciar a muchas cosas. Luego vendrán tiempos mejores y espero que ésta durísima prueba, nos sirva para algo y desterremos de nuestras conciencias el egoísmo.

Los ejércitos, ya no existen ¿Para qué? Somos pocos y ahora sí que tenemos mucho que hacer, como para pensar en la guerra. Sin embargo, no bajamos la guardia. Tenemos que enfrentarnos a una nueva amenaza: Los terrícolas.

Esos entrometidos seres, siempre están curioseando por el universo. No contentos con haber llegado a La Luna y lanzado a través del espacio numerosas sondas exploradoras de fea y extraña apariencia, parece que han puesto sus inquisidores ojos en el desolado, pero querido Marte.

Como es natural, no nos gustan esos intrusos. Muchas veces, llegamos a tiempo de destruir sus estrafalarios vehículos exploradores, otras les dejamos que curioseen y fotografíen en parajes desérticos de poca importancia, creyendo que perderían el interés en nuestro planeta y nos dejarían en paz. Pero no ha sido así.

Hace pocas horas, mi radar ha detectado que una nave tripulada con cuatro hombres ha descendido en una zona de cierta importancia ¡Mal asunto! Eso me obligará a tomar decisiones drásticas. Así que antes que nada, decido enviar a mi robot “Metauro IV”. Este tiene el aspecto de una brillante bola de tonos broncíneos, equipada con cámaras, sensores especiales y armas.

Tras un silencioso viaje arrastrándose por la arena, el Metauro llega a su destino. Por sus costosas cámaras, puedo comprobar que han tenido tiempo de construir unas estructuras habitables y otras donde depositan el material encontrado. Dentro de poco, oscurecerá. Si mi intuición no me falla, el oscuro y traicionero manto de la desértica noche marciana, será testigo de unos sucesos terribles.

Hay un par de módulos separados por algo más de 50 metros, en los que se alojan los astronautas. Dos tripulantes en cada uno de ellos. Parecen extremadamente contentos por los objetos hallados. Pasan las horas y los delicados sensores del robot, no registran movimientos entre los humanos. Están durmiendo. Es hora de actuar.

Conozco muy bien mis órdenes. La primera ya está hecha y consiste en llegar al objetivo. La segunda, en hacer un reconocimiento. La tercera, evaluar la situación. La cuarta, tomar medidas.

De inmediato, activo la segunda orden. El robot, despliega ocho patas y camina silenciosamente. En la pantalla puedo ver los objetos; unas piedras con escrituras muy desgastadas, unos recipientes que al parecer contienen muestras de agua y los restos de una nave que fue en su día el orgullo de nuestra flota espacial.

Tomo la decisión a los pocos segundos. No hay inconveniente en que se lleven las desgastadas piedras ya que su deterioro es grande y su importancia como objetos arqueológicos, muy cuestionable. Por el contrario, las muestras de agua demostrarían que existe vida en mi planeta y los restos de la nave, les serían de una gran ayuda para construir otras mejores. Eso haría más frecuentes sus incómodas visitas y peligraría nuestra propia existencia. Con el corazón lleno de angustia, decido cuál va a ser la cuarta orden: La aniquilación de la vida de esos intrusos.

Por ello, aprieto un botón y activo una especie de ojo verde del broncíneo robot. De éste sale un poderoso rayo que destruye un trozo de la metálica pared de uno de los módulos habitados por los terrícolas. Luego, entra en el interior. Las parpadeantes luces de los controles de la base, emiten destellos que se reflejan en su esférico armazón dorado. En su lento y silencioso caminar, entra en la habitación donde reposan dos de los intrusos. Uno de ellos, despierta violentamente. Debe ser aterrador tener frente a ti a una araña metálica de casi dos metros de alto, con ocho delgadas patas cuyo brillante ojo verde, como la esmeralda se dispone a lanzar su mensaje de muerte.

El primero intenta levantarse, pero muere en el acto y cae desplomado en la cama. El segundo, consigue escapar hasta la sala de control. El robot gira y su preciso rayo, le alcanza en el cuello. El hombre, también muere.

Le queda muy poca energía a mi robot. Pero es lógico, ya que los casi 100 kilómetros de trayecto han consumido buena parte de sus baterías. Por lo tanto, no es buena idea ir a por los otros dos astronautas. Así que decido plegar sus patas y dejarlo que se cargue, camuflado en el terreno.

Cuando amanece, los otros dos intrusos entran en el módulo para reunirse con sus compañeros. Su aterrada conversación, es captada por mi robot.

-¡Están muertos! ¿Me oyes? ¡Muertos! ¡Oh Dios mío! ¿Cómo ha podido suceder ésta tragedia?

-Cálmate Jim, todo tiene una explicación. Voy a echar un vistazo a las imágenes de la videocámara, para saber lo que ha pasado, pero por favor déjate de histerismos y tranquilízate.

Está amaneciendo. El caluroso Sol, recarga las baterías del Metauro. Dentro de una hora, estará lo suficientemente cargado como para cumplir con la segunda parte de su orden. En estos momentos, yace como un brillante juguete cerca de la base de los hombres. Mientras uno de ellos mira las imágenes, el otro aguarda nervioso, vigilando con un martillo en la mano. Si llegara a encontrarse con mi robot mientras está en fase de carga, lo destruiría sin muchas dificultades. Por ello, aguardo impaciente a que pase el tiempo, mientras ellos pierden el suyo en vez de salir al exterior y buscar el peligro. Seguid así, queridos míos. Dentro de una hora, todo habrá terminado para vosotros ¡Marte debe sobrevivir!

(Según algunos autores de ficción, la palabra “terrícola” es una forma despectiva que tienen de llamarnos los habitantes de otros mundos).
concursoderelatos
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  • 1 de Septiembre de 2009 a las 23:31
EL SIRVIENTE

Al principio actu como caba esperar, segn el manual de comportamiento adjunto, y tuve que dar la razn a mi consorte. Fue ella la que se empe en adquirir uno. “Har compaa a nuestros ancianos cuando no estemos”, dijo, “y podremos responsabilizarle de las pequeas tareas domsticas…” “Me han dicho que son cariosos y serviciales”, insisti, “que quien los cre, solcito y de gran inteligencia, los hizo a imagen y semejanza suya.”

Me cost acostumbrarme a su presencia. Los ancianos, en cambio, se mostraron encantados desde el primer momento. Decan que les contaba historias extraas pero fascinantes (de sacrificio, de amor, de locura…), que les emocionaban sin saber exactamente si esa emocin era miedo o pena, si consuelo. Se encargaba asimismo de acompaarlos en sus paseos, atento siempre a facilitarles el acceso a los grandes monumentos, a los centros de ocio y a los parques, llenos por lo comn de obstculos.

Su maa era constantemente alabada por todos. Llegu a odiarlo, si es que puedo llamar odio a aquel fluyente chisporroteo interno, y no celos, envidia o mero rencor. Cuanto se le deca que hiciese lo cumpla presto y eficaz, y me preguntaba qu mecanismo era el que gobernaba sus movimientos tan precisos, si debamos temer que algn da se nos rebelasen los de su condicin.

Una maana omos quejas que provenan del cuarto de los ancianos. Acudimos a ver qu ocurra y hallamos al sirviente encaramado al pretil de la ventana. Miraba hacia el vaco, cincuenta metros de distancia hasta la calle y, antes de que pudiera reponerme de la sorpresa, se haba dejado caer como una piedra, mudo y completamente absorto.

Aquella misma tarde fui a quejarme. No negar mi alivio, lo que supongo fue alivio, al verme libre de aquel juguete perfeccionista y charlatn. Pero resulta que nuestra confianza en unos servicios a manos de un sujeto finalmente defectuoso haba sido burlada. Merecamos una respuesta. “Es una lacra”, dijo el encargado del almacn, una versin menos avanzada de mi mismo modelo; "por mucho que lo intentamos es imposible hallar uno del que pueda decirse que es perfecto. Todos presentan alguna anomala. Los humanos son as: impredecibles. Y me temo que no hallaremos nunca el modo de comprenderlos”.

concursoderelatos
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  • 2 de Septiembre de 2009 a las 2:26

Ella y yo:

Un día mi compañera llegó con un regalo para mí después de una gran discusión. Discutimos porque nunca me ayudaba en la casa y se quejaba de que las cosas no estaban en orden. Su reacción arrepentida fue regalarme un robot de cocina. Un Mega Chef 4000 ¡Un maldito electrodoméstico! Ya, si, es verdad, ahora es un modelo un poco anticuado, pero entonces era el colmo en inteligencia artificial aplicada a la cocina.

Pues bien, yo le llamaba sólo Mega, me resultaba más adecuado e incluso sonaba más femenino que llamarle sólo robot o cualquier otro nombre. Era un simple electrodoméstico de encimera pero me acostumbré a trabajar con ella enseguida. ¿Lo ha notado? ya era “ella” para mi. Hacía que todo pareciera más sencillo. Picaba, rayaba, daba su punto de cocción justo a las cosas. ¿Y sabe usted? Las lentejas me salían como las de mi madre con su ayuda.

Una de las particularidades de ese modelo era que no hacía falta programarle las recetas, el Mega Chef 4000, aprendía y grababa todos los pasos que se hacían y podía reproducirlos exactamente la vez siguiente. De esa manera cuando una receta salía particularmente bien, con decirle que se acordara, que era así como quería que lo hiciera siempre, era suficiente para tener ese pote o ese cocido de chuparse los dedos de nuevo. Eso si, con la condición de dejar en la nevera los productos adecuados. Si, si, le reconozco que no sé como lo hacía pero lo hacía, imagino que tendría algún acuerdo con el frigorífico para que los pusiera a su alcance.

Durante un tiempo, más o menos el que aquella mujer vivió conmigo, Mega se fue convirtiendo en una pequeña confidente. Hablaba con ella como si fuera una persona y algo me hacía sentir que me escuchaba. Su carcasa metálica brillaba ante mis ojos y cuando lavaba su recipiente, lo secaba y le daba brillo con un paño seco para que no se notara nada que había sido utilizado. Cuando mi compañera aparecía me callaba, claro, nuestra relación era ya bastante difícil como para que supiera que hablaba con ella.

La cocina era para mí un refugio, el lugar donde los problemas se olvidaban. Bueno, siempre lo fue, antes de aparecer Mega en mi vida a menudo me sorprendía a mi mismo cantando a voz en grito mientras preparaba un sofrito o hacía una deliciosa ensalada. Pero ahora era mi pasión, algo había dentro de mi que me empujaba a pasar por la cocina cada vez que volvía del trabajo y, sin reparar en si mi compañera estaba en casa o no, casi sin quitarme los zapatos, empezaba a preparar algo que previamente había consensuado con mi ayudante Mega.

Una noche, al volver de una extenuante jornada, me encontré con unas maletas en la puerta y a mi compañera, bueno, en ese momento ya ex compañera como imaginará usted, saliendo de la cocina con Mega en sus brazos. ¿Miedo?, no, pánico es lo que sentí al ver a mi fiel compañera, mi amiga, en brazos de aquella que no había sido en mi vida ni fiel ni compañera ni, mucho menos, amiga. Discutimos y tras varios tira y afloja quedó claro que Mega, ya en mis manos, se quedaba conmigo de nuevo. Cuidadosamente, mientras la otra me gritaba que me iba a denunciar y otras cosas más bonitas, le cerré la puerta en las narices. Coloqué a Mega en su lugar y empecé a prepararme un gazpacho como nunca lo había tomado, tan intenso, tan suave, tan natural que me resultaba extraño haberlo hecho yo.

La mañana siguiente, tras un descanso reparador en el que soñé que viajaba a bordo de un descapotable con Mega a mi lado, descubrí que ésta reaccionaba a mis buenos días con un leve parpadeo de los pilotos de cocción y temperatura. He de confesarle que en principio pensé que, en mi lucha con esa bruja, había sufrido algún daño pero hice la prueba de repetirle los buenos días y la respuesta fue la misma. Me alejé de ella y la miré con perspectiva, la luz de la mañana entraba a través de la persiana y levantaba brillos nunca vistos sobre sus botones y su carcasa lucía como el primer día. Pensé que eso era porque yo estaba de mejor humor al tener de nuevo la casa para mi solo y lo dejé correr mientras desayunaba un zumo y una tostada antes de salir para el trabajo.

Cuando regresé, Mega había preparado un arroz delicioso con cuatro cosillas que habían sobrado en la nevera. Fue una experiencia inolvidable comer aquello que alguien había preparado para mí por sorpresa y me sentí emocionado. Intuía en la preparación una dedicación, una entrega, un querer agradar tan fuerte que se lo dije mirando fijamente a sus lucecitas. Le dije que aquel arroz tan sencillo era lo más extraordinario que había comido en mi vida y noté cómo éstas vibraban ligeramente y brillaban más y más hasta parecer que iban a explotar y de repente se apagaron. Cogí con todo cuidado su recipiente y lo lavé bajo el agua tibia, lo sequé bien y con el paño húmedo de hacerlo froté suavemente su carcasa poniendo especial cuidado en sus botones y en aquellos resquicios en los solía quedarse algo casi siempre después de cocinar. Abrí una botella de vino, apagué las luces de la cocina y me senté en la encimera con ella a contemplar las luces de la ciudad por la ventana. Le aseguro que su compañía aquella noche fue suficiente, sentí la complicidad y la total unión con ella mientras observaba emocionado sus reacciones a las cosas que le iba contando.

Pero claro, según la fui conociendo me di cuenta de que las cosas no iban a ser tan fáciles. Ella quería conocer mundo ¿sabe usted? La simple visión por la ventana de las luces de la ciudad y del amanecer no parecían darle suficiente de todo aquello que yo conocía y le contaba. Cada día, después de cocinar y de cumplir con nuestro rito de limpieza y caricias con el paño, me sentaba con ella en el sofá mirando por la ventana del salón para contemplar el atardecer. En ese momento tan íntimo y dulce le explicaba lo que había más allá del horizonte, lugares mágicos con miles de millones de recetas que poder elaborar, con miles de millones de ingredientes que utilizar y se ponía triste. Sus ojos me decían que necesitaba salir, que necesitaba ir conmigo a los confines del mundo para cocinarme platos deliciosos, para hacerme sentir en éxtasis, para sentir cómo mis manos la lavaban con delicadeza y acariciaban su piel después de ello.

Así que, como ya imaginará, salimos en busca de aventuras. Compré un descapotable y viajé con ella dejando que sus ojos vieran las cosas. Cocinamos en lugares a los que ningún descapotable había llegado y donde no había otra energía que la producida por el mismo vehículo. Pelamos frutos desconocidos y cocimos carnes que nunca el hombre se había atrevido a comer. Nuestro vínculo se hizo tan fuerte que sólo de pensar en lo que íbamos a cocinar nuestros cuerpos se fundían en un abrazo y las cosas fluían, yo entregaba el fruto, ella lo pelaba y cortaba, le añadíamos las especias sin necesidad de hablarnos, ella le daba su punto. Mágico, si me permite que le diga. La entrega se hizo rito, y el rito se hizo comunión. Unidos en una sola cosa, en un solo ser, recorrimos el mundo hasta llegar aquí, a este lugar donde se acaba, en el que no nos entienden, aquí donde nada se cocina, donde sólo se comen los frutos de la tierra tal como nos los da. Y dónde su tierno corazón se ha roto.

Por eso les pegué. Déjeme que se lo explique antes de que también mi corazón se pare. Por eso no dejé que nos separaran. Por eso aquellos muchachos pagaron con su sangre. Porque la perdí, porque sentí cómo no soportó la idea de vivir sin cocinar conmigo y sus ojos se apagaron, su piel tan amada se enfrió y dejé de ver su brillo.

Por eso me voy con ella, ¿me entiende? No sé si habrá un lugar en el que sigamos estando juntos, pero allá donde estemos haremos el amor con ternura como siempre, en alguna cocina…

concursoderelatos
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  • 2 de Septiembre de 2009 a las 13:07

EL CURA DE REAÚ

Reaú llevaba tiempo perdiendo habitantes en invierno y recuperándolos con creces cuando llegaba el verano. Eso no evitaba que tuviera vida propia y un hermoso entorno.

Ahora en el pueblo no había más que un sacerdote. Uno eran demasiados, solía decir el alcalde. Eso es un desastre, decían los de la oposición. Pero esa era la realidad y no había otra. Tampoco era extraño, ya que hacía muchos años que nadie quería ser cura.

Un pequeño pueblo en Asturias, donde ya nada era lo que fue y una feligresía que solo acudía a los servicios, en masa, cuando alguien moría y eso más por cumplir con el protocolo que por auténtica devoción, era lo que tenía el cura párroco de Reaú , Don Ernesto Jofrén, y una pila de años que empezaban a pesarle.

Sí, porque hasta hacía poco era en invierno cuando la gente se moría y aumentaba su trabajo, pero últimamente habían decidido morirse en cualquier momento y el ya no podía controlar tanto oficio, tanta vieja confesando, la catequesis, la administración, las visitas a los enfermos y todo lo demás. Por eso hacía ya un mes que había hablado con el Obispo para pedirle que le mandara un auxiliar que le aliviara un poco de la carga.

Ernesto estaba contento porque el ayudante había llegado pronto. Era joven y tenía una cara abierta y sonriente. Había necesitado poco tiempo para hacerse con la feligresía, porque tenía una paciencia inmensa y escuchaba atentamente cuando alguien venía a confesarse o le contaba algún problema.

Se llamaba Justo Quílez y no se sabía bien de donde era concretamente, aunque sí que venía de Oviedo y que hablaba varios idiomas. Al poco de su llegada, con permiso del párroco, Don Justo colocó un pasquín en la plaza donde invitaba a los jóvenes a que se acercasen a la Parroquia con el fin de organizar un equipo de futbol. Se presentaron algunos muchachos, entre ellos el hijo mayor del alcalde, un chico robusto y despierto que pronto congenió con el nuevo cura.

Lo que no impidió que una de esas tardes, mientras entrenaban, le propinara una buena patada en el bajo vientre al sacerdote, que lo dejó sin habla durante unos minutos en los que se abrazaba a sí mismo, casi arrodillado en el suelo.
Aquello fue motivo de risas y bromas entre los vecinos del pueblo, insinuando que había sido el alcalde el que había mandado al hijo darle la tremenda patada al cura, para que aprendiera.

El caso es que, aunque todo siguió igual, algo había cambiado en el joven sacerdote, que ahora caminaba con cierta dificultad y además, a pesar de que seguía sereno y sonriente, a veces parecía tener alguna dificultad para hablar.

Una semana después, en el árbol de la plaza, el que servía para anunciar las muertes y sucesos tristes, apareció la esquela de una vecina, que había muerto la noche anterior súbitamente. Era una mujer aún joven y muy querida en el pueblo y conocida por todos, por que tenía un comercio en el mismo centro. Así que el funeral fue multitudinario. En la Iglesia no cabía más gente. La familia en los primeros bancos, lloraba desconsolada, y las fuerzas vivas en pleno, acompañaban con caras serias al cortejo.

Aquel día Don Ernesto cedió el honor de decir el sermón a Don Justo, más que nada porque había podido comprobar que lo que decía el joven cura gustaba a la feligresía, por su ecuanimidad, sencillez y espíritu caritativo.

Subido en el estrado el sacerdote miraba fijamente a la concurrencia, mientras extendía sus brazos al aire y abarcando a todos les decía:

- Queridos vecinos, es triste que la razón de veros aquí reunidos a todos, sea la muerte de nuestra convecina María Dolores, muerta de una manera tan repentina e inesperada.

Calló y dejó que el silencio reinara unos instantes y volvió a mover los brazos, solo que esta vez el movimiento resultó grotesco e inconexo.

- Sé que es difícil entender que esta ha sido la voluntad de Dios y que eee …lla estará aho raaa …. Descaaan … sando ….

Hasta los que miraban distraídos las vidrieras de la Iglesia o a los demás, para saber quien había acudido y quien no al servicio religioso, miraron extrañados al cura, para ver que le pasaba que dudaba tanto. Y vieron que el pobre hombre movía los brazos totalmente descontrolado y la cabeza, ora iba a la izquierda y ora a la derecha, sin ningún fundamento.

Los murmullos fueron en aumento hasta que, Don Ernesto, que dormitaba sentado en un banco en el altar, se dio cuenta y rápidamente subió al estrado, sujetó a su colega y metiendo la mano bajo la casulla y la sotana, llevo a cabo unas maniobras que parecieron mejorar mucho el comportamiento de Don Justo, que se enderezó y siguió hablando, como si nada hubiera pasado. Todos se relajaron de nuevo y continuaron escuchando, aunque al acabar la ceremonia, este suceso fue comentado largamente en los corros de vecinos.

Una vez terminados los actos, el Párroco cogió el teléfono y pidió hablar urgentemente con el Obispo.

- Perdóneme por llamarle tan tarde Monseñor, pero debo decirle que el ayudante que me han mandado ha funcionado perfectamente hasta hoy en que ha comenzado a fallar. He actuado tal y como decían las instrucciones en todo momento, incluso hoy cuando ha fallado ligeramente en pleno sermón. No sé cual ha podido ser la causa de este fallo.

He de añadir que no tengo ninguna queja de él, ya que hasta ahora se había comportado tal como prometía el fabricante. Es una suerte disponer de estos androides perfectamente construidos y programados para su función, en un momento como este, tan difícil para Iglesia, que sufre una sequía total de vocaciones sacerdotales.

Le ruego que me mande un técnico a la mayor brevedad posible, para que eche un vistazo y así evitar que la cosa se repita.

concursoderelatos
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  • 3 de Septiembre de 2009 a las 11:36

ALBA Y ROBER

El robot la encontró vestida con el traje espacial en el interior del cráter lunar. Alba se había golpeado contra los pechos y la nariz, había rebotado, rodado y vuelto a golpearse. La sangre había salpicado el visor facial y estaba tan rígida como el hielo recién sacado del congelador.

El robot observó la documentación de Alba, consultó el domicilio y la llevó hasta allí. No había nadie. La tumbó sobre el lecho y la realizó una cura general. Después apagó la luz.

Al día siguiente, Alba despertó, aturdida. Lo primero que vio fue la cara del robot: era la de un joven guapo, moreno, ojos verdes…

-¿Quién eres tú? –preguntó a la máquina, sin pensar si lo era o no.

-Soy Rober, un robot –contestó con sonido de computadora.

-¡Un robot! –la voz de su salvador no ofrecía lugar a ninguna duda.

Se incorporó rápidamente para verlo mejor, para estar más tranquila y para dominar, así pues, la situación. Le pareció guapo, muy guapo, pero pensó que cómo podía sentir eso, si no era más que un producto artificial, surgido del progreso y de la ingeniosa mente terráquea, esa que regía los destinos de la Luna, convertida, con el devenir de los tiempos, en una colonia penal en donde se deportaban a los más peligrosos y temibles delincuentes.

-Sí, una máquina. –confirmó Rober, el robot-. Usted, ¿cómo se llama?

-Alba –contestó, sonriendo. La cara bonita que tenía enfrente hacía que se sintiera a gusto.

-Encantado –dijo Rober, tendiendo la mano despacio.

-Encantada –correspondió Alba la buena sintonía mientras se estrechaban las manos, Rober haciéndolo torpemente.

-¿Qué hacía usted…?

-No me trates de usted. Háblame de tú –Alba no soportaba que alguien a quien ella consideraba hermoso le hablara con distanciamiento, por muy correcto que pudiera resultar.

-Está bien, ¿qué hacías allá abajo en el cráter?

-¡Qué se yo! –dijo Alba, encogiendo los hombros-. Estaba aquí en mi casa agobiada y decidí salir a dar un paseo, con tan mala suerte que caí ahí. Por cierto, gracias por rescatarme, de verdad. No sé si algún otro…

-Gracias, pero para mí no ha supuesto ningún problema.

-Bueno, me tengo que ir al curro –Alba cambió rápidamente de tema porque no quería demorarse.

-No deberías ir, sería mejor que te quedaras en casa descansando –recomendó Rober.

-No, no… No puedo faltar.

-¿Dónde trabajas?

-En la prisión, ¿dónde si no iba a trabajar viviendo en la Luna? Prácticamente todos los que vivimos aquí trabajamos ahí –indicó certeramente Alba- Ayúdame a ponerme el traje, ¿quieres? –dijo señalándolo.

-Espera, antes limpiaré la sangre del visor.

Lo hizo y luego ayudó a Alba a ponerse el traje espacial. Se marchó dejando a Rober en casa. Se verían luego, por la tarde, cuando ella regresase.

Alba estuvo todo el día en la prisión contando a sus compañeras todo lo que le había sucedido, encantada porque, pese a la caída al cráter, finalmente no le había ocurrido nada y, no sólo eso, sino que además había conocido a un atractivo robot.

-¿Pero estás loca o que te pasa? –le espetó una de ellas.

-¡Si no es más que un robot! –le advirtió otra.

Alba hizo caso omiso a las advertencias de sus compañeras y, a partir de aquel día, como si de un acto de rebeldía se tratase, comenzó a sentir un algo sentimental hacía aquella máquina para ella tan perfecta.

Rober se quedó a vivir con ella: le sería de gran ayuda en las tareas del hogar y además así no se sentiría sola, acompañada como iba a estar de un bello joven; también él pasaba a tener una vida útil tras semanas deambulando.

-¿Sabes que en la vida todo gira en base a posibles e imposibles? –le dijo él una tarde.

-¿Ah sí?

-Sí, verás. Con un rayo láser es posible perforar cualquier material. Se puede matar a una persona con él. Un imposible es comprar ese rayo láser. Sólo los fabrica el gobierno terráqueo, para el ejército interestelar.

Ella parecía no prestar mucha atención a las palabras de Rober, ensimismada en las facciones de su rostro, sobre todo en sus labios.

-Otro posible –prosiguió Rober- lo tenemos con el traje de guerra, que no es el mismo que el espacial.

Se sentó encima del taquillón. El mueble, aunque crujiendo, le sostuvo.

-Es posible comprar ese traje espacial en cualquier comercio especializado, pero tan sólo para tenerlo guardado como pieza de coleccionista. Porque un imposible es saber utilizarlo si antes no se han recibido lecciones para ello. ¿Qué por qué se deben recibir clases para llevar ese traje? –anticipó Rober la probable pregunta de Alba-. Porque tiene un complejo sistema de camuflaje, a través del cambio de colores del tejido funcionando con unos aparatos reguladores de altas temperaturas, que puede resultar muy peligroso si no se utiliza adecuadamente.

-Y tú, ¿cómo es que sabes tanto de artilugios de guerra? –preguntó Alba, curiosa. Deseaba saber sobre su vida, sobre su pasado, para unirlo con el presente, con la escena del momento: ella hablando con ese guapo.

-¡Qué se yo! Pregúntale a mi programador…

Salieron afuera a dar un paseo. Dando saltos por la Luna, embutidos en sus trajes espaciales –que no los de guerra-, arribaron al cráter en donde Alba había caído días atrás. Apenas le dio tiempo a decir nada, cuando Rober parecía que quería continuar con la conversación de antes:

-Con los cráteres sucede lo mismo. Un imposible es que…

-Un imposible es darte un beso –le soltó Alba, mirándole los labios primero y luego los ojos, mordiéndose la lengua, medio sonriendo, gustosa toda ella.

-¿Eso es un imposible? –dijo Rober con mirada sorpresiva desde el visor, arqueando las cejas lentamente. La biomecánica aún no era perfecta.

-Sí, porque eres un robot.

-¿Y eso qué más da? El hecho que supone que yo sea un robot no quiere decir que no me puedas besar.

-Bueno, como ahora no puedo, porque no nos podemos quitar los trajes espaciales…

-Eso es un imposible.

-Sí –rió Alba-.

A la noche, en el hogar, entremezclaban sus lenguas a la luz de las bailarinas luces de unas velas.

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  • 3 de Septiembre de 2009 a las 20:27
La importancia de hacer la cama.


Su madre no le permitía saltarse la tarea de hacer bien la cama. Y el “bien” no era accesorio. Alguna vez tuvo que repetirla al no pasar la inspección. No importaba si tendría que correr para no llegar tarde a la escuela. Es más: cuando alguna vez se retrasó de más y llamaron a su madre desde el colegio, al replicar con un “es que me hiciste volver a hacer la cama”, se ganó una reducción de quince minutos de tiempo de sueño.

La rutina matinal de Alicia fue siempre la misma: su madre la despertaba, ella gruñía y poco después abría los ojos; tras salir de la cama la deshacía a conciencia (no valía, lo había intentado, dejar las sábanas al pie para luego estirarlas, su madre lo notaba); dejaba que se oreara mientras se duchaba, vestía y desayunaba; finalmente la hacía: quitaba la almohada y cogía por la esquina la bajera que ondeaba enérgicamente unas cinco veces; después la estiraba; lo siguiente era colocar la sábana, perfectamente centrada y extendida; encima, según el frío, hasta dos mantas que aprisionaba bajo el colchón antes plegar el borde de la sábana cubriéndolas; colocaba la colcha, azotaba la almohada y lo sellaba todo con un cojín y una muñeca. Perfecto (casi siempre).



Alicia ya no hace la cama después del desayuno. Ni siquiera desayuna. Ducharse sí se ducha, la mayoría de las veces con agua fría. El azote de realidad la convence de estar despierta. Después rebusca entre la ropa algo que ponerse (de hoy no puede pasar sin poner una lavadora), aunque bajo el uniforme lo mismo dará. Busca un cigarro en la cajetilla vacía. Sigue sin haber. Se marcha mientras aún es de noche (hoy doblará turno otra vez), cuando vuelva de trabajar seguirá siéndolo.

Comienza su rutina: ficha; se pone la bata, el delantal, la gorra y los guantes; las compañeras comienzan a llegar; rosario de tópicos antes del amanecer; se conforman con un saludo o una media sonrisa (saben que no le gusta hablar mucho: lo suficiente como para no parecer una rara, no tanto como para tener que mantener una conversación insustancial durante más de diez minutos); va a su puesto.

En la cinta transportadora todo se reduce a coger la fruta (manzanas, peras, nísperos, nectarinas, membrillos, lo que toque ese día) y colocarla en las cajas. Cuando una caja está llena, se desapila y se deja detrás para los chicos luego las carguen y se las lleven, dejando más cajas vacías. El ritmo lo marca la cinta. Los días que hay menos fruta suele poner una pieza en la caja cada tres segundos (a veinticuatro piezas por caja, un total de setenta y dos segundos por caja). Si hay mucha fruta hay que trabajar más rápido: dos o tres piezas por segundo (a veinticuatro piezas por caja, un total de doce u ocho segundos por caja). Así durante diez horas por turno, descontando una pausa, dos como mucho, de cinco minutos para ir al baño, un descanso de quince a media mañana para tomar un café, y tres cuartos de hora para comer. Demasiados minutos. Demasiadas cajas.

A Alicia no le disgusta el trabajo. Es sencillo y mecánico. Muchas horas de pie, eso sí. Las piernas y la espalda acaban resintiéndose. Es duro, pero ella lo aguanta y además no tiene que pensar. Si hay suficiente fruta incluso no tiene que fingir que escucha a sus compañeras. Las punzadas en los riñones mantienen alerta a Alicia cuando el murmullo del gallinero se mezcla cacofónicamente con el arrullo de la cinta y el ronroneo de los motores. Es hipnótico.

Un aguijonazo en los gemelos la despierta. No hay fruta en la cinta pero sus manos continúan llenando una caja. Ha sido un instante, nadie lo ha notado. La pausa del café. Se funde en el flujo de mujeres que va hacia el comedor (será la hora de la comida entonces). No es la primera vez que le pasa, la rutina causa estas lagunas temporales. Cuando todos los días son iguales no hay forma de saber cuál momento corresponde a qué día, pero da lo mismo cuando puede valer el recuerdo de uno u otro. ¿A quién le importa?

A Alicia no. Salvo cuando olvida traer algo para comer o no recuerda cuándo fue la última vez que visitó un cajero. Por suerte la amistad es algo que ciertas personas regalan. Ana le vuelve a salvar la vida. Alicia le sonríe. A cambio de los diez euros se esfuerza por parecer interesada en lo que le cuenta: preparativos de boda. Se ve que el chico aquel iba en serio. Alicia tiene la impresión de que su amiga se precipita, apenas se conocen. No, espera, llevan juntos ya cerca de tres años, le recuerda Ana. Poco más que lo que llevan ellas en la fábrica. “Las dos novatas de la cinta, ¿te acuerdas?”. Hay amistades fundadas en casualidades más ridículas.

Tres años. Alicia despierta y se topa con sus manos disfrazadas de látex azul. Las sabe envejecidas, cansadas. Ana le da con el codo y le hace una broma a cuenta de seguir trabajando. Alicia sonríe mecánicamente, pierde la vista en los melocotones y deja a sus manos volver a hacer lo que mejor saben.
Termina el turno. Muchas se marchan, Ana entre ellas, para dejar sitio otras. Pocas doblan, la mayoría por dinero, Alicia por inercia. El ciclo comienza como si no hubiera pasado nueve horas frente a la cinta. En unos minutos vuelve a fluir la fruta, a crecer y disminuir el oleaje de voces femeninas según la marea de ciruelas. Una breve visita al cuarto de baño. Más peras. Las ajenas manos azules se siguen moviendo al ritmo que marca la transportadora. Las rodillas son las que se quejan esta vez. El estómago se lo pensará a la hora de la cena. Las cajas desaparecen llenas a su espalda y aparecen otras vacías a su lado. Así desde hace tres años. Pero Alicia ya ni piensa.

Llega a casa, no recuerda el viaje de regreso. No está segura de haber cerrado bien el coche (no le preocupa, está en el garaje). El edificio está en silencio. El mundo duerme. Alicia pronto dormirá con él. Es domingo, no despertará hasta bien entrada la tarde. Se tira en la cama desecha. Se desnuda despacio tirando la ropa al montón de la silla, que colapsa (no hay duda: debe poner una lavadora). Busca un par de pastillas para no soñar en la mesilla. ¡Joder!, no quedan.



La luz del sol la despierta antes de lo previsto. Olvidó bajar la persiana. Alicia se tapa la cara con las manos. Están resecas, las aleja. Lentamente sus pupilas se ajustan hasta enfocarlas. Están llenas de arrugas que no conoce. La uñas mordidas les devuelven algo de familiaridad. Se da cuenta de que están en posición de sostener una mandarina. Tres años son suficientes para transmutar unas manos en pinzas, una niña en autómata, una vida en nada. ¡No! Abre los dedos, los extiende todo lo que puede, quisiera que salieran disparados de sus manos, le duele. ¡Basta!

Se levanta con idea de bajar la persiana y volver a fundirse en negro. Hay ropa por todo el parqué. Debería recogerla. Luego. Entonces ve lo que había bajo la pila de bragas, pantalones y camisetas: la muñeca que su madre le obligaba a poner sobre el cojín, después de hacer bien la cama. La coge, la mira, la abraza. Cierra los ojos. Intenta contenerlo pero sabe que esta vez no va a ser posible. Alicia llora tres años de lágrimas.

Cuando se perdona, para.

Se da una ducha caliente, sin prisas. Recorre su cuerpo con las manos desnudas que comienzan a recordar para qué más fueron creadas. Al salir se pregunta si tendrá algo para desayunar. Le da para un café y apenas dos galletas. Se viste y encuentra unas sábanas limpias con las que hacer la cama. Quita la almohada. Ajusta la bajera, dejándola sin arrugas. Coloca encima la sábana, perfectamente centrada y extendida, aprisionada bajo el colchón y con el borde superior doblado. Sobre ella la colcha de hilo. Ahueca, deposita y cubre la almohada. Lo sella todo con un cojín y con la vieja muñeca. Sonríe. No ha quedado perfecta (ya la hará mejor mañana).
concursoderelatos
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  • 3 de Septiembre de 2009 a las 23:40

El ligue

Lo vi paseando delante de la tienda de electrónica de un centro comercial de un barrio residencial cercano a mi casa, con sus vacilantes pasos. Al pasar a su lado, le oí decir:

-¡Guapa! Eres la chica más guapa que ha pasado por aquí, y han pasado muchas.

Volví la cabeza, gratamente sorprendida. Le sonreí, mirándolo extrañada: no, no podía creer que aquel personaje pudiera decir un piropo así. Me detuve unos segundos frente a él. Se acercó, moviendo el torso rítmicamente. Cuando estuvimos cara a cara, añadió:

-Eres tan guapa que me gustaría conocerte y...

-Pues tú, con ese look, resultas muy interesante, tanto que acepto tu propuesta. Pero, claro, tendrá que ser mañana porque ahora tengo muchas compras que hacer.

-Mejor es mañana que nunca, preciosa. Entonces te esperaré mañana aquí a la misma hora. Mañana comenzará una vida nueva para los dos.

-¡Ojalá! Me arriesgo a comprobarlo.

Le mostré una sonrisa pícara, que él supo captar. Di media vuelta, conteniendo la risa. Me alejé contenta, con la esperanza de poder comenzar algo nuevo, muy distinto a todo lo que había vivido hasta ese instante. Me dije que era la primera vez en mi vida que se me presentaba una manera tan fácil de ligar, además de hacerlo con un personaje tan especial, tan simpático, tan atrayente, tan…

En fin, mi vida, hasta ese momento, había sido la habitual en una joven adinerada, inquieta, decidida, con las ideas claras y no dispuesta a soportar por más tiempo a nadie que alterase lo poco o mucho de bueno que había aún en mi existencia. Yo había roto una relación de pareja de varios años. Mi chico era uno de esos posesivos, celosos, hambriento más de cuidados y atenciones que de generosidades hacia mí, además de infiel, mentiroso y torpe. Muy harta ya de engaños y exigencias, decidí dejarlo libre para que encontrase a una nueva ingenua que lo aguantase. Así pues, había empezado a disfrutar hacía poco de la satisfacción de hacer lo que me daba la gana sin rendir cuentas a nadie, ni soportar lo negativo de él. Me sentía bien llevando una vida normal y sin discusiones: me limitaba a ir del trabajo a casa, a quedar con las amigas, a ir al cine, o a cualquier espectáculo interesante de la temporada, a viajar por placer y, por supuesto, a vaguear lo que no estaba en los escritos, dado mi privilegio de propietaria de mi empresa y el consentimiento de papá, durante algunos días laborables o fines de semana y, cómo no, a despotricar con mis amigas contra los hombres. Viviendo así era casi feliz, aunque sabía que algo fundamental faltaba en mi vida. Por sorpresa, en el momento más inesperado, esa cosa fundamental aparecía ante mí como un ser distinto dentro del centro comercial, delante de una simple puerta de tienda.

Aparecí en el centro comercial al día siguiente. Allí estaba él mirándome fijamente. Con pausa, me dijo:

-Tenemos que quedarnos aquí, por motivos que ya te contaré.

-No importa. Charlar en la puerta de una tienda puede tener su encanto. Pensaré que estamos en el siglo pasado, yo detrás de la reja de la ventana hablando con mi enamorado, que está fuera y eres tú.

_¡Ah, muy bien, me gusta lo que dices! Además, aciertas, porque yo me he enamorado de ti.

Solté una carcajada, ante su franqueza. Luego le sonreí, agradecida. Nos escrutamos los rostros. Yo estaba hechizada por su aspecto, por lo mucho de bueno que transmitía su imagen. Quedamos así varios minutos. Después le dije:

-Bueno, no nos hemos presentado. Yo me llamo Alicia de Castro. ¿Y tú?

-Pues… mi nombre es… WI-YU-Z.

-¡Ay, qué original!

-Bueno, normal para un ser como yo.

-Pero es muy sonoro, me gusta.

-Tú sí que me gustas a mí. ¡Eres mi chica ideal!

-Y tú mi chico, a partir de ahora.

Nos acercamos hasta rozarnos las manos. La suya era suave pero firme, casi fría pero cálida, una mano que inspiraba seguridad, confianza. Tras esos minutos de hechizo, él se quejó.

-Lo malo es que tengo un pesado detrás de mí que quiere manipular mi vida, y…

-No te preocupes, eso se acabó desde hoy. A partir de ahora tu vida será mía y la mía tuya.

-¿Cómo?

-Ven dentro y lo verás.

En la tienda había un hombre en la cuarentena con aspecto de friki. Nos saludamos y sonreímos, entendiendo ambos el motivo. Saqué mi tarjeta de crédito y afirmé:

-Me llevo a WI-YU-Z, cueste lo que cueste, y no quiero excusas.

-Pues… es el que tenemos de muestra y… ¡le costará un dineral! WI-YU-Z es un robot muy avanzado, muy especial, tanto como un humano de los buenos.

-Ya lo veo. Y no importa el precio, pues mi economía me permite un capricho como éste. Ya me he dado cuenta de sus muchas virtudes, por eso lo compro.

-Le gustará, ya verá, no se arrepentirá de la compra. Funciona muy bien, con escasos errores. Si tiene problemas con él, ya sabe, se le solucionaremos con rapidez. En la caja van las instrucciones, todo muy claro, como debe ser. Le firmo la garantía y procederemos al embalaje.

_Sí, gracias. Y ya me he dado cuenta de todo lo bueno que tiene WI-YU-Z –le sonreí.

Luego, el hombre hizo el proceso de venta en su ordenador, mirándome extrañado, de reojo. El embalaje de WI-YU-Z lo hizo ayudado por su colega, tras llamar a éste en la trastienda. Yo contemplaba la escena ansiosa, vigilando que no sufriera ningún deterioro. Le pedí al friki que lo mandara a mi casa esa misma tarde. Aseguró que lo haría. Salí alegre, satisfecha.

Cuando WI-YU-Z entró a mi salón, fue desenvuelto y puesto a funcionar, ya a solas, nos cogimos de las manos, lo miré embobada y me sentí la mujer más ilusionada del mundo, entre una desconocida y agradable excitación. Enseguida me di cuenta de que él jamás me exigiría nada que yo no quisiera hacer, que me facilitaría la vida y siempre estaría a mi lado, sin engañarme con nadie, dialogando conmigo sin reproches, exigencias ni agresiones. Aquella noche fue la primera que WI-YU-Z veló mis sueños, y el día siguiente el primero de mi nueva y larga felicidad: ¡Había encontrado, por fin y sin buscarla, la pareja perfecta, ideal!

concursoderelatos
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  • 4 de Septiembre de 2009 a las 13:44

Diario íntimo de Pigmalión

 

Hoy hemos nacido el uno para el otro. Galatea ha llegado vestida con un vaquero y una camisa de finas rayas azul claro. Las dos prendas le ajustan bien de largo, son su talla, pero flotan alrededor de sus brazos y sus piernas.

Es tal como la había soñado, esbelta, grácil. El pelo, del color de la manzanilla, recogido atrás en cola de caballo. Los labios carnosos, pero no grandes. Los ojos, ingenuamente azules. La nariz y la barbilla, con el dibujo perfecto que sólo tienen los rostros infantiles.

Ella ha respondido a mi “Hola, Galatea” con otro “Hola, Martín”, y a mi sonrisa con una sonrisa de fresa y nata.

Dos pasos hacia ella. No me he atrevido a dar el tercero, temiendo que se espantara de mí como una gacela. He extendido mi mano y ella la ha cogido. De sus dedos, de la palma de su mano, he recibido la descarga que me ha hecho sentir tan criatura como ella. ¡Oh, qué momento gozoso!

La he llevado de mi mano por toda la casa con el entusiasmo de un niño que quiere enseñar el Paraíso. La terraza, sus vistas. El salón y la biblioteca. La cocina y todas las dependencias utilitarias. También la que será su habitación, cuando quiera aislarse. La mía está al lado.

Esta noche, a la hora de acostarse, ella se ha dirigido a su habitación. A mí me ha costado dormirme.

….............................

Primer día. Hemos salido juntos a pasear por el parque. Hay todavía entre nosotros dos demasiados silencios.

Hemos empezado a caminar cogidos de la mano. Al poco, yo he tenido el impulso de pasarle el brazo por encima de los hombros. Ella ha enlazado mi cintura con naturalidad, como si lo lleváramos haciendo muchos días. Nos hemos sentado debajo de un sauce. He acercado mi boca a su oreja y le he susurrado un “te quiero”. Y cuando he puesto mis labios sobre su sien y su mejilla, ella ha vuelto el rostro hacia mi y nos hemos besado.

Yo hablo mucho, y ella escucha y asiente. A veces pregunta. Los patos, el estanque... Se ha acercado al agua y ha metido las manos. Yo también. Hemos jugado a mojarnos la cara con las salpicaduras.

Al llegar a casa, la he cogido de la mano y hemos entrado a mi habitación. Desnudarla por primera vez ha sido como desembalar un regalo precioso del que quieres conservar hasta el papel. Al desabotonar su camisa, sus pechos se han abierto delante de mi. Son tan pequeños que no necesita sujetador. Ha arqueado un poco los brazos y las mangas han caído. Ha levantado alternativamente una pierna y otra, como haría un niño, y he recogido el pantalón de entre sus pies. Sus ojos acompañan a los míos cuando la recorro con la mirada, y cuando pretendo un duelo de pupilas, me desarman con su candor. Abre la boca si empujo con la lengua. Abre, abre... Me avasalla tanto su actitud de entrega, tan suave y dulce, tan quieta y callada, que me ha hecho dudar, al penetrarla, si seguir empujando. Al final lo he hecho, muy despacio.

Hemos dormido abrazados, ella con un ligero rubor en las mejillas.

…..................................

Fiesta de presentación. Treinta personas. Ella ha estado impecable. Sin timidez. Sin la exaltación que a uno le invade cuando es el centro de atención para todos. Ha sorprendido a todos. A mí mismo también.

Cuando nos han preguntado por la boda, ella ha respondido con tal precisión de detalles que yo he preferido dejar esta parte de la conversación a su cargo. Escuchándola, me han parecido más reales sus recuerdos implantados que los míos, originales y verdaderos.

Después, hemos ido a mi dormitorio. Suave, siempre suave. No quiero que se me rompa. La amo.

…...........

Galatea se ha convertido en la preferida de todos. No hay reunión que no cuente con su presencia tranquila y amable. Es estupendo que haya encajado tan bien.

Es curioso, no matiza el trato entre hombres y mujeres. Como si no supiera establecer esa distancia sutil que hay entre los sexos.

…................

Hoy he llegado a casa deseando verla y no estaba. La he llamado, y su comunicador ha sonado en su mesilla de noche. A medianoche he empezado a hacer llamadas. Cuando me he dado cuenta que estaba transmitiendo a los conocidos una imagen de marido celoso, he dejado de preguntar.

Cuando ha regresado -muy tarde-, ella no le ha dado importancia ni a su retraso ni al hecho de haberse olvidado el comunicador. Ha notado mi enfado, mi silencio, mi sequedad. Pero no reacciona. Me deja perplejo. Hemos dormido juntos el uno al lado del otro, nada más. Yo no podía.

…...............

No es que regrese tarde por nada especial. Es, simplemente, que los amigos prolongan la diversión y ella no ve motivos para dejarlos. Luego, cuando llega a casa y me encuentra cariacontecido, se queda vacilante. No nos entendemos. Yo quiero estar con ella. Es normal que la busque y la espere. Pero ella no entiende la frustración que me causa.

La otra noche, en la oscuridad del dormitorio, rompí a llorar muy quedamente. Algo me dice que ella lo percibió. Pero no hizo nada.

…..............

Ayer regresó muy tarde. Con un chupón en el cuello. Ella me lo ha contado con esa sencillez que me desarma. Roberto la traía de vuelta. Han dado un rodeo de una hora o más por su apartamento. Eran las dos y media cuando ella ha llegado a casa.

He pasado toda la noche llorando en mi habitación. Ella, mientras tanto, dormía apaciblemente en la suya. ¿Cómo es posible que ocurra una cosa así y de esta manera?

….............

Ha sido muy incómodo hablar con el ingeniero de Pigmalión-SRC. Lo alegal de esto me deja sin ninguna garantía ni obligación por parte de ellos a darme servicio post-venta. Los únicos asideros para que me atiendan son el crédito de mi cuenta corriente y la amenaza de un escándalo.

El ingeniero me ha escuchado sin interrumpirme durante varios minutos. He acabado con esta pregunta, retórica e irónica.

-        ¿Ella me quiere?

-        Digamos que “ella” ha sido programada para complacerle.

-                ¿Complacerme? Tengo la sensación de estar con una autista.

-                No. Un autista no aceptaría el contacto físico, ni siquiera una caricia con la mano. No digamos una penetración vaginal.

Me dio asco. Después de los circunloquios y rodeos que yo había utilizado para describir nuestra intimidad, oírle hablar así me dio asco.

-        Técnicamente, un robot es un psicópata, no un autista -concluyó.

Me asusté. El ingeniero continuó:

-                Tranquilo. Nunca le hará daño. Está programado para complacer

-                Sí, tan complaciente que cualquiera que pase a su lado...

-                Sí, claro. Su respuesta sexual es automática. Si el ambiente es adecuado, basta un beso, una caricia, para despertar su aquiescencia. Aquiescencia, esa es la palabra. Bueno, también pasa con los humanos. Si quiere evitarlo, ya sabe, vigílela.

-                No es eso. Yo quiero que ella sienta que su infidelidad me duele, que sienta mi deseo de ella y mi sufrimiento por ella. Ella no siente.

-        “Ella” sufre.

-        ¿Sufre?

-                A su manera. Cuando no consigue complacer, cuando percibe malestar, “ella” se perturba. Porque no es el resultado que espera y no entiende por qué. Hay, incluso, un pequeño riesgo de que estas situaciones de conflicto deterioren su mecanismo. Porque en algún lugar de su interior hay un cúmulo de energía, una pequeña chispa que no se canaliza adecuadamente, que fluye circularmente sin encontrar la salida.

-                Es... terrible.

-                No se preocupe. Pigmalión-SRC admite que devuelva el robot a fábrica. Le reembolsaremos el ochenta por ciento de lo pagado.

-                No, no es eso. Es terrible querer la felicidad de otra persona y sufrir por no saber cómo conseguirlo.

-                Es un robot. Devuélvalo y dormirá tranquilo.

-        ¿Y qué ocurrirá con ella?

-                Será reconvertido para otros usos. Reprogramado. Su rostro y su figura serán modificados, obvio, para que pase por un robot normal.

No he aceptado. Yo la quiero. Quiero seguir viendo su sonrisa de fresa y nata, ahora que sé que detrás de su expresión incierta, insegura, hay un alma perdida entre la niebla, que no acababa de nacer.

Sufriré. Tendré que beberme muchas veces mis propias lágrimas, y hacerlo sin que ella me vea.

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  • 4 de Septiembre de 2009 a las 21:09

Susurros de amor

El tipo iba cantando a pleno pulmón por la calle y no eran ni las nueve de la mañana. Una vieja gorrilla de visera y un abultado macuto de fieltro, junto con una barba cerrada y crecida hasta cubrir sus mejillas con descuido, mostraban a las claras la estampa de un fracasado. A pleno pulmón. Me quedé allí parado, viéndole pasar.

–Se llama Ernesto, Ernesto Arangüena. Mi nieto me contó que lo que va cantando a todas horas se titula algo así como Todo está lleno de amor.

El dato, venido no sabía de dónde, me sacó de estos pensamientos y del pasmo que me había causado la visión de aquel personaje.

–Vive ahí cerca, en el 53 de la calle de los Trigales, en el bajo B exterior –completó la información la voz cuando me di la vuelta y pude comprobar que no provenía del más allá, sino de un venerable jubilado que iba a reunirse con los que ya se solazaban junto a la valla protectora de las obras del nuevo centro de salud que estaban construyendo en el barrio.

–Ya –mascullé, y me dispuse a continuar mi camino, que tenía que hacerme un análisis de sangre esa mañana a las nueve y media en el centro de salud viejo.

–Está así desde lo de la Kenwood KM 262 Prospero –añadió el anciano.

Miré el reloj del campanario de la parroquia. Quería salir a escape. Pero no moví ni un músculo. El jodido abuelo había atrapado mi curiosidad y me había clavado sobre la acera en espera de su historia.

–¿Conoce usted la tienda de electrodomésticos La Chispa Eléctrica?

Puse cara de póquer.

–Es de mi hijo. No se preocupe, no le voy a entretener demasiado, que parece usted un joven muy atareado, así que iré al grano: Ernesto Arangüena había sido pasante en un prestigioso bufete de abogados de Madrid y perdió su empleo, su mujer y sus amigos después de lo de la Kenwood KM 262 Prospero.

Me crucé de brazos completamente ya rendido a escuchar lo que aquel buen hombre tuviese a bien contarme.

–Un día, Arangüena entró en La Chispa Eléctrica en busca de uno de esos aparatos que lo cocinan todo.

–La Kenwood…

-KM 262 Prospero –terminó de describir el abuelete–. Mi hijo Alberto, ¿le había dicho que se llama Alberto?, le  terminó vendiendo una a Arangüena. Casi doscientos eurazos del ala. Días más tarde, Arangüena volvió por la tienda para decir lo contento que estaba con la compra. Contó que los guisos que hacía podían compararse con los mejores de Casa Eustaquio. ¿Conoce usted las comidas de Casa Eustaquio? No, ya veo que es usted nuevo en el barrio. El caso es que a partir de aquel día Arangüena visitaba cada mañana la tienda de mi hijo con la misma cantinela; lo encantado que estaba con la maquinita cocinera. Hasta ahí todo habría sido relativamente normal de no ser porque un día…

El abuelo paró en seco su narración, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, extrajo un paquete de picadura de tabaco y un librillo de papel de fumar, lió un cigarrote gordo y húmedo como un animal extinto, se lo llevó a la boca, lo encendió con harto aparato de humo y chispas y le metió una profunda chupada.

–De no ser porque un día –prosiguió por fin– le contó a mi hijo que había descubierto que la Kenwood KM 262 Prospero contaba entre sus funcionalidades con una que no aparecía en el manual y que no era otra sino que la máquina tenía la capacidad de susurrar. Algo ciertamente extraordinario, convendrá usted conmigo. No ponga usted esa cara. Mi Alberto también pensó que Arangüena le estaba tomando el pelo o que tenía su mañana graciosa, pero no. Hablaba completamente en serio. Así que mi chaval le preguntó a Arangüena con bastante coña que qué era lo que la maquinita le susurraba. Arangüena  se puso muy circunspecto. Parecía que no le importaba que le tomasen por loco. ¿Qué cree usted que contó Arangüena que la maquinita le susurraba?

Como yo no estaba dispuesto a hacer públicas mis creencias a esas horas de la mañana, el viejo dio por fin la respuesta:

–Palabras de amor.

–¿Palabras de amor? –me vi abocado a preguntar en el mismo tono de rechifla que el hijo tendero del abuelo debió emplear con el tal Arangüena.

–De amor, sí. Se lo dijo más serio que un funeral Ernesto Arangüena a mi Alberto. Cuando le pidió que le explicase con más detalle qué tipo de palabras de amor le susurraba la Kenwood, el muy chalado le contestó que palabras de amor sencillas y tiernas, como en la canción; palabras del estilo de “si me dejas te haré el hombre más feliz del mundo” y “si me sintiera correspondida no sé lo que haría por ti”.

–Luego entonces –señalé–, la Kenwood KM 262 Prospero es mujer.

–Claro está. No se ría usted, que la cosa es seria. Arangüena regresó cada mañana y durante dos meses a la tienda de mi Alberto para contarle las nuevas palabras de amor que la máquina le iba susurrando y urgiéndole a contactar con el fabricante original para que le remitiesen el librito de instrucciones actualizado. Parece que por internet no había conseguido averiguar nada más sobre las misteriosas nuevas facultades de la amorosa maquinita. Al final, Arangüena dejó de acudir a La Chispa Eléctrica, cansado ya de los desplantes de mi hijo, que cuando le veía venir se refugiaba en la trastienda dejando al frente del negocio al aprendiz. Pero mi Alberto aún recuerda muchas de las palabras de amor que Arangüena le contó que le susurraba la Kenwood: Que si tengo que hacerte el hombre más feliz del mundo; que si comparado con lo que las geishas hacen a sus señores, mis caricias te harán gozar infinitamente más; que si te haré un hombre poderoso y estaré siempre a tu lado; que si nunca nadie te habrá hecho ni te hará el amor como yo… En fin, palabras dulces y halagos de mujer que, como le digo, terminaron por hacerle perder su trabajo, sus amigos, su esposa, de quién decía que no le quería como la Kenwood, y, finalmente, el sentido común. Y así, loco de remate por su amor, es como usted lo ha visto hace un rato cantando a pleno pulmón una canción de esas raras que hablan de cosas tecnológicas.

Cuando el abuelo me tenía completamente embelesado con su narración, carraspeó sonoramente un par de veces, cambió repentinamente de discurso –como si hubiese sido yo el que le hubiese importunado a él y no al revés–, se excusó de mala manera conmigo y fue a reunirse sin más explicaciones con los otros jubilados que le esperaban en la orilla de las obras. Me dejó allí como un pasmarote muerto de curiosidad.

–Adiós, hombre –le dije, pero ya no podía oírme.

Confieso que, a pesar de mi proverbial escepticismo, aquella anécdota me había dejado un tanto trastocado, quizá porque aún –por lo del análisis de sangre– no había tomado mi ración de cafeína matinal. La historia y la situación habían sido tan surrealistas como lo más surrealista que hubiese oído o experimentado hasta el momento en toda mi vida, incluyendo la absurda sensación de coitus interruptus narrativo que el viejo me había provocado. Vagué despistado por el barrio antes de dirigirme al centro de salud antiguo. Y así, sin saber aún cómo, me encontré de repente ante el número 53 de la calle de los Trigales. La ventana y la persiana del bajo B exterior estaban entreabiertas. Miré a un lado y a otro y luego metí las narices en el oscuro interior de la casa. No se oía nada y aún se veía menos. Me sentí avergonzado y pensé que era un imbécil por ser tan cotilla. Continué caminando sin rumbo fijo hasta que fui a toparme, también de pura casualidad, con La Chispa Eléctrica. Entré.

–Buenos días.

–Buenos días –respondió el que supuse era Alberto, el hijo del abuelo cebolleta–. ¿En qué puedo servirle?

–Estoy interesado en un robot de cocina.

–Ahora mismo le traigo nuestro catálogo especializado.

–No se moleste. Sáqueme la Kenwood KM 262 Prospero. No me importa lo que cueste. Me la llevo puesta.

concursoderelatos
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  • 7 de Septiembre de 2009 a las 21:02
MUCHO MÁS ECONÓMICO

Julia Vargas, Oficial Técnico del Segundo Regimiento Robótico del Estado–Bloque de PanAsia, se arrastró penosamente por encima del montón de cuerpos metálicos hasta alcanzar la unidad de combate que todavía emitía débiles señales de funcionamiento. Abrió el panel de su espalda, y trató de reparar los daños, al menos lo suficiente como para hacerla operativa el resto del combate. No sería mucho, ya estaba atardeciendo, no tardarían en dar la orden de retirada. Y menos mal… ambos bandos habían sufrido lo suyo, pero ese día el ejército enemigo, las malditas huestes de Todamérica, habían demostrado una astucia y una capacidad de improvisación realmente extraordinarios…

El robot se levantó, con torpeza, y empezó a moverse en dirección al frente, empeñado en su programación de combate. De poco serviría, si seguían así las cosas, meditó Julia, buscando más señales de funcionamiento. Nada, ni una sola unidad operativa en los alrededores. El último proyectil de Todamérica había resultado fulminante. Estaba rodeada de cuerpos, cuerpos y más cuerpos de robots destruidos, enteros o desmembrados, piezas metálicas de todo tipo, retorcidas, aplastadas y quemadas brutalmente. Y apenas uno de cada veinte eran enemigos, los integrantes de una pequeña avanzadilla sacrificada para desviar la atención, el resto eran todos suyos, soldados robot de PanAsia.

La única parte positiva era que, al menos, ya no se usaban personas vivas para el combate. Hacía más de un siglo que los soldados de los ejércitos de los dos principales Estados–Bloque, Todamérica y PanAsia, eran robots. Únicamente los altos mandos, capitanes, coroneles, generales…, aquellos que ideaban las estrategias y decidían cómo mover toda aquella masa de piezas, eran humanos, y ellos se mantenían muy lejos del punto del conflicto.

Ya no había vida, ni muerte, en la guerra. O casi ninguna. Estaban ellos, claro, los Oficiales Técnicos, pero eran pocos y no participaban directamente en la lucha. Los buitres ya no rondaban los campos de batalla, como antaño, ni se pudrían los cuerpos lentamente al sol. Se habían convertido en gigantescos vertederos de piezas propiedad del ganador, recambios que se vendían a buen precio, para reciclar nuevos efectivos.

Pensándolo bien, los mayoristas de Arquitectura Robótica eran la nueva versión de buitres…

De pronto, el viento le trajo un olor extraño, fuera de lugar, algo que no tenía nada que ver con el aceite, las placas de Cemtol, o el fluido del sistema hidráulico… Arrugó la nariz, intentando identificarlo.

– ¡Socorro! – el grito la sobresaltó, y miró a su alrededor. Como Oficial Técnico, estaba más que acostumbrada a los sonidos de la batalla, la mezcla del zumbido constante de los robots, los choques del brutal cuerpo a cuerpo, o las continuas explosiones de los proyectiles. Nada que ver con aquello – ¡Socorro!

– Mierda… – susurró Julia, moviéndose en esa dirección. ¿Quién podía ser? ¿Un Oficial Técnico de Todamérica? No se le ocurría otra alternativa. Igual había intentado recuperar el pequeño grupo de robots que habían atacado en plan suicida por aquel flanco. A saber...

En el fondo de una hondonada, se agitaba un robot enemigo.

Julia arqueó las cejas, incrédula. ¿Pedir ayuda, un robot? ¿Y con tanta angustia? Hacía mucho tiempo que la ciencia había terminado con la ficción en esos temas: los robots no podían sentir, la auténtica inteligencia no podía basarse en válvulas y tuercas y frío metal, ni en programaciones, por muy complejas que fuesen, pese a las simulaciones casi perfectas que ofrecían algunos modelos destinados al entorno familiar. Incluso los más perfeccionados, los que podían llegar a aprender para mejorar en su servicio, tenían su límite. El abuelo de Julia decía que carecían de alma.

Máquinas. Eso era todo.

Pero… aquel robot, caído de espaldas en la hondonada, giró la cabeza hacia Julia, y empezó a gemir.

– ¡Por favor, ayúdeme! – alzó un brazo, implorante. Luego, se llevó las manos a la cabeza, y la retorció hasta arrancársela. Julia ahogó una exclamación al comprobar que estaba hueca, como un yelmo; debajo, pudo ver el rostro enrojecido de un humano, muy joven. No tendría ni veinte años.

– Pero qué… – susurró, horrorizada. El chico tosió. Un espumarajo de sangre manchó sus labios… Entonces, Julia se dio cuenta. ¡Ese era el olor que había estado captando, a rachas, llegando con el viento desde otras zonas del combate! ¡Claro! El aire apestaba a sangre sucia y miedo, un tufo que no se había olido en un campo de batalla en los últimos siglos.

– Todamérica… – dijo él, muy bajo. Julia se arrodilló a su lado, intentando entenderle – La jodida crisis… Ejércitos de robots, capricho demasiado caro… No lo reconocerán, sería admitir… que son vulnerables. Muchos pobres… gente pasa hambre, nos usan. Dos pájaros de un tiro… Es mucho más económico utilizarnos…

– Pero no entiendo… ¿Me estás… me estás diciendo que los miles de robots del ejército de Todamérica…?

– ¡Sí! – se retorció de dolor, pero siguió hablando, rápido, como si le diese miedo no tener tiempo suficiente – Soldados… Humanos… con estas armaduras. Somos baratos, los robots… muy caros. Y protestas sociales… cada vez más… Hambre. Necesidad. Nuestras familias se mueren…

Julia agitó la cabeza. Aunque terrible, la idea tenía lógica. Tanto en Todamérica como en PanAsia la mayor parte de la población intentaba sobrevivir a duras penas, víctima del hambre y la desesperación, mientras los pocos afortunados, los enormemente ricos Hijos del Mundo Global, aquellos que retenían la mayor parte de las riquezas, jugaban a enfrentar entre ellos sus ejércitos de robots.

Niños aburridos, jugando a las batallas con carísimos soldaditos de plomo…

Demasiado caros, por lo que parecía…

El chico se estremeció y, tras un extraño suspiro, sus ojos se vaciaron de toda vida. Julia le tocó la mejilla con un dedo, aún incrédula. Sí, no se equivocaba, y no se trataba de un mal sueño: era un humano, vestido con una especie de armadura completa, muy resistente, idéntica en apariencia al modelo estándar del robot de combate de Todamérica. Increíble. Cerca vio otro robot enemigo. No le resultó difícil girarle la cabeza metálica y quitársela. Dentro, había otro muchacho, muerto. Y otro, un poco más allá, y otro...

Estaba rodeada de muertos…

Un nuevo proyectil estalló a varios metros, sacándola de su estupor. ¡Esa información… era básica, debía notificarla cuanto antes! Los robots no conocían el miedo y cargaban con fuerza en cualquier frente, pero los humanos eran totalmente impredecibles, y sabían aprovechar bien las ventajas repentinas, de esas que una máquina ni siquiera llegaba a soñar, nunca mejor dicho.

Por eso, ese día, les habían dado tal semejante paliza… Ellos usaban soldados robot, el enemigo, humanos. Y humanos desesperados…

Julia echó a correr y no se detuvo hasta llegar al campamento. El General Lamprea estaba reunido con los oficiales de mayor graduación, bajo un gran toldo, junto a la tienda principal. Rodeaban una mesa en la que había algunos mapas de la zona, y estaban discutiendo diversas estrategias.

– ¡General! – exclamó Julia, dirigiéndose hacia él. Los soldados robot que custodiaban el acceso zumbaron, pero al captar su identificación no intervinieron, esperando órdenes – ¡Señor, son humanos! ¡Los soldados de Todamérica son humanos!

El General Lamprea la miró, y abrió la boca para decir algo, pero justo en ese momento un proyectil impactó violentamente en un lateral de la tienda. Fuego, estallidos… Julia fue lanzada a un lado, donde quedó encogida, ocultando la cabeza entre las manos. Todo lo llenó el brillo de las llamas, y el humo se filtró en sus pulmones, haciéndola toser. Cuando se atrevió a mirar, vio que la mitad de la tienda había desaparecido, la otra mitad ardía, igual que el gran toldo, y la mesa de los mapas y los soldados robot estaban destrozados. Sólo el grupo de Oficiales seguía en pie.

– ¿Señor? – preguntó Julia, aturdida. Hubo un sonido de servo-propulsores desajustados. El General Lamprea giró la cabeza en su dirección. La explosión había destrozado su lado derecho, y podían verse piezas y cables surgiendo del interior, crepitando por la electricidad. Entonces se dio cuenta de que al Coronel le faltaba la mitad del pecho, y uno de los capitanes estaba ardiendo; su rostro permanecía perfectamente inexpresivo mientras empezaba a derretirse. Julia se llevó una mano al corazón – ¡Son robots!

– Oh, por supuesto, teniente – dijo el General Lamprea, con una voz distorsionada. Mal funcionamiento de la unidad de comunicación – Esta maldita crisis... ¿Acaso sabe lo que cobra un Oficial de alto nivel? PanAsia no puede ya permitirse caprichos de esa clase. Es mucho más económico utilizar robots.
concursoderelatos
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  • 8 de Septiembre de 2009 a las 0:03

MNEN


Desde la Gran Pandemia, el mundo no volvió a ser el mismo. El virus más mortífero de la historia nació a manos del mismísimo hombre. Y el mismísimo hombre fue la causa de que se liberara, se expandiera y acabara con el 97% de la población humana mundial (en los países desarrollados, el 100%). Vanos intentos de controlar desesperadamente los que empezaron siendo brotes aislables llevaron a los propios gobiernos a destruir mutuamente sus naciones... pero sólo sirvió para agravar la tragedia.

Hoy, quinientos años después, nadie sabe cómo fue que aquel pequeño porcentaje humano sobrevivió al desastre. ¿suerte? ¿selección natural? ¿características ambientales? Poco importaban ya esos asuntos en una época en la que a todo el mundo el clímax tecnológico de tiempos pasados se le antojaba poco más que mitología, sueño.
____________________________

“Irlad, hijo, vas a ser muy pronto el rey de Nueva Sudán”, dijo mi padre hace ya setenta largos años, en su lecho de muerte. “Tranquilo, hijo mío. Sé que eres muy joven todavía, y por desgracia te voy a dejar frente a una guerra que no vas a saber cómo afrontar. Pero tengo algo que revelarte, algo que lleva con nuestra familia desde la Gran Pandemia, y que nunca hasta ahora nos hemos visto en la necesidad, o con el valor, de utilizar... te lo confío con la esperanza de que lo domines sabiamente, hijo mío, pues puede que ahora Mnen sea nuestra última esperanza”.

Mi padre me dio una llave que nunca antes había visto. Cuando expiró su último aliento, sus consejeros me llevaron por encargo suyo a un sótano de nuestro castillo que nunca había visto, en la que abrí una sólida puerta de acero y me adentré en una habitación que tampoco nunca había visto. Y allí estaba Mnen, inmóvil, reliquia de la civilización antigua en asombroso estado de conservación a la espera de despertar de un sueño centenario. Para algunos, era un robot. Otros, afirmando saber más, decían que era un cyborg. Había algunos que lo consideraban producto de la magia negra. Y para mi sorpresa, muchos veían en él sólo una amenaza, un viejo eco de la civilización perdida que nos iba a invitar a repetir los errores pasados que llevaron la Tierra a su destrucción.

Estaba de pie. Tenía el aspecto de un hombre de casi dos metros de altura, cuyo tronco y extremidades a primera vista parecían estar cubiertas por un grueso y extraño mono negro con trazas de rojo y gris plateado; sin embargo, al acercarse más y usar el tacto, se mostraba evidente que aquello no era otra cosa que un exoesqueleto de aleaciones metálicas hoy desconocidas. Por su rostro, casi se podría confundir con una persona normal. El tacto de su corta mata de pelo negro se antojaba casi real, así como el de la piel de su cara y manos, únicas partes de su cuerpo no cubiertas de metal. No fue hasta volverlo a poner en funcionamiento que estuvimos seguros de no encontrarnos ante una persona, pues era su mirada impasible lo que le delataba.

Mnen pronto demostró ser el mejor aliado que podía tener Nueva Sudán en su guerra frente al Imperio del Congo, y tras un par de batallas triunfales al mando del ejército no tardó en acallar las bocas de todos aquellos que lo consideraban un mal augurio. Fueron pasando los años y las batallas y las diferencias entre nuestras naciones cada vez iban perdiendo menos el sentido, difuminándose cada vez más en el tiempo. Esto no motivó en nada a la paz, sin embargo. Lo que había entre el Imperio del Congo y Nueva Sudán era un odio visceral, sin razón, movido por la pura inercia. Un odio transmitido de generación en generación que se formaba por sentimientos difusos, contradictorios. Hoy en día, a mis casi noventa años de edad, podría afirmar sin miedo a equivocarme que la causa que motivó tantas muertes, tantos enfrentamientos a lo largo de los años, era la enorme montaña de violencia que fuimos acumulando a lo largo de los siglos, un círculo vicioso iniciado por el miedo y la frustración que nos inspiró la Gran Pandemia.

Con Mnen a nuestro lado, Nueva Sudán se llegó a expandir tanto que llegamos a abarcar media África, superando incluso los territorios del Imperio en extensión. Las batallas eran cada vez más multitudinarias entre ambos bandos, más sangrientas, más desesperadas por parte del atónito emperador enemigo, que vivía en sus propias carnes la caída de la que fue la nación más poderosa de la Tierra después de la Gran Pandemia.

Fueron pasando las décadas, y mi cuerpo era cada vez más débil. Pronto llegó el día en que Mnen ocupó mi lugar al mando del ejército de Nueva Sudán, lo cual no era sino un rol que le debería haber correspondido al cyborg mucho, mucho antes. No en vano, era él el cerebro de todas nuestras operaciones, el secreto de nuestro éxito, el que siempre volvía de la batalla sin un rasguño y con la moral intacta; el soldado perfecto.    

Hubo una época en que el Imperio estaba casi acabado... y entonces se desató el horror en la que sería su última batalla. Cegados por su desesperación, los imperiales abrieron una caja de pandora que ahora ya nadie podrá saber nunca exactamente de dónde fue sacada: un arma biológica. Como las causantes de la mismísima debacle de la Tierra, quinientos años antes.

Todos se infectaron en aquella batalla, presos de terribles dolores que les llevaron a fallecer entre gritos de agonía. Pero no Mnen. Algo se desató en los circuitos de aquel fiel cyborg, algo que le movió a actuar inmediatamente y le impulsó a quemar, uno a uno, los cuerpos de todos los infectados por aquel pequeño brote de virus. Lo más impresionante de todo era que el cyborg no estaba programado para ello ni recibió ninguna orden al respecto. Según me contó personalmente, tuvo que calcinar a más de cinco mil personas en el campo de batalla... independientemente de si estaban vivas o muertas, si eran enemigos o aliados. La primera prioridad Mnen era detener la expansión del virus, salvar a la humanidad, y lo logró.

El Imperio del Congo perdió en aquella batalla a todos sus soldados restantes y posteriormente Nueva Sudán lo conquistó y anexionó, ocupando así, hoy en día, la totalidad del continente.
____________________________

Hace ya casi veinte años de eso, del fin de todas las guerras. Mnen dejó de funcionar ayer, desempeñando tareas de limpieza en el castillo. Nadie se lo esperaba. Nadie supo como actuar. Simplemente dejó de moverse para siempre allí, en la biblioteca del castillo, escoba en mano. No reaccionó a su combustible habitual, ni a ningún otro que le proporcionamos.

Muchos ahora se muestran pletóricos con su “muerte”. Los hijos y nietos de los que hace setenta años querían deshacerse de Mnen ahora quieren desmontarlo, estudiarlo y descubrir así el secreto de su tecnología para volver al esplendor de antes de la Gran Pandemia. El verdadero héroe de Nueva Sudán y del mundo nunca recibió condecoraciones, no aparece en los libros de historia y ni siquiera recibió felicitación alguna. Pasó sus últimos años sirviendo como un criado cualquiera y expiró totalmente solo. Solamente ahora que ha muerto la gente se interesa por él, y sólo por estudiar su composición.

Puede que me esté volviendo un viejo sentimental, pero no voy a permitir nada de eso mientras siga siendo rey. Mnen será enterrado con honores, esperando así que perdone mi indiferencia hacia él hace tantos años. Porque es ahora cuando, al verlo inerte, más recuerdo su mirada. Su mirada que empezó siendo fría, indiferente, pero fue cambiando a lo largo de las campañas hasta volverse triste, de una extraña melancolía, después de la fatídica última batalla. Mnen era humanidad encerrada en una prisión de circuitos y acero, el fruto de una creación aberrante que nunca debería de volver a repetirse, y menos ahora que vivimos en tiempos de serena paz. El más fiel aliado que he tenido nunca será, pues, incinerado y sus cenizas serán sepultadas. Sólo deseo que su alma (estoy seguro de que la tiene) descanse en paz.    
 
concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2009 a las 13:24
Modelo E-371 / ISO


Desembaló el paquete. Medía alrededor de un metro treinta de alto. En el frontal, en grandes letras doradas:

MODELO E-371 / ISO
(Serie Excellence)
Sonar Corporation

Se había resistido a aquella compra mientras había podido.

Retiró todos los plásticos y cintas de protección hasta dejar al robot limpio. Se separó unos pasos. Le pareció que así, apagado, el muñeco tenía un gesto de dejadez neutra. Se volvió a acercar, despacio, hasta tocarlo. Un hombro. Cerró los ojos y se abandonó en aquel gesto -recorrer la piel de su juguete-, maravillándose al descubrir que sí, que lo que decían era verdad, que el tacto de aquellos inventos era el mismo que el de un ser humano.
A los pies de la máquina, un grueso manual de instrucciones que se sentó a leer. El funcionamiento era sencillo, apto para cualquier patán que tuviese suficiente dinero para comprarse un juguete así. A mayores, el manual hablaba del origen de aquel invento, del tiempo que permaneció en la lista de patentes censuradas gubernamentalmente, del elemento clave (el módulo emotivo) y, por supuesto, del éxito del producto y de la satisfacción de los usuarios.
El asunto de los “robots preventivos” se entendió, no sin años de debate, como la mejor de las armas contra cierto tipo de delitos; pero las posibilidades de aquellos androides no hicieron sino crecer a medida que lo hacía la corrección moral. En principio, los robots ISO fueron utilizados como instrumentos de contención para individuos con tendencias sexualmente violentas. Después llegaría el ISO E-202, modelo infantil que canalizó la tendencia de pederastas y pedófilos. Poco a poco y a medida que la situación social lo requería, fueron creándose nuevos modelos con intención correccional. Y por fin, el grado de integrismo moral y estricta corrección social al que se llegó, dio lugar a la aparición de los llamados “modelos domésticos”, un ejército de androides destinados a padecer los malos modos de sus dueños -lo que permitía, por ejemplo, que si bien uno no podía manifestar su odio a los negros, sí podía elegir un modelo ISO que lo fuese y castigarlo con una fusta mientras le llamaba “puto mono”-. Y es que el módulo emotivo del androide hacía posible que su capacidad para transmitir sensaciones coherentes fuese extraordinaria, lo que resultó un arma de doble filo. Porque incluso aquellos que a priori no sentían la necesidad de vejar, quisieron probar qué se sentía al hacerlo. Y los dormitorios se volvieron una legión de dominatrix cuando el mundo descubrió que podía ser sinceramente hijo de puta sin que nadie le recriminase por ello.
Se levantó del sillón. Lanzó el embalaje a un lado, despejando el suelo. Miró de frente al robot que, de pie, le llegaba al estómago. Buscó en la nuca el pequeño panel de control e hizo lo que indicaba el manual. En pocos segundos, el androide cobró vida.
El ISO E-371. Un enano.
Su psicoterapeuta lo había llamado acondrofobia. Básicamente, un rechazo al enanismo que solía manifestarse en forma de miedo. En su caso, no; en su caso no se trataba de miedo sino de asco. Las facciones grotescas, los brazos cortos, las manos gordezuelas, los dedos arrugados en forma de fuelle, las piernas arqueadas, el balanceo simiesco al andar… Todo le provocaba una náusea infinita. Y ahora podía reconocerlo en voz alta, ahora no tenía que fingir simpatía hacia ellos ni disculpar su torpeza, no tenía que cederles el asiento ni reírles los chistes aunque no tuviesen gracia, no tenía que aceptar que aquella especie de retal humano fuese tratado como si se hablara de su igual; porque no lo era. Su asco se lo recordaba a diario. Ahora, en la intimidad de su domicilio, uno podía humillar y contemplar la extraordinaria gestualidad de aquellos muñecos que mostraban dolor y vergüenza como si no lo fuesen, que se sometían, humillaban o resistían acordes a la vejación, que lloraban y gritaban como lo haría un ser humano (con la útil opción de bajar el volumen para poder ser malo sin que los vecinos lo supiesen).
Durante horas, sometió al ISO E-371 a su juicio particular (“no pensarás que eres como yo, ¿verdad, enano de mierda?”), haciéndolo deambular por la habitación confundido entre órdenes contradictorias (“¿pero qué clase de dedos tienes? No puedes ni imaginarte el asco que me das…”), gritándole (“no deberías vivir entre la gente normal”), insultándolo sin sentido de la medida (“deberían castraros”), reconociendo a voz en cuello su asco reprimido y oxigenado en consultas de terapeutas (“mil veces te miro y mil veces me pareces un puto monstruo”). Y el ISO lloró humillado, con la perfección de la que hablaba la compañía Sonar en sus embalajes. Después, cansado de odiar, apagó el robot y lo escondió con prisa.
Llegaba tarde.
Cuando llegó a la puerta de la escuela, se adelantó unos pasos evitando hacerse notar entre los otros padres que también venían a recoger a sus hijos y que, en algunos casos, conocía. Tuvo ganas de fumar, pero hacía años que estaba prohibido incluso en la calle, así que se limitó a esperar pacientemente que sonase la sirena que marcaba la salida. Y cuando lo hizo, cuando sonó, los pequeños empezaron a salir con sus diminutas mochilas.

- ¡Papá!

Su hijo correteó con un ligero balanceo y él le sonrió, dejándose abrazar las piernas. Le acarició la cabeza ensortijada y, con la náusea gestándose otra vez, deseó a su robot con más ansia de la que había deseado nunca nada. Pero siguió acariciando aquella cabeza.

- Tendrás ganas de merendar, ¿no? Vamos a casa…

Y le tendió la mano.
Y el pequeño se aferró a ella con las suyas, gordezuelas y con los dedos arrugados en forma de fuelle.

concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2009 a las 20:48

PUTAS DE TIJUANA

 

NAC309 hundió los dedos en el metal de la mesa de laboratorio y la arrojó contra la cristalera. Al  entrar el aire congelado de la noche, las llamas cobraron fuerza y Samuel tuvo que taparse la cara con el brazo del arma. Una araña biónica saltó para agarrarse a su gabardina. Las otras bailoteaban alrededor del cuerpo del doctor Rida, como si aún pudiesen recibir órdenes de su creador.

-          ¡Vamos! – gritó Nac309.

-          ¡Joder!

Casi ciego, Samuel se despojó de la gabardina, retrocediendo. Tropezó con un archivador y cayó de espaldas. Unas manos suaves y frías lo levantaron por las axilas y Samuel escuchó la voz perfecta de su compañero:

-          No tengas miedo, Samuel.

-          Un poco tarde, Nueve…

El robot guió a Samuel hacia la cristalera rota a través del humo y del fuego. El detective recuperó la visión y vio que el jardín se acercaba como un raquetazo de verde oscuro hacia su cara. Escondió la cabeza, curvó el hombro y rodó sobre la espalda. Robot y humano quedaron con una rodilla en tierra mientras estallaban los depósitos de la calefacción del edificio, reventando los cristales e incendiando la noche con un calor y una luz insoportables.

Nac309 saltó sobre Samuel y lo cubrió de la lluvia de cascotes incendiados, que retumbaban en su pecho de aleación y tejido de cobertura. Un trozo demasiado grande los hizo rodar por el suelo. Quedaron ambos boca arriba mientras los papeles de oficina caían negros y remolones como en un baile de fantasmas.

-          ¿Estás bien? – preguntó Samuel con voz ronca y gesto de desmayo.

-          Veinte por ciento de daño en el esqueleto costal – respondió el robot. Tuvo que pensar un segundo antes de añadir – Ligero desplazamiento de frecuencias sigma y sigma 2.

Samuel se apoyó en un codo. La espalda le lanzó un latigazo de dolor que le hizo encoger desde la barbilla a las cejas, pero no fue suficiente para impedirle preguntar:

-          ¿Estarás para el partido del domingo?

-          En un 95 por ciento de probabilidades… - se incorporó sin dificultad y dirigió una significativa mirada al edificio en llamas – Aunque el papeleo por todo esto…

-          Yo me encargo del papeleo, Nueve. Soy el puto amo del papeleo.

 

 

La sala de medicina tecnológica era amplia, como un barracón seccionado por pequeños biombos que no servían para preservar la intimidad de los pacientes sino para colgar pequeñas herramientas y manuales técnicos de plástico gastado. Nac309 estaba sentado en una cama metálica, con las muñecas adornadas con unas arandelas magnéticas que podían ser activadas por control remoto para dejar al paciente pegado al suelo.

El suelo era de un metal gris agresivo y pulcro, como una gigantesca espada.

Samuel  se quedó de pie, apoyado en el biombo. Nac309 estaba desconectado. Todos los robots de aquella estancia estaban desconectados. Out de Superficie. Un sistema de ahorro de energía en que el robot sólo podía volver a la actividad por algún estímulo externo indeterminado o por la prescripción del médico.

Los médicos tecnológicos nunca eran claros en cuanto al Out de Superficie, qué tipo de estímulo externo podía despertar al robot y por qué en ese estado podían llevarlo al desguace sin que ninguno se resistiese.

Samuel dio un golpe al informe que colgaba por una esquina de un clavo del biombo. Había leído muchas veces el diagnóstico. Fallo en el sistema sigma 2: temblores e imposibilidad de predecir el comportamiento  del robot en situaciones de conflicto.

Samuel había intentado comprárselo al departamento de policía. No era una cuestión de dinero, a pesar de que una sola pieza de Nac309 era más cara que todos los órganos de Samuel.

Era una cuestión de seguridad.

Imposibilidad de predecir el comportamiento del robot en situaciones de conflicto.

Samuel había intentado convencer a los médicos de que adaptaran su sistema de memoria y de percepción a un soporte menos peligroso, quizá a un Admin100. Los médicos se habían reído ante su atrevimiento. No era una cuestión de presupuesto, a pesar de que las piezas de Nac309 servirían para reparar a otros diez Nac300 que aún eran funcionales.

Se trataba de una cuestión técnica imposible de comprender para los profanos.

Samuel dio un golpe más fuerte al informe e hizo que diese una vuelta completa alrededor del clavo. Cuando el libreto plástico se hubo detenido, los ojos de Samuel se fijaron en la fecha prevista para el traslado de Nueve. Dos días. Treinta y seis horas, para ser exactos.

 

 

El furgón de transporte estaba al borde de la cuneta, bloqueado por dos unidades de policía. Los agentes de G.O.A.R. apuntaban a Samuel y sus compañeros con armas automáticas fibra, frente a los antediluvianos tiraplomo del calibre 39 con balas de punta autocurativa.

-          No vais a llevaros a este 300 – dijo el Goar a través de su máscara antidisturbios.

-          La carretera es solitaria – respondió Samuel; la voz agitada; el pulso sereno – Tenemos tiempo.

Los dos Goar se dirigieron una mirada breve y en contra de procedimiento, dejando al descubierto sus dudas. Agentes de policía tomando al asalto un furgón del G.O.A.R. Inexplicable.

-          He leído el informe – dijo uno de los Goar – Es irrecuperable. Sigma 2 dañado. Imposible predecir su comportamiento en situaciones de conflicto.

-          Mira por dónde – respondió Lul, compañero de Samuel, bajando un poco la tiraplomo de cañones recortados – Igual que nosotros.

Curiosamente, el Goar hablaba de un modo más mecánico que los Nac300 y su manera de evaluar la situación era aún más rígida y evidente. Miró a su compañero, miró a los agentes, uno por uno, y respondió.

-          Bajad las armas. Estáis detenidos.

El otro Goar intentó cerrar la puerta buscando  parapeto, asustado por la convicción de su compañero. El primer disparo fue un plomo autocurativo a la rodilla. El Goar con más pretensiones cayó al suelo disparando y acertó en el chaleco antibalas de Lul. Samuel se lanzó al interior del furgón y puso el cañón del tiraplomo en la cabeza del segundo Goar, que le apuntaba al cuello.

Los otros policías no tenían una visión clara de la situación.  Fredy cogió a Lul por los hombros para acercarlo al coche de policía y Lucas se acercó buscando un mejor ángulo. El Goar herido, mientras tanto, se dejó caer fuera del furgón soltando su arma. Tenía una clara mancha de orina en el centro de los pantalones. No era capaz siquiera de quitarse la máscara.

-          Los Goar sois demasiado chulos – le recriminó Lucas, el cuarto policía, arrodillándose a su lado mientras buscaba una mejor visión del interior del vehículo.

A Samuel ya le temblaba la mano. Al Goar también. Se había quitado la protección de la máscara y su rostro parecía extrañamente pálido en la oscuridad del furgón. En la periferia de la visión, Samuel tenía presente la figura de Nac309 sentado en un trono de metal, en Out de Superficie, igual que un faraón en su sueño eterno.

-          Estáis como putas cabras.

-          Es un compañero.

-          Es como una pistola. Como un chaleco antibalas.

Samuel bajó su arma y torció el gesto, intentando calcular la edad de aquel muchacho, intentando juzgar su experiencia.

-          Respeta más tu chaleco antibalas, chico – dijo.

-          ¡¿Todo bien?! – gritó Lucas desde fuera.

El Goar desvió su atención hacia la puerta y Samuel le agarró el cañón del arma y le plantó una patada en medio del pecho. Sólo hubo un bufido, como de derrota.

Lucas se acercó, dispuesto a entrar a las bravas, cuando la puerta que había permanecido cerrada se abrió hacia fuera y el Goar cayó al suelo levantando algo más de polvo de la carretera. Samuel, sudoroso, aún tenso, sacó el cargador del arma fibra y lo tiró a un lado.

-          Samuel “el Rápido” – murmuró Lul mientras se sacaba el humeante chaleco antibalas, escupiendo algo de sangre.

Samuel se puso en cuclillas frente al Nac309. Lucas, a su lado, negó con la cabeza.

-          Out de Superficie. ¿Qué hacemos para que se espabile?

-          Ya se nos ocurrirá algo – dijo Samuel, observando las blanquísimas órbitas de su compañero de armas -  Lo ponemos a ver el partido, lo llevamos de putas… algo.

Lucas asintió. Sonrió. Luego, soltó una carcajada amarga, valiente, casi desesperada.

-          Nos hemos metido en un lío de tres pares de cojones – dijo.

-          Bueno…  - respondió Samuel – quizá tengan que ser putas de Tijuana.

concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2009 a las 20:53
SOSPECHAS

La primera vez que percib algo extrao fue al cumplir los doce aos. Mis padres haban comprado una tarta de chocolate como todos los aos y, tras apagar las velas y cantar el pertinente feliz cumpleaos, sal un momento al bao. Quise gastar una broma a mis padres y volv sigilosamente, intentando sorprenderles, pero la sorpresa fue ma; mi padre y mi medre se encontraban en la mesa contemplndose uno al otro totalmente quietos y silenciosos. Su quietud slo dur un breve instante, pero fue suficiente para provocarme un profundo desasosiego.

Desde ese da empec a espiarles cuando no me vean. Aparentemente no haba nada anormal; seguan con su rutina habitual de cada da y se comportaban con aparente naturalidad. Sin embargo, empec a notar cmo, de vez en cuando, la mirada de mi madre o mi padre se extraviaba en el infinito durante breves segundos. Era como si durante esos instantes sus mentes estuvieran muy lejos. Poco a poco, empec a descubrir ms y ms comportamientos inusuales. Les oa hablar a veces en voz baja y tena la sensacin de que los sonidos que hacan no eran del todo normales, incluso crea ver un brillo extrao en sus ojos, o movimientos no del todo naturales en su forma de caminar o moverse.

Aquellas sospechas, vagas al principio, fueron concretndose cada vez ms hasta que llegu a convencerme, aunque a m mismo me pareca una locura, de que aquellos no eran mis verdaderos padres.

Pens en pedir ayuda, pero saba que nadie creera algo as de boca de un nio de doce aos, incapaz de aportar ninguna prueba ms all de su frtil imaginacin. Atemorizado y sin saber qu hacer, me vi envuelto en una espiral de temores irracionales, que slo se aliviaban cuando acuda al colegio y me alejaba de mi hogar durante unas horas.

Mis padres se dieron cuenta de que algo me ocurra y empezaron a bombardearme con preguntas continuas sobre mi cambio de comportamiento. Intent disimular con todas mis fuerzas, pero, apenas tena apetito y no poda evitar encerrarme en mi habitacin en cuanto volva a casa. Tena la sensacin de que, si mis padres se enteraban de que sospechaba algo, poda ocurrirme algo terrible.

Una maana no pude ms y le cont todo a Mara, una compaera de colegio que haba sido mi mejor amiga casi desde la guardera y por la que, segn me haca ms mayor, iba sintiendo algo ms que amistad. Me mir como si fuese un extraterrestre y se ech a rer a carcajadas. La empuj enfadado y a punto estuve de ponerme a llorar por la rabia que sent.

- Lo dices en serio? – me pregunt perpleja por mi brusca reaccin.

- S – confes, temiendo que volviera a rerse de m.

Mara se acerc y me acarici la mejilla con ternura.

- Siento haberme redo, pero es que tienes que reconocer que suena a pelcula de ciencia ficcin.

- Lo s, por eso no quera contrselo a nadie. Saba que no me creeran.

- Yo te creo.

Si un coro de ngeles hubiese bendecido mi propio nombre, no me hubiese sonado tan bien como aquellas simples palabras. Mara confiaba en m, con esa confianza que slo puede dar la amistad verdadera. Le cont cada una de las cosas extraas que haba observado y ella me escuch atentamente sin perder detalle. Al terminar, me dijo que me ayudara a descubrir la verdad y aquello me tranquiliz.

Al da siguiente, Mara lleg a clase con un enorme libro en su mochila que me ense en el recreo. Se trataba de un tratado sobre enfermedades siquitricas que haba conseguido en la biblioteca. Me mostr la descripcin de una extraa dolencia llamada el Sndrome de Capgras que haca que una persona tomase por impostores a sus seres queridos.

- Entonces, piensas que estoy loco? – le pregunt preocupado tras leer el libro.

- No digas tonteras! – me reproch -. Slo lo he trado para que comprendas que el cerebro puede jugar malas pasadas y hacerte creer cosas que no son reales. Es posible que lo nico que te pase es que tus sentimiento hacia tus padres estn cambiando al hacerte ms mayor y lo ests malinterpretando.

Aunque al principio su argumento no me pareci del todo convincente, durante los siguientes das no observ nada demasiado peculiar en mis padres y empec a pensar que Mara poda tener razn.

Un mes despus, y cuando mis sospechas me parecan ya delirios absurdos del pasado, el colegio organiz una excursin de fin de semana al museo de ciencias. No poda imaginarme que aquello iba a suponer que todo estallara a m alrededor.

El sbado me levant temprano, prepar mi mochila para la excursin y sal a toda prisa hacia la escuela. Tard a penas diez minutos en llegar, pero mis compaeros estaban ya subiendo al autocar y Mara me esperaba con cara de impaciencia. Fue entonces cuando me di cuenta de que me haba dejado la entrada para el museo en casa. Se lo dije al profesor que me dio permiso para volver a por ella. No me lo pens y sal corriendo.

Cuando llegu, tuve una especie de presentimiento y decid entrar en casa silenciosamente. Pens que era el momento ideal para cerciorarme de que mis sospechas pasadas eran infundadas. Todo estaba silencioso. Percib un ruido de pasos en el stano, me acerqu y abr la puerta con cuidado. Lo que vi hizo que la sangre se helase en mis venas. Mi padre y mi madre se encontraban en el stano a oscuras, pero de sus ojos surgan haces de luz que iluminaban tenuemente la habitacin. Los dos estaban cogidos de las manos y sus cuerpos brillaban como surcados por miles de diminutos diamantes. Tropec por la impresin, cayendo por las escaleras del stano. Los dos acudieron a mi lado recuperando de forma instantnea su aspecto habitual.

Estaba aterrorizado y sangraba abundantemente por la rodilla. Tema que, en cualquier momento, aquellos extraos seres acabaran con mi vida para evitar que contase lo que acababa de ver. Pero, en lugar de hacerme dao, mi madre puso sus manos sobre mi herida y sta se cerr sin dejar ni siquiera una cicatriz. Mi padre me abraz a continuacin y todo comenz a brillar a m alrededor. Al instante siguiente me encontr en medio de una estancia fuertemente iluminada y completamente blanca. Mis padres seguan a mi lado, pero su aspecto era totalmente distinto: su piel pareca translcida y surcada por millones de diminutas luces y sus ojos brillaban como gemas preciosas. Aunque estaba muerto de miedo, no pude dejar de comprender que eran unos seres increblemente hermosos y delicados.
- No debes temernos, seguimos siendo tus padres – me dijo mi madre intentando tranquilizarme.

- No puede ser, ni siquiera parecis humanos – consegu responder, a pesar del miedo que senta.

- Llevas razn. No somos humanos, somos robots. Pero somos quienes te trajimos al mundo en nuestros laboratorios, te alimentamos y te criamos en cada etapa de tu crecimiento. Y, aunque te cueste creerlo, te queremos igual que si fueses nuestro autntico hijo.

- En vuestro laboratorios? – pregunt, temiendo la respuesta.

- S que esto ser perturbador para ti, pero fuiste clonado a partir de una muestra de ADN humano.

- Estis mintiendo, queris volverme loco! – no pude evitar empezar a llorar con desesperacin.

En una de las paredes blancas de la habitacin, se abri una puerta y, para mi asombro, Mara entr en la estancia.

- A ti tambin te han cogido? – grit acudiendo a su lado y abrazndola con fuerza.

- No te asustes de nosotros – susurr, besndome en la mejilla, mientras su cuerpo se volva translcido y sus ojos comenzaban a brillar.

Retroced asustado, incapaz de comprender lo que ocurra.

- T tambin eres uno de ellos? – pregunt incrdulo.

- Yo y todas las dems personas del mundo.

- Qu quieres decir? – pregunt incrdulo.

- No eres un simple clon – me respondi -. La especie humana se extingui hace ms de cien mil aos y t has sido concebido a partir de muestras fragmentarias de ADN. Eres muy importante para nosotros. Hemos tardado miles de aos en poder traerte a la vida y hemos reconstruido este mundo slo para que pudieras vivir en l.

- Pero por qu lo habis hecho?

- Porque toda especie tiene el lgico deseo de conocer a su creador no crees?
concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2009 a las 22:04
El Diario de Julius Garber

Glownstown era un pueblo pequeño, Jane había comprado hacía un par de días la única casa que se conservaba de antes de la guerra y se disponía a verla por primera vez. Era enorme, tenía un amplio patio vacío a excepción de varias estatuas de metal y metros y metros de enredaderas. Se acercó a una de las figuras, parecía diferente al resto. Arrancó las enredaderas que la cubrían y vio que no era una estatua, era de metal y parecía articulada. La golpeó con los nudillos, estaba hueca. Se volvió hacia la casa y entró con cuidado, el lugar llevaba abandonado mucho tiempo y las puertas carcomidas no aguantarían mucho movimiento.
Entró en una especie de sala de montaje llena de piezas oxidadas e inservibles. Olía a aceite y humedad. Entre trozos de metal y engranajes encontró un cuaderno gastado. Sopló para quitar el exceso de polvo y leyó el título: Diario de Julius Garber. Buscó la primera entrada:

Octubre de 1883

Me han diagnosticado tisis. Sé que moriré y por eso he decidido empezar este diario y la máquina que deberá prolongar mi vida.

Jane levantó las cejas y torció la cabeza sintiendo curiosidad. Pasó las hojas hasta las últimas anotaciones y leyó:

Febrero de 1885

Hace frío y el viento amenaza con derribar los árboles de mi jardín. Mi mesa está repleta de papeles y cálculos que no son lo que deberían ser. Estoy cansado. La fiebre no baja desde hace días y temo que eso me retrasará. Toda mi existencia creando vida y ahora termina la mía…

oO0Oo

El trabajo resulta más duro de lo que pensé en un principio; mi cuerpo enfermo me impide trabajar con soltura. Mis hijos funcionan a la perfección, pero siempre hubo fallos que tuve que resolver tras su puesta en marcha… si esta vez cometo algún error… ¿quién lo remediará? Mi mente todavía funciona con la claridad de antaño, no así mis manos. La artrosis avanza más rápido que mi trabajo y necesito tiempo, tiempo para poder terminar la carcasa. Mis dedos retorcidos por la enfermedad son un impedimento que dejará de existir cuando termine mi obra.

Marzo de 1885

La fiebre remitió hace unos días y eso parece haber aclarado mi mente. Ahora lo veo, cada error, cada defecto en la carcasa y tiemblo pensando en lo cerca que he estado de estropearlo todo. Mi vida… se hubiera deshecho sin más, como un viejo pergamino expuesto a los elementos. Tengo que ser mucho más cuidadoso a partir de ahora.

oO0Oo

Hoy ha venido a verme el párroco. Me ha hablado de la muerte, del plan divino… me dijo que el Señor me reclamaba a su lado. Hace tiempo que lo acepté, pero no me resignaré hasta mi último aliento. No temo al Padre… pero no creo que deba ir con él todavía. Su visita ha sido como una inyección de energía que me ha dado fuerzas para seguir con mi trabajo. Vino a pedirme que fuera a la Iglesia para realizar unos ajustes en Otis, uno de mis regalos al pueblo para que hiciera sonar las campanas. Tenía un pequeño fallo y precisaba de mis manos. Iré cuando tenga tiempo.

oO0Oo

Tengo frío. Sé que no lo hace, pero yo lo tengo… está dentro de mí… me apago, lo siento, mi muerte está cerca y el dolor que ha desaparecido de mis articulaciones me dice que tengo razón. La tos me obliga a detenerme a cada instante y hace tiempo que los pañuelos se tiñen del color de la muerte. Y no tengo miedo a morir, sólo a haberme equivocado. Mi vida entera dedicada a ellos, a mis hijos de metal… el pueblo entero está repleto de ellos. Ayudan a sacar agua de los pozos, a batir la mantequilla, dan la hora, saludan a los niños que juegan en el parque y tocan en la banda del ayuntamiento… todos ellos nacidos aquí, en mi taller, de mis manos… de mi mente. Y ahora me voy, me apago como las candelas que me alumbran. ¿Tendrá éxito mi trabajo? Sé que sí, lo que me aterra es que no lo tenga el del médico… era reacio a seguir mis indicaciones. Su juramento se lo impedía, me costó mucho convencerlo, pero lo conseguí. Sólo espero que llegado el momento su conciencia no me traicione.

Abril de 1885

La enfermedad me ha impedido retomar antes estas líneas, el mes casi ha terminado y me temo que no pasaré de esta noche. Llevo tres días en cama y la tos no cesa. Moverse es ya sólo un espejismo de una vida pasada que sé jamás volveré a tener. Ahora me corroe otra duda, ¿seguiré siendo humano después del cambio? Lo que nos convierte en humanos son nuestros sentimientos ¿y si nacen de nuestra fisiología? … ya no podré oler una flor, saborear un té ni percibir la suavidad de un cabello… ¿seguiré sintiendo? Imposible saberlo…
Puede que éstas sean mis últimas palabras, es probable que estuviera equivocado y que mi alma se vaya finalmente con el Padre tal y como me dijo el párroco. Pero sólo hay una forma de saberlo… el médico está de camino y yo debo descansar. No me despido porque sería igual que aceptar que estaba equivocado.

Junio de 1885

Tic tac, tic tac, tic tac… el monótono baile de las entrañas del reloj se ha convertido en parte de mí. Dentro de mi pecho ya no bombea sangre un corazón, ahora en su lugar está el viejo reloj que marcaba mis días sobre el estudio del laboratorio. El recuerdo de Juliete entregándomelo como regalo de mi veintitrés cumpleaños no despierta nada en mí. El mismo sonido que me acompañó cada día de trabajo marca ahora cada segundo de mi vida… de mi existencia… y ya no hay vuelta atrás, no hay vuelta atrás… la recuperación ha sido más larga de lo que calculé y no ha sido hasta hoy que he logrado sostener con mis dedos una pluma.

oO0Oo

Es duro aprender a moverte de nuevo. La ventaja es que no siento dolor cuando caigo al suelo. Toda mi vida la he dedicado a crear vida de la nada, cientos son los autómatas que han nacido de mis manos. Vida eterna que el tiempo no podrá asesinar, una vida que sólo el óxido puede liquidar. Una máquina se puede arreglar, se puede mantener con mimo y cuidado, las piezas pueden sustituirse y vivir por siempre. El óxido puede prevenirse, el aceite hacer que las articulaciones funcionen mejor, los engranajes no necesitan alimento, sólo una fuerza que los mueva y no se detendrán mientras tengan vapor de agua.

oO0Oo


Es difícil escribir con manos mecánicas, la pluma resbala entre los dedos fríos y metálicos, pero pronto se aprende, porque a pesar de mi nuevo aspecto sigo siendo yo, Julius Garber. Mi mente funciona a la perfección y mueve este cuerpo que mis manos artríticas crearon con la misma habilidad y elegancia que lo hizo cuando apenas era un niño.

oO0Oo

Me siento horrorizado ante el descubrimiento que he realizado hoy. Y la mayor de mis dudas ha quedado resuelta. ¿Sigo siendo humano? Soy la misma persona que era antes de desechar mi cuerpo biológico, ese que se empeñó en marchar antes de tiempo, y eso es algo que me aterra, porque ¿acaso mereció la pena? No siento la diferencia ahora que en mi pecho late un corazón de engranajes, no siento nada al ver a los niños jugando al igual que no lo sentía cuando era de carne y hueso. Ahora soy un hombre mecánico. Y sé que antes también lo era, aunque tuviera un corazón de carne como cualquier otro sé con seguridad que jamás lo usé. Y por eso era feliz con ellos, con mis hijos, porque eran iguales a mí. Y por eso escribo ahora con una mano de metal y me muevo gracias al vapor de agua, porque nací humano pero nunca lo fui… era Julius Garber y sigo siéndolo, porque no he cambiado.


Jane cerró el diario y salió al patio. La figura que había destapado parecía ahora más humana. En la espalda tenía una mariposa para darle cuerda, la giró hasta el tope y esperó, no pasó nada, los ojos de cristal seguían mirando sin vida y supo que nunca volvería a moverse pues el óxido se había apoderado de ella.

concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2009 a las 23:12
Tertulianos

-Mentiroso!

-No, t eres la mentirosa!

-Ni hablar!

El pblico comenz a abuchear a Teodoro, el cido tertuliano que, desde haca tiempo, se haba convertido en una de las estrellas ms importantes del canal. Por su parte, Alfonso, el presentador, trataba de enfrar los nimos con algn comentario ligero o haciendo bromas de doble sentido. El pblico gritaba y aplauda.

Los ecos de los aplausos llegaban hasta el control, donde Armando y Ral, encargados de la direccin y produccin del programa, se encontraban ultimando los detalles del mismo. Pura rutina.

-Que la cmara siga los gestos de Lucrecia. As... muy bien.

-Alf, ajstate un poco mejor la chaqueta.

Todo transcurra con normalidad. Teodoro estaba a sus anchas y arremeta contra todo el que quisiera llevarle la contraria.

-Lo que has dicho no tiene nombre -dijo encarndose con su compaera-. Eres un-n-n-n-n-n...

-Eh?

Algo iba mal. Muy mal. Y Armando se dio cuenta de ello.

-Ral, mira eso!

Una desagradable espuma blanca comenz a salir de la boca del tertuliano, al tiempo que sus miembros se convulsionaban de forma violenta.

-Oh, Dios! Se nos va!

-Alfonso! -le grit Armando a travs del pinganillo-. Acrcate a Teo y mira a ver qu pasa.

-Teo -dijo el presentador obedeciendo-. Ests bien?

-Prrrtzzz-ree-fuulll-aaal-ta-ta-trizstz...

-Dios! -chill Armando llevndose las manos a la cabeza-. Ahora no!

-Va a estallar! -exlam Ral.

Un deslumbrante y cegador brillo, seguido de cientos de chispas, ilumin el monitor. Al poco, el cuerpo de Teodoro yaca en el suelo mientras sus compaeros de tertulia continuaban como si no hubiera pasado nada. Un penetrante olor a plstico quemado comenz a inundar el estudio.

Mientras, en el control, las cosas tampoco marchaban del todo bien.

-Pasa a publicidad! Que corten la emisin! Llama a los tcnicos! -deca Armando.

-Que la cmara uno deje de enfocar a Lucrecia! Dad paso a Alf! Rpido!

Al instante todas las cmaras enfocaron al presentador que, aturdido, comenz a sudar copiosamente y a tartamudear como un condenado, mientras la discusin de sus contertulios suba de intensidad y amenazaba con provocarle un ataque de nervios.

-Joder, Alfonso! No te quedes ah parado! Haz algo! -vocifer el director.

El presentador no saba donde meterse y miraba de un lado a otro sin saber qu hacer, como si fuera la vctima de un secuestro a la que estuvieran obligando a leer un mensaje.

-Eh... yo... nosotros... -balbuceaba.

Desde el control, Ral logr hacerse con el micro y gritarle por el pinganillo.

-Politonos! Saca los politonos, por Dios! Muvete!

-Bien! -respondi l-. A ver... e-e-es-to... Queris te-te-te-ner el lti-ti-ti-timo xito de Pacha Tron en-en-en el mvil? Pu-pu-pu-es enva... eh. este...

-Pero dilo ya, coo! -tron la voz de Ral.

-Es que me he olvidado... -murmur Alfonso entre dientes.

Corta de una vez! -grit Armando tirndose de los pelos.

-Lo saba -dijo su amigo con la frente apoyada sobre la mesa-. Saba que tenamos que haberle hecho otra copia tambin a l.

Por fin el logotipo del canal ocup el lugar de la sudorosa cara de Alfonso. El presentador se derrumb sobre su butaca y rompi a llorar, mientras algunos tcnicos entraban en el plat y "apagaban" a los colaboradores y al pblico.

Ral y Armando se plantaron en el decorado. Los gemidos de Alfonso resonaban por todo el edificio y su estado de nimo les hizo temerse lo peor. El tartamudeo haba dado paso a un montono sonsonete acompaado por unos gestos lentos y acompasados. Cualquiera dira que estaba acunando a un beb.

-Alfonso... -le dijo Ral sentndose a su lado y dndole algunas palmaditas en el hombro-. Ests bien?

-No quiero montar en el tiovivo, mam -dijo el otro con la mirada perdida.

Visiblemente preocupado, Ral se levant y se dirigi hacia donde estaba su compaero, que discuta acaloradamente con uno de los tcnicos.

-Armie... -musit Ral sin dejar de mirar a Alfonso.

-Ahora no, Ral.

-En serio, es importante... Creo que a Alf se le ha ido la olla...

El director se dio la vuelta y oberv la pattica figura del presentador.

-La madre que me...! -exclam impresionado.

-Y bien?

-Haz que lo lleven a su camerino. Debe estar preparado para salir en quince minutos.

-No! -grit Alfonso a voz en cuello mientras dos seguritas se lo llevaban y se perdan en el pasillo-. No quiero volver a salir, psicpatas!

-Bueno -dijo Armando volviendo a los tcnicos-. Qu tenemos?

-Descacharro total. La batera ha reventado y se ha llevado por delante la clula de alimentacin.

-Pero tiene arreglo o no?

-Hay que cambiar la carcasa, conseguir otra fuente...

-Cunto puedes tardar?

-Tres horas... cuatro... Date cuenta que el calentn habr daado tambin la memoria y...

-Qu?!

-Pues eso... -respondi temeroso el tcnico ante el rostro cada vez ms rojo de su jefe-. El cortocircuito se habr cargado los circuitos de memoria y...

Armando no lo dej terminar, y tras sacudirle un tortazo de general vikingo al tcnico, se lanz a estrangular al destartalado robot y a soltar una ristra de palabras demasiado indecentes para transcribrirlas aqu. Al ver que no poda sacar nada en claro del monigote salvo algn corrientazo elctrico, se li a patadas con el decorado.

-Joder! -grit como un perturbado mientras arrojaba por los aires una silla-. Todo el trabajo de una temporada a la mierda!

-Espera, quieres decir que no tenemos una copia de seguridad de los recuerdos de este fulano? -pregunt Ral sealando hacia el amasijo de cables que estaba ante l.

-Pues claro que no, idiota! A ste lo pescamos a principios de temporada cuando lo del nuevo reality. Y los recuerdos slo son actualizados y almacenados cada seis meses. Si todava estamos en la temporada media, qu datos quieres que guardemos?

-Yqu pasa con el pblico? Podemos "sacarle las pilas" a uno de ellos y ya est, no?

-Son modelos distintos -respondi Armando tratando de serenarse-. El pblico slo est diseado para aplaudir, moverse y ya est. Si hasta los efectos de sonido los sacamos de una mesa de mezclas! Sera como ensamblar un cohete americano con un satlite chino. Y adems, de qu servira? Si la memoria se ha ido a tomar por culo entonces no hay nada que hacer... Dios, de sta nos echan! Nos echan!

En aquel momento, una de las asistentes de produccin entr en el plat.

-Chicos, el seor Kavan quiere veros en su despacho antes de las siete.

Ral se puso lvido.

-Ya est! Nos vamos a la calle...

-Un momento... Espera... -dijo Armando mientras caminaba de un lado para otro-. Tiene que haber una solucin... Espera...

De pronto, una bombilla pareci iluminarse en la mente del director.

-Ral, llama al guionista y dile que se invente algo sobre Teodoro... Un corte de digestin, un ataque al corazn... ! Lo que sea! Pero que sea creble, entiendes?

-Pero qu hacemos con el material que nos falta?

-Habla con mantenimiento... Que llamen a Mauricio! Necesitaremos las bateras de una de sus chicas.

-Qu? Las de "Premios telefnicos"? Pero si son el buque insignia del canal! -exclam asombrado Ral.

-Tienes alguna idea mejor? -le contest tajantemente Armando, para depus dirigirse al tcnico-. T vete al "Almacen de Recuerdos" y mira a ver si nos queda algn disco de memoria sobre... sobre... Dios! De qu estaban hablando stos?

-No s -respondi su amigo-. Creo que...

-Da igual, que el guionista lo arregle! -ladr el director mientras volva la vista hacia el mecnico-. Tienes diez minutos.

-Qu? -protest el tcnico-. No pienso poner las manos sobre las chicas de Mauricio! A saber lo que hace se en sus ratos libres!

-Quieres cobrar otra vez? Hazlo! -rugi Armando.

La cadena entera pareca haber enloquecido. Pocos das ms tarde, Teodoro (o lo que quedaba de l) era desarmado y enviado al desguace. En la actualidad su puesto es ocupado por una chica de voz estridente, piernas de infarto y senos descomunales.

-No te dejes engaar, chico -le dijo Ral una vez a un muchacho que se haba quedado embobado mientras la contemplaba a travs de una pantalla de plasma de un centro comercial-. Son de plstico.
Vixa
Mensajes: 1.348
Fecha de ingreso: 12 de Mayo de 2008
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  • 10 de Septiembre de 2009 a las 14:17
Recordar a todos los rezagados que hoy a las 12 se cierra el plazo de admisión de relatos.

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del Primer [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

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