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bizarro
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Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008

XVII EDICION. RELATOS DE SUPERHÉROES (AQUÍ SÍ)

28 de Septiembre de 2009 a las 18:30
Reservamos este espacio para los relatos.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 2 de Octubre de 2009 a las 11:36
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
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  • 2 de Octubre de 2009 a las 11:39
Duende.

La pedanía domina el regadío desde una pequeña loma. El intenso verde de las matas apenas es interrumpido por una hilera de eucaliptos mercenarios que custodian el curso de un río sin nombre. Durante la cosecha, llegábamos temporeros de todas partes.

Pedro Negro apareció un día en la pensión. Dormiría en la cama libre de nuestro cuarto. La patrona nos dijo que andaba buscando trabajo de jornalero, que si le podíamos decir al capataz para que empezara el lunes en nuestra cuadrilla. Le dije que yo me encargaba. El rubio se marchó con ella, volviéndose para dedicarme un levantamiento de ceja.
Pedro, no le llamaríamos el largo hasta que el capataz lo bautizara el día siguiente, no dijo nada: terminó de colocar sus cosas. Era moreno, muy alto y delgado. Era de ese tipo de hombres enjutos con una fuerza oculta pero tangible. Al terminar, me preguntó cómo llegar hasta el río. Le indiqué y no volví a verlo hasta la noche, en la cena, donde apenas se interesó por la hora a la que saldríamos para trabajar antes de irse a dormir.
La mañana siguiente no hubo que despertarlo. Ya había desayunado y estaba esperando en la calle, fumando, mientras el rubio y yo aún peinábamos legañas. El capataz no puso pegas. El largo no dejó duda de que le sobraban tablas en el campo. En el almuerzo se mantuvo callado, por más que las bromas del rubio le buscaran. Regresamos a la hilera, hasta la hora de volver al cerro, parando en el río para lavar parte del cansancio. Comimos en la pensión y apuramos un sueño ligero. Por la tarde el largo se unió a los pocos que regresábamos por más candela. Por la tarde los humores se relajan, pero no el ritmo de la cosecha. Al ir decayendo, la luz aplaca el ánimo y a la vuelta poca diferencia había entre el lacónico largo y los demás.
El rubio estaba especialmente taciturno esa noche. Había encontrado una carta de su Maru en la alcoba de la patrona. Así, éramos tres vacíos en la habitación. El rubio en la litera de arriba acariciando a su mujer, allá en La Línea, a través del papel. El largo echando un vistazo, tras pedir permiso, a mis libros, Yo, cansado, fumaba junto a la ventana. El largo dejó los libros y sacó del armario la funda de una guitarra. El rubio no se percató del reverencial modo en que la abrió y sacó de ella el instrumento. La acarició y, sentándose en una silla, comenzó a afinarla. Primero las cuerdas más agudas. Las iba pulsando y luego giraba las clavijas. Comencé a no sentirme bien y me eché en la cama. El rubio dejó de leer la carta. El largo siguió afinando la guitarra, tensando o dando cuerda según le marcaba su oído. Entonces me pareció mera sugestión, pero podía notar como mis brazos y piernas se estiraban y vibraban con las cuerdas. Miré al rubio, pero no le noté nada. El largo siguió con los bordones, y sentí cómo afinaba mi espalda. Cuando terminó, dejó el instrumento en su funda y la funda en el armario. Me miró y sonrió. Dio las buenas noches y se metió en la cama. El rubio ya roncaba. Yo no sentía ya el mismo cansancio inquieto de antes, sino el delicado que anticipa un sueño como dios manda.

El paso de los días y una nueva carta de su Maru, entregada esta vez puntualmente, repusieron el ánimo del rubio. Por lo demás las jornadas se sucedían con la esforzada rutina del campo. El largo continuó afinando las noches de quienes le oíamos afinar la guitarra, que nunca tocó en la pensión. Los domingos se marchaba, con el instrumento a la espalda, hacia al río. Algún chisme salió de aquello, pero no le di importancia. Pedro era buena gente y trabajador, lo demás a nadie incumbía.

Habrían pasado tres semanas desde su llegada. Algo distinto agarrotaba el aire de ese domingo. Se vieron pocas muchachas en la plaza, y a los quintos se los notaba inquietos, airando la malicia de un celo ancestral. Se barruntaba tormenta y tenía que averiguar si había motivo. Salí del pueblo dando un rodeo y bajé para el río. A medio camino vi que el rubio iba corriendo también hacia allí. Le llamé:
– Rubio, ¿qué diablo te sigue para que corras así?
– Déjate de diablos, poeta, que los del pueblo hablan de ir por el largo.
No tuvo que decir más: apretamos la carrera hasta llegarnos a la linde de los eucaliptos. No fue difícil encontrar al largo siguiendo la música de su guitarra, una tonada festiva que, según nos acercábamos, nos iba colmando con un sencillo contento que ahuyentaba nuestros temores. El largo estaba junto a la orilla, sentado sobre un tocón, con varias jóvenes escuchándole. Fue fácil adivinar que la placidez de las muchachas manaba de la guitarra, como lo hacía también la del rubio y la mía.
– ¡Tanguillos! –, dijo el rubio y se puso a palmear a la vera del artista.
Algunas comenzaron a bailar y otras hicieron coro a las palmas del rubio. El tanguillo acabó, y el largo accedió a una petición del rubio, quien rompió a cantar al hilo del “tiriti tran, tran, tran”. Las niñas comenzaron a bailar, girando unas alrededor de otras, ciñendo sus cuerpos espigados. Yo me vi de repente rodeado de ellas, pleno como debe sentirse un dios entre sus adoratrices, excitado como un quinceño que huele una hembra por primera vez.
La canción se desvaneció y aún me rendí a unos ojos pardos durante un instante más, antes de recordar a qué habíamos bajado al río. La realidad se anticipó a mis palabras y un grupo de jabatos nos rodeó en el claro. Las intenciones estaban bien afiladas. Eran siete. Las mujeres fueron espantadas por el desprecio de sus ojos. El rubio y yo nos preparamos para la pelea. El largo permaneció sentado en el tocón con la guitarra sobre las piernas.
Cuando el más bravo de ellos hizo ademán de arremeter, el latigazo de la cuerda más aguda nos mordió el bajo vientre doblándonos de dolor. El largo dudó al vernos, pero le hice seña de que siguiera. Enlazó unos compases.
– Peteneras –, dijo el rubio antes de sumergirnos en el río.
Bajo el agua, los desgarros y quejíos con los que contendía el largo no nos laceraban tanto como a los mozos. Aún así uno logró arrojar una gran piedra que destrozó la guitarra. En ese impás, dos se abalanzaron contra el largo. Los filos probaron sangre, pero sin paladearla. A puñetazos, el largo volvió a verse libre y, ahora, armado. Golpeó hoja contra filo, retador. La corriente del río crecía, al tiempo que la voz del largo se acompasaba con el metálico martilleo, alejándonos de allí. Cuando conseguimos salir del agua volvimos al pueblo sin esperanza de volver a saber nada más de Pedro Negro.

De madrugada, un rumor me hizo despertar. El rubio roncaba en la litera de arriba. Una sombra hurgaba en el armario.
– No temas, soy el largo.
– Pedro...
– ¿Estáis bien?
– Sí. –, dudé si preguntar –. Eso que haces con la música...
– El duende... No puedo decirte mucho. Pugna por brotar y apenas lo canalizo, pero su efecto en la gente depende de cada persona.
– Entonces lo que sentí en el río, ¿no fue real?
– El duende puede castigarte pero no obligarte a nada que no desees hacer o creas merecer.
Silencio.
– ¿Qué pasó con los chavales?
– Ahondaron en su pena –, terminó de hacer la maleta –. Debo marcharme –, me tiende la mano –. Adiós, poeta.
– Buena suerte, largo.

Se marchó sin más. Ese lunes no fuimos al campo ni en toda la semana. Se decretó luto. Los cuerpos aparecieron esparcidos a lo largo de la rivera del río. Nadie dudó cómo habían muerto: ahogados. Nadie pudo aventurar el por qué. La marcha del largo pasó desapercibida. Dejó el dinero que debía a la patrona, y no volví a saber de él.
Para el miércoles, el rubio ya había vuelto a La Línea con su Maru, tampoco tuve más noticias de su vida.
Yo me instalé en el pueblo, con la esperanza de que aquellos ojos que me encandilaron junto al río me reglaran más alegrías.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 2 de Octubre de 2009 a las 20:41

Doña Rosita y sus cosas:

 

A primera hora había escuchado en confesión a seis u ocho habituales antes de la misa de ocho. “Señor ¿porqué no se quedan en la cama algún día?” Pensó mientras notaba cómo los síntomas de algo extraño, una gripe, una indisposición, se iban haciendo cada vez más fuertes.

Aparecieron los verdaderos cambios con Doña Rosita confesándose una vez más esa semana, “Señor, ¿qué pecados puede haber cometido de su casa a misa y de misa a su casa?”. Su perorata caía sobre él sin piedad. Un sudor frío resbalaba por su espalda y sentía que la cosa esta vez iba en serio. Salió del confesionario secándose heréticamente el sudor de la frente con su estola en vez de besarla.

-¿Qué le ocurre Don Javier?, ¿se encuentra mal?- Sonrió misteriosa- Veo que lleva el alzacuellos que le regalé.

-No, no, hija mía, ya ha pasado- Se avergonzaba un poco al pensar en Doña Rosita con sus treinta o incluso cuarenta años más que él, como su hija.- Si, éste me sienta mejor ¿no cree?

La tarde anterior su feligresa número uno le regaló un alzacuellos que brillaba en la oscuridad. Había sido ligeramente modificado en su cocina, convertida en laboratorio, mediante unas técnicas ancestrales a base de diversos materiales radiactivos que había ido reciclando la buena señora.

En esos primeros momentos, Don Javier sólo sentía unos deseos perfectamente controlables de curiosear en el bolso de las señoras que había por allí. Pero, poco a poco, esos deseos se abrieron paso. En su cabeza algo le hizo pensar cómo lograr los favores de todas ellas y así conseguir su objetivo: Obtener mediante malísimas artes, seductoras e incluso amatorias, los escasos bienes de aquellas beatas para hacer crecer el tesoro de su parroquia. “Señor soy tu herramienta, haz de mi lo que sea tu voluntad”.

 Se sentía poderoso, él no sabía que acababa de nacer ¡¡El súper villano “Alzacuellos man”!!

En pocos días, el joven párroco se transformó en un amante sin remordimientos, ocupado seductor que se valía  de su imagen perfecta de hombre de la iglesia para cometer todo tipo de asaltos y robos sobre mujeres mayores atraídas por aquel cura joven tan apuesto. Víctimas  que, además, después de pecar con él, le pedían la absolución y se iban tan contentas con un par de Padrenuestros.

Sus superpoderes aumentaban paulatinamente, las radiaciones del alzacuellos manipulado hicieron de su cuerpo una perfecta máquina de dar placer. Sus oídos detectaban a distancia el sonido de la calderilla de los bolsos. Sus ojos varoniles, mezcla inverosímil de inocencia y larga experiencia, sólo tenían que caer sobre el corro de señoras para causar una tensión sexual de resultados, hasta ese momento, impredecibles. Su mente telepática le ayudaba a cumplir sin pudor los deseos más ocultos de sus víctimas.

Con sus súper sentidos alerta, en busca de esa especie de estupro en el que las víctimas no eran menores de edad pero sí, en cierto modo, tan indefensas como si lo fueran, Don Javier empezó a ser verdaderamente consciente de ser vigilado, de ser un perseguido pero no por la justicia, no, por su  legión de admiradoras a las que “Alzacuellos man” dejaba siempre completamente colgadas de sus cualidades amatorias.

Insatisfechas, descubridoras recientes de una sensibilidad nueva. Deseosas de sentir repetidamente la fuerza de ese enviado del cielo para poder pagarle de nuevo, para vaciar sus bolsos de calderilla una y otra (y otra y otra y otra y otra) vez hasta la extenuación. Deseosas de, al día siguiente, acudir a cumplir con el sacramento de la confesión y ser puras y limpias de nuevo para que las volviera a atacar ese malvado, degenerado, deshumanizado villano que en resumidas cuentas debería llevar el sobrenombre de “Súper Gigoló”.

Pero los días de gloria de “Alzacuellos man” estaban a punto de llegar a su fin. Su más temible enemiga “Súper mami”, a la sazón hija vengativa de Doña Rosita, con sus defensas frontales llenas de leche como para apagar el incendio de Atlanta en “Lo que el viento se llevó” apareció una mañana a la salida de misa de nueve y media.

-¡Por fin nos encontramos “Alzacuellos man”!, ¿O debería llamarte “Seduce-a-las-viejas man”? -Le dijo ella, haciendo gala de su perspicacia y a la vez de su poca sensibilidad hacia los detalles que molestan a las señoras mayores.

-¡Ajá! Pensaba que nunca te decidirías a enfrentarte a mi- La miró con su profunda mirada y su caída de ojos infalible, “Señor, qué prodigioso espectáculo de la naturaleza traes hoy ante mí”, pensó apretando la mandíbula para que la poderosa musculatura de su cuello se tensara, dando lugar a una exhibición de músculos y venas hinchadas que arrancó suspiros de placer en sus insaciables seguidoras.

- ¡Voy a arrancarte esa prenda maléfica que te convierte en villano de tebeo!- Gritó ella, mirando de reojo al grupo de ancianas absolutamente colocadas de endorfinas que le cerraban cualquier posible vía de escape.

- ¡Y yo voy a sorberte las defensas hasta que no puedas utilizarlas para ayudar a nadie más!- Rió estrepitosamente el malvado con los brazos en jarras.

La súper heroína ignoraba absolutamente el papel de su anciana madre en esta historia. Se sentía celosa y abandonada en su necesidad de que la pérfida señora cuidara a su pequeño mientras ella acudía a dar de comer a pueblos enteros con su inagotable fuente de proteínas.

Saltó sobre él. Alargadas las manos hacia el cuello de su contrincante voló por los aires gracias a la propulsión extra de la leche a presión, dando, sin saber cómo,  contra un muro de bolsos y permanentes azules que se formó en décimas de segundo como respuesta a un guiño y un beso al aire que el malvado súper villano lanzó con maestría en dirección a sus secuaces.

-¡Argh! ¡Cobarde! ¡Deja de valerte de estas inocentes para hacer que no te alcance! ¡Déjame hacerte sentir el peso de mis poderes!

- ¡No tan inocentes, infeliz!- Gritó una señora de rulos y bata a media pierna, descargándole golpes en la cabeza, alternativamente con su pequinés y con un bolso enorme que sonaba a saca de banco.

Tan desigual lucha siguió durante horas. A cada ataque de “Súper mami” legiones de eméritas amas de casa se interponían entre ellos. “Señor, si, por favor, déjame sentir el peso de esos poderosos súper surtidores”  pensó Don Javier en lo que sería el primer síntoma de lo que estaba a punto de ocurrirle.

Cansado de no tomar parte activa en la lucha y obligado por una acuciante necesidad de probar un cuerpo joven bien dotado de defensas, “Alzacuellos man”, en uno de esos ataques saltó por encima de la muchedumbre defensiva y dejó que “Súper mami” le inmovilizara con su delirante personalidad.

-¡Oh, no!- Gritaron al unísono todas las seguidoras excepto Doña Rosita.-Deberíamos socorrerle, ¿qué podemos hacer?

-¡Nada, hijas mías, dejadme, pereceré bajo esta losa que me ha enviado el señor!- “Señor, gracias por permitirme saber lo que se siente bajo este peso, dulce tortura”.

            Sin saber cómo, el encanto que “Alzacuellos man” había ejercido sobre aquella muchedumbre, desapareció y fueron retirándose de camino a sus quehaceres.

            -¿¡Te rindes, malvado!?- Gritó medio loca “Súper mami”

            -Si, hija, si, se rinde, pero no le quites el alzacuellos hasta que te jure que hará lo que le digas.- Susurró a nuestra heroína Doña Rosita.

Don Javier, goloso, degustaba los placeres carnales con deleite y juró todo lo que le pidieron que jurara completamente ciego por la pasión y el deseo que el líquido elemento de “Súper mami” vertía incesante por su garganta. Los ojos tímidos de ella cayeron en las aguas de los de él. Sus corazones, como había previsto Doña Rosita, quedaron atrapados el del uno dentro del otro y viceversa.

De esta manera, mediante artes milenarias traspasadas de generación en generación de “Doñas Rositas”, Doña Rosita consiguió un yerno adecuado para su hija. Un yerno que se quedara con el bebé cuando “Súper mami” saliera en misión alimenticia.

Un yerno que hoy día trae el dinero a casa porque, una vez colgados los hábitos, retoma de vez en cuando la camisa clerical con su alzacuellos y satisface indistintamente a madre o a hija, o bien a vecina cercana o lejana vaciándoles el monedero de calderilla.

“Señor, gracias por permitir que tu siervo se gane honradamente el pan de su familia".
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Octubre de 2009 a las 1:05

Editado

bizarro
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  • 3 de Octubre de 2009 a las 22:14
Debo recordar, como ya indiqué en su momento, que si usamos un Superhéroe que ya existe, corremos el riesgo de que nos metan un puro cuando editemos un libro con nuestros relatos. Es decir... yo ya lo advertí. Eso no quita que este relato no pueda ganar, claro está. Pero cuando editemos habrá que cambiar algunos nombres... Que no se vuelva a repetir, por favor...
concursoderelatos
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  • 3 de Octubre de 2009 a las 22:22

La mujer que sabíademasiado

- Siéntate. ¿Con leche?

No, no me molesta que fumes.

Tienes motivos para estar recelosa y con las uñas afiladas. Todos estos años te has sentido traicionada, nunca diste crédito a tu padre, y ahora te preguntas por qué la madre que te abandonó quiere darte explicaciones.

Yo también he llorado estos años. Pero comprendo que cualquier cosa que te diga sobre mis sentimientos te parecerá una impostura, mientras no entiendas por qué lo hice.

Tenías diez años. Déjame que te cuente lo que me ocurrió cuando yo tenía esa edad.

Acababa de hacer la Primera Comunión. No, tú no la hiciste. Yo no quise. Sí, la ilusión de todas las niñas. Pero un rito tan cruel como la ablación del clítoris. Te hacen creer que un ojo omnipresente y omnisciente te vigila en todo momento, juzgando sin piedad cada uno de tus actos. Mejor que no pasaras por eso.

¿Sabes lo que es el pecado? ¿Pecado mortal, venial? Yo comulgué en pecado mortal. Me había confesado el día anterior, como todos los niños. Aquella tarde, en el pueblo, robé unas peras. Y al día siguiente comulgaba.

Una niñería, sí. Pero no te imaginas qué angustia puede sentir una niña en el momento de tragar la hostia consagrada.

Días después enfermé. Una meningitis de tipo desconocido. Desperté en el hospital. Antes de perder la conciencia, yo sabía que aquella fiebre, el dolor de cabeza, la nuca dolorida, los ojos que no podía abrir a la luz, todo aquello era el castigo por haber comulgado en pecado.

Estuve ingresada varias semanas. Cuando volví a casa y a la escuela, ya no era la misma. Había adelgazado. Me había vuelto una niña taciturna, extraña. Sentía alegría, tristeza, miedo, rabia o felicidad, a golpes y a veces simultáneamente, sin que pudiera explicarme cómo y por qué.

Pude enloquecer. Hasta que me di cuenta: percibía lo que estaba a mi alrededor. A todos los seres vivos capaces de sentir, desde el ratón más pequeño hasta el ser humano.

En clase, mi estado anímico era un compendio incoherente del de mis compañeros, ¿Por qué temblaba yo, si quien salía a la pizarra era otro? ¿Por qué me regocijaba, si detestaba a ese profesor sádico? En la calle, la gente que educadamente se aparta a tu paso, a mí me golpeaba con sus emociones. Un gato agazapado en la copa de un árbol, era un faro emitiendo señales de alerta y de miedo. Y en una visita al zoológico, yo hubiera querido pedir a los empleados que limpiaran el tedio, la angustia y la locura de las jaulas.

Me rescató aprender enseguida a diferenciar las emociones ajenas de las propias, trazar con nitidez la barrera entre mi interior y el mundo exterior, que se había desdibujado.

No es una percepción direccional, como la vista o el oido. Es... como olores. Cuanto más cerca, más intensos. Puedes captar la onda emocional de otra persona a través de una pared, de una mampara.

Cuando estás rodeada de gente, no sabes a quién corresponde lo que percibes. Tienes que interpretar: qué está ocurriendo, a quién le importa, por qué. Conjeturas. A veces, el emisor es alguien inmerso en sus recuerdos, en una ensoñación impenetrable. Entonces buscas a tu alrededor a alguien con la mirada perdida, con la cabeza gacha...

Aquella capacidad me dio poder sobre los que me rodeaban. Yo sabía de cada uno mucho más de lo que ellos se imaginaban. Con mis poderes de bruja defendía al débil, sí. Pero a veces, ni con el más indefenso era lo bastante comprensiva si lo descubría en alguna mezquindad.

Los poderes solo deberían ser otorgados a los puros de corazón. Y no hay nadie así, créeme. Ni la madre que tú adorabas de niña.

Estudié Medicina y Psiquiatría. He depurado mi capacidad de identificar e interpretar los distintos “olores” que percibo. Las mezclas son difíciles: alegría con pesadumbre, rabia con miedo... Más difíciles aún, si hay más de una persona. Lo peor es la nada, ese estado de apatía inmotivada, sin culpa, ni tristeza, ni ira, ni dolor. Una persona así es invisible para mí.

Un día pasé junto a una joyería y me golpeó una avalancha de ansiedad y compulsión a la acción. Miré a mi alrededor: había varios hombres al acecho. Imprudentemente, saqué el móvil allí mismo y marqué el 091. La operadora despachó con oficio mi inverosímil aviso: “gracias, mandamos un patrulla”. No hizo falta: los delincuentes, alarmados por mi gesto, dieron media vuelta, para desespero de la policía, que había montado una jaula para pillarlos in fraganti.

A los días, me llamaron de Jefatura. Habían revisado las grabaciones del operativo fallido. Así conocí a tu padre. Cuando me interrogó, quise ocultarle la causa de mi clarividencia. Yo había sido examinada ya en dos ocasiones por un equipo multidisciplinar, con resultados tan decepcionantes que prefería olvidar. Pero tu padre tenía los antecedentes.

Empecé, a modo de prueba y como un juego, patrullando el Metro con un secreta más dos uniformados como cebo. Mi indicativo era Papa-Sierra: PSí. Era excitante participar en una acción que yo desencadenaba marcando al sospechoso. Carteristas, gente que estaba en busca y captura. A veces caíamos sobre pobres diablos, aterrorizados por demonios interiores.

Seguí depurando mis habilidades.

Es duro estar entre multitudes. ¡Hay tanto dolor, tanta miseria!

Un día me llamaron del CNI. Ahora viajo con frecuencia al País Vasco, a Francia. Soy un sabueso. Mi rastro es el del miedo, la ansiedad, la soledad, el acoso. Una vez encontré a un secuestrado abandonado por sus secuestradores, bajo el suelo de hormigón de una nave industrial. Pero en general persigo a los que viven bajo una paranoia de clandestinidad, de ocultación, de medidas de seguridad. A veces asisto a los interrogatorios de los detenidos y les arranco información que ni ellos saben que dan.

Me casé con tu padre. Mi segunda experiencia. Fracasó por la misma razón que la primera: mis poderes. Mis poderes y el amor se llevan mal.

Me resulta fácil flirtear. La otra persona es para mí como un libro abierto. Es como jugar al póker viendo las cartas del contrario. Y una noche de amor es extraordinaria cuando puedes fundirte de una manera tan total con la otra persona. Pero la vida en pareja es otra cosa. Cuando el otro se da cuenta que no tiene intimidad frente a ti, que tú estás viendo todos sus miedos, deseos, aburrimientos, por no hablar de las infidelidades de pensamiento...

Tu padre no lo soportó. Lo entendí. ¿Qué otra cosa puedo hacer? En el CNI vivo semiaislada. Algunas veces me utilizan para asuntos internos. Basta que yo asista a una reunión, para que se dispare la desconfianza. Y las amistades... La gente prefiere tratar conmigo por teléfono o correo electrónico, con distancia por medio. Pocos aceptan tomar un café conmigo de vez en cuando, o acompañarme a algún sitio. Esas personas me otorgan una confianza extraordinaria al dejar que me acerque, y yo les correspondo con la discreción más exquisita.

Pero son personas que no te importan. La persona que tú amas, la que vive contigo, ¿qué puede esperar de ti, sino que acapares de ella todo el conocimiento que puedas? El amor es un juego de equilibrios, ¿y hay algo más desasosegante que uno de ellos esté desnudo delante del otro, sin ningún espacio de reserva, de ocultación? Tu padre y yo nos separamos.

Tú, mientras tanto, habías crecido. Para un bebé es un don del cielo tener una madre extrasensitiva. Pero empezabas a ser una personita. Llegó el momento de la Primera Comunión. Discutí con tu padre para que no la hicieras. Y entonces caí: te evitaba el trauma de un fantasma juzgador, pero ¿qué iba a ser yo en tu vida a partir de entonces, hasta que te independizaras de mí, sino una sombra perpetua controladora? ¿Qué hubiera ocurrido cuando empezaran a gustarte los chicos y te dieras cuenta de que eras transparente para mí? No hubieras podido mentirme, no hubieras podido decirme que te habías quedado a dormir en casa de una amiga para ocultarme tu primera aventura.

No, mi poder te hubiera condenado a una infancia perpetua. Hubieras acabado por escapar de mí, odiándome, después de años de sufrimiento.

Por eso me fui de tu lado.

Sólo siento no haber sido entonces capaz de inventar una mentira que engañara de verdad al corazón de una hija.

concursoderelatos
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  • 4 de Octubre de 2009 a las 12:36
COMO EL CARTN PIEDRA


Sopla una brisa plcida y refrescante. Marcos bebe de ella todo el oxgeno que cabe en sus pulmones, lo expira y empieza a correr. Diez metros y un vaco de veintisiete pisos como un vahdo. Cae. Cae a una velocidad que le anubla el pensamiento. Ve edificios agigantados. Ve ventanas pasar raudas. Ve un asfalto que ocupa ms espacio conforme cae vertiginosamente hacia una multitud que lo observa con los ojos muy abiertos, con la boca muy abierta y el corazn encogido, prieto igual que un puo.
Justo cuando empieza a or los gritos abre los brazos. A su espalda se le despliega una capa de color rojo muy intenso. Marcos ha dibujado unas siglas en la tela. Alguien podra leerlas desde el tejado. Desde el suelo, imposible. Siente un tirn. La cada se ralentiza y vuela unos pocos metros por encima de las cabezas arracimadas. La multitud emite un sonoro e interminable oh! Hay cmaras entre el pblico. Puede que lo estn emitiendo en directo para todo el pas. Lleva una mscara. Su familia, si est mirando la televisin, es posible que sospeche, que tema, que se santige ante la posibilidad de que se trate de l. Hay pocos que se dediquen al mismo oficio. Se conocen todos. Son rivales en el trabajo, amigos fuera.


La retahla no tienen vergenza, llevo treinta aos en esta profesin, an espero el da en el que uno de ellos venga a interesarse por mis heridas o por los golpes que recibo, es lugar comn entre copa y copa. Se ven de vez en cuando en un bar donde los acogen como a fracasados. Todos han aceptado sumisos la etiqueta. Pocos se enorgullecen de su capacidad para afrontar peligros ciertos mientras otros reciben el aplauso y el dinero. l no est dispuesto. Se le ocurre ante la barra del bar. Sabe que puede hacerlo. Es ms, sabe que debe hacerlo. Poco o nada va a perder por probarlo y en cambio puede ganar mucho: un minuto de gloria, unos ojos atentos cuando menos…


Ve la secuencia infinitas veces. Se ve cayendo aterrorizado en tanto que espectador, emitiendo ese oh! de alivio y admiracin suma ante el milagro de ver volar a un hombre, l mismo, enfundado en un traje azul elctrico y, sujeta al cuello y los hombros, una capa roja que se abre en el instante en el que la tragedia parece inevitable, gracias a un mecanismo y a las varillas de alambre que conforman el armazn. Se ve cruzar por encima de las cabezas. No recuerda haber estirado tanto el brazo derecho, para darse ms impulso tal vez o dirigir el vuelo, ni haber juntado tanto las piernas. Su estampa no desmerece ante la de cualquier hroe cinematogrfico. De hecho, l es alguno de esos hroes cinematogrficos. Pero nunca antes se haba observado. Menos an sin la proteccin a la que obliga la ley laboral. Lo mejor, las caras de quienes enfoca la cmara inmediatamente despus de su paso.
- En sesenta aos no he visto cosa igual –afirma el ciudadano entrevistado-. Un hombre que vuela con solo su voluntad y pericia. Es una suerte que estuviesen aqu para dejar constancia del suceso. Cosa extraordinaria como pocas…
A Marcos el acto se le antoja pobre, sin embargo. En pocos das nadie volver a acordarse del tipo excntrico que se tir de un rascacielos con una capa y vol unos escasos metros. Necesita idear el modo de sorprender con mayor contundencia. No ha bastado con jugarse la vida otra vez. Puede que el secreto resida en que la vida tiene que estar jugndosela otro y l salvrsela.


Sale de madrugada. Un olor indefinido se desprende de las alcantarillas. Es el aliento de una ciudad que se pudre por dentro. Marcos salta de un edificio a otro. Ve figuras encogidas en la penumbra, all abajo, donde perros de pelo crespo y sucio hocican entre las basuras. Se oyen llantos de nio. Se oye el repiqueteo de un hilo de agua que se desprende gota a gota desde un saledizo. Para a descansar. Le duelen los msculos de las piernas. Son saltos de cuatro y cinco metros. Tiene que tener cuidado, adems, de no golpear la cmara. Finalmente oye un gemido. Hay cuerpos que se mueven espasmdicos. Tres, cuatro tal vez. Con los prismticos nocturnos comprueba que se trata de dos hombres y una mujer que lucha por zafarse. Es una mujer joven. Ellos tambin parecen jvenes.
Marcos prepara la cmara. La instala de tal modo que se vea a quienes son objeto de su inters presente; a quienes, de aqu a unos minutos, sern vctimas de su furia sin par. Sabe qu hacer. Ha batido delincuentes de toda laya a golpe de puo y patadas. Siempre con la cara oculta o en escorzo. Si al menos hubiese visto su nombre en los ttulos de crdito... “Algn da tienen que ornos. Desde el sindicato nos dicen que no somos actores. Pero nosotros interpretamos”, les digo, “nos ponemos en el lugar del actor”. “S, pero al pblico no le importa qu cuerpo se viste el traje, le importa la cara de su dolo”, replican ellos.
Marcos se deja caer al suelo. El primer golpe lo recibe el tipo que sujeta a la muchacha, un directo en toda la jeta que lo desconcierta y le hace sangrar. Emite un gemido. El otro, que pretende despojar a la vctima de sus bragas, no ve lo que ocurre. Marcos lo coge del cuello y lo proyecta contra la pared. Puetazo al vientre. Con la izquierda le sacude en la mandbula. Un golpe seco, preciso. Se oye un crujido. El tipo se lleva la mano a la boca y escupe dos dientes. El compaero ha sacado una navaja. La chica, entre tanto, ha podido arrastrarse hasta un portal a oscuras. Marcos saca a su vez una barra de hierro cromado, no ms larga que un cuchillo de los de cortar jamn. La blande ante los ojos de su enemigo. Dobla la mueca, y el extremo opuesto de la barra topa con la mano del agresor, que suelta la navaja y grita. Marcos gira, sin haber perdido de vista al que se halla tras l, y hunde el hierro en sus mantecas, obligndole a plegarse como la navaja del suelo. De una patada la enva a varios metros lejos de cualquier tentacin. Todo ha ocurrido muy deprisa. La chica, que hasta ese instante se ha mantenido callada y a la expectativa, cuando comprende que nada pueden hacer sus atacantes contra ella ni contra el payaso que la ha defendido, comienza a correr tal que alma que persigue el diablo. La oscuridad, siempre al acecho, tarda muy poco en tragrsela…


Marcos aguarda unos pocos das. Ha enviado la cinta a varias televisiones. Las imgenes, por fin, las emiten un martes de madrugada. Marcos no entiende qu ocurre. Es un acto heroico. Ha salvado a una chica de su posible violacin. Al cabo, el rescate es visto por miles de personas en youtube. Se convierte en uno de los vdeos ms visitados. Lo comentan en las noticias. Alguien asegura que es un montaje muy logrado. Aficionados al cine, asegura. La chica aparece en un programa de gran audiencia y desmiente la hiptesis. Posee gran desparpajo y unos pechos que exhibe con prestancia torera. Agradece a su salvador que interviniese a tiempo. “Solo quiero decirle que pienso en l todas las noches”, declama arrugando los labios. Sus intervenciones se hacen ms frecuentes. Puedes encontrrtela en todas las cadenas. A mayor experiencia catdica, menor es la longitud de sus faldas. No hay tertulia chusca en la que no forme parte de sus integrantes. El aspaviento y el denuesto certero la convierten en una herona. Las amas de casa la adoran e imitan sus peinados.


El ltimo vuelo Marcos lo hace sin testigos, sin cmara, sin razn ninguna, sin traje. Sus compaeros especialistas acuden a visitarle todos los das al hospital, donde lo hallan maltrecho y medio muerto. Le traen cajas de bombones y ramos de flores, pero tambin el reproche mudo que pende de sus miradas inquietas: nosotros, le dicen sus pupilas, no somos hroes, somos parte de la tramoya como el cartn piedra y los muebles de pega. No nos desacredites, le suplican. Somos el cuerpo que da forma al traje. Basta que lo entiendas. La cara son otros los que la ponen.

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  • 4 de Octubre de 2009 a las 15:44
DE SOMBRAS Y QUIMERAS…

“¡Maldita sea!”

Quimérica, o lo que quedaba de ella, hizo un esfuerzo y abrió los ojos al oír voces y risas. Dos hombres arrastraban violentamente a un tercero hacia las sombras del callejón en el que se encontraba. Le costó captar algún detalle en aquellas siluetas tan negras: la noche era muy oscura, tormentosa, una densa cortina de lluvia lo desdibujaba todo, y la única iluminación venía del ventanuco de la parte trasera de un restaurante chino.

En otros tiempos, cuando poseía una visión capaz de detectar un alfiler a un kilómetro, nada de eso hubiera supuesto un problema.

Las sombras. La oscuridad… El mundo carente de color, hundiéndose en aquella marisma de grises…

Se estaba muriendo. ¡Por fin! ¡Qué inmenso alivio! El momento se acercaba, podía sentirlo en los huesos con más fuerza que la humedad de la tormenta. Le quedaban algunos minutos, una hora, quizá…

Los dos hombres arrojaron a su víctima contra un montón de basura que se pudría lentamente en un rincón. Uno lanzó una carcajada, insultándole, el otro la emprendió a patadas con él, echándole en cara que había comprado la droga a otro camello, o eso entendió. Golpes, golpes, golpes. Caos, dolor y furia, envueltos en aquellas sombras.

“Debería hacer algo”, pensó Quimérica. Claro que resultaba más fácil decirlo que hacerlo. Se sentía tan débil… El poder se había ido, llevándose aquella sensación gloriosa que siempre lo acompañaba, tan cercana a la borrachera, tan embriagadora. La echaba de menos… No, no debía flaquear, su decisión estaba tomada. Toda larga vida derivaba en un océano de remordimientos, como un río que fuera cargándose de culpas, y la suya había sido formidablemente extensa... Mucho tiempo, muchos errores, demasiadas imágenes, voces y momentos. A veces sentía que la cabeza le iba a estallar. Necesitaba dormir, descansar, no ser nada, no sentir…

Y, sin embargo, allí estaban aquellos individuos, obligándola a tomar más decisiones.

Sus dedos se hundieron en el lodo siguiendo el impacto de una nueva patada, y otra, y otra... y algo cálido se extendió por su cuerpo, renovando parcialmente sus fuerzas. Qué sorpresa. Todavía quedaba en su interior un resquicio de ira, un conato de rebeldía ante la maldad del mundo. Todavía vivía en ella esa pequeña y patética criatura, la que estaba convencida de que podían cambiarse las cosas.

Y todavía era capaz de una última quimera…

Era algo sorprendente, la mente humana. Pensamientos, sueños, delirios, ilusiones… Si creías en ellas, si sabías cómo transgredir los límites y vestirlas de realidad, tenían una fuerza ilimitada. No sería la primera vez que había matado a un hombre, haciéndole creer que ardía en llamas. Esa última noche, en esa última quimera, sería más creativa. Verse disueltos entre hemorragias por el virus Ébola sería un castigo adecuado a tanto salvajismo.

Estaba a punto de tejer la intrincada red de aquella ilusión, cuando una figura vertiginosa cayó sobre los dos individuos, derribándolos. Fuera lo que fuese, volvió a alzarse de inmediato. Los matones se levantaron, atónitos, mirando hacia lo alto. Uno gritó, señalando algo. El otro sacó una pistola. La figura regresó, descendiendo para patearle la mano, desarmándolo, mientras se estiraba para dar un puñetazo al otro. Un nuevo volatín, un directo al estómago que posiblemente pulverizó varias vísceras, y una presa en la cabeza del que aún quedaba en pie, rompiéndole el cuello con un sonido seco…

Todo sucedió más rápido de lo que podía contarse. No era raro, tratándose de Bohemio.

Quimérica le estudió con una punzada de miedo, no porque temiese por su vida, sino porque temía por su muerte. En algunas épocas, habían sido amigos, en otras, amantes, y también adversarios. Siempre habían formado una curiosa pareja: ella, Quimérica, caminando entre los mundos, mezclando lo real y lo ilusorio, moldeándolos temporalmente a su antojo, y Bohemio, alegre vividor del caos, siempre con una sonrisa fácil y una absoluta falta de escrúpulos y arrepentimientos. Había habido momentos en los que estuvieron tremendamente cerca el uno del otro y, sin embargo, siempre habían querido distintas cosas... Ni siquiera se habían reunido en los últimos siglos para nutrirse mutuamente, para renovarse, ese pequeño gran mal, esa exigencia que imponía su naturaleza.

Bohemio caminó por el callejón, observando inexpresivo los cadáveres. Su imagen era la de un hombre alto y atractivo, vestido con un abrigo largo, negro, y botas de aspecto recio.

– Lárgate – le dijo al tipo que seguía en el montón de basura. Él obedeció, sin mirar atrás, medio arrastrándose, abrazándose el cuerpo dolorido como si temiera dividirse en pedazos.

Entonces, Bohemio giró hacia ella. Le vio inclinar la cabeza; supo exactamente en qué momento la reconoció.

– ¿Quimérica? – preguntó. Su voz, juvenil pese al largo, larguísimo tiempo, que llevaba pronunciando palabras, sonó sorprendida – ¿Quimérica, eres tú? – siguió sin contestar. Bohemio avanzó en su dirección, levantando un chapoteo húmedo del barro. Se acuclilló a su lado – Preciosa, vaya mierda de aspecto tienes.

– Déjame en paz… – consiguió decir. Intentó incorporarse, alejarse, pero simplemente cayó de lado. Se agitó con violencia, cuando Bohemio la sujetó y volvió a sentarla – ¡No me toques!

– ¿Quieres evitarlo? Pues ya conoces las normas: tendrás que ser capaz de hacerlo – replicó él, colocándola bien. Chasqueó los dientes – Te lo digo en serio, Quimérica, estás hecha una pena. ¿Cuánto percibes, de realidad?

Buena pregunta. Una, que indicaba lo mucho que la conocía. Quimérica suspiró. Más allá de aquel callejón, nada. El mundo ya no existía, para ella. Todo era negrura, y sombras, y caos infinito. Estaba a punto de disiparse.

– No te importa…

– Oh, claro que me importa. ¿Qué te ha pasado? ¿No te has nutrido, ninguno de los nuestros te ha ayudado a renovarte? – bufó, ante su empecinado silencio – Tiene gracia, Quimérica, tú, que siempre has sido más sociable que yo, cada vez estás más sola… – le acarició la mejilla, con suavidad – Pero estoy aquí, y estoy rebosante de poder. Memoria me nutrió la semana pasada. Por cierto, hablamos de ti. Nos preguntábamos si ya estarías muerta.

Memoria. Vaya pieza. Quimérica jugaba con la fuerza de las ilusiones, pero Memoria reconstruía la realidad a su gusto, guiándose a veces por el puro capricho, llenándolo todo de incertidumbre. Quizá por eso se atraían, y de una forma especial. Al menos, eso ocurría en el pasado... No consiguió recordar la última vez que se acostó con ella.

– Prácticamente – susurró – Con suerte, si no me sueltas de una maldita vez, me moriré en tus brazos.

– Hay que joderse. Idiota – Bohemio maldijo, sacó una jeringuilla del bolsillo del abrigo, y empezó a extraerse sangre de la muñeca, una dosis generosa. Tenía un intenso color azul y añadió al callejón una luminosidad fría, inquietante. Luego, se volvió hacia ella, que trató de alejarse, arrastrándose penosamente. ¡No, no! ¡No podía hacerle eso! ¡No podía quitarle ese descanso que tanto ansiaba…¡ “Tejer, tejer…” Un sueño denso, muy denso, envolvente, compartido… – Ven aquí, loca. Si crees que voy a dejar que te suicides, andas muy equivocada. ¿Qué no quieres renovarte? Yo lo haré por ti – le levantó la manga del brazo derecho, y la obligó a extenderlo – No voy a dejar que te disuelvas en tus sombras. Te quedarás aquí, en la realidad, conmigo.

– ¡Déjame, no quiero!

– Ya lo sé – Bohemio sonrió, apretando el émbolo. La sangre pura, la sangre azul que sólo tenían unos pocos elegidos, entró en sus venas con la fuerza de una locomotora, renovándola por siglos. Quimérica se arqueó hacia atrás, ahogando un gemido, sintiendo que todo se rompía en su interior, muy dentro, que todo dejaba de ser, para volver a reconstruirse.

Las sombras empezaron a alejarse. La oscuridad se atenuó. El frío, la humedad de la tormenta, disminuyeron…

Él la miró, como buscando algo que no consiguió encontrar.

– Necesitas descansar – dijo entonces – ¿Quieres que te lleve a algún lado?

– No, gracias. Ya has hecho suficiente. Piérdete.

Bohemio contuvo una réplica. Se alzó en el aire, y desapareció.

Quimérica aun esperó unos momentos antes de romper el sutil tejido de irrealidad que había extendido por el callejón. Incluso ella había sido víctima de su influjo durante los últimos minutos. Al desaparecer la ilusión, al ver rodando por el barro la jeringuilla con su fulgor azul, perdió las supuestas fuerzas renovadas, perdió la aguda visión, regresaron el frío y las sombras...

Bohemio se había ido, creyendo su última quimera, que la había nutrido, que le había dado su sangre.

Ahora, sólo quedaba esperar. Como mucho, una hora…
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 19:07

Supervivencia

—No volveré a pisar este maldito lugar, B75.

—No te entiendo, B92, es espectacular y además con esta gravedad tan liviana, disfrutamos de una libertad que en nuestro mundo ya la quisieran todos.

Mientras B75 recogía toda la instrumentación que habían teletransportado desde la nave nodriza, B92 miraba al horizonte. Una enorme arboleda se extendía ante su vista, recortada caprichosamente por un brazo de agua que aumentaba de grosor a medida que se acercaba al enorme volumen de agua que ocupaba casi la totalidad del planeta. Sobre la altitud en la que habían sido teletransportados, junto con sus equipos de medición, se dominaba una basta extensión de selva de intenso verdor, así como aquel grandísimo almacén de agua donde desembocaba aquella serpiente líquida que decoraba el paisaje.

—¿Tú puedes entender mayor absurdo? Un planeta cubierto casi en un sesenta por ciento de agua y esta esté absolutamente contaminada. Además, tanto espacio para solo unos cuantos animales pequeños que jamás podrán conocer todo su planeta.

—Aún es pronto para saber qué nos depara este lugar. Además, es por eso por lo que nos hemos detenido en él. Atmósfera válida para nosotros, alimentación posible, aunque esa extensión de agua no sea utilizable. Sin riesgos de animales que pudieran poner en peligro nuestras vidas. B75, reconócelo, es el lugar ideal para implantar una base.

Cubiertos con sus trajes especiales de color dorado reflectante, los dos astronautas hablaban amigablemente, mientras frente a ellos, perfectamente ocultos y disimulados por las altas hierbas y matorrales del lugar, cuatro hipnotizados ojos les observaban convertidos por el miedo en la más perfecta petrificación humana. Pero aquella escena tenía algún espectador más. Justo al lado contrario, a la espalda de los dos astronautas, otros dos ojos, negros, hipnóticos, fijos y en tensión, también contemplaban el movimiento despreocupado de B75 y B92.

—Bien, B92, llama al teletransportador para que suban todo el equipo. Aún tenemos que reconocer tres puntos más de posible implantación. Encripta las coordenadas. Ubicación: 1172,24Z, 67,45H, 144,00K —y volviéndose hacia su derecha, se quedó contemplando la vista.

Ese fue el momento elegido por el dueño de los negros ojos, un enorme jaguar, para lanzar su rápido y mortal ataque. Los cortos cinco metros que le separaban de los astronautas fueron recorridos en décimas de segundo y su salto sobre B75 fue definitivo.

Pero, justo en el momento en el que sus garras y colmillos apresaban su presa, esta, sin inmutarse, desapareció del lugar y, ante los asombrados e hipnotizados ojos que los observaban, apareció de nuevo justo al lado del cuerpo del jaguar que, elásticamente, caía sobre el terreno.

Sin poder dar crédito a sus ojos, los petrificados humanos creyeron ver como una casi invisible mano se movía, agarraba el cuello del felino y casi al instante este quedaba tumbado en el suelo, a los pies de B75, absolutamente inmóvil.

—Parece que hay algo más de esos pequeños animalitos que hemos encontrado —y agachándose, posó su mano sobre el jaguar y la deslizó sobre su piel. B92 se acercó lentamente, mirando a su alrededor.

—Tenemos que hacer un mayor reconocimiento de estos parajes, B75. No podemos volver a la base sin determinar absolutamente todos los seres vivos que hay por la zona.

Mientras observaban al animal, los dueños de los ojos que les observaban, comenzaron a retroceder lentamente, aún con más sigilo que el propio jaguar, hasta encontrarse a la distancia que ellos creyeron suficiente para no ser oídos. Se levantaron y a la mayor velocidad de sus piernas, corrieron hacia el cercano poblado.

Todo fue relatado con prisas y atropelladamente. Pero sobre todas sus palabras, sonaban fuertemente los seres del sol y el gran jaguar. Terminada la exposición de los hechos y ante el asombro general, el jefe del poblado tomó su cerbatana, su carcaj lleno de dardos y salió al trote en dirección a la cima del monte. No hubo órdenes, ni organización alguna por parte de ninguno de ellos, pero al poco en el poblado solo quedaban mujeres y niños. Los cerca de sesenta hombres guerreros, en perfecta fila india, trotaban hacia el lugar donde habían visto aquella aparición.

A mitad de camino, como un solo hombre, todos se detuvieron y quedaron paralizados en sus puestos. De nuevo, los dos extraños seres aparecieron de la nada ante sus ojos, pero esta vez, B75 y B92 sí les vieron a ellos y se quedaron mirándolos expectantes.

El jefe fue el primero en reaccionar y sin pensarlo, levantó su cerbatana y disparó el primero. Cuando el resto de los hombres fueron a soplar, no encontraron contra quienes hacerlo, pero cuatro de ellos sintieron como unas tenazas le agarraban del cuello y perdieron el conocimiento. Segundos después, los sesenta hombres yacían dormidos sobre el verde suelo de la selva. La acción fue tan rápida que solo el jefe llegó a ver a sus compañeros tendidos en el suelo inconscientes. No intentó un solo movimiento al ver a los dos seres junto a él. Les miró a los ojos y sintió la sensación de que sonreían. Poco después oyó una voz interior.

-¿Dominas sobre todos ellos? —solo supo mover afirmativamente la cabeza, pero su gesto no fue entendido. Uno de los seres, alargó su mano y cogió del carcaj un dardo, lo colocó en su mano y de sus ojos salió un rayo de color azul intenso. El jefe vio como se miraban entre ellos, pero nada oyó. Sin ver como sucedía, la mano de uno de los seres cogió la suya y puso la punta del dardo sobre su muñeca. En ese momento el jefe miró a los ojos de B92 y sonrió. Aquel gesto asombró a los dos seres que se miraron entre ellos. Sin pinchar, B92 devolvió el dardo al carcaj, y sonrió al jefe. Pero este, sorprendentemente, cogió el dardo, lo introdujo en la cerbatana y a gran velocidad apuntó detrás de los seres vestidos con el traje de sol y sopló con fuerza. Aún no había llegado el dardo al blanco, cuando ambos seres ya habían desaparecido de la vista del jefe, mientras que un gran jaguar, con el dardo clavado en su pecho, seguía su salto hacia donde se encontraba el jefe. Justo cuando este supo que el veneno actuaría demasiado tarde, el salto del felino quedó repentinamente parado en el aire y cayó al suelo, a los pies del jefe. Se revolvió rápidamente, pero aún fue más rápida la mano de B92 que, sin que la vista del jefe pudiera seguirla, agarró al felino por el cuello y este, fulminado, cayó al suelo dormido.

B92 miró a los ojos al jefe.

—Nada temas, nada te haremos. Cuando hayamos desaparecido de tu vista, despierta a tus compañeros, volved a vuestras casas y llevaos este animal con vosotros; a partir de hoy os protegerá del ataque de otros como él —sin preocupación alguna, se volvió con movimientos normales y ambos, B75 y B92 se dirigieron hacia la colina.

Aún hoy en día, en la tribu de los trumai, junto al río Xingu, cuando oyen rugir a un jaguar, miran hacia una de las chozas del poblado donde aún guardan y veneral la piel de un jaguar que la leyenda dice que protegió al poblado de otros ataques y, luego, al monte, donde los hombres vestidos de sol viven para cuidarlos.

concursoderelatos
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 19:55

Carlos y Spiderman

- ¡Carlos, no te acuestes en la hierba! ¿Qué quieres, que te pique un bicho?

Eso era justo lo que quería. Que le picase un bicho. Pero no uno cualquiera, no; una araña. Sabía que tenía muy pocas posibilidades de cruzarse con una que fuese radiactiva, pero estaba dispuesto a correr el riesgo de que le picase una que fuese venenosa. Así que no hizo caso y siguió allí, tendido boca arriba, notando el hormigueo en los brazos y la sensación de que cualquier cosa le estaba subiendo por el cuello.

Pero no le picó nada.

- ¡Carlos, nos vamos! ¡Recoge tu mochila, anda!

Al llegar a casa, por orden expresa de mamá, se fue directo a la bañera. Tenía siete años, así que ya tenía permiso para hacer aquello él solo. Lo preparó todo y, con la piel de gallina, se metió en el agua con un muñeco de Spiderman en una mano y uno del Duende Verde en la otra. Los tuvo peleando hasta que se le arrugaron los dedos de los pies. Hizo trepar al Hombre Araña por la pared de la bañera y surfear al Duende subido en la esponja. Y cuando mamá apareció en la puerta y le advirtió de que tenía cinco minutos para salir del agua, esquivó las últimas calabazas explosivas y lanzó el último y definitivo ataque del súper-héroe.

Hora de dormir. Como no le habían dejado ver dibujos de Spiderman mientras cenaba, mamá había transigido en la lectura. “Pero sólo un ratito, ¿eh?, que ya es muy tarde”. Él dijo que sí con la cabeza y se dejó dar un beso mientras estiraba el brazo para coger el tebeo de la mesilla. “El regreso de Masacre”. Éste especialmente, lo había leído docenas de veces. Porque desde la primera vez, se había dado cuenta de una coincidencia extraordinaria: en una de las viñetas, Spiderman se deslizaba por una fachada idéntica a la suya. Estaba seguro. Así que ya no tenía ninguna duda: el Hombre Araña había estado allí. Probablemente, mucho antes de que se hubiese mudado con sus padres a aquel piso tan alto; pero había estado. Por eso seguía teniendo la esperanza de que, un día, se asomaría a la ventana y vería a su súper-héroe favorito.

Soñó una mezcla de lo ya vivido y de lo que le gustaría vivir. Porque, en sueños, volvió a tener aquella conversación con papá:

- Los súper-héroes no existen, Carlos.

- Sí que existen. Todos no, pero los mejores sí.

- No. Son personajes de tebeo.

- No. Y los súper-villanos tampoco.

- ¿Ah, sí? ¿Y por qué no los vemos, eh? Dime.

- Porque son secretos. Como los Reyes Magos. ¿O los Reyes Magos no existen?

Pero en medio de aquella charla, el subconsciente hizo irrumpir a Spiderman que, después de estrechar la mano del padre, se llevó a Carlos colgado a su espalda como si fuese un koala.

Pasó el tiempo. Siguió viendo los mismos dibujos, leyendo los mismos tebeos, jugando con los mismos muñecos y revolcándose en la hierba para ver si le picaba una araña radiactiva. Y Spiderman no dio señales de vida. De vez en cuando se asomaba a la ventana y miraba la cornisa, buscando huellas de pisadas. Recorría la fachada hasta donde le alcanzaba la vista, imaginándose que él subía por la pared. Trece pisos escalados antes de que a él le diese tiempo a avisar a nadie. Pero eso es todo lo que hacía, imaginar; porque nunca encontraba huellas ni a nadie escalando hasta su ventana.

Y un día, se dio cuenta de dónde estaba el error: Spiderman no vendría sino tenía algo por lo que venir. Y tuvo una idea…

- ¡¡Carlos!! ¡¡Dios mío!! ¡¡Cariño, ven con mami!! Por favor…

El niño se pegó a la pared, tocándola con los talones. Tenía las palmas abiertas y los dedos crispados como si quisiese agarrarse a nada. Quiso hablar, pero no fue capaz de decir ni una palabra.

- ¡¡Carlos!! ¡¡Escúchame!! ¡¡No te muevas!! ¡¡Van a venir a buscarte!!

Al oír a su padre, el niño vio amenazado su plan y volvió la cabeza hacia la ventana.

- ¡No! ¡Va a venir Spiderman! ¡No quiero que me salve nadie más!

La fachada ya estaba plagada de las cabezas de los vecinos cuando llegaron los bomberos y la ambulancia medicalizada. Habían pasado pocos minutos desde que el niño se decidió a llevar a cabo su plan y salió al alfeizar, recorriendo la cornisa para alejarse de la ventana, pero cuando subieron a la habitación, la madre sufría ya una crisis nerviosa y el padre tenía medio cuerpo fuera, como si estuviese decidiendo si debía salir o no.

El jefe de bomberos, después de cruzar alguna pregunta con el niño y que éste le contase por qué estaba allí, consideró poco conveniente salir a buscarlo. El pequeño no estaba asustado, dijo, así que era muy probable que se revolviera ante la posibilidad de que alguien lo forzara a caminar de vuelta. Así que él proponía seguirle la corriente: si Carlos esperaba que Spiderman viniese a buscarlo, había que traer a Spiderman para que lo sacase de allí. Y en un ejemplo de casualidad que sólo podía predecir algo bueno, la fortuna quiso que el padre del niño tuviese en su armario un disfraz del Hombre Araña. “Era una sorpresa -dijo-. Para el próximo cumpleaños de Carlos”. Y se echó a llorar.

El jefe de bomberos se vistió. Se convirtió en un Spiderman fornido, con planta de súper-héroe digno del mejor de los tebeos. Y aún sin súper-poderes, salió a la cornisa seguro de que aquello tendría un final feliz.

Cuando estuvo fuera, el niño lo miró atónito. Se quedó más inmóvil todavía, sin ni siquiera pestañear, con una sonrisa tan grande que, por un momento, creyó que no iba a caberle en la cara. Cuando el Hombre Araña lo llamó por su nombre y le tendió la mano, quiso agarrar aquel guante rojo y entrar en casa para contarles a todos que él tenía razón: los súper-héroes existían. Pero de pronto pensó que no, que aquella no era forma de ser rescatado. Pensó que quizá no volviese a tener a Spiderman a su lado nunca más y que aquella era la oportunidad de tener su propio tebeo. Y sin dejar de sonreír, dijo:

- ¡Sálvame, Spiderman! ¡Sálvame!

Y, dando un paso al frente, se dejó caer.

Carlos tuvo trece pisos para imaginar cómo su súper-héroe favorito lo rescataba.

concursoderelatos
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 21:17

Cómic  

 

Félix abocetaba en su estudio una página de un cómic.

 

   Era la historia de un hombre que convertía sus brazos en alas de águila cuando él lo deseaba, y esto ocurría cuando alguna desgracia acontecía en el condado en el que vivía. ¿Qué por qué podía hacer que sus extremidades superiores se transformaran en las de esa ave? Porque Martín –que así se llamaba el héroe- había caído por un terraplén en una de sus habituales excursiones por la montaña, quedando inconsciente. Aquel día un águila se acercó a él, curiosa.  Comenzó a picotearle, provocándole pequeñas heridas. El ave huyó cuando Martín despertó.

 

    Lo demás es obvio: con el tiempo Martín poco a poco fue notando que sobresalían unas plumas bajo sus brazos, hasta que un día, hurgando con las manos, desplegó las alas. No le faltó tiempo para acudir al campo a volar. Al principio, torpemente. Luego, ya de una manera en la que dominaba el aire como los mejores alados que se conocen. Con el tiempo pensó que aquella nueva condición le podía resultar muy útil, no sólo para él, sino que también para ayudar a los demás. Para ello ideó un disfraz con el que ocultar su rostro, pues no quería que le reconociera nadie, dada la cantidad de gente malvada con la que se iba a topar y que sin duda iba a querer dar buena cuenta de él o de sus seres queridos tras sus intervenciones.

 

    La historia del superhéroe de Félix se aguantaba de aquella manera, pero sus tebeos más o menos se iban vendiendo y, mal que bien, lo que ganaba le iba dando para ir tirando con los gastos.

 

    Se encontraba Félix con estos pensamientos o parecidos cuando llamaron a la puerta. Fue a abrir.

 

-          Hola guapi –saludó Marta, su novia.

 

-          Hola preciosa –le dijo Félix.

 

    Seguidamente, se dieron un beso en los labios. Él tenía el pelo liso y castaño, los ojos negros y solía vestir con vaqueros. Ella tenía los cabellos rizados y negros, unos ojos verdes y vestía habitualmente con faldas anchas.

 

    Se dirigieron al escritorio en el cual él realizaba sus cómics.

 

-          ¿Qué, haciendo historietas? –le preguntó Marta mientras caminaban desde la puerta de entrada hasta el mencionado mueble.

-          Claro, ya lo sabes, así estoy todo el día –contestó Félix serenamente.

-          Qué mono –dijo Marta, haciéndole una carantoña, sentados en las sillas.

-          ¿Cuándo te vienes a vivir conmigo? –Félix deseaba, más que nada en el mundo, que su novia se trasladara a su estudio.

-          ¡Uf…! No sé cariño. Es que aquí no tenemos sitio. Esto es muy pequeño.

-          ¡Qué va! –contradijo Félix. 

-          Bueno, ya hablaremos de eso en otro momento. Tengo que contarte una cosa –Marta cambió de tema.

-          ¿El qué? –preguntó Félix juntando hojas sobre la mesa, con un lápiz en la mano derecha.

-          Verás: te he conseguido una entrevista en Nueva York con la Diamond.

-          ¿Con la Diamond? –Félix estaba realmente asombrado.

-          Sí, con la Diamond –contestó ella sonriendo.

-          Y… ¿cómo lo has conseguido?

-          Muy fácil: les envié varios de tus tebeos diciéndoles que si les gustaban y estaban luego interesados en ellos, que se pusieran en contacto conmigo. Y así lo hicieron, como puedes ver.

 

    La Diamond era una gran editorial de cómics. Cualquier realizador de historietas dibujadas soñaba con trabajar para ella. Por eso Félix quedó anonadado.

 

    En los días sucesivos todo aconteció muy deprisa: compraron los billetes de avión para ir a Nueva York, reservaron una habitación de hotel para unas noches e hicieron las maletas el día antes de partir. Félix no se había dado ni cuenta, pero en un abrir y cerrar de ojos ya estaban plantados en la ciudad de la Estatua de la Libertad. No porque el viaje le resultara corto, sino porque la emoción que sentía ante el hecho que suponía que fuera a ser recibido nada más y nada menos que por la quintaesencia de los cómics, le hacía estar con la mente en otro mundo y, cuando esto le sucedía, las horas y los minutos –es decir, el tiempo- se le pasaban volando.

 

    En Nueva York, la jornada anterior a la entrevista con la Diamond, visitaron la zona cero de los atentados del 11-S, Central Park, Brooklyn, el Empire State…, en fin, todos los lugares típicos de esa ciudad.

 

    La fecha siguiente fue la del encuentro con los señores de la gran editorial. Éstos se mostraron encandilados con los cómics de Félix y él con la idea de trabajar para ellos. La propuesta de la Diamond era suculenta: un contrato entre la editorial y Félix en el que se reflejaría que él podía vivir en España, desde donde les iría enviando las historietas; puesto que Félix no dominaba el inglés, se las podría pasar en castellano y ya se encargarían ellos de traducirlas. Además, ofrecían una suculenta suma de dinero que iría subiendo en función de las ventas.

 

    Marta, que sí conocía la lengua de Shakespeare, se encargó de revisar el contrato, negociar cantidades dinerarias y otros asuntos. A cambio de tanta ayuda, le pidió a su novio recibir una parte de los ingresos, encargándose ella misma de administrarlos. Félix aceptó.

 

-          Ahora que voy a ganar más dinero, quizá me compre un piso –comunicó Félix a Marta en el avión, en el transcurso del viaje de regreso a España.

-          ¿Ah sí? –se sorprendió ella.

-          Sí, así te podrás venir a vivir conmigo de una vez. Ya no podrás decir que mi estudio es muy pequeño.

-          Bueno, ya veremos.

 

    Durante los meses siguientes Félix trabajó duro. Sus cómics se iban vendiendo bastante bien. Pero las cantidades de dinero que recibía en su cuenta bancaria no eran tan elevadas como él esperaba. Pensó que debía dar tiempo a la Diamond y que continuar trabajando con tesón incrementaría aún más las ventas, y con ellas las cantidades dinerarias a percibir. Porque sospechar de actividades irregulares por parte de su novia en la administración de los ingresos era algo que prefería descartar.

 

    Entre unos asuntos y otros, por fin se compró un piso.

 

-          Vente a vivir conmigo, preciosa –le sugirió de nuevo a Marta mientras se lo enseñaba.

-          No, aún es pronto, de verdad. Todo a su tiempo.

-          De verdad que no te entiendo. Si somos novios desde hace años, nos queremos y eso… No sé porque no…

-          Aún es pronto –repitió Marta, interrumpiéndole.

 

    Félix no quedó convencido. Hacía meses que notaba a Marta extraña, como cambiada. Así que decidió ir más allá y le preguntó por el dinero, para saber qué es lo que pasaba con los ingresos. Éstos supuestamente deberían estar aumentando en función de las ventas, que ya eran espectaculares. Se decía en los círculos de los cómics que los suyos se estaban vendiendo como rosquillas, tanto en Norteamérica como en España, y hasta se estaba haciendo famoso. Y pese a que había podido comprarse un piso, las cuentas que le presentaba su novia no le cuadraban.

 

-          Tú confía en mí –le dijo Marta-. Debo renegociar el contrato.

 

    Pero ya no confiaba en ella. Terminada la cita, al poco de despedirse, Félix salió a la calle. Había decidido que perseguir a su novia era una opción considerable. Por lo tanto, fue tras ella por las aceras, por los andenes, pasillos y vagones del metro y de nuevo por las calles, hasta llegar a un impresionante barrio residencial de las afueras de la ciudad. Marta entró en un precioso chalet. Félix se preguntó qué narices hacía ella entrando allí. Esperó a ver si salía, pero como no ocurría esto, fue a la puerta y llamó al timbre. Enseguida abrieron:

 

-          ¡Félix!, ¿qué haces aquí? –era Marta, enormemente desconcertada.

-          ¿Quién es, cariño? –dijo un apuesto hombre tras ella.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 21:53

El Gran Poder

Desde mi retiro de la vida cotidiana, me encuentro viviendo en una cueva sobre la cumbre del Sagarmatha, como me gusta llamarlo, a más de ocho mil metros de altura. Desde hace días, y como una premonición, el cielo muestra un color azul intenso y limpio, sin una nube que lo empañe, tanto a él como a mí. La nieve cubre aún la mayor parte del monte, dejando zonas de tierra visibles, donde, de tarde en tarde, se posa un ave buscando alimento. Su forma de planear ante mí me llena de regocijo, de seguridad para afrontar mi misión.

Llegué a esta cima sin necesidad de ascender por la Vía del Collado Sur, sin necesidad de sufrir los peligrosos riesgos a los que se exponen los escaladores. Ascendí únicamente con la ayuda de mi poder, sin sufrir el mal de montaña; mi condición de ser excepcional evita tales inconvenientes, me concede el don y la ventaja de poder superar cualquier traba en la vida, además de disfrutar de las ayudas y medios de personas con influencia que todavía confían en mí. Y aquí estoy dispuesto a cumplir con mi nueva misión, con mi nuevo destino.

Desde el pico más alto del monte, diviso el horizonte que se extiende ante mis ojos como una provocación a los sentidos. A través de la energía acumulada en mí y de la que recibo de esta limpia atmósfera, permanezco alerta para ser pronto vencedor de mi última hazaña. Desde mi particular atalaya tengo la sensación de ver el mundo, a los seres que lo habitan, a todas esas personas algo débiles, desorientadas en la obtención de sus verdaderos propósitos, ignorantes de sucumbir ante mis designios. Me siento más poderoso que nunca, aunque mi aspecto y actitud lo contradigan. Mi gran cruzada, en esta atípica ocasión, no estará comandada por mi rapidez, por mi sagacidad y fuerza, por mi destreza y contundencia, como hasta mi última intervención. ¡No, no lo estará de esa manera nunca más! En esta ocasión, mi poder surge, al fin, desde mi interior de forma pasiva, pero muy clara, serena, firme, directa al objetivo. Tengo el total convencimiento de que así debe ser y será. Vivir sumido en la meditación y soledad sobre esta cumbre me ha convencido de la necesidad de usar otras armas mejores, muy dispares a las que usaba antes de llegar aquí. Sí, Sagarmatha me ha convencido de la urgencia de luchar cuanto antes desde otros flancos más ambiguos pero a la vez más sólidos y atinados. Durante este tiempo de aislamiento en esta pacífica y lúcida cumbre, he llegado a comprender dónde reside la fuerza de la auténtica razón y su poder.

Fueron muchos y complicados años librando conflictos personales, políticos y de toda índole. Estoy cansado y decepcionado de toda aquella lucha infructuosa, del armamento destructor que a nada positivo nos condujo, de mostrarme ante los demás como un salvador sin llegar a conseguir mis auténticos propósitos. No, me niego a continuar así, a mentirme y a mentirles. No deseo nuevas y falsas apariencias. No más estúpidos enfrentamientos sin razones de peso ni diálogos previos, tan necesarios para llegar a un inicial entendimiento y a estables acuerdos.

Ahora sólo deseo ser una persona libre, usar mis otros poderes, ésos que no se ven pero son más auténticos y efectivos que los visibles; ésos que todos tenemos ocultos y que somos capaces de desarrollar con voluntad, aunque la mayoría se resista a comprobarlos y a ponerlos en práctica. Me niego a usar los métodos que utilicé. Necesito cambiar a fondo, ser un nuevo héroe partiendo de otras maneras, las cabales, ésas en las que sólo parezco confiar yo.

En este instante diviso la Vía del Collado Norte con un arrojo indescriptible. Sus picos o cimas son como mis lanzas. Desde la cima más alta del Sagarmatha, diviso la Vía limpia, luminosa, destellando ante mis ojos como luces que advierten del momento exacto para la cruzada. El horizonte me anuncia que mi nuevo campo de batalla está libre, dispuesto para mi triunfo. Esta cruzada llevará el nombre más apropiado para lo que defiendo con mi propia vida.

Debo convencer al mundo del equivocado trayecto por el que vaga. En unos segundos lanzaré mis energías, mi poder telepático monte abajo, como si fuese un alud, o la abundante corriente de un río desbordado que inundara a la tierra no de agua sino de verdadera justicia.

Tras su resultado, me convenceré de que al fin soy el hombre poderoso y privilegiado que siempre quise ser, el héroe justo.

bizarro
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 22:19
Iré avisandoa aquellos que deben modificar algo de su textoy aquellos que sería mejor que lo cambiasen. SE AMPLIA EL PLAZO DE ENTREGA DE RELATOS HASTA EL VIERNES A LAS 00:00.
bizarro
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 22:26
Por tanto, los que editen sus relatos deberán dejar constancia de el relato del que vienen editado de un modo claro para las relecturas. HASTA E
bizarro
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Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 22:26
Por tanto, los que editen sus relatos deberán dejar constancia de el relato del que vienen editado de un modo claro para las relecturas. HASTA EL
bizarro
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Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 5 de Octubre de 2009 a las 22:26
Por tanto, los que editen sus relatos deberán dejar constancia de el relato del que vienen editado de un modo claro para las relecturas. HASTA EL VIERNRES
concursoderelatos
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  • 6 de Octubre de 2009 a las 16:13

(Relato editado del que llevaba por título "¿Qué le pasa a ... el innombrable?)

¿QUE LE PASA A GRANDMAN?

Altamente Confidencial

Ficha Médica de:

Nombre: John Kallang o Grandman
Edad: 89

Altura: 1’90 mts
Peso: 102 kgs
Color de ojos: azules
Color de pelo: castaño

Ocupación: Freeland (colaborador policial, investigador). Como Grandman: superhéroe, aventurero. Escritor.
Origen y fecha de nacimiento: Desconocidos (se cree que en un mes de Abril, fecha en que fue adoptado)
Origen de sus poderes: Desconocido (se especula con una posible radiación, u origen extraterrestre)

Parientes conocidos: Padre adoptivo: Nicolas Kallang, madre adoptiva Theresa Letrán (fallecidos), esposa Lila Spinosa.

Pertenece al Grupo Unión Independiente Mundo Nuevo

Base de operaciones: la ciudad de Bellevue, EEUU

Dirección actual: 375 Campanella Street, Bellevue

Poderes: Vuelo, invulnerabilidad, visión de calor y niveles sobrehumanos de fuerza, velocidad, oído y vista.

Debilidades: Su única debilidad es: El ligtinun (de composición desconocida) que afecta a sus superpoderes en combinación con una subida brusca de adrenalina en su cuerpo.

CAUSA DE CONSULTA: Deseos imperiosos de ser mortal.

Síntomas: Anímicamente débil, tristeza, apatía, cansancio intelectual, inseguridad y dudas personales. Ansiedad y miedo al futuro …

El Dr. Preston releyó la ficha que tenía en la mano y miró al hombre que ocupaba el diván de su consulta.

- Créame, Dr. – siguió hablando su paciente – que no puedo remediarlo. Me siento cansado de mis poderes, de los aplausos de la gente cuando me ven. Comprendo que es agradecimiento de su parte porque les ayudo cuando tienen problemas pero a mi me violenta y avergüenza recibir tantos halagos. Mis poderes son un regalo (por decirlo así) que he recibido y yo no he hecho nada para merecerlos.

- ¿No siente Vd. satisfacción al ver que emplea esos poderes para ayudar a los demás, cuando podría haberlos utilizado en su propio beneficio, simplemente?

Grandman-John Kallang (ambos estaban allí en ese momento), se removió inquieto en el diván y miró al doctor con cara consternada:

- Si, eso es algo que siempre tengo presente, la manera en que utilizo mis poderes. Pero hay otras cosas que ya no puedo soportar, por ejemplo, esta juventud eterna, la sensación de tener que estar siempre alerta, esa tortura que es ver a través de las cosas y enterarme de todo lo que pasa en cualquier lado, o escuchar las conversaciones de los demás, por muy bajo que hablen o lejos que estén. Tener que salir de golpe de casa a cualquier hora, para atender llamadas de alarma. Sonreír a la gente amablemente, cuando no tengo ganas, tener que ser un ejemplo para los demás.
Grandman se está haciendo viejo, Dr. Preston. Puede que mi cuerpo siga siendo el mismo de siempre, mi pelo no tenga canas y mi piel esté lisa y fresca, pero creo que mi cabeza y mi alma están envejeciendo.

Preston tomaba notas y de vez en cuando, miraba por la ventana mientras escuchaba las palabras del superhéroe. Estaba muy serio, su obligación era no mostrar emoción alguna. Pasado un tiempo miró su reloj y se puso en pié tendiéndole la mano.

- Bien Sr. Kallang. Siga Vd. con el tratamiento y vuelva la semana que viene. Recuerde que si me necesita puede llamar a mi teléfono privado y le atenderé en cualquier momento.

- Gracias Dr. Y Vd. recuerde que esto que le cuento es estrictamente confidencial.

Según bajaba en el ascensor del gran edificio, Grandman decidió cambiar de traje y lo hizo a tanta velocidad que nadie hubiera podido notarlo hasta no verle con el conocido traje negro con capa gris que vestía ahora. Paró en la primera planta y abrió uno de los ventanales de la escalera que daba al patio de luces y salió por ella volando en vertical, hasta llegar al tejado; quería estar solo, sin ver a nadie. Permaneció un largo rato sentado sobre la pizarra negra mirando el cielo gris y los coches que circulaban por la calzada, allí abajo, como pequeñas hormigas atareadas. Notaba un vacío enorme en su interior; jamás se había sentido así. Su mundo estaba cambiando de manera inexorable y el ya no se sentía capaz de adaptarse a el.

Se puso en pié y extendió los pliegues de su capa y se dejó caer para luego planear sobre los tejados de las casas en dirección a la suya. El aire le daba en la cara refrescándole. Tenía que poner una sonrisa en ella para no preocupar a Lila, aunque se daba cuenta que ella sufría sabiendo que, finalmente, aquella situación lo había afectado a el hasta enfermarlo.

Se posó sobre la terraza. Miró a través de los cristales antes de decidirse a entrar. Sentada en la butaca, como siempre últimamente, Lila miraba la televisión envuelta en un echarpe de grandes flecos y con manos temblorosas acercaba a sus labios una taza de té. A pesar de sus 87 años, John seguía encontrándola hermosa, llena de gracia y dulzura, tal como había sido a lo largo de todo aquel tiempo pasado juntos. Era muy duro verla envejecer, saber que iba a perderla en poco tiempo y que el seguiría viviendo sólo el resto de su interminable vida.

Sintió una especie de vértigo; no quería pensar en ello y sin embargo era su pensamiento constante últimamente. Todos sus amigos y conocidos habían ido desapareciendo, aquellos a los que había visto nacer, ahora parecían mayores que el. Se pasó la mano por la frente sudorosa, se apartó de la ventana y miró a la calzada. Alzó de nuevo el vuelo. La capa le golpeaba en la espalda y envolvía su cabeza a medida que caía …

Tuvo suerte. No pasaba nadie en ese instante por allí. Rebotó en el suelo y el ruido que produjo atrajo al tendero que miraba a través del escaparate esperando clientes.

Grandman se sacudió la capa y el pantalón negro y casi sin mirar al comerciante, que lo observaba con la boca abierta, sorprendido, se metió en el portal, tomó el ascensor y subió hasta su piso. Estaba avergonzado. Llamó a la puerta. ¿Qué le había pasado, había sido algo inconsciente o premeditado? Tenía que llamar a Preston y comentárselo. Y además, se dijo, era inútil.

Cuando Lila lo vio, lo primero que le preguntó fue dónde había dejado su traje azul, el que llevaba puesto cuando salió de casa. Pregunta a la que John Kallang tuvo que responder que, como siempre, en algún rincón olvidado.

A la mañana siguiente un par de diarios locales, en primera página, se hacían la pregunta: ¿Qué le pasa a Grandman?

bizarro
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  • 6 de Octubre de 2009 a las 16:55
Bien, un ejemplo de que se puede hacer. Admitido. Comprended que es más fácil, también, acudir al superhéroe que todos conocen. Te ahorras describirlo y estás en ventaja con respecto a los que sí estan acatando las bases. Gracias al autor por corregir.
concursoderelatos
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  • 6 de Octubre de 2009 a las 18:14
FUEGO HELADO

Me persigues desde aquél día, ¿verdad? Desde entonces estás aquí, a mi lado, siguiéndome en la noche o en la mañana, porque te da igual. No necesitas dormir, ¿no es cierto? No te importa nada, ni siquiera que te hable.
Irene la miró esperando una reacción, pero la mujer permaneció con sus oscuros ojos clavados en los suyos, como siempre hacía.

Te he preguntado mil veces quién eres y qué quieres de mí, pero no contestas. ¿Qué es lo que quieres maldita sea? ¿Quieres volverme loca? ¿Acaso eres uno de esos que pueden meterse en la cabeza de otro y jugar con él hasta matarlo? ¡Dime por qué estás aquí!

El silencio fue de nuevo la respuesta. Irene se dejó caer sobre el suelo de su salón sin importarle lo frío que estaba. No podía más. No se veía capaz de aguantar aquella presencia un día más. Se estaba volviendo loca.

No sé ni por qué me molesto en hablarte –le dijo a la mujer. –Nunca contestas –Irene no pudo evitar reír. Se sintió aún más loca al oír aquella risa.

En el fondo sé quién eres –le dijo esperando una reacción que no llegó. –Eres la muerte, ¿verdad? Sí, lo eres y me persigues porque lo salvé. Pero, ¿qué querías que hiciera? ¿No es eso lo que se suponía que debía hacer? ¿Acaso no me dieron este don para salvar vidas?

Irene encendió una bola de fuego sobre la palma de su mano derecha que apagó juntando ambas manos en un gesto de furia y un mar de amarillas chispas. Miró fijamente a la mujer y entornó los ojos tratando de contener su ira.

Si pudiera hacerte desaparecer con mi fuego… lo haría sin pensarlo dos veces –la mujer permaneció inmutable. -¿Sigues sin decir nada? Claro, eres la muerte, sabes que no podría matarte… aunque lo deseara con todas mis fuerzas.

Irene lanzó una bola de fuego contra la mujer. Las llamas la golpearon y desaparecieron como si hubieran entrado en contacto con un agujero negro. La muchacha, que permanecía sentada en el suelo, rompió en carcajadas y tuvo que hacer un gran esfuerzo por no caer de espaldas. Cuando al fin logró contenerse se incorporó limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Su piel estaba fría. Aquello era algo que nunca había comprendido. El calor no le afectaba, siempre tenía frío a pesar de poder crear fuego de la nada. Andrés siempre la llamaba “Fuego helado”. Aquél recuerdo la obligó a apretar los ojos y contener las lágrimas.

¿No te aburres de mí? –le dijo al pasar a su lado para salir de la casa. La mujer se giró sin apartar su mirada de ella y la siguió. Mientras subía los peldaños que la separaban de la terraza la sentía tras ella. Pero no se volvió ni un momento. Cuando llegó a la puerta que la separaba del exterior se detuvo, tenía el pomo sujeto y no se dio cuenta de que lo estaba derritiendo hasta que el olor a pintura quemada la alertó. Lo soltó como si se hubiera quemado, aunque ella nunca se quemaba, y miró hacia atrás encontrándose con la mirada de la muerte. Abrió la puerta y salió a la terraza. Era de noche, hacía frío y corría un aire que presagiaba lluvia. Se acercó a la cornisa y contempló las luces de la ciudad en la que había crecido. Allí había descubierto lo que podía hacer y desde aquél día se había dedicado a utilizarlo para ayudar a otros, para nada más, excepto una vez.

¿Sabes a cuánta gente he salvado en mi vida? –le dijo a la mujer volviéndose para ver su rostro. Ella no dijo nada, sencillamente la miró, como hacía siempre. –Claro que lo sabes, tú entiendes de eso, ¿verdad? –Irene rió de nuevo, pero esta vez su propia risa le puso los pelos de punta.

Si estuvieras aquí porque he impedido que muchas almas cayeran en tus manos, haría mucho que habrías venido… así que es por lo otro –volvió la vista al frente. Una ráfaga de aire le trajo olor a tierra mojada y unas gotas humedecieron su rostro. –Estás aquí porque no salvé a quien debía, ¿verdad?

El silencio fue la respuesta, pero Irene no necesitaba oírlo para saber que era cierto.
Fue un error, lo sé, pero… qué podía hacer. No podía dejarlo morir… Andrés… no sabía que ya estaba muerto –Irene rompió a llorar. La figura seguía mirándola sin importarle que la lluvia comenzara a caer ni que el viento agitara su túnica obsidiana violentamente. –Sé que hice mal, que debería haber salvado a aquél hombre… pero… lo amaba. Sólo tenía tiempo de salvar a uno de los dos. Un desconocido contra el hombre al que quería. ¿No habría hecho cualquiera lo mismo?

La figura seguía mirándola sin hacer el más mínimo gesto. Irene agitó la cabeza sonriendo al tiempo que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

Y ahora están los dos muertos… y sé que aquél hombre debería estar vivo… porque yo tendría que haberlo salvado. Me pidieron que lo salvara y por eso fui allí… cuando vi a Andrés… no pensé con claridad. Todo iba a estallar, el fuego estaba descontrolado e incluso a mí me costaba pensar… vi la oportunidad de salvarlo y lo saqué de allí. Cuando lo dejé en el suelo vi que estaba muerto y cuando me volví para salvar al otro… todo estalló.
Irene se volvió hacia la mujer deseando poder matarla.

Por eso estás aquí, ¿no? Quieres mi vida también. ¿Acaso no te alegra que por mi culpa cayera en tus manos otra alma? No, tú nunca tendrás suficiente.

La muchacha dio un paso adelante y se subió a la cornisa que separaba la terraza del vacío. Miró hacia abajo y extendió una mano con la palma hacia la noche. Creó una última bola de fuego que lanzó contra la muerte con la esperanza de que al fin desapareciera, pero no lo hizo. Sin pensarlo un instante, dejó que el peso de cuerpo se fuera hacia delante y sintió cómo el aire agitaba sus cabellos empapados por la lluvia. No duró mucho, pero mientras se precipitaba desde lo alto del edificio tuvo tiempo de ver la figura oscura contemplándola desde la cornisa. Irene sonrió, era la primera vez desde que apareciera que la tenía lejos.
concursoderelatos
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  • 6 de Octubre de 2009 a las 19:32

EL CASO BOWERS

 

Me llamo John Spader y soy detective privado. Trabajo en un pequeño despacho en  Howard Beach, Queens, por lo que la mayoría de casos que suelen llegar a mi puerta son disputas matrimoniales, estafas a seguros y algún que otro asunto turbio entre los clanes italo-americanos de la zona. Por eso, cuando una rubia escultural se presentó en mi oficina, luciendo un traje de  seda roja de mil dólares y unos zapatos con pedrería de no menos de trescientos, pensé que probablemente se había equivocado de puerta.

-          Soy la señora Bowers – se presentó -. Supongo que habrá oído hablar de mi marido el senador Bowers.

-          Claro – respondí, ofreciéndole mi mano, sin poder evitar que mi vista se perdiese en su generoso escote. El senador era bastante conocido en la ciudad y no precisamente por su actividad política en el partido republicano, sino por sus continuos divorcios y escarceos con mujeres cada vez más jóvenes. Se solía comentar que al paso que llevaba terminaría casándose con su propia hija.

-          Necesito su ayuda, mi marido ha sido secuestrado – soltó sin más preámbulos, mientras sacaba un pañuelo de encaje del bolso y comenzaba a limpiar lágrimas invisibles de su rostro.

-          Acuda a la policía, podrán ayudarla mucho mejor que yo – le aconsejé.

-          El secuestrado me advirtió que si les llamaba mataría a mi marido.

-          Siempre lo dicen, pero no suele ser más que un farol.

-          Usted no lo entiende. ¿Ha oído hablar de “Justicia”? – me preguntó, tomándome por sorpresa.

-          ¿Se refiere al justiciero con superpoderes que dicen que ronda las calles ejecutando a bandidos y malhechores?

-          Sí, él fue quien secuestró a mi marido.

-          Eso es imposible – le aseguré convencido -. Eso de los superhéroes es un cuento para niños. Ese supertipo no es más que una invención de los medios impulsada por las autoridades; les viene bien tener alguien a quién encasquetar cuanto caso no son capaces de resolver.

-          ¡”Justicia” es real!- me aseguró -. Secuestró a mi marido delante de mí. Entró en mi casa por la ventana y rompió seguros y alarmas con rayos que salían de sus ojos. Noqueó a mi marido sin el menor esfuerzo y se lo llevó, levantándolo como si fuese una pluma.

Si aquello era cierto, el tipo debía tener una fuerza descomunal; el senador no sólo era famoso por su afición a las jovencitas, sino también por su enorme corpulencia; los demócratas se quejaban diciendo que él solito ocupaba dos escaños.

-          Y, ¿por qué habría de secuestrar a su marido? Se supone que se limita a ejecutar delincuentes – argumenté, poco convencido.

-          Bueno… - la Sra. Bowers titubeó en su respuesta durante unos segundos -. Mi marido no es ningún santo. No puedo decirle demasiado, pero estuvo mezclado en algunos asuntos turbios que podrían destrozar su carrera política.

Si la mujer pensaba que iba a sorprenderme con aquella declaración, nada más lejos de la realidad; en mi profesión se hace muy patente que el alcantarillado político se extiende de forma imparable bajo nuestra querida democracia.

-          “Justicia” ejecutará al senador si no le entrego unos dossiers que demuestran su implicación en esos asuntos. Me citó junto al puente Triborough dentro de dos días para canjear los documentos por mi marido. Quiero que usted me acompañe de forma discreta y se asegure de que todo sale bien.

Naturalmente acepté el caso, no porque me importase demasiado el futuro del gordo y corrupto senador, sino porque no podía negarme a nada que me pidiese una mujer con unas piernas tan largas como aquellas y, sobre todo, por la indecente cantidad de dinero que estaba dispuesta pagarme como honorarios.

Antes de la cita, decidí realizar algunas comprobaciones. Fui a la casa del senador, donde además de admirar de nuevo a la apenada consorte, examiné los rastros dejados por el famoso superhéroe. Todo parecía encajar con el relato de mi cliente; la ventana había sido destrozada desde fuera y la alarma estaba totalmente chamuscada. En cuanto a los asuntos turbios en que Bowers estaba metido, unas copas y unos billetes administrados en los lugares adecuados, me permitieron averiguar que había realizado “negocios” con Roberto Manzzini, un conocido mafioso local, antes de ser elegido senador. Probablemente el capo le había pagado la elección, lo que era un motivo excelente para que “Justicia” decidiese actuar.

Una vez comprobado todo el asunto, desempolvé mi vieja Beretta M9, me gusta sentir su peso en mi cintura cuando me enfrento a alguna situación complicada, y me dirigí a Triborough. La cita era a las tres de la mañana y hacía un frío de mil demonios. Me oculté entre cubos de basura y un montón de viejos periódicos, dispuesto a esperar.

La zona estaba desierta. La mujer del senador apareció puntual en un impoluto Chrysler 300. Se paró y aguardó con los faros encendidos. El secuestrado llegó algunos minutos después en un viejo Chevrolet del 79, al parecer, el sueldo de superhéroe no era tan bueno como el de senador.

Del Chevrolet bajó un hombre corpulento de gran estatura, arrastrando consigo al senador, que avanzaba con dificultad, pues llevaba las manos atadas a la espalda. La Sra. Bowers salió entonces de su vehículo. No pude dejar de admirar su figura; sus piernas, parecían aún más largas que en mi despacho. Intercambió algunas frases con el secuestrador para, a continuación, entregarle la documentación. El hombre arrojó el paquete al interior de su vehículo. Entonces, todo se torció; el secuestrador empujó brutalmente al senador, haciéndole caer de bruces en el suelo y, sin explicación alguna, le descerrajó dos certeros balazos. El infortunado se agitó apenas un instante antes de quedar totalmente inmóvil.

Desenfundé la M9 y apunté a la vez que gritaba al asesino que soltase su arma. El hombre se volvió hacia mi sorprendido. Al verme, comenzó a disparar. Sin pensarlo, respondí  alcanzándole en el pecho y en un  hombro. Cayó al suelo retorciéndose de dolor. Cuando llegué ya no le dolía nada; estaba muerto.

La policía acudió con rapidez. Tuve que estar allí casi dos horas hasta que levantaron el cadáver y, después, me pase otras dos en comisaría repitiendo varias veces lo ocurrido a dos polis con cara de pocos amigos. La Sra. Bowers tuvo más suerte y fue escoltada a su casa de inmediato por un solícito comisario.

Dos días después, cuando las cosas comenzaron a estar más calmadas, decidí hacer una visita a la apenada viuda. Cuando la Sra. Bowers entró en el despacho de su marido, me encontró sentado en un lujoso sillón de cuero esperándola.

-          ¿Qué hace aquí? – preguntó sorprendida.

-          Sólo quería felicitarla por su esplendido plan para asesinar al senador.

-          ¿Cómo se atreve? – gritó indignada.

-          No haga más teatro, no puedo ni quiero acusarla de nada. En lo que a mí respecta, el senador se llevó simplemente lo que merecía, sólo quiero saber cómo lo hizo.

La Sra. Bowers me miró desafiante, examinándome de arriba abajo. Sus ojos brillaban con temor y descaro dibujados a partes iguales.

-          Está bien – admitió al fin -. Fue fácil, le ofrecí una suma exorbitada de dinero a un infeliz de los suburbios por secuestrar a mi marido y matarlo después. La única condición era que debía hacerlo frente a mí.

-          Después vino a mí despacho, inventándose la historia del supertipo, y se aseguró de que presenciase el asesinato – añadí, completando su relato.

-          Exacto – una satisfacción malsana iluminaba su rostro  -. Sabía que, al verle disparar, usted acabaría con el secuestrador; su fama de gatillo fácil le precede. De esa forma mi marido acabó como merecía y su asesino también. Todo muy limpio. Pero, dígame ¿cómo lo averiguó?

-          Muy fácil, desde el principio supe que ese infeliz  no era “Justicia” y que todo el secuestro era, por tanto, un montaje.

-          ¿Cómo podía estar tan seguro de eso?

-          Porque “Justicia” soy yo.

Mis ojos empezaron a brillar y un cosquilleo familiar recorrió mis nervios ópticos. La mujer sacó un revólver de uno de los cajones del escritorio, pero sus disparos rebotaron en mi cuerpo. Fijé mi mirada sobre ella y el fuego surgió de mi interior, carbonizándola por completo sin que ni siquiera tuviese tiempo de gritar.

Era mi obligación acabar con ella, pero debo reconocer que fue una pena, ¡tenía unas piernas tan largas!

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Autor: aitorzarate

   

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