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oniria
oniria
Mensajes: 2.278
Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009

XX Certamen Bisemanal: Don Juan Tenorio

26 de Octubre de 2009 a las 0:00
Lázaro se levanta, surge de su oscuridad, y saluda ;DD

Muchas gracias a todos por vuestros votos, de verdad. No puedo negar que este certamen (al que pensé que no podría presentarme, por falta de tiempo) me ha llenado de profunda alegría ;DD Saber que a todos, en mayor o menor medida, os ha gustado lo que he escrito, es una grandísima satisfacción. Estoy en uno de esos momentos que tan bien conocen los que escriben, y que hacen que pienses que todo el esfuerzo (ya sabemos lo duro que es el aprendizaje) está mereciendo la pena ;D. Ya vendrán los malos jaja, que de todo hay en la viña del Señor, y volveré a tener grandes fiascos, que gruños escribimos todos ;DD

Lo importante, lo único importante, es seguir escribiendo ;D

Pero, a lo que os interesa, el tema de la próxima quincena.

Tras pensarlo bien, y considerando las fechas en las que estamos, acercándonos a Todos los Santos, la noche en la que los vivos y los muertos están más cerca que nunca, he decidido que sea:

DON JUAN TENORIO

Una obra tremendamente importante para nuestro entorno, tanto, que ha pasado a formar parte del acervo común. Todo el mundo, dentro y fuera de España, sabe qué es un "Don Juan", o qué es un "Tenorio". Todo el mundo, aunque no haya leído o visto la obra, sabe lo dulce que es Doña Inés en la escena del diván, y que, en esta apartada orilla, más pura la luna brilla y se respira mejor... ;DD

Que no se espante nadie. El tema, que es punto de inspiración, da para mucho.

Podéis hablar del seductor, y contar algo sobre un alegre sinvergüenza vivo, o sobre un vampiro, un ser ya muerto, que encanta a sus víctimas. La fascinación, la seducción, el carisma utilizados como arma para conseguir objetivos, que algunas veces no son más que la simple diversión del momento... Pero también podéis hablar del amor verdadero, y del amor que redime pasadas culpas. Y del hombre que vive la vida sin límites, sin importarle quién cae a su alrededor. Y podéis hablar del honor, de la venganza...

Y podéis hacerlo en plan realista, o en plan fantástico... ¡Se acerca la noche de Todos los Santos! ¡Los muertos se filtran por las paredes!!

CIUTTI
¡Cielos!

CENTELLAS
¿Qué pasa?

CIUTTI
Que esa aldabada postrera
ha sonado en la escalera,
no en la puerta de la casa.


Los muertos, los vivos... Existe realmente un mundo al otro lado de la línea, y las líneas desaparecen en esta época. Las culpas y los pecados se arrastran de un lado al otro, y también el amor, la desesperación, el odio... Todo lo humano, en definitiva.

Obviamente, no hace falta conocer la obra, para escribir algo acorde a lo que he dicho. Ni hace falta leerla. Pero si alguien la quiere, que me la pida, se la puedo pasar (es de dominio público, albricias para la cultura ;DD) Desde luego, la recomiendo encarecidamente ;DD

Y, por supuesto, cualquier consulta, estoy a vuestra disposición ;DDD

Os dejo con unas conocidas perlas de Don Juan ;DDD:

Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.

pelagio
Mensajes: 3.420
Fecha de ingreso: 5 de Mayo de 2009
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  • 26 de Octubre de 2009 a las 15:03
Ja, ja, Oni, has puesto de tema uno de los propuestos por mí en uno hilo de los que andan perdidos por ahí. Me alegro... como yo no voy a ganar nunca, por lo menos me apunto el haber inducido el tema. Ja, ja. Felicidades de nuevo y por supuesto, un tema MAGNIFICO
Idelosan
Mensajes: 1.315
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
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  • 26 de Octubre de 2009 a las 21:32
¡Ya estamos de nuevo con temas tontoraros! :/

Si realmente el tema es "Don Juan Tenorio", yo esta vez también tendré que darle al "pasapalabra / relato" xD Si me dices que el tema es seducción, entonces si me cuadran los esquemas. ¿Se da el caso?
oniria
oniria
Mensajes: 2.278
Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009
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  • 26 de Octubre de 2009 a las 22:19
Venga, hombre, anímate, mira lo abierto que está el tema ;DD Dice claramente:

"Podéis hablar del seductor, y contar algo sobre un alegre sinvergüenza vivo, o sobre un vampiro, un ser ya muerto, que encanta a sus víctimas. La fascinación, la seducción, el carisma utilizados como arma para conseguir objetivos, que algunas veces no son más que la simple diversión del momento..."

Si quieres hablar de seducción, claro que está en tema, Don Juan Tenorio es uno de los más famosos arquetipos de seductor, simplemente. ;DD
R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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  • 27 de Octubre de 2009 a las 13:20
cita de Idelosan ¡Ya estamos de nuevo con temas tontoraros! :/

Si realmente el tema es "Don Juan Tenorio", yo esta vez también tendré que darle al "pasapalabra / relato" xD Si me dices que el tema es seducción, entonces si me cuadran los esquemas. ¿Se da el caso?
Pero hombre, ¿todavía necesitas que se te aclare que de un tema como Don Juan Tenorio se puede sacar una historia de seductores?

Parece que 19 ediciones del certamen han pasado en vano...
oniria
oniria
Mensajes: 2.278
Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009
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  • 27 de Octubre de 2009 a las 16:23
Por favor, si sigue esta discusión que sea en su hilo correspondiente. Dejad los de relatos para los relatos. Gracias ;D


concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 30 de Octubre de 2009 a las 11:25

MALDITO DÍA DE DIFUNTOS

 

  Era una excursión que Marga solía hacer cada año en solitario por Todos los Santos, el uno de noviembre. La ida consistía en viajar desde la ciudad al pueblo, distante a cincuenta kilómetros, para visitar la tumba de su primer novio.

 

    El año en el que se cumplía el veinticinco aniversario de su muerte, Marga  madrugó bastante. Desayunada en un periquete, enseguida  se encontraba en la calle. Se encogió por el frío, abrochándose la chaqueta, con tan sólo una pequeña mochila como equipaje, pues la excursión duraría hasta la tarde, momento del regreso. En esa calle unos operarios de limpieza acicalaban las grises aceras regándolas a presión, con un olor flotando en el aire, efluvios de cafés y churros provenientes de los bares y cafeterías.

 

    En un abrir y cerrar de ojos se situó en las inmediaciones de la estación de trenes del norte de la ciudad, más conocida como la estación de la FEVE (Ferrocarril Español de Vía Estrecha). Allí, en un diminuto parque, unos pajarillos hinchados por el frío cantaban al nuevo día desde las copas de los árboles mientras el sol se hacía un hueco entre la bruma.

 

    Sin más dilación hizo entrada en el edificio. En la sala de taquillas no había nadie, a excepción del vendedor de billetes. Adquirió uno de ida y vuelta y salió al andén principal, el de la vía uno. El tren estaba ya en ella, pero con las puertas cerradas todavía. Tampoco había nadie en el andén. No había nadie porque aún era pronto, pues el tren con destino a los pueblos de la montaña no iba a salir hasta pasados quince minutos. Los inconfundibles e intensos olores a ferrocarril y vías impregnaban el lento amanecer.

 

    Ay, Antonio. Fue un chico joven, de veinte años, como ella. Si no hubiera muerto de aquella manera tan absurda, esa jornada de los difuntos estarían formando, probablemente, una feliz y estupenda pareja de cuarentones. Esa manera tonta de morir se había producido con la caída de Antonio desde el avellano al que acudían con frecuencia las tardes del verano en busca de sus frutos, las avellanas que, tras cogidas, comían sentados y apoyados junto al tronco del alto árbol. Nunca aceptó Marga esa muerte como algo normal. Ella le dijo que no subiera, que no era necesario, que ya comerían más avellanas al año siguiente. Pero como Antonio insistió, ella siguió intentando, cuando trepaba,  que no lo hiciera, que si ya habían cogido las más accesibles, con la ayuda de un palo largo podían hacer caer las otras, las más altas. Pero nada, el erre que erre tuvo que subir y tropezar, para caer al suelo, desnucándose, acabando con su vida y con parte de la de Marga.

 

    Las puertas del tren se abrieron y en un momento ya se encontraban todos los pasajeros a bordo. Marga no había notado hasta ese momento la presencia -al menos de una manera consciente- del resto de la gente.

 

    El viejo ferrocarril arrancó. Comenzó a circular lentamente por la ciudad, traqueteando. Cuando salió de ella inició una velocidad más alta, aunque no extraordinaria, y los rayos del sol, algo tímidos aún y que no habían llegado hasta ese momento a las ventanillas al haber tenido los edificios como obstáculo, cegaron la vista de Marga. Corrió la cortina y echó la cabeza atrás, contra el respaldo.

 

     Ay, Antonio. Fue todo un seductor. Guapo y alto, castaño, ojos verdes…, había sido el preferido de las chicas del pueblo, tanto de las nativas como de las veraneantes. Se ligaba a la que se proponía. Toda aquella que conseguía noviazgo con él se sentía la más afortunada del valle, por corta que fuera la relación. Marga no le hizo en un principio mucho caso pese a los frecuentes arrumacos que él le dedicaba con frecuencia y pese a que a ella también le parecía un chico realmente bello.

 

    Llegando al pueblo pudo divisar un bonito paisaje otoñal tras correr las cortinas nuevamente. En los bosques junto a la vía reinaba un combinado de tonos marrones,  rojizos y  amarillos que conformaban una estampa sin igual. El tren aminoró la marcha, cercano a la estación de destino, cuando aparecieron tras las ventanas las casas con sus humeantes chimeneas. Marga fue la única que bajó del tren en esa parada. Se dirigió directamente al camposanto.

 

    Éste estaba alejado de la población,  en lo alto de una pequeña colina desde la que se divisaba gran parte del valle. La tumba de Antonio reposaba tranquila, impasible al discurrir del tiempo. Depositó sobre ella un ramo de flores campestres recogidas en el mismo monte en el que se hallaba.

 

    Ay, Antonio. Ahí parecía descansar tranquilo, en ese alto en la naturaleza, durmiendo eternamente en su tumba cavada en tierra, él que tanto había amado el campo y sus inofensivos elementos. El día que salieron por vez primera la llevó de paseo a ese mundo campestre, al avellano al que luego iba a acudir Marga para comer junto a sus ramas. Pero antes se sentó en la tumba y la acarició, como si fuera el cuerpo de Antonio. El día de su entierro reventó el cementerio de gente. Ésta acudió en masa esa fecha, conmocionada hasta decir basta por la irreparable e impactante pérdida de un joven del pueblo, de uno de los suyos.

 

    Ay, Antonio, ese que la había conquistado junto al árbol de las avellanas. Porque antes ella no había sentido nada por ese chico. Tan sólo que era muy guapo y nada más. Fue allí cuando se besaron por vez primera, en esa primera cita. Fue él quien se lanzó a ese contacto de labios, aunque ella no lo rechazara. Enseguida dibujó Antonio en el árbol, con una navaja, un corazón, escribiendo en su interior sus nombres. Y todo eso el primer día.

 

    Marga comió ahí, en ese paraje de la naturaleza. Junto al avellano se zampó el bocadillo que había portado en su pequeña mochila. De postre no tomó avellanas porque ya no quedaban: seguramente algún nativo las habría recogido todas. Pero ingirió moras, que eran extraordinariamente abundantes. Luego se tiró la tarde entera paseando por las inmediaciones.

   

    Ay, Antonio. Cuánto hizo sufrir a Marga cuando murió. Bajo esos mismos árboles, entre esos mismos arbustos, con el sonido del cantar de esos mismos pájaros, en ese mismo ambiente la había conquistado como seguramente ya había conquistado antes a otras. Pero ella fue más afortunada, porque Antonio parecía más enamorado a como lo había estado de otras chicas, conociendo esto éstas y otras pretendientes. Invadió a unas y a otras la envidia, celos amorosos, de los que hacen daño, los más profundos y productores de lágrimas caídas por mejillas sonrojadas.

 

    -En fin, patatas en latín –dijo un día Marga a Antonio reflexionando sobre esto.

   

    Marchó de allí cuando comenzaba a anochecer. Anduvo con melancolía por el camino del bosque en dirección al pueblo, senda de tierra marrón, húmeda, plena de castañas y de hojas caídas de los árboles absorbidos bellamente por el otoño. Cuando arribó a la población fue directamente a la estación de ferrocarriles, yendo por viejas callejas iluminadas por farolas de tímidas luces blancas. Esperando en los andenes, comenzó a oír el tren, a lo lejos, con su silbido retumbando contra las montañas. Ese medio de transporte que les iba a servir  en su día a Antonio y a Marga para marchar a vivir a otro lugar, a iniciar una existencia en pareja, viviendo juntos bajo el mismo techo. Pero todo aquello fueron sueños de otra vida.

 

    Marga entró en el tren. Se sentó mirando de soslayo a los otros pasajeros que ya se hallaban en él acomodados y que venían de otros pueblos de las montañas. Había sido un día de nostalgia. E imaginó a Antonio. Y a ella. Los dos juntos viajando a la ciudad, a la capital provincial iniciando una nueva existencia plena.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 30 de Octubre de 2009 a las 12:27

Dagas, sudor y humor.

 

Oh Don Juan
Tremendo salchichón
Que no se si entra en este rincón
Abandonado de la mano de dios

Tranquila querida
Que con esfuerzo
Esto entra derecho
Aunque deje herida

Y aunque el principio fue costoso
Estallase el gozo
Entre gemidos de placer
Y saliva a doquier

Más en pleno acto
De gozo y perversión
Entró el marido, maricón
Y puso cara de esputefacto

Desenfundase el sable
De metal refirioseme
Porque si usa el de carne
Me niego a participar en el mejunje

Así que sin mucha devoción
Abandoné la habitación
Por la ventana abierta
Cayendo en la zarzaleta

Hállame descoyuntado
Después de tremendo batacazo
Que mi alma no sabía
Si en una tumba entraba o salía

Mas el marido ya se asoma
Por el balcon de su esposa
Con el puño en alto
Y acero en mano

Insultos y calumnias
Vocean en la calle
Más no me espanta
Sólo quiero guardar la tranca

Acto seguido repóneme
Y desenvainé espada
Mostrando su largura
Que con creces superé

El marido falto de valor
Volviese a la habitación
Y desahogase con su esposa
Mientras yo me retiraba a la posa
A buscar una larga gárgara
Y alguna otra furcia que me desahogara

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 31 de Octubre de 2009 a las 22:46

Un tenorio para Corín

 

Quien más quien menos creía que Gonzalo Alvear era tan dueño del negocio como sus apócrifos tíos, los hermanos Bruguera. En realidad, sólo era sobrino de la cuñada de Pantaleón.

Ciertamente, nada se hacía en la editorial en contra de su voluntad. Otra cosa es que su voluntad nunca discrepara de la de sus tíos. Más bien, él daba carne, voz y piernas a todo lo que ellos disponían, con su porte entre Clark Gable y Alfredo Mayo, bigote de tiralíneas, pelo engominado y zapatos lustrados dos veces al día por el limpia del Comercial.

Un figura. Lo bastante listo para metérsela doblada a un vaquero como Marcial Lafuente Estefanía. ¡Qué decir de las tropelías que había cometido con El Capitán Trueno o Carpanta!

Aquel día esperaba a Corín Tellado.

Semanas antes, su tío Pantaleón le había instruido: dos novelas al mes y veinticinco mil duros. Exclusividad. Era el momento de atarla: Corín acababa de dejar de ser señora de Egusquizaga. Separación, gastos, abogados. Dos niños. No podría resistirse.

Gonzalo y Corín apenas se conocían. Tres años antes, Corín había aprovechado su viaje de bodas para dejarse caer por la editorial. Gonzalo pudo apreciar de lejos su desparpajo y sus formas redonditas. Txomin, el morrosko que ejercía de marido, se interponía.

Ahora, a cuenta del contrato, Gonzalo había hablado con ella por teléfono unas cuantas veces. Un día se descubrió diciéndose: sí, ésa. Como cuando se había fijado en la cerillera del Comercial, o en Pili, la secretaria: sí, ésa.

La invitó.

Pantaleón protestó: pagarle el viaje y la estancia, ¡por Dios! Gonzalo prometió: la podría conseguir por veinte mil. El viejo sonrió, cómplice.

El enamoramiento de Gonzalo era literario. Pili, la secretaria que se beneficiaba ocasionalmente, leía aquellas novelitas. Él se veía retratado en sus páginas. Él sabía tratar a una mujer y hacerla sentir como una reina. Lo suyo con Corín estaba predestinado.

El chófer de Pantaleón le llevó a la estación. Esperó en el andén como un galán de cine, con la gabardina en un brazo y un ramo en la otra. Salió a su encuentro con pasos decididos y una sonrisa de porcelana, que reventó en un beso y una frase de admiración cuando la abrazó. Luego, la sujetó del codo y la encaminó hacia la salida protegiéndola con su cuerpo de la multitud.

-         ¿Ha podido descansar esta noche?

-         He dormido bien, pero he echado en falta mi máquina de escribir esta mañana al despertarme.

-         Es Vd. maravillosa. ¿Hubiera sido capaz de escribir...?

-         ¿Por qué no? El ambiente es sugerente...

-         ¿Algún caballero interesante?

-         Eso no se pregunta a una dama.

-         Discúlpeme. Los hombres siempre queremos ir un poco más allá de donde se nos deja. ¡Pero qué sería de sus novelas sin los caballeros interesantes! Quiero que sepa que no soy el vil usurero que quiere escatimar su contrato, sino un rendido admirador suyo. Mentiría si dijera que he leído todas sus novelas, pero créame si le digo que han sido muchas.

Gonzalo hizo una pausa y la contempló largamente. Corín empezó a sentir algo raro. Él, entonces, entornó los ojos:

-         Corín, ¿puedo pedirle un favor?

-         Vd. dirá.

Gonzalo levantó los ojos, suplicantes:

-         ¿Me deja tutearla?

-         Por supuesto. Pero por favor, no se ponga tan solemne, que...

Los dos rieron con el equívoco, y Gonzalo cogió una de sus manos.

En el hotel, se anticipó a recoger la llave de manos del recepcionista y, con el pretexto de comprobar que todo estaba “comme il faut”, subió hasta la habitación y la inspeccionó por dentro. Dio propina al botones, al tiempo que le encargaba un jarrón para las flores. Y se despidió con un beso hasta la hora de comer.

Estaba contento: Corín se dejaba llevar. La estocada final, el “lo tomas o lo dejas”, con el contrato delante y la pluma en la mano, quedaba para mañana. Antes estaba la otra estocada, que ablandaría el camino.

Comiendo, Gonzalo buscó la complicidad de Corín, presentándose como defensor suyo frente a la racanería familiar. Después se reunieron con Pantaleón. Pudo mantener la impostura sin aprietos: Pantaleón entendió que era momento de cortesía, no de negocios. Al acabar, Gonzalo invitó a Corín a volver al hotel paseando entre escaparates. Le ofreció el brazo como un romeo de zarzuela. Pantaleón desde la ventana sonreía socarronamente.

Cansada, Corín se quitó los tacones, se echó en la cama y cerró los ojos. Sí, Gonzalo, desde que salió a su encuentro en el andén, no había hecho más que ilustrar la galantería de sus novelas. Igual que Txomin antes de casarse: Gonzalo más espigado, los dos igualmente seductores. Igualmente. Sí, te tratan como una princesa, pero luego, cuando te han conseguido... Y luego vienen los hijos y la novela se acaba. Había que ser realista. Disfrutaría cena y ópera, pero mañana cerraría el contrato y se volvería con sus hijos.

Cena con champán. Postre: el collar del que ella había dicho horas antes “¡Madre mía, qué precio!”. Tristán e Isolda, el Liceo. No imaginaba que aquello fuera tan embriagador. Más aún, si te sirven champán otra vez en el descanso. Cuando llegó al hotel, no le parecía que fuera a dormir, sino que ya estaba soñando.

Así que no sujetó la puerta para dejar a Gonzalo del otro lado. El pestillo hizo clack y una mordaza de saliva, coñac y tabaco la sofocó. Sus brazos los inmovilizaba un abrazo de oso. Torció el rostro, solo para que Gonzalo babeara su oreja de obscenidades.

Debía decir no una y cien veces, no y basta. Desfallecer, ya se sabía, era consentir.

Gonzalo había experimentado al cerrar la puerta la misma excitación que al decirse ¡ya! y salir corriendo con un artículo robado. Pero no dudaba que saldría bien: una mujer que había aceptado todo, halagos, regalos, que le cogiera la mano, no podía rechazarle “ahora”.

Pero la resistencia de Corín resquebrajaba su seguridad.

Abrir la puerta y marcharse, incluso con una disculpa, sería una catástrofe mañana por la mañana. Una vez empezado el asalto, no había retirada. En algún momento la carne de ella, su carne de mujer respondería a su percusión de macho. Y con esa convicción insistía, aunque su deseo estaba dando paso a la irritación, a un punto ya de abofetearla.

Corín calló, resignada a que no gritaría tan alto como para un escándalo. Por pura indecisión, persistió en su resistencia muda, paralítica, de pesadilla. Hasta que su rabia fue dejando paso a la incredulidad, y se preguntó si un hombre civilizado sería capaz de hacer aquello fríamente, sin el calor de los forcejeos.

-         De acuerdo. Tú ganas -dijo. Él aflojó su abrazo, perplejo. Ella tomó aire hasta el estrecho pasillo entre la cama y la cómoda. Desde allí, como si pensara en voz alta:

-         Acabemos con esto de una vez.

Se quitó abrigo, chaqueta, blusa, falda. Todo bien doblado y colgado en el armario, como si estuviera sola.

Al verla en bragas y sujetador, el deseo volvió a Gonzalo. Ella rodeó la cama por el lado opuesto, acabó de desnudarse, y se metió entre sábanas.

Gonzalo se desnudó y entró a su lado. Ella apretaba los dientes, mientras él tocaba sus pechos. Entonces la carne de él, como avergonzada, murió. Gonzalo se puso de costado para manosearla sin que lo notara. Pero ella había percibido su insignificancia y dijo:

-         Túmbate.

Se liberó de su cuerpo. Se incorporó y dándole la espalda, sin mirarle, con la determinación de una mujer hastiada, masajeó su miembro.

Gonzalo sintió furia: sentía el desprecio de quien lo trataba como una prostituta trataría a su cliente. La odió por eso, y cuando su miembro se hinchó, deseó voltearla para hincarla con saña. Pero Corín se le adelantó, y Gonzalo se corrió sobre las sábanas.

Corín se levantó al baño.

 

Cuando Gonzalo despertó, no había nadie. Recordaba a Corín tirándole una toalla desde la puerta del baño. Ni rastro de ella, ni siquiera el hueco de su cuerpo en la otra mitad de la cama.

 

En la editorial, Pili le prohibió pasar al despacho de Pantaleón: estaba Corín. Gonzalo se retiró al suyo, humillado. Mucho rato después, cuando ella se despidió, entró Pantaleón:

-         Veinte mil duros, ¿eh? Que sepas que hemos firmado por treinta mil. Pero la factura de las dos habitaciones del Palace la pagas tú, so mamón.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 2 de Noviembre de 2009 a las 12:41

 

 

El SEDUCTOR DE LA NOCHE

 

 

Oscar salía de su casa cada día cuando la luz solar y eléctrica se entremezclaba. Era alto, de facciones afiladas. Vestía de negro, con ropa cara. En una mano llevaba un bastón de marfil y en la otra un puro, que encendía tras cerrar la puerta de su casa. Antes de dar el primer paso por la calle adoquinada, miraba a lo lejos con aire displicente y una sonrisa socarrona. Después, dirigía sus largos pasos hasta el club de moda de su ciudad, siendo la atención de sus conciudadanos, en especial de las mujeres de diversas edades con las que se cruzaba. Cuando entraba al club, los murmullos, risas y algarabía de las mujeres le iluminaban el rostro. Todas se acercaban a él, alegres, insinuantes. Él coqueteaba con unas y otras, con tacto y elegancia. Cada noche buscaba el paraíso en los brazos de alguna de ellas, un paraíso que resultaba ser siempre más soñado que real.

 

Aquel atardecer, al entrar al club, Oscar no pudo evadir su mirada de la figura de una joven discreta, misteriosa. Ésta permanecía acomodada en una butaca en la penumbra, con la mirada perdida en otra dirección opuesta a la de él. Su expresión era de pesar, ajena a aquel jolgorio entre sexos, a los infructuosos intentos de Oscar por llamar su atención.

 

A partir de entonces, Oscar entraba al club con la ilusión de ver a la desconocida, de acercarse a ella, de entablar algo más que una conversación, de hacerla caer rendida ante sus visibles encantos. A pesar de ello, la desconocida jamás parecía reparar en su presencia, ni propiciaba su acercamiento, nunca compartía nada con la clientela. Aquella enigmática mujer daba la sensación de pertenecer a otro ambiente. Oscar notaba que cuando se acercaba para decirle algo, seductor, ella se levantaba de su asiento sin mirarlo y salía del club llevada por una extraña prisa, envuelta en su capa negra.

 

Pasaron semanas repitiéndose similares escenas, saturando la paciencia de Oscar. Un negro atardecer, al entrar él en el club, la mujer misteriosa salía apresurada, tanto que rozaron sus hombros, sus brazos, olieron sus perfumes. Ella, con fugaz mirada, se apartó, sin decir nada.

—Perdón. Lo siento. Ha sido culpa mía —dijo él, con el rostro iluminado—. ¿Le ocurre algo? ¿Un desengaño?

Oscar percibió su fría y oscura mirada de desconcierto, su silencio, y observó su raudo caminar, como si huyese de una desagradable amenaza.

—¡Espere! —gritó él, intentando asirla.

Ella no contestó, ni mostró su sonrisa o volvió la cabeza. Oscar soltó una carcajada, sin dejar de contemplar, altivo, la alada figura femenina alejándose como si quisiera desaparecer de allí llevada por el suave aire. Oscar quedó largo rato estático, pensativo, con la vista como arrasada por el rastro de las pisadas de la desconocida. Suspiró hondo. Sonrió largo rato, con las pupilas chispeantes y los latidos cardiacos alterados.

 

Entró al local diligente, dispuesto a cumplir con su cotidiano cometido. Cuando la presencia de sus amigas lo absorbía, rogándole favores amorosos, sintió por primera vez un malestar desconocido, muy desagradable. Quiso huir de aquel agobio, ir tras la desconocida, atraparla, obtener de ella todo lo que había fantaseado; sin embargo la realidad le obligaba a permanecer en el club, a comportarse como aquel grupo de amantes le exigía cada segundo, a seguir siendo el conquistador admirado que siempre había sido, a engañarse y a engañar.

—Oscar, cariño, a ver si un día nos casamos como mi amiga, que ya va siendo hora. —le dijo al oído una de las mujeres más melosas.

—¿Qué amiga? ¿La que acaba de salir?

—No he visto salir a nadie. Ella está en la barra. Ay, Oscar, te veo muy raro, en otro mundo. Debemos fijar la fecha ya, déjalo en mis manos, si no nunca irás al altar y deberé buscarme otro novio que se comprometa en firme. Ya te diré...

—¡Ah, sí, sí, de acuerdo! —añadió él, sonriente, disimulando su indiferencia.

—De acuerdo qué, ¿la boda u otro novio? Sé más convincente, hijo, que tienes una cara...

—Sí, ya, perdona, cariño, pero un día malo lo tenemos todos —forzó una carcajada, estrechando a su amante entre sus brazos.

—Te perdono porque sabes darme lo que necesito.

—Oye, cariño…, pero… ¿de verdad no has visto salir a esa mujer misteriosa?

—En este club no hay mujeres misteriosas.

—Pero si la veo cada día.

—Entre tanta falda compitiendo… ¿Verás cosas raras? —Sonrió— Anda, ven conmigo a ver las estrellas entre nuestros cuerpos.

—Las pondré a tus pies esta noche y las siguientes —sonreía pícaro Oscar.

 

Aquella noche Oscar se sentía diferente, desorientado. Bebió más de la cuenta y rió por no gritar. Concluyó la noche con una orgía en su casa que lo dejó más vacío incluso que en otras ocasiones. Cuando quedó solo a mediodía del siguiente amanecer, tenía náuseas, un gran dolor de cabeza, no podía incorporarse de la cama, sentía una extrañísima sensación en todo su ser, como una nube de tormenta que lo envolvía y empapaba, anegando su corazón, su mirada, el entorno.

 

Aquella misma tarde fue antes de la hora habitual al club. La desconocida no estaba. Su última amante le confirmó que su amiga casadera había sido abandonada por su novio y que trataba de superarlo metida en aquel local bebiendo y esperando una llamada de él, hora tras hora. Oscar se acercó presto a la mujer amargada y le propuso buscar la felicidad entre sus respectivas desgracias. Tras su frustrante encuentro con aquella mujer llorosa, Oscar se sintió saturado de sus actos, hueco, ansioso por encontrar cuanto antes a la misteriosa mujer, deseoso de que aquella desconocida sustituyese en breve al resto de sus amantes. Dejó el lecho engañoso y salió a recuperar el oxígeno, la libertad, los pasos perdidos de su verdadera amada.

 

Oscar pateó la ciudad. Buscó a la desconocida por cada rincón. A partir de entonces, volvió a salir de su casa con el mismo propósito. Pasaba ante la puerta del club con mirada desdeñosa, de largo, pues sus piernas y deseos lo conducían rumbo al acantilado.

 

Amargado, aquel atardecer de tormenta cerró la puerta de su casa a la misma hora y con igual actitud e intención. Aceleró el paso, consumiendo el puro en continuas caladas. Sus oídos iban sordos a los saludos, reproches y picardías femeninas, y su mirada ávida en la turbiedad.

 

Se alejó de la ciudad cuando la luna brillaba entre nubes. Llegó al borde del acantilado. Se irguió frente al oleaje. Suspiró. Cerró los párpados, sujetando con fuerza entre sus manos el bastón. Se dejó bambolear por el fuerte viento como si fuese una hoja otoñal. Permaneció en ese estado largo rato. Luego tiró el bastón tras sus hombros. Se oyó el sonido al golpear sobre las piedras, seguido por un trueno. Un relámpago iluminó su silueta y el océano. Oscar parecía sentirse conquistador de la noche. De nuevo en la oscuridad, sintió la cercanía de alguien. Se volvió. Cuando estuvo frente a la desconocida, le confirmó que la amaba como nunca había amado a nadie, y le aseguró que deseaba hacerla suya para siempre, sin compartir su amor con nadie. Oscar notó la mirada femenina lejana, con similar expresión a la que él ponía al salir de su casa a diario, además de mostrar un gesto burlón. Entonces, ella dio media vuelta, dejando una gélida brisa sobre el cuerpo de él. Se alejó, de nuevo, más alada. Oscar, ansioso, intentó alcanzarla, abrazarse a ella, preso de un ansia y escalofrío, pero dio un traspié sobre los pedruscos. Cayó sobre el pico del ave de la empuñadura del bastón. Quedó titilando, luego inmóvil. Un reguero púrpura se esparcía en torno a su cabeza a modo de áurea. Después, la lluvia fue diluyéndolo colina abajo, mientras la desconocida corría riéndose.

 

Solamente la negrura ambiental acompañó, acariciando entre golpes de viento, el cuerpo de Oscar hasta el amanecer. Un joven marinero, único testigo de la desgracia, lo encontró rígido sobre el suelo, con el pico de la empuñadura del bastón clavado en la nuca. Éste comunicó a los habitantes el hecho.

 

A su entierro acudieron casi todas las mujeres de la ciudad y pocos hombres. Nadie vio a la desconocida, al único amor de Oscar. Sólo el marinero, presente en la ceremonia, conocía la verdad de lo sucedido.

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  • 2 de Noviembre de 2009 a las 12:50

 EL JUEGO

 

 

Una vez más me sorprende, tiene una mirada inquietante y las ideas claras y yo, que he creído ser siempre cazador, me siento ahora cazado. El lugar perfecto, la música adecuada, la luz difusa y ella sentada frente a mí, hermosa, no sólo físicamente, sino con ese brillo propio de los seres especiales.


Nos miramos a los ojos, sonríe maliciosamente y comenzamos el juego; la noche promete emociones intensas; ella baraja el mazo de cartas despacio, no tiene prisa, reparte y yo pongo la primera carta en la mesa y robo una nueva, recoge mi descarte, otra más y deja dos. Vuelve a sonreír de manera imperceptible mirándome a través de las pestañas. Enciendo un cigarrillo y dejo que el humo pase por mi garganta y pasee por mis pulmones; miro mis cartas, tomo dos de la mesa y ordeno mi juego. Su nariz aletea y de nuevo me mira fijamente, como si deseara adivinar mis pensamientos. La pálida luz de la lámpara de mesa saca reflejos acerados de su pelo, del que riza y desriza un mechón delicadamente. Suma su mano y la mesa y hace juego.

Ahora reparto yo; aspiro profundamente el aire de la noche; ella recoge sus cartas y al hacerlo, su mano tropieza con la mía. La carta que deja en la mesa me conviene y la sumo a las que ya tengo. Sonrío y la miro directamente a los ojos, los de ella son negros y tienen brillos extraños de picardía y misterio. Por un instante la sueño en mi pensamiento, piel cálida, aroma fresco. Vuelvo a dejar mi carta sobrante y de nuevo respiro hondo, ella sonríe y la toma para sí. Me levanto y traigo dos copas, “tengo que estar atento” me digo, “quiero ganar”; sirvo el brandy y le ofrezco una. La toma como quien recoge un premio, la lleva a su boca y apenas moja sus labios en ella.

Entre sus largos dedos las cartas bailan alegremente, las uñas rojas, el fino anillo, un hilo de piedras blancas, brillan a la luz; pensativa, pasando la lengua por sus labios, escoge una carta y parece que va a dejarla en la mesa,  la miro expectante, no puedo apartar la mirada, finalmente duda y vuelve atrás con ella y escoge otra, que posa sobre el tapete, sonriendo misteriosamente, y dice: sea, pues es el instante justo.  ¡Mía! digo yo, cuando la veo. La carta perfecta. Sumo los tantos y recojo la baza. Juego para mí. Veo esa mirada rara en sus ojos, que acaban de nublarse con un oscuro velo y se esconden a los míos. Creo que ríe.

Estoy nervioso, a pesar de ello me siento bien, aún no hay nada perdido. Tomamos un sorbo de nuestras copas y nos contemplamos retándonos. Ella ha ganado la primera mano y yo la segunda, así que ésta es la que va a decidir quien se alza con el triunfo. Seguimos con ése toma y deja hasta que, finalmente ella tira la última carta; no sé que siento, quiero ganar, el juego en realidad es lo de menos, pero quiero ganarlo. Repaso en mi mente las cifras, reordeno las cartas de mi mano y me hago con la que acaba de dejar ella. Antes de que termine mi recuento,  se levanta, da un paseo por la sala, mira por la ventana un instante y dice: es una noche perfecta. Termino de sumar  mi mano y la miro, creo que con ojos posesivos, como aquel que acaba de ganar un trofeo. Pongo las cartas sobre el tapete y digo: ¡gano! Resuena una carcajada, contenida, casi ronca y me dice: ¡lo sabía! Y su mirada lo arrasa todo.

Las luces de la ciudad, a través de la ventana, se van apagando poco a poco; apuramos sin prisa el último sorbo de brandy. Me digo que ninguna otra, de las muchas que he conocido, se parece a esta.

Ella sonríe. El no sabe que está pensando que, a veces, es mejor perder para poder ganar.

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  • 3 de Noviembre de 2009 a las 14:28

Optimysex.

 

 

Hay básicamente dos tipos de personas (gradaciones aparte, claro): los que dan por supuesto el chupito gratis nada más acercarse a una barra y los que se mueven esperando que en cualquier momento les enseñen la puerta de salida del local. Adrián era del segundo tipo. Y no sólo las raras ocasiones en que visitó algún garito más o menos chic, más o menos cutre, donde discurre la vida nocturna a golpe de alcohol y promesas de sexo. Promesas que sólo se cumplen, mayoritariamente, para algunos del grupo del chupito convidado. Los del otro dependen de su habilidad para que no se note su fraudulenta presencia, de su capacidad de adaptación al medio. Y es que no hay que irse a las Galápagos para ver cómo actúa la naturaleza. Por suerte para Adrián, el homo sapiens, hace tiempo que superó las limitaciones biológicas. Era cuestión, como casi todo, de método.

 

La idea le vino cuando Fermín (obvia referir a qué grupo le adhiere su innato carisma) apagó las luces del despacho creyéndose el último en salir escopetado un viernes, e ignorando la presencia de Adrián, quien ni siquiera asomó la cabeza sobre el monitor para cagarse en sus muertos. Renegando fue hacia el interruptor. De regreso a su escritorio imitó cómo serían los buenos días de Fermín el lunes siguiente: sonrisa de oreja a oreja, cejas altivas y paradita en cada mesa para relatar cómo tiraban las jacas que montó durante el fin de semana. Y, lo peor, es que probablemente no mentía ni lo hacía a mala baba. Simplemente constataba el hecho de que, para él, salir, beber y follar era tan rutinario como para los demás ir al híper el sábado. Ya sentado frente a la penúltima hoja de cálculo que debía optimizar, Adrián lo vio claro: si era capaz de desentramar la maraña de celdas relacionadas a fin conseguir una mayor eficiencia en complicados, si no diabólicos, procesos productivos, ¿no sería capaz de identificar las variables que rigen el, a priori, caótico mundo del flirteo, ponderarlas y generar un sistema de optimización?

– Cago en la puta… ¡Pues claro! – Se dijo, apagó el ordenador, cogió el abrigo y se marcho…, a casa..., a cenar…, solo.

El sábado fue a hacer la compra. Mientras empujaba abúlico el carrito, paseando por secciones en las que nunca compraba nada (por no tener perro, ni bebé, ni necesidades de higiene femenina), se sorprendió analizando la relación entre comodidad de obtención de productos y precio de los mismos, la correlación entre marcas blancas y cantidad de unidades, la proporción entre ofertas y calidades del género. Vio que todo seguía, como ya sabía, un esquema bien estudiado que, aún entendiendo, hacía complicado no caer en alguna de sus trampas. Una cosa llevó a la otra, y con apenas una botella de leche semidesnatada con calcio, tres pizzas congeladas (de las que pagaría dos, oferta mediante) y dos packs seis latas de cerveza marca blanca (con las que le regalarían la leche) se descubrió diseñando la estructura de tablas que necesitaría para crear un método de optimización de su nivel de eficiencia liguetil, al que ya le había puesto el nombre de Optimysex (léase opti-mai-sex), por aquello de que el inglés suele vender más. Y, una vez en su apartamento, tras guardar la compra, se puso manos a la tecla.

 

Tampoco merece la pena glosar ahora todos los apartados que intentó modelar en primera instancia, ya que, además, luego iría desechando alguno que se reveló poco significativo (como el tejido de la ropa interior), y añadiendo otros no sopesados por la falta de experiencia en el día a día del negocio. Al final, y tras cierta depuración, encontró una serie de factores independientes y permutables que le permitieron crear una batería de combinaciones con las que probar suerte y medir los resultados. Además, durante el trabajo de campo observó a la competencia, anotando sus puntos fuertes y posibles debilidades, estableciendo un estudio paralelo y aprendiendo del conjunto de datos resultante.

Vamos, que se vestía, perfumaba, peinaba y afeitaba, se armaba con una serie de frases, maneras y poses, según la combinatoria (dentro de una coherencia, claro) y se iba a pescar. Luego anotaba los fracasos en la columna correspondiente, y las actitudes que, del resto de pavos victoriosos, creyera oportunas.

Aunque al principio todo fue un desastre, el antropólogo que había nacido en Adrián no se desanimó, y poco a poco adelantó sus sesiones de estudio a las noches del jueves, incluso del miércoles. A costa de dormir poco vio cómo su análisis le iba aportando ciertas aproximaciones al éxito, e incluso algún casquete inesperado. En apenas unos meses, tuvo más o menos perfilado el aspecto, pose, fraseado y estilo más acertado según determinado objetivo de conquista y la predisposición de la misma, a través de su comportamiento con el resto de sus amigas y la valiosa información de los camareros con los que hizo amistad.

Llegado el momento, los datos hablaban por sí solos: una efectividad del noventa y tres por ciento, siendo el siete restante causa de pequeños errores etílicos a la hora de ponderar a la presa, que hasta venían bien para dar un respiro a su entrepierna. Adrián ya había interiorizado el sistema. Descubrió que las nuevas habilidades eran extrapolables, en cierto modo, al mundo de las relaciones laborales. Si bien las ojeras fueron difíciles de disimular los lunes a las nueve. Pero todo estaba controlado. Incluso Fermín, quien pasó a ser un colega con el que intercambiar cromos en el desayuno. O eso pensaba Adrián.

 

Sucedió un sábado. Tras varios “a ver si nos corremos una buena juerga”, finalmente los dos calaveras quedaron para salir de caza por el centro, implícitamente territorio neutral para el no declarado torneo.

La noche empezó suave con alguna perdiz y alguna tórtola perdida con la que calentar las escopetas.

A partir de la una pasaron a mayores. Adrián se comió un par de corzas en la misma discoteca con a apenas un cubata de diferencia. Fermín sólo a una, pero fue una morenaza de trofeo.

Cambiaron de club. La estadística avisó a Adrián que debía cambiar con urgencia su peinado y meterse la camisa. El modelo indicaba que Fermín estaría en clara desventaja si no se abrochaba el tercer botón. Adrián sonrió pensando que este asalto sería suyo. Erró. Fermín tardó menos de diez minutos en irse al cuarto de baño con la mejor potranca, no ya del lugar, sino de toda la noche.

Y así sucedió en cada local al que entraron: Adrián aplicaba su ciencia y conseguía unos registros superiores a su media (cosa que debería satisfacerle), pero Fermín siempre acaparaba la mejor pieza (cosa que le desesperaba), hasta que, al final de la noche, se rindió a su contrincante y, reconociendo su innata superioridad, le confesó cuál era su método y le pidió al maestro que le indicara el camino a la perfección. Fermín no dijo nada y lo que pareció un inicio de carcajada terminó por ser el principio de una vomitona. Ahí terminó la velada.

 

El lunes Adrián llegó tarde a la oficina, pero no tanto como para no apurar un café en la máquina antes de la reunión de las diez y media. Fermín se le acopló con una palmadita en la espalda, preguntando por la resaca.

– De las peores de mi vida.

– Hombre, siempre puede ser peor –. Dijo, marchándose para la reunión.

Adrián, a quien le tocaba presentar las nuevas estructuras para mejorar las tablas de intercambio interdepartamental, llegó poco después. El equipo de la sala estaba conectado al proyector. Accedió a la carpeta compartida donde había dejado la hoja de cálculo y, al abrirla, en la pantalla de dos por dos metros, Optimysex mostró a todo el grupo de colegas y jefes sus evoluciones amorosas de los últimos meses. Incomprensiblemente el teclado y ratón dejaron de funcionar y Adrián no acertó más que a apagar el ordenador tirando del cable y salir corriendo, entre las risas de sus compañeros y superiores, al baño.

Fermín entró victorioso.

– Se te olvidó algo importante, pollo – Adrián le miró buscando respuesta –. ¿No lo entiendes? Bueno, sigue investigando, pollo – Fermín se marchó despacio para volverse y añadir –. Ah, y, tranquilo, no hace falta que vuelvas a la reunión, ya les presentaré yo la fórmula correcta. Adiós, pollo.

 

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  • 3 de Noviembre de 2009 a las 19:23
UNA HERIDA ABIERTA

Cuando empezó a buscar piso, Alicia tenía una idea muy clara, y es que, además de mucha luz, debía de tener silencio. “Para que un piso tenga silencio”, le dijo su padre, “es importante que sea interior; y un piso interior, por lo común, es un piso al que le entra muy poca luz”. Sus primeras visitas confirmaron el razonamiento de su padre: todo piso luminoso lleva, inevitablemente, aparejado el ruido. 

Una solución era irse a vivir a la periferia, donde probablemente hallaría un mayor sosiego por su proximidad a la naturaleza. 

Un domingo cogió el coche y fue a visitar los bloques en construcción. Parecían esqueletos de animales fosilizados. Las calles habían sido ya asfaltadas y algunos motoristas las usaban para hacer carreras. Más allá, un grupo de caminantes se había instalado en un solar y daba buena cuenta de sus viandas. Puede que fueran futuros propietarios aclimatándose, pensó Alicia. Se detuvo cerca de un edificio y observó largo rato las vigas, las paredes maestras, el hueco del ascensor. “Aquí”, se dijo, “en este esbozo de vivienda debo presumir que algún día habitará gente bulliciosa y mal educada. Mejor será que regrese, pues mi lugar no es éste”. 

Un año después de iniciado su periplo, recibió una llamada de Jorge. Jorge era uno de esos tipos perseverantes empeñado en vender pisos y que, a la menor ocasión, llaman a su eventual cliente para asegurarle que acaban de encontrar el que se ajusta, como un guante de látex, a sus exigencias. Alicia le había acabado tomando aprecio de tantas veces como se había molestado en acompañarla a cuchitriles infectos donde no era raro toparse con inquilinos poco amables. “Esta vez va en serio”, le dijo Jorge. “¿El qué?”, preguntó Alicia, haciéndose la ignorante. “Ya tengo el piso que necesitas. Ese con el que llevas soñando tanto tiempo. Te espero a las cuatro en punto en la plaza de la Constitución. No tardes.” “Pero...” 

Llegó puntual. Era sábado y el bullicio en el centro, escaso aún. Jorge la aguardaba bajo la frondosa copa de un plátano. Tenía un brillo extraño en los ojos. Se besaron las mejillas, como dos viejos amigos. 

- Espero que esta vez hayas acertado –dijo Alicia, un poco cansada de las promesas del vendedor. Los pisos que habían visitado juntos sumaban la docena, y ninguno había satisfecho las expectativas que Jorge alimentó con sus llamadas, en ocasiones intempestivas y en exceso optimistas.

- No te arrepentirás de haber venido.

- Miedo me das. Aún tengo el olor del último que me enseñaste enganchado a la nariz. 

- Era silencioso.

- Sí, eso no te lo niego. Pero el tufo resultaba insoportable. Olía a muerto en aquella casa. 

- De éste, te lo aseguro, vas a enamorarte en cuanto lo veas.

Alicia se dejó llevar por las callejuelas más angostas del casco viejo. Dejaron atrás los comercios y las tascas y se adentraron en una zona de sosiego en penumbra, donde los edificios se elevaban circunspectos. Una plaza, no mayor que una glorieta de carretera, en la que subsistían a duras penas un par de palmeras, dispensaba luz a las fachadas encaradas a ella. Algunos viejos compartían conversación y tabaco en torno a una fuente. No había vehículos y el único comercio era una panadería. 

Jorge no perdía de vista los gestos de su clienta. Respiró hondo cuando la vio sonreír al llegar a la plaza. Frente a la panadería, que servía cafés y pasteles, cuatro mesas donde sentarse. Conocía las aficiones de Alicia. Una de sus máximas, en tanto que comercial inmobiliario, era la de considerar a sus posibles compradores dignos de atención suma. Jorge no se detenía en el umbral que impone lo cortés; penetraba en los pasadizos donde circulan las afinidades y los placeres sencillos. Le había sido fácil deambular por las estancias de Alicia, las de sus sueños, pues Alicia era un búcaro de cristal diáfano. Leer el periódico o un buen libro sentada a una de aquellas mesas era un deseo que se le transparentaba.

- El piso es ese de ahí – dijo, señalando un pequeño balcón en una de las fachadas. 

Entraron en el zaguán del edificio, un caserón de más de cien años, doscientos tal vez, con el suelo de piedra y unos escalones desgastados del uso. Subieron despacio. Jorge la precedía. Le ofreció su mano, como si corriera algún peligro. Dudó si dársela.
 
- ¿Es muy arriba? -preguntó.

- El tercero.

Tenía los dedos fríos, un poco húmedos. Notaba los latidos de su corazón en los pulpejos, como si tuviese uno y diminuto tras cada molla. La estaba engañando, pensó. Pero no se atrevió a decirle nada. Aquel silencio perfecto, aquella luz que se filtraba por el vidrio de los ventanucos la empapaba de una serenidad mística.

Llegados a la planta tres, Jorge sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta. A diferencia de otras veces, la llave no iba unida a un llavero de la inmobiliaria. Alicia entró en el piso. La recibió un olor muy tenue a vainilla, como si horas antes hubiesen estado preparando alguna crema o pastel. Un corto pasillo daba acceso a una estancia más amplia, completamente amueblada. Las puertas del balcón, abiertas, dejaban contemplar las hojas verdes de las palmeras, como el estallido de un fuego de artificio, y más allá algunos tejados y fachadas fronteras. Los muebles tenían un color avejentado, pero los habían cuidado bien durante mucho tiempo.

- ¿Quién vive aquí? –preguntó Alicia. No era la primera visita que hacían a un domicilio habitado, pero le extrañó no encontrarse a nadie. 

- Es mío –contestó Jorge, mientras la conducía del brazo a un extremo del sofá. - ¿Te apetece un té?

Alicia asintió. Hubiese deseado negarse, pedir disculpas y marchar, pero en doce meses era la primera ocasión que tenía de ver convertidas en realidad sus apetencias. Pensó en su padre, en lo que habría dicho de aquel piso a su medida. No necesitaba ver otras habitaciones para estar segura de ello. El color de las paredes y el parquet; los cojines, de un tamaño acorde a las dimensiones del sofá; las estanterías a rebosar de libros… Cada elemento se le atojó propio, como si hubiese sido ella la que adquirió cada cosa y la puso en el lugar adecuado. 
Jorge regresó con una bandeja. Traía dos tazas humeantes y, en sendos platos, una porción de tarta para cada uno. 

- ¿Desde cuándo vives aquí? –inquirió Alicia.

- Desde hace seis meses. Los muebles estaban incluidos en el precio. Cambié la cocina, pinté las paredes, hice instalar el parquet. Es como vivir en una burbuja. 

- ¿Por qué me has traído? Creí que habías encontrado un piso que venderme.

Jorge tomó su taza y bebió despacio. Necesitaba ese gesto para tranquilizarse. Había empleado buena parte de su tiempo en dar por cumplido un anhelo ajeno Pero no a cambio de nada. 

- Eso es cierto –admitió –, y este es el piso. Quiero que sea tuyo. Es con lo que has estado soñando. Tiene luz y silencio; resulta acogedor; da a una plaza por la que no pasan coches; puedes leer en las mesas de la panadería; de noche huele a jazmín y hay gatos en celo que maúllan; ves el cielo; los vecinos saludan; no se grita ni se orina en los portales; el aire es puro; sientes que vives…

La intención de Jorge estaba clara. Alicia se llenó la boca de tarta, para no hablar aún, halagada pero también sorprendida. Necesitaba tiempo para pensar. Él, en cambio, parecía esperar una respuesta inmediata. Cómo había llegado a producirse aquel equívoco, Alicia lo ignoraba. Quería un piso a rebosar de luz y silencio, y lo había encontrado. Para ella, sin embargo, y eso a Jorge se le pasó por alto, el placer sin deseo era igual que humo. Acabó, pues, de masticar la bola que se le había formado en la boca, y respondió a Jorge que no. La herida, no obstante, ya estaba abierta.

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  • 3 de Noviembre de 2009 a las 21:46

                  DE AMANTES

     Si alguien en la ciudad de Roma
ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame instruido por mis versos.

        Publio Ovidio (El arte de amar)

    
Cuando mis pies pisaron por primera vez el magnífico escenario del anfiteatro, mi preceptor, Arelio Fusco afirmó:
     -Roma, la puta que te hará llegar al clímax para después abandonarte hecho jirones a orillas del Tiber. No lo olvides nunca Ovidio: jamás ames a una ramera.
     Yo era joven, y por ende inexperto en cualquier cosa que no fuera seguir a pies juntillas a mi maestro; Sulmona quedaba lejos, y había tanta belleza por abarcar que apenas si tenía tiempo de respirar.
    
Habíamos huido de la intransigencia de mi padre, el cual deseaba hacer de mí un hombre de provecho, en contra de mi deseo de convertirme en poeta; con nuestras actuaciones a lo largo del camino conseguimos ahorrar lo suficiente para arrendar un cubiculum maloliente, en una de las muchas insulae que jalonaban el discurrir del Tiber. En aquellos días empecé a escribir; aprovechaba las horas nocturnas, cuando el bueno de Arelio Fusco salía para no regresar hasta altas horas de la madrugada. Esbozaba sobre el pergamino ideas que venían a mi mente de forma inconexa. Algunas veces un verso, otras un rípio, incluso en ocasiones dejaba que mi imaginación divagara a su antojo por los vastos páramos de la épica. Jamás pensé que un día mis escritos pudieran gozar del beneplácito del público. Menos aún de ella.
     A medida que los días y las semanas iban pasando, el ambiente pútrido en el que nos movíamos a diario iba infectando el alma de mi maestro. Qué triste sinrazón la del querer y no poder; a menudo regresaba a casa con la mirada perdida en sí mismo, con sus pergaminos debajo del brazo y el ánimo encorvado sobre su espalda. Él, que tanto empeño había puesto en aquella aventura, flaqueaba en su voluntad y parecía querer dejarse ir a merced de la derrota.
     Pero hay que comer todos los días; ése fue el sino inmutable que me impulsó a cometer un acto del cual, más adelante, tendría que arrepentirme.
     Una noche, después que Arelio volviera a nuestro cubiculum, borracho y ahíto de desesperación, colé entre sus papeles una de mis poesías. No era gran cosa, una estúpida oda al amor; palabras que apenas engarzaban las unas con las otras. ¿Quién sabe si el designio de las musas no acabaría por sonreírnos? Fue así como la conocí; Livia, la mayor embaucadora que jamás conoció la Ciudad Eterna, la esposa del Divino Augusto.
     Recuerdo aquellos versos como si los hubiera escrito hoy mismo, en el ocaso decrépito de mis días.
     Si alguien en la ciudad de Roma
ignora el arte de amar,
lea mis páginas, y ame instruido por mis versos...

    
Continuaba de igual modo, en rimas de medida más o menos nítida. Hablaban de barcos cuyas velas hinchaba el viento del amor, de remos que herían las límpidas aguas de un mar sereno; un melifluo canto que acabó embriagando el alma de Livia. Aquella noche Arelio regresó con el ánimo renovado. Su semblante tétrico y mortecino había cambiado, se sentó en el suelo y junto al débil fuego del hogar escribió sin parar hasta quedar exhausto. Cuando se durmió repasé sus notas. El mismo estilo rígido y falto de armonía de siempre; suspiré y me dejé llevar de nuevo en alas de la emoción.
    
     -¿Qué valor tiene la palabra? -Declamó Arelio Fusco; parecía el mismísimo Cicerón. Se plantó en mitad del escenario con el cetro en la mano y la mirada perdida en la lumbre de los hachones que iluminaban la escena.
     -¿Qué esencia esconde la poesía, capaz de moldear el espíritu? -Aquella noche me había llevado con él. Estaba nervioso y se movía sin parar de un sitio a otro.
     -Mis papeles, Ovidio. No olvides mis papeles. -Repetía una y otra vez.
     -Quizás esta noche cambié nuestro destino, mi buen Ovidio. La fama me espera a las puertas del anfiteatro. Saldré en triunfo de su mano y Roma entera me aclamará por fin. -Yo sonreí para mis adentros y accedí a acompañarle; la función debía continuar.
     El pueblo se acomodaba en graderías de césped; como abejas que acudieran a libar el polen de las flores, hombres y mujeres de toda condición se amontonaban para deleitarse con aquellas palabras declamadas en la noche.
     Ella estaba allí, como una diosa -Venus riéndose desde su templo -que se deleitara con tanto placer.
    
     Ya nos marchabamos cuando el pretoriano interrumpió a mi preceptor. Arelio levantó la cabeza; el pelo hirsuto y enmarañado le daba el aspecto de un fauno despistado.
     -¿Eres tú el poeta? -Preguntó sin apenas mover su cuadrada mandíbula.
     Mi preceptor asintió.
     -Acompáñame.

     Livia era una mujer elegante, o tal vez la elegancia hecha mujer.
     -Dime, poeta. ¿Sabes cuánto daño pueden hacer tus palabras? -Arelio enmudeció. De repente se sentía un ser pequeño, diminuto; sus ojos vivaces miraban alrededor en busca de una salida.
     -¿El orador elocuente ha perdido el don de la palabra?, ¿no parecías mudo hace unas horas? -Livia se aproximó como una serpiente, buscando enroscarse entre las piernas de su víctima.
     -No sé que quieres decir. Si no te ha gustado mi recital puedo hacer los cambios que desees. Mira, aquí mismo tengo mis papeles.
     -No necesito leer tus papeles. Llevó tus palabras grabadas a fuego en mi alma. "Si alguien en la ciudad de Roma..." -Livia deslizó sus dedos entre el vello revuelto que adornaba el pecho de Arelio. No era un hombre atractivo al sexo femenino, pero aquella noche de primavera romana, el triunfo parecía haberlo transformado en el propio Adonis.
     -¿Quién es el muchacho que aguarda en el peristilo? -Quiso saber Livia.
     -Se llama Ovidio, es mi pupilo. -Como bien había dicho Livia, yo aguardaba a Arelio en el peristilo de la casa, jugando con unos peces de extraños colores que nadaban entre los nunúfares del impluvium.
     -Despídelo. Entrégale unas monedas; ya es un muchacho, no le costará hacerse un hombre entre las mujeres del barrio de las meretrices
     Un criado vino a buscarme; ni siquiera abrió la boca. Dejó sobre la palma de mi mano unas monedas de oro, las más grandes que jamás había visto en mi vida, y se marchó tan sigilosamente como había venido.
    
     El cuerpo desnudo de Livia era como un laberinto. Con el lenguaje de los dedos trazó su mensaje en la espalda de Arelio, el cual se estremeció con una mezcla de temor y pasión.
     -Recita para mí, poeta. Embríagame con el dulce néctar de tus palabras. -Livia deslizó un murmullo de lujuria en los oídos de mi preceptor.
     El vino predispone el ánimo. Y las frecuentes libaciones disipan la maraña de la vergüenza con suma facilidad.
     -...la frescura de tu tez y las gracias de tu cuerpo. ¿Habría de enumerar las virtudes que te ensalzan? Antes contaría las arenas del mar... -Arelio Fusco continuó, ebrio ante la desnudez de Livia, herido de pasión y frenado por la mano invisible de la cordura.
    
     La noche se fue deslizando con pereza; Roma, la puta desdeñosa, amaneció. Las aguas del Tiber resbalaban cenagosas y pútridas bajo los puentes. Los que hallaron el cuerpo de Arelio Fusco contaron que tenía una expresión idiota. Yo lloré a mi preceptor como el niño que era, pero más aún lloré por la desgracia que le habían supuesto mis palabras. Oculté el verso envenenado y seductor que le arrojó a lecho ajeno, lo escondí en la memoria y lo enterré bajo cientos de pergaminos que el tiempo fue acumulando sobre su recuerdo. Pobre Arelio Fusco que tan sólo quiso ser poeta, agradar a la puta de Roma con su lírica. Siempre he recordado sus palabras, incluso ahora que el mundo me reconoce como el gran Publio Ovidio. Nunca ames a una ramera, nunca ames a Roma.
    
    






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  • 4 de Noviembre de 2009 a las 1:03

El rey lagarto.

 

            No me gustaba verle con aquel pijama blanco de hospital, por supuesto, pero en pocos minutos de charla ya parecía que estuviéramos en la barra de “Los egipcios”. Me había dado un abrazo fuerte de asturiano y las lágrimas de la alegría le habían enturbiado la vista mientras me frotaba el lomo como para asegurarse de que su amigo, su hermano, estaba de nuevo a su lado.

            Nos pusimos al día mientras cenaba en la 415. Él me contó los avances conseguidos con el sexo opuesto durante su encierro, y yo le reprendí por su impunidad, y nos reímos él uno del otro recordando las veces que, juntos, salimos impunes de peores garitas que aquella, ya fuera con la ropa puesta o en la mano, de día o de noche. Porque yo también vendí a las mujeres.

            Yo también bajé a los poblados.

            Yo consumí las mismas drogas que él y por eso aún hoy no entiendo muchas cosas. Mentiría si no digo que agradezco la oportunidad de no poder entenderlas.

            Durante ese rato, no parecía que se hubiese abierto ningún abismo entre nosotros, ninguna puta enfermedad con nombre concreto y apellido ambiguo, ninguna locura, ningún encierro, ningún infierno mas el nuestro. Luego, me presentó a los hombres y a las mujeres del pabellón sin diferenciar pacientes de enfermeros. Daba muestra de sus maneras de artista, de su casta de actor, ofreciendo una entradilla para cada uno de aquellos personajes apestados. Aquel era un tipo de ley; aquella era una auténtica dama, la luz del día y de la noche; el de más allá era un pícaro con buen corazón y el que permanecía tras la columna, rascándose la cabeza, era como el hermano pequeño de alguien.

            Nos situamos en aquella terraza falsa de moqueta verde, cercada por sucios cristales que miraban a las marismas, y pronto los secuaces más destacados tomaron sillas de plástico a nuestros flancos. Allí podíamos fumar, privilegio de los locos. En cierto modo, se formó en torno a nosotros una jerarquía no distinta de la que articulaba a la fauna en los bajos fondos de la caba baja. El gordo bonachón de los bares, el que siempre invitaba a tabaco, había sido sustituido por el gordo bonachón esquizofrénico que no fumaba, pero que cantaba por todos los palos del flamenco; como un dios rojo de la música. La casquivana de ojos verdes y retorcidos, en cuyo pecho podías arder, cuya sabiduría emanaba de las cartas del tarot, se había transformada en una casquivana de ojos azules y enormes, una en cuyo pecho podías diluirte, cuya sabiduría emanaba de la retención de la locura detrás del humo de un cigarrillo y de una sonrisa peligrosa.

            El prozac debía hacer su efecto porque yo notaba una cierta frustración no resuelta cuando él pasaba su brazo sobre los hombros de la auténtica dama o de la casquivana enloquecida. Nada que no pudiera superarse con oficio, desde luego, pero una putada al fin y al cabo.

            Al poco estábamos cantando, y oíamos cantar con tolerancia y generosidad; él me pedía que yo contara chistes y se reía de cara en cara y recibía felicitaciones como si aquellos chistes hubieran sido suyos.

            En todo ese tiempo, se fijaban en mi cabeza los detalles que pudiesen diferenciar su actitud de la mía, para entender mejor cómo se habían separado nuestros destinos. Él atacaba a la casquivana sin pensar en las circunstancias, pero lo cierto es que yo respondía las miradas de la auténtica dama y, de hecho, puse aprecio en una mirada complaciente que me dirigió aquella limpiadora con formas de bailarina. Él reclamaba atención con la energía de un auténtico macho alfa; yo mandaba callar cuando era preciso o cuando me sentía incordiado; a cualquier loco, por más peligroso que pareciese. Yo era como un juez rebelde y conciso; él era como una bandera sonriente y elevada.

            Pero ambos éramos el mismo pecador, el mismo seductor con un agujero negro dentro del pecho, el mismo enrabietado vengador de afrentas nonatas, el mismo príncipe exiliado que levanta lebas para reclamar su reino.

            Entonces, ¿por qué acudieron los demonios a reclamar las seseras del rey lagarto? ¿Por qué a mí no? ¿Por qué estoy sano, por qué estoy fuera?

            Y mi hermano dentro.

            Sólo pude deducir que la ruleta rusa que habíamos fumado y esnifado, finalmente, tenía una sola bala la hija de puta.

            En cierto momento de la visita lo acompañé a la 415 porque tenía que coger tabaco. Después de buscar un rato tuvo que admitir que quizá se lo habían robado. Se quedó sentado en la cama, mirándome, de repente tan desvalido como el hermano pequeño de alguien, aquel que se rascaba la cabeza, escondido detrás de la columna. El rey lagarto no tenía dinero, no tenía tabaco, no tenía polla. El rey lagarto lloraba amargamente y yo lo abrazaba con fiereza, con amargura.

            Todo aquello era injusto desde el momento en que consideras que hay personas que nunca deberían pudrirse.

            El rey lagarto, al poco, se lavaba la cara y se recuperaba frotándose la nuca con la toalla de la seguridad social, y me dejaba sentado en la cama convertido en sesos desparramados. Entonces, le aseguré que lo sacaría de allí a sangre y fuego, rompiendo la puerta, y el alma de quien se pusiera por delante.

            Me miró con orgullo, me agarró el hombro, y me dijo que estaba bien jodido. Luego, me pidió que volviéramos a la terraza y yo volví con él. Tenía tabaco para ambos. Hacía una hora que había terminado el tiempo para las visitas pero, por mediación suya, nadie me pidió que me fuera. No sé cómo lo consiguió; nunca supe cómo conseguía ese tipo de cosas. Con valor, supongo.

            Salimos al pasillo y andamos hombro con hombro pasando por delante de puertas cerradas que quizá escondían otros llantos, y de puertas abiertas en las que a veces se asomaba la cara de alguien desprotegido, desahuciado o enajenado, todos con aquellos desvanecidos pijamas blancos, gente despeinada, puertas abiertas al pasar de nuestras sombras. Pero el pasillo terminaba y seguíamos andando juntos. En algún momento habíamos comenzado a sonreír. Nos habíamos dado medio abrazo mientras seguíamos andando. Nos mirábamos sonriendo, disfrutando del sorprendente milagro de la amistad, del eufórico regalo del honor.

            Y entramos en la terraza como los reyes que habíamos sido, como los reyes que éramos, sabiendo que aquella noche, como no podía ser de otra manera, íbamos a provocar que algo grande sucediese. Teníamos el destello que nos otorgaron las madrigueras de tantos antros y tantas juergas. Porque aquellas mujeres eran reales y ardían delante de nuestros ojos, la casquivana, la limpiadora, la auténtica dama… Porque existían rincones en los que refugiarse incluso en aquel claustro vigilado, y nuestra astucia era mucha y teníamos hambre.

            Porque te advertí que era un escorpión cuando me cruzaste el río.

            Porque la carne es débil, pero sabe a victoria.

            Porque los cazadores siempre encuentran algún motivo para arriesgarlo todo, aunque el abismo se abra a los pies de tu cabeza.

            Y porque sería un placer, en el futuro, poder contar que habíamos follado en el interior de un pabellón psiquiátrico.

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  • 4 de Noviembre de 2009 a las 16:23

Un último baile.

 

   Julio dejó que su mirada deambulase por el lujoso salón. El suave sonido de un cuarteto de cuerda se entremezclaba con el rumor de las numerosas conversaciones. Algunas parejas bailaban al son de la música. Su interlocutor, un hombre de avanzada edad, calvo y sudoroso, estaba enfrascado en una disertación apasionada sobre la urgencia de tomar posiciones en el mercado asiático. Julio asentía de vez en cuando, con su mejor máscara de educado interés cubriendo sus facciones. Sus ojos se posaron en dos mujeres que hablaban en la otra punta de la estancia.

   La primera, su esposa, Isabel, con la que había compartido más de treinta años de matrimonio, tres hijos y un pequeño imperio empresarial que había nacido en un minúsculo taller del centro y que ahora empezaba a expandirse hacia oriente. Llevaba un vestido negro de seda que realzaba su esbelta figura, el cabello rubio recogido de manera impecable y una mirada fría y acerada que dedicaba a su acompañante.

   La segunda, su amante, Silvia, con la que se acostaba desde hacía ocho meses. Una joven que llevaba trabajando apenas dos años en sus oficinas. Había conocido muchas chicas como ella: una sonrisa de más, algún cumplido, una caricia inocente, reuniones hasta bien entrada la noche, alguna cena en restaurantes de lujo,... y antes de que se diesen cuenta ya estaban gimiendo sobre la mesa de su despacho. Le encantaba aquella mesa: robusta y grande.

   Con un ademán ligero y una excusa a medias, abandonó al conquistador de Asia y se dirigió hacia ellas, al tiempo de ver cómo Silvia se alejaba con un aparatoso revuelo de ropas y una expresión en su rostro digna de las mejores tragedias griegas. A escasos metros de Isabel, ésta lo vio. Su rostro se contrajo imperceptiblemente y sus ojos se enfriaron como un témpano.

   - ¿Bailamos, querida? –Le dijo él con una amplia sonrisa. Ella dudó un segundo, en el que Julio casi creyó que lo abofetearía.- Vamos... No hagamos una escena. –Añadió, con un tono más bajo.

   Rodeó su cintura con un brazo, apoyando su mano en la espalda mientras cogía la otra contra su pecho. Ella colocó su otra mano sobre su hombro, con un gesto tan mecánico como distante. Empezaron a deslizarse por la pista en una coreografía tan familiar como automática.

   - ¿Sabes que estás muy guapa esta noche? –Le susurró al oído. Ella se tensó, luego dejó escapar un bufido despectivo. Tantos años de matrimonio le habían enseñado bien qué precedían aquel tipo de frases. Aquella noche sonaba casi ridícula, aunque no pudo reprimir una especie de ansiedad que le aceleró el pulso.

   - ¿Hace mucho que le dedicas estas frasecitas a esa niña? –Le espetó con voz queda.

   Él suspiró profundamente.

   - Te puedo asegurar que no es tan niña como aparenta –le respondió, sin inmutarse.

   - Eres un cínico –escupió ella.

   - Es todo un halago, viniendo de ti, querida.

   - ¿Sabías que está embarazada?

   Los pies siguieron deslizándose sobre el suelo de madera, produciendo ligeros chirridos que se entremezclaban con el roce de los vestidos, al mismo ritmo invariable, imperturbable. Julio sonrió.

   - ¿Eso te ha dicho?

   - Sí.

   - ¿Y la crees?

   - ¿Por qué no?

   - Claro –dijo él.- ¿Por qué no?

   - También ha dicho que es tuyo. –Añadió Isabel tras una pausa.

   - Claro. ¿Por qué te lo iba a explicar, si no?

   Las parejas se movían a su alrededor en un carrusel de rostros sonrientes y fugaces. El salón giraba lentamente y sus luces los acompañaban al son de la melodía.

   - Llevo muchos años aguantando tus tonterías, tus engaños. He soportado demasiadas humillaciones. Pero esto es demasiado.

   - ¿Y qué quieres hacer? –Le preguntó él, aparentemente tranquilo.

   - Quiero el divorcio –sentenció ella.

   Julio no se detuvo, siguió girando. Apretó más la mano de ella contra su pecho y ciñó aún más su brazo alrededor de su cintura, acomodando cada hueco, cada curva de su cuerpo al de ella como dos piezas de un mismo puzzle.

   - ¿Es que no me has oído? –Preguntó ella, molesta.

   - Perfectamente.

   - ¿Y no vas a decir nada?

   - Sí. Que estás muy guapa esta noche –insistió.

   - Julio. Hablo muy en serio –dijo ella, deteniéndose.

   Él se apartó un poco y la miró directamente a los ojos, aquellos preciosos ojos verdes que lo miraban fijamente, fríos y duros. Observó su rostro, sus labios, y deseó besarlos. Ella pudo sentir su deseo y, aún a su pesar, notó un estremecimiento en todo su cuerpo.

   - Vamos a bailar, querida –dijo él, con voz firme y tranquila.- Un último baile. Te explicaré una historia.

   Ella pareció dudar pero se dejó arrastrar, intrigada, por aquella voz serena que tantas palabras dulces le había susurrado en innumerables y eternas noches.

   - Hace muchos años (aunque mirándote nadie lo diría) –comenzó él, tras unos segundos,- poco tiempo después de que naciera David, fui a ver al doctor Esteban, ya le conoces. No era nada, unas pequeñas molestias sin importancia. Pero, tras examinarme, me recomendó que me hiciese unas pruebas. Para descartar.

   - ¿Descartar qué? –Preguntó ella, con un ligero matiz de inquietud en su voz.

   - Nada, no te preocupes. Fue hace casi treinta años. –Sonrió Julio, apretándose suavemente contra su cuerpo mientras la guiaba en su recorrido por el salón.- El caso es que me dijo algo,... bueno, curioso. Al principio no le creí, aunque me aseguró que no había posibilidad de error. Después quedaste en cinta de Susana y me dije: “ahora ya no hay duda. Se ha equivocado.” Así que, tan sólo para demostrárselo, repetí las pruebas.

   Isabel escuchaba atentamente mientras un ligero temor tomaba forma en su mente. Julio unió sus mejillas y, acercándose a su oreja, bajo el tono de voz hasta casi un susurro. Un escalofrío recorrió la espalda de su esposa, que el ligero vestido dejaba desnuda.

   - El resultado fue el mismo –anunció él.- Y cuando nació Martín, también.

   - ¿Qué... qué quieres decirme? –Balbuceó.

   Él dejó que un dedo recorriese su espina dorsal, suavemente. Después posó sus labios en la base de su cuello y depositó un húmero beso, aspirando su intenso aroma. Ella notó la excitación de él y se estremeció, cerrando los ojos.

   - Que el niño de Silvia no es mío. Sin ningún tipo de duda.

   La mano de ella se aferró a su hombro, los dedos se crisparon ligeramente y giró su rostro hacia el de él, casi en contra de su voluntad, con los labios entreabiertos.

   - Tal y cómo yo lo veo, querida –murmuró él,- tenemos dos opciones. Puedes llamar a ese picapleitos que lleva treinta años “asesorándote” y pasarnos toda la noche repasando esas pruebas, los contratos, las escrituras y todo el papeleo que te venga en gana...

   Volvió a depositar otro beso en el hombre de ella, justo sobre el delgado tirante que sostenía el vestido. Dejó descender su mano hasta la cintura, donde sus dedos se separaron de manera casi casual, explorando audazmente.

   - ¿Y... la otra? –Suspiró ella.

   - Bueno... –sonrió Julio.- ¿Te he dicho lo increíblemente irresistible que estás esta noche?

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  • 4 de Noviembre de 2009 a las 16:36
La noche más fría del mundo


Faltaba aún una vuelta para que el reloj terminara el día. Hacía frío, pero no se sentía en la piel, nacía dentro, donde los huesos entran en contacto con la carne, de nada sirve acercarse a una hoguera o cubrirse con otra manta. Tras los visillos de una ventana se advertían dos enormes ojos verdes.  Miraban fijamente al hombre que se deslizaba sobre los adoquines que de día provocaban el traqueteo de los carros. Llevaba un sombrero bien calado que impedía ver su rostro. Lorna sonrió, sabía quién era el embozado y corrió a abrir la puerta sin esperar a que llamara.

-Pensé que no vendrías –dijo retirándole la capa.

-Nada me impediría acudir una noche a tu lado –contestó sosteniendo entre sus manos enguantadas las de la mujer.

-¿Ni siquiera las almas atormentadas de los difuntos? –le preguntó con la boca torcida en esa sonrisa que había vuelto locos a tantos otros.

-Ni siquiera eso –le dijo borrando la sonrisa de su boca con un beso.
Lorna lo invitó a pasar y le sirvió una copa de licor. Se sentó frente a él y se soltó el pelo sacudiendo la cabeza. Él estiró el brazo hasta rozar la piel de Lorna. Nunca se había enamorado, pero sabía que aquello era lo más parecido. Era el primer hombre sin dinero que besaba sus labios.
Rodrigo era un pobre escritor que apenas tenía dinero para pagar un cuartucho en el que escribir sus historias. A Lorna le encantaba que le leyera. Se había acercado a él porque era muy guapo y había descubierto que no podía vivir sin él.
Un golpe seco rompió el silencio. Alguien llamaba a la puerta. Lorna le pidió a Rodrigo que guardara silencio y se cubrió con un delicado batín de seda que imitaba un kimono. Abrió la puerta al tiempo que se ataba el cinturón y se estremeció al ver el rostro del hombre que había en el umbral.

-Buenas noches –dijo.

-Es tarde, ¿qué le trae por aquí señor de la Vega?

-Ya lo sabes –contestó.
Siempre había buscado hombres con dinero, se había pasado la vida conquistándolos, casados o no, siempre y cuando fueran poderosos y allí tenía al hombre más poderoso de la ciudad. Pero nunca estaría con él. Era pelirrojo. Su madre había sido clara con aquello. Nunca debía dejar que un pelirrojo yaciera con ella. Solía decirle que traían mala suerte y que lo mejor que una podía hacer era mirar para otro lado si uno se le cruzaba en el camino. Pero había más. No quería estar con otro hombre que no fuera Rodrigo. Aquella vida había quedado atrás. Ahora era una nueva Lorna y no aceptaría jamás a aquél hombre.

-¿No vas a dejarme entrar? –insistió el hombre.

-No quiero ser grosera con usted… pero no puedo estar con un hombre al que no amo –no logró que el señor de la Vega la creyera, pero ella sí lo hizo por una fracción de segundo.
El reloj de la torre comenzó a llorar su agudo tañido anunciando que todavía quedaban treinta minutos para media noche.

-Vamos Lorna, los dos sabemos que yo soy tu mejor opción. Sé que te ves con un escritorzuelo que va por ahí con remiendos en la ropa –Lorna se cubrió con la bata como si la brisa de la noche hubiera entrado en su casa –Él nunca podrá darte lo que yo. Vamos, dime qué quieres y te lo daré.
Lorna sintió el impulso de abofetear a ese maldito hombre que se había obsesionado con ella. No sabía si el odio que sentía por él era porque su madre había logrado que aborreciera a los pelirrojos o si por el contrario lo odiaba porque no había sido ella la cazadora en aquella ocasión. Tenía que hacer algo para alejarlo, aunque sólo lo apartara esa noche. Una luz iluminó sus enormes ojos verdes.

-La verdad es que sí podría hacer algo por mí, señor de la Vega –comenzó Lorna.

-Lo que me pidas.

-En la aldea del norte vive un maestro orfebre muy afamado…

-He oído hablar de él.

-Hace tiempo se me antojó un delicado broche de plata que ese mismo joyero muestra cada mes en el mercado. Es muy caro y…

-No hace falta que digas más, pasado mañana lo tendrás –le prometió de la Vega.

-Oh, bueno, yo creí que iría ahora a por él –Lorna cruzó el umbral de la puerta dejando que su bata se abriera.

-¿Ahora?

-Sí –dijo acariciando las solapas del abrigo de de la Vega. El hombre se revolvió nervioso.

-Pero esta noche es treinta y uno de octubre.

-Lo sé, usted dijo que tendría lo que le pidiera y quiero el broche esta misma noche.

-Es muy tarde, regresaré de madrugada…

-Estaría muy agradecida de poder lucir ese broche.

-Pídeme lo que quieras, lo que sea, pero no me hagas salir esta noche de la ciudad.

-¿Lo decís por las leyendas? ¿Un hombre como usted cree en cuentos de vieja?

De la Vega se estiró como si alguien lo hubiera sorprendido haciendo algo malo y miró fijamente a Lorna.

-Te di mi palabra de que tendrías lo que me pidieras y aunque en el camino me encuentre con las almas de los mil caballeros muertos tendrás el broche en tus manos antes del alba.

El hombre se volvió y desapareció entre la niebla. Lorna se acarició los hombros al tiempo que volvía adentro. Rodrigo estaba en pie con la capa sobre los hombros y el sombrero en las manos.

-¿Te vas?

-Pronto darán las doce y quedé con el editor en llevarle los cuentos antes de media noche –Lorna se acercó a él y lo abrazó. –Te diré lo que haremos –le dijo apartándola para mirarla a los ojos. –Mañana vendré a buscarte con algo para desayunar y te leeré mi cuento mientras disfrutas de los más exquisitos manjares que mi nuevo sueldo pueda pagar.

-Está bien, pero toma –recogió una llave aparador y se la entregó a Rodrigo –Ten, eres el único que tiene las llaves de mi casa –Lorna le dio un beso y desapareció escaleras arriba.


OoOoO


Las campanas de la torre la despertaron. Se había acostado casi a media noche y aquel toque de difuntos debía haber sonado entonces y no ahora. Apartó las cortinas del dosel y vio la luz de la luna que se colaba tímida por su ventana. La niebla se había abierto. Se recostó sobre la cama y cerró los ojos hasta que escuchó que alguien llamaba a la puerta. Su primera reacción fue sentarse en la cama. El pánico se apoderó de ella, pero en el mismo instante en que escuchó que la puerta se abría rompió a reír. Sólo era Rodrigo, que finalmente había decidió pasar la noche con ella. Sus pasos se escuchaban perfectamente sobre las maderas del suelo y el tercer escalón protestó ante el peso del hombre que subía. El siseo de las gruesas ropas invernales se oía nítido ya y la puerta de su dormitorio comenzó a abrirse. Fue entonces cuando Lorna supo que el hombre que entraba no era Rodrigo. El aroma de su loción para el afeitado no llegó hasta ella pero sí lo hizo el de la sangre.
Lorna buscó desesperada la lámpara de aceite que tenía sobre su mesilla, pero sus temblorosas manos la derribaron. Buscó con su mano las cerillas para poder encender aunque fuera una vela pero su rostro se quedó paralizado en una mueca de horror cuando una mano gélida y húmeda se cerró sobre su muñeca. Un último grito de terror abandonó su garganta y quienes lo escucharon se estremecieron bajo sus mantas.


OoOoO


A la mañana siguiente Rodrigo llegó a la casa y al ver sobre el suelo las huellas de sangre y barro corrió a la habitación de su amada encontrándola sobre su cama, el rostro desencajado, los verdes ojos opacos, sus cabellos llenos de hebras plateadas y sobre su regazo un broche de plata. No había señales de violencia en ella, la única sangre que manchaba su cuerpo era la huella de una mano en su muñeca.
Rodrigo dejó caer sobre la alfombra el desayuno y el periódico dejando ver en la primera página la noticia de la trágica muerte del Conde de la Vega aquella misma noche en el camino del norte.

concursoderelatos
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  • 5 de Noviembre de 2009 a las 16:39
¿QUÉ HICISTE? ¿QUÉ DIJISTE?

Cerré los ojos. Había sido una noche larga. Me sentía agotado. Los efectos del alcohol me habían ido abandonando poco a poco y sin ellos empezaba a notar como mi organismo trabajaba para liberar mi cuerpo de todas las toxinas acumuladas. Mi garganta estaba seca, la boca pastosa. La sensación de tragar saliva era más cercana a la de tragar un chicle. Aún no me dolía la cabeza, pero era consciente de que mañana tendría una fuerte resaca. El sueño ya acudía a mí y yo no tenía intención de oponer resistencia alguna, pero dormirse en un tren de cercanías, con sus asientos duros, sus respaldos bajos y el constante traqueteo del vagón, es una tarea casi imposible.

Volví a abrir los ojos. Miré a mi izquierda, hacia la ventana. Aún no había amanecido, por lo que el cristal sólo me devolvió mi reflejo. Estaba horrible. Los ojos, ligeramente hinchados, turbios, cansados, se perdían en las ojeras, mientras uno de los párpados se empeñaba en permanecer más abierto que el otro. Giré la cabeza hacia la derecha y observé el resto de mis compañeros. Sonreí. “Al menos no soy el único que está hecho una mierda”-pensé mientras barría todo el vagón con mi  mirada hasta cruzarme con la de Carlos.

Carlos era uno de mis compañeros de piso. Un chico bajito, cuyas caderas eran anchas, sus hombros estrechos y su cabeza grande. Una cabeza donde el cabello empezaba a escasear pese a tener sólo veintiún años. Un chico cuyo andar parsimonioso y sonrisilla bobalicona perenne le terminaban de dar un aire realmente pintoresco.

Pero en ese momento su semblante era serio, parecía que algo le fallaba, de modo que le pregunté:

-Carlitos, ¿qué te pasa que andas tan serio?

Al oír mi pregunta pareció como si volviese en sí, y mientras sus labios empezaban a dibujar su sonrisa característica me contestó.

-Nada, nada... bueno, sí... me estaba preguntando... ¿qué coño hiciste? ¿qué le dijiste? Apenas habíais hablado, apenas os acababais de conocer que ya habíais desaparecido.

La pregunta me pilló a contrapie, y como aún quedaba un buen rato en esa lata de RENFE, decidí tomarme mi tiempo antes de darle una respuesta. Y es que, honestamente, no sabía que responderle. De modo que repasé punto por punto toda la velada en busca de la respuesta.



Ese día habíamos llegado pronto a Barcelona, sobre las seis y media de la tarde. Y es que pese a no ser especialmente futbolero, una final de la Copa de Europa que juegue el Barça es siempre un acontecimiento que merece ser vivido de cerca y que se convierte en una cita ineludible cuando dos de tus tres compañeros de piso, Marc y Adrià, son forofos empedernidos.

Nada más llegar fuimos a comprar el pan y los embutidos y nos dirigimos al piso de la novia de Marc. Por el camino aprovechamos cualquier excusa para entonar los primeros cánticos. Entramos en el piso escasos minutos antes de que el balón empezara a rodar. Como tampoco me importaba mucho perderme el comienzo del partido, ayudé a preparar los bocadillos.

Con la cena ya lista, me reuní con el resto del grupo en la terraza. Además de mis compañeros de piso y tres amigos más también estaban la novia de Marc, Laura, y sus compañeros de piso (otro chico, una compañera de facultad y una estudiante americana de intercambio). La americana se había traído una compatriota en su misma situación. Además, obviamente, también estaba ella.

Hasta pasado el minuto treinta de la primera mitad, después de que todos celebraran el gol de Eto'o y yo tratase fingir el mismo entusiasmo, no reparé en su presencia. Era una chica morena, delgada, pero sin renunciar a sus formas, como indicaban esos pechos, generosos, que asomaban por su escote. Estaba sentada en el suelo, por lo que en ese primer momento no pude juzgar si era muy alta, aunque sus piernas parecían largas. Al observarla por segunda vez nuestras miradas se cruzaron. Su tez era de un moreno suave. Tenía unos ojos grandes, almendrados, juguetones, una nariz chata y una boca pequeña, pero cuyos labios eran gruesos. Invitaban a ser besados. No era un bellezón rotundo, pero resultaba realmente atractiva, una belleza pícara y juguetona. Tras hacer un amago de sonrisa, apartó otra vez su mirada y la volvió a posar en el partido.

La situación se repitió tres o cuatro veces más a lo largo de la segunda parte. Y a cada mirada me parecía que su sonrisa era más evidente.

Cuando el partido hubo terminado, con la consecuente victoria del Barça, la euforia se desató. Esta vez me fue más fácil fingir mi alegría. Durante el partido ya me había tomado tres cubatillas, pero en los treinta o cuarenta minutos que le sucedieron la cuenta subió a más del doble. Demasiado buen saque y demasiada gente con ganas de brindar.

Por raro que parezca, cuando terminó el partido, no me acerqué a esa chica, y es que nunca he sido bueno entrando a desconocidas. De hecho, no fue hasta que me metí en su conversación con Adrià sobre la idiosincrasia del gallego y su situación en Galicia (una curiosa conversación de borrachos) que no intercambiamos las primeras palabras.

Obviamente, era gallega, se llamaba Paula y estudiaba psicología en la UB. Era agradable, muy habladora y con un acento cautivador. Pero pese a que pronto estuvimos conversando los dos solos, ya que Adrià se había reunido con el resto de gente para seguir festejando el triunfo, no fui capaz de recordar haberle dicho nada que se pudiese considerar una insinuación. Hablamos, reímos y sonreímos, fue una conversación cómplice, pero aparentemente inocua. Lo más próximo a una insinuación que recuerdo fue su mirada acaramelada, pero también era posible que esa mirada cándida y vidriosa fuese fruto de los primeros efectos del alcohol.    

Seguimos hablando hasta que el grupo decidió que era un buen momento para partir hacia “Canaletes”. Los dos nos levantamos, y una vez de pie ella no pudo reprimir un comentario típico. “Uy, que grande” -mientras sonreía, para luego añadir un: “está bien, mola”. Yo le repliqué con cierta sorna: “uno noventa, medida estándar”. Volvimos a sonreír. Luego pidió unas zapatillas a Laura, para después girarse y decirme: “La verdad es que hoy no tenía pensado salir”.

Una vez fuera, con todo el grupo en marcha, seguimos conversando sobre banalidades. Cruzamos un semáforo que el resto se habían encontrado en rojo. Cuando nos dimos cuenta, nos encontrábamos una manzana alejados del grupo. Y en ese momento, de repente, nos miramos, sonreímos y le pregunté:

-¿Tú quieres ir a “Canaletes”?
 
Su respuesta fue clara.

-La verdad es que no... ¿nos vamos a mi piso?

Yo simplemente accedí, luego ella se puso de puntillas, yo me agaché un poco, nos besamos y nos fuimos a su casa.


Después de repasar todos los hechos, de pensar claramente en que punto había hecho o dicho algo, volví a mirar a Carlitos, y mientras me encogía de hombros le dije:

-Nada, no hice nada de nada. Sólo hablamos un poco de tonterías.

Carlos torció el labio, la respuesta parecía no haberle convencido y tras meditar un rato, dijo:

-No te creo, algo debiste decirle.

Mientras Carlitos se mostraba contrariado, llegamos a la estación. Al bajar, una chica rubita aguardaba su tren, al pasar delante de ella cruzamos un momento nuestras miradas. No llegué a ver si sonreía, pero sí recuerdo oír como alguien ahogaba un suspiro a mí derecha... al girarme, Carlos seguía negando con la cabeza, esta vez, aún más contrariado.

concursoderelatos
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  • 5 de Noviembre de 2009 a las 22:26
LA LUZ DE UN ALMA OSCURA

Me desperté con una dulce sensación de felicidad, sólo para volver rápidamente al mundo real envuelto en aflicción. Todavía creía ver sus ojos, los ojos de una diosa. Su cabello, largo y castaño, es el de un ángel en vida humana. Ella es real para el mundo, mas no para mi mundo... a lo más que puedo aspirar es a mirarla fijamente a los ojos, contemplar desde la oscuridad de mi rincón la belleza divina de la Diosa de mis emociones. Aunque sea en fantasías, aunque sea oculto en el más profundo anonimato.

Esta noche tuve un sueño, otra utopía más de mi amor platónico. Un sueño del que no quería despertar, una experiencia más allá del tiempo y el espacio en que dos almas en dos mundos diferentes se juntaban en uno solo para la eternidad. El sueño de mi amor imposible, mi delirio eterno, mi imaginario baile de gala prolongado hasta sobrepasar de los límites de lo finito.

Pero mi sueño dista mucho de la realidad. Su corazón, insondable tesoro tras una prisión de diamante, pertenece a otra dimensión; es para mi, ¡oh, simple mortal! Como una estrella huidiza en el horizonte de la esplendorosa cúpula celeste. Yo no soy más que un estorbo en la distancia, un pobre diablo que ha de cargar con el peso de su amor secreto. Siempre presente, entre la oscuridad de mi rincón, en la soledad de mi mundo, velaré por ella.

Hoy, como cada día, al levantarme he ido a verla; esta vez no me resultó difícil dar con mi Diosa. La sola visión de su precioso rostro calmó mi alma quebrada.
En mi prudente retiro, guardando silencio, contemplo la belleza de sus ojos empañados.

La gente allí congregada empieza a abandonar el cementerio, palautinamente. Mi Diosa sigue allí, y yo sigo guardándola paciente, como siempre, escondido en las inescrutables sombras de las cercanías.

Oh, ¡horror! Ella se ha derrumbado. Se ha desmayado, incosciente, ¡encima de la lápida de su infame profanador! Las sienes me laten de excitación. ¿Qué hago, oh, mi diosa? ¿Acaso soy digno de tocarte? ¿Acaso soy digno de mostrarme ante ti? ¿Acaso puedo acudir en tu auxilio sin romper la sagrada barrera de tu deidad?

No, no, ¡no! Un bellaco se acerca a ella, alarmado. Es el enterrador, ¡el maldito enterrador! Ese carcamal osa acercarse a ella sin ningún pudor, ¡maldita sea! Ella empieza a despertarse, ¡se está despertando en los brazos de ese cerdo!

Por fin la ha soltado, ¡creía que no iba a hacerlo nunca! Mi Diosa, oh, mi Diosa, eternamente indolente, le ha dado las gracias y se ha ido, sin duda, ultrajada, avergonzada, profundamente asqueada por haberse dejado ayudar, no haber podido impedir que ese ser decadente haya osado ponerle la mano encima.

El enterrador por fin está solo. Compruebo la pólvora de mi mosquetón: esta vez no quiero sorpresas. Ha de ser un tiro rápido y limpio.

Mi Diosa, oh mi alabada Diosa, mi totalidad, mi faro de resplandeciente Luz entre los profundos lodazales de un mundo impuro. Yo te protegeré, seré tu guardián, velaré por ti, estaré contigo por toda la eternidad. Nunca dejaré que nadie profane tu sagrado reino.

oniria
oniria
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Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009
  • CITAR
  • 5 de Noviembre de 2009 a las 22:32
Y eso es todo amigos. Son las 12.02 (pese a lo que dice el mensaje, que estoy reescribiendo en él) Final del tiempo de presentación de relatos ;D

Voy a abrir hilo para votaciones ;DD

La simplicidad del primer millón

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Autor: aitorzarate

   

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