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bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008

EL MEJOR RELATO DE LA HISTORIA

8 de Noviembre de 2009 a las 11:04

Por el simple placer de ser leídos, sin competición mediante, os animo a que colguéis aquí un relato, el mejor relato que tengáis, sean las página que sean. Que nos quedemos pegados al sillón con cada uno de estos relatos. Que sean perfectos, corregidos al detalle, soberbios, sin límites y sin remordimientos.

Podemos criticarlos o sugerir cambios, pero no los puntuaremos. Tampoco lo usaremos como un taller, sino como una galería de arte. El autor se reserva el derecho de editarlo cuanto le plazca, hasta que quede convencido de haber terminado una obra redonda en función de las reacciones provocada o de su propio criterio.

Y cuando nos encontremos satisfechos, lo publicamos con todas las de la Ley.

¿Os parece?

 

Vixa
Mensajes: 1.348
Fecha de ingreso: 12 de Mayo de 2008
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  • 8 de Noviembre de 2009 a las 11:30
Me parece una idea interesante. De paso me puede servir para empezar o volver recoger dos proyectos que tengo en mente.

Yo me apunto, siempre y cuando los plazos sean ambplios (pero existan, que sino esto puede quedarse en el limbo).
gloriapaniagua
Mensajes: 882
Fecha de ingreso: 16 de Abril de 2008
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  • 8 de Noviembre de 2009 a las 12:15
Tu idea es buena. Mi problema es que no soy aficionada como lectora ni como escritora a los relatos y sólo tengo los que envío al concurso. Si se puede subir uno de ellos, me apunto, pero en caso contrario..., salvo que se me ocurriera escribir alguno nuevo, claro.
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 11 de Noviembre de 2009 a las 21:52
Bien. Esta es fácil. Mi mejor relato es, sin duda, Amara,(ya lo subí al certamen y lo podéis leer en el enlace ¿se supone que hay que recolgarlo?), aunque si preguntáramos a mis lectores (permitidme la estupidez) probablemente elegirían otro...
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 11 de Noviembre de 2009 a las 23:53
No hace falta que sea un relato presentado a concurso en bubok. Cualquier relato, de cualquier duración.
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 12 de Noviembre de 2009 a las 13:32
No, si ya capté el conceto. Y vamos, que ese es el mío, de momento (y por mucho tiempo me temo...)
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 18 de Noviembre de 2009 a las 15:20
A modo de bombeo de esta discusión (ciertamente interesante pero por lo visto sin mucho seguimiento) y por ver si alguien más se moja y se atreve a descubrir el que para si es su mejor relato (que sí, que da palo, que anda que si luego te viene Idelosan y te dice que casi que va a intentralo de nuevo con Cien Años de Soledad..., pero nada hay que mojarse, mojigateces las precisas, hale (mejor sin h, ¿verdad?), con un par o las palabras que hagan falta...), dejo aquí el mío (y que el corta/pega sea compasivo):

--------------------------------------------------------------------------

Amara.

           Un día de tantos, desde la caravana, la vi a lo lejos rodeada de una imponente muralla. Pregunté a un camellero su nombre. Amara. Desde entonces no ha abandonado mis pensamientos. En su interior albergaba grandes tesoros que nadie vio jamás. Los innumerables asedios a los que fue sometida para poseerlos forjaron un carácter de permanente guardia. Hay quien sospechaba que este celo era, a fin de cuentas, mera pose para instigar los intentos de invasión, y justificar así el mantenimiento de la poderosa muralla que la hacía invulnerable. O, al menos, para el resto de los mortales, la hizo.


           Fueran veraces o no las habladurías, lo cierto es que la belleza de Amara traspasaba sus muros. Tras las almenas se elevaban las más hermosas construcciones que un hombre pueda alguna vez imaginar. No es una exageración. A su vista, incluso en la distancia, toda la caravana comenzaba a ensalzar la elegancia de sus formas. La delicada precisión con la que debieron ser esculpidas sus cúpulas. La esbelta firmeza de sus minaretes. La sutileza con la que se mezclaban los tonos ocres del desierto con el blanco y los pendones negros siempre caracoleando al son del simún. Amara parecía observarte con cariño. Podrías llegar a pensar que te acogería para siempre. Querías tanto conocer como cuidar el secreto que tan herméticamente ocultaba. O, al menos, al resto de los mortales, se lo ocultó.


           En aquellos días yo era joven y orgulloso. Me negaba a creer que hubiera algo fuera de mi alcance. Así, desoyendo todos los consejos que supieron darme, abandoné la caravana con el propósito de descubrir el secreto de Amara. Pasé mucho tiempo rondando la muralla, buscando algún punto débil cara el asalto. Las leyendas eran ciertas: el muro resultaba inexpugnable por medio de la fuerza. Pude comprobar, también, parte de la verdad acerca del mítico hechizo de las almenas. De ellas descendía la más cautivadora fragancia, mezcla de especias y jazmín. Había además en ese aroma algo más, desconocido y apenas perceptible a mi delicado olfato. Escondía un fondo acre, amargo, arrebatador, que avivaba el deseo de cruzar al otro lado. Curiosamente, el más estrafalario de los rumores era cierto: en la muralla protectora de Amara no había puerta, grieta o hendidura que pudiera dejar entrever alguna forma de cruzar la pétrea defensa. Definitivamente parecía no haber manera de traspasarla. O, al menos, al resto de los mortales, se lo pareció.


           He de decir ahora que en torno a Amara había crecido, a modo de corte, un pequeño barrio extramuros formado por todos aquellos que habían caído rendidos a su encanto. Resignados a no poder traspasar la muralla, vivían a su sombra deleitándose con la cercanía de aquello que nunca alcanzarían. Yo rehuía su compañía. Los despreciaba por faltos de perseverancia, por renunciar a su sueño y conformarse, por su actitud de adoración servil. Pero he de reconocer que, con el tiempo, tuve que acercarme a ellos. Entre hombres de todas las edades, escuchando sus historias en torno al té, comencé a comprender que mis pasos ya habían sido recorridos miles de veces. Las palabras de cada historia apenas variaban. En el desenlace, todas se volvían sumisas para con un destino imposible, tratando de convencerse de que el intento mereció la pena, que la felicidad podía ser vivir junto los muros de Amara. Hombres curtidos por el siroco, impasibles piratas del lejano mar, príncipes desheredados, lacónicos nómadas, bandidos temerarios de las montañas, poetas de palacios solitarios, ladrones del zoco, jóvenes y ancianos. Todos añoraban el sueño al que renunciaron. Todos sintieron la terrible melancolía de lo que nunca fue. El salvoconducto para poder recorrer libremente toda Amara era continuamente negado. O, al menos, al resto de los mortales, se lo negó.


           Pasó el tiempo, las caravanas iban y volvían. Amara seguía inexpugnable. Yo me resistía aún a caer derrotado como aquellos hombres, que ahora eran mis hermanos. Tener el paraíso tan cerca y no poder acceder a él me resultaba insoportable. Me alejé para poder observarla en toda su grandeza desde las dunas. Intenté comprender mis sentimientos. La visión del Amara, el mito de la muralla inabordable. Yo iba a ser el primero en traspasar el muro, el primero en verla tal cual era, el primero que penetrara en sus secretos. Pero la muralla se interponía negándome el acceso y a la vez alimentando mi pasión con la fragancia que se escapaba de su cerco. Entonces comprendí que todo sería inútil. Pensé en volver y pasear por última vez junto al muro, despedirme de Amara a través de la piedra y partir con la próxima caravana. Pero no pude. En un último acto de soberbia le di la espalda, y me introduje en el mar de arena tratando de olvidar. O, al menos, pare el resto de los mortales, eso sucedió.


           Un aroma familiar me despertó. Especias y jazmín, escondían un leve toque acre y amargo. Arrebatador. Abrí los ojos. Lo había logrado. Amara era mía. Todas sus puertas estaban abiertas. Sus fuentes me saciaron. Descubrí nuevos sabores. Me reflejé en sus albercas que traían al desierto el azul del océano. Recorrí Amara a lo largo y ancho con todos mis sentidos. Todo su conocimiento, sus creencias, su poesía me fue ofrecida. Acumulaba momentos felices a cada paso que daba, a cada inspiración. Por último acudí al tempo. Ceremoniosamente, humilde, entré en él. Si de algún sitio manaba la felicidad era de ahí. Al salir no pude por menos que llorar bajo la plácida mirada de Amara y la media luna. Disfruté de aquello que nadie más alcanzaría. Viví lo que solamente se podía soñar. O, al menos, el resto de los mortales, sólo lo soñó.


           En mi corazón anidó un grano de arena. Ni siquiera la belleza de Amara pudo evitarlo. Dando un paseo la perdí de vista, que fue más allá llevándome de nuevo al hogar de mis recuerdos. Los peligrosos paseos nocturnos por Damasco, el lujo del viejo Bagdad, el bullicio de las calles de Túnez, el atardecer en el puerto de Alejandría. Entonces descubría estas ciudades a mi alrededor, y los recuerdos se hacía más vivos. El primer viaje en barco con mi padre hasta Rabat, mi hermano y yo robando dátiles en el bazar de Estambul, la peregrinación con mi abuelo a La Meca, los besos robados tras la mezquita de Córdoba. Y el desierto, siempre el desierto. Y el sol, siempre el sol. El desierto, mar de diminutas ascuas torturando mis pies. El sol omnipresente cegando mis ojos, secando mi carne. El desierto tomando mi cuerpo entre sus ávidas manos. El sol luchando contra él por cobrarse la pieza. Yo perdiendo la batalla, volviendo la vista hacia Amara. O, al menos, el resto de los mortales, eso contó.

picolins
Mensajes: 91
Fecha de ingreso: 8 de Noviembre de 2008
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  • 18 de Noviembre de 2009 a las 16:18

Pues igual no está mal la idea. Yo no participo nunca en el concurso de relatos porque el género que yo toco (humor) no es muy habitual entre los géneros del concurso literario del foro, y de momento, no me he planteado cambiar de estilo.

Ya puse hace unos días un enlace sobre este monólogo, y creo, que puede resultar entretenido. Y digo “creo” porque no todo el mundo tiene el mismo sentido del humor,  por lo no hay que tomarlo todo muy al pie de la letra.

Saludos

Miguel

 

Los extraterrestres

Doy por supuesto que todo el mundo ha oído hablar de ellos. Sabemos que existen, pero al igual que los billetes de quinientos euros, nadie los ha visto. Bueno, nadie, lo que se dice nadie tampoco… hay cientos, tal vez miles de personas que a lo largo de la historia aseguran haber visto un extraterrestre o un platillo volante. Esto último no es nada meritorio, porque yo mismo acostumbro a ver con cierta frecuencia platillos volantes…y también tacillas, vasillos o cualquier cosa que tenga mi mujer en ese momento a mano.
Dejando a un lado los platillos y haciendo hincapié en su contenido (los del espacio claro, no a los de mi mujer) decir que sus visitas se remontan a muchos siglos atrás, y el hecho de que tropezaran con nuestro planeta, es fruto de la casualidad. Y todo gracias al famoso descubridor alienígena Krystobal Krypton (YX-10 para los amigos) que quiso demostrar a sus gobernantes (conocidos como los reyes catódicos) que el Universo era redondo. Al principio estos eran un poco escépticos, pero para demostrarlo Krystobal Kryptón cogió un meteorito, y apoyándolo sobre un extremo dijo la célebre frase: “El Universo es redondo y se demuestra así”. Yo no sé de argumentos pero vaya, no acabo de encontrar la relación entre una cosa y la otra. Peor sería que hubiera cogido por poner un ejemplo, un huevo para demostrar la redondez del Universo. Con eso si que no hubiera convencido a nadie.
Embarcándose en la nave Ganimedes, y tras dos años luz de viaje, tropezó con un planeta (que por aquel entonces todavía era azul) habitado por unos monos peludos que caminaban sobre sus patas traseras. El primer contacto con los habitantes de la tierra fue infructuoso, ya que el emisario que enviaron para entablar dialogo se lo comieron, por lo que decidieron que los contactos futuros serían más sutiles y solo, con personas escogidas en un concienzudo análisis previo. Toda esta información la sabemos hoy día gracias a los grabados que dejaron en las pirámides, y a los dibujos del valle de Nazca, donde se explica todo de manera clara y diáfana.
Lo que no dicen en ninguna parte, es de donde vienen. En esto no se ponen de acuerdo los expertos en ufología. Hay una amplia mayoría que dicen que vienen del sistema Zeta Reticuli, sosteniendo además, que es la cuna de la civilización extraterrestre. Otra corriente opina que vienen del sistema Alfa Centauri y la última posibilidad (y la más probable) es que vienen de Venus. Totalmente de acuerdo. Para más exactitud del monte de Venus, como todo hijo de vecino, porque a pesar de que vienen del quinto monte de Venus (en lenguaje terrestre, del quinto coño, con perdón) y de un lugar cercano al sol, no creo que fuera del planeta Venus , ya que en su superficie y a la sombra, la temperatura no baja de cuatrocientos grados y la piel la podrán tener verde, pero no ignifuga.
Tanto misterio sobre sus orígenes debe ser para cuando inmigración les pida los papeles, evitar que los reenvíen para allá por estar aquí en situación irregular. Por eso andan siempre escondidos. Si no los vemos con más frecuencia, es porque andan en sus bases submarinas o en el interior de la tierra (dicen que es hueca) y salen al exterior por los polos. Pues que sepan, que por su culpa que se están derritiendo los casquetes polares, tanto ir y venir de aquí para allá… que si ahora se dan un paseo por los picos de Montserrat, que si ahora abducen a una terrícola y hacen experimentos con ella, que si ahora se aparecen a un curandero-mesías-místico y le otorgan el poder de curar con las manos…anda que no debe consumir ni nada una nave espacial de esas ¡claro, como el planeta no es suyo, que nos den! 
¿No se suele decir que son marcianos? Pues ala, de Marte y punto.
Además, que ya va siendo hora de que los integremos en nuestra sociedad, y mezclemos nuestras culturas, nuestras razas y nuestros conocimientos por el bien de la humanidad. Que salgan y se muestren sin miedo, que ya no nos los comemos. Bueno, de momento...que como siga avanzando la gripe aviar, la peste porcina, el mal de las vacas locas y esquilmando el mar de manera indiscriminada, estos pasan a la cadena alimenticia. Fijo que sí.
Oye, que a pesar de que sean verdes, viscosos, bajitos y con antenas, uno se acostumbra a todo. Pasa igual que con las feas; al principio provocan rechazo por su aspecto, pero al mirarlas un día y otro… parece que hasta tienen un punto y todo. De pequeñito, creía verlos por todas partes, hasta que un día mi padre me aclaró que aquellos seres verdes no eran marcianos. Eran caracoles.
España, como país avanzado a su tiempo que es y previniendo que en un futuro cercano acabarían conviviendo con nosotros, habilitó una región entre Castilla La Mancha y Andalucía para sus futuros pobladores: La región marciana. Allí pueden convivir cultivando tomates y hortalizas y para disfrutar del sol que tanto añoran, pues tienen la Manga del mar menor. Hombre, no es como su Valle Marineris, pero aquí al menos todavía tienen agua.
Si no les gusta la región o no caben todos, traaaaanquilos, que no pasa nada. Cambiamos los alemanes de Mallorca por marcianos y aquí no ha pasado nada. Total, nadie va a notar el cambio, porque para la poca conversación que dan unos y otros… Gibraltar es otra opción, les decimos que los monos son comestibles y que el hachís es bueno para el reuma. ¡Ya veréis lo rápido que solucionamos todos nuestros problemas de convivencia con nuestros vecinos del norte!
Ya hemos visto que no es problema ubicarlos, pero encontrar trabajo para todos, sí. Porque a ver, ¿Qué cosas sabe hacer un marciano? Pueees… teniendo en cuenta de que son verdes, el mejor empleo que se me ocurre es de guardias civiles. ¿Ventajas? la primera es que no hace falta comprarles uniformes, y gorras tampoco, porque como tienen unos orejones que parecen murciélagos, que se doblen la oreja derecha y se la pasen por encima de la cabeza al lado izquierdo. Van más que apañados. La pega es que multas pocas pondrán, porque dile a tu a un tipo que ha viajado a la velocidad de la luz que ese que acaba de pasar lleva exceso de velocidad  a ciento treinta.
Ya están ubicados, ya tienen trabajo, pues ya sólo falta que tengan familia para una felicidad plena. Si se casan entre ellos, no hay ningún problema, pero me opongo de manera categórica a los matrimonios mixtos. El problema no es la suegra, (todas son iguales, vengan del planeta que vengan) porque nunca serás el hombre apropiado para su hija. Eso si vive en la tierra, por supuesto, porque si vive en Marte, por muy pesada que se ponga tu mujer, tienes un argumento de peso como decir que es algo durillo conducir cincuenta y nueve millones de kilómetros (en su órbita elíptica más cercana, que en la lejana son ciento dos) para un fin de semana…la convencerás cuando le digas lo que te vas a gastar en gasolina.
Luego está el tema de los hijos…si se queda embarazada, ¿Los hijos nacen por parto natural? ¿Por cesárea? ¿Te estalla el vientre como un alien cualquiera? Y los niños ¡hay que tener un cuidado con ellos del copón! Porque ya se sabe, escupen ácido y como te vomite la papilla encima lo que menos te va a preocupar es como te va a dejar la ropa. ¡Quita quita! prefiero a una terrícola fea y desdentada, antes que a una marciana cuyos hijos se comerán al gato.
Lo que interesa de verdad es fomentar el turismo interestelar, daría un fuerte impulso a la economía mundial. ¡Eso es! que vengan aquí y se gasten el dinero en viajes, hoteles y en las playas. Por cierto, ahora que digo playas… ¿Se ponen morenos los marcianos? Porque si son verdes, y al tomar el sol se ponen colorados o rojo gamba. ¿No se mezclaran los colores y se volverán amarillos?
Entonces, ¿Todos los chinos son extraterrestres?... ¡Ostras! ¿Cómo no había caído antes?...Ahora entiendo porque los chinos se están llevando poco a poco toda la economía mundial a China. ¡Para conquistar el mundo!
Todo empieza a encajar… se han dado cuenta de que invadir la tierra cuesta mucho tiempo y dinero, y prefieren llevarse todas las empresas a precios imposibles de competir y de esa manera, acabaran controlándonos. Y yo pensaba que los planes para conquistar la tierra era un bulo. ¡Iluso de mí! Por eso están todo el día sonriendo… porque no sabemos lo que nos espera.
Lástima, ahora me que empezaba a caer bien el chino del bazar. 
¡Jodidos alienígenas!
nosebundos
Mensajes: 1.334
Fecha de ingreso: 25 de Mayo de 2009
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  • 19 de Noviembre de 2009 a las 13:54
 
nosebundos
Mensajes: 1.334
Fecha de ingreso: 25 de Mayo de 2009
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  • 19 de Noviembre de 2009 a las 14:00
Bueno, tampoco creo que sea lo mejor que he escrito. Esa sensación la perdí cuando la cantidad superó la calidad de mi memoria. Pero sí es buena mierda, muy buena... cuando tenga algo más de tiempo leo lo que han colgado el resto de usuarios (2), y os comento. Salud. Y contestad a las encuesta telefónicas, los encuestadores telefónicos también semos personas humanas...
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 2 de Diciembre de 2009 a las 1:08

Bueno, aquí hay gente que se está mostrando, señores y señoras. Me lo quitan de las manos. Voy a colgar algo.

EL ASESINO.

            Cuando sucedió la explosión, en primer lugar se movió el aire. Se desplazó comprimiendo más aire, que comprimía más aire. Y con él, o dentro de él, se desplazaba el sonido. Ambos golpearon las paredes; el aire se aplastó en espera del calor y de todo lo demás. El sonido, sin embargo, golpeó las paredes con tanta fuerza que las sacudió hacia los cimientos y hacia el techo, se propagó atronando por todas las paredes y bajando por la escayola hacia los cristales de las lámparas, y subiendo por las patas de las mesas hasta los cristales de los vasos.

            El sonido se escapaba de la destrucción de las primeras paredes que había tocado, mientras el aire comprimido las destruía, y el calor, por fin, escapaba inflando las fisuras, pulverizando la pintura y derritiendo los cables.

            El calor incendió el aire en pocas milésimas de segundo, seguido de toda la metralla que había tenido forma de furgoneta, apenas hacía un segundo.

            Los trozos de pared destruida volaban para destruir más paredes, rugiendo en golpes que provocaban más sonido, que a su vez hacía reverberar sin descanso el edificio, abriendo camino a la metralla, que se hincaba trozo por trozo en trozos y en más trozos de edificio.

            Y los trozos más afortunados seguían volando entre los cascotes, el calor y el sonido.

            Por supuesto, todo el cristal del jardín invernadero fue destruido inmediatamente. Los cuchillos de cristal iban a caer al suelo como suicidas, hasta que el aire incendiado los echó a volar y a atravesar los tallos y las hojas, desde las frágiles flores hasta las recias enredaderas.

            Sólo una zona del jardín invernadero quedó a cubierto del calor, aquella que se escondía de la onda expansiva tras un monolito de piedra, que era constantemente bañado por una sábana de agua. El agua se evaporó de inmediato, pero todo el aire ardiente que sobrepasó la roca ya había sido enfriado lo suficiente para dejar vivas algunas flores y un recio arbusto.

            Un enorme cascote, sin embargo, destruyó el monolito con la indiferencia que sólo expresan las fuerzas incontenibles. El golpe fue tan limpio que no arrancó la piedra de su base, sino que la cortó por la mitad, dejando dos palmos de roca pulida que aún cubrían las flores más bajas. El resto de plantas voló con la piedra y el metal.

            La metralla, habiendo perdido fuerza, golpeó el resto del monolito levantando chispas, rebotando en una y otra dirección, enloquecida por su nueva forma. Dos trozo menores, cayendo en ángulo curvo, se hincaron en el suelo seccionando cada uno una flor distinta, escoltando de este modo a la única flor que quedaba viva.

            Cuando se derrumbó el techo frágil y agotado del jardín invernadero, el material metálico y moderno fue aplastando los restos de plantas, incrustándose en la tierra. Una viga cayó sobre aquellos dos trozos de metralla, que resistieron el impacto al precio de un palmo de hundimiento. 

            Y, bajo la oscuridad de la viga, escoltada por la metralla y defendida por la base del monolito, la última planta del jardín, la rosa roja, sobrevivió a la destrucción del edificio.

             En los minutos posteriores, el cableado en rebeldía y el material inflamable comenzaron un incendio de poca fuerza. Los bomberos comenzaron a llegar con sus armas de agua, sus palas y sus martillos, asesinando el fuego y rescatando a los heridos, localizando a los muertos.

            Pasaron en tromba por la tierra arrasada del jardín invernadero a la escucha de un grito humano, pero sus terribles botas evitaron el altar de derrumbe que cubría la rosa. Las caídas eventuales de material, el levantamiento de escombros, los primeros auxilios y los  primeros vómitos, todo eso, sucedía lejos, por donde habían estado trabajando y desplazándose las personas. No. En el reino de las plantas, durante el rescate, se  impuso un silencio subacuático, enajenado. Nadie las echaba de menos.

La rosa quedó a la sombra de las luces que instaló la policía cuando, horas más tarde, pudieron comenzar a recopilar pistas, pruebas y restos, cuando los muros malheridos habían sido reforzados con tubos metálicos de apariencia débil. El ruido provenía del exterior, donde el cinturón policial estaba abarrotado de periodistas que, a su vez, sufrían la tensa espera de una marea de curiosos, familiares y vecinos. El exterior estaba tremendamente vivo, pero la burbuja subacuática de silencio se había extendido desde el jardín por todo el edificio, protegiendo las mentes en el laborioso trabajo de los investigadores. Así fue durante un buen rato, hasta que llegó el primer político, seguido del jefe de todos aquellos policías.

            Entonces, se permitió la asistencia de algunos periodistas de elevada estima para el político, cuyos flashes eran realmente potentes, y sus ojos buscaban todo tipo de detalles. El político de aspecto grave y andar decidido a veces asentía con cansancio, a veces negaba con energía, pero pocas veces miraba al suelo. Intentaba centrar su mirada en objetos que eran claramente amarillos, claramente negros, en ningún caso de un rojo sospechoso. Los periodistas buscaban el rojo con avidez, y también el color de la carne, pero sobre todo el rojo que podía intuirse en las manchas del suelo polvoriento y de las ropas quemadas. Y así, sin pretenderlo, un periodista encontró el rojo de la rosa.

Impresionados por el hallazgo, los policías se agacharon para comprobar que una flor había sobrevivido al desastre. Ni siquiera llamaron a los bomberos para que les ayudaran a levantar el trozo de muro. Se rompieron los guantes de recogida de pruebas desenterrando la protectora metralla y, con  un suspiro de asombro y bondad, los hombres contemplaron la flor. El sentimiento fue tácito y a la vez compartido. Solemne, esperanzador y bello.

            El político no vio necesario seguir supervisando el lugar del incidente; había visto demasiados y, finalmente, en su recuerdo sólo los diferenciaban las cifras. Durante el duermevela de sus descansos, las direcciones se mezclaban, y el dolor se hacía pastoso y uniforme. Pero la flor ardía ahora en su pecho, y las palabras saltaban en su mente, así que decidió no demorar por más tiempo la rueda de prensa, y acudió al púlpito del pueblo llano, donde se esperaba el pistoletazo de salida para el anuncio de la condolencia oficial. Sin embargo, el rostro del político se rebelaba en una sonrisa extasiada y debía ser cubierto por las sombras del casco de protección.

            Hizo acopio del recuerdo de todos los síntomas de la pena para anunciar la repulsa a la violencia, la consternación por las víctimas y la solidaridad con las familias. Y lo hizo durante el tiempo que estimó suficiente hasta que vio apropiado torcer el discurso.

            Porque, en ese día, había sucedido algo extraordinario. En ese día, el destino les había hecho un prodigioso regalo. Entre los restos del derrumbe habían encontrado un rosa viva y perfecta que no había sido tocada por la onda expansiva, ni por el fuego, ni por las piedras. Y esa rosa podía arder con fuerza en los corazones de los que necesitaban esperanza, porque portaba un mensaje claro y alto para los terroristas: de entre las cenizas de la destrucción, siempre se alzará, al menos, uno de nosotros para deciros que jamás cederemos ante el chantaje.

            Y, efectivamente, ardieron los corazones de los familiares, de los periodistas, de los curiosos, de los policías, de los vecinos, de los bomberos, de la gente que oía al político a través de las televisiones de sus casas y de aquellos que, horrorizados, se habían hecho eco de la tragedia a través de internet.

            Se invirtió el dinero que fue necesario para que las labores de desalojo de los escombros se hicieran con el mayor cuidado posible, y que ni el más pequeño cascote cayera cerca de los restos del jardín invernadero. Acudía gente día y noche al lugar del suceso para estar cerca de la rosa y poder verla, al menos una vez, durante un minuto.     Cuando los bomberos fueron convencidos por los políticos para que declararan que el lugar era seguro, se abrió el paso organizado y solemne a las personas que, conmovidas, depositaban flores muertas a los pies de la flor.

            El terreno perdió la calificación de habitable. Se proyectó la construcción de un parque dedicado a esa rosa, al símbolo vivo de la esperanza, y se encargó el diseño de una enorme flor metálica, que adornase la entrada, al más vanguardista y talentoso de los escultores del país.

            Por supuesto, se creó una fundación que gestionara las cuantiosas aportaciones privadas para la conservación de la rosa.

            Las cadenas de televisión, cuando emitían una noticia relacionada con la lucha antiterrorista, comenzaron a sobreponer en la esquina inferior izquierda el dibujo de una rosa vestida con los colores representativos de su canal.

            En los colegios se pintaron camisetas con rosas y se organizaron excursiones al parque del homenaje.

            Pero, una noche, uno de los jardineros al cargo del parque, tuvo que dar una terrible noticia. La rosa había desaparecido, habían cortado su tallo y vaciado la vitrina que la guardaba.

            La policía intentó llevar la investigación en secreto, pero la noticia tardó pocas horas en saberse, y sirvió de triste presentación en todos los informativos. No cabía duda que, de nuevo, el terrorismo había intentado sesgar la esperanza de la gente de buena fe, privándoles de su más preciado símbolo.

            Las fuerzas de seguridad desplegaron todos sus medios, todo su terrible poder, para encontrar al asesino de la rosa; rastrearon el suelo, interrogaron a los trabajadores de la zona, a sus familias, interrogaron a sospechosos del entorno terrorista. Revisaron las cámaras de seguridad que ya había operativas en el complejo, no muchas, y tomaron la matrícula de todos los coches que habían aparcado y abandonado los aparcamientos cercanos durante la noche.

            Comenzó el rastreo de más de cincuenta coches a través de las cámaras de la Dirección General de Tráfico y se accedió a las direcciones de los dueños de los vehículos o los tomadores de sus seguros, acudiendo a los archivos de las empresas de alquiler, en caso de coches alquilados.

            De todas estas matrículas, en el plazo de dos horas, se había controlado la mayoría. Algunos conductores fueron detenidos en medio de la carretera y otros fueron interrogados en sus casas, pero no se encontró en ellos indicio de delito, ni tan siquiera se indignaron por la detención, dado que la causa de la policía era completamente justificada. Entonces, quedaron sólo tres coches, por investigar, que no habían pasado por cámaras de autopista y cuyos dueños no habían sido encontrados en sus casas. Al contrastar esa reducida lista con la lista de víctimas o familiares de víctimas, como se hacía generalmente para descartar sospechosos, se encontró que cada uno de los tres coches pertenecía a alguna persona que había perdido a alguien en el atentado. Un hombre había solicitado trabajar de jardinero en el recinto y, por supuesto, se le había permitido. Otro acudía a diario como presidente de la fundación, para controlar el estado de las cuentas; pero apareció borracho en un bar de las inmediaciones, un bar en el que no había televisores que emitieran noticias. El tercer hombre había estado todo ese tiempo entrando en una u otra comisaría, ofreciendo su ayuda en la búsqueda.

El asunto se había vuelto tremendamente delicado desde un punto de vista político y policial, porque el único sospechoso que quedaba por encontrar, el jardinero, había perdido a su hija de dieciocho años en la explosión. Se intentó conservar el mayor celo posible con el secreto de los datos, pero en poco tiempo la policía encontró que el número de la matrícula se había filtrado a la prensa y, de ahí, a la opinión pública. El pueblo enfebrecido quería sangre, y todos los que en algún momento habían sentido calor en su corazón gracias al milagro de la rosa, aquella noche estaban en las calles, buscando el coche del jardinero con los puños cerrados y con armas improvisadas en sus propios coches.

            Por fortuna, un ciudadano sensato, el primero en visualizar la matrícula, llamó a la policía para facilitarles la dirección de un pequeño cementerio a las afueras. Era medianoche, y las sirenas y las luces de la policía rompieron las calles para entrar a toda velocidad en la carretera de circunvalación, para evitar un linchamiento.

            El ciudadano sensato no se había quedado cruzado de brazos mientras la policía acudía al cementerio. Parecía haber perdido la sensatez, y había llamado a sus amigos y conocidos. De este modo, al llegar la policía, se encontraron con una veintena de coches aparcados junto a la verja del camposanto. Saltaron la valla como suponían que la gente había hecho hacía pocos minutos, y corrieron buscando una pelea, un disparo, gritos de gente enfurecida. Pero no encontraron nada de eso.

            En su lugar, encontraron a un grupo de hombres cabizabajos y aturdidos, reunidos en derredor de una tumba. Los había de pie, sentados en el suelo o apoyados en algún árbol. Había ojos cerrados de vergüenza y ojos enrojecidos por las lágrimas, pero no había ningún cadáver por encima de la tierra. La policía se abrió paso entre los hombres, y encontró al jardinero sentado en el suelo, junto a una lápida.

            No se había inmutado por la llegada de unos ni de otros. Sus manos caían relajadas por encima de sus rodillas. Sus ojos, brillantes de justicia, miraban la rosa cortada, depositada con tanto respeto sobre la tumba de su hija.

            Un policía se apoyó en un árbol y se apretó la  nuca con manos temblorosas. Otros dos se miraron entre ellos y negaron con la cabeza, como si reconocieran que acababan de despertar de un estúpido sueño.

            El cuarto policía se sentó junto al jardinero y le ofreció un cigarrillo.

            Intentó encontrar palabras para ofrecerle su más sentido pésame, pero no encontró ninguna. Guardó respetuoso silencio y permitió así que otro silencio, subacuático, les envolviera, protegiendo la paz del camposanto.

 

pelagio
Mensajes: 3.420
Fecha de ingreso: 5 de Mayo de 2009
  • CITAR
  • 2 de Diciembre de 2009 a las 16:28
                                                               LICÁNTROPO

     Mi nombre es Enrique de Siétamo, Juez Instructor del Partido Judicial de Leiza… y todavía me estremezco al recordar lo acontecido durante aquellos terribles días. El buen Procopio me pide que sea sucinto en mi relato; él, que es haragán por naturaleza, piensa que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
     “Todo sucedió pasadas las fiestas de Adviento del año de Nuestro señor de 17…”
     Es la primera vez que contemplo con mis propios ojos la diabólica obra del demonio.
     -La sangre gotea desde el techo. –Estiró la mano y añado. -…todavía está caliente. –Alzó la mirada y contemplo con estupor la mirada vidriosa de la joven víctima. En mi fuero interno deseo huir, salir corriendo y alejarme de aquella horripilante escena.
     Procopio, tras de mí, toma nota de mis palabras y levanta acta. Puedo sentir sus dientes castañetear; intuyo que se trata de miedo, aunque tal vez sólo sea frío.
     De repente un quejumbroso gemido llama nuestra atención. Arriba, sobre la techumbre, se mueven las tejas sueltas. Empujados por un ánimo renovado corremos hacia el exterior, a tiempo de comprobar como una sombra furtiva se desliza hasta el límite del bosque. Ni siquiera la luz se atreve a penetrar en la fantasmagórica arboleda; en el lindero del bosque la vegetación forma una barrera infranqueable. Un muro que separa lo racional de lo irracional.
     Han transcurrido dos días desde nuestra llegada a la villa de Erasun. Desde entonces han muerto dos doncellas; eran casi unas niñas, me atrevería a decir que fue su virginidad la que atrajo a la Bestia, pero no quiero alimentar en vano el demonio de la superstición.
     La Casa del Concejo ofrece un cálido refugio en ésta noche de frío helador. Es una estancia de techos bajos, con los muros de piedra revestidos de tapices de basta confección. Por un instante me recreo en ellos. Ciervos enormes luchando contra diminutos cazadores, fieras que se debaten contra jaurías de perros rabiosos. Me detengo en sus miradas; en sus ojos acuosos hay una expresión apenada, casi humana.

     Puedo leer el miedo en los rostros avejentados de los vecinos. Al entrar he oído murmurar a uno de ellos.
     -Supercherías… -Al cruzarse conmigo ha clavado su ojo huero en mí, como un puñal investido de reproches. El tuerto viste una especie de saya de color oscuro, raída y remendada en los bajos hasta la saciedad. La cabeza tonsurada me indica que se trata del párroco de la villa.
     El alcalde es un hombre orondo y bien dispuesto. Me da la bienvenida con toda suerte de parabienes y me ofrece su asiento. Guardo un prudencial silencio y me dedico a escuchar con atención.
     -¡Esto es cosa de brujas, hechiceros o algún ser maligno…! –El párroco del ojo huero le habla a la multitud con vehemencia.
     
     ….me detengo en éste punto de la historia. Procopio sirve vino y ambos nos relajamos un instante. Percibo que mezclar nuestros recuerdos dará al relato una mejor perspectiva.
     Mi señor, Enrique de Siétamo, es un hombre de virtudes prodigiosas. Llevamos tres días en la villa de Erasun y han muerto dos mujeres; la primera llevaba muerta y enterrada tres días cuando la presencia de mi señor fue reclamada. La segunda ha sido vilmente asesinada en nuestras propias narices.
     -Es un oso, quizás un lobo grande. –Afirma un muchacho del pueblo, que dice llamarse Laercio.
     Mi señor se rasca la barbilla con aire pensativo. Ha dormido placidamente. ¡Qué suerte la suya, qué desconoce el tormento del miedo irrazonable!
     -Es seguro que el Señor te dotó al nacer de grandes habilidades, amigo Laercio… pero hijo mío, se ve que entre los dones que te adornan no se encuentra la observación.
     Mi señor se dirige a un punto bajo el alero de la casa.
     -Observa éstas marcas. –Dice señalando al suelo. Sobre un túmulo de nieve aparecen restos de tejas desprendidos. –Un oso hubiera dejado su impronta en el terreno, al igual que un lobo… grande. Sin embargo el rastro carmesí que se aleja hasta el bosque no nos habla de semejantes fieras. –Anoto en el pergamino las deducciones del magistrado, y de reojo me percato del reguero de sangre que conduce al límite de la arboleda.
     Según afirmaba el magistrado Enrique de Siétamo, la guarida de la Bestia debía encontrarse en alguna cueva o pasadizo subterráneo. En éstos agrestes parajes abundaban dolinas, simas y cuevas que atraviesan de parte a parte los macizos montañosos.  
     ¿Qué clase de engendro mata como una alimaña y se conduce como un hombre?
     Los recuerdos de Procopio son vagos, y en ocasiones se ve obligado a repasar sus notas y apuntes. Los viejos legajos amarillean entre sus dedos. Decido retomar el relato.
     -Homo lupus est. –Dice el párroco tuerto. Lleva un libro de tapas gastadas bajo el brazo. Ha desayunado migas; unos vistosos lamparones sobre la saya lo atestiguan. –El diablo habita en el corazón de la Bestia; vaga sin sentido devorando inocentes. –Después se ha marchado dejando en nosotros un halo de incertidumbre.
     -Ves, Procopio. A estas cosas me refiero cuando digo que el miedo se cobija en los corazones, mientras que la verdad siempre lo hace en el cerebro.
     Siendo de todo imposible dar caza a la escurridiza alimaña en su cubil, he ideado una artimaña para sacar a la Bestia a campo abierto.
     La joven Eloisa carece de cualquier atractivo; es una moza desdentada y algo vaga. Aún así goza de la cualidad necesaria para semejante trabajo; el virgo intacto.
     Bajo el claro de luna Eloisa sale a la plaza. Avisado en todo momento, y siguiendo mis instrucciones al pie de la letra, Laercio, Procopio y varios mozos de Erasun se despliegan por las distintas salidas de la villa. Espero poder cercar al licántropo cuando se interne en la villa en busca de su festín.
     Como era de esperar, al filo de la media noche un rugido espeluznante se abre paso en el silencio como la hoja de un cuchillo.
     Eloisa, paralizada por el miedo se ha orinado encima. La Bestia está a su lado, resoplando y lanzando vaharadas calientes sobre su cuerpo. Las fauces sanguíneas acarician la piel erizada de la muchacha; el brillo rojizo de su mirada escudriña cada rincón. Para mi sorpresa, la Bestia tiene un ojo marchito, seco como el ojo de un tuerto.
     La luz del claro de luna se oscurece por un instante; jirones neblinosos se adueñan de la escena. El licántropo lanza un aullido estremecedor y se yergue sobre los cuartos traseros. Antes de que abata la zarpa sobre el cuello de la doncella, Laercio tensa sus músculos, aprieta los dientes y dispara con su ballesta. La saeta silba cortando el aire y se clava en el pecho de la Bestia; emite un lamento desgarrador, casi un llanto, su sangre es humana, roja como la de cualquier mortal; poco a poco su apariencia se desdibuja ante nosotros como los garabatos de un niño.
     El rostro del licántropo adquiere una faz humana fácilmente distinguible; sus facciones duras y marcadas, el ojo huero y la mirada sanguínea, quizás algo más suavizada por la cercanía de la muerte. Allí tendido, fatigado y escupiendo borbotones de sangre, es difícil no apiadarse de él. A medida que su vida se va apagando la multitud se arremolina a nuestro alrededor. Vitorean al aguerrido Laercio, sin duda será recordado por siempre como el héroe de la villa de Erasun.
     El valle de Baztán quedó conmocionado ante la noticia, hasta el punto que la buena nueva corrió de boca en boca por toda la comarca; buhoneros, comerciantes y viajeros sin oficio ni beneficio se encargaron de propagar la fábula del licántropo de Erasun. Sin embargo yo sólo recuerdo un hombre con la mirada triste y apenada, casi humana.
     -Toma nota, Procopio, a modo de epílogo. –El escribano se aferra al cálamo y espera mi sentencia final.
     -“No hay criatura más terrorífica sobre la faz de la Tierra que el ser humano, ni enfermedad más dañina que la ignorancia y la superstición”.

Aquí está, a modo de tentempie. Ya podéis comenzar el trabajo de crítica, así afilamos los cuchillos para el domingo.

     
     
     




     

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
  • CITAR
  • 3 de Diciembre de 2009 a las 9:38

Ahí va el mío:

La Balaustrada

¿Fueron liebres o conejos las piezas ya casi alcanzadas y cobradas que vieron venir a los perros y discutieron  suicidas que si galgos, que si podencos, en lugar de huir aterrorizadas? Pero para X e Y no es una fábula la situación en la que se encuentran. Atados sobre la aridez de pies y manos, sin agua, expuestos al sol del mediodía y a la merced de media docena de buitres leonados revoloteando, ahora más lejos, ahora cerca, no les queda otra que encomendarse a los dioses y despedirse de la vida. Ellos ya se han despedido a estas alturas el uno del otro, que han sido muchas correrías juntos, que muchos negocios, que muchos trabajos, antes de intentar pegársela a Don Mario, codo con codo, porque el sol por esta latitud es un poderoso emperador que no perdona la vida, encaramado a su cenit. No tienen salida, las cuerdas son resistentes y lo que no hayan urdido ya para salvarse no lo harán ahora que la insolación les ha quitado las fuerzas. Don Mario no comete errores, ya lo sabe todo el mundo. Si tiene que liquidar a alguien porque es un obstáculo, lo hace rápido, porque en el fondo el fiambre no tiene la culpa de nada. Pero si alguien ha osado ponerle cuernos, le hace sufrir con vehemencia. Los primeros buitres arrastran ya sus alas por el suelo en dirección a los en breve cadáveres, porque los carroñeros empiezan a comerte cuando todavía estás vivo, y eso Don Mario lo sabe.

De pronto, X  e Y ven una especie de enrejado en la lejanía. Un camión sin lona. Imposible, porque no se acerca de frente, sino de lado, como si el remolque circulara perpendicular a la cabina. O tal vez sea una manada de elefantes a los que únicamente se les ven las patas, mientras el cuerpo es encubierto por la calina. Aquel objeto baja por las dunas aproximándose a los moribundos que con sus últimas fuerzas espantan a los perseverantes buitres. X dice que cree que es el teclado de un piano gigante. Pero Y empieza a estar convencido de que es una balaustrada. X replica que con total seguridad es el código de barras que se encargará de informar del instante, situación y motivo de sus muertes, como una referencia más en el supermercado de los negocios, un exclusivo artículo del catálogo de ofertas de verano, sin duda, porque su plan estaba totalmente perfilado, casi perfecto, pero en el fondo sólo un producto más en la gran superficie de los difuntos. Y dale con lo de la balaustrada, y X que no, que serán las hebras del cepillo con que los maderos están peinando la zona en busca de nuestros restos carcomidos por estos pajarracos cabrones. No, joder, que te he dicho que es una balaustrada, o es que acaso no ves las curvas a cada balaustre, combadas y relucientes como las panzas de los jueces y de los obispos. Si fuera todo eso que tú dices no serían balaustres, y son balaustres. La supuesta balaustrada se acercaba por el llano desértico, perpendicular a ellos, ocupando mucha extensión, cada segundo más cuanto más se iba avecinando.

Debe de ser un extraño fenómeno atmosférico de la zona, joder, que Don Mario ha escogido el peor sitio para matarnos, qué hijo de puta, además de moribundos, acojonados, porque cada vez me parece más que es una nave alienígena que viene a abducirnos. Si fuera así, tendríamos suerte, pero resulta que es una balaustrada y no va a abducirnos ningún alienígena, porque ya se habrá encargado Don Mario de eliminar a todos los alienígenas que quisieran joderle la fiesta de sabernos puteados por los buitres. Mierda, quién coño nos mandó vengarnos jugando con fuego, hostia. La balaustrada seguía su camino imparable, recortando la distancia, turbia por la calina que encubre el cuerpo de los elefantes, firme y constante. Los buitres empezaban a picar a Y en la cintura, y él trataba de espantarlos moviéndose compulsivamente, pero ya no le salían los gritos y sus sacudidas eran como un siseo de su cuerpo. X, con más fuerzas tal vez, gritaba procurando espantar a los buitres, pero dejó de intentarlo cuando adivinó en los ojos de Y que aquello era el final. La balaustrada se detuvo muy cerca de ellos y se levantó sobre sí misma para mirar al cielo en el mismo sentido de las agujas del reloj. No era un código de barras, ni un peine rastreador, ni un fenómeno atmosférico, ni una nave alienígena. Ni siquiera era una balaustrada. Lo que para X fueron cientos de objetos y para Y fueron balaustres, se convirtió en los peldaños de la escalera que les llevaría, una vez muertos y comidos por los buitres, al merecido Parnaso, otorgado por haber descubierto el pastel de corrupción de menores que organizaba y se comía Don Mario y otros peces gordos en varios burdeles de lujo de su propiedad. X e Y no pudieron salvarse ni entregando esa información a la policía. Don Mario les encontró antes que los maderos a él.

A pesar de todo, el capo fue detenido en la puerta del Cabaret Haustein nada más bajar del Mercedes negro junto a sus sicarios al regresar del desierto, y lo que le había parecido un sufrimiento acorde con la cantidad sustraída por aquellos dos desgraciados que no habían sabido robarle sin ser descubiertos, el ser comidos por buitres no le pareció más que un juego de niños comparado con todo el dolor que les infligiría ahora si pudiera resucitarlos y volverles a matar.

bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 3 de Diciembre de 2009 a las 13:18

También se pueden comentar los relatos. Sin miedo, ¿vale? Aquí ya no hay excusas de me dijo me dijo.

 

pelagio
Mensajes: 3.420
Fecha de ingreso: 5 de Mayo de 2009
  • CITAR
  • 3 de Diciembre de 2009 a las 13:33
cita de bizarro

También se pueden comentar los relatos. Sin miedo, ¿vale? Aquí ya no hay excusas de me dijo me dijo.

 

Frente a las derruídas murallas de El Alamo.... sonó una solitaria corneta...
 -¿Qué demonios es éso? -Quiso saber el coronel Crocket...
-Tocan a degüello, mi coronel. -Contestó un rufián de cara sucia, mientras intentaba engullir su propio miedo.
Rebeca-Rodriguez
Mensajes: 206
Fecha de ingreso: 4 de Junio de 2008
  • CITAR
  • 3 de Diciembre de 2009 a las 14:03
Edito, que voy a presentarlo a un concurso.
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
  • CITAR
  • 3 de Diciembre de 2009 a las 17:59
Hum, el momento fustigator puede estar bien pero ser algo lioso en un mismo hilo con relatos y comentarios a otros.

Propuesta: Un subforo exclusivo para relatos donde la apertura de un tema sea un relato y el resto de respuestas comentarios sí y sólo sí aportan algo más que un me gusta - no me gusta. Vamos como el taller que monté tiempo ha, a modo de blog cooperativo. (La exposición  de propuesta no implica compromiso de participación en la ejecución de la misma, que ando mu' liao)
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 10 de Diciembre de 2009 a las 18:06
Y ahí se quedó…
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 14 de Diciembre de 2009 a las 20:53
Ta esto paraíno, ¿no?

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