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romi
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Su media vida

8 de Noviembre de 2009 a las 17:58

Su media vida

            Su casa era un simple piso muy pequeño. Una sola habitación, un cuarto de baño chico, muy chico, una sala con ventana, una silla, mesa y unos cuantos libros a la derecha. Esta era su vivienda, en el barrio más pobre, al norte de la ciudad. Y aquí se pasaba los días, las noches, las semanas, los meses y los años, siempre solo. Sin más compañía que unos gorriones que, alguna vez que otra, se paraban en el dintel de la ventana.

         Todos los días se levantaba muy temprano, mucho antes de que amaneciera, para ir a su trabajo. Al otro lado de la ciudad y por eso tardaba mucho tiempo en llegar. Dos horas cada día para ir y otras dos para volver porque siempre iba andando. Para ahorrar unas monedas cada día al fin de poder comprar pan, algo de leche, frutas, embutidos… Su sueldo no daba para más y por eso siempre tenía que buscar lo más barato.

         Cuando los domingos y días de fiesta no tenía que ir al trabajo, al caer las tardes, muchos días se daba un paseo por la ciudad. Nunca compraba nada. Ni un paquete de pipas ni una tableta de chocolate ni una cerveza con algún conocido… Aunque a veces sí era cierto que llevaba en el bolsillo algunas monedas. Pero siempre se decía: “Tengo que guardarlas par ir ahorrando”. Ahorraba cinco céntimos algunos días, cincuenta los fines de semana y algunos billetes pequeños cuando cobraba las pagas extraordinarias. Y así un día detrás de otro, semana tras semana, cada mes, cada año y a lo largo de mucho tiempo. Tanto tiempo que ya sumaba casi media vida.

         Y siempre se decía: “Aunque las cantidades sean pequeñas, al final, reuniré algún dinerillo”. Y logró reunir un poco de dinerillo. Mucha calderilla, algunos billetes de papel de cantidades chicas y, cada dos o tres años, juntaba para un billete un poco más grande. De los medianos siempre y que nunca lleva a ningún banco. Sus pequeños ahorrillos los iba guardando en el bolsillo de una vieja mochila que tenía en el rincón de un armario empotrado. Metidos en un sobre de papel, los billetes y la calderilla, guardada en una caja de plástico.

         Y, al caer las tardes de los domingos y días festivos, por las noches y también algunas mañanas que no iba al trabajo, siempre se entretenía en contar sus ahorrillos. Para comprobar cuánto había juntado y para descubrir que, aunque poco a poco, cada semana, cada mes, cada año, tenía algo más. Para que nadie le robara su tesoro, cuando salía de casa los domingos o días de fiesta, siempre se llevaba en el bolsillo el sobre con los pequeños billetes que había logrado juntar.

         Y, cuando en algún jardín de la ciudad o de su barrio, se sentaba a tomar el sol, muchas veces sacaba de su bolsillo el sobre con los billetes. Miraba y, cuando estaba seguro de que nadie lo veía, se ponía a contarlos. Para comprobar que todo estaba en orden y para sentir un poco de felicidad viendo como sus ahorros crecían. Luego cerraba el sobre, se lo metía en el bolsillo y seguía sentado tomando el sol.

         Todo era así, un año detrás de otro hasta que un día, cuando tomaba el sol en uno de los bancos del jardín, sacó nuevamente el viejo sobre de su tesoro. Se puso a contar, una vez más, sus ahorros y cuando terminó, no se lo guardó en el bolsillo sino que dejó el sobre a su derecha, sobre el mismo banco donde estaba sentado. Para tenerlo más cerca y mirarlo de cuando en cuando. Y no se apercibió de que aquella tarde y en aquel preciso momento, lo estaban observando. Y tampoco se dio cuenta de qué modo desapareció su viejo sobre con los ahorros de toda su vida. Solo lo advirtió cuando, después de unos minutos, miró para su derecha para acariciar con su vista al sobre de su media vida, y descubrió que no estaba.  

Pequeña colección de relatos originales:

http://romi3.jimdo.com/el-rostro-del-alma-relatos/?logout=1

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