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pelagio
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Fecha de ingreso: 5 de Mayo de 2009

XXI CERTAMEN BISEMANAL: DETECTIVES (GENERO NEGRO, INTRIGA, SUSPENSE, CRIMEN)

8 de Noviembre de 2009 a las 22:59
Aquí sólo relatos, gracias.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Noviembre de 2009 a las 13:58

¿Quién se opone a las deducciones de Sherlock Holmes?

- Es elemental, ¡el culpable es usted!
- Pero, ¡oiga! ¿Cómo se atreve a hacer tal acusación? – replicó el mayordomo indignado.
- Es elemental, porque he observado que tiene usted en el dobladillo del pantalón la miga de una galleta de perro, y esa miga está ahí porque usted se la ofreció.
- Pero… ¡Si son los restos de mis pastas del desayuno!
- Es elemental. Los perros comen todas las pastas, ergo mi deducción sigue siendo válida. Y quiero aclarar que se la ofreció sin llegar a agacharse, con lo que el perro se apoyó en su pantalón, de ahí esos arañazos.
- ¿De dónde han sacado a este detective? Este perro está en celo, lleva todo el mes frotándose contra mi pierna.
- Es elemental, ya que lleva todo este tiempo ofreciéndole galletas para lograr su afecto y poder cometer el crimen impunemente.
- Pero ¿qué crimen? Por favor, esto no es un crimen ni es nada. – Dijo el mayordomo mientras señalaba los restos aún humeantes del suelo.
- Sí que es un crimen, ¡y de los peores! – comentó la señora de la casa, con el pañuelo entre las manos mientras soltaba lágrimas desconsoladamente.
- Pero, pero ¡esto es inadmisible! – sulfuró el mayordomo.
- Es elemental, porque en la escena del crimen he encontrado restos de la galleta.
- Por favor, si está todo disuelto, cómo va a poder ver algo ahí.
- Es elemental, porque se acaba de delatar, ha asegurado que su prueba no se puede ver. Gracias por revelar su culpabilidad.
- Holmes, aún está caliente, quizás podamos ver si hay restos.
- Es elemental querido Watson que habrá desaparecido, así que siempre nos queda la afirmación del mayordomo y las irrefutables pistas de la ropa.
- Impresionante Holmes, impresionante como siempre – contestó Watson
- ¡Váyanse al cuerno!- replicó el mayordomo, mientras se quitaba su atuendo y se marchaba de la sala, hecho un basilisco, cerrando la puerta de un portazo.

El resto de invitados y servidumbre seguían congregados alrededor de la prueba del delito, sorprendidos por la facilidad de tan respetado detective en resolver casos
.
-Estamos muy impresionados con sus deducciones – indico el señor de la casa – queríamos en esta velada que nos contara sus anécdotas, pero hemos tenido la suerte de verle en acción.
- Es elemental que se encuentren atónitos ante tales deducciones, pero es fruto de mi gran experiencia e inteligencia. Con tiempo todos pueden lograrla, pero requiere de mucha paciencia, estudio y dedicación.
- La verdad es que había creído la versión del mayordomo – dijo la señora de la casa.
- Sí.- afirmó el dueño – Yo también. Y míralo, el pobre perro no tenía culpa de nada. Y este tipejo lo utilizó para fastidiarnos la velada.
- Bueno, - prosiguió la señora - ahora que está todo aclarado, dejaremos que los criados recojan todo este estropicio y tomemos una copa en la sala mientras esperamos que nos repongan la cena.

Y así, elementalmente Sherlock resolvió otro caso. Otro caso de embaucamiento, de fraude, de estafa. Porque la gente es así, antes de asumir las consecuencias siempre echan las culpas a los demás. ¡Qué vergüenza culpar al pobre perro! la sopera no se había roto por culpa del animal. Que desfachatez había tenido el mayordomo. Aunque había resultado ser un acierto la presencia del animal, de esta forma a Holmes le había resultado más fácil incriminarlo y así, ocultar su delito. El delito de Sherlock. Y ahora el gran detective meditaba sobre cómo terminar con su manía de buscar puertas faltas. Por culpa de su curiosidad, se había quedado sin probar aquella deliciosa sopa. Aunque bueno, siempre es divertido culpar al mayordomo. Porque, ¿quién se opone a las deducciones de Sherlock Holmes?

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Noviembre de 2009 a las 17:59
EL PERRO DE SUS OJOS


Lo peor de todo, me dijo, eran las maanas insoportablemente lentas. Quizs, si se hubiera hecho al hbito de levantarse ms tarde, las horas no las habra sentido tan blandas. Eran como la masa para hacer pasteles. Una mano blanda el rodillo y con l las estiraba y las haca frgiles. Llegaban a su trmino enteras, sin embargo. Una ms sumada a las cientos, a las miles desde su primer berrido.
Haca tiempo que no lloraba. Haca tiempo que se enjugaba con el extremo de un pauelo impoluto el agilla legaosa que se le resbalaba dcil lagrimal abajo. A veces no le daba tiempo a detener el flujo y senta la sal en los labios. Siempre haba relacionado sal y vida. Lo dulce era lo muerto. La podredumbre, por ejemplo, era un olor dulzn.
Se llamaba Chispas y era su perra. La vio caer fulminada mientras intentaba recoger del suelo una pelota de trapo que acababa de lanzarle. Las golosinas y el poco ejercicio, le dijo el veterinario, haban sido la causa de su fallecimiento sbito. Otra vez lo dulce y la muerte.
Su hora de amanecida, me confes, eran las seis. Le resultaba imposible dormir ms, asegur doa gueda. El dolor de espalda, su acucia por orinar, el ronquido sordo de su compaera… Sacaba los pies helados de la cama y, en zapatillas de felpa, lo primero era comprobar si Chispas haba dormido igual de bien que ella y si haba comido el pienso. La perra la reciba con la lengua colgando y los ojos brillantes. Pero no coma. Llevaba tres meses sin probar una albndiga. Era un hecho extrao, eso s lo admita. Admita asimismo que en sus circunstancias difcilmente un perro necesite alimentarse. Dnde estaba el problema, entonces? En que Chispas haba desparecido sin dejar rastro. Doa gueda pensaba, es ms, estaba convencida de que alguien le haba hecho dao; de que uno de los residentes, por envidia o mera malicia, haba cogido a la perra y se la haba llevado a saber dnde, y que, al amparo de la oscuridad de la noche, la haba matado y enterrado en el jardn.

En mi oficio es bastante comn enfrentarse a casos poco ortodoxos. El dinero obliga a aceptar encargos que a uno pueden antojrsele disparatados, pero que reportan igualmente dinero. Un perro fantasma ni muere ni padece. Chispas, cuando conoc a su propietaria, llevaba tres meses muerta, el mismo tiempo que doa gueda en la residencia; pero sta aseguraba que si bien asisti a su incineracin, la perra la visitaba todos los das sin falta, la acompaaba en sus breves paseos, se dejaba acariciar en la lectura, y dormitaba en su regazo el tiempo que vean juntas la televisin. Su compaera de cuarto aseguraba haberla visto tambin. Tena peor aspecto que cuando viva, cierto, con los ojos ms saltones y el pelo del lomo crespo. Es la falta de higiene, decan ambas.
- Otra cosa no, pero Chispas era una perra muy limpia. La baaba todos los sbados y siempre, tras nuestras salidas, la obligaba a limpiarse las pezuas en el felpudo, como las personas.

A solas, despus de apretarle las tuercas un poco, la compaera de doa gueda me admiti que no lograba ver a la perra, como deca; pero que por no llevarle la contraria a la vieja, a todo le deca amn. No me juzg, sin embargo, como s hicieron los hijos de doa gueda cuando sta les comunic que haba contratado los servicios de un detective para descubrir al secuestrador y asesino de Chispas. El barn, sobre todo, se mostr bastante desagradable y me acus de querer engaar a su madre. No le repliqu. El dinero lo pona ella, primero. Segundo, no estaba en situacin de rechazar ningn trabajo y ste, como cualquier otro de los que haba resuelto hasta entonces, posea los ingredientes bsicos, aunque no clsicos. La perra, despus de todo, mereca que alguien como yo usase de toda su astucia y sabidura para encontrarla, aunque estuviese doblemente muerta.

El principal sospechoso era un anciano de mal carcter y peor atuendo. Doa gueda haba pensado en l desde el principio, porque siempre que Chispas se le acercaba a olisquearle las perneras del pantaln, que, por cierto, apestaban a orines, ste le propinaba un puntapi certero que la enviaba al otro extremo de la estancia donde se hallaran. La perra, pese a los golpes, insista cada maana en querer averiguar el origen de aquel tufo, y cada maana, a la misma hora, reciba su merecida puntada. El hombre, al cual interrogu con el beneplcito de la direccin, que me permiti durante dos das moverme sin trabas por el edificio (los hijos de doa gueda cedieron a su capricho), me dijo que la seora aquella no estaba en sus cabales y que el chucho del que hablaba era mentira. Su intencin: desprestigiarle, quedarse con su trozo de tarta en las meriendas. Nada, en fin, que yo ya no supiese.

El verdadero reto de aquel caso era averiguar el modo de hacerle entender a mi clienta que a su perro no lo haba secuestrado nadie y de que, desnutrido como estaba, era probable que se hubiese retirado a algn rincn del asilo que slo l conoca, muriendo mansamente de inanicin. Para reforzar el supuesto, poda conseguir un esqueleto de perro fantasma y entregrselo en una bolsa tambin fantasma. Actuar as era, despus todo, lo ms sensato. Servirme de su mismo lenguaje consolador para que el dao fuese el menor posible y yo, de paso, recibir mi recompensa sin la sensacin de haberla estafado, como segua sugiriendo el imbcil de su hijo.

Pero en la ltima entrevista se me ocurri algo ms simple. Nos habamos instalado en sendas butacas, en una terracita encarada al sol, y ella hablaba de lo lentas que pasaban las horas all encerrada. De vez en cuando, con una elegancia pizpireta, se llevaba la punta de su pauelo nveo e impoluto al lagrimal de su ojo izquierdo, y luego al del derecho, para borrar de ellos el botn de una gota que empezaba a espesrsele. “Acaso”, aventur en voz alta, “sin darse cuenta porque es mecnico lo de llevarse el pauelo a los ojos y limpirselos, haya no solo enjugado la lgrima, de paso se ha llevado a su perro enganchado y por eso no ha vuelto a verlo, pues al fin y al cabo lo que vemos est en los ojos, ms prendido a ellos cuanto ms lo amamos.” A lo que doa gueda, mirndome fijamente, replic con un suspiro.

Recib el taln al da siguiente. Me di el capricho de comer en un buen restaurante y luego fui al cine. De regreso a casa me detuve a mirar los perros expuestos en una tienda de animales y pregunt por el precio de uno. Decid quedrmelo. Hace rato que lo siento a mi espalda, esperando pacientemente que lo saque a pasear.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Noviembre de 2009 a las 23:23

Renunciamos a todo, menos a la victoria.

- ¿Quién mató a Durruti?

Miguel tiró la pregunta a la vez que el paquete. Juan cogió un Ducados y dio fuego a la historia.

Fuera se había echado la niebla y la noche. Las calles del Pozo estaban tan embarradas como en la mejor de las novelas de Gorki. Los cinco nos apretujábamos alrededor de aquella mesa cuadrada, en aquel banco cuyo respaldo corrido eran las tres paredes de la habitación. El aire estaba cargado de humo, del vaho de nuestra respiración y de nuestros sueños de una Aurora Roja sobre Madrid.

Juan encendió un Ducados.

- Algo sabes tú cuando preguntas... ¿Dónde estuviste anteayer?

Miguel rió socarronamente.

- En Huesca. Sí, estuve con Jesús Arnal, listillo.

- Ese cura... Nunca entenderé por qué Durruti lo cogió como escribiente. Vale que le salvara la vida, pero de ahí a hacerlo su secretario... ¿Qué te ha contado el cura de Durruti?

- Que no fueron los moros, ni los comunistas, ni sus compañeros. Que se le disparó el naranjero al bajar del coche. Que tú hiciste indagaciones semanas después, y casi te pegan un tiro. Anda, cuenta ¿Cómo fue que te metiste a detective?

Juan echó una calada:

- Fue su mujer quien me puso en marcha. Pero en realidad fui yo o fuimos todos.

Nunca olvidaré el entierro de Durruti en Barcelona. Caótico, grandioso. El féretro, la comitiva, se atascó entre las calles repletas de gente y no pudo llegar al cementerio antes del anochecer. Tuvieron que volverse y enterrarlo al día siguiente. Todo, por un hombre al que amortajaron con ropa prestada, porque en su maleta solo tenía una muda de ropa interior.

La versión oficial fue que le habían disparado los moros desde una ventana del Clínico, cuando inspeccionaba el frente. La radio fascista dijo que lo habían matado los comunistas. Los comunistas, que habían sido los propios milicianos de Durruti cuando trataba de contener su desbandada.

La guerra era así: muerte en el frente, insidias en la retaguardia.

La insidia no lo sería si no tuviera algo de verdad. Que los comunistas desviaban hacia sus unidades el armamento que llegaba, que trataban de asfixiar a las columnas anarquistas, eso era verdad. Que en la columna de Durruti no había grados ni disciplina militar, eso también era verdad.

El día que murió, sus milicianos llevaban treinta y seis horas combatiendo, sin comer. De mil setecientos, quedaban setecientos. Luchaban piso por piso en la Ciudad Universitaria contra moros y regulares. Durruti se peleaba con Miaja para que dieran relevo a sus hombres, y con sus hombres para que aguantaran al enemigo.

Durruti hubiera podido morir así, con los brazos abiertos empujando a sus hombres de vuelta a la pelea. Pero tan inconcebible era que ellos dispararan contra él, como él contra ellos. En su credo, revolución y guerra eran inseparables.

Por eso, cuando a las pocas semanas de su muerte oímos que la radio ponía en su boca aquella frase, “Renunciamos a todo menos a la victoria”, y que la usaban para justificar justamente lo que él no quería, para instaurar los grados y la disciplina militar entre las columnas anarquistas, para aplazar la revolución sin fecha hasta ganar la guerra, todos sentimos quenos estaban traicionando.

Me llegó recado de Emilienne, la mujer de Durruti. Seguía en Barcelona. Su hija tenía siete años y apenas había conocido a su padre, siempre escondido o encarcelado.

- Tú sabes que eso no lo pudo decir Durruti.

- Emilienne, tú lo conocías mejor que yo. Pero la guerra nos está cambiando a todos.

- ¿Sabes quién ha puesto esa frase en labios de Durruti?

- No

- Un periodista soviético, Ilia Ehrenburg. Después la han repetido los demás. Hasta la Soli.

- Todo el mundo quiere apropiarse de Durruti.

- Mira.

Me enseñaba el chaquetón de Durruti, ése con el que sale en las fotografías. Tenía un agujero con un círculo quemado.

- ¿Pediste explicaciones?

- Federica Montseny me dijo que había sido un accidente, que se le disparó el naranjero al subir al coche.

- El naranjero no tiene seguro. Hay muchos accidentes por éso. ¿Por qué lo callaron?

Omití que Durruti no lo utilizaba. Prefería la pistola.

- No alentar la desconfianza entre nosotros. Ya sabes: traidores, quintacolumna. La creí. ¿Por qué no? Pero ahora, ver como trafican con sus palabras me hace sospechar. Quiero saber la verdad.

La verdad. Dicen que en una guerra es la primera víctima. Y me pedían que la rescatara sana y salva entre tantos muertos. Pero me lo pedían la mujer de Durruti, su hija, la clase obrera, todos los que se desangraban en las trincheras.

Marché a Madrid. Los Amigos de Durruti me proporcionaron salvoconducto como corresponsal de Tierra y Libertad.

Pospuse dejarme caer por el Florida. De los muchos fantasmas que allí se emborrachaban, sólo Ilia Ehrenburg me interesaba. Era un ajuste de cuentas personal y podía aplazarlo.

Localicé al doctor Santamaría. Un periodista con pistola y pañuelo de la FAI es persuasivo. ¿Obtuve la verdad? Algo muy parecido. Cuando le trajeron al herido, barruntó quién era y supo que los que lo traían mentían: la bala había sido disparada a menos de quince centímetros, no desde seiscientos metros. Sospechó un ajuste de cuentas y no se atrevió a operar para no convertirse en chivo expiatorio en caso de su probable fallecimiento en quirófano. Para cubrirse, “consultó” con sus colegas, y después llamaron al doctor Bastos, que operaba en otro hospital. Los unos por los otros, nadie hizo nada por Durruti,salvo atiborrarle de morfina hasta que murió.

Me despedí asegurándole que no pensaba publicar nada, y que esperaba de él que tampoco lo hiciera.

Para ver a Bonilla, uno de los escoltas que viajaba en el segundo coche, tuve que mostrarme entre los ambientes de la columna Durruti, que ahora no era tal, sino la División 26 del Ejército de la República. Ya no había milicianos, sino soldados.

Bonilla me confirmó que en el Packard no iban más que el chófer y, detrás, Durruti y su asistente, José Manzana. En el camino atajaron a unos milicianos que se volvían. Durruti bajó, habló con ellos, los encaminó de vuelta. No oyeron disparos. Al reanudar la marcha, el coche de los escoltas debía arrancar primero, porque guiaba. Pero el Packard de Durruti salió disparado, sin esperarles. Camino del hospital.

Durruti llevaba pistola sobaquera, Manzana un subfusil.

Ya sabía quién había disparado. Me faltaba el motivo.

Tenía que apresurarme. Bonilla no se iría de la lengua de motu propio, pero yo llevaba tres días dejándome ver.

Manzana era sargento de artillería. Se había pasado a las milicias durante el asalto a las Atarazanas, en medio del tiroteo. Durruti lo llevaba como consejero técnico. Confiaba en él. Pero cuatro meses es poco tiempo para conocer a un hombre.

Localicé al chófer. Lo tenía contra una pared, cuando me pusieron por detrás la bocacha de un naranjero. Era Manzana. Con las estrellas de coronel.

Dudó en disparar. No muy de lejos de nosotros pasaban unos milicianos. Creí reconocer una de las voces. Llamé en voz alta. A Manzana no le quedó más remedio que llevarme ante Ricardo, el jefe de la División. Después de unos días de encierro para intimidarme, me soltó y me dijo: “Cuando acabe la guerra, se sabrá la verdad”. Ni siquiera dijo “cuando ganemos la guerra”.

La revolución estaba derrotada. La guerra, perdida.

Volví a Barcelona. Me cité con Emilienne discretamente. Cuando terminé de contarle, me dijo que se volvía a Francia. Se produjo un largo silencio entre nosotros. Como si quisiera justificarse, ella continuó:

- ¿Sabes?, yo le llamaba por teléfono siempre que podía. El se ponía al aparato, hosco: “¿Qué pasa?”. Le quitaba tiempo, le ocupaba la mente, le ocupaba la línea telefónica que hacía falta para la columna, y hablar por teléfono con la mujer era un privilegio que no tenían los demás milicianos. Yo, después de colgar, lloraba.

«Uno que estaba con él durante una de esas llamadas, me contó que al terminar le dijo: “Mierda, José, mierda. La guerra nos convierte en chacales”.

«Sí, renuncio. Renuncio a haberle llamado y a haberle importunado. Sabía desde que lo conocí que él moriría así. Ya está, él ha muerto. Ahora tengo que cuidar de mi hija.

«Y además, la verdad es otra: a Durruti lo mató Durruti. Durruti murió porque no renunciaba a nada.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Noviembre de 2009 a las 23:57

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concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Noviembre de 2009 a las 23:57

Años setenta en la ciudad que fue 

 

    Encendió en el interior de su vehículo un cigarrillo para que la espera se le hiciera menos pesada, pese a que sabía que fumar ahí dentro iba a contribuir a que el techo del Seat 124 se pusiera más amarillento de lo que ya estaba. Calada tras calada tuvo la mirada fija en la calle, en pleno barrio de la Sagrada Familia barcelonesa. Cuando el abogado Pedro Altuno saliera del portal al que no quitaba ojo debía seguirle a donde quisiera que fuese.

 

    Cuando terminó el pitillo bajó la ventanilla y lo tiró al asfalto. Se miró en el sucio espejo del conductor, lleno de huellas y mugre: sus párpados eran demasiado delatadores de noches de insomnio, y su pelo largo y despeinado denotaban una dejadez absoluta. Se lo echó para atrás, metiéndose varios cabellos detrás de las orejas. Paula ya le había dicho una cantidad de veces considerable que fuera al barbero.

 

-         Es que te tienes que cuidar más, Juan –le había sugerido ella.

 

    A decir verdad, no había sido una sugerencia, sino que había sido una justificación al pasotismo que había mostrado hacía él en las últimas semanas. Hacía tiempo que no le hacía mucho caso y eso era algo que le preocupaba. Aunque también le hacían llevar una existencia a disgusto las misiones que le encomendaban en la agencia, que eran las más absurdas y carentes de emoción. Él había elegido esta profesión porque se suponía que se iba a entretener desempeñándola, pero los mejores casos se los encargaban siempre a los más veteranos. El que ocupaba su tiempo aquella mañana de diciembre era muy simple: debía estar al tanto de los tejemanejes de un abogado de una empresa fabricante de muebles, la cual había sido demandada por otra de igual condición porque decían sus dueños que les copiaban los modelos.

 

    Pedro Altuno salió a la calle por el portal vigilado, como era de esperar. Cincuentón alto y delgado, moreno y de tez alargada con una enorme nariz puntiaguda. De su vestimenta destacaba una gabardina marrón. Se introdujo en un Renault 8 de color rojo. Lo arrancó e inició la marcha. Juan le siguió por la calle Cerdeña, que baja en dirección al mar. Altuno se detuvo a la altura del gran templo de Gaudí, por aquellos años con las obras totalmente paradas. Juan observó como las luces de emergencia quedaban activadas mientras el perseguido se bajaba del Renault. Dedujo que volvería enseguida, pues sino no habría accionado tales luces. Compró un ramo de flores en la plaza, en un puesto ambulante junto a las numerosísimas casetas de Navidad en donde estaban expuestos, para satisfacción y disfrute del abundante gentío –y para que pudiesen comprar también- gran cantidad de figuras de belén, portales, adornos varios, árboles… Volvió a su vehículo, abrió una puerta de atrás, posó el ramo sobre un asiento, cerró aquélla, abrió la del conductor, se sentó, apagó las luces de emergencia y reinició la marcha.

 

    También la reinició Juan, para continuar persiguiendo. Él y Altuno fueron a parar hasta Las Ramblas, a la altura de la calle Tallers. El perseguido aparcó su Renault 8 allí mismo. Juan dejó su Seat 124 en doble fila. Siguió a Altuno por la calle a una distancia prudencial, hasta la tienda de discos Revólver. Saludó a una chica que estaba de espaldas mirando el escaparate. Se giró. Juan no daba crédito: se trataba de Paula, su novia. Altuno le hizo entrega del ramo. Ella sonrió y se besaron.

 

    La ira inundó a Juan. Cogió su pistola. La acarició. La noche anterior había estado limpiando el ánima del cañón con una baqueta, y también había engrasado con aceite lubricante el mecanismo de la corredera. Pero no, ahí, a plena luz del día, en una callejuela tan transitada como aquella, no podía utilizarla.

 

    A la noche, en casa, pidió explicaciones a Paula. Ésta tuvo que confesar que Pedro Altuno no era su amante, sino que era un cliente.

 

-         ¡¿Un cliente?! –gritó Juan.

-         Sí, un cliente –repitió Paula.- Y de los mejores. Mi verdadera profesión es esa, ser chica de compañía –dijo, apartando la mirada.

-         Pues entonces lo dejamos. Tú, o estás conmigo o nada. No quiero compartirte con nadie, por muy clientes tuyos que sean y por muy profesión tuya que sea.

 

    Pero Juan estaba tan enamorado de Paula que no pudo olvidarla los días sucesivos, y más teniendo en cuenta que el caso que le ocupaba por aquellas fechas era el relacionado con ese hombre.

 

    Llegó una tarde en la que ya no podía más. La noche inundaba la ciudad –ya se había puesto el sol-, los adornos navideños con sus luces abundaban por doquier y los comercios funcionaban a pleno rendimiento. Se encontraba con su vehículo detrás del de Altuno a la altura de la Plaza Calvo Sotelo –hoy Francesc Macià-, excitado y nervioso, acelerando y frenando bruscamente, sin guardar distancia de seguridad alguna y sin importarle que el abogado se diera cuenta de algo. Enfilaron ambos la Avenida Infanta Carlota –hoy Avenida Josep Tarradellas- hasta casi el final de la misma. Giraron a la izquierda, a una calle más pequeña. Altuno estacionó su vehículo, se bajó de él y comenzó a andar. Lo mismo hizo Juan. Altuno se detuvo a la altura de la prisión de la Modelo. Entró en ella. Juan dedujo que probablemente debía visitar a algún cliente que había allí preso. Entró engañando a los grises que custodiaban la entrada desde una garita gracias a un falso carné de inspector de policía, el cual le era de gran utilidad en numerosas ocasiones, como en aquella.  

 

    Cuando entró en el desvencijado penal, Altuno se encontraba en el pasillo principal hablando por teléfono, un Heraldo de color mate, de pared, de esos de rueda con agujeros en donde meter los dedos para marcar los números deseados. Juan se sacó la pistola del bolsillo interior derecho del abrigo, escondiéndola tras éste.

 

-         Quieto –dijo con voz queda, apuntando a Altuno. Éste no veía el arma, pero sentía su presión tras las telas del abrigo de Juan-. No diga nada. Entre ahí, vamos.

 

    Atravesaron una puerta que daba acceso a un pasillo escasamente iluminado, de paredes despintadas, descuidadas, abandonadas a su suerte y al inexorable paso del tiempo. Anduvieron por él hasta llegar a su final, en donde una puerta de hierro hacía intuir a quien a ella llegara que pasando al otro lado en éste la vida se mostraba con una crudeza sobrecogedora. Hicieron entrada a la estancia. En ella sólo había un garrote vil de madera. Era una sala de ejecuciones en donde las autoridades franquistas daban rienda suelta a su autoridad más fuerte.

 

-         Siéntate ahí, ¡vamos!

 

    Pedro Altuno hizo lo que le mandó Juan.

 

-         ¿Me vas a matar? –preguntó, nervioso.

-         Esa pregunta te va a costar una hostia. –y se la propinó en los labios, con la pistola.

-         ¿Para qué me has traído aquí? –Altuno sangraba.

-         Para que dejes de tirarte a mi novia Paula. Bueno, a mi ex.

-         ¿Paula? Pero si no somos novios, tan sólo contrato sus servicios de vez en cuando…

-         ¡¡Calla!! –gritó Juan, histérico, bajando la vista al suelo, indignado.

 

    Altuno aprovechó este despiste de su captor para propinarle una patada en la mano con la que había estado sosteniendo la pistola. Ésta cayó al suelo. La cogió con rapidez. Juan estaba desconcertado, sin saber qué hacer.

 

-         ¿Ahora qué?, ¿Eh? Cazador cazado. –Altuno se animaba.- Siéntate tú ahora ahí, ¡venga!

-         Que sepas que llevo varios días persiguiéndote –advirtió Juan.- Es por lo del caso que llevas, lo de la empresa de muebles… que se plagian y eso…

-         ¿Cómo?

-         Lo que has oído. Así que, cualquier cosa que me pase se puede volver en tu contra. Si me sucede algo, en la agencia tenemos medios para responderte.

-         Tú eres más peligroso de lo que pensaba.

 

    Pedro Altuno, muy alterado, ató a Juan en el garrote con unas cuerdas que allí había para tal acción junto a unos trapos que servían para tapar los ojos de los sentenciados. Le puso el collar de hierro alrededor del cuello y lo cerró con un tornillo. Juan chillaba y chillaba, pidiendo auxilio. Altuno comenzó a mover la manivela, y el cuello de Juan fue cediendo para ir partiéndose poco a poco. Pero su cuello era bastante vigoroso, y Altuno era bastante débil. La muerte aconteció finalmente por estrangulamiento. Juan había chillado y chillado, pero desde aquella estancia oscura y de miedo no le había escuchado nadie.

concursoderelatos
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  • 14 de Noviembre de 2009 a las 23:50

"LA LILAS"

El piso tenía un saloncito y un dormitorio amplio, la cocina minúscula y un baño. No estaba mal decorado, pero apestaba a cerrado, todo allí era circunstancial, de paso.

Juan Vélez daba vueltas de aquí para allá mirándolo todo con ojos inquisitivos. Una vez más alguien había muerto de manera violenta. Algo que resultaba rutinario ya en su vida y en su carrera policial.

Aquel muchacho seguro que jamás pensó que acabarían hablando de él en la televisión y la prensa. La pena era que no podría darse cuenta. Primero acudió la policía y también los servicios médicos y finalmente el forense, para certificar su muerte. Tres puñaladas, dos de ellas mortales de necesidad, dijo éste y se fue, después de firmar el documento.
Y así, sin más trámites se acabó la historia de Sebastián Payás, más conocido por todo el mundo como “La Lilas”

“La Lilas” era demasiado joven para vivir todo lo que había vivido. Siempre había caminado por el filo de la navaja, pero no le habían dado ninguna oportunidad y él había hecho siempre lo que tenía que hacer. Le llamaban marica: el era homosexual, tan femenino como cualquier mujer o tal vez más. No se había convertido en ello por causa de la droga o por placer, él era una mujer que había nacido encerrada en un cuerpo menudo de hombre. Y eso le había costado no pocas palizas y disgustos y la soledad más angustiosa.

Hasta queterminó jodiendo para poder cambiar aquella piel que lo mortificaba, por la que él consideraba que era la que le hubiera debido corresponder en su nacimiento y así acabó enamorándose de uno de esos hombres seguros de sí mismos, de mucha más edad que él y que viven esa vida que llamamos normal, casado y con familia, pero que necesitan buscar aventuras, carne fresca para su recreo, que jugaba con “La Lilas” a ser su amante sin ningún escrúpulo.

Aquella relación comenzó a alargarse más de lo previsto por el viejo sátiro, que encontró en la entrega del joven más placer del que había imaginado. Le hizo promesas de viajes lejanos, de soledades a dos, de seguridad y constancia y el muchacho se lo creyó todo, hasta que una tarde despertó del sueño, de golpe, cuando su amante le comunicó que todo se había acabado. No hubo promesa que no le hiciera, ni súplica, ni juramento. Le preguntó por qué, le prometió no pedir nada, le aseguró que no le molestaría, le suplicó que no le dejara y cuando vio que todo era inútil, le amenazó con hablar con su esposa y hacer pública su aventura.

Y ese fue uno más de sus muchos errores. Aquel hombre lo mató de tres cuchilladas. Y allí lo dejó, desangrándose sobre el piso del apartamento donde se habían visto durante tanto tiempo.

Pero todo esto no lo sabía el Policía. Solo vio a un joven tumbado sobre un reguero de sangre, con los ojos sorprendidos, abiertos mirando al techo y las manos como garras prendidas en los pliegues de una camisa rosa, a la altura de su pecho.

Juan Vélez, inspector de homicidios pensó que aquel iba a ser un caso sencillo. Pero no fue así. Inspeccionaron cada rincón del piso, recogieron muestras de todos los rincones, averiguaron a nombre de quien estaba alquilado aquel nido de amor. Y preguntaron aquí y allá si sabían con quien andaba aquel muchacho y si habían visto a alguien especial por allí últimamente. Nadie sabía nada, el piso estaba limpio, lo habían lavado con tanta perfección que parecía obra de un profesional del crimen, la identidad del alquilante era falsa. Así que aquel pasó a ser otro caso más de los muchos que quedaban sin solucionar y que acababan olvidados en lo más profundo de los archivos policiales. Vélez conocía muchos así. Personas a las que nadie reclamaba, de las que nadie se preocupaba, que desaparecían de este mundo sin que alguien las llorara. Se prometió no olvidarse de aquel caso, pero sabía que seguramente otros muchos vendrían después y no podría mantener aquella promesa y pronto pasaría al olvido.

Encendió un cigarro nuevo con el que aún tenía en sus labios, se ajustó la gabardina y salió del lugar alisando sus cabellos con la mano. Estaba cansado, harto de tanta miseria y de ver tanta sangre y porquería y se iba a su casa. A esa casa en la que vivía tan solitario como “La Lilas”. Como hacía a menudo últimamente, empezó a compadecerse de sí mismo pensando que, cuando le llegara el turno, a él tampoco le lloraría nadie.

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  • 15 de Noviembre de 2009 a las 15:14
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concursoderelatos
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  • 15 de Noviembre de 2009 a las 15:16

Peluso.

 

Resulta fascinante descubrir un buen día, al despertar y quitarte el pijama, que en el ombligo se genera una suave pelusa blanca. La verdad es que no tengo muy claro cómo se llega a formar la pelusilla, y mira que estuve un día entero mirándomelo para ver si pasaba algo y nada. Tengo la sospecha de que pasa como cuando sudas, que sale directamente de la piel.

Lo malo es que no puedes ir por ahí contándoselo a todo el mundo, al ser algo tan íntimo. Mi mejor amigo, Javi, un día en el recreo, se acercó a mí con aire misterioso y me llevó al servicio. Entonces se levantó el jersey, la camisa y la camiseta, y me enseñó su ombligo. Su experiencia con las pelusillas recién descubiertas había sido tan traumática para él como para mí y, tras compartirla, comenzamos a preguntar al resto de los niños de clase si habían pasado por lo mismo.

A las niñas las dejamos de lado, pero por lo visto a ellas también les pasaba. Lo supimos porque Pablo había visto la pelusa en el ombligo de su prima Laura cuando se quedó a dormir en su casa el fin de semana anterior y, a través de ella, supimos que este suceso era algo que increíblemente nos unía.

Así que estaba claro: la pelusa del ombligo es algo que tienen todas las personas del mundo. Lo malo era que no recordábamos si siempre había sido así o solamente desde hacía un tiempo.

De este modo, la investigación pasó a su siguiente nivel: averiguar a partir de qué edad comienza a salir. La cosa fue fácil. Algunos de nosotros teníamos hermanos pequeños, y solamente teníamos que ir a verles el ombligo antes de acostarnos. Todos pudimos asegurar que tenían pelusilla en el ombligo. Los más pequeños tenían muy poca, y es que las madres se obsesionan tanto con la limpieza de los bebés que de tanto lavarlos hasta los dejan casi sin ombligo. Pero estaba claro: desde que nacemos fabricamos pelusa.

Pero, ¿hasta cuándo? Descubrimientos en nuestros padres, e incluso abuelos, confirmaron que también tenían, así que se producía pelusa durante toda la vida.

 

El enigma de la pelusa en el ombligo estaba casi resuelto, solamente quedaba saber para qué servía. Algunos pensaron que con ella se hacían la ropa cuando no existía la tela para hacer ropa. Estaba claro que no era comestible, como los mocos. Tal vez no servía para nada. El caso es que nunca quedó muy claro y lo que ocurrió después hizo que nos olvidáramos del tema.

 

Llegó un niño nuevo a nuestra clase: Rafa. Seguramente fue el peor día de toda su vida. Para empezar llegas nuevo a un colegio donde no sabes qué clase de niños te vas a encontrar o si la maestra te odiará desde el principio. Llovía mucho ese día, y nos quedamos en la clase en vez de salir al patio. Y, claro, como no teníamos nada que hacer, y él era nuevo...

 Los chicos fuimos a la mesa de Rafa. El pobre estaba tan entretenido con su bocadillo que cuando se quiso dar cuenta lo teníamos rodeado.

Entonces levantó la cabeza y nos dijo que qué queríamos. La verdad es que ninguno se atrevía a decírselo. Entre nosotros era algo natural, nos conocíamos desde la guardería y había confianza, pero Rafa era un extraño y nos daba algo de vergüenza preguntárselo. Así que algunos empezamos a reírnos y a hablarnos al oído. Rafa se puso nervioso, se levantó y levantó los puños amenazando con pegarnos si no le dejábamos tranquilo. Eso nos asustó a los que somos más pequeños, pero entonces habló Paco.

Paco repitió segundo y es el más grande de todos los de clase. Pero no abusa de su tamaño, y hasta nos defiende en el recreo de los de su edad que no repitieron segundo. Bueno, pues Paco, que era más grade que Rafa, fue y le bajó los puños, y le dijo que no le íbamos a hacer nada. Luego le dijo que sólo queremos verle la pelusilla. Entonces Rafa puso una cara muy rara. Paco le dijo que nos enseñara el ombligo. Rafa dijo que no, y la verdad es que yo también habría dicho lo mismo, teniendo en cuenta que todas las niñas estaban delante y que algunas riéndose. Entonces Paco se lo llevó aparte, y le convenció para que nos lo enseñara a mí y a Javi, que para eso fuimos los primeros en descubrir el gran misterio.

Rafa vino con nosotros al servicio y allí nos enseño su ombligo. Era un ombligo bastante bonito, la verdad: completamente redondo y con las arruguillas formando una estrella de cinco puntas. Todo habría sido perfecto de no ser por un pequeño detalle que nos llenó de asombro: no tenía pelusilla.

Javi y yo nos miramos con cara de asombro. Le preguntamos a Rafa si se había duchado esa mañana, hay veces que cuando te duchas por las mañanas las pelusas no salen hasta la tarde. Rafa dijo que no, que no lo había hecho. Entonces le preguntamos si se la había quitado por la mañana al despertar. Y dijo que qué era lo que tenía que haberse quitado. Entonces Javi y yo le enseñamos nuestros ombligos llenos de pelusa, y Rafa alargó la mano curioso para quitarme la mía. Menos mal que fui rápido y me aparté si no me la habría quitado. Pero nuestra sorpresa llegó a su máximo límite cuando Rafa, con cara de bobo nos preguntó qué era eso blanco que teníamos en el ombligo.

No había duda: Rafa no producía pelusa. Javi y yo no pudimos hacer otra cosa que salir corriendo de allí gritando. Corrimos hasta estar a salvo rodeados de nuestros iguales en el aula. Se lo explicamos todo pero no nos creyeron.

Cuando Rafa entró por la puerta se hizo el silencio. Paco se acercó a Rafa. Le miró de arriba abajo y le preguntó si tenía pelusilla. Rafa le dijo que no sabía qué era eso. Entonces Paco, creyendo que bromeaba le dijo que le enseñara el ombligo. Rafa se negó. Dijo que ya nos lo había enseñado a nosotros y se fue a su sitio. Entonces Paco lo tiró al suelo y todos nos echamos encima para inmovilizarle. Nico fue quien le levantó la ropa, y todos pudieron comprobar lo limpio que estaba su ombligo.

En ese momento terminó el recreo y llegó la señorita. Nos pilló con Rafa en el suelo, así que nos regañó por tratar así a un compañero nuevo. ¿Compañero? ¿Ese que no tenía pelusa en el ombligo, ese que ni sabía qué era la pelusilla? Sin decir ni una palabra se formó un gran pacto entre todos los de la clase: ninguno volvería a tratar con Rafa. En cierto modo era comprensible que no lo hiciéramos: ¿y si era contagioso? Tampoco íbamos a denunciarlo a la policía, solamente queríamos vivir tranquilos. Cuando me acuerdo de la mano de Rafa acercarse a mi pequeño ombligo... Todavía tengo pesadillas.

 

Pasaron los días. La verdad es que nos daba un poco de pena verlo ahí sólo todo el tiempo, sin nadie con quien jugar en los recreos, pero: ¿qué podíamos hacer? Lo que estaba claro es que no íbamos a arriesgar nuestras vidas. A veces se acercaba para que le dejáramos estar con nosotros. Se acercaba y se quedaba a unos pasos, entonces se levantaba la ropa y nos enseñaba el ombligo. Pero, ¡lo tenía tan limpio! Él decía que no era culpa suya, que nunca le había salido pelusa. Dijo que le había dicho a su madre que lo llevara al médico, pero no le hacía caso. Había días en que teníamos que tirarle piedras para que se largara.

 

En primavera Rafa estuvo una temporada sin venir a clase. Todos pensamos que estarían arreglándole el ombligo. Debía ser verdad. Un día nos enteramos de que Rafa había muerto. Supongo que la operación saldría mal, y esto lo confirmó Bea. Dijo que había oído decir a los profesores que había estado en el hospital de urgencias sangrando por el ombligo. Tal vez fuera mejor así.

Lo malo es que cada vez yo produzco menos pelusilla. Estoy empezando a preocuparme. De momento no se lo he dicho a nadie, solo espero que no me pase como a Rafa, que ahora estará en el cielo.

concursoderelatos
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  • 15 de Noviembre de 2009 a las 20:13

PRUEBAS FALSAS

Todo empezó hace una semana; estaba de patrulla con mi nuevo compañero, Adrian, un joven policía recién salido de la academia, cuando recibimos el aviso. La alarma de un chalet de las afueras había. Nosotros éramos los que estábamos más cerca, así que nos tocó comprobar el incidente.

Llegamos en apenas cinco minutos. Salvo por el ruido de la alarma, la vivienda parecía tranquila. Sacamos nuestras armas y nos colocamos a ambos lados de la puerta con precaución. Llamamos al timbre, pero no hubo respuesta.

-          ¡Entremos! – exclamó mi compañero.

-          ¿Es que no te has leído el reglamento? – le recriminé - Salvo el puñetero sonido de la alarma  no hay ningún indicio de que la cerradura haya sido forzada.

-          ¿Y qué hacemos?

-          Vuelve al coche patrulla a ver si consigues que los de la empresa de seguridad localicen al dueño de la casa – le ordené, suponiendo que debía tratarse de un fallo del sistema de seguridad..

Adrian obedeció a regañadientes. Durante unos minutos, recorrí el perímetro de la vivienda sin observar nada anormal. Estaba a punto de volver al coche patrulla cuando oí el sonido inconfundible de un disparo. Saqué mi arma y, sin pensarlo, rompí  uno de los ventanales saltando al interior.

Percibí claramente el sonido de un andar apresurado bajo mis pies, por lo que busqué rápidamente las escaleras que llevaban al sótano. No había bajado más que unos pocos escalones, cuando una figura se abalanzó sobre mí golpeándome con tal fuerza que caí  rodando por las escaleras. No llegué a ver a mi atacante, tan sólo distinguí  una silueta que huía por la misma vidriera que yo acababa de hacer añicos.

Perdí algunos segundos preciosos aturdido por el fuerte golpe, por lo que, cuando salí  al jardín, tan sólo pude observar impotente como saltaba la verja y se perdía en la lejanía. Incapaz de alcanzarle, decidí volver al interior de la vivienda. Cuando llegué al sótano, encontré a Adrian mirando estupefacto el cadáver de un hombre tendido en medio de un charco de sangre.

-          ¿Qué ha pasado? – preguntó al verme entrar.

-          ¡Que la he cagado! – repuse, enfadado conmigo mismo – Ese hijo puta se me ha escapado.

Iba a agacharme a examinar el cuerpo cuando mi móvil empezó a sonar. Lo cogí, molesto por la interrupción, y una voz, jadeante y extrañamente familiar, me susurró: “Elimina todas las pruebas o te incriminarán”.

El mensaje fue corto y contundente. Pensé que se trataba de una broma macabra del propio asesino, pero, cuando comprobé el número del remitente, comprendí que aquello era algo muy distinto; el número era el de mi propio teléfono.

Afortunadamente, Adrian no se percató de mi repentina palidez y turbación, absorto como estaba en ponerse sus flamantes guantes de látex.

-          Deja eso – le pedí – Yo me encargo. Tú ve fuera y asegúrate de impedir que entre nadie en la casa que no sea policía, forense o juez. Esto se va a llenar de gente y quiero examinar la escena del crimen antes de que lleguen.

Adrian, decepcionado, obedeció sin rechistar, consciente de que no le serviría de nada protestar. En cuanto hubo salido, me enfundé mis propios guantes y me agaché junto al cadáver aún caliente.

Casi de inmediato, localice un cigarrillo aún humeante caído en el suelo. La marca era idéntica a la que yo fumaba. Sin dudarlo, lo coloqué cuidadosamente en una bolsa hermética de plástico y me lo guardé en el bolsillo de la americana.  Después, examiné la herida de bala en el pecho del fallecido. Se trataba, sin duda, de un disparo a quemarropa. Tenía orificio de entrada y de salida y la trayectoria era ascendente. Aquello, unido al desorden de la habitación, parecía indicar una pelea o forcejeo. Intenté imaginar la postura del fallecido y la posible dirección de la bala. Examiné las paredes y, tras unos minutos de búsqueda, encontré un orificio en la pared donde se  había alojado el proyectil. Con una pequeña navaja, conseguí extraerle. No me sorprendió demasiado comprobar que era del mismo calibre de mi arma reglamentaria.  Un murmullo llegó desde el exterior, mientras varias personas irrumpían en la vivienda, por lo que me guardé al bala apresuradamente y salí a su encuentro.

Estuve allí más de dos horas, mientras el forense examinaba el cuerpo y llegaba el juez de instrucción para realizar el levantamiento del cadáver. A punto estuve de entregar a mis superiores las pruebas que había sustraído ilegalmente, pero, al final, una sensación irracional de temor me hizo abandonar el lugar con ellas aún en mi bolsillo.

En los siguientes días rellené el pertinente informe y respondí las preguntas de los detectives que se hicieron cargo del caso, obviando todo lo relativo a la extraña llamada. Todos parecieron aceptar mi declaración, sobre todo cuando Adrian la corroboró punto por punto.

Mientras, comencé mi propia investigación. Conseguí que una ex compañera de otra comisaría examinase, sin hacer preguntas, el ADN del cigarrillo, cotejándolo, sin saberlo, con una segunda muestra proveniente de mi propia saliva. Por otro lado, me las apañé para comparar en balística un proyectil disparado con mi pistola con el disparado por el asesino. El resultado no dejaba lugar a dudas: el ADN coincidía y la bala había sido disparada por mi arma reglamentaria.

En los días siguientes indagué con discreción sobre el rumbo de la investigación oficial. Lo que averigüé no pudo ser más turbador; las únicas huellas dactilares encontradas junto al cadáver eran  mías, lo que me valió una reprimenda por haber manipulado el cuerpo sin las debidas precauciones, y, lo más sorprendente, era que en el jardín también habían aparecido huellas que se correspondían con mi mismo número y tipo de zapatos. Aquello terminó de confirmarme la precisión con que habían sido manipuladas las pruebas. Habían puesto mi ADN, trucado un arma, colocado mis huellas dactilares y, hasta usado calzado de mi número y modelo. Era algo descabellado; ¿por qué tomarse tantas molestias para incriminarme para luego prevenirme con una llamada?

Incapaz de explicar lo ocurrido, llegué incluso a plantearme si podría estar siendo víctima de un problema mental. Quizá realmente yo era el asesino y lo había imaginado todo; a fin de cuentas, Adrian no había llegado a ver a mi atacante.

Una noche, obsesionado y sin poder dormir, tomé una decisión desesperada: decidí volver al lugar del crimen, convencido de que sólo allí encontraría la solución a aquel rompecabezas.

Llegué en plena madrugada. No me costó saltarme los precintos policiales y pronto me encontré en el sótano, ante la silueta encintada que marcaba el lugar del asesinato. Encendí un cigarrillo intentando calmar mi ansiedad y comencé a examinar la habitación. Al fondo, oculta en las sombras, una peculiar palanca metalizada llamó mi atención. Sin pensarlo, la empujé y todo el fondo de la habitación se desplazó a un lado dejando al descubierto una extraña maquinaria que abarcaba toda la pared. Me acerqué, pisando sin querer un extraño saliente en el suelo, y todo cambió a mí alrededor.

Era de día y la pared ocultaba de nuevo la maquinaria. Estuve unos minutos desconcertado antes de que un hombre apareciese tras de mí, haciéndome salir de mi estupor. Lo reconocí de inmediato; era la víctima del asesinato que, de alguna manera, volvía a estar vivo frente a mí. De manera refleja, saqué mi arma y le apunté.

-          ¿Qué quiere? – preguntó el hombre asustado - ¿Cómo ha entrado aquí?

-          No lo sé – balbuceé – Usted murió hace una semana y había una máquina en esa pared. Todo brilló…

-          ¡Dios mío! – exclamó – Estaba programada para un retroceso temporal aproximado de siete días.

-          ¿Retroceso temporal? – pregunté, empezando a intuir, incrédulo, lo ocurrido.

-          Pero … ,si he muerto hace una semana eso solo puede significar…  – el hombre parecía reflexionar en voz alta – que moriré hoy.

Una mirada de locura se dibujó en su rostro mientras se abalanzaba sobre mí presa de la desesperación. Quise quitármele de encima, pero mi arma se disparó y el hombre cayó muerto a mis pies. Casi de inmediato, el sonido del cristal al romperse sonó sobre mi cabeza y supe lo que iba  a pasar a continuación. Empecé a subir por las escaleras del sótano, mientras me aseguraba de llevar mi móvil en el bolsillo. Sabía que dentro de unos minutos tendría que hacer la llamada más extraña de mi vida.

concursoderelatos
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  • 16 de Noviembre de 2009 a las 11:48

Tarde de concierto

Recuerdo que el Allegro final, de la tercera Sinfonía de Brahms, sonaba aquella noche diferente a lo habitual en la Filarmónica de Berlín. Los movimientos de brazos de Egbert Fleischer resultaban tensos, como si fueran mazas golpeando entre el aire. El cuerpo de Egbert disimulaba el temblor en una danza sobre el podium, inapreciable para quienes no lo conocían tan a fondo como yo. Durante unos segundos, Egbert detuvo la batuta a lo largo de su brazo derecho en dirección a la sección de los contrabajos. Los músicos proseguían tocando, mirándose de soslayo unos a otros. De repente se escuchó un estrépito que sobresalía del sonido orquestal. Las exclamaciones me indicaron que se trataba de algo grave. Mi asiento en la sala y algunas cabezas me impedían la visibilidad total de ese ángulo de la orquesta. Una voz masculina, desde la primera fila de butacas cercanas a los contrabajos, dijo que un contrabajista se había mareado y caído al suelo junto con su instrumento. En ese instante, Egbert salía de escena, apresurado y pálido, dando traspiés, con la batuta apretada en el puño, sin atender a nadie. Se interrumpió el concierto. Como pude, salí de la sala en dirección al camerino de Egbert. Cuando llegué no había nadie, sólo hallé la batuta en el suelo, con la que había tropezado tras la puerta entornada. La cogí. Al ponerla sobre la mesa noté en ella algo raro. La escudriñé entre mis manos. Era algo más gruesa de lo normal y contenía un mecanismo en la empuñadura que me dejó alerta. Vi que el abrigo de Egbert no estaba, ni su cartera.

Volví a la sala. Ésta estaba ya casi vacía. El nerviosismo y las prisas reinantes me inquietaron. Sobre el escenario quedaban los instrumentos, atriles y sillas, y en el suelo el largo y fino cuerpo del contrabajista, y su instrumento. Un grupo de instrumentistas lo cercaba en un silencio sorpresivo. Alguien dijo que el joven había muerto. La víctima era Ellery, el hombre que últimamente se inmiscuía en nuestras vidas. Disimulé mi miedo en una exclamación ahogada sobre mis palmas. Entre el revuelo creciente, me fui a toda prisa sin llamar la atención, antes de que llegase la ambulancia y evadiendo las preguntas de unos y otros. Volví al camerino y guardé la batuta en mi bolso. Mi afición al género policíaco y mis cursos de detective en la juventud agudizaron mi instinto. Salí del auditorio, buscando a Egbert. Fui en busca del coche. No vi rastro de ninguno. Mientras atravesaba Tiergarten en un taxi de regreso a casa, no dejaba de pensar en la breve vida del joven que yacía sobre el suelo de un auditorio que un día ansió pisar como logro de sus metas, según nos contó en una ocasión.

Cuando entré a mi casa, Egbert no estaba. Con toda la paciencia que pude, me senté y volví a observar la batuta. Deduje que aquel objeto inocente acababa de ser el utensilio de un ajuste de cuentas de Egbert contra Ellery: en el centro de la batuta había un hueco del grosos de una aguja de coser lana, que junto al mecanismo resultaba ser el aparente causante de lo sucedido. ¡Hábiles manos e ingenio de mi marido en su batuta!

Egbert volvió a casa de madrugada, con el rostro desencajado, ebrio, como ausente. Al verme me abrazó temblando como le sucedía, a veces, antes de salir a escena, como tembló aquella misma tarde. Nos miramos entre silencios elocuentes. Le confirme:

—Tengo la batuta a buen recaudo. Nadie la ha visto. No temas. A ambos nos interesa este secreto. Comportémonos como debemos. Finjamos sin reparo.

Por su manera de mirarme y su aguda inteligencia, comprendió a la perfección mis palabras. Enmudecido, se durmió enroscado a mí tras ingerir una pastilla. Yo pasé la noche en vela, deduciendo, oyendo a Egbert musitar de vez en cuando entre sueños: “Libre pero feliz, Ellery”.

Al día siguiente, la policía nos interrogó. Llegaron a casa dos hombres con ropa de corte formal. Sus expresiones eran analíticas, amables. Los recibimos como a una amigable visita. Entre sorbos a nuestras consumiciones, nos informaron del modo como había sido asesinado Ellery. Los hechos coincidían con mi sospecha.

—Sentimos producirles tantas molestias, señores Fleischer. Somos admiradores de usted, señor Fleischer. Suelo ir a sus conciertos, pero no al de ayer —dijo el mayor.

—Y yo —apoyó el joven.

—Muchas gracias. Les enviaré unas entradas —sonrió Egbert.

Ambos emitieron una entusiasta mueca, asintiendo.

—Nos interesa, sobre todo, saber por qué salió usted tan rápido de escena tras la caída del contrabajista, señor Fleischer, ¿es posible? —interrogaba el mayor.

—Me sentía muy mareado, sin fuerzas para continuar, y no me di cuenta de lo sucedido a Ellery.

—¿Diría que todo fue una casualidad? –apuntó el joven policía.

—Lo afirmo rotundamente —respondió Egbert con serenidad disimulada.

—Mi marido tiene anemia y problemas de cervicales. Últimamente sufre mareos, sobre todo en ciertos conciertos que requieren de mucha concentración y energía.

—Los años no perdona —dijo Egbert con desenfado, sonriendo levemente.

Y los excesos tampoco, pensé yo.

—Entiendo, perdone. —Y se dirigió a mí el policía mayor—. Y usted, señora ¿no notó nada raro en su entorno?

—No, nada, solamente que mi marido se encontraba mal. Salí de la sala para ayudarle, como he hecho en otras ocasiones parecidas. La casualidad hizo que lo de Ellery y Egbert coincidiese.

—Sí, eso parece. Bien, entiendo, ya sabía de sus mareos —asentía convencido.

—Sí, claro, se han convertido en comidilla y burla hacia mi persona —dijo resignado Egbert—. Debo pensar en retirarme, sobre todo a partir de este desagradable suceso.

Todos nos sonreímos levemente. Yo asentí, acariciando la mano de Egbert.

—Tengo entendido que ustedes tenían cierta amistad con el fallecido —dijo el policía joven.

—Sí, claro, y con otros músicos de la orquesta —argumentó Egbert.

—Y esta batuta… —Cogió otra batuta que estaba junto a la cartera de Egbert. La examinó. Ambas cosas las había dejado yo sobre la mesita, intencionadamente.

—¿La utilizó en el concierto?

—Sí, es la que uso siempre. Me da suerte —sonrió Egbert, sereno.

—Cuando volvimos, Egbert dejó sus cosas sobre esta mesita. Perdonen el desorden pero se sentía tan mal que...

—Entiendo. Bien, señores, pues, visto lo visto, pueden quedar tranquilos. Espero que este asunto concluya cuanto antes sin tener que recurrir a nuevas declaraciones con ustedes.

Tan pocas sospecha proyectamos hacia ellos que nos pidieron reiteradas disculpas. Nunca más nos molestaron. Quedamos contentos.

Nuestra vida continuó como si nada hubiera sucedido, de cara a los demás, aunque en nuestros respectivos corazones y mentes todo había dado el último vuelco.

El caso se cerró pasado un año, al no obtener la policía ninguna prueba de culpabilidad contra nadie, de no hallar enemigos evidentes en el entorno del contrabajista.

No se conoció al causante de la muerte de Ellery, la mano que había disparado sobre su pecho un punzón envenenado. Sólo Egbert y yo sabíamos de la existencia de aquella batuta trucada. Nunca fue necesario decirle abiertamente a Egbert que había deducido su artimaña y culpa. Continuamos viviendo juntos como la pareja perfecta que desde hacía tiempo fingíamos ser, como si aquella desgracia hubiera sido ocasionada por un enemigo de Ellery, desconocido nuestro.

Según la policía, quien disparó el punzón a Ellery lo hizo desde el último anfiteatro de la sala, y huyó sin dejar rastro de su identidad.

Confío en que nunca se reabra el caso.

Tras su retirada, Egbert menciona con frecuencia, entre una risita sarcástica, la frase en la que se basó Brahms para componer su tercera Sinfonía, la que dirigió por última vez aquella tarde en Berlín: “Frei aber froh”. Sí, efectivamente, Egbert se sentía libre de Ellery, el oculto amor que lo había traicionado con un jovencísimo bailarín de la ópera berlinesa (según mi particular y reciente investigación), pero feliz consigo mismo por haberse enfrentado a su engaño y burla.

Ay, Egbert querido, siempre tan soberbio y egocéntrico.

Ahora yo me siento libre de hacer lo que quiero, de iniciar nuevas aventuras amorosas y de mantener mis privilegios junto a mi marido. Desde aquel último concierto de la Sinfonía de Brahms, nuestra vida en común y mi vida sentimental las dirijo yo, y a la Filarmónica de Berlín otros directores más jóvenes, más masculinos y equilibrados que Egbert.

¡Mi baza es la batuta!

concursoderelatos
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  • 16 de Noviembre de 2009 a las 21:42
FLORA DUERME EN EL BOSQUE

El verano en que cumplí trece años, mi madre y yo vivíamos en un pueblo muy pequeño, en el que nunca parecía pasar nada. Quizá por eso suscitó tanto interés la noticia de que el hombre que había alquilado la vieja casona era Detective. ¡Un auténtico Detective, como los de las películas! ¿Estaría investigando algo? ¿Un crimen del que aún no teníamos noticia? La llegada de Ricardo Barea atrajo la atención de todos, incluso la mía, que por aquella época me había enamorado por primera vez, y hubiera debido estar más pendiente del chico de mis sueños, Alberto, el hijo del alcalde.

Pero, si de verdad Barea era Detective, cosa de la que pronto empezó a dudarse seriamente, no daba la talla ni de lejos. Los Detectives siempre estaban rodeados de un aura de misterio, de glamour, como afirmaba mi amiga Flora. Usaban sombrero y gabardina, y siempre tenían cerca una chica, vieja como de más de veinte años, cierto, pero tremendamente guapa, y de largas piernas, y todo eso.

Ricardo Barea no llevaba sombrero, ni gabardina, y había llegado solo. No parecía estar investigando nada, porque salía poco de la casa, situada ya en las afueras, y únicamente iba al centro del pueblo cuando tenía que hacer alguna compra. Yo solía cruzarme con él en el bosque, y en cierta ocasión le vi en las ruinas de la ermita, hablando con mi madre. Era un hombre extraño o, mejor dicho, había algo extraño en su mirada.

El golpe de gracia para su popularidad lo dio la noticia de que en nuestro país los Detectives no tenían realmente permiso para investigar crímenes. No se les dejaba buscar al asesino, ni estudiar las pruebas, como en las películas.

– Son pobres diablos, gentuza. Sólo se dedican a temas de Aseguradoras – explicó don Evaristo, el alcalde, en el bar. Nos miró de reojo a Flora y a mí, que merendábamos en nuestra mesa del fondo, y añadió, con tono más bajo: – Y, bueno… asuntos personales, ya me entienden…

– Asuntos de cuernos – me susurró Flora, y ambas reímos – Ni caso, Blanca. Digan lo que digan, Barea es el más interesante de los adultos del pueblo. Incluso podría decirse que sigue siendo guapo. La maestra está loca por él – abrió la boca para añadir algo, pero volvió a cerrarla. No fue necesario, supe lo que estaba pensando.

También mi madre estaba loca por él. Y yo quería odiarle.

¡Tenía tantas cosas en mi cabeza aquella medianoche de finales de agosto, cuando me escapé sigilosamente de casa, porque Flora me había citado en el bosque...! Nunca quedábamos tan tarde, y menos fuera del pueblo, pero insistió tanto que accedí. Flora llevaba algún tiempo actuando de un modo misterioso, desapareciendo durante horas o manteniéndose extrañamente taciturna. Yo sospechaba que también se había enamorado de alguien, incluso pasó por mi mente el nombre de Barea. Esperaba que, esa noche, decidiese revelarme su secreto.

Pero, al llegar al sitio, me topé con su cadáver.

Lo primero que vi fue la luz, claro. Su resplandor amarillento me fue guiando en la distancia. Pensaba que era la linterna de Flora… pero cuando llegué al río la descubrí allí, tumbada en la hierba, cerca de la orilla. Al principio, creí que se había quedado dormida, algo que no me hubiera sorprendido, a semejantes horas; sólo tras un segundo vistazo descubrí que tenía la cabeza apoyada sobre una piedra, como si se hubiese desnucado por una mala caída. Su vestido blanco parecía refulgir con la luz de la linterna que alguien sostenía a baja altura. Dirigí la mía hacia allí, instintivamente, y reconocí al señor Barea. Estaba acuclillado junto al cuerpo, estudiándolo con atención, pero alzó de inmediato la cabeza.

– No mires, Blanca – me ordenó. Se puso en pie – ¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? – no contesté, no tenía voz, ni conseguía centrar la mente en nada. Debió darse cuenta de cómo me sentía, porque se apiadó de mí – Tranquila. He llamado a la policía, no tardarán en llegar. Tendrás que esperar aquí conmigo – asentí, y bajé la pequeña cuesta, tratando de no mirar más a Flora. Sus ojos de cristal me daban miedo – Ten cuidado, no pises ahí – señaló el suelo, en el barro tierno cercano al río, con el haz de la linterna – Hay una huella – miré hacia allí, y no pude evitar un sobresalto – ¿Ocurre algo?

– No… – susurré, los ojos fijos en la huella, bien marcada, del pie derecho de unas deportivas. Conocía aquel dibujo, y aquella talla de zapato. Flora y yo las habíamos encontrado muchas veces por el bosque.

Eran las deportivas de Alberto.

– ¿La has reconocido? Sí, claro que sí. Y yo también – el señor Barea agitó la cabeza – Lo siento mucho, niña. Sé que estás… interesada en él. Te he visto, sé cómo le miras... ¿Por eso estás aquí? – esperó un segundo. Como no dije nada, continuó: – Supongo que sí. No creo que tu madre sepa que has salido a estas horas. Te has escapado, habías quedado con él...

– ¡No! – me ruboricé – ¡Yo… nunca hubiera hecho eso! ¡Había quedado con Flora! ¡Me dijo que quería mostrarme algo!

– Con Flora. Vale – chasqueó los dientes – Entonces, puedo hacerme una idea de lo ocurrido.

– ¿Qué? ¿Qué ha pasado?

– Flora y tu amigo mantenían una relación... – abrí desmesuradamente los ojos y agité la cabeza, incapaz de creerlo – Lo sé con toda certeza, les vi la otra noche… – se interrumpió, buscando una forma mejor de decirlo – pasando el rato. Pensé en llamar a la policía, porque Alberto tiene veinte años, pero Flora era una menor. No lo hice. Ahora lo lamento.

– No es posible… No es cierto, se ha confundido.

Me miró con pena.

– Puedo equivocarme, claro. Pero, el escenario de un crimen siempre habla por sí mismo y, si sabemos escuchar, podemos reconstruir lo sucedido aquí, esta noche. Resulta bastante lógico suponer que Flora quedó contigo, pero también con Alberto, para organizar una escena y dejarte claro cómo estaban las cosas – dio un par de pasos a un lado, moviendo la linterna, dirigiendo la luz a distintos puntos, a medida que hablaba – Se encontraron aquí, y, en algún momento, empezaron a discutir. Hay rastros de un forcejeo. Quizá él quería dejarlo y Flora le amenazó, y te puedo asegurar que podía ponerle las cosas muy difíciles, de decidir denunciarlo. Él cogió una piedra, esa… No está tan firmemente incrustada en el suelo como las otras. Creo que la cogió, golpeó, y luego la volvió a dejar, colocando encima la cabeza del cadáver, intentando de forma poco hábil simular un accidente.

– Pudo serlo…

– No. Al margen de lo demás, mira las manos de Flora – las enfocó con la linterna – Las uñas tienen restos de piel y sangre, y hay algunos cabellos en la derecha... Pruebas que indican una lucha y que me temo que señalarán directamente a Alberto – empecé a llorar, no pude evitarlo. El señor Barea me cogió por un brazo y me condujo hasta un gran tronco caído, donde me senté. Él se acomodó a mi lado, me dio su pañuelo, y dejó que me desahogase. Creo que hubo un momento en que acercó una mano para acariciarme el pelo y consolarme, pero se contuvo – Blanca, hay algo que me intriga – preguntó, al cabo de un rato, cuando estuve más calmada – Has llegado y me has visto aquí, con el cuerpo, pero no has tenido miedo de mí. En ningún momento has pensado que yo pudiera ser el asesino. ¿Puedo preguntar por qué?

Consideré si debía responder a eso.

– Porque sé que es usted mi padre – reconocí, finalmente. El señor Barea parpadeó.

– ¿Cómo lo has descubierto? ¿Te lo ha dicho tu madre?

– No. Ella jamás le menciona. Yo… les he visto, hablando. Y lo supe, la primera vez que me miró. Lo vi en sus ojos, brillaban, estaban llenos de emoción – él no dijo nada, pero sus ojos volvían a brillar – ¿Por qué nos abandonó?

– ¿No has oído los rumores? No soy tan buen Detective... Tardé mucho en encontraros – añadió, con sarcasmo dirigido a sí mismo, y luego bufó – El asunto es más complicado de lo que parece, y creo que debe ser tu madre la que te lo explique.

Asentí. Demasiadas noticias, demasiadas sorpresas. Y, esa noche, mi pequeño mundo de adolescente ya se había tambaleado hasta los cimientos.

Apoyé la cabeza en su hombro y guardamos silencio, velando el sueño de Flora.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Noviembre de 2009 a las 12:21

El cadáver reincidente.

Claudio era más viejo de lo que aparentaba. Hacía deporte, casi compulsivamente, desde algunos años atrás. Algunos pensaban que se teñía las canas. Otros observaban que se había vuelto supersticioso, o quizá religioso.

Claudio besó discretamente la cruz que pendía de su cuello y volvió a guardársela bajo la camisa. Después, salió del coche y cruzó el jardín de la vivienda, iluminado por los agresivos focos de la científica. La casa parecía estar siendo constantemente fotografiada. La casa era como el cadáver de una modelo.

Sólo que el verdadero cadáver se encontraba dentro.

El detective Pazos dio una palmada en el hombro del vecino y se guardó la libreta; dio una breve carrera para alcanzar a Claudio.

- Es acojonante – dijo.

- Detective… - saludó Claudio, apretándole afectuosamente el brazo para invitarle a entrar primero.

- La habitación estaba cerrada, desde dentro – insistió Pazos.

El inspector apretó los dientes y sonrió para disimular que sus tripas se acababan de cerrar en un nudo de ahorcado. Los agentes salieron de la habitación agachando la cabeza como si les hubiesen pillado haciendo algo malo, a modo de saludo. Claudio y el detective Pazos se situaron en el centro del cuarto y miraron a su alrededor.

El cadáver de José Cadalso estaba tirado en el suelo, arrugado como una araña consumida por el fuego. Las manos engarfiadas ocultaban la última expresión de terror de su rostro. La ventana estaba cerrada con un seguro que necesitaba una llave especial, como en los hospitales. La puerta de la habitación había sido forzada por un cerrajero y los agentes que se personaron en primer lugar, daban fe de que había estado cerrada por dentro. El cristal de la ventana era doble y la puerta, como todas las otras puertas interiores de la casa, era blindada.

Aquel tipo se había instalado en un bunker sellado y no le había servido de gran cosa. Tenía la pata de una silla, arrancada de cuajo, metida en el centro del estómago hasta atravesar la columna por la espalda.

- Pero lo más acojonante para mí – observó Pazos – es que un violador asesino sobreviva dieciséis años en la cárcel y al mes de salir… se lo carguen.

- La vida es rara – respondió el inspector, como en un murmullo.

Alguien había dicho esas palabras antes que él. Un forense llamado Silvio Valera, hacía dieciséis años, había dicho esas mismas palabras cuando encontraron el cadáver de Lucía Monegro en la orilla fangosa del río Segura.

Aquella primavera, la búsqueda se había organizado río abajo del lugar en que José Cadalso confesó haber arrojado el cadáver. Pero Lucía Monegro apareció casi un kilómetro río arriba, con medio cuerpo fuera del agua, las manos rotas de agarrarse a los guijarros, los codos sepultados en la orilla y la cabeza colgando de los hombros; la frente no tocaba el suelo. Cuando el inspector llegó al lugar de los hechos estuvo a punto de pedir que ayudasen a aquella mujer a levantarse; pero estaba muerta, bien muerta, y el forense Valera, a ojo de buen cubero, calculó que lo estaba desde hacía varios días.

Para Claudio, enfrentarse a aquello fue algo que cambió su vida: concebir la imagen de Lucía Monegro, muerta y arrastrándose por el fondo del río hasta llegar a la orilla para que la policía pudiera encontrarla. Cambio su idea de la vida y de la muerte. Y le hizo huir de ella como de una nueva fobia. Eliminando las grasas de su dieta, haciendo ejercicio, tiñéndose el pelo, rezando a Dios cada mañana y cada tarde.

Las manos amoratadas agarrándose a los guijarros, los ojos desteñidos de la muerte escrutando el lecho del río, buscando la orilla durante días y durante noches, como un salmón que ha perdido la Gracia.

- ¿Qué dicen los vecinos? – preguntó Claudio, apartando la mirada de las manos de José Cadalso.

- Oyeron los gritos sobre las 23:30. Parece que estaban al corriente de quién había sido su vecino, así que tardaron muy poco en decidirse a llamar a emergencias. Este hombre me ha confesado que temían escuchar los gritos de una mujer cualquier día de estos, pero nunca los de un hombre. ¡Cómo es la gente!

- ¿Había niebla?

El detective levantó la mirada de la libreta, tan preocupado como asombrado.

- Sí.

Aquella mañana de primavera, dieciséis años atrás, cuando el cadáver de Lucía Monegro asomó sobre las aguas del Segura, también hubo niebla. Persistió hasta pasado el mediodía, justo cuando cerraron la cremallera de la bolsa negra. “La vida es rara”, dijo el forense cuando la luz del sol volvió a arrancar destellos de las aguas del río. Sin duda, aquel hombre había visto cosas. Claudio estaba en los inicios de una brillante carrera como inspector, pero al forense le quedaban pocas semanas para jubilarse.

Quizá por eso su informe fue tan ambiguo. Quizá por eso se pudo encerrar a Cadalso por asesinato y no por tentativa.

José Cadalso había sido un violador consumado pero un asesino bastante torpe. Después de la violación, Lucía había intentado huir de aquella fábrica abandonada. Su agresor tardó casi veinte minutos en arrinconarla. Perdió el cuchillo durante el forcejeo y tuvo que agarrar una silla oxidada, que pertenecía al mobiliario abandonado por la empresa durante el desahucio. Había golpeado a su víctima con la silla hasta matarla y la había metido en el maletero de su coche, olvidándose de limpiar los restos de sangre en el suelo cubierto de polvo. No se percató de que tenía la cara llena de arañazos y los zapatos cubiertos de barro hasta que se cruzó con uno de sus vecinos al volver a su casa. Antes de eso, se había pasado por una farmacia para comprar ansiolíticos, bajo la promesa de volver al día siguiente con una receta de su médico.

Fue fácil de atrapar y fácil de encerrar, aquel asesino torpe y llorón, aquel yuppie remilgado y feo. Pero, como víctima, lo estaba poniendo bastante más difícil.

El detective esperaba que Claudio tomase la iniciativa, pero el inspector estaba en cuclillas junto al cadáver de José Cadalso, respirando agitadamente, sin moverse, con los pelos de la nuca empastados de sudor.

- Bueno, inspector, vamos a resumir – propuso Pazos, intentando que su tono sonase despreocupado - La habitación estaba cerrada por dentro, los gritos fueron sobre las 23:30, ningún testigo vio entrar ni salir a una segunda persona de la casa, y sólo se hacen cargo de que había una espesa niebla que se disipó al poco rato. ¿Qué hacemos con todo esto? Me parece que dependemos de la científica, pero visto el trozo de madera que asoma de las tripas de este cabrón, no creo que haya sido envenenado. ¿Qué me dice?

- El caso es fácil – respondió el inspector, metiendo una mano enguantada en los bolsillos del muerto – El asesino entró por la ventana.

El detective tuvo que apartarse para que Claudio llegase hasta ella. Llevaba una llave larga, como un palo, que introdujo en el cierre. Abrió la ventana y volvió junto al cadáver de José Cadalso para devolver la llave a su bolsillo.

- Jefe… - rogó el detective - ¿Qué está haciendo?

- Resolver el caso – respondió Claudio.

Cuando se levantó, tuvo que apoyarse en los hombros de Pazos. Parecía en ese momento que ni el ejercicio, ni la dieta, ni los cosméticos, eran más efectivos que la vejez y la muerte.

- Jefe…

- Me quedan cuatro meses para jubilarme. No quiero que me jodas.

Detective e inspector se miraron, el uno sosteniendo al otro como si fuesen a comenzar un baile. Pazos vio en los ojos de Claudio mucha verdad y mucho miedo.

- No me jodas – repitió el inspector.

- La ventana estaba abierta – respondió Pazos – De otro modo sería imposible.

- Buen chico.

Claudio estimó que podía sostenerse de pie y volvió a apretar el brazo del detective con afecto; con agradecimiento. Salieron de la habitación para dejar entrar al forense, un tipo joven, nervioso, con mirada inteligente, recién peinado y afeitado.

- Yo descartaría los tóxicos – dijo Pazos con una sonrisa falsa y socarrona.

El forense soltó una risita complaciente y dejó el maletín sobre una mesa.

- Nunca se sabe… - respondió, continuando la broma.

- La vida es rara – concluyó el inspector desde la puerta.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 18 de Noviembre de 2009 a las 16:37
RATAS

Rodrigo esperaba en el coche. Era otra noche de vigilia, otra noche de tantas. En su oficio dormir poco y en horarios poco frecuentes era algo natural. Hacía tiempo que había comprendido que el termo y el café eran dos de sus mejores amigos.

El sujeto al que vigilaba desde hacía tres semanas había entrado en un bloque, había subido al tercer piso y había llamado al timbre del tercero “B”. De eso hacía ya cuarenta y cinco minutos. Rodrigo sabía que no tardaría mucho en salir.

Esperar cuando sabes lo que va a suceder, cuando ya no queda nada por investigar y simplemente te queda por averiguar como darás carpetazo final a un encargo, era la parte que más le gustaba de su trabajo. Más que nada porque esa parte significaba que el cobro de la minuta ya le esperaba.

Mientras aguardaba a que el tipo saliese, Rodrigo aprovechó para repasar el informe que había elaborado: Ramón Garcia Castro, cincuenta y tres años, dueño de una empresa dedicada a la producción de bolsas de basura. Su patrimonio estimado se sitúa alrededor de los ocho millones de euros. Casado con Silvia Ruíz, señora de cuarenta y cinco años, ama de casa. Tiene tres hijos, de veintitrés, diecinueve y quince años. Un hombre involucrado con su comunidad, colabora activamente con los actos culturales y festivos de su pueblo, así como con la parroquia. Rodrigo cerró el informe. “Lo que vendría a ser un tipo respetable.”-pensó mientras se le escapaba una sonrisa.

Después de ojear el archivo, cogió un sobre que había dentro de la carpeta, lo abrió y miró las fotos que habían sido tomadas unas semanas antes. “Definitivamente estas fotos le harían demasiado daño a mi cliente, no creo que fuese exactamente lo que esperaba”- reflexionó.

Justo en el momento en que volvió a levantar la mirada, Ramón cruzó el portal del bloque.

“Bueno, ha llegado el momento”- se dijo para sí mismo mientras, con el sobre en la mano, se disponía a salir del vehículo.

-¿Ramón Garcia?-preguntó mientras se le acercaba por la espalda.

Ramón se giró sorprendido, pálido y ciertamente incómodo. Estaba claro que no esperaba a nadie.

-Ramón Garcia, ¿verdad? ¿Es usted?

Después de mirar hacia todos los lados posibles y titubear unos instantes, Ramón respondió:

-Sí, soy yo, ¿quién lo pregunta?
-Eso no importa. Lo único que debe saber es que me ha contratado su mujer.

Ramón palideció de golpe.

-Tranquilo, si estoy hablando ahora con usted es porque todavía no sabe nada... todavía – y mientras Rodrigo ponía todo el énfasis posible en ese: “todavía”, le tendía el sobre con las fotos.

Al ojear el contenido, Ramón empezó a temblar como un flan, al abrir la boca tartamudeó.

-¿Y... y... qu... qué quiere?
-Ya le he dicho que estuviese tranquilo, si estoy aquí es porque su mujer no sabe nada. Y quiero que sepa que yo no soy ningún desaprensivo que disfruta rompiendo familias. Usted tiene una buena esposa y tres hijos y comprendo que si se enterasen de lo que estas fotos evidencian no sólo usted se vería perjudicado, sino que ellos también sufrirían... ¿no cree?
-Sss...ss...sí, está claro...
-El problema es que su mujer me ha contratado, y yo soy un hombre que se debe a su trabajo. - continuó Rodrigo mientras se encogía de hombros y su cara dibujaba una mueca con la que parecía querer decir: “lo siento, no me queda otra”-Y como cualquier persona, además, necesito comer. Vamos, comprende que esto lo hago por ganarme el pan, ¿verdad?
-Claro, claro...-volvió a balbucear Ramón que parecía que sólo desease que la tierra le engullese.
-Entonces cree usted que podremos llegar a algún tipo de acuerdo en el que todos salgamos ganado, ¿verdad?
-Por... por supuesto, ¿cuánto quiere? - la pregunta fue automática y Rodrigo agradeció que el tipejo comprendiera tan bien la situación y se mostrara colaborativo.
-Su mujer me ha abonado cuatro mil euros por mis servicios, entenderá que romper la relación con un buen cliente tiene un precio.
-¡Dígame cuánto quiere!-parecía que Ramón ya no podía contener más su tensión.
-Dejémoslo en cuarenta mil euros. Me los entrega aquí la semana que viene. El miércoles, a la misma hora, luego ya podrá volver a sucumbir a los encantos de ese pedazo de “mujer”, y cuando llegue semana santa podrá financiar la procesión de su pueblo y seguir sacando pecho.

Rodrigo no pudo evitar el sarcasmo, luego le sacudió un poco el hombro en un gesto típico de colegueo. Al notar la mano en el hombro Ramón se encogió y agachó la cabeza. Era consciente de que no le quedaba otra que acceder. Mientras no le pidiese más, cuarenta mil euros era un buen precio por su silencio, un buen precio por conservar su imagen y su apacible vida, sin embargo temía que ese no fuese más que la primera de muchas exigencias. Sin embargo, aun con sus dudas,Ramón, sin levantar la cabeza, balbuceó un último: “Está bien, el miércoles a esta misma hora”.

Por suerte para Ramón, lo cierto era que Rodrigo no tenía intención de pedirle más dinero. Aunque fuese una rata viviendo de las cloacas, una rata que se aprovechaba de los secretos y perversiones de otros, le gustaba creer que entre ratas también existía cierto código de honor... y el chantaje prolongado estaba fuera de lugar.

En el fondo, simplemente, creía que él tenía derecho a sangrarle un poco de dinero y que a cambio el tipejo conservase su familia. Una familia que seguiría siendo feliz, aunque fuese viviendo en la inopia. Ramón, entre tanto, podría seguir disfrutando mientras Raika, esa hermosa chica con un miembro de veinte centímetros, le daba por el culo. Y en su mente también veía aceptable que Raika cobrase su parte por haber accedido a tomar las fotos. Lo mirase por donde lo mirase, parecía un trato justo. Además, era plenamente consciente de que Ramón no había sido el primero ni, con total seguridad, sería el último de los “hombres respetables” con los que se cruzaría de ahí en adelante.
Ernie
Ernie
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  • 19 de Noviembre de 2009 a las 10:43

concursoderelatos
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  • 19 de Noviembre de 2009 a las 15:51

La resolución del caso Worthington.

La puerta chirrió ruidosamente al abrirse, la luz de una miserable y sucia bombilla penetró en el aire viciado del minúsculo cuarto. Dos corpulentos hombres entraron en él arrastrando a un tercero, maniatado y con la cara cubierta por un andrajoso saco, que se debatía furiosamente. Los forcejeos empujaron la puerta metálica, que golpeó la pared estrepitosamente. Uno de los hombres se separó apenas del cautivo y descargó un brutal puñetazo en su abultado abdomen, con la pericia y la indiferencia de quien sólo cumple su trabajo. El cautivo, doblado sobre sí mismo, fue arrojado sobre una solitaria silla, único mobiliario de la desvencijada estancia. Mientras uno de los matones le ataba concienzudamente las manos a la silla, por detrás del respaldo, el otro encendió una bombilla en el centro de la salita, creando un exiguo círculo de luz alrededor suyo. Después, cerró la puerta y se quedó en silencio, flanqueándola. El hombre de la silla jadeaba, tratando de recuperar el aliento, cuando unas manos le despojaron del maloliente saco. Parpadeó ante la luz y giró la cabeza a ambos lados, confuso y alerta.

La sangre manaba de su nariz rota, empapando el lustroso bigote, que se le pegaba a los labios hinchados y heridos, y la pechera de su chaleco gris. Tenía un ojo amoratado y medio cerrado y un corte en la ceja del que salía un fino hilo de sangre que recorría sus carnosas mejillas. El escaso pelo, ondulado y oscuro, estaba revuelto y aplastado contra la cráneo, bañado en sudor. Tosió varias veces, salpicando el suelo de oscuras gotitas.

- Mi querido amigo... –La voz sonó cálida y calmada, casi cordial. El hombre de la silla quedó petrificado, como si le hubiesen golpeado. Una sombra se movió ante él y pudo distinguir unas manos enguantadas que se apoyaban en un fino bastón con empuñadura de plata. Un bastón que había visto hacía apenas cinco horas.

- ¿Señor... Williams? –Balbuceó.

- Para usted, conde de Worthington, si no le importa –dijo la voz. Su dueño se adelantó para mostrarse a la luz. Era un hombre alto y delgado, vestía un gabán largo y negro y una chistera que ensombrecía y ocultaba sus ojos. Una bufanda blanca caía a ambos lados del cuello, resaltando en el oscuro conjunto. La barba, pulcramente recortada, enmarcaba unos labios finos que sonreían sin humor en una mueca desdeñosa.- Sé que no se sorprende de verme, a fin de cuentas, usted es el hábil detective. Su fama le precede.

El cautivo se irguió levemente, intentando recuperar algo de la dignidad que le habían robado a golpes.

- ¿Qué quiere usted de mí? –Logró articular, a pesar de los labios hinchados.

- ¿Querer...? Oh, nada, mi buen amigo –repuso el caballero.- No hay nada que pudiera desear de usted, mi estimado detective. –Escupió esto último como un insulto.- Tan sólo una pregunta. ¿Qué esperaba conseguir?

El hombre lo miró confuso.

- Me temo que no le comprendo –aventuró a decir.

- Con su escenita en la biblioteca, esta tarde. ¿Qué esperaba? –El caballero lo observó fijamente unos segundos, luego prosiguió.- No negaré que fue brillante, es usted un magnífico orador y un observador realmente perspicaz. Hizo usted una reconstrucción de los hechos extraordinariamente fiel y precisa a partir de cuatro difusas pistas y varias aventuradas conjeturas. He de reconocer que me dejó absolutamente perplejo. Por eso me sorprende que una persona tan inteligente y sagaz sea, a la vez, tan extremadamente ingenua.

- ¿Ingenua? –Repitió el otro.

- Sí –afirmó su interlocutor, levantando ligeramente la voz.- ¿Realmente pensaba que me derrumbaría? ¿Que confesaría? Creo que lee demasiadas novelas, mi querido amigo. –Concluyó en tono afable.

- Así que finalmente fue usted. ¡Usted la mató! ¡Lo sabía! –Una chispa de luz triunfante iluminó por un instante sus pupilas.

- ¡Desde luego no fue el mayordomo! ¿Quién cree que hereda el título y la fortuna de nuestra difunta y querida condesa? Su flamante y joven esposo, que no es otro que yo mismo.

El hombre endureció su rostro, tras la máscara de sangre reseca y dijo en tono desafiante.

- La investigación no está cerrada. La policía lo atrapará.

- ¿La policía? ¿Se refiere al jefe Jenkins? Le hubiese invitado a venir a nuestra fiestecita particular, pero no creí conveniente su presencia. Es una persona muy útil para mí, pero un tanto torpe y más bien poco inteligente, no sé si me entiende. –El detective lo miraba, resignado. El conde suspiró.- Realmente, empieza usted a decepcionarme. No va a suponer una pérdida tan irreparable como yo pensaba, a fin de cuentas.

- ¿Per...pérdida? –Balbuceó.

- Así es, mi querido amigo. La compañía es grata y la charla amena, pero debo atender a mis invitados. –Se ajustó los guantes, un chasquido metálico sonó tras el secuestrado, que empezó a temblar.- Esperad a que me haya marchado, no quiero mancharme el traje. –Ordenó fríamente a los dos matones.

Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. El que estaba junto a ella, se apresuró a abrírsela. Antes de salir, se giró y, sonriendo, añadió.

- Adiós, monsieur Poirot. Ha sido un auténtico placer conocerle.

La puerta se cerró tras de sí con un rotundo eco. Se detuvo de manera aparentemente casual para ceñirse el abrigo y varios disparos retumbaron amortiguados por las gruesas paredes. Sonriendo, se adentró por el largo pasillo, subió las oscuras escaleras y salió al exterior, a la fría y húmeda noche, donde un carruaje le esperaba. Entró en él tranquilamente y cerró la portezuela. Un hombre salió de entre las sombras y se acercó a la ventanilla. La voz queda del conde de Worthington apenas fue un murmullo.

- Que no salga nadie vivo de ahí abajo –ordenó.

El hombre asintió en silencio, golpeó apenas el techo del carruaje y éste arrancó, dirigiéndose a las iluminadas y empedradas calles de la ciudad.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 19 de Noviembre de 2009 a las 17:34

Don José Luis ( L. Vázquez):

“Aquí viene otra vez, es como un martillazo pero más duro. Si llego a saber que este pedazo de animal se iba a enfadar tanto no le pregunto. Bueno, ¡golpea hombre!, que no se diga que no te lo pongo fácil. Lo único que me fastidia de todo esto es mi preciosa gabardina nueva, ahora arrugada y sucia. ¿Dónde está mi sombrero?”

Los turistas miraban curiosos a la pareja, algunos buscaban la cámara oculta en algún coche o portal. No era normal que a las tres de la tarde de un mes de junio ocurriera nada parecido en plena Gran Vía madrileña. El primer bofetón pilló de sorpresa al agredido pero lejos de protegerse lo más mínimo pareció poner la otra mejilla.

“Ayer hice una apuesta conmigo mismo, si este gigante tenía algo que ver con el caso me cortaba las patillas y creo, dada su reacción, que no tiene nada con la interfecta. Parece que se ha enfadado el muy gorila, ¿será que no es su hermana sino su mujer? ¿Eso lo he dicho o lo he pensado? ¡Ostras!, ¡otra vez! Me parece que me ha roto algo.”

Habían aparecido por una esquina, la de San Bernardo, el pequeñajo de la gabardina y el sombrero de fieltro sudado parecía colgarse del brazo del hercúleo mocetón que le miraba de reojo intentando no creerse lo que estaba pasando. Su cara de buen chico deportista iba cambiando hasta que por fin se detuvo y encarándose al transpirante candidato le preguntó:

-¡Bueno, ¿Dónde quieres que te pegue, en el cuerpo o en la cara?!

-No señor, disculpe pero no quiero que me atice. Aunque, si eso a usted le hace feliz, pegue señor. Yo sólo le pregunto si esta chica de la foto es de su incumbencia.-El aire se hizo más espeso, denso, o como quiera que se diga, y el peliculero detective sin darse cuenta de que se jugaba el pellejo continuó.-Es porque hay un fulano de altos vuelos que dice que la madre de ella es la misma que la suya señor. Caramba no me mire así, yo solo pregunt…

Cayó la maza sobre el pobre hombre. Algo daba a entender a la concurrencia que no debía estar en sus cabales y que en parte se merecía parar con la boca el puño del otro. Gabardina y sombrero a treinta y pico grados también ayudaban a dar esa impresión.

“Bueno, lo mismo era una pista falsa, lo mismo si ella no era su hermana es porque no tiene hermanas simplemente. Me parece que esta línea de investigación se está alejando del objetivo. Intentaré retirarme discretamente en cuanto este mastodonte, que por cierto huele muy bien y me cae también bastante bien (en otras circunstancias podría haberle querido incluso), se olvide de su presa y me deje por muerto. Voy a dejarme caer simulando mi total desmayo.”

Apareció una pareja de Municipales de tráfico, ahora agentes de movilidad, y mirando hacia abajo, al montón de despojos en que se había convertido el hombrecito, discutieron si era o no necesario llamar a una ambulancia. Se entabló una discusión sobre el motivo de su destrozo. Unos decían que había caído de una ventana, otros que le había atropellado la máquina de barrer las aceras (¡Hay que ver lo peligrosas que pueden ser cuando van descontroladas!), los que vieron alejarse al otro callaron por si se escapaba un revés en su dirección.

“Ahora es el momento. A ver, ¿sombrero? Ah, por allí. Me voy. Vamos a seguir en la investigación pero creo que debería volver a hablar con el prohombre que me envió por estos derroteros para sacarle del error. Este guapo chico no es el hijo de la misma madre que ella. Eso está claro. ¡Uf! Tendría que ir al dentista, de repente tengo un buen dolor de muelas”

Sacudiéndose el polvo de la gabardina salió de entre la gente que intentaba con su mejor intención dar a los Municipales una versión fidedigna de lo acontecido. Un hombre de aspecto mediocre, casi invisible, el detective perfecto porque nadie se fijaría en él –si no fuera por lo desubicado del vestuario-, se alejaba hacia la esquina de la calle de los Reyes.

“¿Y si resulta que ella no compró aquel billete de lotería? ¿Y si todo era una cortina de humo para hacer que el premio no pagara impuestos? Caramba, que sagaz soy, ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Ella y el jerifalte están en la misma honda. Qué pena, voy a tener que llevar al tinte tanto sombrero como guardapolvos.”

La sirena de la ambulancia, un mil quinientos blanco que parecía un coche de funeraria, se acercaba por la calle de la Princesa. El copiloto alopécico de traje inmaculado con sus gafitas de montura dorada le señaló al pasar por Plaza de España.

-Ahí está. Vamos, gire aquí ¡gire aquí que se va!- Dijo secándose el sudor de la frente con un también inmaculado lienzo con sus iniciales bordadas en “petipuá”.

Subieron en contra dirección hasta el cruce donde el hombre miraba, sin verlo, un semáforo, dando vueltas al sombrero entre los dedos con el pensamiento bastante más allá.

“Claro que, si todo esto es un montaje, ¿qué papel hago yo en él? Ummh, creo que más que un papel es un papelón. La guapa y el jefazo están haciendo que el guapo y la pilingui vayan por su lado y me distraigan para hacer sus malvados planes realidad sin mi intervención… Si, es eso… Pero… ¿Cómo puedo demostrarlo yo ahora?”

El médico (de la casa de Cien Pozuelos, claro está) se bajó de la ambulancia y con voz serena le dijo:

-Don José Luis, venga conmigo por favor, le llevaremos en el coche oficial a jefatura donde podrá hacer una declaración sobre el importante caso que le ha traído hasta aquí. Permítame que le abroche el cinturón.

Las correas de la camisa de fuerza sujetaron al detective en el asiento de atrás:

-Por favor doctor, ¿quiere hacer el favor de enviar a alguien a llevarme al tinte el sombrero y la gabardina? Parece que en el curso de mi investigación se han manchado un poquito.

emartiants
emartiants
Mensajes: 608
Fecha de ingreso: 6 de Julio de 2009
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  • 3 de Diciembre de 2009 a las 0:42

Edito: hilo equivocado.

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

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