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romi
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La casa del misterio // RELATO

14 de Noviembre de 2009 a las 12:55

La casa del misterio

            El pueblo se fue desarrollando en lo más alto de un pequeño cerro. Una pequeña explanada había en lo más elevado de este cerro que se quedó convertida en la plaza principal. Cuadrada por completo y, en su mismo centro, una fuente, con un pilar y un solo grifo de agua potable. Muchas de las personas del pequeño pueblo, del grito de esta fuente era de donde cogían agua para beber, lavarse, lavar la ropa… y en el pilar bebían los animales: caballos, mulos, burros…

         El pueblo, a diferencia de casi todos los pueblos y ciudades del mundo, no se había desarrollado ni junto a un río ni junto a un abundante manantial ni en la cabecera de algún importante arroyo. Las primeras casas del pueblo habían surgido alrededor de unas minas de cobre y algún que otro mineral. Por eso el pueblo, además de la pequeña plaza cuadrada, tenía una calle muy larga. Era la calle principal que arrancaba en la misma plaza y se estiraba puntal abajo hasta el borde mismo de un barranco. Aquí eran donde estaban las escombreras de las minas.

         Cuando la guerra, una ve y otra bombardearon las casas del pequeño pueblo. Tanto lo bombardearon, no se sabe si los de un bando o los del otro, que casi todas las casas quedaron destruidas. La estación del tren, donde en vagones de madera, cargaban el mineral, parte de la plaza cuadrada, todas las instalaciones de las minas… Casi todo el pequeño pueblo quedó convertido en ruinas. Esqueletos de casas sin tejado, caserones sin puertas ni ventanas, tapias desconchadas por entre montones de escombros…

         Casi nada quedó en pie después de los bombardeos de la guerra en el pequeño y bonito pueblo. Casi nada excepto dos casas y media, al final de la alargada calle que iba desde la plaza principal hasta el borde del barranco. Junto a un par de árboles, eucaliptos majestuosos y muchos hoyos profundos originados por las bombas. Al poco de terminar la guerra, en una de estas casas, se instaló una familia muy pobre. Solo tenían un borriquillo y el matrimonio estaba formado por la mujer, dos hijas pequeñas y el padre que había quedado mutilado de la guerra. Con una pierna de menos y por eso andaba con muletas. Sin embargo, las dos muchachas eran muy hermosas y, a pesar de todo, siempre andaban jugando por entre los escombros de las casas destruidas.

         Y a una de estas muchacha, la mayor, le llamaba mucho la atención lo que vía en la otra casa que había quedado en pie. Siempre que pasaba por delante de esta casa, veía que la puerta estaba medio abierta y dentro se observaba como una gran resplandor, rojo y muy luminoso. Las muchachas preguntaban a la madre y al padre y ninguno sabían darle razón de lo que sucedía en esta casa. Lo único que sí sabían es que en la casa vivía un hombre mayor. Y, en la muchacha mayor, la curiosidad aumentaba cada día y cada vez que pasaba por delante de la casa. Tanto aumentó su curiosidad que, algunos de los días que salió a jugar con su hermana por las ruinas de las casas destruidas, se paraba en la puerta y, durante mucho rato, miraba y miraba. Le decía a la hermana pequeña:

- Un día tenemos que entrar a ver qué es lo que ocurre dentro de esta casa. Y, sobre todo, tenemos que averiguar el por qué la puerta siempre está medio abierta y qué es ese resplandor que se ve a través de esta rendija.

         Y un día entraron. Después de jugar durante un buen rato por entre los escombros de las cosas rotas por las bombas, al pasar por delante de la puerta, se pararon. La mayor llamó al hombre que vivía dentro y éste le contestó:

- Sí, estoy aquí, podéis pasar.

Y la muchacha empujó la puerta, despacio cruzó el umbral de cemento y se encajó en el centro de una pequeña estancia. Al fondo ardía una gran lumbre y, frente a esta fogata, el hombre estaba sentado. Sin más, la muchacha le preguntó:

- ¿Por qué siempre la puerta de tu casa está medio abierta y por la rendija sale un gran resplandor?

Y el hombre le contestó:

- Tengo siempre medio abierta la puerta de mi casa precisamente para eso: para que el resplandor salga fuera y las personas que pasen por la calle lo vean y entren.

- ¿Y para qué quieres que las personas entren?

- Para que comprueben que la luz está dentro y la oscuridad fuera.

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