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jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008

XXII CERTAMEN (RELATOS DE FICCION Y FANTASÍA)

23 de Noviembre de 2009 a las 0:38

En vista de que muchos habéis reclamado un tema abierto, os propongo concursar con un relato de ficción y fantasía de la temática que queráis. El único requisito es que ni los personajes, ni la ambientación sean históricas ni realistas. Vale cualquier relato desde la ciencia ficción al terror hasta la fantasía del Señor de los Anillos, pero el realismo lo dejamos aparcado.


Un saludo y gracias de nuevo a todos,
Juan Carlos
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 23 de Noviembre de 2009 a las 8:00
¡A ver si te hacen caso!
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 25 de Noviembre de 2009 a las 11:09

Las palabras olvidadas.

El viajero se vio sorprendido por la voz que surgió del bosque.

- ¡Lotu!

El suelo empezó a temblar a sus pies y con un sonoro estruendo, el pequeño sendero por el que caminaba empezó a quebrarse, y brotaron de las grietas numerosas plantas, que crecieron a una velocidad vertiginosa y se liaron en sus piernas.

Enredado de cintura para abajo, el hombre intentó moverse pero fue inútil. Hasta su cayado había resultado atrapado. El viajero no podía hacer nada, y mientras forcejeaba, la maleza del bosque se agitó y una figura salió de ellas. Era una joven, bastante atlética que vestía un atuendo de cuero, aunque no podía ver su rostro con claridad, ya que la capucha de su capa, bordada con hojas del bosque, la ocultaba. La actitud no era precisamente cordial, ya que en posición de ataque se plantó delante de él mientras le señalaba con una daga y en la otra, en la retaguardia, aferraba un arco corto.

- No sé quién eres pero te aconsejo que no interfieras en mi camino – le desafió el viajero
- Escúchame. Soy Pavas, señora de la palabra olvidada del norte – respondió la misteriosa figura- y debes saber que éste camino está cerrado. La frontera está cerrada. Debes volver por dónde has venido si no quieres tomar daño.

Una mueca sonriente se dibujó en el rostro del viajero.

- ¿Y crees que una aprendiz de la palabra olvidada puede con mi magia?

Pavas se mostró recelosa y cogió con fuerza su daga. El viajero la miró y gritó

- ¡Foc de Fulles!

La planta que lo retenía empezó a arder poco a poco, hasta que se deshizo liberando el cuerpo y el cayado del mago.

- ¿Un mago de la triple palabra del este? - le dijo Pavas, sorprendida ante la reacción del viajero - ¡Detente! ¡No puedes entrar! ¡Esta no es tu tierra! ¡Vuelve a ella!
- Quien me lo va a impedir. ¿Tú? ¿Insignificante guardiana de la palabra del norte? ¡Apártate! - y levantando el cayado, el viajero exclamó – ¡Ona de Foc!
- ¡Babes! – respondió casi al instante Pavas

Del cuerpo del viajero brotaron infinidad de llamas que lamieron la tierra y los árboles a su alrededor. Las llamas eran poderosas y consumieron la vegetación alrededor del mago calcinándolas repentinamente. Pero las lenguas que intentaron tocar a Pavas rebotaron contra un halo azulado que desprendía su cuerpo. La espesa humareda que había provocado el incendio fue disipándose, entreviendo dos siluetas entre el humo. Ambos contrincantes seguían de pie.

- Bien, pese a que eres una señora de la única palabra veo que eres rápida. Lástima que hoy te cruzaras en mi camino.

Pavas se puso tensa,

- Quizás no sea tan simple como te crees.

El viajero desconfió ante su advertencia

- ¿Maga de la única palabra crees?– dijo Pavas mientras reía - Las palabras de la naturaleza son fuertes, y no has de subestimar nunca a una maga de la doble palabra. ¡Argi eguzki! – dijo Pavas mientras cerraba los ojos

El claro del bosque, carbonizado por el viajero, se vio sorprendido por una intensa y poderosa luz. El viajero gimió y soltó el cayado para llevarse las manos a la cara, mientras se arrodillaba, encorvado por el dolor.

- Arjj – clamó, mientras Pavas abrió sus ojos y vio a su rival totalmente a su merced.
- Escúchame, mago del Este, esta es mi última advertencia, podría acabar contigo pero tú no eres mi enemigo. Ya te lo he dicho, la frontera está cerrada, yo vigilo el paso y no puedes entrar. Vuelve por dónde has venido o tendrás que afrontar la pena.
- No puedes detenerme, no debes detenerme - dijo el mago, aún en el suelo, mientras se quitaba las manos del rostro y dejaba ver como sus ojos seguían cerrados
- Mírate. Estás ciego, la palabra no te obedecerá si no puedes controlar tu entorno. Detente, no deseo tu muerte así que...

Pero Pavas no pudo terminar su frase. Durante la retahíla de la vigilante, el viajero recuperó el  cayado y con un golpe certero, le alcanzó en la pierna, lanzándola por el aire y tirándola al suelo. El viajero, cegado se reincorporó rápidamente y dijo.

- ¡Punta de foc!

Y del extremo de la vara surgió una pequeña llama. Con un movimiento rápido, movió el cayado hacia donde debería estar Pavas, pero ésta, realizando una voltereta invertida, logrando evitar la llama. La pirueta concluyó con su arco en la mano, mientras que con la otra cogía una flecha y lo tensaba.

- ¡Gezia hilgarri!

La flecha salió disparada con una fuerza sobrehumana. Imbuida en magia y a distancia tan corta, el disparo no iba a fallar, y no falló. Tal fue el golpe que la flecha atravesó el cuerpo del viajero y voló hasta llegar a clavarse en un árbol del bosque, logrando perforar más de la mitad de su grueso tronco.

El viajero aún se sostenía en pie, pero la sangre que brotaba de su túnica demostraba que estaba malherido. Pavas le contemplaba y no se sentía feliz, no creía que ese hombre se mereciera ese final, pero su tierra estaba en peligro y sus órdenes eran la de defender las entrada del bosque. Unas lágrimas brotaron de sus ojos.

- Lo siento – dijo ella - no me has dado elección.

Con un hilo de voz, el viajero dijo

- Donam vida, donam llum. Mentre l' arbre reneix i agafa a la meva contrincant.

La sangre del cuerpo del viajero empezó a desaparecer. Pavas miró incrédula a su contrincante, que se reincorporaba.

- No, no, ¡no puedes hacer esto! - exclamó Pavas - ¿Qué clase de magia tienes?

Pero no pudo terminar. Un brote verde que había surgido entre sus pies empezó a crecer a un ritmo acelerado, alcanzando su altura en breve tiempo y envolviéndola rápidamente. Inmóvil y tomada por sorpresa, Pavas gritó.

- ¡No puede ser! ¡Estabas muerto! ¿Quién eres? ¿Qué eres?

El viajero, totalmente repuesto de su herida mortal que se podía intuir por la certera rasgadura de la ropa, y repuesto de la ceguera, se acercó y le dijo.

- ¡Silenci!

Pavas intentó hablar pero no pudo. Estaba sorprendida y pensaba - ¡No puede ser! las palabras olvidadas controlaban la naturaleza, los elementos, el entorno. ¡Pero nunca los actos! ¡Esto era una aberración! Un mago de la palabra con don de actos. ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo había logrado ese poder?

El viajero se acercó y le dijo

- Escúchame. Has luchado bien y por ello te diré quién soy. Mi nombre es Catán, el guardián de las palabras del este, y has de saber que el poder de las palabras olvidadas controlan todo lo que nos rodea, e incluso a todo que no nos rodea. La lexia de otros tiempos tiene el poder de controlar los designios, los deseos, los sentimientos. Pero con el paso de los tiempos hemos perdido este don. Sólo nos quedan pocas palabras que usar, y cada día perdemos más. ¡Jo et deixo lliure! - dijo y acto seguido el abrazo del árbol dejó de aprisionarla
- No, no es posible, eres demasiado poderoso. ¿Eres tú el mal profetizado? – dijo con una hebra de horror en sus ojos.
- No. Yo soy el señor del templo del este, y el mal proviene desde el norte, desde más allá de tu norte. Desde la tierra que nace fuera de la nuestra. Son malos tiempos para las lenguas muertas, y pese a nuestras disputas ancestrales, otros seres, con otras lenguas poderosas, vienen para arrebatarnos lo poco que nos queda.
- Señor Catán, señor del este yo… no…
- No digas nada. Sé que en esta era, todos somos el enemigo. Por eso he venido en persona. Para hacer la paz y buscar aliados. Voy a ir a Bibo, sí, a ver a tu señor de la palabra. Debemos compartir el poder para lograr frenar el mal que nos acecha. ¿Me guiarás?
- Yo... si. – afirmó mientras inclinaba su cabeza en señal de respeto.
- Bien, me alegro. Has luchado bien, y has cumplido tu deber. No te preocupes por lo que ha ocurrido. Has hecho lo que tenías que hacer, ahora hemos de pensar en el futuro. En nuestro futuro. Nuestra gente nos necesita. Nuestras lenguas han de prevalecer.

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 25 de Noviembre de 2009 a las 20:14

Dentro del armario.

 

            Hace muchos, muchísimos años, yo era una niña que paseaba con sus hermanas mayores vestida de blanco. El armario de la habitación de mi madre estaba lleno de ropa blanca, lencería fina y no tan fina, sobre la que dormía la siesta en las tardes de verano respirando su aroma de recién planchada y disfrutando la soledad de ese rincón que sólo me pertenecía a mí.

En aquella época el blanco aún era el color de la pureza  y creo que no se podía ser más pura que yo. Salía únicamente de casa los domingos después de misa a pasear de la mano de mis hermanas para servirles de carabina. Yo le decía a mi madre que ellas no necesitaban que nadie las acompañase, que preferiría quedarme con ella en casa para preparar los garbanzos con azafrán que comíamos los domingos, porque ellas nunca hablaban con ningún hombre.

            Salvando dicho paseo, transcurría la semana entre el colegio y la labor. Mis hermanas, igual que yo, aburridas y tristes pasábamos cada tarde frente a la ventana del salón bordando o recogidas escuchando alguna lectura mientras nuestras mentes volaban muy lejos de allí.

            A menudo nos sacaba del tedio la visita del tío José, llegaba del pueblo cargado de comida y otras cosas que en la ciudad escaseaban. A mí, sus visitas me ponían muy contenta pero no sabía porqué a las demás, incluida mi madre, no les hacía mucha gracia. El tío José era el único hermano de mi difunto padre, al morir éste, nos acogió en su casa de soltero hasta que mi madre tomó la decisión, de un día para el otro, de volver a la ciudad.

            Cuando venía, pasaba unas noches en casa con mi madre, al principio. Algo más tarde mi madre le empezó a dejar su habitación y ella se trasladaba a dormir conmigo a la alcoba. Por eso también me gustaban sus visitas. Al despedirse, mi madre, aún más rígida de como se presentaba habitualmente, le pedía que volviese cuando quisiera, que siempre era bienvenido.

            El tío me cogía en sus rodillas y siempre traía algo especial para mí. Me trataba como si fuera su tesoro más valioso, eso decía, del que nadie podría disfrutar si él no daba su consentimiento.

            Después de una de aquellas visitas, mi hermana María lloró mucho, parecía que nunca se iba a cansar de hacerlo. Vino el doctor a verla y le prescribió reposo. Debería guardar cama durante un tiempo por lo que habilitamos la habitación principal, la de mi madre, para que pudiera estar mejor, para que le diera el sol y escuchara el ruido de la calle. Además, al ser un poco mayor que las alcobas de la parte de atrás podríamos hacerle compañía.

Aquel verano de su reposo pasé mucho tiempo en el armario de la ropa blanca. Con la puerta entornada me adormilaba feliz en aquella mullida guarida. Fue entonces cuando empecé a ver a una niña como yo que se sentaba al lado de María y le daba la mano. Sería de mi edad, más pálida que yo y con unas ojeras azuladas que le daban el aspecto de no haber dormido bien. Si María se despertaba, ella le apretaba la mano y la sonreía amorosamente. Algunas veces la niña miraba hacia el armario y sus ojos me decían que sabía que yo estaba allí. En esos momentos salía corriendo de la habitación y me refugiaba en la cocina atacada por un frío súbito que no se me quitaba hasta el día siguiente al volver al armario a la hora de la siesta.

Un día me habló, con una voz dulce, familiar, me pidió que no me fuera del armario, que si yo me iba nadie cuidaría a mi hermana. Y así lo hice, al anochecer salía del armario y ella entraba en él hasta el día siguiente en que volvíamos a cambiar nuestros lugares.

Intercambiábamos unas palabras de vez en cuando sobre el estado de María, ella parecía saber más de su enfermedad que cualquiera que viniera a visitarla. Nadie parecía prestarle atención, como si no la vieran las visitas entraban y salían sin dirigirse a ella, sin apenas expresar nada más que un suspiro o una oración entre dientes.

Una visita parecía gustarle más que las otras, a las que miraba con expresión burlona dirigiéndome algún gesto de complicidad a través de la rendija, era la visita del médico. El doctor, con su traje de hilo arrugado, con su aspecto derrotado, oliendo a licor se sentaba en la silla que dejaba libre la niña y tomaba el pulso a la enferma, le ponía con cariño y cuidado la mano en la frente y permanecía unos minutos junto a ella chascando la lengua de vez en cuando mientras negaba con la cabeza caída entre los hombros. En ese momento ella le ponía la mano en el brazo, era la única vez que tocaba a alguien que no fuera María, y me decía sin mover los labios:

- “Se apaga”.

El ritual se repitió durante semanas hasta una tarde de calor sofocante que parecía anunciar una tormenta. Las gotas de sudor caían por las mejillas hundidas de María y hasta las chicharras callaban por el bochorno. Cuando, atemorizada por el color que estaba tomando el cielo y acalorada, quise salir de mi escondite, la niña, blanca su piel como la leche y oscuros los ojos como la noche más negra, en un movimiento de su cabeza casi imperceptible, me devolvió al interior del armario empujándome con la mirada hasta lo más profundo del mismo. El frío de aquellas tardes que huía del armario volvió a mí con mayor intensidad, temblaba en mi ligero vestido blanco de verano. Empecé a oír a través de sus oídos cómo María, sin hablar, con ojos desorbitados, le pedía que lo hiciera. Oí también la voz del tío José al entrar en la habitación repitiendo con la boca cerrada:

- “Dios mío, Dios mío, haz que se salve y no volveré a hacerlo, por favor Dios mío”.

Ya no oí nada más, miré por el hueco de la puerta y no pude creer lo que veía, María sonreía inmóvil en la cama con los ojos de cristal en el techo y a la vez estaba puesta en pié junto a la cama, guapísima como siempre había sido. De la mano de la niña, con los ojos igual de negros que los de la pequeña señalaba al tío José con dedo acusador mientras éste, muerto de miedo, trataba de aflojarse la corbata. La niña se soltó de la mano de María y sonriendo burlona de la misma manera que lo hacía con las visitas corrió hacia él gritando:

- ¡Tío José, tío José, qué me has traído esta vez, dámelo por favor!

El tío José con pasos inseguros, completamente pálido, intentó alejarse de aquella María niña. Tropezando, trastabilló hasta caer atravesando con la cabeza la luna de espejo de mi armario. Al romperse, dejó un fragmento mayor que los demás colgando del marco justo sobre el cuello del congelado violador. María niña se acercó y, mirando con curiosidad al hombre que se había hecho todo encima, sonriendo jugueteó con el fragmento con forma de hoja de guillotina, lo empujó y, tras balancearse ligeramente, cayó separando la cabeza del hombre del resto de su cuerpo.

 

Dos días después de enterrar a María y enviar los restos de tío José al pueblo, mi madre y yo vaciamos el armario. Dos hombres lo desmontaron y se lo llevaron. No volví a ver a María niña, mi hermana, hasta que una noche, días después, apareció en mi alcoba y se metió en la cama conmigo. Ya nunca se fue, la quiero, ahora está dentro de mí. Sólo tengo que dejarla salir de vez en cuando para jugar conmigo, entonces yo me convierto en aquella niña que se dormía entre la ropa blanca del armario.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Noviembre de 2009 a las 0:34
LA TERRIBLE ANGUSTIA DE KEENEAS SWIFT (Versión larga)


Caigo... No sé desde cuándo, pero caigo. No puedo abrir los ojos, estoy ciego y el calor del aire que pasea por mi cara me levanta el estómago. La fricción revuelve mi ropa, los  faldones de la camisa se agitan sobre la piel en la zona del costado y las perneras del pantalón me rozan los tobillos con histeria. Eso es que caigo muy rápido. 

¿Pero desde cuándo? Llevo cayendo demasiado tiempo -muchas bocanadas de un aire breve y salado- como para haber saltado de un séptimo piso... Muchas arcadas, muchas punzadas en la sien y en la espalda como para haber sido escupido del impacto de dos aviones comerciales en pleno vuelo...

Creo que mi nombre es Keeneas Swift, creo que la camisa que llevo es de franela roja, creo que soy predicador baptista en Roma (Illinois) y no sé si sigo creyendo en Dios.

A cada respiración el aire aumenta de temperatura. Hace más calor y la frente se me perla de sudor, las gotas chorrean haciéndome cosquillas en la piel de los párpados. Y abro los ojos en medio de la oscuridad, un todo ciego y absoluto. 

El calor sigue aumentando y me salpica el vientre. El dolor me pliega sobre la herida embadurnada del nylon derretido de la camiseta. Cuando muevo la cara, en mitad de un espasmo, veo la luz esparcida en motas anaranjadas; un millar de libélulas de fuego que se desliza alrededor de la masa incandescente vomitada desde una enorme esfera de roca negra. Desde su centro se resquebraja y nos salpica de lava, de cenizas al rojo, de gases venenosos...

Nos salpica a mí y al Chevrolet del 69 que cae lejos, a la derecha (no soy bueno calculando distancias). A mí y al roble que cae a la izquierda, del que cuelga un columpio en sentido contrario al planeta (no sé porque lo llamo de ese modo). Hay un buzón del correo, cientos de cartas -algunas de ellas ardiendo- y un perro que parece muerto, abajo. A todos nos salpica la lava.

La sombra peluda del perro desaparece. Los ríos de roca derretida parecen latir ahí abajo, esperándonos. Contemplo el espectáculo y separo los brazos para saludar a ese prodigio. La velocidad disminuye... y algo me golpea en la espalda. He ido a chocar con el parachoques delantero del Chevrolet que ahora cae más rápido que yo y me atropella, lanzándome volteado hacia atrás... Quedo colgando en el vacío un momento para luego caer sobre el Chevrolet, las cartas, el buzón, el roble, su columpio y el planeta. 

El humo sucio viene de abajo. Se me clava en los pulmones, me quema los ojos y la lengua, sabe como a pan olvidado en la tostadora y café amargo. Las ruedas del Chevrolet están envueltas en llamas. Los neumáticos se están derritiendo en un regaliz  fundido que serpentea por la pintura blanca del coche.


El planeta pasa de ser una esfera a ser un todo... Es como si se desenrollara debajo de mí. Se extiende hasta que estoy en él, hasta que casi es capaz de mostrarme un horizonte.  La temperatura aumenta, llevo un rato sudando, me pica el cuero cabelludo y la piel me arde. Es estúpido intentar nada porque ya veo dónde voy a caer, pero imito una de esas posturas que adoptan los paracaidistas que salen en las noticias de vez en cuando. Pongo la mayor parte de mi superficie en fricción, separo y abro brazos y piernas, y en plancha me elevo sobre el condenado planeta, me alejo del calor.

Y caigo muy despacio durante el tiempo suficiente para ver al Chevrolet, convertido en un amasijo de hierros incandescentes, desaparecer ardiendo. El tiempo suficiente para ver incendiarse al roble. La cuerda del columpio arde y la tabla de madera se desprende dando vueltas y más vueltas. El tiempo suficiente para que el calor lo vuelva todo blanco y me queme en la cara, los brazos y las piernas. El pelo se me adhiere al rostro y entra en los oídos sellándolos... Toda la piel me duele. 

… a veces entreveo el buzón del correo que también arde...

(Ya llegamos, tengo esa sensación en el estómago) Una enorme ola de lava envuelve al roble y se lo traga. La combustión desprende un vapor blanco de olor dulce.  

Luego todo se acaba... 

Ahora floto.



concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Noviembre de 2009 a las 17:45
LA REPUGNANCIA

Hacía años que no pensaba en Laura. Alguna vez me preguntaba qué podía haber sido de ella, si habría acabado por encontrarse a sí misma, como pretendía, o bien en brazos de algún imbécil, casada e infeliz pasado el tiempo. La última noticia que tuve es que residía en Londres, pero hacía ya un lustro de eso.
 
De pronto estaba ahí, a pocos metros, sentada en el mismo vagón de tren. El corazón empezó a palpitarme muy deprisa, como el de un adolescente. Seguía igual de hermosa. Me desconcertó que conservara aquel aire de alumna aplicada camino de la universidad. Vestía unos pantalones tejanos muy ceñidos y una camisa blanca impoluta que hacía resaltar los rizos negros de su melena, que se le derramaban sobre los hombros. Leía un libro. Apartó la mirada de él un par de veces para fijarse en el mar a pocos metros, una lámina tersa de azul intensísimo. Temí que me viera. Pese al riesgo, me fue imposible cambiarme de asiento. Estaba fascinado.
 
Pensé en muchas cosas durante el rato que duró aquel viaje. El amor que había sentido por ella fue tal, que a veces me dolía el pecho de tan intenso. La había conocido en el instituto, en el último año de bachillerato. Teníamos amigos comunes y uno de ellos me la presentó. Nos caímos bien desde un principio. Nos gustaban las mismas películas y las mismas novelas. No así la misma música. A ella le apasionaba el jazz. Yo, en cambio, prefería el rock; y a veces, si estaba obsesionado con algo (un examen o algún problema al que no hallaba solución), me daba por escuchar los éxitos más comerciales, pese a sus quejas, porque era lo único que conseguía aturdirme y me ayudaba a descansar.

Fue raro pensar que esa mujer había hecho el amor conmigo y que luego habíamos dormido juntos tanto tiempo. Creí que nuestra relación iba a ser eterna, pero finalizó sin más. Pregunté la causa hasta quedarme ronco, pero ella no quiso explicarse, consideró que lo más acertado era dejarlo en ese punto sin dar pie a los reproches ni a las escenas desagradables. No lo entendí entonces. Luego, cuando fui testigo de otras disputas en parejas amigas, o confidente de alguna de las partes, admiré su aplomo al imponer un criterio a todas luces más maduro que el mío. Con treinta años aún conservaba la misma opinión sobre cómo debía ser la convivencia en pareja que la que tenía a los veinte…

Sin darme cuenta había empezado a moverme inquieto. Quería llamar su atención de algún modo, pero al mismo tiempo me aterrorizaba ser reconocido. El tren hizo un par de paradas. El vagón empezaba a vaciarse. Fin de trayecto: dos estaciones aún. Hora de llegada: las nueve. Pasajeros: estudiantes de vuelta a casa; trabajadores derrengados; señoras con paquetes en el regazo; un tipo desarrapado hablando con su imagen de la ventanilla, más nítida conforme la luz de afuera se apagaba. Las ocho y cuarto.

Laura, inmóvil desde hacía rato, seguía leyendo. Descruzó las piernas cuando ya empezaba a creer que era de cera. Le vi el blanco de las bragas. Me turbó que no le importase que otros pudieran estar relamiéndose ante la contemplación de sus muslos desnudos.
 
Un sujeto, que antes me había pasado inadvertido, la estaba observando con atención suma y lasciva. Lo más sorprendente es que Laura parecía estar disfrutando de aquella expectación única. Cogí un periódico gratuito que alguien había dejado en el asiento de al lado y oculté mi rostro tras él, sin perder de vista ni a mi expareja ni al hombre que la miraba. Éste, cuarentón de buena traza y bien vestido, decidió al cabo instalarse frente a ella, obligando a Laura a acomodarse mejor y a desentenderse del libro un instante. Habíamos quedado seis o siete pasajeros. De este lado del vagón: Laura, el desarrapado y su imagen, el tipo con intención de ligar, y yo.
 
Se me presentó la duda de si intervenir ante el inminente acoso del individuo. ¿Celos? Debo confesar que sí. Me estaban royendo las entrañas. Me maldije por no haberme acercado a Laura en el mismo instante en que la vi. Quién sabe si no le habría hecho ilusión verme. Era una casualidad que nos hubiésemos encontrado en el mismo vagón del mismo tren pasados tantos años, y que nos dirigiéramos, al parecer, al mismo destino. Una cosa podría haber llevado a la otra y tal vez hubiésemos acabado compartiendo cama otra vez, por los viejos tiempos.
 
Fue entonces cuando ocurrió algo que no he logrado digerir todavía.
 
El hombre, al que no le veía la cara, había entablado conversación con ella. Laura sonrió y a los pocos minutos la mano de él descansaba en una de sus piernas, como al azar, pero apretando un poco, tal si calibrara la turgencia de la carne. No hubo disgusto en la expresión de Laura. Aceptó el contacto como si lo hubiese esperado desde el principio. Me molestó que actuase así. No es la misma mujer, me dije. Propósito: engañarme inútilmente. La mano, sin remilgos ni oposición, avanzó igual que una araña hacia su presa. La observé desviarse en dirección a la parte del muslo más mollar, más nívea y olorosa. Y allí quedó atrapada. Una fuerza interna, alojada entre las paredes lientas de un orificio en el que yo me había vaciado con tanta pasión, tantas veces, comenzó no solo a succionar la mano del hombre, también el brazo, a seguido el tronco, y luego, tras una torsión extraña e imposible, si no fuese porque lo estaba presenciando a pocos metros, las caderas y las piernas.
 
La repulsión fue intensa. El asombro, sin embargo, venía provocado por la ausencia de ruido. El  hombre no emitió un solo gemido. Se oía, en cambio, una suerte de chasquido húmedo, como un roce de babas. No podía dejar de mirar. Hubo un instante en el que giré la cabeza para asegurarme de que algún otro pasajero era testigo de lo que yo veía. Ninguno. Dormitaba un par. Los otros, hasta un total de siete personas, quien no leía, meditaba abstraído o hurgaba bajo sus uñas. Sé que podría haberme levantado para alertarles de lo que estaba ocurriendo. Pude hacer muchas cosas en ese viaje. Pero no hice ninguna; si acaso, emborracharme de una fascinación en aumento. Y eso que ver a Laura contorsionarse para facilitar la succión de su víctima era muy desagradable, como si pariera un engendro del que luego acabaría librándose.
 
Lo peor, no obstante, llegó cuando, salvo la cabeza, el resto del cuerpo del individuo ya estaba alojado en las entrañas de Laura. Seguía sin verle la cara, pero justo cuando iba a desaparecer entre los labios gruesos del sexo, la cabeza rotó. Su rostro era un reflejo del mío. Quedé paralizado. No entendía nada de aquello. Por fin, el último mechón de pelo desapareció tragado por aquel ojo en carne viva del que supuraba una lágrima elástica, gelatinosa, que se estiró hasta el suelo del tren. El tamaño de Laura no había cambiado. Conforme entraba el hombre, sus músculos, como los de la serpiente, debían estarlo triturando hasta hacerlo papilla. Luego entrecerró los ojos y pareció quedarse dormida, en letargo. Me temblaban las manos. El desarrapado, que seguía diciéndose confidencias a sí mismo, me miró desde la ventanilla y sonrió procaz. Le faltaban algunos dientes…
 
Al llegar a destino bajamos ambos. Laura no se movió del asiento. Dormía a pierna suelta. Podía haberla despertado, pero me dio miedo. Tengo esposa e hijos. Y soy débil. Y cuando me imagino engullido, nutriendo la sangre y la carne, los órganos de Laura, ya no hay desagrado. Tal vez vuelva a encontrármela. Uso el tren todos los días. Ha pasado una semana y he soñado tres veces con ella. Ignoro qué quiere decir eso. La repugnancia, a veces, puede llegar a ser menor que el deseo.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 29 de Noviembre de 2009 a las 12:50

 

SERES DORADOS

 

 

Sobre el valle que hay delante de mí, veo pararse un enorme aparato lleno de luces. Mis tutores han salido hasta muy tarde de investigación y me han dejado solo. La verdad es que yo prefiero quedarme sin ellos, antes que soportar sus peleas por demostrar quién sabe más de su trabajo y sus enfados conmigo por dominarme. Cuando me quedo solo, me dedico a contemplar los colores del suelo y del cielo, las estrellas, las colinas del horizonte, los cráteres cercanos. Entonces mi fantasía crece, siento cosas muy raras pero buenas que me hacen temblar de emociones que mis tutores no entienden si se las cuento. Cuando estoy así, salto sobre mis pies, corro, río, canto, noto que todo lo malo desaparece casi por completo de mis tripas y mi cabeza. Así de alegre estoy ahora, seguro de que lo que veo enfrente de mí es algo muy especial e importante. Como me gustan mucho las luces, decido curiosear el lugar de donde salen. Me voy ilusionado, notando las piernas como viento.

 

Al llegar, veo una especie de casa puntiaguda con una puerta abierta por donde sale una luz preciosa. Dentro se oyen voces raras, hablando con sonidos que no conozco. Me siento como cuando miro al cielo, y no tengo nada de miedo. Me acerco sin hacer ruido. Cuando estoy al pie de la escalerilla de esa casa voladora, aparece una niña del mismo color de los collares de mi tutora. Tiene una piel de un color casi idéntico a su vestido, y un enorme ojo en el centro de la cara, que brilla como la piedra que mi tutor le regaló a mi tutora un día antes de que su jefe los mandase a vivir y a trabajar aquí. Nos quedamos mirándonos la niña y yo. Ella baja la escalera como si se deslizase. Cuando llega junto a mí, me pongo a temblar, no me salen las palabras, me quedo con la boca y los párpados abiertos. Ella sonríe con sus labios dorados, hace un sonido suave y me coge de la mano, tirando para que suba con ella. Yo la sigo como si ella fuese una estrella recién caída del cielo. Su mano me da mucha más seguridad que la de mis tutores. Antes de entrar, me quedo quieto, pensando en los encargados de mi vida, en que si vuelven y no me encuentran en mi casa se enfadarán -aunque después me echen y me insulten- en que debo irme; pero, desde la puerta, puedo adivinar que allí dentro hay algo especial que debo descubrir, algo que me gustará mucho y no me lo debo perder.

 

Y entro, cogido de la mano de la niña de oro. Hay una sala grandísima llena de luz amarilla. Se respira muy bien. Hay asientos flotando por todos lados y como una encimera parecida a la de mi casa, pero mucho más bonita y limpia, con cosas raras y brillantes. De una puerta, salen dos personas más altas que la niña. Se acercan a mí y me pasan sus manos, del color de los collares, por mi cara. Hasta sus únicos y enormes ojos, de color de piedra verde y brillante, sonríen al mirarme. Dicen algo muy bajito. Ambos me cogen de las manos y me llevan a uno de esos asientos flotantes. Yo los contemplo sonriendo como si fuesen aquellas personas que tanto me querían cuando era más pequeño y vivíamos en otra casa de muy lejos, pero ya no los he vuelto a ver y los echo mucho de menos. Siento que para los señores dorados soy alguien importante. Me encuentro muy bien en esta casa, aunque no pueda hablar igual que con mis tutores, pero sí siento que todos ellos saben muy bien lo que pienso y lo que quiero, lo que deben darme. La niña me observa, con simpática sonrisa. Yo le sonrío, y noto algo bueno que me hace temblar pero no de miedo. Allí, recostado en el asiento volador, voy girando despacio, al tiempo que voy notando que ya no siento esas cosas raras que sentía casi siempre en las tripas y en la cabeza cuando mis tutores me dejaban solo, o me regañaban y pegaban por tonterías, por nada, porque suelen estar más ocupados en sus descubrimientos que en mí, porque dicen que me largue de allí si no quiero que un día pase algo que no debería de pasar. Yo no entiendo a mis tutores, ni lo que no debería de pasar, ni por qué me tratan así, si ellos mismos me eligieron para sus experimentos, yo ya no entiendo nada de nada. Pero bueno, ahora estoy aquí como si estuviese en la casa de mis sueños, como si las personas de color de collares fueran mi familia. Y se está muy bien en este asiento, notando sólo cosas buenas cuando me ponen los tubos para aspirar hondo. Noto como si hubiera dormido y comido mucho, noto que aquí no me puede pasar nada malo, que nadie me va a pegar ni a decir que me largue donde sea, que me odian, no, aquí todos me quieren, y estoy súper bien.

 

Bueno, mis tutores, cuando vuelvan de hacer sus experimentos, se van a llevar una gran sorpresa por no verme. Yo no quiero verlos a ellos nunca. Yo quiero vivir en esta casa nueva y limpia, con tanta luz y tan caliente, la casa que muchas veces me había imaginado, y con los tutores tan buenos que siempre había pensado que debía tener.

 

Han pasado muchas horas desde que estoy aquí y no me quiero ir. Con los dorados hablo sin hablar, y con la niña me siento tan bien que quiero estar toda la vida a su lado. No sé si mis tutores me estarán buscando. A mí no me importa, porque aquí me dan todo y más de lo que necesito.

 

La niña me ha dicho, sólo con mirarme y yo la he entendido, que sabe lo que pienso y quiero, que mañana nos vamos de viaje a un sitio muy lejano que me gustará más que la casa de color de los collares, y que les serviré de mucha ayuda más allá de las estrellas. Estoy deseando irme con todos ellos y no volver nunca más. Va a ser la primera vez que volaré en una casa nave tan bonita como ésta y, además, me estoy convirtiendo en un ser tan dorado como ellos, y mis tres ojos se están convirtiendo en uno tan grande como los suyos, y eso es mejor, y creo que significa que eres superior. Qué bien, qué alegre estoy.

 

Mientras nos alejamos de la Luna, en los monitores de la casa voladora dan la noticia de que un aparato extraño está sobrevolando el valle lunar rumbo al espacio, pero no dicen que unos tutores buscan a un niño pequeño desaparecido.

 

Qué suerte tengo, podré vivir siempre con los seres dorados y ser uno de ellos. Mi amiga, además, me está enseñando a hablar con las manos, con la vista y, lo mejor de todo, con el pensamiento.

concursoderelatos
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  • 30 de Noviembre de 2009 a las 13:04

LA GUERRA DEL PANTANO

 

El pantano dividía la zona en dos: de un lado, el oeste, en donde estaba el país de los pigneids, Pignidandia; del otro, el este, en donde estaba el país de los giminods, Giminandia. Las capitales de ambos reinos se asentaban en la orilla, quedando una enfrente de la otra, tan sólo separadas por el agua y por cinco kilómetros, con sus puertos de madera y los barcos amarrados unos y faenando otros, y los dragones de ambos países sobrevolando la zona, siendo unos de los ejércitos y, otros, medios de transporte.

 

    En Pignidandia mandaba un rey de sucia barba, delgado y alto, bastante grosero con su séquito y con sus asesores en materia política. Ahogaba a sus ciudadanos con altos impuestos, pero cuando debía dirigirse a ellos lo hacía con cortesía y sonriendo siempre. Mientras que en Giminandia mandaba una reina que vestía con bonitos vestidos encorsetados y que era muy diferente en modales y estilo. Y también en medidas eficaces.

 

    En la zona existían tres tipos de razas: la de los pigneids, de nariz chata,  ojos claros, generalmente azules, piel morena y altos y delgados casi todos ellos, siendo su lengua el pignado; la de los giminods, de estatura media, delgados, nariz alargada y orejas puntiagudas, con ojos y piel de diferentes tipos, siendo su lengua el Giminado; y los charnigods, que habitaban tanto en Pignidandia como en Giminandia, y que eran de baja estatura, morenos, de ojos negros, y que utilizaban una vestimenta singular, siendo la de los hombres una camisa negra y un pantalón blanco sujetado por un cinturón marrón, y la de las mujeres una camisa blanca y una falda ancha y negra. Los charnigods se dedicaban a la venta ambulante de cualquier cosa, yendo de un lado para otro con unos carromatos. Su idioma era el charnigado, siendo cooficial tanto en la bondadosa Giminandia como en la Pignidandia gobernada por aquel tirano, aunque en este país era excluido sistemática e intencionadamente.

 

    Con el idioma, un invierno, fue con lo que surgieron los primeros problemas entre Pignidandia y Giminandia. La reina de este país mandó una paloma mensajera al estado vecino, para hacerle llegar a su rey la preocupación que la inundaba desde hacía tiempo con la cuestión idiomática. El alado regresó a palacio sin papel alguno alrededor de su cuello.

 

    En Pignidandia ignoraban a Giminandia, pero cuando algo malo les ocurría, era frecuente verles como echaban la culpa a los giminods, altamente influenciados por las soflamas de su jefe supremo. Si la tormenta arruinaba sus cosechas, su rey les decía que seguramente se debía a un maleficio ideado desde el país vecino. Si éstos se quejaban de las altas contribuciones, su rey se justificaba diciéndoles que necesitaba mucho dinero para mantener un numeroso ejército con el que poder hacer frente a un hipotético ataque de los giminods. Y así sucesivamente.

 

    La dureza del tirano aumentó con el paso del tiempo. Los charnigods comenzaron a dejar la venta ambulante para instalar sus negocios en locales, a modo de tiendas de ultramarinos. Los carteles –tanto exteriores como interiores- los pusieron en charnigado. Pero el tirano rey ordenó a su Gobierno que ideara una ley que obligara a que todos los comercios de Pignidandia tuvieran esos carteles como mínimo en pignado.  La susodicha imponía duras sanciones a quien no la cumpliera.

 

    Como al principio no acataron la ley muchos charnigods, las autoridades de Pignidandia endurecieron las multas y normas, incluso creando nuevas. Una de éstas fue la que permitía, a todo pigneid que quisiese, delatar a todos aquellos comercios que no cumpliesen la ley lingüística. Para ello disponían de unos papeles a rellenar en unas oficinas llamadas de normalización lingüística, de reciente creación. Lo que no decían era que esa normalización consistía precisamente en lo contrario a lo que debe ser normal, esto es, a ser libre.

 

    La reina de Giminandia asistía muy preocupada al devenir de todos estos acontecimientos. Volvió a enviar a Pignidandia la paloma mensajera que había enviado anteriormente. El ave regresó esta vez pintada de rojo. Eso quería decir que el estado o país que la enviaba declaraba la guerra al que la recibía.

 

    La reina pensó que, sin duda alguna, la declaración de operaciones militares hostiles suponía la culminación de un plan que había sido ideado con frialdad, y por ello debían defenderse del ataque de la mejor manera posible. Dio órdenes de no atacar a no ser que comenzara el ejército de Pignidandia la batalla, por si podía evitarse todavía.

 

    Pero al día siguiente, bien temprano, las tropas pigneids, desde su propio territorio, comenzaron a bombardear Giminandia con sus catapultas. La reina y sus asesores bajaron corriendo a los sótanos de palacio. Allí reflexionó. Llegó a la conclusión que le decía que si no hubieran defendido a los charnigods no habrían llegado a esa situación. Pero también pensó después que habrían sido muy cobardes sino hubieran estado de parte de la libertad.

 

    Acabado el ataque enemigo, la reina mandó a los altos cargos militares que dieran orden a los soldados para que bombardearan las posiciones pigneids, aquellas en las que hubiera catapultas. El cielo comenzó a nublarse mientras los soldados preparaban los dragones para la batalla. La lluvia empezó a caer con suavidad, con pequeñas gotas. Un rayo zigzagueó en el cielo hasta caer en el mar del pantano. Las gotas comenzaron a ser más gordas y a caer con más intensidad. La tormenta impedía la contienda. Esperarían a la mañana siguiente para soltar a los dragones, cada uno de ellos con un soldado en su lomo, quien lo guiaba.

 

    La bruma matutina impedía ver con claridad la capital de Pignidandia. No obstante, no parecía que la lluvia que había caído la fecha anterior fuera a caer de nuevo, pues unos tímidos rayos de sol se iban colando cada vez con más soltura hasta cegar levemente los ojos de la reina de Giminandia. Ordenó el ataque. No quería permitir que pasaran más horas sin dar respuesta a los pigneids.

 

    Los dragones comenzaron a volar rumbo al país represor. Enseguida se hallaron en su cielo. Bombardearon con fuego las catapultas enemigas, las cuales, al ser de madera, ardieron rápidamente.

 

    Pasada la mañana, al mediodía, con el tiempo raso, aparecieron en la lejanía más catapultas. Las divisaron los soldados del ejército giminod con sus catalejos. Los pigneids iniciaron otra ofensiva, otro ataque contra Giminandia, pero esta vez mucho más brusco.

 

    Por la tarde, en un ambiente de gran tensión y desorden público, la reina se retiró al interior del país. Con su séquito acudió, en un carruaje tirado por cuatro caballos, al palacete en donde se apartaba en tiempos de vacaciones. Allí estaría a salvo de los bombardeos y de otros males, al menos por un tiempo.

 

    Nada más llegar, mientras el ocaso dibujaba en el cielo un bonito lienzo, la reina fue al jardín. Desde allí escuchó el rumor que hacían los criados al guardar en el interior del palacete el equipaje, y también los relinchos de los caballos mientras el chofer los guardaba en la cuadra.

 

    En invierno, entre los tallos de las enredaderas, marchitos por el frío, se distinguía en una pared el escudo de Giminandia,  labrado en piedra. La reina lo contempló, pensativa, gesto serio y pasos lentos hacia él. Lo tocó. La guerra iba a ser cruenta y larga.

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  • 30 de Noviembre de 2009 a las 17:16

IRACUNDO

 

 

            Preston salió de la iglesia y pasó junto a un viejo caballero que, arrodillado, rezaba: “Perdóname, Señor, porque soy débil y cobarde”. Chasqueó los labios y enfiló a las caballerizas ajustándose el yelmo. Algunos pajes sacaban apresuradamente los caballos de los nobles, cargados de armas.

            Su mozo esperaba fuera sujetando a los mastines; llevaban un día sin comida por orden del amo y parecían a punto de morder cualquier cosa. El mozo sintió alivio cuando Preston cogió las correas y le ordenó ensillar su yegua. Los perros se rozaron contra las pantorrillas del caballero sin conseguir moverlo. Preston tuvo que sujetarlos con más fuerza cuando algunos mercaderes cruzaron la calle dando prisa a sus bueyes y enseres.

            “Huyen da la ciudad”, pensó, “tienen instinto”.

            Los nobles que aguardaban en el patio de armas no tenían nada de dicho instinto y, seguramente, ansiaban el momento de marchar a la montaña para combatir al dragón. Ni siquiera estaban pensando en el hierro, tan sólo en la gloria.

            El mozo salió de las caballerizas con la yegua oscura de Preston. El caballero despidió al mozo con una generosa propina, dado que no tenía fe en que volvieran a verse sino frente al Creador, y montó sobre Jineta para dirigirse donde los nobles. Arma y Castigo lo siguieron cruzándose revoltosos tras las el paso de la yegua.

            En el patio de armas había una docena de nobles blasonados, amparados por sus cuñados y sus yernos que también montaban caballos de guerra, que también se habían costeado armas y servicio para la batalla. Reían, bebían, se impacientaban, como campesinos esperando en un prostíbulo. Ni siquiera Sir William, cuya hija seguramente estaba ya en la panza de la bestia, parecía doloso o preocupado. Al contrario, se mostraba orgulloso de que el secuestro de su hija hubiese movilizado todas aquellas lanzas.

            Desde la torre del homenaje, el Rey sujetaba una pesada cortina con el dorso de la mano, prácticamente invisible teniendo el sol a la espalda del edificio.

            “Él sí piensa en el peligro y en el hierro”, meditó Preston, “está pensando en la guerra que sí tiene importancia, la que llegará cuando su hermano consiga reunir doscientos barcos para regresar a casa”.

            Del Rey pasó la mirada a las almenas, a los tenderetes de comida y de ropa, a los cobertizos, los almacenes y las despensas. Demasiada madera.

            El Rey cometía el error de compararse con el dragón, pensando que el dragón defendería su montaña para que no se la arrebataran, como él defendía su trono desde el trono.

            “Pero tú no eres un dragón”.

            Preston sabía algo de dragones, porque había perdido un regimiento de hombres luchando contra uno, según se contaba, y había sobrevivido. Los nobles, cuando se percataron de que estaba entre ellos, fueron guardando silencio esperando que lanzara una arenga. Preston estaba convencido de que, hasta el más temerario de todos ellos, incluso con armas y armadura, evacuaría sus mierdas con uno sólo de sus mastines que se le arrojase encima. Y el dragón era un mastín del tamaño de una yunta de bueyes, que arrojaba tal ácido por las fauces que prendía la carne o la madera al contacto con el sol, y que podía arrancar la techumbre de un hogar de un solo coletazo. Su piel era dura como la de un jabalí. Y era listo como un lobo.

            Preston se ajustó el hacha de doble mango a la espalda. Comprobó las correas de su lanza. Pidió perdón al Señor por saber tanto sobre lo que la experiencia le decía que haría la bestia y guardar silencio.

 

 

 

 

 

            La cueva era enorme, pero no estaba llena de tesoros ni de huesos. Regianak se mantenía sobre las cuatro patas inclinado hacia delante, los sentidos concentrados en todo lo que viniese del valle, donde los hombres, sin duda, afilaban los tesoros de la Tierra.

            Lady Margaret se apoyaba en la superficie musculosa de su pata trasera, acariciando la escama blanda y negra. El dragón era como una escultura caliente que olía a hombre y a bestia y a metales.

            Regianak se movió. Cada vez que se movía, era como un milagro oscuro que hacía que algo excitante creciese dentro la doncella. Acariciarle era como acariciar a la muerte. Olerle era como oler al diablo. Oírle era como oír hablar a Dios.

 

                        - No has de temer – dijo Regianak, mirándola por encima de sus alas encogidas – Acabará pronto.

                        - Vámonos a otra montaña – suplicó ella.

 

            Regianak tomó aíre buscando ser paciente y terminó de volverse hacia la dama.

 

                        - Nuestras eran las montañas y de los hombres los valles – dijo – Así estaba establecido hasta que los tuyos comenzaron a olvidarse, debido a sus cortas vidas. Pero no nosotros – Regianak apartó la mirada y movió el largo cuello, majestuosamente, mostrando la cueva,  – Esta es mi montaña.  Y todas las montañas importan.

                        - ¿Por qué? – insistió ella - ¿Por qué importan todas?

                        - Porque el hombre no debe poseer sus dones – dijo con tanta convicción que la misma cueva sufrió un temblor grave e iracundo. Después, el dragón suavizó su tono y volvió a agachar la cabeza – Porque el hombre es capaz de decir que una hija a la que desprecia ha sido raptada, para ganar el favor de un Rey que no quiere justicia, sino hierro, para seguir en un trono que pertenece legítimamente a su hermano.

 

            La doncella no entendió todo el significado de sus palabras, pero sí entendió que su decisión era inamovible.

 

                        - Quizás te maten – dijo.

                        - Quizás – respondió el dragón.

                        - Entonces, quiero que me devores – suplicó lady Margaret – Te amo desde la primera vez que sentí que podías devorarme.

 

            El dragón no emitió respuesta de inmediato. Alzó la cabeza y estudió la convicción de la dama. Meditó todas las opciones en un segundo y estudió su propio corazón. Entonces dijo:

           

                        - Sea.

 

            Atacó con rapidez y con amor y se volvió hacia la entrada de la cueva. Se dejó caer hacia los cielos dejando en el suelo un reguero cálido y valiente.

 

 

 

 

 

 

            El dragón había pasado sobre sus cabezas hacía buen rato y los nobles estaban confundidos, en cierto modo aliviados cuando vieron la importancia de su enemigo y cómo se alejaba de ellos. Algunos preguntaron por Preston, el experto en dragones, pero no pudieron encontrarlo. Algunos lo llamaron cobarde.

            Luego alguien dijo que veía humo proveniente del castillo. No hubo que esperar a los mensajeros para entender la estrategia del dragón y para que toda la partida se volviese sobre sus pasos para preocuparse de sus tierras, sus comercios y sus familias. Ni siquiera Sir William  antepuso al regreso la vida de su hija.

            Ellos no pensaban que la ciudad, a pesar de haberse quedado sin guarnición, pudiese estar de aquel modo destruida.

 

 

 

 

 

            Regianak entró en la cueva realmente cansado. Se arrancó las flechas del lomo como un perro se muerde las garrapatas. Aún tenía prendido en las alas el olor del incendio. Otro olor le asaltó a los hocicos y le hizo ponerse en alerta.

            Dos mastines salieron del fondo de la cueva, hambrientos y decididos, y saltaron a sus patas y en busca de su cuello como si pudieran darle muerte. Regianak los tiró por tierra con las zarpas y saltó hacia delante, encogiendo las alas, para hacer presa en sus lomos.

            Entonces, Preston salió desde su escondite y atravesó el buche de la bestia con su lanza, y la clavó en la dura tierra de la pared de la cueva. El dragón intentó gritar, enloquecido por el engaño que había prevalecido sobre su engaño, pero el bufido salió tanto por las fauces como por la herida y sonó a vapor de lava. Tiró hacia arriba a pesar del dolor, a punto de quebrar la lanza, mirando con el ojo del flanco derecho cómo el caballero se pasaba el hacha de doble mango a las manos y levantaba la hoja como si tuviese todo el tiempo del mundo.

 

                        - No vengo por el hierro – dijo – Ni por la dama.

 

            El dragón volvió a tirar hacia arriba rompiendo la lanza, pero el hacha de Preston cayó contra su cabeza antes que pudiera liberarse y le cerró los ojos para siempre. Hubo un último estertor. Luego, el silencio.

            El cuerpo oscuro de la bestia quedó inmóvil, como una estatua que hubiese formado parte de la montaña. Preston se acercó a su cabeza muerta y susurró:

 

                        - Vengo por mis hombres.

 

             

concursoderelatos
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  • 30 de Noviembre de 2009 a las 17:48
                                                                       PROTEUS EL VANIDOSO

     El orgulloso dragón rojo resopló y su aliento de azufre caldeó el ambiente de la cueva. ¿Qué extraña sensación? ¿Llegaría de ésta manera tan inocua el final de sus días? Él, que había sembrado el terror por doquier, que había amasado riquezas incomparables, se enfrentaba por fin a su destino; el tránsito de la vida a la muerte se había presentado de forma inesperada, apenas podía moverse y se tenía que conformar con compartir aquella hedionda madriguera con los murciélagos. Odiaba a aquellas malditas ratas voladoras.
     -¡Soy Proteus, el dragón rojo! –Exclamó. Sus palabras revocaron sobre la cúpula abovedada de la gruta, provocando un tintineo casi musical entre las estalactitas que colgaban del techo.
     -Pertenezco a un linaje muy antiguo… tan antiguo como el tiempo que vosotros, insignificantes humanos, acostumbráis a contar…- La memoria de Proteus se mostraba difusa; los recuerdos diluidos en tristeza se mezclaban con interminables pasajes de euforia desmedida. Aster, Maestre de Asán, asentó sus posaderas sobre una roca plana; las aguas subterráneas canturreaban entre las piedras hasta desembocar en un lago de aguas negras.
     -Aún tenemos tiempo. –Afirmó mientras se ponía cómodo.
     Proteus emitió un gemido; por la herida abierta en su costado no dejaba de manar un fluido viscoso y pestilente.
     -Tiempo… -Murmuró el dragón rojo.
     -Nací a orillas del Ibón helado, en la era de los dragones legendarios…  
     -Sin embargo no seguiste el camino de tus hermanos; te convertiste en el dragón más sanguinario y destructor que jamás haya conocido el reino de Castino I. –Reprochó Aster.
     -¡Ja, ja, ja! Castino. Ése infame indigno  se hace llamar mata dragones ¿Cuál fue el destino de mis hermanos? Yo te lo diré; perecieron bajo el designio del rey, sin más pecados que purgar que su propia existencia. En más de una ocasión pude acabar con él… lastima no haberlo hecho. –Se podía mascar el odio en cada una de sus palabras.
     Aster de Asán conocía bien al rey Castino; la perfidia conducía cada uno de sus actos. Por un momento sintió un breve ramalazo de compasión. Proteus agonizaba frente a él; el último de los dragones rojos, al que llamaban “El vanidoso”, iba a morir dejando tras él una estela de miedo difícil de olvidar. Pasarían siglos hasta que los niños volvieran a dormir tranquilos en las aldeas del valle, hasta que los encomendados cultivaran la tierra sin miedo a ver sus cosechas destruidas. Sin embargo, allí postrado y herido de muerte, parecía un animal desvalido e inofensivo
     -Sabía que algún día tendría que enfrentarme a ti, Maestre de Asán. Temía que llegara éste día sin estar preparado para abandonar este mundo. No obstante estoy contento; hace años que nada me liga a la vida, que el tiempo transcurre con pereza y desidia. –Algo parecido a una lágrima resbaló por las encarnadas escamas que revestían la piel de Proteus. -No tengo miedo a morir. -Sentenció.
     -Eres noble de corazón, Aster de Asán. Sólo alguien como tú podía vencerme en singular combate. Castino lo sabía… ¿Cómo consiguió moverte a semejante peripecia? ¿Con qué promesas te arrojó a tan peligrosa aventura? –Quiso saber el dragón rojo.
     -No hay promesas, Proteus. Has matado y asesinado a gente inocente, has desahuciado las arcas del reino robando y destruyendo cosechas y haciendas. Un ser como tú no puede aspirar a la compasión.
     -¡Compasión!, ¿quién quiere la compasión de Castino? A tu rey y a mi nos mueve la misma inquina; no pienses que somos tan diferentes.
     Aster guardó silencio. Proteus tenía razón; el rey Castino era un hombre deplorable, un ser lujurioso y corrupto que había mancillado el glorioso linaje del que procedía. ¿Quién empobrecía más al pueblo, el dragón rojo con su afán de venganza, o el rey Castino con su avaricia y la voracidad de sus impuestos?
     -Tal vez estés en lo cierto, Proteus. Pero no por ello tus actos son más benignos. Has sido malvado y cruel; un ser vanidoso y lleno de orgullo, que ni siquiera en la hora del trance final es capaz de mostrar arrepentimiento.
     -La vanidad y el ansia por destruir forman parte de mi naturaleza. ¿Acaso tu podrías dejar de mostrar valor y generosidad, Aster?, ¿podrías dejar a un lado tus principios, la impronta de tus mayores? –El dragón rojo estiró el cuello hasta tocar con la cabeza la bóveda de la cueva; emitió un ronquido gutural y escupió una ardiente vaharada que iluminó el fondo de la gruta.
     -Se acerca el final. Deberías marcharte; ve y cuéntales a todos como diste muerte a Proteus el vanidoso. –El dragón rojo escondió la cabeza bajo el ala, como si se avergonzara por mostrar debilidad ante su oponente.
     -Sólo te pido una cosa, Aster de Asán. –Proteus se movió con gran esfuerzo y acercó su enorme cabeza al caballero; susurró unas palabras que apenas provocaron un murmullo en el interior de la cueva.
     -¿Es tu última voluntad? –Preguntó Aster. Proteus asintió con un lánguido movimiento de cabeza. Sentía como las fuerzas se le iban agotando. Finalmente expiró sin más. El último dragón rojo había muerto; la era de los dragones legendarios había llegado a su fin… ¿o tal vez no?

     Aster de Asán montó en su caballo; dejó atrás las agrestes escarpaduras del territorio montañoso y enfiló el inhóspito páramo del Ibón helado. Cabalgó sin descanso durante toda la jornada, hasta que al caer la tarde alcanzó el gran lago de hielo. Desmontó y dejó que el caballo pastara a su antojo; se echó las alforjas al hombro y caminó un corto trayecto. El terreno alrededor de la orilla estaba resbaladizo, de modo que anduvo con sumo cuidado para no caer. Desenvainó su espada y fue tanteando la superficie hasta encontrar una zona quebradiza; con un movimiento seco consiguió romper la fina capa de hielo.
     Del interior de las alforjas sacó un cuerpo ovalado de intenso color rojo que palpitaba ávido de vida. Proteus, el último de los dragones legendarios, daría al mundo una nueva estirpe; pero ni Aster, ni Castino, ni ninguno de los seres humanos que albergaban aquellas tierras serían testigos de semejante acontecimiento.
     Aster sumergió el huevo de dragón rojo en las aguas heladas, tal como le había indicado Proteus antes de morir. Allí aguardaría durante siglos su momento. Abandonado a su suerte, la herencia de Proteus se hundió en el lecho del lago.

     De camino a la meseta, en busca de la corte de Castino I, la naturaleza comenzó a mostrarse más benigna. El humor taciturno del Maestre de Asán se fue suavizando a medida que se iba topando con labrantíos y aldeas. El sol, colgado en su cenit, calentaba la tierra y la fecundaba.
     La noticia de la muerte de Proteus conmocionó a las gentes del reino; desde el páramo helado hasta los frondosos valles y las llanuras de la meseta, la fábula corrió de boca en boca. Los cantares de gesta ensalzaron las virtudes del valeroso Aster de Asán y denostaron la maldad del dragón rojo. El rey Castino I otorgó singulares parabienes al valeroso caballero. Oro y honores a raudales fueron promesas baldías que nunca jamás se cumplieron. Proteus, el dragón sanguinario había muerto, pero con él no se habían terminado las penurias del pueblo llano. Una bestia mucho más vil y despreciable, un ser con apariencia humana y corazón de demonio, seguía habitando entre ellos. Sin duda, algún día Aster de Asán habría de vérselas con él.
 

     
       
     

jcboiza
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Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 30 de Noviembre de 2009 a las 18:13

Aviso a navegantes.


Por motivos personales ineludibles, el jueves día 3 de diciembre no dispondré de Internet a partir de las 19h. Por eso me veo en la obligación de pediros que enviéis los relatos para participar antes de esa hora, ya que los que lleguen detrás no podrán participar. Lo siento pero no he encontrado forma de solucionarlo.

Repito para que quede cristalino. El plazo para enviar relatos termina el jueves día 3 de diciembre a las 19:00 h, momento en que se abrirá el hilo de votaciones.

Un saludo y perdonad de nuevo,
Juan Carlos
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 30 de Noviembre de 2009 a las 19:30

R.O.L

Ni siquiera el silencio podía comprender a que se debían los gritos que interrumpían su sueño. Pero el eco, enemigo eterno y hermano de sangre, le traía con sus ráfagas disonantes la angustia de alguien que sufría. Los pasillos se llenaron de terror, los cuadros temieron a lo desconocido, la madera de la barandilla procuró no quejarse en la noche, perceptiva a lo que pudiese ocurrir. Las escaleras en caracol completaron el conjunto cuando alguien bajó por ella pidiendo clemencia. Una mujer joven, vestida con ropas negras y vaporosas, corría sin saber cual era su dirección. Su rostro estaba envuelto de aquel que ninguno de ellos quisiera ver cerca ni en sus peores pesadillas.
Pánico.
El Silencio era el único que lo veía constantemente, justo cuando un alma abandonaba el mundo de los vivos. Si alguno de ellos pudiese averiguar que Pánico era como uno de sus niños traviesos, buscando llamar la atención. Si uno solo viera su cara tal y como es, comprenderían que no era más que un juego para él. Pero Silencio mostraba siempre su papel de jefe por ser el mayor en edad. Una mueca incómoda en su cara le obligó a levantarse del cómodo sillón que le otorgó el Tiempo. Sus ropajes transparentes no terminaban, fundiéndose en el invisible espacio de la universidad abandonada. Levitó con parsimonia, porque eso le gustaba, y buscó el origen de aquellos gritos que tanto les estaban molestando. Flotó por el aire, haciendo acrobacias para llegar antes y escuchó como los gritos se acercaban.
Jamás se acostumbraría a ver esas escenas que tanto se repetían a diario. La mujer joven corría por las escaleras de la planta doce con el rostro empapado en lágrimas y sangre; sujetaba los bajos de su falda llena de volantes para no tropezar con ella, enseñando unos pies descalzos y sucios por el polvo del abandono. Mirando hacia atrás constantemente, sollozando y negando tal vez la razón por la que huía. Silencio sintió eso que llaman los humanos quebrarse su corazón; algo de lo que carecía. Pero en su interior, se llenó de tristeza y dolor. Levitó más deprisa hasta llegar a ella y colocarse a su lado. Ojalá tuviese cuerdas vocales para comunicarse con ella. Ojalá poseyera de unos brazos y poder sujetarla. Tan solo podía observar. Voló a su lado mientras recorría las escaleras de caracol porque se sentía útil haciéndolo, acompañándola hasta el último piso y poder ver como finalizaba aquella historia.
El Tiempo apareció, haciendo una de las suyas, y ralentizó la escena para causar mayor impacto. La mujer se movía lentamente, y sus gritos sufrieron el mismo efecto, mirando hacia atrás. El alarido que su garganta profirió alertó a todos, obligándolos a mirar en dirección contraria. Un grupo de humanos disfrazados con las mismas ropas corrían detrás de ella, tratando de alcanzarla. Uno de ellos lideraba, manteniéndose en primera fila, con el rostro pintado de blanco, los ojos repintados de negro y un rombo del mismo color los cruzaba. Sus ropas eran ceñidas y su pelo largo. En la mano aguardaba una daga en forma de cruz que se teñiría de sangre.
Silencio ya conocía ese personaje de otras veces. Supo entonces lo que estaba ocurriendo. Una nueva partida de rol presidida por El Cuervo que terminaría en tragedia. Siempre los mismos personajes y uno desconocido para él, víctima de la historia interpretada. Pero esa noche era diferente. Los sacrificados nunca eran conscientes del engaño hasta que sentían la hoja del cuchillo clavarse en su garganta.
Ella pudo escapar y tal vez esa fue la razón por la que Silencio intentó ayudarla. La urgencia le invadió y sobrevoló por el aire adelantándose unos metros. Se colocó en medio de las escaleras y trató de gritarla que conocía un pasadizo secreto entre las paredes del segundo piso. Cuando la joven atravesó su cuerpo ingrávido sin percatarse de su existencia fue como si esa daga se la clavaran a él. Era inútil intentarlo. Agachó su cabeza uniforme y observó como la muchacha tropezaba y caía al suelo a causa de sus  largos ropajes. El grupo de personas llegó hasta ella y la rodearon, clavando sus miradas en su rostro lleno de terror. El Cuervo se abalanzó sobre ella sin perder tiempo y entre varios la agarraron para evitar que se revolviese en el suelo.
Entonces el eco volvió a ser protagonista de la historia y trajo hasta ellos las campanadas que juraban las doce. El líder levantó la daga que sujetaba fuertemente con sus manos y esperó a que sonasen las badajas. Cerró los ojos dramáticamente y cuando sonó la última exclamó con todas sus fuerzas:
-¡Alma inocente por alma inocente!
Se escuchó un crujido cuando el cuchillo atravesó la traquea de la joven mujer que comenzó a tragar su propia sangre en un intento de no ahogarse. El líquido rojizo rebosó entre burbujas de aire por el orificio, creando espasmos en su cuerpo.
Silencio hubiese deseado tener brazos en ese instante para poder abrazarla en sus últimos momentos. Jamás pensó que la Tristeza pudiese localizarse en su rostro sin forma.
Una nueva aparición surgió de la nada, haciéndose ver en la oscuridad de la noche, La Parca se manifestó para hacer su trabajo. Sobrevoló el suelo hasta donde se encontraba la muchacha que no dejaba de luchar por vivir, sujetándose la garganta e intentando que no se le fuese la vida por el orificio creado, con los ojos llenos de terror al ser observada por sus verdugos sin escrúpulo alguno.
El Silencio y La Parca cruzaron las miradas, el primero temiendo lo innegable, el segundo preguntándose que nueva brutalidad había convocado su presencia. El Silencio, lleno de tristeza, se apartó un poco cediendo paso a su compañero mas cercano en esas situaciones. Y La Parca asintió con ese cuerpo invisible hasta para él, acercándose a la joven y esperando que entregase su último aliento de vida. Todos, incluso la escalera de caracol, observaron inevitable, llorando cuando ésta dejó el mundo de los muertos con una mueca de terror.
La Parca levantó su guadaña y la zarandeó dos veces con lentitud, esperando el resultado. Una masa redonda y del tamaño de una mano humana, llena de luz incorpórea surgió del centro de su vientre, elevándose en el espacio, viajando hasta la herramienta de trabajo de la Muerte, y se fundió en su metal mellado. La Parca se despidió del Silencio con elegancia y se evaporó, dejándole a solas con los humanos.
No quiso ver más; por esa noche había sido suficiente. Arrastró su cuerpo transparente con la sensación de ser la primera vez que le pesaba y avanzó hasta su sillón. Volvería a retomar su sueño y posiblemente volvería a ser despertado. Cerró los ojos y suspiró. Nuevamente, había sido testigo de la locura del ser humano.

concursoderelatos
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  • 1 de Diciembre de 2009 a las 20:25

Mi pequeño troll.

 

 

Un pequeño troll fue lo único que se salvó de la muerte.

 

Su familia, si es que puede llamarse así a un grupo de estos animales, llegó al condado hacía ya casi un año. Al principio consiguieron pasar desapercibidos. Notamos, eso sí, un descenso progresivo en la caza. Cada vez era más difícil toparse con ciervos y corzas. Después comenzaron a robar ganado. Culpamos a los lobos, incluso a algún oso hambriento, aunque curiosamente no se habían dado encuentros con ninguno de ellos. Sospechamos que pudiera tratarse de trolls cuando se volvieron más descarados, y comenzaron a dejar rastros de reses a medio engullir o pedazos de ovejas en el camino a su cueva.

 

Organizamos una partida de rastreo. Salimos al amanecer y poco después dimos con la gruta donde pasan el día refugiados del sol. No hizo falta adentrarse mucho para saber que un grupo de trolls vivía ahí dentro. El hedor de la podredumbre era tan intenso que solamente estas bestias podrían soportarlo. Llamamos a leñadores para agrandar lo suficiente el claro frente a la entrada y, ya por la tarde, montamos un sistema de espejos para hacer llegar la luz solar al interior del abismo y conseguir así derrotarlos del modo más seguro. Funcionó. La cueva no era profunda y con pocos niveles de reflexión los rayos llegaron hasta el rincón más oscuro donde cinco grandes trolls se convirtieron en piedra mientras vertíamos sobre ellos la bendición del día. Justo a tiempo, por otro lado, ya que al poco de terminar la tarea llegó el ocaso.

 

Mientras terminábamos de recogerlo todo, orgullosos por la hazaña y satisfechos por no haber sufrido ningún daño, tomé una antorcha y dije a mis compañeros que se adelantaran, que yo iba a explorar un poco más la gruta. Ninguno de ellos hizo ademán de acompañarme al infecto agujero. Había algo que no me cuadraba. La aventura había sido demasiado sencilla. Avancé embozado para evitar el impacto directo de la pestilencia sobre mi olfato. En más de una ocasión me arrepentí de mover un ciervo, un becerro o hasta un oso, al creer ver un destello bajo sus restos. No encontré ningún tipo de tesoro. Al fin y al cabo era una guarida de unos estúpidos animales.

 

No había nada salvo cadáveres, insectos y cinco trolls petrificados al fondo de la caverna. Cinco bestias que podrían haberse abalanzado sobre nosotros mientras se endurecían sus miembros. Podrían haber roto los espejos lanzándoles alguna quijada o algún guijarro. Podrían, en definitiva, haber opuesto resistencia de algún modo, haber ganado tiempo hasta que hubiera caído la noche. Nos habrían tenido a su merced, habríamos tenido que escapar de su cólera. Nada habríamos podido una docena de hombres, por mucho que estuvieran templados nuestros aceros, que no todos lo estaban, contra cinco gigantes airados. Y, sin embargo, ahí estaban. Los cinco en corro. De espaldas. Vencidos. Petrificados. Entonces escuché un ruido. Me detuve helado, como los fríos monstruos que tenía frente a mí, y agucé el oído: el flameo de la antorcha, algún pequeño curso de agua, los ruidos del bosque amplificados por la boca de la cueva, mi pulso acelerado… Por lo demás nada. Pensé que habría sido mi imaginación. La tensión ante la batalla que había planteado mi mente hacía un instante. Pero no. Esos bichos inmundos simplemente tuvieron mala suerte. No nos escucharon al llegar. No pudieron olernos entre tanta pestilencia. Seguramente se asustaron al ver cómo el día penetraba en su santuario y sin más se refugiaron cobardemente. Escupí y me marché de allí.

 

Al salir, el aire fresco de la noche revitalizó mi espíritu. Sonreí. Había sido una gran aventura. Los demás estarían ya contando mil versiones en la taberna, exagerando borrachos de sí mismos y de cerveza. En esto pensaba cuando tomé las riendas de mi caballo y me dispuse a montar. Eché entonces una última mirada a la boca muerta al pie de la montaña.

 

Entonces lo vi. El pequeño troll asomó tímidamente la cabeza y el reflejo de la luna  mostró una grotesca mirada. No era más alto que un niño de tres años. Salió de la cueva y avanzó desconfiado hacia mí. Sus miembros eran visiblemente grandes y fuertes, desproporcionados. Le daban un caminar torpe. Saqué la espada y se detuvo. Movía la cabeza de un lado a otro. Supongo que no me veía bien y trataba de perfilarme entre la sombra, tal vez preparando un ataque. Hubiera sido cobarde ocultarme de un enemigo tan insignificante, así que avancé dejando que la luz de la noche se reflejara en mi rostro. Asustado, dio un paso atrás. Después olisqueó el aire. La brisa del bosque le llevó el hedor que anidó en mis ropajes al husmear por la caverna.

 

La alimaña alzó los brazos y emitió un suave gruñido. Alcé la espada. Continuó gruñendo, más bien ronroneando de forma entrecortada, durante un instante y comenzó a avanzar con los brazos en alto. Preparé el asalto, sería fácil acabar con él de una estocada cuando estuviera a mi alcance. Aceleró el paso, mientras el gruñido se hacía más grave y se mezclaba con chiflidos. Unos metros más y sería historia. Entonces saltó ágilmente y, sin que pudiera descargar el golpe, se aferró con suavidad a mi pierna. No quería atacarme. Supongo que la peste que emanaba de mí debió confundir su pequeño cerebro. Supongo que creyó que era uno de los suyos. No buscaba mi muerte. Buscaba mi consuelo. Era, en cierto modo, todo lo que le quedaba. El olor, en un cuerpo vivo, de un hogar que yo había ayudado a destruir.

 

Sabía que era un error, que debía dar muerte a aquella criatura cuanto antes, pero no pude. Si cinco bestias dieron su vida por salvarlo, ¿cómo podía yo ahora depreciar ese sacrificio? Fue una locura. Fue difícil tratar de enseñarle a comportarse en un mundo que no era el suyo. Fue caro pagar los destrozos que sus ataques de ira provocaban.

 

Todavía lo sigue siendo. Pero aún sigue conmigo y, tantos años después, mi pequeño troll, un bigardo de tres metros siempre hambriento, maloliente e iracundo, una mala bestia que gruñe y grita ya esté alegre o enfadado, que no da más de sí que un niño pequeño, caprichoso y consentido, continua a mi lado. Siempre fiel, siempre dispuesto a comerse, alguna vez incluso literalmente, a quien me amenace o ponga mala cara. Y yo aún continúo intentar educarlo, tratando de domeñar su brutal naturaleza.

 

Ahora el tiempo se me escapa, estoy viejo y él sigue siendo un niño. A veces creo que sabe que me queda poco a su lado. Entonces levanta los brazos y gruñe suavemente. Más que un gruñido es un ronroneo entrecortado. Me mira pícaro mientras avanza despacio, va ganando velocidad progresivamente y, de repente se detiene a mi lado aferrando, con su gran zarpa, delicadamente mi pierna. Yo acaricio su dura piel y él cierra los sus pequeños ojos rasgados, mostrando una mueca grotesca, como sólo puede serlo la de un troll de tres metros sonriendo feliz. Entonces no puedo evitar sentirme satisfecho y orgulloso de mi pequeño, de mi pequeño troll.

concursoderelatos
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  • 2 de Diciembre de 2009 a las 18:37

   El cerro de los muertos.

   Las instrucciones eran claras: resistir y esperar. Habíamos tomado un pequeño cerro que, según el mando, era un punto clave en el avance de nuestro ejército. Nos prometieron que los refuerzos llegarían en pocas jornadas, aunque sabíamos que tenían que atravesar varios kilómetros con el enemigo entre ellos y nosotros. Así que nos atrincheramos en nuestra pequeña fortaleza y racionamos tanto el agua y la comida, como las balas y la cordura. Resistir. No parecía tan sencillo.

   Llegaban en oleadas, a través del bosque que se extendía de este a noroeste. A nuestras espaldas, el terreno llano y descubierto no les invitaba a intentarlo. Allí apilábamos nuestros muertos, a la espera de poder darles la debida sepultura.

   Los días se sucedían, grises, en una batalla intermitente que parecía eterna. Los proyectiles zumbaban a nuestro alrededor como un enjambre de furiosas abejas, los cadáveres se desparramaban en morbosas posiciones, tal y como habían sido abatidos. Algunos tardaban horas en morir, llenando las quietas noches con sus gritos agónicos. A veces, el sargento enviaba patrullas nocturnas para saquear los caídos en busca de munición o comida, entonces, aquellos lastimeros quejidos cesaban abruptamente, como un escalofrío. Muchas de aquellas patrullas nunca volvieron.

   Lo peor era la incertidumbre. Eso y el temor al fuego pesado. Un par de proyectiles bien dirigidos o un vehículo blindado hubiese acabado pronto con nosotros. Aunque sabíamos que era poco probable, aquella idea pendía sobre nuestras cabezas como una guillotina.

   Tras dos semanas de intensos combates, tuvimos una inesperada tregua que nos permitió albergar nuevas esperanzas. Empezamos a relajarnos, a bajar la guardia. Pudimos incluso dormir algunas horas sin sobresaltarnos por cada pequeño ruido. Hasta que cayó sobre el campo una espesa niebla. Apenas se veía el límite del bosque, los primeros árboles no eran sino sombras rasgadas y oscuras.

   Un grito quedo nos alertó a todos a la tercera mañana de calma. Se percibía movimiento entre la niebla. Nos preparamos, tensos y alerta, esperando la orden. Algún sollozo ahogado rompió el silencio denso.

   Poco a poco, las sombras fueron tomando forma humana, avanzaban de manera lenta y torpe, sin ponerse a cubierto, de pie. Creo que algunos ni siquiera llevaban armas, pero todos vestían inconfundiblemente el uniforme enemigo. A estas alturas no íbamos a fijarnos en detalles: si querían avanzar desarmados, no era problema nuestro. Las balas empezaron a tronar.

   Pronto, nuestro mundo se convirtió de nuevo en un rugiente torbellino de disparos y explosiones, los gritos se sucedían, los cuerpos saltaban en pedazos o caían destrozados, amontonándose sobre los que se descomponían en el barro. Aún así, avanzaban inexorablemente, como carne de cañón, de una manera tan estúpida como suicida. Cada vez había más. Pronto se formó un muro de cadáveres, de miembros amputados y cascos vacíos que las hordas de impertérritos soldados escalaron sin escrúpulos, pisoteando a sus compañeros recién caídos. Un terror irracional nos atenazó como una fría mano: ni una sola bala surgió de las filas enemigas, ni una sola granada intentó morder nuestra posición.

   Ganaban terreno. Empezamos a distinguirlos. Algunos gritos despavoridos recorrieron nuestras filas, algunos huyeron abandonando su puesto. Los rostros demacrados nos observaban, con los ansiosos y muertos ojos inyectados en sangre, las bocas abiertas, algunas desdentadas, gemían de manera ronca e insoportable, las manos se tendían hacia nosotros, buscando. Muchos de ellos volvían a levantarse, con las tripas colgando obscenamente de sus vientres estallados, con los miembros amputados, arrastrándose sobre el barro, siendo pisoteados y aplastados por sus compañeros. Y nosotros seguimos despedazando aquella masa de carne horrible y ciega que caía a nuestros pies, aquel horror insano más allá del horror de la guerra. Muchos de los nuestros simplemente se rompieron y, aullando como posesos, se lanzaron sobre la marea de enemigos donde fueron brutalmente desgarrados y devorados.

   Empezamos a recular. Un grito escalofriante estalló a nuestras espaldas. Apenas tuvimos un segundo antes de volvernos y recibir una nueva oleada que nos atacaba por la retaguardia. Nos dividimos instintivamente en dos grupos: el primero intentó seguir conteniendo la marea del frente, el segundo se enfrentó a la nueva amenaza. Ésta vestía nuestra misma ropa y sus rostros eran dolorosamente conocidos. Nos encontramos arrasando a nuestros muertos que se habían levantado y escalaban la falda sur del cerro. El espantoso gemido sonaba ahora familiar como, si de alguna manera, hablasen nuestro propio idioma. Muchos empezamos a llorar, encontrando el pobre alivio de no ver, a través de las lágrimas, las caras y los cuerpos que acribillábamos.

   Las filas empezaron a romperse, algunos de los nuestros fueron agarrados y arrastrados, chillando enloquecidos, hacia las hordas hambrientas y vociferantes. El combate desigual se tornó cuerpo a cuerpo, a culatazos y dentelladas. Pronto seríamos engullidos por unas fauces que se cerraban.

   Vi una brecha y, sin dudarlo, escapé a golpes por ella y huí hacia el sur, a través de los campos, ignorando si alguien más había conseguido escapar. Corrí sin rumbo, volviendo la vista atrás de vez en cuando, deshaciéndome de las armas, las municiones, el casco y cualquier cosa que estorbase mi avance, hasta que mis piernas me fallaron y caí al suelo. Después seguí arrastrándome, impulsándome con las manos, arañando la tierra, gimiendo como un animal.

   Me apresaron horas más tarde, llevándome a un campo de prisioneros, encerrándome en una celda atestada de enfermos y moribundos. En la penumbra topé con unos ojos conocidos. El sargento de nuestro batallón se acurrucaba en un rincón, la mirada perdida, las ropas sucias y desgarradas, con múltiples heridas y cortes en la cara y los brazos, la boca abierta, babeante, balanceando ligeramente su cuerpo hacia delante y hacia atrás, con una cadencia constante. No sé como llegó hasta allí. No me vio, tampoco trató de buscar mi contacto ni de evitarme. Simplemente, no existo para él. Nada existe ya para él.

   Si he de ser sincero, le envidio, ahora que veo la niebla que ha empezado a espesarse ahí fuera, tras las rejas.

concursoderelatos
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  • 2 de Diciembre de 2009 a las 18:50
El Gran Señor del Agua

La lisa superficie del lago apenas ondulaba con la brisa que anunciaba la tormenta. Hacía poco tiempo que existían los lagos sobre el orbe terrestre y apenan había vida sobre su superficie. Muchos seres habían acudido al nuevo mundo con la intención de colonizarlo, pero sólo los más fuertes podrían hacerlo.
Frente a las orillas de las aguas se alzaba majestuosa la oscura silueta de un guerrero. Lanza en mano miraba impertérrito el azul de las aguas. Eran profundas, las que más se adentraban en las entrañas de la tierra según había oído. Su color era puro, como el de los ojos del hombre que las miraba. Las leyendas narrarían después que aquél guerrero era un dios, pero era mortal. Sólo sus ojos parecían de otro mundo, en ellos se adivinaba la sabiduría del anciano, la fuerza de un animal y la compasión de un padre.

Fueron muchos los que afirmaron ver al misterioso guerrero desaparecer bajo las aguas del lago. Nadie volvió a saber de él. Pero lo cierto es que poco tiempo después comenzaron a oírse extraños ruidos que provenían de las aguas. Hubo temblores y tormentas horribles y un buen día el lago se iluminó, no como si fuera de día, sino como si la misma luna hubiera caído en su interior y reflejara su luz desde las profundidades. Los habitantes de las aldeas cercanas no pudieron reprimir su curiosidad y se acercaron a ver qué sucedía allí abajo. Fueron muchos los que se atrevieron a bucear en sus aguas. Nadie vio nada jamás, pero muchos de los que bajaban ya no volvían. Todos pensaron entonces que el guerrero era un dios que había bajado a castigar la curiosidad de los mortales y nunca más se acercaron al lago.

Las leyendas comenzaron a recorrer toda Yêrgal y pronto el lago se transformó en un lugar misterioso. Un famoso cazarrecompensas llamado Leorn se atrevió a desafiar a todo el mundo afirmando que él bajaría al lago y volvería demostrando que allí no pasaba nada raro. Todos se apresuraron a decirle que estaba loco, que encontraría la muerte allí abajo. Pero otros decidieron animarlo, en los alrededores corrió pronto la noticia y todos esperaban ansiosos que llegara el día escogido para la prueba.

Leorn bajó al lago, y cuando no había pasado todavía un cuarto de hora, la gente comenzó a pensar que había muerto ahogado y que jamás volverían a verlo si el lago no expulsaba a la superficie su cuerpo putrefacto. Pero una luz los paralizó a todos. La misma luz que iluminó las aguas en tiempos pasados cegó a los allí presentes. Los temblores volvieron y eran tan violentos que muchos cayeron al suelo. El pánico invadió el lugar y los aldeanos huyeron despavoridos.  El tiempo modeló la historia allí vivida y pronto corrió el rumor de que el misterioso guerrero había abandonado las aguas rodeado de un extraño fuego azul. El temor al lago regresó con fuerza.

No fue hasta un año después que los aldeanos vieron su tranquilidad interrumpida por un extraño hombre que decía ser Leorn. Lo cierto era que el hombre que bajó al lago era joven, de no más de treinta años y que el que decía ser el mismo era un anciano de cabellos blancos y desgreñados que lo único que tenía en común con el cazarrecompensas eran sus ojos. El hombre afirmó haber sido prisionero de un temible guerrero de piel bronceada y altura inimaginable. Según contó, durante cincuenta años había sido su sirviente hasta que había podido escapar. Los aldeanos creyeron que era un loco, pues de ser quien decía ser, sólo llevaba un año desaparecido.

Lo llevaron a un lugar de reposo y allí pasó sus días entre historias fantásticas y delirios hasta que la muerte reclamó su cuerpo y dejó partir su alma al otro lado.

Los aldeanos sintieron su muerte, pues se habían encariñado con el anciano y decidieron darle reposo cerca del lago. Lo que ocurrió aquél día quedó por siempre grabado en la memoria de Yêrgal. El lago se abrió y de entre sus aguas apareció el misterioso guerrero vestido con armadura de oro y toda serie de joyas exóticas. Proclamó ante todos que él era el señor de ese anciano y que sólo él podía darle sepultura. Apuntó con su báculo al pobre infeliz y el agua lo rodeó como si de cristal se tratara. Después desapareció en las profundidades y el cuerpo del anciano quedó sepultado bajo una lápida de cuarzo negro. En ella había grabado lo siguiente:

Yo, el Gran Señor del Agua Athi, que te dejó ir para que murieses entre los tuyos, te digo adiós.

Las gentes del pueblo se vieron obligadas entonces a creer la historia del anciano, de Leorn. Desde aquél día, las leyendas sobre Athi crecieron como la espuma de mar al golpear la costa. Han sido cientos los ladrones y cazafortunas que murieron entre sus aguas, o tal vez pasaron a ser esclavos del Gran Señor del Agua, Athi.

concursoderelatos
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  • 2 de Diciembre de 2009 a las 19:16
EN EL CÍRCULO DE LAS MIL VIDAS

En su vida número mil era un hombre mediocre, con tres hijos adultos, que sentía que se malgastaba su tiempo en un trabajo rutinario. Nada fastuoso, nada que ver con sus primeras existencias mortales, tan gloriosas; hacía mucho que no era rey, ni hechicero, ni descubridor de nuevas tierras, ni compositor de éxito. Pero, qué le iba a hacer, de todo se cansaba uno y, tras probar los sabores más picantes, había pasado a preferir lo simple y cotidiano.

Vidas, unas más largas, otras menos. Vidas repletas de días de veinticuatro horas, en años de doce meses paladeados segundo a segundo. Las imágenes y los ambientes que las rodeaban habían variado con el tiempo, modernizándose al ritmo de cada época, porque había podido contemplar en su mente cómo avanzaba la Historia por el mundo de los seres humanos, dejando a su paso el polvo de las civilizaciones muertas. Un observador curioso, eso era, en las Vidas y entre las Vidas. Podía estar atrapado, pero ni siquiera un círculo mágico de esa magnitud podía enclaustrarle por completo.

Vida, vida, vida…

Jaime, su segundo hijo, le tenía preocupado. Asuntos de drogas. Sentado frente al televisor, viendo un partido de fútbol en el que no conseguía concentrarse, decidió que hablaría con su esposa. Entre los dos buscarían soluciones, como enviarle a algún sitio donde le ayudaran a superar su dependencia… Pero las cosas andaban mal, su sueldo no daba para mucho, Beatriz, su hija pequeña, quería casarse al año siguiente, y los gastos de la boda supondrían un esfuerzo titánico…

La puerta se abrió. Era Jaime, con un ojo morado, seguramente resultado de otra de esas reyertas callejeras. Pudo leer en expresión que tenía algo importante que decirle. Un sentimiento profundo le embargó, mezcla de amor intenso y miedo absoluto. Le recordó, siendo un bebé, mirándole confiado. El día que llegó llorando del colegio, porque no sabía dibujar bien el número ocho. Su primera cerveza, aquella novia tan rara…

Va a pedirme ayuda, pensó. Ojalá, ojalá…

Oyó un crujido.

Se sorprendió, porque lo oyó con los oídos reales, los que no estaban escuchando el partido de fútbol. Había sido un crujido especial, que rompía muchos siglos de silencio casi absoluto, si descontaba el esporádico sonido del viento susurrando entre las ruinas de las catacumbas de la abadía, y aquella gotera que había aprendido a asociar con días de intensa lluvia.

Casi contra su voluntad, abrió los ojos.

La sala de estar, amueblada con saldos de mercadillo, se volvió brumosa y desapareció, llevándose a Jaime y lo que fuera que iba a decirle. La sensación de vacío, de negrura absoluta, duró apenas un momento. La quebró un intenso resplandor dorado, que fue extendiéndose a través de las rendijas que quedaban entre los montones de piedras destrozadas. Se escucharon voces, y en una zona las rocas empezaron a tambalearse. Algunas cedieron, y rodaron por la ladera de escombros, avanzando a trompicones hacia el centro despejado.

Ninguna pudo entrar en el círculo. Eran formas sin voluntad. Se hicieron polvo contra las runas.

Por el hueco entraron un anciano y una joven. Mala cosa. No le gustaban las brujas, y menos en un entorno de piedras destrozadas. Los magos eran más de barro y polvo, y agua que corre sin importar adónde llega, pero las brujas tendían a crear males tan permanentes como las rocas. Malditas fueran todas y sus mezquinas almas.

Iluminándose con lámparas, las dos figuras descendieron con cuidado por la masa de escombros. Se acercaron al círculo y se detuvieron en el borde, enfocándole con aquellas luces tan molestas.

– Ha llegado el momento – dijo el hombre. Apoyó una rodilla en tierra, para quedar a su altura, observándole con atención. Reem supuso lo que veía: un demonio de otros tiempos, de otras realidades, sentado al modo faquir en el centro del círculo mágico, con la espalda bien recta, las manos apoyadas apenas en las rodillas, las palmas hacia arriba. Alguien que había dado importancia a cosas que ya nadie recordaba… Él sólo le miró a los ojos, no necesitó más para reconocerle, aunque no le había visto nunca. Era como tantos: un hombre sin alma, una cáscara vacía – Reem, “Susurro Arcano”. ¿Puedes oírme? Estamos aquí, en el lugar de tu derrota y encierro, enviados por el Consejo, para renovar las magias del círculo. Tu condena es a perpetuidad.

– Hace mucho que no se hacen conjuros de semejante magnitud – dijo la chica, deslizando su luz por el entramado de magias – Runas de contención, combinadas de forma magistral… – titubeó, con sobresalto, estudiando con más fijeza un grupo de signos – Pero, Maestro…

– Calla – ordenó él. Añadió una palabra en la lengua más antigua, y la chica quedó paralizada. Reem no pudo evitar un gesto de sorpresa. El Maestro sonrió – Reem, “Susurro Arcano”. Señor del Caos, de la Magia, de las Posibilidades. Soy tu siervo, y he venido a liberarte.

El Abismo nos libre de siervos así, pensó Reem. La chica estaba consciente, podía ver el pánico en sus pupilas. ¿Iba a sacrificarla aquel hechicero loco? En otras épocas hubiera reído, y luego los hubiese violado y matado a los dos, en el orden que más divertido le resultase, porque no eran más que seres sin importancia en un mundo dónde sólo tenía cabida la voluntad del gran Reem. Pero en el círculo de las mil vidas había aprendido a ver las cosas desde otras mentes, vistiendo otras pieles. Había cambiado, ya no era el mismo. La joven le pidió ayuda con los ojos y se sintió extraño ante el cúmulo de emociones que experimentó, recordando las cosas innombrables que había hecho él mismo a otras chicas de su edad, en el pasado; y, también, que su hija Beatriz debía tener sus mismos años.

– No me hagas perder el tiempo, mago – dijo, con brusquedad – Deseas algo de mí. ¿Qué es?

El Maestro tardó unos segundos en pronunciar en voz alta la palabra en la que ambos estaban pensando.

– Poder – dijo – Dame poder, dame un caudal ilimitado de magia y te liberaré de tu encierro, mi Señor. Según nuestros informes, el círculo está ya muy degradado. He sido enviado para reforzarlo, pero no tengo intención de hacerlo, no, si llegamos a un acuerdo. Al contrario. Un sacrificio con las palabras apropiadas terminarían de romperlo – señaló a la chica – Puedes ser libre ahora mismo.

Pequeño y absurdo hombrecillo, limitado a una única existencia. Casi le daba lástima, pero incluso un mosquito podía resultar peligroso. ¿Qué haría con el poder? Lo habitual, supuso. Conquistar el mundo, y todo eso, encumbrarse lo suficiente como para convertirse en un problema para el propio Reem.

Y, él… Si salía del círculo, tendría que volver al mundo real, ese mundo en el que no conocía la esperanza, ni el descanso, y todo era avanzar sin rumbo, eternamente desterrado. En otras épocas, no importaba. Había sido una fuerza destructora sin mente ni conciencia, descargando siempre sobre otros su odio y su desesperación. Pero ya no sería capaz de volver a ser el que era, ya no poseía aquel egoísmo, aquella absoluta falta de empatía que le rodeaba y protegía como una armadura, y tenía demasiados enemigos como para ilusionarse con la idea de que le dejarían en paz.

Sonrió apenas. El mago interpretó mal el gesto y desenvainó una daga, dirigiéndose hacia la chica. Ni siquiera pudo mostrar sorpresa ante la orden mágica de Reem; simplemente soltó el arma, y se quedó mirando al vacío, con expresión idiota.

Ella se tambaleó.

– Vete, y llévate a tu Maestro – le dijo Reem. La chica le miró, indecisa. Pensó que se iría sin más, pero era valiente, y se atrevió a preguntarlo:

– El círculo… Su magia no duraba tanto como pensábamos. ¿Cuánto tiempo llevas libre?

– No sé – se encogió de hombros – Cien años, doscientos, quizá más… ¿acaso importa?

Ella parpadeó, sin acabar de entenderle, pero decidió no insistir, ni iniciar un combate que no podía ganar. Cogió del brazo a su Maestro y le condujo hacia la salida. Reem les observó con poco interés, deseando acabar cuanto antes para poder volver con Jaime, y escuchar sus noticias, y ayudarle...

En cuanto abandonaron las catacumbas de la abadía, alteró sus memorias. Recordarían haber renovado las magias, asegurando el confinamiento del prisionero. Y obstruyó de nuevo el paso, no estaba de más. Incluso reforzó la barrera de escombros.

Quizá eso le diera otras mil vidas.
concursoderelatos
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  • 2 de Diciembre de 2009 a las 21:39
Visión panorámica de una tragedia




¿Has cogido la cámara de fotos?

Ahora que estaba consciente, la frase se repetía en su cabeza una y otra vez; quizá porque era lo último coherente que recordaba. Después de eso, todo era un puzzle de fotogramas sin orden, una sucesión interrumpida de escenas que no conseguía retener el tiempo suficiente para poderlas entender.
Se decidió a abrir los ojos. Los párpados se plegaron como si fuesen una persiana metálica magullada, encajando a duras penas. Lo que vio le hizo pensar, por un momento, que era tan posible que estuviese vivo como que estuviese muerto. Y si era lo segundo, había ido a parar al infierno.
Se puso en pie despacio. Tenía las articulaciones resentidas, como si las hubiese forzado en una larga postura o en una huida a la carrera; no sabía. Estiró la columna, devolviendo cada vértebra a su sitio. Se palpó el cuerpo: el rostro, el estómago, los muslos... La piel parecía intacta, salvo por una pequeña punzada fácilmente distinguible en la cara interna de la muñeca derecha. Repasó la ropa. Era la misma que llevaba cuando su mujer se despidió de él diciéndole aquello de la cámara: pantalones vaqueros, jersey de lana de cuello vuelto y botas de montaña. Impecable. Ni un rasguño. Como si a aquel sitio hubiese llegado por propia voluntad y sin ningún esfuerzo.
Y estaba seguro de que no era así.
Giró lentamente sobre sí mismo, fabricándose una visión panorámica de su tragedia. Y su tragedia tenía forma de cráter. Estaba en el centro de una extensión pedregosa, árida. Alrededor, imponente, se alzaba la montaña, elevándose, impidiéndole saber qué había al otro lado. Las recorrió con los ojos, una y otra vez, buscando una fisura visible en la distancia; pero no encontró nada. Levantó la vista, buscando en el cielo alguna señal, alguna pista que lo situara en el tiempo y en el espacio; pero también fracasó. La luz era tan intensa, dolía tanto mirarla, que apartó los ojos como si le hubiesen dejado caer dos ascuas en las pupilas.
Se derrumbó de rodillas. Los guijarros se le clavaron, pero no se movió. Descolgó los brazos y se echó a llorar. Tenía miedo y no sabía qué hacer con él, así que durante mucho tiempo, no hizo nada.
Cuando se calmó, se obligó a ser pragmático. El único camino era hacer del pensamiento práctico un modo de vida hasta conseguir salir de allí. Revisó sus bolsillos: nada. Nada que pudiera usar como arma, ni fuego, ni el teléfono móvil... Ni siquiera llevaba reloj. Sólo contaba consigo mismo para salir de aquel agujero. Y echó a andar. Eligió el camino de la derecha como podría haber elegido cualquier otro: todos eran iguales.
Mientras caminaba, su cabeza se dedicó a repasar el puzzle y a intentar darle sentido a aquella locura.
Recordó con claridad el momento en que había salido de casa. Aún no había amanecido. Iba a pasar la mañana al lago, pescando la cena. Su mujer se había levantado a tomar el primer café del día con él. Le dijo que estaba bonita y ella le dijo que era imposible, pero que agradecía el cumplido. Y luego: “¿Te has acordado de la cámara?”. 
Después se recuerda ya en el coche, por carretera de montaña, sin cruzarse con nadie. Y entonces, la radio pierde la señal. Primero emite un galimatías de voces y música, saltando de una emisora a otra, para después apagarse. Sin más. Luego, más carretera. Una recta larga y el motor se apaga. No, no se apaga; se ahoga. Para en la cuneta. Se ve a sí mismo con el capó levantado y la cabeza metida en la boca del motor. Y entonces empieza el zumbido.
Ahora lo recuerda. El sonido agudo que le aguijoneaba el tímpano; tan intenso que lo hizo caer de rodillas y apretar las muelas hasta el dolor. No recuerda si se mantuvo consciente o no... En el siguiente fotograma, aparece la luz. Él sigue de rodillas, con la cabeza descolgada. El zumbido persiste y le obliga a mantenerse encogido, con la cabeza gacha. Y entonces, un fogonazo sordo, un destello mate, y todo se vio inundado de luz. Levantó la vista y la sostuvo sólo un instante. ¿Vio algo? Se lo pregunta una y otra vez, pero no está seguro... Lo único que se ha fijado en su memoria es la sensación de ser absorbido, de ser arrastrado hacia el foco de luz con tanta fuerza, que llegó a pensar que, si se resistía, le arrancaría la carne de los huesos. Tuvo que apartar la vista y abandonarse. Después, nada.
No sabe cuánto tiempo ha pasado desde aquello. No sabe cómo ha llegado allí. No sabe dónde está. No consigue recordar nada más. Lo intenta hasta que llega al pie de la montaña, pero no lo consigue. Se sienta sobre un saliente. Tiene hambre. Tiene sed. Está cansado. Echa de menos a su mujer. Y pasa poco tiempo antes de que otra vez se eche a llorar. Así que, sin pensarlo, empieza a canturrear una canción de campamento y se lanza a la conquista de la cima. Sigue sin poder hacer otra cosa.
Durante mucho tiempo, escaló. Se desgarró el jersey con los riscos, se destrozó las perneras contra la piedra, se abrió las rodillas cayendo a cada poco. Se rindió varias veces, convencido de que no conseguiría llegar; pero siempre terminaba canturreando, en una especie de cansancio delirante, y seguía subiendo.
Y por fin, alcanzó la cima.
A sus pies, una extensión que parecía infinita. Rodeando al cráter veía un lago, un río, incluso el mar. Veía desierto y veía selva. Y a lo lejos, en lo alto de otra montaña, incluso veía nieve. Un paisaje hecho con piezas de otros muchos... El miedo no había desaparecido, pero saber que no todo allí era piedra lo reconfortó. Así que descendió la montaña con rapidez (la ladera era larga pero fácil). Una vez abajo, decidió no abandonar la línea recta. Si no recordaba mal, aquella dirección le llevaría al mar. No parecía mala idea.
Empezó a andar, despacio, dosificando las fuerzas, sin perder demasiado tiempo en tratar de explicarse por qué la luz no había cambiado con el paso del tiempo, sin gastar fuerzas en nada que no fuese seguir adelante.
Pero dejó de hacerlo demasiado pronto. No pudo hacer otra cosa.
El espacio se terminó. De pronto, descubrió que no era posible dar un paso más. Miraba al frente y seguía viendo el camino e intuyendo el mar y el río y la otra montaña, pero no podía avanzar. Como si un muro imperceptible marcase el límite de sus movimientos. Se movió a derecha e izquierda, corrió palpando aquel muro invisible de no sabía qué. Y por fin, exhausto, se derrumbó en el suelo, llorando amargamente y mirando aquel paisaje que sólo tenía dos dimensiones para él.
Y de pronto, la luz se volvió tenue y del cielo empezaron a caer pedacitos de carne. Dejó de llorar y se frotó los ojos. Tendido boca arriba, entrecerró los ojos y vio la mano que le daba de comer: tan grande como dos veces él mismo, con cinco dedos membranosos, arqueados, largos y terriblemente delgados. 
Sin saber por qué, se echó a reír. Siguió llorando, pero se echó a reír. Y después, en un acto inconsciente, abrió la boca para ver si algún trozo caía dentro.


Fuera, la criatura retiró la mano y devolvió la enorme biosfera a sus condiciones estándar de luz. Con una boca masticó la poca carne que aún guardaba en la mano y, con la otra, dio las gracias a su padre por cumplir su promesa: por fin tenía la primera criatura para su terrario. 
Cuando se quedó solo,  empezó a planear cómo conseguir que su padre le trajese también un segundo macho, no importaba de qué planeta. De conseguir hembras, se ocuparía más tarde.
concursoderelatos
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  • 2 de Diciembre de 2009 a las 22:54
COMO HUMANO QUE FUI

Como humano que fui, hoy me siento inclinado a contar mi inusual historia. Para mi vida actual, mi pasado no es más que una anecdótica sucesión de percepciones orgánicas, cúmulo de despropósitos sin ningún tipo de verdadera trascendencia ajenos a la realidad Superior, al vórtice atemporal de plena existencia en el que ahora gozo de infinita clarividencia.

Era yo un pobre emigrante polizonte en un navío de mercaderes, cuya localización histórica en un tiempo y un espacio olvidé cómo determinar hace mucho tiempo.

Recuerdo que estuve escondido todo el viaje en los compartimientos de carga, fantaseando diariamente con el futuro. Aunque pobre, era yo joven y listo, y aprendí rápido a calcular bien el paso del día y la noche y las rutinas de los marinos; antes de dormir, accedía a hurtadillas a la despensa del barco con tal de alimentarme de lo que buenamente pudiera.

Llevábamos ya una semana navegando. Entonces, un buen día, me despertó una atronadora secuencia de varios sonidos fuertes y secos en cubierta, lo que indudablemente me hizo pensar en disparos. Espantado ante la perspectiva de un ataque pirata, me quedé paralizado esperando lo peor, acurrucado en un rincón cubierto por el cargamento al mismo tiempo que mi poco experimentada mente repasaba toda una serie de espantosas previsiones de futuro, a cuál más aterradora. Según la tenue luz que se filtraba desde fuera atravesando dos capas de tablones de madera, indudablemente era de buena mañana. Esperé, esperé y esperé, pero no acerté a captar nada más fuerte que un perturbador silencio sólo amenizado por el suave rumor del oleaje sobre el casco. Finalmente, me dormí.

Desperté. Enseguida percibí que había anochecido, y el mismo silencio profundo gobernaba sobre el navío. Perturbado, decidí esperar unas horas para ver si algo cambiaba, aún aterrorizado como estaba por el recuerdo de los disparos.

Sin embargo, bien es sabido que la prudencia del hombre es limitada, y el solo paso del tiempo, ansiedad o aburrimiento ya son capaces de echarla por los suelos, quedando ésta sustituida por una ilusoria confianza. Todo esto, mezclado con la naturaleza impulsiva que caracterizaba mi juventud, me hizo aventurarme pronto hacia la cubierta de aquel barco en silencio, curioso, esperando confirmar si todo seguía bien en la tripulación y si era posible realizar una incursión nocturna a la despensa que calmara mi hambre y mi sed. Nada más asomé al aire libre, cauteloso, todo me pareció normal; sólo una singular e inusitadamente agradable fragancia marina era lo que llamaba la atención a mis sentidos. Ya más confiado, olvidándome del episodio de por la mañana, me adentré en la despensa que tanto conocía, localizada a poca distancia de los camarotes.
 
Apenas crucé el umbral de la puerta, escuché un disparo atronador procedente de un punto muy cercano a mi posición. Aterrado, pensé que alguien me había descubierto en mitad de la noche pero, ¿Por qué dispararme sin más? ¿Qué había hecho yo? Aún más, ¿Qué hacía alguien esperando armado dentro de la despensa? ¿Cómo podía mi atacante estar seguro de que yo no era de los suyos? La oscuridad era tan profunda que era imposible el reconocimiento.

Todas estas cavilaciones, y otras más disparatadas, desfilaron de puntillas por mi cabeza mientras permanecía oculto en el único escondite que fui capaz de hallar allí dentro, detrás de lo que parecía una enorme caja de botellas de aguardiente. Absurdamente, mi único objetivo en aquel momento era pasar inadvertido, cuando era evidente que aquel que me encontró sabía dónde estaba.

Fue tanto el terror que sentía en ese momento que me es imposible recordar cuánto tiempo pasé allí escondido. Con máxima cautela, acabé por intentar mantener un diálogo con mi supuesto atacante, pero no obtuve respuesta alguna. Como era natural, finalmente salí de mi escondite movido por la curiosidad y la duda, y lo que vi allí me impactó terriblemente.

Aquel marino, tendido en el suelo sin vida apoyado en un rincón, no me había disparado a mi cuando me vio entrar en la despensa: se había suicidado. Yo no salía de mi asombro, sensación que se vio reforzada cuando me fijé en que afuera estaba amaneciendo, pero aún no había signos de actividad en el navío como acostumbraba a haberlos desde bien pronto por la mañana. Aturdido, no se me ocurría nada que hacer. Fue entonces cuando me di cuenta de que aquel hombre sin vida tenía una especie de libro en su regazo, manchado por su propia sangre. Lleno de curiosidad, hojeé aquel grueso tomo inacabado, que resultó ser un diario, con ayuda de la creciente luz exterior. Aturdido como estaba, decidí hojear sus páginas rápidamente en busca de explicaciones.

(...)Apenas ahora soy capaz de recordarlo sin que sienta amenazada mi cordura. Probablemente esto no debería nunca salir de mi mismo, pero algo en mi interior me dice que escribirlo me ayudará a serenarme, a alcanzar la paz(...)

Empecé a sentir escalofríos al leer aquellas primeras líneas. En aquellos momentos le di escasa importancia, pero cabe mencionar que el extrañamente intenso y agradable olor marino que dominaba el barco la pasada noche parecía intensificarse por momentos.

(...)Primero, apareció un desconcertante haz de luz azul enfocando al cielo desde el agua, como de un faro tumbado hacia arriba emitiendo algún extraño mensaje desde las más abismales profundidades de lo desconocido. Era tanta su intensidad, aún a pesar de la competencia del Sol (que acababa de situarse por completo sobre el horizonte), que todos creímos sufrir ilusiones ópticas. Pero cuando, atónitos, vimos salir a través de esa luz, como por arte de magia, un séquito de seres azules semitransparentes procedentes del mismísimo océano, supimos que nos equivocábamos. Aquellos seres saltaron directamente hacia la cubierta de nuestro navío conforme éste se acercaba, arrastrado por una extraña corriente, a la mismísima luz. Era como si el propio barco se viera seducido por un canto de sirena incomprensible para los mortales(...)

(...)Siendo capitán, fui el único que no estaba en cubierta mientras sucedía el espantoso acontecimiento. Mis hombres, aterrados, empezaron a disparar sin ningún tipo de control cuando vieron que aquellos enigmáticos entes invadían nuestro barco a un ritmo inconcebible por cualquier ser vivo. Tantos acudieron y desde tantos lugares, que mis hombres acabaron perdiendo la cabeza y matándose unos a otros intentándose librarse, en vano, de aquellos que eran atravesados sin más por las balas(...)  

(...)Oh, mi querido amigo Francisco, ¡¿Por qué me hiciste matarte?! ¡¿Qué te hicieron aquellos seres para que acabaras queriendo escapar con ellos aún a pesar de haber provocado que nos aniquiláramos?! Quiero creer que hice bien, que impedí que sufrieras un destino peor que la muerte a manos de aquellos que, al marchar de nuevo al océano sin haber hecho absolutamente nada, parecían satisfechos por llevarse a alguien con ellos(...)

(...)Ha atardecido. Hace horas que no queda ni rastro de la luz azul, y yo, con pesar, he lanzado por la borda todos los cadáveres. No me queda otra que intentar sobrevivir hasta llegar a costa sea como sea, y en nada me beneficiaría convivir con doce cuerpos en descomposición. Descansad en paz, hermanos. Yo no sé si podré sobrevivir al profundo horror que siento... por momentos, creo sucumbir(...)

(...)Dios mío... no puede ser... escucho ruidos. Pasos. Parece que se acercan hacia aquí, a la despensa. Oh, dios mío, son ellos... ellos de nuevo... he de apagar mi vela, no me pueden ver. Oh Dios mío, oh no por favor...No quiero tener que...

Acabé aquella lectura aterrorizado, y siendo consciente haber provocado la muerte de aquel hombre. Sin embargo, no fue nada de eso en lo que me fijé al advertir una etérea presencia detrás mío, sino... paz. Una profunda paz llenaba mis sentidos a medida que me iba acercando al que hoy en día es mi mentor,  y éste me presentaba sin hablar al resto de compañeros atlantes que hoy son mi familia, cientos de magníficos seres iluminados por un resplandeciente azul. Envuelto en un profundo placer, no lo dudé y me sumergí con ellos en la luz de la majestuosa ciudad de Atlanta, capital de la Atlántida, convirtiéndome durante el viaje, por su influjo fantástico y milagroso, en quien soy ahora. Un ser por encima de toda existencia física, destinado a sobrevivir al cataclismo del año 2012 dC y resurgir entonces de los océanos con los míos para lo que ya antes hicimos en el pasado: restaurar el mundo desde cero.


concursoderelatos
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  • 3 de Diciembre de 2009 a las 0:58
ALMA.

Todo empezó con la forja de las grandes espadas. Seis fueron las que nacieron en los fuegos de la Montaña Crepitante; y Seis fueron las que se entregaron a los Seis líderes de las razas gobernantes del mundo de Asor. Los gritos de triunfo estallaron en el aire cuando los Seis paladines alzaron sus espadas en dirección al cielo. La celebración y el efecto de la victoria inundaron sus corazones, y ese jolgorio les volvió ciegos.
Pues todos ellos fueron engañados…
En secreto, en los abismos negros de la Montaña Crepitante, una Séptima Espada fue forjada, con toda la malicia y la infamia de la perversión más extrema.
Una Espada con voluntad propia, una Espada con vida propia, una Espada con Alma.   

Una a una, las demás espadas fueron quebradas con el poder de “Alma”, sembrando a su alrededor el desconcierto y la confusión. Las Legiones del Caos fueron llamadas a la guerra y un maremágnum de batallas horrorosas asoló los pueblos y ciudades de nuestro mundo.
Poco a poco los ejércitos nobles que defendían la libertad, fueron cayendo a la Sombra, y el poder oscuro de Murkar el Impostor, quién empuñaba a Alma, se desparramó por gran parte del mundo.

Y así, durante décadas interminables de guerra y de muerte, el caos arrolló el mundo.

Para Vigo, un chico de doce años, todo empezó el día en que su ciudad natal fue arrasada por un ejército de criaturas abisales. Aunque sólo era un niño, y no podía entender el mal ignoto que se derramaba ante él, su espíritu era fuerte, y consiguió mantenerse rígido en los dominios de la cordura.
Entonces, oyó el grito atroz que provenía de una criatura, cuya masa y figura, producían el trastorno a la sensatez humana, y el desmayo a cualquier observador. Pero él se mantuvo despierto y atento, frenéticamente atento a ese cuerpo abominable asido a una espada titánica que desprendía colores e imágenes enloquecedoras a su alrededor.

Y mientras las llamas del horror se impregnaban en su cara, mientras la destrucción se reflejaba en sus irislandias, mientras los cuerpos despedazados y mutilados de su gente se imprimían en su pupila, él, ahí escondido entre las rocas¸ juró venganza. Juró que perseguiría a cada uno de esos seres y los destrozaría hasta llegar a su líder, para aplastarlo con todo el peso del odio.

Entonces el niño murió. Pero el monstruo nació en su interior.

Se dice, que la primera persona que lo encontró, desfalleció de pena al ver el extremo sufrimiento acumulado en su rostro. Durante varios meses, Vigo no pronunció palabra alguna, y los caballeros de Valamis que se hicieron cargo de él, aseguran que no habían visto tanto dolor y tanto odio acumulado en mucho tiempo ha.
Pero Vigo supo canalizar todo ese odio y todo ese dolor en el arte del combate. Supo canalizarlo todo a través de la espada. Con tan sólo dieciocho años se alistó a filas para combatir en la guerra. Muchas fueron las hazañas que se contaron de él luchando contra las hordas del caos, y rápidamente, imparable, iba escalando peldaños dentro del ejército de Valamis.
A los veinte años fue nombrado general de la cuarta división de caballeros Valamienses e inició y dirigió numerosas incursiones a las tierras del caos. Por entonces, Vigo ya se había convertido en uno de los espadachines más famosos del mundo; y sus destrezas y habilidades eran alabadas hasta en las tierras más lejanas.
Uno a uno, sus adversarios iban cayendo, y él sólo pensaba en consumir su venganza, en asesinar a ese monstruo abominable que destruyó su vida.

Esta ansia de venganza se tornó en obsesión, y Vigo tan sólo vivía para combatir, para derramar sangre, para esgrimir con mortal maestría su gigantesco mandoble.

Pasaron los años, y en la vida de Vigo sólo había muerte. Se entrenaba día y noche, y en las batallas luchaba como un verdadero monstruo. La gente empezó a temerle y hasta sus camaradas se alejaban de él. Se dice que quién veía a Vigo combatir, nunca más volvía a hablar.

A los treinta años su cara se había surcado de arrugas, y su frente marchita, sembrada de cicatrices, demostraba la perversión del monstruo en el que se había convertido. En su mente sólo había cabida para pensamientos de matanza y de destrucción; y sus habilidades habían llegado ya, al extremo más alto.

Así que para él ya había llegado la hora de partir.

Abandonó todo con lo que había vivido y se encaminó hacia las tierras de la Sombra, donde la criatura Murkar aguardaba en los abismos negros.
Pero no se fue solo. Kujat, un leal caballero de la orden de Tamisis, le acompañó para así ser su fiel escudero.

Durante largos días caminaron a través de las andurriales latitudes de una tierra donde no podía existir la vida. La Sombra se espesaba a medida que se iban acercando a la Montaña Crepitante y las horas cada vez eran más oscuras.
Kujat presenció terribles batallas contra los guerreros del caos, portadores de plagas y de pandemias; y se estremeció ante las matanzas que Vigo iba sembrando por los yermos muertos de las latitudes cenicientas.

Hasta que un día, casi agotadas todas sus provisiones, Kujat y Vigo llegaron al pie de la montaña oscura, que les recibió con un estruendo ensordecedor y una violenta hecatombe de explosiones volcánicas. Y allí arriba, entre el fuego y la oscuridad, se encontraba erguido ese horror, la abominación de los confines oscuros.
Cuando Vigo le vio, lanzó un grito de desafío y de rabia tan espantoso que pareció que la línea del horizonte se tambaleara, y que la tierra temblara. Kujat, con el cuerpo invadido por un pavor dantesco, tan sólo pudo observar cómo Vigo subía vertiginoso la ladera, y se perdía en las tinieblas materiales de unas alturas de abismo.

La bestia le esperaba al otro lado, preparada para librar el mayor duelo de ese tiempo. Entonces Vigo apareció cortando la oscuridad, y se abalanzó como un monstruo de pesadilla sobre el horror estigio de ese reino infernal.
El estallido demencial que se produjo hizo retroceder al guerrero. Entonces se dio cuenta del verdadero poder de esa espada maldita que empuñaba la bestia Murkar, y por segunda vez, su imagen volvió a penetrar en su retina.

Ni la fantasía más retorcida y enfermiza podría llegar a transmitir la indecible repugnancia que propagaba esa espada. Ese detestable olor, tan aborrecible y asqueroso cómo su misma imagen, marearon con un hálito nauseabundo al vengativo… De su empuñadura surgían una ingente cantidad de tentáculos con vida propia que invadían todo el brazo de Murkar; y ese ojo, ese ojo enorme que se retorcía en medio del filo de la espada, no dejaba de observarle con perversa felonía.

El choque de espadas volvió a inundar los abismos negros, y por unos instantes que parecieron eternos, el monstruo se enfrentó con todas sus energías a esa bestia que era el eje de su obsesión y el significado de su vida.

De pronto, un grito espeluznante retumbó por todos los ecos estériles de la inmensidad muerta, y la espada se desprendió del cuerpo de la bestia, que cayó destrozada al suelo, desparramando por toda la pendiente una inimaginable perversión de líquidos.

Vigo soltó también su espada, y se tambaleó.

La venganza se había consumido al fin.

Entonces fue cuando Kujat llegó a la cima, y sus ojos contemplaron lo que iba a suceder:

Vigo se tambaleó de nuevo, y cayó en el suelo, cubriéndose el pecho con un brazo. La sangre le borboteaba de las numerosas heridas, y su muerte parecía inmediata. Pero entonces oyó una voz en su cabeza, una voz envenenada que le prometía el poder y la gloria. Una voz que le mareaba y le llenaba la mente de una mordaz ponzoña.
Gritó preso del pánico, sin poder controlar su cuerpo; pero con un gran esfuerzo consiguió abrir los ojos, y entonces se horrorizó hasta un extremo insospechado al descubrirse empuñando esa maldita espada.
El Ojo no dejaba de mirarle y le envenenaba con su maldito tacto. Las tinieblas se espesaban a su alrededor y el caos volvía a nacer en su cuerpo. Entonces entendió que él era su nuevo huésped, y que estaba cayendo en las Sombras, para convertirse en su eterno esclavo.

Kujat no llegó a gritar, Alma se adelantó al pobre caballero.

concursoderelatos
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  • 3 de Diciembre de 2009 a las 11:56
EL SUELO INFINITO

El muchacho interrumpió su paso, hacía días que vagaba sin rumbo fijo a través de la nada más absoluta. Llevaba tiempo sin comer, un tiempo que era incapaz de precisar, pero que seguramente se extendía más allá de los cuatro o cinco días. Curiosamente no sentía ni había sentido en ningún momento la necesidad de llevarse nada a la boca, ni tan siquiera había experimentado la urgencia de humedecer su garganta. Es más, tampoco recordaba haber descansado ni haber tenido necesidad alguna de detener su marcha.

Había caminado todo ese tiempo a paso ligero a través de lo que parecía una estructura cíclica, sin principio ni fin. Hasta donde alcanzaba su vista sólo era capaz de observar el negro más absoluto, interrumpido por una línea blanca, lejana, aparentemente inalcanzable, posiblemente un horizonte virtual. Tampoco hubiese sido capaz de afirmar con seguridad que lo que pisaba fuese realmente un suelo, ya que la superficie por la que vagaba hubiese sido absolutamente imperceptible si no fuese por los continuos destellos que aparecían en forma de baldosas eléctricas que abarcaban una superficie de aproximadamente un metro cuadrado a cada paso que daba, para luego desvanecerse al siguiente paso. Del mismo modo que nada parecía indicar la existencia de un suelo al uso, tampoco nada predisponía a creer en la existencia de una bóveda celeste que descansase sobre su cabeza. Bien podría haber estado andando a través de una cinta de Moebius, haber quedado atrapado en un agujero de gusano, o haber sido enjaulado en un pequeño reducto del más absoluto vacío. Pero el hecho es que el muchacho tampoco se había llegado a plantear tal circunstancia, simplemente se había limitado a seguir andando.

Sin embargo, ahora había encontrado algo nuevo, un pequeño objeto se había cruzado en su camino y una leve sensación de curiosidad le había obligado a detener su marcha. A escasos metros de él, aparentemente flotando, se encontraba lo que parecía una pequeña llave de las que se usaban para dar cuerda a los juguetes antiguos, a los juguetes fabricados antes de que las pilas llegasen al mercado. El niño, tras un pequeño instante de titubeo dio dos pasos más, se agachó y recogió con delicadeza esa llave. Observó detenidamente sus formas intentando descifrar su posible utilidad. Después de varios minutos fijándose, desde todos los ángulos posibles, en sus formas, alzó la mirada. Con sorpresa observó que a unos veinte metros, también flotando en esa nada absoluta, había aparecido un pequeño objeto esférico.

El chico avanzó hacía él, esta vez su curiosidad era manifiesta, su corazón latía un poco más rápido de lo normal, nunca había apreciado un cambio en la regularidad sincopada del pequeño órgano que palpitaba en su pecho. Una vez tuvo la esfera a sus pies quedó boquiabierto. No por su tamaño, ya que apenas debía tener más de diez centímetros de diámetro, sino por la increíble complejidad de formas y colores que conformaban su superficie y que no había podido apreciar hasta tenerla a sus pies. La recogió aún abrumado por la fascinación y repitió el mismo proceso de meticulosa observación que ya había realizado con la llave encontrada instantes antes. Llave que aún sujetaba en su mano izquierda.

Anonadado miró la esfera desde arriba, la sujetó por encima de su cabeza, la hizo girar entre sus dedos, la sacudió ligeramente… y a cada nuevo movimiento que le imprimía o nuevo recoveco que observaba su emoción crecía. Su corazón latía desbocado, afectando a la regularidad de su respiración. Un escalofrío de emoción y extraña alegría recorrió todo su cuerpo. Parecía mentira que esa esfera completamente azul observada desde lejos hubiese podido llegar a ser un objeto tan fascinante observado de tan cerca. Vio con estupefacción como ese azul, pese a ocupar más de un setenta y cinco por ciento de su superficie no era un azul uniforme, si no que se fundía de un modo sutil, casi homogéneo, en una infinidad de pequeños matices, desde un azul oscuro mate, a un azul claro brillante cuando se acercaba a la frontera con la superficie que ocupaba la cuarta parte restante, que a diferencia de la zona azul era completamente heterogénea. El verde cedía el lugar al blanco, para que el ocre le sucediese escasos centímetros después... sin embargo existía cierto predominio de un gris feo, algo sucio que llegó a incomodar al chiquillo. Lo que le llevó a fijarse en unas manchas blancas, que a diferencia del resto de la superficie no permanecían estáticas, se movían de un lado a otro formando curiosas formas que cautivaron al muchacho y le mantuvieron en la inopia durante un largo rato. Se mantuvo absorto en sus nuevos pensamientos hasta que la propia esfera le devolvió a su realidad. Poco a poco las manchas de gris, que en un primer contacto representaban una zona representativa, incómoda, pero en el fondo, pequeña, habían empezado a crecer y amenazaban con cubrir la totalidad de la superficie. En ese preciso instante un ruido mecánico empezó a sonar en su cabeza.

Instintivamente acercó la llave a la esfera, y sin saber muy bien porque empezó a buscar un agujero donde encajase. El ruido mecánico iba ganando en intensidad, pero iba perdiendo ritmo. Una extraña angustia se apoderó del muchacho y un sudor frío resbaló por su frente. Las manos le empezaron a temblar y la vista se le nubló ligeramente, sin saber muy bien porque, sentía pánico, un pánico profundo.

Cuando la situación estaba volviéndose insostenible, cuando se sentía en su fuero interno al límite del colapso, una superficie blanca, luminosa, rectangular, surgió del no-suelo, vertical, a medio metro de los ojos del niño. Poco a poco fue perdiendo brillo hasta convertirse en un espejo.

El niño vio con asombro su reflejo, observó a su vez, atónito, como un mecanismo de complejos engranajes ocupaba una cuarta parte de su cabeza. Tardó poco en darse cuenta de que la llave que había encontrado no era para dar vida a esa curiosa esfera sino que servía para mantenerle activo. Temeroso acercó sus dedos al espejo para confirmar otro estímulo de realidad. Al tocarlo una luz blanca le envolvió, sintió como la esfera crecía a su alrededor y él se veía transportado a su interior. Una vez dentro observó en primera persona todo el proceso de transformación que había presenciado desde fuera. El azul impoluto de los océanos, las playas cristalinas del caribe, la nieve en los picos más altos… Para luego presenciar de un modo frenético la progresiva industrialización que terminaba con la destrucción de toda vida y belleza. Una vez terminado el proceso la luz blanca le volvía a rodear, para después despertar en un pequeño habitáculo rodeado de otros niños.

La clase de ética e historia del ecologismo sostenible había terminado. Mientras el profesor recogía el proyector de imágenes cerebrales les emplazó para el viernes siguiente. Después de haber aprendido una lección que seguro no olvidarían y sin que ninguna conversación, comentario, juego o travesura floreciese, todos y cada uno de los niños se acomodaron sus auriculares inalámbricos y se fueron callados, absortos en la música.
Zarax
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  • 3 de Diciembre de 2009 a las 19:29


NI FICCIÓN NI FANTASÍA


No hay caminos; siempre pensé que los habría. Caminos bien trrazados, rectos o sinuosos. en ascenso o cuesta abajo, rodeados de maravillosas flores, frondosos árboles dorados  ... no sé, algo así.

Pero no, yo no veo nada de éso, realmente no veo tampoco una luz al fondo, ese túnel famoso, ni tampoco oscuridad; más bien creo que adivino a alguien que trata de tomar mi mano, no sé bien si lo consigue; élla extiende la suya buscando la mía y yo no estoy segura de desear agarrarla. No sé bien cómo describirla, pues no recuerdo nada destacable en élla, sólo su brazo extendido hacia mí y su mano que e busca; lo que si sé seguro es que es alguien femenino. ¿una mujer?, pues no lo sé, pero percibo en mi interior que es femenina y no sé por qué.

Finalmente consigue agarrarme y me dejo llevar, voy confiadamente a donde quiera levarme y además me siento feliz. Debo estar soñando, creo, pero no sé qué significa este sueño ni a dónde me lleva. Sólo voy. Confiadamente.

- !! Rosa, Rosa !! - me chilla alguién con voz apurada- !Despierta!. Alguien me da unos cachetitos en la cara, primero delicadamente para pasara a hacerlo sin ningún miramiento después.

No quiero abrir los ojos, no me apetece, esté dónde esté con mi compañera, me encuentro muy a gusto. Pero no me dejan en paz, !qué pesados!. De pronto una terrible descarga eléctrica atraviesa todo mi cuerpo, es algo horrible, mis brazos y piernas se mueven como si fueran de trapo y mi cuerpo rebota sobr el suelo. !Dios mío! ¿Quién me ha hecho tanto daño y por qué?. Agarro la mano de mi amiga con más fuerza y sigo pensando que me encuentro muy a gusto con élla. Pero no quieren dejarme en paz y vuelvo a sentir otra descarga horrible. Esta vez escucho una voz a lo lejos que grita como loco, no sé quien es, pero dice. !! se nos va, se nos va !! ... y siento como levanta uno de mis párpados y musita no sé qué del ojos y el iris y bla .... Empiezo a ver entre nieblas a un hombre joven que suda y tiene cara de susto y ucho revuelo alrededor. Veo la alfombra de mi dormitorio y las cortinas y el techo. ¿Qué hago allí? !Yo quiero volver con mi amiga! Pero aquel hombre sudoroso vuelve a coger las planchas y me da otra descarga. Chillo. Yo misma me asusto de mi propia voz aterrorizada. Pero ellos parecen alegrarse.

- ¿Como te llamas?- me pregunta el hombre con voz apremiante.

- Pues Rosa, claro  - digo yo en un hilo de voz

- Joder  ... !la tenemos, la tenemos! grita histérico. Vamos, vamos  ....

Y me empaquetan como una morcilla, me amarran a una especie de silla con ruedas y me meten en una ambulancia. Corren como locos, pero yo he vuelto a encontrarme con mi vieja amiga que de nuevo me tiende la mano y yo quiero irme con ella. Dudo, lo intento, vuelvo a dudar. Estoy en la UVI de coronarias del Hospital y han vuelto a "chiscarme". Esta vez decido que quiero quedarme.

Han pasado 17 días, mi cuerpo es un motarón continuo, me han pinchado, quitado sangre, me han puesto un "cacharro" en un hombro que tal vez me salve la vida si la cosa se repite,estoy agradecida a mi suerte, o a mi ángel o a Dios. Quiero conocer a mi nieta que nacera para marzo o abril, la vida es bella a pesar de todos los pesares. Mi historia de Lilas fué escrita con mucho cariño (como esta) y poco conocimiento. No he podido leeros y tengo que descansar. Pero hoy quería contaros esto y también que´ría darle las gracías a Ernie, porque me echaba en falta y preguntaba por mí. Y felicitar a Juan Carlos por ganar el certamen.

Este relato no entrará en el concurso.
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Autor: aitorzarate

   

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