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TenienteTulip
TenienteTulip
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Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008

XXIV CERTAMEN DE RELATOS BUBOK: "ENVIDIA"

4 de Enero de 2010 a las 21:32

(Lo lamento. Ayer por la noche no tuve internet. Hoy me levanté a la 7:30 y, francamente, no tenía tiempo de ponerme con hilos. Acabo de llegar a casa. Doy para lo que doy).


Queda abierto el XXIV certamen. 

Tema: Envidia
Fecha límite: jueves, 14 de Enero
Hora límite: 22:00
Número máximo de palabras: 1700

Aviso: los jueves no suelo llegar antes de las 10 a casa. Si es así, delegaré el cierre.

Suerte a todos.

La Teniente

P.S. Al loro con lo que escribís. Ahora, oficialmente, se reconoce que en Bubok hay censura. Pues eso...
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Enero de 2010 a las 10:52

ARIADNA

Ariadna es una buena amiga. Al menos se comporta como tal desde que nos conocimos unos dos años atrás. Ariadna posee bonitas formas y es guapa, muy guapa, tremendamente guapa. Y claro, la amistad está bien, pero... A ver, voy a hablar claro: cuando en su habitación repleta de libros, música, fotos y recuerdos, en definitiva, cuando entre su intimidad bebemos vino tinto y nuestras bocas se cuentan chismes o proyectos no consigo dejar de imaginármela desnuda, o expresándolo mejor, no puedo evitar vislumbrar esa lejana esperanza: reunir el valor para abalanzarme sobre ella y comérmela entera. Pero nunca alcanzo ese estado de locura requerido para saltar al vacío de su cuerpo.

 

Me presento: Soy un intento de escritor. Escribo sin ninguna continuidad. Realmente escribo poco. Lo contrarresto soñando mucho. Ésta es mi táctica por ahora. Afortunadamente a Ariadna la encantan mis palabras. Esas pocas letras que salen de la punta de mi bolígrafo fuertemente asido por mi mano llena de heridas nerviosas siempre destapan el tarro turquesa de sus elogios. A veces incluso apunta párrafos completos en su libreta de notas.

En cambio, Ariadna es escritora, nada de intento como yo. Ya ha publicado dos novelas y un libro de poemas. Además ahora está acabando una nueva obra de la que no sé nada, pues lleva su elaboración con gran secreto, y ya tiene editor (además importante) la muy... Ariadna escribe mucho y sueña poco, táctica realmente bastante más eficaz que la mía. Y a pesar de tener todo lo que yo deseo, no se contenta. Sé que quiere la fama.

 

A veces me pregunto por qué Ariadna mantiene amistad con un don nadie como yo. Con cuestiones como ésta no hago sino darme otra excusa para creer que hay algo entre nosotros, que sin saber cómo atraigo a esa morena infalible. ¿Por qué me cuenta sus últimos romances o sus escapadas de siete días (siempre siete) a lugares exóticos mientras nos observamos y tomamos café? ¿Por qué a mí? Sí, algo subyace en su mirada azabache.

 

Antes he dicho que escribo poco y es verdad; pero no son las palabras exactas. Me cuesta tanto escribir que no consigo hacer más de lo que hago; ahora se acercan bastante a la realidad. Debo ser muy torpe o muy inseguro o cualquier cualidad peyorativa que se os ocurra que viene a cuento, el caso es que me resulta complicadísimo crear personajes sólidos y sufro y me desgarro los padrastros y acabo con un proceso diarreico agudo cuando lo hago. De verdad. Todo esto ya se lo conté a Ariadna; recuerdo que me escrutó asombrada y luego, recobrando su habitual compostura, dijo que a ella escribir le relajaba, que conseguía con las letras, que llenaban y llenaban archivos de ordenador sin remedio de continuidad, alejar de sí toda clase de energías negativas. Sí, energías negativas, no os engaño, os aseguro que esos dos vocablos tremebundos salieron por su boca.

 

Una tarde de primavera quedamos para cenar en una pizzería al día siguiente.

 

El día siguiente llega y unos veinticinco minutos antes de la cita ya estoy yo en la puerta de aquel restaurante italiano. Lo curioso es que no entro en Il paradiso della pizza (nombre bastante cursi, ¿verdad?), en cambio me acomodo en la cafetería que hay enfrente. Pido un café, y luego otros dos. Así, desbordado de cafeína, la veo llegar; miro el reloj: veinte minutos tarde (en su línea). En su libretita anota algo antes de entrar en la pizzería. No puedo negar mi sorpresa. Y entonces todavía va a mayores mi asombro cuando sé que no me levantaré para ir hasta donde ella ahora me espera. Pido un whisky doble. Y apunto cuatro tonterías en mi libreta de bolsillo (yo también tengo una). Tarda casi una hora en salir lo que me produce un placer muy personal, de ese tipo de gozo que nadie, aunque se lo trocees y despieces minuciosamente al explicarlo, puede comprender en su totalidad. Brindo con mi sombra, por entonces ya llevo cuatro dobles entre pecho y espalda. Su cara se me antoja triste, aunque está demasiado lejos como para asegurarlo. En la calle escribe unas notas justo antes de llamar a un taxi levantando su brazo haciéndose su silueta más perfecta y alargada en mis ojos excitados. El quinto whisky desata mi mano y borrajeo un par de párrafos.

 

Amanezco temprano. Y con resaca. Hay tres mensajes suyos en el contestador, a diversas horas de la madrugada recién pasada. En los tres Ariadna pone voz preocupada. Pregunta si estoy bien, y exige una explicación por el plantón de ayer. En esas tres parrafadas grabadas para la posteridad existen algunas frases interesantes, por lo que tomo nota de ellas.

Tras ducharme, telefoneo a su casa: me invento una enfermedad gastrointestinal seria «… pero ya va mejorando, no te preocupes.» Dice que quiere verme, que necesita verme, y que estará en mi apartamento en cosa de una hora. Justo después me cuenta velozmente que por fin está finiquitando su novela, que tan sólo le queda hilvanar el final.

 

Cuando llega me trata con desdén, parece interesada en mi habitación, curiosea descaradamente. En el momento que encuentra en un estante sus tres libros junto con varios recortes de periódicos que hablaban sobre ella, me pregunta si le tengo envidia.

Me quedo callado. Vaya preguntita, pienso. Su mirada es apremiante pero enseguida se relaja y dice: “Bueno, realmente da igual.”

Tarda poco en marcharse, ni siquiera se despide. Cierro la puerta, y mecánicamente cojo del botiquín mis pastillas para dormir. Engullo tres. En pocos minutos los párpados me pesan tanto que los tengo que cerrar.

 

Los días siguientes nos evitamos, al menos yo la evito: desconecto el teléfono y no salgo de mi apartamento. Nuestra relación ha llegado a un punto en que necesito desprenderme de su carga. Y tanto espacio ha llegado a ocupar dentro de mí que Ariadna y sus peripecias llenan folios como nunca antes. Me encierro en el salón, duermo en el sofá. Escribo y escribo. Procuro novelar, fantasear, pero es imposible; sólo puedo narrar realidad. No necesito más que lo que hago. Si alguien entrase por la puerta lo echaría a patadas.

 

Calculo que han transcurrido unas dos semanas. Nos seguimos evitando: ella no me llama, yo tampoco. Las hojas escritas aumentan como el agua recogida por un cazo bajo una gotera. Lentamente. Constantemente. Ariadna ya es más el personaje principal de mi novela que la buena amiga que fue o quiso ser.

 

¿Cuántas semanas pasaron? Quizá eran ya meses. Para mí el tiempo había perdido su significado y sólo era una excusa para mirar el reloj. Lo poco que duermo lo hago soñando con las palabras. Estoy enjuto y verde. Mis ahorros han desaparecido; y mejor no hablar de mis tripas, mis manos o de mi cabello ralo, ¡pero a mí qué, yo tenía ya mi primera novela terminada!... Poner el punto final a una primera novela… La felicidad.

 

De todas las editoriales a las que envié copia de mi novela, sólo Libros Z. respondió (la editorial más grande de esta ciudad, curiosamente). Me llamaron la semana pasada diciéndome que mi libro les había interesado y que se pondrían en contacto conmigo ayer con la respuesta definitiva. Mi teléfono no sonó ayer. Ni suena hoy. Como chocolatinas, una tras otra, aun a sabiendas de la diarrea posterior, para no desfigurar de manera irreversible mis dedos.

 

Tres días después, sin poder aguantar más, me encamino a las oficinas de Libros Z. Me zafo con habilidad de truhán de dos subordinados; y me planto en el despacho del jefe. «Hola, señor Editor, ¿ha leído usted mi libro Ariadna?» «Sí.», me responde muy serio. En su mesa veo mi copia. «¿Va usted a publicarlo?» «No.» «¡Joder!… Supongo que no sabe que su editorial me ha tenido en vela casi dos semanas esperando una contestación... » «Sí, lo sé, fui yo quien le llamó; la novela está bien pero han surgido una serie de problemas…» Excusas, no necesitaba excusas, me sobran las excusas así que señalando a mi libro, le dije: «Me devuelve la copia que les entregué. Gracias. Adiós.»

Me marcho con semblante altanero, mi novela bajo el brazo me susurra que no estoy solo.

En la calle compro el periódico, pan y queso, y echo una quiniela.

En mi apartamento me como el pan y el queso, sueño con millones y goles y ojeo el periódico. Es increíble la de cosas que cuentan los periódicos cada día. Me tomo con tranquilidad esta toma de contacto con la realidad, de hecho tampoco me parece que el mundo haya cambiado tanto aunque todos esos artículos se esfuercen en decir lo contrario. Deambulo por asesinatos, publicidad, reuniones, tanques, metralletas, entierros, futbolistas, índices económicos y más publicidad, hasta que una fotografía de Ariadna en la sección de cultura me hace saltar del sillón. Está guapísima, bastante más que mi personaje, se la ve desbordante de salud, muy morena, realmente seductora. El titular es claro: "Ariadna toca el cielo." Se trata de un reportaje sobre Ariadna, no sobre sus libros por lo que en los primeros párrafos sólo cazo esta referencia en boca de la periodista: “Su nueva novela está arrasando, un gran éxito en todos los aspectos, incluido el literario según los críticos.” Ariadna cuenta después que no es casualidad, que han sido dos años de un duro (y apasionante) trabajo. La entrevista es insulsa (hablan de su familia, de sus viajes, de sus escritores preferidos, de los aviones…) pero el objetivo Ensalzar a Ariadna lo cumple sobradamente. Terminando la entrevista, Ariadna habla de la trama de su última novela y entonces yo comienzo a notar que mi corazón se acelera de manera preocupante: “La envidia es el motor del personaje central, sin envidia no podría vivir, sin embargo él elige disfrazarla, transformarla en deseo, es decir, él prefiere mentirse y esto le acaba destruyendo interiormente.” Al final del reportaje leo (lo hago con los ojos como platos, mi taquicardia llega a darme miedo): "Quizá se lo han preguntado ya mil veces, Ariadna, pero ¿quién es Román?"  "Román (sonríe)... Román no es nadie, tan sólo es el título y el protagonista de una novela."

 

concursoderelatos
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  • 9 de Enero de 2010 a las 14:59

EL PEQUEÑO GNOMO

 

Claro está que todos los gnomos son seres de extraordinaria pequeñez, y ya sé que es una perogrullada, pero a mí me gusta llamarle así: el pequeño gnomo.

Tiene doscientos cincuenta y tres años, pero no es, ni mucho menos, viejo: está en la mitad de su vida. Mide quince centímetros. Pero como siempre lleva gorro -rojo, de madera y puntiagudo- y teniendo en cuenta que éste mide unos diez centímetros y que nunca se lo quita -tan sólo para dormir-, el pequeño gnomo mide en total veinticinco centímetros. También tiene una gran barba blanca.

Viene a mi casa -situada en mitad del bosque- todos los mediodías. Le encanta pasar éstos charlando conmigo tras haber estado toda la mañana en su carpintería. En ella fabrica toda clase de objetos de uso cotidiano: los juguetes de los niños, los muebles de la casa, las mecedoras…

Pero no charlamos de su trabajo, no. De lo que solemos departir es de los animales y las plantas del bosque. Y de secretos que sólo conocen los gnomos y que a mí me cuenta con gracia.

Sin embargo, lo que este mediodía me ha contado es algo que le preocupa. Resulta que otro gnomo le está haciendo la vida imposible. Es carpintero, como él. Vende menos que mi amigo y, además, tiene peores relaciones con el resto de gnomos del bosque. Uno de los motivos por los que el pequeño gnomo se lleva mejor con sus semejantes es porque él regala las virutas que se desprenden de las maderas, y el otro no. Las virutas o serrín les son muy útiles a los gnomos, pues son un buen combustible para las chimeneas, además de servir de cama para los ratones domésticos.

Al pequeño gnomo le están ocurriendo, de un tiempo a esta parte, una serie de cosas que no tienen explicación aparente. Me ha dicho que el causante de todas ellas no puede ser otro más que el gnomo rebotado.

Últimamente mi pequeño gnomo ha observado como al tejado de su casa -construida, en parte, en los bajos de un árbol- le van faltando, cada día más y más, escamas de piñas, que hacen de tejas. El tejado, visto desde fuera, tiene cada vez más huecos y la capa aislante -que es pelo de animal- se está deteriorando. La pasada noche escuchó ruidos provenientes del techo. Se levantó raudo de la cama y salió al exterior. En él pudo comprobar como la puerta de la casa del gnomo rebotado, que está situada enfrente de la suya, se cerraba con un portazo.

Hace una semana que el pequeño gnomo no tiene gong junto a la entrada de casa. Esto es un inconveniente, pues cada vez que recibe una visita -y esto ocurre de continuo- quien la realiza debe llamar dando golpetazos con los nudillos contra la puerta.

También me ha contado que el domingo pasado el palanquín con el que su viejo zorro le lleva de aquí para allá, y que guarda en la calle, amaneció serrado. Y no sólo eso, sino que encima le faltaba el cinturón de seguridad de fieltro.

En otra ocasión, cuando volvía de su carpintería, escuchó un pato quejarse. El ruido provenía del lago. Hasta allí se dirigió el pequeño gnomo. Para su sorpresa, se trataba de su pato, con el que viaja cuando no le apetece moverse con el zorro. Se encontraba atrapado entre el fango, junto a unas migas de pan. Alguien las había puesto allí para que el pato -que vive en el lago y nada continuamente en él- fuera a por ellas y quedara estancado, con sus patas inmovilizadas, metidas hasta el fondo. El pequeño gnomo tuvo que sacarlo con el rescatapatos. Éste está realizado con una varita de avellano muy flexible y un cordel de lana, el cual rodea el cuello del ave en su rescate.

El pequeño gnomo es un amante de los animales. Esto lo sabe el otro gnomo. Cuando llega el fin de semana, el bosque y el campo se llenan de cazadores. El pequeño gnomo sale en busca de ellos, para alertar a los seres salvajes. Una tarde intentó avisar a unas perdices de la cercanía de humanos con escopetas. Lo hizo tocando un silbato antireclamo. Su sonido es imperceptible para los humanos, pero es percibido con precisión por los alados, que vuelan hacia otro lugar cuando lo oyen. Pero aquella tarde, en el sitio al que fueron a parar, también escucharon el silbato antireclamo. Las aves volvieron de nuevo, y fueron abatidas por los cazadores. En donde había sonado el segundo silbato no había cazador alguno. Por lo tanto, el gnomo que había hecho sonar su silbato sin duda alguna había querido fastidiar a los animales o al pequeño gnomo. A ambos, más bien. El pequeño gnomo me ha dicho que seguramente fue el gnomo rebotado.

Cuando ha intentado, este mediodía, contarme otra fechoría de aquel gnomo malo, le he dicho que no me cuente más. Que pase a la acción y que le dé un escarmiento. He intentado sugerirle algo, pero me ha dicho que no hacía falta. Que a un gnomo sabio como él nadie le dice lo que tiene que hacer.

Entonces se ha apoyado en la piña higrómetro que tengo en la mesa junto a la ventana. La hice siguiendo sus instrucciones: clavé un alfiler en una de las escamas de la piña; luego dibujé, sobre una cartulina, una escala, anotando en lo alto “muy húmedo” y en lo bajo “muy seco”. Cuando la piña se abre, el alfiler marca tiempo seco o muy seco, mientras que cuando la piña se cierra, marca tiempo húmedo o muy húmedo. Se cierra para proteger los piñones de la posible lluvia. La naturaleza es inteligente.

Bien, como decía, el pequeño gnomo se ha apoyado en esta piña. Se ha rascado la barba, pensativo. De nuevo se ha puesto a hablar. Y me ha dicho que, además de todas las canalladas que le ha hecho el gnomo rebotado, encima tiene que aguantarle como jefe del bosque, cargo para el cual ha sido elegido de cara al año entrante.

Ha sacado el alfiler de la piña. Me ha indicado que se lo llevaba prestado, que lo necesitaba. Y haciendo con él gestos como si empuñara una espada, me ha dicho que el gnomo rebotado se va a enterar de lo que vale un peine.

concursoderelatos
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  • 9 de Enero de 2010 a las 19:54

Las campanadas

Empezaron las campanadas y todos como tontos se llevaron las uvas a la boca, masticando rápido y mirándose los unos a los otros en aquel silencio espeso. La cadencia metálica, como la llamada de una lejana iglesia, como la voz del tiempo desde el otro lado de las sombras, me paralizó. Me sentí incapaz de comenzar con el ritual. De repetir aquel acto como un idiota. Quedé inmóvil percibiendo la agitación muda en el salón. El silencio mermado por la avidez y el roce de las respiraciones. La familiaridad y el calor de los rostros y una ingente cantidad de comida decoraban el ambiente. De repente, me sobresalté sacudido por el presagio de la muerte. La visualicé devorando mi cuerpo, consumiéndome, un dolor agudo me atravesó la respiración y el espacio entre los omóplatos. O quizás fue al revés. No lo sé. Recuerdo que miré a Marta, mi esposa, que con la impecable y acostumbrada solemnidad y virtud con la que acompañó mi vida intentaba ahora masticar el atolladero de pellejos y pepitas. Sin sentirse vencida aun cuando la boca le rebalsaba y le faltaban todavía unas cuantas uvas por comer. Carlos y Estela, mis hijos, se miraban sofocados mientras se metían una, otra y otra uva, hasta atragantarse, ahogados de risa. Escupieron una carcajada que manchó el vestido de la tía Carmen, acusándose luego el uno al otro por impedir la victoria. Cuando ya la algarabía general comenzaba a desatarse y la rabia dentro de mí iba tomando forma de asco, miré a mi madre en su silla de ruedas. Le habían pelado y cortado las uvas en mitades, no había metido ni masticado la mitad cuando terminó de sonar el último campanazo con el que se recibe el año nuevo. Sus ojos húmedos que en otra época fueron dos escudos de acero gris, ahora deambulaban como huérfanos vagabundos de una a otra persona en aquel salón. Buscaban algún gesto, algún rostro que le brindase el bálsamo de la memoria, algún refugio que la emancipara momentáneamente del desconcierto del Alzheimer. Se toparon sus ojos con mis ojos también húmedos y pareció reconocerme mientras sostuvimos la mirada. Retumbó en mí la voz del médico: “Cáncer avanzado “, y vi su cara rosada y seria al leer el resultado del escáner. La conductora del programa televisivo se desvivía ya a gritos, intentando contagiar a todos su indudablemente impostada y desmedida emoción por el paso de un año más. Aplaudieron y nos pusimos de pie. Empezaron a abrazarse. Sin embargo yo, mientras mis hermanos, sus mujeres e hijos entre risas y jolgorio se deseaban mecánicamente lo mejor para este año, besé a mi madre y salí de la sala pensando en la muerte.

Llegué al pasillo y cerré los ojos asiendo con fuerza la barandilla. Veía en mi mente la imagen del salón, los vi a todos revolverse a su alrededor, agitarse en el suculento placer de quienes no se sienten perseguidos por la muerte y que tampoco están llenos de vida. Tremendamente felices y desdichados en su ignorancia. Quise llorar pero no lo logré. Deseé hondamente haber comido las uvas, haber repetido el ritual teniendo esperanza en el futuro. Deseé tener la virtud de Marta que no se desanima nunca o el ímpetu que impulsa la vida de mis hijos, para no temer a nada, deseé incluso la falta de memoria de mi madre. Y la ilusión hipnótica de los presentes. Todo, menos aquella rabia que estaba carcomiéndome y que desde hacía diez días, desde que me enteré que viviría poco más de tres meses, me hacía sentir ya muerto.

Yo creía que al finalizar las fiestas encontraría el momento de contarle a Marta, encontraría el espacio para meditar y asumir las consecuencias. Estaba enfermo y pronto estaría muerto. Pero no fue así. No pude postergar mis sentimientos. Sentí rencor. Impotencia. La violencia de saber que ellos seguirían viviendo y yo no, que ellos seguirían juntos y Marta y los niños quedarían solos. Todo el mediocre circo con que cada uno gastaba sus días se me antojó ahora un gran tesoro que había perdido de un zarpazo. Me sentí excluido y sus vidas vacías (de las que tantas otras veces me había jactado) me parecieron ahora maravillosas. Quizás envejecerían hasta hastiarse de vivir, ellos quizás tuvieran un cuerpo que jamás los despreciase. Me avergoncé de mis pensamientos. Entré al servicio y me lavé apresuradamente la cara. Respiré hondo y fui serenándome. Fueron sólo unos instantes. Volví a la sala cuando ya todos bebían reían y hablaban a viva voz unos con otros. Salvo Marta, que siguió con su mirada la mía, nadie notó mi ausencia. Sentí un dolor punzante en el estómago. Me senté en silencio. Marta escuchaba a Nora que le contaba los pormenores de su trabajo. Sabía que buscaría pronto la ocasión para increparme por haberme ido. Así que, sin pensarlo más, levanté la copa golpeándola con la cucharilla y ante el silencio de todos los que se quedaron mirándome, les dije: “Estoy enfermo de Cáncer… y moriré en tres meses…eso, si los médicos aciertan. Pero lo que es puñeteramente cierto es que ya estoy pudriéndome. Así que me gustaría que nos dejásemos de gilipolleces y brindásemos esta noche por algo que merezca realmente la pena brindar, como por ejemplo la verdad.”

Ante el asombro de la mayoría, Marta se echó a llorar. Los demás se miraron entre sí, en medio de un silencio sepulcral banalizado por los gritos provenientes del televisor. “¡A brindar!” Les ordené. Y brindaron.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 9 de Enero de 2010 a las 22:24


EL HOMBRE DE MI VIDA


A veces miramos demasiado a los demás y nos fijamos poco en nosotros mismos. Yo me pasé un año entero contemplando el mundo a través de las evoluciones de mi compañera de mesa en la Oficina y un poco más tarde, lo observé todo con los ojos de miope con los que miraba a su pareja.

En el trabajo yo era la eficiente compañera a la que todo el mundo pedía ayuda cuando algo se complicaba y durante un tiempo, eso me parecía fantástico. Pero cuando llegó Elena a ocupar el hueco dejado por Pepa, enferma de cáncer, empecé a ver, como ya he dicho, las cosas de diferente manera.

Elena era guapa, yo diría que muuuy guapa, y alta y con dos hermosas tetas, puestas en su sitio y además que solían asomarse a que les diera el aire un poco más de lo normal. Y sonreía con una boca sensual que dejaba entrever unos dientes blancos, de esos perfectos. Y su pelo … su pelo era como una cascada de agua rubia que le llegaba a los hombros y que ella llevaba sabiamente de un lado a otro en un movimiento sensual.

La sentaron en mi mesa. La verdad es que era lo suficientemente grande (la mesa) como para ser ocupada por otras dos más, así que llegamos a un acuerdo: este lado para ti, aquel para mí y pronto pudimos charlar amigablemente mientras trabajábamos. Yo aprendí mucho con Elena, otra cosa es que no puse en práctica casi nada de lo aprendido. Anoté cómo se movía cuando iba por la oficina, así, como ondulando, como si fuera a variar de ruta y luego se arrepintiera. También aprendí que una puede tener sonrisas diferentes, dependiendo de a quién vayan dirigidas. Y aquella manera suya tan natural de hacer como que hacía y de pedir que le hicieran como si ella te hiciera el favor. Claro que estas peticiones siempre iban dirigidas a los hombres que nos rodeaban, que por cierto, no le quitaban ojo de encima.

Con el tiempo todos acabamos acostumbrándonos a su presencia y sobre todo, yo dejé de mirarla a ella y empecé a fijarme en su ropa y en los complementos que lucía, todos de gusto exquisito y algunos de no menos exquisito precio. Tenía habilidad para combinar faldas de Zara con blusas de C. Herrera y bolsos de imitación, con zapatos de marca. Eso sí, con unos hermosos tacones que alargaban sus ya de por sí largas piernas. Llamaba la atención y creo que fue entonces cuando comencé a envidiarla, o al menos a tomarle una cierta manía porque me parecía demasiado perfecta.
Lo peor vino cuando una tarde me pidió que la acompañara a tomar algo en el café de la esquina, mientras esperaba a su chico que iba a tardar un poco en llegar y yo, ya sabéis, amablemente, como era mi estilo, lo hice. Y no me fui hasta que él llegó y Elena me lo presentó:


-Richard - me dijo.

¡Joder! Que guapo era. Bueno, la palabra guapo no es la justa. Pero era un tío genial. De esos que tienen cara fea pero que te miran y te hacen temblar. No me preguntéis qué es concretamente lo que tienen, pero hay hombres así, que son más bien feuchos pero resultan atractivos y sexi. Pues este era uno de esos y además simpático.

No me dejaron marchar, hablamos y reímos un rato, me hizo algunas preguntas quizá algo personales, como si tenía novio y esas cosas y al final me fui, casi con pena, la verdad. Esa noche soñé que Richard me acompañaba a mi casa y yo le invitaba a subir, que encendíamos velas y tomábamos vino tinto y charlábamos animadamente y de pronto se acercaba a mí y me abrazaba y yo me resistía un poco ¡era el chico de Elena!, pero poco … Y luego …. Bueno, os lo podéis imaginar; como en una película, vamos.

Así que ya, con motivos más que suficientes, empecé a odiar a Elena. Ya no era solo por que era tan guapa y simpática y todos los hombres la admiraban, es que además se había ligado al hombre de mi vida, al que aparecía en mis sueños. Al Cluny de mis locas fantasías. Y lo peor era que la tenía sentada enfrente a diario y además era simpática y amable conmigo y me invitaba a una coca al salir de la oficina, muchos días, mientras esperábamos a que llegara su Richard. Cuando él estaba cerca yo perdía la razón y no coordinaba bien. Me miraba con aquellos ojos sonrientes, medio dulces, medio guasones y yo tartamudeaba como una boba. Estaba segura de que se había dado cuenta de mis más íntimos pensamientos y de la de veces que le había pegado “un brinco” en mis sueños despierta.

Al año de llegar Elena a la oficina, uno de nuestros compañeros se fue a vivir a EEUU y le dimos una cena de despedida. Estábamos invitados todos los que quisiéramos ir, incluidos parejas, e iba a haber un regalo sorpresa y todas esas cosas que suelen pasar en estas reuniones. Como os imagináis Elena vino con su guapo oficial. Hacían una pareja realmente impactante. Me dí cuenta nada más que entraron por la puerta del restaurante. Y no solo yo, sino todos los demás. La noche se fue animando; primero unos aperitivos, luego la cena, bien servida con un buen vino y luego los cafés y copas y para la larga velada, cava para brindar por el afortunado que se iba tan lejos de aquel lugar donde trabajábamos e iba a empezar una nueva vida.

Algunos se fueron pronto, bastantes nos quedamos y como había música ambiente, otros decidieron bailar a media luz en la cafetería, que ya había cerrado sus puertas al resto de público. Yo bailé con unos y otros, los que tuvieron a bien invitarme y también bailé con Richard, porque me lo pidió. Sentir su brazo sujetando mi espalda y la palma de su mano contra la mía fue un impacto para mi pobre corazón desangelado. Temblé, incluso, un poco. Seguro que él tuvo que darse cuenta. Cuando paró la música, yo sonreía con risa tonta, le dije que tenía que ir al servicio y tropezando con una silla huí de estampida al pasillo buscando el wc de señoras. Cuando salí de nuevo me lo tropecé en la semioscuridad y sin más palabras me empujó suavemente contra la pared y me plantó un beso en la boca. No reaccioné, sólo disfruté del beso.


-Dime donde vives y voy a tu casa cuando quieras- Me dijo, casi soplándome en la oreja.

-Lo miré con esa cara que solemos poner las románticas en ocasiones y le dije como una lela

-¿Y Elena?

¡Qué me importaba a mí Elena!, pero lo dije.

_ No te preocupes, ella no se enterará – y se apretó más contra mí, para que pudiera apreciar todo su poderío.

¡!! Pufff ¡! ¡!Que calor ¡! …. Mi cara era un horno y mi corazón la batería de los Rollings.

- Déjame pensarlo – le dije muy seria – y esta vez fui yo quien le dio el beso.

Y con mucho cuidadito me fui deslizando de debajo de aquel cuerpo glorioso y me fui de nuevo al bar, tomé mis cosas y salí casi corriendo a la calle, gritando:

- ¡Taxi!

No hace mucho de todo esto. Ahora miro a Elena con otros ojos, ya no la envidio, o al menos no tanto. Me parece que, a pesar de su hermosura, es una mujer enamorada más, a la que se la dan con queso. Desde luego, esta vez no conmigo, pero seguro que con otras sí. Yo soy una anticuada, que puede tener fantasías nocturnas acaloradas, pero aún no necesito ligarme a los chicos de mis amigas. Espero que no llegue ese día. Que todo pudiera ser.

concursoderelatos
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  • 10 de Enero de 2010 a las 14:01
COMO UN FANTASMA

La muy cerda los tiene engolosinados con sus escotes abisales, y los idiotas no se dan cuenta de que tetas las tenemos todas y bien puestas, solo que hay quien no le importa lucirlas como quien exhibe una mascota, miradlas qué hermosas, cómo ronronean y tan suaves, acurrucadas en su nido igual que palomas, no pueden tocarse porque se espantan y qué se gana, mejor admirarse de su blancor en la distancia, quién será el afortunado que algún día las toque, las pueda besar o jugar con ellas, comparar cuál es más grande y cuál huele mejor, ninguno de los que zangolotean en torno, gatos hambrientos, tan tontos que deben soñarse afortunados si alguna vez la sorprenden inclinada, haciendo ver que recoge algo del suelo, ¡puta!, bien a la vista el fondo del canalillo, hasta el ombligo si hay suerte, y esa imagen grabada a buril los acompañará en sus húmedos soliloquios recién acostados, o en sus frecuentes encerronas con el retrete, tanto da el lugar, igual de sórdidos, conformes con eso poco que consiguen, qué van a hacer si no, tal vez si probasen otras aguas… el mundo no se limita a esa porción mínima de carne, por exuberante y rosada que luzca, se pudrirá como cualquier otra más magra, menos afortunada, no todas hemos tenido esa suerte de mostrar palmito tan sin contemplaciones, como si en el fondo no nos importase o no nos tuviéramos un mínimo de respeto, no hallo otra explicación, o ser tan zorra que el mero hecho de ser mirada te deshaga por dentro, las vísceras chorreantes como miel, un dulce goteo en las entrañas que hace vibrar cada vello, cada membrana, los pezones duros porfiando bajo la tela… la odio, la odio con toda el alma, y si pudiera le arrancaría los senos, se los pondría en bandeja frente a su jeta, para que sepa lo que es no ser advertida, para que sepa lo que es sentir pesar y ser un fantasma, para que no goce más de mi ausencia ni prodigue tanta lujuria, tanta…

concursoderelatos
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  • 10 de Enero de 2010 a las 21:23

MR. OWENS

Johannesburgo, Sudáfrica, 1978.

El profesor Van Beuttem se apoyó en la mesita del proyector de 16 mm. Los alumnos del Instituto Universitario de Midrand ya estaban sentados y miraban a su alrededor, buscando algún compañero de chanzas o alguien del sexo opuesto para dirigirle una mirada simpática, socarrona o seductora. Klaus Otto, el más frío e inteligente de sus alumnos, sin embargo, estudiaba al profesor con una sonrisa cauta, que parecía decir: “¿Qué te propones ahora?”

- Esta grabación es muy importante para su asignatura de Sociología – advirtió Van Beutten, haciendo que los alumnos se cuadraran en sus sillas, como si fuesen astronautas a punto de despegar - Quiero que elaboren un trabajo sobre ella y les ruego que la visionen con atención.

Activó el proyector y apagó las luces del aula. En la pantalla comenzó a verse la cuenta atrás del montaje de la película y se oyeron los pitidos de despegue. Mientras sacaba cerillas para encender la pipa, añadió:

- Para sus conclusiones deben saber que esta grabación nunca vio la luz y que pertenece a mi colección privada. Una colección privada de la que el rector no tiene conocimiento.

- No se preocupe, señor Van Beutten – dijo Mark, divertido y heroico – Seremos una tumba.

- Lo serán – concluyó Van Beutten entre las risas de los alumnos.

Entonces, apareció la clasificación del documental y su título, y todos los alumnos guardaron silencio: “J.D.U. Clasif.- 12-348. Mr. Owens. 1937”.

Mark, en un asiento insignificante para su cuerpo atlético, en un claro oscuro artificial, casi mágico, murmuró: “¿Mister Owens es Jesse Owens?”

En la grabación no hay contraplanos; sólo la voz del entrevistador y la figura delgada, elegante pero humilde, del entrevistado. Blanco y negro. Decorado básico, quizá improvisado. Iluminación básica, poco profesional. Jesse Ownes saluda a la cámara levantando los cuatro dedos de la mano derecha, demasiado acostumbrado a hacerlo, como un cantante reconvertido a actor que sigue sintiéndose incómodo.

Entrevistador – Señor Owens, gracias por acceder a nuestra entrevista. Debe estar cansado de tanto revuelo.

Owens – (simpático) Bueno… yo no monté el revuelo. Yo sólo corrí hacia delante.

Entrevistador – Tiene usted la libertad de responder exactamente lo que piense, señor Owens. O de no responder. Se lo ha ganado.

Owens – (simpático) ¡Vaya! Tendré que animar a mi gente a que participe en unas olimpiadas.

Ingrid se echó hacia delante y sonrió con malicia. “La primera en la frente”, pensó. A pesar de su mirada socarrona, estaba sintiendo levantarse el vello de sus brazos. Supo que esa entrevista iba a recordarle a su amiga Lucinda. Su talentosa amiga negra, Lucinda, que se ganaba la vida cosiendo ropa mientras ella iba a la Universidad.

Mark miró a Ingrid y mantuvo el gesto serio. Se cruzó de brazos.

Van Beutten los miró a todos ellos y su lenguaje corporal, sus cabezas incómodas, sus espaldas incómodas, sus brazos cruzados y, en sólo dos o tres casos, vio que se echaban hacia delante y apoyaban la cabeza en el puño, el puño sobre la rodilla. Como El pensador.

Entrevistador – He oído que les han tratado mejor en la Alemania nazi que en su América natal. ¿Es eso cierto?

Owens – (serio) Bueno. No todo el rato. Usted pudo oír los gritos de la gente…

Entrevistador – Pero la organización alemana…

Owens – Nos trataron como a caballeros.

Owens se echa un poco hacia atrás. Se cruza de brazos. Pero su gesto es digno y valiente.

Entrevistador – Un compañero americano escribió qu,e si no hubiese habido un Hitler al que sacar los colores, nunca habrían participado dieciséis atletas de color en los juegos. ¿Está de acuerdo?

Owens – Estoy de acuerdo, señor.

Entrevistador – Llámeme Matt, señor Owens.

Owens – (azorado) Estoy de acuerdo, Matt.

Entrevistador - ¿Siente usted que le han utilizado? O, disculpe la pregunta… ¿Siente usted que su raza era la única que podía negar las teorías nazis?

Owens – (serio) ¿Me está preguntando si creo que los judíos son peores atletas que los negros?

El entrevistador se ríe, evasivo. Owens, al poco, también se ríe.

Entrevistador – Le pregunto si la raza negra tiene algo que envidiar a la blanca. ¿O es al revés?

Owens se mira las rodillas. Levanta la cabeza y vuelve a sonreír.

El profesor Van Beutten contenía la respiración. Siempre contenía la respiración cuando llegaba ese momento de la entrevista. Sabía que Klaus Otto se había vuelto un segundo para mirarle, como si quisiese aprovechar ese momento de silencio para recordarle que estaba pasándose de la raya. Pero Van Beutten no lo miraba a él… y no respiraba.

Owens – (simpático) Creo que a lo largo de la Historia a mi pueblo le han dado muchos motivos para odiar, pero no para tener envidia. El odio viene de la opresión, eso lo sé bien, pero no sé si la opresión viene de la envidia de los blancos a los negros, si es lo que me pregunta. Sería de locos. Una pena.

El profesor Van Beutten soltó el aire y asintió con la cabeza. Siempre pensaba en sus compatriotas cuando llegaba este momento de la entrevista. Realmente, el profesor Van Beutten pensaba en sus compatriotas en muchas ocasiones; cuando releía “Matar a un ruiseñor”, cuando visitaba París, cuando charlaba con Tata Perla en el porche.

Y Klauss Otto había vuelto su fría e inteligente cabeza hacia la película.

Entrevistador – Entonces, señor Owens, ¿qué sintió cuando supo que Hitler no quiso imponerle las medallas? Cuatro medallas de oro.

Owens – (simpático) No lo eché de menos.

Entrevistador – ¿Piensa usted que venció a Hitler?

Owens – (serio) Imposible. Él no corría.

Ingrid se apretaba los labios hasta notar dolor. Mark sentía que quería estar cerca de ella. También conocía a Lucinda, la del concurso de poesía, la joya negra que zurzía pantalones. Mark sólo entendía de deportes, no de poesía, pero alcanzaba a saber que la competición sólo es buena si participan los mejores.

Cerca de él, Samuel van Hallen, comentó entre dientes que todo aquello había estado amañado por los americanos. Mark buscó a Sam con la mirada, pero Sam estaba estudiándose las manos.

Entrevistador – Señor Owens, ¿qué sintió cuando sonaba cuatro veces el himno nacional norteamericano gracias a usted?

Owens – (reflexivo) Orgullo.

Entrevistador - ¿Por su país?

Owens – Por mis padres. Por mis compañeros.

Entrevistador – Y en las gradas…

Owens – (serio) Uno de los atletas alemanes… me pidió que nunca revelara su nombre. Me dio la mano en los vestuarios. Me dijo que había sido un honor. Me dijo que lo sentía mucho, todo.

Mark sintió entonces un cosquilleo en la espalda y, por las tripas, una mano que subía haciendo diabluras hasta cerrarse en su garganta. Porque, en ese momento, tuvo la sensación vertiginosa de haber vivido en 1936. Se imaginó perdiendo contra Jesse Owens, imaginó a Ingrid perdiendo contra Lucinda. Miró hacia Ingrid y vio que tenía los dedos apretando el puente de la nariz y que su garganta también subía como si intentase tragar algo voluminoso. Y pensó: “Esto es real. Alguien hizo que nadie viera esta entrevista”.

Entrevistador – Señor Owens, esta entrevista es para la Universidad del Deporte de Johannesburgo. ¿Quiere decir algo a sus alumnos?

Owens – (simpático) ¿Deportistas? ¡Claro! Chicos, se trata de correr hacia delante.

Entrevistador – Se trata de un buen consejo.

Owens – Se trata de un buen consejo, Matt. Y también para todos los sudafricanos, ¿no te parece?

Entrevistador - ¿Algunas palabras para nuestro Gobierno, señor Owens?

Owens – No es necesario. Ya les llegarán sus Olimpiadas.

El proyector se despidió con su cortejo habitual de lenguaje de edición lineal. El profesor esperó un rato para estudiar las reacciones de sus alumnos. Sam van Hallen se levantaba como si no hubiese visto más que un chicle en la acera; mascullaba algún comentario. Melanie Dekker buscaba las luces del aula porque, seguramente, llevaba tiempo sintiéndose incómoda. Mark van Niggel miraba a Van Hallen de abajo a arriba y, ciertamente, también parecía que estaba mirando un chicle en la acera.

Ingrid de Larsson seguía mirando la pantalla.

Van Beutten encendió las luces y el resto de los alumnos comenzó a sonreír o evolucionar como si hubiesen despertado de la siesta. Vio un par más de rostros pensativos y el profesor se sintió satisfecho.

- Quiero que entreguen su trabajo el lunes a las ocho y treinta.

- ¿Cómo prefiere que lo enfoquemos? – preguntó Klaus Otto, el más frío, inteligente y sin duda racista alumno de la clase.

El profesor Van Beutten sabía que era un desafío. Nadie más lo puedo entender así, porque el chico era sutil, al igual que su padre, J.S. Otto, alcalde de la ciudad; igual de despiadado. Niles tenía todo el peso del Apartheid de su parte, un peso que podía cerrar la boca del más docto de los profesores. Pero Van Beutten, de la suya, tenía cuatro medallas de oro y unos cuantos alumnos llenos de dudas.

- Quiero que, en su interior, se planteen estas preguntas: por qué esta cinta fue censurada por nuestra Universidad de Deportes en 1937, por qué Hitler no renunció a sus teorías de superioridad aria después de los juegos olímpicos de Berlín en 1936, por qué el periodista llama a Jesse Owens “señor Owens” y por qué no han sentido lo mismo que si hubiesen entrevistado a un atleta blanco. Respondan a esas preguntas con sinceridad e inteligencia y estarán más cerca de aprobar mi asignatura… y quizá de ser mejores personas. ¿Alguna otra pregunta, señor Otto?

Klauss Otto parpadeó, sonrió y se encogió de hombros. Combate aplazado. Ingrid de Larsson y Samuel van Hallen estaban ya hablando con otros alumnos de otras cuestiones, saliendo de clase. Casos perdidos. Mark e Ingrid se miraban y sabían que esa misma tarde se reunirían para hablar acerca de esas preguntas y de una joven poetisa negra que no podía participar en un concurso de poesía. Un brote de esperanza.

Y el profesor Van Beutten comenzó a recoger el proyector, dando caladas a su vieja y sencilla pipa, sabiendo que con cuatro medallas de oro de su lado podía enfrentarse a todos los Ottos de Sudáfrica y salir prácticamente indemne.

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  • 10 de Enero de 2010 a las 23:31
PUEBLO CHICO, INFIERNO GRANDE


¡0h envidia, raíz de infinitos males y carcoma de virtudes!


Miguel de Cervantes Saavedra.



Se iban a casar a finales del verano.
Joao era un palurdo sin conocimiento y como tal se conducía. Sin embargo, Francisca “La pimientita” era una muchacha menuda y de aspecto frágil.
Corrían malos tiempos. La guerra había terminado tan sólo un año antes, y en el pueblo pasaban más hambre que un lagarto detrás de una pita.
Al portugués no le iban mal las cosas; no le costó demasiado reclutar un grupo de muchachos valentones, dispuestos a cruzar la raya fronteriza con su mochila de café a la espalda. Pagaba mal pero a tiempo, lo suficiente para ahuyentar el hambre a base de algarrobas y altramuces secos.
“Conmigo no te va a faltar de nada”; le había dicho meses atrás junto a la ribera del pantano. Las parejas de novios solían ir allí a festejar y darse el lote lejos de miradas indiscretas. De éste modo más de una se había convertido en comidilla de cotillas y chismosas.
Todos en el pueblo coincidían en el mismo veredicto; la pobre muchacha no sabía dónde se metía. Joao tenía fama de hombre poco prudente, afilado de lengua y más bien pendenciero.
La madre de “La pimientita” se lo había sugerido en más de una ocasión.
-La que duerme con hombres su virtud espanta. –La vieja, siempre doblada frente al fuego del hogar, masticaba salchichón rancio con los cuatro dientes que le quedaban.
-Amarra al portugués, Francisca; si quieres sacar alguna vez los pies de la mierda.
Amarrar a Joao suponía frecuentar la chopera junto al pantano y dejarse hacer sin mucho recato. Los domingos se hacían eternos; por las mañanas a misa de doce. Un desfile de mantillas y miradas recelosas repasaban una a una a las mozas casaderas. Después, cuando las campanas de la iglesia se desgañitaban tañendo a destiempo, al paseo. Otra vez miradas de refilón y corrillos suspicaces a su paso.
-Ahí va “La pimientita”. Lo que hacen algunas para no pasar hambre. –Comentaban los más prudentes.
-Pues yo, mejor muerta de hambre que puta. –Susurraban los más descarados.
Joao Cheles se reía a carcajadas cuando Francisca se quejaba.
-Pueblo chico, infierno grande. Esas gallinas viejas son unas envidiosas. –Y se echaba mano al cimborrio, con la cara roja como un tomate y la mala baba resbalando por la barbilla.
Francisquita se tragaba las lágrimas y agachaba la cabeza. Podía oír el rumor que la seguía, mientras Joao se la llevaba camino de la chopera.
El vino no casa con la dulzura; hacerlo sin preámbulos, con la espalda pegada al tronco de un árbol, era lo máximo que podía esperar de un hombre como él.
“Amarra al portugués, Francisca”. La cantinela de la vieja desdentada se repetía una y otra vez en la cabeza de la muchacha.
Y así, domingo tras domingo, Joao derramaba su desvergüenza entre las piernas de “la pimientita” mientras le prometía amor eterno entre ronquidos y gemidos.


Saturnina Romasanta se quedó viuda durante la guerra; a su marido lo reventó un obús mientras intentaba cruzar el Ebro durante la ofensiva del treinta y nueve. Al menos eso fue lo que le contaron; en cualquier caso todavía estaba de buen ver, y la viudez no le sentaba nada bien.
Acuciada por una necesidad más física que espiritual se fue arrimando a Joao; le perseguía con la mirada por la calle, cuando el portugués se atiborraba a chatos en la tasca de “El Charri” o buscaba hacerse la encontradiza en la alameda del paseo.
El marido de Saturnina le había dejado en herencia una tienda de ultramarinos, la mejor de toda la comarca; la viuda se ganaba bien la vida. Los carabineros del pueblo hacían con ella la vista gorda, al fin y al cabo su marido había sido un héroe del Movimiento. Joao se acercaba de tapadillo todos los viernes por la noche; había que echar cuentas del café de contrabando que le vendía y de paso restregar la cebolleta sin mucho compromiso. Saturnina desfogaba su viudez y el portugués se sacudía la calentura
Aquella reconfortante rutina se fue al traste cuando al contrabandista le dio por “la pimientita”. ¿Qué tenía aquella mojigata que no tuviera ella? Se preguntaba Saturnina cada tarde, cuando les veía pasar cogidos de la cintura frente a la escalinata de la iglesia.

-La muy puta. –Las palabras surgían de entre los carnosos labios de la viuda como un escupitajo verdoso. Un esputo de envidia que iba a parar a la pechera del cura.
-Contenga la lengua, doña Saturnina. –El cura se santiguaba para espantar la malicia que destilaba la viuda. –Francisca es una buena chica; va a misa todos los domingos, y aunque pasa más penas que una estera colabora como puede para mantener la parroquia. –Saturnina torcía el gesto con descaro. Tenía que encontrar un barbecho donde sembrar la semilla del recelo antes que Joao arrastrara al altar a la muchacha.

Los chorizos de la última matanza habían cuajado. Saturnina exhibía con orgullo un hermoso colgadero de chacinas que atufaba la calle entera.
-Se lo digo yo, doña Engracia. La putilla se deja hacer de todo con tal de amarrar al bueno de Joao. Ya sabe como son los hombres, dos tetas tiran más que dos carretas, y eso que la jodía está plana como una tabla. –Saturnina vomitaba veneno cada vez que abría la boca.
-Aquí tiene, doña Engracia. Dos kilos de chorizo, bien despachados. –Doña Engracia se agarró al paquete y salió de la tienda de ultramarinos deslizando una mirada furtiva a lo largo de la calle.

La primavera crujía tormentas sobre los cerros de la Sierra de Valuengo; como cada tarde, “la pimientita” salió del tendejón que tenía por casa en el Camino de los Grifos y se encaminó al pueblo. De camino empezó a llover; eran unos goterones gordos y calientes, de tormenta.
Joao la esperaba en el cruce de Encinasola.
-¡Anda! ¡Qué vienes empapada, puñetera! –Francisca se subió al pescante de la carreta.
-Buenas tardes. –Pero sonó más a sugerencia que a un deseo propiamente dicho. –Mi madre dice que nos hemos quedado sin café… Tal vez podrías…
-¡Joder con tu madre! Por detrás no para de rajar de mí, pero a la hora de la verdad bien que se acuerda del demonio.
-Mi madre no raja de ti. –Se atrevió a replicar Francisca.
-Mejor te callas, que estás más guapa. –El portugués azuzó a las mulas y estás emprendieron el camino que ya se sabían de memoria.

Saturnina Romasanta se asomó al alfeizar de la ventana.
-¡Adiós, pareja! ¡Míralos que bien pintan los mozos! –El corrillo de viudas, solteronas y desocupados que ocupaban las cuatro esquinas de la plaza se volvieron al unísono.
-¡Saturnina, Saturnina! ¡¿Qué pasa?! ¡Te pica el higo! –Joao agarró por el cogote a “la pimientita” y le metió la lengua en la boca.
-¡Arrímate, arrímate, pelandusca! Ya hay que tener ganas de hembra, Saturnino. –Gritó la viuda verde de envidia.



Aquella noche Saturnina la pasó revolviendo las sabanas de su cama. El olor a hombre que todavía emanaban la llevaba a mal traer. Haría lo que fuera para deshacerse de la mojigata. El portugués sería de ella o de nadie.

-Como se lo digo, mi capitán. Todos los viernes. Me tiene frita, de verdad, ya no se qué hacer. –El capitán Albañaleros se rascó el bigote; había servido junto al marido de Saturnina durante la guerra y se fiaba de ella como del mismísimo pontífice de Roma.
-Ahora, ¡qué toda la culpa la tiene ésa zorra indecente!
-Ya sabía yo que el portugués no era de fiar. El muy cabrón lleva jugándomela más de un año. Pero eso se acabó, ¡por mis muertos qué se acabó! –Albañaleros golpeó con el puño cerrado sobre su escritorio. Una sonrisa maliciosa se deslizó en los agrietados labios de la viuda.

Llovía a cántaros; sin duda era una noche carabinera. Los regatos corrían a rebosar de lodo y agua, y los caminos que conducían al pueblo desde la Sierra de Valuengo estaban impracticables. La noche perfecta para cruzar la raya cargados de contrabando.
Joao y los suyos se deslizaron de modo sigiloso por debajo de la cerca; habían sorteado varias cancillas para llegar al pueblo a través del Camino de Sirga. No podían imaginarse que en medio del aguacero les aguardaba un apostadero de carabineros.

-¡Alto! ¡¿Quién va?! –Gritó Albañaleros, al tiempo que efectuaba un disparo al aire.
Los contrabandistas se encogieron cagados de miedo.
-¡Va, va! ¡Soy yo, el portugués! –Joao levantó las manos y salió al camino.
El resto de la partida aprovechó para poner pies en polvorosa. Una tanda de disparos se perdió en la noche sin mucho acierto.
-Ya tenía yo ganas de echarte el guante, portugués. –Afirmó el capitán, al tiempo que una pareja de carabineros se arrojaban sobre el contrabandista.

Al otro día escampó. El cielo aún barruntaba tormentas, pero lejos, hacia La Vicaría.
-¡Sal fuera, Francisca! –Los carabineros se liaron a patadas con los tendejones, echándolos abajo. Francisca salió disparada entre el revuelo de palos y lona.
-¿Qué pasa? –Preguntó asustada ante la presencia de los guardias fronterizos.
-Venga, coge tus cosas y vente con nosotros. –Ordenó el que llevaba la voz cantante. La muchacha obedeció sin oponer resistencia.

Se llevaron a Francisca casi en volandas; de camino al cuartelillo de los carabineros pasaron frente a la tienda de ultramarinos de la viuda. Como siempre, un corrillo debatía entre cuchicheos junto a la puerta.
-Miren, miren. Ya se lo decía yo. La muy puta; por su culpa está el pobre Joao en el penal de Badajoz. ¡Pelandusca! –Escupió Saturnina.
El carabinero más viejo se giró y amenazó airado.
-¡Venga señoras! Cada mochuelo a su olivo. –Después empujó levemente a la muchacha para que siguiera andando. Francisca continuó sin levantar la vista del fangal que cubría la calle. A lo lejos, en algún lugar de su memoria, retumbaban las palabras del portugués; pueblo chico, infierno grande.





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  • 12 de Enero de 2010 a las 20:58

DESEO POSIBLE

 

 

Ahora que ellos se han ido de viaje, aprovecho para dejar el dormitorio en penumbra y rodearme de sus ropas, como si estuviese en una selva. El espejo del armario refleja mi imagen, algo nebulosa. A simple vista, dos tonos resaltan de mi figura: la palidez de mi cuerpo bajo el camisón negro y el púrpura de mis labios. Si me acerco a la luna, puedo ver mis ojos irritados y llenos de lágrimas, entre restregones oscuros. No, no consigo ser como ella, por mucho que la imite. Ella y yo no nos parecemos: ella es sólo guapa, yo sólo inteligente y rara. A pesar de ello, debo enmascarar de nuevo mi cara con el maquillaje, para que me vean como deseo.

Sí, sé que mi odio hacia ella se agudiza conforme crezco. Sé ahora que si pudiera la mataría. Sé que él me aceptaría si ella no estuviese, con tal de mantener presente algo suyo, aunque mi fealdad le incomode o siguiese incomodándole. Sé que esa aceptación de mí sería más que la nada que tengo de él, aunque si la matase no quedaría rastro de ella ni tampoco de él, y entonces él no soportaría ni mi recuerdo. Si la matase, sé que él caería en el abismo que tal vez merezca, pero yo no deseo un sufrimiento tan cruel para la persona que más quiero. Para evitarlo, me inclino por otra decisión, una decisión que los dejará preguntándose el motivo, y latente su culpa.

Y es que os veo siempre tan unidos y embelesados el uno en el otro, tan ausentes de mí, que no tengo oportunidad de expresaros mis sentimientos. Sufro mucho. Ya sólo puedo observaros, pensar, maquinar, sentirme desdichada, ansiosa por conseguir mi creciente empeño. Ya sé que ni la cirugía estética solucionaría esta fealdad que me atormenta. Estoy condenada a soportar este sufrimiento, a llevar la carga genética más negativa para mí y para sus ojos, a que vosotros paséis ante mí sin daros cuenta de mi dolor y mi ansia. Sí, ansia. Ansío ser como ella para que él se fije en mí aunque sea sólo una vez. ¿Por qué la naturaleza me privó de vuestras virtudes físicas? ¡Qué amargura: una fealdad entre dos adonis!

Él siempre dice que la prefiere a ella por su belleza y estilo, por su aspecto de ángel y demonio. Asegura que no podría estar con otra mujer; ninguna la iguala. Sin embargo, a ella le cuesta serle fiel ya, debido a su tendencia al coqueteo y a cosas peores… Él continúa preso de la perfección y el hechizo de su rostro y su cuerpo, enganchado a ella como un bebé a su madre. Jamás quiere ver el fondo de la realidad: las insinuaciones de ella a otros hombres, los pretextos generales para con él, las extrañas salidas a deshora, y tantas otras cosas que yo observo y escucho desde mis distintas atalayas hogareñas y callejeras. ¡Cuántas cosas sé de vosotros! Pero él prosigue tan ciego y fiel a ella como antes, arrastrándose, conviniéndole creerse sus mentiras, disculpándola por sus idas y venidas, por sus frecuentes tardanzas, evadiendo sus contradicciones, cubriéndola siempre con el abrazo de su comprensión: ésa que ella ya no valora, ésa que yo admiro, la misma que a mí nunca me ofrece y tanto necesitaba y necesito. Sí, sé que soy la vergüenza de este trío, que mi aspecto repele a ambos, que me toleran con desagrado y me apartan siempre que pueden.

Todos comentaban sin reparo la pena de que yo no hubiera sacado la belleza de mi madre sino la fealdad de mi abuela materna. Todos chismorreaban sobre mí desde mi nacimiento. Cuando crecí, me dañaba comenzar a comprender el significado de esas crueles palabras. Hasta el presente, suelen repetir: “¡Pobrecita, con esa cara tendrá muy difícil que nadie se fije en ella y la quiera!”. Ahora, esa pobrecita es una joven torturada por su imagen, saturada de la nefasta carga heredada por su abuela, ansiosa por llamar la atención de la única persona que le importa, la única a quien de verdad respeta e idolatra.

Y aquí estoy, vestida como la tercera en discordia, rodeada de sus ropas, con su camisón puesto, esperándolo a él, tras usar todos sus maquillajes con la pretensión de transformarme en la que nunca lograré ser.

Tengo su luminosa imagen clavada en mi retina mientras se despedía de mí, sus palabras huecas flotando en mis tímpanos, el aroma de su cuerpo incrustado en mi olfato. Y tengo viva la actitud dependiente de él, su admiración hacia ella clavada como una daga en mis tripas. Sí, pero, sin embargo, yo os miraba con falsa dulzura, queriendo enmascarar mis sentimientos e intenciones, mientras mi estómago se revolvía y mis puños se crispaban, por no gritar ni lanzarme sobre ella para arrancar de un jirón su mentira, su belleza, esa belleza suya que también debería pertenecerme, toda esa sarta de falsedades con las que lo tiene encandilado a él, y ambos a todos. Entretanto, él la miraba con la plenitud de un hombre satisfecho de mantener vuestro secreto, con el embelesamiento que su sonrisa, su luz y sus buenos modales le producen, disimulando su aceptado conocimiento sobre su auténtica verdad y sus propios miedos; y a mí lo hacía con la grima de saberme tan cerca, callada y fiel hacia ellos.

Sí, vivís en vuestro particular engaño, y yo en un perenne caos de altibajos debido a ese motivo y a mi irremediable fealdad.

Ella me recrimina que soy un hurón, o que parezco una loba siempre al acecho de no sabe qué. Él que origino un ambiente tenso entre los tres. Y tienen razón, pero son ellos los provocadores de mi comportamiento, por mucho que intenten volcar todas las culpas sobre mí.

No lo dudes más, Luis: este viaje que has programado para recuperarla, para seguir engañándote, sin querer escucharme, puede convertirse en un estallido para ambos, en la amargura de vuestro futuro. Verás la poca belleza que tiene la joven que adoras como a una diosa, la joven que juega contigo guiada por su presunción y su capricho infantil, y por tu propio trazo de debilidad.

Si yo fuese un poco más guapa de lo que soy, él me admiraría igual o más que a ella, y quizás viera la trampa que ella le tiende porque él valora demasiado lo que debería tener menos importancia en las personas: lo externo.

Sí, yo la emulo, no me cuesta reconocerlo ahora que estoy tan sola frente a mí misma en esta penumbra y llena de rechazo y miedos, saturada de todo. Pero si tú quisieras, Luis…

Ya sólo deseo que cuando volváis me encontréis sobre esta cama. Quisiera dormir eternamente en este lecho donde jamás tuve cabida. Ansío que él vea en mí, al menos una vez, la belleza de la cera ocupando su hueco más íntimo, enrollada a vuestras ropas, con mi rostro maquillado como el de ella, mi cuerpo enfundado en su prenda favorita, ésa que él le obliga a ponerse durante sus noches locas, ésa que he escondido para que no la metierais en la maleta.

Os ofreceré mi rígida anatomía como regalo de bienvenida, para que nunca más yo vuelva a ser motivo de discordia, mofa y repudio entre vosotros y, al mismo tiempo, me la regalaré a mí misma para evitar progresivos sufrimientos.

Luis, si te fijases bien en mi rostro y cuerpo, notarás que estaré más entregada que tu adorada trilliza tras la reciente y peculiar noche en que yo era testigo enrabiado y estático, sin que os dierais cuenta y junto a la cama, de vuestras perversiones.

Sí, necesito que alguien me sustituya por ella y por él, por segunda vez y durante unos instantes, entre sus brazos, ya que mis hermanos no lo harán jamás. Necesitaría que papá repitiese el beso dado el día de nuestro nacimiento, y pronunciase para mí las palabras que, contaba mamá, os dijo a ambos cuando os tomó en su regazo en nuestro primer amanecer: “Son la niña y el niño más bonitos del mundo, pero…”. (¡No resisto obsesionarme más con el final de esa frase!) “…pero la tercera no parece nuestra hija, es tan fea, la pobrecita”.

Pero ellos también están de viaje desde hace días. Estoy tan sola y vacía…

Esas palabras, Luis, son las que tampoco quiero seguir escuchándoos a vosotros nunca más. Ni siquiera os perdonaría que pronunciaseis la última palabra de esa frase tan dañina cuando me veáis ocupando la cama que nuestra hermana comparte contigo.

Os concedo la libertad que dos perversos se merecen. Me voy a los brazos de quien me acoja, al lugar donde mi complejo desaparezca de raíz.

Sabed que para evitar nuevas envidias, habrá merecido la pena mi última decisión.

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  • 13 de Enero de 2010 a las 7:05

La chica de su hermano.

-¿Qué tal? –Dijo Damián, una vez se hubieron cerrado las puertas del ascensor. No porque realmente le interesase, sino, más bien, por tener algo de lo que hablar.- ¿Qué te han parecido mi hermano y su mujer?

- Bien –dijo Anette, con su marcado acento francés – pagesen simpáticos.

- Samuel es un poco raro –añadió él, con aire confidencial.- Pero es buena gente.

- ¿Gago?... No –concluyó ella. “Se ha pasado la noche babeándome el escote, pero raro tampoco es”, pensó.- Peculiag digía yo.

- ¿Peculiag?-Sonrió él, imitando su voz.

- Sí –dijo ella, sonriendo, mientras lo abrazaba.- No se pagese en nada a su hegmanito.

Y empezó a besarlo suavemente.

Samuel estaba en la cama, con el libro abierto por la misma página desde hacía más de diez minutos, sin poderse quitar de la cabeza a Anette. Pero, ¿de dónde las sacaba el cabrón de su hermano? Cada cierto tiempo aparecía con una nueva, todas iguales: jóvenes y guapas, de ese tipo de chica que uno pensaría que sólo existen en los anuncios y las películas.

Marta entró por la puerta, venía de comprobar que los niños seguían dormidos. Paseó su figura rechoncha, enfundada en una vieja camiseta, gastada y demasiado grande, y unos pantalones sueltos que no ocultaban sus anchas caderas, hasta la cama y, retirando las sábanas, se metió en ellas

- ¿Vas a leer mucho rato? –Preguntó suavemente.

- No –respondió él, disimulando su disgusto.- ¿Te molesta la luz?

- No, no –dijo ella, y murmurando un casi inaudible “buenas noches” se dio la vuelta.

Él bajó la vista de nuevo al libro, leyó dos palabras y su mente volvió a llenarse con el escote de Anette, las piernas de Anette, la risa de Anette,... ¡el culo de Anette!

Fantaseó con lo que su hermano estaría haciendo en aquellos momentos con aquel bomboncito francés. “Porque si fuera yo...” pensó, mientras sentía crecer su excitación.

El puto Damián. Nunca se había casado, ni siquiera había tenido novia formal: sin ataduras, sin compromisos, sin niños. Trabajaba en lo que le daba la gana (por cierto, ¿en qué trabajaba?), hacía lo que le daba la gana. Y sobre todo... ¡se ligaba cada tía! “Hijo de puta”, pensó Samuel con amargura, sin poder evitar echar una ojeada al bulto que formaba Marta bajo las sábanas. “En cambio, ¡mírame a mí! La parienta, los críos, la hipoteca, la mierda de curro...” Con un suspiro dejó el libro sobre la mesita de noche y apagó la luz, hundiéndose en las sábanas.

En la oscuridad, pudo ver con más claridad los pechos de Anette, que se bamboleaban cada vez que reía con aquella risita aguda tan... ¡francesa! Se vio a sí mismo manoseándolos, arrancándole la blusa...

Se acercó a Marta y le rodeó la cintura con un brazo mientras pegaba su cuerpo al de ella.

- ¿Estás despierta? –Le murmuró al oído.

- ¿Qué quieres...? -Dijo ella, respondiendo a su propia pregunta con el tono de voz.

- Los niños duermen... –Susurró él, metiendo la mano por debajo de la vieja camiseta.

Ella se dejó llevar, él la besó fugazmente un par de veces y se colocó sobre ella, jadeando por el esfuerzo. Empezó a quitarle la camiseta torpemente, tarea que ella completó casi a desgana. Entonces él se dejó deslizar hacia abajo y, deseando encontrarse, por algún extraño sortilegio, con los pechos de Anette, comenzó a manosear los de su mujer, sintiendo tanta excitación como decepción.

Pensando, una vez más, en lo que su “querido hermanito” estaría haciendo con las tetas de la “franchute”, empezó a quitarle los pantalones a Marta.

Marta cerró cuidadosamente la puerta de la habitación de los niños, que dormían placidamente, y se dirigió, sin hacer ruido, a su propio dormitorio. Antes de entrar, se paró unos segundos. Ya sabía lo que le esperaba. Siempre era igual: cada vez que Damián traía una de sus “amiguitas”, Samuel se pasaba la velada babeando y luego... Sin poder evitar un escalofrío, entró y entornó la puerta tras de sí.

Samuel estaba en la cama, fingiendo que leía, aunque a ella no le costaba nada imaginar en lo que realmente estaba tan concentrado: los abultados y firmes senos de la francesa (¿Cómo se llamaba? ¿Odette? ¿Anette?).

- ¿Vas a leer mucho rato? –Preguntó, con un ligero matiz divertido en la voz.

- No –dijo él, a desgana, como si lo hubiesen interrumpido durante una meditación trascendental.- ¿Te molesta la luz?

- No, no –replicó ella, y murmuró un quedo “buenas noches” que no obtuvo respuesta.

Años atrás, situaciones parecidas habrían desembocado en broncas y discusiones hasta altas horas de la madrugada, lágrimas y disculpas a medias y mentiras tan burdas como increíbles. Samuel habría dormido el resto de la noche en el comedor y ella se habría desecho en llantos. Ahora Marta sólo sentía asco, vergüenza y una terrible desazón: asco por su marido, que se había transformado en un patético baboso; vergüenza por ella misma, que era tan patética como él por seguirle el juego; y una tremenda decepción porque su matrimonio había degenerado en una farsa sin gracia ni sentido.

Entonces pensó en Damián. Últimamente, no podía dejar de hacerlo.

En una de sus visitas, Marta se sorprendió siendo bastante descortés con la “novia circunstancial” de su cuñado: una chica bilbaína muy simpática y, como no, guapísima (¿cómo se llamaba? ¿Irati? ¿Edurne?). A partir de entonces, empezó a notar que cada vez le parecían más guapas y menos simpáticas.

Aunque... ¿Cómo se iba a fijar Damián en alguien como ella? Al lado de aquellas bellezas, Marta se sentía como una foca desmañada y vieja: con sus caderas enormes, su cabello exiguo y pobre, sus incipientes patas de gallo (arrugas de expresión, que le llaman ahora ¡ja!)... Era realista. Además, ¡era su cuñado! Aunque claro, al imbécil de Samuel eso no parecía importarle demasiado con las amiguitas de Damián.

- ¿Estás despierta? –La voz su marido la sacó de sus ensoñaciones.

- ¿Qué quieres...? –“Ya decía yo que tardabas demasiado”, pensó.

- Los niños duermen... –le susurró, metiendo sin miramientos su mano por debajo de la camiseta, buscando, palpando.

Con desgana, se dejó llevar. Sintió apenas los labios de él sobre los suyos antes que su enorme barriga la aplastase. Él le levantó la camiseta y ella acabó de quitársela. Sintió una mezcla de humillación y satisfacción cuando su marido empezó a manosearle los pechos, sabiendo que no eran los que él quería acariciar.

Como tantas otras veces, agradeció que la oscuridad ocultase su rubor, su vergüenza y su repugnancia. Como tantas otras veces, agradeció que la oscuridad le ayudase a fantasear con que era Damián quien la acariciaba con urgencia, quien le quitaba los pantalones demasiado anchos y las bragas demasiado grandes. Como tantas otras veces, pensó en lo que Damián estaría haciéndole a aquella zorra hija de la gran puta y eso la excitó más que cualquier cosa que Samuel pudiese hacer en lo que le restaba de vida. Así que cuando su marido la penetró con su pene insuficiente, fue a Damián a quien ella se aferró con sus manos crispadas mientras sentía crecer en su interior un orgasmo mísero y culpable.

Eran las cinco de la mañana. Damián saboreaba una cerveza cómodamente sentado en la terraza de su apartamento. Anette dormía, desnuda, enredada en las sábanas, mientras él era incapaz de conciliar el sueño. Estaba cansado (“¿Quién no lo estaría?” Pensó con una sonrisa pícara y triste) pero siempre que iba a ver a su hermano perdía el sueño durante días.

Samuel, el cabrón de Samuel, el baboso de Samuel. Siempre se le ponían los ojos como platos cuando veía a sus “amiguitas”, se le ablandaba la mandíbula y se pasaba la noche balbuceando bromas estúpidas y riendo como un gilipollas. Donde Samuel veía curvas, escotes, voluptuosidad, deseo, Damián sólo percibía vacuidad, envases bonitos, envoltorios espectaculares pero vacíos. Conseguir una de aquellas “muñecas” era sencillo, pero Damián hubiera dado media vida por tener lo que el idiota de su hermano despreciaba cada vez que se perdía en cualquier par de tetas: una familia, hijos... Una esposa.

Cuando Damián la conoció tenía trece años, ella dieciocho. Se había enamorado como un idiota. Tras veinte años, todavía lo estaba. Ella era dulce, amable, sencilla y bonita, hermosamente discreta. La había visto amar a otro, casarse con otro, parir los hijos de otro, vivir la vida con otro y, últimamente, incluso ganar algunos kilos y arrugas con otro. Sabía también que, inevitablemente, la estaba viendo marchitarse junto a otro.

¡Qué irónica esta vida!, pensó Damián, donde puedes odiar a un hermano hasta desearle la muerte pero está mal visto “levantarle” la novia.

concursoderelatos
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  • 14 de Enero de 2010 a las 17:41
EL PESAR DEL HERMANO PEQUEÑO

Sostuvo el aliento mientras su mirada se desplazaba hacia el féretro cerrado donde descansaban los restos de su hermano. Cuando notó como ardía el aire en sus pulmones, apretó con más fuerza los labios. Como si intentara sellarlos. Sólo cuando sintió como si una mano invisible le atenazase la garganta, exhaló. Mientras sus pulmones liberaban su carga caduca, una lágrima asomó entre sus párpados.

Sólo su hermana, que había permanecido a su lado durante toda la ceremonia, pareció percatarse y le estrechó la mano con fuerza. David sonrió.

Cuando levantó la cabeza, cruzó su mirada con la de su madre. En ella no encontró ni el menor atisbo de pena ni empatía, ni de amor ni de odio. Simplemente pudo constatar el vacío existente que había crecido entre ellos a lo largo de los años y atisbar el reflejo de un deseo que se sostenía en una pregunta... ¿por qué tú hermano?

David siempre lo había sabido, desde bien pequeño, para su madre y para todo el mundo, había sido poco más que la sombra de su hermano. Una sombra que había crecido pegada a Juan, des del primer día. Ese catorce de marzo de 1974, día en el que ambos habían salido del mismo vientre.

Hasta secundaria, físicamente, fueron como dos gotas de agua. No fue hasta la pubertad que las enormes diferencias que latían en su interior no repercutieron en su aspecto. Pese a que David siempre fue un niño más apocado, introvertido y reservado, hasta ese momento Juan siempre había tirado de él. Pero con el paso de la infancia a la adolescencia, las primeras fiestas, los primeros ligues, los primeros amores... Juan, sin darse cuenta, terminó por soltar lastre.

De modo que mientras David abandonó el fútbol, Juan lo compaginó con el atletismo. En verano, mientras Juan disfrutaba del sol y la playa, David permanecía en su casa, encerrado en su habitación o frente al televisor. Mientras Juan disfrutaba de la noche y la compañía de un cada vez más nutrido grupo de amigos, David fue reduciendo su círculo de conocidos hasta quedarse prácticamente solo.

Luego llegó la universidad y, con ella, la elección definitiva de su propio camino. Pasados los años, mientras Juan se había hecho un nombre en el sector empresarial gracias a su gabinete de coaching para directivos, David dejaba que los días se consumiesen en su pequeño piso de alquiler. Pese haberse sacado un título en ingeniería superior, su falta de empuje le habían relegado a un puesto secundario en una empresa de construcción como encargado del cálculo de estructuras para andamios.

La Navidad era la única época del año en que se reunía con su familia. Llegados los treinta, cuando compartía mesa con su hermano, nadie hubiese dicho que fuesen gemelos. Juan conservaba todo su vigor y carisma, seguía practicando deporte y el paso del tiempo parecía favorecerle. Por el contrario, David cuando se sentaba en la mesa empequeñecía aún más. Apenas hablaba, presentaba un ligero sobrepeso y su aspecto desaliñado le hacía parecer mayor.

A David nunca le gustaron las Navidades. Le recordaban lo que siempre había creído: que parecía ser parte de los despojos no deseados de un parto, junto al cordón umbilical y la placenta. Eso era lo que terminaba pensando los días que se detenía durante el afeitado y miraba con especial amargura la cuchilla.

Y ahora su hermano estaba muerto. Un autobús se lo había llevado por delante justo después de saltarse un semáforo. Y mientras su hermana sostenía con fuerza su mano tratando de aliviar un dolor que no existía, en su cabeza repicaba la pregunta que la mirada de su madre parecía gritar: “Por qué tu hermano... y no tú?

Y cuanto mayor era la intensidad con la que esas palabras retumbaban en su cabeza, mayor era su certeza: aún en ese instante, aun muerto, se maldecía mientras seguía deseando haber sido Juan.
concursoderelatos
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  • 14 de Enero de 2010 a las 18:30

Te puedo contar…

Te puedo contar una pequeña historia que sucedió hace alrededor de mil años, cuando en este país los jefes eran jefes y los empleados nadie, y que no he contado hasta ahora. Es la historia de algo que pudo haber sido con un amigo. No tiene nada que ver con tu historia pero así pensamos en otra cosa.

Era un compañero de trabajo del turno de tarde de la fábrica. Desde mi despacho le veía coger el teléfono, archivar facturas, con su aire de juventud y optimismo. Es cierto que estaba bien, se le veía bien, contento siempre. Pasamos juntos de aquella manera las tardes de cada día durante casi cuatro años, no creo que exagere al decirte que él era el único motivo que tenía para ir por la tarde a trabajar. Tendría veinticinco o veintiséis.

Con cualquier excusa me sentaba frente a él y hablábamos de todo y de todos, aunque siempre manteniendo la distancia de patrón a empleado. Incluso en las comidas de empresa nos sentábamos siempre lejos en la mesa; él con su cuadrilla de jovencitas de contabilidad riendo y alborotando como “pin-ups” de la posguerra, siempre rodeado de mujeres jóvenes y divertidas; yo, solo, con el contable o con el jefe de almacén cuyas conversaciones no lograban mi atención ni que dejara de mirar al grupo de mi amigo. Es curioso pero, ahora que te cuento esto, me da la sensación de que lo hacíamos con una intención que hasta este momento no entendía.

Un día vino a mi despacho y se sentó. Nunca lo hacía. Me miró y me dijo que necesitaba una excedencia para estudiar una oposición. Que era una oportunidad y que necesitaba alejarse un tiempo de la fábrica. Su juventud, su forma de atacar la vida y esperar que cayera rendida a sus pies, todo eso que yo admiraba en él, me golpeó sin piedad. He de confesarte que en ese momento casi se me partió el corazón, sin hablarlo me lo dijo todo con la mirada: mi mujer, su novia de toda la vida, mis niños... Me prometió que después del examen volvería hasta que le dieran la plaza.

Durante la excedencia le telefoneé de vez en cuando. Él a mí también para contarme cómo le iba, sobre todo para hablarme de sus problemas con su novia. Es un poco absurdo, pero durante la época que estuve viajando por Europa, por el trabajo, a quien echaba de menos era a él y no a mi familia. No nos escribimos nunca pero si hablamos por teléfono a menudo.

Y aprobó. A la primera persona a la que llamó al saber la nota y que le habían dado la plaza fue a mí, me despertó a las siete de la mañana y me habló de sus sueños, de su futuro. Me contó que yo le gustaba por mi experiencia, por mi elegancia, por cómo me comportaba en sociedad. En definitiva por todas aquellas cosas que se adquieren con la edad y que cambiaríamos por un paseo en motocicleta o por una noche de fiesta perdidas en el olvido. Me dijo, con la voz medio oculta tras un velo de alcohol y madrugada, que me envidiaba.

Un impulso de rabia por el momento perdido, por la falta de valor, por el maldito qué dirán me ardió en el pecho. La voz me salió sin pensar y le grité que nada de eso valía para nada si él no lo veía, que su alegría, su piel y su cuerpo me atraían porque yo ya no era así. Las lágrimas, siempre tan difíciles de encontrar en mi, caían sin control y ya no supe si había alguien al otro lado mientras dejaba salir toda mi frustración, mi pena, mi dolor por no ser como él. Por no tener otra oportunidad.

Bueno, como si no hubiera ocurrido nada, él volvió a la fábrica y allí estaba esperando cuando acabé mi periplo europeo. Yo había decidido que no podía seguir así, no sabía si le amaba o simplemente le deseaba para ser como él. No había nada que hacer, así que dejé de ir por las tardes.

No ví cómo se quemaba. Trabajar por la mañana en el ministerio y acudir a la fábrica por la tarde era demasiado, así que, un tres de mayo, su cumpleaños, aprovechó mi llamada de felicitación - uno siempre debe mantener las formas- y me dijo que lo dejaba.

Su último día, no se si casualmente o provocado de manera inconsciente, unos asuntos de última hora me llevaron al despacho a primera hora de la tarde. Me recibió con una maravillosa sonrisa en los labios, (sus ojos hablaban pero su sonrisa era casi tan deliciosa como tú, bueno, no tanto), me dijo que técnicamente ya no trabajaba para mí y que ya podía invitarle, por primera vez en cuatro años, a tomar café.

Esa tarde hablamos y hablamos de mil cosas, de los niños, de mi esposa, de su novia, de su suegra. Ninguno de los dos tenía intención de irse, estuvimos cerca de cinco horas sentados en el café de delante de la fábrica y cuando, casi a las diez de la noche, nos despedíamos en la puerta, mientras esperábamos a que su novia le recogiera, se acercó a mi oído y me dijo muy bajito:

- Pídeme que me quede.

No tengo que decirte más, el corazón se me salía por la boca, tartamudeé, sonreí como un idiota, tragué saliva e intenté razonar con él que estaba muy cansado, que aprovechara para, por fin, tener las tardes libres, etc. Sonrió con tristeza y de un modo casual me puso la mano en la cara (nunca nos habíamos tocado, sólo una vez le di la mano cuando se enteró de que su abuelo había muerto, le llamaron a la fábrica para decírselo y al verle llorando sólo le pude dar la mano, encorsetado como un imbécil por nuestra relación laboral, y decirle que se fuera).

Te decía que me puso la mano en la cara y mirándome a los ojos con la sonrisa más dulce que he visto en mi vida y con una voz tan cálida como no recuerdo otra, dijo:

-Da igual.- Me dio un beso en la mejilla, casi ni un beso, sólo me rozó ligeramente con los labios, como en cámara lenta, era la primera vez que le olía tan cerca, que sentía su esencia entrándome por los poros, su aliento después de cuatro años. Con los ojos cerrados absorbí su atmósfera por primera vez y me sentí muy desgraciado.

Cuando, unos segundos después, apareció por la calle el coche de su novia, no hablábamos, ambos mirando hacia la calle lo vimos a la vez.

-Mira ahí está, hasta luego.- Puso su mano en mi codo y según se alejaba la bajó hasta mi mano escapándose sin que yo hiciera nada, ni un intento de retenerle.

Nada.

concursoderelatos
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  • 14 de Enero de 2010 a las 18:30

Doble post, sorry.

concursoderelatos
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  • 14 de Enero de 2010 a las 19:52

RIVALES

Mi nombre es Gabriel Serrano y quiero dejar por escrito los motivos que me han llevado a decidir matar a un hombre. Supongo que no habréis oído hablar de mí a pesar de que soy escritor  y el autor de varios ensayos sobre filosofía y religión. He llegado,  incluso, a adentrarme en el mundo de la física especulativa, pero el resultado de mis obras ha sido siempre el mismo; el olvido y la más absoluta y terrible indiferencia de los medios  y, lo que es infinitamente peor, de los lectores.

Pero no son mis fracasos los que me han llevado hasta aquí, sino el ver cómo otro escritor, nacido al mismo tiempo que yo pero con un talento infinitamente inferior, conseguía todo aquello que a mí me estaba vedado con la más superficial y banal seudo literatura. Su nombre, Bernal Garisero, seguro que si lo reconocéis. Es autor de un sinfín de  novelas de terror y ciencia ficción, escritas con la suficiente calidad técnica para ser legibles por la gran masa, pero carentes de alma o de un simple atisbo de auténtico talento literario. Aún así, ha cosechado comentarios apabullantes de supuestos críticos de renombre y ha acaparado premios, no sólo de su estrecha parcela temática, sino, lo que es más increíble, de las grandes firmas editoriales de la literatura generalista. Los adolescentes suspiran por sus sagas melindrosas de no muertos, mientras mujeres y hombres ya maduros se dejan engatusar por sus superficiales visiones del futuro, para desesperación de los que creemos que la literatura debe ser mucho más que la mera comercialidad.

Aún así, no fue el que Bernal recibiese premios y reconocimiento, mientras yo sólo sufría el desprecio y la burla de la crítica lo que me ha llevado a decidir acabar con su vida, sino el convencimiento de que de una forma pausada casi imperceptible, Bernal se ha ido apoderando de mi propia vida, dejándome a mi vacío como un árbol sin fruto en el proceso.

Conocí a Bernal el mismo día en que presenté mi primer obra al público. La presentación la hice conjuntamente con Bernal que publicaba, en mi misma editorial pero en la sección de ficción, su primer novela de ciencia ficción, en la que desarrollaba una trama insulsa y manida sobre viajes en el tiempo.

Para mi perplejidad, los asistentes agotaron rápidamente sus novelas mientras yo a penas firmaba algunos ejemplares, la  mayoría a familiares y conocidos que habían venido a apoyarme en mi estreno como escritor. Aquel fue mi primer encuentro con la realidad editorial, pero no por ello sentí envidia o resquemor hacia Bernal, sino que, por el contrario, nos hicimos amigos inseparables desde ese día.

Solíamos coincidir en las oficinas de la editorial donde conversábamos sobre nuestras obras y proyectos. Entonces no daba importancia al hecho de que, curiosamente, cada vez que yo publicaba alguna obra, cosechando mis habituales pobres ventas y el poco aprecio del mundillo literario, Bernal hacía lo propio, sacando alguna nueva novela que, indefectiblemente, batía las cifras de ventas de la anterior y le hacía más y más popular.

En aquellos días, comencé una relación sentimental con una joven secretaria de un despacho de abogados que llevaba mis asuntos legales. Siempre he sido un auténtico desastre en mis relaciones con el sexo opuesto, pero en esta ocasión todo parecía ir viento en popa. Se llamaba Susana y era la mujer más encantadora que hubiese conocido jamás. No era poseedora de una belleza arrebatadora, pero tenía un encanto especial y una sonrisa tan cálida, que una mirada  suya era capaz de cautivar el alma más endurecida. No hace falta decir que me enamoré perdidamente de ella, como nunca lo había estado antes de ninguna otra mujer.

Sin embargo, cometí un terrible error. Un día, Susana me acompañó a la editorial donde  coincidimos con Bernal y quedamos con él para tomar un café. Aquella tarde descubrí que, mientras a duras penas había logrado que Susana leyese algún capitulo de mis primeras obras, era lectora compulsiva de todas las novelas de Bernal. Al ver como se miraban  y charlaban con entusiasmo dejándome a un lado como si no existiese, comprendí  que acababa de perderla para siempre.

Sólo dos semanas después de aquel encuentro, la mujer a la que más he querido nunca me confesó que se había enamorado de Bernal. Fue como si me acabasen de apuñalar.  Me hundí en la desesperación y  en la autocompasión y estuve meses sin escribir una sola línea.

Durante aquel tiempo, empecé a reflexionar sobre mi relación con Bernal y comprendí que había algo enfermizo en ella. A tal punto llegaron mis sospechas que reuní  todo lo publicado por Bernal y lo comparé cronológicamente con lo publicado por mí. La relación quedó entonces patente, ¡Bernal había aprovechado las ideas de mis ensayos para construir sus torpes tramas de ficción y fantasía! Si yo escribía sobre religión, el sacaba una novela de terror sobre una secta religiosa, si publicaba un ensayo sobre la ciencia de los griegos, el publicaba una novela cuya trama transcurría en la antigua Grecia, y así sucesivamente. ¡Estaba vampirizando mis ideas una tras otras sin el menor complejo y yo, dotado de una ingenuidad sin límites, no me había dado cuenta!

Decidí, entonces, hacer algo radical y cambié de editorial y representante literario para romper cualquier lazo con Bernal. Estaba seguro que sin mis ideas no sería capaz de publicar una sola línea y su fama terminaría por diluirse como un azucarillo en el café.  Pero me equivoqué.

Bernal me siguió y comenzó a publicar también en mi nueva editorial, usando mis obras como mero combustible de su excasa imaginación. Protesté y amenacé con irme, pero en la editorial me aseguraron que, fuese donde fuese, se repetiría el problema. En el mundillo editorial había cundido el rumor de que Bernal y  yo éramos un equipo y que, fuéramos a donde fuéramos, teníamos que publicar juntos o nuestras obras no funcionarían. Algo que en el caso de mis obras les importaba poco a los editores, ya que sus ventas siempre eran a penas suficientes para hacer las cortas tiradas rentables, pero que en el caso de Bernal suponía una auténtica debacle, dadas sus cifras millonarias.  Tuve que rendirme a la evidencia de que, si quería publicar, tendría que tener siempre la sombra de Bernal sobre mí.

Sin embargo, ni siquiera llegados a este punto me planteé acabar con Bernal. A pesar de que mi vida se estaba convirtiendo en un infierno y mi estado de ánimo bordeaba la depresión, tal idea ni siquiera cruzó por mi imaginación, algo lógico, pues, a pesar de lo que pueda pensar quien lea este escrito, no soy un asesino y jamás sería capaz de acabar con la vida de otro hombre.

Lo que de verdad me decidió  fue la última visita de Bernal Garisero. Fue hace apenas unos días, se presentó en plena noche dispuesto, según él, a aclarar las cosas entre nosotros. No sé por qué, pero le dejé entrar.

-          ¿A qué has venido? – le pregunté.

-          Sé que has intentado librarte de mi compañía literaria y creo que ha llegado el momento de contarte la verdad sobre nuestra relación -  contestó Bernal, sonriendo burlonamente.

-          ¿Y cuál es esa verdad? – pregunté incrédulo, convencido de que me esperaba una retahíla de excusas y desmentidos.

-          La verdad, amigo mío, no es algo que vaya a gustarte – me advirtió, captando mi atención -. Sé que piensas que yo no sería nada sin ti y que vivo la vida que tú deberías vivir. Llevas razón. Pero lo hago porque tú no tienes las suficientes agallas para hacerlo.  Te escondes tras un muro de puritanismo literario para no afrontar algo tan obvio como que no son tus obras las que lee el público sino las mías. Puedes escribir mejor y tener una cultura abrumadora, pero son mis superficiales versiones noveladas de tus obras las que venden y siempre será así. Si tú no eres capaz de escribir esas novelas, que calificas de baladíes, debes admitir que sea yo quien lo haga y quien recoja los frutos que tú no sabes o no quieres recoger.

-          ¿Me robas todo lo que es mío y tienes el valor de venir a mi casa a restregármelo por la cara? – grité indignado -  Y Susana, ¿también era un fruto que yo no quería recoger?

-          ¿Susana? – me miró perplejo - ¿te refieres a aquella mujercilla insulsa que me presentaste en la editorial?

-          ¿Qué le has hecho malnacido? ¿No está contigo?

-          Nunca estuvo conmigo, simplemente me pareció divertido hacerla romper contigo. ¡Se te veía tan enamorado de ella que no pude resistirme a demostrarte que no tardaría diez minutos en darte la espalda! - Bernal empezó a reír abiertamente como si lo que contase fuese la más divertida de las ocurrencias sin comprender el daño que sus palabras me estaban haciendo – La muy inocente se enamoró de mi en sólo dos semanas ¡Tenías que haber visto su desolación cuando la conté que era homosexual! Deberías agradecerme que te la quitara de encima, te hubiese amargado aún más la existencia de lo que te la amargas tu solo.

Tras aquellas palabras de Bernal tomé la decisión de acabar con su vida, no por envidia, desdén u odio, sino por mera supervivencia. Acabar con su existencia no es un asesinato, sino un acto de autodefensa; es él quien me está arrebatando la vida poco a poco, acabando con todo lo que me importa, con todo lo que me hace ser la persona que quiero ser. Pero eso acaba hoy.

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Esta extraña carta de suicidio fue encontrada en la mano izquierda de Gabriel Serrano, mientras con la derecha aún sostenía el arma humeante con el que acababa de quitarse la vida  de un certero disparo en la cabeza.

Para algunos, Gabriel Serrano, autor de numeroso ensayos pero conocido sobre todo por su seudónimo,  Bernal Garisero, con el que publicó algunas de las mejores novelas de ficción de nuestro país, había perdido la cabeza por completo cuando escribió esta carta, para otros, no se trata más que de la ultima broma literaria de un genial escritor. Ustedes deciden.

concursoderelatos
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  • 14 de Enero de 2010 a las 21:01
EL EXTRAÑO CASO DE SARA DE LA POER.

El otro día consultando diarios viejos de épocas ya pasadas, me encontré con un artículo sumamente curioso y extraño. Tan sólo diez líneas hablaban de ese suceso. ¡Tan poco espacio para un caso tan grave y sobrecogedor! Me pareció demasiado extraño, y quise curiosear un poco más.

La escasa información que revelaba ese artículo era simplemente que una doncella joven, de buena casta y buena posición social, había enloquecido matando a plena luz del sol a doce transeúntes inocentes de tal demencia.

Nada más pude encontrar, y nada más pude saber de esta doncella que, debido a esta insensata causa, se convirtió en la protagonista principal de un teatro macabro y entrevisto. Por eso, me quedé ansioso por indagar en el asunto, por saber más de este comportamiento enajenado, por saber sus motivos y lo que pasó en la vida de esta doncella para transformarla en un monstruo asesino…

Si bien, estos casos no son muy frecuentes, es seguro que cada uno de ellos marca un hito y deja impresa una huella de terror y de misterio en los corazones de la gente que habita y habitará el lugar donde se propició la locura. Por eso, me extrañó tanto que nada se supiera de esto, pues su magnitud es tan ancha que, sin duda alguna, el entendimiento de la razón debe y tiene que apelar a la comprensión general de la Humanidad.

Ahora bien, individualmente cada uno de nosotros sabe con certeza que, nunca jamás, perpetraría una idea semejante, aunque el subconsciente o la fantasía a este camino nos incitaran. Por eso, en mis meditaciones, sale muy a menudo, suscitándome asombro y afán de comprender cómo puede ser que una chica joven, una doncella con una vida que la mayoría de la gente deseamos, se lanzara al asesinato y la mutilación con una potente escopeta de caza.

De acuerdo, llegados a este punto debo confesar, para qué engañaros, que lo que más mueve mi afán de conocimiento es una curiosidad mórbida y enfermiza que me empuja a descifrar todos los pormenores del asunto. Y creo que vale la pena indagar en ellos, pues cuando un tema afecta la mente con tanto vigor, siempre vale la pena dedicar un tiempo a pensarlo.

Si el lector quiere, que haga su propia meditación, saque sus propias ideas y, así, concluya satisfactoriamente su interés por este caso. Yo, por mi lado, no estoy para nada satisfecho e invito, a los que sientan esta misma inquietud, a vagar conmigo por los quince años de la vida de esa doncella asesina.

Bien, empecemos por el inicio, por la infancia de la desventurada doncella de rizos dorados. Supongamos que su familia era la típica familia de la burguesía neoyorquina. Por tanto, lo especial de este asunto deberíamos buscarlo en los vericuetos más ocultos del alma de la doncella… podríamos llamarla… Sara.

Entonces… figurémonos de tal modo su infancia, que podamos identificarnos con ella. Pues, en el psiquismo humano no hay mayor herramienta de comprensión que la empatía hacia sus cónyuges o sus semblantes.

Bien, tomando como partida la riqueza de su familia, podemos suponer que Sara vivía rodeada de todas las comodidades. Era una muchacha consentida, que siempre conseguía lo que se le antojaba. Pero no por eso dejaba de lado las responsabilidades de su vida o se comportaba de maneras impropias. Todo lo contrario. Sara era una chica responsable, que se comportada de manera ejemplar y, enorgullecía, seguramente, a su padre y madre.

Sara no tenía muchas amistades, pues dedicaba la mayor parte del tiempo al estudio y a las labores de su hogar. Seguía al pie de la letra las órdenes de sus padres y su vida se caracterizaba por el riguroso estudio, el temple y la seriedad con las que llevaba a cabo todas sus acciones o su dedicación a las tareas del hogar.

La doncella se hacía mayor. Pasaban los años y su estampa era reconocida en todas las familias relacionadas con los De la Poer. Pero, con la llegada de su adolescencia, también llegaron otros intereses, otras inquietudes… y otros deseos.

Sara estaba ansiosa por ver mundo. Por abrir sus alas y volar… volar a lo más alto, allí dónde ningún avión pudiera llegar. Hacer cosquillas a las nubes y verlo todo desde una nueva perspectiva, singular y sin obligaciones. Pues era esto lo que más la empezó a molestar, las obligaciones.

Estaba harta de seguir las órdenes de sus padres, de pasarse el día estudiando, limpiando la casa o haciendo la comida. Ella quería salir a jugar, a divertirse, a conocer gente, a hacer amigos y amigas… y a conocer chicos. Sobre todo eso, sobre todo conocer chicos… pues cuando llega esta edad, una chica se siente inquieta y algo en su interior revolotea y la hace vibrar. Su sangre hervía, su corazón se desbocaba, su imaginación soñaba… y soñando soñando, quiso empezar a vivir por ella, no por sus mayores.

Creo que todo cambió entonces, cuando su interés por los hombres despertó por primera vez, inocente e incauto. Ella no entendió porque sus padres tanto se enfadaron por sus actos y tildaron su conducta de impropia y de vergonzosa. ¡Si ella sólo quería ser feliz!

Y empezaron a llegar las primeras disputas, y con éstas, el corazón indomable de una mujer soñadora y rebelde, estalló en medio del universo en una infinitud de nebulosas crepusculares, preñadas de sueños, de ambiciones, de deseos y de placeres.

Sus padres, conducidos por la codicia, por los materialismos y las banalidades de una época de exultante pomposidad, negaron a la joven soñadora a convertirse en mujer, y lo que es peor, a luchar por sus sueños y sus deseos.

La pobre Sara se quedó encerrada en una vida gris y monótona. Justo cuando empezaba a vislumbrar la vida dorada y bella, sus padres, sus amos; encarcelaron su felicidad y la encerraron en la vida que ellos mismos creían la correcta, según sus propias ideas cerradas…

¡Qué detestable! ¡Qué odioso por su parte! Una chica debe actuar y decidir lo que le dicte el corazón ¡no lo que le dicten los demás! Sus padres actuaban pensando en el buen camino de la chica, siguiendo unas ideas y unos dictámenes aprendidos en horas oscuras, cuando cualquier cosa era suficiente. ¡Pero eso no era asaz ni benévolo para una chica llena de luz y de alegría! Sara necesitaba cumplir sus propios deseos, llevar su propia vida y empezar a actuar cómo una mujer, ¡empezar a tomar las riendas de su destino!
Pero ellos no entendían que esas maneras eran sólo las suyas, las que ellos mismos habían inventado y habían impuesto a su dorada doncella… unas maneras anticuadas y carcomidas por lo artificioso y lo inflexible.

Entonces, cuando Sara cumplió los quince años, se vio envuelta de una segunda oscuridad más triste que las mismas tinieblas nocturnas. Su vida transcurría apenada entre horas bajas que caían cómo gotas de un rocío melancólico. Se pasaba las horas mirando a través de la ventana, viendo cómo la vida exterior bullía y circulaba sin ella, sin ella… ¡sin ella! Y de pronto, todos sus instantes perdidos, todos sus huecos objetivos, todos sus gritos mudos estallaron en un abanico de grises y negros que gritaban gemidos de odio y de envidia a los demás seres vivientes de la maldita ciudad.

Su corazón se ahogó entonces, y ahogadas todas sus ilusiones y esperanzas su vanidad empezó a crecer dentro de su alma, ansiando, envidiando, deseando la vida de los demás.
Envidiaba el paso firme de los hombres de negocios que cruzaban la calle. Envidaba los paseos elegantes y dulces de las señoritas solteras que coqueteaban con los mozos más apuestos. Envidiaba los sombreros que flotaban por debajo de su ventana, coronando las cabezas pomposas de viejas impostoras que vivían una vida robada. ¡Pues ella se la robaría!

Un día, ya no pudiendo aguantar más, ya no pudiendo soportar la envidia que oprimía su corazón, escapó de las prisiones de su hogar amparada por la masa ruidosa, viva y pegajosa, de una ciudad hirviente de leprosa existencia. Se mezcló entre esta masa vital, invisible, impersonal, sin nombre, sin significado… nadie la miraría, nadie le haría caso, podría llevar a cabo su terrible plan sin que nadie se diera cuenta de sus intenciones.

Pero entonces, cuando se acercaba hacia la tienda de armas, de entre la confusa multitud y el maremágnum de pasos, le pareció oír unas pisadas muy diferentes a las demás, unas pisadas con un ritmo adecuado y particular que la seguían. Se asustó. Su mirada brincó de un lado a otro, buscando quién la acechaba. Empezó a correr, huyendo de su propia paranoia y entró a la tienda.

Ay Sara, ¡que ilusa eres! ¡¿por qué tienes miedo?! No debes temer nada, soy yo quién te sigue… no te preocupes, entra, ¡entra! Y coge lo que necesitas para satisfacer tu odio, tu venganza ¡y la envidia que te corroe!

Luego, vinieron los estruendos, y un estallido final de horror. Mientras vacilaba, seguramente no me dio tiempo a percibir el primer trueno, el que anunciaba la tormenta. Pero el segundo… el segundo seguramente que todo el mundo lo oyó… y entre la terrible barahúnda pudieron escuchar el tercero, y el cuarto, y el quinto, y el sexto… y así hasta doce despiadados estruendos escupidos por la endemoniada arma de fuego que una doncella, frágil y bella, manejaba como la misma guadaña de la Muerte.

Si yo, hubiera podido presenciar esa lujuria de asesinato… ¡por el cielo! que seguramente me hubiera quedado diabólicamente maravillado, como por un poder perverso y satírico de una diablesa rubia, blanca y brillante como un ángel. Y seguramente, esa imagen se hubiera quedado grabada en mi retina para siempre, la imagen de doce cuerpos despedazados, contorsionados como un circo… y el humo… también el humo emanando de sus cuerpos y del arma de Sara… la lluvia, roja… salpicando el asfalto, la humedad mojando los cuerpos… y una doncella, blanca y pura, rubia como el oro, con la mirada hueca, con la vista perdida en el infinito, ignorando la sangre que salpicaba sus pálidas mejillas… ignorando la escopeta que se balanceaba inquieta, pendida en sus brazos finos y delicados…

TenienteTulip
TenienteTulip
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  • 14 de Enero de 2010 a las 22:03

Queda clausurado el periodo de presentacin de relatos del XXIV Certamen (Envidia).


Llegamos al rabo. Se acab el toro.

La simplicidad del primer millón

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A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

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