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carlosaribau
Mensajes: 2.104
Fecha de ingreso: 2 de Septiembre de 2009

XXVIII Concurso de usuarios: relatos de viajes

14 de Marzo de 2010 a las 22:10
Vale cualquier relato de no más de 1.7OO palabras, que haga referencia a un viaje real o metafórico.

Y más datos:

Fecha límite de presentación: Jueves 25 de Marzo
Hora límite de presentación: 22:00 hs.

*Se agradece leer las bases para participar y no molestar mucho al Mdc, que es nuevo en esto y no tiene ni puta idea, pero hará lo posible por resolver vuestros problemas.

¡Ala! ¡A escribir!

(y sí he copiado el texto de Sarakey, je je)
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Marzo de 2010 a las 15:38
                                                                                                    KENIA


     Me llamo Lucía y trabajo en una agencia de viajes…creo que ya lo he mencionado en alguna ocasión. 
     Como casi todos los mortales de más de treinta años siento cada día un extraño retortijón en la boca del estómago; algo que me impulsa a tirar por la ventana un par de maletas, unos jeans desgastados, una camiseta –cuanto más ceñida mejor –y largarme con lo puesto, A veces sueño despierta; dicen que cuando lo hago me quedo con la boca abierta mirando por la ventana. No se lo he confesado a nadie, pero cuando dejo volar mi imaginación soy capaz de elevarme sobre las nubes y abandonar la mierda de mundo en la que tan sólo soy un engranaje más de la cadena de montaje. Una fábrica de gilipollas embelesados. 
     Está circunstancia se vuelve particularmente angustiosa cuando, por motivos laborales, me veo obligada a ensalzar la belleza de lugares que tan sólo conozco por un par de folletos y quizás algún video promocional: Marruecos misterioso… Fiordos noruegos… Praga clásica con gira  centroeuropea… y cómo no, la joya de nuestro catálogo; África negra. Lo reconozco, soy una adicta al continente africano. He visto más de mil veces “Memorias de África” y siempre se me queda la misma cara de estúpida romántica; además, estoy segura de que el principal motivo para que me dejara mi último novio, fue la máscara Batusi que adorna el cabecero de mi cama. En realidad fue su proverbial capacidad para el gatillazo, pero siempre es bueno tener alguna causa psicológica a la que echarle la culpa. 

     ¿Cuándo decidí dejarlo todo atrás y seguir mi instinto? En realidad nunca, pero la idea de gastarme mis pocos ahorros en aquél viaje a Kenia tenía que adornarla con algo de aventura interior, de no mirar atrás, de lo contrario la visión de un cerote en la columna de saldo actual me hubiera trastornado hasta llevarme a la locura.
     Desde el momento en que salí de la agencia de viajes en la que trabajo, con el billete a la gran aventura de mi vida en la mochila, supe que todo iba a cambiar. 
     Caí en la cuenta de que a pesar de mi particular adicción a “Memorias de África”, jamás se me había ocurrido el hecho de que el libro pudiera ser aún mejor que la película; así que ni corta ni perezosa me encaminé a unos grandes almacenes en busca del que debía ser mi libro de cabecera durante el viaje a Kenia que estaba a punto de emprender. 
     Tuve que recorrer al menos dos centros comerciales, una librería de estilo moderno, con grandes estanterías de cristal que parecían a punto de romperse bajo el peso de los libros, y tres pequeños establecimientos de libro viejo; en el último de ellos encontré por fin mi pequeña joya; “Memorias de África” por Isak Dinesen. La primera sorpresa fue descubrir que la autora era una señora y que Robert Redford no aparecía por ninguna parte…la segunda fue dejarme envolver por sus primeras frases; yo tenía una granja en África, al pie de las colinas Ngong…
     Ante semejante incitación no pude más que continuar leyendo, actividad que durante los últimos años había limitado a informes, ofertas hoteleras y resúmenes mensuales de actividad turística. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas…
     Total, que estaba decidido; el libro se venía también conmigo; entre los tangas y los vaqueros más apretados que pude encontrar. Todo buen viaje tiene una componente sexual que no se puede despreciar de ningún modo, y yo no estaba dispuesta a renunciar a un buen polvo africano; a ser posible con un agradable diplomático inglés con aire cursi y envarado (una manía mía como otra cualquiera).

     Y llegó el día de la partida. Aeropuerto –obviaré decir el lugar, todavía hay gente a la que le debo dinero –nueve de la mañana, área de preembarque. Después de discutir amablemente con una imbécil integral de AENA, conseguí facturar mis dos maletas. Tras obtener mi tarjeta de embarque y despedirme con una mirada llena de ilusión de la sala de espera del aeropuerto, decidí mirar adelante y no pensar en el pasado. Era un intento por ponerme en situación, embaucada como estaba por la lectura del dichoso libro; África me esperaba, estaba deseando contemplar mi sombra en la hierba de la sabana, pasear bajo un mar de estrellas y oír el estremecedor rugido de los leones –éste último pensamiento me produjo una cierta desazón durante la primera parte del viaje, hasta que conseguí olvidarla, tres botellines de ginebra mediante –El aeropuerto internacional de Nairobi es un lugar pintoresco. Desde luego no se parece en nada a ninguno de los que había conocido hasta el momento; los turistas, la mayoría europeos, se mezclaban con los africanos con una sutileza que rallaba la normalidad. Mi primera decepción; el ansiado exotismo se fue al traste cuando Boni, nuestro guía, nos habló en perfecto español. El grupo de turistas al completo se movía como un animal despistado detrás de nuestro providencial guía. 
     Siete días, seis noches. Parece el título de una película, pero no lo es. Se trataba de la oferta que había contratado en el hotel Luxury de Nairobi. Lujo había para repartir, la verdad, pero luxury…luxury… eso es otra cosa. Segunda decepción; la primera noche me encaminé, con mi mejor pantalón vaquero y mi blusa de satén más sofisticada a la discoteca del hotel. Allí sin duda me estaba esperando mi James Bond particular, el que sin duda iba a convertir mis vacaciones en un revoltijo de sexo y glamour. Nada de nada; americanos tostados por el sol, rojos como gambas a la plancha, algún alemán borracho y muchas parejas rozando la tercera edad que contemplaban atónitas el giro vertiginoso de las bolas de colores que colgaban del techo. 
     Calor, alcohol, ventanas abiertas, brisa africana cálida y envolvente…en fin sexo en soledad. Triste, verdad. 
     Renuncio a darles muchos más detalles, pero el resto de las noches transcurrió más o menos en la misma tónica. 
     Tercera decepción. Yo tenía una granja en África…y un carajo. Ni rastro de la jodida granja, ni de los kikuyus ni de la visión romántica de la pánfila Isak Dinesen. Un jeep estrecho, que hervía como una olla de puchero y el olor a sobacos de un herr Müller y su amada esposa, los cuales ocupaban el sitio de cinco personas por lo menos. Ni rugidos de leones en la noche, ni paseos bajo un océano de constelaciones, que aguardaban impacientes a que descifrara el futuro oculto en ellas. Hasta el culo escurrido de Boni empezaba a parecerme atractivo.
     Cuarta decepción. Última noche, alcohol a raudales, discoteca solitaria. Último intento por encontrar el amor en África. 
     Como ya he comentado, el perfil de Boni no era el más agraciado que mi imaginación había ideado, pero aún así sobresalía de la media habitual que yo solía frecuentar. Eso y un par de Dry Martini, agitados y no revueltos, contribuyeron a crear la atmósfera necesaria para que acabáramos en la cama. No fue gran cosa, de hecho he tenido que rebuscar en la memoria para poder hacerlo constar, pero en aquél momento fue el sucedáneo de aventura necesario para colorear mis particulares sombras en la hierba.  

     De vuelta al punto de partida. Cero en la columna de saldo actual y un regusto amargo. Un rictus desapasionado me invadió durante días, hasta que decidí sentarme una tarde en el parque. Llevaba conmigo el ejemplar de Memorias de África; lo abrí por la primera página y leí en voz alta: Yo tenía una granja en África.
     

     

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Marzo de 2010 a las 16:27


EL GUARDIÁN

Imaginad una pequeña habitación, con un pequeño cuarto de baño que se come parte de su espacio y le da forma de L, en una casa de las afueras de una ciudad.
Es el dormitorio de una cría de unos siete u ocho años; está ensimismada leyendo El zoo de Pitus. Su madre habla por teléfono, al otro extremo de un largo y estrecho pasillo, mal iluminado por una bombilla de baja potencia. El padre hace rato que salió, camino de su trabajo nocturno; electricista en una gran compañía de transportes. Sus hermanas duermen en otro cuarto al otro extremo del pasillo.
Todo está impregnado de un silencio crepuscular, sólo pequeñas burbujas de palabras, pronunciadas en tono discreto, escapan del comedor inmediatamente después de ser creadas por su madre, que habla con una tía suya.
Inmersa en las aventuras de los personajes del libro, la niña apenas es consciente del sonido de la voz de su madre; está concentrada en la trama y no le molestan los susurros que flotan hasta ella.
Sin embargo, percibe de repente algo nuevo ante ella, algo que no puede ni debe estar allí, pero está. Por encima de la parte superior del libro, sus ojos le muestran a un perro negro, sentado sobre sus cuartos traseros en la mesa donde merienda antes de hacer los deberes.
Un sobresalto en el pecho y una sensación de peligro la invaden.
Inmóvil como ella, el animal; de tamaño mediano y pelaje largo y negro, la contempla con una expresión de seriedad demasiado humana. El único movimiento perceptible es el provocado por la respiración, que ensancha y estrecha sus flancos con un ritmo lento.
La niña pasa revista a los objetos de su cuarto; tal vez comprobar que la estantería llena de libros, la pizarra colgada de la pared y la silla en la que descansa su ropa siguen en su sitio deshará el hechizo negro que la observa. Pero, aunque en efecto, todo eso continua en su lugar, el perro no desaparece.
El perro parece más real que todo lo que contiene la habitación en ese momento.
El punto de luz brillante en el marrón castaño de sus ojos, la humedad del hocico, los pelos, algo más cortos y blancos, cercanos a la boca. Ve eso y mucho más con una nitidez absoluta, como si el hecho de observarlo hiciera desvanecerse los objetos familiares. La niña aún no conoce el término alta definición, pero cuando lo inventen con el correr del tiempo, sabrá que eso es exactamente lo que nota en este momento.
El animal la mira con una expresión de seria seguridad, se diría que sabe el sentimiento que ha causado su repentina e imposible aparición.
Angustiada y con el corazón acelerado, deja el libro sobre la colcha y aparta ésta y la sábana antes de huir de su miedo. Sus pies descalzos notan la frialdad del suelo durante un momento, después las rodillas empiezan a gatear, alternando sus movimientos con los de las manos, para llevarla a través del pasillo hasta la presencia protectora de su madre.

Doce años después, una mujer de las que no cobran por su sabiduría, le diría que tenía demasiada facilidad para atraer cosas negativas pero también que algo muy fuerte la protegía, que bebiera agua siendo consciente del poder de dar vida de ésta. Al hombre que la acompañó a verla le dijo que necesitaba más verde, que paseara por la naturaleza o en los parques.
Tras esa muestra de visión especial todo empezó a desfilar ante su conciencia.
Todas las veces que, tiempo atrás, desafiaba la seguridad y la prudencia sin tener por ello que afrontar consecuencias ni peligros. Todas las veces que algo mal hecho podía haber tenido un desenlace desastroso y no fue así...
A veces oía preguntar a la pequeña en su cabeza:
“¿Es bueno o no?”

  
 

 

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Marzo de 2010 a las 19:22
Editado, sorry
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Marzo de 2010 a las 19:30
EL ACCIDENTE


-Oye...¿Qué te ha pasado?
-Un accidente.
-Sería un accidente gordo, digo yo. Porque un brazo en cabestrillo, la cabeza vendada y una pierna enyesada no son moco de pavo.
-Ya lo creo. Solo recordarlo se me pone la piel de gallina.
-¿Cómo fue eso del accidente? ¿Te saliste de la carretera por correr mucho? ¿Diste positivo de alcoholemia?
-No digo que no hubiese dado positivo si me hacen soplar, pues llevaba ya mis buenos tragos encima. Pero no fue un accidente de esos que piensas.
-¿No?
-No. Verás.. iba subido en un elefante.
-Joder, tío... yo no sé que le veis a eso de los safaris y el África negra y todo lo demás. Con lo bien que se está en la Costa del Sol o en Croacia, digo yo. O sin ir más lejos, aquí cerca en las rías.
-No tuve que viajar tan lejos, no creas. Pero... ¿por donde iba?
-Ibas en un elefante...
-Cierto. Iba en un elefante. Y en plan chulo, sin agarrarme ni nada. Y me distraje un momento, ya sabes, un momento tonto de esos que se tienen a veces, y me caí.
-¿Desde un elefante? Así no me extraña que te magullases tanto.
-No creas, de entrada no parecía nada serio, ya que aunque caerse de lo alto de un elefante tiene su riesgo, yo caí bien y apenas me hice nada, ni un rasguño.
-¿Entonces cómo...?
-Fue cuando me iba a levantar. El elefante me golpeó con una de sus patas delanteras y salí disparado hacia un lado, como un par de metros.
-Tío, ya es mala suerte...
-Aun así no me habría pasado gran cosa, pero es que al caer de nuevo y tratar de levantarme otra vez, un caballo que se acercaba me golpeó de costado y muy fuerte, con sus patas delanteras alzadas.
-¡Qué bestia! Eso ya es más que mala suerte, es ser gafe total.
-Pues debo serlo, porque tambaleándome y medio atontado intenté escaparme del caballo, pero tuve la mala pata de perder el equilibrio y caer algo hacia la derecha, justo por donde otro elefante levantaba sus patazas y... zás, otro testarazo. Medio inconsciente, viendo que el mundo giraba a mi alrededor, oyendo algo como una música que entraba por mis oídos y se metía en mi cerebro, lo cual me desorientaba cada vez más, trate de escapar hacia un lado...
-Sigue, sigue, puedo imaginarme la situación. ¿Lograste escapar?
-Lo que logré fue recibir un tremendo golpe de algo confuso, borroso y voluminoso que se me tiraba encima. Me golpeó en la cabeza y un montón de estrellitas luminosas empezaron a volar a mi alrededor. Justo antes de perder el conocimiento vi, tendido ya en el suelo, un coche de bomberos que se abalanzaba sobre mí.
-¿Un coche de bomberos? ¿estas seguro?
-Ya lo creó, con la sirena a tope y todo de luces.
-Caramba, tío. ¡Podías haber muerto en el intento!
-Pues no digo que no. Si no llega a ser por que el encargado de la feria paró los caballitos, allí la palmo, seguro.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Marzo de 2010 a las 8:25


GIRO.
Abro la maleta y la coloco vacía sobre la cama, pensaba que esto iba a ser más sencillo, pero no es así. Decido sentarme un rato y volver a convencerme de que lo que voy a hacer es lo mejor, lo mejor para mí,  lo mejor para todos. Sí, lo mejor es marcharme.
Miro los cajones, cojo mis cosas. No son tantas. Nunca debieron estar aquí.
Descuelgo las perchas del armario. No, este pantalón no es mío. Vuelvo a colocarlo en su sitio.
La maleta está medio vacía. No hay nada más que pueda meter en ella; quisiera llevarme el olor de la habitación……..qué tontería. Me dejo de ñoñadas y voy al cuarto de baño, al prosaico cuarto de baño. El cepillo de dientes, la esponja, mi peine……la crema hidratante fue un regalo de ella ¿me la llevo? Nunca la he usado, pero me la llevaré para no darle a entender que nunca valoré sus regalos, su compañía, su tiempo, su amor. La crema hidratante viene conmigo.
Me dirijo al salón, allí está ella sentada. Los niños están en el colegio, es mejor así. Creo que está a punto de llorar o que acaba de hacerlo; no me merezco ni una sola de sus lágrimas, espero que sepa controlarse.
 -¿Estás seguro entonces?-Me pregunta con un deseo de esperanza.
 -Ya hemos hablado suficiente. Por favor, no lo hagas más difícil.
Saco mi llavero del bolsillo, selecciono las llaves y me desprendo de todas excepto las del coche.
Me acerco a ella para darle un beso. Siempre la quise, se lo he dicho muchas veces, necesito que lo crea; vuelvo a decírselo y ella me abraza llorando. Tengo que abrazarla. Tengo que irme.
   -----------------------------------------------
Otro coche acaba de dedicarme una sonora pitada. Me recuerdo que estoy conduciendo y que no puedo, no debo, distraerme con mis pensamientos.
Cambiar de marcha, dar los intermitentes, mirar el retrovisor, el otro retrovisor, no tengo que olvidarme de lo que estoy haciendo. No puedo seguir dándole vueltas a la cabeza. Ya está, ya está, ahora estoy conduciendo. ¿Por qué me pita ahora éste? ¡Mierda! Me ha metido en dirección prohibida. Vale, ya está bien; tengo que centrarme……ahí puedo dar la vuelta sin armar la de dios. Hago un giro de ciento ochenta grados, ya estoy en la dirección correcta…..curiosa metáfora de mi vida……. ¡ya vale! Estoy conduciendo, tengo que dejarme de pensamientos raros, ahora lo único que importa es que ese semáforo se ha puesto en rojo. Freno, embrague, punto muerto………
Ya estoy en la puerta de su oficina. Como me temía, no hay aparcamiento Me coloco en segunda fila como buenamente puedo, miro el reloj, no tardará en salir. Cada minuto parece una eternidad, pongo la radio esperando que ésta se haya transformado en un acelerador del tiempo; mi esperanza es vana, el tiempo transcurre despacio.
Ya sale, está buscando mi coche con la mirada. Ya me ha localizado, me sonríe y saluda con la mano. Ya viene, ya está a mi lado.
 -¿Cómo ha ido todo?- Interroga después de darme un beso.
 -Bien.
 -¿Y tú?- Se interesa -¿Cómo estás tú?
 -Bien. Sólo dame un poco de tiempo.
Me acaricia la cara y luego me besa. Su beso aleja todos mis temores, sé que he hecho lo correcto, sé que todo va a salir bien. Sé que amo a este hombre.
Nos ponemos en marcha e iniciamos el viaje. Va a ser un viaje difícil, va a ser un largo viaje.

 

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Marzo de 2010 a las 10:54

HUMIDE ET FRAÎCHE


Y quién se acuerda de Estambul, se pregunta Laz, calmando el jet-lag de su nostalgia con pistachos mientras camina, qué chamba, por Estambul. Hoy es el primer día del resto de mi vida, dice a un bicimundos recién sacado del vecindario del señor Clapet, obeso de oficio, carnicero y casero de profesión. Hoy es el primer día, dice, y es hoy más verdad que nunca.

Bicimundos rasca una mazorca de maíz con los dientes en el bufe. Laz no come nada y tampoco sonríe, pero sabe que no se puede evitar estar siempre en un lugar, así que se limita a estar y a joderse educadamente del frío que hace, el frío que nace en los huesos y sale hacia fuera como una centrifugadora o la mierda que choca con las aspas de un ventilador girando a potencia tres.
-Tienes frío -afirma bicimundos en francés.
-Sí que lo tengo -confirma Laz.
-Pero al otro lado de la ventana de nuestro barracón se ve Santa Sofía -dice.
Y no es del todo así. La ventana no es tal, es un plástico más o menos grueso que deja pasar el frío y no deja salir el humo. Que Santa Sofía está ahí al otro lado, eso es verdad.
-Sí. Es un consuelo -concluye Laz.
-¿Sabes que la latitud de esta ciudad es la misma que la de Nápoles? Pero, al estar entre tres mares, Estambul ahora tiene este clima húmedo y fresco.

Humide et fraîche, repite, en francés, humide et fraîche.

-Un clima de mierda -dice Laz, en castellano y voz baja.

De mierda, repite, en castellano.

Por la mañana, antes incluso que eso, desayunan huevos duros con pimienta y sal y fuman cigarrillos de liar, invita Laz porque ya se sabe que los bicimundos viajan siempre sin blanca. Desayunados cogen el ferry al castillo que acecha la vulva del Mar Negro, donde se abre el charco de los esturiones. Las atalayas de Anadolu vigilan que el Gran Negro no de a luz a más submarinos soviéticos de la cuenta, supervisan desde bien alto, como picas o glandes custodios.
-Ya estamos en Asia, Laz -dice Bicimundos.
-¡Sí!, es verdad -dice Laz. Asia es perfecto, piensa. -No tengo ni idea de qué va a pasar, así que me vale como promesa. Y además, está lejos de casa.
-¿Y dónde es casa para ti? -pregunta Bicimundos.
Laz no tiene ni idea de qué podría contestar.

El rezo viene después de que caiga el sol, anota en el papel, curiosos son los hombres, que nunca aprenden bien a prevenir los azares de la oscuridad. Y escribe en su cuaderno: flores cubiertas de ceniza, posos de café y una chusta, lo que queda del hogar que dejé atrás. Ahora mi casa será cualquier lugar donde mi culo tome asiento.
Todo eso dice el cuaderno de Laz.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Marzo de 2010 a las 19:33

la araña

“…llegados a este punto, cualquier decisión que pueda tomar el ejecutivo…”
Mueves el dial.
“…minuto 42 de la segunda parte…”
Mueves el dial.
“…la mejor publicidad sin cortes en…”
Apagas la radio.
Te fumas un cigarro y compruebas que el mando funciona tan mal como la puta ducha. Limpias tus botas y las lustras con grasa de caballo mientras la luz muda de la tele ilumina tus manos. Viejos cortes, como en tu cara. Ya nadie puede saber si eres un chico o una chica. Bien por ti. Dejas las botas a un lado y afilas tu cuchillo con una piedra. El sonido es lo mejor que has escuchado en todo el día; y lo escuchas todos los días. Te haces un corte fino y corto en la pantorrilla. Te estiras en la cama y vuelves a poner la radio.
“…en caso de que el tiempo empeorase, sería mejor…”
Mueves el dial.
“…durante la rueda de prensa podía verse la decepción…”
Mueves el dial.
En algún momento, te duermes.
“EL ASESINO CONOCIDO COMO LA ARAÑA HA ENTREGADO OTRA NOTA”.
Despiertas y te incorporas. O es al revés.
“…aunque la policía no ha querido dar más información, si sigue el patrón que lamentablemente conocemos, es de esperar que esté pidiendo de nuevo un rescate por sus futuras víctimas. Gente a la que aún no conoce…”
Está llegando demasiado lejos. Esta riéndose en tu cara.
“…todas las fuentes oficiales insisten en que es inconcebible la idea de ceder ante el chantaje de un psicópata, pero el terror se ha vuelto generalizado en todos los pueblos y ciudades que colindan con la nacional cuatro”.
Suficiente.
Es hora de seguir tu camino. No tienes idea de si el gerente querrá que le pagues estos dos nuevos días con una mamada. Todo el mundo se compadece de las putas. Claro que él no puede saber si eres un chico o una chica. No sabe que tienes un cuchillo enorme y que tienes que matar a una persona. No sabe una mierda. Bien por ti.

Dicen que hacer autostop es peligroso en esta autopista, pero nunca dejan claro para quién. Te metes un chicle que has cogido del bolsillo del gerente y levantas el dedo.
La nacional cuatro está escoltada y cruzada por cientos de carreteras secundarias y comarcales que nacen o mueren en pequeños pueblos, en ciudades pequeñas y en miles de gasolineras, cafeterías, hostales y prostíbulos. La red es prácticamente infinita. Y todos los insectos de esa red están asustados, vibrando, llamando la atención de la araña.
Te montas en un camión de productos congelados y agradeces al camionero que ponga las noticias mientras subís el puerto que tanto miedo te daba subir cuando eras pequeño. O pequeña.
El camionero habla de la araña. Lo metería en las ruedas de su camión. Como todo el mundo, es de suponer. Todos quieren ver muerto a ese tipo que pide dinero para no seguir matando a la gente. Todos menos tú.
Quieres que nadie más lo vea muerto. Si supieran que lo has matado tú, acabarías teniendo una vida pública. Y acabarían preguntando por tu familia.
El camionero tiene la misma costumbre de tu padre y te pone la mano en la rodilla. Es grande como un filete. Aguantas el tipo y le pides que te deje en el próximo pueblo. El camionero tiene un alarde de vergüenza. Quizá deberías hacerle una mamada.
Vuelves a meterte un chicle en la boca y buscas un lugar donde comer gracias al dinero que le robaste al gerente. Pides al camarero una mesa cerca de la tele y que ponga las noticias. La araña ha vuelto a matar hace un par de horas.
El presentador opina que, sin tener en cuenta la propia crueldad del hecho, es absurdo pedir un rescate por algo que piensas hacer de todas formas. Todos los policías que salen en el noticiario están muy rojos y tienen mucha prisa.
Una mujer disgustada murmura, detrás de ti, que deberían echar de los restaurantes a la gente que no observe unas mínimas normas de higiene. Miras tus botas. Están impecables. Y no estáis en un maldito restaurante.
Dejas el dinero que indica el cartel de los menús y vuelves a levantar el dedo a pocos metros de todos esos coches aparcados. Tu camino es largo si tenemos en cuenta que no acaba nunca. Al final de la nacional cuatro habrá una rotonda. Darás la vuelta y volverás al Sur. Perdiéndote en todos los caminos que no hayas visto antes, observando a la gente que echa cartas en los buzones, vigilando a los pocos que aún usan cabinas de teléfono.
Sonríes pensando que si alguien quisiera detener realmente al tipo que pide los rescates, sólo tendría que acceder a pagar el dinero acordado y espolvorear una buena cantidad de veneno en los billetes.
Pero los insectos no pueden hacer esas cosas, porque están atrapados en una red; y esa red no la creó la araña; estaba esperando a ser usada dese el principio de los tiempos.
Te montas en una moto americana con una mujer de cuarenta que, sin duda, siente atracción por las mujeres menores de cuarenta; quizá también por los chicos cortados y sucios. Todos sienten atracción por ti, precisamente por los cortes y la suciedad y la indefensión. No te preocupa; sólo quieres que te lleven para seguir buscando a ese tipo que dice que es la araña. Sin alquilar coches ni salir en las cámaras de las gasolineras ni necesitar más dinero del que se le puede robar a un cadáver.
La moto americana enfila el Norte aunque su dueña te advierte que le gustan las carreteras secundarias. A ti también te gustan las carreteras secundarias.

Has buscado en todos los lugares en los que no ha buscado la policía; no se te ha ocurrido nada más inteligente. Cuando la moto americana se quedó sin gasolina seguiste a pie un par de jornadas. La gente ya no quiere llevar a la gente; se han dado cuenta de que una araña se parece mucho a un insecto. El chantajista no tiene por qué moverse haciendo autostop ni tiene por qué alojarse en moteles baratos. No tiene por qué tener una edad comprendida entre los veinticinco y los cincuenta años, ni ser fuerte. Podría ser paralítico, de hecho, si conserva la capacidad de pegar un sobre o levantar un teléfono. Podría ser una mujer embarazada. Pero hay algo mucho más lógico.
Podría ser un maldito policía.
La red se vuelve pequeña. Los policías que habitan esta red, este esqueleto de caminos, no hacen mucho ruido y no están del todo desvalidos, pero son accesibles, en cualquier caso. Y buscan a un varón blanco de entre veinticinco y cincuenta años o, lo que es lo mismo, están mirándose el culo.
Tardas cuarenta y cinco jornadas en dar con el sujeto. Un policía que compra un sello en una ciudad, un sobre en un pueblo y que envía una carta en la estafeta de correos de un centro comercial de autopista.
Los policías también tienen problemas en casa; no son tus problemas, pero también les llevan a dormir fuera, al fin y al cabo.
Estás en la habitación contigua y compruebas que el policía está escuchando las noticias. Limpias y engrasas tus botas y afilas tu cuchillo mientras esperas a que se duerma. Eres un puto Ninja cuando te metes en su habitación. Un shinigami. Una araña sucia y maligna que no tiene sexo ni lo quiere, porque tiene un cuchillo largo como el sexo de los dioses. Drogarlo ha sido fácil. Arrastrarlo ha sido difícil. Meterlo en el maletero de su coche ha sido difícil. Conducir por el camino de tierra ha sido, de nuevo, fácil. Como el resumen de una vida.
Si un policía grita en medio de un bosque en el que no hay nadie, ¿hace ruido?
Finalmente, el policía confiesa entre estertores y promete que no volverá a suplantarte, si le dejas algo de carne con la que poder seguir pareciéndose a un ser humano.
Nunca fue un ser humano, tienes que explicárselo. No hay seres humanos en una tela de araña.
Eres tú quien le hace la promesa de que nunca volverá a suplantarte.
Lo dejas dentro de su coche y te llevas los billetes que no han sido manchados con sangre. Y las monedas. Te encantan las monedas. Los caramelos. Las caricias. Te recuerdan a los regalos de tu padre y de los amigos de tu padre. Si no hubiese monedas en el mundo, quizá desde hace tiempo habrías dejado de matar.
Cuando vuelves a la carretera, te metes un chicle en la boca.
Levantas el dedo.
El tipo te dice que tiene la radio estropeada. Y parece que no le gustas.
Quizá sea mejor esperar al siguiente coche.

 

concursoderelatos
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  • 17 de Marzo de 2010 a las 23:04

  LA HUIDA

    El ocaso del sol le presagiaba una noche oscura, gélida y desagradable. Carlos, ataviado con su equipo de viajero novato siguiendo los consejos de una revista de viajes, miraba a su alrededor deseando encontrar ese rastro de luz que le llevara a la casa de “El Ermitaño”. Los lugareños del pueblo anterior le hablaron de un hombre, un gallego, conocido por la zona por ser persona solitaria, autosuficiente, aunque con un espíritu solidario que le hacía acoger a todo aquel que, en ese rincón de Argentina, necesitara una cama donde posar sus cansados huesos, un plato caliente y una conversación en medio del ruidoso silencio del bosque andino. Siguió caminando Carlos, entre gritos de animales e insectos y la brisa del anochecer. Los chasquidos de las hojas secas que estrujaba a cada paso se unían a ese jolgorio sonoro que relajaba y atemorizaba por partes iguales. El movimiento de sus ojos de un lado a otro, unido al fruncimiento de su ceño, indicaban cierta desesperación que pronto se calmó al vislumbrar luz a menos de cien metros. Se fue acercando a aquella casa con la misma intensidad que una ola a la orilla de una playa, esperando que aquel fuese su refugio nocturno, y que al llamar a la puerta le abriese el famoso gallego que le iba a procurar reposo esa noche.


    No le hizo falta llamar. Antonio, “el Ermitaño”, ya le esperaba con la puerta abierta.


-Si eres un caminante buscando refugio y no un malnacido ladrón, puedes pasar y calentarte- le dijo en alto cuando aún le faltaba varios metros para llegar a él.


    Para Carlos, ver al Ermitaño junto a su puerta fue como ver a San Pedro a la entrada del paraíso. Tras aclararle que no era un malnacido ladrón, entró en la casa y no tardó en buscar el calor de la chimenea candente.


-Te habrán hablado de mí los vecinos del pueblo cercano. Puedes pasar la noche aquí; te daré algo caliente de comer, y puedes lavarte hoy o mañana, como prefieras.-le aclaró el bienhechor.


    Carlos le agradeció las atenciones y, tras lavarse, le agradeció de nuevo al encontrarse en la mesa un plato de puchero humeante. Entre cuchara y cuchara, el viajero fue observando a su anfitrión. Tendría unos sesenta años, no demasiado robusto, aunque ágil en sus movimientos. Barba de varios días, ojos azules y redondos, ojeras de hombre triste y un cuello más rojizo que su rostro. Escasos pelos en su cabeza, aunque largos y grisáceos. Mal peinado, y vestido como un hombre de bosque, con ropas gruesas y cómodas. Labios poco besados, manos con aspecto de haber ordeñado muchas vacas, y un aurea de hombre de bien que le hacía ser respetado con sólo mirarle.


    A su vez, el Ermitaño también observaba a su invitado mientras éste hacía desaparecer el puchero del plato. Cabello rubio gastado, abundante, limpio… Ojos castaños rodeados de arrugas de expresión. Un hombre, de unos cincuenta, que seguramente había reído mucho en su juventud, y muy poco en su madurez. Un cuerpo esbelto, hombros robustos; esquiador de fin de semana y padre de algún vástago que le quiere poco. Educado en sus formas, hijo de madre estricta, y persona caída en desgracia no por mal ajeno, sino por cosecha propia.


    Apenas intercalaron palabras durante la cena; la boca de Carlos se mantenía bien ocupada y la mente de Antonio centrada en sus dilucidaciones. Le ofreció un licor y una invitación a sentirse más cómodo sentado junto a la chimenea. Mientras el invitado buscaba temas de conversación observando los detalles de aquel salón, el Ermitaño le sorprendió con la pregunta que menos se esperaba aquella noche.


-¿Y tú… de qué huyes?
- ¿Huir? No… no huyo de nada. ¿Por qué lo pregunta?- respondió Carlos sorprendido.
- Un hombre como tú, más de ciudad que de campo, madrileño, perdido en un rincón de la Argentina, de edad media y reloj caro… De algo huyes. ¿Me equivoco?
- Sólo soy un hombre con necesidad de vivir cosas nuevas… nada más.

    Antonio quiso darle unos segundos para que rumiara bien la respuesta, y se encendió con lentitud un cigarrillo usando un mechero casi gastado.


-Todos huimos de algo, amigo. Llevo años recibiendo a viajeros perdidos como tú, y lo noto en vuestros ojos. Yo entiendo que no me lo quieras explicar; no soy más que un desconocido del que te acordarás de vez en cuando por mi puchero que acabas de cenar, pero… al menos admíteme que estoy en lo cierto.


    Carlos tragó su saliva retenida en la boca antes de acabar con el licor que quedaba en su vaso.


-La verdad es que no soy hombre acostumbrado a intimar con desconocidos. Le agradezco mucho sus atenciones, pero entienda que me incomoda hablar de mi vida… al menos ahora, que sólo llevo un vaso de este licor.- respondió Carlos con sus palabras más sinceras hasta ahora.


    El Ermitaño se levantó, le dio dos palmaditas en su hombro, y se acercó a un mueble de cuyo cajón principal sacó un desgastado álbum de fotos, el cual dejó caer sobre las manos del viajero.


-Todos huimos de algo… Yo hui hace años de mi vida. ¿Ves todas esas fotos? Forman parte de mí… aunque sólo en forma de recuerdos amarillentos con olor a polvo. Si te fijas bien en las fotografías, verás muchas sonrisas en los rostros… incluso en el mío. Pero siempre llega en la vida un momento en el que deseas escapar… Siempre llega algo que te atormenta y parece obligarte a salir corriendo a latigazos. La mayoría se queda. Algunos… pocos… huimos.


    Carlos escuchó a su benefactor con atención, aunque con idéntica intención de diferenciarse de su postura.


-A veces, un desconocido es el mejor consejero- prosiguió Antonio- porque no hay intereses ni compromisos de por medio. Tómese otro trago de este licor. No sólo sabe a gloria, sino que te ayudará a abrirte a mí.
- ¿Acaso es usted un confesor o un predicador?- dijo Carlos con la voz alterada- De verdad le digo que me está incomodando. Creo que abusa de la situación. Me parece muy bien que sea un buen samaritano reencarnado, pero no puede insistir en querer entrar en mi vida, ¿lo entiende? Si no lo entiende, me plantearía seriamente salir de aquí y seguir caminando.


    El Ermitaño se levantó muy sereno, y sin decir palabra se acercó a una cesta de mimbre llena de leño. Seleccionó un par de ellos con detenimiento, casi como si le entristeciera deshacerse de ellos, y de reojo observaba a su invitado mientras los echaba al fuego. Quería algo de él, y sabía que sólo era cuestión de tiempo.


-Aunque sólo sea por el calor que desprende esta chimenea, sé que no vas a salir de aquí. Yo te he ofrecido mi casa, mi comida y un lecho donde dormir… y todo eso aquí, en medio de la nada, que es donde más se aprecia las comodidades de un hogar. No importa que seas tímido o demasiado frío en tu vida corriente… eso no importa aquí. Y creo que te equivocas conmigo: no soy un viejo loco que se regodea en la desgracia ajena. Tan sólo te he pedido que compartas conmigo la razón de tu viaje a un lugar donde no vas a encontrar monumentos, restaurantes ni cómodos hoteles… porque sé que seguramente habrás sido un turista toda tu vida, pero ahora ejerces de viajero perdido en un bosque argentino. Y uno no viene aquí si no es porque se huye de algo. ¿Sigues sin querer contármelo?


    Carlos se levantó enérgicamente de su cómodo asiento y miró a su anfitrión con una mezcla de rabia y resignación. Era la primera vez desde que emprendió su viaje en la que iba a perder los papeles.


-¿Cree usted que por darme cobijo tiene derecho a hurgar en mi vida? ¡Pues sí, huyo! ¡Huyo de mi vida, de la mirada de odio de mi hijo! ¡Huyo de la vergüenza, huyo de mí mismo! ¡Huyo de la ventana de un séptimo piso! ¡Huyo de mi muerte! ¿Le vale con eso?


    Antonio le miró ocultando una sonrisa en su interior. Se mantuvo en silencio unos segundos más por si el viajero quería continuar hablando, pero no fue así… Tras sus palabras, Carlos se acercó a la botella de licor y se sirvió un vaso más.


-Amigo… Creo que es usted mi hombre.-dijo el Ermitaño creando un clima de extrañeza.
-¿A qué se refiere ahora?- preguntó Carlos sumando indignación.
- Verá, amigo. Creo que llegó el momento de reconciliarme con mi pasado. Llevo diez años perdido en este bosque. Sé que me hija me ha dado un nieto y… simplemente, creo que es la hora de volver a casa.
-¿Y qué pinto yo en todo eso?- preguntó Carlos
-Quiero proponerle algo: ¿qué le parece si…si usted ocupa mi lugar en este bosque… a cambio del dinero que necesito para volver a Galicia?
-¿Habla usted en serio?- preguntó haciendo de “anonadado” una palabra insuficiente para expresar su sorpresa ante la propuesta.
-Totalmente en serio. Mira… si de verdad huyes de tu vida, no hay mejor lugar que éste donde estás ahora. Aquí podrás vivir bien el tiempo que desees. Es todo tuyo. A cambio, me das el dinero para coger un vuelo a España. Llevo mucho tiempo aquí como para tener dinero  ahorrado. Creo que es una buena oferta. Piénsalo durante la noche, y mañana, desayunando… me respondes.


    Los dos hombres se acostaron… pero en realidad ninguno durmió apenas. Sus pensamientos vacilaban con su destino, y uno buscaba las razones para quedarse mientras el otro sumaba los motivos para irse.


    A la mañana siguiente, Antonio no tuvo huésped a quien servir un humeante café. Nadie respiraba en la casa excepto él. La habitación del viajero estaba ordenada y con la cama hecha. Por unos instantes, se sintió más solo que nunca entre esas paredes. Asumiendo que iniciaba un día más, se paró en seco al ver un sobre en la mesa del salón. Lo abrió: una tarjeta de crédito, una contraseña de cuatro números escrita y una última frase:


"Haga feliz a su nieto"

    Y una gota de alegría humedeció su mirada.

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  • 20 de Marzo de 2010 a las 17:11

JUGANDO A VIAJAR



Un gran silencio reinaba en la casa, la cortina en la ventana se elevaba movida por la brisa de la mañana, la luz del baño estaba encendida, pero dentro no había nadie.

Luis se puso la camisa de cuadros verdes, sus vaqueros más viejos y la chupa de cuero marrón, metió todo lo demás en su bolsa y echando una última ojeada a la casa, salió de ella cerrando la puerta con mucho cuidado. Nadie le oyó, ni tampoco nadie le vio.

La calle estaba desierta, por eso aprovechaba el momento para irse, estaba ya preparado para dar el paso y lo hizo. Bajó a la plaza y cogió el autobús, tal como había previsto, que lo llevaría a la capital y una vez llegado decidiría qué iba a hacer, aunque ya había planeado algunas cosas.



Volví a la hora de todos los días, había salido de la oficina, te había cogido en el Colegio, hicimos unas compras para la cena y llegué cansada y acalorada tirando de tu mano y cargada con las bolsas. Luis aún no había llegado. Normal, siempre entraba en casa cuando yo ya estaba preparando la cena y tú, después de ducharte, hacías los deberes y la lavadora daba vueltas y vueltas. Aquella noche Luis se retrasaba más de lo normal. Finalmente, muy nerviosa, lo llamé a su móvil; desconectado. Llamé a la oficina; saltó el contestador. Llamé a Pedro por si se habían encontrado y se alargaba la charla. No le había visto ese día. Cuando ya había transcurrido un tiempo prudente,empecé a hacer conjeturas y decidí que era hora de llamar al 112.

Después de tres meses de búsqueda infructuosa llegaron a la conclusión de que Luis había desaparecido y además que lo había hecho sin dejar señales por ningún lado. La policía dejó el caso en suspenso a la espera de alguna pista que los pudiera ayudar a encontrarlo y yo, después de llorar y preguntarme qué había pasado y por qué, decidí que la vida seguía y que tenía que ocuparme de ti.



De esto hace 20 años, tú tenías unos 8 y desde entonces no hemos sabido nada de él. Bueno, mucho tiempo después, alguien me dijo que le habían visto, recién que se marchó, en Barcelona. Tu y yo seguimos con nuestra vida, nos costó mucho hacerlo sin el, pero lo conseguimos finalmente. La rabia y la decepción, la pena y las preocupaciones fueron la mejor medicina para mí y tú eras aún pequeño para darte demasiada cuenta de nada. Cuando empezaste a preguntar por él yo te conté que se había ido de viaje, uno muy largo y sin destino y que puede que algún día volviera o puede que no lo hiciera nunca. Querías saber cómo era y yo te contaba cosas de él, las mejores. Llegó el momento en que no volviste a preguntar. Fue entonces cuando comenzamos aquel juego marcando en el mapamundi una ruta imaginaria por la que viajaríamos tu y yo, cuando fueras un poco mayor y yo pudiera hacer frente a los gastos; sería un viaje en busca del padre perdido, decías y me sorprendías con aquella especie de humor sarcástico, tan poco adecuado a tu edad. Tomaríamos un barco y navegaríamos por los mares del norte y también por los del sur, atravesaríamos las estepas nevadas o los desiertos abrasadores, escalaríamos montañas, circularíamos por valles fértiles, por islas y  archipiélagos y finalmente lo encontraríamos y lo mirarías, me dijiste y sabrías muy pronto si ibas a quererle o no.

Bueno, pues ha llegado el momento. Luis, como quieres que le llame, esta aquí y quiere verte. Me ha llamado a la Oficina y hemos tomado un café. Me ha contado algo sobre su viaje y sus experiencias lejos de aquí, ahora que ha vuelto, desea saber si querrías verle tú.

Tomás mira a su madre con cara muy seria y emoción contenida. No sabe bien lo que desea, si seguir con su vida tranquila o darle una oportunidad al hombre que lo dejó cuando era un niño. No tenía curiosidad por saber por qué lo había hecho, sólo si le había echado en falta alguna vez y si no había sentido pena y remordimientos por su abandono.

Decidió que quería  escuchar su versión, pero sobre todo, deseaba mirarle a la cara y en cuanto le viera, sabría si podría quererle o no.
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  • 23 de Marzo de 2010 a las 12:07

La canción de Solveig

Pedro Giménez ha cobrado su última paga extra justo antes de la jubilación, y aunque escasa, será suficiente para darse el gusto de hacer, por fin, el viaje de su vida. Como el verano ya está aquí y siempre quiso ir a Noruega, considera que dejarse caer por aquellas latitudes sería fantástico. ¡Oslo, qué hermosura de ciudad, qué largo país Noruega! Decidido. Va ahora mismo a la agencia de viajes y dice adiós a la integridad de su última paga extra, a su primer sueldo de jubilado y, por supuesto, también a algún que otro ahorrillo que tenía de cuando las cosas no le fueron mal del todo. Siempre ha sido Munch uno de sus pintores favoritos, y desde que descubrió que los vikingos llegaron a Terranova en el siglo X, Colón bajó unos cuantos puestos en su ranking. De todas formas le han dicho los de la agencia que se lleve ropa de abrigo, que será verano pero no es precisamente el Caribe. Piensa darse un atracón de cascadas, fiordos y glaciares como no está escrito. 

Según los impresos que ha firmado Pedro Giménez contratando el viaje, el vuelo sale directamente a Oslo desde Manises, el próximo lunes 29 a las 7:42 de la mañana. ¿Y qué hacer en Oslo? Parece ser que muchas cosas. Le han dicho los de la agencia que hay programadas varias visitas, pero que si quiere puede irse por libre y hacer un plan alternativo. Lo de la Galería Nacional no entra en el trayecto guiado, pero él tiene claro que lo primero que va a hacer en Oslo es acercarse a ver a Munch. Con eso ya se le irá todo el resto del día. Y todavía le queda otra jornada completa en la capital para quizás cumplir con el itinerario programado, y así ahorrarse un dinerillo que no tiene. Puede ser interesante: Museo de barcos vikingos hundidos en el fiordo de Oslo, el parque Vigeland y sus esculturas de bronce y granito, el Museo Folclórico… Y si le queda tiempo, pasar por el Palacio Real, por el Parlamento Noruego y por el Ayuntamiento, aunque sea desde fuera: es lo más cerca que estará nunca de los premios Nobel.

A partir del tercer día, según le han dicho los de la agencia, empieza el antes mentado atracón de naturaleza, en teoría salvaje y fría, que luego ya veremos. Uno piensa una cosa de los viajes y luego resultan ser otra. Lo peor de todo son los trayectos en autobús, primero al Lago de Mosa, a algún pueblo cercano a ver alguna Stavkirke, que no sabe exactamente qué es, pero que suena muy exótico. Más tarde a Lillehamer, que fue sede de los Juegos Olímpicos no preguntó en qué año. Se supone que al llegar a Geiranger se podrá contratar un viaje en helicóptero, indudable que a cambio de una fortuna. Lo llaman opcional. Claro, para el que tenga opciones. 

Espera que no les despierten demasiado pronto por las mañanas. Una cosa es viajar y otra matarse. Más pueblos perdidos en las montañas, más valles incomparables, cómo lo está deseando, toda esa paz y ese frío despejando su cabeza a través de las fosas nasales. Una de las excursiones que le hace más ilusión es el ascenso hasta la misma pared del glaciar Briksdal. Dicen que junto a un glaciar se da el frío más seco que existe, porque toda la humedad la absorbe ese río monstruoso como haría una esponja gigante y helada. Y bueno, otro tema que está por ver, acercarse al glaciar… Eso le han dicho los de la agencia: ya se verá si lo ven de bien lejos y va que se mata. Por último, ese mismo día, también hay un crucero por el Sognefjord, que vaya nombrecito ostentoso, el fiordo de los sueños, menuda cursilería. 

Después pone el contrato que les llevarán a Bergen, donde piensa pasar olímpicamente, como en Lillehamer, de todo el circuito y gastarse los pocos cuartos que le queden en visitar la casa de Grieg, que le han dicho los de la agencia que es como un museo o algo así, donde piensa encontrar tal vez a la anciana Solveig esperando y cantando su canción.  

Al día siguiente saldrán hacia Halhjem, usarán varios ferrys para cruzar otros tantos fiordos. También se supone que pasarán por túneles submarinos, pero él no puede ni imaginarse cómo serán. Y ya llegarán al final de su visita a Noruega, concretamente en la ciudad de Stavanger, donde está recomendado visitar su barrio de casas de madera y algo de un púlpito o no sabe qué, que en principio no le interesa. 


El día 29, a las 7:42 de la mañana, en el instante en que el avión directo a Oslo está despegando de Manises, Pedro Giménez está en el más profundo de los sueños. Le ha fallado el despertador por segunda o tercera vez en su vida. Pocas veces le falló para ir al trabajo. Cuando despertó y descubrió que eran las ocho y pico, se sintió presa de una de esas injusticias terribles que piensas jamás les ocurren a tus jefes o a tus enemigos. Desayunó ensimismado, se vistió mirándose absorto en el espejo y salió a la calle.

Le han dicho los de la agencia que sólo le devuelven el 15% del montante total del producto. No leyó esa parte de la letra pequeña. El agujero en su bolsillo es tan terrible como la propia injusticia. Pero lo peor de haberse perdido el viaje de su vida no es dejar de ver los fiordos, los glaciares, las sedes olímpicas, los premios Nobel. Lo más jodido de perderse el viaje tampoco es siquiera no haber ido a ver a su amigo Munch o no poder conocer el Stavkirke ese, que no sabe lo que es. Lo que más le duele a Pedro Giménez, y todavía no comprende los motivos, es faltar a su cita con Solveig, tantos años postergada, y no poder escuchar su canción, la canción más dulce, esa que lleva ensayando tantos años, toda una vida, convencida de que su amado, el más apuesto de los jóvenes, volverá a la aldea que le vio nacer. 


concursoderelatos
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  • 23 de Marzo de 2010 a las 15:09

Viajar con el tiempo.

La primera vez que pisé aquella calle estaba cubierta de hierba, no era ni una calle. Sus límites, salvajes, crecían de arbustos apenas tupidos y de cardos secos. Esqueletos de cardos de temporadas anteriores, entre los que a veces se oía algún ruido animal. Las acacias, con su escasa sombra, sus troncos ahuecados y sus espinas, se inclinaban hacia fuera aparentando caerse sobre las cunetas. Cada ciertos metros un poste, con unas rayas de pintura roja y blanca pintada a mano, indicaba la distancia entre quién sabe que dos lejanos puntos en ese momento completamente desconocidos para mi.

Había una casa de indiano aproximadamente a la mitad de la calle. Junto a su puerta, unos cuantos adoquines  delimitaban el camino de grava que llevaba hasta la escalera de entrada. Alta, de ventanas alargadas y puertas blancas, destacando con su color sobre los campos resecos que la rodeaban, dormía el sueño de las chicharras aquella tarde de verano.

Al final de la calle, antes de la curva del convento de Santa Isabel, servía de asiento para el reposo de los caminantes una fuente sin agua. Tenía labrado por encima del caño un escudo casi borrado en el que apenas se distinguía la forma del pino que fue la riqueza y el alma de la comarca y que en ese momento, por el empuje del llamado progreso, casi había desaparecido.

Me senté en sus piedras pulidas por el agua de tantos inviernos y levanté la vista hacia aquel penúltimo ejemplar de pino resinero que me regalaba su sombra.

Un pájaro negro volaba sólo en el azul brillante. Sus graznidos callaban momentáneamente a los insectos que retomaban sus cantos en pocos segundos. Suspiré, no se veía un alma en el campo a esas horas. El camino aún era largo para mí. Miré mis alpargatas cubiertas de polvo y constaté que pronto tendría que cambiarlas por otras. Aún me quedaban dos pares.
 
Si fuera un poco más tarde pediría cobijo para la noche en el convento. Pero no, aún podía recorrer un buen trecho. Seguro que, dentro de unas horas, en los alrededores de la ciudad encontraría dónde dormir.

No era calle, sólo camino, carretera. A veces el grupo de casas se hacía más denso, se apiñaban unas junto a otras, flanqueando un taller o una casa de comidas, rodeadas por cuatro solitarios pinos de tronco estrecho con cicatrices de la recogida de resina, miera se llamaba.


****

Es verano, un brillante verano que hace buscar un lugar donde reposar en las horas de máximo sol. Él no reposa y continúa caminando por una zona que le parece demasiado verde para la región por la que recorre los caminos. Lleva una mochila pequeña con lo justo, apenas una muda, algo con lo que beber y un par de alpargatas nuevas. También lleva una manta enrollada cogida con unas tiras de cuero al tirante de la mochila, lo que hace que con el movimiento de las piernas le produzca una sensación de caminar junto a alguien que, de cuando en cuando, le roza la cadera. Caminar estos meses le ha dado la habilidad para determinar en cada momento qué es lo que necesita, o puede llegar a necesitar, y qué es lo que no.
 
 A veces le sobrepasa un automóvil,  un jinete levantando polvo o algún carro tirado por bueyes al que invariablemente adelanta de nuevo en cuanto hay un pequeño repecho en el camino.
 
Hoy ha cambiado de alpargatas, ya son seis pares por lo que calcula que debe estar cerca. Los cálculos le han salido bien, llegar en agosto era el objetivo.
 
El camino serpentea a lo largo de un río que, dada la época, más que río es pedregal. Sólo una poza de vez en cuando sirve para dar de beber al ganado y para la diversión inocente de los niños de los alrededores. Viene a su mente el río de los abuelos, siempre con agua; siempre sombra fresca que invitaba a descansar; siempre con la voz de la abuela en el anochecer llamándoles casi a mitad de camino entre la casa y el molino; ella siempre temiendo encontrar un ahogado o con suerte una pierna rota y, siempre, al adelantarla a galope tendido los niños, por el camino de la cena, los mismos reproches. ¿Acaso ella no fue nunca una niña despreocupada? No, al caminante el tiempo le enseñó que la abuela y, como ella ninguna niña de su época, nunca fue niña ni creció despreocupada.
 
A lo lejos, nada más salir de una curva, aparece un pueblo. Más que un pueblo es otro grupo de casas que parece ser la avanzadilla de una villa con aires de gran ciudad pero con realidad de pueblecito pintoresco y aburrido. Aburrido como tantos otros que ha atravesado en los últimos días. Todos parecidos, con las mismas gentes hospitalarias y honradas pero tristemente aburridas porque nunca son las gentes que busca. Piensa que es demasiado pronto para hacer noche y que tiene que preguntar cómo se llama el siguiente pueblo - técnica que utiliza desde que llegó a la región porque le hace más cortas las jornadas, así espera encontrar un día, con una jornada de adelanto, la referencia de aquel lugar que busca-.
 
Al día siguiente, al amanecer, el mismo cielo rosa que ha visto tantas jornadas. La noche anterior, en un pueblo largo, tan largo como el camino que lo atraviesa, alguien le dijo antes de irse a dormir que la provincia es ya la que busca, y que el siguiente será la cabeza de partido que esperaba haber encontrado unos días más tarde. Está llegando antes de lo que imaginaba.

De un modo poco adecuado para alguien que tiene mucho camino por delante hunde sus alpargatas en el polvo con fuerza, con la vida recuperada, con las ganas de llegar que hasta ahora no sentía. El río es el mismo río pero ahora ya no es de piedra, el murmullo del agua le acompaña. A cada curva un contener la respiración y un suspiro hasta que se hace visible la torre del campanario de la Iglesia. Aún no es mediodía, si camina con alegría llegará antes de la noche.
 
Nuevas preguntas. La casa que busca está tomando el segundo desvío a la derecha, siguiendo el camino principal, la tercera casa a la derecha después del edificio de correos -que por otro lado sólo se distingue de los demás en que tiene, en una de las hojas de la puerta, un buzón y, sobre éste, una pequeña bandera-.
 
Ahora sus pasos se van acortando. Ya no está seguro de que la loca idea que tuvo hace meses, de que sería bien recibido, fuera tan buena. Pero no se puede demorar, el atardecer parece llegar rápidamente entre las montañas. Así que camina respirando hondo, se enjuaga el sudor con la manga y éste vuelve a brotar casi en el mismo instante. Pasa la casa de correos y escucha unas voces en el patio cercano.
Ya ha llegado. La casa es diferente a las otras, se diría que fue construida para algún propósito oficial, quizá la casa del médico o la verdadera estafeta de correos. Al contrario que las otras no está alineada con el camino sino que se encuentra unos metros alejada. Con una valla de hierro pintada de negro casi cubierta por arbustos trepadores, como en casi todas las demás la vida se escucha, a través del pasillo que la separa de la casa de al lado, en el patio trasero.
 
Con las piernas cansadas, sudoroso, repasándose una y otra vez el pelo casi al cero, se dirige por la sombra hasta las voces del patio. Los niños le ven y salvo el pequeño que se ríe, los dos mayores entran corriendo en la casa por la puerta trasera. Todo ocurre muy despacio. Él sonríe al niño y se queda parado esperando a que el padre salga y le eche a gritos de su patio pero no hay padre, él lo sabe. Sin embargo, aparece una mujer delgada, alta, con el pelo recogido, un vestido ligero blanco sin mangas y descalza que le mira dejando que se le abra la boca mientras con un paño se seca las manos.

***

La siguiente vez que pasé por esa calle ya sí era una calle. Volvía a casa después de mucho tiempo. Los suburbios de la gran ciudad llegaban hasta allí con sus pequeñas industrias y sus farolas que apenas iluminaban la acera. Un semáforo me detuvo justo delante de la casa del indiano. Languidecía de abandono con la pintura saltada y la grava del camino desaparecida bajo los hierbajos de varias temporadas sin quitar. Un poco más allá, donde debería haber una fuente, una especie de parque infantil, para una zona sin niños, dejaba ver la tristeza de unos pocos pinos piñoneros de vivero recién plantados.

Tras la curva del convento de Santa Isabel -erguido orgulloso en su soledad final-, iluminaban la lluviosa tarde de noviembre las bombillas de un restaurante de menús cerrado a cal y canto.

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  • 24 de Marzo de 2010 a las 1:39

LA CAMA

Alberto se tumbó en el lecho cansado y con ganas de desaparecer del mundo que le rodeaba.

    Miró a su izquierda con rabia contenida: su mujer, Maribel, dormía con la excusa que consistía en que a la mañana siguiente debía madrugar mucho para acudir a la churrería en la que trabajaba, la cual estaba abajo, junto al portal de casa.

    Hacía tiempo que no se abrazaban en la cama antes de conciliar el sueño. La última vez que habían hecho el amor había sido hacía más de dos meses. Últimamente ella le subía  churros para desayunar, como para compensar, porque además a él le gustaban mucho. Pero Alberto no podía dejar de pensar en el amigo de toda la vida que Maribel tenía.

    Maribel era bajita y delgada. Era muy guapa: su pelo era castaño suave y tenía una tierna sonrisa que encandilaba como ninguna.

    Alberto, hastiado, se frotó los ojos. Suspirando se echó para atrás el moreno flequillo. Había pasado una mala jornada laboral. El trabajo le aburría a más no poder, casi tanto como sus compañeros y sus tonterías.

    Dio la espalda a Maribel y apagó la luz de la mesita. En la oscuridad estiró las piernas dentro de las sábanas blancas y notó con sus pies como éstas estaban frescas. Sus músculos se destensaron. Cerró los ojos y comenzó a respirar profundamente.

    Al poco, la cama se elevó. Ya no estaba Maribel en ella, sólo Alberto. La cama subió hacia el techo. Lo traspasó como si éste fuera invisible. Como vivían en un ático, enseguida se halló el lecho en el exterior. En éste, curiosamente, era de día. Había un sol radiante, aunque en el cielo azul también había muchas nubes blancas y esponjosas. Hacia ellas ascendía la cama, dando vueltas sobre sí misma, al tiempo que una música celestial llegaba a los oídos de Alberto. Unos seres que no sabía si eran hombres o mujeres daban vueltas alrededor de la cama. Aquellos seres tenían el pelo rizado. Algunos lo tenían rubio y otros castaño.

    La cama inició una marcha veloz con destino a algún lugar. Dejó atrás, a vista de pájaro, edificios, campiñas, ríos, colinas y sierras hasta llegar al pueblo en donde Alberto había nacido. La cama se detuvo en el patio de su antiguo colegio. Allí jugaban al pilla-pilla, con bata, sus amigos de la infancia: Juan, Pedro, María, Sandra, Estíbaliz, Perico… Se unió a ellos. Alegres lo pasaron muy bien hasta que sonó el timbre. Entonces Alberto se despidió de sus antiguos amigos y se subió a la cama.

    Ésta se elevó de nuevo hasta el cielo. Otra vez con una marcha veloz dejó atrás muchos elementos, hasta regresar a la población en la que ahora vivía Alberto. El lecho se detuvo en la puerta de su lugar de trabajo. Alberto entró en la oficina. Allí estaban sus compañeros, pero no eran como habían estado siendo últimamente, sino que eran simpáticos y amables como los primeros meses. En su mesa apenas había informes pendientes que revisar ni cartas de clientes para abrir.

    Luego Alberto salió a la calle y volvió a subir a la cama, la cual inició, una vez más, una veloz marcha, en esta ocasión hasta llegar al mar. Se posó en él y navegó muy rápido por las aguas saladas durante un rato, dejando tras de sí una estela espumosa y blanca. Unos sonrientes, simpáticos y saltarines delfines acompañaron a Alberto y su cama hasta una pequeña isla del Mediterráneo. Se trataba del lugar en el que él y Maribel habían pasado su luna de miel.

    En la orilla de una paradisiaca playa estaba ella, sentada junto a unas palmeras llenas de cocos. Alberto la besó y se abrazaron enamoradísimos. Estuvieron después bañándose en el agua largo rato. Allí el líquido elemento era limpio y cristalino. Salieron del agua. Aún mojados se desnudaron e hicieron el amor con tanta intensidad y placer que les llegaba hasta sus estómagos el conocimiento de todo esto.

    Alberto, sin comerlo ni beberlo, se hallaba solo sobre la cama, estando ésta en el mar, de regreso a casa.

    Pero antes se detuvo en la churrería de Maribel. No supo cómo había llegado ella primero, pero allí estaba, sentada en el regazo de su amigo íntimo de la infancia. Ambos sonreían, pero no se contaban vivencias del pasado. Ni Maribel ni su amigo repararon en la presencia de Alberto, quien les miraba estando junto a ellos, pese a todo. Cada poco se besaban y eso provocaba que sonrieran más.

    Alberto, sin saber qué hacer, volvió a la cama y se encontró con ella en la habitación de casa en menos que canta un gallo.

    Encendió la luz. Notó que se había ensuciado el pijama junto a su sexo. Maribel no estaba. Se levantó y se dirigió a la cocina. Allí su mujer preparaba el desayuno. Se dieron los buenos días y al poco comenzaron a ingerir. Ella acabó antes. Mientras recogía observó que Alberto no había probado los churros.

- ¿Hoy no quieres? –preguntó señalándolos con la cabeza.

    Él la miró por encima del tazón de leche y dijo:

- No, hoy no.

    Y cuando Maribel había regresado a la churrería, pensó que ese día no iría a trabajar. Se fue a la habitación, se metió en la cama y apagó la luz.

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  • 24 de Marzo de 2010 a las 12:56

El paraguas rojo


Evaristo está parado en medio del inmenso aeropuerto, con un paraguas rojo en una mano y una maleta en la otra. A su alrededor la gente pasa en distintas direcciones, las butacas están abarrotadas y la mayoría de las personas ostenta  la misma cara seria que Evaristo. Es la primera vez que sale de su pueblo. Es la primera vez que está en un aeropuerto y le cuesta unos cuantos minutos sobreponerse a las circunstancias. Está solo. Ha dejado a su familia y ahora tiene que coger un vuelo y dejar Lima.
Tímidamente retoma la marcha y como por inercia se dirige hacia el tumulto. Cuando ya entre la gente logra divisar el cartel de la aerolínea y comprobar que coincide el número de vuelo, se une a la fila y aguarda.
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- Mamá ¿El papá está enfadado?
-No, está serio nomás. No te preocupes, Luci, siempre se le pasa después de la cena.
-¿Qué le dijo,Don Sabino, el del banco?
- Se lo han dado.
-¿Entonces tendría que estar contento pues, no te parece?
-Claro que lo está Luci, claro que lo está. No te preocupes tú por eso mi hijita y arregla la mesa.
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En el banco, Don Sabino está sentado detrás de su escritorio, la secretaria abre la puerta y hace pasar a Evaristo, que con el chullo en la mano y la cabeza cabizbaja, espera que la muchacha cierre la puerta y les deje solos.
-Siéntese, Evaristo, arrímese, estoy muy contento de verle otra vez por aquí. Lo estaba esperando.
Evaristo se sienta y sonríe nervioso y luego se arrepiente y baja la cabeza.
-Don Sabino, le estoy en deuda. Créame que no voy a fallarle. Es una oportunidad muy grande para mi familia y le estamos muy agradecidos- dice.
-No se preocupe usted por eso. El aval de la tierra que heredó de su padre y su casa han sido suficiente, no me debe usted a mí nada. Verá que desde allí no será tan difícil pagar el crédito. Como le dije ya por teléfono, el interés es del veinte por ciento. No pude hacer mucho al respecto... como comprenderá dada las circunstancias. Pero con cuatro firmitas en estos papeles, en 24 horas usted tiene la disponibilidad del dinero...Vio, todo se soluciona.
- ¡La vida sabe!.
-¡Ha! Y me olvidaba. Felicitaciones por el nacimiento de su nieta. ¿Cómo está su hija, Luci?
-Bien, Don Sabino, gracias.
Evaristo salió con los papeles y el gorro todavía en la mano y más colorado de lo que había entrado. Ya todo era cuestión de encontrar una de esas compañías en la capital. A medida que lentamente avanzaba , más extraño y confundido se sentía. Antes de volver a casa, pasó por el bar del pueblo y se emborrachó, junto con los demás desempleados de las minas.
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Antonia llegó a la tienda, dentro había  tres mujeres esperando. Saludó y se quedo cerca de la heladera, detrás de la cual atendía Nieves.
-¿Antonia?.
-No te he visto. ¿Cómo estás?
-Bien, nomasita un poco dolorida de los huesos, pero nada a lo que no esté acostumbrada. ¿Y tu Luci, ha tenido ya?
-Si, hace una semana. Ha sido wawa.
-Felicitaciones, dos nietas en tres años tendrán orgullosa a la abuela.
-¿Y tu Sandra?
-Sigue en Argentina, trabajando. Ahora está en una empresa de limpieza y parece que le va muy bien. Le he mandado una foto de sus hijos. ¿Y el papá de la bebé?
-Sigue en la capital.  No encuentra trabajo todavía pero ha venido a ver a la niña y se ha marchado.
-Bueno, Antonia, estoy con las prisas, salúdame a los tuyos.
- Saludame a los tuyos también.
-¿Qué quieres, Antonia? Pregunta Nieves, la dependienta.
-Dame tres kilos de harina, uno de sal y una botella de aceite  - Antonia se queda mirando a Nieves y le dice por lo bajo- y me lo anotas con lo otro, por favor, que mañana se pasa el Evaristo y ya te paga.- Y mientras Nieves va a buscar las cosas, Antonia, muy seria mira los precios en la nevera intentando que no se le note la pena.
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Evaristo se acerca nervioso al mostrador y estira la maleta hasta la cinta, como ha visto hacer a los otros pasajeros. Luego extiende los papeles y se queda mirando tímidamente a la señorita que chequea los datos.
- Buenas noches ¿Viaja a Madrid?
-Sí. Y a Barcelona.
- Tome. Estos papeles no son necesarios aquí, se los pedirán cuando llegue a España.
A Evaristo le tiembla la boca de los nervios, por lo que sonríe. Recoge sus papeles para la inmigración pidiendo disculpas y vuelve a meterlos en la carpeta. La chica pega unas pegatinas en la maleta y luego en el billete y se los devuelve con el pasaporte.
-Ahora tiene que dirigirse a la puerta de embarque. Acceso “C”. En dos horas sale su vuelo. Que tenga buen viaje.
Evaristo se sienta en el patio de butacas  y espera una hora antes de entrar a embarques. En todo ese tiempo no deja de pensar en Luci, la recuerda diciendo gracias, llorando. Y también recuerda a su madre. Ella es la que ha insistido en que traiga el paraguas “que todo señor respetable anda con paraguas”, dijo. Ahora él tiene ese palo, el pequeño bolso con la vianda y un poco de ropa de abrigo entre las piernas y no sabe bien qué tiene que hacer después. La angustia aumenta a medida que el tiempo pasa. Se siente solo.
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-Papá, quiero hablar con usted.
-¿Qué quieres, Luci?.
-Que he estado pensando y me parece mejor que lo haga yo. Tu ya tienes suficientes años trabajados en la mina y yo todavía soy joven.
-Tienes diecisiete años, dos niñas y un marido. Y ayudas en el campo a tu mamá. Es suficiente. No quiero que tus hijas se críen con los abuelos como todos en el pueblo.
-Pero sólo los dejaría por un tiempo, hasta que  pudiera mandar a buscarlos. Soy mujer y es más fácil para nosotras.
-No, mi hijita. Mientras pueda seré yo quien siga trabajando. Verás como todo saldrá bien.
-Pero la mamá...
-La mamá piensa lo mismo.
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Evaristo sube nervioso al avión. Cuando encuentra dificultosamente el número de asiento, después de haberle preguntado a la azafata y entorpecido el paso,  una muchacha con un bebé se levanta para dejarlo pasar. Evaristo agradece y tan pronto como se encuentra sentado, acomoda el paraguas debajo del asiento. Es el único que lleva paraguas, se ha dado cuenta. El traje que le han prestado le va un poco justo, por lo que tiene que quitárselo torpemente y hace llorar al bebé que está a su lado. Pide disculpas.
El vuelo transcurre durante toda la noche. Evaristo no puede dormir y no quiere molestar a su vecina, que duerme con el bebé. Tiene muchísimas ganas de orinar. Pero se aguanta. El avión le resulta tan extraño. La gente ya duerme, está oscuro y de vez en cuando se sacude. El silbido constante lo hace sentir en un misil. No se lo había imaginado así. Sólo el llanto esporádico de algún bebé rompe de vez en cuando el silbido. Su cuerpo poco a poco se entumece. Sus oídos se apunan. No deja de pensar en la cara de ilusión de su  mujer, abrazada a su madre, con las niñas diciéndole adiós en el portal. Después de tanto tiempo sintiéndose una carga. Él es ahora la esperanza.
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Cuando se despierta están sirviendo el desayuno. Ponen una bandeja con comida delante suyo porque alguien ya ha abierto su mesa individual. Evaristo está confundido y por falta de opciones abre el envoltorio plástico. Come. El avión está muy cerca del destino. Las azafatas alcanzan a recoger los desperdicios y los impresos para inmigración, justo cuando dan la voz de aterrizaje.
Evaristo cierra los ojos y sólo los abre cuando hay que bajar. Respira lentamente, intentando disimular los nervios. Tiene que estar y parecer calmado. Recoge el paraguas y el bolso de debajo del asiento y comienza a empujar a la mujer que está con el bebé. Sabe que los que bajan primero tienen más opciones.
Sigue el grupo que va enfrente y cuando se detienen, unos detrás de otros, Evaristo también.
Pasan. Todos pasan lentamente y por detrás ya la fila es larga. El corazón le late con fuerza. Le toca el turno de adelantarse hasta la cabina. Evaristo tiene colgado de su brazo el paraguas.

-Buenos días,  pasaporte, por favor.- dice el oficial de forma impersonal.
-Sí...Buenos días. Aquí tiene...señor.- responde con voz queda Evaristo, mientras revuelve en la carpeta.
-¿Dónde se dirige?
-...A Barcelona.
-¿Por cuanto tiempo?
- ...Quince días. De vacaciones.
-¿Tiene familiares?
- ...Un amigo
-¿Carta de invitación?
-...Sí... Aquí tiene.
El oficial del aeropuerto registra los datos en el ordenador. Mira la cara del sujeto y vuelve a mirar el pasaporte. Evaristo siente que las piernas se le aflojan y tiene muchísimas ganas de orinar. El oficial lee la carta  y le pide que le diga cuanto dinero en efectivo trae. Otro oficial se acerca a la cabina. Evaristo saca la billetera de la chaqueta y la abre.
-Tengo quinientos euros aquí y en la tarjeta visa...dice con voz apenas audible
-Acompáñeme por favor. Vamos a hacerle unas preguntas- dice el otro oficial al tiempo que se acerca intimidatoriamente.
Evaristo no reacciona. Mira al oficial dentro de la cabina y luego a la otra persona y luego asiente lentamente con la cabeza. Recién entonces mete dentro de la carpeta los papeles y recoge el bolso. Pero olvida el paraguas.

En la oficina las respuestas no son suficientes. Ni los papeles. Ni el dinero. Ni la reserva de hotel. Regresará a su país en el próximo vuelo con plazas libres, lo cual podrá tardar hasta cuatro o cinco días. No lo dejan pasar a España. A la espera de la repatriación, quedará privado de la libertad en el aeropuerto. Cuando lo dicen. Cuando Evaristo lo escucha. No puede retener más y el pis comienza a salir entre sus piernas a la vez que una vergüenza enorme se apodera de él.
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concursoderelatos
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  • 25 de Marzo de 2010 a las 1:06

EL VIAJE DEFINITIVO


Aquella mañana de domingo me despertó el zumbar de la aspiradora, por lo que deduje que mi padre se debía de haber levantado nervioso. Los días importantes en la vida no vienen precedidos de trompetas angelicales. No me di ninguna prisa por salir de la cama, quería conservar la sensación de haber soñado con mi abuelo Genaro: yo subía por una escalera enorme, y él permanecía quieto, tan pequeño, abajo, gritando, sonriendo. No conseguía evocar más que esa imagen. Miré por la ventana, los tejados, el cielo... Recordé a mi abuelo contándome que fue la abuela Carmela quien le enseñó a sonreír, “Imagina lo triste que era mi vida hasta que la conocí.”
Cuando abrí la puerta de mi habitación, mi padre gritó “¡Buenos días, primogénita! ¡Ya era hora!” sin dejar de limpiar las alfombras. Yo le lancé un beso sin dejar de caminar.
Mientras me lavaba los dientes aquel sueño terminó de evaporarse en mi mente. Entonces mi madre entró en el cuarto de baño y nos dimos un abrazo. Luego me dijo que estaba desayunando con Juan en la cocina, que había tostadas y té.
-Vale, mamá. En un minutito voy. Y dile al pequeñajo que no se ponga toda la mermelada de fresa o se va a enterar.


Encendí el móvil. Enseguida llegó un mensaje: mi abuelo Genaro me había llamado hacía una hora. Marqué su número:
-Buenos días, Rocío.
-Hola, abuelo. Sabes, he soñado contigo, pero se me ha olvidado qué pasaba...
-¿De verdad? No me vas a creer pero yo también he soñado contigo esta noche, ¡y tampoco me acuerdo de nada!
-Sí te creo, abuelo..., sabes, con papá me ha pasado ya otras veces... Bueno, ¿qué querías, por qué me llamaste tan pronto?
-Rocío, necesito que vengas a casa, ¿puedes venir?
-Claro, abuelo, ahora se lo digo a mamá y luego salgo. Estaré ahí en media hora. Un beso.


Siempre iba en bicicleta hasta la pequeña finca de mi abuelo Genaro, debía recorrer unos cinco kilómetros. Me encantaba el camino, conocía cada árbol, cada desperfecto en el asfalto. Cuando la carretera empezaba a subir, sabía que detrás el pueblo iba quedando oculto, sabía que se empezaba a ver el mar. Esos cinco kilómetros eran de alguna manera parte fundamental en mi vida.
Hacía casi un mes que no visitaba a mi abuelo. Normalmente iba una o dos veces por semana pero había tenido unos exámenes en el instituto, además llovió a menudo; de todas formas, nos habíamos visto bastante todos esos días: últimamente venía con frecuencia a nuestra casa, y no paraba de hablar, sobre todo con mamá. Alguna vez vi que a madre se le saltaban las lágrimas; yo no acababa de comprender bien por qué, y ella tampoco (se lo pregunté después)..., lo que contaba el abuelo no era nada nuevo, eran sus recuerdos de siempre: de la abuela Carmela, de sus viajes, de mamá cuando era niña, de papá y mamá cuando se conocieron, de mi nacimiento, del nacimiento de Juan...


En cuanto bajé de la bici, sentí una molesta extrañeza. Luego (mientras abría la verja de afuera) fue evidente que faltaba Lucho, el galgo de mi abuelo, ¿por qué no estaba ladrando de contento al verme? Mi abuelo seguía sentado en su mecedora, mirándome, tranquilo. Avancé con pasos cortos, mis ojos buscaban ahora a Amanda, la gata que apareció al poco de morir mi abuela, hacía dos años, pues solía observarme desde la ventana de la cocina mientras se lamía las patas delanteras..., ni rastro; además había un silencio inusual, podía oír la vieja radio que sonaba incansablemente en la cocina de mi abuelo.


-Abuelo, ¿qué pasa?... ¿Y las gallinas? ¿Y Alfredo? -en ese instante me di cuenta de que no había visto al gallo Alfredo con su séquito; ni tampoco a los gansos...
-No están, Rocío, ninguno, he regalado a todos mis animales, ahora están con viejos amigos a los que darán compañía y que los sabrán cuidar.
-¿También has regalado a Petiso? -dije con cierto enfado, él sabía que me encantaba ese caballo.
-Lo siento, sabía que no te iba a gustar, pero...
-¡Pero, abuelo, tú sabes que...!
-Ay, Rocío, tengo tantas cosas que contarte... Por Petiso no te preocupes, estará muy bien cuidado, puedes ir a verlo cuando quieras a la casa de Tomás, ¿te acuerdas de Tomás?
-Creo que sí, ¿es calvo y vive cerca?
-Sí, ése es Tomás... Ya le he dicho que Petiso es tuyo, si algún día crees que lo puedes cuidar no tienes más que pedírselo.
-¿Pero qué ha pasado, abuelo, es que quieres estar solo? ¿Te molestaban los animales?
-Estoy muy viejo para cuidar de tanto animal, estoy muy viejo para todo... ¿Recuerdas lo que decía siempre la abuela?
-Sí, me lo hizo repetir miles de veces: La vida es un viaje... Ah..., ya sé, te vas de viaje...
-Eso mismo. Pero a ningún lugar...
-¿Por qué me hablas hoy con tanto misterio? Abuelo..., ¿qué pasa?
-Me he cansado de esperar el final del viaje, aunque..., no es que esté cansado..., es mucho más que cansancio... -entramos dentro de la casa, mi abuelo se sentó en el sillón- ¿Quieres que sea más claro, verdad?
-Sí.
-Lo seré si me das tu palabra de que me escucharás hasta el final sin interrumpirme.
-De acuerdo.
-Rocío, ¿recuerdas lo primero que hice tras la muerte de tu abuela?... Sí, sé que lo recuerdas, tienes la misma memoria de elefante que tenía Carmela... Fui contigo y con Juan al puerto... Pues ese día compré una barquita, a ese pescador que os daba miedo... Luego he ido atando todos los cabos... Dos años... Ahora estoy preparado... La vejez me ha vencido... ¿Cómo te lo explico?... Ha llegado el momento de ir en pos de mi última aventura. ¿Comprendes que te estoy diciendo que no nos vamos a ver más?
-Abuelo... -no pude seguir hablando y rompí a llorar. Él se levantó tan pronto pudo reunir fuerzas y me abrazó. Jamás había llorado así, me vacié por completo; aún entre sus brazos, sintiendo que era nuestro último abrazo, recordé a mi abuela, vi su cara hermosa, me miraba, sonreía... Entonces, levanté la cabeza: El abuelo también sonreía.
-Veo que lo has comprendido... Eres maravillosa... Llevaba muchos días pensando qué hacer, si era mejor desaparecer sin decir nada... -fue a su escritorio y abrió un cajón del que sacó un sobre. Le temblaban las manos- Rocío, quiero que le des esta carta a tus padres, dásela cuando el sol empiece a caer, cuando ésteis los cuatro juntos.
Cogí la carta. La guardé en mi mochila y salí de la casa de mi abuelo Genaro. Debía ser fuerte, como lo fue mi abuela para morir, como lo estaba siendo mi abuelo, no podía levantar la cabeza y buscar sus ojos de nuevo, pedirle que no lo hiciese aunque sólo fuese con la mirada, imaginé su dolor si aquello ocurría y aguanté las ganas de volverlo a ver.


Me monté en la bicicleta. La suave pendiente hacia abajo me permitía desplazarme sin darle a los pedales. Mi abuelo Genaro había confiado en mí y no le iba a fallar. Me sentí una mujer por primera vez. Sabía que su casa comenzaba a desaparecer detrás de mí. Ni siquiera entonces giré la cabeza. Cada curva me daba fuerzas. Comprendí que mi abuelo hacía lo correcto, ser fiel a sí mismo. Comencé a pedalear. Ya se veía el pueblo.


Cuando llegué a mi casa, mis padres jugaban a las cartas, curiosamente no me preguntaron por el abuelo, quizá porque Juan, en cuanto me vio entrar, tiró el vaso de agua que estaba bebiendo, rompiéndose en varias decenas de pedazos de vidrio. Mientras le regañaban, Juan me guiñó un ojo.


Estuve toda la tarde pendiente del sol. Juan se quedó a mi lado y de vez en cuando me pedía que le contase qué le había dicho el abuelo. Intenté mentirle pero al final le dije toda la verdad. Juan me abrazó como nunca antes me había abrazado. Sentí en su calor cuánto se parecía mi pequeño hermano a mi abuelo. Cuando volví a mirar al sol, éste había iniciado su descenso.


Mi madre cogió la carta y luego, al yo decirle que era del abuelo, fue tal su sorpresa que se le escapó un pequeño grito. Mi padre salió de su despacho y me miraba fijamente, sin saber qué decir. Juan fue quien rompió el hielo: “¡Qué dice, mamá! ¡Léela!”


Por favor, hija, destruye esta carta tras leerla, utiliza tu rabia, hazla añicos, quémala. Recuerda: Jamás existió. Recuerda: Te quiero.
Querida familia:
Realmente de este asunto he estado hablando toda mi vida: La libertad de poder decidir sobre la propia vida. Hasta qué punto ha de llegar. Cuándo se ha de terminar. Siempre he creído que la muerte es bella si tiene sentido, si podemos mirarla de frente y aceptar que nuestro tiempo se ha acabado.
Esta carta no quiere ser hiriente pero comprendo que lo sea. Perdonad que no haya ideado otro método más justo para con vosotros, se me ocurrieron otras soluciones para evitar esta sorpresa, este de repente, pero no quería que todas nuestras últimas conversaciones se llenaran de argumentos en contra o a favor, ni estuviesen plagadas de la palabra muerte. Me he despedido de cada uno de vosotros como siempre he deseado, con conversaciones llenas de vida, con abrazos sinceros, recuerdo sobre todo tus abrazos, Juan, creo que siempre supiste lo que estaba tramando (“te echaré de menos, abuelo”).
Emprendo el viaje definitivo, por propia decisión, con plena consciencia. Mi vida llegará hasta el final de esta carta, pues mi vida ahora está aquí, en tu voz, hija, que ojalá sea clara y firme, ahora y siempre. Os aseguro que ahora, por fin, soy un hombre feliz pues cumplo con mi destino. No puedo pedir más. Sentado en la popa de mi barquita Carmela, disfrutando del vaivén de las olas, con los pulmones llenos de recuerdos, con vuestras sonrisas siempre en mis ojos. Y este sol maravilloso. Os quiero. Es el lugar preciso. Es el momento preciso... Aquí. Ahora... Fin.

concursoderelatos
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  • 25 de Marzo de 2010 a las 8:24

Lejos de casa.

El monovolumen se desliza veloz por la autopista. Mariana observa distraída las fugaces sombras verdes de los árboles que se deslizan veloces ante su ventanilla. El sonido incesante de la pequeña consola de videojuegos de su nieto, sentado a su lado, se ha instalado entre ellos como un viajero charlatán que no deja hablar a nadie, acompañado por el golpeteo de sus dedos sobre los botones y de algunos comentarios esporádicos (“¡Mira, yaya, he matado al enemigo de la tercera fase!”). Mariana se gira para sonreírle y éste le brinda una fugaz mirada antes de concentrarse de nuevo en la conquista del espacio. La madre del niño, su hija, se gira y le dedica una sonrisa nerviosa al pequeño. Mariana vuelve a concentrarse en el paisaje que fluye ante sus ojos, perdida en pensamientos de otra vida.

 

El destartalado autobús traqueteaba por la vieja y gastada carretera mientras la huella del sol empezaba a romper el horizonte. Los pasajeros se bamboleaban en sus asientos, cabeceando, inclinados los unos en los otros, abrazando los bultos que no habían tenido cabida en el atestado maletero del vehículo. Un chasquido, el conductor redujo la marcha y el motor se quejó, rugió y encaró la cuesta con ruidoso esfuerzo. Una muchacha, apenas una mujer, observaba el paisaje que dejaban atrás perezosamente, sin ver los árboles, los campos ni las incipientes agrupaciones de casas dormidas que se arremolinaban desordenadas, de vez en cuando, a los lados de la nacional. Sobre su falda, una niña pequeña, de apenas dos años, dormitaba con la cabeza apoyada sobre su pecho. Se removió, la madre le acarició el cabello desordenado, le besó la frente y la abrazó un poco más. La niña suspiró y volvió a quedarse inmóvil. La mujer cayó de nuevo en la contemplación de la nada desconocida sabiendo que cada segundo la alejaba unos metros más de su hogar.


El monovolumen abandona la autopista, entra en una carretera secundaria y, tras unos minutos, toma un desvío y, después de atravesar un muro, encara un camino recto de grava. Unos quinientos metros al final de la senda, se alza un edificio grande e imponente, una casona llena de amplios ventanales y un pórtico de gruesas columnas. El vehículo rodea el estanque circular que hay a la entrada y se detiene. Una mujer, impecablemente vestida, sale del edificio y avanza hacia ellos con una amplia sonrisa en sus labios. La hija de Mariana y su marido se bajan del coche y salen a su encuentro. Saludos, un par de frases entre sonrisas y, a la señal de la mujer, dos hombres vestidos de blanco salen del edificio y se dirigen hacia ellos.

- Ya verás como te gusta –le dice, nerviosa, la hija de Mariana a su madre. Ésta le dirige una fija mirada que la otra no se ve capaz de sostener. Los enfermeros la sacan del coche con firmeza y sin vacilaciones y la depositan suavemente en una silla de ruedas.

- Bienvenida, señora Mariana –le dice la mujer de la entrada, con ese amigable tono profesional que Mariana sabe que es parte de su uniforme de trabajo, mientras le tiende una mano que se queda colgada en el aire.

 

- ¿Así que vas a Barcelona? –musitó su acompañante.

- Sí, señora –respondió la muchacha.

- ¿Y cómo es que viajáis solas?

- Mi marido lleva allí un mes, le salió un trabajo y tuvo que irse para no perderlo.

- ¡Ay, el trabajo! En casa no lo tienes y fuera tienes que salir corriendo en cuanto te llamen. ¡"Cucha"! ¡Y encima, agradecida!

- Es que allí, en el campo, no hay nada.

- Dímelo a mí, que mis tres hijos los tengo todos en Cataluña desde hace más de un año. Desde entonces que no los veo. Pero mi marido no quiere irse, dice que dónde va él, a la ciudad. Y tiene razón, ellos tampoco su hubiesen ido, pero… ¡chica, no hay más remedio!

La niña se desperezó y bostezó ostensiblemente.

- ¿Ya te has despertado? –Dijo la mujer.- ¡Qué bonita que es! ¿Cómo te llamas?

- Dile: "Maite" –dijo la madre, mientras la niña, frotándose los ojos, observaba a aquella extraña que le sonreía.

- Y vas a ver al papa, ¿a que sí?

La niña asintió, somnolienta, ante la arrobada mirada de su madre.

 

Un enfermero empuja la silla de ruedas por el silencioso pasillo, flanqueada por la hija de Mariana. Atrás, en la entrada, han quedado su yerno y su nieto: el primero apenas se ha despedido, esquivando la atenta mirada de su suegra; el segundo, le ha enseñado la puntuación de su partida y le ha dado un beso despistado (“por lo menos, éste ha venido”).

El reducido grupo se ha detenido ante una puerta, habitación 102. Mariana contempla otra puerta similar, contigua a la suya, flanqueada por un marco de plástico pegado a la pared con una foto y un nombre debajo. Advierte que el de su puerta aún está vacío. “Por poco tiempo”, piensa.

Entran. Hay una sencilla cama como las de los hospitales, un armario grande empotrado en la pared, una mesita de noche, algunas estanterías desnudas y un intenso olor dulzón, como a fruta pasada. El enfermero descorre las cortinas y la luz de media mañana entra por la ventana. Mariana observa, inmóvil, el jardín casi desierto. Oye a su hija detrás, abriendo la maleta y colocando la ropa. “Cogerá olor a viejo”, piensa.

 

Después de casi treinta horas de viaje, en lo que le pareció otra vida, la muchacha se bajó del autobús y, cargando con la voluminosa maleta y la niña en brazos, buscó a quien preguntar la dirección que llevaba escrita en un papel.

Tras un largo y descorazonador paseo, la joven, arrastrando los pies por las áridas calles, llegó dónde las indicaciones que le habían dado la condujeron. Dejó caer la maleta al suelo y se abrazó instintivamente a su hija, deseando con todas sus fuerzas haberse equivocado. El sol de la mañana mostraba unos grises y bastos edificios de hormigón, que se desperezaban como gigantes torpes, esparcidos entre las enfangadas calles, cerca de una escarpada ladera, como si estuviesen a punto de echarse a rodar por ella. Unas estrechas aceras los rodeaban, apenas visibles bajo el barro acumulado. Aquí y allá, montones de basura abandonada salpicaban el paisaje. Algunas mujeres, trajinaban los cubos llenos del agua que brotaba de una gruesa tubería clavada en un muro. Sus miradas eran suspicaces, atentas, escrutadoras.

La joven dudó un segundo, indecisa entre avanzar o salir corriendo. Finalmente, suspirando, cogió la maleta del suelo y buscó el edificio que habría de ser su casa.

 

Mariana nota la presencia inmóvil y dubitativa de su hija a sus espaldas.

- Ya lo tienes todo preparado – se decide a decirle.- ¿Necesitas algo más?

“Necesito que me saques de aquí, necesito irme a mi casa” piensa Mariana.

Tras unos segundos de testarudo e incómodo silencio, la hija de Mariana, Maite, avanza y se pone al lado de su madre, agachada.

- Mamá, ya lo hemos hablado… Yo… yo ya no puedo con todo –balbucea.

Mariana la mira fijamente. Maite sostiene apenas un segundo aquellos ojos. En los suyos asoman lágrimas. La anciana desvía impertérrita su mirada hacia la ventana.

Maite suspira.

- Vendré a verte mañana. –Dice, con la voz rota. Deposita un beso en su mejilla y se marcha.

 

La pequeña Maite se había derrumbado en la cama, donde se quedó dormida. Mariana, sentada a su lado, estudió la pequeña habitación donde apenas cabía la estrecha cama y un destartalado armario. Dentro había un par de prendas limpias de su marido, al que no había visto todavía y que no llegaría de trabajar hasta la noche. La luz entraba miserablemente por un ventanuco abierto en la pared desnuda. Una bombilla colgaba de un cable retorcido.

El deseo de salir corriendo era tan grande que Mariana se tumbó en la cama, al lado de su hija, aferrándose a ella. Una angustia asfixiante le robaba el aire, le oprimía el estómago. Evocó su casa, la que acababa de dejar, a sus padres, su familia, los campos, el aire limpio. Quiso culpar a su marido pero se lo imaginó solo durante un mes en aquella celda de lavabo compartido y cocina a medias y no pudo. Luchó por las lágrimas que pugnaban por salir y se tragó aquella inmensa y amarga bola que le ardía en la garganta.

Se irguió, se frotó las mejillas mojadas y, tras una corta vacilación, se levantó de la cama y empezó a deshacer la maleta.

 

Mariana oye la puerta cerrarse quedamente y gira apenas la cabeza. Suspira y vuelve a contemplar la luz que entra por la ventana, el jardín, el cielo, tan diferente del suyo. Hace tiempo, cuando llegó a esta tierra que sigue siendo extraña, en una viaje que nunca ha podido olvidar donde una parte de ella se marchitó, se hizo la promesa de no volver a llorar. Ahora, encerrada de nuevo en una celda, no está segura de tener fuerzas suficientes para mantenerla.

carlosaribau
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  • 25 de Marzo de 2010 a las 11:21
Buenos días,

estoy recopilando las autorías y supongo que se me ha olvidado una. No sé de quien es "La canción de Solveig" y seguro que es culpa mía, que no sé que he hecho con el mensaje. ¿Podría el autor confirmar por mensaje privado su autoría?

Muchas gracias

ps: por problemas con AENA, Iberia y mi empresa, me va a ser imposible estar ante un ordenador hasta pasada la media noche. ¿Os parece bien que habramos las votaciones mañana a primera hora de la mañana? ¿Alguien se ofrece voluntario para abrirlas esta noche? Yo lo siento, pero estaré sobrevolando la península a esas horas.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 25 de Marzo de 2010 a las 21:48

EL LOBO


Miró al espejo y un rostro adusto y quemado por el sol le devolvió una mirada triste y cansada. A penas se reconoció bajo aquel mar de profundas arrugas que marcaban su piel envejecida y tostada. Con ironía pensó que quizá, cada vez que sus brazos empujaban el arado y horadaban inclementes la tierra virgen para plantar la cosecha, había ido cincelando sobre su propia imagen aquellos mismos surcos de vejez y cansancio

Suspirando, regresó al salón de su casa, donde le esperaba una mochila cuidadosamente preparada para un viaje que llevaba ya demasiado tiempo posponiendo. Se acercó a una repisa y recogió con cuidado exquisito un pequeño marco. La imagen mostraba a una mujer sonriente y una niña, que no parecía muy cómoda frente a la cámara que la había inmortalizado. Lo levantó, como tantas otras veces había hecho, y lo besó con ternura susurrando, “Pronto”, mientras guardaba el cuadro en un bolsillo de la mochila.

Miró por última vez a su alrededor, antes de que una fuerte tos sacudiese su pecho. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se tapó la boca, intentando contener su aliento desbocado. Cuando el ataque cesó, observó como la inmaculada tela blanca se había perlado de gotas bermellón. Al ver la sangre sobre el tejido, no pudo evitar que su mente volviese una vez más a aquella terrible noche.

Hacía más de quince años, pero aún recordaba con una claridad la felicidad que en aquella época embargaba su vida. Había conocido a su mujer cuando ya pensaba que nunca tendría pareja. Siempre había sido serio y poco sociable, por eso, cuando aquella mujer, joven y risueña, empezó a  coquetear con él, pensó que quizá intentaba tomarle el pelo. Pero resultó ser la mujer más encantadora del mundo y, a pesar de que siempre pensó que era demasiado joven para él, sólo unos meses después estaba casado con ella y disfrutaba de una vida que nunca creyó que le correspondiese.

Pero el destino aún le guardaba una sorpresa mayor. Dos años después de la boda, su mujer se quedó embarazada y dio a luz a la criatura más maravillosa de la creación: una niña preciosa de ojos azules como el cielo. Para él fue como si el mismo Dios hubiese decidido bendecirle con unos dones y prebendas que nunca creyó merecer. Fueron años de gran felicidad, en los que, el duro trabajo en la granja, la siega o el cuidado del ganado, parecía sólo un frugal y llevadero esfuerzo para sacar adelante a su familia.
 
Pero fue al cumplir su hija los diez años, cuando cometió el peor error de su vida. Aprovechando un verano espléndido, decidió que su mujer y su hija podían acompañarle a llevar el ganado al Valle de la Hoz; un lugar apartado, pero de frondosidad espectacular, al que solía llevar el rebaño de ovejas para que pastasen. Aunque siempre iba sólo, ya que era necesario pasar la noche en el valle, en aquella ocasión pensó que su hija ya era lo suficientemente mayor para ir y que, además, podía ser un buen momento para pasar una noche todos juntos en plena naturaleza, cosa que ella llevaba mucho tiempo esperando.

Lamentablemente, se equivocaba. Tras pasar el día disfrutando de la naturaleza, al llegar la noche prepararon la tienda y se acostaron dejando al rebaño al cuidado de los perros. A las pocas horas, un extraño revuelo les despertó; una cacofonía de ladridos y balidos llenaba la noche componiendo una melodía de muerte y caos.

Comprendió inmediatamente que algún animal estaba atacando el rebaño. Se levantó y corrió al exterior, encontrándose con la escena que marcó el resto de su vida. Un grupo de lobos había destrozado el rebaño. Animales muertos o agonizantes llenaban el campo que parecía empapado con su sangre. Pero lo peor no era eso, sino que, en un extremo del terreno, un enorme lobo negro sostenía el cuerpo inerte de su hija, atrapado entre sus fauces. Corrió hacia él animal, aunque ni siquiera llevaba su escopeta, dispuesto a enfrentarse a él con las manos desnudas. El lobo le miró un instante, con sus unos ojos rojos y penetrantes, que ya nunca se le olvidarían, para soltar a continuación el cuerpo sin vida de la niña y abandonar el lugar corriendo.

No hubo nada que pudiera hacer, cuando alcanzó el lugar de la tragedia su hija había muerto desangrada. Aquella bestia la había sujetado por el cuello destrozando la yugular y provocando su muerte en segundos.
Cuando en el pueblo supieron lo ocurrido, se organizaron batidas en busca de la manda de lobos y, aunque se mataron docenas de animales, entre ellos nunca apareció ningún lobo negro.

Su esposa nunca se recuperó. La mujer joven  que había ganado su corazón con su vitalidad y jovialidad, se fue apagando frente a él, poco a poco, como si las ganas de vivir hubiese dejado de animar su espíritu, hasta que una mañana de otoño su vida se fue arrastrada por la brisa como la hoja de un árbol.

La pérdida de su familia podía haber supuesto que también él se dejase llevar por la desesperación y la soledad, pero, en lugar de eso, se volvió duro y solitario, volcándose en el trabajo de la granja con más fuerza e intensidad que nunca. Trabajó de sol a sol de forma incansable y desmesurada para alguien de su edad, buscando en el agotamiento y extenuación una vía de escape a sus sombríos pensamientos. Su cuerpo y mente se endurecieron como el cuero viejo, pero en su espíritu siempre quedó un pensamiento, una idea fija que ahora iba a llevar a cabo; volver, cuando sintiese que su vida llegaba a su fin, al lugar en el que perdió su familia y su verdadera muerte dio comienzo.

Por eso, ni la tos persistente ni su debilitado corazón, que martilleaba en el pecho con insistencia, le hubiesen impedido emprender aquel viaje. Con decisión, levantó la mochila y cruzó al vano de la puerta dirigiéndose al Valle de la Hoz.
El camino  fue más duro  y largo de lo que recordaba. No había vuelto desde aquel terrible día, pero no le costó seguir la misma ruta que entonces hiciese con su familia. Casi le parecía estar oyendo el canturreo incansable de su hija y la voz dulce y alegre de su mujer, aconsejándole parar y comer algo. Cuando por fin alcanzó su destino, las sombras empezaban a apoderarse del valle, ayudadas por la altura de los pinos y acacias de gran edad que poblaban el lugar.
Sacó una linterna e iluminó la hierba casi como si esperase encontrarse aún con la sangre empapando los campos como aquella terrible noche. Después, abrió la mochila y sacó la tienda con cuidado. Consiguió montarla con dificultad, a pesar de que se sentía fatigado y empezaba a faltarle el aliento. Se disponía a acomodarse en su improvisado refugio cuando lo oyó como un largo y profundo aullido rasgaba la noche con insolencia.

Salió de la tienda, temiendo lo que iba a ver y allí estaba. A sólo unos metros de él, un enorme lobo negro le contemplaba con descaro. Su pelo era negro y brillante como una noche cerrada y sus ojos ardían con un fuego rojo y provocador. No podía creerlo, pero en cuanto le vio supo que aquel animal era el mismo que le había arrebatado lo que más quería.
Lo contempló durante un instante, antes de que, dando gracias a Dios por la oportunidad que le daba, se decidiese a correr hacia él. Tenía la oportunidad de acabar con aquella bestia y pensaba hacerlo aunque sólo contase con la fuerza de sus manos. Pensaba que el animal se enfrentaría a él, pero, en lugar de eso, se dio la vuelta y comenzó a correr. Desesperado pensó que se le volvería a escapar como ocurriese entonces. Sin embargo, se dio cuenta de que el lobo avanzaba con inesperada lentitud. Entonces comprendió lo que ocurría; aquel no era el lobo joven y ágil que viese la primera vez, sino un animal viejo, sin manada, en el ocaso de sus días.
 
Animado, intentó aumentar su ritmo a pesar del feroz dolor que empezó a inundar su pecho. La tos volvió y empezó a escupir sangre pero, aún así, siguió corriendo hasta que, tras alcanzar una pequeña loma, el lobo se paró y se giró encarándole. El comportamiento del animal era muy extraño, aunque viejo y cansado debería ser capaz de dejarle huir pero, en lugar de eso, se había parado para enfrentarse a él.
 
Intentando recuperar el aliento, se acercó pausadamente hasta el animal que mostraba sus dientes de forma desafiante como si estuviese acorralado. Sin pensarlo, sacó una pequeña navaja de su bolsillo y se lanzó sobre él. Éste reaccionó rápidamente, intentando alcanzar su cuello, pero se protegió bien y logró alcanzar con su pequeña arma el torso del lobo, que se dobló de dolor. Aprovechando que el animal estaba indefenso volvió a hundir en su cuerpo el acerado metal repetidamente, hasta que los aullidos agónicos de la bestia.

Miró entonces a su alrededor y lo comprendió todo. Frente a él tenía la oportunidad de arrebatar a aquella bestia lo mismo que a él le arrebatase tantos años atrás. Tras él, oculta entre las ramas había una pequeña oquedad y en ella se adivinaba la silueta de una loba que protegía con su cuerpo unos pequeños lobeznos.

Sabía que le faltaba ya poco, pero también que aún tenía la fuerza y desesperación necesaria para conseguirlo. Miró de nuevo la camada del lobo. Eran sólo dos pequeños lobeznos temblorosos, de pocos días, y su pelo aún era poco más que una masa algodonosa grisácea con manchas negras. Entonces se fijó en sus ojos y vio que eran de un hermoso color azul cielo.
Suspirando, dejó caer el pequeño cuchillo empapado de sangre a su lado y se sentó frente a la madriguera. El pecho ya no le dolía y la tos había cesado. Con ironía pensó que quizá su cuerpo fuese al final devorado por aquella loba y sus crías y no le importó. A su lado una niña de ojos azules canturreaba alegre en los brazos de su madre.

Ernie
Ernie
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  • 25 de Marzo de 2010 a las 22:24
Bueno, como son más de las diez y no están ni el Master oficial ni el de prácticas... pues eso. Que ya podéis votar, que ya está el hilo abierto.
Joder, si es que estamos descabezados...

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