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javihero
Mensajes: 482
Fecha de ingreso: 11 de Septiembre de 2009

XXXI Concurso de Usuarios: Relatos sobre LA SOCIEDAD

12 de Abril de 2010 a las 0:31

El tema de esta quincena es La Sociedad. Individuos viviendo en sociedad, no sociedades gastronómicas. En su acepción:

Agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida.

-Relatos de hasta 1700 palabras.

-Entran los recibidos hasta el 23 de abril, jueves, a las 22:00.

-Soy nuevo como MdC, espero que todo esté bien hecho. Mandadme las autorías por privado.

-Gracias y ¡ándale ándale, que participéis todos!

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 12 de Abril de 2010 a las 22:08
USTED

“Vosotros que estáis ahí sentados o paseáis por el patio, eso que veis a vuestro alrededor y sobre vosotros, en el techo, esa locura de colores en movimiento es vuestro cerebro”. Gaseosa de ácido eléctrico. Tom Wolfe.

Usted no lo entiende. He estado atrapada por ese monstruo durante 12 años. Me decía, como a todos los acólitos: Porque la vida puede ser maravillosa y la sociedad que vamos a construir entre todos en este paraíso y bla, bla, bla. Pero al final pudo más su egoísmo que su aparente y frívolo altruismo. Nos mató a todos. Nuestra alma se defenestró por la cloaca de su boca.

Usted, señorita Maldiva, ha conseguido sobrevivir y eso nos ayudará a encontrarle. Ahora, necesito que me cuente los detalles.

Usted piensa que me lo he inventado, que jamás estuve allí, que he olvidado la medicación; cualquier cosa antes que creer la historia que le voy a narrar.

Usted es quien ha venido a contárnosla y comprenderá que estemos sorprendidos. Por ello necesitamos detalles, nombres, fechas; para iniciar la investigación. Queremos ayudarla.

Usted es el policía. Pregunte y le contestaré, pero no me pida que le relate en detalle el calvario de todos estos años.

Usted, como todas las presuntas víctimas, se siente culpable y al mismo tiempo culpa de alguna manera a la sociedad por no haberla protegido. Pero de esa percepción no quiero que hablemos. Vamos a hacer lo imposible por encontrar la verdad, con su testimonio. Cuénteme, por favor, qué ha sucedido desde entonces.

Usted es un hombre. Seguro que también utiliza las artimañas de su género para imponernos a las mujeres un estilo de actuar, unas maneras; nos caracterizan de peligrosas, putas, ponzoñosas, como hacía él. Primero te conquistaba con su reloj de pulsera. «¿Te gusta? Puedo dejártelo.» Luego se metía en tu cama, te hacía el amor como una mantis religiosa, cejando de presionar un poco antes de arrancarte la cabeza.

Usted, ¿puede ser un poco más explícita? Transcribir su declaración con metáforas me va a suponer un buen rapapolvo de mis jefes. Tiene que facilitarme los hechos, con fechas de ser posible.

Usted piensa que confío en cualquiera, pero no es así. Las cosas acontecieron, no se precipitaron. En la oficina habíamos mencionado la posibilidad de vivir de otro modo. Una tarde acordamos que nos reuniríamos cada 15 días para hacer un libro foro. Al principio todo fue bien. Leímos y comentamos sobre los socialistas utópicos: Fourier, Owen, los falansterios; luego retrocedimos en el tiempo: Tomás Moro, Tommaso Campanella, hasta que se nos agotaron las ideas; las ganas en realidad. Un día llegó él. Y el hastío del menú diario dejó paso a la frescura del bufet. Sus ideas eran abalorios para cada uno de nosotros, indios de rutina y descafeinado.

Usted dice que se reunían cada dos semanas. ¿Cuándo ocurrieron los hechos? ¿Quiénes asistieron a las reuniones? ¿Puede elaborarme una lista?

Usted sólo pide información para quedar bien con los gerifaltes, mientras ahí afuera, a poco más de tres horas de vuelo hay personas sometidas a un régimen de desgaste, desaparecidas, ocultadas. Ni siquiera los hijos que han alumbrado las recordarán.

Usted sabe que ayudaremos en todo lo que esté en nues…

[Interrumpiendo]¡USTED NO SABE LO QUE PUEDE HACERNOS! Ha matado, violado, seducido. Ha robado los hijos de aquellas mujeres que se le entregaron con la mansedumbre de los agradecidos. Dispone de soldados, sabios, ancianos, vástagos entrenados para sucederle y matar por él. Es una amenaza. Todos sus esbirros llevan el φρίκη δαχτυλίδι; el anillo del horror.

Usted debe tranquilizarse antes de proseguir con la declaración. Si quiere descansar o comer algo, podemos proseguir tras el breve refrigerio.

Usted no me va a embaucar con una lata de comida deshidratada. He sufrido mucho hasta llegar aquí. Me escapé, ¿sabe usted eso, señor policía? Aproveché que entraron a requisar material pornográfico y drogas y conseguí encaramarme a uno de los vehículos. Llegué a la ciudad y desde allí, vendiendo mi cuerpo, mis conocimientos, mis sonrisas, tomé autobús tras autobús, hasta pasar a Mauritania. El resto, ya lo conocen: el cayuco, salvamento marítimo, la televisión y ahora con usted, confiando mi redención en un hombre, equivocándome. De nuevo.

Usted conoce los procedimientos, es europea. Sabe que sin pruebas sólidas no actuaremos contra nadie.

Usted me condenará sin pruebas, me hará regresar, me subirá a un avión y él me encontrará.

Usted no entiende la situación. Deme los nombres y hablaré con el juez. Seguro que podemos posponer la expulsión.

Usted me va a expulsar. Pero yo nací aquí. Soy de aquí. Tengo derechos.

Usted no tiene documentos; nadie la reclama; nadie la visita; ¿qué espera que hagamos?

Usted desea que yo me condene. Me culpa por lo que me sucedió. Es de los que opinan, claro. Es un hombre. Me está bien empleado, ¿no?

Es usted quien menciona Jebel Akhdar y la comunidad de Gork. La embajada Libia no reconoce la existencia de esa comunidad formada exclusivamente por europeos. No existe constancia de que se realicen envíos económicos a esa región desde banco alguno. Nada de nada. Como solemos decir en las instalaciones de la Academia, CNR /NHC. Caso No Resuelto o No Hay Caso. Sospecho que se trata de lo último.

Usted va a saber, porque yo le contaré. Nos hizo creer en la esperanza, en la felicidad. ¿Conoce el origen de la palabra felicidad? Tiene que ver con fertilidad y con falo, es un invento masculino. Cuando llegamos al valle libio, cambió. Recuperó sus textos, las alegorías; formó un ejército. Regía nuestro destino con La República de Platón en una mano y con fraseología procedente de Gaseosa de Ácido Eléctrico, de Tom Wolfe, en la otra. Se creía un dios. Decía que la justicia sólo es lo que conviene al más fuerte y que una sociedad moderna ha de sacrificar a las minorías para redimir a todos los demás. Controlaba lo que hacíamos, con quién lo hacíamos, incluso lo que pensábamos. 

Usted hace suposiciones que yo debo recoger en un documento. Será una prueba insuficiente.

¿Sabe usted cuántos testimonios son necesarios allí? Uno en el caso de los hombres de su confianza, tres en el caso de las mujeres que le hemos decepcionado.

Usted deme una sola prueba, ayúdenos. De lo contrario, será expulsada sin remisión.

Usted no me entiende. No puede. Es un hombre.

Firme usted la declaración, por favor. Veremos lo que dice el juez.

Miré su mano derecha, con la que me extendía la pluma y supe que no había nada que hacer. Formaba parte de la sociedad. El anillo le delataba. ¿Estaría el juez de su lado?

Ayer me subieron al avión. He vuelto a Libia. Dijo que si huíamos nos mataría. Espero que cumpla sus amenazas. Decía que lo importante era el bien general, no la comodidad de cada uno. No quiero verter más lágrimas por una causa infecta.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Abril de 2010 a las 9:45
                                                                                       CRUNCH, CRASH, CROC….


     El individuo que conduce el SEAT Seiscientos se para en la plazoleta, justo en la confluencia entre una concurrida calle comercial y un pasaje peatonal atestado de público. Las grandes barbas y su aspecto desaliñado le delatan. Sin duda es uno de ellos. Se entretiene un rato enredando en el interior del vehículo y al instante, una música estridente y rota por la estática se abre paso entre el rumor provocado por el gentío expectante.
     Todavía pueden verse los restos de la pasada campaña electoral desparramados por las paredes; en cada esquina, en cada farola, en cada muro abandonado. Desde entonces la cosa había ido de mal en peor.
     Cuando el tipo barbudo comienza a hablar, una marea de banderolas anaranjadas se adueña de la plaza. Son los seguidores del Partido del Tulipán, como es conocido de modo informal por sus miembros, que esperan con ansiedad las nuevas consignas.
    -¡Amigos, amigos! –A través del rudimentario sistema de megafonía apenas si se le entiende.

     -¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?
     -¡Qué le vamos a meter fuego a la ciudad!

     El tío de las barbas tiene que subirse como puede al techo del Seiscientos.
     -¡Amigos, amigos! ¡Nos han tangado! ¡El partido os pide ayuda! ¡Juntos devolveremos al Tulipán al lugar que se merece! –Un rugido de aprobación le acompaña durante un momento.
     -¡Amigos, amigos! ¡Tenemos que hacer algo! Nuestro candidato, el coronel Potter, nos pide que en éste momento trascendental nos unamos para vencer a la demagogia y al populismo de nuestros enemigos.
     Otra vez un gruñido aprobatorio.
     -¡Es verdad! ¡Tenemos que ir a la Casa Municipal! ¡Echemos a los impostores!
     Varias mujeres, situadas en primera línea, arengaban al resto con sus chillidos mientras lloraban a lágrima viva.

                                       ************************


     La polémica que siguió a la última noche electoral no tenía precedentes en la historia de la ciudad. La nueva alcaldesa había sido acusada por varios insignes próceres de la burguesía municipal; según la cúpula del Partido del Tulipán, el escrutinio realizado en varios de los distritos tradicionalmente naranjas había sido vilmente manipulado.
     Nada más proclamarse la victoria del Partido Renacimiento la calle se llenó de protestas y algaradas. El coronel Potter, a pesar de reconocer la derrota en primera instancia, se dejó llevar por los miembros de la jerarquía Tulipán, poco dispuestos a dejarse arrebatar la parcela de poder que con tanto ahínco habían cultivado.
     Varios miembros del poder judicial, colocados a dedo por el partido, no dudaron en poner en cuestión la validez del escrutinio. Era el comienzo de una dura pugna entre ambos contendientes.
     El recurso interpuesto por el Partido Tulipán, ante la Comisión para la limpieza electoral, finalmente no prosperó. El cúmulo de pruebas presentadas ante el tribunal resultaron no ser más que meros indicios; la doctora Dolores de la Hera estaba cada vez más cerca de presidir el consistorio municipal.

                                            *****************************

     La muchedumbre abrió paso al Seiscientos. La música pachanguera y el tachum-tachum sirvieron de acicate para la horda. A lo largo del pasaje peatonal que conducía a la Plaza del Ayuntamiento, varios locales comerciales fueron saqueados por la masa; escaparates rotos y partidarios renacentistas apaleados y vejados sin piedad.

                                             ****************************

     Una semana antes de que los altercados se convirtieran en una revolución en toda regla, la doctora Dolores de la Hera pronunció el juramento de fidelidad a las Normas básicas de Comportamiento del municipio.  La tensión se podía mascar en el ambiente; rechinar de dientes, miradas aviesas. Un sentimiento entre el resquemor y la envidia.
     -…un modelo de Estado nuevo, renacido de las cenizas del edificio antiguo,  de los cimientos carcomidos por la corrupción  del poder omnipresente… -Mientras hablaba, la bancada ocupada por los miembros del Partido Tulipán se retorcía inquieta. Un hormiguero de querellas y malas intenciones se removía bajos sus pies.
     -…dará pie a una sociedad más justa. Ése es mi compromiso, el compromiso del Partido Renacimiento.
     Un viento gélido barrió las escalinatas que daban acceso al pórtico de la Casa Municipal, como si de un mal presagio se tratara.
     La situación empeoró a medida que los días iban pasando. Una facción radical del partido del Tulipán, los barbados, tomó la iniciativa en el duro pulso entre ambos partidos. Ellos dominaban la calle, el panfleto y la provocación. Sus técnicas de sedición empezaron a provocar graves altercados, primero en los barrios periféricos, dónde el Tulipán tenía su granero de votos, después en los barrios más céntricos, dónde la división era más patente.
     Las banderolas naranjas se adueñaron de cada rincón de la ciudad; los más prudentes optaron por guardar un sepulcral silencio ante lo evidente. Una revolución estaba en marcha, un golpe de efecto destinado a torcer el veredicto popular de las urnas.


                                          ************************


     Las fuerzas de orden público se han desplegado alrededor de la Casa Municipal. Muchos de ellos comparten la desilusión de los partidarios del Partido Tulipán. De reojo observan como la horda enardecida se aproxima. No tienen pintan de recular.
     Unas gruesas cortinas ocultan lo que sucede en el interior del despacho consistorial. La doctora De la Hera ha reunido a la mayor parte de su equipo de gobierno.
     -Debemos actuar con mano dura. Si no los disolvemos ahora acabaran por tomar el poder por la fuerza. –Afirmó con rotundidad el Concejal de Seguridad Ciudadana.
     La doctora De la Hera aparta con delicadeza la cortina. Abajo, en la calle, la marabunta vociferante se ha plantado frente al cordón policial. De momento se limitan a provocar  con improperios e insultos, pero no tardaran en pasar a mayores.
     -Si actuamos así les estaremos dando un motivo más para…
     -¡Motivos!, ¡no hay motivos que valgan! Las elecciones han sido limpias, la Comisión…
     -La Comisión no tiene nada que ver. Hablamos de supervivencia, de imponer un modelo de sociedad a otro. El pueblo aún no está preparado; hemos puesto la primera piedra, pero todavía queda por levantar el muro de carga. –Las palabras de la doctora de La Hera suenan a resignación.
     -¿Entonces…? –Es la pregunta que todos los presentes se hacen en silencio. Sólo el Concejal de Seguridad Ciudadana se atreve a levantar la voz.
     -Entonces habrá que negociar si no queremos que haya un baño de sangre. Tenemos que dejar claro que nuestra opción nunca recurrirá a la violencia para aferrarse al poder; ni siquiera a la dialéctica.
     Abajo, en la plaza, el rumbo de los acontecimientos empieza a tomar tintes dramáticos. Varios miembros del cordón policial se han pronunciado a favor de los sediciosos del Partido Tulipán. Los oficiales han sido desarmados y permanecen retenidos junto a varios vehículos policiales. La muchedumbre les increpa y arroja todo tipo de objetos contundentes, sin que nadie haga nada para evitarlo.
     
     -Esto se pone feo. –Uno de los capitanes de la Guardia Municipal acaba de entrar en el despacho consistorial; sin reparar en el grupo le ha hablado a la alcaldesa de forma directa. Sin gesticular, sin aspavientos. Es un hombre bragado, no es la primera vez que se enfrenta a una revuelta popular. Ha sobrevivido a otras y espera hacerlo a ésta también.
     -Mi consejo es que abandone la Casa Municipal, doctora. –Los munícipes aguardan una decisión, una directriz clara.
     -No lo haré. Mi obligación es la dar la cara ante el pueblo. Mis votantes no perdonarán jamás el silencio cómplice. –Con paso decidido se encamina a la balconada abierta a la Plaza; tan sólo unos días antes le habló a sus seguidores desde allí mismo. Los días de gloria habían dado paso a la tragedia.
     -No debe salir, doctora. Están muy soliviantados; la mayor parte de la Guardia Municipal está de su parte, pero ahí abajo la cosa no está tan clara. –La doctora le ha mirado con fijeza, sin decir nada. El silencio habla por ella.

     La presencia de la doctora De La Hera en el balcón de la Casa Municipal levanta una oleada de indignación.
     -¡Fuera, fuera! –Alienta el tío de las barbas usando la megafonía.
     La horda feroz amenaza con precipitarse escalinatas arriba. La puerta principal del edificio no aguantara mucho, los golpes retumban en la planta superior como un eco telúrico.
     -¡Haced algo! ¡Vais a dejar que nos insulte! ¡Es una traidora, una corrupta! –El barbado se dirige a los guardias, apenas unos muchachos que se miran los unos a los otros desconcertados.
     El reflejo metálico apenas se percibe desde el balcón. El tirador está oculto en uno de los tejados próximos; sin duda alguien ha previsto con antelación cual será la actitud de la doctora De la Hera. No se ha equivocado.
    Crunch, crash, croc… el tirador acerroja el fusil de mira telescópica. Ha prescindido del puntero láser para no levantar la perdiz antes de tiempo.
     Nadie ha oído el estampido; en medio de la algarabía que escala las paredes desde la plaza, el disparo ha pasado desapercibido.


                                       *************************


     El funeral y entierro de la doctora de La Hera se celebró con los honores propios de la más alta representación municipal. Los responsables de la revuelta fueron detenidos y procesados por sedición y magnicidio.
     El coronel Potter, máximo dirigente del Partido Tulipán aceptó de buen grado ostentar el cargo de presidente de la Comisión Gestora, en tanto en cuanto se convocaba un nuevo proceso electoral.
     Con gesto solemne encendió la llama del pebetero que ardería por siempre junto al mausoleo de la familia De la Hera. Junto a él, el jefe de la Guardia Municipal permanecía hierático, con la mirada perdida en el mármol vetusto del monumento.

        
     

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Abril de 2010 a las 23:35

IRINA


Me llamo Irina. Vengo Ucrania hace cinco años. Andrei dice para contable pequeña empresa familiar, pero no salgo camión en dos días; gente fuera ordena silencio, pagan policías, mueven camión y compran toallitas para yo limpia y compran agua y bocadillos.
Luego yo limpia en ducha y veo Simeni en despacho negro y brillante. Simeni dice yo muy guapa. Yo estudia, yo lista, yo joven, yo guapa. Simeni dice yo mandar mucho dinero familia cuando pague dinero debo a Simeni. Yo querer llorar pero pienso en madre orgullosa funeral padre. Simeni dice puta muy importante sociedad. Puta salva matrimonio. Puta hace gente no viole más mujeres. Yo sé mentira. Gente viola putas.  
Simeni prueba producto. Irina pienso en madre orgullosa funeral padre, abuela orgullosa trabaja hasta muerte, hermana orgullosa divorcia marido malo. Irina pienso matará Simeni, matará Andrei, quemará sitio, volverá Ucrania.
Simeni termina Irina y dice sociedad muy feliz conmigo en calle. Sociedad cien pollas, mil pollas esperando Irina probar producto. Simeni dice todo mundo sabe, nadie ayuda putas porque todo mundo sabe, todo mundo contento; policías contentos, jueces contentos. Buenos clientes, nadie ayuda putas.
Yo dice sí todo; yo no quiero adicto heroína.
Irina sabe cosa; fuego ayuda todo el mundo, buenos y malos. Irina sabe Historia. Irina sabe fuego ayuda Londres una vez, salva Inglaterra. Fuego listo corta fuego grande. Irina sabe cosas; come pollas, gana dinero, calla, piensa madre y espera. Piensa Andrei y espera.
Piensa Simeni y espera.
Simeni piensa más en yo, piensa todo día y deja negocio a matones listos y promete muchas cosas si boca de Irina caliente y firme como vientre madre de Simeni. Tiene espalda mala y no cabalga nunca; jinete tumbado, dicen matones riendo. Matones siempre ríen y ponen gafas de sol y acarician culata de arma como cosa bonita.
Como Irina.
Y Simeni paga vida mía y yo no folla clientes; negocio no necesita, dice jefe.
Yo cabalga jefe pensando en futuro, en fuego, en cosas Irina sabe.
Dos años después vengo Ucrania, yo guarda secreto importante en mi barriga.
Recuerda hermana orgullosa divorcia marido malo. Marido no quiere divorcia y hermana pone cuchillo en cuello y jura como Baba Yaga. Pero hermana no secreto.
Irina roba mechero mantón jefe. Encierra baño; puerta cerrada, ventana abierta, toalla mojada en suelo. Nadie acude yo; todo mundo corre, esconde putas, apaga fuego, todo el mundo grita y quema. Irina asoma venta y respira, pide perdón barriga y llora, tose y llora y pide perdón barriga y piensa en hermana, madre, en abuela. Bomberos vienen; policía viene. Bomberos no contentos. Rescatan putas vivas, putas muertas; matones huyen. Simeni muerto en puerta de baño.
Irina sale casa de Simeni y declara policía; yo no sabe nada incendio. Policía sabe yo miento; policía sabe en ojos yo miento. Policía besa mano Irina, pide perdón recibimiento su país. Yo recuerda padre y llora. Llora primera vez en dos años. Médico mira y dice yo tengo un niño en vientre; yo sabe pero no dice que sabe. Yo dice niño de Simeni.
Palabra Irina nada como salmón y familia rusa de matones pesca salmón y busca Irina, busca hijo de Simeni.
Yo manda dinero Ucrania, manda salmón Ucrania y Andrei grita como grita cerdo y muere. Yo manda dinero hermana, manda dinero madre y compra casa grande para putas. No vuelvo Ucrania. Yo pienso madre sabe en mi cara como policía sabe en mis ojos.
Yo hablo matones y putas y digo palabra poderosa por mi hijo: Irina dice puta muy importante sociedad. Puta salva matrimonio. Puta hace gente no viole más mujeres. Puta hace comer matones, paga balas, paga gafas de sol. Puta manda.
Matones guardan casa Irina y pequeño Simeni; cobran doble; no tienen miedo viejos de Ucrania. Esperan pequeño Simeni crezca y deje ellos mandar putas, pero Irina canta nanas cada noche. Pequeño Simeni tres años entra cama mamá y escucha historia Baba Yaga, escucha historia Boadicea, escucha historia Juana de Arco. Duerme en brazos como en cuna; Irina lo mece. Irina sabe cosas.
Sabe mano mece cuna, mano domina mundo.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 14 de Abril de 2010 a las 13:41
SOCIEDAD ANÓNIMA



En el jardín las dos mujeres hablan, mientras los perros husmean por entre la hierba húmeda. Silvia sale del portal y se cala las gafas de sol, deslumbrada por la claridad de la mañana y atravesando entre los bancos, camina calle abajo, después de saludar a las vecinas con un ligero gesto con la cabeza.

- ¿Oíste el jaleo en la casa de estos, anoche? – Pregunta una
- Ya lo creo, menuda trifulca - responde la otra
- Pues ya son muchas seguidas, ¡que gritos!
- Y que golpes, tendrán el piso destrozado
- Estuve a punto de llamar a la policía
- Sí, ya, mi marido me dijo que no era asunto nuestro

Silvia se aleja rápida, siente clavados en su espalda los ojos de las mujeres. Hace fresquito, pero no se da cuenta, tampoco ve el brillo que se cuela a través de las ramas de los árboles, ni oye el canto de los gorriones entre sus hojas. Lleva en su mano el euro que da a la rumana que pide a la puerta del metro; no suele dar a los que piden, le pone nerviosa hacerlo, pero ha hablado con ella un par de veces y ahora le da pena; pero hoy no está allí.

Baja las escaleras mecánicas pesadamente, por su izquierda algunos la adelantan descendiendo los escalones de dos en dos. Ella no tiene prisa. Ya no tiene trabajo, no le han renovado el contrato y acaba de quedarse en el paro. Ese familiar ramalazo de angustia la hace temblar. Trata de sofocarlo con un profundo suspiro y fija su atención en la gente que baja con ella. En el andén se empujan unos a otros para subir a los vagones. Tiene que correr un poco pero consigue entrar en el más próximo a la escalera.

Emilio escucha el ruido sordo del metro saliendo del túnel, se levanta del frío asiento, cierra el libro y lo mete en la mochila a la vez que penetra en el convoy empujado por la gente. Tiene ganas de terminar el que está leyendo para empezar con otro. En su mesilla se amontonan los libros que quiere leer. En el tiempo que le queda libre entre sus estudios y el trabajo como becario, leer es lo que más le gusta. Bueno, eso y las mujeres como aquella que estaba allí con esa cara tan seria. Recostado en un rincón del vagón, intentando dejar sitio, observa a la muchacha atentamente. Parece triste y ausente, pero es guapa y está muy buena.

En el primer asiento dos chicos se toman de la mano discretamente intentando no llamar la atención, pero cuando se entrecruzan sus ojos hay tanta tensión entre ellos, que cualquiera puede ver que se hablan sin decir palabra. Frente a ellos un vejete los mira con descaro y mueve la cabeza reprobadoramente.

Silvia se aferra fuertemente a la barra, el tren marcha muy deprisa; mira sin ver a través de la ventanilla y se repite, una y otra vez:

- !No puedo más, no puedo más¡ Tengo que hacer algo … ¿Pero qué, que puedo hacer?
... . ¿A dónde voy?

Cuanto más lo piensa más asustada se siente. Está sola, desorientada y sin trabajo y no sabe a quién pedir ayuda; es tan desgraciada que apenas puede pensar. Distraídamente posa sus ojos en las pantorrillas de la mujer gruesa que, sentada cómodamente, deja entrever su entrepierna con descuido.

- ¡Por dios – se dice – podría poner un poco de cuidado!  ¡No me lo puedo creer! ¿Qué digo? como si a mí me importara lo más mínimo.

En cada parada alguien pega un codazo a Emilio empujándole para poder salir. El no va a ninguna parte, tan solo se deja llevar; acaba de fumarse la clase de Cálculo Integral y le apetece ver el mar, necesita espacio, horizonte. Pero ahora sus ojos no se apartan de la muchacha triste, tratando de adivinar qué es lo que la pone así. Ella, de pronto, vuelve su cara y clava sus ojos en los de él mirándole fijamente.

- ¡Joder, que ojos más azules! – Se dice – pero creo que ni siquiera me ve.

No es cierto, Silvia le ha visto. Entre la gente, ha sentido los ojos fijos en ella como pequeñas flechas asaeteándola. Pero su pensamiento se pierde entre los sucesos de la noche y el miedo que la paraliza desde hace un tiempo. Parece mentira, se dice, que este hombre sea el mismo que la llevaba a contemplar el mar en las noches templadas, o que le traía churros y el periódico los sábados, para desayunar juntos y después volverle a hacer el amor. ¿Donde estaba el amante que dormía abrazándola por la espalda o que sabía hacerla reír con sus tonterías? ¿Qué lo había hecho cambiar tanto que ya le resultaba imposible reconocerlo?

- No, no son imaginaciones mías – se dice Emilio – está llorando. Eso que asoma bajo las gafas son lágrimas.

El paisaje ha ido cambiando. Atrás han quedado la oscuridad de los túneles y las zonas industriales a las afueras y ahora el paisaje se ha transformado en verde y azul y las casas salpican aquí y allá el panorama. A lo lejos se adivina el brillo azulado del mar.

Silvia ha decidido que será en la próxima parada donde se baje. Hay menos gente y se ha sentado junto a la ventanilla. Todo desfila rápidamente fuera, como en una película antigua, sin parar, del mismo modo que en su cabeza desfilan las escenas de los últimos días. ¿Sigue queriéndole, o es sólo miedo a enfrentarse a la vida sola, lo que la ha mantenido a su lado? ¿Por qué tiene esa sensación de que el mundo se acaba, de que ya no tiene futuro?

Los muchachos enamorados y el vejete hace tiempo que se fueron, dejando su lugar a una mujer de mediana edad, con una de esas bocas rodeadas de surcos que ponen una nota de amargura en la cara. Mira a un lado y a otro observando a la gente con curiosidad, o tal vez mirando si alguien repara en ella. Va demasiado arreglada para ser tan pronto, los labios perfilados, los ojos maquillados de azul y el pelo cardado y lleno de laca, petrificado, imposible de mover.

Cada vez que las puertas se abren huele a mar en el aire, es como una bocanada que refresca y vivifica. Silvia se levanta decidida y se acerca a la salida.

- Este es un lugar perfecto- se dice – aquí me quedo.



Emilio la ve decidida a bajarse, piensa que no quiere perderla de vista tan pronto y toma la decisión de que aquel es tan buen lugar como cualquier otro para pasar la mañana sin hacer nada. Por eso, cuando se abren las puertas se sitúa tras ella y la sigue, uno más entre los que descienden allí.

Silvia no se detiene. Decididamente se dirige hacia la cabecera del convoy y justo en el momento en que éste arranca de nuevo, se lanza a las vías sin titubear. Se escucha un alarido y el frenazo instantáneo del metro. La gente se vuelve asustada a ver qué sucede. Emilio, de rodillas en el suelo, grita totalmente enloquecido, todos se arremolinan junto a él y le preguntan que ha sucedido.

- ¡Lo ha hecho, lo ha hecho! – Grita Emilio, sin saber bien lo que dice – ¡lo sabía, lo intuía! …..

La gente se asoma a las vías y se dan cuenta de lo que acaba de pasar. Ha sido todo demasiado rápido. El maquinista ha bajado y se agarra la cabeza con las manos. Ha accionado la alarma cuando ha dado el frenazo imprevisto y por los andenes ya se mueven los guardas jurado intentado controlar a la gente para evitar las escenas y la curiosidad.

En el Hospital, Emilio trata de recobrar un poco la tranquilidad. Al fin y al cabo él no la conocía, se dice, intentando convencerse. Le han dado un calmante y le han recomendado que tome un taxi y vuelva a su casa. Sentado en la parte trasera del coche se dice que la vida es una mierda. ¿Qué podía pasar por la cabeza de aquella chica, para desear morir, así de esa manera?

Por la carretera circulan los coches rápidamente, todo el mundo tiene prisa. Las fábricas y talleres del extrarradio bullen de actividad, en alguna parte del campo, sobre el verde brillante, unas vacas pacen tranquilamente. En la radio del taxista están dando la noticia: Una joven ha muerto hace 3 horas en el metro, en la estación Museo Náutico. No se sabe aún quién es, ya que no llevaba documentación encima.

Así, sin más explicaciones. Luego el político de turno dice que el paro descenderá pronto y que se cambiará por fin la Ley contra el maltrato a las mujeres y los agresores no podrán salir de la cárcel tan pronto. Pero él hace tiempo que está harto de escuchar palabras y más palabras que luego se las lleva el viento. Lo único que quiere ahora es llegar a su casa, cuanto antes mejor.

No puede soportar esa angustia que siente. Piensa que él tiene aún toda la vida por delante y quiere hacer cosas, cambiar cosas, luchar contra otras cosas, tiene derecho a pensar en que todo eso es posible. No quiere sentir este pesimismo que ahora lo paraliza.

Por fin llega a su casa y echa una ojeada alrededor, no hay nadie a quien poder contar lo que siente en ese momento. Pero es su hogar, se siente a gusto, es como una isla en la que puede esconderse, refugiarse de todo lo que no le gusta, descansar. Abre el frigorífico y saca una cerveza, en la sala se recuesta en la butaca y enciende un canuto; aspira ansiosamente el humo, se ahoga, necesita aire para respirar. Un trago lo anima.

Poco a poco, de manera casi inconsciente, comienza con esa maniobra familiar de la autosatisfacción. Durante un corto espacio de tiempo se olvida de todo y se deja llevar, mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas silenciosamente.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 14 de Abril de 2010 a las 13:42
Sorry ! se repitió.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Abril de 2010 a las 12:30

EN MENOS DE UN DÍA

Vensno y los demás han comenzado a andar una vez más hacia el oeste, para no quedarse a oscuras. Según las leyendas de viejos, algunos hombres decidieron quedarse atrás, logrando que sin remedio les absorbiera la noche y no volviendo a saberse jamás nada de ellos. El miedo hace indispensable desplazarse hacia el lentísimo atardecer para convertirlo en aurora y no ser devorados por aquello que muchos también llaman sombra. A nadie se le ocurre cómo puede llegar a ser ese monstruo sin luz. 

Vensno es uno de los que piensa que el planeta es esférico y posiblemente gira sobre sí mismo. Según sus cálculos no sería necesario desplazarse cada cierto tiempo para evitar la oscuridad. Un día y una noche, la estación de luz y la estación oscura, del mismo modo que existen la estación fría y la estación seca. Esos toscos cálculos corroboran la herejía. Sospecha que otros miembros del campamento piensan como él. Hubieran preferido quizás adaptarse a la noche y esperar una nueva mañana, pero unos callan por motivos políticos, los más callan por indiferencia, ya que en el fondo no desean cambiar sus costumbres, y un número indeterminado lo hace por miedo al druida y sus acólitos. 

No le había dicho jamás nada a su madre de sus inquietudes: ya conocía la nefasta opinión sobre la herejía que ella tenía. Las veces que su madre despotricaba de esas supercherías lo hacía tan despectivamente que a Vensno le pareció siempre que era algo personal. Saber el interés de su hijo por la astronomía la hubiera derrotado una vez más. Dicen que desde que su padre murió en una cacería, ella se mantuvo como ausente, pero Vensno la conoció siempre así y no sabría verla de otra manera. Después del accidente, según las leyes establecidas, Vnusn les había adoptado como parte de su propia familia, ocupando el espacio dejado por el muerto en lo posible. 

El planeta gira, trata de convencerse Vensno, quién sabe sobre qué curvas y en torno a qué ejes. Del mismo modo que han de cambiar sus hábitos del invierno al verano, bastaría con adaptarse a la noche para poder seguir habitando en el mismo lugar y dejar de ser un pueblo nómada. Aunque también es posible que todos sus cálculos estén equivocados. Nadie debe saber de sus humildes estudios de astronomía y nunca tiene otros datos con qué contrastarlos. Las leyendas de los ancianos son poco fiables y el druida las permite para mantener el terror a la noche y la unión de la aldea. Percibe que Vnusn, su padre adoptivo, cree también en la herejía. Sin embargo, su cargo de jefe le insta a velar por la supervivencia de la comunidad y a aceptar los designios del druida, único miembro que conoce los enigmas de los astros, único capaz de decidir el momento oportuno para un nuevo éxodo. 

Ha tenido mucho tiempo Vensno, durante la larga caminata hacia el nuevo asentamiento, de razonar sobre cómo podría encontrar pruebas de que sus previsiones son correctas. Incluso creyendo ciegamente en ellas, arriesgarse a avanzar hacia la noche le deja desnudo frente al salvaje pánico vinculado a todas aquellas creencias que perviven en el inconsciente colectivo. Siempre se pregunta si su padre, en su caso, habría sido suficientemente valiente. Uno de los pocos recuerdos que alberga todavía de él es la imagen de un hombre alto, de espaldas, mirando hacia el este. En ese recuerdo no parecía tener miedo. Vnusn y su madre le dicen que él era demasiado joven, apenas destetado, como para acordarse de su padre y de la jornada aciaga en que murió, pero Vensno conserva la visión del hombre que fue su padre, afrontando el horizonte por el que vendría la noche. En esos instantes siente un vínculo tenaz con él, y no puede comprender cómo ha conseguido forjarlo solamente la sangre. 

En realidad, es el fuerte sentido de la responsabilidad para con la comunidad, inculcado con insistencia por Vnusn, y no tanto el miedo a las imposiciones ancestrales de la casta de druidas, el motivo de los reparos culpables que asaltan a Vensno cuando desearía comprobar la evidencia de sus cálculos y no halla otra manera de demostrarlo. La pérdida de un miembro de la aldea puede ser fatal para la supervivencia del resto. Ha oído eso tantas veces que ya es suyo. Mientras adelantan el brillo opaco del sol una vez más, mira hacia arriba y se contenta con saber que podrían quedarse quietos ahora mismo para, al cabo de no sabe exactamente cuánto tiempo, descubrir que es el sol el que les alcanza a ellos. Eso significa enfrentarse a la noche, y es tan impensable como enfrentarse al castigo del druida o, peor aún, al desprecio su padrastro. 

Al cabo de muchas jornadas dejando el sol atrás, Vnusn decide que han llegado al lugar del asentamiento. Han alcanzado de nuevo el alba. Siempre es motivo de alegría terminar el viaje y llegar a un lugar virgen, todavía con recursos. A veces, los asentamientos se repiten al cabo de muchas estaciones y algunos los recuerdan, y la aldea vuelve a ocupar el prado que tanto tiempo atrás abandonó por otros ubicados mucho más al oeste. Esa es la evidencia irrefutable de que el planeta es redondo. Lo siguiente sería pensar que el sol o el planeta giraban el uno alrededor del otro. El sol podía moverse, pero también podía estar quieto y ser el planeta el que se desplazara. Para lo que él quiere saber da igual. Vensno tendrá mucho tiempo para pensar en ello mientras vuelven a levantar las tiendas de tela, muchas de ellas zurcidas innumerables veces, sobre el prado junto al arroyo. Durante el camino, han tenido que vadear otros muchos, en ocasiones tan anchos y caudalosos que los más ancianos les llamaban ríos. Nunca es un camino fácil, pero se complica más, si cabe, cuando coincide con la estación más fría. No, no es sencillo desplazar a toda la comunidad cada dos por tres y tener que empezar de cero. 

Recostado en su tienda, junto a las demás frente al arroyo, medita en soledad durante muchas horas, después de terminar sus tareas. Piensa mucho en su padre, en su verdadero padre, y se entristece por no haber podido conocerle, por tener poco más que el recuerdo de su figura desafiando a la lejana noche. Es lo único que sabe por sí mismo y no por lo poco que le cuentan su madre o Vnusn. A veces parece que le quieren ocultar algo. El resto del tiempo especula sobre las ventajas e inconvenientes de su plan.

Poco después de alcanzar el sol su cenit sobre la aldea, sin saber explicar qué le ha hecho determinarse, Vensno toma la decisión, la única decisión que puede tomar. Sus preparativos son llevados en estricto secreto. Si Vnusn se enterara de que planeaba caminar hacia el este en busca de la noche, lo ataría a un árbol y lo llevaría a rastras hacia los próximos asentamientos. Pero lo que más le dolería sería el momento en que le recordara su responsabilidad como miembro esencial de un grupo en el que la pérdida de un individuo era catastrófica para los demás. Por eso se levanta como todos, cumple con sus tareas de recolección y caza, vuelve a acostarse y se vuelve a levantar para terminar con sus quehaceres. Mientras, en los lapsos de recreo que tiene ahora que aún los recursos son abundantes, se dedica a almacenar en un hoyo bajo su tienda lo que puede pellizcar de aquí y de allá, algunos frutos secos, pequeños trozos de carne ahumada, varias vejigas de animal, pieles viejas… Ya no tiene miedo al druida, ni a la noche, y casi tampoco le importa fallarle a Vnusn. 

Cuando el jefe da la orden de levantar el campamento, los nómadas empiezan a recoger sus enseres y prepararlos en bultos perfectamente transportables. Son ya muchas generaciones las que han errado por el planeta y saben perfectamente cómo deben realizar su camino en pos del sol. Justo antes de ponerse en marcha, Vnusn ha contado como siempre a su grupo, y ha sido solamente entonces cuando ha echado en falta a Vensno. 

La desaparición de Vensno provoca el retraso de la expedición. Se organiza una partida de búsqueda hacia el este, porque con sus precedentes a nadie le quedan dudas sobre hacia dónde se ha ido. Evidentemente, con varias horas de ventaja y su inteligencia innata, Vensno no será encontrado. Ha sido tan sencillo como comenzar a andar justo en dirección contraria, hacia el día, donde sabe que no le buscarán. Luego ha encontrado un buen refugio y se ha sentado a esperar que todo el grupo rebase su escondite. Piensa retroceder hacia la noche cuando estén más lejos, pero no había contado ni con el abatimiento que le produce ver de lejos a su madre, ni con llegar a escuchar sus gemidos al pasar sollozando junto a Vnusn, que no, que no puede volver a ocurrir lo mismo que con su padre. Sólo entonces Vensno siente un escalofrío atroz y entiende que no ha sido provocado por la peligrosa aventura que está a punto de emprender sin el grupo, sino por la certeza súbita de que su padre no sufrió jamás ningún mortal accidente de caza. Sería increíble encontrarlo en la noche. Se despide de su madre y los demás en silencio, entre lágrimas, convencido como nunca de que la herejía es cierta y volverá a verlos, con suerte, en menos de un día. 

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  • 15 de Abril de 2010 a las 20:23

COMO ADANES Y EVAS


    1992. Un taxi con matrícula de Sevilla, y como único ocupante en su asiento trasero, un oso de peluche de metro ochenta. Me imagino al taxista explotando en carcajadas cada vez que miraba al súper oso marrón de peluche a través del retrovisor, y riendo aún más imaginándose las caras de los demás conductores al ver a semejante cliente atravesando la autopista Sevilla-Cádiz. Algo así sólo se le podía ocurrir a mi padre, incapaz de llamar ni una sola vez a su hijo de siete años, pero capaz de convencer a un taxista para que lleve ese enorme peluche a ciento cincuenta kilómetros desde el corteinglés donde lo compró, y todo por darme una alegría, aunque mi sonrisa sólo la pudiese imaginar, porque nunca hacía nada por verla.

 

    1988. La imagen más triste que recuerdo. Yo tenía ocho años, y llevaba mi falda predilecta porque mi madre me llevó de paseo por el centro de mi ciudad. Buscando una tienda de relojes, pasamos junto a mi iglesia preferida. Le insistí a mi madre; quería verla por dentro una vez más. Con las prisas no nos percatamos de la presencia de un coche fúnebre en la puerta, por eso nos sorprendimos tanto al ver un ataúd frente al altar. Recuerdo la triste imagen que esa alegre mañana de sábado con mi madre me dejó para siempre: sólo una persona mostraba sus respetos al difunto, rodeada de asientos vacíos. Sólo una mujer mayor, de unos setenta años, soltando lágrimas por el ser que dentro de esa caja de madera reposaba para siempre. Vi cómo los ojos de mi madre se bañaron de lágrimas, al igual que los míos. A pesar de las prisas que ella llevaba encima, me tiró del brazo y nos encaminamos al asiento más próximo a la viuda solitaria. Al acabar la misa, y antes de que los operarios de la funeraria se llevaran el ataúd hacia el coche fúnebre, nos acercamos a la señora, y mi madre le dio el pésame, y le dijo que rezaría mucho por él, y que siempre le llevará en su corazón. La señora nos miró con extrañeza, pero las palabras de mi madre le llegaron tan adentro como un vaso de agua a un nómada del desierto. Salimos de la iglesia y desde entonces me juré que nunca estaría sola, que siempre estaría rodeada de personas que me quisieran.

 

    Sí, esa historia me la cuentas a menudo… y siempre me impresiona, y ojalá la hubiese vivido yo, por impactante que fuese. Pero mi vida ha sido muy distinta a la tuya, y mis recuerdos me han convertido en un incrédulo. Yo te quiero… y lo sabes. Sólo soy feliz cuando mi piel roza la tuya, cuando me abrazas y cierro los ojos, cuando este mundo que nos rodea desaparece del todo y sólo estamos tú y yo cubiertos por una sábana blanca. Si ese momento fuese la eternidad, yo te diría que sí que quiero. Pero… No, no sirvo para este mundo, y no quiero destrozar a alguien como tú, que sí que crees en él.

 

2008. El hombre de quien nunca debí enamorarme tuvo la mejor idea de su vida: habló con un cantautor callejero para que nos cantara mientras teníamos una supuesta cena romántica en nuestro adosado. Quizás un intento por retenerme, porque seguramente ya se le pasaba por la cabeza que mis huesos no durarían mucho más en esa casa. Reconozco que esa noche casi me hace olvidar su última infidelidad, su última caja de condones descubierta en su maleta; pero yo ya había tomado una decisión. Aquel joven creó un aroma de romanticismo a base de Michelle, Are You Lonesome Tonight y baladas del género. Mi marido encargó la mejor cena posible; quería reconquistarme con moluscos y un Gran Reserva. Quiso reconducir la conversación a los mejores momentos de nuestro matrimonio, que los hubo, pero mi mirada se escapaba hacia el joven cantante que, a su vez, no me quitaba ojo. Pensaba que cada canción me la dedicaba a mí, que sus labios me decían “te deseo” continuamente. A la quinta canción ya quería hacerle el amor… Siempre supe de la bisexualidad de mi marido, y sé que no fue casualidad que escogiera a ese chico tan guapo. A la quinta copa le propuse al oído hacérnoslo con el cantautor… y por suerte, éste lo aprobó… y por suerte, él eras tú.

 

    Esa noche hubiese hecho cualquier cosa con tal de sentir tus besos.


2003. Mi primer año en Madrid. Llovía como nunca. Recibí una llamada esa tarde de mi padrastro… mi padre, en cierta manera. Así le consideraba al ser él quien me daba el beso de buenas noches siendo niño. Me citó en el hall de un hotel de la calle Velázquez, y al llegar a la puerta ya me estaba esperando fuera, cubierto por un enorme paraguas que me abrió como las puertas de  una casa. Aquellas visitas a Madrid no eran infrecuentes… una o dos veces al mes tenía que acudir por motivos de trabajo, y casi siempre me llamaba para almorzar o cenar, a veces sólo para tomar un café en la cafetería del hotel o  en la estación de Atocha. Era mayo y llovía como en el peor día de invierno. Su rostro se mostró tenso durante todo el tiempo que compartimos; en esta ocasión, un solitario paseo bajo la lluvia. No paraba de preguntar por mí… cómo me iba, si era feliz en Madrid, si estaba contento con mi carrera… Al llegar de vuelta al hotel, se despidió de mí con un abrazo más prolongado de lo habitual. Pensé que esa noche estaría especialmente sensible, por eso no me extrañó. Me entregó un sobre que siempre solía contener algunos billetes. Tal como me lo dio, me lo guardé. Y con la misma lluvia que llegué, me fui de la calle Velázquez destino a mi piso compartido de Chamberí. Una vez en la cama, me acordé del sobre y me entró curiosidad por saber cuánto había. Casi se me cae al ver no tanto el número de billetes, sino el color de los mismos. Ahí había dinero para aguantar muchos meses en Madrid. Entre los billetes, sobresalía un fino papel, y una palabra escrita que me golpeó como una ola en alta mar: “perdóname”.


    No tardó en sonar el teléfono para recibir la noticia: mi madre había sido encontrada muerta en nuestra casa… Acudí raudo al hotel de Velázquez para darme de bruces con la otra noticia: un disparo alarmó a los inquilinos del hotel; mi padrastro… mi padre, se había suicidado. No podía explicarme por qué ocurrió aquello, y cómo no me di cuenta de nada.

 

    Dios… ¿por qué no me lo habías contado?

 

    Me habrías tratado de otra manera. Mira, te diría que sí… y lo sabes, pero… no me veo esperando en un altar mientras a cada paso tuyo acercándote me pregunto cuánto durará esto, cuándo se apagará el candor que nos une. No sirvo para fingir, amor mío. Eres lo único que me sujeta a esta vida en sociedad, pero creo que ésta acabará con lo nuestro de una forma u otra.

 

    ¿Quieres vivir siempre ajeno a todo? Si quieres pasarte el día con tu guitarra en el Retiro… hazlo. Yo sólo quiero que después vengas a mí y me llenes con tu presencia. No te pido una nómina, sino tu amor. Te necesito a ti, no una cartera llena de dinero. No te pido que creas en este mundo, sino que creas en mí… y en ti. Y en mí en ti, y en ti en mí. Demuestra que tu forma de vida es tan válida como la establecida, pero hazlo a mi lado, regresando a nuestra casa cada noche. Es lo único que necesito.

 

2014. Llevaba dos años sola y sin querer saber de nadie. Su “no” retumbó en mi mente durante meses. No podía imaginar que alguien tan perfecto no fuese capaz de darse una oportunidad. Su corazón era puro; pero su mente… un laberinto de pensamientos oscuros donde no había cabida a la felicidad. Yo estaba dispuesta a entrar en su mundo, olvidarme de las comodidades y pensar en él como el centro de mi existencia, como Adanes y Evas perdidos en un mundo que les es ajeno. Me dijo que no de la peor manera que se puede decir… desapareciendo. Hubiese preferido un grito, un susurro cabizbajo, una carta… cualquier forma menos la que eligió. Seguramente porque pensó que así me haría menos daño… o quizás porque así se haría él menos daño. Pero la angustia que sufrí al sentir cada noche su ausencia me devoraba por dentro. Me abandoné por completo. Me alejé de todo lo que apreciaba. Dejé de creer en todo lo bueno que la vida me había aportado. Y no dejaba de pensar en lo feliz que debió de ser ese difunto al saber que su mujer le quería tantísimo. No importaba todos esos asientos vacíos si el que verdaderamente importaba estaba ocupado por quien debía estar allí. Y… mis penas se hicieron veneno cuando le vi salir de aquel centro comercial cargando un carro lleno de frivolidades… y junto a él, una joven morena hacía carantoñas al bebé que tenía en sus brazos y ambos… sonreían. No me escuchó, porque no emití voz alguna, pero le dije: “Bienvenido al mundo que tanto odiabas… yo sigo en el nuestro esperándote”.

 


 

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  • 15 de Abril de 2010 a las 20:55
              LA ISLA                                                       


 Las olas son movimientos ondulatorios del agua provocados por la fricción del viento; es éste un hecho científico constatado, más allá de la poesía, más allá del rumor y del tacto viscoso de las algas bajo mis pies.
     Al igual que las personas, dependiendo de las circunstancias del entorno, las olas varían su conducta: pueden ser suaves como las caricias de una mujer o violentas como la pasión más vil. En éste punto he llegado a la conclusión de que las olas son mera poesía. No sé si debo tomar nota de mis percepciones de forma tan clara; alguien podría pensar que estoy rematadamente loco.
     Los rayos del sol inciden de forma oblicua sobre el reflejo metálico del mar. Las diminutas partículas de agua que quedan en suspensión forman un entramado de colores. Un dibujo en continuo movimiento.
     Desde mi posición, el “Albatros” se divisa como una imagen difusa e irreal. Forma parte del pasado; el agradable crujido de su tablazón y el vaivén sobre cubierta, al compás de un rítmico dos por dos, son tan sólo una impresión pretérita en mi memoria.   
     En algún sitio leí que Marco Polo los llamo “antropófagos con cara de perro”, quizás en la Enciclopedia Británica. Es evidente que Marco Polo tenía más de poeta que de científico. Tal vez jamás pusiera un pie en esta orilla, tal vez jamás divisara desde lo alto del trinquete el contorno pacífico de esta isla.

     Llevamos dos meses en la playa. Nada más arribar el capitán Edgar Orly ordenó fondear el falucho frente a la costa; las provisiones habían empezado a escasear y algunos miembros de la tripulación estaban afectados por el escorbuto.
     Después de comprobar la derrota del rumbo y las cartas de navegación, Orly aseguró que nos encontrábamos en algún punto entre el cabo de Negrais y el extremo Norte de Sumatra.

     Los isleños nos han recibido con suspicacia; cualquiera sabe el recuerdo que guardan de los blancos en los anales de su historia. Físicamente presentan pocas diferencias con otros indígenas de las islas que salpican las aguas del Índico; son delgados, de piel oscura y pelo rizado. Además gozan del privilegio de la inocencia, ya que parecen estar exentos de pudor alguno. Tanto hombres como mujeres van desnudos y no hay, o al menos yo no los he visto, niños. ¿Están condenados a la extinción? Puede ser, a fin de cuentas hoy estamos aquí y mañana no.
      La playa es una frontera y a la vez un lugar de encuentro. Una raya en el agua. Inapreciable.
     Orly es un hombre adusto, aunque de buen corazón. Sabe que dependemos del carácter afable de los indígenas para sobrevivir, pero no quiere que los hombres se dejen embaucar por sus costumbres. Varios marineros han sido recluidos en la bodega del falucho por congeniar con mujeres. El pecado de la carne no existe entre estas gentes; sus hembras son extrovertidas y alegres.
      El recuerdo de la frágil Emily se hace patente a cada instante; la palidez de su rostro, enmarcado por una cabellera azabache, me cohíbe y atenaza. Recuerdo levemente una tarde nubosa; el predio del reverendo Lynch, limitado por muros de piedra vista salpicadas de musgo amarillento, acogiendo a las señoras del pueblo de Berwyn. Bizcocho y té frío para sobrellevar el sofoco de la primavera galesa. Hace calor y humedad. El deseo es un instinto que galopa a lomos de la abstinencia. La presencia de la joven hija del reverendo me hostiga continuamente.
 
     Tras muchas reticencias, y ante la necesidad de recolectar los alimentos necesarios para contener el avance del escorbuto, Orly me ha permitido cruzar la frontera. La idea de internarme en la isla me inquieta y a la vez me provoca una gran emoción. El instinto adormilado del científico se abre paso desechando las ínfulas del poeta, que sin duda prefiere permanecer en la playa desvelando las incógnitas que preñan el aire salado.
     El interior de la isla es boscoso; el perfil se vuelve airado a medida que avanzamos y los escarpes se elevan por encima de las copas de los árboles, mostrando una faz desolada no desvelada hasta el momento.   Esta claro que la vida de los indígenas se mantiene en equilibrio con el medio. No tienen armas, ni ofensivas ni defensivas. Los únicos utensilios que alcanzo a distinguir son los que emplean para cazar, pescar o recolectar frutos: cerbatanas, pértigas, nasas y unas curiosas ristras de anzuelos que sujetan a su cintura mientras recorren la orilla.

     El río Afon Dyfien  discurre pacífico entre alisos y sauces llorones. Al contrario que los ríos del Norte, en los que prolifera el salmón, es un río truchero. Pequeñas estelas, como lorigas plateadas trazando surcos en el lecho, bailotean entre las piedras del fondo. Berwyn es un pueblo de pescadores; la joven Emily disfruta de una tarde de picnic mientras me debato en franca competencia con varios vecinos. Todos ellos son más avezados que yo; el Támesis no es la mejor escuela para aprender a pescar truchas. Nos saluda agitando la mano con indolencia; el movimiento describe un enigma antiguo como el tiempo; sin saber porqué arrojo el sedal con violencia. ¡Plop!, y el anzuelo se sumerge en las aguas prístinas del río.

     El efecto Föhn determina que cuando una corriente de aire choca con un relieve se eleva por la ladera de barlovento, para descender luego por la de sotavento. Al subir el aire se va enfriando, lo que produce precipitaciones. El aire descendente, sin humedad, es cálido y desecante.
     Al alcanzar la cima del collado, unos seiscientos metros a ojo de buen cubero, los hombres están derrengados. Desde lo alto se puede divisar la pequeña bahía que acoge al “Albatros” y la inmensidad que nos separa del mundo. Me siento pequeño. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, tengo miedo.
     Del otro lado el perfil se suaviza, el rostro agreste de la isla se transforma en un herbazal salpicado de chozas y empalizadas. La tierra parcelada me traslada al páramo galés. No quiero recordar, ahora no.
     Descendemos a lo largo de un sendero de tierra rojiza, surcado por encrucijadas que parecen aventadas a los cuatro puntos cardinales de la isla. En cada una de ellas observo estelas funerarias rodeadas de flores amarillas. Imagino un origen noble en las mismas; a menudo el valor de las personas se pierde enterrado entre sus propios huesos. ¿Es tal vez un vestigio de religión? ¿Amaran a Dios estos salvajes? Y si es así, ¿son hijos de nuestro Dios?
     Niños. No hay niños; no puedo evitar discurrir al respecto. Hay mujeres jóvenes en edad fértil y los hombres, aparentemente, son fuertes y sanos.
     El jefe de la aldea es un hombre enjuto y correoso. Me llama la atención el perfecto alineamiento de sus dientes y el brillo verdoso de sus ojos. Nos recibe en una especie de plaza circular y, si no he entendido mal sus gestos, nos invita a comer. Miro hacia atrás; la orografía oculta la bahía. Orly y los demás nos esperan, quizás les inquiete nuestra tardanza. O tal vez no.

     La parroquia al completo se reúne frente al altar del Afon Dyfien. Es un lugar secreto que, curiosamente, todo el mundo conoce. Como cada año, el solsticio de primavera provoca a los espíritus del bosque y a los cándidos donceles y doncellas. Las piedras mágicas pronuncian discursos milenarios y la tierra se abre recibiendo el esperma primigenio de la creación. Emily se une a un vertiginoso festival de color; desnuda, libre y sin ataduras. ¿Qué saben más allá de la cordillera? ¿Acaso no es el mismo Dios el que reclama nuestra atención? ¿Acaso no somos los mismos bajo otra convención?
     Emily se ha entregado a su destino. Mi pene ávido la ha invadido y he regado con la esencia del génesis su útero fértil.
      Un atardecer ocre, como de oro viejo, se abre paso sobre las aguas del río, sobre la piedra y las mentes abiertas.

     La noche se revela pacífica. Las sombras se diluyen sin violencia bajo la palidez de la luna y se concentran en torno a un fuego antiguo; el fulgor de los rescoldos levanta una miríada de volutas incandescentes a nuestro alrededor. Los hombres han bebido un mejunje verdoso y espeso; están ebrios. Yo apenas lo he probado, hace años que no pruebo el alcohol.
     El jefe resurge de su interior como un ser reencarnado en deidad. Sumidos en un trance obscuro, los indígenas murmuran una endecha que se pierde en mi cerebro como un gusano infecto que devora mis neuronas. Tengo hambre.
     Niños, no había niños. El vértigo me hace alucinar; una compaña de infantes se derrama, al son de una música ancestral, por las laderas mullidas del bosque que precede a la aldea.
     Carne viva para alimentar el alma de los impúberes. El corazón del contramaestre Gilles todavía late entre las manos del jefe cuando se lo entrega al joven de ojos verdes y mirada febril. Por un instante recuerdo de nuevo la Enciclopedia Británica. Quizás Marco Polo fuera más metódico de lo que yo pensaba.
 
 
     
     

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  • 16 de Abril de 2010 a las 14:42

“VERSUS”

 

Felipe y yo nos conocíamos desde siempre. De la plaza, de los Salesianos, de las tardes de verano en la alameda del Tormes. Su piel curtida me atraía como el pecado a las beatas, con una suerte de deseo-repugnancia intolerable. Él dejó pronto el colegio y trabajaba en un taller como aprendiz de fresador, mientras que yo, con mi carne blanca y fofa y mis gafas gordas, seguía con los curas porque, como todo el mundo sabía, para ser alguien en este mundo había que estudiar. No sé lo que le interesaba de mí, pero es cierto que desde siempre me había elegido como su protegido, su hermano pequeño aunque fuera de la misma edad que él.

 

A la vuelta del verano que pasé en Santander, como premio a mis buenas notas, miré a Felipe a los ojos desde su misma altura por primera vez. Esa fue la señal, me ojeó con una mezcla de ironía y orgullo y me dijo que me recogería después del fútbol. Hacía una agobiante tarde de calor y para ventilarnos me llevó a pasear por el barrio chino. Calle arriba dijimos picardías a algunas chicas, ya no tan chicas, y calle abajo a otras -especialmente a una cuyas redondeces pugnaban por salirse del escote agitándose como flanes lácteos, una delicia para nuestros ojos de la censura posbélica- . Con la lengua seca por la sal de las pipas, bajamos por la Universidad en busca de los billares del Alhambra. Yo nunca había estado allí, el ambiente cargado y los golpes sordos de las bolas me resultaban extraños. Felipe me dio un “Chester” que había comprado a la vez que las pipas. Pedimos dos cañas y posamos como dos hampones atentos a una partida. Todo muy cinematográfico. Felipe me dio en el codo y me hizo un gesto para que le siguiera. Nos dirigimos hacia una mesa en la que “no” jugaban, con los tacos en la mano, dos de nuestra edad.

 

-Hola Flecha- se dirigió así uno de ellos a Felipe.

-¿Qué hay Cuerda? Mira te presento a Envite- ese, desde luego, no era mi nombre.

-Hola hombre- Me dijo Cuerda cuyo nombre seguro que tampoco era ese.

-Envite acaba de llegar de Santander y no conoce a nadie. Bueno, me conoce a mí. –Siguió con la presentación- He pensado que podría servirnos, sabe moverse entre ellos con soltura.

-No sé, ya sabes que…- Se interrumpió y con el cigarrillo a lo Bogart en la comisura de los labios me señaló con la ceja.

-Oye Envite- me dijo Felipe/Flecha- tráenos unas cañas. Diles que lo pongan a la cuenta de Cuerda.

 

Me alejé y siguieron hablando. Hubo un momento en que Felipe apretó los dientes ferozmente y el que acompañaba a Cuerda, al que llamaban Reales, le puso la mano, una mano como un frontón, rectilínea y casi más ancha que larga, en el brazo con firmeza. Me demoré en la barra antes de pedir. Cuando me acerqué de nuevo a ellos todo era buena camaradería. Flecha me guiñó un ojo y me dijo que les tenía que hacer un favor. Un favor pequeño, casi nada. Debía ver al padre Marcos en su despacho con cualquier excusa y copiar la llave del patio del colegio, la del portillo de atrás, así podríamos  jugar allí al fútbol cuando quisiéramos.

 

-No, no, no. Imposible. El padre Marcos confía en mí.- Protesté.

-No te preocupes Envite, él no lo va a notar. Te enseñaremos cómo.- Y pedimos otra ronda para empezar a hablar de la liga.

 

            El domingo siguiente, sentados a la sombra en la plaza,  Felipe me entregó una pitillera con un rebaje en uno de los lados. Estaba llena de plastelina donde clavar la llave. Mis nuevas protestas no sirvieron de nada.

 

-Hazlo de una sola vez y apretando por igual. Luego, en el taller en la hora del descanso, haré un molde y la copiaré con una llave vieja de las que hay por allí. Me tengo que ir.- Me miró fijamente- No nos falles Envite.- Remarcó mi nuevo nombre y se marchó silbando a la hija del tendero.

 

No tuve demasiado problema para ver al padre en su despacho, ni tampoco para copiar la llave del enorme manojo dejado sobre la mesa. Una vez entregada la pitillera no vi a Felipe ni a ninguno de los otros en un par de semanas. Hasta que, otro domingo, leí en el periódico de la tarde un titular que supe que tenía que ver con ellos. “Gamberrada en el Colegio María Auxiliadora”. “Unos gamberros amparados por la oscuridad entraron en el citado colegio con nocturnidad y alevosía y pintaron de color rojo dos columnas del patio. La Guardia Civil investiga la autoría y sigue valiosas pistas en este momento”.

 

Llegué sin aliento a los billares y allí estaban todos riendo exultantes entre el humo y las cervezas. Me recibió Cuerda poniéndose de pié y ofreciéndome una mano que al punto rechacé:

 

-Aquí está nuestro fichaje. Bienvenido a “Versus” Envite. Gracias a ti hemos salido en titulares.

- Y una mierda. Yo no he hecho nada.

- Tu eres el héroe de esta obra, sin ti no habría sido tan fácil. Siéntate hombre, brinda con estos amigos. –Felipe tiró de mí hacia abajo con una sonrisa idéntica a la de Cuerda.

-Vale, dadme una explicación.-Me senté y apuré de un trago la caña de Flecha.- Qué es esto.

- Somos un colectivo de arte efímero ilegal del que ya formas parte por derecho propio.

- Ya. Ilegal ya he visto que es. ¿De arte efímero?

- Si. ¿Recuerdas las banderas azules y rojas de las puertas de la plaza de toros? ¿Y las traviesas amarillas del puente de hierro?- Asentí con la cabeza- Pues nadie lo identificó con nosotros. Las banderas, dijeron los periódicos que las pintaron unos exaltados del Movimiento y de las traviesas nada. Ahora que esta vez…

- Esta vez ¿qué?-interrumpí-, cuéntame algo más interesante si no quieres que vaya ahora mismo a la policía y os apliquen la de “vagos y maleantes”.- A pesar de mi tono, una propuesta artística que todo el mundo pudiera ver, no como mis tristes escritos guardados en un cajón, me excitaba.

- Esta vez hemos firmado. “Versus”. Contra. “Contra la desidia de la sociedad, ARTE”. Suena pueril pero esto es sólo el principio. No es el momento pero ya te pondremos al día de nuevas expresiones artísticas porque… contamos contigo ¿no?

 

Asentí a regañadientes apurando otra caña aunque sonreía por dentro. Cada frase de Cuerda me había hecho una marca en mi juvenil corazón de artista. Sólo el principio. Un principio de algo. Me dejé llevar por sueños de artista reconocido. Exposiciones en el MOMA. Vagué por las calles erguido, con el alma al ritmo de mis latidos de pequeño escritorzuelo baudeleriano, barojiano, blascoibañeciano, jimeneciano incluso dickensiano o chéjoviano, según lo que leyese en ese momento, sin ese estilo propio que distingue a unos de otros y que gracias a “Versus” sentía crecer dentro de mí.

 

Me despisté una tarde de la última hora de estudio para reunirme con “Versus”. A aquella hora, en que sólo queda llegar a casa a cenar y dormitar leyendo algo, en los billares sólo estábamos nosotros. Organizamos la siguiente “exposición” –décadas más tarde las pintadas sí que se expondrían en el MOMA, aunque no las nuestras por supuesto- para recubrir el interior de uno de cada tres arcos de la Plaza Mayor empezando por el del reloj.

 

Y así vinieron más obras efímeras, rojas, color de la sangre, de la pasión, eliminadas inmediatamente por los funcionarios municipales. Más titulares que fueron adentrándose en el olvido de las páginas interiores para terminar siendo una simple reseña en página par, perdida junto a la lista de fallecidos de la ciudad, para mí, ya en ese momento, convertida en mi pequeña cárcel de provincias donde nuestro arte, y con él las descripciones detalladas que hacía yo durante las clases de filosofía o latín, iba sumariamente siendo eliminado de la vista del público al que iba dirigido. La sociedad dormida, apagada, sumida en la rutina voluntaria que anestesiaba el hambre y las ganas de ser libre estaba ganando nuestro desigual combate.

 

-¿Qué tiene usted ahí, señor Elías?- El padre Berna, el director, me arrancó de las manos la última reseña a medio componer. Ese sí era mi apellido.

 

Palideció y, tras digerir en parte la gravedad de lo que estaba leyendo, masculló entre dientes: “Comunistas…”

 

De la oreja, acto que hacía aún más humillante la derrota relegándome de nuevo a la condición de niño, de simple adolescente, me llevó a su despacho y me dejó esperando a dos señores de gabardina y sombrero –imagino que también intentando aparecer cinematográficos-.

 

Si, por miedo, fue por miedo por lo que les hablé del Alhambra, de Cuerda, de Flecha, de Reales, de mí, de mi papel en el robo de la llave. Dejé que leyeran cada una de las reseñas de la obra de “Versus”. En el interrogatorio volví a oír que nos llamaban comunistas. Lo negué una y otra vez pero no me escuchaban. Y me dejaron ir, no sé si por pena o porque me consideraron inofensivo o una simple marioneta del bolchevismo.

 

Corrí hacia los billares y al llegar todo seguía igual. Acababan de sentarse con un café y unas cañas mis camaradas. Avergonzado no les hable de la policía pero sí les dije que se comentaba que éramos comunistas. Rieron. Claro que lo éramos, pero comunistas como Los Comuneros, patriotas con una misión de avanzadilla del cambio. Nosotros éramos la punta de lanza de cuyo holocausto sobrevendría el despertar de la sociedad hacia nuevas vanguardias impactantes. Pintaríamos edificios enteros, puentes, teñiríamos ríos y publicaríamos un manifiesto, que yo orgulloso escribiría, en el que se viera plasmado el futuro que queríamos para la sociedad. Me quedé con ellos esperando mi sacrificio.

 

A media tarde, desde donde nos sentábamos, sólo se veía el recuadro luminoso, cegador, de la puerta de cristal. El áspero humo de nuestros cigarrillos filtraba un poco ese torrente de luz. Nos planteábamos ese nuevo futuro y la  nueva actuación cuando un estruendo precedió a la manada de policías de la político-social.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 17 de Abril de 2010 a las 21:11

LO BUENO Y LO MALO.

<<Pero en cuanto a comer del fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios ha dicho: “No deben comer de él, no, no deben tocarlo para que no mueran”. Ante esto la serpiente dijo a la mujer: “Positivamente no  morirán. Porque Dios sabe que el mismo día que coman de él tendrán que abrírsele los ojos y tendrán que ser como Dios, conociendo lo bueno y lo malo”>>.

Conocer lo bueno y lo malo… ¿Dónde está la línea? ¿Existe realmente de forma indeleble o se dibuja a cada instante según conviene?
Hoy le hecho daño a dos buenas personas. Bueno… quizás no sean tan buenas personas, en realidad no lo sé. Ni siquiera los conocía.
Todos pensarán que he hecho lo mejor, que no tenía más remedio que hacerlo. Pero sí que podría haber actuado de otra forma, aunque no fuera considerada la correcta.

El bien común debe prevalecer sobre el bien individual; eso es bueno. ¿Puede ser bueno para la mayoría algo que es malo para cada uno de los que forman esa mayoría?

Ella me miraba llena de serenidad, de verdad creía que podría convencerme. Pero debería de haberlo sabido, sus marcas lo decían… no podían estar allí. Desde que se hicieron las distinciones vivimos sin problemas… cada uno en nuestro sitio, cada uno con nuestra obligación…

Las distinciones nos reafirman como individuos y nos identifican como grupo; eso es bueno. ¿Cómo se puede alguien reafirmar como individuo si no tiene la oportunidad de elegir el grupo con el que sentirse identificado?

Lo veía cada día haciendo el reparto de suministros lácteos en los almacenes del cuadrante. Nunca controlé todos sus movimientos, me chocaba el tiempo que tardaba en abandonar la zona… pensé que era lento. Ella no debió permitir que aquello sucediera. Tenía la marca… ella también tenía la suya… sus marcas eran incompatibles.

La herencia genética determina en gran medida nuestras facultades, con una cuidada selección genética se obtienen  individuos adecuados; eso es bueno. ¿Somos sólo lo que nuestros genes dicen que seamos o tenemos genes en blanco a la espera de nuevas instrucciones?

Me entretuve hablando con el encargado del centro de ocio que había en frente de aquel almacén, después hice una ronda rutinaria para regresar de nuevo al mismo punto. Lo había visto entrar y me había olvidado de él. Cuando lo vi salir supe que algo no iba bien; más de una hora... nadie es tan lento. Quizás había tenido que regresar porque había olvidado algo.

Cada individuo tiene unas capacidades innatas que debidamente estimuladas darán como fruto un mayor y mejor rendimiento para bien de la comunidad; eso es bueno. ¿Cómo de útil se puede ser desempeñando una labor que se detesta?

Hoy  lo he seguido a una distancia prudencial; se comportaba tal y como se esperaba, hacía una ruta lógica y era eficiente en el desempeño de su trabajo. Hasta que llegó de nuevo a aquel almacén. Esperé quince minutos. Hacía diez que debería de haber salido.

La continuidad de la especie y su correcta educación asegura la inmortalidad de nuestro modo de vida; eso es bueno. ¿Cómo se puede desear tener un hijo cuando se tiene la seguridad de que su vida será tan miserable y vacía como ha sido la propia?

Tenía que entrar, era mi obligación. Yo soy un agente de vigilancia, fui educado para ello, mi marca así lo decía. Mi aportación a la comunidad consiste en vigilar que las normas sean cumplidas. Nadie puede traspasar la línea entre lo bueno y lo malo.
Tenía que entrar y lo hice. Los encontré desnudos, practicaban sexo entre los sacos de harina; sólo eso ya constituía una falta grave; abandonar las obligaciones para el disfrute personal perjudica de forma importante a la comunidad. Entonces me fijé en sus marcas, no eran compatibles. Ninguno de los dos tenía que estar allí.

El respeto entre los distintos es esencial, todas las labores son importantes, ninguna merma dignidad al individuo. Si cada grupo desarrolla su vida cotidiana en el ambiente adecuado, su motivación se verá reforzada; eso es bueno. ¿Respetamos a aquellos a los que ignoramos? ¿Es motivador comprobar que los que nos rodean son igual de desgraciados que nosotros mismos?

Activé el inmovilizador y lo apliqué sobre la nalga de él. Cayó inconsciente al instante; ella retrocedió asustada hasta que me miró fijamente; entonces habló llena de seguridad. Me dijo que lo tenían todo preparado para marcharse esa misma noche. “Otros ocuparán nuestro  lugar, nadie nos echará de menos. Solo tienes que salir de aquí y olvidarnos.”

Las interrelaciones entre los distintos deben limitarse al ámbito profesional. Cuando los individuos se desenvuelven entre iguales no se sienten discriminados; eso es bueno. ¿Se puede crecer como persona cuando el conocimiento de los que nos rodea es limitado?

Me acerqué lentamente a ella con intención de inmovilizarla, no se asustó; siguió hablando: “No le hemos hecho daño a nadie. No hacemos nada malo”. Miré fijamente su marca… ella no tenía capacidad para determinar qué era bueno o malo. “La marca no forma parte de mí, mi capacidad para pensar y decidir sí. Tú también tienes esa capacidad, utilízala”.

El conocimiento de las propias limitaciones evita la expectativa de logros imposibles y tranquiliza el espíritu de los individuos; eso es bueno. ¿Conocemos realmente nuestras limitaciones si nunca intentamos superarlas?

Continué acercándome y finalmente la inmovilicé. Cayó con los ojos abiertos, sin dejar de mirarme.

Acabo de redactar el informe; ya sólo queda rellenar el epígrafe de PROCEDIMIENTO ESTABLECIDO A SEGUIR.

 Estudio de viabilidad de reeducación.

En caso positivo:

1.- Esterilización.

2.-Confinamiento.

3.-Reeducación.

4.-Reinserción.

En caso negativo:

-Eliminación.

Añado un comentario para el que no existe espacio:

La mujer implicada en el incidente ha mostrado una capacidad de razonamiento, en principio, totalmente incompatible con la distinción de su marca. Tal vez fuera aconsejable que, por parte de los Pensadores, se revisara el procedimiento de distinción.

En cuanto he pulsado el punto final he seleccionado el texto y lo he borrado. No es a mí a quien corresponde hacer tal reflexión. ¿Eso es bueno?

<<De modo que empezó a tomar de su fruto y a comerlo. Después dio de éste también a su esposo y él empezó a comerlo. Entonces se les abrieron los ojos a ambos….>>

 


 

javihero
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  • 18 de Abril de 2010 a las 23:24
Recuerdo que el plazo de presentación finaliza a las 22:00 del jueves 23 de Abril. A esa hora cierro el topic.
javihero
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  • 20 de Abril de 2010 a las 21:02
¡A escribir que son dos días!
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 21 de Abril de 2010 a las 8:38
                                                                       El secreto del abad.

El abad se quedó mirando por encima de las murallas durante unos segundos después que el soldado asiera las riendas de su caballo; estaba sudado y relinchaba después del viaje y de subir la pequeña colina en la que se encontraba el castillo. Desde la pequeña plaza frente a la torre se podía ver la inmensidad de las tierras que quedaban bajo la protección del Conde. Don Gonzalo había servido al rey en varias batallas y éste lo había recompensado con buenas tierras y un pequeño castillo desde el que se había ganado la popularidad por relajar las condiciones de sus campesinos. Sus glorias en batallas no compensaban por ello su incapacidad para mejorar la productividad de aquellas tierras.

El monje sabía que cuando un Conde o un Duque hacen llamar a un Abad no suele ser por placer. Las discusiones sobre las finanzas del condado suelen acalorarse, más aún cuando el rey, a tres días de camino, está esperando los impuestos para reforzar su ejército. La mirada perdida del Abad mostraba el ahínco con el que intentaba predecir las jugadas de su señor. Ni siquiera el poner un pie en un charco al bajar del caballo hizo cambiar su expresión; aquella túnica ya traía barro pegado desde la abadía.

Avanzó por la plaza a paso lento, atravesó el puente que la separaba de la torre y siguió andando detrás de un soldado sin dejarse fijar el ritmo. Pensaba en los problemas que tendría el Conde para satisfacer a su rey y en como evitar que eso afectase a las arcas de la abadía. Se sabía más listo que el noble que habitaba en esa torre; si prestaba atención, debería bastar.

Un enorme salón ocupaba gran parte de la primera planta de la torre a la que entró tras ser anunciado por el soldado que lo acompañaba. Buscó una sonrisa en el último rincón de su alma pero no fue suficiente para disimular su preocupación. El Conde pasaba horas en aquella sala. Le gustaba mirar por las ventanas desde las que se veían sus tierras mientras comía, pensaba o hablaba con alguien. La pared del fondo quedaba partida por una gran chimenea en la que ahora ardían grandes troncos para pintar media sala de cálidos colores anaranjados.

El Conde miraba fijamente a las llamas, dando la espalda al invitado, mientras se calentaba toda la parte delantera de su cuerpo. El abad sabía que estaba buscando las palabras adecuadas para empezar una conversación que de buen seguro iba a empezar a acalorarse en breves momentos.

-¿Me habéis hecho llamar?- Preguntó el abad cerrando la puerta tras él.
-Sentaos por favor. ¿Puedo ofreceros algo?
-Nada mi señor. ¿En qué puedo serviros?
-Un tema sin importancia- fingió inútilmente el Conde- pero debo poner orden en la recaudación de impuestos para nuestro rey.
-Por supuesto mi señor. Aunque no sé como podría ser útil un simple abad en esas labores.

El Conde empezó a pasear las pesadas pieles por la sala a pasos cortos. Iba a empezar a moverse por terreno pantanoso en breves instantes y no quería generar un nuevo problema. El rey no quería escuchar quejas de las abadías y mucho menos de los obispos, pero ese abad tenía el dinero que él necesitaba.

-He decidido crear un impuesto nuevo sobre los negocios de la abadía.
-Ya pagamos nuestros impuestos mi señor- contestó el abad inclinando la cabeza en muestra de fingida humildad.
-He visto como ha crecido vuestra abadía en los últimos años y…- el conde midió sus palabras antes de insinuar que un abad no pagaba todos lo que debía- los impuestos recibidos no se corresponden con ese crecimiento.
-Ese crecimiento se corresponde con la voluntad del señor- contestó mientras se santiguaba- que ha querido darnos salud para trabajar de sol a sol.
-Y convertiros en el primer comerciante de lana, carne y madera de la zona- contestó el rey visiblemente acalorado.
-Nuestro rey nos cedió la explotación de las tierras mi señor.

Don Gonzalo empezaba a impacientarse. Necesitaba el dinero que aquel monje guardaba en sus arcas y no podía robárselo. Estaba claro que pedírselo no iba a ser mucho más fácil.

-Tenéis permiso del rey para cazar y tejer, pero no para vender. No os puedo cobrar por cazar, pero sí por vender la carne.
-Mi señor, si la carne deja de dar los frutos con los que hacemos la obra del señor, dejaremos de vender carne. Si la lana no nos deja cuidar de la casa de Dios, dejaremos de tejer- contestó el abad con seriedad confesando que no iba a pagar más impuestos de los que ya estaba pagando.
-¡Tenéis que colaborar con las arcas del condado!- gritó el conde viéndose sin alternativas.
-Y lo hacemos- respondió con toda la calma que fue capaz.
-¡No es suficiente! ¡En unas semanas tengo que verme con el rey! Y espera mucho más de mí que lo que puedo ofrecerle. Estás son las tierras más fértiles al sur de las montañas. ¡No puedo ofrecerle cuatro reses y cuatro sacos de trigo!
-Si me lo permite mi señor…

Que un abad pida permiso para hablar sin tapujos era algo poco frecuente pero, dadas las circunstancias, el Conde iba a aceptar. Aquel hombre se había convertido en un gran hombre de negocios; mucho más que un simple hombre de fe y su opinión podía ser importante por más que aquella situación estuviera humillando al Conde.

-Acabáis de decir que estas tierras son las más fértiles. Tenéis agua y tenéis buenas comunicaciones. Los mejores caminos os llevan a las mayores ciudades. ¿A que se deben los pocos ingresos?
-Si lo supiera no os habría hecho llamar.
-Al descontrol mi señor. Cada comerciante vende como puede, cada granjero busca comprador, aquí o en otro sitio. Si queréis prosperidad, todo el comercio debe darse dentro de las murallas del castillo, mi señor. Debéis convertir vuestro castillo en un gran mercado.
-Lo hemos intentado. Hemos prometido mejoras, ayudas de los soldados para mover las mercancías… Hasta rebajas en los impuestos de los que comercien dentro del castillo. Pero claro, es mejor no pagar nada a pagar poco.

El abad sonreía sabiendo que había llevado la conversación a su terreno. No pensó ni un momento en la regla ni en San Benito. Aquello lo divertía y estaba a punto de ganar aún más dinero.

-Cuando nuestro señor Jesucristo – dijo santiguándose- vino a traernos la salvación, nos habló del perdón, del amor, de la fe… Los primeros en  llevar su palabra por el mundo intentaron llevar el mismo mensaje. Durante unos años al menos.
-¿Y qué pasó?
-Pasó que cada vez menos gente los escuchaba, cada vez menos gente los seguía. Así que algunos empezaron a hablar del infierno, de los pecados, de culpa. Fue eso lo que despertó a los infieles y dio público a los monjes. Fueron las palabras de castigo las que llenaron las iglesias y no  las de amor.
-¿Y eso en que puede ayudarme?

El abad se veía visiblemente satisfecho con la curiosidad de Don Gonzalo y explicó su idea con suficientes detalles.

-Lo que debes decirle a los granjeros y comerciantes es que los caminos son peligrosos. Pueden perderlo todo si viajan solos. Que vengan a comerciar al castillo donde estarán protegidos por un pequeño impuesto. Los foráneos que quieran venir a negociar serán escoltados por vuestra guardia que deberá ser reforzada por otro nuevo impuesto y cuando haya que mandar mercancías fuera también serán escoltados después de formar una caravana semanal.
-Estos bosques apenas son peligrosos. No lograré convencer a nadie con esas tretas.
-A no ser que se den un par de ataques sangrientos a comerciantes.
-¿Estáis sugiriendo que…?
-Yo no puedo sugerir gran cosa mi señor – se apresuró a interrumpir el abad.- Pero si una banda de forajidos atacara un par de veces y vuestros soldados los capturaran, sería una buena oportunidad para convencerlos. Imaginaos como encajaría la inocente población de esta región que unos crueles asesinos mataran a un comerciante y su familia para robarle. Imaginaos que efecto causaría en vuestros súbditos. Imaginad ahora que los capturáis y que los ahorcáis en la plaza grande del castillo.
-No puedo montar semejante artimaña.
-Por supuesto que no mi señor. Pero si sucediera por casualidad…
-¿Por casualidad?
-Si yo supiera que esos caminos son peligrosos se lo tendría que decir a mis fieles para que hicieran lo posible para estar a buen recaudo. Los animaría a comerciar dentro del castillo y a viajar sólo como parte de la caravana que nuestro Conde organiza semanalmente. Les contaría la crueldad de los asesinatos y los peligros de los bosques y caminos. Si eso pasara yo podría dar los mensajes adecuados a la población.
-¿Desde la abadía?
-Estaba pensando que quizá podríamos ampliar la capilla del castillo para poder predicar la palabra del señor los días de mercado a todos los que vinieran a la ciudad.
-¿Predicar a los mercaderes y comerciantes el día de mercado?
-Se está haciendo en otras ciudades mi señor. Y nos sería útil a ambos.
-¿A ambos?
-Podríais atraer el negocio a la ciudad y la abadía tendría nuevos fieles.
-Que colaborarían gustosamente con parte de los beneficios que obtuvieran del mercado.
-Eso es lo de menos, mi señor- contestó inclinando la cabeza de nuevo.

Don Gonzalo se apoyó en una ventana pensativo. La idea del abad tenía sentido aunque aún no sabía si sería capaz de afrontarla. Tenía que buscar la forma de hacer que unos bandidos cometieran unos crímenes lo más atroces posibles. Mientras miraba a sus tierras habló en voz alta para si mismo.

-Y sólo necesitamos que unos bandidos ataquen en el bosque a unos comerciantes por casualidad. ¿Verdad?
-Sólo necesitamos que pase eso mi señor- contestó el abad mientras se levantaba para irse y hacía una larga pausa.- Algún día verá que acabo de poner a su disposición la herramienta para gobernar durante cien años.
-¿El dinero?
-No mi señor- contestó el Abad riendo sin disimulo.- El miedo.
pelagio
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Fecha de ingreso: 5 de Mayo de 2009
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  • 21 de Abril de 2010 a las 9:30
¡Venga, coño! qué todavía hay tiempo. Uno más, por favor.
concursoderelatos
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  • 21 de Abril de 2010 a las 13:24

DE SANGRE AZUL

 

-Verá, señor: Me critican por qué llevo esta vida de ermitaño. Qué quieren si soy cabrero; me paso el día en el monte y no tengo tiempo para la tertulia. Tampoco ayuda que mi casa esté a las afueras del pueblo, algo distante de las demás, ni el hecho de que mi madre me haya traído al mundo debajo del horreo, en la huerta de mi abuela y me haya  alimentado con leche de cabra. Ahora estoy al cuidado de las hijas y de las nietas de mi nodriza, que vienen a ser hermanas mías de leche unas y sobrinas las otras. Con una incluso tuve amores, digamos que a escondidas, (pero esto que quede entre nosotros). Compréndame, me paso días enteros sin ver a nadie. Cuando yo era pequeño, las cabras andaban sueltas por el monte, pero ahora tengo que cuidarlas para evitar que los lobos las ataquen.

Mis vecinos trabajan, casi todos, en el sector de la construcción. Yo me encuentro mejor con las cabras que en la ciudad. Me marea el ruido atronador de los coches, los semáforos, la gente que corre alocada, empujándome, con sus móviles pegados a la oreja y consultando a cada paso sus relojes de oro. La montaña es otra cosa.

Pero ocurrió que un día me alejé con mis cabras más de lo habitual, nos alcanzó la niebla y me perdí. Mientras caminaba sin rumbo, me acordé de una historia reciente que circulaba por aquellos lugares, sobre una hechicera que vivía escondida en una cueva. Había distintas versiones sobre esta historia: Tan pronto volaba montada en una escoba, como era la versión femenina del hombre lobo; la gente de la aldea inventan mucho.

Agotado e incapaz de encontrar el camino, decidí sentarme al abrigo de una peña. Ignoro cuanto tiempo llevaba allí cuando ella apareció. Recuerdo que de pronto levanté la cabeza y la vi. Era una joven bastante atractiva, tenía el pelo largo y rizado y vestía una túnica azul y unas zapatillas del mismo color. Ya iba yo a preguntarle, ¿quién eres?, cuando me vio, se volvió y echó a correr. Yo la seguí gritándole: ¡No huyas, por favor! ¡Sólo quiero hablar contigo!.

Descubrí la cueva en la que supuse que se había escondido y entré gritando: ¿Dónde estás? ¡No es necesario que te escondas de mí, sólo quiero que hablemos!

De pronto un sexto sentido, o quizá la propia respiración agitada de la joven, me advirtió del peligro. Me volví y la vi que se me venía encima... ¡empuñando un cuchillo de cocina! Salté a un lado esquivando una cuchillada que pasó rozándome el brazo. Le atrapé la muñeca y le hice soltar el cuchillo, entonces me atacó a patadas y puñetazos. Rodamos por el suelo abrazados, ella intentando arañarme la cara y yo luchando por inmovilizarla. Sus afiladas uñas me daban miedo, pero lo que más me asustó fue el incomprensible cambio de color de su piel, una piel que dos minutos antes yo había visto blanca y sonrosada y que, ahora de repente, se había teñido de azul cárdeno. Sentado sobre sus rodillas, intentaba sujetarle los brazos que parecían aspas de molino agitadas por un vendaval. Y entonces ocurrió que, en el acaloramiento de la pelea, en el violento cuerpo a cuerpo, no pude evitar excitarme, me incliné sobre su boca y la besé. Fue mano de santo, oiga, de pronto la ira desapareció por completo de su semblante y con ella fue desapareciendo aquel horrible color azulado, dejó de patalear y yo, sorprendido, volví a besarla, abrazándola, y la hubiera follado allí mismo, dicho sea con perdón, si ella me hubiera dejado, pero me quitó de encima dándome un rodillazo en la entrepierna y lanzándome una mirada tan gélida que se me quitaron las ganas. La solté, me disculpé y conseguí que se tranquilizara un poco y accediera a responder a mis preguntas:

Me dijo que se llamaba Dorinda, que hacía un año que había perdido a su madre y desde entonces se había peleado dos veces con su padrastro. Se había escondido en aquella cueva huyendo de él porque quería encerrarla en un psiquiátrico.

-La primera pelea –me dijo- fue una noche que él llegó borracho e intentó acostarse conmigo. Escapé de la habitación, me alcanzó en el pasillo, forcejeamos, le empujé y bajó rodando por la escalera. Se rompió un brazo y cuatro costillas. La segunda vez fue porque le dije algo que no le gustó. Me abofeteó y yo le estrellé una bacinilla en la cabeza; era de casco, muy pesada. Estuvo cuatro días en coma y cuando despertó lo primero que dijo fue: “Voy a meterte en un psiquiátrico”. Sabía que podía hacerlo porque tiene muchos amigos influyentes. Así que huí. –Al llegar a este punto, Dorinda hizo una pausa, se incorporó, me miro y añadió-: Cuando alguien me asusta o me altera me vuelvo azul y pierdo el control de mis actos. Me dura poco pero en ese momento podría matarte. Los médicos no saben que enfermedad tengo.

 

Volví a la cueva los días siguientes pero ella no estaba. Le dejaba alimentos, entre otros, un litro de leche de mis cabras. Durante una semana no volví a verla, pero siempre encontraba la botella de la leche vacía.

Un día, decidí esperarla en la cueva y me quedé dormido. Cuando me desperté  me encontré con una doble sorpresa. Abrí los ojos y allí estaba frente a mí y cuando intenté incorporarme me di cuenta que me había amarrado las manos a la espalda. Me asusté.

-¿Por qué me ataste, si yo no quiero hacerte daño? –le dije.

-Quiero darte las gracias por la leche –me dijo sonriendo-. Me baño con ella y me hace mucho bien.

- ¿Te bañas con ella?

-Bueno... me mojo todo el cuerpo. Ojalá me alcanzara para bañarme. Quiero pedirte que me beses como el otro día, pero quiero evitar que me metas mano porque me pondría azul y te mataría. Por eso te amarré, por tu propia seguridad. Ya has visto que soy peligrosa.

-Te gustan mis besos pero no quieres que te haga el amor.

-No se trata de querer o no, es que no puedo. Aunque la verdad es que noto cierta mejoría con la leche de tus cabras. Si ordeñaras la suficiente cantidad para bañarme en ella, sin duda el remedio sería más efectivo.

-No puedo darte tanta leche –protesté.

Pero al día siguiente ordeñé todas mis cabras hasta llenar un pequeño pozo que había en la roca. Nos metimos juntos en él, ella no se puso azul ni me pegó, al contrario, me abrazó, nos besamos e hicimos el amor entre la leche.

 

Se vino al pueblo conmigo y por mí soportó, con estoica resignación, la curiosidad insana de la gente, las miradas burlonas, los chismes y las frases soeces que escuchaba a su paso, procedentes de tipos que se creen importantes porque tienen coche y visten a la moda, aunque la mayoría tengan hipotecados hasta los calzoncillos.

-Sí, por desgracia esa es una especie que abunda mucho en la sociedad moderna.

-Cuatro años aguantó Dorinda, yo la llamaba mi reina porque su sangre era azul, cuatro años aguantó. Hacíamos el amor sumergidos en un baño de leche de cabra, una vez o dos al mes para no hundirnos en la ruina; y cuando parecía que se había curado de su enfermedad, va y se me muere. Pero, una cosa le diré, señor: A pesar de lo breve y complicada que fue nuestra relación, no me arrepiento de haberla conocido. Palabra de cabrero.

 

 

 

javihero
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Fecha de ingreso: 11 de Septiembre de 2009
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  • 22 de Abril de 2010 a las 21:59

Damas y caballeros, sin saber bien por qué me he empeñado en asegurar que hoy jueves era 23 de abril y no 22...

...anuncio que queda clausurada la fase de presentación de relatos de esta quincena. A continuación abriré el hilo de las votaciones.

Gracias por participar.

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