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javihero
Mensajes: 482
Fecha de ingreso: 11 de Septiembre de 2009

XXXIV Concurso de Relatos: ILUSIONES Y FANTASÍAS

23 de Mayo de 2010 a las 22:24

Por encargo del ganador del XXXIII certamen, Carlos Aribau, abro este topic para el certamen de la quincena que entra.

El tema: Ilusiones y Fantasías.

Se pueden colgar relatos de hasta 1700 palabras, hasta el jueves 3 de junio a las 22:00.

A escribir.

bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 23 de Mayo de 2010 a las 23:01
Si usualmente se da por culo con la definición del tema, en este caso no te quiero ni contar...
sarakey
Mensajes: 441
Fecha de ingreso: 1 de Enero de 2010
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  • 23 de Mayo de 2010 a las 23:08
Valdría aclarar también que llegar al final del relato y que el protagonista se despierte, está muy trillado.
javihero
Mensajes: 482
Fecha de ingreso: 11 de Septiembre de 2009
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  • 24 de Mayo de 2010 a las 0:20
Estoy de acuerdo con vosotros, pero hay otro hilo para comentarios, éste es para colgar relatos.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 26 de Mayo de 2010 a las 11:43

.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 26 de Mayo de 2010 a las 20:48
MUNDO DE ILUSIN, MUNDO DE COLOR



Cmo convencer a un nio de ocho aos? Resulta difcil, os lo aseguro. Sobre todo si delante de sus narices se levanta una enorme carpa de colores, erizada de banderolas al viento y rodeada de vistosas caravanas y tipos extravagantes con pinta de estar muy ocupados.
-El circo, el circo! -Grit Luisito excitado.
-Ya, ya... -Reconoc sin disimular mi fastidio. Era siempre igual. Unos das antes, el destartalado cuatro latas del ayuntamiento se paseaba por el pueblo anunciando el prximo evento.
“Dos funciones diarias, a las cuatro y a las ocho de la tarde. Domingos sesin matinal extra”, anunciaba el alguacil con su voz cascada y familiar. Y Luisito, loco de contento, tiraba de la manga de mi chaqueta arrastrndome hacia el destartalado cajn que haca las veces de taquilla.
Reconoc al instante a la mujer que nos observaba desde el interior. A ver, no es que la conociera de nada, en realidad no la haba visto en la vida. Sin embargo era ella, era la misma mujer de rostro anodino que ocupaba aquel lugar ao tras ao.
Antes de abrir la boca le ech un vistazo a los precios; un robo...mejor una estafa. Luisito se mova nervioso a mi alrededor, impaciente por tener la preciada entrada en la mano.
-Deme dos entradas, de las ms baratas. -La mujer levant los ojos y me mir fijamente.
-Barrera, treinta euros. Grada central, veinte euros y grada lateral, quince euros... -Por lo visto estaba obligada a relacionarme los precios detalladamente.
-Dos, de las ms baratas. -Insist sin prestarle atencin.

La amplia explanada dnde estaba emplazada la carpa estaba solitaria. Algunos coches aparcados en las cercanas y unos cuantos chiquillos jugando a la pelota en un improvisado campo de ftbol que haba cerca de all. Las caravanas y remolques haban formado un crculo alrededor de la carpa, delimitando as el recinto circense. Luisito se escap corriendo unos metros y meti su esculido cuerpo entre dos cabezas tractoras. Al momento sali corriendo con la cara roja de excitacin.
-Pap, pap! Leones! -Pap; l no se daba cuenta de nada, pero acababa de destruir todas las barreras mentales que me separaban de l. Seguramente, llegados a ste punto, se preguntarn a que coo viene lo de las barreras mentales. Probablemente alguno ya se lo est figurando...exacto: Luisito no era hijo mo, al menos no del modo en que generalmente se llega a dicho estado civil.

Conoc a su madre en una boda dos aos antes. Algo bastante comn en el mundo en que nos movamos. Yo tena entonces cuarenta y tres aos, digamos que bastantes ms que ella, y Luca era una mujer divorciada, lo cual no era demasiado habitual por entonces. Congeniamos rpido; yo era un soltern empedernido y ella...bueno, no tena demasiada suerte con los hombres. Yo no pretenda empezar una relacin seria; estaba bastante cmodo con una situacin que me permita disfrutar de los placeres de la vida como si de un buf libre se tratara, sin dar explicaciones y dependiendo siempre del poder adquisitivo. Sin embargo estaba claro que para Luca, yo era algo ms que un plan de verano...porque era verano, un verano clido y de pueblo, plagado de mosquitos y bochorno...
El caso es que Luisito me miraba con los ojos abiertos como platos.
-Leones, leones! -Gritaba mientras sealaba con el dedo a un punto indeterminado.
-Vale, vale...a ver si podemos colarnos sin que nos vean. -La ilusin de mi recin adquirido hijo me hizo deshacerme de cualquier atadura moral. Mir alrededor y no vi a nadie; eran las dos de la tarde, todava quedaban dos horas para el comienzo de la funcin y la mayora de los trabajadores del circo estaban durmiendo la siesta.
La proximidad de la jaula de los leones me llen de inquietud. No es que los bichos estuvieran muy dispuestos, la verdad, pero su sola presencia impona cierto respeto. Luisito se mantuvo a tres metros de los barrotes, como petrificado; el len macho, lejos de parecerse a los esplendidos ejemplares que salan en los documentales, pareca padecer algn tipo roa epidrmica, adems de ser cortejado por un montn de moscas que zumbaban a su alrededor sin piedad.
-Est muerto? -Pregunt Luisito mientras daba dos pasos adelante.
-No creo. Estar durmiendo, Luisito. Los leones son muy dormilones. -Aduje intentando sofocar la desilusin del nio.
-Pues a mi me parece que est muerto. -Volvi a decir, esta vez con ms seguridad.
-Qu no, qu no est muerto. Ya vers. -La idea no era buena, so estaba claro, pero no me quedaba ms remedio que improvisar algo, as que cog una piedra del suelo, mir a todos lados y la tir al interior de la jaula procurando despertar al perezoso felino.
Al instante el len abri los ojos sorprendido, movi el hocico y abri la boca mostrando sus enormes colmillos. Despus, como si de un documental se tratara, emiti un rugido estremecedor.
Luisito peg un salto hacia atrs.
-Ostias! -Exclam sealando con el dedo -Has visto los dientes que tiene, pap? -Otra vez la dichosa palabrita. Sonre de oreja a oreja y asent.
-Si que son grandes, Luisito. Pero ahora tenemos que irnos, antes que venga el cuidador y nos eche la peta. -No s porqu utilic aquella expresin, tal vez para sentirme ms cercano al nio.
El caso es que nos quitamos de en medio y volvimos a la explanada. Al pasar junto a una de las caravanas, que tena la ventana abierta, vimos como un tipo se maquillaba delante de un espejo. Era un espejo grande, de los de cuerpo entero; el tipo era bajito y regordete y ya se haba pintado de blanco toda la cara.
No pude evitar percatarme que el rmel de los ojos se estaba corriendo por toda la cara. Est llorando? Me pregunt en silencio, mientras intentaba evitar que Luisito se encaramar a la ventana del payaso triste.
Lo que faltaba, pens. Un len famlico y un payaso llorn, sin olvidarnos de la taquillera multiuso. Menudo papeln de circo, era todo tal y como lo recordaba.

Haban transcurrido casi dos horas sin darnos cuenta. La gente comenzaba a agolparse junto a la entrada principal del circo. Dos tipo de aspecto aburrido se colocaron junto a la verja y se dispusieron a recoger las entradas del impaciente pblico.
Tuve que gastarme diez euros en la improvisada cantina que haba antes de acceder al interior de la carpa. Otra vez la taquillera ostentosamente maquillada. Me mir con aquellos ojos tristes antes de decirme:
-La botella de agua y las chuches son nueve con cuarenta y cinco.
No poda defraudar a Luisito, que se aferraba a mis pantalones con todas sus fuerzas.

La grada lateral no era precisamente cmoda. Un tablero de madera cruzaba de parte a parte el sector; no tena respaldo, as que a los diez minutos ya me dola la espalda.
La pista central...la nica pista, era ms bien pequea. Despus de unos minutos de espera, el maestro de ceremonias apareci ante los ojos atnitos del pblico infantil.
-Buenos tardes, nios y nias, paps y mams! - El saludo fue contestado con una unnime aclamacin.
-Cmo estn ustedes?! -La consabida pregunta de siempre. Por algn motivo me result familiar.
-Biennnnn! -Contestaron los chiquillos...bueno y algunos mayores, porqu no decirlo.
-Sed bienvenidos a nuestro mundo de ilusin, a nuestro mundo de color... -Nada ms pronunciar aquellas palabras, el gran teln que cubra la escena desapareci como por ensalmo, y la compaa circense al completo hizo acto de presencia a modo de presentacin. All estaba el domador, que llevaba encadenado como si de un caniche se tratar, al len dormiln, y el payaso llorn, que esgrima una bocina como si de un Harpo revivido se tratara. Todos ellos sonrean y saludaban, y yo no pude ms que compadecerme de su fingida alegra. Mir a mi lado y me reflej en los ojos de Luisito, que miraba la escena sin parpadear; no tuve ms remedio que agradecerles de corazn el esfuerzo sobrehumano que estaban a punto de emprender. Me puse en pie y aplaud con todas mis fuerzas. Una conocida tonadilla circense comenz a sonar a travs del sistema de megafona, hacindome retroceder tantos aos que por un momento pens que era un nio de nuevo.
El pblico al completo tarareaba de la cancin mientras la compaa completaba un breve desfile alrededor de la pista.
Haba una vez un circo, lleno de alegra y de color. Mundo de ilusin, mundo de color...


concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 26 de Mayo de 2010 a las 20:54
FANASTASY ILUNEI

Desde hace dos aos vendo golosinas a los nios. Y antes me dedicaba a los seguros para adustos y adultos. Pero me cans. Ahora tengo un pequeo comercio que funciona como casa encantada para los pequeos y como tienda de emergencia para sus padres. Lo aprend de Fanastasy Ilunei.

He pasado de hombre serio que colecciona estrellas, como nos catalog Saint Exupery en su relato El Principito, a comerciante de fantasas e ilusiones.

Cuando yo era como mis principales clientes, los nios, me haca ilusin llegar a trabajar en una tienda as. Lo he conseguido. A mis 34 aos.

Lo que recuerdo de la antigua tienda es poco, aunque preguntando a los compaeros y amigos que siguen viviendo en el barrio, he llegado a reconstruir su historia, especialmente en lo que se refiere al impacto que produjo en nosotros, chicos y grandes. He aqu parte de lo que s ahora.
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En las maanas de invierno, usaba un frasquito de aceite para minimizar el impacto del chirrido del cierre de la tienda sobre el sueo de sus vecinos. Lo llevaba en el bolsillo del abrigo, junto a la cajita de caramelos. Consuma uno antes de salir de su casa y otro a la hora de regresar. Durante el verano, el cierre emita un sonido lmpido, acompaando el rebullir de los vencejos y el piar de gorriones.

Las dos estaciones eran las mejores pocas para el negocio, porque si en el invierno las madres se afanaban en obtener de su colmado lo que se echaba de menos a lo largo del da: una botella de leche, los panecillos para el desayuno, las gominolas y chucheras con las que completar la piata para el cumpleaos que iban a celebrar por la tarde, eran los caballeros quienes procedan a llenar su colmado durante las trridas tardes de verano, cuando la sed amenaza las existencias de neveras y fresqueras y tocaba reponerlas.

Para Ilunei, los nios ramos excelentes clientes de media tarde, habituados a posponer nuestros deseos y necesidades de azcar hasta bien avanzado el da. Tenamos predileccin por su comercio frente al de las cadenas comerciales, que se iban adueando del paisaje urbano. El secreto? Fanastasy Ilunei haca juegos de magia: que desaparezca una moneda y que surja del odo de una princesita, que se llene un globo con la sonrisa de un elfo, trmino reservado a los ms pequeos. A nosotros, los que estbamos en edad de ir araando aos al tiempo, los que decamos “tengo 11 para cumplir los 12”, nos llamaba “trastos” y nos dedicaba expresiones como “decdete rpido, que ocupas mucho espacio delante del mostrador” o “si no te aclaras te convertir en rana”. Nos encantaba. La frase que nos dedicaba a cada uno la compartamos en la puerta de su comercio, rindonos de sus ocurrencias mientras nos decidamos por la chuchera que tendra el honor de ser devorada en primer lugar.

l haca magia. De la de verdad. Los pequeos lo saban y algunos adultos lo sospechaban, porque lo que es certeza en la infancia se transforma en duda con el devenir.

Mam tambin lo saba y me dejaba acercarme hasta su tienda algunos sbados. Recuerdo especialmente uno de esos das, en el que me qued el ltimo, porque los chicos mayores se aduearon de la tienda. Al marcharse ellos, Fanastasy Ilunei me invit a entrar en la trastienda. De un cajn sac unos dulces de caramelo, deliciosos de aspecto, como trboles de cuatro hojas y me regal una pequea bolsa de celofn, con algunos dentro. Mam me cont luego que saban a malvavisco. Mientras saboreaba uno con Ilinei, aparecieron ellos, los usher, pequeos cual ratones, vestidos de acomodador: chaqueta roja y pantaln negro, con franja lateral tambin roja. No llevaban zapatos y caminaban a gran velocidad sobre los potes, orcios y dems tarros de cristal. Me haca gracia que algunos de ellos llevaran un leopoldino sobre la cabeza.

Cuando sal de la tienda decid no contrselo a nadie, excepto a mam. Pero el secreto dur poco. La mayora de mis compaeros empezaron a verlos, tambin. Incluso venan chicos de otros barrios. La tienda estaba llena casi siempre. Los adultos empezaron a frecuentarla mucho ms, as que los usher iniciaron la retirada y dejaron de verse. A veces consegua llegar a ltima hora, a punto de cerrar y era entonces cuando Ilunei me invitaba a pasar a la trastienda, me regalaba alguna golosina y aparecan ellos

Pronto nos acostumbramos a esos dulces de malvavisco, que bautizamos como luisines, porque eran tan buenos de sabor que alguien lanz la idea de que tomarse uno cuando tenas que examinarte te garantizaba buena nota, como si te convirtieras en Luis, el chico ms listo de la clase.

Hasta que Ilunei desapareci un da y su local se transform; primero en peluquera y despus en otros muchos comercios, sin que alguno de ellos nos atrajera a los vecinos lo suficiente como para darle la bienvenida. Desde el cierre de la tienda de Ilunei adquirimos las chucheras empaquetadas, en cualquier comercio.

Crec, el barrio cambi y los luisines pasaron a formar parte de la historia no escrita mientras que los ushers dejaron paso en mi cabeza a las pantorrillas y los pechos nacientes de las nias del Sagrado Corazn.
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Decid adquirir el local hace dos aos, como ya he indicado, por casualidad. Cuando me acercaba al barrio para comer con mis padres, lo que haca cada dos semanas, me gustaba comprobar qu haba sucedido con los comercios de la zona. La vieja tienda era de las que sufran ms reformas. “Al final montar algo ah”, me dije un da, olvidando la idea o dejndola en barbecho en mi interior.

Una vez, que las cosas me iban mal, se me ocurri comprar un pote de cristal azul en Ikea, que llen de caramelos, colocndole encima un mueco cualquiera. Me haca gracia abrir el frasco y ver la cara de sorpresa de las visitas, al ofrecerles una golosina.

Poco despus las cosas mejoraron y empec a sentir. No puedo explicarlo de otro modo. Cuando haba mucha gente a mi alrededor, mi imaginacin se evada hasta la antigua tienda de chucheras y en esos momentos se me apareca, con el pelo entrecano y largo, las gafas sobre la nariz, su figura redonda y el guardapolvo en tono ail. A veces le vea entre los pasajeros, los transentes, incluso detrs de los cristales de las tiendas y comercios, como si l me vigilara o yo le persiguiera. Adems, en cada viaje buscaba con denuedo golosinas de malvavisco, planta de la que he averiguado muchas cosas; incluso he aprendido a nombrarla en varias lenguas. De todas maneras, nunca encontr los luisines durante ese tiempo.

Hasta aquel da.

En mi primer viaje a Alemania aprovech para visitar Berln, ciudad que no conoca. Me di un buen atracn de museos y de calles interminables. En una de ellas me sent atrado por una travesa silenciosa, adornada con los carteles de algunos comercios: me detuve en cada uno de los escaparates, sin prestar atencin a lo que exhiban, hasta que me encontr delante de una tienda de dulces y mi corazn dio un vuelco porque Ilunei estaba tras el mostrador, atendiendo a unos nios. Entr y descubr que de verdad existan. Los luisines, idnticos a los de mi infancia, contenidos en un frasco de cristal, que el dependiente serva en bolsas de celofn de color azul. Incluso los nios me recordaban a mis antiguos compaeros. Cuando la tienda se vaci, el tendero se dirigi a m, diciendo: “Has vuelto”. Compr rpido y me march, asustado.

Pero a partir de ese encuentro imposible, volv a ver ushers por todas partes: en los hombros de una clienta, sobre la bandeja de una azafata. A medida que los localizaba cerca de una persona, las cosas del negocio empezaron a funcionar de nuevo; era como si me orientaran sobre con quin trabajar y a quin evitar. En los aeropuertos apenas los vea; pero al llegar a las ciudades y reunirme con clientes potenciales, surgan de todas partes. La conversacin con otras personas comenz a ser ms fluida y mientras suceda, los usher cambiaban de la actitud temerosa a la atrevida que mostraban a veces en la tienda de Ilinei.

Al decidir adquirir el local me preocup de que todo se pareciera a la que yo haba conocido, desde los potes de cristal hasta el mobiliario. La noche antes de la apertura, estuve un rato sin decidirme a cerrar, porque me pareca que faltaba algo. Entonces son la campanilla y era l. Me sonri desde la puerta y acercndose al mostrador me dijo: “La magia es muy importante para el negocio. Y t, cmo andas de magia?”

Despus sali, regresando con unas cajas de cartn, que, supuse, contenan luisines para la inauguracin.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Mayo de 2010 a las 21:46

LA VERDAD


Teoría Conspirativa Nº 1: Jesucristo jamás existió. La Biblia es sólo una gran novela escrita por un dramaturgo que quería reírse de las creencias religiosas de su época. Juntó a una serie de lunáticos y les hizo creer en la existencia de su personaje. Después, cuando ya estaban convencidos, se dedicaron a viajar y expandir los escritos. Sus familias, a cambio, recibían favores económicos. Aquello se le fue de las manos… llegando a crear la, seguramente, religión más influyente de la historia.

El médico le dijo que lo suyo no era una enfermedad mental. Simplemente le recomendó que se relajase, que le diese el aire más; que quedara con amigos, que fuese al cine, al teatro… que leyera. Pero Ricardo no podía parar… su cabeza continuamente estaba en proceso de creación y/o desarrollo de una teoría conspirativa. Para él, todo acontecía por alguna secreta artimaña. Nada era casual. De momento este trastorno no le impedía seguir desempeñando su trabajo: fotógrafo de bodas y eventos varios.

Teoría Conspirativa Nº 2: Los extraterrestres existen. Es más, viven entre nosotros. De hecho, nos gobiernan. En realidad, muchos estadounidenses lo son, principalmente los WASP. Se reconvierten en humanos a través de capullos, como los trífidos. De momento es difícil demostrarlo. Su intención es acabar con el planeta en cuanto logren habilitar otro existente en otra galaxia. Por ahora, aguantan para poder extraer un material que les es necesario y en cuyo planeta escasea.

Ni que decir tiene que nadie le creía. De hecho, se echaban unas buenas carcajadas a su costa. Pero eso era al principio, cuando no dudaba en hacer público sus teorías conspirativas. Después cambió de actitud; empezó a dudar de todos, a mostrarse desconfiado, cauto. No tenía problema en quedar con algunos de sus amigos y reírles las gracias. La mejor manera de pasar desapercibido era no pareciendo un bicho raro, aunque no llegaba a conseguirlo.

Teoría Conspirativa Nº 3: El cine es un invento creado con intenciones alienantes. También los best sellers. No quieren a gente que piensen demasiado. Pueden permitirse algún centenar de grandes pensadores, pero no a toda una sociedad pensante. Si eso ocurriese, antes descubriríamos que en verdad todo está controlado, que nada es casual. A lo largo de la historia nos permitieron algunos avances: la Revolución Francesa, la democracia, los avances científicos… La evolución se permite, siempre y cuando esté controlada por ellos. El avance ha sido tal en los últimos veinte años que ya empiezan a sentirse intranquilos, y a hablar del exterminio como posible solución al problema. Si no lo hacen es porque aún nos necesitan.

Su mujer le abandonó hace dos años. Aquel chico majo con quien se casó, ahora era un ser retorcido. Ella notaba que le miraba con desconfianza. Continuamente le preguntaba por sus idas y venidas. Que qué hacía en su trabajo, que con quién hablaba, que por qué llegaba cada día más tarde de la oficina… Durante las cenas, él se dedicaba a hacerle largas exposiciones de sus últimos revelamientos. No buscaba en ella complicidad. Quizás sí al principio… luego simplemente quería escucharse a sí mismo. La gota que colmó el vaso fue una noche de Navidad en la que amargó la cena a todos con sus continuas intervenciones apocalípticas. Fue entonces cuando ella le abandonó, y también cuando el médico le dijo que lo suyo no era una enfermedad mental, que sólo era un exceso de imaginación que debía controlar.

Teoría Conspirativa Nº 4: Oswald no mató a Kennedy, ni Chapman a John Lennon. Ni siquiera Agca era realmente quien atentó contra Juan Pablo II. Estos personajes tan sólo eran instrumentos utilizados por ellos para acabar con aquellos humanos que estaban acaparando demasiado protagonismo y que defendían ideas peligrosas para el sistema que establecieron. El caso de Kennedy es único. No se trataba de un humano, sino de uno de ellos. Tensionó demasiado la cuerda con su populismo. Esperaban que siguiera las coordenadas, y no lo hizo. Por eso fue ajusticiado.

“Pero tío, ¿en qué mundo vives?” Le dijo su mejor amigo hace un año. “Deja ya de decir estupideces, que si estamos invadidos, que si nada es lo que aparenta ser… ¡Eso es pura fantasía!” Un mes después, su amigo murió en un extraño accidente de tráfico. Ricardo no tuvo nada que ver, pero en su mente, todo se debió a un ajuste de cuentas. Lo más seguro es que algunos de los que comparten sus ideas estaban al tanto de aquella conversación. Él lloró la muerte de su amigo, pero, al mismo tiempo, pensaba que había algún motivo que lo justificaba. Y si estaba justificado, entonces estaba bien.

Teoría Conspirativa Nº 5: El sexo es el verdadero cáncer de la humanidad. Es el origen de todo mal, y quizás lo único que ellos no pueden ni saben controlar. Ellos entienden que un adulto debería fornicar cuatro o cinco veces en su vida, lo justo para procrear y seguir manteniendo el planeta habitado. El sexo transformó a Kennedy; el sexo es lo más cercano a la depravación. Cualquier temor, pasión o sentimiento es fácilmente controlable… pero no lo es el sexo. El amor se valora en exceso. Quítale el contacto físico y se queda en nada, o al menos en algo estéril.

En una posterior visita al médico empujado por su mujer, éste cambió de criterio: “Vas a ir a la consulta del Doctor Padroño. Es un especialista. Quiero que te trate él. Lo que yo pensaba que era un asunto sin importancia, empieza ahora a preocuparme. Ricardo, siempre fuiste muy imaginativo, pero cuando se pierde el control de la realidad es cuando florece la locura. Espero que seas consciente de la situación. Habla con Padroño, y él sabrá tratar tu asunto”. Había llegado al punto exacto en el que empezaba a dudar de todo, incluso de sus propios planteamientos. ¿Estaría en lo cierto? ¿Sería bueno hablar con ese doctor? ¿Y si el tal Padroño también quería eliminarle? Por si acaso, jamás acudió a su consulta. Sin embargo, se convirtió en su obsesión. Quería saber de él, sobre todo porque pasaban las semanas y el doctor seguía vivo. Si realmente era un peligro, acabaría ajusticiado, como su amigo. Pero seguía con vida, y no entendía por qué. Si Padroño quería quitarle de la cabeza sus ideas, era porque formaba parte de ellos. Para ellos, los que pensaban como Ricardo eran un peligro, los únicos capaces de saber la auténtica verdad. Llegó a la conclusión de que había llegado el momento de actuar. Si Padroño era uno de ellos, y los suyos no le ajusticiaban, entonces debería hacerlo él. El doctor tuvo un extraño accidente de tráfico. Murió en el acto.

Teoría Conspirativa Nº 6: El diablo existe. De hecho, es el único ser bíblico que es real. No hay un Dios creador, pues la humanidad es una creación del mismo diablo. Nos hizo a su imagen y semejanza. Y perdemos el tiempo adorando a un Dios bondadoso, cuando el que realmente puede interceder por nuestras almas es aquel a quien todos tememos. Bien se sabe que el miedo maniata a los seres. Los hombres más malignos de la humanidad fueron o son súbditos del diablo. Gengis Kan, Calígula, Hitler, Bin Laden. Pero hoy en día, el mismo diablo es quien siente miedo. Para ellos, él no es nadie, porque no temen a nada. Controlan la situación y pueden destruirnos cuando quieran. Ellos vienen de un mundo ajeno alejado de los dominios del diablo. Digamos que tienen el suyo propio, su propio creador.

Su grado de implicación había dado un paso de gigante. Ya no sólo era un pensador. Ahora también actuaba. Si seguía así, podía convertirse en uno de los profetas de dichas teorías. Nunca se vio con un espíritu fuerte como para ser líder en algo, pero ahora las cosas habían cambiado. Divulgar las ideas era importante, pero no podía llegar a cualquier oído. Era necesaria una revolución silenciosa, en la que los cambios llegasen con aparente normalidad, aunque detrás de ellos hubiese un oscuro enfrentamiento. Sabía que sólo tenía que dar con las personas adecuadas, aquellas que le ayudaran a encauzar la situación para convertirse en el líder de su región. Echó un vistazo a su pasado, y ya no se reconocía. Estos años de profundos pensamientos, de constataciones, de visualizaciones, le habían convertido en otra persona, en aquella que siempre quiso ser. Para los demás sólo era un retraído fotógrafo, alguien más metido en su mundo que en la vida real. Hace dos meses, Ricardo conoció a un hombre, y quiso confiar. Era uno de los suyos. Eso pensó. Mantuvieron largas conversaciones. Le traspasó información. El hombre siempre se mantuvo receptivo, incluso colaborador. Era su hombre de confianza… Ricardo murió en un extraño accidente de coche. No fue un ajusticiamiento. O sí, si así lo quieres creer.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 28 de Mayo de 2010 a las 20:41

UN DÍA PRECIOSO.

 

 

Iban en el coche. Como venía la abuela, su madre se había sentado atrás con ella y la había tomado en brazos. No existía un lugar en el mundo mejor que los brazos de su madre.

¿Ves aquella montaña?preguntó agarrándole la cabeza con las dos manos para girársela.

                ¿La que parece una mujer tumbada? Es la Cabrera. Se llama así.

Se parece a ti. Tiene la nariz grande como tú.

¡¿La nariz grande como yo?!fingió molestarse su madre Yo no tengo la nariz grande. Y si la tengo, algún día también la tendrás tú, porque te pareces mucho a mí. Cuando seas mayor, serás una narizotas, como yo.

No. Eres muy guapa, mamádijo abrazándola.

 

Se  hizo un ovillo entre aquellos brazos confortables y, así, empezó a saltar a la comba. Rosa Suárez se acercó a ella corriendo en el patio del colegio. Como siempre, despeinada. Como siempre, con un calcetín caído. Como siempre, luciendo una gran costra en la rodilla.

Piensa un número del uno al nueve. Corre, tienes que decirlo ya.

El sieterespondió sin pararse a pensar y notando que unos brazos la abrazaban desde atrás al tiempo que una nariz se hundía en su pelo.

Se lo tienes que hacer a siete chicas y cuando se lo hayas hecho, cada vez que veas una matrícula con dos sietes seguidos, el chico que te gusta piensa en ti. Con tres sietes, te quiere y con cuatro, no puede vivir sin ti. ¡El cero es comodín!

 

Se giró para besar a Manolo. El humo del canuto que se estaba fumando la envolvió. El reloj que lucía en el cielo, ocupando el lugar del sol, decía que eran las nueve de la mañana.

¡Joder! Pronto empiezas le recriminó como, últimamente, solía hacer cada mañana─. Vas a terminar mal de la cabeza como sigas a este ritmo.

Venga, guapísima. No te enfades y dame un beso. Tenemos latín a primera hora; algo hay que hacer para soportarlo.

 

La agarró por la cintura y le besó el cuello. Entraron al instituto riendo entre caricias y más besos. Dentro, la esperaba Javier junto a la puerta de la facultad. ¡Se había dormido! Llegaba tarde para preparar la exposición del trabajo que habían hecho juntos. Necesitaba una buena nota para terminar la carrera.

¡Perdona, perdona, perdona!

No te preocupes. Ya hemos hecho la exposición. Nos ha puesto un ocho.

Si me he dormido… ¿Cómo la hemos hecho?preguntó sin entender nada.

Ha venido la otra que eres tú pero que no eres tú.

¡Ah! respondió aliviada y segura de que todo tenía sentido. No pasaba nada, había venido la otra que era ella pero que no era ella. Todo estaba solucionado.

 

Caminaron juntos hasta el césped y se tumbaron al sol. No hablaron; se limitaron a mirar las copas de los chopos. El aire movía las hojas más altas.

 

El despertador empezó a sonar cada vez más fuerte. A tientas, logró apretar el botón de los más preciados diez minutos de sueño. El hueco dejado por su marido una hora antes, ya estaba frío. Se estiró en la cama y, casi sin darse cuenta, cambió la sonrisa con la que había despertado por un gesto serio,  triste.

 

Entre sueños, más despierta que dormida, se volvió a ver en la sala de espera del hospital abrazada a su padre y llorando. Los médicos seguían insistiendo en que él diera la autorización para donar los órganos de su madre.

Los daños producidos por el derrame cerebral han provocado la muerte clínica. Tiene que entender que su mujer ya está muerta.

No. Mientras le lata el corazón sigue viva. No se les ocurra tocarle ni un pelo.

 

Los diez minutos de gracia pasaron. Se levantó y en el baño se miró al espejo. Su nariz seguía siendo de un tamaño normal.

Hubiera sido un bonito homenaje. No ha podido ser.

 

En la ducha, no pudo evitar detenerse un instante cuando se pasó la esponja por la cicatriz de la cadera. El estómago se le encogió al recordar que Manolo no estaba en condiciones de conducir aquella noche, que no se lo tenía que haber permitido. Que podrían haber muerto. Que en parte fue así. Que, con el cuerpo magullado, junto a su cama, mientras se recuperaba del accidente, él le juró que la quería, que nunca volvería a ponerla en peligro, que jamás volvería a hacerle daño. Que cuando todo parecía volver a la normalidad, él desapareció para siempre. Que nuca más supo de él.

 

Sacudió la cabeza y se envolvió en la toalla. La vida sigue. Había que secarse y vestirse para ir a trabajar. La vida ya había seguido. Ahora estaba casada con el hombre al que amaba. Manolo era sólo parte de un sueño.

 

Su hijo Javier entró en el dormitorio sin importarle si su madre estaba vestida o desnuda.

¿Me planchas este pantalón? No tengo nada para ponerme.

Ahora voy. Déjalo encima de la tabla.

 

Mientras planchaba, su cabeza regresó a la habitación de la maternidad.

¿De verdad se va a llamar como yo?

Oficialmente es por su abuelo paterno. Pero, ahora que no nos oye nadie… es por ti. Javier, como el mejor amigo de la madre de la criatura.

 

De nuevo sacudió la cabeza. Su mejor amigo… ¡Hijo de la gran puta! La había llamado por teléfono el día anterior a que lo hiciera. “Me apetecía oír tu voz”. Eso le dijo. ¿Por qué no le dijo nada más? ¿Por qué no habló con ella? ¿Por qué no le pidió ayuda? ¿Por qué coños abrió el gas y se dejó morir? Jamás se lo perdonaría. Un amigo no hace eso.

 

Desayunó junto a su hijo. El desayuno fue silencioso, todos los días lo era. Ninguno de los dos tenía demasiadas ganas de hablar a primera hora. Por la tarde era distinto; padre, madre e hijo siempre tenían algo que decirse.

 

Terminó de arreglarse. Javier salió corriendo de casa con un “¡hasta luego, mamá!” y lanzando un beso que se perdió por el camino. Quizás, pensó, algún día su hijo soñaría que le lanzaba un beso al salir de casa y que daba en plena diana.

 

Salió a la calle y, sin darse cuenta de que lo hacía, buscó con la mirada el coche de su vecino, ése que tenía la matrícula 0777. La miró durante un segundo.

Buenos días, Manolo. Ya sé que me querías. Yo también te quiero, donde quiera que estés. Y ya ves… sí que puedo vivir sin ti.

 

Ya en su coche, al llegar a esa curva que cada día se abría como una puerta, aminoró la marcha y dejó que La Cabrera apareciera ante sus ojos. Majestuosa, inundada de sol, serena, eterna en su lugar. Sonrió y, guiñando un ojo, dijo en sus adentros: “Hola mamá. Hoy estás especialmente guapa. Tu nariz es perfecta”.

 

Aparcó frente a la oficina. Al bajar del coche notó el fresco de la mañana en sus brazos; una ligera brisa le había puesto la piel de gallina. Levantó la vista y se quedó contemplando el alto chopo que custodiaba la acera. Las hojas más altas eran movidas por el viento.

Sí, salúdame. Ya te pillaré… Eres un cabrón, Javier, pero sigues siendo mi mejor amigo. Ya hablaremos.

 

Entró en el edificio y saludó al portero.

Parece que hoy va a estar bueno dijo él.

Un día precioso, Julio. Hoy hace un día precioso.

 

Y, con la mejor de sus sonrisas, subió en el ascensor para comenzar un nuevo día. La vida sigue y, algunos días, son realmente preciosos.

 

 

               

 

concursoderelatos
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  • 29 de Mayo de 2010 a las 10:54

La Liberté

El enorme autobús aparcó en medio del campo de tierra y sus destellos plateados dejaron de molestar en la sabana. Dentro no hacía un calor de mil demonios ni se oía el barullo de los niños ni se podía respirar el denso aíre de África. Dentro del enorme autobús trabajaban tres bocas de aíre acondicionado y una buena cantidad de watios de música clásica.
Antoine La Liberté estaba reclinado ocupando un par de asientos de autobús, delante de una mesa invadida por restos de fruta, marcas de cocaína y una baraja de cartas en cuyo dorso se habían ido escribiendo nombres de personajes relevantes. El juego se había terminado cuando la prostituta había escrito el nombre de Nelson Mandela; a Antoine no le gustaba hablar de otros líderes negros y menos si eran intachables. La marca a rotulador en su frente aún era legible. En esos momentos, Peter Garbin, representante de Antoine La Liberté, estaba consolando a la chica y explicándole por qué iba a tener que quedarse en el autobús durante unas tres horas, hablando con un conductor senegalés que era prácticamente mudo.
Garbin no era alto como su cliente, ni guapo ni, por supuesto, negro como una pantera, pero era bueno convenciendo a la gente; haciendo que la gente se sintiese bien o se sintiese mal. Después de hacer sentirse bien a la prostituta, Peter Garbin pensó que Antoine La Liberté necesitaba un poco de mano dura. Asomó la cabeza a la cabina del conductor y le pidió que quitase el aíre acondicionado. Aquel ruido infernal dejó de interferir con la música clásica de modo que todos los ocupantes del autobús sintieron un inesperado alivio. La Liberté miró a Garbin mientras este tomaba asiento frente a él y sonrió como un niño que se ha salido con la suya.
-Me has dado bien por el culo, lo reconozco – dijo el representante.
-A ti te gusta pegarte a mi culo, a mí me gusta pegarme al tuyo.
-Soy tu puto representante, maldito payaso de mierda, y no paro de sacarte jodidas brasas ardiendo de la cama para que tú puedas bañarte a gusto en gasolina, ¿lo entiendes? – Garbin no esperaba respuesta, por supuesto – Y es algo para lo que estoy preparado con casi cualquier puto corredor de fondo, futbolista o puto levantador de pesos que no sea tan feo como para no poder anunciar al menos una franquicia de talleres de coche en el puto estado de Oregon. Pero tú, jodido crío, tú me miraste a los ojos y me dijiste que se había acabado toda esta mierda. Me dijiste que te ibas a portar bien durante este viaje y que cuando volviésemos a casa ibas a echar una meada tan limpia delante del juez que en menos de un año estarías pegando patadas en el culo del más fiero cabrón que se atreviese a ponerse un kimono.
-Se llama karateki – puntualizó Antoine, mientras buscaba alguna cosa importante en la punta de sus dedos.
El golpe en la mesa fue tan fuerte que hasta el conductor asomó la cabeza para ver si un búfalo cafre les había caído desde el cielo. Peter Garbin no demostró dolor al retirar el puño; seguía intentando intimidar a ese joven maestro de artes marciales con su mirada de tiburón blanco; no se dio cuenta de que La Liberté, de modo instintivo, había tensado todos sus músculos y su mano derecha se había cerrado como una bola para defenderse atacando.
-No te recomiendo que hagas eso sin avisarme – dijo La Liberté en voz baja – Y menos si me he metido. A veces el cuerpo reacciona solo.
-¿Vas a partirme la cara? – ofreció Garbin.
-No.
-Bien, porque no sería un bonito espectáculo si tengo que salir ahí fuera con la nariz rota para anunciarles a todos esos jodidos críos que Antoine La Liberté ha llegado desde Haití para estar un rato con ellos.
-No vivo en Haití; vivo en DC.
-Pero has venido de Haití; eso es lo que no entiendes. No entiendes una mierda acerca de ti mismo.
Peter Garbin se levantó y metió la mano con la que había golpeado la mesa en la champañera llena de hielo derretido y envases de zumo.
-¿Te has lastimado, Peter?
-¿Cómo coño hacéis esa mierda de romper ladrillos con las manos?
-Yo no hago rompimientos – respondió La Liberté, sonriendo como si hubiese escuchado una obviedad – Eso es para mulas.
Garbin estudió a su representado con detenimiento, intentando entender dónde estaba lo gracioso, por qué había siempre una parte de ese muchacho que intentaba quitar importancia a todo lo que de extraordinario tenía su mundo.
-Vosotros hacéis magia – le dijo - ¿No lo ves? Para todos esos niños, lo que haces es magia. Y, cuando sean mayores, quieren hacer esa misma magia.
-Ya. La magia de “patear a un tipo en la cara antes que se de cuenta de lo que está pasando”.
-¡Eres un puto dios para ellos! – se desesperó Garbin - ¡Has conseguido que cientos de miles de personas en todo el mundo, y cuando digo todo el mundo, me refiero a las estepas rusas y la puta sabana africana, se afilie a la puta federación internacional de kárate! ¡Has conseguido que esa puta cosa de patear a la gente en la cara sea una disciplina olímpica! ¡Y estás en este puto autobús, en un viaje en el que prometiste portarte como una puta monja de clausura, jugando a adivinar nombres con una prostituta y metiéndote una raya por cada nombre que aciertas! ¿Qué es lo que funciona mal en tu cabeza?
-¿Qué es lo que funciona mal en vuestras cabezas? – respondió tristemente Antoine.
Garbin volvió a sentarse frente al joven. Aquello le pareció una brecha en sus bufonadas, una oportunidad de acceder a sus verdaderos pensamientos para intentar darle la vuelta a la tortilla.
-¿Por qué piensas que tú no vales todo esto?
-Estoy en un autobús en medio de África para charlar con quince o veinte chavales muertos de hambre que, de todos modos, no van a conseguir un dojo ni un maestro si no los pagamos de nuestros bolsillos. ¿Eso es para sentirse orgulloso?
-Pero, ¿qué me estás contando, muchacho? ¿Tú no recuerdas…
-Garbin – respondió La Liberté – Yo también nací pobre. Con lo que gano por los anuncios he podido rescatar a mi familia y muy poco más. Yo no soy Martin Luther King, ni siquiera soy el jodido Gichin Funakoshi.
-¿Quién?
-El padre del shotokan.
-¿De qué?
-¡¿Tú eres mi jodido representante?! – La Liberté se rio dando unas palmadas en la mesa y Garbin tuvo también que reírse, haciéndose el confundido pero entendiendo perfectamente lo que querían decirle. Al poco, con mejor humor, el joven continuó – Escúchame, yo no quería todo esto, no a este precio. Cualquier persona en el mundo puede divertirse un poco sin que nadie le ponga un foco sobre la cabeza. Los que no deben hacerlo son la gente importante, tío, la gente que puede cambiar las cosas… Ya sabes, la gente que sirve de ejemplo. Pero yo estoy en tierra de nadie en ese puto aspecto. No sirvo para nada, pero tengo que ser un puto modelo para los niños. Y eso es una mierda que te da que pensar. Si te portas bien, puede que nike diseñe las jodidas nike liberté. Si te portas mal, te vas a África en un autobús a hacerte una foto con cuatro jodidos críos que dentro de un año tendrán la camiseta de un futbolista o las botas de un jugador de baloncesto. Y seguirán siendo igual de pobres y seguirán estando igual de cerca de que les pique el puto mosquito de la malaria. Y, a cambio de eso, ¿no puedo divertirme de vez en cuando, una raya de vez en cuando, una tía que no me de la brasa porque le pida un taxi? ¡¿Dónde he firmado yo eso?! Los políticos lo hacen todo el puto día y siguen dirigiendo el mundo!
-Ya, pero todos sabemos que los políticos no tienen que ser un ejemplo de nada.
-Pues la cosa está muy jodida en el mundo.
Garbin asintió con la cabeza. Metió de nuevo la mano en la champanera mientras La Liberté miraba la carta con el nombre de Mandela y el cd de música clásica guardaba unos segundos de silencio para cambiar de pista. Durante esos segundos pudieron oír el verdadero estruendo que se estaba formando fuera. No parecían diez o doce chavales.
Antoine miró a Garbin, realmente sorprendido, y éste sonrió, como un padre que entrega a su hijo la primera bicicleta. Se acercó sobre la mesa y apretó las manos rápidas y negras del joven.
-El mundo está jodido – dijo – pero a ellos no les importa. El mundo está jodido si miras en la dirección equivocada. Y ahora, dime, ¿hacia dónde quieres que miren esos críos cuando se acuesten esta noche?
El joven se levantó. La música clásica había vuelto y ya no podía escuchar a los niños. Se dirigió a la puerta. En el otro extremo, la prostituta miraba por la ventana como si asistiese al aterrizaje de una nave extraterrestre.
-Entérate de quién eres – murmuró Garbin, satisfecho por su trabajo.
Antoine abrió la puerta. Toda la algarabía se transformó en un estallido, en una pelea de dioses, en una sola y tremenda voz llena de cientos y cientos de matices que gritaban una y otra vez lo mismo: “¡La Liberté! ¡La Liberté!”
-Dios mío – dijo tapándose la boca mientras lloraba sin darse cuenta.
Nadie sabe lo que hacer en esa situación hasta que llega. Los niños ocupaban todo el rectángulo que había entre la escuela, la enfermería y la biblioteca. Tenían los puños alzados, todos ellos, mientras un reducido grupo de adultos, blancos y negros, sonreían maravillados a poca distancia del autobús.
Nadie sabe lo que hacer hasta que lo hace. La Liberté alzó los puños con ellos, como una misma cosa que sacudía la tierra desde la planta de los pies hasta el centro del corazón.
De todos los corazones.

carlosaribau
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  • 31 de Mayo de 2010 a las 7:47
Buenos días,


posiblemente sea culpa mía, pero me falta la autoría de "Asesinos de ilusiones". Su autor que me la comunique en cuanto pueda, por favor
concursoderelatos
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  • 31 de Mayo de 2010 a las 20:15
Cenizas

Adiós, Manuel.
Vaya, no ha sido tan difícil. Ahora entiendo que Carlitos siempre quiera comenzar a comer por el postre. Aunque quizá sea la forma más extraña de comenzar una conversación. Pero esto tampoco es una conversación, es sólo una mujer hablando otra vez con su marido muerto. En realidad con una losa de granito. Ni siquiera sé dónde mirar. A tu foto, a la cruz, a tu nombre... ¿Qué más dará? Al fin y al cabo tú no está aquí, eso es lo único cierto. Y, sin embargo, estás. Aún estás... alrededor mío, de algún modo, esperando a que te diga adiós.

Adiós, Manuel.
Sí, esta vez no me marcharé sin despedirme, o dejando caer un hasta luego. Esta vez será la última, Manuel. Pero no te irás. Seguirás aquí, sin estar, encerrado tras la losa de granito, dentro de una caja que apenas contendrá tus huesos bajo el traje raído, con la foto, del niño y mía, en el bolsillo. No debí ponerla ahí. Le pediré que la recupere. Sí, Manuel, vas a salir de ese nicho, te van a incinerar y tus cenizas irán donde las quiera llevar el viento, para que tu recuerdo pueda desvanecerse con ellas. No lo aguanto más, Manuel. No soporto tener un lugar donde venir a estar contigo, donde apenas estar a tu lado. A veces me pregunto si alguna vez estuvimos realmente juntos, ya sabes. Quiero creer que sí, supongo que sí, sé... que sí.
Venir aquí, contarte cómo me había ido la semana, las últimas ocurrencias del niño, lo grande que se va poniendo, la última chiquilla de la que se ha enamorado, alguna banalidad de las muchas que te he contado durante estos tres años... Venir aquí y cotorrear como cualquier viuda que se aferra al recuerdo de un esposo sublimado... es...
Yo...

Había una viejecita, nunca te he hablado de ella. Isidora se llamaba. Venía también cada jueves por la tarde. Cuando yo llegaba a las seis ella ya estaba frente a los nichos. La veía sentada en el banco que hay en frente de estos terribles muros, mirando hacia arriba, con unas clavelinas moradas en la mano. No hablaba, al menos no en voz alta. Aunque supuse que tendría largas conversaciones con su marido en la cabeza.
Un día, no sé cuánto tiempo pasó, le pregunté a quién visitaba, me señaló una de las lápidas de arriba, no supe bien cuál. Le dije que si quería que llamase al guarda para que trajera unas escaleras y poder subir dejar el ramillete. Entonces me miró con una gran sonrisa, me cogió la barbilla sin dejar las flores, y me dijo que para qué querrían los muertos unas clavelinas. Las compraba en el puesto de la entrada y se las llevaba a su casa. Entendí que ni siquiera pensaba en su marido mientras miraba el cielo. La veía allí, en su banco al sol, con su ramo de clavelinas moradas. Nos saludábamos y yo le recordaba que me esperara para tomar el café.
¿Recuerdas aquel día que no pude contarte, ni tampoco llorarte, nada? Debió notarme algo, no sé. Al salir me la encontré en la puerta y dijo que había oído que en tal bar, calle abajo, hacían un café muy rico, muy rico. Se agarró a mi brazo y fuimos a probarlo. No hablamos, sólo tomamos café. Esa tarde deseé que Carlitos tuviera tres horas de aikido en vez de una y media.
A partir de entonces lo convertimos en parte del ritual. Poco a poco comenzó a contarme de sus cincuenta y cuatro años de casada, de cuando era joven y los mozos del pueblo andaban detrás de ella y sus hermanas, de sus dos hijos mayores ya casados, y de cuando su hija era pequeña. Todo eran historias alegres, a veces con nubarrones, pero siempre con un final feliz. Al principio pensé que intentaba animarme, o que sólo quería oírse esos recuerdos una vez más. Yo Comencé a hablarle de Carlitos, de ti, de cuando éramos novios. Ella me escuchaba con paciencia y luego me contaba otra de sus historias.
Tardé en darme cuenta, tal vez estaba tan acostumbrada a sus pequeñas incoherencias que no le prestaba atención del todo. Yo simplemente quería tomar aquel café y que me arrullara su voz. O tal vez sucedió de una semana para otra, sin más. No lo sé, de verdad que no.
Una tarde me estaba contando, otra vez, cómo su hijo mayor se escapó de casa para presentarse a un concurso de poesía. A su marido todo eso le parecían mariconadas, por supuesto. El crío, con sólo ocho años, se fue a... No recuerdo el nombre del pueblo, bueno da igual. El niño se marchó a leer su poema a otro pueblo a casi veinte kilómetros. Un vecino lo encontró en la carretera y lo llevó de vuelta a casa. En ese momento Isidora dijo: su padre estaba hecho una furia, pero él se le plantó y le pidió poder leer el poema antes de que le castigara, seguro de que su padre le llevaría a ganar el concurso, mi Carlitos era así... Entonces sólo la corregí, su hijo mayor se llama Venancio. Me pareció un error normal, yo acababa de hablar de nuestro hijo. La semana siguiente me preocupé más. Me contó la misma historia que yo le había contado la anterior, como si Carlos fuera su hijo, como si ella fuese yo. No dije nada, seguimos tomando el café y nos despedimos hasta el próximo jueves. Estuvo un par de días como siempre: mezclando historias, nombres o fechas. Pero al menos eran sus historias, sus nombres y sus fechas.
Volvió a suceder, volvió a contarme una travesura de Carlitos como si fuera de su Veni. La convencí de que me diera el teléfono de su hijo, tal vez tenga un amigo para mí. Le comenté. Se le iluminó la cara. Si, hija, sí. Tenía que hacer algo, ¿no?

La vi una vez más, acompañada de Venancio. Esa tarde no hubo viejas historias. Sólo café. Aunque pude leer en los ojos de Isidora cómo repetía alguno de sus viejos cuentos para sí.
Su marido no está enterrado en este cementerio. Veni me lo contó cuando hablamos por teléfono. En realidad su hermano y él no saben si su padre aún sigue vivo. Me aseguró que tampoco les importaba. Quien dormía, así lo dijo, quien dormía allí era su hermana. Violeta. Murió de unas fiebres con diez años. La edad de Carlitos, Manuel. Intenté no pensar en la verdadera historia de Isidora mientras tomábamos aquel último café juntas. Habría vuelto a llorar durante horas.
Al marcharse, Isidora me dio un beso y, simplemente, me dijo adiós. Murió poco después. La incineraron, a ella y a Violeta, y llevaron sus cenizas de vuelta su pueblo.
Yo maté a Isidora. De no haber hablado con su hijo seguiría viva. Seguiría viniendo aquí cada jueves por la tarde, con sus clavelinas moradas. Ahora me doy cuenta. No hablaba con su marido, no repasaba sus recuerdos. Al menos no los recuerdos que la vida le sirvió. Estoy segura. Venía aquí a recordar aquella que Violeta nunca llego a vivir. Y eso es lo que mantenía a Isidora con nosotros. Hasta que la obligamos a decir adiós y las dos se convirtieron en cenizas.

Adiós, Manuel.
Pronto tú también serás cenizas, y Venancio me hará el favor de esparcirlas en un buen lugar que nunca conoceré.
Antes de ayer, llevando al niño al cole me preguntó si iríamos a algún sitio especial de vacaciones. Le dije que tal vez podríamos volver a Disneyland, como cuando era pequeño. Me dijo que no se acordaba, que si fue cuando aún estabas vivo. Le conté el viaje que hicimos los tres, le hablé de las atracciones, las cabalgatas, del miedo que le dieron los fuegos artificiales y de cómo trepó hasta que lo refugiaste contra tu pecho. Se le iluminaba la cara cuando le hablaba de ti, pero por otro lado notaba la tristeza que sentía al no poder recordar nada de aquello. Lo intentaba, buscaba en su cabecita algún destello de cómo pudo haber sido el viaje, pero sé que no lo encontró. ¿Cómo iba a hacerlo? Nunca estuvimos a menos de dos mil kilómetros de París. Y, sin embargo, esas imágenes son tan nítidas para mí...
Por la tarde me lo encontré revolviendo los cajones del salón, buscando las fotos del viaje. Entonces me di cuenta. Me puse furiosa. El pobre crío, además de la desilusión por encontrar las fotos, se llevó una bronca de una madre histérica, cabreada con otras instantáneas que mostraban auténtica la verdad. Carlitos no dijo nada. Simplemente lo recogió todo con mucho cuidado y no volvió a preguntar.
Hasta que no me quedé sola, tras cenar, me no calmé. Luego fui a su cama. Le dije que esas fotos debieron perderse en la mudanza, que si quería ver fotos tuyas que lo hiciera con cuidado, que no queríamos perder más. Me abrazó, le di un beso, y me fui para que pudiéramos llorar a solas.
Tengo que decirte adiós definitivamente. Tengo que dejarte ir, por el bien del niño. Pronto te incinerarán y el hijo de Isidora esparcirá tus cenizas en un buen lugar que nunca conoceré. Carlitos lo entenderá cuando crezca. Además a ti te da lo mismo, no estás ahí, sólo están tus huesos y el traje raído con una foto, del niño y mía, en el bolsillo de la chaqueta. La puse ahí para que no nos olvidaras. Pero un muerto no olvida, ni tampoco recuerda, ni se le puede traicionar salvo falseando su memoria. Tú no te mereces eso. Las cenizas lo evitarán.

Adiós, Manuel.
Te quiero.

concursoderelatos
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  • 31 de Mayo de 2010 a las 21:04

¡QUÉ FUERTE, TÍO!

-Psssttt...
-¿Qué pasa, tronco?
-Perdonen, caballeros.
-Tío, ¿te has pasao con el uva o vienes del Senegal? Porque ese careto que traes...
-Es el color natural de mi piel, caballero. Negra fue en oscuros y antiguos tiempos, y negra sigue siendo en estos días que corren.
-¿M’estás vacilando? ¡Cagüenlaleche! ¡Mira qué...!
-Para, tronco. Un poco de educación. Deja que el señor diga lo que tenga que decir.
-Gracias, caballero. ¿Llevan ustedes mucho rato por aquí?
-¡No te jode el moreno este! ¡Estamos en nuestro barrio, en nuestro territorio! Yo llevo aquí toa la noche, y no me voy a mover hasta que el Lolo abra su taberna.
-En ese caso tal vez puedan ayudarme. ¿No habrán visto pasar por aquí a dos caballeros, uno alto y rubio y el otro más bien robusto y castaño?
-Por aquí han pasao bastantes guiris, tío. ¿Cómo van vestios?
-¿Cómo les diría? Más o menos como yo.
-Pues irán hechos unos fachendas. Porque esas ropas que lleva usted... Entre nosotros, amigo, para andar por estos andurriales debería vestir algo más informal. Míreme a mí. Esta chupa negra, la shirt molona con sus calaveritas, mis pantalones pitillo y estas botas. Eso es lo que mola. Y vea, vea a mi colegui...
-Tienes razón, tío. El moreno este canta como una almeja. ¿Dónde te vistes, tío? Lo digo pa no dejarme caer por allí.
-Pero...¿no les han visto?
-¿Estás seguro de que han pasao por aquí esos amigos tuyos?
-Más o menos. Me dijeron que conocían una o dos tascas muy buenas por este barrio, y que iban a tomarse un par de chupitos nada más. Y aunque les recordé que tenemos mucho que hacer esta noche, insistieron en darse una vuelta por estas calles. Pero son casi las dos de la madrugada y tenemos todo el trabajo por delante. De modo que me puse a buscarles. Llevamos ya mucho retraso.
-Oye, tío, estás de suerte. A esta hora quedan muy pocos baretos abiertos. Fuese cualquier otro día lo tendríamos crudo, pero hoy no. No es una noche cualquiera. La mayoría de los pringaos prefieren estar en casa con sus familias.
-¡Cagüendiez! ¡Tienes razón, tronco! ¡Pan comido!
-Mira, moreno, vamos a ayudarte. Vente con nosotros y en menos de media hora nos habremos pasao por todos los chiringos que todavía no han cerrao. Aunque te advierto que no se pueen comparar con la taberna del Lolo.
-¡Quita! ¡Ni de lejos!
-Se lo agradeceré mucho, caballeros. No se imaginan ustedes la de disgustos y llantos que podrían llegara a producirse si no acabamos nuestro trabajo. Sería un auténtico desastre. No quiero ni pensarlo.
-Disculpa, tío. Si no es indiscreción, ¿se pue saber en que curráis vosotros a altas horas de la noche?
-Somos... podríamos decir que somos transportistas. Y hemos de hacer unas entregas.
-¡Oye, tío! ¿no será cosa de caballo o tripis, supongo? No nos gustaría na, pero na de na, que la pasma supiese que hemos andao conversando con gente de ese rollo... ni que les hemos ayudao.
-No se preocupen por ello, caballeros. Nuestra mercancía es totalmente legal. ¿Nos vamos?
-Venga ya. Comenzaremos por el Jhelum.
-Es un paqui de esos que no cierran nunca, ni el domingo, ni de noche, ni de madrugá ni la ostia. ¡La madre que los parió!
-Sirven bebidas muy fuertes, tronco. Paquis y también de la India. Y he oído decir que si les caes bien, tienen cierta mercancía secreta que traen desde Afganistán.
-¡No me digan! El Jhelum... Vamos allí inmediatamente. No me extrañaría que fuese una de las tascas preferidas por mis colegas.


-Mire, ahí lo tiene, tronco. El Jhelum. Entremos...
-¡Caramba! Esos dos grandotes que duermen la mona en aquel sofá... ¿no serán tus amigos?
-Lo son. ¡Dios mío! Vean la cantidad de vasos que hay en su mesa... y noto, por el olor, que le han dado a algo más que a los licores de la India y a las bebidas del Pakistán.
-Tiene razón el moreno. Aquí huele cosa fina... a hierba de la buena. Oye, tus amigos se lo han pasao pipa... ja,ja,ja... nunca mejor dicho. Disculpa la broma, tío. Aquí, en el suelo. Aquí están las boquillas.
-Supongo que el narguilé se lo han llevado dentro los paquis estos, al vernos llegar.
-Caballeros, escuchen, por favor. Es muy importante que mis colegas y yo hagamos nuestro trabajo esta noche. ¿Podría abusar de su amabilidad y pedirles que me ayuden a llevármelos de aquí?
-Joder con el negro... ¿cómo vamos a llevárnoslos, si no se aguantan de pie?
-Les voy a despertar. No es la primera vez que me toca sacarles de una como esta y sé que son incapaces de ir por sí solos a ninguna parte. Pero apoyándose en otras personas caminan lo suficiente para poder llevarles a donde queramos.
-Si usted lo dice... le ayudaremos. Despiérteles.
-Oye, tío, ¿no habrá que ir muy lejos?
-No. Al final de la calle por la que veníamos.
-Perdona, perdona, pero el final de esa calle no es un lugar muy recomendable. Está lleno de viejos hangares y fábricas abandonadas. Mal fario, tío. Dicen que de noche se ven luces por allí.
-Estos últimos días hemos estado de preparativos. Alguien nos habrá visto. Bien... ¡Arriba, arriba! ¡Vamos, en pie! Venga, ayúdenme. Así. Vamos. Por aquí, por aquí.

-¡Qué fuerte, tío! ¡Que ffffuerte!
-Tronco... ¿Tú has visto lo que yo he visto? ¡La madre que los parió! ¡Que cantidad de paquetes, de cajas, de bultos!
-¡Joder! ¿Y sus ayudantes, los operarios? ¿Los viste?
-Claro que los vi. Como te veo a ti ahora, tronco.
-¿Sabes que te digo?
-¿Qué?
-Esto ha de quedar aquí, entre nosotros. No se lo podemos contar a nadie.
-¡Pensarían que estamos locos! O que nos hemos hinchado a hierba barata.
-Pero... el caso es que ellos existen, tío. ¡No son un cuento!
-No, tronco. Al principio tuve mis dudas. Porque, ¡caramba! ¡es algo muy gordo!
-Muy gordo y muy ffffuerte, tío. ¿Sabes cuándo estuve yo seguro?
-¿Cuándo?
-Cuando vi los camellos, tío.

concursoderelatos
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  • 1 de Junio de 2010 a las 16:00

LA SOLUCION

Todo empezó una noche cualquiera, después de una sesión de lectura compulsiva de un libro muy extraño. Era un libro-puzzle, ya sabes, el tipo de libro que hace que encajen todas esas piezas que tú sabías, a nivel de un deseo inconsciente, que tenían que encajar para que tu esperanza no se desvaneciera como el vapor.
Entrada la madrugada el sueño hizo su aparición y, una vez cerrado el libro, con un pequeño trozo de la esquina superior doblado para marcar el punto a seguir, cayó. Pero no en un sueño profundo y reparador. Tampoco uno ligero con breves interrupciones en las que beber agua y seguir durmiendo.
No.
Fue una caída libre en la que, después de resbalar por la húmeda escalera de caracol de su habitación secreta, fue a parar a su biblioteca privada.
Hacía mucho tiempo que no entraba allí.
Mientras bajaba con una sensación de vértigo, casi flotando en espiral, inhaló el aroma mohoso de aquellas paredes rugosas; cuando aterrizó en el suelo frente a la puerta rozó la pared con la punta de los dedos, notando la humedad aterciopelada de una especie de musgo gris perla que la enmoquetaba por completo. Se puso en pie y abrió la puerta, de madera noble y pesada, que daba acceso al cubil en que atesoraba todo lo que había ido guardando a lo largo de los años.
Una vez dentro y cerrada de nuevo la puerta tras su persona se deleitó, paseando con una parsimonia casi obscena, en la observación de todos los recuerdos allí guardados.
Nadie más entraba allí.
El acceso era personal e intransferible. O eso creía.
Paseó la vista por la colección de animales disecados, los viejos libros de cuentos de su infancia; todas las fotos de familiares, amigos, conocidos y momentos especiales ocupaban el único espacio en que la pared no se curvaba, junto a su colección de cuadros. Cientos, miles de fotos. Todas ellas instantáneas de momentos concretos. Se paró delante del grupo que más le llamaba la atención y sus ojos acariciaron los colores deslumbrantes del azul celeste a cuadros del fondo de una piscina en la que reposaban dos manos entrelazadas. Al lado de esa otra irradiaba aún el calor del sol conservado por la piedra en un trozo vertical de una zona rocosa. Otra mostraba un ángel de rostro adormecido cuya figura flotaba en un conjunto de azulejos. Otra enfocaba sencillamente un trozo de queso parmesano que reposaba en su plato en una inmensa mesa de madera oscura. Otra una tortilla de patatas medio cruda. Otra la letra de una canción de Sabina, escrita con caracteres altos y delgados. Otra unos labios besando una espalda perfecta en color y textura. Seguía una imagen de una cabecita rubia y otra con un montón de sogas. Otra centraba una bomba de infusión y un montón de tubos de goma transparente.
Cuando no pudo soportarlo más caminó en silencio hacia la sección de música y entonces ocurrió.
El equipo se puso en marcha sin su intervención y empezó a salpicarle los oídos con todas las canciones que conseguían que su cobarde corazón se deslizara a velocidad vertiginosa de un acorde a otro.
Estuvo tres horas allí, en pie, notando cómo las baquetas de la batería golpeaban su motor gastado y rojo; cómo las cuerdas de los violines vibraban a lo largo de su espalda, cómo los coros sostenidos le atenazaban la garganta por dentro.
Antes de romper a llorar se alejó de allí y fue a su pequeña pinacoteca.
Los colores de todos los cuadros despedían luz propia y se recreó en la montaña con forma de águila, el jinete invisible, y tantos otros que colgaban sostenidos por un soporte inexistente.
Cuando sus ojos dijeron basta se dirigió a la zona de olores y sabores. Cogió algunos frascos pequeños y los abrió para perfumar la estancia. Inmediatamente flotó el olor de las rosas frescas sin arrancar y el de las noches de luna llena. Mucho mejor.
Sin percatarse de ello se había ido acercando a la trampilla situada en el suelo que sólo abría para esconder todo aquello que debía conservar pero no le gustaba o le aterraba.
Estaba llena y todo lo que contenía se movía allí abajo y susurraba gritos de rabia, odio, miedo, asco y desesperación, cómo el guiso de un chef enloquecido. Podía oír el roce viscoso de todo lo que se arrastraba en su agonía allí encerrado. Vislumbraba pequeños brillos verdosos y rojizos a través de las juntas de los tablones, parpadeando sin concierto. Un escalofrío recorrió su espalda desde la cintura hasta la base del cuello. Sabía que tenía que limpiar aquél espacio pero no había reunido el valor suficiente para entrar allí en todos los años que llevaba bajando a la habitación. Sabía que en cuanto abriese la más mínima rendija todos aquellos monstruos se le echarían encima para acuchillarle la conciencia.
Dio la vuelta sobre sus talones y salió, cerrando la puerta principal, con la sensación que tenía siempre que se iba.
La próxima vez, quizá.

concursoderelatos
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  • 1 de Junio de 2010 a las 18:32

Calopteryx Virgo

—La Calopteryx Virgo es azulada —se escucha la fascinada voz de Él en el asiento del copiloto, sin levantar la vista del libro. Se dirige a Ella, que está limándose las uñas detrás. El sol no llega a tocarles a ninguno de los dos, porque están parados a la sombra, entre unos árboles. El aire pasa a través de las ventanillas bajadas. Ella levanta los ojos incrédula mientras Él balbucea y piensa—. Calopteryx VirgoCalop… Calculo que por el precio de una de estas podría comprar unas cincuenta Anax Junius. Habrá que estudiarlo.

—Él, ¿cuándo vamos a decirles a nuestros padres que nos vamos a vivir juntos?

—Se aconseja tener un sólo macho; pueden haber peleas por el territorio… ¿Te imaginas?

—¿Él? —impertinente frente al ensimismamiento absoluto—. ¿Él? ¿Me puedes contestar?

—¿Cómo dices, cielo? —ahora atiende, más o menos—.

—¿Cuándo vamos a decirles a nuestros padres que nos vamos a vivir juntos?

—Ella, ya lo hemos hablado, necesito antes poner a funcionar el criadero y ganar lo suficiente, ya sabes, para los dos —le parece haber escuchado esta canción taaaaantas veces—. Y para preparar el criadero y que funcione tengo que saberlo todo sobre ellas. Es preciosa, la Calopteryx. Azul —levantando su librito—. ¿Quieres ver la foto?

—No —resignada, vuelve a su manicura, no sin antes abrocharse la blusa y el pantalón vaquero. Pasarán tres minutos antes de que Él consiga terminar el capítulo de su libélula azulada. Faltan menos de cinco para que Ella pierda algo más que la paciencia, definitivamente—.

—¡Ah! Ya está. Es tan bonita. Necesitaremos un macho y al menos tres hembras. Todo irá como la seda. Es complicado cruzarlas pero si lo conseguimos… —anota rápido en su bloc, deja por fin de hablar solo y recuerda que—. Mañana tengo consulta con Yambambé. ¿Podrías venir?

—No se te ocurra volver a ir a ver a ese estafador.

—Cielo, yo lo necesito. Si no, no sabré qué hacer.

—No. No necesitas darle a nadie los ahorros que guardábamos para vivir juntos. En lugar de un charlatán deberías buscar a alguien que haya tenido libélulas. Sería más útil.

—Pero él me asegura que falta poco para que todo esté ya funcionando. Lo ve en sus trances. Tendrías que verlo —entusiasmado— entrar en trance, es graciosísimo, y hasta ahora ha acertado en todo. Dice que ya falta poco, cosa de días.

—No quiero escuchar nada más, ni de Yambambé —desquiciada es poco—, ni de tus libélulas. ¿Cuánto hace que le visitas? ¿Un año? Llevas un año yendo a ver a ese idiota y leyendo libros de insectos. No tienes ni una sola libélula. Y ni siquiera sabes dónde vas a montar el criadero.

—¿Cómo que no? —le hipnotiza hablar de sus bichos—. Yambambé ha dicho que mis libélulas estarán en la planta alta de una casa muy grande que tendremos. Y que en el futuro, cuando todo vaya bien, tendré hasta laboratorio propio para la cría, como si fuera una ganadería. ¿No es genial?

—¿Trances, laboratorios, ganade…? —la muchacha deja de mirarse sus nuevas uñas para mirarle con una nueva cara—. ¿Pero tú te estás escuchando? ¿Es que no lo ves? ¿Qué hay de nuestros planes para alquilar un piso y vivir juntos? ¿Recuerdas cuánto costaba un alquiler?

—Bueno, tranquila, no veo que estés tan mal viviendo con tus padres. En cuanto el criadero empiece a rendir y pongamos a la venta las mejores libélulas del país, te podrás ir a vivir como quieras y donde quieras. Para entonces tendremos una gran casa. Me lo ha dicho el profesor. Para mis libélulas.

—Sí, claro, y de momento es mejor regalar nuestros ahorros a un estafador —por culpa de la rabia no puede soportar su propia ironía. Ni siquiera ella concibe sus gritos cuando se escucha—.

—Ella, no quiero que hables así de Yambambé, me está ayudando… más que tú. Y me cuesta menos.

—Para entonces… Has dicho para entonces… Para entonces estaré ya viviendo con otro —susurra abriendo la puerta del coche y saliendo descalza al bosque, indignada. Justo en el matorral de enfrente, revolotea una libélula. Es increíble. Es azulada.

concursoderelatos
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  • 1 de Junio de 2010 a las 23:13

Los titiriteros

Tenía once años cuando me enamoré por primera vez. Fue en septiembre, cuando llegaron al pueblo los titiriteros. Venían en tres carromatos pintados con los colores del arco iris, arrastrados por tres caballos famélicos, anunciándose a bombo y platillos: ¡Señoras, señores y niños, el gran Pocarropa y su famosa compañía tendrán el honor de actuar para ustedes esta noche!
Pararon delante de nuestra casa, porque alguien les había dicho que mis padres, que compraban flores medicinales para un laboratorio, tenían una nave para secarlas que estaba vacía en aquella época. Así pues, Pocarropa montó su espectáculo, que era más de variedades que de títeres, en la nave de mis padres, que olía a flores de árnica y de saúco, y actuaron allí dos noches.

La Compañía del Arco Iris estaba formada por los cinco miembros de la familia: Pocarropa tocaba la trompeta y hacía de payaso, su esposa cantaba imitando a Sara Montiel, su hija mayor cantaba rancheras, su hijo tocaba la guitarra y hacía algunos juegos de magia y su hija menor, la causante de mi desasosiego, de nombre Violeta, era acróbata y sus huesos eran de goma, es decir, doblaba su cuerpo en las posturas más inverosímiles.
Yo no me perdí detalle de su exhibición y terminado el espectáculo, cuando todo el mundo se fue, seguí allí sentado con los ojos clavados en el rudimentario telón, tras el cual ella había desaparecido, soñando que algún día actuaríamos juntos; yo sostendría su esbelto cuerpo en el aire con una sola mano mientras ella hacía girar el aro en torno a uno de sus tobillos.
Violeta salió por un lado del escenario, vino a sentarse junto a mi y me preguntó si me había gustado la actuación.
-La tuya me encantó –dije yo.
-¿Y los demás? No me digas que no te gusta como cantan mi madre y mi hermana.
-Sí, sí, me gustó todo, pero es que tú eres increíble. No sé cómo te puedes doblar de ese modo. Yo me rompería.
-Se necesitan muchas horas de entrenamiento –dijo ella, con una sonrisa que iluminó su semblante.
He de confesar que mientras estaba sentada a mi lado, Violeta me pareció una chica de lo más normal, ni siquiera me pareció especialmente guapa. Sin embargo en el escenario era una maravilla.

Al día siguiente no fui a jugar al balón con mis amigos y todo mi tiempo libre lo pasé en un columpio que había enfrente de los carromatos, a menos de diez metros del que ocupaban Violeta y su hermana. Fue un día muy caluroso; a las cuatro de la tarde los termómetros rondarían los treinta grados a la sombra. Yo, meciéndome, meciéndome..., no sé cómo ocurrió, pero de pronto aquel carro tenía la puerta abierta y yo estaba parado en el umbral.
Dentro se oía cantar a Sara Montiel: Fumando espero al hombre que más quiero...
Por encima de la música alguien gritó: ¡Entra, no te quedes ahí!
Avancé un paso hacia el interior, que estaba en penumbra. Las paredes del carro estaban forradas de skai rojo y salpicadas de fotografías de Violeta en plena actuación, el techo era negro con estrellas de plata, imitando el firmamento, un par de espejos enfrentados reflejaban mi imagen multiplicándola, al final había una enorme pantalla de televisión en blanco y negro, aún no había llegado la de color, en la que se veían escenas de ballet; dos tubos de luz, uno a cada lado de la pantalla, imitaban dos antorchas encendidas; delante había una mesa y en cima de ésta un paquete envuelto en papel de regalo con su cinta de seda rematada en un lazo.
La voz que me había invitado a entrar me dijo ahora:
-Eso es un regalo para ti, desenvuélvelo.
Rasgué el papel y dejé al descubierto una caja de madera de unos cuarenta y cinco centímetros de lado, bastante pesada y que no supe por dónde abrir.
-Apártate un poco –dijo la voz.
Dejé la caja en la mesa y vi como se levantaba la tapa, que estaba forrada de terciopelo rojo, y asomaba una pierna femenina, luego la otra, perfectas las dos, apuntando al falso firmamento. Las estrellas se iluminaron y comenzaron a titilar mientras Violeta sacaba los brazos fuera de la caja, y en sólo un instante se alzaba de pie sobre la mesa y me sonreía. Las antorchas avivaron sus llamas amenazando incendiar el decorado cuando la artista, enfundada en su traje de mallas y lentejuelas, me puso los brazos alrededor del cuello y me susurró:
-¿Te gusta tu regalo?
Yo tenía un nudo en la garganta que me impidió contestar
Ella acercó su boca a la mía y por un instante sentí el roce suave de sus labios. Lástima que en ese momento alguien gritó mi nombre. Abrí los ojos y me encontré sentado en el columpio. Miré asombrado hacia la puerta del carromato y vi que la hermana de Violeta me hacía señas para que me acercara.

-Entra –me dijo-. Violeta te está esperando.
-¿Tú... te vas?
-Sí, voy a dar un paseo –dijo ella, y en su sonrisa había un atisbo de malicia.
Entré y comprobé cuánto me había engañado mi fantasía. En el lugar de los espejos había dos literas. No había televisión ni tubos de luz imitando antorchas. Sólodos cosas eran ciertas: Sara Montiel seguía cantando y Violeta estaba allí, en vaqueros y camiseta de manga corta, inflando globos. Me tendió un puñado de ellos y me dijo:
-Si me ayudas te haré un regalo.
-¿Para que los inflas?
-Para la función de esta noche.
-¿Qué me regalas?
-Esto –dijo enseñándome una baraja.
-Bah.
-Con esta baraja hizo mi hermano dos mil trucos de magia. Si inflas más de diez globos te regalo la baraja y te doy un beso.
Yo acepté el trato, por supuesto.
Fuera del escenario, Violeta parecía una chica de lo más corriente pero en el escenario se transformaba. Ella fue la única chica con la que soñé sentado en un columpio de la plaza y la primera que me besó.
Al ver los carromatos partir al día siguiente hacia otro pueblo, sentí un gran vacío en mi pecho. Miré la plaza desierta y me entraron ganas de llorar.

Cuando volví a verla, al año siguiente, aún recordaba el calor de sus labios en mi mejilla. Pero ella ya no era la misma: Había crecido más rápido que yo.

carlosaribau
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  • 2 de Junio de 2010 a las 9:43
Buenas a todos...

me faltan un par de autorías

Calopteryx Virgo
La solución

concursoderelatos
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  • 2 de Junio de 2010 a las 17:51

Cuando mueren las azucenas

-V-

- ¿Por qué yo?

- Porque eres el único penalista competente al que no le va a tentar ni distraer la repercusión mediática del caso. Estoy segura de que buscarás lo mejor para Marilena.

- ¿Sois amigas?

- Le he llevado su divorcio, nada más. Fuimos juntas a Carmelitas, incluso comulgamos juntas. Era de esas compañeras de colegio que no llegas a tratar, pero que nunca olvidas porque todas nos mirábamos en el espejo para ver si nos parecíamos a ella: guapa, ni un grano en la cara, sonrisa de anuncio, y una melena rubia como los ángeles. Después nos perdimos de vista. Una vez la vi saliendo del cine con un hombre al que imaginé su marido. Años después, recogiendo niños a la puerta de un colegio. Alguna amiga me ratificó esos indicios: se había casado con un empresario y vivía a lo grande en una urbanización de lujo. Fíjate qué sorpresa cuando hace tres años llegó a mi despacho para pedirme que le llevara el divorcio.

- ¿Y en ese tiempo?

- No nos hemos hecho amigas. No quiero que nada personal interfiera con mi trabajo. He seguido mirándola de lejos, aunque ahora ya como un ángel caído. Aún me pregunto si se hubieran salvado los niños de haber llegado yo puntual al despacho.

- Aunque hubieras leído el correo a las cinco de la madrugada, cuando te lo envió, los niños habían tomado las pastillas con la cena. Ya era tarde.

- Pero se salvaron dos.

- La misma dosis de diazepán para los cuatro. No es lo mismo un adolescente de catorce años que un niño de tres.

- ¿Te das cuenta? Se equivocó en la dosis. Sólo quería llamar la atención. Como su suicidio. Se encierra en el garaje con el coche en marcha, pero no se le ocurre tapar la rejilla de ventilación para la caldera.

- Al jurado no le gustará que su torpeza le haya salvado la vida, y que yo alegue que mató a sus hijos por torpeza.

- No, claro.

- ¿Por qué ahora? Llevabais tres años con el divorcio, y al final, cuando habías conseguido lo mejor para ella, no lo entiendo. ¿Por qué?

- Lo conseguí, como abogada. Como mujer, veía que para ella cada trámite, cada firma, cada alegato y cada plazo por cumplir, eran un lamento, un grito, una llamada de auxilio y una esperanza insensata. Cuatro hijos de tres a catorce años aloban a una mujer sola. Te comen. Pero yo no podía decirle: renuncia a la custodia, estás en tratamiento psiquiátrico, no puedes. Porque el pleito la mantenía viva. Yo sólo soy abogada, y tramité lo que quería mi cliente. Cada profesional hace su trabajo, y la persona se estrella sola. Como el diazepan que le recetaba el psiquiatra. Sé que ella se lo había dado más de una vez a los niños para conseguir un poco de paz.

- Lo comprobaré. Se acerca más a la posibilidad de convencer al jurado de que hubo un error en la dosis.

- Al acabarse la pelea se encontró vacía, a pesar de haber ganado. Y entonces, bueno, ya sabes el detalle del vestido de la niña.

- Sí. Que la encontraron con el vestido de la Primera Comunión.

- Hubiera comulgado este domingo. Le obsesionaba que la niña saliera de la iglesia...

- ¿Y?

- No sé. Algo terrible.

- ¿Que no encontrara a sus padres?

- Qué sé yo. No fui su amiga para sus confidencias, ni su psiquiatra para sus pesadillas. Esperemos que el siguiente profesional haga por fin un buen trabajo.

- Veremos. Todavía no puedo entrevistarme con ella. El psiquiatra me ha dicho que espere a que ella pueda llorar.

-IV-

- De traca, chica, lo de Marilena ha sido de traca. ¿Sabes, Pilar, aquella compañera de Carmelitas que trabaja en Tráfico? Una mañana fue Marilena a verla a la oficina, que le habían puesto una multa de radar y tenía que ser un error porque su marido estaba con el coche en Barcelona en un viaje de trabajo. Total, que Pilar la acompañó a donde las denuncias, y allí le enseñaron la foto. Y sí, era su coche, a la una de la madrugada por el Paseo Sagasta, donde El Corte Inglés. Y ahora, no te lo pierdas: la foto era de frente, se veían las caras. ¿Sabes quién era el acompañante?

- Alguna pelandusca.

- Ja. La secretaria. ¿No ves que era un viaje “de trabajo”?

- Pobre Marilena.

- La secretaria, con la que habla cuando llama a su marido al trabajo. Si hasta una vez creo que le hizo de canguro con los niños.

- Ojalá hubiera sido una pelandusca. Tiene que ser horrible verte comparada y relegada por otra.

- Veinte años más joven. Bueno, es lo que hay, chica. Por mucho que te cuides...

- Cuatro hijos, y te dan la patada.

- Por eso es mejor lo que hacen algunas: callar y tragar. Si el marido tiene dinero, como tenses la cuerda te aplica el Plan Renove. Déjale echar alguna cana al aire, y ya vendrá a casa.

- ¡Qué difícil ya para Marilena! En evidencia ya delante de todo el mundo. ¿Cómo reaccionó?

- Cogió la multa y se dio la vuelta con ojos de cristal como si hubiera visto a Dios. Pilar la alcanzó antes de llegar a la calle y la metió en los baños para que se le pasara la lloratina.

-III-

Celebraron la boda en mayo, a pesar de la coincidencia con las primeras comuniones. Se casó de blanco, otra cosa hubiera sido impensable para su madre y aún para su futuro esposo. Cuando Marilena se vio por primera vez en el espejo, comentó que no le faltaba más que el rosario en la mano y el misal nacarado. Y hasta pensó teñirse el pelo, porque un rubio como el suyo no favorecía sobre el blanco. Él le dijo “Estás preciosa. Te quiero así”, y la besó.

La ceremonia fue bien. No hubo ningún percance. No se cayó al salir de la iglesia, como temía. Y cuando por fin se quitó el vestido de novia en el hotel, se echó a llorar de alegría.

-II-

Al despertar, Marilena extrañó el tacto de aquellas sábanas. Palpó a los lados, y a duras penas encontró el borde por uno de ellos. Por el otro, el brazo se le perdió entre los pliegues aún tibios de unas sábanas de raso. Una persiana que no ubicaba en ninguna habitación filtraba la luz de una mañana ya avanzada. Marilena rindió la cabeza sobre la almohada: ¿será esto lo que llaman resaca?

Se había emborrachado de tules y satén, de guirnaldas, de aplausos, de focos y miradas. Recordaba lo difícil que era sostener la sonrisa cuando estás pendiente de que anuncien la ganadora, y que se decía a sí misma: “aunque no gane, todo esto es mucho más de lo que yo esperaba”. Y luego, la apoteosis: Miss Aragón. En su cabeza bailaban todavía las frases que le había hecho memorizar el relaciones públicas de la organización para la entrevista con el Heraldo, como si fuera un catequista de Primera Comunión. Le había resumido así su papel: “Tu estilo es el de la inocencia y la pureza. Tienes que distanciarte del icono de Marilyn”.

- ¿Le habrán dicho que se parece a...?
- Sí, me lo han dicho. El tono platino de mi rubio es natural, tengo oído que Marilyn se teñía para conseguirlo.
- ¿Se lleva bien con la cámara?
- Tengo experiencia, he hecho bastantes cosas. No tengo ningún problema para posar.
- ¿Qué le parece la obsesión por el culto al cuerpo?
- Lo importante es sentirse guapa y segura. La inseguridad es lo primero que se ve; si te sientes bien los demás lo sentirán.
- ¿Qué prendas no faltan nunca en su armario?
- Tengo de todo. Siempre tengo vaqueros, camisetas básicas y complementos, y sobre todo zapatos de tacón.
- ¿Cuántos pares de zapatos de tacón puede llegar a tener?
- ¡Me faltan días para ponérmelos todos!
- ¿Qué valora más en una persona?
- La sinceridad y la honestidad son mis pilares.
- ¿Qué detesta más?
- La hipocresía.

Oyó el ruido del agua correr. Se incorporó. Ella, que siempre dormía con su braguita y la parte de arriba del pijama, estaba desnuda, carne blanca sobre sábanas de raso negro. Se sintió sucia, y sucias las sábanas. Se tocó.

Se abrió una puerta en el lado opuesto de la ventana y su haz de luz despejó las zonas oscuras de su memoria. Recordó todo: la fiesta de celebración, las bebidas, las insinuaciones, los roces. La desnudez del hombre que se asomaba, el mismo que le había hablado de inocencia y de pureza, la desnudó a ella. Marilena se tapó la cara con las sábanas y se echó a llorar.

-I-

En mayo las bodas ceden el paso a las comuniones en el calendario de las familias y de los restaurantes. Los niños desposan a las niñas en altares que rebosan de luz y de un aroma empalagoso a inocencia. Extraña flor la de la pureza, que solo exhala su fragancia cuando va a morir. Muere la infancia cuando toma conciencia del pecado, de la mentira y de lo oculto. Nunca serán los rostros de ellos tan masculinamente serios, ni tan hieráticamente dulces los de ellas.

La ceremonia ha terminado. El frufrú de los tules susurra en la puerta de salida, a punto de estallar como el tapón de una botella de champán. Marilena sale a la calle. Marilena ve a sus primos, Marilena se agita, levanta el brazo, rompe su cara con una sonrisa y echa a correr por las escalinatas abajo. Marilena tropieza con su propio vestido, las manos trabadas por el rosario y el diminuto misal nacarado. ¡Marilena, Marilena! Los ángeles no llegaron a tiempo para sujetarla. Otras manos más humanas la levantan, el vestido manchado, la cara ensangrentada en puro rasponazo.

Marilena rompe a llorar. Como las azucenas cuando mueren.

lafrontera
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  • 2 de Junio de 2010 a las 18:14
EN VERANO: Estaba tranquilamente con su familia en la playa. Era una familia muy unida, con los abuelos, los hijos, merendando alegremente.Decidió ir a darse un baño. El agua estaba a la temperatura ideal. Era un día espléndido de sol. Un día perfecto de verano. Permaneció un largo tiempo en medio de las suaves olas. Luego se decidió a salir. Cuando se dirigía hacia su amada familia cambió de rumbo y se sentó en otra silla de playa, bajo otra sombrilla, que protegía del sol a otras personas que le eran totalmente desconocidas. Le acogieron con simpatía. Empezaron a charlar de temas de actualidad, de lo qué comerían para cenar, planearon una excursión a otra playa para el día siguiente. Se encontró muy a gusto. Estaba claro que se quedaría con ellos para siempre. J.Luis La Frontera
concursoderelatos
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  • 2 de Junio de 2010 a las 19:22
La Gran Muralla China.

- ¡Ya está aquí otra vez!
- ¿Quién?
- El señor Hidalgo –dijo el empleado, mientras pulsaba el botón que abría la puerta del banco-. Puntual, como cada martes.
Un anciano entró en la oficina y se dirigió hacia el mostrador principal. Era menudo, con una expresión afable en su rostro, oculto tras unas enormes gafas que quizás habían estado de moda tres o cuatro décadas atrás. Caminaba apoyado en un bastón, cojeando ligeramente del pie izquierdo.
- Buenos días, muchachos –saludó.
- Buenos días, señor Hidalgo.
- ¿Está el director?
- Un momento, que lo compruebo –el empleado, Manuel Romerales, hizo una rápida llamada por teléfono-. Ya puede usted pasar.
- Gracias, hijo.
- ¿Quién es? –preguntó el otro empleado, una vez el hombre hubo desparecido tras la puerta del despacho.
- El señor Hidalgo –contestó Romerales, como si tras eso no hiciese falta añadir nada más-. Viene cada martes, más o menos a esta hora, cuando el director ha vuelto de desayunar, para ver si le podemos conceder un préstamo personal.
- ¿Y no podemos?
- No con la pensión que tiene.
- Entonces, ¿por qué lo sigue recibiendo?
- Porque su padre y él son amigos de toda la vida. Fueron policías locales durante más de cuarenta años. El señor Hidalgo es el padrino del director.
- ¡Vaya! –exclamó el otro.
- Lleva tres meses viniendo un martes sí y el otro también.
- No se rinde el abuelo –añadió, mientras tecleaba en el ordenador.- Por cierto, ¿y para qué quiere el dinero?
- ¡Ésa es otra! –dijo el empleado, divertido-. El hombre quiere visitar la Gran Muralla China.
- ¿Cómo?
- Lo que oyes. Dice que es la ilusión de su vida, que no quiere morirse sin haberla visto, que es una de las siete maravillas del mundo, un gran monumento…
- Pero… ¡si no aguantaría el viaje, el pobre hombre!
- ¡Díselo a él! Me imagino lo que le estará diciendo al director: “Comprende, muchacho” –dijo el empleado, imitando la voz de un anciano-, “que es la única construcción humana…”
- …que puede verse desde el espacio. Es un monumento único –decía el señor Hidalgo.
- Y comprenda usted –le respondió el director- que no podemos concederle el préstamo. Mire, señor Eduardo, con su pensión y viviendo de alquiler, el banco no le concederá un préstamo personal. Ni siquiera tiene avales. Y, créame, yo mismo me iría con usted a China pero es que no se puede hacer nada. Tengo las manos atadas en este asunto.
- ¿Y no habría alguna manera? –insistió el anciano-. Vosotros, los banqueros, siempre estáis moviendo dinero arriba y abajo, ¿no podrías apañármelo, Quique?
El director suspiró al escuchar el nombre que sólo su padre usaba para llamarlo. Su padre y el señor Hidalgo, claro.
- Señor Eduardo –dijo, endureciendo un poco el tono de voz-, se lo diré de otra manera: el banco no va a concederle nunca ese crédito, diga yo lo que diga y, si sigo recibiéndolo cada martes, es sólo porque es usted quien es.
El señor Hidalgo agachó la cabeza, reflexivo, casi preocupado. Sus facciones parecieron descolgarse un poquito más, como si fuera un muñeco de cera al que se le ha subido la temperatura de la habitación un par de grados.
- Quique, muchacho, déjame que te lo diga de otra manera –habló, por fin, con voz firme y tranquila. Levantó la cara, su mirada miope se posó en los ojos de su ahijado que apenas podía disimular su fastidio. Con gesto lento, sacó una pistola del bolsillo interior de su chaqueta y la colocó, como por casualidad, sobre la mesa, dejando su mano temblorosa y llena de pecas encima de ella-. Tú me das ese dinero y yo te digo dónde está tu hija.
El director se echó hacia atrás al ver el arma, sus ojos se abrieron de par en par y una expresión de horror se pintó en su rostro, súbitamente pálido. Tardó unos segundos en reaccionar.
- Señor Eduardo… ¿qué…?
- Te lo repetiré, porque veo que no te has enterado bien: tú me das ese dinero y yo te digo dónde está tu hija.
“Se ha vuelto loco”, pensó. “Como una regadera”.
- ¿Qué le ha hecho a mi hija? –consiguió articular.
- Nada, está bien. Es una chiquilla maravillosa –respondió el anciano, dulcificando el tono de voz-. Pero yo quiero ir a China y tú me vas a dar el dinero.
- ¿Qué le ha hecho a mi hija? –repitió el director.
- Ya te he dicho que nada. Está bien –repitió el señor Hidalgo-. Dame el dinero y te diré dónde está.
- Pero… pero… Señor Eduardo, ¿se da cuenta de lo que me está diciendo? ¿Me está diciendo que ha secuestrado a mi hija y me está pidiendo un rescate?
- No hace falte que grites, no tiene porqué saberlo nadie –le reprendió el anciano-. Tú dame lo que te pido y nadie tiene porqué enterarse.
- ¡¿Cómo que nadie tiene porqué enterarse?! ¡Estamos hablando de secuestro y robo! ¿De verdad cree que se va a ir a China? ¿Así, sin más?
- En cuanto me des el dinero, sí.
El anciano lo miraba fijamente tras sus enormes gafas, sonriendo beatíficamente y dando golpecitos con el índice sobre la pistola que descansaba sobre la mesa. El director lo miraba, tratando de adivinar cuánto de verdad había en sus palabras. El señor Hidalgo, un hombre testarudo y solitario, había sido policía local durante muchas décadas. Nunca se había casado, nunca había tenido hijos, no tenía casa propia. El director comprendió, con cierta inquietud, que, aparte de eso, apenas sabía nada de su padrino.
Con un zarpazo, cogió el teléfono.
- No le creo –aventuró, poco convencido.
- Suelta eso, Quique –le regañó el anciano. El director se detuvo, dubitativo-. Si avisas a alguien y me detienen o si no cojo el avión que sale dentro de cuatro horas, no iré a China y no veré la Muralla. Y entonces no te diré dónde está tu hija. Decide.
Tras unos segundos, el director colgó el teléfono ante la expresión satisfecha de su padrino, que le alargó una nota con un número de cinco cifras escrito.
- Con esto tendré bastante –le dijo.
- ¿Esto? –preguntó el director, incrédulo-. ¿Secuestra a mi hija por quince mil euros?
- Pero, ¿quién te crees que soy? ¿Un ladrón? –replicó el señor Hidalgo, con expresión ofendida-. Tengo algo ahorrado y no pienso volver, así que, tan sólo necesitaba una ayudita extra.
- Podríamos haberlo arreglado –dijo, estrujando el papel.
- Eso deberías haberlo dicho hace semanas. Muchacho, te daré un consejo: deberías escuchar más a tus clientes. Te ahorrarías muchos disgustos –su ahijado lo miró incapaz de adivinar si hablaba en serio o no-. Y ahora levántate y dame algo de ese dinero que cada martes os trae el furgón blindado –añadió, sonriendo.
Tras guardarse en los bolsillos interiores de su chaqueta la pistola y el dinero que el director le entregó con expresión derrotada, se levantó.
- Te llamaré cuando esté en el aeropuerto para decirte dónde está la niña. No salgas del despacho, no hables con nadie y no se te ocurra llamar a la policía. Antes de que te des cuenta, recibirás mi llamada. Y recuerda: si avisas a alguien y me cogen, no te lo diré –tras lo cual, se dirigió, arrastrando su cojera, hacia la puerta. Antes de abrirla se volvió-. Y dale recuerdos a tu padre. Dile que le mandaré una postal.
El director, con el rostro desencajado, fue incapaz de saludar.
- ¿Ya se marcha, señor Hidalgo? –le preguntó, alegre, Romerales.
- Sí. Hoy tengo cosas que hacer.
- Que tenga un buen día.
- Eso espero.
Y así, Eduardo Hidalgo inició el viaje hacia el sueño de su vida: la Gran Muralla China. Y quizás lo hubiese conseguido si, una media hora más tarde, un atribulado director de sucursal bancaria de pueblo pequeño no hubiese recibido la llamada de su esposa diciéndole que su única hija estaba en casa, que había tenido que ir al colegio a recogerla porque se encontraba mal pero que sólo tenía unas décimas de fiebre y que no debía preocuparse por nada. Sintiéndose tan aliviado como engañado, el director colgó a su sorprendida esposa y llamó a la policía. Detuvieron al anciano cuando se disponía a coger el autobús al aeropuerto.
Fue acusado de atraco a mano armada. En el juicio, su ahijado tuvo que relatar cómo su padrino, un anciano de más de ochenta años, le había sustraído quince mil euros a punta de pistola con la amenaza de no decirle dónde estaba su hija si no se los daba. Súbitamente, la prensa de todo el país se interesó por el caso y durante varias semanas se llenó de satíricas reconstrucciones del juicio y del supuesto atraco, cuyos protagonistas principales eran, obviamente, el director y su padrino.
El señor Hidalgo fue encontrado culpable y condenado a prisión, donde nunca ingresó ya que el juez consideró que la cárcel no era sitio para un anciano artrítico y miope. Mientras, su ahijado perdió su empleo y Romerales fue ascendido a director de sucursal bancaria de pueblo pequeño.
El señor Hidalgo acabó sus días en una residencia de ancianos y, si bien nunca pudo cumplir su ilusión de visitar la Gran Muralla China, se convirtió allí en una especie de héroe porque no había muchos octogenarios que pudieran jactarse de haber atracado un banco con una pistola descargada.
bizarro
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  • 2 de Junio de 2010 a las 19:31
cita de lafrontera EN VERANO: Estaba tranquilamente con su familia en la playa. Era una familia muy unida, con los abuelos, los hijos, merendando alegremente.Decidi ir a darse un bao. El agua estaba a la temperatura ideal. Era un da esplndido de sol. Un da perfecto de verano. Permaneci un largo tiempo en medio de las suaves olas. Luego se decidi a salir. Cuando se diriga hacia su amada familia cambi de rumbo y se sent en otra silla de playa, bajo otra sombrilla, que protega del sol a otras personas que le eran totalmente desconocidas. Le acogieron con simpata. Empezaron a charlar de temas de actualidad, de lo qu comeran para cenar, planearon una excursin a otra playa para el da siguiente. Se encontr muy a gusto. Estaba claro que se quedara con ellos para siempre. J.Luis La Frontera
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