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raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009

Recopilatorio 2009. JCBOIZA. 28/06/2010 a 04/07/2010

24 de Junio de 2010 a las 19:36
El lunes empezaremos a leer y revisar los relatos de JCBOIZA. Señor JCBOIZA, por favor, tenga sus tres mejores relatos preparados para que podamos leerlos y opinar. 
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 25 de Junio de 2010 a las 7:50
¿Hay alguien ahí? ¿Se me escucha?
jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 27 de Junio de 2010 a las 11:17

Lo primero de todo agradecer a raulcamposval está oportunidad para dar nueva vida al concurso y disculparme por mi poca presencia en los foros. Esta semana intentaré estar más pendiente para ir contestando a los comentarios que hagáis a los relatos.

He escogido tres historias que quizá no sean las mejores, pero si me parecen representativas de tres estilos diametralmente opuestos (siempre me ha gustado experimentar) y que fueron bien acogidos en las puntuaciones.

Los relatos son:

- El extraño caso de Wesley Key

- La gruta de la muerte

- María sin nombre

Espero que os gusten. Los iré poniendo en tres post a continuación.

Un saludo a todos,

Juan Carlos

jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 27 de Junio de 2010 a las 11:18

EL EXTRAÑO CASO DE WESLEY KEY

Aunque para muchos la historia de Wesley Key es una simple leyenda urbana, una de esas historias que alguien ha oído de alguien que dice ser amigo de alguien que le conoció, lo cierto es que, por extraño que parezca, sucedió realmente.

Wesley vino al mundo en un bloque envejecido de pisos de Bay Ridge, entre los vapores de la ginebra con la que una vieja comadrona le limpió las heridas del cordón umbilical. He llagado a pensar que aquellos efluvios etílicos que envolvieron su cerebro sin formar, fueron los que a la postre determinaron su extraño destino.

Yo le conocí años después, cuando mi padre perdió su empleo en Manhattan y tuvimos que trasladarnos. Fue el día en que hicimos la mudanza, estaba sentado en las escaleras de mi futura vivienda jugando con una pelota mugrienta observándonos desempacar.  Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la sincera y amplia sonrisa con la que nos recibió, en la que ya faltaban las palas y colmillos superiores. Cuando nos hicimos amigos, me contó que había perdido los dientes en una apuesta. Se había empeñado en que era capaz de abrir una botella de cerveza con los dientes. Lo que no sabía es que habían pegado la chapa. Cuando Wesley se dio cuenta de que le habían tomado el pelo, no se dio por vencido y, al final, acabó con veinte dólares en el bolsillo y los dientes superiores fatalmente dañados.

Sus primeros problemas con el alcohol empezaron cuando su padre murió en un accidente en los muelles. El seguro a penas cubrió los gastos del entierro por lo que su madre tuvo que trabajar durante todo el día. Wesley, con apenas catorce años, se vio obligado a abandonar el colegio y a empezar a repartir periódicos.  En Brooklyn y en pleno invierno repartiendo diarios por las esquinas, la única manera que encontró para combatir el frío fueron las viejas botellas de ginebra que su padre guardaba en casa.

Siempre me lo encontraba en la esquina de la calle, con su sonrisa desdentada y burlona y el bulto de una pequeña petaca bajo su desgastada chaquetilla de franela. Al acabarse la ginebra pasó al whiskey barato que vendían a granel en las bodegas de los hermanos  Cowen; dos inmigrantes irlandeses con pocos escrúpulos para dar alcohol a menores. Con dieciséis años conocía ya todos los bares y tabernas de Brooklyn. Sin embargo, a pesar de haberle visto beber una y otra vez, día tras días, jamás le había visto borracho. Era como si las bebidas no tuviesen efecto alguno sobre él.

Recuerdo especialmente el día en que los Brooklyn Dodgers  consiguieron derrotar a los Yanquis de Nueva York y ganar la Liga Mayor de Béisbol. Todos los jóvenes salimos a las calles a celebrarlo y, aunque Wesley bebió sin parar durante toda la noche,  cuando las luces del nuevo día despuntaron, él seguía tan fresco como una lechuga mientras la mayoría de nosotros estábamos embriagados o inconscientes

Ni siquiera cuando Betty Langrage, la única mujer de la que fue capaz de enamorarse, murió atropellada por un conductor ebrio, Wesley fue capaz de emborracharse. Bebió y bebió durante días, pero jamás le vi mostrar el menor signo de que el alcohol le estuviese afectando.

Una vez le pregunté por qué bebía de aquella manera si no era capaz de emborracharse, ni siquiera de alegrarse con una copa; “Porque tengo la esperanza de que alguna vez el alcohol consiga borrar de mi vida todo lo que me ha salido mal” me respondió.

Poco a poco, su inusual inmunidad al alcohol fue convirtiéndole en toda una celebridad. Le apodaron Whiskey, haciendo un desafortunado juego de palabras con su nombre, y los retos en bares o tabernas empezaron a sucederse. Todo el mundo quería saber hasta dónde era capaz de llegar, pero el resultado era siempre el mismo; su oponente derrumbado, incapaz de levantarse del asiento por sí mismo, y Weley pidiendo una copa más.

Por eso, cuando un nuevo local en Williammsburg anunció que ofrecería a todo el que acudiese el día de su inauguración cuanto alcohol fuese capaz de consumir, fuimos muchos los que pensamos que Wesley no se perdería la oportunidad de demostrar una vez más su peculiar habilidad.

El día de la inauguración había cientos de personas apretujándose en la puerta del local. Estaba a punto de irme, convencido de que no podría pasar, cuando divisé a Wesly junto a la entrada. Con una mano me hizo un gesto para que le acompañase al interior. Cuando llegué a su altura me comentó en voz baja “hoy puedo conseguirlo, por una vez no tendré que preocuparme por el dinero”. Intenté persuadirle, pero su decisión era inquebrantable, así que decidí acompañarle al interior.

En una mesa habían preparado varias botellas de whiskey y un hombre, cuya corpulencia frente a la fragilidad física de Wesley parecía presagiar una dura contienda, esperaba ansioso mostrando un fajo de cien dólares en su mano. Wesley depósito otros cien dólares para cubrir la apuesta y se sentó frente a él. Los pequeños vasos de Whiskey empezaron a desaparecer uno tras otro, mientras ambos hombres bebían por turnos. El duelo duró más de una hora, hasta que finalmente el grueso oponente de Wesley, que apenas era ya capaz de levantar su bebida, rechazó la nueva ronda incapaz de continuar. Hicieron falta tres hombres para ayudarle a salir de local.

Creía que allí acabaría todo, pero Wesly  no pensaba igual. Ante el asombro general, juntó todo el dinero ganado y lo puso en la mesa, repitiendo la apuesta. Aquello me asustó; Wesley había bebido casi dos botellas de whisley y continuar me parecía demasiado peligroso. Intenté convencerle de que abandonase pero se limitó a reír, mirándome con una extraña expresión de seguridad que no supe interpretar. Intenté levantarle por la fuerza, pero rápidamente dos matones del local me sujetaron por los brazos impidiéndome moverme.

El duelo se repitió no una sino tres veces más ante mi mirada horrorizada y la fascinación asombrada del público. Nadie era capaz de comprender como aquel pequeño cuerpo podía soportar tan increíble castigo sin mostrar signo alguno de embriaguez.

Cuando el cuarto hombre tuvo que ser retirado entre vómitos, Wesley me miró de nuevo y puedo jurar que aquella mirada fue la más clara y limpia que le vi jamás. Su serenidad era increíble. Con un gesto de la mano dio por terminadas las apuestas y se levantó, recogiendo todas sus ganancias. Después se acercó hasta mí pidiendo que me soltasen.

Me miró sonriendo e introdujo el dinero en el bolsillo de mi chaqueta, susurrándome al oído: “No lo necesito, por fin lo he conseguido”.  Cuando, confundido, intenté impedir que introdujese aquel montón de dólares arrugados en mi bolsillo, el tacto de su piel me hizo asustarme de tal manera, que di un paso hacia atrás tambaleándome. Su mano estaba húmeda, resbaladiza y era extrañamente flexible; tuve la impresión de que algo horrible le estaba pasando. Wesly dio un paso atrás  sonriendo de nuevo. No puedo explicar el espanto que sentí al ver su dentadura completa milagrosamente.

Todas las personas que estaban en el bar se dieron cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. El silencio era sepulcral. Poco a poco se fueron alejando, apretujándose en los límites del local pero incapaces de abandonarlo, como si presintiesen que, aunque horrible, lo que estaba ocurriendo era algo fascinante que debían presenciar.

Wesley  cerró los ojos y eso fue el principio. Sus rasgos empezaron a diluirse, como si su rostro no fuese más que una máscara de cera a punto de derretirse. Su piel comenzó a volverse traslúcida, a la vez que todo su cuerpo empezaba a contraerse. Ante los ojos atónitos de todos los que estábamos allí, Wesley Key fue perdiendo coherencia física a medida que su cuerpo se diluía. En apenas unos minutos, lo único que quedaba de él era un charco de líquido transparente y un montón de ropa empapada.

No hace falta decir que se formó un gran escándalo cuando la gente, completamente espantada, abandonó el local, unos gritando y otros totalmente descompuestos ante el horrible espectáculo. Cuando la policía llegó, lo único que pudo certificar era que había un charco de whiskey y un montón de ropa en medio del local.

En los periódicos se dijo de todo, desde que se había tratado de una alucinación colectiva, hasta que la bebida estaba adulterada con algún alucinógeno que produjo el pánico general. El local, del que ya nadie recuerda el nombre, fue cerrado y en su lugar se construyó una torre de apartamentos.

Hoy en día, Wesley Key se ha convertido en un mito, pero yo sé que fue alguien real. Por eso, cuando alguien en tono de burla me cuenta la leyenda de un hombre llamado Whiskey, me levantó y saco de un cajón de mi habitación, un pequeño fajo de dólares en el que existe una extraña huella dibujada, la huella de una mano húmeda que, aún hoy, huele terriblemente a whiskey barato.

jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 27 de Junio de 2010 a las 11:19

LA GRUTA DE LA MUERTE

Estaba enfrascada en la jarra de cerveza que me pagaba un viejo comerciante de telas, cuando capté algunas frases de una conversación en una mesa cercana.

-          ¿Y nadie ha vuelto con vida? – preguntó un enorme norteño.

-          Han sido muchos los que han bajado a las entrañas de la Gruta de la Muerte, pero ninguno ha vuelto. Según una leyenda anterior al hundimiento de Lemuria, es la morada de la misma muerte y sólo quién venza su frío abrazo podrá conseguir su tesoro.

El bárbaro apuró el contenido de su jarra de barro, para luego estrellarla sobre la mesa de madera rompiéndola en mil pedazos.

-          ¡No temo a la muerte! ¡Durante muchos años he mandado a su morada a cientos de guerreros, magos y hasta algunos reyes imprudentes que quisieron doblegar mi espíritu! – bramó con fuerza mientras se incorporaba –. Yo robaré su tesoro.

La bravuconería de aquel extranjero podía suponer una buena ocasión para conseguir algunas ganancias fáciles, por lo que me desprendí de mi acompañante, inconsciente por el efecto de la esencia de loto negro que había vertido en su bebida y, no sin antes librarle del molesto peso de su bolsa de monedas, salí tras el hombre del norte.

Le seguí hasta las afueras del pueblo, procurando esconderme en las sombras. Aunque se decía de los norteños que eran ágiles y esquivos como las fieras de la jungla, pude seguirle sin dificultad hasta la Gruta de la Muerte, una oscura oquedad en la montaña, a la que nadie osaba acercarse.

Le perdí de vista sólo por un instante y al siguiente tenía una hoja acerada y pulida amenazando mi garganta.

-          ¡Así que eres tú la que me estaba siguiendo!

El bárbaro se encontraba sobre mí observándome. Hasta entonces no me había fijado en su aspecto; sus ojos azules guardaban la fiereza del león y su melena negra le daba un aspecto salvaje y amenazador. Ya no me parecía un bruto sino un peligroso y avezado guerrero.

-          Te he visto emborrachar y robar a comerciantes incautos en las tabernas, chiquilla, pero no deberías intentar tus malas artes con un norteño. Podría haberte cortado el cuello antes de ver que sólo eras una niña.

-          ¡No soy una niña! – repliqué indignada – Soy la mejor ladrona de todo Shadizar.

-          Sólo cuando hayas robado a reyes y a magos, hayas vencido a sus bestias y demonios y les hayas despojado de sus tesoros y concubinas, serás una auténtica ladrona. Hasta entonces, sólo eres una pequeña ardilla fanfarrona – se burló - ¿Pensabas robarme si caía borracho en medio del bosque o querías ver si conseguía el tesoro y distraerme algunas joyas entonces?

-          No quería robarte – me excusé -. Iba a ofrecerte mis favores si conseguías salir rico de la cueva.

El bárbaro me miró de arriba abajo y luego soltó una sonora carcajada.

-          Aún te faltan algunos años y unos cuantos kilos para que esos frágiles huesos tuyos puedan atraerme, ardilla.

-          Soy una mujer y tan buena o mejor ladrona que tú – repliqué con descaro.

-          Si tan segura estás, ven conmigo a robar a la muerte su tesoro y quizá después te mire con otros ojos.

Accedí, muerta de miedo, sólo para demostrar mi valor al impertinente norteño que con tanto desprecio me trataba.

Al llegar a la gruta, el bárbaro improvisó dos antorchas con las ramas de un roble cercano. Cuando me disponía a entrar en la cueva, me sujetó por el hombro forzándome a retroceder. De una bolsa de cuero atada a su cintura extrajo un pequeño ratón de campo, que me pidió que sujetase.

-          ¿Nadie te ha explicado los peligros que esconden las entrañas de la tierra? – me preguntó – El diablo suele proteger sus dominios con humores capaces de matar a un hombre antes de que pueda percibirlos. Ese ratón es nuestro salvoconducto. Si ves que deja de moverse, avísame y saldremos al instante.

Comenzamos el descenso con cuidado, guiados por la mortecina luz de las antorchas y el chillido inquieto del roedor que llevaba en mi mano. Descendimos sin parar entre piedras y peñascos, avanzando lentamente, pues el terreno era húmedo y resbaladizo.

Al cabo de una hora llegamos a una gran sala escavada en la roca. En su interior brillaba un lago de aguas cristalinas. Iba a comentar algo sobre la belleza de aquel lugar, cuando el bárbaro me tapó la boca, obligándome a escuchar. Un extraño chapoteo resonaba en las aguas.

El norteño se acercó al lago, iluminándolo. Al otro lado se adivinaba una abertura por donde continuaba el camino. El bárbaro arrojó con fuerza su antorcha a la orilla opuesta, mientras extraía de su cintura un enorme cuchillo plateado, que sujetó a continuación entre sus dientes. Después, se introdujo lentamente en las frías aguas del lago. Fue entonces cuando apareció la bestia. Era una mezcla de serpiente y cocodrilo de dimensiones colosales. Se arrojó sobre el norteño como una exhalación, enroscando su cuerpo escamoso a su alrededor y empezando a presionar brutalmente.

Me disponía a salir corriendo y volver como pudiera a la superficie, cuando me di cuenta de que el bárbaro aguantaba la embestida y conseguía empuñar su cuchillo. Con precisión y sangre fría, logró clavar el arma en uno de los ojos del extraño animal, que lanzó un bramido escalofriante como respuesta. La bestia relajó su presa y el bárbaro aprovechó para terminar su trabajo, hundiendo el arma hasta la empuñadora. El monstruo se agitó presa de estertores mortales, arrojando al norteño a la orilla.

El bárbaro se incorporó, a tiempo de ver como el cuerpo del animal desaparecía tragado por las aguas. Su ropa estaba rasgada y pude ver su torso poblado de cicatrices de mil batallas. Me miró sonriendo mientras limpiaba la sangre fresca de la bestia que cubría su rostro. Con un gesto de su mano me pidió que cruzase el lago para reunirme con él.

Nadé con miedo, sujetando como pude el ratón y la antorcha en alto. Aunque el temor me hacía temblar más que las ensangrentadas y heladas aguas del lago, la presencia del bárbaro me confortaba. Al llegar junto a él, reiniciamos el descenso pero, esta vez, nos vimos interrumpidos de inmediato por la aparición de una figura femenina completamente vestida de negro y con el rostro cubierto por una capucha que ocultaba sus rasgos.

-          ¿Quién eres tú que has vencido al guardián y turbas mi morada? – preguntó dirigiéndose al bárbaro.

-          Soy guerrero y ladrón y vengo a reclamar el tesoro que guardas.

-          ¿Y qué harás para conseguirlo guerrero? Lucharás conmigo como hiciste con el guardián. ¿Crees que tu espada y la fuerza de tu brazo serán suficientes para vencer a quien ha visto durante eones caer bajo su manto a ejércitos y dinastías?

Me sentí desfallecer, y a punto estuve de dar de bruces en el suelo del terror que sentí, al darme cuenta de que la leyenda era cierta; estábamos frente a la parca. El bárbaro observaba la figura sin temor y entonces hizo algo que heló mi sangre en las venas.

-          Te he visto cientos de veces en el campo de batalla y tu abrazo no es de guerrero sino de doncella. No traes dolor al caído sino consuelo y redención – respondió el bárbaro, acercándose con firmeza a la figura y fundiéndose con ella en un beso de amor.

Intenté ver el rostro de la muerte, pero sólo pude atisbar una enorme negrura, que parecía envolver los labios del norteño, antes de desmayarme.

Cuando desperté, un cielo estrellado cubría el cielo sobre mi cabeza y el bárbaro estaba a mi lado sonriendo complacido.

-          ¿No hemos muerto? – pregunté absurdamente.

-          No – me respondió con sorna -. Hemos vencido a la muerte y hemos ganado su tesoro.

-          ¿Dónde? – pregunté incorporándome, y mirando a mi alrededor en busca de joyas y monedas de oro.

No busques en bolsas, mira a tu alrededor. En las estrellas y en las luces de Shadizar, que brillan con su promesa de jóvenes doncellas, botines, peleas y borracheras, es donde se encuentra el único tesoro ¿Qué joya es más valiosa que el regalo de la vida? - contestó el norteño riendo a carcajadas – ¡Vamos! Aún es temprano y tengo un hambre voraz. Veamos si podemos poner un poco de carne en esos huesos tuyos de ardilla.
jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 27 de Junio de 2010 a las 11:20

MARIA SIN NOMBRE

Aunque llevaba trabajando como enfermera en el hospital más de cinco años, nada me había preparado para lo que me esperaba en la sala de urgencias. Se trataba de una niña de no más de siete u ocho años, en cuyos rasgos se dibujaban las huellas del síndrome de Down. La pequeña miraba con ojos asustados a su alrededor, inconsciente del terrible estado de su cuerpo. La sangre corría sobre su rostro desde una herida punzante, que algún golpe brutal le había producido en pleno cráneo, y en sus brazos se alternaban cortes profundos y crueles quemaduras. No pude evitar recordar como mi padre apagaba sus cigarrillos en mis brazos, como castigo por haber sacado algún suspenso, mientras mi madre apartaba la mirada.

Reprimiendo la angustia que sentí ante la saña y brutalidad con la que aquel pequeño cuerpo había sido maltratado, limpié cuidadosamente sus heridas, hasta que la introdujeron en el quirófano, donde manos expertas se hicieron cargo de ella.

Al llegar a casa, no podía olvidar la mirada indefensa de aquella pobre niña, por lo que, a la mañana siguiente, lo primero que hice fue preguntar por la pequeña.

-          ¡Pobrecilla! – exclamó la jefa de enfermería - ¿Te diste cuenta de que tenía Síndrome de Down?

-          Claro– contesté impaciente –, pero ¿cómo está?

-          Parece que se recuperará, aunque aún están haciéndole pruebas. Lo malo van a ser las secuelas; no recuerda nada y, en su condición, no parece fácil que recupere la memoria.

-          ¿Y su familia?

-          ¿Familia? ¿No has leído los periódicos? La encontraron en una cuneta de la carretera y nadie ha denunciado su desaparición. La policía cree que fue su propia familia la que la arrojó desde un coche en marcha.

-          ¡Pero eso es monstruoso! – exclamé horrorizada.

-          Sí, lo es – contestó la enfermera, bajando la mirada -. Algunas personas no aceptan tener hijos como ella y los apartan, tratándolos como animales o dejándoles morir.

Pasé el resto del día con el estómago revuelto y, esa misma tarde, pedí el traslado inmediato a cuidados intensivos. Sentía que mi deber era intentar ayudar a aquella pequeña.

Al día siguiente, pude, por fin, acudir a donde estaba ingresada la niña. La encontré mejor de lo que esperaba; aunque estaba conectada a una unidad de monitorización y lucía un aparatoso vendaje en la cabeza, no le habían puesto ventilación asistida. Un doctor estaba examinándola.

Al consultar el historial, me llamó la atención el texto que aparecía en la cabecera: “Sin Nombre”.

-          ¿Y esto? – pregunté al doctor.

-          Nadie sabe cómo se llama – repuso, levantando los hombros.

-          Mi madre decía que todas las mujeres eran Marías – exclamé –, mientras con mi bolígrafo añadía delante: “María”.

Cuando el doctor abandonó la habitación, me acerque a la pequeña. Se había quedado profundamente dormida debido a la fuerte medicación. Observé su rostro tranquilo y me fijé en el moratón de una de sus mejillas. A mi mente acudió la imagen de mi madre abofeteándome el día en que, al cumplir los dieciocho años, le dije que me iba a vivir con Aitor.

Dos días después, encontré a María despierta. Sus ojos, azules y redondos, estaban llenos de la luz de la inocencia. Miraba a su alrededor con curiosidad y expectación y, nada más verme, me saludo con un tembloroso “hola”. Noté de inmediato como se estremecía al ver la bandeja en la que llevaba los útiles para hacerle un análisis de sangre.

-          No te preocupes, cariño, no te voy a hacer ningún daño – le dije, acariciándole la mejilla.

Cuando acerqué la jeringuilla a su brazo, todo su cuerpo temblaba. Estuve a punto de tirar la maldita jeringa y estrecharla entre mis brazos pero, al final, decidí realizar la extracción lo más suavemente que pudiera. Al terminar, le di un beso en la mejilla y ella me devolvió una sonrisa que me supo a gloria.

Más tarde, le llevé un pequeño geranio que tenía en mi casa medio abandonado.

- ¡Está chunga! – exclamó, al ver el estado raquítico de la planta.

- No se lo digas a nadie – le susurré al oído -, es que soy un desastre como jardinera.

Empezó a reírse, con esa sinceridad y entrega de la que sólo son capaces los niños, consiguiendo que mi trabajo en el hospital se llenase de luz y alegría.

Poco  a poco, el estado de María fue estabilizándose; el fantasma de una posible infección empezaba a alejarse definitivamente. Aprovechando su mejoría, le llevé unos rotuladores y un cuaderno para que se entretuviera dibujando. Nada más verlos, comenzó a garabatear con torpeza sobre el papel.

- ¿Tu no dibujas? – me preguntó.

- Me pasa como con las plantas, no se me da bien – le mentí.

La verdad es que la pintura había sido el único desahogo de mi infancia y que, cuando me casé, intenté convertirlo en una actividad profesional. Sin embargo, todo se torció cuando Aitor perdió su empleo en la fábrica. Sólo le ofrecían trabajos a tiempo parcial y pequeñas obras, lo que fue amargando su carácter. Nuestras broncas eran continuas, hasta que una mañana volvió a casa borracho y con un nuevo finiquito bajo el brazo. Estaba pintando un desnudo masculino, y, cuando Aitor lo vio, se sintió ofendido. Arremetió contra mí golpeándome con saña. Aquel día le abandoné a él y a la pintura para siempre.

La mejoría de María continuó y dos días después dio sus primeros pasos por la habitación.

- ¿Tienes novio? – me preguntó, dejándome sorprendida.

- No – atiné a responderle.

- ¿Por qué? – insistió.

- No sé…- dudé - ¿Y a ti? ¿Te gusta algún chico? – bromeé.

- María no puede tener novio, María es fea – contestó, bajando la mirada.

- ¡Eso no es cierto! – repuse indignada - Eres la niña más bonita del mundo, cuando seas mayor tendrás novios a montones.

Su rostro se iluminó y, echándome sus manitas alrededor del cuello, me regaló el beso y el abrazo más sinceros que he recibido jamás. No pude evitar que algunas lágrimas resbalasen por mi mejilla.

Aquella fue la primera y la última vez que pude tenerla entre mis brazos. Al día siguiente, cuando me incorporé al turno de mañana, el doctor de guardia me estaba esperando.

-          Ha ocurrido algo terrible – me dijo.

-          ¿De qué estás hablando?

-          Se trata de María – repuso - Anoche entró en coma.

-          ¿Cómo es posible? – pregunté, intentando reprimir el nudo que se estaba formando en mi garganta – Ayer estaba perfectamente.

-          Tenía un coágulo en el lóbulo frontal que no habíamos visto en el TAC. No hemos podido hacer nada, ha muerto hace una hora.

El doctor me dijo que me tomase el día libre y me fuese a casa.  Pero, aunque el golpe fue tan duro que apenas era capaz de tenerme en pie, quise ir una última vez a la habitación de María.

Al entrar, creí por un instante que María me recibiría en la cama con su mirada de curiosidad y su sonrisa inocente, pero sólo un amasijo de sábanas me dio la bienvenida. En un rincón estaba el cuaderno que le había regalado. Fui hojeando sus primerizos en inseguros dibujos, hasta llegar a uno en el que había pintado a una niña con la cabeza envuelta en vendas junto a una enfermera y, en medio de las dos, un enorme corazón rojo. No pude reprimir más tiempo mis lágrimas y rompí a llorar con desesperación. Eran lágrimas de pena, sí, pero también de indignación y rabia, lágrimas reprimidas desde mucho antes de conocer a María.

Estaba a punto de irme, dejando todo atrás, cuando reparé en el pequeño geranio que le había regalado. El día anterior estaba mustio y raquítico, pero ahora estaba lleno de vida y repleto de pequeñas flores sonrosadas. Sin comprender muy bien por qué, aquello hizo que mis lágrimas se convirtieran en una incipiente sonrisa.

Esa misma tarde, desempolvé mi viejo estuche de pinturas al óleo y pinté un retrato de María, a cuyo lado puse su hermoso geranio en flor. Desde ese día, mi casa y mi vida se llenaron de una nueva luz. Puede que nunca llegue a saber quién era realmente mi pequeña María Sin Nombre pero, lo que sí sé, es que, en el poco tiempo que tuve el privilegio de conocerla, ella me ayudó a recordar quién era yo.

Idelosan
Mensajes: 1.315
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 3:51
La verdad es que podría decirse que casi todos los relatos de Jcboiza me gustan mucho, pero veo extraña esta selección de 3. Por ejemplo, "El Coleccionista" me gusta mucho más que Wesley Key, siendo del mismo "rollo". Pero bueno, obviamente para gustos colores.

Mi elección no la tengo nada clara, ya que hay que mezclar en ella tanto factores "comerciales" (el hecho de que el relato ha de ser representativo y accesible al público general), personales (los gustos, los gustos...) y de calidad (el aspecto más rebuscado de medir), y si los personales ya sufren de "efecto techo", es difícil ponerse a ver objetivamente los otros dos. Ya me volveré a pronunciar en los próximos días o algo.
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 9:51
Ya expresé en su momento mi opinióin sobre La gruta de la muerte y María sin nombre... así que elijo Wesley Key.
TenienteTulip
TenienteTulip
Mensajes: 850
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 10:02
De estos tres, sin duda, Wesley Key.
R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 12:26
Yo tambien me decanto por Wesley Key. Maria sin nombre es el que menos me gusta.
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 28 de Junio de 2010 a las 12:27

Esta noche me leeré los relatos, y mañana daré mi opinión sobre ellos. 


VAMOS CHICOS, A LEER A JC BOIZA Y A DAR VUESTRA OPINIÓN. 

Gracias Idelosan, bizarro y teniente tulip. 
gloriapaniagua
Mensajes: 882
Fecha de ingreso: 16 de Abril de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 13:11

No sé si se puede votar de esta manera, pero ésta es mi opinión:

- 3 votos:  Wesley Key

- 2 votos:  María sin nombre

- 1  voto:  La gruta de la muerte  

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 28 de Junio de 2010 a las 13:31

Gracias R2, gracias gloria. 


Bueno, no he contado, pero parece que el señor ese de nombre raro se lleva el gato al agua. 
jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 17:48

Buenas,


Aunque me va a ser complicado, voy a intentar estar por aquí lo más a menudo posible. 

Respecto a la cuestión que plantea Idelosán sobre El Coleccionista,  no lo he elegido porque creo que lo publiqué en 2010 y, por tanto, considero que no correspondería a esta edición, en todo caso a la del año que viene. La selección la he hecho un poco por buscar variedad en el tipo de relato y así dar más juego para posibles discusiones según los gustos de cada cual.
lasacra1
lasacra1
Mensajes: 1.821
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010
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  • 28 de Junio de 2010 a las 19:02
Wesley Key también. Me parece el más original de los tres y el que mejor historia nos cuenta.
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 28 de Junio de 2010 a las 19:38
cita de jcboiza Buenas,

Aunque me va a ser complicado, voy a intentar estar por aquí lo más a menudo posible. 

Respecto a la cuestión que plantea Idelosán sobre El Coleccionista,  no lo he elegido porque creo que lo publiqué en 2010 y, por tanto, considero que no correspondería a esta edición, en todo caso a la del año que viene. La selección la he hecho un poco por buscar variedad en el tipo de relato y así dar más juego para posibles discusiones según los gustos de cada cual.
Si alguien ve que un autor no presenta relatos de entre la I y la XXIII edición, que lo diga, que yo no puedo estar en todo. 

Bien, yo me quedo también con el Whiskey, pero he encontrado bastantes fallos que hay que subsanar para que el relato sea presentable. A ver si mañana puedo poner una relación de los mismos. 

Me ha gustado también el de la Gruta, pero no creo que el tema y la concepción merezca estar en un recopilatorio como este. Si tuviera que apostar mi dinero como editor por uno de ellos, sin duda, Whiskey, es el más sobrio, el más pulido, el más asentado. 
DanielHR
Mensajes: 1.360
Fecha de ingreso: 19 de Mayo de 2008
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  • 29 de Junio de 2010 a las 2:23

Pues yendo a contracorriente, yo me quedo con La gruta de la Muerte (¡Por Crom!). Nada más hacer la selección propuesta por R2, fue uno de los cuentos de Juan Carlos que mejor recordaba (de hecho, logró meterse en la lista final). De Welsey Key, en cambio, la verdad es que no recuerdo gran cosa, y con respecto a María... pues no me hubiese importado darle el primer puesto. El relato me parece bastante emotivo, pero aún así creo que voy a tirar por el género fantástico. 


Venga, va. Me quedo con La gruta...
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 29 de Junio de 2010 a las 8:50

Gracias, señor HR. 


Detalles a corregir en el Wesley Key, casi todos sin discusión:

Párrafo 2.- He ll(a)gado a pensar. Será llegado.

Párrafo 3.- El final del párrafo (esto lo discutimos si quieres) yo usaría otra redacción más categórica, en plan: ...y, al final, acabó sin dientes, pero con veinte dólares en el bolsillo. Creo que queda mejor.

Párrafo 6.- Final, le falta potencia a la palabra embriagados, y eso rompe un poco el tono y la corriente que va arrastrando al lector. No sé, otra palabra daría mas rotundidad ...mientras la mayoría de nosotros estábamos borrachos (mamados, fuera de sí, etc) o inconscientes.

Párrafo 9.- Weley. No será Wesley?

Párrafo 11.- Wesly. No será Wesley?

Párrafo 13.- Wesly. No será Wesley? Por otro lado, dos botellas de whisley, no será whiskey.

Párrafo 16.- Esly. No será Wesley?

Párrafo 20.- Cuando dices que fue algo real, es muy poco coherente. Coño, acabas de contar la historia completa, y el prota era colega suyo, su íntimo. Nunca diría que fue algo real. Diría yo le conocí, yo estuve con él aquella noche, yo le vi convertirse en whisky, le vi licuarse. Era su amigo, coño. Si consigues transmitir eso al principio del párrafo, reforzarás enormemente el final: lo de los billetes está bien, es el elemento justo que necesita el relato. La prueba definitiva. Al menos al protagonista le vale.

Yo escribiría:

...en su lugar se construyó una torre de apartamentos.

Wesley Key se ha convertido en un mito. Nadie recuerda si vivió. Pero yo estuve con él aquella noche, yo fui su amigo. Por eso, cuando alguien en tono de burla me cuenta la leyenda de un hombre llamado Whiskey me levanto y saco de un cajón de mi cómoda una botella medio llena y un pequeño fajo de dólares, en el que existe una extraña huella dibujada, la huella de una mano húmeda que, aún hoy, huele terriblemente a whiskey barato.

Es una opción, seguramente inválida, pero creo que me entiendes por dónde voy. 


Más comentario, más madera. Alguien quiere hacer un recuento???

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 29 de Junio de 2010 a las 12:03

Es que estáis todos ya en Santa Pola? Quiero opiniones, por favor. 

Boiza, qué opinas de mis comentarios y correcciones?
jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 29 de Junio de 2010 a las 18:11

Todas las correcciones que señalas me parecen acertadas y en la versión definitiva, si al final gana Wesley, las corregiré. No soy un purista y me parece fenomenal que se hagan sugerencias de estilo. Me ha gustado especialmente lo de "fue mi amigo" creo que da el tono justo que buscaba y mejora notablemente la redacción.

Ojalá se anime la gente y se propongan más ideas para mejorar los tres relatos.

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 29 de Junio de 2010 a las 18:30
Esa es la idea, voy a ver si convenzo a alguien más. 
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