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raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009

RECOPILATORIO 2009 (RELATOS SELECCIONADOS)

25 de Junio de 2010 a las 14:16

Una vez escogidos los relatos de cada autor, se colgarán aquí, en espera de terminar la selección. Cualquier mejora de última hora será bienvenida. 

Una vez terminados, echaremos a suerte a ver quién hace la maquetación y el pdf y montaremos el libro. 
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 28 de Junio de 2010 a las 20:10

Lista de relatos seleccionados


1.- Daniel Turambar: Duende. 28/06/2010

2.- jcboiza: El extraño caso de Wesley Key 05/07/2010

3.- Idelosan: El guardián de la Tierra Prometida 12/07/2010

4.- Miguelmig: Lo he escrito yo 19/07/2010

5.- Bizarro: Iracundo 26/07/2010

6.- R2D2: Adara, la inmortal 2/08/2010

7.- Incongruente: Ilusionante Debut  9/08/2010

8.- Teniente Tulip: Castigo  13/09/2010

9.- Gloria Paniagua: El hombre hinchado 20/09/2010

10.- Mortfan: Pecados carnales 27/09/2010

11.- Vixa: Pico y piedra (PENDIENTE) 4/10/2010

12.- DanielHR: El duende 11/10/2010

13.- LolaAlarcia: El diario de Julius Garber (PENDIENTE) 18/10/2010

14.- Oniria: Un mundo llamado Paula  25/10/2010

15.- Jaume Moreso: La Cosecha 01/11/2010

16.- ZaraX: La Casa de los Muertos 08/11/2010

17.- Emartians: Carboncillo 22/11/2010

18.- Ernie: Un último baile (PENDIENTE) 29/11/2010
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 28 de Junio de 2010 a las 21:16

Duende.

 

 

 

La pedanía domina el regadío desde una pequeña loma. El intenso verde de las matas apenas es interrumpido por una hilera de eucaliptos mercenarios que custodian el curso del río. Durante el verano la población crece con los temporeros que llegamos de todas partes a recoger el tomate. Es un trabajo duro: la espalda encorvada expuesta a la fusta del sol, pequeños pasos y manos rápidas, sudor y tierra. Luego cargar las cajas orilladas y llevarlas hasta el remolque antes de recibir la soldada. Así de lunes a sábado, desde antes que amanezca hasta más allá de mediodía, cuando el sur se torna infierno y ni las bestias aguantan sin sombra. A las seis, siete según la calor, se paga una segunda ronda, que solamente consentimos los que no tenemos otra, hasta que los mosquitos despiertan y los hombres partimos en busca de descanso.

 

 

 

Dos carreteras, apenas caminos con un salpicón de asfalto, llegan hasta el pueblo: uno lo hace con los rayos del alba y el otro se pierde por un frío atardecer. Nadie supo por cuál llegó. Sólo que lo hizo un domingo. Un puñado de nosotros estábamos bebiendo el tiempo al fresco de los soportales de la plaza, entre naipes y bravuconadas amistosas, algún pincho de oreja, queso que nunca falta y el desparpajo de las mozas paseándose al sol tras deshacerse de la vigilancia de sus madres que, acabada la misa, se dispersaban cada una a su casa con más o menos devoción. El tipo salió de la iglesia tras el cura, a quien estrechó la mano antes de cruzar despacio la plaza, dejándose ver. Todo de negro, o al menos ese gris sucio que es el negro de los pobres. En la mano derecha una maleta también de luto. En el hombro izquierdo la funda lustrosa de una guitarra. Le di con el pie al Rubio.

 

—Ahí, Rubio: quédate con aquél que lo mismo acabas durmiendo encima suyo.

 

—¡Ea, Poeta!, ¿el cuervo ese?

 

—A la pensión va y pocas camas quedan libres —todo el grupo escudriñaba ya al extraño con la misma mezcla de curiosidad y recelo con la que fuimos examinados nosotros, al llegar de nuevas, por la gente del pueblo.

 

—No, quillo, ese tiene pinta farandulero. ¿No le ves la guitarra, y lo flojo que anda? Y la patrona sólo admite hombres que la paguen bien... —la forma de arrastrar la frase, la lenta izada de la ceja derecha mientras guiñaba el ojo izquierdo y una media sonrisa, nos hizo romper a reír como críos que acaban de descubrir una palabrota nueva. Seguimos con la partida, los vinos, los pinchos de oreja, el queso que nunca falta y los contoneos indolentes de unas faldas algo más acaloradas.

 

El Rubio y yo nos quedamos con otros a comer en el bar. Para la siesta fuimos a la pensión y lo vimos en nuestro cuarto terminando de instalarse. Al cabo entró la patrona e hizo las presentaciones. Pedro Negro. La patrona nos dijo que andaba buscando trabajo de jornalero, que si le podíamos decir al capataz para que empezara el lunes en nuestra cuadrilla. Le dije que yo me encargaba. Luego se quejó de que no hubiéramos ido a comer, con lo rico que le había salido el ajoblanco. El Rubio le dijo que a él siempre le entraba algo de ajoblanco.  Se marchó con ella,  volviéndose para dedicarme un levantamiento de ceja.

 

Pedro no dijo nada: terminó de colocar sus cosas. Era moreno, muy alto y delgado. Era de ese tipo de hombres enjutos con una fuerza oculta pero tangible. Al acabar me preguntó cómo llegar hasta el río. Le indiqué y no volví a verlo hasta la noche, en la cena, donde apenas se interesó por la hora a la que saldríamos para trabajar antes de irse a dormir.

 

 

 

 Por la mañana no hubo que despertarlo. Ya había desayunado y estaba esperando en la calle, fumando, mientras el Rubio y yo aún peinábamos legañas. El capataz no puso pegas, le bautizó como el Largo y le sacó el primer día a prueba y sin paga. El Largo aceptó sin dejar luego duda de que le sobraban tablas en el campo. En el almuerzo se mantuvo callado, por más que las bromas del Rubio le buscaran. Regresamos a la hilera hasta la hora de volver al cerro, parando en el río para lavar parte del cansancio. Comimos en la pensión y apuramos un sueño ligero. Por la tarde el Largo se unió a los pocos que regresábamos por más candela, el Rubio se quedó en la pensión pagando su cuenta. Por la tarde los humores se relajan, pero no el ritmo de la cosecha. Al ir decayendo, la luz aplaca el ánimo y a la vuelta poca diferencia había entre el lacónico Largo y los demás.

 

 

 

El Rubio también anocheció taciturno. Había encontrado una carta de su Maru en la alcoba de la patrona. Así, éramos tres vacíos en la habitación. El Rubio en la litera de arriba acariciando a su mujer, allá en La Línea, a través del papel. El Largo echando un vistazo, tras pedir permiso, a mis libros. Yo, cansado, fumaba junto a la ventana. El Largo dejó los libros y sacó del armario la funda de la guitarra. El Rubio no se percató del reverencial modo en que la abrió y sacó de ella el instrumento. La acarició y, sentándose en una silla, comenzó a afinarla. Primero las cuerdas más agudas. Las iba pulsando y luego giraba las clavijas. Comencé a no sentirme bien y me eché en la cama. El Rubio dejó de leer la carta. El Largo siguió afinando la guitarra flamenca, tensando o dando cuerda según le marcaba su oído. Entonces me pareció mera sugestión, pero podía notar como mis brazos y piernas se estiraban y vibraban con las cuerdas. Miré al Rubio, pero no le noté nada. El Largo siguió con los bordones y sentí cómo entonaba mi espalda. Cuando terminó, dejó el instrumento en su funda y la funda en el armario. Me miró y sonrió. Dio las buenas noches y se metió en la cama. El Rubio ya roncaba. Yo no sentía el mismo cansancio inquieto de antes, sino el delicado que anticipa un sueño como dios manda.

 

 

 

El paso de los días y una nueva carta de su Maru, entregada esta vez puntualmente, repusieron el ánimo del Rubio. Por lo demás las jornadas se sucedían con la esforzada rutina del campo. El Largo continuó templando las noches de quienes le oíamos afinar la guitarra, que nunca tocó en la pensión. Los domingos se marchaba, con el instrumento a la espalda, hacia al río. Algún chisme salió de aquello, pero no le di importancia. Pedro era buena gente y trabajador, lo demás a nadie incumbía.

 

 

 

Habrían pasado tres semanas desde que le viéramos salir por primera vez de la iglesia. Algo distinto agarrotaba el aire de ese domingo. Se vieron pocas niñas en la calle, y a los quintos se los notaba inquietos, alimentando la malicia de un celo ancestral. Se barruntaba tormenta y tenía que averiguar si había motivo. Salí del pueblo dando un rodeo y bajé para el río. A medio camino vi que el Rubio iba corriendo también hacia allí. Le llamé.

 

—Rubio, ¿qué diablo te sigue para que corras así?

 

—Déjate de diablos, Poeta, que los del pueblo hablan de ir por el Largo.

 

 No tuvo que decir más. Apretamos la carrera hasta llegarnos a la linde de los eucaliptos.

 

 

 

No fue difícil encontrar al Largo siguiendo la música de su guitarra, una tonada festiva que, según nos acercábamos, nos iba colmando con un sencillo contento que ahuyentaba nuestros temores. El Largo estaba junto a la orilla, sentado sobre un tocón, con varias jóvenes escuchándole. Fue fácil adivinar que la placidez de las muchachas manaba de la guitarra, como lo hacía también la del Rubio y la mía.

 

—¡Tanguillos! —dijo el Rubio y se puso a palmear a la vera del artista.

 

Algunas comenzaron a bailar y otras hicieron coro a las palmas del Rubio. El tanguillo acabó. El Largo  accedió a una petición del Rubio, quien rompió a cantar al hilo del “tiriti tran, tran, tran”. Las niñas comenzaron a bailar, girando unas alrededor de otras, ciñendo sus cuerpos espigados. Yo me vi de repente rodeado de ellas, pleno como debe sentirse un dios entre sus adoratrices, excitado como un quinceño que huele una hembra por primera vez.

 

 La canción se desvaneció y aún me rendí a unos ojos pardos durante un instante más, antes de recordar a qué habíamos bajado al río. La realidad se anticipó a mis palabras. Un grupo de jabatos nos rodeó en el claro. Las intenciones estaban bien afiladas. Eran siete. Las mujeres fueron espantadas por el desprecio de sus ojos. El Rubio y yo nos preparamos para la pelea. El Largo permaneció sentado en el tocón con la guitarra sobre las piernas.

 

 Cuando el más bravo de ellos hizo ademán de arremeter, el latigazo de la cuerda más aguda nos mordió el bajo vientre doblándonos de dolor. El Largo dudó al vernos, pero le hice seña de que siguiera. Enlazó unos compases.

 

—Peteneras —dijo el Rubio antes de sumergirnos en el río.

 

Bajo el agua, los desgarros y quejíos con los que contendía el Largo no nos laceraban tanto como a los mozos. Aún así, uno logró arrojar una gran piedra que destrozó la guitarra. En ese impás, dos se abalanzaron contra el Largo. Los filos probaron sangre, pero sin paladearla. A puñetazos, el Largo volvió a verse libre y, ahora, armado. Golpeó hoja contra filo, retador. La corriente del río crecía, al tiempo que la voz del Largo se acompasaba con el metálico martilleo, alejándonos de allí. Cuando conseguimos salir del agua volvimos al pueblo sin esperanza de volver a saber nada más de Pedro Negro.

 

 

 

De madrugada, un rumor me hizo despertar. El Rubio roncaba en la litera de arriba. Una sombra hurgaba en el armario.

 

—No temas, soy el Largo.

 

—Pedro...

 

—¿Estáis bien?

 

—Sí  —dudé si preguntar—. Eso que haces con la música...

 

—El duende... No puedo decirte mucho. Lucha por salir y apenas lo encauzo, pero su efecto en la gente depende de cada persona.

 

—Entonces lo que sentí en el río...

 

—El duende puede castigarte pero no obligarte a nada que no desees hacer o creas merecer.

 

 Silencio.

 

—¿Qué pasó con los chavales?

 

—Ahondaron en su pena —terminó de hacer la maleta—. Debo marcharme —me tiende la mano—. Adiós, Poeta.

 

—Buena suerte, Largo.

 

 Se marchó sin más.

 

 

 

Ese lunes no fuimos al campo. Ni en toda la semana. Se decretó luto. Los cuerpos aparecieron esparcidos a lo largo de la rivera del río. Nadie dudó cómo habían muerto: ahogados. Nadie pudo aventurar el porqué. La marcha del Largo pasó desapercibida. Dejó el dinero que debía a la patrona y no volví a saber de él.

 

Para el miércoles, el rubio ya había vuelto a La Línea con su Maru, tampoco tuve más noticias.

 

Yo dejé la pensión y me asenté en el pueblo, con la esperanza de que aquellos ojos que me encandilaron junto al río me regalaran más alegrías.

 

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 5 de Julio de 2010 a las 12:27

JUAN CARLOS BOIZA, 

debe usted colgar aquí su relato en la versión definitiva. Yo lo repasaré y si veo algún fallito de última hora, te lo digo.
jcboiza
Mensajes: 268
Fecha de ingreso: 29 de Octubre de 2008
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  • 5 de Julio de 2010 a las 18:04

EL EXTRAÑO CASO DE WESLEY KEY

Aunque para muchos la historia de Wesley Key es una simple leyenda urbana, una de esas historias que alguien ha oído de alguien que dice ser amigo de alguien que le conoció, lo cierto es que, por raro que parezca, sucedió realmente.

Wesley vino al mundo en un bloque envejecido de pisos de Bay Ridge, entre los vapores de la ginebra con la que una vieja comadrona le limpió las heridas del cordón umbilical. He llegado a pensar que aquellos efluvios etílicos que envolvieron su cerebro sin formar, fueron los que a la postre determinaron su extraño destino.

Yo le conocí años después, cuando mi padre perdió su empleo en Manhattan y tuvimos que trasladarnos. Fue el día en que hicimos la mudanza, estaba sentado en las escaleras de mi futura vivienda jugando con una pelota mugrienta observándonos desempacar.  Recuerdo que me llamó poderosamente la atención la sincera y amplia sonrisa con la que nos recibió, en la que ya faltaban las palas y colmillos superiores. Cuando nos hicimos amigos, me contó que había perdido los dientes en una apuesta. Se había empeñado en que era capaz de abrir una botella de cerveza con los dientes. Lo que no sabía es que habían pegado la chapa. Cuando Wesley se dio cuenta de que le habían tomado el pelo, no se dio por vencido y, al final, acabó con veinte dólares en el bolsillo y los dientes totalmente destrozados.

Sus primeros problemas con el alcohol empezaron cuando su padre murió en un accidente en los muelles. El seguro a penas cubrió los gastos del entierro por lo que su madre tuvo que trabajar durante todo el día. Wesley, con apenas catorce años, se vio obligado a abandonar el colegio y a empezar a repartir periódicos.  En Brooklyn y en pleno invierno repartiendo diarios por las esquinas, la única manera que encontró para combatir el frío fueron las viejas botellas de ginebra que su padre guardaba en casa.

Siempre me lo encontraba en la esquina de la calle, con su sonrisa desdentada y burlona y el bulto de una pequeña petaca bajo su desgastada chaquetilla de franela. Al acabarse la ginebra pasó al whiskey barato que vendían a granel en las bodegas de los hermanos  Cowen; dos inmigrantes irlandeses con pocos escrúpulos para dar alcohol a menores. Con dieciséis años conocía ya todos los bares y tabernas de Brooklyn. Sin embargo, a pesar de haberle visto beber una y otra vez, día tras días, jamás le había visto borracho. Era como si las bebidas no tuviesen efecto alguno sobre él.

Recuerdo especialmente el día en que los Brooklyn Dodgers  consiguieron derrotar a los Yanquis de Nueva York y ganar la Liga Mayor de Béisbol. Todos los jóvenes salimos a las calles a celebrarlo y, aunque Wesley bebió sin parar durante toda la noche,  cuando las luces del nuevo día despuntaron, él seguía tan fresco como una lechuga mientras la mayoría de nosotros estábamos borrachos o inconscientes

Ni siquiera cuando Betty Langrage, la única mujer de la que fue capaz de enamorarse, murió atropellada por un conductor ebrio, Wesley fue capaz de emborracharse. Bebió y bebió durante días, pero jamás le vi mostrar el menor signo de que el alcohol le estuviese afectando.

Una vez le pregunté por qué bebía de aquella manera si no era capaz de emborracharse, ni siquiera de alegrarse con una copa; “Porque tengo la esperanza de que alguna vez el alcohol consiga borrar de mi vida todo lo que me ha salido mal” me respondió.

Poco a poco, su inusual inmunidad al alcohol fue convirtiéndole en toda una celebridad. Le apodaron Whiskey, haciendo un desafortunado juego de palabras con su nombre, y los retos en bares o tabernas empezaron a sucederse. Todo el mundo quería saber hasta dónde era capaz de llegar, pero el resultado era siempre el mismo; su oponente derrumbado, incapaz de levantarse del asiento por sí mismo, y Wesley pidiendo una copa más.

Por eso, cuando un nuevo local en Williammsburg anunció que ofrecería a todo el que acudiese el día de su inauguración cuanto alcohol fuese capaz de consumir, fuimos muchos los que pensamos que Wesley no se perdería la oportunidad de demostrar una vez más su peculiar habilidad.

El día de la inauguración había cientos de personas apretujándose en la puerta del local. Estaba a punto de irme, convencido de que no podría pasar, cuando divisé a Wesley junto a la entrada. Con una mano me hizo un gesto para que le acompañase al interior. Cuando llegué a su altura me comentó en voz baja “hoy puedo conseguirlo, por una vez no tendré que preocuparme por el dinero”. Intenté persuadirle, pero su decisión era inquebrantable, así que decidí acompañarle al interior.

En una mesa habían preparado varias botellas de whiskey y un hombre, cuya corpulencia frente a la fragilidad física de Wesley parecía presagiar una dura contienda, esperaba ansioso mostrando un fajo de cien dólares en su mano. Wesley depósito otros cien dólares para cubrir la apuesta y se sentó frente a él. Los pequeños vasos de Whiskey empezaron a desaparecer uno tras otro, mientras ambos hombres bebían por turnos. El duelo duró más de una hora, hasta que finalmente el grueso oponente de Wesley, que apenas era ya capaz de levantar su bebida, rechazó la nueva ronda incapaz de continuar. Hicieron falta tres hombres para ayudarle a salir de local.

Creía que allí acabaría todo, pero Wesley  no pensaba igual. Ante el asombro general, juntó todo el dinero ganado y lo puso en la mesa, repitiendo la apuesta. Aquello me asustó; Wesley había bebido casi dos botellas de whiskey y continuar me parecía demasiado peligroso. Intenté convencerle de que abandonase pero se limitó a reír, mirándome con una extraña expresión de seguridad que no supe interpretar. Intenté levantarle por la fuerza, pero rápidamente dos matones del local me sujetaron por los brazos impidiéndome moverme.

El duelo se repitió no una sino tres veces más ante mi mirada horrorizada y la fascinación asombrada del público. Nadie era capaz de comprender como aquel pequeño cuerpo podía soportar tan increíble castigo sin mostrar signo alguno de embriaguez.

Cuando el cuarto hombre tuvo que ser retirado entre vómitos, Wesley me miró de nuevo y puedo jurar que aquella mirada fue la más clara y limpia que le vi jamás. Su serenidad era increíble. Con un gesto de la mano dio por terminadas las apuestas y se levantó, recogiendo todas sus ganancias. Después se acercó hasta mí pidiendo que me soltasen.

Me miró sonriendo e introdujo el dinero en el bolsillo de mi chaqueta, susurrándome al oído: “No lo necesito, por fin lo he conseguido”. Cuando, confundido, intenté impedir que introdujese aquel montón de dólares arrugados en mi bolsillo, el tacto de su piel me hizo asustarme de tal manera, que di un paso hacia atrás tambaleándome. Su mano estaba húmeda, resbaladiza y era extrañamente flexible; tuve la impresión de que algo horrible le estaba pasando. Wesley dio un paso atrás  sonriendo de nuevo. No puedo explicar el espanto que sentí al ver su dentadura completa milagrosamente.

Todas las personas que estaban en el bar se dieron cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. El silencio era sepulcral. Poco a poco se fueron alejando, apretujándose en los límites del local pero incapaces de abandonarlo, como si presintiesen que, aunque horrible, lo que estaba ocurriendo era algo fascinante que debían presenciar.

Wesley  cerró los ojos y eso fue el principio. Sus rasgos empezaron a diluirse, como si su rostro no fuese más que una máscara de cera a punto de derretirse. Su piel comenzó a volverse traslúcida, a la vez que todo su cuerpo empezaba a contraerse. Ante los ojos atónitos de todos los que estábamos allí, Wesley Key fue perdiendo coherencia física a medida que su cuerpo se diluía. En apenas unos minutos, lo único que quedaba de él era un charco de líquido transparente y un montón de ropa empapada.

No hace falta decir que se formó un gran escándalo cuando la gente, completamente espantada, abandonó el local, unos gritando y otros totalmente descompuestos ante el horrible espectáculo. Cuando la policía llegó, lo único que pudo certificar era que había un charco de whiskey y un montón de ropa en medio del local.

En los periódicos se dijo de todo, desde que se había tratado de una alucinación colectiva, hasta que la bebida estaba adulterada con algún alucinógeno que produjo el pánico general. El local, del que ya nadie recuerda el nombre, fue cerrado y en su lugar se construyó una torre de apartamentos.

Hoy en día, Wesley Key se ha convertido en un mito, pero era mi amigo y yo estuve con él aquella noche. Por eso, cuando alguien en tono de burla me cuenta la leyenda de un hombre llamado Whiskey, me levantó y saco de un cajón de mi cómoda, un pequeño fajo de dólares, en el que existe una extraña huella dibujada, la huella de una mano húmeda que, aún hoy, huele terriblemente a whiskey barato.

raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 16 de Julio de 2010 a las 21:25
Idelosan, este es el hilo para colgar el relato cuando lo tengas claro.
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 27 de Julio de 2010 a las 7:37
Idelosan y Miguelmig, falta colgar aquí vuestros relatos definitivos. 
miguelmig
Mensajes: 1.280
Fecha de ingreso: 23 de Enero de 2009
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  • 28 de Julio de 2010 a las 0:16

LO HE ESCRITO YO



Era sábado por la tarde cuando Marisa dio el pistoletazo de salida a su pequeño comercio: una librería en una esquina de la calle del Libro. No abundaban en ella estos negocios, y tal vez fue por eso por lo que quizá Marisa decidió ubicar allí el suyo, como para darle por fin sentido al nombre de la calle.

Marisa se hallaba dentro, charlando con sus amigas y familiares asistentes a la inauguración, entre canapés y cava burbujeante en vasos de plástico, cuando de pronto una mujer de talla media y complexión gruesa, con una gran papada, entró por la puerta. Todos se giraron al escuchar el estruendo que provocó al chocar contra un paragüero mal colocado. Tenía las pestañas maquilladas con rímel azul. Arqueó las cejas negras para hacer saber a todos que se sabía observada, que ella no había puesto allí el paragüero, que no era para tanto. En él depositó la mujer su paraguas, todo mojado. Afuera la lluvia era leve, pero constante, llevaba ya todo el día cayendo desde las grises alturas. 

Ya todos vueltos de nuevo a sus charlas, a sus comidas y a sus vasos con burbujas, la mujer gruesa comenzó a mirar las obras escritas allí expuestas, las que estaban en una mesa grande en el centro del local con un tapete de terciopelo rojo. Las tocaba de una en una a medida que iba leyendo sus títulos y sus autores, deslizando los dedos por sus tapas… parecía que buscaba una en concreto. 

-¡Anda, mira! ¡Si este es mi libro! -exclamó alterada y contenta. 

Marisa, que no le había quitado ojo de encima por ser su primera cliente no conocida, se sorprendió de tal noticia: parecía que esa mujer gruesa, de papada grande, era escritora, y que había encontrado allí uno de sus libros. 

-¿Lo ha escrito usted? -preguntó. 

-Sí… ¡qué ilusión! -parecía más calmada después de su entrada en la tienda, con los párpados caídos leyendo el texto de la contraportada. 

Todos volvieron a observarla, como hacía unos instantes cuando había tropezado con el paragüero de forma tan escandalosa.  De nuevo hizo saber a todos que se sentía observada,  que no era para tanto. Comprendió que muchos se sorprendían de que una persona que parecía de lo más normal fuera la autora del libro que sostenía en sus manos. Una brisa de orgullo le recorrió la cara. 


-Lo he escrito yo -dijo.


 


 

Idelosan
Mensajes: 1.315
Fecha de ingreso: 6 de Noviembre de 2008
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  • 30 de Julio de 2010 a las 1:47
EL GUARDIÁN DE LA TIERRA PROMETIDA

El Guardián de la Tierra Prometida. Vestigio de eras pasadas, ente físico atemporal, arcaico instrumento de defensa, custodio de un paraíso inalcanzable a los mortales.

La Tierra Prometida ha sido el sueño de naciones enteras, la última utopía de la humanidad, y muchos han sido los que han fracasado en su conquista. La historia ha sido testigo de incontables asaltos, ejércitos enteros masacrados por la mole de carne y acero protectora del mayor secreto de la existencia. Se la considera la manifestación más bella de la felicidad, el descanso eterno en vida, una vida inmortal junto a los Dioses entre un súmum de satisfacciones materiales y espirituales. La culminación de todo, el principio de una nada perfecta y eterna.

Los orígenes de la más fuerte manifestación de ambición humana se pierden en los albores del tiempo, y ya nadie recuerda cuál fue el primer valiente que se enfrentó al Gigante. Los mitos y leyendas, conservados a lo largo del fluir de la existencia, nos hablan de tiempos pasados de gloria y fruición, en los que la entrada a la Tierra Prometida era libre para el pueblo. El portal, otrora lleno de paz y armonía, es ahora lecho de muerte para todos aquellos valientes que se atrevan a acercarse. ¿La causa? Muchas versiones han surgido acerca de este suceso. Algunas, afirman que la humanidad mancilló el regalo divino del paraíso, abusando de sus tentaciones, rechazando el mundo real, centrándose sólo en obtener el placer sin dar nada a cambio, y el Guardián fue un castigo a su soberbia enviado por los Dioses. Otras, simplemente hablan de un Gigante malicioso, un ser nauseabundo no muerto venido de las profundidades del infierno con el único objetivo de causar dolor.

Sea como sea, mi ejército marcha raudo y valiente a su encuentro. Más de doscientos hombres armados hasta los dientes haremos frente a esa monstruosa aberración, y acabaremos con ella de una vez por todas. Nuestra voluntad es fuerte, nuestra moral, alta.

El Guardián ya no es lo que era. A lo largo de los tiempos, muchas historias se han contado acerca de su tenacidad y sed de sangre, pero por alguna razón cada vez hay más supervivientes a sus ataques, cada vez más hombres son capaces de huir tras la derrota, y sus crónicas son menos aterradoras. Cuentan que, tras cada batalla, el Gigante devora uno a uno los cadáveres que siembra en su espiral de destrucción, y con ello regenera todo daño sufrido por su carne corrupta. Y es que de todas formas, como ser de piel y hueso que sigue siendo, parece que el Guardián también se puede desgastar con el tiempo.

~

Esta es mi oportunidad, y no voy a permitir que nadie se me adelante. Me llamo Faedorn, príncipe de las tierras baldías de Caraguan; voy a ser el verdugo del Guardián de la Tierra Prometida, y el primero en entrar en ella.

Tras cuatro días de viaje a través de pantanos, ensenadas, bosques y montañas, llegamos por fin a las cercanías del mismísimo Portal del Paraíso. La luz de la mañana se reflejaba a lo lejos en la prístina edificación sagrada, elevada sobre el manto verde de los árboles del Bosque de la Eternidad. Dos enormes columnas redondas de piedra lisa, perfecta, inalterable, eterna. Entre ellas, a menor altura, un majestuoso arco de gran envergadura daba la bienvenida a los visitantes del sagrado lugar, el cual albergaba el Gran Portal en su interior precedido por unas escaleras de mármol. De proporciones descomunales, aquella edificación parecía haber sido ideada especialmente para el uso de los Dioses. Maravillados por la visión que se presentaba ante nuestros ojos desde lo alto de aquella colina, mis hombres y yo nos olvidamos por un momento de la enorme confrontación que pronto tendría lugar. Muchos de ellos iban a morir, y lo sabían. Pero la posibilidad de la entrada al paraíso bien merecía tentar a la suerte: sería muerte o gloria. Empuñando la prudencia y la astucia como nuestras armas, decidimos dormir allí mismo durante todo el día hasta la caída del sol, descansar y esperar a atacar bajo el manto de la noche de otoño.


Y llegó la oscuridad. Más de doscientas almas silenciosas nos apresuramos en bajar la colina adentrándonos entre el mar de árboles siendo nuestros pasos silenciados por el ulular de los búhos. Poco tardamos en llegar al claro del bosque y encontrarnos cara a cara con el Gigante.

Ni la más grotesca de las leyendas escuchadas acerca de aquel monstruo me hubiera podido preparar para la visión que se presentó ante mis ojos. Por primera vez tuve miedo, me sentí pequeño, débil, inofensivo. El Guardián de la Tierra Prometida era una enorme montaña sin rostro: carne y acero hechas un solo cuerpo brutal, temible, de deformidad insoportable. No había una sola parte de su organismo que no estuviera fuertemente protegida por una siniestra armadura de acero negro de apariencia impenetrable. Parecía medir sólo unos cinco metros de altura, pero algo en mi interior me advertía de que esa apariencia era como una simple sombra inocente de lo que en realidad era. La mera visión de sus armas de guerra, dos descomunales hachas de mano cuyo filo era tan largo como cualquiera de mis hombres, me hizo estremecer.

Titubeé. Si aquel engendro hubiera tenido algo parecido a ojos en su rostro cubierto por metal, podría decir que se nos quedó mirando fijamente, a la espera de acometer contra aquellos que pretendíamos subir las escaleras, impedirnos pasar entre aquellas dos majestuosas columnas de camino al Gran Portal.

Los soldados de infantería empuñaban sus espadas y mazos. Los tiradores, situados en fila más atrás, tensaban sus arcos. Tras segundos de desesperante silencio, di la orden de ataque.

Nunca olvidaré aquello que se desató de repente ante mis ojos. Nunca. Tan pronto como mis hombres más valientes corrieron a atacar los primeros al Gigante, éste movió su enorme hacha rápidamente, como si de un pequeño cuchillo se tratara. Cinco hombres fueron partidos por la mitad al instante, cayeron sus divididos cuerpos sin vida al suelo antes de que pudieran siquiera advertir las garras de la muerte. Aprovechando el ligero desequilibrio que en el Guardián provocó esta acción, el resto de mi ejército se precipitó en marabunta, enloquecidos, dispuestos a destruir el negro metal y cercenar hasta el último milímetro de carne de aquella aberración.

Nunca imaginé que yo, el mismísimo Faedorn, acabaría así... pero entre mi arco y mi espada, elegí el primero para luchar contra la gran bestia. Me sentí cobarde, despreciable, pero el miedo me superaba. Mis flechas, sin embargo, poco podían hacer contra la coraza metálica del Guardián, sólo dañada por los fuertes mandobles que mis más avispados guerreros acertaban a propinarle. Mis hombres caían uno tras otro, sus miembros cercenados volaban por el aire rodeados por una llovizna de sangre alimentada segundo a segundo por la furia incontrolable del Gigante.

Mi ejército era sin duda fuerte y valeroso, pues aún a pesar de su rápido exterminio fue capaz de ir destrozando la armadura del Guardián a un ritmo increíble, de llegar a penetrar su carne podrida sin causar, aún así, grito de dolor alguno por parte del monstruo. Poco a poco la cantidad de trozos de carne fresca sobre el charco rojo que era el campo de batalla fue superando a la de soldados de infantería con vida, pero la bestia iba mostrando signos de debilidad, y ordené a mis arqueros que se añadieran al combate cuerpo a cuerpo.

¿Qué hice yo? Bueno, yo… yo quería ante todo llegar a la Tierra Prometida. Dejando a un lado toda mi moral, aproveché el momento de debilidad del Guardián para pasar presto por su lado, subir la solemne escalinata, y adentrarme en aquel estrecho templo que albergaba una espléndida puerta de piedra en su interior. Sin pararme a observar la majestuosidad de sus relieves y su ¿cerradura?, empujé aquella puerta hacia adentro con todas mis fuerzas, expectante por ver qué me encontraría al otro lado.

Casi muero. Más concretamente, casi caigo al abismo sin fin bajo el umbral. Nada más hube abierto aquella extraña entrada me di cuenta con pavor de que conducía a un sitio totalmente diferente a lo que me esperaba. Era la nada, la más pura y completa nada, negrura absoluta careciente de todo espacio o profundidad. ¿Era aquello la Tierra Prometida?

Me sentí tremendamente decepcionado. Pero, al fin y al cabo, estaba claro que así hubiera sido demasiado fácil. Me quedé observando, triste y abatido, el extraño hueco que había sobre los relieves de aquella puerta. Sí, sin duda parecía una cerradura, pero ¿para qué llave? ¿Acaso sería ésta necesaria para que las puertas llevaran a su verdadero destino?

Poco tardó en revelárseme sola la respuesta. El cese de los agónicos gritos de batalla alertaron de nuevo mis sentidos, expulsándome de mis divagaciones, y me giré al escuchar los torpes y desiguales pasos de algo enorme.

Allí estaba el Guardián de la Tierra Prometida, plantándome cara.

Cojeaba. La mayor parte de la armadura de su torso había sido destruida, aunque de sus numerosos cortes profundos no manaba ni una pizca de sangre. Le había sido cercenado el brazo izquierdo, y el derecho no empuñaba ningún tipo de arma. Un ser vivo normal nunca seguiría en pie en aquel estado.

Sonreí. Observé su cabeza: donde antes había un férreo casco sin apertura alguna, ahora se atisbaba una especie de objeto dorado de forma alargada, aún medio resguardado por fragmentos de metal que se resistían a desprenderse.

~

Desenvaino mi arma, consciente de mi destino. De que no se puede matar a lo que ya está muerto, pero también de que nadie dijo nada acerca de arrebatar. Sé que, gane o pierda, esta será mi última batalla sobre la tierra.
 
raulcamposval
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Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 4 de Agosto de 2010 a las 10:15
Bizarro, cuando quieras, puedes colgar aquí Iracundo. Revisa todo lo comentado, y quítale las rayas, je, je, que Turambar se quedará ciego. Merci.
raulcamposval
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Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 6 de Septiembre de 2010 a las 14:43
A ver, me faltan relatos en este hilo: habíamos escogido ya algunos, y no aparecen aquí. Queréis seguir con esto?
raulcamposval
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Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 13 de Septiembre de 2010 a las 11:26

Me faltan relatos, chicos, de los que habíamos escogido. Por favor, bizarro, R2D2, incongruente y no sé quién más. 


De bizarro, escogimos Iracundo.
De R2D2, nos decantamos por Adara. la inmortal. 
De incongruente, preferimos Ilusionante Debut. 
De la teniente, pronto escogeremos otro. 

Cuesta poco copiar y pegar. Aseguraros de que es la edición que queréis que pase al recopi2009. 

Mi teniente, aquí puede colgar el relato que desee.
R2-D2
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Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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  • 13 de Septiembre de 2010 a las 12:26
Adara, la inmortal

 

 

No es fácil recordar cómo la inmortalidad dividió en dos al género humano. En la memoria de los que nunca la alcanzaron, el suceso se hizo humo de mitos y leyendas mucho antes de que dejara de ser exacto el número de generaciones transcurridas desde que ocurrió.

La memoria de los inmortales es diferente: no la aniebla el extravío de los detalles, sino su exceso. Y aunque algunos de los afortunados iniciaron registros minuciosos de su nueva vida presuntamente inacabable, los ordenadores dejaron de responder a la tecla de encendido poco tiempo después del holocausto. Ya ninguno de ellos se animó a buscar tinta y papel para mantener los anales. No valía la pena. Porque no habría lugares donde guardarlos, tan inacabables serían. Ni se conservarían tanto tiempo como ellos vivieran. Y además, concluyeron, el tiempo transcurrido y registrado siempre abrumaría al tiempo necesario para leerlos.

Pero, ¿cómo fue?

Hubo una vez... Sí, claro, tuvo que ser antes de, ya que el holocausto fue su consecuencia. Por entonces ya se sabía que el ser vivo es una máquina que se repara a si misma, pero sin la suficiente perfección. Sólo había que ajustarla bien, y la máquina sería eterna.

El hallazgo era inminente. Todos los hombres esperaban vivir para verlo, y verlo para vivir eternamente. Ocurrió. Los poderosos fueron los primeros en alcanzar la eterna juventud. Y una vez conseguida, conspiraron. Porque, ¿no rebosaban de hombres los continentes? ¿No se habían fundido los polos, desbordados los mares, arrasada la Amazonia, extinguidas innúmeras especies?

Los hombres fatigaban la Tierra. Y ahora, por añadidura, eran inmortales.

ANPI. El Acuerdo para la No Proliferación de la Inmortalidad sólo fue acatado por los que ya lo eran. Y no impidió lo inevitable. Ninguna reunión de hombres, cualquiera que fuese el título que se le diera,resistió la presión de los mortales pidiendo ser admitidos en el club de los que nunca envejecían. Disturbios en las ciudades. Los primeros Gobiernos en ceder se enfrentaron a los Gobiernos defensores del Acuerdo. Y los Gobierno defensores del Acuerdo encomendaron la supervivencia del planeta a las armas nucleares.

Aquellas bombas aliviaron al mundo del peso que lo asfixiaba, reduciendo el número de los humanos a lo razonable. Y cuando nadie fue capaz ya de distinguir el polvo de las cenizas, crecieron los bosquesdonde no se recordaba que los hubiera habido. La nieve volvía a caer en las cumbres sobre la nieve del año anterior. Especies que se creían extinguidas surgían del Arca de Noé de una previsión disparatada que al final había resultado clarividente.

En algún momento de aquel cataclismo, se perdió la máquina de la inmortalidad. Alguien tuvo en su mano, en el último momento, la decisión de destruirla o de conservarla fuera del alcance de los hombres, y decidió esto último. Lo dice un relato diseminado entre mil fábulas: que la máquina está en algún lado,esperando a que alguien la encuentre. Los inmortales lo cuentan con aprensión, queriendo creer que no será cierto y que nada alterará su estado actual. Los mortales, con la esperanza de una revancha.

El género humano volvió a crecer. Muy despacio. Liberándose de todas las taras y monstruos inviables que siguieron al gran holocausto. El hombre volvió a tener retos a su medida a los que enfrentarse: rebaños para medrar; cosechas que sembrar y recoger; jabalies, osos, leones con los que probar el valor de sus flechas y lanzas.

Mortales e inmortales viven ahora separados por una envidia atávica, un agravio de eones. La pugna, sin embargo, va cayendo ineluctablemente del lado de los mortales. Porque las muertes violentas, las enfermedades oportunistas (los suicidios también), menguan el número de los inmortales. Entre ellos la procreación es aberrante, un tabú cuya transgresión socava la comunidad, porque los seres traídos al mundo son mortales, y los perpetuamente jóvenes no quieren tener previsión para la vejez y la muerte. La inmortalidad requiere la inmutabilidad en todos los órdenes. Así es todo entre ellos, sus leyes, sus costumbres, sus jefes, y hasta sus vidas interminables. El tedio y la decadencia es el precio que pagan por no envejecer.

Y los que se niegan a pagarlo -un lento goteo- abandonan sus pequeños Olimpos amurallados para buscar la sociedad de los mortales, mezclarse con ellos y robarles un poco de vida...

 

 

La pareja estaba sentada al sol. A sus espaldas, la pared de bojes esmeralda y el fuste gris de las hayas. Delante, la vertiginosa ladera despeñándose hasta el valle.

El hombre hablaba sin levantar la vista. Entre las manos, un cuchillo y una rama. Las palabras salían de su boca como las mondas del palo, concienzudamente.

- Se acaba, Adara. Esto se acaba para mi. Ya ves, yo siempre había hecho esta subida de un tirón, y hoy no sé si podré llegar arriba.

Estaban arrimados el uno contra el otro. La piel de ella, clara y tersa como la madera de boj que desnudaba el cuchillo. La de él, arrugada y áspera como la corteza que arrancaba. Un par de virutas se camuflaban entre las canas de su barba. El seguía cortando pensamientos.

- Todos estos años junto a mí, te habrán parecido un suspiro. Aunque a mi... me han colmado, Adara.

Ella lo rodeaba con su brazo, recostada en su hombro. Su pelo negro caía por igual sobre las espaldas de ambos.

- No digas eso, Ruisko. Tú me has hecho joven. Te lo he explicado tantas veces...! -le dijo ella.

- Y tú me has hecho viejo, Adara. -dijo él-. Todos envidian mi fortuna, envejecer junto a una mujer perpetuamente joven ¡Qué pocos sospecharán lo que puede llegar a doler!

Levantó la vista. Sobre ellos, allá donde el azul no tiene medida, una silueta alada planeaba en círculos tan solemnes como el cielo inmutable. Adara averiguó, como tantas otras veces, la mirada de Ruisko ávida de inmensidad. Hacía años que él ya no subía a los acantilados para acechar el vuelo de los buitres.

Dejar de hacerlo fue su primera claudicación. Luego vinieron otras. Todavía no arrastraba los pies. Todavía podía dar un grito para reunir a los perros a su lado. Pero los hijos ya habían empezado a decirle: déjalo, padre, ya lo haré yo. Y estaba ella, la madre de sus hijos, ella, siempre a su lado, siempre igual, inmutable, siempre joven. Ella lo hacía doblemente viejo.

- Vamos -arrancó él.

Y reemprendieron la subida. Ella a su lado, detrás, disimulando que podría caminar más deprisa. Pretextando una flor, una seta, un trozo de musgo, para que él tomara aliento sin reparar en ello.

Llegaron. El risco dominaba los tres valles. Esperaron.

Al rato los vieron aparecer, apenas unos puntos por debajo del horizonte. Se afianzaron en el borde, el uno en el otro, contra el viento. Uno, dos, tres, cuatro buitres pasaron delante del acantilado, debajo de ellos. El detalle de las plumas remeras; sus tonos cambiantes, tierra seca, tierra oscura, negro; la gorguera blanca. Y cuando ya los despedían, de la nada apareció un quinto, suspendido delante de ellos,inmóvil como la eternidad. Ruisko reventó de gozo. Porque en ese momento, el buitre giraba su cabeza, enfrentándoles con los ojos, como si quisiera hablarles, sonreirles con el pico.

Y con un levísimo gesto de sus alas, se catapultó hacia el cielo.

- ¿Has visto, Adara? ¿Has visto? Se ha parado a mirarnos.

- Si, Ruisko.

- Nunca pensé que vería algo igual. Tenías razón, ha valido la pena subir.

Se sentaron. Comieron. Ella apoyó su espalda contra el tronco de un haya. El se acunó entre sus piernas.

- Toma, bebe -y Adara le alargaba una cantimplora pequeña-. Dormirás un poco, y te despertarás con fuerzas para bajar, sin que te duelan las rodillas.

El bebió. Luego dejó extraviada su mirada en el azul, mientras ella le acariciaba las sienes. Y cuando él cerró los ojos, ella empezó a llorar, suavemente al principio. Luego a borbotones. Lloró todas las lágrimas que no habían salido de sus ojos en su larga vida inmortal. Lloró y lloró, hasta que la frente de él estuvo fría como la muerte. Entonces apretó los ojos -secó las lágrimas-, apretó los dientes -estranguló los sollozos-, y se puso en pie. Arrastró el cuerpo hasta el borde del acantilado, y lo desnudó, preparándolo para la última visita de los buitres.

Arrancó a caminar. Tenía un trecho muy largo, muchas montañas que subir y bajar hasta llegar más allá de los valles, donde nadie hubiera oído hablar de ella, Adara la inmortal. Y mucho tiempo para decidir si valía la pena vivir sin volverse a enamorar de un mortal.

 

raulcamposval
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  • 16 de Septiembre de 2010 a las 19:51
Disculpadme, estoy echando arena. 
raulcamposval
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Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 22 de Septiembre de 2010 a las 14:15

Me faltan los relatos de bizarro, incongruente, tulip y gloria. 


Por favor, pasen por taquilla. 
gloriapaniagua
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  • 24 de Septiembre de 2010 a las 11:56

EL HOMBRE HINCHADO


Lo había conocido por casualidad en el grupo de amigos que nos reuníamos en el café. Me intrigaba su aspecto, su manera altiva de mostrarse ante todos, ese querer llevar las conversaciones a su terreno y demostrarnos, agresivamente, que éramos unos estúpidos ignorantes, sobre todo si alguien le contradecía. Yo le observaba callado, analítico, haciéndome pasar por alguien vulgar. Él pensaba que yo era un ser anodino, manipulable, sin personalidad ni criterios propios, un tonto, en definitiva, pues mi aspecto externo incrementa esa idea.

Por azares de la vida, un día coincidimos solos en el café. Al principio nos analizamos sin disimulo, despectivos, contrariados, tensos. Tras unas copas y cigarrillos de más, le hice ver su propia realidad y la mía. Le hice sacar todo su aire de vanidad, y luego hice estallar el mío, de súbito, como jamás lo había hecho ante nadie, a modo de bofetón. Quedó muy desorientado, mudo, mirándome parpadeante con su altivez acostumbrada. Yo me reía, dándole palmaditas en el brazo. Salió de allí sin decir adiós, con el ceño fruncido, erguido, pero, en el fondo, adiviné, su ego iba deshinchándose como un globo pinchado por una mano intencionada y hábil. En el entorno quedó como su aire de orgullo herido, viciado, muy empalagoso, que me produjo náuseas.

Al poco tiempo, supe que él había cambiado la tertulia de nuestro café por la de un foro de Internet. Allí pretendía engañar a los demás con las cosas que nosotros tan bien conocíamos de él y ya no nos impresionaban ni tolerábamos, sobre todo yo. Quedamos muy tranquilos, y yo trazando, a marchas forzadas, mis nuevos senderos de poder.

Pasado bastante tiempo, un día inesperado, volví a verlo en el café. Estaba oculto en la esquina de la barra, con un whisky en una mano, un puro en la otra, y la mirada ausente. Le eché un vistazo de superioridad. Rehuyó mis ojos, despreciativo. Percibí con gusto su cuerpo extremadamente delgado, su piel  de cera y pergamino y sus pupilas vidriosas.

Me senté en la mesa junto al ventanal, entre el grupo de mis jovencitos adoradores. Comencé a liderar la charla. Al rato llegó un chico de unos veinte años. Tenía el mismo aire que el de mi ex amigo el frustrado en sus años mozos, e idéntica actitud a la que tuve yo cuando me uní al grupo de amigos en ese mismo café, ya deshecho el genuino grupo por el paso del tiempo, los desacuerdos, las rivalidades y los achaques de unos y otros.

En este instante de soledad, no dejo de pensar qué me deparará el poco futuro que me queda, qué hará conmigo ese payaso y falso jovenzuelo pretencioso, en apariencia tímido y discreto, ese bichito que me observa con gesto burlón disimulado mientras cuento mis aciertos en todos los ámbitos de la vida a los bobos que me escuchan.

Ja, ja, me acabo de enterar de que, durante este amanecer, en el dormitorio de mi antiguo amigo frustrado sólo ha quedado de él la piel rugosa sobre sus finos huesos, como si fuera la de un globo deshinchado y roto, y mucho, mucho aire maloliente en el ambiente, circundando una atmósfera cargada de falsedades.

Debo pensar un buen ardid para anular al jovencito antes de que él acabe conmigo de forma parecida. Mi reino es la tertulia del café, yo su eje, el Dios, hecho a sí mismo, que todos esos simplones admiran.

 

raulcamposval
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  • 29 de Septiembre de 2010 a las 18:38

ILUSIONANTE DEBUT

Casi antes de que el desvencijado despertador hiciese sonar su estridente y resolutivo grito de aviso, ya la nerviosa mano de Sara había apretado el botón de “parar” y sus bien contorneadas y largas piernas, salieron a toda velocidad de debajo de las sábanas.

De pie en su habitación, comprobó que toda su ropa se encontraba perfectamente colocada en la silla; se puso una bata y cogiendo la llave de la habitación, salió en dirección al baño común de la pensión donde se alojaba desde hacía tres días.

Después del contundente lavado de dientes, empezó la operación de “decoración”. Limpieza de cara, crema de resaltes, color de mejillas, cejas, pestañas, labios… En realidad, después de casi media hora de detallado trabajo y continuada contemplación, la mujer que sonriendo se admiraba en el espejo nada tenía que ver con la que acababa de levantarse. ¡Milagros de unas manos expertas que otros agradecerían con sus miradas!

Terminado el extenuante trabajo del baño, limpieza interior incluida, salió de él y se encontró de frente ante los irritados y somnolientos ojos de un extraño que, indiferente al trabajo que ella se había esforzado en realizar, la miró indignado y sin pronunciar palabra, se metió dentro, cerrando la puerta tras sí con un fuerte golpe.

Sara se quedó estupefacta junto a la puerta, sin comprender la indignación y desinterés demostrados por aquel desconocido. Encogiéndose de hombros, caminó hasta su habitación. Se acercó a la ventana y retirando los gastados y casi transparentes visillos que resguardaban su intimidad de los ojos de cualquier vouyeroso observador, miró al exterior.

No pudo evitar una mueca de desagrado al comprobar como la cortina de agua que tras los cristales caía, hacía del exterior una verdadera piscina. Aquello no lo había previsto y de inmediato, se acercó al apolillado armario que, en sus buenos tiempos, debió ser un apreciado mueble por sus dueños. La puerta, ajena al ajetreo de la habitación, gritó sobresaltada por el brusco despertar al que Sara la obligaba, y abriéndose, dejó ver lo que tan celosamente guardaba. Sara comprobó que su gabardina se encontraba en el lugar adecuado y comenzó rápidamente a cambiar de atuendo. Ropa interior, medias, falda, que para ajustarla al  “exacto” lugar que debía ocupar en su perfecto cuerpo, necesitó la ayuda concienzuda del espejo, ubicado en el interior de la quejosa puerta del armario; camisa, pañuelo corbata y chaqueta.

¡No! Y mil veces ¡no! Aquel rebelde pañuelo ni ocupaba el lugar que Sara requería, ni tomaba la forma adecuada. A la cuarta intentona, la impaciencia comenzó a hacer su trabajo de zapa y la zapatilla que calzaba su pie izquierdo salió despedida, golpeando con fuerza contra la pared. Definitivamente se lo quitó, lo extendió sobre la cama, aun sin hacer, lo dobló de otra forma y… comenzó de nuevo. Al poco, y frente al espejo, una sonrisa apareció en su rostro; posiblemente también en el transparente rostro del espejo que ya, por sus esquinas, comenzaba a opaquear, aburrido de tanto iluminar la escena. Sara, despreocupada de las emociones que su ayudante de cámara pudiera sentir, se calzó los zapatos y comenzó a doblar sábanas, almohada y colcha, para dejar la habitación en perfecto estado.

Finalmente, se acercó de nuevo al armario y tomando su gabardina se la puso. Una última mirada al ya triste espejo, que con tanto esmero se había dedicado aquella mañana a devolver a su dueña una imagen mejor que la que recibía; algo que desde pequeño le habían inculcado sus amados padres. Buscó la llave de la habitación, cogió el paraguas, metió en el bolso el móvil, una bolsa de clinex y unos caramelos de menta y dirigiéndose a la puerta, salió y cerró con llave.

Ascensor y a la piscina. Rápidamente hasta la boca del metro. No era una hora punta, no, eran cinco minutos después de esa maldita hora; ese momento en el que todos los que trabajamos acostumbramos a usar para recuperar el tiempo perdido entre las pegadizas sábanas o los sentimentales espejos de armarios.

Quiso entrar en el vagón del metro, pero no lo consiguió, la metieron; a tal velocidad y de tal forma que, los llorosos ojos de Sara no quisieron mirar donde quedaba ubicado su “delicado” pañuelo.

Pero, ¡ay, Dios mío, si solo hubiese sido su pañuelo! No quiso pensar en nada más y al llegar a su estación, forzó su salida del vagón, consiguiendo su intento casi en el mismo momento en el que las estrictas puertas se cerraban. Ya en el andén, intentó arreglar lo imposible, pero los milagros, aquella mañana, se había acabado al salir del baño de la pensión y llorosa y desilusionada, se dirigió a su trabajo.

Al entrar en el auditorio, dejó en recepción gabardina, bolso y paraguas y, casi corriendo, fue hasta donde ya se encontraba su jefa esperándola junto a otras tres azafatas de congresos. Rápidamente les recordó lo hablado el día anterior y dándoles un paquete de directorios, las fue colocando en sus sitios. Una en la puerta principal, otra a la entrada al salón, la siguiente en el pasillo entre salón y despachos y, finalmente a Sara, junto a la entrada a los aseos. Quizás estuviese pagando con el sitio designado su tardía llegada.

Aquel primer día de trabajo, la pobre Sara, recién terminada su carrera de  Ciencias Políticas y Económicas, su master en idiomas, inglés y alemán, su doctorado en Política exterior que, al bendito de su padre, le había costado todas las horas extras del mundo, lo pasó llorando sin lágrimas y viendo como un enorme grupo de hombres y mujeres, expertos o interesados en la agricultura extensiva, pasaban por su lado sin tan siquiera pedirle un solo directorio.


raulcamposval
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Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 29 de Septiembre de 2010 a las 18:41
Están pendientes de concretar y subir los relatos de la teniente tulip, bizarro y mortfan.
TenienteTulip
TenienteTulip
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Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 6 de Octubre de 2010 a las 14:50
Castigo


Aún no había amanecido cuando le avisó uno de los muchachos que trabajaba las tierras lindantes con la casa, un chaval de unos diez años al que se le notaban los huesos y que llegó muerto de frío.

- Don Julián -le dijo-, le necesitan en la casa. Es por el patrón…

No dijo nada. Con un gesto, mandó de vuelta al muchacho. Después, buscó asiento y trató de recuperar el control de un organismo que se había encogido con la noticia, tensándole los músculos y fraguándole el estómago.
El viejo se moría. 
Entró en la habitación con el cuerpo medio recuperado, obligándose a mantener el control y la apariencia de sentida severidad con la que estaba obligado a entrar en la casa del patrón. Se vistió despacio, con esmero, recreándose en cada prenda; en la mano que asoma por la bocana de la manga y en los botones que se resisten a entrar en los ojales, entreteniéndose en la idea de si debía parar a tomar un tazón de café con leche y un pedazo de pan antes de salir para la casa. Sabía que no era apropiado perder el tiempo en necesidades terrenales cuando lo celestial llamaba a la puerta, pero tenía hambre y no estaba muy seguro de querer comer cuando todo aquello terminase. Aún así, se calzó las botas pensando que no, que no haría otra cosa que no fuese salir de allí en cuanto estuviese listo.
Vestido ya, sacó del armario el maletín, llenándose la nariz de olor a naftalina. Lo abrió sobre la cama y comprobó que todo estuviese allí -el óleo consagrado en Jueves Santo, la cruz de plata, el algodón en rama, un mantelillo blanco, el hisopo, el agua bendita, un cirio y los libros sagrados-. Se sorprendió cerrándolo con violencia y con prisa, como si allí dentro hubiese en realidad un dedo acusador que lo señalaba, que no necesitaba ni de la palabra, ni de la obra, ni de la omisión, para conocer el pecado de pensamiento. Incómodo, se echó la zamarra encima y salió.
Caminaba con el cuerpo encogido, como si la niebla espesa tuviese forma de alicate y lo fuese doblando sobre sí mismo. Miraba al suelo para seguir el camino, incapaz de ver algo más allá de sus narices. Sin darse cuenta, se escuchó orando entre dientes, como si inconscientemente hubiese decidido emplear aquellos minutos en una especie de exorcismo que ahuyentara la inquina que le despertaba aquel moribundo, tan lejos de la misericordia que debería acompañarlo en una extremaunción. Reconociendo su culpa, pidió a Dios fuerzas para aquella empresa y se consagró a él con la misma devoción con la que lo había hecho por primera vez, hacía ya treinta y dos años.
Cuando levantó la vista, la casa estaba allí. No la había visto dibujarse en el horizonte, sino que surgió como si alguien la hubiese puesto en ese preciso momento, como si aquel sendero fuese en realidad su vida y todos sus pasos hasta entonces hubiesen estado encaminados a aquel día, a aquella niebla, a aquella casa y a aquel patrón. Un camino que había recorrido tantas veces y que en ese momento, en el menos oportuno, le traía la sensación de recorrerlo por primera vez.  Cuando estuvo frente a la puerta, se abrió antes de que llamase. “Padre…“, le dijo alguien que no distinguió y que se quedó a su espalda para cerrar. Al entrar en aquella casa, le descompuso el silencio de tumba y el olor a alcanfor, invadiéndole la sensación de armario, de espacio cerrado. Un agujero oscuro en el que los quinqués paseaban luces de aquí para allá sin que diese tiempo a saber quién los llevaba.
Muy pronto vino a recibirlo la señora, encorsetada en negro, con aquel cuerpo que no era más que un suspiro y que, Don Julián lo sabía, se guardaba para sí un alma doliente, resignada y ulcerosa. “No es verdad que te duela”, pensó, aunque la viese besarle las manos como si fuese un obispo y deshacerse en llantos. Don Julián la levantó con delicadeza y le pidió que lo llevase a la habitación del moribundo.
El cuarto estaba a oscuras. Se oía el silbido de su respiración doliente. La mujer dejó la luz sobre la cómoda y se acercó a encender el quinqué de la mesita que, gradualmente, iluminó un manojo de estampas sobre un tapete de encaje y la cara demacrada del enfermo tendido sobre la cama. Al verlo de nuevo, la dueña se aferró al cabecero y se dejó caer sobre el cuerpo de su esposo, acompañando aquellos silbidos de fondo con un sollozo que arrancó con fuerza pero que pronto se convirtió en letanía, tan lejos ahora del señorío con el que se dejaba ver en el pueblo en la misa de domingo. A la llamada del patetismo acudieron pronto los criados que, obedeciendo un gesto del sacerdote, se llevaron a la mujer en volandas.
Por fin estaban solos. Ellos y el Señor.
Don Julián se quedó un largo rato junto a la puerta, sin ni siquiera quitarse la zamarra de encima. El cuerpo del patrón se desdibujaba en la penumbra y hablaba de gordura de ceba, de hartura; el rostro, en cambio, aparecía enmarcado, imposible de pasar por alto. Trató de ver al patrón de forma diferente, de dejarse influir por tenerlo allí, a las puertas del encuentro con el Altísimo, envuelto en un aura de luz de carburo capaz de evocar la luz de santidad; pero no pudo. Allí, de pie, con el maletín todavía en la mano y la zamarra puesta, se dio cuenta de que su fe y sus recuerdos se peleaban por hacerse sitio, dándole golpes, haciéndole pasar de una emoción a otra a coces, doliendo.
Cuando el enfermo se revolvió en la cama, salió de su ensimismamiento y se dispuso a preparar la liturgia. Vació de adornos la cómoda y extendió el mantelillo blanco. Dispuso los instrumentos de la extremaunción, como un cirujano del alma, llenando el hisopo de agua bendita y desgranando el algodón en siete pequeñas bolitas con las que ungir al pecador.
Al volverse, sus ojos se encontraron con los del patrón, abiertos de par en par. Lo estaba mirando con la misma angustia que llevaba viendo toda la vida: la del moribundo. No se sorprendió; no era el primer poderoso al que asistía en su lecho de muerte, así que el patrón no venía a descubrirle nada. Lo miraba con esa angustia tiznada de alivio, reconfortada ante la certeza de morir en gracia con el Altísimo. Con un hilo de voz, el enfermo le pidió que se acercara y, teniéndolo cerca, estiró el brazo tratando de alcanzar la estola para poder besarla. Don Julián dio un paso atrás, empujado por un asco que no estuvo seguro de que hubiese pasado desapercibido. Se inquietó, pero sólo el tiempo justo para acordarse de que a aquel patrón ya no le quedaba mucho tiempo. Así que respiró hondo, cogió el hisopo y salpicó al enfermo.

- Asperges me, Domine, hyssopo, et mundabor; lavabis me, et super nivem dealbabor.

Y continuó el rezo entre aquella respiración ruidosa, sintiéndose hervir la sangre con cada palabra, azuzado por el calor del brasero en la esquina de la habitación, como un infierno a la espera. Llegado el momento de la confesión, se acercó al moribundo.

- ¿Don Manuel?

El patrón abrió los ojos. El sacerdote le preguntó si tenía algo que confesar antes de recibir el santo Viático, si había algo por lo que quisiera pedir perdón a Dios y suplicar su absolución.
Y no dijo nada.
El patrón negó con la cabeza.
Y Don Julián siguió con la liturgia y, ahora, con la imagen del patrón todos aquellos años atornillada en las sienes… Años llenos de soberbias, de abrir piernas a golpes y de cerrar bocas levantando la mano, de escamotear pagos y cobrar diezmos. El pulso se le desbocaba viendo a aquel hombre que, incluso convertido en un guiñapo por la tuberculosis, temeroso del juicio del Señor y sin fuerzas ya para retener sus propios orines, se reía de Dios pasando por alto pecados que no creía necesario reconocer.
Don Julián siguió adelante con el ceremonial, paciente, lamentando con cada tos del enfermo que el Todopoderoso no se llevara a aquel mal bicho de una buena vez. Siguió adelante apretando los dientes mientras se recordaba de rodillas en el confesionario, escuchando los pecados y los secretos de una aldea ignorante que se culpaba de los pecados del terrateniente. Años de historias que hablaban de pajares convertidos en burdeles, de derechos de pernada, de palizas en los recodos de los caminos, de esquilmar cosechas ajenas… Pero Don Julián no se detuvo. Siguió con la perorata aunque recordara la cara deshecha a golpes de Evaristo, las lágrimas de Juan junto a un potrillo abierto en canal y con los ojos llenos de moscas, la vergüenza de Anita a punto de parir un bastardo de Don Manuel…
Terminada la oración, fue hasta la cómoda y mojó los algodones con el óleo bendito. Y con el rezo que marca la liturgia, ungió al enfermo: en los ojos, en los oídos, en las narices, en la boca cerrada, en las manos, en los pies… Pero con el séptimo algodón en la mano, a punto de ungir los riñones, detuvo la letanía. El patrón, que por momentos parecía ya muerto, abrió los ojos buscando saber qué pasaba. Y cuando vio que el sacerdote encerraba el algodón en el puño y daba un paso atrás, su mirada se volvió suplicante, con una mezcla de pavor y desamparo. 

- No voy a absolverte, patrón. Y espero que Dios tampoco tenga la misericordia que a mí me falta.

Fue suficiente un esfuerzo final para tratar de suplicar clemencia. El acceso de tos acabó con el patrón entre estertores, delante de un sacerdote complacido en aquella muerte. Cuando todo terminó, metió las cosas en el maletín y salió de la habitación. Dio el pésame a la viuda y le aseguró que su esposo había muerto en la paz del Señor.

Salió de la casa con los gritos de la señora pegados a los talones y los ayes de los criados enganchados en la sotana. Y echó a andar embutido en la zamarra y cargando con aquel pecado sobre sus espaldas, seguro de que, de arrepentirse algún día, Dios sabría perdonarle lo que había hecho.

bizarro
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  • 6 de Octubre de 2010 a las 14:53
cita de raulcamposval Están pendientes de concretar y subir los relatos de la teniente tulip, bizarro y mortfan.
mmm... ¿que lo tengo, que poner yo? mmm... ¿cuál era, Iracundo?
TenienteTulip
TenienteTulip
Mensajes: 850
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
  • CITAR
  • 6 de Octubre de 2010 a las 15:09

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