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bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008

XXXVIII CONCURSO DE RELATOS BUBOK: LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

18 de Julio de 2010 a las 22:51

Bueno, amigos y amigas, es posible que para muchos sea el momento de buscar en la wikipedia, porque no estamos hablando de los nazis y las batallas del pacífico. Estamos hablando del I Guerra Mundial, apasionante panorama si uno sabe dónde buscarlo.

 

pelagio
Mensajes: 3.420
Fecha de ingreso: 5 de Mayo de 2009
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  • 19 de Julio de 2010 a las 3:35
¡Eres un provocador, Bizarro!
R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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  • 19 de Julio de 2010 a las 8:40
Aquí el problema es diferente que con el tema anterior: hay demasiada materia, demasiada literatura y demasiada memoria. El problema no está ya en encontrar algo para escribir, sino en no circular por caminos demasiado trillados.

Es un buen tema
emartiants
emartiants
Mensajes: 608
Fecha de ingreso: 6 de Julio de 2009
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  • 19 de Julio de 2010 a las 12:21
Aquí habría encajado mi relato "el olor" ambientado en aquellas trincheras. ¡Jó!
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 19 de Julio de 2010 a las 22:28
Perdonen sus señorías... ¿los comentarios no deberían ir en otro hilo? Algo así como: Comentarios previos al 1914. Digo yo. Supongo que aquí van los relatos.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 19 de Julio de 2010 a las 22:32

El último vuelo

 

 

El ronroneo del motor de explosión, el zumbido del aire al rozar las aladas superficies y los graves y agudos de la vibrante música de algunos de los cables tensores me acompañan y hacen menos monótono el trayecto. Pienso que Jules Verne tenía razón. El dominio de los aires será para aparatos como el mío, más pesados que el aire, y no para los torpes y lentos globos aerostáticos.

 

Recuerdo muy bien el día en que Blériot logró cruzar el Canal de la Manche y como ese sorprendente vuelo abrió los ojos de algunos. Ese día se inició una pequeña revolución industrial que nos ha llevado, en pocos años, a disponer de estos modernos aparatos que pienso que nos darán una clara ventaja en la contienda. Para mayor gloria de nuestro país, nuestros gobernantes y nuestros mandos militares comprendieron que los gordos globos y los lentos dirigibles no tendrían nada que hacer frente a nuestros ágiles aeroplanos.

 

Lo que no tengo claro es si resistirán los correajes que ciñen esa pesada ametralladora cuando ese ingenio infernal comience a disparar sus ráfagas. No acabo de estar de acuerdo con la idea de Roland Garros de colocar esas armas en nuestros aeroplanos. Pero el estado mayor le apoya, y de nada vale mi opinión en este asunto. Tampoco estoy seguro de que haya sido prudente adosar bajo mi pequeña cabina esos dos formidables cilindros con aletas. Debo dejarlos caer sobre el enemigo, pero ¿qué ocurrirá si me veo obligado a tomar tierra en una emergencia y todavía los llevo conmigo?

 

Pienso en mi familia, en mis padres y mis hermanas. Y en la bella Michelle, que debe estar  ahora con los pequeños del pueblo en el patio de la escuela, tal vez mirando hacia el cielo, hacia el este, pensando en mí. Los echo de menos a todos. Siento estar tan lejos...pero el deber me llamaba. Con mi experiencia como tripulante de monoplanos y biplanos, con mi conocimiento de las maniobras del vuelo y del manejo de estos aparatos, mi obligación era ponerme al servicio de Francia para combatir al enemigo.

 

Esta misión es sencilla. Pronto estaré de regreso. Como depredador que no tiene a otro depredador que le acose, descenderé sobre los puestos enemigos y dejaré caer mis dos formidables regalos. No creo que sea necesario accionar este pulsador, el que activa la ametralladora. ¿Por qué lo llevamos en nuestros aparatos? Porque en teoría, el enemigo podría sorprendernos con algún tipo de ingenios voladores. En ese caso debería tratar de abatirlos mediante esa poderosa máquina que llevo ahí delante... pero no se dará el caso. Si apareciese en el horizonte alguno de esos torpes y lentos engendros del profesor Zeppelín, podría ignorarlo, simplemente. El mismo daño podría hacerme que un par de cuervos marinos o un grupo de ánades.

 

Creo que veo en la distancia esos extensos bosques que señala el mapa de operaciones. Al otro lado está el enemigo. Pronto estaré en situación de... ¿Qué es eso? ¡No es posible! ¡Que máquina más maravillosa! ¡Y que idea la de su creador, darle ese doble plano asimétrico para la sustentación! ¡Que vuelo más ágil, que dominio! Pero... ¿cómo es posible que no nos hayan hablado antes de ese aparato? Debe ser nuestro golpe definitivo para alcanzar la supremacía bélica en los cielos de Europa, un as que guardaba en la manga el general Brun...

 

Parece que me ha visto, se acerca muy veloz. Mejor. Iremos juntos hacia el objetivo... ¿Qué es eso? ¿Qué significa esa divisa? ¡Una cruz negra! No... No es posible... ¡Dios mío, Dios mío, debo dar media vuelta! ¡Está disparando, me dispara...! ¡Oh, no! ¡Me ha alcanzado!

 

 

 

Alemania, cuyos globos dirigibles, hijos del ingenio del conde Ferdinand von Zeppelín, poseían un nivel de maniobra, una velocidad de crucero y una autonomía no igualada ni por los globos americanos ni por los franceses, comprobó, gracias a los informes de sus agentes, que a finales de 1911 su pasión por los aeróstatos le había hecho quedarse atrás en el campo de la aviación. Los aparatos más pesados que el aire, aquellos ingenios que el ejercito francés había potenciado con cariño, esmero y visión de futuro, suponían una formidable ventaja en el caso de una futura contienda. A espaldas del resto de las naciones, sin dejar de alardear en el exterior de sus éxitos con los dirigibles, en 1912 puso en marcha una secreta industria aeronáutica. En apenas tres años, gracias al trabajo de sus ingenieros, de sus espías y de sus obreros, Alemania sobrepasaba a Francia en el terreno de la aviación militar.

 

Claro que todo eso, nuestro joven piloto francés no lo sabía.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 20 de Julio de 2010 a las 0:14
                                                                                                     EL OTERO DE LAS CRUCES


  El oficial se atusó el bigote, maldijo entre dientes y se aferró a la empuñadura del sable antes de ponerse en pie a duras penas; la pierna derecha le dolía horrores, pero su instinto de supervivencia le obligaba a pasar por alto aquella circunstancia. No podía permitir que sus hombres intuyeran su sufrimiento. Un coro de miradas inquietas le siguió hasta la salida; abrió la puerta de la taberna y dejó que el frío despejara los malos humos provocados por el exceso de cerveza. 

   -Ya se va el teniente Krauss. –Le pareció oír entre el rumor quedo de las conversaciones. Sólo tenía que subir a lo largo de la calle solitaria; tampoco era para tanto. Sin embargo algo parecido al miedo se enroscó en sus tripas. Intentó caminar, pero parecía como si sus viejas y desgastadas botas prusianas estuvieran clavadas al empedrado de la calle. 
     No era amigo de supersticiones; era un oficial prusiano, no un vulgar campesino. No obstante había oído hablar al bosque. No eran palabras, si no más bien susurros que se incrustaban en el alma de los hombres, invadiéndoles por completo y adueñándose de su voluntad. 
     Llevaban tanto tiempo ocupando aquella maldita posición que los ataques de locura se habían convertido en algo habitual. La línea de trincheras estaba situada a tan sólo cuatro kilómetros de la aldea. El general, un viejo sobrealimentado y con muy malas pulgas, había decidido que el cuartel general del 2º Regimiento de Artillería se instalará en un pequeño pueblo al Norte del frente principal. Desde allí y a lo largo de una sucesión homogénea de colinas, la artillería pesada se ocupaba de castigar sin descanso las líneas del ejército aliado. 
    Aquella era su monótona y anodina misión; calibrar y calcular una progresión aritmética tras otra, hasta dar con la parábola perfecta. Más allá, en la planicie que precedía al curso del Marne, los hombres combatían con fiereza ansiando y ganando la gloria eterna, el laurel de los héroes. 

     Absorto en estas y otras reflexiones, el teniente Kraus enfiló la suave pendiente, al tiempo que maldecía aquel brebaje infecto que el tabernero llamaba cerveza. Fue entonces cuando una fuerza invisible, sobrehumana, le obligo a detener la marcha. De repente hacía frío. Estaba habituado; los nidos de artillería suelen ser lugares lóbregos y húmedos. Sin embargo aquel frío no era normal, no le calaba los huesos ni le secaba el rostro… le quemaba por dentro, como un fuego helado. 

     -¿Quién va? –El tono autoritario de sus palabras se perdió a medio camino, convirtiéndose en algo parecido a un silbido.
     Desenvainó el sable y pegó la espalda a la pared. Tan sólo la luz tenue de la luna se dejaba caer sobre las copas de los árboles. La aldea estaba a oscuras; un solitario candil iluminaba el centro una pequeña plaza de planta cuadrangular. 
     La sombra cruzó frente a él dejando un rescoldo en su retina, como el poso que deja un mal sueño al amanecer.
     Ven conmigo, Kraus distinguió las palabras con claridad, aunque tan sólo podía oír el murmullo del viento al combatir contra los endebles aleros de los tejados. 
     -¿Dónde debo ir? –Preguntó en voz alta, mientras reunía el valor suficiente para encarar a un enemigo que se negaba a dar la cara. 
     Ven conmigo. Esta vez la voz se transformó en una melodía deliciosa; el canto de una sirena en mitad de la basta nada. Cruzó la plaza a la carrera; estaba empapado en un sudor frío y denso. Esta vez sí, lo pudo reconocer al instante, sentía miedo.

     El artillero Jules Spasik yacía sin vida sobre la nieve fresca que se amontonaba junto al lateral de la iglesia. Apenas se podía distinguir su lívido rostro del níveo manto que lo acogía. El teniente Kraus lo agarró por las solapas y levantó el cadáver, lo justo para comprobar las heridas que laceraban el cuello del muchacho. No cabía la menor duda; la leyenda se hacía realidad una vez más. Cuando los hombres lo supieran el pánico se extendería como la septicemia. 

     Ven conmigo. El canto de sirenas le acompañaba a cada momento; mientras bebía cerveza, rodeado por el silencio cómplice de los soldados, mientras paseaba por los bosques que rodeaban el pueblo, mientras se dejaba la vista en los entresijos de complicados mapas de campaña y cálculos férreos que se empeñaba en teñir de imaginación. 
     Abajo, la línea de trincheras avanzaba una media de dos centímetros al día… los mismos que retrocedían antes del anochecer, cuando el silencio precedía a la muerte invisible. 

     Ven conmigo. Kraus abrió la puerta de la taberna; ebrio, dispuesto.
     
     A la mañana siguiente, el cadáver del teniente Krauss apareció en el límite del pueblo, apoyado sobre la base de piedra que sustentaba un gran crucero de hierro. Su rostro sereno asustaba; los labios deformados en una mueca, mezcla de incredulidad y satisfacción se estiraban en medio de su cerúlea cara. Los lugareños llamaban a aquel cruce de caminos, el otero de las cruces; desde allí hasta el horizonte, tan sólo se podía ver una inmensidad devastada y erizada de alambre de espinos. Los cuerpos reventados se pudrían al sol y parecían clamar venganza a un Dios que sin duda les había abandonado a su suerte. 

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 21 de Julio de 2010 a las 3:25

JÜRGEN

 

—Ese primer movimiento, esa lectura precisa, esa fuerza que transmite la tensión del instrumento bajo la voracidad del arco ¿proviene de la inocencia del cuaderno escolar en que se escribió? ¿O piensas que es fruto de los vívidos colores que acompañaron sus amaneceres entre la rocosa plenitud del Tirol, que le acogió durante los primeros tiempos del conflicto?

 

Habla mientras acaba de liar un cigarrillo, con la precisión del músico que llegará a ser, enrollando sobre sí mismo el cilindro de papel hindú que contiene hebras de tabaco de Virginia.

 

Alto, rubio, de azules promesas enmarcadas por unas cejas finas, más claras que su cabellera, un joven deseable para las mujeres que le contemplan desde la mesa contigua, en el Café Kodály, ubicado en Kecskemét, la ciudad donde nació el compositor, a quien dedican esta tarde de verano, del 28 de julio de 2004, efeméride de la supuesta declaración de guerra de Serbia al Imperio austro–húngaro, origen de la Gran Guerra.

 

Una de las chicas de las mesas próximas, bisnieta de Kodály, se embelesa con las manos del alemán, Jürgen, que enciende el cigarrillo protegiendo la llama de la cerilla con su mano izquierda, la misma que perdió en combate la bisabuela de su amigo Paul, moreno, sentado frente a él.

 

—La violencia de su obra, mi querido Jürgen, procede de la sobrevenida injusticia. Se encuentra solo, después de un viaje incómodo, en camión, rodeado de personas que huyen del conflicto con él, pero lejos de él, apocadas, meditando sobre el futuro que les aguarda, pleno de coles y patatas viejas. Y Kodály se aleja de todo lo que desea: la enseñanza, la filosofía, el folclore magiar y la música. Aislado en Feldkirch, rodeado de los Alpes, incomunicado, ansioso por regresar a la ciudad, de conversar y trabajar junto a Béla Bartók.

 

Quien le contesta con tanta pasión es Paul, su compañero y sin embargo rival en el Instituto de Música, un antiguo monasterio franciscano que acoge la academia dedicada al compositor húngaro. Ambos han estrechado su amistad a fuer de compartir habitación y ensayos durante este tiempo. Un vínculo germano–belga que se truncará en pocos meses por un suceso ajeno a sus voluntades, dejando su lugar a la venganza.

 

Ninguno de ellos tiene memoria suficiente para comprender la profundidad del conflicto que supuso la Gran Guerra para sus mayores. No hay recuerdos en sus cabezas, tan europeas, plenas de conocimientos artísticos y cursos de verano, como el que termina hoy, al que han asistido todos ellos como alumnos y que celebrará en breve la entrega de diplomas, acompañando el acontecimiento con la sonata Op.7 para chelo y violín de Kodály.

 

—Cuando termines de fumar, nos vamos al auditorio. Quiero tener un buen lugar desde el que disfrutar la interpretación de los Phillips.

 

—Antes he de saludar a la chica magiar, que no me ha quitado ojo desde que comenzaron las clases. Esta noche podemos despedirnos de Hungría a lo grande. Por cierto, ¿trajiste condones en tu equipaje?

 

—Si alguna vez me visitas en Lieja, tendré que guardarme de que conozcas a mis hermanas. Te enseñaré las obras de mi bisabuela escritas para la mano derecha y te someteré a la tortura de interpretarlas al piano.

 

—Sólo en el caso de que dispongas de condones en cantidad suficiente. Además, ¿no tenéis una fábrica de Durex en Lieja?

 

El equipamiento básico de un militar durante el conflicto de la Gran Guerra no incluía condones, si acaso algún panfleto defendiendo la castidad; ni las leyes, ni las mujeres, ni tan siquiera Freud, estaban a favor del uso.

 

Aunque su bisnieto se preocupe hoy por los condones, Jürgen estaba más inclinado a conseguir que sus hombres mataran: sin vacilación, pero sin odio. Sólo era una guerra. Como tantas en las que se habían visto envueltos sus antepasados desde que iniciaran la dominación de Europa, percutiendo sobre el Imperio romano.

 

La mañana del 5 de agosto de 1914 se desencadenó la batalla, cerca de Lieja, dejando cuatro mil cadáveres dentro de los fuertes que rodeaban la ciudad, en tan sólo diez días de combates.

 

Educado y alto, luterano y joven prometedor, sus pensamientos y creencias se desvanecerían en Bélgica, como la vela apagada por la ráfaga, arrastrado por la certeza de que las muertes acumuladas serán resultado de un despropósito cruento, mal calculado por los estrategas.

 

En el fuerte Pontisse, Jürgen sintió que la muerte y el deber se ven supeditados a la verdad en oportunidades únicas. Había algo en aquel soldado belga que le imposibilitó para disparar: la mano en el suelo, la sangre venal goteando sobre la desgastada bota, el sudor y el hollín, el llanto o la certeza de que se trataba de una mujer. Siguió adelante, arengando a sus hombres, mientras la soldado se perdía en dirección a los ribazos del río Mosa. Jamás volverán a encontrarse; Jürgen trabajará para Daimler–Benz y ella, Norma, se dedicará a la composición de obras menores, para ser interpretadas con una mano y a la enseñanza musical en Lieja.

 

Feldkirch dista 300 Km de Zermatt, a través de carreteras y pedregales, camino especialmente tortuoso en un vehículo Raba de 5 toneladas y fabricación magiar.

 

Kodály decide salir precipitadamente de la ciudad suiza y dirigirse al Tirol austríaco, a Feldkirch, ubicada en un valle rodeado de picachos, para aislarse unos días, tras el estallido del conflicto. Un pastor, vecino de Zermatt, le ha conseguido la plaza en el vehículo de transporte para civiles. Entre sus pertenencias, ni un atisbo de papel. Las urgencias precipitan las decisiones al inicio de la desgracia, que se hacen más ecuánimes a medida que la devastación y el pesimismo se apoderan de los hombres.

 

Pocos pasajeros, entre los que destacan una rubicunda señora, acompañada de sus hijos. Kodály permanece callado durante el viaje, aferrado a su baúl y a su instrumento, un violín, silencio que rompe cada vez que son detenidos en las carreteras, para mostrar la documentación. Durante el cuarto registro a que son sometidos, escucha a la dama presentarse como Cordelia Kunst. Más adelante descubrirá que es la institutriz de los niños.

 

Durante muchos días compartirán algo más que pensión en la aldea. La ausencia de papel incomodará al autor, filósofo y pedagogo, hasta el punto de llevarle a implorar papel de cualquier tipo, casa por casa. Durante la cena del quinto día, compuesta de verduras, patatas y wiener schnitzel, ella se dirige al compositor.

 

—Señor, si me permite la osadía, puedo ofrecerle alguno de los cuadernos de ejercicios que he traído para que los niños trabajen durante nuestra estancia.

 

—Señora mía, sería maravilloso poder escribir las notas que bullen en mi cabeza en estos momentos de penumbra que nos ha tocado vivir. ¿Un cuaderno, dice? —La cara del compositor muestra la inefable alegría y sorpresa de un joven frente al inesperado regalo.

 

—Cuando acabemos la cena, me acercaré hasta la habitación y gustosamente le facilitaré uno limpio, del niño. La niña progresa a mayor velocidad por lo que me temo necesitará de todos los disponibles.

 

—Cualquier cosa que acepte trazos me servirá. ¿Cómo puedo compensarla por su sensibilidad? Me proporciona un gran alivio su ofrecimiento, porque las notas, como los días, son irrecuperables salvo que se preserven en papel. Le estaré agradecido eternamente.

 

Nada se conoce de la historia Kodály–Cordelia, pero sí es seguro que alguien le facilitó alcanzar la inmortalidad gracias a una de las pocas obras existentes para chelo, cuyo primer movimiento quedó registrado en un cuaderno escolar de ejercicios, durante el verano de 1914.

 

El joven Jürgen se dirige a la muchacha, que entre risas y miradas accede, finalmente, a compartir asiento durante la clausura del curso y el posterior concierto de los Phillips, que interpretarán una de las más conocidas partituras de su bisabuelo, donde comprimió los aromas del edelweiss y el terror en 26 minutos, suficientes para que se cumpla  el horario previsto.

 

La sala del antiguo monasterio es sobria, amplia e incómoda, aunque destaca por su sonoridad, a la que contribuyen sus altos techos y la ausencia de ventanas. Se inicia el evento con la entrega de diplomas. Al oír su nombre, Gitta Kodály se pone en pie y se dirige hacia el antiguo presbiterio donde esperan los profesores del curso.

 

Jürgen disfruta, embelesado con las formas de la muchacha, haciendo planes para cobrarse la pieza al final del acto. Paul siente un hormigueo que le despierta celos hacia su compañero y amigo; le dirige una mirada interrogante que no recibe respuesta directa, aunque el gesto del alemán, lascivo, deja poco lugar a la duda. Más adelante le pedirá que le suministre algún preservativo de los que forman parte de su neceser de urgencia, condones belgas.

 

Meses después, Jürgen recibe una llamada en su móvil. Es Gitta Kodály. Tiene algo importante que comunicarle. Tras escucharla, el joven solicita permiso en el trabajo y se dedica a pasear por las calles de la ciudad alemana donde reside. No ve soluciones claras. La chica le ha comentado su embarazo y la certeza que mantiene sobre la paternidad. Piensa que otra vez les han jodido los belgas, que no debió confiar en esos condones Jumbo con sabor a frutas del bosque, fabricados a poco más de cien Km de Lieja y una idea le lleva a otra, decidiendo que no se casará con la bisnieta de Kodály y que tampoco volverá a ver a Paul, ese belga traidor.

 

Por un momento le entran ganas de viajar hasta allí y hacerle morder el polvo, ahogarlo en el río Mosa, tirarlo a las vías del tren. Y entonces se le ilumina la cara, recordando que Paul tiene al menos una hermana, pensamiento que acompaña con un movimiento mecánico sobre el teclado de su móvil, borrando el teléfono de Gitta y marcando a continuación el de Paul, para concertar su reencuentro en Lieja.

 

Al otro lado, una voz femenina contesta en francés, cambiando al alemán cuando él se lo solicita. Una mujer que se convertirá en su primera y desdichada esposa, falta de reflejos para alejarse de un Jürgen, lo que sí logró su bisabuela.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 21 de Julio de 2010 a las 20:03
Mon petit chou:

      

       No sabría como contarte lo que está pasando, no hay palabras para explicarlo de manera que puedas sentir lo que yo siento. Te escribo sin saber si recibirás mi carta, últimamente apenas llegan los correos y puede que no hayas recibido los últimos que te he mandado, pero escribirte me hace olvidar por un momento las terribles escenas que vemos a diario y es como sentirte cerca. Necesito saber que la vida no es esto que estoy viviendo ahora sino lo que tenía cuando podíamos estar juntos    ….
 


Bon jour ma cherie.

      Tuve que dejar la carta, las cosas se complicaron y salimos hasta las alambradas que rodean nuestra posición, porque el enemigo intentaba un nuevo asalto. ¿Recuerdas a Jean Lepatou? Si, el hijo del de la boulangerie, el pequeño. Corría a mi lado procurando resguardarse tras los sacos terreros cuando le alcanzaron y calló herido en la garganta. Quería chillar, decirme algo con esa mirada espantada del que va a morir y la sangre salía a borbotones por el agujero, llenándolo todo. No pude hacer nada por él. Murió y allí ha quedado, en medio del barro y de las alambradas, como un trapo, peor que un animal. Conseguimos rechazarlos, pero ellos son tantos y tantos los muertos que me pregunto porqué y para qué.



Mon bijou.

      Sé que no puedo decirle esto a nadie, como no sea a ti. Continuamente me pregunto qué hago aquí, cual es la razón de que tenga que matar, o morir, o esperar que me hieran, como le ha pasado a Pierre Lambert que ha perdido las dos piernas a causa de una granada. Los oficiales discuten con los ingleses y los rumores dicen que los alemanes se acercan a Paris. Avanzamos con mucha dificultad y el mal tiempo es cada vez más frecuente. Sé que solo te cuento penalidades, pero así es nuestra vida, así son todos los días de mi vida ahora. ¿Recuerdas con qué alegría nos alistamos? Pensábamos que esto sería cosa de poco tiempo y que podríamos parar a los alemanes rápidamente. Y aquí estamos y esto no tiene visas de ir a terminar pronto. Nos empujan, nos acorralan por un lado y otro, dicen que estamos cerca de Paris, próximos al río Marne, pero que son ellos los que llegarán primero. Y pienso en ti y lo que estarás pasando y me muero por poder estar contigo y olvidar toda esta locura que se ha apoderado de los hombres de esta manera. Cuando consigo dormir un poco tú ocupas mis sueños, son los únicos momentos en que me siento a gusto.



Doux Jeanet

      Han pasado muchas cosas desde la última vez que te escribí. Corrieron rumores de que nuestros mandos discrepaban de las tácticas de los ingleses, lo que hizo que el desánimo cundiera entre nosotros. Pero finalmente parece que Joffré, nuestro comandante en jefe, ha conseguido poner orden entre ambos ejércitos y aprovechando, parece ser, un error táctico de los alemanes, les atacamos por su flanco derecho. Hemos conseguido que retrocedan, pero nos ha costado una semana de horrible lucha y muchas vidas. Se han atrincherado a unos 60 kilómetros y desde allí siguen defendiéndose. Esta pequeña victoria nos ha hecho recuperar un poco de la autoestima que habíamos perdido. Tal vez el Marne marque una nueva etapa para nosotros y los aliados y consigamos terminar esta guerra horrible pronto. Jamás imaginé que vería a tantos hombres caer muertos y con heridas horrendas, a mi lado, de la manera más terrible y estúpida que puedas imaginarte, cada palmo de terreno que hemos conseguido lleva el precio de dos o tres vidas. Yo he tenido suerte   ….  Aún.


Cherie

      Después de tanto tiempo, aún seguimos peleando. Cada día se parece al anterior, vivimos agazapados en agujeros hechos en la tierra que se han llenado de agua y barro, son como pasillos estrechos y profundos por los que nos movemos como las ratas, mojados y sucios; hacemos nuestras necesidades en agujeros cavados en el mismo lugar donde comemos y donde luego dormimos, si es que podemos hacerlo en algún momento. He visto tantos muertos, tantos heridos, tanta sangre, que solo pensar en ello me hace vomitar. Créeme si te digo que mis manos tiemblan continuamente, hay veces que ni siquiera las siento, mis dedos se hinchan por los sabañones y el frío hace que camine encogido; puede que no sea solo el frío, puede que también el miedo tenga algo que ver con todo esto que me pasa. Sí, tengo miedo, tanto que no me deja pensar, ni dormir, casi diría que ni moverme.

Mon amour,

      Pienso constantemente en ti, pero hay momentos en que recordar la felicidad que teníamos me produce demasiado dolor, Poder contarte todas estas cosas es para mí una suerte pues me ayuda a sobrellevarlo en la seguridad de que tú me comprendes y compartes mi sufrimiento.


Jeanet chèrie

      El tiempo pasa y nada ha cambiado; otro paisaje, otro lugar, pero las mismas cuevas en las que permanecemos atrincherados, día y noche. Pasan los días todos iguales, todos horribles; siguen muriendo mis compañeros y seguimos matando a nuestros enemigos. Nunca se acabará esto, nunca. Tengo un dolor intenso en mi pecho, no sé si es la nostalgia de ti o algo que no funciona en él. Pasamos tanto tiempo calados hasta los huesos, corremos entre el barro y comemos mal. Ahora disparan por el flanco izquierdo, pero yo tengo orden de no dejar mi posición. La gente se estrella contra las alambradas y quedan allí colgados como peleles, a la espera de que un alto en el fuego dé la oportunidad de ir a recogerlos. Corren rumores de que el nuevo Gobernador de Paris ha ordenado preparar el sitio por si llegan hasta ahí los boches, que hay barricadas y  tropas por todos lados y que han reclutado a todos los que estén capacitados para cavar trincheras o empuñar un arma. Estoy muy preocupado por ti, cherie, no sé cómo te las arreglarás en esta situación, continuamente pienso en ti. Por las trincheras se escucha una frase que ha llegado desde Paris. Dicen que por las calles de la ciudad entre las trincheras y sacos terreros se escucha:   Ils ne passeront pas! ¡No pasarán!   …
 No lo harán mon amour, no lo harán, por muchas vidas que nos cueste.




Madame Jeane Frasier

      Sentimos comunicarle que el soldado Pierre Frasier, del Sexto Ejército Francés, perdió la vida en los enfrentamientos posteriores a la batalla del Marne. No tenemos palabras suficientes para agradecer a su esposo y otros muchos como él, su sacrificio por la Patria. Encontramos estas cartas dirigidas a usted. Se las adjuntamos, junto con sus pertenencias. Participamos de su dolor y le comunicamos que siempre se comportó como un buen soldado, valiente y responsable.

Atentamente.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 21 de Julio de 2010 a las 22:13
                                                                                                              ¿A QUIÉN LE TOCA?




     Llevábamos todo el día oyendo silbar las balas y apretando los dientes, cuando el retumbar de las explosiones hacía llover barro y metralla sobre nuestras cabezas.
     Unas semanas antes, el Kaiser se había despanzurrado de risa en su cómodo trono de oro, allá en el corazón del Imperio austro-húngaro. ¡Qué cabrón! ¿Quién se iba a imaginar que el grueso del ejército alemán penetraría en Bélgica como un cuchillo en una marmita de mantequilla caliente?  Pero seguro que no había sido idea suya, si no de su perro fiel, ese secuaz silencioso que siempre se escondía tras las enormes posaderas del monarca teutón. Sí, evidentemente estoy hablando de Bismark.

     -Venga, tenemos que sortear a quién le toca cruzar el puente esta noche. –La cosa comenzó a animarse. Se corrió la voz y del interior de los barracones, protegidos por murallas de sacos terreros, comenzó a salir gente con pinta de no haber dormido en varios días. 
     Al filo del mediodía el fuego cesaba. Una Entente Cordiale establecida de mutuo acuerdo y sin necesidad de firmas ni armisticios previos. Puro hartazgo. Los gritos cruzaba el campo que separaba las posiciones opuestas.
     -¡Cabezas cuadradas! ¡No tenéis cojones! –De un lado
     -¡Me cago en la reina! –Del otro lado. Y así hasta la hora del rancho, como una especie de aperitivo antes de saborear las exquisiteces preparadas por nuestro apreciado chef francés.

     -Gachas, como todos los días… ¡espera, espera!, ¿qué coño es esto? ¡Dios mío de mi vida, guisantes! –Evidentemente la expedición del día anterior había surtido efecto. Una voz anónima murmuró entre dientes que debíamos entonar algún tipo de oración, en homenaje al bueno de Phillipe, el elegido. A regañadientes accedimos, pero duró poco, apenas unos segundos de buenas intenciones… y a zampar. 
     El sorteo era un ritual sin normas; todos, absolutamente todos aceptábamos de buen grado el resultado del mismo. Unos dados, un vaso y la estera del cabo Leclerc.

     -Le tocó, capitán Winston. –En el sorteo entrábamos todos, ya que todos teníamos la manía de comer a diario. Suspiré fastidiado y le eché un vistazo a los dados, como si quisiera descubrir algún tipo de triquiñuela, gracias a la cual impugnar el resultado. 
     -¿Algo que alegar? –Interrogó el cabo canadiense, mientras enarcaba sus gruesas cejas.
     -Nada, nada. Soy un lord inglés, ¿qué te habías pensado, mequetrefe? –El canadiense se puso en pie, todo lo largo que era, y apretó sus enormes puños con aire amenazador.
     -Vamos, vamos, cabo. El capitán es un hombre de honor, ninguno de nosotros lo pondría en duda, ¿verdad, Leclerc? –El canadiense murmuró algo y le dio la espalda al grupo, perdiéndose en el interior de los barracones.

     La cuestión era sencilla. Aprovechando el cese del fuego, al anochecer, debía cruzar la línea de alambradas que separaba nuestras posiciones de las del ejército alemán, hacia el Este. Cruzar el viejo puente romano que cruzaba el arroyo e internarme en la aldea vecina. Una vez allí, amparándome en la oscuridad, debía saquear los huertos, avituallarme de hortalizas y frutas frescas y regresar a la trinchera. Coser y cantar. 
     Dicho y hecho. Me eché la bandolera al hombro y me armé con una bayoneta y mi revolver de oficial. Todo lo demás me estorbaba. 
     Phulson y McKenny, mis fieles escoceses, se aprestaron a facilitarme fuego de cobertura. Eran los mejores sirviendo las ligeras ametralladoras de posición. Esperaba que aquello no fuera necesario, por el bien de mis incipientes bigotes de oficial. 

     Correr no era lo mío. Tomé impulso y salté fuera de la trinchera. La primera impresión fue de libertad; llevaba casi un mes encerrado en aquel maldito agujero, respirando el aire infecto, mezcla de podredumbre, orines y heces, que se cocía bajo nuestros culos. 
     Era una hermosa noche de luna nueva… o al menos eso pensaba hasta que oí silbar la primera bala junto a mi oreja.
     -¡Mierda! –Mascullé entre dientes, al tiempo que me tiraba de boca sobre un amasijo de barro y sangre coagulada. Decidí continuar arrastrándome; me separaban unos trescientos metros hasta la vaguada, más abajo estaba el puente. El reconfortante tableteo de las ametralladoras me acompañó hasta el filo de la pendiente. Me deje caer rodando y cuando llegué hasta abajo, mareado y casi inconsciente, el rumor de la refriega ya quedaba lejos.
     Me incorporé, comprobé a tientas que estaba entero y miré a mí alrededor con suspicacia. Había oído historias… algunos de los enviados no habían regresado nunca y había quien decía, que en el otro lado tenían la misma costumbre que nosotros a la hora de proveerse. 

     Crucé el puente y alcancé las primeras casas de la aldea. Los portillos y cancelas estaban cerrados y ni una sola luz hacía intuir la presencia de los lugareños. Sin embargo las huertas estaban bien cuidadas; los canteros rectilíneos y libres de hierbajos. 
     Salté la valla de una de las casas y me dediqué a recolectar zanahorias. El olor de los tubérculos frescos me llenó las fosas nasales. Era un aroma delicioso.
     Justo en ese instante sentí un crujido a mi espalda. Me giré lentamente, pero no observé nada sospechoso. Aguardé unos segundos antes de continuar con mi tarea. 
     Lo siguiente que sentí fue un fuerte golpe en la nuca. Por fortuna no fue lo suficiente fuerte como para hacerme perder el sentido… el buen Dios me ha provisto de una enorme cabezota. 
     El instinto de supervivencia me hizo saltar como un conejo asustado. Me planté frente a mi enemigo bayoneta en mano y con los dientes apretados. Delante de mí tenía a un pequeñajo furioso que me miraba con los ojos inyectados en sangre.
     -¡Cerdo, voy a matarte! –Exclamó, al tiempo que se lanzaba de nuevo sobre mí. Logré esquivarle dándole una patada en el estómago. 
     -¡Levanta, cabrón! ¡Te voy a rajar el cuello! –Grité enardecido por el sabor de la victoria. Me arrojé sobre su cuerpo tendido, sin calcular que aquel maldito enano se podía revolver contra mí. 
     De repente me encontraba suspendido en el aire, observando el brillo de la hoja de un enorme machete que se iba a clavar sin remedio en mi barriga. Tuve suerte, el machete fue hincarse en mi zurrón repleto de zanahorias. 
     El enano y yo nos enzarzamos en una pelea a brazo partido; puñetazos por aquí, patadas por allí, empujones y más empujones… hasta que finalmente los dos quedamos exhaustos, tirados en el suelo. 

     -Mira, vamos a hacer una cosa. Aquí hay para los dos. Nos lo repartimos y en paz; los dos quedamos bien con los nuestros y salvamos el pellejo. ¿Qué te parece, enano?  
     -Me parrece bien, cerrdo inglés. –Murmuró el alemán, rascándose el bigotillo con aire pensativo. 
     -Hecho. Puedes irte tranquilo, soy un lord inglés. Mi palabra es ley. –Dije, enfatizando mis palabras. –Mi nombre es Churchill, Lord Winston Churchill, ¿y el suyo? –El alemán se giró con aire altanero y me miró desafiante.
     -Hitler, cabo Adolf Hitler. –Le tendí la mano, pero la rechazó con un desaire.
     -¡Un placer! ¡Espero que algún día, cuando todo esto acabe, nos veamos en otras circunstancias! –Mientras se alejaba, mis palabras quedaron suspendidas en el aire, como una burla, como un presagio. 
     
     

concursoderelatos
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  • 23 de Julio de 2010 a las 17:15

--------------------ASKARIS------------------------------
(Soldado en swahili)
(Basado en personajes y hechos reales)

 

Tanzania. Año 1963.


-Doscientos noventa y ocho, doscientos noventa y nueve, trescientos… Trescientos uno, trescientos dos, trescientos tres y… trescientos cuatro.

Trescientos cuatro había contado el funcionario alemán. Trescientos cuatro askaris… o eso decían ser. Era incluso pequeño el número de ancianos presentados al llamamiento, sobre todo por la alta cantidad de dinero que se rumoreaba iban a ganar por la pensión a la que tenían derecho. Y de todos ellos, tan sólo 23 fueron capaces de demostrar con documentación que efectivamente fueron askaris. Los funcionarios alemanes no sabían qué hacer. Sería una injusticia dejar sin su recompensa a aquellos que se dejaron la piel por la causa alemana en la Gran Guerra, pero… sería igualmente injusto dar dinero a quien se aprovecha del desconcierto y se hace pasar por quien no es. Entonces, a uno de ellos se le ocurrió la manera de poder demostrar quiénes de ellos eran realmente askaris.

-Hagamos una cosa… Démosles un palo, y que lo cojan como si fuese un fusil. Entonces que uno de nosotros le dé órdenes militares en alemán, y si realmente fueron askaris… entonces realizarán los ejercicios como se espera de un ex militar alemán.
-Pero… han pasado casi cincuenta años. Lo habrán olvidado todo.
-Hay cosas que nunca se olvida… sobre todo si tu vida dependía de ello.

Los trescientos cuatro zulúes, con los palos a modo de fusiles, realizaron los ejercicios uno a uno bajo la orden de un funcionario alemán. Los otros, fueron observando a los askanis, hasta comprobar que todos, sin excepción, y a pesar de la debilidad de sus huesos, maniobraban con el fusil como cincuenta años atrás lo hacían a órdenes del Gran General. Ninguno falseó su pasado, jamás se habrían hecho pasar por un askari por mucha hambre que pasara su familia. El respeto que el pueblo africano les tenía limitaba la picardía que el hambre produce en el hombre.

-Quién les iba a decir que cincuenta años después iban a ser ricos. Yo sé de alguien que debe de estar muy orgulloso de lo que estamos haciendo ahora.
-Sí… Espero que me concedas el honor de telefonear al General Von Lettow-Vorbeck.

Hamburgo. Año 1943.


    Un anciano de 75 años escuchaba impávido el temblor de los bombardeos. No tenía demasiada fuerza para correr, ni ánimo para escapar de la muerte. Su cuerpo, su mente, todo él había rozado el límite de la vida. Él prefería morir viendo el rostro de quien le iba a matar, y no siendo destrozado por una bomba lanzada por un avión británico. Sus dos hijos ya habían muerto en esta guerra que nada tenía que ver con la que él libró. Pasaron las horas y todo había acabado… hasta que volvieran a sonar las alarmas que anunciaran que el cielo caía de nuevo sobre ellos. El anciano malvivía en su piso de Hamburgo; si las bombas no le mataban, quizás lo haría el hambre, o la propia pena.
    Sin él saberlo, su amigo Jon Smuts, aquel que años atrás fuera su enemigo y cuyo fin era acabar con él y sus askaris, se movilizaba para que su gobierno le otorgara una pensión. No es fácil convencer a tu Gobierno a que le ayude económicamente a quien te causó tantas bajas en tus ejércitos, a quien te impidió con su astucia ganar aquellas batallas y, es más… a quien es alemán cuando en esos momentos se libraba una guerra contra Alemania. Pero los ingleses tienen esa capacidad de premiar la caballerosidad, incluso la ajena, incluso en la guerra, y más si ese caballero se llamaba Paul Von Lettow-Vorbeck, el gran general.

Berlín. Año 1934.


El General Von Lettow-Vorbeck esperaba sentado donde le habían indicado que debía esperar. A pesar de que ya habían pasado muchos años desde su triunfal entrada en Berlín al finalizar la I Guerra Mundial, aún muchos le recodaban y le agasajaban cuando pisaba la capital. El hombre a quien esperaba no le gustaba lo más mínimo. Acudió a la cita por cortesía, por probar suerte y ver si de su boca salía algo que tuviese realmente sentido. Y apareció él… se abrió la puerta y entró Hitler, el Canciller.

-¡El Gran General Von Lettow-Vorbeck! Qué placer encontrarme con usted.
-Bueno, no ha sido casual, usted me ha hecho venir.
-Ja,ja,ja,ja. En cualquier caso siempre un placer, y espero que cuando salga usted por la puerta el placer sea aún mayor.
-Pues tendrá que decirme pronto cuál es el motivo de su invitación. Me espera un tren que me devuelva a Hamburgo.
-General, quizás no tenga que coger un tren, sino un avión que le deje en Londres.
-¿En Londres? ¿Qué hay allí que requiera mi presencia, señor Hitler?
-¿Qué le parece… nada más y nada menos que la embajada alemana?
-¿Se trata de algún homenaje o algún acto recordatorio de la Gran Guerra?
-No, no, no. Nada de eso. General, yo quiero proponerle, y sería todo un honor para mí, que aceptara usted el cargo de Embajador de Alemania en Inglaterra.

El General no mostró ante su adversario político ningún gesto de sorpresa, aunque nada le hizo pensar ante su llamada que Hitler quisiese contar con su apoyo, y más sabiendo que sus planteamientos ideológicos eran tan distantes.

-Señor Hitler… ¿de verdad piensa que yo soy el hombre más apropiado para representar a su gobierno en Inglaterra?
-Por supuesto, General. Usted es sin duda el militar alemán más respetado por los alemanes, e incluso por los ingleses.
-Y querría que así lo siga siendo. Pero… por desgracia, un embajador no se limita a representar a su país, sino a ejecutar las órdenes que su gobierno le dé… y si usted es quien ostenta el Gobierno en estos momentos… significaría que yo tendría que  obedecer sus órdenes… las cuales, por cierto, bien sabe que no son de mi aprecio.
-Pero General, su labor en Inglaterra sería sin duda beneficioso para Alemania.
-Para Alemania no, señor Hitler, sino para usted. Y… sinceramente, ¿acaso me ve usted cara de bobo? ¿No decía que me respetaba tanto? ¿No será acaso que la admiración que me tienen los militares alemanes le deslumbra quizás en demasía y por eso me quiere bien lejos? ¡Su fama de estratega le precede, señor Hitler, y fue eso lo que le ha alzado al Gobierno, pero muy estúpido tiene que ser usted si piensa que alguna vez en mi vida me voy a arrodillar ante un racista con planteamientos tan absurdos!
-¡Pero cómo se atreve, General!
-Me atrevo con la misma valentía que me hizo vencedor en África, señor Hitler. Y con esa misma valentía le diré, señor Hitler, que se vaya usted a tomar por culo.

Y de esa manera, y con ese improperio, se fue el General de aquel edificio gubernamental, dejando al mismísimo Hitler con toda su indignación que, imaginamos, tuvieron que soportar sus ayudantes más cercanos, pues el General, muy a su pesar, era intocable; intocable incluso para el Canciller.

Pretoria. Sudáfrica. Año 1924.


    El General Jan Smuts había recibido muy afectuosamente a su homólogo inglés Richard Meinertzhagen, el cual visitaba de nuevo tierras africanas debido a un ilusionante estudio ornitológico. Aunque les unía más el pasado que el presente, no pudieron evitar que la situación política del momento totalizara su conversación. Por eso, una vez acomodados en unos sillones de piel, frente a una chimenea candente y con una copa de Xerez regando sus paladares, no tardó en llegar el tema que más les apasionaba: la vida y obra del General Von Lettow-Vorbeck.

-Dicen que nuestro viejo amigo Lettow anda metido en política…-dejó caer Smuts.
-Eso es, pero se equivoca haciendo esa lucha en Alemania. Si lo hiciese en Tanganika, seguro que acabaría proclamándose emperador-dijo Meinertzhagen divertido.
-Qué pena que ese hombre naciese en tierras alemanas; si hubiese sido inglés, toda África sería ahora una colonia británica.
-¿Cómo es posible que admiremos tanto al hombre que más nos hizo sudar durante la Gran Guerra?
-Porque… antes que ingleses, amigo, somos militares. Y la estrategia militar de Von Lettow nos arrolló como una ola a nadadores principiantes. Y si no, pregúntale a Edward Aitken.
-Ja,ja,ja… ¡menudo inepto! Dicen que sufre auténticos ataques cada vez que alguien menta a Lettow. Yo viví muy de cerca aquel nefasto desembarco en Tanga. De hecho, tras la debacle, tuve que ir yo mismo a negociar una tregua con él. ¡Jamás me había sentido más humillado! Teníamos todo el potencial; teníamos los hombres, las armas, los buques… ¡todo! Y Lettow, con su grupo de askaris, muy inferiores en número, provocó uno de los momentos más estúpidos de la historia militar británica. No sabes cuánto agradecí que esto ocurriese tan lejos de Londres.  Si no, hubiésemos sido el hazmerreir del Parlamento.
-Si no fuera por las bajas sufridas, amigo Richard, aquella batalla sería digna de ser satirizada en vodeviles.
-Jan… brindemos por él-dijo Meinertzhagen elevando su copa.
-¡Por el General Paul Von Lettow-Vorbeck! ¡Por él y sus askaris!

Dar Es Salaam. Tanganika. Año 1914.


El General Von Lettow, frente a cuatrocientos askaris recién instruidos, finalizaba un discurso capaz de motivarles para toda la guerra que acababa de empezar. Quizás era la única oportunidad de poder hacerlo mirándoles a los ojos.

-Y debéis saber, que esta guerra es también la vuestra, que mientras llevéis ese uniforme, seréis tan alemanes como cualquiera de mis oficiales. Recordad que Alemania os aporta dignidad, os aporta educación… mientras que los británicos sólo quieren esclavizaros. Askaris, recordad que la guerra es cruel, que muchos moriremos, que nuestra sangre regará estas benditas tierras africanas… Pero, mientras no me falte el aliento, no saldrá de mí más energía que la necesaria para defender Tanganika. Todos y cada uno de vosotros tenéis que batallar con fuerza, inteligencia y seguridad. ¡Para tenerlo todo, hay que arriesgarlo todo! Por eso, tenemos que luchar para que los británicos no ocupen la playa de Tanga. Recordad esa batalla como el inicio de lo que nos depara. Y ahora, gritad todos: ¡Soy un soldado alemán!

Y los cientos de askaris  gritaron al unísono: “¡Mimi ni askari mdaichi!”

 

Bibliografía: "Los Zorros de la Guerra", de David Rooney.

concursoderelatos
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  • 24 de Julio de 2010 a las 20:55

  Queridísimo Zhora.


Abril, 1917.

Queridísimo Zhora:

Vuelvo a escribirte como cada mes sin saber si esta carta te llegará o si te ha llegado alguna de las anteriores. Son ya más de dos años los que hace que no sé nada de ti. Ni siquiera sé dónde está tu tropa. Sólo espero que Dios Nuestro Señor se apiade de nosotros y deje que volvamos a estar juntos.

Tengo la sensación de estar escribiéndote una y otra vez la misma carta, cada vez un poco más larga. Son tantas las cosas que han pasado y que necesito contarte…

Cuando te marchaste no dejaba de llorar, tu padre  intentó consolarme, me dijo que volverías pronto, que esta guerra duraría poco, que Dios estaba de nuestra parte y protegería a todos los nuestros. Después de lo de Tannemberg, hasta tu padre me acompañó en los llantos. Ya te dije que mi hermano Arkadi murió en la batalla, él y muchos más, dicen que miles, que Dios los tenga en su gloria. Parece que pasó hace una eternidad, la misma que llevo sin tener noticias tuyas. Y sigo llorando cuando nadie me mira.

Aquí estamos bien dentro de lo que cabe. Tus padres cada vez aguantan peor el invierno, la escasez de comida y de leña a ellos les pasa una factura más grande que a los demás .Éste último lo han superado, esperemos que para el próximo todo esto haya acabado. Tolya está ya muy grande, cuando lo veas no lo vas a conocer, es un hombrecito y va a ser una  persona muy seria. Dicen que se  parece cada vez más a ti, aunque yo lo encuentro muy parecido a Arkadi. Tu padre se empeña en llamarlo siempre por el nombre y el apellido, creo que piensa que así será alguien importante, es muy gracioso escucharlo gritar: ¡Anatoli Gheorghievich, deja de subir sobre el perro, no es un caballo! Tu hermana Dasha es la que más nos preocupa, le ha dado por meterse en política y tus padres están muy asustados, sobre todo tu madre.

La verdad es que en cierto modo la entiendo, al principio de toda esta locura, mientras vosotros os jugabais la vida (como si ahora no os la jugaseis), aquí todo el mundo tenía la sensación de que Nicolás vivía en otro mundo, el que Alejandra le dejaba ver, y ésta sólo tenía ojos para lo que Rasputín le mostraba. Eran muchos los que pensaban que andaban manejando para ayudar a Alemania, y vosotros muriendo en los Lagos o en Serbia. Que Dios me perdone, pero me alegré cuando me llegó la noticia de que habían matado a Rasputín.

Nos han llegado noticias de huelgas en Inglaterra y motines en los ejércitos. Aquí también tenemos lo nuestro. Apenas hay comida, trabajamos de sol a sol y nos pagan una miseria. Los precios son desorbitados y, aunque no lo fuesen, tampoco hay suministros suficientes para todos. Casi todo el mundo se ha ido a las ciudades para trabajar en las fábricas, a trabajar o a ponerse en huelga, no se sabe muy bien, porque las protestas no paran ni un solo día.

¿Sabes que han hecho abdicar a Nicolás? Ya veremos dónde acaba esto. Dasha me lo estuvo contando. Ella estuvo allí, anda en todos los fregados (yo creo que necesita ya un marido). Pensé que tu padre no la dejaría entrar en casa cuando regresara de San Petersburgo, pero sí que la dejó, hasta la recibió con un abrazo. Ya sabes cómo es tu padre, amenaza mucho y luego es un pedazo de pan.

El día de la mujer organizaron un acto multitudinario, según tu hermana todas las fábricas cerraron en señal de protesta y los trabajadores se unieron a ellas. El caso es que empezaron a gritar que querían pan y paz y la policía empezó a llegar (tu madre se descompone cada vez que lo cuenta), creían que les iban a disolver y que en cualquier momento empezarían a cargar contra ellos. Pero no fue así. En lugar de eso, se les unieron. ¿Te lo puedes creer? Al día siguiente Nicolás abdicó y ha tomado el mando la Duma. Nos hablan de libertades civiles y cosas así, cuando lo que necesitamos es salir de esta guerra y algo que echarnos a la boca.

Me siento un poco avergonzada contándote todo esto. Quizás estés prisionero y por eso no  puedes escribirme, o quizás estás herido o esquivando balas y yo aquí contándote cosas que ahora mismo ni te preocupan ni te importan. Ojalá estuvieras aquí. Tengo mucho miedo, miedo por ti, por Tolya y por mí.

Aquí nos llegan noticias muy de tarde en tarde. Cuando viene el cartero le invito a casa y le sirvo algo de beber y comer (ese día sólo cena Tolya)), el hombre lo agradece, yo le doy conversación y le interrogo esperando saber algo de ti.  Nos cuenta todo aquello de lo que se entera, aunque creo que exagera. Dice que van contabilizados más de un millón de muertos sólo entre los rusos y no es posible, si fuera cierto no habría suficiente tierra sagrada en todo nuestro país para darles sepultura. También nos dice que en el frente occidental la cosa no pinta bien, que están atrincherados y que llevan así mucho tiempo sin avanzar ninguna posición; si eso es verdad, ésta es la guerra más absurda que ha existido jamás. Y también nos habla de submarinos y aviones, no termino de entender cómo se pueden usar aviones y barcos que van bajo el agua en la guerra, si desde tan lejos no sabrán ni a qué apuntan cuando disparan;  pero él dice que son muy importantes. Lo peor es cuando nos habla de los gases venenosos, las ametralladoras y las granadas, cuando habla de estos inventos infernales no puedo evitar que se me escapen las lágrimas pensando en ti y en los peligros que corres. Recuerda siempre que no quiero ser la viuda de un héroe, haz lo que sea, pero regresa con vida. Tu hijo no se acuerda de ti, sus recuerdos son las palabras que le contamos cada noche para que estés presente. No dejes que crezca sin un padre.

Tu hermana Dasha me cuenta que están volviendo soldados del frente, desertores. Dicen que han destituido a los mandos y que oficiales de bajo rango han tomado su lugar, que eso es ahora un caos, ¿es así? Los que vuelven son bien recibidos, nadie aquí quiere que continuemos en la guerra. Si recibes esta carta atiende al ruego que te voy a hacer: vuélvete, ven a casa. Son quince millones de soldados rusos los que han ido al frente, nadie notará tu falta y aquí te necesitamos. Yo te necesito.

Dasha dice que si los bolcheviques tomaran el poder ya estaríamos fuera de la guerra. Anda como tonta  con un tal Vladimir Ulianov, Lenin le llaman. ¿Has oído hablar de  él? Es un radical con labia,  anda prometiendo paz, tierra y pan, quiere dar todo el poder a los soviets (que Dios nos proteja de esos terroristas) y quiere que sean los obreros los que manden en las fábricas. Tu hermana se lo cree todo, es una ingenua. Se pasa el día discutiendo con tu padre. Si estuvieras aquí, sabrías poner paz entre ellos, ya los conoc

      ─¡Yuna, Yuna! ¡Asómate!

      ─¿Qué ocurre, Dasha?

      ─¡Soldados! ¡Viene un grupo de soldados! ¡Es Zhora! ¡Viene con ellos!

      ─¿Estás segura?

      ─¡Pues claro que estoy segura! ¡Es mi hermano!

      ─¡Ya bajo!

Zhora, mi vida…  ésta es mi última carta, no sigo escribiéndote. ¡Alabado sea Dios! ¡Has vuelto! Voy corriendo a recibirte y a decirte que te quiero.

 

 

 

concursoderelatos
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  • 25 de Julio de 2010 a las 15:07
Un teniente en el Somme



          ¿Cómo se retoma el hilo de una vida que apenas se ha aprendido a disfrutar?

          De muchacho, Reuel soñaba con salones llenos de escudos, hachas y espadas; con martillos tronantes o yelmos tornafaces. Los héroes... ¡Los Héroes! Llegaron todos desde el este, de más allá del océano, prendidos en las fogatas de otros. No había cuentos acerca de los nacidos en su patria. Y si los hubo se perdieron en la bruma o apenas hicieron gloriosas unas edades que eran aún adolescentes, rastreables en la memoria de un puñado de generaciones. No, Britania no había parido dioses que la acunaran cuando sólo había tinieblas en el saber de los hombres.
          Tinieblas. Amenazantes tinieblas, como las que ahora se vislumbran, una vez más, avanzando sin prisa desde el este. Las de entonces aún quedaban lejos, tanto que nadie pudo imaginar cuán intensas llegarían a ser.
          Su ruiseñor bailaba para él en un bosque. Las verdes hojas guardaban el secreto de la eternidad escrito entre sus nervios, pero no había tiempo para leerlas; después ya alguien las dibujaría. Entonces sólo prestó atención a su dama y a la eternidad que esperaba por ellos mientras él, tendido entre fresca hierba, adoraba cada uno de los cabellos que viento del ocaso peinaba maternal a aquella belleza imperecedera que, inexplicablemente, también lo amaba; como también debieron ser amados los héroes, esos que ya clamaban por él desde el oscuro este.
 
          ¿Cómo sostener la mirada al ojo que nunca retira la suya, sin comerse antes parte de tu alma?

          Las almenaras llamaban con urgencia. No, aún era demasiado pronto: necesitaba un año. Un año para no dejarlo todo a medias. Un año para que todo le esperara a su vuelta. Un año en el que quizás todo acabase y no tuviera que partir lejos de ella. Y un año tuvo para convertirse en soldado. Y sólo una semana, antes de partir, para amarla como esposo.
          Las almenaras rugían ansiosas desde el pérfido este. Llegó la hora de unirse a los héroes, de escribir nuevas canciones que hicieran más grande su bandera. Puso el pie en el camino temiendo saber dónde le llevaría, pero éste tenía otros planes para el joven oficial.
          En la ribera del río, donde el carrizo debería juguetear con las libélulas, y más allá, donde todo lo verde y fresco de este mundo debería haber deseado crecer al cuidado de buenas gentes, se enfrentó al terror que nunca duerme. Las pisadas de gigante dejadas por el castigo de la artillería, los rastros de los grandes gusanos de acero, la bruma venenosa que devoraba por igual a enemigos, aliados y a sí misma. Y, hasta donde alcanzaba la mirada que tuviera el valor de alzarse sobre aquel cenagal, más hombres de los que pueden contarse. Todos muertos: franceses, ingleses y alemanes. Eras después también morirían todos sus amigos, salvo uno. Él quedaría herido; nunca curaría del todo. Regresó, al menos una parte lo hizo.

          ¿Cómo te liberas cuando tienes que romper tus grilletes en el lugar de donde hasta los muertos quisieran huir?

          Tenía que escribirlo, pero cómo hacerlo. Agarrar la pluma se convertía en un acto de voluntad agotador. Qué suerte tuvieron los héroes a los que otros cantaron sus gestas. Héroe. Héroe le llamaban por haber tenido la suerte de seguir vivo. Una estimación más generosa de bajas aceptables y seguiría allí. Como tantos otros infantes devorados con ansia. Como los últimos jinetes que cabalgaron, sin dudar, hacia el holocausto de un rojo amanecer. La tinta se resistía a manchar el papel con esos recuerdos. No, nada de aquello tenía que haber sucedido. Él estaba llamado a forjar una cultura perdida para su tierra, a cantar linajes de dioses y reyes. Y sin embargo sólo entonó órdenes a modo de epitafios, esperando a que alguien leyera el suyo en cualquier momento. Las hojas en blanco esperaban, como esperarían por siempre aquellas que sus colegas no llegaron a necesitar, como esperaban las últimas cartas que sí pudieron escribirle, adivinando que el camino a casa era demasiado estrecho; cartas que le conminaban a no olvidar.
          ¡Escríbelo insensato!
          La pluma tiembla hasta caer firme sobre el papel. La tinta baila por fin en la cuartilla. Pero su corazón traiciona el trazo acordado. Su alma necesita volar sobre altas montañas nevadas, vadear ríos chismosos de agua cristalina, percibir el sutil aroma de las flores silvestres al atardecer, oír risas de niños jugando a lo lejos, sentir el tacto de las espigas aún verdes en la palma de una mano abandonada por su cuerpo, el cual sigue la luz más pura de las estrellas encarnada en una mujer. Una mujer que aún lo ama a pesar de que él está perdido, a pesar de que él sabe que nunca regresará a casa.
 
          ¿Cómo se cuenta aquello que nadie quiere vivir?

          El tiempo pasa y el olvido se quiere disfrazar de rutina. Trabajo, mucho trabajo por hacer. La mente ocupada cree engañar al corazón. Palabras, todo está en las palabras y en el modo más bello de usarlas: las canciones. Al principio fue una canción. Todo está en las canciones, donde hasta las sombras son necesarias. El orden y el caos se necesitan mutuamente. Hay mucho que estudiar, muchas lenguas que aprehender y  que catalogar. Los Elfos despiertan junto con las primeras estrellas en el este. La vida se desborda también en las aulas. Los hombres despiertan en la edad del sol.  Y Edith y los niños: hay mucho que jugar, mucho que vivir. La codicia y el orgullo corrompen el fuego más puro. La tinta se deja distraer, sabe que llegará el momento. La mano del destino no tiene dueño por más que un hombre se empeñe. El susurro de la pluma contra el papel sabe que queda poco. Ella volvió a bailar para él, por siempre, protegidos por el buen bosque.  Los pequeños disfrutan con cuentos de gente pequeña. Hasta los topónimos protegen leyendas olvidadas. Sí, escribir, hay mucho que escribir. Pero sigue desgarrado, partido en dos, marcado, y sabe que no podrá vivir así mucho tiempo.
          Una nueva amenaza se forja, otra vez, en el ceniciento este. Se pregunta cuántas veces habrá tachado el título de otra huída para comenzar a escribir lo que debería traerle la paz de la deuda saldada. Paz, qué era eso.
          Vuelve a intentarlo. Vuelve el frío. Vuelve la humedad viscosa. Vuelve la herrumbre hedionda. Vuele el temblor a su mano. Vuelve la soga de la culpa a cernirse sobre su garganta de superviviente casual. Vuelve la fiebre que lo devolvió a casa enfermo y salvo. Vuelven las palabras de los que no escribirán más. Vuelve el silencio del que regresó junto a él.
          No puede escribirlo. Las palabras tienen verdadero poder cuando se conoce su significado. Estas le llevarían de nuevo hasta el final de tantas las cosas; tantas como aquellas que tantos perdieron para que otros tantos pudieran encontrarlas. Muchos ya han escrito, muchos ya lo han contado, y aún así no ha servido de nada: un nuevo poder atrae todo el mal del mundo hacia sí; el este reclama una nueva oda. Él quiere volver a su reino secreto. Montañas, volver a ver montañas. De nada sirve razonar con el dragón que miente y traiciona. Las palabras, sus amadas palabras, no tienen poder contra las mentes de acero y llamas.
          Entonces lo intuye, sólo lo intuye. Cierra los ojos durante un momento y aparta, a un lado el trabajo de toda una vida, que por más que se prometa retomar sabe que se quedará definitivamente incompleto.
          Un teniente en el Somme. Mil veces que lo haya escrito, mil veces que no habrá podido articular más palabras. Entonces, comprende: no se puede hacer nada para convencer con razones a la sinrazón.
          Se reaviva en él un destello de esperanza, aquella luz que ni la oscuridad más depravada logró extinguir. Emborrona por última vez la ruta hacia la locura. La pluma permanece firme, la tinta aguarda, toma una nueva hoja. El camino será largo y doloroso; lo recorrerá con una leal compañía. Espera que su corazón sea capaz de entonar los primarios versos para cantar al unísono con otros corazones.
          Inspira.
          Escribe: Concerning Hobbits...
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  • 25 de Julio de 2010 a las 20:31
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  • 27 de Julio de 2010 a las 21:03
La pluma blanca


El coronel había servido en la India y en Egipto. Había luchado en el Sudán contra el Majdi y en el Transvaal contra los bóers. Ahora vivía retirado en el campo, cuidando de sus perros y de sus caballos como un trasunto de Jenofonte descansando en su finca de Escilunte después de su larga retirada. Le gustaba la literatura clásica de los que forjaron imperios, y también, de los tiempos modernos, le gustaba Kipling.
Si puedes mantener en su lugar tu cabeza cuando todos a tu alrededor,
han perdido la suya y te culpan de ello...
Cuando su hijo partió a la guerra, no fue tan estúpidamente sensiblero como para recitárselos en la despedida. Se había prometido también que no correría para abrir sus cartas cuando llegaran, ni sería de esos viejos que en cualquier momento sacan en la conversación el nombre de su hijo ausente. Y mientras tanto, mientras esperaba cartas y noticias, iba pasando de un “If” a otro.
Si crees en ti mismo cuando todo el mundo duda de ti,
pero también dejas lugar a sus dudas.
Si puedes conocer al triunfo y la derrota,
y tratar de la misma manera a esos dos impostores.
Y cuando llegaba a aquello de
Todo lo de esta tierra será tuyo,
y lo que es más: serás Hombre, hijo mío.
el viejo se emocionaba, aunque sin caer nunca en ninguna inconveniente incontinencia que pudiera advertir su mujer o la servidumbre.
Eso fue antes. Ahora el viejo llegaba a St. Pancras, la estación de ferrocarril donde había sido la despedida muchos meses atrás, con un triste recado: poner orden en las cosas de su hijo, caído en el frente. Se había trazado ya la ruta de oficinas, abogados y amigos que visitar, y esperaba que cuando ellos le dieran sus condolencias, él sería capaz de responder con la misma impasibilidad que Jenofonte cuando recibió la noticia de la muerte de Grilo: yo ya sabía que mi hijo era mortal.
El viejo se apeó del tren y echó a caminar entre la multitud, ya convertido en el coronel que era, con la espalda derecha, mirando por encima de las cabezas de la gente. Y la gente se apartaba a su paso porque, aunque no lo conocieran, veían en él a un hombre de los que habían forjado el imperio.


Gerald Brenan caminaba sin rumbo cerca de St. Pancras. Gerald era un joven con ambiciones literarias. Había nacido en Malta, y vivido en Sudáfrica, Inglaterra, Irlanda y la India. Se había educado en un estricto internado inglés, donde aprendió a protegerse del mundo en su castillo interior. Cuando estalló la guerra, se había alistado en seguida, no porque le impulsara la ola de patriotismo, como a tantos jóvenes, sino porque era difícil resistirse a ella y realmente no había encontrado motivos para hacerlo.
En realidad, él, desde la adolescencia, habitaba en moradas inaccesibles para los demás. Su pasión era vagar, recorrer el mundo, y unos años antes, cuando las naciones aún estaban en paz y él no había cumplido los dieciocho, se había marchado de casa para recorrer a pie los campos de Europa hasta el lejano Danubio, el río de la historia. La guerra no le entusiasmaba ni le asustaba: solo le producía curiosidad.
Quizás para complacer ese instinto errante, su primer destino militar había sido como enlace en bicicleta entre el mando y las trincheras. Allí lo vio todo, y vio lo mismo que todos.
No esperaba que la guerra fuera así. Horacio, Virgilio y Homero no habían descrito paisajes donde los árboles, desgarrados por la metralla, no tenían ni hojas ni ramas en lo más frondoso del verano; donde los animales domésticos eran esqueletos todavía atados al ronzal y a la cadena; donde la niebla a veces tenía el color de la ictericia, el sabor del ajo y la cebolla y el tacto de las ortigas; donde los campos son arados una y otra vez por la reja de los obuses para su cosecha de muerte; donde el auténtico ejército invasor son las ratas comedoras de cadáveres. Un paisaje sombrío y fabuloso que helaba la sangre si uno se abstraía en contemplarlo.
Y lo que es peor, y contradecía todo cuanto había leído: la gente moría o sobrevivía sin que su destino tuviera que ver con la cualidad moral de sus actos.
La bomba que lo hirió pudo haber explotado más cerca o más lejos, o un poco antes o después; los enfermeros galeses pasaban por allí, pero podrían haberlo hecho más tarde o nunca; el furgón con cuatro pisos de camillas tenía un hueco libre en lo más alto, allí donde no llegaba la sangre que escurría de arriba a abajo; el médico todavía no había llegado al limite de su cansancio; tampoco se habían acabado las gasas o los desinfectantes; la gangrena estaba demasiado ocupada en las camas de al lado. Todo era cuestión de suerte, nada dependía del mérito o de tu voluntad.
Ahora estaba en Londres, con el permiso imprescindible para que sus piernas aprendieran de nuevo a caminar. Había escrito a su familia, en Irlanda, pero no deseaba verlos. En realidad, no deseaba ver nada de lo que se supone que quiere ver un soldado de permiso. Desde que había vuelto a Inglaterra, veía con asombro aquel patriotismo retórico que invadía los periódicos y las calles, y meditaba acerca de su propio carácter, que lo hacía un extraño para el mundo.
Al salir del andén en St. Pancras, vio un grupo de chicas y se encaminó hacia ellas. Tenía veinte años y, técnicamente, podía decirse que había conocido mujer. Pocos días atrás, la cerillera de un café había accedido a subir a su cuarto. Un encuentro breve, que le había dejado más desazón que otra cosa. Como todo lo que le ocurría desde que había vuelto del frente, no sabía qué fallaba, si él, la chica, el mundo o la guerra. Pero se había prometido que de ahora en adelante no dejaría que ninguna mujer se compadeciera de su accidental condición de soldado.
Ellas lo vieron acercarse y se miraron con picardía, como si aquél fuera el muchacho que esperaba cada una.
- Buenos días, gentiles damas -saludó intentando ser a la vez educado y chistoso.
- Buenos días -dijo la morena.
- Hola -dijo la rubia.
- ¿Cómo es que un mozo como tú no viste de caqui? -dijo la del pelo castaño.
Solo entonces vio lo que la rubia tenía en su mano. Otra casualidad que le salía al paso. Había oído hablar de la Orden de la Pluma Blanca, pero no esperaba toparse con ella.
- Toma -la rubia le ofrecía la pluma con una sonrisa-, y piensa que si nosotras estamos solas ahora, es porque nuestros novios están luchando por nosotras y por nuestro país.
Gerald cogió la pluma. La sostuvo con énfasis delante de él, igual que había visto hacer a Hamlet con el cráneo de Yorick en una representación del colegio. Y empezó a reír, recordando su propósito de evitar la compasión femenina.
- ¿Y por esta pluma queréis que un hombre vaya de buen grado al matadero?
- ¿Eres un cobarde? -se encendió la morena.
Gerald hubiera querido decirles que si el amor o la sonrisa de una mujer se había de pagar a tan alto precio, no por ello dejaba de ser algo con precio que se podía comprar. Y que si realmente querían a sus novios, lo último que tenían que haber hecho por ellos era empujarlos a las trincheras.


El coronel caminaba entre la multitud cuando vio a tres chicas que ofrecían la pluma blanca a un tipo. Era un joven de la edad de su hijo, sano, fuerte. Se acerco a ellas lo suficiente para ver, para oír. El tipo se reía con descaro, pavoneándose de la pluma blanca que le habían dado, burlándose. De ellas. Del país. De los soldados. De su hijo.
El coronel levantó su bastón y perdió la cabeza. Gerald no tuvo tiempo de replicar a la morena.


Años después, cuando Gerald recordaba las lágrimas del coronel mientras le pedía disculpas, avergonzado por lo que había hecho, cayó en cuenta del fácil paralelismo con una escena clásica: Aquiles y Príamo llorando juntos, uno por el hijo que ha perdido y otro por el padre ausente al que no volvería a ver. Sólo que él no quiso sentirse hijo de aquel hombre. En su castillo interior no moraba ningún padre. Se había dejado envolver en las lágrimas de aquel hombre extraño a él con la misma indiferencia y distancia con la que los supervivientes de la guerra recibieron después las medallas, los homenajes y las conmemoraciones sucesivas de cada año. Nada de lo que había ocurrido en las trincheras podía ser compartido por quienes no habían estado en ellas.
Y el coronel, años después, pensaba que Diógenes Laercio no había dicho toda la verdad, puesto que había omitido contar cómo había recibido Jenofonte de vuelta a su otro hijo, al que sobrevivió a la batalla, Diodoro. Y pensaba, recitando su poesía favorita, que se puede asistir impasible a la victoria y a la derrota, pero que la muerte de un hijo es otra cosa
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  • 27 de Julio de 2010 a las 21:22

16 de abril de 1917

 

 

Mí amado Gabriel:

Ya he visto crecer tres veces las amapolas en nuestros jardines y todavía no has regresado. Nunca pensé que estas flores pudieran recordarme con su presencia el tiempo que nos mantiene alejados. Pero solo lo hace físicamente, como bien sabes, porque aún estás presente en mi corazón.

Cada día, después de recoger la casa, me siento en el jardín frente a los niños para verles jugar mientras te escribo cartas a ratos. Hace un año que no te las mando porque sé que no te llegan pero no puedo dejar de escribirlas. ¡Necesito hacerlo! Es lo único que me mantiene cerca de ti.

A veces, llegan hasta aquí los ruidos de la guerra y sus cañones; sus fusiles… Oímos gritar a los soldados. Yo me asusto porque pienso si uno de esos hombres no serás tú. ¡Que tontería! No puedes ser tú, mi valiente soldado.

Hace un rato di de comer a los niños. Te envían saludos. No les gustan sus nuevas camas. Dicen que, cuando regreses, tenemos que hacerles algunas reformas. Yo opino lo mismo, cariño. La frase “aquí yacen Sara y Gabriel” se me hace fría y distante; tiene que desaparecer de su lapida conjunta. Deberíamos poner algo más poético. Se lo merecen, ¿no crees? Han estado muy enfermos y el médico no sabe como bajar las fiebres. ¡Si tu estuvieras aquí sabrías que hacer! Me siento tan inútil si ti… Tu inteligencia era tu fuerte, por eso ascendiste tan deprisa en el ejército.

No hablemos de estas cosas. Me ponen triste.

La casa está muy solitaria sin tu presencia y en mi cama la añoranza se apodera de mí por las noches, cuando recuerdo tus besos y tus caricias. ¿Dónde estás, amor mío? ¿Por qué te fuiste a ese lugar donde yo no te puedo alcanzar? ¿Allí, donde estás más cerca de mis hijos que de mí?

A veces pienso lo dura que es la vida en tiempos de guerra y mientras mis lágrimas se derraman sobre estas palabras comprendo lo sola que estoy y el daño que ha causado a mi corazón esta soledad. Por eso escribo estas cartas, para reconfortar mi malestar. Estoy triste sin tu amor. Ojalá pudiera irme con vosotros pero no puedo hacerlo. Jamás me lo perdonaríais. Así que, aquí me quedaré; en mi eterna silla de mimbre, escribiendo cartas sin coherencia. Contemplando nuestras bellas tierras y viendo jugar a nuestros hijos muertos. Soportando el lento reloj de las amapolas.

Esperando tu regreso.

 

                                                                                              Siempre tuya, Isabel.

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  • 28 de Julio de 2010 a las 22:24
Mártires de Koch


En la taberna Dubrokva, la víspera de San Pedro, fiesta grande en Sarajevo, entre risas estentóreas y gritos etílicos, en el lugar más apartado y sombrío del local, dos hombres ponen el contrapunto con el semblante tenso y las mandíbulas restallando. Gritan en susurros. Acercan sus testas retadoras. Después se dan una tregua. Fijan la vista en sus vasos con una mirada profunda. Navegan contra corriente por sus vidas que terminan.

Nedeljko bebe de un sorbo el licor de hierbas. Decide por fin echar el ancla:

-    Es absurdo seguir discutiendo. Lo haremos como estaba acordado.

A Gavrilo le consume la rabia. La discusión no es por una mujer. No es por la familia. No es por deporte. Ni siquiera por la independencia, ni por Bosnia, ni por el futuro, no es lo relevante. No ahora,  no en este momento, lo que realmente se están jugando es el privilegio de ser mártir, la adoración y el odio, la supervivencia a los siglos, la gloria eterna; sea falsa, incierta o una cuestión de perspectiva, los libros hablan de los mártires de la patria, y hablarán también de uno de los dos. Pasar a la historia. El nombre de uno de ellos, solo uno, el elegido, atravesará generaciones de bosnios. Grabado a fuego. En letras de oro.

Los dos van a morir. Lo anuncian sendas cápsulas de cianuro que cada poco acarician. Es su salvoconducto para atravesar la línea de sombra sin daños, sin brutalidad policial, sin linchamiento popular.

Nedeljko apura su vaso y un acceso de tos casi lo tira de su silla. Las gotas de sangre salpican las mesas vecinas. Las piernas se le estiran en un espasmo seguido de una convulsión que lo incorpora como el resorte de un payaso en una caja. En la mesa se dibuja un archipiélago rojo.  Gavrilo saca un pañuelo roñoso. Le tapa la boca en un gesto más tosco y rutinario que maternal. Las miradas de los asiduos son fulminantes, asqueadas

-    ¿Qué cojones miran? Atiendan a sus asuntos.

El camarero, un recio austríaco de aspecto bonachón,  hasta entonces seca vasos y se limita a observarlos desde el hastío. La voz débil pero desafiante de Nedeljko le cambia la expresión, se convierte en un fiero germano.  Saca una escopeta de debajo del mostrador y la posa sobre la barra. Un acto tan simple como efectivo. Los dos tuberculosos abandonan la taberna.

Bajo los soportales, en una noche despejada de verano ,Nedeljko Cabrinovic, coge del brazo a su compañero.

-    Escucha Gavrile, esto es por nuestro pueblo. Somos una organización con disciplina militar, obedecemos órdenes y fueron las que fueron. Yo atentaré al principio del recorrido. Si fallo, si mi patria no me da el valor suficiente, tú intentarás matar al Archiduque a su llegada al Puente Latino. Pero recuerda, no buscamos la gloria, buscamos la fuerza y la dignidad, la nuestra, la de Bosnia.

Gavrile Papic se sabe todo ese discurso de memoria, esa patraña.  Tiene apenas veinte años pero lleva más de cinco dedicado a redactar y distribuir panfletos con esa monserga, asistiendo a reuniones clandestinas, recopilando adeptos entre los barrios marginales, un apostolado vacuo. Estaba llamado a la gloria como líder bosnio, pero la tuberculosis acabó con sus expectativas; el último agarradero a ella es matar al archiduque. Pero sabe que Nedeljko está en lo cierto.

Cruzaron el puente sobre el río Miljacka.

-    Es la hora de despedirse camarada Papic. Mañana Bosnia será libre.

Los ojos llorosos de Nedeljko se fijan en las llamas de fuego de los de Gavrilo. Dos estacas contra dos charcos. El cañón de la pistola de Gavrilo se apoya en el estómago de Nedeljko.

Como si el arma no estuviera allí Nedeljko se gira y se dirige a su destino. A medio camino oye un grito lastimero en la lejanía seguido de una tos salida de las entrañas. Gavrilo se consume por dentro sin quemarse, como el fuego asusta a la leña verde. Las lágrimas de Nedeljko son ríos de sangre al derretir los coágulos encostrados de sus mejillas


Son las nueve y media de la mañana del veintiocho de junio de mil novecientos catorce. Nedeljko pasa la noche en vela apostado en la ventana del primer piso de una casa abandonada. Piensa en su padre alcohólico, en su madre trabajando de solo a sol. Piensa en Nadja, en su falda de cuadros rojos y blancos, en como la levantaba con suavidad en un hayedo para volverse loco con su aroma. Piensa en las fronteras que vio en los mapas, en las que dibujaba a su antojo inventando territorios imposibles. Piensa en Bosnia. No puede evitar pensar en la gloria. Piensa en el odio de Gavrilo. El día es claro y a lo lejos se oyen tambores y trompetas que rompen la paz de la mañana. La comitiva se acerca.

Francisco Fernando de Austria y Sofía Chotek saludan desde su Graef und Stift, un descapotable verde de treinta caballos. Impolutos. Inmaculados. Son felices. Quizá profesionales de la felicidad. Ella es plebeya, así que no hay ejército, no les rinden honores.  La población no se muestra entusiasmada, un público tibio drogado de pobreza espoleado por unos cuantos ultras proimperio. No se sienten amados por nadie, es más, sienten que solo se tienen el uno al otro, que siempre ha sido así y siempre será así. Pero sonríen. Un ruido metálico suena en la parte trasera del automóvil. Sofía se gira y ve una pelota metálica que caprichosamente rueda hacia el siguiente coche de la comitiva imperial. Un estruendo, una bola de fuego y el horror.

Dos cuerpos se despedazan pero no son los de Francisco Fernando y Sofía. Son su ministro para los asuntos de Bosnia y un miembro de la nobleza. Nedeljko blasfema, traga su cápsula de cianuro y espera. Pero la muerte no acude a la cita. Entre vómitos de sangre baja las escaleras de la casa en ruinas. El desfile ha parado. Se reanudará en dos horas según anuncia un bando que se repite como una letanía.

Todo ha terminado. Retorcido por el dolor Nedeljko oye el rumor del río por el que pasaron él y Gavrilo el día anterior. Se lanza buscando el alivio definitivo, pero no lo encuentra. No es de Sarajevo, no sabe que apenas tiene una profundidad de veinte centímetros después de una primavera seca.

Llama la atención de la policía y, lo que es peor, de los ultras proaustríacos que desatados se arrojan al río en busca de su presa. Llueven golpes encima del muñeco de trapo encharcado que es Nedeljko. La policía consigue calmar a las fieras con salvas al deshonor. Llegan los interrogatorios, las descargas eléctricas, las toallas mojadas, los hierros oxidados, llega todo menos la muerte. Llega la noticia del éxito de Gavrilo, de la gloria, de su vanagloria pública. Más dolor al dolor. Llega la noticia de que la Muerte recorre Europa, su guadaña siega la cabeza de millones de europeos, de hermanos rusos y eslavos, del enemigo, pero no la suya. No aún. Es menor de edad según la ley bosnia, no hay pena de muerte para él y tendrá que esperar. No demasiado. De todos los golpes el único que lo tumba es el aguijón perseverante del bacilo de Koch. Nedeljko muere pensando en las palabras de Balzac: La gloria, como el sol, aparece cálida y luminosa a distancia; pero si se acerca es fría como las profundidades de un abismo.




Nedjelko Cabrinovic declaración en la corte (23 de octubre 1914)

No odiábamos a Austria, pero los austríacos no habían hecho nada, desde la ocupación, para resolver los problemas de Bosnia.. Nueve décimas partes de nuestra población son agricultores que sufren, que viven en la miseria, que no tienen escuelas, que están privados de la cultura. Nos hemos solidarizado con ellos en sus aflicciones.

Pensamos que sólo las personas de carácter noble serían capaces de cometer asesinatos políticos. Hemos oído decir que él (Archiduque Francisco Fernando), fue un enemigo de los eslavos.. Nadie nos ha dicho directamente "matarlo", pero en este entorno, llegamos a esa idea nosotros mismos.

Me gustaría añadir algo más. Aunque Gavrile Princip está jugando el papel de héroe, y aunque todos queríamos aparecer como héroes, todavía tenemos un pesar profundo. En primer lugar, no sabíamos que Francisco Fernando era  padre. Nos conmovió mucho por las palabras que dirigió a su esposa: "Sophie, manténte con vida para nuestros hijos.". Somos todo lo que quieran, excepto criminales.

En mi nombre y en nombre de mis compañeros, les pido a los niños del sucesor al trono que nos perdonen. En cuanto a ustedes, nos castigarán de acuerdo a su percepción. No somos criminales. Somos gente honesta, movida por sentimientos nobles, somos idealistas, quisimos hacer el bien, hemos amado a nuestro pueblo, y vamos a morir por nuestros ideales.

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  • 29 de Julio de 2010 a las 3:11
Bala perdida

Decían que, desde que se topó con aquella bala perdida que le abrió el cráneo, estaba incapacitado para soportar las alturas. A excepción de sus médicos, o su hermano Lothar, nadie se había atrevido a decírselo a la cara, desde luego, pero podía leerlo en sus ojos, y lo susurraban en la cantina, en los despachos, en pasillos y hangares... Absurdo. Si él tenía realmente un sitio en el mundo, si había nacido para algo, era para estar allí, en aquel lugar de nadie perdido entre el cielo y la tierra, donde las distancias, posiciones y velocidades siempre estaban a punto de cambiar. Lo había contado durante la convalecencia, en su libro “El Piloto Rojo”: volar, para él, era una necesidad imperiosa, la búsqueda de una consecuencia para su vida.  Como navegar para un marino, o escribir para un escritor.

Manfred acarició pensativamente el punto donde había estado aquel minúsculo trozo de metal que tantas cosas había cambiado con un golpe, un dolor abrasador y un bautismo de sangre. Le resultaba difícil encontrar una forma de describir correctamente aquella especie de salto evolutivo que había experimentado. Era como si el destrozo en el cerebro le hubiese procurado una nueva percepción, una claridad superior de pensamiento. Antes, era ciego e ignorante, como todos; ahora, “sabía”. Tenía meridianamente claro que no iba a ver el final del conflicto en el que se hallaba envuelto, la llegada de la paz tras aquella guerra devastadora que no respetaba horizontes.

¿Cómo Moises y esa Tierra Prometida que le fue negada? No. Moises no tuvo alternativas, se enfrentaba a un dios, y los dioses no hacían concesiones.

Un golpe de viento azotó la enorme carpa que servía como hangar, provocándole un sobresalto. Debía salir, era ya la hora, pero Manfred titubeó, sabiendo lo que iba a hacer, y temiendo hacerlo. No era tan valiente como decían, de otro modo, no estaría ahí esa mañana, bajo el toldo, contemplando con expresión sombría la llanura de fango sucio en la que se alineaban los aviones de su escuadrilla, mientras unos cuantos hombres sacaban su propio Fokker DR.I. en volandas, para posicionarlo junto a los otros. No, no estaría allí, con sus botas clavadas firmemente sobre el barro, sino cubierto por él, abrigado por él, en una tumba húmeda que confortara sus huesos. Pero, había tenido miedo. Seguía teniéndolo.

Se sentía como atrapado en una encrucijada. No quería morir, pero no conseguía ser despiadado.

Desde su recuperación, lo había intentado, con todas sus fuerzas. Veinte derribos en el mes, él solo. Y, por ello, la gente hablaba. Murmuraban por lo bajo que, tras su herida, era más osado que nunca, más valiente y audaz, hasta un punto que sobrepasaba lo temerario. Decían que se comportaba como si fuera inmune a la muerte, sin precauciones, sin miedo, sin cautela alguna. Violando incluso las normas fundamentales de vuelo que él había escrito en su manual, el que ahora enseñaba a volar a tantos otros pilotos.

¿Cómo podía explicarlo, si ni siquiera lo entendía él?

Nadie en su sano juicio iba a creer que la muerte le había visitado en aquel dolor oscuro y denso de la bala perdida. Se detuvo ante él, manos frías, sonrisa helada, una amante ahíta pero siempre insatisfecha. Y él, inclinó con gallardía la cabeza bañada en sangre, abierta de par en par al universo, pensando que aquello sería todo, que se iría con ella, que ya había realizado su última acrobacia.

Pero se equivocaba.

Me has privado de tantas, tantas ofrendas”, le susurró la dama pálida, en sus delirios, congelándole con el aliento de un beso. “Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, conocido como el Barón Rojo, es un galán del aire”, dijo otra voz, que tardó en reconocer, justo un segundo antes de verle. Era uno de sus profesores de la Academia. Se encontraba de hecho en su Sala de Actos, iluminado furiosamente por un círculo de luz dorada y hablaba y reía, con una copa de champán entre los dedos. Una visión incomprensible. ¿Qué hacía allí? Ese hombre era uno de los responsables de que se le hiciera insufrible aquella época. Que inmensa lección para la humanidad: su mayor As de la aviación había tenido que examinarse tres veces (¡tres!) para conseguir el título de piloto. Habían querido atarle por siempre a la tierra, al hierro, a lo sólido y evidente, a lo que sólo cambiaba con tiempo y dificultad, pero no lo lograron. “Un caballero que cabalga el viento y permite la huída de sus víctimas malheridas”.

– Algo que, no debe volver a ocurrir… – susurró, y apretó los labios. El miedo tenía alguna extraña relación con lo metálico. Sentía las articulaciones rígidas, y un sabor en la boca que le hacía pensar en el cobre.

Qué tontería y, sin embargo, no podía evitar pensar que era cierto. Aquella bala en la cabeza, hubiera debido matarlo, o quizá le había matado realmente, y ahora sólo era un espíritu con un cuerpo de prestado. Se le había concedido un tiempo, pero un tiempo que debía pagar, con otras vidas. ¿Cómo no iba a volverse más sombrío, más reservado y pesimista? ¿Cómo no iba a arriesgarse hasta límites más allá de todo lo cauto, si le constaba que mientras jugara en aquel juego, no iba a pasarle nada?

A su manera, era inmortal, mientras fuese una herramienta de la propia muerte. Pero ya no podía seguir siéndolo.

Comprobó que su uniforme estaba impecable y salió al exterior de la carpa, caminando con paso firme. Se sentía envuelto en un aura de irrealidad, las percepciones se acumulaban unas sobre otras, todas fugaces, todas igualmente intensas. El sol brillaba tenuemente sobre un mundo nuevo y distinto. La hierba, a lo lejos, era más verde que nunca. El barro de la explanada tenía un olor más penetrante. Se oía el sonido quejumbroso de un motor en algún lado. La brisa arrastraba un tacto húmedo y, el cielo, era azul y blanco, en una mañana de abril que jamás se repetiría.

Oyó un ladrido. Moritz, su mascota, un gran danés tan impulsivo como él mismo, se acercaba corriendo para recibirle. Más allá, junto a su Fokker DR.I., Lothar, acompañado de otros hombres, le miraba de forma extraña. Estaba preocupado, claro. Últimamente no dejaba de insistir, preguntando una y otra vez qué le pasaba y cómo podía ayudarle. Manfred simuló no percatarse de su escrutinio y aprovechó la llegada de Moritz para apartar los ojos, mientras palmeaba al perro. Lothar era su hermano pequeño, siempre le había seguido en los senderos de la tierra, y en los senderos de las alturas, era también un estupendo piloto y un As de la aviación por méritos propios. Pero, allí donde iba esa mañana, no podía seguirle. No, todavía.

– Tienes mala cara – le dijo Lothar, cuando se detuvo a su lado – No deberías volar hoy.

– Intenta impedírmelo – respondió, como cuando eran pequeños, queriendo bromear, pero Lothar hizo una mueca, en absoluto divertido. Manfred lo dejó estar. No había forma de solucionar aquello. Si le decía la verdad no le dejaría seguir, y había llegado el momento de irse. Apoyó una mano en el lateral de su avión, pintado de rojo, como lo habían estado todos sus aparatos, desde casi el principio. Su seña de identidad y un hábil ardid psicológico. Hacía ya tiempo que los pilotos de todos los países temblaban cuando veían acercarse un avión rojo, les ponía en guardia, les llenaba de miedo, y el miedo les volvía vulnerables. Ochenta derribos era una cifra que marcaba una enorme diferencia.

– ¡Barón, Barón! – oyó. Entre el grupo de hombres que se movía por allí, uno tenía una cámara, y le estaba haciendo gestos – ¿Puedo hacerle una fotografía junto a su perro, Barón? – preguntó, con una sonrisa. Manfred abrió la boca para responder, pero Lothar, casi ceniciento, fue más rápido.

– ¿Está loco? ¡Trae mala suerte hacer fotografías antes de salir en una misión!

Una mala muerte, sí. Eso se decía, que todo piloto que se fotografiase justo antes de un vuelo, sufriría de una mala muerte. Manfred agitó la cabeza. Ninguna muerte podía ser mala, sólo la agonía que conducía a ella.

Y él, estaba a punto de terminar con eso.

– Deja, no importa – sonrió al desconocido, inclinándose para tomar entre sus manos la cabeza de Moritz, acariciándole tras las orejas – Adelante, haga esa foto.

Durante un segundo, tuvo la impresión de que el perro también le devolvía la mirada, con la misma expresión inquieta de Lothar. Supuso que era normal. Los dos seres que más le querían sufrían ya su ausencia, aunque no fueran conscientes de ello. Manfred le acarició, sonrió, y le dijo con los ojos todo lo que no podía decirle a su hermano. Le habló de cosas de otros tiempos y cosas del presente, de esos lazos luminosos que nacían en su corazón, alimentados por el amor que sentía, y que siempre le atarían a ellos. Y también de ese adiós amargo que no podía pronunciar con su boca ya muerta. A Moritz sí podía contárselo, él guardaría su secreto.

Lothar volvió a protestar, pero la foto se hizo, y ya no hubo tiempo para más. Todo estaba listo para la misión del día: explorar los territorios cercanos al río Sommes.

No habrá ni un derribo más, en la lista del Barón Rojo”, pensó Manfred, palmeando un segundo más de lo necesario el brazo de su hermano al separarse. Lothar parpadeó, pero se quedó allí, intuyendo con más fuerza que algo ocurría, pero sin saber qué hacer. Manfred se preparó para subir al avión. En el último momento, llevado por un impulso, se detuvo y miró el pie que aún seguía en tierra, notando la presión densa del barro bajo la planta y, más allá, el latido del propio mundo. Luego, ya en el Fokker, se giró para estudiar la huella que había quedado marcada. Parecía firme, llamada a permanecer, pero no tardó en ser pisoteada por las botas de un par de mecánicos que revisaban algo. “Pero sí una última baja”.

El Fokker DR.I. de Manfred von Richthofen tomó velocidad y se separó de tierra, convirtiéndose en un destello rojizo en el horizonte. El color de un inmortal.
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  • 29 de Julio de 2010 a las 3:14

EL FIN DE LA VIEJA GUARDIA

 

     “No me jodas”, pensó Carlitos.

     Aquello le pasaba por hacerle caso al capullo de Alfonso, que iba de listo. Carlitos miraba una y otra vez el folio y no se lo podía creer.

     -Me cago en su puta vida –murmuró para sus adentros.

     En la otra punta del aula veía al capullo de Alfonso, sentado en su pupitre, rascándose la cabeza con la punta del bolígrafo y mirando el examen con expresión bobalicona.

     -¡Silencio! –gritó don Venancio.

     Los veinte chavales de la clase enmudecieron y miraron con respeto a aquel hombre canoso, fornido y de carácter antipático.

     -Quiero que cojan su examen y lean atentamente la…

     -Pero qué hijo de perra –masculló Carlitos por lo bajini.

     -¿Decía usted algo, Gutiérrez? –se interrumpió don Venancio, dirigiéndose desafiante al pupitre de Carlitos.

     -Que va, que va, nada.

     -A lo mejor le interesa comunicar su opinión al resto de sus compañeros.

     -Va a ser que no.

     Don Venancio era de la vieja escuela. Aunque daba clase en la E.S.O, se había curtido en la E.G.B., y no parecía tener ninguna intención de jubilarse. La fama de profesor duro se la había ganado a pulso en el instituto. Al resto de maestros podían acojonarlos fácilmente, bastaba con amenazarles un par de veces, rayarles el coche y ya eran suyos, pero con don Venancio no valían coplas. El tío era un hijo de puta duro. Y venía a pie.     

     -¿Podemos seguir con la lectura del examen?

     -Siga, siga.

     Venancio golpeó el pupitre de Carlitos con violencia. El estruendo retumbó como una bomba por las paredes del aula.  

     -¡¿Tengo su permiso?! –bramó.

     Carlitos, sumiso, no contestó.

     El resto de la clase guardaba un silencio sepulcral.

     -De acuerdo. Les aconsejo a todos ustedes, por el bien de sus calificaciones, que no me vuelvan a interrumpir. ¿Les ha quedado claro?

     Don Venancio regresó a su mesa, situada al lado de la pizarra, bajo el retrato del Rey.  

     “Puto Venancio y puto Alfonso”, escribió Carlitos en la mesa.

     -Quiero que cojan el examen y lean conmigo la pregunta que les propongo. Si albergan cualquier tipo de duda acerca de cómo está formulada, si hay algo que no acaban de entender, por favor, no tengan reparos en decírmelo.

     Los veinte chavales observaron una mancha negra en el papel que les había repartido el profesor. Don Venancio se ajustó los anteojos y se dispuso a leer el único renglón impreso en el folio.

     -Bien pues, procedo a leer en voz alta y clara, para que todos ustedes me entiendan –don Venancio carraspeó y se aclaró la voz-. Primera y única pregunta del examen, dice así: La Primera Guerra Mundial.

     “Pero qué hijo de puta”.

     -Tienen una hora. Ya pueden comenzar.

 

     A Alfonso le iba a dar un puñetazo al salir de clase, eso seguro. El día anterior le había invitado a merendar a su casa expresamente, ya que el chico sacaba buenas notas y Carlitos necesitaba su ayuda para aprobar. Hoy tenían el examen de Historia Contemporánea con don Venancio, pero Carlitos había pasado demasiado tiempo fumando porros como para enterarse de algo, y mucho menos de las hazañas bélicas acontecidas tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando.   

     -La Primera Guerra Mundial no hace falta que te la estudies –le había dicho Alfonso-. La buena es la Segunda, esa cae seguro.

     -Ah, ¿sí?

     -Sí, esa es la importante, es la que preguntan en selectividad. De la primera ya no se acuerda nadie.

     -Vaya.    

     -Además, mi hermano dice que la Segunda Guerra Mundial fue la gloria de Europa.

     -¿Y tu hermano es de fiar? ¿No es un rapao de esos?

     -Sí, ¿y?

     -Nada, que ¿no es un hooligan del hombre este… el militar ese del bigote?

     -¿De Hitler?

     -Como se llame.

     -Sí, pero mi hermano sabe de lo que habla, ¿qué te crees?

     Y le contó toda la historia: “La Primera Guerra Mundial fue por culpa de los judíos, que dominaban Europa. Los judíos fueron una plaga hasta que llegó Hitler, que también lucho contra gitanos y homosexuales. Entonces los demás países se enfadaron con él, y así empezó la segunda guerra”.

     -Oye, pues no parece tan difícil.

     -Claro que no, sólo tienes que aprender a sintetizar.     

     -¿Nos fumamos un porro?

     -Guay. Mientras lo lías te explico la Segunda Guerra Mundial. 

     Carlitos no era un genio en Historia, aunque a decir verdad tampoco lo era en Matemáticas, ni en Lengua, ni siquiera en Educación Física; de hecho, a punto de cumplir dieciséis años, soñaba con dejar la mierda del instituto de una vez y buscarse la vida en la calle. No obstante su padre, el Coronel Gutiérrez, no opinaba lo mismo, y si este trimestre no aprobaba ni siquiera una asignatura, a su viejo se le podría ir la olla más de lo necesario.

 

     -¿Algún problema con el examen, Gutiérrez? –dijo de pronto don Venancio, arrimándose de nuevo al pupitre del chaval.

     Carlitos no contestó. En cambio, miró desafiante a Don Venancio. 

     -¿Por qué diantre me mira usted así?

     Una rabia en su interior le había hecho perder el miedo ante aquel hombre. Una rabia que llevaba acumulando desde el primer día de curso.  

     -¡Póngase a trabajar! –bramó.

     Pero Carlitos le clavó una mirada llena de ira como única respuesta. Y esta vez ya no pensaba bajar la vista. Aquello era la gota que colmaba el vaso.    

      -¡Que no me mires! ¡¿Me oyes?! ¡Que trabajes, cojones! ¡Que trabajes, o te estampo la cara contra la pared! –chilló don Venancio, amenazándole con el brazo extendido.

     Carlitos sintió ganas de levantarse y partirle la cara a ese dinosaurio que tenía de profesor, tal como haría con cualquier otro que le hablara así, y si no lo hizo no fue por miedo a las consecuencias. No lo hizo porque don Venancio, aún peinando canas, era un hombre fuerte y musculoso, en realidad demasiado para su edad. Era un perro viejo pero rabioso, y había que tener cuidado con él. Así que cogió el boli y comenzó a escribir.     

 

     Kerido don Venancio:

     ¿Sabe una cosa? No tengo ni puta idea de lo q paso en la 1ª guerra mundial. Si tanto le interesa el puto tema, entre en la wikipedia como todo el mundo, y hágase una paja.

     ¿Kiere q le able de la guerra? En mi casa libramos una kada noche. Mi padre bombardea la cocina con el pestazo a guiski q trae del bar, y luego bombardea a ostias la cara de mi madre. A beces sus ataques ban más allá de las lineas enemigas e intenta colarse en mi habitacion, pero por suerte e montado una barricada en la puerta. Cuando se cabrea de verdad, el capullo se pone el tricornio, carga el fusil y lanza una ofensiva más dura. El hijo de puta es un autentico prodigio en la guerra de trinxeras, y ha ganado en innumerables ocasiones la batalla de la cocina.

     ¿Kiere q le hable de la guerra? Pues le diré otra cosa: usted a perdido la suya. Xq los xicos  de mi generación, la nueva infantería, ya hemos acabado con la vieja guardia, o sea, con los carcamales rancios de su puta especie. Sólo keda usted. Pero ya no hay sitio para usted en el frente, amigo. ¿Sabe q le digo? Metase x el culo sus putas clases de moralidad, fascista de mierda. Métase por el culo su disciplina, su rectitud, su orden, su E.G.B., su libro gordo de petete y su puta mierda de sistema de enseñanza trasnoxao. Y sobre todo, métase por el culo el usted.

     ¿Pero en q mundo vives, colega? ¿Dónde coño t crees q vas tratando de usted a la peña en pleno 2006? ¡La puta EGB ya pasó a la historia: cómprate un Delorean y vuelve a la dictadura, cabronazo!

     X cierto, la 1ª guerra mundial fue por culpa de los judíos.

 

      Carlitos entregó el examen en cinco minutos, y esa vez acabó el primero. Después salió de clase, se fumó un porro en la puerta del instituto, esperó a Alfonso en la puerta del instituto, le dio un puñetazo a Alfonso en la puerta del instituto y se marchó a casa.

     Al día siguiente, la jefa de estudios llamó a casa de los Gutiérrez para darles la noticia.

     Don Venancio había muerto de un ataque al corazón.       

concursoderelatos
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  • 29 de Julio de 2010 a las 6:10

EL LUSITANIA.

 

Al embarcar, aquel primero de mayo, por las calles de Nueva York se podía escuchar, en las voces de los vendedores de periódicos,  el aviso de la embajada de Alemania para que los viajeros se lo pensasen bien antes de embarcar camino de zona de guerra.

 

-Vamos, Felipe, acaba ya con los bultos ¿qué es lo que llevas en ese abrigo?

- Nada señor, ya está- se afanaba el secretario, el esclavo al fin, del Sr. Egaña, que, como dirían más tarde los periódicos, era el único español a bordo el siete de mayo de 1915 y no hablaba inglés.

-Me instalo solo como siempre, patán. Confío en que no me hagas esperar demasiado.

 

El Señor Vicente Egaña era el hijo díscolo de una familia industrial del norte de España. Enviado a Londres, a perfeccionar su buen inglés por su familia, había acabado dilapidando su asignación en el Nueva York de primeros del S.XX. En esas estaba cuando le llegó la noticia del fallecimiento en África de su hermano Jorge, capitán de regulares (y heredero natural) y del mal estado de salud de su padre. Hasta que, unos meses después, no cayó sobre él el telegrama del inminente fallecimiento de su progenitor no había decidido viajar a Europa, así que se embarcó en el más rápido transatlántico del momento, el Lusitania, con destino a casa pero pasando por Inglaterra para palpar el ambiente de la guerra antes de volver.

 

Una vez que Felipe hubo instalado la mayoría del equipaje del Sr. Egaña en su exiguo camarote interior se dirigió a la cubierta de los “señores” a hacerle la cobertura a su amo y prepararle algo para entonarse de cara a la travesía. Al llegar vio salir a un botones a toda velocidad. 

- Acaba de llegarme un radiocable con la noticia del fallecimiento de mi señor padre, muchacho. Ya no nos espera nadie así que prepara un "Dry Martini" para celebrar que  no tenemos prisa y cuando amarremos pararemos unos días en la pérfida Albión… que hay unas señoritas que me gustaría volver a ver, aunque no a sus maridos- sonrió despectivo.

 

Felipe asintió con la cabeza. Cuando, hace un año, llegó a Nueva York con su porte de dandi español y sin un chavo, el señor Egaña le obligó a ser su secretario para pagarle el canotier roto al conocerle en una noche de parranda. Desde ese momento se acostumbró a la buena vida. Don Vicente le dejaba su ropa vieja o pasada de moda y ni un minuto para disfrutar de ella pero Felipe podía sisar lo que fuera e incluso despistar alguna joya que guardaba en el forro del abrigo para una urgencia.

 

La travesía transcurrió entre mareos y fiestas en la cubierta principal a las que el servicio no estaba invitado. Así que Felipe se recortaba su bigotito a la moda del Country Club de NY, como el señor,  y con un buen traje demasiado usado paseaba por la cubierta de segunda clase su buen tipo. También paseaba su falta de escrúpulos a la hora de seducir a alguna doméstica angloparlante a las que parecía encantarles su falta de pericia con el idioma de la Reina.

 

 

 

 

El día siete de Mayo amaneció, al contrario que toda la travesía, cubierto de niebla, lo que hacía presagiar la inminente llegada a la costa Inglesa. El capitán Bill "The Bowler" Turner redujo la velocidad de veintisiete a veinticinco nudos para no llegar a Liverpool demasiado temprano. Se sentía orgulloso de su primer viaje en el Lusitania, las máquinas habían ido de maravilla y las fiestas habían sido, como se imaginaba, espectaculares. Podía dar cuenta de ello la joven viuda Samantha Grandview abandonada en el camarote de la cubierta C con las primeras luces. En cuanto a los submarinos alemanes, evidentemente, pensó, no pueden darnos alcance.

 

 

 

 

Felipe despertó a Don Vicente a las once con un buen café y un zumo de tomate con vodka. Su aliento casi le tumba pero, bueno, pronto llegarían y posiblemente se acabara su esclavitud. Con los ahorros del forro del abrigo, y unas cuantas cosillas más que esperaba conseguir trapicheando con el ilegal contenido de la bodega, en cuanto llegaran a España se iría a Barcelona y empezaría una nueva vida.

-¿Qué hiciste anoche chico?, no encontré la ginebra al volver al camarote y tuve que improvisar algo.

- “Ya lo he olido”- pensó – “sería la colonia del neceser”. Está en el cofre bar, señor, detrás de la mesa.

-Da igual. A ver, en unas horas llegaremos y no quiero demorar la partida así que en cuanto me vista sube aquí el resto de mi equipaje de mano y el tuyo y así saldremos delante de toda esa chusma que se amontona abajo.

-Muy bien, ¿traje de coctail?

         -Si, hay una viudita en la cubierta C que, aunque me rechazó anoche, creo que necesitará de mis servicios antes de arribar a puerto.      

 

        

 

 

En el puente de mando del submarino U20 el comandante W. Schwaiger volvía a puerto después de una travesía bastante ajetreada en la que había gastado todos sus torpedos menos el último, defensivo según las ordenanzas, con el que debía arribar a su base.       

         -Mi comandante, un buque de mástiles y chimeneas a estribor.

         -Bien, -oteó por el periscopio y vio un gran buque civil a alrededor de media milla que pasaría de largo sin molestarles- dejémosle pasar, la tripulación está cansada, regresemos sin más contratiempos.

 

        

 

 

Felipe maldecía las escaleras del barco mientras arrastraba el baúl de mano en el que había escondido cinco rifles Springfield que con ayuda de un marino había sacado de la bodega. El abrigo le pesaba pero no podía dejarlo por ahí con el ajetreo de la llegada. Se lo quitó en el camarote de Don Vicente y bajó a por su maleta y las tres cajitas de munición escondidas en la otra maleta del Sr. Egaña. Menos mal, pensó, que el equipaje “de mano” es así.

 

 

 

 

Desde el puente se veía la niebla espesándose poco a poco. El capitán Turner ordenó bajar la velocidad a quince nudos y empezar a navegar en zig-zag según las recomendaciones de la marina en zona peligrosa.

-Vaya, masculló, parece que no llegaremos a Liverpool antes de pleamar- dio la orden al piloto de virar de nuevo alejándose de la punta de Kinsale.

 

 

 

 

La alarma se desató en el pequeño submarino, el buque viraba hacia ellos y no parecían claras las intenciones.

-¡Monten tubo uno! – gritó sin dejar de mirar por el periscopio el comandante Schwaiger. – ¡preparen maniobra de evasión!

La proa del Lusitania avanzaba a gran velocidad, el Oficial alemán se dijo que si no viraba a un cuarto de milla tendría que hacer fuego, su navío no tenía velocidad suficiente ni capacidad de lucha si se acercaba más.

En el mismo momento en que gritó ¡Fuego! y se quedó observando si su torpedo hacía blanco, pudo leer el nombre del barco.

 

 

 

 

-Esa viudita, vaya, vaya, no ha pasado la noche en su camarote, Felipe, ¿Felipe? – buscó con la mirada - este patán no ha dejado espacio para que pueda sentarme en la cama.

Felipe  llegó con el resto del equipaje y se sobrecogió al instante, Don Vicente con el rostro desencajado palpaba el forro de su abrigo que había dejado inconscientemente sobre la cama. Cuando levantó la mirada el barco se estremeció con un pequeño estallido.

-¡Ya hablaremos de esto! – Egaña se puso el abrigo de Felipe- Sal a averiguar qué …

No pudo terminar la frase, una gran explosión arrancó parte de la borda del Lusitania dejando a Vicente Egaña en equilibrio sobre el borde por el que empezaban a subir humo y llamas, extendió la mano hacia Felipe antes de que el peso del abrigo le hiciese caer. Entre el humo, los gritos y el ensordecedor ruido de las hélices casi fuera del agua por completo por la inclinación que estaba tomando el buque Felipe pudo ver como se hundía por el peso del abrigo y su secreto contenido.

 

 

 

 

El piloto reaccionó rapida pero equivocadamente cuando vio la estela del torpedo acercarse a gran velocidad. Viró en una maniobra evasiva que ofreció el flanco y expuso a la pequeña explosión del torpedo la bodega número cuatro donde estaban las ciento setenta y tres toneladas de munición destinadas a los aliados que enviaba el aún neutral E.E.U.U.

-¡Nos hundimos, todo el mundo a los botes!- gritó Turner, repartiendo órdenes como bofetadas a la tripulación. Estos corrían por la cubierta repartiendo chalecos de corcho y liberando los botes que colgaban por el lado de la explosión sobre el mar a veinte metros de altura. Un hombre moreno con bigotillo, bien vestido, tomaba en brazos a mujeres y niños y los depositaba en las chalupas colgantes volviendo una y otra vez con nuevos pasajeros. Mientras, parte de la tripulación se arrojaba al agua al ver que no era posible bajar los botes de la otra borda por estar el trasatlántico ya casi escorado completamente.

 

 

 

 

Consciente de su error, al utilizar su último torpedo contra un navío civil sin armamento a la vista, el comandante Schwaiger dio un aviso de petición de socorro internacional antes de desaparecer de allí barruntando su sanción por regresar a la base desarmado. Nunca se recuperaría de haber dejado a los pasajeros a su suerte.

 

 

 

 

Felipe terminó de ayudar a descolgar el último bote salvavidas antes de que el Lusitania quedara completamente vertical al apoyar la proa en el fondo marino ya con las máquinas paradas. Se agarró a un chaleco de corcho y saltó lo más lejos que pudo para no golpearse al caer al agua. Al terminar de hundirse, al estrépito por la última respiración del Lusitania siguió un estremecedor silencio roto por quejidos y llantos bajitos como si el mar no debiera oír el sufrimiento de aquellos granos de arena que eran los supervivientes en su inmensidad.

-Aquí, suba. Es el señor que nos ayudó a subir a los botes. Vamos -Felipe no entendía nada de lo que le decían pero se dejó ayudar. Una vez arriba dijo lo único que sabía en inglés:

-“Ai donspik inglis”.

-What’s your name?- Eso sí lo entendió.

- Egaña, Vicente Egaña. Vuelvo a casa.

bizarro
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  • 29 de Julio de 2010 a las 9:37

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