bubok.es utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y a recordar sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Ver política de privacidad. Rechazar Aceptar
Gastos de envío gratuitos
Buscar en Bubok

Foro para escritores de Bubok

Para participar en los foros de Bubok es imprescindible aceptar y seguir unas normas de conducta básicas. Puedes consultar estas normas aquí
X
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009

XXXIX CONCURSO DE RELATOS BUBOK: SENECTUD, DIVINO TESORO

1 de Agosto de 2010 a las 22:24

Como MdC, me toca proponeros tema para el concurso, y he pensado que la SENECTUD puede ser interesante y dar mucho de sí, sobre todo si intentamos buscar entre los aspectos amables. De ahí lo de divino tesoro.

Adelante, escritores, se abre ya el plazo del XXXIX concurso de relatos bubok, hasta el 12 de agosto a las 22 horas.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 2 de Agosto de 2010 a las 5:30

La mirada.

 

Mi padre, Juan, desaparece cada tarde con mi hijo Juan junior-junior, como le gusta llamarse. Si, mi marido también se llama Juan y no, no busqué en él a alguien como mi padre por la sencilla razón de que mi padre, para mí, casi no existió. Mientras mi madre vivía, él era sólo una sombra en la casa. Mi madre, infatigable matrona que sustituía la falta de más hijos por una actividad llena de preparaciones, organización y multitud de quehaceres, simplemente le eclipsaba. En sus treinta y tantos años de matrimonio, aquel hombre vestido de gris con su corbata negra, serio y entristecido fue envejeciendo en la soledad de su trabajo durante la mañana y de su despacho por las tardes.

Sin tener ninguna verdadera conversación fui testigo de su llegada a esa edad un tanto misteriosa en que los hombres se vuelven “maduros” y las mujeres nos hacemos mayores. En la mesa del comedor, mientras me preguntaba cada día como me había ido, en el colegio al principio, luego en la universidad y después en el trabajo, sus manos se fueron haciendo más largas y fibrosas y en la piel de su cara aparecieron paulatinamente manchas de diferentes colores que iban y venían hasta al final decidir quedarse. Su pelo, que yo admiraba por la pulcritud con la que lo presentaba ante nosotras a cualquier hora del día, engominado con la raya a la derecha, como Cary Grant según él y como una chica según Mamá, fue aclarandose y raleando hasta presentar el aspecto elegante que le ha acompañado hasta ahora (Juan junior-junior se peina como él, estilo “Garicrant”). Su cuello, no demasiado musculoso pero tampoco fino, fue perdiendo tallas y año a año cada vez necesitaba menos aflojarse la corbata en verano al sentarse en la terraza después de cenar. Lo único que nunca pude sentir que cambiaba era su mirada cuando yo le contestaba: “Bien, las sores –o el decano o el director según el momento- me tratan fenomenal”. Era lo único que conocía bien de él, esa mirada de comprensión y orgullo y esa pequeña sonrisa de satisfacción que desaparecía en cuanto Mamá empezaba a perorar acerca de los precios del arroz o de la niña de los vecinos que tenía un novio que no la convenía nada y Papá de nuevo se enfrascaba en la disección del pollo con champiñones asintiendo a todo y mirándola de hito en hito.

Cuando mi madre murió ya me había dado el visto bueno para casarme con Juan, aunque ambos teníamos cerca de cuarenta y realmente no lo necesitabamos. Sospecho que a mi padre no le gustaba demasiado pero si era así nunca lo dijo, sobre todo durante la enfermedad, corta pero dolorosa para todos, y la pérdida de Mamá.

Pasaron unos meses, o quizá años, no lo sé, en que Papá y yo no nos vimos demasiado. Mi nueva casa y su nueva existencia nos mantenían bastante ocupados y yo, egoísta como era y creo que soy,  no estaba dispuesta a seguir sufriendo viendole sufrir a él. Imaginaba sus ojos tristes y las patas de gallo cada vez más profundas así como esas curvas de amargura que aparecen en las comisuras de la boca de ciertas personas cuando se hacen mayores. Imaginaba su espalda curvándose vencida por el tiempo y la soledad y yo sin poder hacer nada para evitarlo. Eso era más de lo que estaba dispuesta a soportar recién casada, embarazada y con el maravilloso trabajo, del que mi padre- o eso creía yo- estaba tan orgulloso, tambaleándose gracias a la barriguita que crecía sin pausa.

El día de su setenta cumpleaños, con mi tripa de seis meses, decidí ir con Juan a visitarle para felicitarle y ver qué tal estaba allí, en la casa de siempre, sin Mamá y sin mí. Cuando me abrió la puerta llevaba una camisa de cuadros con el cuello abierto, un jersey de pico de color azul ducados, unos vaqueros e iba descalzo, pero de todo eso me di cuenta más tarde porque al decirle “Hola papá, felicidades” sólo ví sus ojos jóvenes, brillantes y felices, dándome la bienvenida con su brillo de orgullo y satisfacción.

- Hola, bombón-sólo me llamaba así cuando tenía cuatro o cinco años- menos mal que has llegado-me dijo como si estuviera esperándome para ayudarle a hacer la cena- ¿tienes hambre?

Mientras Juan se instalaba en el salón y encendía la tele, Papá me llevó a la cocina donde nada estaba igual que antes, sólo había conservado la encimera de mármol blanco. Allí, junto a unos tarros de legumbres en una estantería, estaba aquella foto que nos hizo a mi madre y a mí en la playa de La Marina hace mil años. También tenía una foto que no conocía de Mamá en un parque, sería en Sevilla, con veintipocos sonriendo feliz con una mantilla por los hombros y un cardado espectacular que nunca habría imaginado en ella.

Estaba bronceado, su pelo, como siempre impecable, destacaba más en su blancura por la frente curtida. Todo él parecía más joven que Juan excepto por los surcos entre los que no aparecían de ningún modo las curvas de amargura que me habían hecho dejarle de lado tanto tiempo.

Me apoyé en la mesa sin sentarme y observé sus ágiles movimientos por la cocina.

-¿Cocinas?

-Si, tu madre me enseñó. Luego he ido mejorando, probando un poco aquí y allá. Pero, vamos, nada del otro mundo.

-Ya veo que no la echas mucho de menos, te veo muy bien- se paró en seco como calibrando la respuesta a mi sempiterna impertinencia. Finalmente sonrió dulcemente y siguió con sus cosas.

- Eramos un gran equipo-dijo al fin- no había nada que no pudieramos hacer juntos y la echo de menos mucho más de lo que nadie puede imaginar, pero la vida sigue, se lo prometí. Ahora sé que la vida sigue- me miró inquisitivo y me sonrojé pensando en mi hijo a punto de nacer. Intenté balbucir una excusa.

- Yo, esto... te lo vengo a decir, pensaba que no se notaba tanto- se giró soplando en la cuchara de madera y dándome a probar la salsa (deliciosa por cierto) con una cierta sorna en la sonrisa esa vez.

- ¿Niño o niña?

- Niño, se va a llamar Juan, como su padre. Bueno y como tú-dije atropelladamente.

-¡Juan, muchacho!- gritó de repente por la puerta- ¡ Enhorabuena hombre!- me guiñó un ojo- ¡haz algo, hombre, ¿puedes poner la mesa, por favor?!

Nunca pensé que una cena con mi padre, en aquella misma mesa, podría ser algo tan entretenido. Empezó contándome la vida y milagros de todos los vecinos y sus horrendos matrimonios, como decía mi madre; el triste final de un conejo que le regalaron el año pasado unos antiguos clientes y que nadie pudo comerse porque las carreras de fórmula uno estaban muy emocionantes y se quedó más seco que la encimera, así que pidieron comida china; hablamos del barrio y de las tías Marta, Estefanía y Paula; de las cosas de la vida y del amor. Reímos como sólo había reído con Mamá, no con él, un par de veces preparando la cena de Nochebuena. Juan sonreía incrédulo, todos estos años de convivencia no le habían preparado para esto que él (y yo hasta aquella misma tarde) creía imposible.

Abracé a Papá en la puerta poniéndome de puntillas y sentí su calor y el de Mamá llenándome de nuevo. Olvidé lo vacía que me había sentido todo este tiempo y sentí como un río de lágrimas me llenaba la garganta. Le dije que le quería por primera vez en mi vida y, al separarnos, en sus ojos estaba esa mirada de orgullo y satisfacción que me acompañará mientras viva.

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 3 de Agosto de 2010 a las 21:43

 

                                      SENECTUS IPSA ET MORBUS

 

                                     La vejez es de por sí, una enfermedad.

 

 

     Cuando Carmen regresó de Alemania, treinta años antes, jamás pensó que la vida le trataría tan duramente.

     Primero fue Terencio, su marido. Una pesada tarde de julio los niños de La Salustiana llegaron corriendo calle arriba. Se habían encontrado a Terencio colgando de la rama más alta de una higuera. Era su higuera; bajo su sombra le gustaba comerse un pedazo de queso con pan al mediodía, cuando el sol hacía imposible seguir con la faena en la huerta. A Carmen no le extrañó demasiado que eligiera aquel lugar para quitarse la vida, esa vida a la que tan poco apreció le tuvo nunca.

     Terencio era un hombre parco en palabras. Era diez años mayor que ella y parecía vivir a un siglo de distancia, donde habitan los prejuicios, el mal de la envidia y la inquina.

     Fue un duro golpe. No tenían hijos, de modo que el fantasma de la soledad comenzó muy pronto a sobrevolar la techumbre de la vieja casa del olivar.

     Por aquel entonces Carmen tenía cuarenta y nueve años. Era una mujer menuda y enlutada, encerrada en una cárcel de paredes encaladas, de lindes invisibles que fue incapaz de sortear en busca de una vida mejor.  

     Después vinieron las depresiones, que se alargaron durante años hasta convertirse en crónicas, los continuos intentos de suicidio… y finalmente el ingreso en un centro geriátrico tutelado.

 

     Esta, de por sí, no es una historia demasiado interesante. No se narran aspectos que el lector no pueda reconocer en su propio entorno. ¿Quién no conoce a uno de esos viejos solitarios y medio locos?

     Yo era joven, quizás ante los ojos de Carmen, insultantemente joven.

     Cuando la conocí era ya una anciana de casi ochenta años. Una de esas viejas de mente despierta y razonamiento obtuso, que uno envidia cuando tiene la oportunidad de conversar un poco con ellas.

     ¿Por qué estaba allí? Quizás como consecuencia de una extravagante sucesión de acontecimientos, a cada cual más infortunado… pero aquello era lo de menos.

   

     Era mi primer trabajo. Acababa de conseguir mi pomposo diploma de auxiliar geriátrico, gracias a un breve módulo de formación profesional. Hasta aquí mi historia puede resultar anodina… tal vez agregando un detallito sin importancia, la cosa tome un poco más de interés. Acababa de cumplir una condena de diez años en la cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaira, en la provincia de Sevilla.

     No me fue difícil conseguir aquel trabajo, en un pequeño pueblo de la Sierra Norte de Sevilla. Frío en invierno y calor en verano; había pocos aspirantes, sin embargo para mí era el lugar ideal. Lejos del mundo que me había convertido en un ser marginal. El lugar adecuado para recuperar mi vida.

 

     >> Tómese la leche, señora Carmen. –La mujer me miró con los ojos entornados; tenía los párpados enrojecidos y un el lagrimal lleno de legañas.

     >> Yo nunca tomo leche. –Contestó con seguridad. Era cierto, las compañeras del centro me habían comentado que la vieja se negaba a comer nada que no supiera donde se había cocinado.

     >> Pero esa es una manía tonta, señora Carmen. La leche le vendrá muy bien para los huesos, ¡qué está usted ya muy mayor! –Le grité junto a al oído bueno. La vieja sonrió con malicia y negó nuevamente, esta vez sin abrir la boca.

 

     Día a día fue tramando alrededor de Carmen una tupida red de complicidad y entendimiento. Las compañeras solían decirme que me la había llevado al huerto. Dejó de ser la vieja hostil y mal hablada de antaño; llegó incluso a salir al jardín con el resto de internos, después de negarse durante años a abandonar el cobijo del edificio. Miraba por la ventana del amplio salón, contemplando con ojos temerosos la parcela de realidad que le ofrecía, y sólo se atrevía a salir fuera si lo hacía cogida de mi mano.

 

     De esa forma yo, una peligrosa presidiaria, politoxicomana, violenta y con un amplio historial de agresiones físicas y delitos de todo tipo, me convertí en el ángel de la guarda de Carmen.

 

     >> ¿En qué piensa, señora Carmen? –Le preguntaba cada vez que se quedaba extasiada, contemplando los retoños que nacían de las ramas de una higuera, que crecía junto al muro del centro.

     >> En el tiempo. –La respuesta siempre era la misma. Un enigma que sin embargo no tardaría en quedar resulto. Para mi desgracia.

    

     Fue una mañana del mes de abril. Hacía dos días que había regresado después de unas cortas vacaciones. Visité a mis hermanos en Sevilla, en Las tres mil viviendas, una conocida y poco recomendable barriada sevillana.

     >> La vieja se pasa el día preguntando por ti. Decía que seguramente te habrías ido, igual que su Terencio. –Un oleada de ternura me invadió por todos los poros de mi piel. Me precipité al interior del edificio; deseaba abrazarla, darle los buenos días y sacarla a pasear al jardín.

     La busqué sin éxito por todo el edificio. No aparecía por ninguna parte. Hasta que algo parecido a la intuición me guió hasta el lugar donde se encontraba. La vieja higuera hincaba sus raíces en la tierra negra, un musgo verdoso crecía alrededor de su tronco hasta perderse entre las ramas de su frondosa copa.

     Allí mis ojos se toparon con la cruda realidad. Carmen colgaba de la rama más alta; a sus pies un taburete, que sin duda había empleado para conseguir sus fines. Tenía el rostro amoratado y los ojos muy abiertos, fijos en algún lugar del más allá donde seguro que la esperaba su amado Terencio.

 

     Abandoné el trabajo cinco días después. Tras encargarme personalmente de los trámites burocráticos y del entierro de Carmen. Por un momento pensé que sería buena idea incinerarla; albergaba la estúpida idea de conservar sus cenizas. Un recuerdo como otro cualquiera, pensé. Tal vez así, su espítiru me ayudara a no volver a las andadas, a mirar hacia delante con orgullo. Ella me ayudó a salir de mi mundo de oscuridad, me dio un motivo para levantarme cada día con el único objetivo de hacer su vida un poco más fácil. Ahora que me faltaba, su memoria debía ser suficiente. Tenía toda la vida por delante para conseguirlo.


concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 5 de Agosto de 2010 a las 21:59

Dominus dei

Olía a pan tostado, a carbón y leña. Pero aquí se imponen la lejía y la verdura cocida a todos mis recuerdos y emociones infantiles.

–Seguro que hoy tenemos gambas y ostras de primero –dice uno del grupo de jóvenes ancianos, los septuagenarios, del que todavía formo parte.

Oía desde la cama las risas de la cocina, donde mi tía y mi abuela hablaban sobre qué hacer con la nata del cuartillo de leche recién cocido.

Recuerdos infantiles que me invaden mientras permanecemos sentados, de cara a la entrada principal, a media mañana de un domingo de julio. Somos tres hombres y dos mujeres, extraviados en una residencia del centro urbano.

–Espero que no flambeen el coñac de la langosta Thermidor. Me gusta reconocer su aroma en la pituitaria –una de las señoras, especialmente atenta a los comentarios de sus hombres, como nos llama, continúa la chanza que ha iniciado el vallisoletano.

«Levántate ya cariño. Que hoy te lleva tu abuela al colegio». La imagen de mi tía llega diáfana entre las palabras de mis compañeros de asilo, el sonido del auricular de la radio, regaló de mi hijo, el trasiego de las trabajadoras con sus carritos llenos de medicinas y el clac-clac de los zuecos Doctor Scholl, con los que se protegen y desmarcan de nosotros, los viejos.

–¿Nos vamos por la zona de los museos o por la Plaza Mayor? –cambia de tema el vallisoletano, experto descuidero, mi maestro en estas artes.

Me ingresaron en el colegio a los seis años, nada más rescatarme de la inclusa y viví con ellas, llamándolas abuela y tía, hasta que fui lo bastante mayor para responsabilizarme de mis propios errores. Hace seis meses que mi hijo y los médicos decidieron traerme aquí, desposeyéndome de la facultad de cometerlos, que me ha acompañado durante más de cincuenta años.

Conseguí influir en mi vástago lo suficiente como para que me dejara elegir; por eso me encuentro en el centro de la ciudad, una zona magnífica para ejercer de cuco los domingos, en compañía de los otro cuatro.

–Mejor por los museos. He leído que hoy inauguran la exposición de Cezanne. Las carteras rebosarán y la excitación por ser de los primeros en entrar reforzará su habitual imprudencia. –Habla nuestro líder, que no llega a los setenta, curtido en Europa, como carterista.

Me levanto y siento el frío del suelo y el olor Azur de Puig, de mi tía, quien me acompaña hasta el cuarto de baño, girando el picaporte y encajándolo en el quicio de la puerta, que adolece de cerradura. Ya dentro, me ayuda a desnudarme y me anima a entrar en la ducha. Todas las mañanas recupero la impresión del agua fría sobre mi piel, tan antigua como yo mismo. El agua helada es un sentimiento más que una sensación.

–¡Venga, vámonos!

Firmamos en la recepción, como al dejar un hotel o la cárcel y salimos. Los cinco. El domingo es sin duda el mejor día de la semana mientras te puedes valer por ti mismo.

El método de hurto que utilizamos es la distracción. Seleccionada la víctima, una de las dos señoras realiza un comentario sobre los zapatos o algún detalle menor, entablando conversación. Momento que aprovechamos para hacer algo de birlí con las pertenencias del pardillo.

Durante el trayecto se dirige la conversación hacia el notorio incremento de fallecimientos que se vienen produciendo en la residencia.

–Para mí, que se las están cargando –dice una de las dos damas, dirigiendo nuestra atención hacia las empleadas de la residencia, incriminándolas.

Caminar al sol me repone del frío interior, tanto como el café sopado lo hacía cuando vivía con ellas, la abuela y la tía, personas que jamás han abandonado mi cabeza.

–Estarán compichadas con el consejero de Bienestar Social, porque algunos residentes no pueden abonar los dos mil mensuales –añade la segunda.

–Cada vez que alguien la espicha entra en funcionamiento el servicio funerario de la misma empresa y como se reponen las vacantes a fuerte ritmo, pues obtienen doble negocio –dice el vallisoletano.

–Yo veo motivos personales. Alguna de las auxiliares que ande con la cabeza metida en una película de miedo o que hable con los santos y el diablo. Una chalada. –Sentencia nuestro líder.

–Si queréis, preparamos un plan de investigación, con incursión a las oficinas incluida. Tengo unas linternas en mi habitación. Venían dentro de una de las mochilas que alipiamos el domingo pasado –añade el castellano.

Una de las señoras le recrimina con la mirada y comparo esa dureza con la bondad de mis mujeres, desde la abuela hasta mi esposa. No me dejaré liar por esta lisonjera que solicitó mi atención hace días, con la excusa de que le recordaba a su marido y que ellos lo hacían todos los viernes, excepto en Cuaresma.

El vallisoletano hace la parada del podenco oliendo pluma. Un codazo a su izquierda otro a su derecha y nos sitúa alrededor de un grupo de turistas alemanas, de aspecto desaliñado, pero buen calzado. El intercambio de palabras amables y sonrisas alimentan la confianza, tan necesaria en nuestra profesión. Minutos después nos repartimos varios cientos de euros.

Cuando mi tía me  llevaba al colegio, desayunaba en casa. En la calle, café manchado y churros, si era mi abuela. Yo cargaba con los libros a la espalda, dentro de una cartera enorme. Ahora soy el que se ocupa de los monederos, ocultándolos en una mochila, más cómoda que aquella cartera de cuero, pero menos entrañable. El pasado domingo me sustrajeron el botín por la calle. El ladrón robado.

Tras el aperitivo, a base de vermut de grifo y gambas con gabardina, entregamos las pertenencias de las turistas en la comisaría de Centro, donde nos conocen y respetan, por la amabilidad que desplegamos, muy superior a los desmañados modales de que hacen gala las niñas rumanas, nuestra feroz  competencia.

–¿Qué toca comer hoy? ¡Qué cabeza tengo! Parece de otra persona –dice una de las dos.

–Los domingos, panaché de verdura y paella, agua del grifo y grageas. De postre, pasteurizado de Clesa y fruta –le contesta, con firmeza, nuestro líder.

–¡Un horror carcelario! –Se queja ella, fingiendo un puchero.

Nada más llegar a la residencia nos regaña, firme, pero con maneras suaves, la chica más guapa del centro. Tiene fama de ser pulcra, responsable, cariñosa con los residentes de la tercera planta, los terminales. Pero su mirada es sucia, como la de un buitre.

Abandona el mostrador para acompañarnos al comedor y me fijo en sus pies, tan acostumbrado a hacerlo con los de los turistas. Los zapatos son la clave. Si puedes distinguir unas sandalias de mercadillo de unas Donna Karan, te ganarás decentemente la vida como carterista. Si no, fastidiarás a otros menesterosos como tú. Me lo enseñó nuestro líder.

La pulcra, Susana, no lleva los zuecos ahora.

–Han regresado muy tarde, así que tendrán que comer por separado. Dos esperarán al segundo turno, porque hoy han llegado muchos familiares.

Tiene unas piernas firmes, resaltadas por los tacones de los zapatos chinos que calza –esas rozaduras en sus talones sólo las provoca el cuero sin forrar- y caderas en forma de maraca, que despiertan en mi el rescoldo del deseo. El vallisoletano y yo cruzamos miradas, mientras nos apostamos en el descansillo que da acceso al comedor y al vestuario del personal, esperando turno.

Nuestros tres colegas  pasan al comedor y se reparten entre las plazas libres. Sólo queda sitio en las mesas dedicadas a los tontos de baba, los ancianos que ya han finalizado el recorrido hasta la infancia y esperan su muerte.

–¿Será la pulcra una de las asesinas? Estoy seguro de que nos matan –le digo, pensando en alto.

–Si quieres echamos un vistazo al vestuario. No hay taquilla que se me resista.

Nos alejamos por el pasillo en dirección a las dependencias del personal. Un par de jergones para los turnos de noche hacen guardia delante de las taquillas, que desisten de presentar batalla ante su destreza.

En casi todas encontramos lo mismo: ropa de calle, algún monedero, estampitas religiosas adheridas a la puerta, zapatos, bolsas. Una llama nuestra atención, porque contiene, además, una caja de jeringuillas, de las cuales dos están desprecintadas, con el émbolo a mitad de recorrido. En una bolsita de plástico, ropa interior de calidad. Pienso en la pulcra.

Volvemos al comedor, tras sustituir una de las jeringuillas usadas por otra que hemos desprecintado. Pensamos que nos será de utilidad, aunque desconocemos para qué.

Antes de llegar al comedor se abre el ascensor de servicio, utilizado para trasladar a los más enfermos al hospital, sacar las bolsas negras con los restos que van a amortajar y otras operaciones que nos ocultan, porque la muerte está muy presente entre nosotros, sin necesidad de que nos prescriban evidencias diarias.

Dos operarios de la funeraria manejan una camilla plegable, con el cadáver de una señora que siempre lució unas esmeraldas de buena talla durante su frugal estancia entre nosotros.

–Parece que has visto un óbito –dice mi compañero, sin poder evitar el chiste que conjure la muerte.

–¿Dónde habrán quedado los fabulosos pendientes que enmarcaban el óvalo de su rostro? –Pensando en alto, nuevamente.

–Ahora que lo dices, los he visto dentro de una de las taquillas.

–No me digas en cuál de ellas estaba. Me lo supongo.

–Dentro de la caja de jeringuillas. ¿Sospechas que los hayan robado?

–No, seguro que los han quitado de la circulación para evitar que desaparezcan. No seas mal pensado. –Prefiero ocultarle mis sospechas.

 Al pasar al comedor me cruzo con ella y le digo: «a las siete quiero verte en mi cuarto, sin falda y con las esmeraldas. No te quites los tacones. Me vuelven loco». Gira su rostro y me envuelve con su mirada fría, mientras asiente, reconociendo sus límites.

Sonrío, como solía hacer aquellos domingos infantiles, entre programas de radio, levedad femenina, clases de punto y esperanza. Mi vida en conserva.

Me va a complacer esta tarde.

Y también lo hará cuando llegue mi hora. Siento despertar mi masculinidad.

–Luego te veo –me dice el vallisoletano, pero se lo atribuyo a ella, anticipando sus vespertinas caricias en mi pensamiento.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 6 de Agosto de 2010 a las 11:13

KIMOLOS




    El sol calentaba ya cuando Grigoris bajaba la cuesta de suelo de tiza que le llevaba de su casa al pequeño puerto. Contemplaba las colinas de lava y ceniza por las que se desparramaban las pequeñas casas blancas. Cargaba a su espalda un cestillo viejo y en la mano llevaba un bote herrumbroso y sucio, lleno de distintos cebos. Su paso era ligero y despreocupado, sonreía y saludaba a todos los que se cruzaban en su camino y parecía un hombre feliz. Era un hombre feliz de unos setenta años, delgado y musculoso, de mediana altura, pelo canoso y ralo, recogido en una coleta. Llevaba unos pantaloncitos oscuros y una camiseta de tirantes muy usada y de color indefinido, unas chanclas de goma en los pies y un pendiente de aro colgando de su oreja.

    Al llegar al puerto entró en la pequeña taberna y como todos los días, pidió un café bien cargado y caliente y dos loukomádes, para desayunar. Se sentó en la mesa, cubierta por un mantelito a cuadros azules y miró distraídamente a través del ventanal al mar tranquilo y profundamente azul, mientras tomaba el rico café a sorbos y mordisqueaba el sabroso bollo de sabor a miel y canela. Había vivido mucho y muy bien, en otros tiempos, ahora, cuando aparentemente tenía tan poco y cuando ya creía que la buena vida se había acabado para él, se daba cuenta de que era mucho más feliz de lo que había sido nunca, cuando se peleaba por los negocios y el dinero. Incluso podría decir que se sentía más vital y joven que entonces.

- Vas de pesca también hoy, eh? A ver si tienes suerte, el día va a ser bueno. ¿Qué tal van esas piernas, sigue el dolor?

Edga era una de esas mujeres llenas de vitalidad, siempre alegre y dispuesta a echar una mano a quien la necesitara. Cuando Grigoris llegó a la isla, hacía de eso ya varios años, fue amable con él, e incluso durante un tiempo, cariñosa. Se habían divertido juntos. Pero ella amaba su libertad y él no podía comprometerse con nadie y no porque no fuera libre, que lo era.  Además, le llevaba demasiados años. Ahora seguían manteniendo una de esas amistades silenciosas y firmes, llena de pequeños, pero importantes detalles. Era la dueña de la taberna y la llevaba con mano firme y a la vez amable.

Una vez más, como le pasaba a menudo últimamente, le asaltaron los recuerdos. Grecia le pareció un buen sitio para quedarse, al menos durante un tiempo,  cuando supo que tenía que salir corriendo de Londres si quería vivir tranquilo. Llegó a  Atenas una mañana de invierno y después de permanecer allí unos días se dio cuenta de que debía buscar algún lugar más tranquilo y discreto. Y así fue como empezó a recorrer las islas Cicladas, dispersas por el mar como pequeños terrones desprendidos de la isla principal. Quedó prendado de Miconos, pero aquella isla tenía demasiados visitantes y eso no le convenía, así que se trasladó a Milos. Vivió allí un par de meses hasta que, una mañana tomó un barquito que, saliendo de Apollonia, le llevó a Kimolos.



Aún podía sentir la emoción que le embargó cuando fueron acercándose al pequeño puerto, con la arena amarilla y fina de la playa, las casitas blancas retrepadas en las colinas de lava y el suelo de tiza tan característico del lugar. Supo, desde ese momento, que era lo que andaba buscando y que allí podría vivir, si era necesario, los años que le quedasen de vida. Y se quedó, de eso hacía ya siete años. Nunca se había arrepentido. De vez en cuando aún sentía una punzada en el pecho cuando algún extraño llegaba a la isla y se quedaba más tiempo del que solían hacerlo los turistas comunes, o venía alguien que hacía demasiadas preguntas, Pero poco a poco había ido olvidando, casi del todo, la razón por la que estaba allí.

Sacó su barca del puerto con una rápida maniobra y enfiló al horizonte, costeando después por las zonas que ya sabía que podrían darle buenas capturas. Echaba sus aparejos al agua y después se tumbaba al sol, desnudo, disfrutando del calor y la brisa, los ojos cerrados, meciéndose con la marea. A veces se quedaba dormitando, olvidándose de la pesca y de todo lo que pudiera inquietarle. Allí en la mar, ni los años, ni los dolores, ni las preocupaciones tenían importancia.



El hombre bajó de la lancha motora y se quitó la fina chaqueta de lino, cargándola al hombro despreocupadamente. Llevaba un viejo sombrero de ala y unas gafas negras. Subió la cuesta haciendo preguntas a los que encontraba por el camino, hasta que llegó a la taberna de Edga. Pidió un refresco y pasando un pañuelo por su frente, acercó su cabeza a la mujer como si fuera a contarle algún secreto y le enseñó una fotografía.

- ¿Conoce, por casualidad, a este hombre?

Edga miró detenidamente la fotografía de un hombre de unos sesenta años, vestido con un elegante traje oscuro y que llevaba una preciosa cartera de documentos de Louis Vuitton, en la mano derecha. Sonreía satisfecho a la cámara, rodeado de hombres vestidos, también, de oscuro. Lo reconoció enseguida, a pesar del cambio operado en su físico. Pero miró al extraño con la mirada más inocente de que fue capaz y le dijo que no lo conocía de nada.

Justo en ese momento, Cosmo entró en la taberna y se acercó a la barra.

-¡Ponme una cerveza bien fría, Edga, que vengo seco! - dijo


Se acodó en la barra y distraídamente miró la fotografía en manos de aquel hombre y sin pensarlo dos veces dijo:

- Mira a Grigoris ¡qué elegante! ¡Y que joven!


Por la mirada enfurecida que le echó Edga, supo que acababa de cometer un error y que debía haber estado callado. El hombre sudoroso, pagó el refresco y salió rápidamente del local. Edga recriminó a Cosmo su falta de perspicacia y le acusó de ser el responsable de lo que pudiera pasarle a Grigoris desde ese momento.

A mediodía, la barquita de Grigoris llegó al puerto, la dejó bien sujeta a la amarra y recogió el viejo cestillo con la pesca del día y alegremente empezó a subir la cuesta, cuando aquel hombre, con la chaqueta al hombro y un sombrero de ala y gafas oscuras tapándole la cara, se situó a su lado y hablando muy bajito le dijo en inglés:

- Espero que no me de demasiados problemas. Usted es Gregory Piccard y yo James Silvert, inspector de Interpol y tengo que llevarle a Londres para que responda usted a las acusaciones de desfalco, malversación de fondos y otros delitos monetarios. Siga caminando como si tal cosa y podremos irnos tranquilamente sin que nadie se de cuenta de lo que está pasando. Cualquier intento de fuga será una tontería. He dado parte a las autoridades griegas de su estancia aquí en Kimolos, así que no le dejarían salir del país.



Edga pudo ver, a través del ventanal, como partía aquella motora en la que viajaba el hombre de las gafas de sol y el sombrero de ala y Grigoris, vestido con un traje claro de lino y unos zapatos ligeros y con una pequeña bolsa de viaje en la mano.  Y supo que, seguramente, no lo volvería a ver jamás.

El horizonte empezaba a llenarse de nubes blancas que parecían dibujos trazados en el azul del cielo. La isla se adormecía en el atardecer tranquilo. Tal vez esa noche lloviera, por fin, un poco.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 7 de Agosto de 2010 a las 11:30

QUERIDO DIARIO

 

Viernes, 27 de febrero

9:05 de la mañana. Querido diario: te acabo de comprar. Empiezo diciéndote que hoy es mi cumpleaños. Cumplo sesenta y cinco y hoy, además, por esto mismo, es mi último día como currante. ¡Sí, me jubilo! Por eso te he comprado, porque desde hoy voy a disponer de mucho tiempo libre y así contigo pasaré algunos ratos.

Estoy en el metro, yendo al periódico donde trabajo. Está lleno de gente, pero he conseguido sentarme. Es lo que tiene ser un viejete, la gente te cede el asiento; no siempre, pero bueno. Mientras llego y no, aprovecho para escribirte un poco, con mala caligrafía porque el vagón no hace más que dar tumbos, le está metiendo caña el maquinista.

Te iré haciendo un pequeño resumen de mi vida para que me conozcas un poco, a modo de presentación, aunque tampoco creas que puedo contarte mucho, sólo me dejas dos páginas para el día de hoy.

Me estoy acordando, en este día tan especial para mí, cuando era pequeño, un niño. Nací fuera de esta gran ciudad, en Villaflores, un pueblecito en la montaña. Luego sigo que me tengo que bajar.

9:15 de la mañana. Ya está; es que ahí siempre hago trasbordo, de una línea a otra.

Villaflores es magnífico. Allí, de niño, viví los mejores años de mi vida. Recuerdo cuando en invierno nevaba mucho. Esos días, Ismael, el profesor, no subía a nuestra aldea porque estaba la carretera cortada, así que nos pasábamos la mañana jugando: haciendo muñecos de nieve, tirándonos bolas, deslizándonos por pendientes con trineos…

9:25 de la mañana. Estoy en el trabajo, pero como hasta las nueve y media no empieza mi jornada laboral y aprovechando que estoy solo en la oficina, te escribo unas líneas más hasta que venga alguien.

El caso es que de niño yo era muy feliz allá en el pueblo; de adolescente también. Pero tuve que venirme a la gran urbe porque no había futuro en el campo, decían los sabios del pueblo, que eran los más mayores, los que eran como yo soy ahora. Es curioso, pero ellos nunca salieron de él, y prácticamente toda mi pandilla emigró de allí quizá siguiendo también, como yo, sus consejos.

Oigo voces, está viniendo alguien, al mediodía continúo, que hay que trabajar.

13:10 del mediodía. Bueno, pues ya ha pasado la mañana. Me han felicitado prácticamente todos mis compañeros, por el cumpleaños y por la jubilación. Me da a mí que para esta tarde me tienen preparada alguna sorpresa. He estado toda la mañana tocándome los h... ¡Para eso es mi último día!

Cuando llegué aquí a esta ciudad lo hice prácticamente con lo puesto, y mira ahora, no me puedo quejar. Al poco de arribar me apunté a la universidad, a estudiar periodismo. En la facultad conocí a la que ahora es mi mujer, Paula. ¡Qué guapa era, no como ahora que con las arrugas ha perdido bastante…! Pero bueno, al menos seguimos queriéndonos, que no es poco. No hemos tenido hijos porque o ella o yo no somos aptos para tenerlos. No escribiré más de este asunto, no vaya a ser que se lo cuentes a algún cotilla que te recoja atraído por tu título de portada, que dice: Diario.

¡Ah!, se me olvidaba decirte que escribo en este momento desde un bar-restaurante cercano al periódico. Ya me han servido, así que hasta luego.

13:50 de la tarde. Para mí ahora ya es por la tarde porque ya he comido. Estoy de nuevo en mi mesa de trabajo, pero te digo lo mismo que antes, más o menos: como hasta dentro de unos minutos no empiezo de nuevo, pues aprovecho y sigo contándote.

Con Paula lo he pasado muy bien, las cosas como son. Desde que nos casamos, hemos sido felices hasta hoy, y espero que así siga siendo. Ella ya está jubilada, trabajó muchos años en la radio, entrevistando en directo a gente por la calle, preguntándoles qué les parecía tal película o tal otra, o si les parecía bien lo que hacía ese ministro o aquel presidente, por ejemplo. Los fines de semana siempre salíamos por ahí, a la playa, al campo a hacer una barbacoa, al cine… Nunca nos hemos aburrido.

¡Hasta después, que ya es hora de acabar mi vida laboral!

19:15 de la tarde. Ya está, ya se acabó mi vida de currante, a partir de ahora ya soy un jubilado. Menuda merendola nos acabamos de pegar en el periódico. Mis compañeros me han regalado una foto enorme en la que salimos todos ahí en la redacción. Ellos se han quedado  en ella para hacer el cierre, pero a mí, el director, al ser mi último día, me ha dicho que ya me podía ir, y no me lo he pensado dos veces.

Luego en casa sigo que me parece que el tipo este que está sentado a mi lado esta fisgando lo que escribo. ¡Qué falta de respeto tiene la gente en el metro, por Dios!

19:55 de la tarde. Ya estoy en casa.

Bueno, querido diario, como puedes ver, mi vida hasta hoy no es que haya sido algo del otro mundo o extraordinario. Me voy a duchar, y luego a la noche, antes de acostarme, escribo las últimas líneas.

23:45 de la noche. He celebrado mi cumpleaños con Paula, mi mujer, y con sus dos hermanos. Ha estado muy bien. Hemos acabado jugando a las cartas, como hacían los sabios del pueblo en la taberna todos los días a la hora del café.

Por cierto, querido diario: Paula me ha regalado otro como tú, aunque más grande. Por lo tanto, y sintiéndolo mucho, a partir de ahora escribiré en él. Hasta pronto, ha sido un placer.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 9 de Agosto de 2010 a las 16:49

Armando

 

- No te quejes Armando, que nunca viviste también como ahora.

-En parte sí. Estoy jubilado y tengo todo el tiempo del mundo para mis aficiones y caprichos, mientras no me quiten mi independencia. Lo que me pregunto es: ¿cuánto tiempo podré mantenerla? Cuando me jubilé, hace cuatro años, me sentía afortunado y estaba decidido a disfrutar al máximo de lo que me quedara de vida con mi mujer, mi hija se había casado y estábamos solos. Viajaremos y haremos juntos cosas que antes nunca pudimos hacer, pensaba yo, enfrentando el futuro con optimismo porque contaba con mi buena salud, física y mental, y con una  compañera de excepción. Pero ella murió hace seis meses cuando más falta me hacía. Desde entonces sigo viviendo en la aldea, pero he tenido que pelearme varias veces con mi hija que está empeñada en que me venga a vivir con ella, a una jaula de cuarenta y cinco metros cuadrados que tiene por vivienda aquí en la ciudad, y a mí no me da la gana, y que conste que me llevo bien con mi yerno y con mi nieto, pero con ella no tanto. Es que tiene una insoportable obsesión con la limpieza y el orden, todo el día está con lo mismo: papá, no dejes ahí la chaqueta, cuélgala en el perchero, papá, por favor, frota los pies en el felpudo antes de entrar en casa... Lo de los pies me lo repite tanto que ya los refriego contra la dichosa alfombrilla al entrar y al salir. Estos días estoy en su casa porque vine a hacer unos análisis. Me manda a recados y a sacar el perrito a mear. Tengo que andar con pies de plomo, pues si se entera de que mi memoria  empieza a fallar a veces, entonces ya puedo decirle adiós a mi independencia.

-Cuando empieza a fallar la memoria, mal asunto, Armando. Por cierto, abróchate la bragueta que la llevas abierta.

-Ves, así se empieza, olvidándose uno de estas pequeñas cosas para acabar por olvidarse hasta de dónde vive.

-No exageres, hombre, que despistes los tenemos todo el mundo. Para los recados, lo que tienes que hacer es traer siempre contigo un boli y una libreta pequeña y apuntarlos. ¡Huy!, me parece que tu perrito acaba de cagar en medio de la acera.

-¡La madre que lo parió! Esto es lo que me jode, a mis años recogiendo la mierda del perrito de los cojones.

-Es para lo que servimos, Armando. Bueno, ahí te quedas con el pastel. Hasta luego.

-Hasta luego, Jeremías.

 

Armando sacó del bolsillo de su chaqueta una bolsa de plástico, metió la mano dentro, cogió los excrementos y le dio la vuelta a la bolsa como si fuera un calcetín, la anudó y, al ver que no había ninguna papelera cerca, la guardó en el bolsillo derecho de su chaqueta. En el quiosco, Armando compró el periódico y en la tienda de golosinas compró, para su nieto, un paquete de Gusanitos que guardó en el bolsillo izquierdo.

 

El niño, que venía de la mano de su madre, se soltó y se acercó corriendo al abuelo, el perro meneó el rabo, el niño abrazó al perro, luego abrazó al viejo y exclamó:

-¡Hola abuelito! ¿Qué me has comprado? A ver...

El niño metió la mano en el bolsillo derecho de la chaqueta del abuelo, sacó la bolsa de los excrementos, la miró y haciendo un gesto de asco la estrelló contra el escaparate de la tienda; la bolsa se rompió y desparramó su contenido por el cristal.

La dueña de la tienda salió gritando, buscando al culpable entre los transeúntes. Nadie dijo nada pero algunas miradas apuntaron silenciosamente hacia el niño y el abuelo. Éste se hizo el sueco y se alejó con el crío de la mano.

-Aquella mujer parecía muy enfadada, ¿qué pasó? –preguntó la madre del niño, al llegar al portal.

-Nada, una chuchería que tiramos y le rozó un poco el cristal del escaparate. –contestó el abuelo con sorna.

-¿Qué clase de chuchería?

-Una caca del chucho.

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 9 de Agosto de 2010 a las 17:13

PERO JUNTO A TI.


─A ver. Ahora yo pongo el cinco doble y pasáis los tres─ afirmó Eusebio mirando a sus compañeros de juego─. Pongo ésta y tú, ¿pasas o pones?

─Paso.

─Entonces, mi compañero el pito doble─ dijo tomando en la mano  las dos fichas que le quedaban─. Ahí está. Éste pasa, yo pongo la mía y pasáis los tres otra vez. Pongo la que me queda y sanseacabó. Podemos irnos Nicolás, que hoy pagan éstos el café.

─Qué suerte tienes, maricón.

─Al saber lo llaman suerte─ dijo riendo mientras guardaba las fichas en su caja─. Si no sabéis ni contar, jugáis como los chicos pequeños, a juntar piezas ná más. Dinero me teníais que dar por lo que estáis aprendiendo.

Eusebio se ajustó su gorra, se enfundó su zamarra, agarró su garrota y se despidió de sus amigos para tomar el camino de vuelta a casa. Lucía su leve cojera por en medio de la calle, las aceras eran un invento inútil para él. Tres coches pasaron por su lado haciendo sonar el claxon, a dos de los conductores los conocía y, alzando el garrote, exclamó un “¡yeeeh!” que todos allí entendían como un “me alegro de verte y, si no tuvieras prisa, charlaría un rato contigo”; al tercero no lo conoció, por lo que dedujo que le increpaba por caminar por la calzada.

─¡Tranquilo, hombre!─ dijo alzando también la garrota─ ¡Que esto no es la capital!

Al entrar en casa se oía la televisión. Hizo saber que había llegado saludando a gritos mientras se quitaba las prendas de abrigo y se dirigía a la sala de estar.

─Hola papá─ saludó su hija incorporándose en el sofá─. ¿Qué tal se ha dado?

─Bien─ respondió Eusebio mientras le daba un beso en la mejilla a su mujer─. Hoy he tomado café gratis. ¿Te has dormido un ratito?


─No. No me he llegado a dormir. Le he puesto la novela a mamá y me he tumbado un poco aquí, estaba medio medio.

─Ale, pues vete ya a casa si quieres, hija.

─ Te he dejado en la nevera un táper con un poco de carne guisada.

─¿Pa qué traes ná? Si tengo comida pa’burrir.

─ Así no tienes que guisar para mañana. Tienes médico, ¿te acuerdas? Carlota se queda aquí y te llevo yo.

─No me tiene que llevar nadie. Me voy en el autobús y luego allí cojo un taxis.

─¿Seguro?

─Que sí. Si yo me apaño bien, buena gana de andar enredando a tu hija. Te quedas tú con tu madre y yo me voy tranquilamente.

─Como quieras. Luego vendré a las diez o así para acostarla. ¿Quieres que te traiga algo de compra?

─No. Tengo de todo. Hasta la noche, hija.

Ya en la puerta, se dieron un beso. Eusebio aprovechó para acariciarle la cara y darle un pellizco en el moflete como cuando era niña. Su hija sonrió y le dio otro beso, esta vez acompañado de un abrazo.

Regresó a la sala de estar y se sentó junto a su esposa.

─Ya se ha terminado la novela, ¿quieres que apague el televisor?

Fermina cerró los ojos de forma lenta y ostensible.

─Voy a poner música,  me traigo aquí unas judías verdes que compré y las voy partiendo, ¿te parece?

Fermina repitió el gesto.

Eusebio abrió un cajón, sacó un CD y lo puso en la mini cadena que su nieta le había regalado por Reyes. Los compases de “El reloj” comenzaron a sonar.

─¿Te acuerdas de cuando me gasté aquel dineral para ir a ver a Antonio Machín a Córdoba?─ preguntó al tiempo que se sentaba con las judías a su lado.

Los ojos de Fermina volvieron a cerrarse.

─Y tu padre, que no dejó que vinieras conmigo─ dijo con la misma tristeza que sintió entonces─. ¿Qué se pensaría que íbamos a hacer? Si hubiera sabido que hasta después de casados no conseguí tocarte ni una tetilla… Tu padre no te conocía.

Fermina, esta vez, parpadeó con rapidez e incluso parecía que una sonrisa apuntaba en su rostro.

─Menos mal que conseguí venderle las entradas a uno de Sevilla. Qué jodío tu padre.

Eusebio continuó hablando con su mujer mientras Machín sonaba de fondo. Fermina respondía con sus ojos cuando él le preguntaba algo.
A la hora de cenar, Eusebio puso en un plato un poco de queso fresco y una loncha de jamón. En otro, un potito que calentó en el microondas. Puso la mesa completa y acercó la silla de ruedas de Fermina; después de ponerle un delantal a modo de babero gigante, él ocupó su silla muy cerca de ella. Despacio y con mucha paciencia le fue dando las cucharadas del puré infantil que, con no poco esfuerzo, iba tragando ella. De vez en cuando le acercaba una botellita de agua con una pajita para que bebiera. Cuando al fin terminó, empezó él a dar cuenta de su ligera cena.

Como cada noche, quitó la mesa, barrió la salita y fregó los pocos cacharros que se habían ensuciado. Después regresó junto a Fermina, le quitó el delantal y con toallitas de bebé, le limpió la cara. Le dio un beso en los labios y se quedó contemplándola sonriendo.

─Sigues siendo más bonita que un sol─ dijo para después besarla otra vez.

Juntos vieron el telediario y el comienzo de una película que a los dos les aburría.

─Estas películas modernas son un rollo. ¿A ti te gusta?

Fermina parpadeó con rapidez.

─Con lo bonitas que eran las películas en nuestros tiempos, ¿Te acuerdas de cuando íbamos al cine de verano? Aquellas películas del Oeste con Yon Vaine.

Fermina cerró los ojos con suavidad.

La  puerta se abrió. Era su hija que había llegado.

Llevaron a Fermina al dormitorio, entre los dos la tumbaron en la cama sobre un hule. Su hija le abrió el pañal, con destreza la giró para ponerla de perfil y con una esponja empapada en agua tibia lavó a su madre. Le puso un pañal limpio, la arropó y le dio un beso de buenas noches.

─Que descanses, mamá. Hasta mañana.

Su padre la acompañó hasta la puerta y se despidieron hasta el día siguiente. Eusebio pensaba cada noche que era imposible tener una hija mejor. Cada mañana venía a levantar a su madre, cada mediodía se quedaba con ella para que él fuera a echar una partida y cada noche venía a acostarla. Dios era justo. Le había mandado la enfermedad de su mujer, pero también le había enviado el consuelo y la ayuda de su hija.

                              ----------------------------------------------


Eusebio, vestido elegantemente, bajó del autobús que venía de Madrid. Iba distraído, tanto, que no levantó el bastón ni una sola vez para saludar a los coches que se hacían notar cuando pasaban por su lado esquivándolo.

─¿Qué te ha dicho el médico?─ preguntó su hija.

─Que está todo bien. Hasta el año que viene no tengo que volver. ¿Tu madre?

─Bien, tranquilita. Le iba a dar de comer ahora.

─Deja, ya le doy yo. ¿Has comido tú?

─No. Yo como en mi casa.

─Venga, pues vete entonces. No hace falta que vengas hasta la noche, me voy a echar la siesta. Y gracias, hija.

Eusebio se quedó solo con Fermina, ésta empezó a parpadear rápidamente cuando él le aproximó la cuchara.

─¿No quieres comer? Come, mujer.

Hacía tres años que a Eusebio le habían diagnosticado cáncer de colon. Sólo lo sabía su mujer, era la única a la que se lo había confiado. No quiso someterse a ningún tratamiento ni operación. No podía permitírselo, tenía que cuidar de Fermina, sabía que los tratamientos eran muy duros y que necesitaría ayuda si seguía alguno; no quería poner más responsabilidad sobre las espaldas de su hija. No, era viejo y el cáncer en los viejos va lento; lo que durara, bien durado estaba. No iba a dejar a su mujer sola ni a cargar a su hija con otro enfermo.

─Esto se acaba, Fermina. Me han dicho que ya no hay marcha atrás. No me encuentro bien y esto va a ir a peor, tengo el hígado tocado también, es cuestión de meses que me vea encamado.

Fermina empezó de nuevo a cerrar y a abrir los ojos con rapidez.

─No te pongas nerviosa y come. Que con no comer no vas a solucionar nada─ Eusebio le aproximó la botellita de agua y Fermina bebió─. He estado pensando. Yo me voy a ir. No puedo dejar que tu hija se amargue la vida cuidando de los dos ella sola. Tengo el Trankimazin que me mandó don Carlos sin tocar, hay por lo menos tres cajas. Si tú quieres venir conmigo… A mí me gustaría… pero si no quieres… Yo tengo que irme ahora que puedo decidir.

Los ojos de Fermina se cerraron y permanecieron así durante un rato. Eusebio siguió dándole de comer en silencio. Él no comió. Limpió la cara de ella con las toallitas, le quitó el delantal, barrió la salita y fregó los cacharros.

─¿Entonces?─ preguntó situándose frente a ella.

Fermina cerró los ojos lentamente. Eusebio fue a la cocina, cogió el mortero y machacó con fuerza el contenido de dos cajas de pastillas. Preparó zumo de naranja y lo mezcló con el polvo obtenido, en uno de los vasos puso una pajita. Fue al armario y cogió la mejor ropa de Fermina, la que se puso para la boda de su hija. Con cuidado,  tal y como se lo había visto hacer a su hija durante los últimos cinco años, le quitó el camisón que llevaba puesto, lo llevó al cesto de la ropa sucia y le puso el vestido. Se lo colocó lo mejor que pudo.

Fue al cajón, sacó un CD y lo puso en la mini cadena, le dio al botón de repetir canción que le había enseñado su nieta. Se sentó junto a su mujer y le acercó el vaso a la boca. Fermina bebió todo el contenido. Después bebió él del otro vaso, la besó en los labios con suavidad y, agarrando su mano, empezó a canturrear,  muy bajito, la canción que sonaba de fondo.

Toda una vida

me estaría contigo

no me importa en qué forma

ni dónde ni cómo…

 


 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 10 de Agosto de 2010 a las 12:59

PEREZA

 

                Pereza abrió un ojo y permitió a la selva entrar a través de su pupila recta y oscura. La piel de sus párpados estaba endurecida por el largo sueño, como seca, una boca sorprendida de dientes de escama. Necesitaba el agua o el lodo para que no le fuese costoso cualquier movimiento. Decenas y decenas, centenares de insectos que se habían afincado en el polvo húmedo que la cubría, notaron un temblor que les hizo huir como la arena huye de una mano que se eleva.

                Aún no veía bien. Habían pasado varios meses desde su última comida, pero el sopor de la digestión era aún gomoso. Tampoco tenía Pereza un especial motivo para salir de su cueva. No sentía hambre. No sentía instintos en ese momento. No recordaba, de hecho, el motivo por el que había despertado de su larga siesta.

                Tambores por la noche.

                Había oído tambores, pero no la habían despabilado inmediatamente; tampoco tenía la seguridad de que no hubiesen tocado durante varias noches; y no estaba segura de si eran sus tambores. Ni sentía el impulso de averiguarlo, como en otros tiempos.

                Pereza abrió la boca antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo y sintió inmediatamente un inmenso y perturbador cosquilleo en la columna y las costillas, mientras todas las articulaciones de su mandíbula crujían con un íntimo placer. Dejó la boca abierta un buen rato, de modo que le llegaban las sensaciones de calor y humedad del exterior de la cueva. Le gustaba dejar el morro fuera, que las hojas fuesen cubriendo su cabeza de roca viviente mientras el letargo de la digestión la dormía. Así también podía ver la selva nada más despertar. Pereza se desenroscó un poco, sin mostrar cuidado por el roce o el ruido, y su movimiento provocó que el árbol que crecía sobre la cueva vibrara sutilmente. De inmediato, cientos de miles de pájaros e insectos de toda la selva se sintieron alarmados. No tenía importancia. Pereza estaba aún saciada.

                Recuperó una buena parte de su visión para darse cuenta de que estaba anocheciendo. La selva se llenaría de una infernal cantidad de ruido en pocos minutos. Pensó que, de un momento a otro, se iba a sentir demasiado despabilada para continuar con su sueño y que iba a necesitar introducirse en el agua o en lodo para refrescarse. En ese momento, no recordaba cuántos afluentes del gran río eran suficientemente grandes para que ella pudiera darse un baño. Pocos, en cualquier caso.

                En una ocasión, no hacía tantos años, una muda de su piel había sido arrastrada hasta un vado, bloqueando el paso de un pequeño riachuelo, desecándolo para siempre; hasta la más olvidada de sus excrecencias era poderosa. Pero todas esas anécdotas la aburrían; deseaba, a veces, no recordar más tiempo su vida.

                Comenzó a salir de la cueva, una oquedad bajo las raíces de las secuoyas que habría servido para mantener en redil a una manada de búfalos. Salió durante varios minutos arrasando las hojas bajo su panza acorazada mientras reptaba y reptaba, se desenroscaba e iba invadiendo la sombra de los árboles.

                Tambores. De nuevo.

                Pereza comenzaba a creer que eran sus tambores. Pero esos monos parloteantes, los hombres, tendrían que tocar durante mucho más tiempo si querían despertar su interés. Porque Pereza era terriblemente grande, increíblemente vieja y había muy pocas cosas que pudiesen ya interesarle. Había visto que incluso las piedras pueden morir. Para ella, toda la vida en la selva no era más que un discurrir de hojas que aparecían para irse muy pronto, ya fuera gritando o en silencio.

                Llegó al lecho de uno de los mayores afluentes del gran río y vio y sintió serpientes y caimanes grandes como árboles huyendo ante ella. Las luchas por la supremacia con monstruos como aquellos eran ya un recuerdo de la infancia para Pereza. Su tamaño impedía toda duda y toda sensación de peligro.

Los rumores del agua y los destierros de otras anacondas hacían ver que algún anciano semejante a ella seguía creciendo en su silencioso reinado en el nacimiento del gran río. Pero no se sentía inclinada a comprobarlo, porque llevarse una desilusión a ese respecto, encontrarse con una presa de digestión pesada, en lugar de con un formidable enemigo, podría sumirla en una desidia aún más profunda.

Entró en el agua a lo largo de un minuto. Nadó haciendo grandes y constantes eses hasta que encontró la suficiente profundidad para poder sentirse cómoda. Pereza era capaz de girarse sobre sí misma sin chocar con las piedras cuadradas que en algún momento habían caído desde la orilla. Las casas de los monos parlanchines no eran tan difíciles de destruir. Ellos pensaban que algo había hecho enfadar a los dioses y les ofrecían sacrificios cada cierto tiempo para evitar esos desastres, cuando les habría sido mucho más sencillo seguir viviendo en los árboles. Pereza era uno de esos dioses.

Y los tambores la estaban llamando.

Todo se había vuelto demasiado fácil para ella en los últimos siglos. Todo era terriblemente repetitivo, pero había algo en la reverberación de esos tambores que hacía que sus tripas se moviesen y sus instintos fuesen despertando poco a poco, como fetos pequeños en un útero enorme y cansado.

Seguramente, los hombres no usaban los tambores desde hacía cinco o seis de sus camadas, de sus generaciones. Los más viejos quizá habían oído hablar de alguien que había oído hablar de alguien que decía que había visto a la diosa del gran río. Pero no podía haber ninguno vivo que la hubiese visto, a no ser que fuese un dios. Y no había dioses entre esos monos.

Pereza salió del agua horadando la orilla con su peso de tal modo que, al adentrarse en la tierra, había formado un pequeño riachuelo. Se dirigió con algo parecido al hambre hacia el sonido de los tambores; sus tambores, no tenía ya ninguna duda. Quería acabar rápido, matar de nuevo el instinto, acallar ese sonido que, por atrayente, le era molesto, y volver a dormir dos, tres meses, medio año si tenía suerte. Quizá podría ocupar algún templo viejo con su cuerpo y descansar un año de una sentada, hasta que alguien entrase a buscar oro o secretos.

Cuando llegó al poblado de los monos se dio cuenta de que habían levantado un templo que les debía parecer grande. Pudo verlo antes de ver las luces de las hogueras y mucho antes, por supuesto, de ver los sacrificios. Pudo sentir la densidad de su estructura por la sensibilidad del morro y de la lengua. Quizá treinta hombres puestos uno encima de otro podrían haber llegado a la cima de ese nuevo templo.

Ella, realmente, se podía enroscar a su alrededor y aún morderse cómodamente la cola. Era terriblemente grande, increíblemente vieja y había muy pocas cosas que pudiesen ya interesarle.

Cuando estaba a punto de entrar en el claro de la selva a recoger sus sacrificios, impaciente e irritada por la música y los bailes, Pereza vio que sucedía algo nuevo.

Otra serpiente estaba llegando allí. Le pareció que su actitud era similar a la de los carroñeros. Seguramente, había esperado durante días oyendo los tambores que no eran para ella, esperando a que la legítima diosa apareciera y, por fin, el hambre y la arrogancia la habían hecho decidirse. No era pequeña, desde luego, la serpiente invasora. Tenía la mitad del cuerpo de Pereza, quizá; mucho más joven, pero aún así, era un ejemplar formidable para la visión de cualquier jaguar, caimán o mono de los hombres.

Era del color de los troncos de los árboles y sus escamas más grandes recogían el brillo de la noche y de las llamas por igual, dándole una presencia magnífica. Seguramente, se sentía una serpiente importante y encontraría algo más que puro alimento en los sacrificios. Quizá sintiese una emoción, como una recompensa a su habilidad para sobrevivir, a su edad, a su fuerza. Pereza gruñó con algo de nostalgia mientras veía a la otra serpiente levantar la cabeza por encima de todos los monos, que se habían quedado silenciosos; incluso los que estaban atados a estacas la miraban con admiración.

Aquella intrusa podía ser una de las hijas de Pereza, pero no había modo de comprobarlo.

La intrusa no se dirigió directamente a los sacrificios, sino que se enroscó teatralmente alrededor de ellos, provocando los primeros gritos de terror, haciendo que los otros monos se alejaran al son de sus tambores, lentamente, horrorizados y enamorados a un mismo tiempo. La emoción que Pereza percibía en la intrusa le hizo sentirse, por unos deliciosos segundos, otra vez joven. En otra época ella se había divertido representando ese espectáculo antes de comer. En otra época, ella se había divertido.

Podría haber usado ese nuevo impulso, ese vigor, para entrar en el poblado arrasando las casas y peleando con la otra serpiente hasta aplastarle la cabeza con sus mandíbulas.

Se giró sobre sí misma procurando no hacer ningún ruido. Le pareció una buena idea hacer eso, mientras se imaginaba cómo la otra serpiente, aquella que quizá fuese su hija, devoraba a esos pequeños monos atados a pequeñas estacas y, si no lo recordaba mal, disfrutaba de una emoción especial e intensa que no era exclusiva de los instintos, que era algo más elevado.

Se sintió bien por ella y sintió que estaba bien alejarse y no volver a responder a los tambores nunca. Ocupar con su cuerpo algún viejo templo abandonado después de comer en abundancia y dormir cada vez por tiempos más largos, y no permitir que los monos volviesen a verla, que sus sueños y ritos se conformasen con la existencia de una serpiente magnífica y enorme, pero que no era Pereza, la más magnífica, enorme y vieja serpiente de la selva.

En caso de que no fuesen ciertos los rumores de aquel otro monstruo, aquel otro dios que crecía alimentando su reinado en el nacimiento del gran río.

Quizá algún día, si se sacudía la desidia, iría río arriba para comprobar qué era aquello tan temible de lo que creían haber escapado los caimanes, las anacondas y los búfalos.

Pero no tenía prisa, ninguna prisa por hacerlo.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 10 de Agosto de 2010 a las 14:52

En las trincheras

- ¿Otra vez pesadillas?
- Sí –respondió ella de manera seca, casi abrupta, mientras se metía de nuevo en la lujosa cama.
- ¿Y se ha calmado ya?
- En parte.
- Bien –suspiró él, acomodándose entre las mantas.
- Posiblemente –le llegó la voz de su esposa, disipando las brumas de su casi recuperado sueño-, no se vería acosado por tales pesadillas si tu padre no dedicase cada una de nuestras visitas a explicarle, con todo lujo de detalles, sus batallas de juventud.
El hombre suspiró, se colocó boca arriba y se frotó los ojos. Su mujer permanecía a su lado, recostada contra la almohada, con los brazos cruzados  y el ceño fruncido.
- Tienes que hablar con él –sentenció.
- Pamella, es un hombre mayor, no tiene ya demasiadas distracciones. Además, se alegra de ver a su nieto…
- ¡Es un niño! Tiene cuatro años. ¡Cuatro! ¿Crees que la guerra es algo que se le deba explicar a un niño de cuatro años? ¿De verdad piensas que necesita saber cómo morían los soldados en el frente?
- Bueno, no será para tanto –aventuró.
- ¿Que no será para tanto? –la voz de su esposa subió un peldaño en su indignación sin alterar su volumen- Randolph Frederick Edward Spencer Churchill, tu padre le ha estado explicando a tu hijo cuando combatió en las trincheras durante la Gran Guerra. Y por lo que el pobre me ha dicho, no ha escatimado en detalles.
- ¿En las trincheras? –algo en el tono de voz de Randolph denotó extrañeza y una cierta inquietud- ¿Estás segura?
- ¡Sí, en las trincheras! ¡En las malditas trincheras! ¡Tienes que hablar con él, Randolph, esto no puede seguir así ni un minuto más!
El hombre se incorporó y permaneció en silencio un instante, meditabundo. A su lado, su mujer lo contemplaba enfurecida.
- ¿Es que no vas a decir nada? –añadió, impaciente, tras unos segundos.
- Esto es peor de lo que pensaba –respondió, al fin, con voz preocupada-. Mi padre realmente se cree las historias que le cuenta al pequeño, como si las hubiera vivido.
- Bueno, son parte de su vida, ¿no?
- No lo entiendes, Pamella –respondió su marido mientras se permitía dedicarle una sonrisa torcida que encerraba más tristeza que sorna-. Todo el mundo sabe que mi padre jamás estuvo en las trincheras.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 11 de Agosto de 2010 a las 13:51

EL ABUELO HABLÓ


    …y entonces fue cuando mi padre (vuestro bisabuelo), que se llamaba Juan, como yo, me cogió de los hombros y me dijo…me dijo: “Juanito, si no eres capaz de disparar a ese conejo, no serás capaz de ser un buen padre de familia cuando seas mayor”. Y…os aseguro que, con los ojos llenos de lágrimas, disparé al conejo, y no sé cómo, la bala dio en el pobre animal. Y…esa noche, cenamos un guiso de conejo que mi madre (vuestra bisabuela), hizo con mucho esmero. Ni qué decir tiene que yo fui incapaz de comer la carne, me limité a tomarme las patatas y, eso sí, mojar el pan en la salsa, que estaba para chuparse los dedos. Por eso, siempre os digo que…

 

    No importaba lo que dijera el abuelo Juan, porque sus nietos no hacían nada por escucharle. Ni Jaime, ni Carlos ni Juliana. A sus 17, 15 y 14 años, lo que más les importaba era tener las manos ocupadas, echando las horas de su juventud en hacer que un muñeco mate a otro, o que entre una bola, o que un albañil enano consiga llegar a la siguiente fase. Juan, el abuelo, se esmeraba en cumplir con su labor de cuidador de la muchachada. Eso hacía cada sábado de invierno, y todas las tardes de agosto. Los padres de los críos tenían que cumplir con sus obligaciones laborales. Por desgracia para él, no tenían horario de oficina, sino de centro comercial. A cierta hora, los niños podían salir a la calle y desfogarse con sus amigos… pero las comidas eran sagradas. Si querían la paga semanal, no podían saltarse la comida con el abuelo. Y los críos, por la pasta, aguantaban cualquier cosa. A fin de cuentas, sólo tenían que apretar el botón de off cada vez que al abuelo le diese por contar una de sus batallitas.

    Jamás lo reconocería, pero Juan no soportaba esas tardes con sus nietos. Pensaba que había tenido mala suerte, ya que algunos de los nietos de sus amigos merecían mucho la pena, pero los suyos… Sin embargo, la familia es la familia, por eso en su rostro nunca podía reflejarse esa inapetencia anímica cada vez que sonaba el timbre de su puerta. Por las mañanas, cuando cocinaba cordero, doradas o cocido, sabía que sus nietos no iban a disfrutarlo. Carlos incluso traía sobres de kétchup del McDonald y ensangrentaba los guisos de su abuelo. El mayor, a veces ni siquiera se quitaba el chicle de la boca, y la pequeña, directamente, no lo comía. Sus platos acababan siendo fruto del congelador o, a veces, de los gatos callejeros del parque de abajo. Y mientras sus nietos despreciaban su comida… y a él, se preguntaba por qué no encontraba la manera de conectar con ellos. También se preguntaba si acaso merecía la pena tratarles, ofrecerles su sonrisa cada tarde de visita. Si seguía con su labor, era por hacerle un favor a su hijo, de quien realmente se sentía orgulloso, a pesar de no haber sido capaz de educar como es debido a su prole.

 

…sí, sí, ya me acuerdo… fue entonces cuando conocí a Gustavo, cuyo hermano había hecho el servicio militar conmigo… y entonces él me convenció para irnos a Francia a trabajar en una fábrica en la que trabajaba un hermano suyo…otro hermano, porque tenía nueve, imaginaos. Yo en esa época ya estaba perdidamente enamorado de vuestra abuela, así que para mí, la idea de salir del pueblo durante al menos un año pues… me mataba, porque vuestra abuela era una moza bien guapa, y un año demasiado tiempo…podía llegar cualquiera y pedirle relaciones. Pero decidí hacerlo, porque yo quería ganar dinero, para así poder volver con algo ahorrado y montar mi taller de bicicletas que tanto deseaba tener, y ya sabéis que…

 

    Y aunque lo supieran, no les importaba. Para Jaime la familia no era importante, de hecho, era una carga. Pensaba que al cumplir los 18 podría irse por fin de casa. Su sueño era cogerse a dos amigos y a su chavala de turno y escaparse por Europa, por supuesto costeado por sus padres. Carlos era la esperanza del abuelo; mantenía la chulería de su hermano mayor, pero tenía ambiciones artísticas, y leía mucho. Es curioso, era un buen lector, pero un pésimo escuchante, sobre todo si las palabras procedían de alguien mayor de cuarenta años. Juliana, la pequeña, era un despropósito de niña; era la típica chica que se cree una mujer y que anhela operarse los pechos. Por más que rascara el abuelo, no encontraba en ella ni el más mínimo indicio de sensatez. Juan, cuando se paraba a contemplarlos, no dejaba de preguntarse qué ha pasado en estos años para que la juventud haya perdido el norte… o al menos el respeto en los mayores. Su hijo fue un buen hijo, pero no supo ser un buen padre, quizás porque no supo cómo hacerlo, quizás porque no entendió la importancia de la jerarquía en las relaciones entre padres e hijos. Pero Juan tenía que seguir con su labor, y cada tarde de sábado seguía sonando el timbre de su puerta, muy a su pesar.

 

    ….y cuando tenía 40 años, cometí la mayor estupidez de mi vida: fui infiel a vuestra abuela. Os aseguro, niños, que yo la amaba, la amaba a rabiar, pero a esa edad pasé por una etapa de mediocridad mental que me llevó a flirtear con una vecina. Menuda gilipollez… una vecina de 25 años. Estaba buena, sí; grandes tetas…eso no se podía evitar, pero me dejé llevar y empezamos a quedar a escondidas… para follar como jabatos. Llegó un momento en el que éramos muy descarados, demasiado visibles para un edificio de pocos vecinos. Y pasó lo que tenía que pasar: el marido de la vecina salió antes de tiempo de su trabajo…abrió la puerta con cuidado para no hacer ruido. Lo único que se escuchaba eran nuestros jadeos… El hombre encolerizó, cogió un bastón y empezó a pegarnos con todas sus fuerzas…que eran muchas. Yo resistí mejor los golpes. Ella…aquella mujer, no sobrevivió. Un bastonazo en la nuca acabó con ella. Murió en mis brazos amoratados…mientras el marido saltaba por la ventana para decir adiós a una vida perra. Vuestra abuela me perdonó. Yo le juré fidelidad…esta vez de verdad. Y así fue. Poco después la abuela quedó embarazada de vuestro padre. Niños…no tenéis ni puta idea de lo que es el sufrimiento…pero como no llevéis una vida decente, honrada, como buenas personas…vais a ser unos putos desgraciados.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 12 de Agosto de 2010 a las 10:03

Nostargos

 

 

El mendigo salió al patio con una canasta de comida y una jarra de vino entre las manos. Era el rescate que había cobrado a los comensales para librarles de su presencia en el banquete. Eso, más alguna palabra gruesa y algún golpe en las costillas.

Al olor de la carne, un perro salió de la noche y se acercó precavido al hombre. Estaba acostumbrado a las patadas. El mendigo apreció de un vistazo al nuevo convidado: el tamaño de sus mandíbulas; la torpeza de sus patas que le daban ya la dignidad del derrotado inapelable; las orejas desgarradas, los cuartos traseros llenos de mataduras, como quien ha disputado hasta el final por todas las hembras y por todos los bocados; las ronchas vergonzosas de la vejez en los codillos y en el costillar. Finalmente, la calva en torno de su cuello daba noticia de los muchos años de servicio a un amo y de su abandono actual.

- ¡Vaya! -dijo el hombre- Siempre hay alguien más necesitado que uno. Tú, seguramente, has sido un perro intrépido y veloz en la carrera. Habrás acosado al jabalí en la profundidad del bosque y habrás perseguido cabras montaraces y alígeros ciervos por las laderas del monte. Ahora que te abruman los años, tus dueños te han abandonado. Toma, acércate.

El mendigo le tiró un currusco de pan y un hueso grande con algunos jirones de carne. Los dos se aplicaron a comer: el hombre, con la espalda contra el muro, las rodillas recogidas y la canastilla en el regazo; el perro, de pie, cuadrado sobre sus patas y humillada la cabeza, pero con los ojos vigilantes. Tentado estuvo el mendigo de arrebatarle el último mendrugo, solo para demostrarle quién era el amo. Desistió: eso era un juego para adiestrar cachorros, y ahora sólo sería un último y estéril desafío que quizás perdiera. Realmente, aquel perro tenía unas mandíbulas muy grandes y era demasiado viejo: se merecía un respeto por las dos cosas.

Cuando acabaron de comer, el perro se echó junto al vagabundo. El hombre le pasó el brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres. Con los ojos cerrados se aplicó a escuchar el canto del aedo. Sólo llegaban palabras sueltas, suficientes para completar versos que sabía de memoria y seguir el relato sobradamente conocido.

- ¿Sabes?, yo también he sido poderoso como tú. He alzado mi grito de guerra por encima del estrépito del bronce y del clamor de los que lo buscan. He asolado ciudades bien amuralladas, he pasado a cuchillo a sus habitantes con la piedad justa que demandan los dioses. He esquilmado los campos de mis enemigos, y me he llevado sus mujeres y sus hijos, botín de llantos. Yo y mis compañeros hemos batido el canoso mar con nuestros remos. He visitado la tierra de los Cíclopes, los soberbios sin ley, que ni labran la tierra ni tienen ágora para el consejo. Yo cegué al más bárbaro de todos ellos, Polifemo, que come carne humana y bebe leche no mezclada. Perdí a mis compañeros, unos en los naufragios del mar, otros en la tormenta de las espadas. Subí al lecho de Circe, la hechicera de lindas trenzas, y después conocí durante siete años el amor insaciable de la ninfa Calypso, que me retuvo en su isla sin dejarme partir hasta que los dioses se lo ordenaron.

El mendigo apuró el último trago de la jarra.

- Ahora, cuando por fin he regresado a mi patria, debo esconderme de aquellos que maquinarían mi muerte si supieran que he vuelto. Atenea, la diosa, me protege. Ella me ha cubierto con estos harapos que me hacen detestable a la vista. Así paso inadvertido entre los que mal me quieren. Ella ha arrugado mi piel, ha encorvado mis hombros, ha hecho desaparecer de mi cabeza los rubios cabellos, ha llenado mis ojos de legañas. Ahora repugno a todos los que banquetean ahí dentro, y ninguno me conoce.

«Pero el tiempo de mi regreso está por cumplirse. Dentro de un rato, ahí dentro abrirán el surco para las hachas y las alinearán a cordel para el certamen. La diosa me despertará para que entre y vea cómo ninguno de esos jóvenes insolentes tiene fuerzas para ajustar el curvado arco. Me injuriarán como antes, querrán impedir que yo lo coja entre mis manos. Tensaré la cuerda que nadie ha sido capaz. Se me caerán los harapos, se estirará mi piel, se engrosarán mis brazos y mis muslos. Se hará el silencio y mi flecha pasará por el ojo de las segures. Luego, diré mi nombre y comenzaré la matanza.

El sol había apagado las estrellas y pintaba el cielo del color de la carne. La puerta se abrió y salió una criada con un zurrón en la mano. Con el pie, acarició las costillas a los dos, al perro y al hombre, para que despertaran.

- ¿Por qué me miras así, viejo? Ni que se te apareciera la diosa. Me reiría, si no fuera porque esta mañana tengo tanto trabajo recogiendo los restos de la fiesta que nada me hace gracia. Venga, marchaos tú y tu perro, antes de que el príncipe amanezca y se enfade por veros en su puerta. Y agradécele al ama las sobras del banquete.

El viejo tasó su botín de mendigo con un par de apretones a la bolsa. El perro venteaba los huesos, los restos de carne y morcillas. Renqueando, salieron a la calle. El viejo miró hacia arriba, hacia la torre que vigilaba el puerto. El camino era corto, empinado. Lo subieron uno al lado del otro, con la misma constancia con la que el sol se levantaba ya en el horizonte. Y allá arriba, recostados contra los muros de la atalaya al tibio sol de la mañana, soñaron con los ojos abiertos los barcos que pasaban.

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

¿Quieres que te informemos de cómo publicar tu obra? Déjanos tu teléfono y te llamamos sin compromiso.

Introduce el nombre

Introduce el teléfono

Introduce el E-mail

Introduce un email válido

Escoge el estado del manuscrito

Debes validar que no eres un robot

Gracias por contactar con Bubok, su mensaje ha sido enviado con éxito. Una persona de nuestro departamento de asesoría al cliente se pondrá en contacto contigo a la mayor brevedad.
Enviar