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R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008

XLI Certamen de Relatos: Civilización

29 de Agosto de 2010 a las 22:04
IndianaVelarde me ha pedido que anuncie en su nombre el tema del XLI Certamen relatístico: CIVILIZACION.

Espero que os guste y os motive la pluma.

civilización.

1. f. Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana.

2. f. Estadio de la evolución de esa sociedad.

3. f. progreso (avance). Ha llegado la civilización a ese pueblo.

4. f. Acción y efecto de civilizar.


IndianaVelarde
Mensajes: 799
Fecha de ingreso: 19 de Febrero de 2010
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  • 1 de Septiembre de 2010 a las 12:05
Buenas. El plazo para subir relatos finalizará el próximo jueves día 9, a las 21.00 horas. Lo digo para los apresurados de la última media horita. El plazo para comenzar a votar comenzará igual que siempre a las 22,00 horas, para evitar lecturas apresuradas. A ver si se anima el primero, que esto empieza a oler ya.
ElCubo
Mensajes: 1.621
Fecha de ingreso: 15 de Agosto de 2010
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  • 1 de Septiembre de 2010 a las 23:58

Disculpad si pregunto lo que no debo o si lo hago en el sitio incorrecto (en mi defensa alego que soy novato):

1: ¿Puedo participar?

2: ¿Cuántas palabras 200-1700? He visto otro hilo más arriba pero desconozco si está relacionado con este concurso.

Gracias a cualquiera que me aclare lo que pregunto. Agur.

bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 2 de Septiembre de 2010 a las 0:10

Mándale un privado a IndianaVelarde, que es el MdC, y el te contesta.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Septiembre de 2010 a las 11:33

EL POZO QUE SIGUE MIRANDO

 

Bajo las cejas le crece una sombra a mediodía que esconde un brillo antiguo, una especie de aviso provinciano de peligro. El rostro está marcado como el campo y las manos son anchas y tranquilas como una mesa de madera, le cuelgan junto a los bolsillos porque no hay de qué ponerlas en otra parte. Las cabras, a su espalda, mueven la boca de un lado a otro, como si se limpiasen los dientes con la hierba.

El cuello le tira porque tiene la cabeza inclinada para intentar mirar el final del pozo donde se murió el hijo de su hermano.

“No se hace un pozo y se deja”, piensa, pesimista pero a la vez resignado. “No se hace un pozo y se deja en medio del campo y luego no se explica para qué se hizo el pozo”.

Niega con la cabeza en silencio; no suspira. No necesita más aliento del que habitualmente respira ni se expresa por otro medio que el brillo de sus ojos. El pozo parece bien construido y tiene ladrillo moderno; no es desnudo ni es de piedra negra y húmeda. Es foráneo, rojizo, no tiene nada que ver con el campo y destaca como un reloj de cuco destacaría en un nido de cigüeñas. Sin embargo, en primavera, la hierba se hace más verde y espesa y a veces tapa al pozo; y la gente se puede caer, aunque no es por culpa de la hierba, claro está, sino por culpa del pozo, ya que nunca se ha oído de nadie que tropiece con la hierba y se caiga de bruces y se mate.

El viento hace que las cabras de repente muevan los cencerros y se desplacen todas unos metros, como si la hierba también se hubiese desplazado. Las mira con simpatía; son tontas, las cabras; hacen cosas locas; son pequeñas y duras y nunca saben lo que les espera.

Después de mirar sus cabras se vuelve hacia la colina que hay a treinta metros del pozo y se fija en el poste de cemento que tiene forma de rastrillo. Es enorme; no tiene cables; no sirve para nada, igual que el pozo. Alguien lo puso allí y luego pensó que no había sido una buena idea; de otro modo, no se explica. Un hombre de campo, un hombre como él, nunca levanta un palo si no sabe para qué va a servirle. No lo levanta para dejarlo allí en medio. No hace agujeros en la tierra para dejarlos abiertos y que los niños se caigan. Ni siquiera una lombriz hace un agujero en la tierra para luego meterse en otro.

Su hermano, el padre de la criatura, se fue a la ciudad a pedir explicaciones, pero no las tuvo. Él se iba al pozo para intentar entenderlo, pero tampoco lo entendía.

Sube la colina agachando la cabeza y secándose el sudor de la nuca con un pañuelo. El poste se va cuadrando a medida que el hombre se acerca, cada vez más alto, con una mirada de rastrillo cada vez más orgullosa y lejana. El hombre intenta entender hacia dónde mira el poste; no es la primera vez que lo intenta. No hay nada más que campo a uno y otro lado. En la falda de la colina, sin embargo, se había arrasado la hierba y se había alisado el terreno en algún momento, como si lo preparasen para chorrear encima una carretera. El alquitrán nunca llegó, ni los cables del poste, ni los agujeros hermanos del pozo, ni otras construcciones que acompañasen a la caseta abandonada del ingeniero.

En el terreno liso, sin embargo, aún quedan dos parejas de piedras haciendo de porterías para que los niños jueguen al fútbol; sólo que los niños ya no juegan allí al fútbol, eso no hace falta repetirlo. No mucho más allá, a la derecha, está el pueblo y al otro lado, a la izquierda, otro pueblo. Es de sentido común pensar que ese trozo aplastado iba a ser una carretera que uniese los dos pueblos. Pero, ¿por qué se abandonó? ¿Por qué ya no tenían que estar unidos? El hombre piensa en esas preguntas porque todas tienen que ver con el por qué de la existencia del pozo y con el por qué de la muerte del hijo de su hermano. Se imagina, para poder entenderlo, que le dice a su esposa que va a levantar un gallinero nuevo cerca de la casa y, para ello, pone unos palos que formen las esquinas. Al día siguiente, deja de ser el hombre de la casa y entra otro para cuidar de su familia, ve los cuatro palos y decide no hacer el gallinero, y los deja puestos, y se dedica a otra cosa.

El hombre se da cuenta de que las cabras lo han seguido y ahora ocupan la colina y siguen mascando hierba, como si no fuese comida, como si fuese divertida.

Es un hombre prudente que no tiene a uso entrar en propiedades ajenas, pero ya ha pasado suficiente tiempo para pensar que la caseta del ingeniero ya no es del ingeniero ni de nadie, sino que es otra cosa más que parece un reloj de cuco en un nido de cigüeña. Aprieta los dientes, con el brillo peligroso de sus ideas de provincias custodiado por la sombra de sus cejas. Se pone a bajar la colina con soltura, mucho más ágil que el gesto paciente de su rostro cultivado, quemado y curtido. De repente, está atravesando el proyecto de carretera, el abandonado campo de fútbol, y no sabe por qué camina tan rápido. Se imagina que camina así de ligero y apretado precisamente porque no sabe nada y cada vez entiende menos. A medida que se va a acercando a aquella caseta se va dando cuenta de que no va tocar siquiera el pomo. Pisa la puerta como si ésta yaciera en el suelo y él bajara del cielo. Revienta la cerradura y manda la puerta a golpear la pared de al lado. El polvo salta por todas partes como si llevase años preparando una emboscada. El aire que sale de la caseta es aún más caliente que el del campo. Es un calor enfermo y pasado de fecha.

Entra en la caseta y se planta en el centro; sus dedos se han retorcido sobre sus palmas para formar dos puños, un solo puño en su cabeza. A veces siente la pérdida de su sobrino como si hubiese ocurrido unas horas antes. Y a veces la siente como si fuese a ocurrir en pocos minutos. Entonces se enfurece y padece la necesidad de hacer algo. Una cosa poco sensata se le cruza por la cabeza como la fuga de un toro. Es la primera vez que está allí dentro, pero no es la primera vez que se imagina dentro. Se ha imaginado, en otras ocasiones, que sobre una enorme mesa descansa todavía la maqueta de un proyecto, de una ciudad enorme que uniría los dos pueblos para traer colegios, hospitales, bibliotecas, restaurantes y promesas desde el futuro de los hombres.

Pero no hay ninguna maqueta. Hay una mesa vacía, una silla vacía, un armario que no es ni de madera ni de metal, también vacío. El hombre se acerca a la mesa y comprueba que tiene cajones, como las mesas de los médicos de consulta, de los concejales y de los que conceden las subvenciones para el campo. Descubre que hay papeles por el suelo, cubiertos por el polvo, pero son papeles en blanco, ahora en sucio amarillento. Fuerza los cajones con la navaja de comer y de cortar sogas. Saca todo lo poco que hay dentro. Dos carpetas, un montón de cartas abiertas, una grapadora, una tiza azul, absurda y sonriente. Las carpetas están llenas de esquemas incomprensibles, de albaranes de compra de materiales, da facturas proforma, escritos que sólo conoce porque tiene sesenta y cinco años y ha visto muchas cosas.

Las cartas le son más fáciles de entender; son cartas del trabajo y hay una carta que no es del trabajo, que es de la mujer del ingeniero. En esa carta, leída con esfuerzo, viene el nombre del ingeniero y en el sobre viene la dirección desde donde se envió; la dirección donde estaba la mujer del ingeniero cuando mandó la carta y, quizá, con suerte, la dirección en la que él sigue viviendo con su familia. Quizá con sus hijos vivos.

El hombre se guarda el sobre en un bolsillo del pantalón y se tapa la boca con la mano. Su sobrino va a morir en unos minutos y él aún puede hacer algo; salvarlo no, por supuesto; pero algo. El hombre tiene dos hijos criados, con sus propias familias criándose, y pueden cuidarle la mujer y las cabras durante unos cuantos días. Y él, si coge el autobús a la ciudad, y luego el otro autobús a la ciudad que viene en el sobre, quizá pueda encontrar al ingeniero y hacerle una pregunta. Necesitaba saber por qué, para poder cerrar el pozo que hay en su cabeza a la vez que hay un pozo en medio del campo. Ya no necesita saber por qué lo excavaron, porque está en la naturaleza del hombre equivocarse y ponerse a hacer otra cosa; quiere saber por qué después de hacerlo lo dejaron allí en medio para que cualquier niño pudiera caerse y matarse. Como si el campo fuese una puta; como si dejase de existir después de agujerearlo y volver uno a la ciudad.

El hombre confía en que aquel ingeniero quizá tenga una oreja que se enteró de la muerte de su sobrino y un corazón que lo sintió con amargura. Y quizá tenga una excusa que le ayude a entender. Han pasado veintisiete años desde entonces, pero aquella muerte hizo que el corazón del hombre se parase y comenzase a latir hacia atrás, contracorriente. Quizá así fue el del arquitecto, y vive en penumbras; quizá aún tiene un buen motivo que le impide volver para tapar el pozo, para prevenir la muerte, para cegarlo con sus máquinas. Y, si ya no tiene las máquinas, para no rellenarlo aunque sea con su sangre, su carne y sus huesos.

 

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Septiembre de 2010 a las 21:16

Los Aiítas


Cada trimestre, el profesor de Ciencias Sociales Antonio González les pide a sus alumnos de 4º de la ESO que realicen un trabajo voluntario que, en caso de tener un buen resultado, les puede hacer subir su nota final de la asignatura. En esta ocasión, el profesor decidió que el objeto del trabajo consistiera en la creación de una civilización oculta; un pueblo que haya habitado durante siglos en una isla desconocida, y que jamás haya tenido contacto alguno con otros humanos. Transcurridos los tres meses, Antonio corrigió los 15 trabajos que había recibido, de los cuales seleccionó los tres mejores para que sus autores los explicaran en la clase y así se pudiera generar un debate.

Esa mañana de viernes, todos los chavales sólo podían pensar en el fin de semana. Sin embargo, parecían entusiasmados con el tema de las civilizaciones ocultas. El primero en exponer su trabajo era Felipe Soto, un chico de 16 años activo, inteligente y con don de gentes; capaz de ganarse tanto  a sus compañeros como a sus profesores sin que los primeros le tomaran por un empollón o un pelota.


-A ver, Felipe. Explica a tus compañeros cómo es la civilización que has creado.


El chico ya tenía pegado a la pizarra una cartulina con el dibujo de su isla y el nombre de su civilización: Los Aiítas.


-Pues… empiezo. Mi civilización se llama “Los Aiítas”. Se trata de un grupo de humanos que habitan una isla que podría tener el tamaño de… Toledo, más o menos. La isla se encuentra en una zona desconocida del Océano Ártico. La población oscila en unos 3000 en épocas buenas, aunque en épocas de enfermedades han llegado a ser unos 500, siglos atrás, por la peste, y eso. La población es blanca, estilo escandinavo. Son omnívoros, pero se alimentan sobre todo de carne de focas, peces y algunas verduras y frutas que ellos mismos cultivan. Desconocen la leche, porque no tienen vacas; pero sí los huevos… aunque no de gallinas, sino de una especie autóctona parecida. Los Aiítas hablan un idioma propio, pero gesticulan mucho. Escriben, pero no publican nada. Es decir… que pueden escribir cosas para entenderse entre ellos, pero no tienen por costumbre escribir sus pensamientos, ni saben lo que es la ficción. Bueno, tan sólo en los cánticos, que hablan de leyendas y personajes importantes en su civilización.
Hacen uso de la rueda, pero no la inventaron, sino que les llegó una hace 500 años, seguramente de algún barco que naufragó. La utilizan para trasladar objetos, pero nunca personas, ya que está mal visto.


-¿Por qué está mal visto?-interrumpió el profesor.


-Porque… porque es ofensivo, es como que las personas tienen que andar por sí solas. La rueda es un signo de debilidad, por eso sólo se lo permiten a los enfermos.

 
-Vale, prosigue.


-Pues… Ah, sobre la política. Digamos que sólo hay una tribu, una gran comunidad. Y se gobiernan a través de votación a mano alzada. Pero, sólo puede votar el patriarca de cada familia.  Entonces no hay un gobierno, sino que toman esas decisiones y van tirando. Pero que se trata de decisiones importantes. Sobre las cosas básicas se basan en una especie de ley no escrita.


-Derecho Consuetudinario-volvió a interrumpir el profesor.


-Eso.


Un alumno con cara de gamberro preguntó sin levantar la mano.


-¿Y qué pasa con las guerras? ¿Se dan de hostias o qué?


Hubo una risotada generalizada en la clase, y los alumnos del aula vecino alzaron la cabeza para ver qué pasaba.


-No conocen la guerra. Porque, ni han sido conquistados ni han conquistado. Y, entre ellos no han tenido grandes disputas. Si acaso algún altercado, pero por cosas normales: robos de alimentos, envidias, disputas familiares…


-Cuernos…-apuntó de nuevo el travieso, originando una nueva carcajada.


-Felipe, ¿y qué nos cuentas de la religión en tu civilización?-preguntó el profesor con interés.


-No existe, porque no creen en ningún dios.


-¿En ninguno?-inquirió Antonio-Sería quizás el primer caso conocido de un pueblo sin un dios al que adorar.


-Pues los Aiítas no; no creen en esas cosas.


-Bueno, ya sabéis, chicos, que las creencias religiosas suele tener su origen en el miedo al más allá, a lo que haya después de la muerte y, también, en la incapacidad para demostrar el por qué de las cosas, el origen de la vida, la propia existencia. Por eso, Felipe, nos tienes que desarrollar más  ese hecho de la no existencia de la religión en la civilización Aiíta.


-Los Aiítas no creen en dioses porque no les  preocupa la muerte. A ver… ellos creen que cuando mueran, pasarán a otra vida, pero ellos no vinculan esa otra vida a ningún dios. Ellos sólo creen en ellos mismos, como hombres que son. Y no se hacen preguntas filosóficas sobre el origen de la vida. Se limitan a preocuparse por la comida, y por evitar morir de frío, porque os recuerdo que están en el Océano Ártico.


-Bueno Felipe, pelín pillado por los pelos tu teoría de la inexistencia de la religión-dijo Antonio queriendo picar a su alumno.


-Pero es que es así. A ver, en la cultura occidental hay ateos, ¿no? Y cada vez hay más. Mi tío es ateo, y yo casi lo soy. Entonces, si hay ateos en España, ¿por qué no los iba a ver en mi isla?


-Bueno, porque tú estás diciendo que allí todos son ateos. En tantos años de civilización Aiíta… ¿no ha habido ningún grupo de personas que se plantearan la posibilidad de la existencia de un ser superior?-respondió el profesor, cada vez más metido en materia.


-Bueno… ahora que lo menciona… Hace unos 700 años sí hubo un pequeño grupo, que a raíz de la visión de un cometa, se plantearon dicha posibilidad. Pero… los mataron a todos.


El comentario de Felipe ocasionó un griterío generalizado.


-¿Y aquello no ocasionó una guerra?-metió Antonio el dedo en la herida de Felipe.


-No, fue un episodio oscuro en la historia de los Aiítas… pero el tiempo hizo olvidar este hecho. Recuerde que dije antes que ellos no publican sus escritos. No hay constancia alguna de aquello.


-¿Entonces cómo sabes que eso ocurrió?-preguntó un segundo alumno gracioso.


-¡Joder, porque los he creado yo!-dijo malhumorado el chico.


-Felipe, en tu trabajo escrito resaltas el pacifismo de los Aiítas, y lo explicas debido a la inexistencia de fronteras y de religiones. Te pregunto una cosa: ¿ni siquiera el hambre ha provocado guerras o batallas entre ellos?


-No. Ya dije antes que sólo discusiones entre individuos… o como mucho familias. Y se debe a que los Aiítas consideran que no hay categorías sociales. Cada individuo vale lo mismo. Los cazadores tienen el mismo derecho a comer que los patriarcas, y lo mismo las mujeres y los enfermos. Por eso allí no hay disputas por la alimentación. Además, por lo general, hay comida para todos. No mucha, pero hay. Y están acostumbrados a tener una alimentación escasa, pero llena de grasas.


-Bueno chicos, antes de que pase el siguiente trabajo, ¿tenéis alguna pregunta para Felipe?


Tres o cuatro levantaron la mano. Antonio le indicó a Susana, la novia de Felipe, que formulara su pregunta.


-Felipe… ¿los Aiítas son comunistas?


-No exactamente, ya que en los estados comunistas, hay un gobierno que ejerce el control, y además de manera muy férrea. Aquí, repito, no hay gobierno. Es como una democracia sin gobierno. Ten en cuenta que tampoco tienen grandes decisiones que tomar. En la isla no pasa nada.


-O sea, que son hippies-dijo buscando la risa el primer gracioso, aunque esta vez no la encontró.


-Son Aiítas, y ya está.


-Otra pregunta. A ver, Ricardo-indicó Antonio.


-Soto… Entonces… en tantos siglos de existencia… ¿ninguno ha tenido la inteligencia suficiente como para inventar cosas que ayuden a su desarrollo como sociedad?


-Inventaron el fuego… diseñan cabañas e iglús… Crearon armas para cazar… Pero poco más. Piensa que allí apenas tienen medios y, lo que es más importante… no han conocido otras culturas de las que aprender.


-Exacto, Felipe-dijo entusiasmado el profesor-Has dado en la clave, porque… está claro que las distintas culturas, los distintos pueblos se han beneficiado de los progresos y descubrimientos de los demás, de forma que con el paso del tiempo, y con el intercambio de información, la humanidad ha ido progresando. Pero, los Aiítas, al estar aislados, no han tenido conocimiento de esos avances. Esto mismo les ha pasado a poblaciones indígenas de África o incluso del Amazonas y Australia, que viven casi como en la prehistoria que conocemos.

 
Alzó la mano un tercer alumno para preguntar.


-Oye Soto, ¿y qué hacen los Aiítas para entretenerse?


-Hablar… hablan mucho entre ellos. Hacen bromas, muy tontas para nosotros, pero ellos se parten de risa. Son muy gestuales. Imitan animales, por ejemplo. También cantan, tienen sus danzas. Pero casi todo eso lo hacen en familia, porque afuera hace mucho frío. Y poco más. Los hombres adultos juegan a competir. Por ejemplo… a ver quién pesca más, quién caza la foca más grande, quién es el más veloz… El más fuerte es el que liga más; en eso son muy animales.


-Bueno, Felipe, ¿quieres decir una última cosa sobre tu civilización?-le preguntó Antonio.


-Pues… que me extraña que nadie me haya preguntado por qué no se ha descubierto esta isla.


-¡Porque no existeeee, Sotontoooo!-gritó el segundo gracioso de la clase, y originó otra nueva risotada.


Al profesor le costó poner un poco de orden en su clase. Pero antes de que Felipe bajara de la pizarra, hizo una pregunta a la clase.


-Chicos… y ahora que hemos conocido a la civilización Aiíta… ¿quiénes pensáis que son más felices, nosotros… o ellos?

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Septiembre de 2010 a las 21:40
  “El legado del ocaso”

Cuando su cuerpo hubo encontrado cobijo en el interior de la nave, “Z” apoyó todo el peso de su ser sobre el portón que dejó tras de sí, y a pesar de todo su empeño, apenas si sentía como éste se desplazaba unos pocos milímetros. Los chapoteos que provenían del exterior pronto se tornaron en pasos y los pasos en zancadas y, cuando el fétido aliento de su perseguidor casi le hubo alcanzado, cuando el abrazo de la muerte se presagiaba tan cierto como para presentir el abrigo de un sueño eterno que le envolvería para siempre, la puerta se cerró súbitamente y el estruendo ocasionado retumbó por las paredes metálicas del pasillo hasta hacerle caer ensordecido por el eco.

“Z” rescató su maltrecha valentía y se incorporó con manifiesto sigilo mientras alejaba las manos de sus quebrantados oídos con cautela. El ruido había cesado y abrió los ojos. La oscuridad era plena. Decidió extender sus brazos en toda su amplitud para averiguar el ancho del pasillo y sus manos completaron el ejercicio palpando el viscoso líquido que recorría las paredes en caída descendente desde el techo. Cerró los ojos anhelando que el resto de sus sentidos se agudizaran y sintió, por primera vez, la desapacible brisa que recorría el pasillo en pausada huida hacia el exterior del artefacto: un hálito frío y denso que colmaba sus pulmones y atravesaba su cuerpo erizándole el vello de la espalda.

Comenzó a caminar por el ceñido pasillo metálico y, a cada paso que daba, la corriente se hacía notar con mayor intensidad. Volteó la cabeza en dirección a la puerta buscando una alternativa que le liberara de su avance por aquel tenebroso lugar y, armándose de todo el coraje que pudo encontrar en su turbado pero ileso espíritu, continuó su viaje con destino desconocido a lo largo del túnel.

Poco a poco, sus ojos recobraron su utilidad acomodándose a la ausencia de luz, y las sombras que hasta entonces apenas podía distinguir se convirtieron en figuras y formas que, aunque indefinidas, dejaban de obstaculizar su lento y quejumbroso avance por el lúgubre pasaje donde se hallaba. Al final del pasillo, un exiguo hilo de luz comenzó a clarear las paredes metálicas que enclaustraban el pasadizo a modo de enorme tubería y, tras un calmoso pero firme caminar, "Z" alcanzó el final de la primera etapa de su trayecto.

La escalera que ascendía al nivel superior de aquel artefacto abandonado gemía a cada paso que daba y "Z" resolvió aguantar la respiración cada vez que apoyara el peso de su cuerpo en un nuevo peldaño como si este acto pudiera otorgarle mayor liviandad o confianza. Trece escalones de lastimosa subida le aguardaban, trece respiraciones interrumpidas que palidecieron su rostro hasta configurar un semblante casi cadavérico, y cuando la ascensión fue completada, la escalinata se resquebrajó para hacerse añicos conformando un curioso amasijo de hierros y cables. "Z" respiró profusamente para recuperar el resuello mientras observaba a su espalda la montaña de escombros bajo sus pies. Frente a él, una puerta entreabierta daba acceso a una gran sala.

Lo que pudo ver a continuación era difícilmente definible pues la nada no tiene descripción. Sus ojos no podían reconocer ningún objeto, ninguna luz, nada. La estancia no estaba oscura, simplemente, la información que llegaba desde sus ojos era indescifrable para su mente y se sintió como el bebé indefenso que contempla todo por primera vez. Nada era reconocible. Nada era igual a nada de lo que jamás hubiera visto, si es que realmente algo estaba en su presencia, ya que, para él, sólo existía un alarmante e incomprensible vacío que su mente no podía completar y que alteraba su frágil consciencia hasta llevarla a los límites de la locura.

Como fruto de la gigantesca incredulidad que le poseyó, una pavorosa sensación de ahogo comenzó a apoderarse de su ser bloqueando el movimiento de sus músculos por completo. Sus piernas y brazos se agarrotaban sin remedio con una extrema rigidez nunca sentida antes por "Z" y, cuanto mayor era su esfuerzo por evitarlo, con superior intensidad crecía su ansiedad y frustración. "Z" exhaló un aterrador grito desde lo más profundo de su alma como último intento para liberar el terror que le amordazaba y paralizaba, pero de su boca sólo brotó una muda bocanada de aire. Fue entonces cuando experimentó de nuevo aquel resplandor, aquel fogonazo de luz que lo cambió todo y que provocó su huida a ninguna parte, aquel terrible dolor de cabeza que precedió a la aparición de los abominables seres que comenzaron a perseguirle.

Sus ojos buscaron auxilio recorriendo todos los ángulos de la sala y, sólo gracias a ello, reparó en las solemnes y tétricas estatuas que gobernaban la misma. Resultaba asombroso que no las pudiera haber visto con antelación.

En cantidad próxima a la centena, las efigies de tamaño natural que se alzaban frente a sus ojos gozaban de un realismo cercano a la perfección, representando, de todas las formas imaginables y con extrema crudeza, la fúnebre congoja de hombres agonizantes: hombres lapidados, ahorcados, arrojados a las llamas, descoyuntados… Los más viles y perversos modos de muerte eran encumbrados en aquel altar del horror que, con asombroso detalle, componían un repugnante monumento a la vista del desdichado visitante que llegara a la sala.

“Z” no supo reconocer los extraños ropajes que vestían aquellos individuos, ni tampoco las armas y demás enseres que portaban. Reparó, sí, en el asombroso parecido de aquellos individuos para con él. Eran grandes y musculados y de rasgos rudos y angulosos. Tal vez, pertenecientes a una raza superior tan extrañamente parecida a la suya...

-”Z”, no te asustes.

-¿Quién está ahí? Esa voz... Yo... yo te conozco.

-No debes tener miedo. -Le explicó la voz que emergió de las sombrás tras de él.

-¿Dónde estoy?

-En un museo abandonado.

-Un museo de los de tu especie -Añadió otra voz mucho más grave y ronca.

-¡Calla!

-...Pero él debería saberlo.

-No está preparado. Es demasiado joven todavía para entenderlo.

-Ya tiene diez ciclos solares... -Insistió la voz más ronca a su acompañante.

-¡Todavía no! Podría hacer fracasar el experimento, recuerda lo que pasó con los otros. -Susurró la voz más aguda.

Dos figuras monstruosas aparecieron ante “Z” y éste vació el contenido de su estómago tras esforzadas arcadas provocadas por el putrefacto hedor que desprendían aquellos seres.

-¿Quiénes sois? ¿Qué sois? ¡Alejaos de mi, por favor!

-Debes regresar con nosotros.

-Toma -una de aquellas formas ofreció a “Z” un objeto-. No debiste quitártela, tus sentidos aún necesitan adiestramiento para dejar de usarla.

-¡Mi mascara! Se me rompió el visor mientras jugaba -gimió “Z” entre sollozos-. Sólo quería repararlo.

“Z” tomo el objeto que aquel engendro le brindaba y se lo puso. Después, contemplo con asombro los seres que tenía frente a él.

-¿Mamá? ¿Papá?

concursoderelatos
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  • 4 de Septiembre de 2010 a las 18:51
ATOLLADERO

En Atolladero había un millar de chozas, chabolas y refugios; contenedores herrumbrosos que se obstruían unos a otros y formaban un entramado de callejuelas de planta irregular. A su alrededor, más allá de la última chabola del antiguo campo de refugiados, se encontraba el mayor vertedero de basura de Occidente; fuera de sus límites, lejos del gran muro de contención occidental. 

El pequeño Entil, de once años, no era más que otra rata que regresaba del vertedero. Caminaba rápido, con la chaqueta verde cayéndole mucho más abajo de lo acostumbrado por el peso de los componentes frescos que había encontrado entre montañas de monitores destrozados. Esa mañana no obtuvo gran cosa, aunque se arriesgara a husmear por allí cuando los camiones aún estaban saliendo. Los guardias de Residuos solían disparar sobre ellos si veían asomar alguna cabeza. No los querían cerca. 

Después, los camiones volvieron por el túnel que cruzaba a Occidente, al otro lado del muro; un monstruo inexpugnable de hormigón de todas las toneladas posibles. "Lo levantaron desde Occidente y nos dejaron su basura y un suministro de agua que fallaba y perdía por todas partes. Hasta que se aclarase nuestra situación, dijeron..."; al menos eso fue lo que le contó su abuelo a Entil  sobre los camiones, el muro, Occidente, su basura y cómo hacer dinero con ella.

Pasó por delante de un grupo que estaba inhalando pegamento. Entil echó mano al revólver oculto en el bolsillo de su chaqueta paramilitar. Se ajustó las gafas de aviador de 1914 y los miró a los ojos. Les sonrío a todos con el dedo en el gatillo del revólver oculto. La cosa no fue a más...

La calma tensa de Entil se apaciguó llegando a su refugio. Giró la manivela de la compuerta presurizada e introdujo el código de apertura en una pantalla grasienta. Aquello zumbó e hizo su trabajo, desplazando la puerta a la derecha antes de abrirse sobre las pesadas bisagras sólo cuarenta y cinco grados. Entil pasó por el hueco y aplastó en la pared un pulsador industrial verde conectado al sistema de cierre automático. Luego encendió las luces y observó la estancia unos segundos. Todo correcto: los ordenadores, el cofre, el jergón... Sólo entonces sacó la mano del bolsillo del revólver y se dirigió a su puesto de trabajo. 

Se aupó a un viejo sillón de barbero y sacó el botín: tres discos duros personales y un disco blindado de empresa, que fue depositando sobre la mesa de trabajo. Se quitó las gafas de cazador (las de aviador de 1914) y las guardó en un cajón del que sacó, a cambio, otras de pasta negra con linternas de lápiz en las patillas. Encendió los ordenadores (doce núcleos de procesadores conmutados en total), apagó las luces del cubil, encendió las linternas lápiz de sus gafas y dos de las tres pantallas que tenía inclinadas sobre la cabeza. Cuando todos los sistemas hubieron arrancado, le dio a la palanca del sillón de barbero y éste se inclinó hacia atrás, en tres tiempos bruscos, con terribles chirridos. Conectó el primero de los discos duros personales y comenzó a leer los datos. Introducía las órdenes con un teclado multicolor, extraño y amorfo, fabricado ensamblando componentes de diferentes modelos.

Los discos duros personales eran una pérdida de tiempo; la mayoría de las veces podía obtener de uno a cuatro perfiles de consumidor bastantes completos, pero esos perfiles sólo tenían valor en las subastas de negreros cuando iban en paquetes de varios miles. El porno era otro cantar; sí tenía salida. Pero los datos de operaciones bancarias por intranet era lo que buscaba. 

El tráfico de información con los negreros de Occidente se basaba en la premisa de irresponsabilidad del usuario. Se estableció que una vez se habían puesto los soportes en manos del Servicio de Residuos, el usuario perdía todo derecho sobre los datos que quedasen grabados en cualquier tipo de formato; incluso papel. Entil tenía un cubo enorme lleno de perfiles impresos,  listados incompletos de OI-Techno´s y una montaña de correo personal que leía con excitación. La vida detrás del muro se adivinaba cálida y segura, parecía divertida..., el cine y los videojuegos de inmersión total... ohhhh, todo aquello le emocionaba.

A lo largo de la tarde ya tenía suficiente información para pagarse dos días en el Distrito  de Rocco´s. En cuanto pasase esa tarde por la subasta y colocara las tres horas de porno y un par de meses de información sobre transferencias bancarias y operaciones bursátiles -con nivel de confidencialidad "Grave"-, iría con Carver hasta el Distrito a por algo de marihuana "AK-47" y putas. Once años en Atolladero debían exprimirse. Comprobó su paquete de cápsulas de anfetamina. Entil pensó que asimilaba bien la anfetamina; lo mantenía despierto, fuerte, y no llegaba a ponerlo nervioso ni lo volvía desconfiado como a otros. Tomó dos cápsulas más y le echó un vistazo al disco blindado de empresa. Lo conectó al equipo: estaba encriptado como había supuesto.

 - Mierda -dijo. Lo intentó con un par de logaritmos al azar, pero fracasó-. Vaya mierda... ¿En qué cojones de código está...?

Concluyó que no le quedaba otra opción que automatizarlo. Bajó del sillón, apagó las dos pantallas principales y encendió la que destinaba al trabajo sucio -sin interfaz de ninguna clase, los datos en blanco sobre el fondo negro-. Lo puso a husmear, lanzando secuencias de algoritmos para descifrar el código. Conectó un par de refrigeradores extra. La operación podía durar semanas. Cogió el disco almacén donde se habían ido guardando los datos provechosos y lo echó dentro de la cartera. Volvió a ponerse las gafas de cazador, se cruzó la bandolera  por el hombro y comprobó la munición del revólver. Salió, dejando los ordenadores a oscuras con sus zumbidos y sus ¡bips!, con las lecturas arañadas de datos, con el parpadeo de diodos naranjas, verdes y azules.  Trabajando.

Las calles principales hervían. Cientos de ratas cargadas con discos de almacén en mochilas a la espalda. Cayó el manto de calor que surgía de la descomposición de la masa de desperdicios del vertedero. El "smog" del último gaseo desde Occidente -no sólo se deshacían de hardware y comida basura-, dificultaba la respiración. Entil sudaba; todos lo hacían.

Sacó una insuficiente mascarilla de papel de la cartera y se la ajustó. Había que pasar calor y tragar algo de humo en la cola de etiquetado de información. Los negreros siempre venían en camiones (una caravana de unos quince que iban dos veces al mes al este o al norte, los dos grandes claros del vertedero; planicies extensas en donde se podría montar una subasta multitudinaria), pero para llegar hasta ellos, había que pasar los controles del vallado, había que hacer cola ante los cambistas, hombres blancos y delgados que medían el peso real de la información de cada disco de almacén. Realizaban una lectura rápida usando unas máquinas limpias, resplandecientes; según la lectura, imprimían una tarjeta con un código de color y otro numérico. Era lo que había que agitar delante de los camiones para que te dejasen subir y realizar la venta. 

Había guardias por todas partes, todos bien armados y blindados. Protegían a los cambistas, la entrada vallada a la explanada y custodiaban el exterior y el interior de los camiones de negreros de adentro. El ambiente era festivo. Puestos de comida vertida o de pinchos de lagarto, con tenderetes en colores tristes, se extendían junto a la cola de cambistas. Entil recibió la bofetada del olor a comida cocinada al aire libre y tóxico, sintió la punzada de hambre del día y salivó. La cola avanzó unos metros. Entil dio dos pasos cortos y torpes, esquivando hombros y cabezas; comenzaron los tropiezos, las voces... Era más atrás; dos chicos peleando. 

Entil estaba asustado, mareado por los gases, como siempre. Sabía que no tenía que levantar la vista si los guardias intervenían. Atrás, una mano se estrelló en una sonora bofetada y un disco de almacén cayó al suelo; sonó a fractura múltiple. Dos guardas ya estaban encima de los chicos, apuntaban al segmento de la cola que se había revuelto por la pelea. 

La voz de Carver surgió tras Entil: 
-¡Entil!- dijo la chica con voz temblorosa- ¡Quieto, enano!.

Mientras los guardas disparaban su munición rápida sobre el grupo conflictivo, surgieron voces de: "¡Quietos!", lamentos de los adolescentes que se advertían: "¡No os mováis, ya acaba!". Las balas rápidas arrancaron todas las partes vivas de los chicos, los despojos quemados salpicaron cerca de una chabola que se deformó con cada impacto. Olió a óxido y a pollo frito. Nadie miró: ni la masacre ni el humo que escapaba de los agujeros incandescentes de bala. Siguieron en la cola, cabizbajos y sabiéndose encañonados por los guardias blindados. Eran las condiciones de los negreros: una prerrogativa de anticipación preventiva. 

A Entil, el sudor le enfriaba la espalda -se condensaba a veces, tibio por el contacto sin alivio con los demás- mientras el monstruo de sesenta brazos brillaba, agitando las tarjetas frente al camión de ofertas para porno. Los chicos subían de uno en uno y se sentaban frente al negrero. Nueva lectura. Una oferta por lo bajo la mayoría de las veces y ¡sal de aquí!. Antes de oír el grito de despedida, Entil sacó 7 dólares viejos por el porno. Le dieron 15,25 por los datos bancarios. 

- ¡Enano!- Carver, su amiga con más músculos, le golpeó en el hombro para saludarlo. 
- ¿Qué pasa...? -dijo Entil- ¿Contrataron en tu subasta?
- Hoy no. Joder... ¿Vamos al Distrito de Rocco´s? Quiero una puta.  

La chica jadeaba y apretaba un montón de billetes arrugados. En la otra mano, apretaba la culata de un revólver. El camino entre la zona de subasta y el Distrito de ocio era peligroso. No todas las ratas del vertedero habían conseguido dinero en la subasta, pero todas tendrían hambre. 
Tras ellos, la caravana arrancaba motores y salía de la zona vallada escoltada por la infantería blindada. Abandonaba la explanada. Volvía a la calidez y comodidad de Occidente.

Entil la cogió de la mano. 

- ¿Sabes, Carver? Podríamos colarnos en lo camiones y pasar el muro...

La chica  miró los camiones. Y sonrió:

- Podríamos... 
  

 
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  • 5 de Septiembre de 2010 a las 18:21

Civilizados.


Nací con poco pelo y los brazos cortos, lo que me convertía en una cría muy rara y con poco reclamo al cariño. Tal vez fue por eso por lo que mi madre me destetó mucho antes de lo que normalmente hacían todas las madres con sus crías, incluso la mía con sus otros hijos.

El destete temprano me hizo espabilar. No tardé en aprender a buscar mi comida y conseguí ser muy buena; nadie domina como yo la técnica de atrapar hormigas con un tallo cortado y tampoco nadie me supera a la hora de encontrar fruta en su justo punto de maduración. Aprendí también a cazar pájaros y a robar huevos. Pero si en algo soy realmente buena es en conseguir los mejores refugios; construyo mi nido cada noche en el árbol más seguro, son unos nidos perfectamente camuflados para los depredadores y fuertes para soportar cualquier azote del viento. Cuando llueve, yo siempre logro encontrar un rincón seco en el que resguardarme.

Tenía la esperanza de que, con el tiempo, el pelo me creciera y así parecerme más al resto del grupo, pero no sucedió. Mi aspecto siguió siendo enfermizo; no es que tuviera el pelo más corto que los demás, sino que, en prácticamente todo el cuerpo, no tenía nada y se dejaba ver una piel rosada que se asemejaba a la de un animal muerto y despedazado. Por eso nadie quería estar demasiado cerca de mí. Al menos me permitían permanecer en el grupo, aunque dudo que alguno se hubiera arriesgado para defenderme si mi vida se hubiera expuesto a alguna amenaza externa. Por si acaso, también aprendí a ponerme a salvo ante la menor señal de peligro.

Yo no era hija del jefe, mi madre formaba parte de su harem, como todas las hembras, pero era una de las que a él no le importaba compartir para tranquilizar a los machos que, en época de celo, se ponían nerviosos y consideraban la posibilidad de cuestionar su supremacía. Mi padre disputó el mando y salió mal parado, tuvo que abandonar el grupo; llevaba una pierna rota, no sé si logró sobrevivir.

En realidad, las hembras del grupo, podemos quedar preñadas en cualquier época del año, pero cuando acaban las lluvias, los machos entran en una especie de trance que los vuelve violentos y que sólo superan apareándose con alguna hembra o robando una cría recién destetada para marcharse con ella y formar su propio harem o utilizarla como moneda de cambio para conseguir un encuentro con la madre. Cuando no consiguen ninguno de los objetivos, se enfrentan al jefe para así intentar dominar al grupo y, por supuesto, a sus hembras.  Antes, si ganaba el candidato se producía una matanza terrible, pues el nuevo jefe mataba a todas las crías que no fueran suyas y que aún no estuvieran destetadas.

En mi caso, ningún macho intentó robarme, tampoco el jefe mostró interés por mí y, aunque era una hembra disponible, tampoco ningún otro macho me utilizó para sosegar su trance.

Mur sí era hijo del jefe, de él y de su favorita. Había nacido siete lluvias más tarde que yo. Era fuerte, de tamaño descomunal; todos sabíamos que algún día ocuparía el lugar de su padre. Mur aceptaba mi compañía, no me echaba lejos como hacían todos los demás. Yo, en agradecimiento, le conseguía hormigas y le regalaba algunos de los mejores frutos que recolectaba. A Mur le gustaba acariciar las partes de mi cuerpo que no tenían pelo, le gustaba el tacto suave que mi piel tenía en aquellas zonas. También le gustaba escucharme; yo hacía sonidos para señalar las cosas o para expresar cualquier idea que pasaba por mi cabeza, siempre los mismos sonidos para las mismas cosas; nadie me entendía, pero a Mur le gustaba oírme hablar.

Algunas veces, cuando me acariciaba, yo le decía:" Mur, puedes tomarme si quieres". Se lo decía muy bajito y, realmente, deseaba que me tomara, Mur no me entendía y se iba en busca de alguna de las hembras disponibles para aparearse con ella. Todas las hembras, después de pasadas diez lluvias desde su nacimiento, ya tenían crías. Yo había visto al menos quince lluvias y seguía sin tener descendencia.

Un día, con algunas plumas y trozos de piel que rescaté de entre los restos que dejaban los depredadores, conseguí cubrir mi cuerpo para así disimular mis zonas lampiñas. Me situé tras Mur para acicalarlo, todos me miraban con curiosidad. Mientras separaba su pelo en busca de parásitos le conté, casi susurrando, los sueños que tantas veces tenía y en los que él no sólo me acariciaba, sino que también me entendía,  me hablaba y no se marchaba en busca de otra hembra. Mur se giró, mis adornos habían llamado su atención y le resultó intrigante saber que, bajo las plumas y las pieles, seguía estando el tacto suave del que solía disfrutar. El jefe nos observaba, él también sentía curiosidad por mi nuevo aspecto; se aproximó a nosotros y apartó a Mur de mi lado. Mur respondió con un gran gruñido mostrando sus dientes al jefe, éste lo ignoró, pero Mur se plantó ante él y no permitió que se acercara a mí. Comenzó una dura pelea que terminó con el jefe derrotado. Mur lo obligó a abandonar el grupo, algunas hembras quisieron seguirlo para así salvar a sus crías. Mur no lo consintió. Se mostró benévolo, sólo mató a las crías macho y respetó la vida de las hembras. Algo había cambiado.

Convertida en la favorita, tuve tres partos y mis crías nacieron sanas y peludas. Dos hembras de ojos vivos que no tardaron en entenderme y ser capaces de hablar como lo hacía yo; y un macho, fuerte y grande como su padre, que también parecía tener las mismas aptitudes de sus hermanas. Intentaron robarme a las tres crías; con las hembras no hubo mayor complicación, un simple gruñido de Mur bastó para que los ladrones cejaran en su intento. Con Akar, el macho, fue diferente; el raptor, por supuesto, no pretendía formar un harem, sino usar mi cría como moneda de cambio. Mur no intervino, desde su posición se limitó a observar; yo lo llamaba y le pedía ayuda, pero Mur no me entendía. Finalmente le ofrecí mi espalda al secuestrador y éste arrojó a mi hijo lo más lejos que pudo. Yo corrí tras él, logré esquivar a mi “pretendiente”,  recuperar a Akar, caído entre las rocas, y refugiarme tras Mur que, ya sí, hizo que el macho nervioso retrocediera y fuera a buscar a otra hembra.

Akar estuvo durmiendo tres días y tres noches. Cuando despertó, sus ojos ya no eran vivos y no recordaba nada de lo que había aprendido hasta entonces. Mur no dejó que se volviera a acercar a él.  

Yo tampoco volví a acicalar a Mur. Eso significaba renunciar a mi condición de favorita, así que pasé a ser una hembra disponible. Me deshice de mis adornos y ya ningún macho intentó aproximarse a mí. Era lo que quería; Akar ya estaba destetado y, aunque  crecía fuerte, no era capaz de encontrar su propia comida. Me entendía, mas nunca consiguió hablar como lo hacíamos sus hermanas y yo. No podía tener más crías, tenía que cuidar de mi hijo.

Ahora llueve. Yo, como siempre, he conseguido encontrar una grieta seca en las rocas con suficiente espacio para Akar y para mí. Desde aquí puedo observar al grupo. Mis hijas están bien, atienden a sus propias crías que también son capaces de entender y hablar. Mur está intranquilo; ya no es tan joven y fuerte como antes. Uno de sus hijos, Shiu, lleva unos días haciendo demostraciones de fuerza. Las lluvias están a punto de acabar, los machos empiezan a sentir desasosiego.

Shiu viene hacia aquí. Quiere ocupar mi lugar, es fuerte pero bastante torpe y nunca consigue un buen refugio. Le digo que se vaya y que nos deje en paz. Shiu no me entiende. Tira de mi brazo con fuerza, Akar lo agarra por el cuello y lo levanta del suelo; cuando lo suelta, Shiu se marcha enfadado y gruñendo; va hacia Mur y le enseña los dientes, quiere pelear; Mur lo ignora aunque no le quita ojo. Shiu se abalanza sobre él; comienza la lucha.

Shiu no es listo, si gana no nos irá bien, volverá a matar a todas las crías como hacían los antiguos jefes. No sabe cuidar de sí mismo, ni siquiera sabe resguardarse de la lluvia. Le digo a Akar que esté atento, que no intervenga a menos que sea necesario. Akar no habla, pero él siempre me entiende.

Mur está perdiendo la pelea. Akar observa de cerca. Shiu tiene a Mur atrapado en el suelo, quiere morderle en la oreja y arrancársela, que su derrota sea evidente incluso cuando abandone el grupo. Mur, logra zafarse y consigue refugiarse tras Akar, Shiu le enseña los dientes, Akar le da un empujón y lo tira al suelo, cuando va a levantarse le da una patada en la barbilla, Shiu escupe sangre y se aleja agachando la cabeza. Yo le grito a  Akar que ya está bien. Vuelve conmigo. Aunque ha dejado de llover, Mur está empapado y me mira fijamente. No sabe si sigue siendo el jefe o no.

Yo también lo miro.

 ─Estoy preocupada por Akar y por ti: ¿quién cuidará de él cuando yo falte?, ¿y quién de ti en la próxima pelea?

Le digo  que vaya a acicalar a su padre, que no tema. Mur se deja hacer, seguimos mirándonos. Esta vez sí  me ha entendido, creo que siempre lo ha hecho.  Mur golpea su pecho para hacer saber a todos que sigue siendo el jefe.

Escuchamos pasos. Todos corremos a escondernos procurando no hacer ruido. Un grupo de hombres pasa por nuestro lado. Parece que estamos a salvo, no nos han visto. Los observo. Tiene gracia, diría que se parecen a nosotros.

 

concursoderelatos
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  • 5 de Septiembre de 2010 a las 22:05

BUSCANDO SU DESTINO

 

 El grito resonó en medio del silencio de la noche, algunos pájaros revolotearon asustados entre las ramas de los árboles en el bosque umbroso. El nuevo alarido hubiera puesto los pelos de punta a cualquiera que pasara por allí. Pero el lugar era solitario y la hora intempestiva; en el pórtico de la pequeña ermita románica, edificada en una suave explanada entre montes, una mujer daba a luz a su primer hijo. El hombre que la acompañaba, intentaba nerviosamente ayudarle en lo posible, a sabiendas de que ese era un trance que debía pasar ella.

 Descansaron en aquel lugar un par de días, por ella y por el niño, que se había agarrado al pecho de su madre desesperadamente desde el primer momento. El contemplaba la cara de la mujer, enmarcada por los rizos sudorosos y recordaba cómo habían llegado hasta allí y porqué.  

 Su mundo se convulsionaba y cambiaba rápidamente. Desde principios del siglo VIII la cuenca sudeste de la Hispania visigoda estaba controlada ya por el Islam. Teudis había visto como cambiaba todo. La política, la religión, la cultura, la vida social y económica, incluso la lengua y el arte. También la manera de nombrar a su país que ahora se llamaba Al-Andalus. Todo aquello había empezado con esporádicos saqueos auspiciados por el Gobernador árabe del norte de África; los saqueadores eran bereberes en su mayor parte junto con algunos árabes. Los visigodos se defendieron como pudieron pero cuando perdieron la batalla de Guadalete, supieron que aquello había sido decisivo para que el resto de la península quedara casi por completo en manos de los musulmanes.

 Teudis había escuchado muchas veces las quejas de sus vecinos sobre la debilidad de la monarquía visigoda y ahora comprendía que los hispano visigodos no habían opuesto demasiada resistencia  a las incursiones musulmanas. Ya no tenía remedio y había que asumir que su tierra les pertenecía a ellos y que tendría que tomar decisiones muy serias que, posiblemente, cambiarían su vida por completo.

 


 Elvira, confiada y segura de que cualquier cosa que tuviera que decirle aquel hombre sería buena, se sentó en el pequeño taburete, a los pies de su marido y se dispuso a escucharle atentamente.

 - Sabrás que los musulmanes - dijo él - nos ofrecen un pacto de rendición según el cual podríamos conservar nuestra autonomía política; a los nobles nos ofrecen conservar nuestros títulos y propiedades e incluso podemos seguir con nuestras creencias religiosas, tanto los cristianos como los judíos. A los que se nieguen a este trato, amenazan con tratarles de manera muy severa.

 - ¿Y tú que opinas de todo esto? – preguntó ella

 - He visto a muchos de nuestros vecinos acogerse a este pacto y a otros muchos convertirse al Islam, porque, a partir de ahora los cristianos y judíos deberemos abonar un impuesto personal y otro territorial, que muchos no pueden o no quieren pagar. De esa forma no obligan a nadie, teóricamente, a hacerse musulmán.

 - Pero nosotros somos cristianos y siempre hemos vivido según nuestras costumbres. Nuestros hijos, el día de mañana, se criarían como musulmanes si accedemos a sus exigencias – comentó ella con tristeza.

 - Pues eso es, justamente, lo que me preocupa, mujer. No quiero someterme al dominio musulmán, quiero conservar mis costumbres, las de mis antepasados y practicar mi religión. Alguno de nuestros vecinos que, como yo, no quieren claudicar, han decidido dejar el pueblo e irse hacia las montañas cantábricas o pirenaicas. Al-Andalus no ha podido conquistar aquellos territorios escarpados y duros. Tendríamos que emprender un viaje difícil y largo y sin saber qué nos encontraremos al llegar. Y además, todas nuestras propiedades serán confiscadas por las autoridades, nada más irnos.

 Elvira lloraba mansamente al hablar, de pronto un miedo frío y negro había llenado su corazón.

 - Quizá no sea tan malo acogerse a sus leyes y tratar de vivir según sus costumbres, como han hecho tantos otros. Pero si decides irnos, haré lo que tú digas y te seguiré a donde vayas.

Metieron algunas de sus cosas en el viejo carro de su padre, entre ellas la pequeña cuna que este había tallado en sus ratos libres, a la espera de que le hicieran abuelo y se pudieron en camino una mañana luminosa de Otoño. Su destino el Norte, donde los musulmanes habían encontrado resistencia y aún estaban libres de su dominio. Fue a los dos meses de su partida que Elvira comunicó a Teudis que esperaban un hijo. Aquella noticia partió en dos el corazón del hombre, una parte se llenó de alegría y la otra de tristeza y preocupación por lo que la vida deparara a aquel niño. Pasaron por muchos pueblos, se escondieron al ver a bereberes en sus correrías en busca de tesoros que expoliar, dormían en los pórticos de las ermitas que encontraban en el camino, cuando hacía bueno, y si no en el viejo carro que había respondido bien al viaje, envueltos en sus mantas de pura lana, al resguardo de cualquier tejavana que encontraran. Ahora eran tres y las cosas aún se habían complicado más. Afortunadamente la mujer se recuperaba rápido del parto y el niño se agarraba a su pecho con buen apetito.

Sólo cuando era imprescindible Teudis entraba en alguna aldea o se acercaba a algún caserío a solicitar comida, si podía ser a cambio de algún pequeño trabajo y si no, pagándolo con el dinero que administraba cuidadosamente para que no se acabara antes de llegar a su destino.

Aquella mañana, desde la cueva donde se habían resguardado para pasar la noche, pudo ver un pequeño pueblo en el valle y decidió ir a aprovisionarse de lo más necesario. Acarició el pelo de su esposa y pasó delicadamente la mano por la cara del niño y les dijo que volvería pronto. Pero empezaba a anochecer y aún no había regresado. Un sudor helado perlaba la frente de Elvira, muerta de miedo al pensar qué podría haber sucedido para que su hombre no llegara. Por su cabeza pasaron las ideas más peregrinas sobre accidentes y asaltos irreparables y estaba a punto de poner la carreta en marcha para salirle al encuentro, cuando vio su silueta reflejándose contra el cielo brillante del atardecer. Venía sudoroso y apresurado, cargando sobre su espalda el saco de los víveres, pesado y casi lleno.

Se abrazaron.

- Seguro que estabas muy preocupada – dijo él sonriendo entre resoplidos – He estado preocupado todo el tiempo pensando en ello. Me han pasado muchas cosas hoy. He comprado esta comida a un hombrecillo que tallaba madera para una silla, delante de la puerta de su casa; mientras charlábamos y hacíamos negocios, se presentaron unos cuantos hombres armados que me detuvieron y me encerraron en un calabozo inmundo. Nadie me explicaba por qué. Finalmente vino un hombre, que parecía el jefe y me mandó salir. ¿Sabes quién me estaba esperando? Pues era Ottar Gamli, el hombre de los víveres, que había venido a recogerme alegando que era pariente suyo y que estaba hospedado en su casa.

Y no es sólo esto – siguió contándole a su mujer, que lo miraba arrobada – Además me ha ofrecido trabajo como carpintero, si lo quería. Le he dicho que apenas sé del oficio lo poco que le había visto a mi padre. Pero no parece que le haya importado demasiado. Vive sólo y creo que lo que desea es compañía. El pueblo se llama Suano y no vive demasiada gente en él. Creo que podríamos descansar una temporada. Será bueno para ti y el niño.

 

Habían pasado unos años, Liuva era ya un jovencito de piernas largas, desmadrado y tímido que tenía dos hermanas pequeñas. Elvira cuidaba a su familia en una casita pequeña, construida con mucho esfuerzo por ella y su marido, se ocupaba del pequeño jardín y la huerta en la que cultivaba hortalizas y algunas frutas. Teudis se había convertido en un carpintero de primera, gracias a las enseñanzas de Ottar y tenía siempre trabajo esperando para hacer. Se habían adaptado bien al lugar, aunque les costó mucho soportar el frío y húmedo invierno. Por ello, sin darse cuenta, habían echado allí sus raíces y nunca habían vuelto a ponerse en camino. Aquella mañana el hombre bajó al pueblo en busca de alguna herramienta nueva. Volvió a la casa nervioso y preocupado. Corrían rumores de que se estaban reclutando hombres de la zona para ir a luchar contra los musulmanes, en un nuevo intento de conseguir recuperar las zonas conquistadas por ellos a lo largo de tanto tiempo.


- Parece ser – dijo – que un tal Pelayo reúne gente para luchar contra Munuza, gobernador de Leione. Unos dicen que lo hace con intención de echar a los musulmanes y hay quien asegura que Pelayo no quiere que este se case con su hermana y ambos se han declarado una guerra casi personal. Parece que el africano ha estado a punto de apresarle. Si no llega a ser por un amigo que le avisó del hecho y le dio tiempo para ocultarse en una cueva en el monte Auseva, ahora sería su prisionero.

Liuva escuchaba atentamente las palabras de su padre y pensaba que esa podría ser la oportunidad que esperaba para dejar aquel pueblo perdido en el confín y vivir las aventuras que soñaba despierto. Su padre pareció adivinarle el pensamiento y tuvieron una fuerte discusión que acabó en cuanto Teudis dio un golpe en la mesa y mandó a todo el mundo a la cama.

Tres semanas después, encontraron vacía la habitación del muchacho. Lo buscaron, hasta que supieron que Pelayo y sus hombres habían partido al encuentro de los musulmanes y que se dirigían hacia Covadonga. Liuva había tomado en sus manos las riendas de su vida. El futuro diría si lo había hecho para bien o para mal.

concursoderelatos
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  • 6 de Septiembre de 2010 a las 12:32
                                                                                LA BITÁCORA DE MEDUSA


El cuaderno de bitácora.

Me llamo Firas de Alejandría y os voy a contar como los pueblos que ahora habitan en las islas allende el mar llegaron hasta nosotros. Sus ancestros nos ayudaron a alcanzar a Ra con las manos; un día zarparon de nuevo en pos de un lugar distinto en el Universo. Sin embargo muchos de ellos habitan aún entre nosotros…



     La maniobra de aproximación.
    
Habían estudiado una y otra vez la mejor manera de realizar la maniobra. El contramaestre Argos se aproximó a la pantalla del rádar; la punta de su afilada nariz entró en contacto con la superficie de cristal líquido, tan sólo un instante, lo justo para distorsionar la imagen durante unos preciosos segundos.
-Tenga cuidado contramaestre. –Gruñó el comandante Philipos, segundo de a bordo.
-Lo siento, comandante. –Se disculpó el metódico navegante, al tiempo que insertaba con rapidez las coordenadas precisas en el sistema –Ya está, solucionado. –Los tracks de movimiento reaparecieron al momento.  

La zona de sombra que les proporcionaba el satélite les permitió enviar sucesivas expediciones de reconocimiento al planeta Hydro –habían decidido bautizarlo así, dada la abundancia del líquido elemento en su superficie –cuyos informes habían sido determinantes: Presencia de gran variedad de vida animal y vegetal. Desarrollo de cierto nivel de civilización en estadios muy primitivos. Inteligencia gradual que se constata a través de los mapas de situación e imágenes holográficas elaborados por las expediciones de reconocimiento, en sectores significativos del planeta.

“La reunión del Consejo de la “Navegante Medusa” está prevista para la hora tercia del primer sextante”. La voz impersonal del androide encargado de protocolo anunció el evento a los presentes en la cabina de mando. El comandante Philipos asintió con un gesto.
“Debe confirmar su asistencia, comandante”. Insistió el androide.
-Comunique a los miembros del Consejo que asistiré a la reunión.

La reunión del Consejo.

-Recuerdo sus palabras, comandante. Usted afirmó, con una vehemencia poco propia de un oficial de su rango, que debíamos realizar una aproximación a la Luna Europa durante nuestro paso por el Sistema Joviano. De hecho pocos de nosotros dudamos de su certeza… sin embargo, ¿qué ocurrió? Un desastre.
Philipos sabía bien a lo que se refería el senador Jovis. El también recordaba sus ilusionadas palabras. “Hay un océano bajo la superficie helada de la Luna Europa. Podría haber extrañas criaturas nadando bajo esas aguas alienígenas… la solución a todos nuestros problemas”. También recordaba el desastre de aquella expedición. Las dudas del consejo estaban fundadas… sin embargo, tenía un pálpito. La visión de aquel enorme ramal líquido que se abría paso a través de un erial de arenas doradas, las extrañas criaturas que habitaban en ellas, la construcción de un sistema de interrelación entre todas las especies y el establecimiento de jerarquías entre las mismas, le hacía pensar que por fin habían dado con una nueva civilización. Un nuevo hogar.
-Creo que en esta ocasión no nos equivocamos. –El comandante Philipos titubeó sólo un momento, pero se rehizo rápidamente y activo la pantalla holográfica.
-Como pueden comprobar, la zona explorada bajo la supervisión de mi mando comprende el sector situado en las coordenadas 35º 74,5´ 25” S, por debajo del eje de ordenadas. Esta zona concreta del planeta Hydro está compuesta, en su mayor parte, por materiales arenosos de composición compleja. Existe escaso desarrollo orográfico, pero sin embargo, y este punto es el que más nos interesa, hemos comprobado que los recursos hidrológicos son de una magnitud que podríamos declarar como inverisímil.
Los análisis de materia han sido realizados por el espectrómetro de masas y el analizador de polvo, instalados ambos en el orbitador Gamínedes. Esta claro que nos encontramos ante una gran posibilidad; si me permiten, yo mismo estoy dispuesto a comandar una misión diplomática de contacto. Estoy seguro que encontraremos entes con inteligencia suficiente como para parlamentar sobre nuestro posible asentamiento en condiciones de paz y concordia mutuas.
-Se adelanta usted a los acontecimientos, comandante. Las posibles contactos diplomáticos con los habitantes de Hydro corresponden tan sólo al Senado. –Apuntó el senador Jovis. –Sin embargo agradecemos su ofrecimiento. –El tono conciliador del senador tranquilizó al comandante Philipos. –No estaría mal que fuera reclutando una tripulación competente para dicha misión. No descarte que una representación de las Polis se desplace a Hydro en breve.


Mirando al cielo.

Gibar ascendió e a lo largo de la escalera; el mirador celestial estaba ubicado en la cima de un promontorio que ofrecía una vista privilegiada del valle. Las paredes estaban bellamente pintadas y el suelo, empedrado con la mejor piedra caliza de las canteras de Aiunu, estaba enriquecido con azulejos de cerámica vidriada incrustada.
Le acompañaba el joven escriba Firas. El muchacho se situó a espaldas de su maestro. El cielo nocturno ofrecía a la vista un grandioso espectáculo; la luna, en su fase de plenilunio, presentaba un brillo desconocido alrededor de su perímetro, como un halo luminiscente del que no había precedente alguno.
-Jamás tuve ocasión de contemplar algo igual. Tal vez este año el Padre Nilo nos ofrezca sus dones con mayor profusión. Quizás sea eso lo que pretende anunciarnos Ra, bendiciéndonos con su presencia aún en las horas nocturnas. –Las dos últimas noches, Gibar el astrólogo había constatado la presencia de luminarias flotantes sobre las pirámides del valle. Había recibido enigmáticos informes de las patrullas que recorrían a diario las riberas del Nilo; luces de intensos colores que surcaban a gran velocidad las aguas… lo peor de todo era que no podía… no sabía explicar aquellos presagios. Mientras tanto Faraón le apremiaba cada vez más. El joven Dios estaba nervioso, sabía que la sombra de la conspiración sobrevolaba su cámara; un mal augurio podría adelantar los acontecimientos, antes incluso de que estuviera preparado para contenerlos.



La misión.

La subcomandante Helena accionó la plataforma de desembarco del orbitador Gamínedes. Nada más tocar la superficie del agua, una bocanada de aire cálido penetró en la bodega del vehículo de transporte.
En el último momento, el comandante Philipos había conseguido disuadir a los miembros del Consejo. Ahora estaba más convencido que nunca de que había hecho lo mejor para la misión. Aquella tierra, a primera vista, parecía mucho más hostil de lo que los informes indicaban.
-No os separéis. Esta tierra está habitada por organismos primitivos. Pueden ser peligrosos. –La voz de Philipos vibró a través del intercomunicador.

El viento formaba remolinos de arena justo en el centro del valle, convirtiendo las enormes formaciones de piedra en espectros fantasmagóricos que tan sólo se adivinaban cuando, a intervalos, cesaba.
-Por los dioses. Son construcciones megalíticas. Los seres que las han levantado, por fuerza han de razonar. Es imposible obviar cálculos matemáticos y físicos para conseguir que se sostengan en pie. –Argumentó Argos asombrado.
-Tienes razón, lo cual me inquieta aún más. Si han llegado a este nivel de desarrollo, podemos esperar cualquier cosa de ellos. Prestad atención a cualquier tipo de indicio. Desconocemos que tipo de armamento poseen y el alcance de su potencial bélico. Ni siquiera sabemos que tipo de sociedad conforman… si son pacíficos, o por lo contrario belicosos.

La noticia llegó a oídos de Guiza cuando todavía el amanecer no había rasgado el velo del alba.
-Pero eso es asombroso. ¿Estás completamente seguro? –El soldado, todavía exhausto tras la cabalgada no pudo articular palabra, tan sólo meneo la cabeza de arriba abajo.
-El mismísimo Ra y su corte ha tenido a bien descender al mundo terreno. Esta noticia, sin duda, complacerá al joven Dios. Se trata de un presagio inmejorable. Corre a los aposentos de Faraón, ni siquiera te detengas a beber. Debe oír la noticia de tus propios labios, tan sólo así la creerá.  



El contacto.

-Son como nosotros. –Susurró Faraón al oído de Guiza. -¿Cómo puedes saber que no se trata de una expedición de nuestros enemigos? Los giba son un pueblo guerrero; no dudo que se atreverían a atacarnos, dada la debilidad que no hemos disimulado en mostrar.
-Mi señor. El emisario fue claro; descendieron de una gran bola de fuego voladora, justo sobre el río. Alcanzaron la orilla caminando sobre las aguas. Sólo Ra sería capaz de semejante hazaña.
-Si tan seguro estás de lo que dices, tú mismo te encargarás de parlamentar con ellos. Toma a los hombres que necesites y sal a su encuentro.

El comandante Philipos se detuvo. El ruido procedente de la noche le hizo estremecer.
-Quietos todos. ¿Qué es ese bufido que surge de las tinieblas? Estad preparados para lo peor.
Los caballos piafaban nerviosos, ansiosos por alcanzar el objetivo. Poco a poco la luz de las linternas que portaban los guardias hizo que las figuras tomaran forma, de modo que Philipos, Argos y los demás miembros de la expedición pudieron tomar conciencia de lo que les aguardaba.
-¡Bienvenido entre los hombres, Divino Ra!
Las salutaciones de los recién llegados sorprendieron a Philipos. Accionó el traductor; un innovador sistema de interpretación fonética que le ayudó a entender el extraño lenguaje de aquel ser y a su vez que este pudiera comprenderle.
-No somos dioses. Permíteme que me presente. Mi nombre es Philipos, comandante Philipos. Represento a la Confederación de Polis Estelares. Hablo en nombre del Senado Legítimo y os pido audiencia con aquél que os mande.

Faraón descendió de su carro, bellamente enjaezado, y caminó con altanería.
-¿Quién sois y de qué lejanas tierras procedéis?
-Son tan lejanas que vuestros ojos jamás podrían alcanzar a verlas. Mirad al cielo, tal vez así podáis intuir la lejanía de la que os hablo.
-Pretendes que vuestra civilización reside allende las estrellas. Entonces, sin duda, sois dioses tal como dice mi buen Ghiza.
-No somos dioses. Tan sólo somos un puñado de seres perdidos en el Universo, en busca de un hogar donde reemprender sus vidas. Nuestra civilización ya no existe. Aquello por lo que nuestros antepasados lucharon desapareció fruto del egoísmo y la ambición que anida en nuestros corazones. Somos gentes de paz, refugiados estelares que tan sólo pretenden ser acogidos. Podemos aportar a vuestras vidas tanta satisfacción que alcanzaríais un bienestar sin parangón entre los de vuestra raza.
Sed nuestros bienhechores y no os arrepentiréis…



concursoderelatos
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  • 7 de Septiembre de 2010 a las 23:38

Verano de 1988.

    Marcos, el joven arqueólogo apasionado por el estudio de las culturas mesoamericanas, había pasado cerca de un mes conviviendo con los habitantes de aquel sorprendente lugar que había descubierto siguiendo las indicaciones de una antigua estela maya, y ahora se disponía a abandonarles. Sentado en un grueso tronco caído, contempló el profundo valle que albergaba aquel hermoso santuario.
    Durante aquellas semanas los nobles chamanes del lugar le habían puesto al corriente de su historia y la de sus antepasados. Le habían hablado de Gucumatz y sus enseñanzas, de un tiempo pasado, de un pueblo sabio y culto, organizado y práctico, que utilizaba juiciosamente los recursos naturales, que construía magníficos palacios, observatorios, y acogedoras viviendas. Que tenía por principios la paz y el respeto a los demás, que rechazaba la guerra y los sacrificios humanos. De un pueblo regido por unos hombres bondadosos, generosos, y plenamente capaces de gobernar en forma justa y equitativa. De un progreso considerable, de un elevado nivel de civilización y de sabiduría.
    Desgraciadamente, vinieron malos tiempos. Del lejano septentrión llegó una gente belicosa, escasos en número pero liderados por un hombre cruel, dotado de poderes mágicos que recibía de los malos espíritus. Eran hombres violentos y de aspecto terrible. Adoraban a dioses de guerra, muerte y desolación, a los dioses de la oscuridad y el caos. Despreciaban aquello que Gucumatz enseñaba, se burlaban del arte, de la paz, del amor, del progreso y de la concordia entre los pueblos. Y trataban de imponer, por allí donde pasaban su manera de vivir, su espíritu guerrero y el culto a sus crueles divinidades, que exigían vidas como sacrificio.
    La presencia de Gucumatz y los suyos les frenó. Durante siglos, los habitantes de aquella región del sur de Yucatán permanecieron lejos de aquellos que habían abandonado las enseñanzas de Gucumatz. Marcos pensó que podría resumir el caso diciendo que en estas tierras del sur de Mesoamérica vivieron una serie de reinos o ciudades que se caracterizaron, entre otras cosas, por un respeto a los pueblos vecinos, con los que se convivía en paz, y por un respeto general a los derechos de los individuos. Hacia el norte, demasiado lejos para que pudiesen causar una inmediata preocupación, vivían aquellos pueblos que habían caído bajo la influencia de aquella gente perturbadora, maligna y terrible. Es decir, vivía gente gobernada por tiranos que mantenían su poder bajo el signo del terror.
    Por desgracia, ese reino del terror comenzó a extenderse. Y aunque el avance de las hordas guerreras fue al principio visto sin demasiada preocupación, cuando estuvieron cerca fue muy tarde para reaccionar. Finalmente, la conjunción de un clima adverso y la llegada, prácticamente por sorpresa, de las hordas del septentrión llevaron a aquellos pueblos al borde del exterminio.
    Sin embargo y gracias a la intervención de los dioses los últimos supervivientes alcanzaron aquel lugar de refugio que Marcos había tenido la suerte de descubrir. Por su pasión de estudioso, desde la perspectiva de su amor por el conocimiento, su llegada a aquel lugar podía considerarla como providencial. ¡Cuantos puntos obscuros quedaban ahora aclarados! ¡Qué magnífica oportunidad de obtener datos fidedignos sobre la historia de los pobladores de aquella región de Mesoamérica!
    Por otro lado, cuanto más lo analizaba, más claro veía que el devenir de los hechos acaecidos a aquel pueblo que le había acogido tenía grandes paralelismos y coincidencias con la historia de los pueblos de la vieja Eurasia. Veía en el cristianismo muchos puntos de contacto con la religión maya. Tepeu Gucumatz era el mismo Dios, todo amor, sabiduría, perdón. Y ante la perspectiva del caos y del pecado, no había dudado en enviar a su propio hijo, Gucumatz, del mismo modo que fue enviado Jesucristo. Y el mensaje de ambos, dejando de lado enseñanzas técnicas, matemáticas, agrícolas o astronómicas, había venido a ser también el mismo. Amor a los demás, a la vida, a la paz, a la libertad, a la naturaleza. Igualmente, y por desgracia, el mensaje parecía haber tenido tan poco éxito a un lado como al otro del Atlántico. Si en Europa las guerras, las invasiones, las luchas y los combates habían sido cosa común a lo largo de los últimos veinte siglos, a pesar del mensaje de amor y paz de Jesús, en Mesoamérica, contraviniendo las enseñanzas de Gucumatz el civilizador, se habían instaurado como práctica habitual las guerras sangrientas, las luchas entre ciudades, y los abominables sacrificios humanos.
    También estaba claro que, tratándose de los asuntos entre seres humanos, y por lo que hacía a las interacciones entre los pueblos, ni la situación geográfica ni la época o momento histórico parecían tener un valor diferencial. La historia parecía repetirse a un lado u otro del Atlántico. Había un denominador común a muchos momentos del devenir de los acontecimientos en los diversos pueblos del planeta, que parecían responder a un esquema común: un pueblo con cierto grado de civilización, con un 'status' más o menos avanzado de conocimientos, en general dotado de un sistema de normas o disposiciones encaminado a defender los derechos de los individuos, sufría la invasión de otro pueblo, procedente del norte. Y este invasor era, normalmente, un pueblo 'bárbaro', situado unos escalones más abajo en la escala de la civilización, del conocimiento, del arte y del progreso.
    Así había ocurrido con el imperio romano. Aunque la corrupción y la decadencia hubiesen jugado un papel importante, el mazazo final lo recibió de los invasores procedentes del norte. El pueblo romano, con su avanzado derecho y con su acervo cultural, herencia del magnífico pueblo griego de la antigüedad, fue hostigado y vencido por los ejércitos de unos pueblos procedentes del norte, a los que por su condición de extranjeros conocemos como 'bárbaros'.
    Otro ejemplo de ese tipo de acontecimientos lo constituía el caso de la conquista de Granada. A finales de la Edad Media los pueblos islámicos se habían constituido en los herederos de la riqueza artística y la sensibilidad de las civilizaciones griega y romana. Entre ellos habían florecido la ciencia, las matemáticas y la medicina. Recordaba perfectamente como, durante una visita a Granada unos años atrás, en el curso de una excursión que le llevó a la Alhambra y al Generalife, había sentido con toda claridad el mensaje que aquellos bellos lugares transmiten al viajero. Cómo en su día le había ocurrido a Washington Irving, no le costó esfuerzo alguno simpatizar con aquellos que habitaban allí a finales del siglo XV. Se imaginó a un pueblo culto, amante del arte y de la poesía, cultivador de la ciencia, protector de la medicina, que al despertar un buen día se encontró, a las puertas de la ciudad, el amenazador asentamiento de un ejército formado por rudos hombres, analfabetos e iletrados en su inmensa mayoría, dispuestos a echarles de allí por la fuerza. A pesar de lo patético de la situación, Marcos sonrió al pensar en el contraste entre los habitantes de aquel paradisíaco rincón, conocedores de las ventajas y las delicias del baño en el agua que, generosa y abundante, les vertía la cercana Sierra Nevada, y aquel ejército cuyos soldados posiblemente no se bañaban jamás.
    Tales invasiones respondían en cierto modo a la lógica. A medida que se iban instalando la civilización, la democracia, la sensibilidad, el respeto a los débiles y las minorías, los pueblos iban haciéndose cada vez más vulnerables. Un pueblo en el que se hallasen profundamente arraigados los principios del pacifismo y del juego limpio en lo que hace a las relaciones con otros pueblos, era víctima fácil de un invasor al que las normas del juego le trajesen sin cuidado. Ante un grupo de semisalvajes para los que las vidas de sus enemigos tienen el mismo valor que la hierba que sus caballos aplastan a su paso, el pacifismo no era la mejor defensa. El 'fair play' de los pueblos más avanzados despertaba en los invasores sentimientos de burla y desprecio...
    Marcos se estremeció levemente. El curso de sus pensamientos le había llevado a unas consideraciones que le causaban cierto malestar. ¿Ante las crueles lecciones de la historia, en qué quedaban las enseñanzas de Jesús, o los consejos de Gucumatz? ¿Era juicioso aceptar, como nos enseña nuestra religión, que debemos amar a nuestros enemigos? ¿Y lo de ofrecer la otra mejilla si te golpean? ¿Qué sentido tenía?
    Tenía muy claro que la historia podía leerse de muchas formas, y reconoció que había estado a punto de caer en la trampa de hacer una interpretación excesivamente simplista de algunos eventos del pasado de los pueblos. Un análisis global de la historia indicaba que los momentos en que mayor había sido el bienestar fueron aquellos en los que la civilización había logrado imponerse a la barbarie. En su largo y accidentado camino hacia un futuro mejor, la humanidad había vivido momentos de retroceso, pero había sido para salir más y más reforzada en la búsqueda de un mundo mejor para todos. En el pasado el bien, en su perenne lucha cósmica contra el mal, no siempre había resultado triunfador. Pero ya en pleno siglo XX las cosas parecían estar yendo algo mejor. Los dictadores más recalcitrantes iban siendo poco a poco derrocados y los organismos internacionales comenzaban a estar algo más llenos de contenido. Además, aunque muchos la veían como una guerra más – mucho  mayor, pero esencialmente igual que muchas otras contiendas del pasado – la segunda  guerra mundial había significado, en su resultado final, la derrota de las fuerzas del mal que amenazaban la tierra. De haber triunfado el nazismo, la humanidad hubiese vivido tiempos de oscuridad y terror: para Hitler y sus acólitos los seres humanos y las pequeñas ratas de un laboratorio tenían poco más o menos el mismo valor.
    Marcos dirigió una última mirada a aquel sagrado lugar, en el que había pasado las últimas semanas. Tomó la mochila y descendió por el sendero. A poca distancia encontró el todoterreno. Puso el motor en marcha y se alejó por un agreste camino a través de la pluviselva del estado de Chiapas. El grueso de la expedición le esperaba en una aldea no muy lejana.

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  • 8 de Septiembre de 2010 a las 17:08
LA LÍNEA

Olvidaos de los nombres. No diré cuál era el país, o sus gentes, ni cuándo ocurrió lo que voy a contaros. No hablaré tampoco sobre mí más allá de mencionar que una mujer, un balcón que sangraba claveles y un duelo, me alejaron para siempre de mi Sevilla natal, confinándome a una eterna sucesión de nuevos horizontes. Poco importa todo eso, o lo que ocurrió antes de hundirse bruscamente la barcaza en la que viajaba aquella noche. Allí, luchando contra unas aguas oscuras y frías, es donde comienza esta historia.

Amanecía cuando por fin alcancé tiritando la orilla helada de un río que atravesaba tierras que, para el mundo conocido, sólo eran un hueco en blanco en cualquier mapa. Estábamos en los primeros días de un invierno que se auguraba especialmente frío por el tono plomizo de sus cielos. El bosque que me rodeaba parecía sofocado bajo el peso de tanta nieve. Sin comida, sin ropa para cambiarme o darme abrigo, la población más cercana situada a miles de kilómetros… No pensé que pudiera sobrevivir, pero como tampoco podía rendirme, empecé a andar.

Al anochecer, agotado y aterido, encontré un pequeño fuerte sobre el que no ondeaba ninguna bandera. Las puertas estaban entreabiertas; una oscilaba entre crujidos a impulsos de la brisa, marcando un ritmo que pareció despertar en mi interior… no sé cómo describirlo, un temor antiguo, un sentimiento ancestral, algo que encadenaba firmemente el hombre que yo era en ese momento con el que hubiese sido en uno de los primeros anocheceres del mundo: una criatura vulnerable, expuesta a fuerzas colosales, a los grandes misterios que quedaban siempre un poco más allá de su entendimiento. Alguien en el proceso de crear dioses para protegerse, porque se siente incapaz de lograrlo solo.

Titubeando, empujé la puerta con una mano y entré en el amplio patio del fuerte.

Excepto en los laterales, donde formaba blancos montones, la nieve se veía pisoteada y sucia de tierra, convertida en un pegajoso barro congelado en el que me hundía hasta los tobillos y por el que costaba avanzar. El recinto estaba sembrado de cajas por doquier, un par de carros destrozados, montones de sacos, restos de hogueras… Había pocos edificios y un pequeño cementerio, con el mismo aspecto de ruina y olvido que todo lo demás; las tumbas, unas diez o doce, estaban removidas, dos de ellas completamente abiertas.

La luz del sol se apagaba lentamente sobre las toscas cruces de madera.

Me recorrió un escalofrío. Tuve que recordarme una y otra vez que no podía huir. Necesitaba ropa seca, si quería sobrevivir a la noche. Y comida.

El barro era oscuro, incluso en sus grumos más escarchados. Por eso, mientras daba vueltas buscando alimento, pude distinguir claramente una línea de polvo blanco, quizá harina, cruzando el suelo del patio de lado a lado. En aquel momento no me paré a cuestionar su significado, sólo corrí hacia ella, pensando que, si de verdad era harina, quizá pudiera comérmela…

De pronto, capté un movimiento brusco a mi derecha. Giré la cabeza justo a tiempo de ver cómo un hombre alzaba un mosquete y me golpeaba brutalmente con la culata.

Cuando desperté, me encontré atado en una silla, en un comedor. El desconocido estaba a mi lado, vestido con un impecable uniforme de oficial y aplicándome un paño frío en la sien. La mesa había sido cuidadosamente preparada para dos comensales: elegante mantelería, vajilla de porcelana, cubiertos de plata, copas de fino cristal... Los platos ya estaban servidos con lo que parecía estofado. El olor de la comida acentuó aquel hambre terrible que me carcomía y supliqué que me diera algo.

Accedió de inmediato y empezó a alimentarme con sorprendente amabilidad. El guiso, mal cocinado, tenía un desagradable sabor, pero estaba caliente y yo me encontraba tan famélico que ni pensé en rechazarlo. Mientras comía, él empezó a darme conversación usando mi propio idioma, con un acento muy marcado:

–  Ha hablado en español, amigo mío. Supongo que lo es – asentí – No es que tenga muy buena opinión de los españoles, pero me consta que puedo considerarlos civilizados. Por eso, lamento más todavía esta situación. Y el golpe. Me pareció que iba a traspasar la línea de harina. Tenía que impedirlo.

– ¿La línea de harina? – repetí sorprendido. Viendo que me encontraba ya bastante saciado, el desconocido dejó mi tenedor y rodeó la mesa, para ocupar su sitio. Empezó a comer, con elegancia.

– Visto lo visto, admito que tiene derecho a una explicación – hizo una pausa, decidiendo cómo empezar – Digamos que, en el imparable avance conquistador de nuestra civilización, hemos llegado aquí, al borde de todo lo conocido, y nos hemos topado de bruces con una especie de… de frontera, podría decirse, sí. Algo que separa mundos, más que países o razas. Usé la harina para marcar exactamente dónde cambia todo. Aquí, a nuestro lado, está lo conocido, lo cierto, lo que todos podemos tocar y entender; más allá de la línea de harina, sólo queda lo primitivo, lo auténticamente salvaje, sin normas o control, sin posibilidades. Si la cruzas, el mundo… el mundo cambia, es distinto, y lo que habita en él no se parece tampoco a nada de lo que conocemos. Ni siquiera los indígenas se atreven a ir tan lejos, pobres bestias estúpidas. Dicen que no son tierras para ser pisadas por seres mortales – se encogió de hombros – Quizá no sean tan estúpidos, después de todo...

Yo no entendía nada, todo aquello me parecían desvaríos, y había asuntos que me preocupaban más.

– ¿Por qué estoy atado? – pregunté. Me miró con disculpa.

– Porque aún no ha comprendido cuál es su situación y no estoy seguro de cómo… la encajará – carraspeó – Verá, yo tengo el deber de mantener este enclave. Y las circunstancias le han arrastrado a usted a compartir conmigo tal tarea. Somos los únicos seres civilizados en miles de kilómetros. ¿Se da cuenta de la magnitud de lo que eso significa? Somos los representantes del profundo conocimiento en Moral y Justicia que han desarrollado nuestros países a lo largo de milenios. Somos todas las experiencias y descubrimientos científicos, ideológicos o artísticos acumulados siglo tras siglo por nuestras culturas y que nos hacen tan plenamente superiores al resto de los pueblos y más aún a la ciega barbarie que perdura en lo que aún sigue siendo totalmente primitivo. Debemos sobrevivir, porque tenemos una misión que podríamos considerar casi santa – sonrió amigable; luego, dudó – Pero… el grupo que partió con la misión de conseguir las provisiones para el invierno, aún no ha regresado. Y los hombres que se quedaron aquí conmigo han muerto o desaparecido, posiblemente atrapados por ese algo irracional que vive emboscado al otro lado de la línea de harina. Se han agotado todos los víveres y desde que llegaron las grandes nevadas prácticamente no hay caza. A estas alturas, apenas quedan cadáveres… – miré horrorizado mi plato, dándome cuenta de lo que había estado comiendo, de la razón de aquel sabor espantoso. No pude evitarlo: incliné la cabeza a un lado y vomité, convulsionado por las arcadas. Él suspiró con ligero reproche – Amigo mío, tiene que cooperar de buen grado en nuestro futuro común. No quiero tener que matarlo, no me obligue a hacerlo. Soy un hombre civilizado, necesito alimentarme, pero también necesito mantener una conversación inteligente con un igual o me volveré loco. Llevo semanas solo, ha sido terrible – hizo una mueca – Si el clima acompaña, y racionamos bien su… amable contribución, estoy seguro de que podremos sobrevivir los dos. Usted puede salir de estas desagradables circunstancias sin una pierna o un brazo, o sin ambos, es verdad, pero vivo. O puede irle incluso mejor. Aún tenemos carne para varios días, puede que un par de semanas si la administramos bien. Quizá mis hombres regresen con las provisiones antes de que se acabe. No hay que perder la esperanza.

No sabía qué decir. Aquel hombre refinado y de actitud juiciosa quería devorarme. Quería que me devorara yo mismo. Y quería conversar sobre filosofía o ciencia, entretanto. Los únicos seres civilizados, había dicho. Tenía gracia. Todo el progreso que hubiera podido implicar esa expresión grandilocuente, estribaba en las formas adquiridas para comportarse debidamente en la mesa, nada más. En el fondo, seguía siendo el mismo carroñero de tiempos primitivos.

– Está loco… – balbuceé, espantado. No se ofendió.

– No. Sólo soy un hombre presionado al límite. Alguien que...

De pronto, sonó algo en el exterior, un crujido de madera astillada seguido de lo que parecía un gemido profundo arrastrándose en la oscuridad. Pudo ser el viento, yo así lo creí, pero aquel hombre alzó la cabeza, alerta, dejó los cubiertos y se dirigió a la salida, haciéndome un gesto para que esperase en silencio.

Por supuesto, no le obedecí. En cuanto estuve a solas, alcancé como pude el cuchillo de mis propios cubiertos y corté las cuerdas. Sentí un mareo al ponerme de pie, todavía débil por todo lo ocurrido, pero me empeñé en continuar. No tenía alternativa. El horror a lo que me esperaba si aquel loco volvía a atraparme me dio fuerzas. Armado con el cuchillo, abandoné el comedor y crucé un pasillo, buscando la salida. Tuve la suerte de encontrar en mi camino un dormitorio, donde robé ropa de abrigo, unas buenas botas, y un par de mantas.

No me atreví a entrar en la cocina.

Era ya de madrugada cuando salí de nuevo al patio. Hacía mucho frío y nevaba suavemente. No vi ni rastro de mi captor por ninguna parte; sólo mi sombra se movía en el pálido resplandor de la luna, avanzando lentamente hacia las puertas. El fuerte estaba muy silencioso y parecía totalmente abandonado, vacío.

Ni siquiera quedaban los muertos…

Estaba cruzando el umbral de la empalizada, dándole la espalda para siempre a aquel lugar maldito, cuando el viento nocturno susurró algo sobre la nieve sucia. ¿Mi nombre? Quizá… Me giré, temblando, y vi que aquella inexplicable brisa que no movía los copos de la nueva nevada estaba barriendo la línea de harina. La levantó en repentinas volutas, tercamente, hasta hacerla desaparecer por completo, enlazando tiempos y espacios, volviendo otra vez invisible el límite entre lo civilizado y lo salvaje.

Si es que, realmente, había existido alguna vez.
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  • 9 de Septiembre de 2010 a las 1:16
El grillo en el pie


“Después de tantos días, la selva sigue pareciéndome un palacio sin paredes, una suerte de derroche, un escenario inflamado por el que los sentidos se deslizan borrachos. En este inabarcable útero esmeralda, el tiempo se vuelve perezoso… con latidos lentos… y el vértigo de la prisa toma forma de destellos -la lengua de un camaleón, la picadura de una vibora-. 
Me acompaña la partitura de sonidos que pone voz a la selva entera, como un único organismo. 
Me reconozco devorada”.

Iba a ser su última anotación antes de volver. Dejarían el campamento al día siguiente y, si todo salía según lo previsto, estarían en casa en menos de quince días. Cuando se abstraía del influjo del entorno, reconocía para sí cuánto deseaba darse un baño…

A Marc lo había dejado durmiendo, con una nota a la entrada de su tienda en la que le decía dónde podía encontrarla. Sabía que moverse en la selva sin él, era como saltar sin red en el trapecio; pero la discusión que habían tenido la noche anterior no hacía apetecible llevarlo como compañía… Marc, un mestizo de padre español y madre india mapuche, estaba en nómina de la National Geographic desde su colaboración con Sydney Possuelo en el estudio de las tribus yanomamis. Hincó tanto los codos pateando la selva, que acabó imbuido por los yawaris, comiendo de la misma yuca que los indígenas, instalado entre ellos como si hubiese tenido el cuerpo dibujado desde niño. Con ella, freelance para agencias, estaba unido además en lo personal: una relación breve y volcánica hacía ya varios años y una amistad consolidada en el tiempo; la amistad de la que ella había abusado pidiéndole que la acompañase en aquella apuesta ciega que sólo se sustentaba en algo parecido a un soplo. Rumores de tribus…

Llevaba años recabando información, bebiendo de todas las fuentes posibles, valorando la posibilidad de que allí, en aquella región amazónica, en zona yanomami, existiera un emplazamiento humano diferente. Y cuando se convenció, enroló a Marc en aquella locura. Hasta el quinto día de expedición, los acompañó un indio occidentalizado al que llamaban Joao (como yanomami, su nombre era sucio y humillante; se integró en el mundo con televisión robándole el nombre al primer blanco con cámara al hombro que se acercó a su aldea). A partir del quinto, ella y Marc continuaron solos, minimizando el equipo técnico y reduciendo lo demás a lo imprescindible. Y después de cuatro días, lo descubrieron.

Acamparon cerca de la aldea, con aquellas construcciones de palma (esos esqueletos de madera con techumbre de hoja), y allí llevaban casi tres semanas. Desde el segundo día, el contacto con los indígenas había sido directo y diario. Ahora llegaba el momento de regresar y enseñar al mundo lo que había descubierto.

Su paseó sin Marc se alargó hasta el límite de la aldea yanubi. Cuando salió de la espesura y llegó al claro, Yaukuima corrió hacia ella. No debía tener más de doce años. Sonreía exhibiendo aquella maravillosa dentadura, balanceando su cuerpo    -oscuro y cubierto de polvo de tierra- de delante a atrás, haciéndola partícipe así de su alegría. Después, volvió dentro de la aldea.

Los observó. Los hombres (desnudos, con el cuerpo dibujado y pedazos de hueso pulido insertados en los lóbulos) se preparaban para cazar, calibrando la tensión de los arcos y la limpieza del hueco de la cerbatana. Probablemente cazarían cerca    -no solían alejarse demasiado los unos de los otros- y, de tener suerte, esa noche cenarían mono o tapir o lagarto. Ellas (desnudas -salvo por un cinturón de hojas trenzadas anudado a la cintura-, embadurnadas en polvo de tierra y con los pómulos atravesados por diminutos conos de marfil) molían con piedras las hojas y los frutos que destinarían a la fabricación de tintes con los que dibujar. Porque, a diferencia de los yanomami, los yanubi sí conocían esa forma de comunicación. Y la utilizaban. Una forma de lenguaje escrito a través de pictogramas. Un avance cultural que los distinguía de sus iguales; indígenas aislados entre indígenas.

Aquel día estaban especialmente alegres, con esa forma suya tan característica de mostrarlo: emitiendo una especie de ronroneo con la voz, que acababa por convertirse en cantinela. Mientras los hombres emprendieron el camino de la caza, las mujeres continuaron con el molido. Esa noche tenían una ceremonia de bienvenida. Los yanubi, además de honrar la muerte en una ceremonia similar a la yanomami (con la ingesta de las cenizas del muerto disuelta en pasta de plátano), honraban los nacimientos. Para ello, llegada la noche, se sentaban como de costumbre alrededor de la hoguera. Pero en lugar de cantos, risas e historias de chamán, la llegada de un nuevo individuo a la tribu era merecedora de que éste lo brindara a los espíritus que habitan la selva inhalando el polvo de yopo. El chamán yanubi, en su alucinación frenética, ofrecía el nuevo miembro a la selva, abandonándolo fuera del poblado. Después, ofrecía el alucinógeno al resto de la tribu que, siguiendo el ritmo monocorde que establecía el guía, danzaba alrededor de la hoguera hasta que los efectos de la droga desaparecían. Al terminar, el chamán se adentraba en la selva y volvía con el pequeño si los yawaris así lo habían decidido.

Ellos no estarían presentes. La tradición yanubi no permitía a ningún individuo ajeno a la tribu presenciar una ceremonia de este tipo. Y aunque se habían planteado filmarlos sin su autorización, Marc acabó por convencerla de lo contrario. De hecho, Marc empezaba a convencerla de muchas cosas…

Una de las mujeres se acercó, con los pechos desmayados marcando el paso. Le ofreció una fruta, de vientre jugoso y rojizo. La cogió sonriendo y, aunque no sabía en realidad qué se estaba echando a la boca, la mordió. La boca se le llenó de pulpa carnosa que la ahogó en agua dulce. Cerró los ojos y supo que ese momento habría de recordarlo muchas veces en su vida… Después, acompañó a la mujer al centro del poblado, esquivando niños que jugaban a cazar con pequeños arcos y niñas que imitaban a madres, turnándose para pasear a una cría de simio que hacía las veces de muñeco. 

Se sentó junto a una de las mujeres, en el suelo. Observó como mezclaba el polvo oscuro con agua hasta formar una pasta espesa. Dijo algo en voz alta y todas asintieron. Cogió un rudimentario pincel y, descalzándola, empezó a dibujarle el dorso de los pies. Mientras la observaba, se preguntó cuándo, antes de llegar allí, había tenido por última vez la sensación de estar ante alguien feliz; alguien satisfecho de estar vivo y satisfecho de la forma en la que lo está. Pariendo hijos, haciendo de la selva su farmacopea sin grafía y su despensa sin puertas, invocando a los yawaris, entendiendo la muerte como una vuelta al útero… Vivir sin prisa, paladeando cada instante con el conformismo de quien sólo necesita sobrevivir para sentirse plenamente vivo.

Mira el dibujo que aún no distingue, las manos nudosas y firmes de la mujer, mientras baraja posibilidades. Porque aunque su objetivo al aventurarse en aquel pedazo de selva se limitaba a encontrar a los yanubi, era consciente de que todo acto tienen consecuencias. Y aunque el haberlos encontrado fuese a suponer para ella un paso de gigante y el reconocimiento entre colegas, no es capaz de apartar de su cabeza la idea de que su intervención no es sino la irrupción de un agente extraño, la civilización, que les ofrecerá la enorme oportunidad de pasar de salvajes sucios y sonrientes a nuevos y relucientes miembros del tercer mundo. Marc lo sabía y llevaba días repitiéndoselo, hablándole de bosquimanos, de panares, de yanomamis, de navajos…, dejándola sin argumentos.

La mujer yanubi batió las palmas y las demás se acercaron a ver el dibujo: una especie de insecto con dos puntos en la base de sus alas. Todas rieron. Ella se limitó a sonreír y a agradecer con un gesto de cabeza el regalo.




- No deberías haber ido sola…
- Lo sé.
- ¿Está todo bien…?
- No -respiró hondo-. Creo que me arrepentiré de lo que voy a decir, pero… Nos deshacemos del material.

Marc gritó un “¡sí, joder, sí!“ y la abrazó.

- ¿Sabes? Me han hecho un dibujo.
- ¿Un dibujo?
- Sí; aquí, en el pie -le enseñó el empeine-. ¿Sabes qué es?
- Un grillo -y sonrió-. ¿Sabes qué significa?
- No.
- ¿Ves los puntos de color? Este grillo finge estar muerto si hay un depredador cerca. Y si ve que a su lado hay otro bicho moviéndose que también puede servir de comida al depredador, se coloca cerca. Así es más fácil que devoren al otro… Puede que los yanubis no se fíen de ti… -le acarició la cara antes de empezar a preparar su mochila-. Eso es porque no te conocen.

Ella miró el dibujo y, con culpa, apretó en el bolsillo el carrete que había decidido que salvaría de la quema.
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  • 9 de Septiembre de 2010 a las 9:26
Un viejo nuevo mundo

 

 

Llevábamos una generación observando aquel valle. Los sensores de energía venían registrando un incremento pequeño pero constante. Nada extraordinario: hay miles de nichos en la Tierra donde la tecnología gatea sus primeros pasos. Sólo que en aquel valle, de vez en cuando, el registro detectaba un pico que en cuestión de horas o días volvía a la normalidad. Como si alguien ocultara algo.

La deforestación superaba los estándares para una economía ganadera de montaña. La causa: un carboneo desproporcionado para la población del valle. ¿Siderurgia? ¿Armas? ¿Pólvora? El valle formaba una unidad política. Lo dirigía de hecho una misma familia desde hacía tres generaciones. Pero no se le conocían otras ambiciones más allá de las típicas peleas por pastos con los valles vecinos; nada que no se solucione con palos y piedras, con arcos y flechas como mucho.

Incitamos a los pastores de una comarca vecina para que entraran a robar ganado. Entre ellos, un par de agentes nuestros. Los habitantes del valle salieron al paso confiando, como otras veces, que los ladrones huirían nada más verles. Es una ley histórica: las guerras son menos cruentas cuanto más primitiva es una sociedad. Hay de nosotros quien sostiene que la causa no es el bajo nivel tecnológico, sino la débil concentración de poder, y que podríamos elevar el umbral tolerable de desarrollo de las fuerzas productivas siempre que evitáramos la formación de grandes unidades políticas.

Esta vez los ladrones no escaparon con sus vacas: queríamos forzar la aparición de recursos ocultos. Hubo un muerto, los lugareños huyeron, y los cuatreros saquearon una aldea de la cabecera del valle en la que teníamos especial interés. Horas después, los pobladores contraatacaron con armas que no habían enseñado todavía: corazas y rodelas metálicas, espadas de acero y primitivos arcabuces que disparaban proyectiles de plomo del tamaño de huevos de paloma. Tuvimos que enviar una libélula para sacar a nuestros agentes y al prisionero que habían hecho.

En una de las casas saqueadas había cable de cobre rescatado de alguna ruina de los tiempos anteriores a la Gran Fulguración. Nada inusual, salvo que la funda podrida había sido reemplazada por resina vegetal a modo de aislante. Junto a los cables, unas tinajas preparadas para servir de pila eléctrica, con núcleos de carbón y de zinc. Un ordenador hubiera dado sentido a aquellos hallazgos. Lo encontraron más arriba, en las cuevas, junto con el muchacho.

Cuando me lo trajeron, no supe calcular su edad, acostumbrado como estoy a rostros y cuerpos inalterables a través de los siglos. Vestía bárbaramente: jubón de cuero duro, faldellín de lana gruesa, botas con suela claveteada y una capa impermeabilizada con cera que no iba a necesitar en la celda climatizada. Se había sentado en un rincón, una rodilla contra el pecho y la otra estirada: una actitud de entrega resignada detrás de la cual sabíamos que había una inteligencia agazapada. Por eso lo habíamos capturado: algunos de nosotros ya habían olvidado cómo se puede improvisar una pila.

El prisionero me recordaba a mí mismo trescientos años antes, cuando llegué aquí por primera vez, como él, y con un atuendo tan primitivo como el suyo. Lo imaginaba atónito, expectante. Alerta.

—¿Sabes donde estás? —le pregunté articulando despacio. Es sorprendente como envejecen las lenguas. O rejuvenecen, según se mire.

El muchacho asintió.

—Tu padre te habló de nosotros, ¿verdad?

El muchacho recogió la otra pierna y hundió la mirada entre las rodillas. De su traza biológica habíamos deducido que su padre era un inmortal de mil años desaparecido hace veintisiete, los mismos años que tiene el muchacho. Entonces no le dimos importancia. A veces alguno de nosotros tiene un mal tropiezo cuando viaja solo. No siempre se encuentra su cuerpo.

Menos frecuente es que un inmortal se una a los mortales y que habite entre ellos. Su perpetua juventud les delata entre los que envejecen. El Olimpo se olvida de ellos, aunque engendren descendencia: sobrado castigo será para ellos ver marchitarse a su alrededor a los seres a los que han querido unirse. Entonces volverán a nosotros mucho más tristes de lo que se fueron, y un día se dejarán apagar.

—¿Dónde está tu padre?

—Murió —dijo con voz apagada.

—¿Cómo? Tu padre era inmortal.

Me negó la respuesta. Me senté en la pared de al lado, con las rodillas recogidas igual que él, mirándole.

—No somos enemigos tuyos ni de tu padre. Te dejaremos volver. Pero necesitamos saber, estar seguros.

—¿De qué? —me miraba, por fin.

—De que ha muerto, como dices.

—En realidad desapareció —volvió a esconder la cara detrás de una cortina de rizos.

—¿Cuándo?

La respuesta se demoró.

—Poco después de que muriera madre —no veía su rostro, pero adiviné un temblor y me puse alerta. Los sentimientos relacionados con la procreación y el apego son como fuego para nosotros: nos quemamos si no nos mantenemos lejos. Medí cuidadosamente las palabras.

—Entiendo. Seguramente la quería mucho y no podía vivir sin ella.

El muchacho me desconcertó con una mirada rabiosa. Hasta que interpreté: era el reproche que hacía a su padre por haberlo abandonado.

—Los inmortales también mueren. De tristeza, ¿no sabías? Pero necesitamos saber qué ha sido de él.

—Si mi padre estuviera muerto, ¿me dejaríais volver?

—Sí.

—¿Por qué?

—¿Por qué no?

—¿Y si él viviera?

—Le convenceríamos para que dejara de enseñaros una magia que es de los dioses.

Su réplica fue fulminante, algo grabado hace mucho tiempo y con mucha fuerza:

—Aprenderemos vuestra magia aunque mi padre no esté. No sois dioses: sólo hombres como nosotros con una vida más larga.

Me conmueve la insensata confianza en si mismos de los seres vivos cuando son jóvenes. Al mismo tiempo admiro ese empuje irreflexivo que puede acabar arrollándolo todo. Cuando discutimos entre nosotros acerca de los límites de cada formación social y cada modo de producción, no dejo de pensar que ninguna ingeniería social conseguiría nada sin ese impulso de los seres vivos por dominar y crecer, que más tarde o más temprano se abre paso. Nuestra preocupación consiste justamente en mantener la caldera de la vida sobre la tierra con la presión justa para que no desborde.

—Bien, llámanos como quieras, dioses o inmortales. Pero tenemos un motivo: protegemos la Tierra del excesivo número de los hombres.

—Os protegéis a vosotros mismos. Aniquilasteis la civilización, exterminasteis a los seres humanos para conservar el privilegio de vuestra inmortalidad.

Una vieja leyenda que se resiste a ser olvidada.

—Fue una erupción solar hace mil años, cuando tu padre tenía tu edad. Entonces se sabía que el sol sufría episodios recurrentes, pero no que pudieran ser tan intensos como para colapsar una civilización basada en la electricidad. No les dio tiempo a prepararse.

—No me lo contó mi padre así.

—¿Qué te contó?

—Que los inmortales impidieron que se hiciera lo suficiente para proteger la Tierra de la Gran Fulguración. Ellos salieron indemnes: se refugiaron en cuevas profundísimas con equipos de supervivencia preparados para afrontar el día después. Que antes y después de que la llamarada golpeara la Tierra, incendiaron el cielo con muchos arcoiris que reforzaron sus efectos.

Curioso que la leyenda perviva transmitida por aquellos a quienes acusa. Soplé sobre ella.

—No niego que tu padre no lo creyera, pero si vivieras entre nosotros sabrías que el testimonio de un inmortal de mil años no es de fiar; que cuando la memoria se extiende tanto, llega un momento en que se confunde lo vivido, lo soñado, lo que has temido, deseado o aquello de que te culpas. En cuanto a lo que pasó, es más seguro atenerse a los registros.

—¿Acaso los registros no pueden mentir?

—Son muchos y todos dicen lo mismo. Hubiera sido una mentira muy laboriosa. Y además, ¿qué motivos tendríamos para engañarnos a nosotros mismos?

Seguí perorando, explicándole que la desigualdad entre mortales e inmortales fue solo la última de otras muchas desigualdades, y las detallé todas; que la Gran Fulguración fue una Némesis que habría de ocurrir en esa u otra forma, y describí que otras amenazas se cernían sobre la vida en la Tierra. Pero mis palabras resbalaban por sus oídos como lo hubiera hecho el agua por su capa. Nada de lo ocurrido mil años antes podía ser entendido por un muchacho que cuidaba vacas y no había salido nunca de su valle. Que, además, se aferraba al recuerdo de su padre.

Súbitamente comprendí qué tenía que hacer.

—¿Sabes?, tu padre llevó un diario de los primeros tiempos. Si quieres, puedes leerlo.

Fue una sacudida para él. Sentí que derribaba un muro.

Naturalmente, los documentos de su padre escapaban a la comprensión de cualquiera que no conociera la civilización en la que había nacido. Necesitó acceder al sistema documental, que respondía a sus interrogaciones con nuevas incógnitas, y acabó convertido en un cachorro curioso correteando entre nuestras piernas, pidiéndonos aclaraciones y atajos a cada uno de nosotros. El hijo de Prometeo quedó enganchado en la tela de araña del saber.

No supervisé sus pesquisas. Me bastaban sus preguntas para seguirlo.

Aprendió que aquellas cuevas eran refugios contra las bombas atómicas, las mismas que, detonadas fuera de la atmósfera, producían los letales arcoiris. Que ni las bombas ni los refugios fueron creación de los inmortales. Que antes de que algunos alcanzaran la inmortalidad, el número de los hombres ya era excesivo, la discordia reinaba por doquier, y la Tierra era un erial y un basurero de polo a polo. Aprendió a interpretar las cicatrices que han quedado a nuestro alrededor de aquellos tiempos. Y comprendió por qué su padre se sintió culpable de haber sobrevivido a la Gran Fulguración, cuando la Humanidad redujo su número en pocos meses de quince mil a menos de cien millones.

Un día pidió permiso para visitar su valle. Llevaba dos años sin vestir sus ropas de cuero. No le pregunté si pensaba volver. Lo que tuviera que ser sería.

Cuando volvió, traía una pregunta en los labios.

—Quizás tenéis razón, pero ¿quién os ha dado el derecho a decidir por los seres humanos?

—Si sabemos y podemos, ¿no estamos obligados a hacerlo?

Calló. Entendí que era el momento.

—Dime: si te ofrecemos unirte a nosotros, formar parte del Olimpo, alcanzar la inmortalidad, ¿aceptarás?

 

concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2010 a las 11:20
Debería estar matando vikingos.

 

-¿Sabes una cosa?

-Dime

-A veces creo que nos va a pasar como a los aztecas. Se nos va a ir la pinza y vamos a empezar a matarnos los unos a los otos.

 

Los paseos sin destino buscando en los bolsillos unas monedas que ofrecer a cambio de unas cervezas no parecían suficiente consuelo para Alberto. El día estaba siendo demasiado aburrido y Daniel rió como si el comentario tuviera la más mínima gracia. Con el aire del sur moviendo sus cabellos alborotados y levantando la temperatura de toda la costa, cualquier cosa tenía gracia.

 

-Esto se acaba, tío- añadió después de una pausa.

-¿Qué dices?

-Que sí; que no puede ser que sigamos con esta apatía universal. Que a esta sociedad se le han agotado las excusas y los objetivos. Estamos al borde del colapso.

-Te está sentando fatal este calor.

-Hazme caso. En unos años vamos a llegar a los diez mil millones de habitantes y ese el límite alimenticio del planeta. Pero antes de que llegue la hambruna, sufriremos los efectos de la contaminación o alguna gran guerra. No te preocupes.

-Si no me preocupo. Esas cosas están fuera del alcance de unos tipos como nosotros. ¿Te vas a comer la olla por eso ahora?

 

Seguían paseando por las calles cercanas al paseo marítimo pero sin llegar a él. Detestaban aquella torre de Babel caótica, absurda y derrumbada ante una puesta de sol a la que ellos ya se habían acostumbrado.

 

-Tarde o temprano dejaremos de seguir el camino marcado. Alguien querrá alternativas y el sistema no se las podrá ofrecer. Ese día, nuestro modelo de sociedad se habrá agotado. Somos testigos privilegiados de nuestro propio ocaso.

 

Se aproximaban lentamente a un par de chicos rubios. Eran muy altos y tenían la piel enrojecida por el sol. Reían ruidosamente por las soeces ininteligibles que les estaban diciendo a unas chicas que pasaban por la acera de enfrente.

 

-Esto es una mierda tío- dijo levantando la voz mientras se agachaba a coger una vara de hierro que alguien había dejado apoyada en un container.

-Te estás enfadando solo. Cálmate hombre.

-Tío, que seguimos viviendo con nuestros padres; que no tenemos ni para tomarnos unas cervezas; que esto no hay quien lo aguante.

-Vamos a ver si Paco nos fía y nos emborrachamos- dijo Daniel intentando consolar a su amigo con la imagen de una buena cerveza fría.

-No pienso mendigar ni una puta vez más- dijo quedándose quieto en medio de la calle.- ¡Quiero vivir! Tengo treinta años ¡Joder! Tendría que estar matando vikingos- gritó con rabia mientras se acercaba a los dos chicos rubios levantando la vara.

 

La dejó caer con todas sus fuerzas sobre cabeza del que estaba de espaldas. La cara del otro pasó de la incredulidad al miedo atroz en el tiempo que necesitó Alberto en preparar el siguiente golpe. Con la primera víctima en el suelo echó los brazos atrás como quien prepara un bate de béisbol y golpeó con todas sus fuerzas la cara del otro chico a la altura de la mandíbula.

 

Daniel vio atónito como la sangre salía disparada de su boca. Fue como si el tiempo aminorase su velocidad para recrearse en las atrocidades de Alberto. Los dos chicos a penas emitían ningún sonido; parecían haber quedado inconscientes por los dos golpes. Sin toparse con resistencia alguna, Alberto empezó a patear su cuerpo como si fuera su vida en ello. Cuando Daniel reaccionó ya era demasiado tarde. La carrera y el empujón servirían para llevarse a Alberto de ahí pero no les ahorraría el hospital a las víctimas de su locura. Jamás había lo había visto así. Habían sido amigos desde primero de carrera y Alberto siempre había sido un buenazo. Aquello no tenía sentido.

 

Corrieron durante varios minutos para huir de unos policías que no tardarían en llegar y cuando pararon a respirar, Alberto reía mientras intentaba recuperar el aliento apoyado en sus rodillas. Se lo tomaba como un juego; era incapaz de comprender las consecuencias que sus actos tendrían en esos dos chicos que habían escogido mal el destino de las vacaciones. Daniel no sabía que hacer ni que decir. Tenía ganas de llorar por aquellos chicos pero, sobre todo, por haber visto a su amigo, a su único amigo, comportarse como un animal sin ningún motivo. Levantó la mano derecha mientras se daba media vuelta y dejándola caer con desgana empezó a andar hacia su casa. No había más que decir y esa debía ser suficiente despedida.

 

 

Pasaron tres semanas sin volver a verse. Alberto había admitido por Messenger que había repetido la experiencia varias veces con inmigrantes de varias nacionalidades y cabezas rapadas. Daniel no podía entender el cambio que había podido experimentar pero estaba convencido que había empezado un camino sin retorno.

 

-¿Está Alberto?

-Pasa, pasa. Está en su habitación jugando con el trasto ese. Os dejo solos que tengo que hacer unos recados- se despidió la madre de Alberto dejándolo pasar.

 

Al abrir la puerta de la habitación se topó con Alberto sentado delante del monitor en calzoncillos y sin camiseta. No parecía haberse enterado de la noticia. Al menos, no parecía darle mucha importancia.

 

-Tío, que el danés del otro día ha muerto.

-Ya me he enterado.

-Y estás tan pancho.

-¿Qué quieres que haga?- dijo pausando el juego y levantándose de la silla- Yo no soy médico para ir curando a la gente.

-Has matado a una persona.

-Mira lo que me he comprado- replicó ignorando a Daniel y acercándose a su mesilla de noche- con esto he hecho gritar a todos los vikingos que me he encontrado solos por la calle- dijo luciendo un puño americano y un kubotán.

-No puedes salir a la calle cada noche a dar una paliza a quien quieras- empezó a levantar la voz Daniel.

-Cuando clavas esto en las costillas de alguien puedes asegurar que está sufriendo- dijo ignorando a Daniel y mirando con cierta lascivia al kubotán.

-¡No puedes seguir así!- exclamó Daniel.

-Tendrías que venir por las noches conmigo. Necesito un ayudante.

-¿No me escuchas? ¡Te digo que no puedes seguir así! ¡Despierta!

-Ir en busca de vikingos es peligroso si voy solo. No me importaría repartir el botín.

 

Alberto seguía ignorando a Daniel que intentaba recuperar un mínimo de cordura de su amigo. Fue un acto instintivo que lo zarandeara del hombro.

 

-¡No son vikingos Alberto! Reacciona.

-¿Qué dices tío?

-Son gente sin hogar, inmigrantes ilegales o turistas. Estás dando palizas a gente que sólo está de paso.

-Esta noche será especial. Siendo dos podremos atacar también a grupitos.

 

Daniel no sabía como encajar la locura del que había sido su amigo. Alberto se limitaba a seguir en su película mientras miraba una y otra vez el puño americano y el kubotán.

 

-No puedo permitir que sigas haciendo esto- dijo Daniel tan calmado como pudo con su mano derecha sobre el hombro de Alberto.

 

Alberto tardó muchos segundos en responder. Primero siguió mirando a su mano contrariado, pero poco a poco su mirada se fue encendiendo mientras alzaba la cabeza lentamente buscando los ojos tristes de Daniel.

 

-Ahora lo entiendo- dijo Alberto acomodando el puño americano en su mano y  mirando con rabia a Daniel- eres un jodido espía de los vikingos
concursoderelatos
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  • 9 de Septiembre de 2010 a las 19:35
LA INAUGURACIÓN

El promotor saludó al presidente. El presidente le estrechó la mano al promotor. Los dos sonreían, parecían orgullosos. El presidente pensaba en su buena imagen, en los votos que le repercutiría la inauguración de esa mastodóntica obra. El promotor empezaba a frotarse las manos con las ingentes cantidades de dinero que empezaría a percibir cuando los vehículos circulasen por esa vía.

Muchos curiosos se habían acercado, querían ser los primeros en circular por la mayor obra ingenieril de la historia. Todos esperaban expectantes. Antes de darla por finalizada, antes del acto simbólico de la última demolición el presidente empezó su discurso. Como no podía ser de otro modo habló de progreso, de sacrificios, de un futuro mejor y que ese era el camino a seguir. Siguió hablando de las ventajas de la nueva autopista, de la importancia de la comunicación, de lo importante que había sido entonces y siempre facilitar el transporte. Habló también de los beneficios para las zonas implicadas. Todo el mundo esperaba expectante. A nadie le importaba demasiado ese discurso panfletario, pero todo el mundo escuchaba con atención.

Mientras, en su casa, John observaba con sumo interés un reportaje sobre termitas. En ese documental hablaban de las molestias que causaban, también describían la complejidad de sus nidos y la jerarquización de su sociedad. También hablaban de cómo esos enormes nidos, algunos de más de dos metros de altura, serían destruidos y arrasados, pues se interponían en la construcción de un nuevo oleoducto que travesaría el desierto de punta a punta.

John pensó: “Malditas termitas, no sé como lo hacen, pero siempre andan molestando. Las arrasarán, bien merecido lo tienen”.

John continuó presenciando el documental, esperando ver el funesto destino de las termitas. Mientras, muy lejos de allí, el presidente terminaba de leer su farragoso discurso. El murmullo de toda la gente allí presente fue creciendo. El presidente volvió a acercarse al promotor y éste, cogiéndole por el hombro, mientras reían y se mostraban distendidos, le llevó hasta el cañón, le indicó como aposentarse, le dijo que no tenía que apuntar, sólo tenía que molestarse en apretar el gatillo.

John seguía mirando divertido el documental, la enorme excavadora se acercaba al primer nido de termitas, el nido más grande, John se frotaba las manos. Quería ver como las termitas abandonaban despavoridas los restos de su hogar derruido, quería ver cómo eran víctimas de los sopletes, lanzallamas mejor dicho, que les esperaban una vez empezada la vorágine.

John veía como se acercaba la excavadora, mentalmente empezó la cuenta atrás:

Cuatro... tres... dos... uno... ¡¡¡CERO!!!

Y se hizo la oscuridad, John no veía, no oía ni sentía nada, ya no.

El jolgorio se hizo presente, la multitud se dirigió a sus naves mientras gritaba y celebraba. El promotor ayudó a bajar al presidente de la confederación cósmica, que aún tenía el dedo encima del gatillo del cañón de protones.

-¡Buen disparo!
-El progreso no debe detenerse por encontrarse una piedrecita en el camino, ¿verdad?
-¡Claro qué no!

El presidente se dirigió por última vez a los presentes, cogió las tijeras y cumplió con el último paso de la ceremonia. Mientras afianzaba con una mano la cinta y con la otra se encargaba que las tijeras la seccionasen, profirió:

-Señoras y señores, ¡queda inaugurada la primera autopista intergaláctica!
IndianaVelarde
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  • 9 de Septiembre de 2010 a las 21:07
Se cierra el plazo. No más relatos por favor. A las 22,00 horas abriré el hilo de seguimiento.

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Autor: aitorzarate

   

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