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carlosmaza
Mensajes: 3.048
Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008

Ávila: Crónica de una ciudad

30 de Agosto de 2010 a las 13:09

Dentro de mis libros de viajes voy derivando hacia pueblos de mediano tamaño, mucho más agradecidos de que alguien se ocupe de ellos que las grandes ciudades. No obstante, también hago un buen esfuerzo con estas últimas, en concreto describiendo Segovia o Burgos (aún no presente en Bubok). 

Ahora traigo en edición ebook la crónica de la ciudad de Ávila (descarga aquí) que podéis descargar gratuitamente. 
Desde mi agnosticismo veo con respeto las creencias religiosas de la ciudad aunque creo que invaden en demasía todos los ámbitos históricos y sociales. También he querido profundizar en la vida de Santa Teresa que, aunque su presencia sea excesiva allí, es sin embargo un personaje a considerar. Sin embargo, mi sorpresa al conocer a fondo la ciudad fue observar que hay numerosos rincones de gran belleza e interés que no tienen nada que ver con lo anterior. Todo ello está en este libro que es una exposición detallada de todas las posibilidades que ofrece Ávila para el viajero que va a visitarla.

aviles
Mensajes: 544
Fecha de ingreso: 30 de Septiembre de 2008
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  • 30 de Agosto de 2010 a las 14:00

Qué interesante, Carlos.

Gracias por el trabajazo y por dejarlo por la face.

Pedro Avilés

mameri
Mensajes: 1.479
Fecha de ingreso: 30 de Octubre de 2009
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  • 30 de Agosto de 2010 a las 15:23
En Ávila he estado un par de veces, siempre de paso. Es una ciudad encantadora. Enhorabuena por tu nuevo trabajo.
carlosmaza
Mensajes: 3.048
Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008
  • CITAR
  • 30 de Agosto de 2010 a las 18:28
Gracias por vuestro apoyo, espero que os interese. La guía de la ciudad, eso sí lo puedo asegurar, es bastante completa. Además, tiene su emoción saber cómo me las arreglé para que una monja se levantara las faldas y me enseñara sus piernas ¿no?
mameri
Mensajes: 1.479
Fecha de ingreso: 30 de Octubre de 2009
  • CITAR
  • 30 de Agosto de 2010 a las 19:35
Te copio un pasaje de la novela La hermana San Sulpicio, de Armando Palacio Valdés. La monja en cuestión se pone a bailar unas seguidillas...

"  Pero   nos   faltaba   lo   más   difícil:   convencer   a   la
hermana   María   de   la   Luz.   Aquella   tímida   e
insignificante   criatura   rehusaba   con   tenacidad
levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la
cogiese enérgicamente por los brazos y la alzase
casi a viva fuerza.
  —Beata,   chinchosa,   ¿crees   que   te   vas   a
condenar?  Pierde   cuidado,   que   nadie   té  quita   la
sillita que tienes en el cielo.
  Pero se encontraron con que no había palillos.
  El   sabio   fondista   dijo   que   él   los   traería;   y   en
efecto,   a   los   dos   minutos   se   presentó   con   dos
pares de castañuelas que entregó a las hermanas.
Entonces éstas se despojaron de las papalinas y
las   tocas.   Por   primera   vez   vi   los   cabellos   de   la
hermana   San   Sulpicio.   Eran   negros   y   lucientes
hasta dar en azules, levemente ondeados, no muy
largos porque al pronunciar los votos la tijera había
hecho feroz estrago en ellos.
  Hecho otro viaje de exploración por las cercanías
de   la   sala   y   cerradas   herméticamente   todas   las
puertas, Suárez   comenzó  a   rasguear   la   guitarra.
Hubo   un   momento   de   ansiedad.   Las   dos
bailadoras se habían puesto una frente a otra y se
miraban   sonrientes;   la   hermana   María   de   la   Luz
con la cabeza baja y ruborizada hasta las orejas;
su prima con los brazos en jarras, un poco pálida,
los labios secos, acentuaba el leve estrabismo de
sus   hermosos   ojos   negros   aterciopelados.   A   mí
me   daba   saltos   el   corazón   de   puro   anhelo.   El
malagueño   alzó   un   poco   la   voz   cantando   una
seguidilla.   De   pronto   los   cuatro   pares   de   palillos
chasquearon con brío, las bailadoras abrieron los
brazos y avanzaron una hacia otra y se alejaron
inmediatamente,   levantando   primero   una   pierna,
después otra a compás y con extremado donaire.
Mis ojos de enamorado percibieron por encima de
la tosca estameña el bulto adorable del muslo de
la hermana San Sulpicio. Siguieron una serie de
movimientos y pasos, ajustados todos al son de la
guitarra y de las castañuelas, que no cesaban un
instante   de   chasquear   con   redoble   alegre   y
estrepitoso. El cuerpo de las dos primas tan pronto
se erguía como se doblaba, inclinándose a un lado
y a otro con movimientos contrarios de cabeza y
de   brazos.   Éstos,   sobre   todo,   jugaban   un   papel
principalísimo,   unas   veces   abiertos   en   cruz   para
presentar   el   pecho   con   aire   de   desafío,   otras
recogiendo del suelo algo invisible que debían de
ser   flores,   otras   levantados   en   arco   sobre   la
cabeza,   formando   en   tomo   de   ella   como   un
hermoso marco de medallón.
  Yo   no   miraba   más   que   a   la   hermana   San
Sulpicio, no sólo por la afición que la tenía, sino
porque en realidad  era  la que  mejor bailaba.  Su
prima,  o  por temor   o   vergüenza,   o   porque   no   la
hubiese dotado la naturaleza con gran cantidad de
sal,   limitábase   a   señalar   los   movimientos   y   a
guardar el compás. Ella los acentuaba en cambio
briosamente, gozándose en las actitudes donde la
esbeltez   y   la   flexibilidad   de   su   cuerpo   se
mostraban a cada instante de un modo hechicero.
La hermosa cabeza inclinada a un lado, los ojos
medio cerrados, la boca entreabierta, dilatada por
una sonrisa feliz, donde todo su ser se anegaba,
parecía   la   bayadera   del   Oriente   ostentando   con
arrobo místico en la soledad y misterio del templo
la  suprema gracia  de  su  carne  dorada  como  las
hojas del loto en el otoño, el brillo fascinador de
sus ojos. En aquel momento podía jurarse que no
nos veía, absorta enteramente en el placer de ir
mostrando   una   a   una   las   mil   combinaciones
elegantes a que su airosa figura se prestaba. La
pasión del baile era la pasión de su cuerpo, era la
adoración   estática   de   su   propia   gracia.   Cuando
una   mudanza   terminaba   parecía   salir   de   su
éxtasis,   y   nos   miraba   risueña   con   ojos   vagos   y
húmedos.
  Yo   estaba   crispado   de   la   cabeza   a   los   pies.
Hubiera   deseado   que   el   baile   se   prolongase
indefinidamente,   y   formé   propósito   inmutable   de
escribir   unas   décimas   describiéndolo,   que   por
cierto se publicaron algunos meses después en La
Moda Elegante: no sé si ustedes las habrán leído."
carlosmaza
Mensajes: 3.048
Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008
  • CITAR
  • 30 de Agosto de 2010 a las 21:41
Esos narradores decimonónicos son buenos en lo suyo, sobre todo, a mi juicio, Juan Valera. Pero monjas atrevidas hay muchas, recuerdo un convento zamorano (Sta Mª la Real de las Dueñas, pag. 201 de mi libro, por si lo lees) del que leí los escándalos ocurridos entre monjas y curas vecinos, escenas de alto contenido erótico, te lo puedo asegurar.

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