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romi
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La princesa cautiva

5 de Septiembre de 2010 a las 19:29

LA PRINCESA CAUTIVA
        De mi colección de relatos: "La Alhambra en el corazón"

 

El padre, uno de los reyes que por aquellos días vivían en los palacios de la Alhambra, dijo a la princesa:

- El príncipe Mash'al, por todos conocido como antorcha del mundo, está muy enamorado de ti. Prepara tu corazón que dentro de unos días te casarás con él. Sus riquezas son infinitas y la extensión de sus reinos nadie la conoce.

Y la princesa argumentó al rey:

- Pero yo no estoy enamorada de este príncipe. No es el hombre de mi vida y por eso no me casaré con él.

- Tú no puedes decidir eso. En nuestros reinos, nunca en la vida, una princesa ha desobedecido a su padre, el rey.

            Y la princesa, en una de las salas más lujosas y bellas de la Alhambra, seguía razonando con el padre:

- Mi corazón es libre y yo quiero dárselo a la persona con la que sueño. No quiero ser esclava de nadie aunque me quiten el título de princesa.

- Si no te casa con el príncipe Mash'al, esto es lo que va pasarte. Te quitaremos el título de princesa, te encerraremos en la torre más recia de estos palacios y no podrás hablar ni ver a nadie mientras no cambies de opinión.

Y, aunque triste, seguía diciendo, muy decidida:

-  Pues padre, aunque me quiten la libertad y dejen sin alegría mi vida, quiero ser libre y dar mi corazón solo a la persona que amo.

            Y solo unas horas después, los sirvientes del rey, ayudaban a la princesa a mudarse de estancia. Desde un pequeño palacio, rodeado de fuentes y jardines, a una alta torre, al norte  dentro del conjunto de la Alhambra.  De paredes y muros de ladrillo, rozando los bosque que al lado norte caen pare el río Darro y con muy escasas ventanas. En una sala amplia, mucho menos lujosa que en la que hasta entonces había vivido, le pusieron sus cosas. Unos cuantos muebles, algunos vestidos de seda y que a ella le gustaban mucho, cuadros y pocas cosas más. Y el jefe de los sirvientes del rey le dijo:

- Esta será tu estancia a partir de ahora. De aquí no puedes salir, según las órdenes que nos ha dado el rey. Aunque de vez en cuando  y acompañada siempre por la guardia, podrás dar un paseo por los jardines de abajo. Y cuidado no se te ocurra huir.

Y la princesa no dijo nada.    

            Una de las cosas más hermosas que tienen los palacios de la Alhambra, son las vistas. Desde lo alto de la colina que la sostiene se ven panorámicas fantásticas casi en todas las direcciones. Y una de las más bonitas panorámicas que desde la Alhambra se ven, es la que se abre hacia Granada, su Vega y al fondo, la gran cadena de montañas. Como si vigilara a la ciudad desde su formidable atalaya.

            Pero las otras vistas que desde la Alhambra se ven ninguna se queda atrás. La que se abre hacia Sierra Nevada y la que se enfoca hacia los pinares de La Mimbre. Y no es menos bella y sugerente la panorámica que ofrece la gran ladera del Generalife. Pero sin duda, la mejor vista que se puede disfrutas desde los palacios de la Alhambra, es la del río Darro. La que en primer plano tiene bosques, luego el río, el Paseo de los Tristes y el blanco Albaicín, en lo más alto de la colina de enfrente.

            Y esta era la lujosa perspectiva que cada día, mañana y tarde, ella contemplaba. Desde una de las habitaciones de su torre y el pequeño balcón. Al salir el sol cada mañana, en los días de invierno y primavera, a la princesa le gustaba mucho asomarse a este balcón y observar. Sin prisa a la vez que siempre meditaba o soñaba algún sueño. No contaba ella nunca a nadie sus sueños más personales porque los consideraba como lo más íntimo de su corazón. Pero tenía sus sueños y cuando más alas a sus sueños les daba era al salir el sol cada día y luego al ponerse sobre la ancha Vega de Granada.

            Las puestas de sol que desde su balcón podía disfrutar siempre eran fantásticas. Y al fundir sus sueños cada tarde con los colores del sol, su corazón parecía vivir una muy hermosa realidad. No sabía qué pero sí era algo que le gustaba y por eso lo guardaba entre sus cosas más secretas. Aunque algo sí tenía claro y por eso, a veces, para sí misma y muy quedamente, susurraba:

- El día que aparezca, allá por donde el sol se escapa y montado en su blanco caballo, qué dicha más grande para mi alma. Sin dudarlo le tenderé mis brazos y dejaré que me, rescate y libere de esta prisión y que me lleve a donde le plazca.

Soñando estos sueños, desahogos de su alma, muchas noches se quedaba a contemplar las estrellas. En el mismo balcón de su habitación y siempre perdida en las más honda y misteriosas distancias. Le gustaba mucho el sol de la mañana, los colores y olores de la primavera, y, sobre todo, las puestas de sol sobre la Vega.

            Y una de aquellas noches, cuando ya el verano declinaba y las señales del otoño aparecían, comenzó a caer la lluvia. Primero suavemente y sin apenas viento. Luego el cielo se oscureció mucho y, aunque salió la luna, las nubes eran ya tan densas que apenas se veía. Solo a lo lejos brillaban algunas luces, sobre las laderas del Albaicín y en las partes altas. De algunos de los palacios de la Alhambra también solo se veían algunos resplandores, en las ventanas de las torres.

            No podía dormir y no sabía por qué. Y como desde siempre la lluvia le había gustado, especialmente cuando las gotas se rompían sobre las ramas de los árboles, se asomó a su balcón. Para gozar desde más cerca la oscuridad de la noche, la lluvia cayendo y el airecillo fresco. Sentía que su corazón estaba inquieto y no acertaba a comprender qué le pasaba. Dejó que su mente soñara con algún reino y príncipe hermoso, por completo desconocido, cuando algo le sorprendió.

               De entre la espesura del bosque, por debajo de la ventana y en la ladera que desde la Alhambra cae para el río Darro, oyó salir como un lamento. Como una voz humana que, entre la lluvia y la oscuridad, pidiera ayuda y se quejara. Tubo un poco de miedo pero luego se armó de valor y, en lugar de cerrar su ventana y refugiarse en la habitación, siguió frente a la noche escuchando. Pasó un rato largo y no volvió a oírse ninguna voz más. Solo el rumor de la lluvia cayendo por entre las ramas del bosque y el leve vientecillo rompiéndose contra los muros del castillo. Miró para los adarves de la muralla y no vio a nadie. Ningún soldado hacia guardia y tampoco nadie parecía entrar o salir a las torres.

Por eso pensó que la voz que había oído podría haber sido algún efecto de la lluvia o del viento. Se dispuso a cerrar y entrar a su aposento cuando de nuevo se sobresaltó. La misma voz huma se oyó salir de entre la oscuridad y espesura del bosque. Y en esta ocasión hasta le pareció distinguir con claridad algunas palabras. No la llamaban por su nombre pero creyó que sí la llamaban. Por eso, aun temiendo que la oyera la guardias del rey o los de las torres y habitaciones cercanas, se animó y preguntó:

- ¿Quién eres y por qué me llamas?

Se hizo el silencio durante y buen rato y el rumor de la lluvia y el aire parecía oírse con mucha más fuerza.    

            Y, cuando ella creía que nadie iba a contestarle, se oyó la voz de nuevo diciendo:

- Princesa, te necesito.

Y ella, armándose de fuerza y valentía y sin miedo a que la guardia la oyera, dijo:

- Yo soy muy poca cosa y estoy cautiva. Soy débil caso como una pavesa, vivo encerrada en una gran cárcel amurallada y por eso apenas tengo libertad. Solo puedo respirar el aire, mirar al cielo y contemplar los paisajes. Pero ¿quién eres tú y qué puedo hacer por ti?

Esperó una respuesta y no llegó. Siguió esperando un rato más, ahora oculta en las paredes del pequeño balcón, temiendo que la descubrieran.

            Pasó y largo rato y nadie respondió a lo que había preguntado. Tampoco nadie volvió a llamarla ni pidió ayuda. Sin embargo, ya pasado un buen rato, uno de los guardias que hacía la ronda por la muralla, sí preguntó:

- ¿Quién anda ahí?

Y al oírlo la princesa tuvo mucho miedo. Cerró rápida la ventana, entró a su habitación, apagó las velas y se acostó. No se durmió enseguida porque no podía apartar de su mente lo sucedido. Imaginaba, temía, soñaba y le entraban ganas de volver al balcón. No lo hizo y sí ya de madrugada se durmió.

          En cuento despertó al día siguiente, los guardias del rey, enseguida la llevaron a una de las grandes salas de los palacios. El rey y dos personas más la rodearon y sin mucho preámbulo, le preguntaron:

- Princesa ¿con quién hablabas anoche?

Rápidamente se llenó de miedo y se echó a temblar. No sabía qué responder. Los que le rodeaban le siguieron diciendo:

- Ya sabes que tienes prohibido hablar con nadie. Y más desde la ventana de tu torre y a altas horas de la noche. Creemos tener claro lo que pasó anoche.

Aun más asustada la princesa habló:

- Solo contemplaba la lluvia y me entretenía en el rumor del viento.

- No es cierto, princesa, nos estás engañando.

            Y dicen que aquella misma mañana se la llevaron a otra parte de los palacios. A una torre más pequeñas, construida de pura piedra y con solo dos muy pequeñas ventanas. Le pusieron muchos guardias vigilando todos los lados de la torre y le prohibieron salir incluso para tomar el sol y pasear un poco por los jardines. Por las ventanas ni siquiera podía ver el sol de las mañanas ni las puestas de sol sobre la ancha Vega de Granada. Solo si subía a la estrecha azotea que la reducida torre tenía en todo lo alto. También lo tenía prohibido aunque la dejaban que subiera de vez en cuando.

            Hasta que una noche, también de primavera y con el cielo muy estrellado, se escapó de su reducido aposento. Subió a la azotea y al poco se oyó decir:

- Quiero ayudarte. Ahora mismo me voy contigo.

Y desde este momento nunca más se volvió a ver ni se supo de esta princesa de la Alhambra.   

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Autor: aitorzarate

   

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