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romi
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Las monedas del hombre pobre

19 de Octubre de 2010 a las 21:08

Las monedas del hombre pobre

            Al levante de los palacios Nazaríes, dentro del recinto amurallado de la Alhambra, se alzaba la pequeña ciudad. La Medina y hoy conocido el lugar con el nombre de El Secano. Pero aquí estuvo la ciudad, en otros tiempos, aunque reducida y con características muy peculiares.

         Entre otras muchas personas, carpinteros, pintores, decoradores, ceramistas, panaderos… vivían también aquí personas pobres. Y una de estas personas era un hombre mayor. No estaba casado ni tenía hijos ni familiares. Amigos sí, dos o tres y los vecinos que lo conocían y no lo trataban mal. De vez en cuando alguno le regalaba algo para comer, unas cuantas frutas, tomates o patatas o alguna prenda de vestir o zapatos todavía en buen estado.

         Pero en la pequeña ciudad también vivía otro hombre que sí tenía algunas riquezas. Tierras fuera de la ciudad de Granada, mulos, burros, vacas, ovejas… y hasta una pequeña huerta. Y este hombre sí estaba casado, tenía dos hijas muy hermosas y un par de criados. En su casa, con jardín, fuente y cipreses y un pequeño patio interior, tenía una bonita sala con chimenea. Por eso, cuando llegaban los fríos del invierno, el hombre mandaba encender fuego en esta chimenea y a calor de las llamas se pasaba las horas charlando con sus amigos o familiares.

         Un día de otoño, cuando ya habían caído las primeras lluvias y todavía no hacía mucho frío, el hombre rico llamó al hombre pobre y le dijo:

- ¿Quieres ganarte algún dinerillo?

- Claro que quiero.

- Pues te ofrezco un trabajo muy bueno y sencillo.

- ¿Qué trabajo es?

- Necesito leña para la lumbre en la chimenea de mi casa. Te daré un par de monedas por cada haz de ramas secas que me traigas.

Y el hombre pobre dijo que le interesaba el trabajo.

         Al día siguiente, por la mañana temprano, salió del recinto amurallado de la Alhambra y se dirigió a los bosques. Por aquellos tiempos, al norte de la Alhambra y antes de Sierra Nevada, las montañas estaban cubiertas de espesos bosques. Encinas, madroñeras, robles, quejigos… de uno de estos bosques el hombre pobre buscó y juntó un buen haz de ramas secas. Cargó con ellas y al caer la tarde llegó a la Medina. Fue a casa del hombre rico y le dijo:

- Aquí tienes lo que me habías pedido.

El hombre rico le dio las monedas y le dijo:

- Tráeme cada día una carga como ésta. La necesito.

- Lo haré porque yo también necesito el dinero.

         Y otra vez al día siguiente el hombre pobre fue al bosque a por la carga de leña. Regresó al caer la tarde y así al otro día y al otro. El hombre rico cada día le pagaba su carga de leña y de este modo, el hombre pobre, fue juntando una pequeña fortuna. Para que nadie le robara las monedas hizo un agujero en un rincón de su péquela casa y aquí las guardaba. Y las contaba cada día diciéndose: “En cuanto junte un poco más de dinero me compraré un borriquillo y así ya no tendré que traer acuestas cada día el haz de ramas secas”.

         Llegó el mes de la Navidad y cuando por la tarde el hombre pobre regresaba a la ciudad con su haz de leña, se encontró con el hombre pobre. Éste le dijo:

- Llévalo como siempre a mi casa y dile a mi mujer que te lo pague.

Esto hizo el hombre pobre y cuando la mujer le dio las dos monedas por la carga de leña, se fue rápido a su casa. Levantó la losa que tapaba el agujero donde guardaba las monedas y las sacó todas para volverlas a contar. Y estaba él contando sus monedas cuando llegó el hombre rico. Al verlo y descubrí todo el suelo lleno de monedas relucientes, sin más le preguntó:

- ¿Cómo has juntado tanto dinero?

- Lo he ido ganando con mi esfuerzo y poco a poco.

- Yo creo que me lo has robado.

Y el hombre pobre al oír esto se quedó de piedra.

- Usted sabe que yo no he robado nada.

- Me lo has robado y ahora mismo se lo voy a decir a todo el mundo y a los guardines de estos lugares para que lo sepan y te den un escarmiento.

 

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