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romi
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El joven reblede

18 de Noviembre de 2010 a las 19:08

El joven rebelde

            Por aquellos tiempos se empezó a construir un palacio junto a las aguas del río Darro. No lejos de lo que hoy conocemos como el Paseo de los Tristes, lugar desde donde mejor se ve la Alhambra. Por eso el dueño, el que ordenaba construir este palacio al tiempo que vigilaba a los obreros y disponía las cosas, decía a sus amigos:

- Es éste el rincón más bello de toda Granada y desde donde se puede disfrutar todo el esplendor y majestad de la Alhambra.

         Personalmente este hombre buscó y selección a las personas que puso a trabajar en las obras de su palacio. Y entre todas las personas que encontró y dio trabajo había un joven muy fuerte, un poco más alto que otros muchachos, de pelo negro, ojos castaños y cuerpo recio. Buen corazón tenía este joven y era muy amante de las cosas bellas y de los sueños. Y como no tenía ni hermanos ni padres ni riquezas materiales vivía en una pequeña cueva en el barrio del Sacromonte. Se sentía él orgulloso tanto de sí mismo como de la cueva donde vivía y de los sueños que soñaba. Por eso también se sentía libre y tenía grandes deseos de ser algún día importante en la vida.

         Una tarde de otoño, cuando acarreaba piedras para la construcción del gran palacio, el dueño se acercó a este joven y le dijo:

- Me he fijado en ti desde que estás aquí trabajando conmigo.

Y el muchacho le preguntó:

- ¿Y qué, señor?

- Que me pareces una persona buena y también trabajadora pero no me gusta tu modo de comportarte.

- ¿Cómo me comporto?

- He visto que cada tarde, cuando termina la jornada del trabajo, te vas solo a las aguas del río Darro y te sientas y ahí te quedas mirando. Como si ya no tuvieras vida en otro lugar del mundo. Y esto no me gusta nada.

- ¿Por qué no le gusta?

- Porque me parece que sueñas algo y eso es lo que yo no quiero en ninguna las personas que trabajan conmigo. Ten cuidado. Puedo ser muy severo contigo si no te comportas como a mí me gusta.

         El joven no dijo nada más en aquel momento. Continuó con su trabajo, un poco enfadado porque había captado que aquel hombre quería suprimirle su mundo interno. Y aquella misma tarde de otoño, un poco antes de que se pusiera y sol y cuando terminó la jornada de su trabajo, el joven se fue a las aguas del río Darro. Se sentó en la misma piedra de siempre y se puso a mirar en silencio. Para el lado en que se iban las aguas y acercando su cabeza todo lo que podía a la superficie de la corriente. Como si buscara algo en las transparencias de un redondo charco, unos metros más abajo.

         Desde uno de los balcones de su palacio en construcción lo descubrió el que lo tenía contratado y, durante mucho rato, lo estuvo observando. Se hizo de noche y vio como el joven dejó su sitio junto a las aguas del río, caminó despacio cauce arriba y se fue a su cueva, por las laderas del Sacromonte. Y al día siguiente volvió a las obras del palacio. En cuanto lo vio el dueño se le acercó y le preguntó:

- ¿Qué buscabas ayer por la tarde, como otros tantos días, en las aguas del río?

- Es un secreto que no quiero compartir con nadie.

- ¿Ni siquiera conmigo que puedo dejarte sin trabajo y, además, meterte en una profunda mazmorra?

- Ni siquiera con usted.

Y el dueño, muy enfadado, le dijo:

- Sigue ahora con el trabajo y luego hablaremos.

         Se puso el joven a trabajar y al caer la tarde, antes de que el sol se ocultara, no se fue a las aguas del río. Cuando terminó su jornada, se fue por un caminillo por las laderas del bosque de la Alhambra. Hacia mucho frío aquella tarde y por eso, en un sitio que él conocía, se paró. Soltó en el suelo su pequeño hatillo, buscó unas ramas secas, hizo una lumbre y se sentó frente a las llamas para calentarse. Sacó de su bolsillo un papel y un lápiz y se puso a escribir algo. No eran cosas contra el dueño ni del palacio pero sí tenían que ver con la Alhambra y el sueño que en su corazón alimentaba.

         Y llevaba un rato allí sentado, junto a la lumbre y con sus cosas, cuando oyó una voz que le era conocida. Venía de un poco más arriba y de entre unos árboles. Dijo enseguida:

- Puedes venir hasta mí, si quieres.

Y en un momento, antes sus ojos y frente a las llamas de la candela, apareció una muchacha. Tan joven como él y también muy hermosa y fuerte. Le dijo ella:

- Estaba recogiendo unas ramas secas para llevarlas a mi casa cuando se me ha acercado el dueño del palacio en construcción.

- ¿Y qué te ha dicho?
- Que como no le gusta tu modo de comportarte y como no le haces caso va a hacerme su prisionera, para que escarmientes.  

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