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raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009

RECOPILATORIO 2009. ERNIE. 22/11/2010 a 28/11/2010

19 de Noviembre de 2010 a las 13:18
Ernie, cuando quieras puedes colgar tus tres mejores relatos del 2009 en el concurso. A partir del lunes, te leemos, comentamos y votamos. 
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 19 de Noviembre de 2010 a las 14:56
A ver si el fin de semana tengo un momento y los pongo. Muchas gracias.
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 20 de Noviembre de 2010 a las 19:28
Detrás de un gran hombre

¿DÓNDE SE ESCONDE LA SOMBRA?
Ésta es la pregunta que todos nos hacemos. Hace más de un año desde que el héroe enmascarado hizo su última aparición conocida. Un año en el que el crimen ha aumentado paulatinamente aprovechando esta especie de amnistía. Un año de rumores y especulaciones que recorren la ciudad de punta a punta, rumores que nadie se atreve a confirmar, rumores que empezaron hace seis meses cuando se encontró el cuerpo sin vida de un hombre vestido con el traje de la Sombra que se había precipitado al vacío desde más de veinte pisos. ¿Era realmente él? ¿Ha muerto nuestro héroe, tras más de veinticinco años de limpiar nuestras calles? ¿Acaso fue una treta para abandonar su carrera contra el crimen? Algunas voces se alzan indignadas exigiendo al enmascarado...


Debió darse cuenta desde el principio.
Quizá cuando se puso el traje, el mismo que se había enfundado durante los últimos veinticinco años en los que se había ganado el apelativo de la Sombra. Parecía de pronto demasiado holgado en el pecho, demasiado apretado en el abdomen.
Quizá por aquella nueva y extraña sensación de cansancio, de derrota. Por aquellos ojos que lo miraban desde el espejo, ojerosos, sin convicción. Culpables.
Debió darse cuenta de que algo había cambiado. De que todo había cambiado.
Pero la responsabilidad, la necesidad de salir era algo que no podía eludir, lo llevaba tatuado en sus venas, en sus entrañas. Él era necesario, Malcolm nunca había eludido sus responsabilidades: él era la Sombra.
“Lo siento, cariño”. Pensó mientras se tapaba el rostro demacrado con la vieja máscara negra, sintiendo que la estaba traicionando. “Prométemelo, cariño” le había dicho ella antes de marchar. Él lo había hecho. Era la primera vez que rompía su promesa.
Debió darse cuenta cuando salió por la ventana y trepó por la pared. “El agotamiento, la falta de práctica.” Pensó. “Tres meses fuera de circulación me han oxidado”. El vértigo, nuevo y desagradable, la extraña torpeza.
Llegó a lo alto de la azotea casi sin aliento, jadeando. Descansó apenas unos segundos y empezó a correr, sus pasos resonando estrepitosamente en la noche, anunciando a gritos que, efectivamente, algo no iba bien. Llegó al borde de la terraza y el edificio vecino le pareció peligrosamente lejos esa noche. Aún así saltó.
Mientras caía desde una altura de veinte pisos tuvo tiempo de pensar que no se había dado cuenta de que algo iba mal porque, realmente, había perdido sus poderes.


- ¡Prométemelo, cariño! –dijo Amanda. Sus ojos negros, apagados, lo miraban inquietos y apremiantes, enmarcando su rostro lívido. Malcolm la miraba entre lágrimas mal contenidas, acariciando sus mejillas pálidas y temblorosas. Encerrando una de sus minúsculas manitas entre las suyas, fuertes y grandes.
Ya no había rastro de su negro y brillante pelo, sedoso y espeso. Ya no había rastro de aquella sonrisa pícara de dientes blancos y pequeños. Tres meses habían bastado para arrancar toda la felicidad de aquel cuerpo, dejando tan sólo dolor.
- ¡Prométemelo, cariño! –insistió, con un hilo de voz. “Cómo explicártelo”, pensó ella. “Cómo decírtelo sin hundirte, sin lastimarte. Sin mí nunca serás la Sombra, nunca lo fuiste.” Le apretó la mano con las escasas fuerzas que le quedaban. Él vaciló y luego, silencioso, asintió, incapaz de mirarla a los ojos. Sus hombros parecieron desmoronarse. Ella sonrió y cerró los ojos, satisfecha. Y durmió.


Abrió la puerta, el apartamento estaba totalmente a oscuras. Su mano recorrió la pared buscando el interruptor. Lo accionó. Nada. Volvió a hacerlo. Nada. Un reniego quedo. Su silueta oscura se recortaba en el marco de la puerta. Entró y cerró.
Las luces se encendieron súbitamente. Malcolm se tapó los ojos con la mano.
- ¡Sorpresa! –se oyó un grito alegre y solitario.
El minúsculo salón estaba decorado como para una fiesta, lleno de guirnaldas y globos. Había retirado los muebles para dejar espacio, la mesa presidía la estancia con comida y bebida. Amanda estaba de pie detrás de ella, con un gorrito de cartón brillante ladeado sobre su negro y espeso cabello, una amplia sonrisa en sus labios, dando saltitos y aplaudiendo mientras gritaba.
- ¡Te he pillado, te he pillado!
Malcolm puso los ojos en blanco, fingiéndose derrotado. Amanda rodeó la mesa, lo abrazó y lo besó sonoramente.
- ¿Era necesario? –protestó.
- Anda, ven y abre tu regalo, supergruñón –le cogió de la mano y lo llevó al sofá, donde le obligó a sentarse, colocándole una gran caja de cartón sobre las rodillas. Él la sostuvo en el aire unos segundos, sacudiéndola ligeramente, con la oreja pegada a ella.
- ¿Qué será? ¡Uy, que nervios! –dijo, irónico.
- ¡Anda, no seas payaso y ábrela! –le riñó.
Malcolm levantó la tapa, sonriente, retiró el papel que había encima y descubrió una máscara negra que lo miraba con ojos huecos. Descansaba sobre una especie de suéter del mismo color, como de cuero o látex sin brillo. La miró de reojo, con la sonrisa torcida.
- ¿Ahora te va el sado?
Ella le golpeó el hombro.
- ¡No! ¡No seas burro y sácalo!
Malcolm sacó la máscara y la contempló un segundo, sintiendo una extraña sensación. Después cogió el traje por los hombros, casi reverencialmente, y lo alzó, observando cada detalle, intentado dilucidar de qué material estaba hecho. Giró el rostro, súbitamente emocionado y confuso, y la miró. Ella lo observaba sonriendo pícaramente, con un brillo especial en su mirada, llena de amor y orgullo.
- Un superhombre necesita un traje –afirmó.


Malcolm estaba de rodillas, apoyado en una mano mientras se limpiaba la sangre de la nariz con la otra. Russell Jones, matón profesional de patio de instituto, estaba de pie a su lado, insultándolo, riendo a carcajadas y pavoneándose ante su séquito particular de fumadores precoces. Un corro de curiosos los rodeaba. Malcolm siempre trataba de evitarlo, de hecho hacía tiempo que, como decía su madre, “no se metía en líos intentar salvar el mundo”. Pero aquel día no pudo.
La chica yacía sentada en el suelo donde había caído, después de que ellos la empujasen, sus libros y apuntes esparcidos por la hierba. Era nueva, y eso era delito suficiente para aquellos memos. Aquella conocida indignación, que le nacía de las entrañas y le hacía hervir la sangre, le había hecho abrir la bocaza y defenderla. Y claro, Russell le había dado bien, Russell siempre estaba dispuesto a repartir un poco a cualquiera que lo pidiera.
Malcolm volvió a mirarla, sus ojos negros y brillantes lo contemplaron, serenos y profundos, tras la cortina espesa de su pelo azabache. Él quiso decirle: “Lo siento, no puedo ayudarte”. Ella sonrió levemente, como si lo hubiese oído, y Malcolm hubiera jurado que le contestaba: “Sí puedes, simplemente, levántate y hazlo”.
Sintió entonces una especie de confianza nueva, una reconfortante y cálida sensación que recorrió su espalda. Aún arrepintiéndose, se irguió. Un murmullo de sorpresa recorrió el grupo de mirones. Russell se encaró hacia él y una mueca cruel, que en algún momento pretendió ser una sonrisa, iluminó su rostro, reiniciando así el baile de los golpes, ése que Malcolm nunca había aprendido.
Sin pensarlo, adelantó el pie izquierdo, flexionó las rodillas y, girando el cuerpo, descargó el puño derecho hacia el abdomen del matón. Un segundo más tarde, éste yacía en el suelo encogido, abrazándose el cuerpo mientras trataba de tragar aire. Malcolm no oyó las exclamaciones de sorpresa, ni las risas, ni algún grito de aprobación. Miró a Russell un segundo, luego su mano, aún cerrada, boquiabierto y pasmado, igual que el séquito de matones, que lo miraban con odio y un nuevo temor.
Después, se dirigió hacia donde le esperaba la chica, todavía sentada en el suelo, casi como si contemplase un espectáculo. Le tendió la mano.
- ¿Estás bien? –le dijo.
- Perfectamente –contestó ella, como si viniesen de compartir un picnic en el campo-. Muchas gracias.
- Bueno –dijo él, avergonzado-. La verdad, es que todavía no sabría decirte qué ha pasado.
- Pues que le has dado lo suyo –concluyó ella, alegre-. Me llamo Amanda –añadió, tendiéndole la mano.
Él la aceptó, nervioso.
- Malcolm.
- Ya lo sé –dijo ella, sonriendo pícaramente. Y cogiendo sus cosas, se dio la vuelta con un amplio movimiento de su larga melena negra y se marchó.
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 20 de Noviembre de 2010 a las 19:30
Un último baile

Julio dejó que su mirada deambulase por el lujoso salón. El suave sonido de un cuarteto de cuerda se entremezclaba con el rumor de las numerosas conversaciones. Algunas parejas bailaban al son de la música. Su interlocutor, un hombre de avanzada edad, calvo y sudoroso, estaba enfrascado en una disertación apasionada sobre la urgencia de tomar posiciones en el mercado asiático. Julio asentía de vez en cuando, con su mejor máscara de educado interés cubriendo sus facciones. Sus ojos se posaron en dos mujeres que hablaban en la otra punta de la estancia.
La primera, su esposa, Isabel, con la que había compartido más de treinta años de matrimonio, tres hijos y un pequeño imperio empresarial que había nacido en un minúsculo taller del centro y que ahora empezaba a expandirse hacia oriente. Llevaba un vestido negro de seda que realzaba su esbelta figura, el cabello rubio recogido de manera impecable y una mirada fría y acerada que dedicaba a su acompañante.
La segunda, su amante, Silvia, con la que se acostaba desde hacía ocho meses. Una joven que llevaba trabajando apenas dos años en sus oficinas. Había conocido muchas chicas como ella: una sonrisa de más, algún cumplido, una caricia inocente, reuniones hasta bien entrada la noche, alguna cena en restaurantes de lujo,... y antes de que se diesen cuenta ya estaban gimiendo sobre la mesa de su despacho. Le encantaba aquella mesa: robusta y grande.
Con un ademán ligero y una excusa a medias, abandonó al conquistador de Asia y se dirigió hacia ellas, al tiempo de ver cómo Silvia se alejaba con un aparatoso revuelo de ropas y una expresión en su rostro digna de las mejores tragedias griegas. A escasos metros de Isabel, ésta lo vio. Su rostro se contrajo imperceptiblemente y sus ojos se enfriaron como un témpano.
- ¿Bailamos, querida? –le dijo él con una amplia sonrisa. Ella dudó un segundo, en el que Julio casi creyó que lo abofetearía-. Vamos... No hagamos una escena –añadió, con un tono más bajo.
Rodeó su cintura con un brazo, apoyando su mano en la espalda mientras cogía la otra contra su pecho. Ella colocó su otra mano sobre su hombro, con un gesto tan mecánico como distante. Empezaron a deslizarse por la pista en una coreografía tan familiar como automática.
- ¿Sabes que estás muy guapa esta noche? –le susurró al oído. Ella se tensó, luego dejó escapar un bufido despectivo. Tantos años de matrimonio le habían enseñado bien qué precedían aquel tipo de frases. Aquella noche sonaba casi ridícula, aunque no pudo reprimir una especie de ansiedad que le aceleró el pulso.
- ¿Hace mucho que le dedicas estas frasecitas a esa niña? –le espetó con voz queda.
Él suspiró profundamente.
- Te puedo asegurar que no es tan niña como aparenta –le respondió, sin inmutarse.
- Eres un cínico –escupió ella.
- Es todo un halago, viniendo de ti, querida.
- ¿Sabías que está embarazada?
Los pies siguieron deslizándose sobre el suelo de madera, produciendo ligeros chirridos que se entremezclaban con el roce de los vestidos, al mismo ritmo invariable, imperturbable. Julio sonrió.
- ¿Eso te ha dicho?
- Sí.
- ¿Y la crees?
- ¿Por qué no?
- Claro –dijo él-. ¿Por qué no?
- También ha dicho que es tuyo –añadió Isabel tras una pausa.
- Claro. ¿Por qué te lo iba a explicar, si no?
Las parejas se movían a su alrededor en un carrusel de rostros sonrientes y fugaces. El salón giraba lentamente y sus luces los acompañaban al son de la melodía.
- Llevo muchos años aguantando tus tonterías, tus engaños. He soportado demasiadas humillaciones. Pero esto es demasiado.
- ¿Y qué quieres hacer? –le preguntó él, aparentemente tranquilo.
- Quiero el divorcio –sentenció ella.
Julio no se detuvo, siguió girando. Apretó más la mano de ella contra su pecho y ciñó aún más su brazo alrededor de su cintura, acomodando cada hueco, cada curva de su cuerpo al de ella como dos piezas de un mismo puzzle.
- ¿Es que no me has oído? –preguntó ella, molesta.
- Perfectamente.
- ¿Y no vas a decir nada?
- Sí. Que estás muy guapa esta noche –insistió.
- Julio. Hablo muy en serio –dijo ella, deteniéndose.
Él se apartó un poco y la miró directamente a los ojos, aquellos preciosos ojos verdes que lo miraban fijamente, fríos y duros. Observó su rostro, sus labios, y deseó besarlos. Ella pudo sentir su deseo y, aún a su pesar, notó un estremecimiento en todo su cuerpo.
- Vamos a bailar, querida –dijo él, con voz firme y tranquila-. Un último baile. Te explicaré una historia.
Ella pareció dudar pero se dejó arrastrar, intrigada, por aquella voz serena que tantas palabras dulces le había susurrado en innumerables y eternas noches.
- Hace muchos años (aunque mirándote nadie lo diría) –comenzó él, tras unos segundos-, poco tiempo después de que naciera David, fui a ver al doctor Esteban, ya le conoces. No era nada, unas pequeñas molestias sin importancia. Pero, tras examinarme, me recomendó que me hiciese unas pruebas. Para descartar.
- ¿Descartar qué? –preguntó ella, con un ligero matiz de inquietud en su voz.
- Nada, no te preocupes. Fue hace casi treinta años –sonrió Julio, apretándose suavemente contra su cuerpo mientras la guiaba en su recorrido por el salón-. El caso es que me dijo algo,... bueno, curioso. Al principio no le creí, aunque me aseguró que no había posibilidad de error. Después quedaste en cinta de Susana y me dije: “ahora ya no hay duda. Se ha equivocado.” Así que, tan sólo para demostrárselo, repetí las pruebas.
Isabel escuchaba atentamente mientras un ligero temor tomaba forma en su mente. Julio unió sus mejillas y, acercándose a su oreja, bajo el tono de voz hasta casi un susurro. Un escalofrío recorrió la espalda de su esposa, que el ligero vestido dejaba desnuda.
- El resultado fue el mismo –anunció él-. Y cuando nació Martín, también.
- ¿Qué... qué quieres decirme? –balbuceó.
Él dejó que un dedo recorriese su espina dorsal, suavemente. Después posó sus labios en la base de su cuello y depositó un húmero beso, aspirando su intenso aroma. Ella notó la excitación de él y se estremeció, cerrando los ojos.
- Que el niño de Silvia no es mío. Sin ningún tipo de duda.
La mano de ella se aferró a su hombro, los dedos se crisparon ligeramente y giró su rostro hacia el de él, casi en contra de su voluntad, con los labios entreabiertos.
- Tal y cómo yo lo veo, querida –murmuró él-, tenemos dos opciones. Puedes llamar a ese picapleitos que lleva treinta años “asesorándote” y pasarnos toda la noche repasando esas pruebas, los contratos, las escrituras y todo el papeleo que te venga en gana...
Volvió a depositar otro beso en el hombre de ella, justo sobre el delgado tirante que sostenía el vestido. Dejó descender su mano hasta la cintura, donde sus dedos se separaron de manera casi casual, explorando audazmente.
- ¿Y... la otra? –suspiró ella.
- Bueno... –sonrió Julio-. ¿Te he dicho lo increíblemente irresistible que estás esta noche?
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 20 de Noviembre de 2010 a las 19:31
El cerro de los muertos

Las instrucciones eran claras: resistir y esperar. Habíamos tomado un pequeño cerro que, según el mando, era un punto clave en el avance de nuestro ejército. Nos prometieron que los refuerzos llegarían en pocas jornadas, aunque sabíamos que tenían que atravesar varios kilómetros con el enemigo entre ellos y nosotros. Así que nos atrincheramos en nuestra pequeña fortaleza y racionamos tanto el agua y la comida, como las balas y la cordura. Resistir. No parecía tan sencillo.
Llegaban en oleadas, a través del bosque que se extendía de este a noroeste. A nuestras espaldas, el terreno llano y descubierto no les invitaba a intentarlo. Allí apilábamos nuestros muertos, a la espera de poder darles la debida sepultura.
Los días se sucedían, grises, en una batalla intermitente que parecía eterna. Los proyectiles zumbaban a nuestro alrededor como un enjambre de furiosas abejas, los cadáveres se desparramaban en morbosas posiciones, tal y como habían sido abatidos. Algunos tardaban horas en morir, llenando las quietas noches con sus gritos agónicos. A veces, el sargento enviaba patrullas nocturnas para saquear los caídos en busca de munición o comida, entonces, aquellos lastimeros quejidos cesaban abruptamente, como un escalofrío. Muchas de aquellas patrullas nunca volvieron.
Lo peor era la incertidumbre. Eso y el temor al fuego pesado. Un par de proyectiles bien dirigidos o un vehículo blindado hubiese acabado pronto con nosotros. Aunque sabíamos que era poco probable, aquella idea pendía sobre nuestras cabezas como una guillotina.
Tras dos semanas de intensos combates, tuvimos una inesperada tregua que nos permitió albergar nuevas esperanzas. Empezamos a relajarnos, a bajar la guardia. Pudimos incluso dormir algunas horas sin sobresaltarnos por cada pequeño ruido. Hasta que cayó sobre el campo una espesa niebla. Apenas se veía el límite del bosque, los primeros árboles no eran sino sombras rasgadas y oscuras.
Un grito quedo nos alertó a todos a la tercera mañana de calma. Se percibía movimiento entre la niebla. Nos preparamos, tensos y alerta, esperando la orden. Algún sollozo ahogado rompió el silencio denso.
Poco a poco, las sombras fueron tomando forma humana, avanzaban de manera lenta y torpe, sin ponerse a cubierto, de pie. Creo que algunos ni siquiera llevaban armas, pero todos vestían inconfundiblemente el uniforme enemigo. A estas alturas no íbamos a fijarnos en detalles: si querían avanzar desarmados, no era problema nuestro. Las balas empezaron a tronar.
Pronto, nuestro mundo se convirtió de nuevo en un rugiente torbellino de disparos y explosiones, los gritos se sucedían, los cuerpos saltaban en pedazos o caían destrozados, amontonándose sobre los que se descomponían en el barro. Aún así, avanzaban inexorablemente, como carne de cañón, de una manera tan estúpida como suicida. Cada vez había más. Pronto se formó un muro de cadáveres, de miembros amputados y cascos vacíos que las hordas de impertérritos soldados escalaron sin escrúpulos, pisoteando a sus compañeros recién caídos. Un terror irracional nos atenazó como una fría mano: ni una sola bala surgió de las filas enemigas, ni una sola granada intentó morder nuestra posición.
Ganaban terreno. Empezamos a distinguirlos. Algunos gritos despavoridos recorrieron nuestras filas, algunos huyeron abandonando su puesto. Los rostros demacrados nos observaban, con los ansiosos y muertos ojos inyectados en sangre, las bocas abiertas, algunas desdentadas, gemían de manera ronca e insoportable, las manos se tendían hacia nosotros, buscando. Muchos de ellos volvían a levantarse, con las tripas colgando obscenamente de sus vientres estallados, con los miembros amputados, arrastrándose sobre el barro, siendo pisoteados y aplastados por sus compañeros. Y nosotros seguimos despedazando aquella masa de carne horrible y ciega que caía a nuestros pies, aquel horror insano más allá del horror de la guerra. Muchos de los nuestros simplemente se rompieron y, aullando como posesos, se lanzaron sobre la marea de enemigos donde fueron brutalmente desgarrados y devorados.
Empezamos a recular. Un grito escalofriante estalló a nuestras espaldas. Apenas tuvimos un segundo antes de volvernos y recibir una nueva oleada que nos atacaba por la retaguardia. Nos dividimos instintivamente en dos grupos: el primero intentó seguir conteniendo la marea del frente, el segundo se enfrentó a la nueva amenaza. Ésta vestía nuestra misma ropa y sus rostros eran dolorosamente conocidos. Nos encontramos arrasando a nuestros muertos que se habían levantado y escalaban la falda sur del cerro. El espantoso gemido sonaba ahora familiar como, si de alguna manera, hablasen nuestro propio idioma. Muchos empezamos a llorar, encontrando el pobre alivio de no ver, a través de las lágrimas, las caras y los cuerpos que acribillábamos.
Las filas empezaron a romperse, algunos de los nuestros fueron agarrados y arrastrados, chillando enloquecidos, hacia las hordas hambrientas y vociferantes. El combate desigual se tornó cuerpo a cuerpo, a culatazos y dentelladas. Pronto seríamos engullidos por unas fauces que se cerraban.
Vi una brecha y, sin dudarlo, escapé a golpes por ella y huí hacia el sur, a través de los campos, ignorando si alguien más había conseguido escapar. Corrí sin rumbo, volviendo la vista atrás de vez en cuando, deshaciéndome de las armas, las municiones, el casco y cualquier cosa que estorbase mi avance, hasta que mis piernas me fallaron y caí al suelo. Después seguí arrastrándome, impulsándome con las manos, arañando la tierra, gimiendo como un animal.
Me apresaron horas más tarde, llevándome a un campo de prisioneros, encerrándome en una celda atestada de enfermos y moribundos. En la penumbra topé con unos ojos conocidos. El sargento de nuestro batallón se acurrucaba en un rincón, la mirada perdida, las ropas sucias y desgarradas, con múltiples heridas y cortes en la cara y los brazos, la boca abierta, babeante, balanceando ligeramente su cuerpo hacia delante y hacia atrás, con una cadencia constante. No sé como llegó hasta allí. No me vio, tampoco trató de buscar mi contacto ni de evitarme. Simplemente, no existo para él. Nada existe ya para él.
Si he de ser sincero, le envidio, ahora que veo la niebla que ha empezado a espesarse ahí fuera, tras las rejas.
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 20 de Noviembre de 2010 a las 19:32
Pues ya está, aquí están los tres que he elegido. Juzguen ustedes mismos.
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 22 de Noviembre de 2010 a las 15:42

Perfecto, Ernie. 


Os recuerdo que Ernie es el último autor de la lista del Recopi 2009. Por favor, un último empujón y terminamos el libro. Venga. Leed y opinad. 
emartiants
emartiants
Mensajes: 608
Fecha de ingreso: 6 de Julio de 2009
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  • 23 de Noviembre de 2010 a las 1:56

Ernie, compañero del metal, "El cerro de los muertos" me gustó pero casi no lo recordaba. Sin embargo "Un último baile" me marcó porque aún lo recordaba bien.

Me quedo con "Un último baile" con permiso de la concurrencia.

Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 27 de Noviembre de 2010 a las 11:36
Gracias, Emartiants. A mí "Un último baile" también me gusta mucho, tiene un nosequé, será la música, será la fiesta...
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 29 de Noviembre de 2010 a las 16:59
Voy a dar un par de días más, Ernie a tus relatos, entono el mea culpa por no haberte leído y votado, e insto al pueblo a hablar como si de unas elecciones catalanas se tratase. Habla, pueblo, habla. 
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 29 de Noviembre de 2010 a las 22:03

El cerro de los muertos.

DanielHR
Mensajes: 1.360
Fecha de ingreso: 19 de Mayo de 2008
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  • 29 de Noviembre de 2010 a las 23:16
Me quedo con Un último baile, sin lugar a dudas.

Un último baile: "¡Menudo corte!" Fue lo que pensé al terminar de leer este relato. Es muy bueno. Tenemos a un hombre de negocios al que su mujer le ha sido infiel. El problema es que ella ignora que su marido está al tanto de todo. Él, cansado de sus infidelidades, decide tomar el mismo camino y jugársela con su secretaria, mientras que ella, en el colmo del cinismo, decide hacerse la nueva y pedirle el divorcio. Ingenioso y muy bien escrito. Atrapa.
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 1 de Diciembre de 2010 a las 15:35

Yo me quedo con Un último baile. 


Un último baile 3, 
El cerro de los muertos 1, 
Detrás de un gran hombre 0.

Escribes muy bien, Ernie. Sólo he visto un fallito en este baile: encinta y no "en cinta". Corrígelo y será un relato perfecto. 

¿Alguien más opina o cortamos aquí?
raulcamposval
Mensajes: 4.218
Fecha de ingreso: 9 de Noviembre de 2009
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  • 2 de Diciembre de 2010 a las 11:53

Creo que ya es suficiente. Por favor, Ernie, corrige el fallito y sube el relato al hilo de relatos seleccionados. 


Gracias. Hemos terminado. Comentarios en el Hilo Toma 1.
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 2 de Diciembre de 2010 a las 21:21
Muy bien. Gracias a todos.

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