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bizarro
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Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008

XLVIII CONCURSO DE RELATOS BUBOK: CIENCIA LÍMITE

5 de Diciembre de 2010 a las 23:04

Queda inaugurada la XLVII (quién cojones sabrá qué es eso) edición del concurso de relatos Bubok. Tema: Ciencia Límite. Si tenéis alguna duda, os podéis repasar Veinte mil leguas de viaje submarino, Neuromante, o Fringe. El plazo de presentación termina el jueves 16 de diciembre a las 22:00 y el de votaciones el domingo 19 a la misma hora.

concursoderelatos
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  • 9 de Diciembre de 2010 a las 11:45

RF

-¿Cómo funciona?- preguntó mientras cruzaba el despacho del investigador para tomar asiento en una frágil silla giratoria.
-Como una antena inteligente pero mejorado. Hemos intentado reunir ciertas cualidades de varios tipos de antena y condensarlas en el Mind-R. De momento está en una fase inicial de experimentación, pero la idea es crear modelos diferentes para cubrir varios tipos de necesidades o preferencias. Tenemos lo más importante: la base; a partir de aquí, se trata de ir haciendo algunos ligeros cambios para adaptarlo a gusto del consumidor.
-Supongo que es usted consciente del gasto que genera este tipo de investigaciones en su fase inicial...
-Por supuesto. Tenemos un par de marcas interesadas en el proyecto lo suficiente como para compartir los gastos que supondrá hasta que consigamos fabricarlo a gran escala.
-¿Dos patrocinadores?
-Así es. Dos. Dispuestos a compartir los gastos iniciales y los ingresos que generará el Mind-R a corto o largo plazo.
-Inaudito.
-La idea es fabricar dos líneas diferentes. Una marca llevará la línea dedicada a profesionales de cualquier campo y la otra se dedicará a explotar la versión desarrollada para disfrutar del tiempo de ocio. Ni siquiera se pisarán el terreno porque no estarán compitiendo en el mismo terreno de consumo.
-Veo que lo ha pensado todo hasta el más mínimo detalle.
-No me gusta perder mi tiempo ni hacerlo perder a otros. Para cuando me puse en contacto con las marcas ya había buscado soluciones a las preguntas que me plantearían. Me tomo mi trabajo muy seriamente, general. Es por eso que me veo obligado a rechazar su oferta. Ya sé que a espaldas mías me llaman Einstein II, pero no tengo intención de proporcionarle al grupo al que representa un producto más para complicar todas las cosas que aprecio.
-Ya me habían advertido que era usted difícil de convencer....
-No es eso, general.-Interrumpió el investigador.- No se trata de convencerme a mí. Se trata de hacerme creer que vale la pena, que va a servir para algo noble, algo más allá del afán de dominación de unos sobre otros.... Este producto surgió como respuesta a varios problemas a los que deseaba proporcionar soluciones. La falta de espacio o tiempo, por parte de los profesionales, fue uno de ellos; el índice de sordera y otros aspectos igualmente preocupantes en el ámbito de la adolescencia fue otro...Me gusta formar parte de la solución, no del problema. Espero que lo entienda usted y sepa dar las explicaciones oportunas en su entorno para que dejen de interrumpir mi trabajo con ofertas que no me interesan lo más mínimo. Ambos sabemos perfectamente que existen otros proyectos; e investigadores dispuestos a trabajar para ustedes. Le ruego encarecidamente que no vuelva a concertar una cita conmigo para tratar este tema.
 
 

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Diciembre de 2010 a las 19:25

EL REY O EL JABALÍ EN EL CASTILLO

El sol del amanecer salía detrás de la colina y sus rayos pegaban contra los enormes muros de piedra del castillo,  el cual se asentaba a lo largo de un barranco pedregoso.

Un caballero se dirigía a la fortaleza por un camino de tierra marrón. El jinete apartó la visera metálica que cubría sus ojos. La pesada armadura brillaba con el sol. Los torreones eran más altos que las almenas y por éstas caminaban soldados de guardia. Las herraduras del caballo rechinaban contra el suelo y aquéllos pronto dieron cuenta de la arribada de un extraño. 

El caballero fue acercándose al castillo. Los soldados de las almenas ya no caminaban por ellas, sino que estaban quietos, esperando. En el muro principal ardían antorchas junto a un imponente escudo de armas. Bajo éste, una enorme verja de hierro permanecía cerrada.

El caballero estaba deseando llegar y que le dieran cobijo. A lomos de su caballo, le incomodaban la armadura, el calor y la falta de aire. Deseaba quitarse los guantes de metal, los broches, las correas de cuero y las cinchas. Deseaba quitarse la camisa y el cubrecalzones. Deseaba quitarse la cota de malla metálica y los leotardos. Deseaba ponerse ropa cómoda.

El sol se reflejaba en el agua del foso que rodeaba la colosal estructura. Los soldados de guardia preguntaron al caballero quién era. Éste les dijo que venía a ver al rey, pues ya había cumplido la misión que le había encomendado mucho tiempo atrás y necesitaba hablar con él.

El rey era excéntrico. Pasaba las largas noches de invierno haciendo experimentos en la torre. En palacio aseguraban que el monarca dedicaba más tiempo a esto que a las tareas propias de su reinado. Mezclaba pociones buscando el elixir de la vida eterna o cómo convertir metales en oro. También intentaba crear seres que tuvieran dos cabezas o que fueran mitad de uno y mitad de otro.

Los soldados de guardia comunicaron al caballero que debía esperar. No tuvo que hacerlo durante mucho rato, pues enseguida bajaron el puente levadizo y pudo cruzar sobre el foso sin problemas. La verja de hierro se abrió y el caballero entró al castillo, al patio de armas.

El patio de armas era el centro de la vida de toda la comarca: en él la gente comerciaba con el ganado, vendía cereales, fruta y todo tipo de utensilios mientras los niños correteaban por las esquinas. También se encontraban allí los jóvenes soldados, quienes comenzaban tímidamente su instrucción.

El rey estaba en el patio esperando al caballero ante la pasividad de la gente, acostumbrada a verle cada día. Era campechano, tenía unos grandes mofletes, sonreía mucho y siempre parecía despreocupado. El caballero le estrechó la mano sin titubear. El monarca hizo como que ya se había enterado desde hacía semanas de la conquista de nuevas tierras para su reino, pues podía confiar ciegamente en el caballero, ya que éste era noble, sincero, leal, generoso y valeroso en la batalla, además de ser amigo de las damas en apuros pero igualmente educado.

El rey le hizo pasar adentro, llevándole directamente a la torre, la de los experimentos. Allí arriba, el jinete observó por la ventana la inmensidad de las tierras del reino, que llegaban hasta más allá del horizonte. El monarca le comentó y le mostró sus últimos logros con las probetas.

Pero el jinete, después del largo viaje a lomos de su caballo, no estaba para demasiadas conversaciones, y así se lo hizo saber al rey. Éste le comprendió y ordenó a sus sirvientes que prepararan un baño caliente para el huésped más importante que había tenido el castillo en muchos años.

Los sirvientes extrajeron el agua del pozo. La calentaron al fuego y la vertieron en una bañera de madera. En aquellos tiempos el baño era un lujo que sólo las personas más importantes podían permitirse. Incluso los reyes y las reinas tan sólo gozaban de él una vez cada tres o cuatro semanas. Los sirvientes marcharon de la estancia y dejaron al caballero solo.

El caballero se frotaba todo el cuerpo con una pastilla de jabón. El agua desprendía vaho y se tornaba negruzca. La piel del caballero se limpiaba. Cuando acabó de enjabonarse pensó en llamar a los sirvientes para que le trajeran más agua caliente, esta vez para aclararse, pero pensó que antes sería mejor relajarse en la bañera. Se hundió en ella hasta quedar todo su cuerpo cubierto de agua a excepción de la cabeza, la cual apoyó suavemente contra el borde.

Inmediatamente apareció en la estancia un jabalí con cabeza de humano… Era el rey. Le dijo al caballero que esto era cosa del último experimento. Pero había un problema: ahora no sabía cómo volver a su estado original. Y tener como rey a un jabalí es algo que ningún reino es capaz de soportar.

Así que el rey o el jabalí pidió ayuda al caballero. A través de él ordenó que le llevaran comida a su habitación. Era viudo y sus hijos vivían todos en tierras conquistadas ejerciendo de virreyes. Por lo tanto, nadie entraría en la estancia a no ser que él lo permitiera, lo cual no iba a suceder. Allí pasó todo el día con el caballero, esperando al anochecer.

Cuando llegó la oscuridad de la noche, el patio de armas quedó vacío, y todo aquel que no habitaba en la fortaleza la abandonó. De esta manera, quedaron tan sólo los que en ella vivían: sirvientes, doncellas y demás personal.

A las doce la luna iluminaba el patio de armas y las vidrieras de la capilla. El cielo estaba sereno y en derredor no se escuchaba un alma. Todos dormían. El rey o el jabalí y el caballero salieron de la habitación. Subieron a la capilla provistos de una antorcha, portándola el caballero. La capilla estaba situada en el lugar más alto del castillo porque estaba más cerca del cielo. Los habitantes de la fortaleza acudían allí a misa cada día. El rey o el jabalí había ido a la capilla aquella noche para pedir ayuda a Dios.

Tras las plegarias, el rey o el jabalí y el caballero fueron visitando todas aquellas estancias en las que se almacenaban cosas, porque el monarca o el animal no recordaba qué ingrediente necesitaba para su pócima, aquella que le devolvería a su estado original. Pensaba que si la veía la recordaría.

Así pues, primero pasaron por la tesorería. En ésta se almacenaba el dinero. El rey o el jabalí cobraba impuestos a todos los habitantes del reino. Allí no encontró nada de su interés. Monedas de oro y plata y numerosas joyas no le servían de nada en aquellos momentos.

Después bajaron a la bodega por unas serpenteantes escaleras iluminadas levemente por la antorcha, con sus sombras reflejándose en las frías paredes. Vino y agua almacenada en grandes cantidades tampoco le servían de nada. Y al lado de la bodega, en la despensa, toda la comida que había, tampoco. Ni el pan, ni el queso ni la carne le eran de gran ayuda. Ni las verduras ni los cereales que antes había cobrado como diezmo a sus súbditos le servían tampoco. Ni siquiera la sal, símbolo de posición social y que tan sólo los más poderosos podían disponer.

Así que marcharon de allí y fueron a la cocina. En ella tampoco había nada interesante. Grandes cazuelas, platos y cubiertos era todo lo que allí se podía encontrar. Y en el resto de estancias, más de lo mismo. Buscaron y buscaron con la ayuda de la tenue luz de la antorcha y el rey o el jabalí no dio con nada.

Hasta que se le ocurrió visitar el baño, pero no donde estaba la bañera, sino la habitación de al lado. En ella la gente del castillo defecaba en asientos de madera con agujeros que se comunicaban con un enorme hoyo, a donde iban a parar los excrementos. Los habitantes de la fortaleza  utilizaban puñados de heno para limpiarse.

-¡El heno, el heno!, eso es, ¡el heno! -gritaba el rey o el jabalí con gran alboroto-. ¡Menos mal! ¿Cómo no podía recordarlo? –se preguntó, para luego confesar: Si no hubiese encontrado el ingrediente que me faltaba, o si no lo hubiese recordado, te habría nombrado rey a ti, porque este reino no podría permitirse un jabalí en el trono.

-¿A mí? –el caballero no daba crédito-. ¿Y tus hijos?

-Ninguno de ellos vale para rey. Los tengo de virreyes en tierras lejanas y fáciles de gobernar, pero este reino es mucho reino para ellos… Bueno, coge unos puñados de heno y llévamelos a la torre. Yo te espero allí –zanjó.

Una vez había ido el rey o el jabalí escaleras arriba rumbo a la torre, el caballero inclinó la antorcha y prendió fuego a todo el heno.

concursoderelatos
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  • 11 de Diciembre de 2010 a las 20:24

EL CONVERTIDOR DOCTRINAL.

—¿Me estás diciendo que puedes leer el pensamiento de cualquier persona?
—No. Te estoy diciendo que además de saber lo que cada persona piensa, puedo controlar sus ideas.

Se pasó buena parte de la tarde tratando de hacerme comprender los principios científicos que sustentaban su descubrimiento. Fue como querer explicar a una hormiga la existencia de universos infinitos y paralelos: no entendí nada y llegué a la conclusión de que nunca conseguiría entenderlo. Lo único que saqué en claro fue que ese aparato podía convertir en imágenes los pensamientos de cualquiera y que, con la programación adecuada, el proceso se podía invertir convirtiendo cualquier imagen en el pensamiento de una persona. Funcionaba. Lo probamos conmigo y funcionaba: de pronto me descubrí deseando, necesitando, subir a un árbol para coger un fruto.  Aquello además de inmoral, era peligroso. Eso lo sabía hasta yo.

—No es más inmoral o peligroso que educar a un niño desde su nacimiento  en una serie de creencias.

No tenía razón. Eso no era lo mismo. A un niño no se le inculcan deseos o necesidades, sino principios; y no siempre se consigue. Y aunque se consiga siempre queda abierta una puerta al criterio del adulto en el que se convertirá ese niño.

—¿Y qué utilidad le darás?

Me miró sorprendido.

—¿Cómo puedes preguntarme eso? Su utilidad es obvia. Hagamos que el mundo piense en la paz, en la justicia, en la igualdad, en el fin de las penurias y de las enfermedades, en la conservación del planeta, en la libertad. Hagamos realidad la utopía.

Los sorprendidos, entonces, fueron mis ojos.
 
—¿Pretendes traer a tu casa, uno a uno, a todos los habitantes de la Tierra y hacerlos pasar por tu aparatejo? No te has parado a calcular, ¿verdad?
—No es necesario. Puedo hacerlo desde aquí. Todavía no, pero ya me falta muy poco.

De nuevo se extendió en explicaciones que mi cabeza no podía asimilar. Disfrutaba intentando hacerme comprender, así que dejé que gozara de su momento. Pensé que estaba loco, pretendía utilizar la red para dirigir desde su casa los pensamientos de toda la humanidad.

—Para empezar me parece imposible que se pueda hacer. Pero aunque se pudiera, no llegarías a todo el mundo, ni siquiera a todos los países.
—Sí que lo haré. Más tarde o más temprano lo conseguiré. De hecho ya he empezado y funciona.
—¿Ah, sí?, ¿qué has hecho?
—¿No lo has notado? Campañas en televisión, CAPI’s en todos los lugares por pequeños que sean, ayudas administrativas, cursos de formación para todos los niveles sociales. ¿Cuántas casas quedan en este país que no tengan conexión? ¿Cuántos jóvenes conciben su vida sin internet? 

En eso sí que tenía razón. De un tiempo a esta parte parecía existir un interés general en que todo el mundo se “conectara”. Cualquier trámite administrativo era más fácil de solucionar si se hacía a través de internet; en los colegios se mandaban tareas en las que era, no necesario, sino obligatorio que se consultara en la red; se ofertaban cursos gratuitos a cargo de los ayuntamientos o de cualquier asociación para todas las personas; todos los chavales llevaban la red incorporada en su teléfono móvil y se relacionaban a través de sus redes sociales.

—¿Y eso lo has hecho tú con esto? —Dije señalando al artefacto que cada vez me estaba gustando menos.
—Sí, pero aún falta lo más importante. Todavía no tengo perfeccionado el enlace del convertidor  con la red y no he conseguido hacerlo operativo desde mi posición sin tener al sujeto conectado físicamente al doctrinal. Pero, de momento, ya tengo prácticamente consolidado todo un sistema de distribución.

Aquello debía de estar clarísimo. Aunque no tanto como el gesto de incomprensión que se apoderó de mi cara.

—Es muy sencillo —dijo con una sonrisa bonachona y paternal —. He tratado a unas cuantas personas, a las necesrias para que me ayuden a crear una necesidad real en la población. Y está funcionando. La base para la distribución ya está organizada, podría decirse que en nuestro país ya nadie vive sin conexión. Y no sólo en nuestro país, probablemente no quede rincón en el mundo que no tenga su punto de unión con la red.
—¿Tratado? Me lo explique, por favor. Lo que me estás diciendo es que has traído aquí a gente y la has enganchado a ese cacharro para inculcarle ideas haciéndoles creer que eran suyas. 
—Básicamente, sí.
—¡Hagamos que el mundo piense en la libertad! —Exclamé imitando su tono y sus gestos —Ni siquiera te das cuenta del grado de indecencia que alcanza lo que quieres hacer, ¿verdad? ¿Qué digo quieres? Has empezado a hacerlo ya.
—Te vuelvo a decir lo mismo de antes. Míralo como el método de educación que consigue la ventaja que nunca se había logrado alcanzar: es eficaz cien por cien.

Aunque no me creí que la expansión del uso de internet se debiera a sus tratamientos, sí que estaba convencido de que llegaría el momento en el que  sería capaz de utilizar su invento a través de la red. Y era cierto, no había rincón en el mundo que quedara a salvo. Mi amigo era un loco peligroso.

¿Y cómo se detiene a un loco peligroso que además es un genio? Yo no tenía la respuesta. Lo único que podía intentar era hacerle ver que, por muy sublimes que fueran sus objetivos, lo que pretendía era manipular a la humanidad y que, eso, nunca podía ser bueno. Que el ser humano necesita su libertad y su capacidad de decisión, que cuando se coarta, aunque sea de manera velada, termina por aflorar de forma descontrolada. Que la prohibición es la mayor de las tentaciones y que si se prohíbe a la mente pensar por sí misma acabará rompiendo, y posiblemente de la peor forma imaginable, la alambrada que la mantiene prisionera. Pasamos la noche discutiendo.

Ya había amanecido del todo cuando llegué a mi casa y me metí en la cama. No dormí demasiado, sólo el tiempo que el agotamiento logró arrebatarle a la preocupación. Por la tarde me conecté como lo hacía casi todos los días: miraba las noticias, hacía la compra, comprobaba el estado de mis cuentas, revisaba el correo. Tenía un mensaje del loco del convertidor doctrinal.

He pasado el día pensando en nuestra conversación; quizás tengas más razón de lo que creía ayer, ahora mismo no estoy seguro de nada. Mira lo que dice el tío éste.

Entré en el enlace que me daba. Era John Lennon cantando Imagine. Muy ocurrente, sí señor. No tardé ni dos segundos en responderle.


Me has conmovido, tío. La canción, preciosa; el vídeo con los paisajes, espectacular. Eso no quita para que siga pensando que estás como una puta cabra y siga creyendo que lo que te propones no es más que el delirio de un megalómano. Puedes disfrazarlo como quieras, pero debajo de tus “nobles propósitos” no hay más que deseo de poder.

Me pasé lo que quedó del día tarareando la mierda de la cancioncita. Me sabía la letra de pe a pa, nunca lo hubiera dicho, John Lennon no era uno de mis habituales.

Entre tarareo y tarareo me decía a mí mismo que posiblemente me había excedido con la respuesta. Mi amigo era sincero en sus deseos, no muy ético con los métodos que proponía pero sí que perseguía un buen fin. Además no le faltaba razón en algunos aspectos, ¿no estamos haciendo un lavado de cerebro a nuestros niños cada vez que les decimos lo que se puede y lo que no se puede hacer?, ¿no es la educación por sí misma un método para doblegar la libertad de pensamiento?

Si alguien con el carisma suficiente lograba convencer a la humanidad para que dirigiera su camino hacia el bien común sería considerado un héroe. Me vino a la cabeza Gandhi ¿No era admirado por su doctrina de no violencia? ¿No intentó llevar a su terreno a todo el que pudo? ¿Cuál era la diferencia entre él y mi amigo? Gandhi tenía el don de la comunicación, mi amigo inteligencia y dominio de la tecnología. La labor de Gandhi necesitó tiempo y no se podía decir que gozara de un seguimiento mayoritario. La labor que pretendía mi amigo, si conseguía perfeccionar la técnica, tendría resultados casi inmediatos y el seguimiento por parte de la humanidad sería completo.

Sí, me había pasado con la respuesta. Tenía que solucionarlo.

Perdona por el mensaje anterior. Sé que no persigues el poder, que sólo te mueven motivos altruistas. Pero reconoce que es muy fuerte para asimilarlo así de pronto. Ahora soy yo el que no está seguro de nada. Dame tiempo.

Después de enviar el correo, me apeteció ver de nuevo el vídeo de John Lennon. Hicimos un bonito dúo. Seleccioné a todos mis contactos y les envié el enlace. Deseaba hacerlo, necesitaba hacerlo. Un pensamiento receloso intentó cruzar por mi cabeza: no, no puede ser tan cabrón, yo soy su amigo.

 

 

 

 

concursoderelatos
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  • 14 de Diciembre de 2010 a las 8:35
EL MINIATURISTA


Pi. Pi. La máquina está lista. Es un invento, lo han confirmado los de la tienda, de última generación. Lo último de lo último en el campo de la miniatura. En este pequeño planeta donde vivo somos quinientos mil los que nos presentamos cada año al concurso que prepara la Confederación Interestelar Alfa IV. La edición de este año promete mucho suspense porque es la primera vez que se presentarán miniaturas vivientes. Ahora eso es posible. La nueva tecnología puede infundir el soplo vital a nuestras creaciones diminutas. Yo me he especializado en la reproducción del micro-cosmos. Me paso los días, las semanas y los meses fabricando minúsculos universos en mi taller-laboratorio. La primera vez que participé había construido una réplica exacta de Europa, el satélite helado de Júpiter. Recuerdo bien que quedé de los últimos. Más adelante aprendí a crear sistemas solares que cupieran en globos de vidrio o botellas de champán vacías. Hasta que no logré hacer girar los astros en torno a un sol incandescente no quedé entre los cien primeros. Pero desde hace unos años la cosa ha cambiado bastante: mis miniaturas cósmicas se exponen en la sala de trofeos del ayuntamiento. Hasta hubo una ocasión solemne en que fui entrevistado por los locutores de la radio solo porque mi pequeña galaxia había obtenido el voto entusiasta de uno de los miembros del jurado.

En la actual convocatoria habrá bombazo. La máquina que voy a comprar puede transmitir vida al universo que salga de mi laboratorio. Me siento como niño con zapatos nuevos. Me siento tan ufano que daría la paga íntegra de un mes en la fábrica de asientos para naves estelares de la compañía Malcom_X_YZ, donde trabajo, a cambio de manipular un artilugio tan admirable como este que han sacado al mercado. Los medios no hablan de otra cosa: "¡Las miniaturas acogerán vida! ¡Serán espacios universales a justo título!..." Cada vez que leo estos titulares salto de la silla y me llevo regocijado las manos a la cabeza... Los mundos concebidos por mí conocerán de pronto formas de... ¡vida!


Pi. Pi. Entro en la tienda. Es un mundo aparte: paredes abovedadas, de un blanco deslumbrante, techos que imitan el dorso de las ballenas, ventanas cuadradas que dan a un espacio exterior infinitamente blanco; aquí hace mucho frío; hasta las plantas adquieren tonalidades blancas. Todo permanece rígido como témpano. Mis amigos esbozan leves sonrisas que se apagan con la palidez de unos rostros de un blanco mate. Cada uno se siente igual que una gota cayendo desde las alturas del iceberg. ¡Vivimos en burbujas metálicas, tan aislados del frío y de los demás, que nuestra existencia es un puro deambular por el espacio de las divagaciones, elucubraciones, ensoñaciones y ensimismamientos! Mi afición por las miniaturas me salva, en cierto modo, la vida. Todos buscamos algo con que ocupar la mente, antes que permitir que el frío y la soledad se nos metan en los huesos y nos hagan explotar como pompas de jabón.


Pi. Pi. Este año pienso que voy a ganar el concurso de miniaturas. Entro en la tienda. Las estanterías son altas como columnas del templo consagrado a las Nubes. En ellas reposan toda clase de objetos y artilugios de portentosa factura: robots fabricantes de planetas minúsculos; hacedores de atmósferas y puestas de sol; simuladores de corrientes oceánicas; elevadores de la superficie, de manera que el paisaje imite montañas, acantilados y planicies; máquinas tejedoras de galaxias, parecidas a los antiguos telares; pero en lugar de confeccionar vestidos, de su mecanismo surgen cosmos tan grandes como huevos de avestruz. Cada vez que acudo a este sitio quedo obnubilado; mis sentidos se extasían con solo contemplar la variedad de artículos; parece que me hubiera sumergido en el mar de la opulencia.


Pi. Pi. Entro en mi taller-laboratorio. Saco de la mochila una bolsa de un azul transparente. El de la tienda me ha dicho que contiene cierto polvo químico que reaccionará en cuanto se dé el chispazo. Ha empleado una metáfora para que lo entienda mejor: "Esto de fabricar vida es un poco como encender la lámpara: la encendemos, la apagamos, el impulso eléctrico en contacto con algunos elementos químicos es siempre el motor que desencadena el proceso."

Así pues, no tengo sino que esparcir este polvo en la atmósfera de la miniatura, aproximar después el fósforo encendido durante unos segundos y esperar, esperar un poco, ya que la formación de la vida será en toda ocasión el resultado de un larguísimo proceso: de los organismos unicelulares pasaremos a los organismos pluricelulares, los cuales se combinarán una y otra vez hasta alumbrar seres extremadamente complejos, toda una gama variopinta de criaturas vivientes. Destapo la urna de cristal donde continúa flotando una copia del planeta de mis antepasados, según lo hemos conocido por las crónicas, llamado Tierra, con el que voy a participar en la presente edición, y arrojo esta sustancia creadora de vida... Es un polvo blanco azulado, como si fuera cobalto, aunque el de la tienda me ha asegurado que se compone de una asombrosa combinación de elementos químicos.

Coloco de nuevo la tapadera en su sitio... Lo que para mí representa un minuto para este globo terráqueo serán siglos, miles de años con su sucesión de amaneceres y puestas de sol: la esfera azul mide el tiempo de otro modo, porque allí la realidad es distinta a la mía.


Pi. Pi. "¡Capitán! ¡Capitán!" "¿Qué diablos ocurre?" Esta mañana he comenzado a sentir una migraña terrible. Un pitido insistente me golpea sin cesar aquí en las sienes. Ya antes había experimentado horribles dolores de cabeza. Pero lo de hoy no tiene nombre. Salgo a cubierta, alertado por la tripulación. Siento como si mi cabeza fuera a estallar de un momento a otro. Estamos navegando por los mares septentrionales, rumbo a los puertos de Europa. Según los cálculos de la brújula y el astrolabio, no debemos andar muy lejos de las costas de Islandia. ¡Oh, espantosa migraña, no me deja un segundo de alivio! Tambaleándome como un borracho, sigo en pos de mi subalterno hacia la barandilla de estribor. Constato que hace un frío intenso, corta como navaja. El viento pulula, aúlla y gruñe, feroz monstruo procedente de los avernos. Echo una ojeada al mar que nos rodea y descubro de pronto, entre jirones de niebla, que está helado. Grumos de niebla se levantan de él. Nuestro barco ha encallado en medio de la superficie pétrea y blancuzca. Un poco más de presión y su quilla reventará como una nuez.
 
Uno por uno abandonamos la nave. La orden de evacuación ha venido de mi parte y no ha encontrado objeciones. Formamos una fila compacta de veinticinco hombres que caminan en la borrasca, con el mar congelado a nuestros pies. Parece que un nubarrón negro y temible nos hubiera engullido y comenzara a digerirnos lenta y pesadamente. Estamos en un agujero que conduce en línea recta al abismo. Me giro un instante para contemplar el barco que había sido hasta ahora mi casa. Permanece como una sombra en la negrura cada vez más espesa de la distancia y la bruma, a merced de los vientos rugientes. Después oímos una explosión: la embarcación acaba de saltar como una rana. La quilla no ha podido resistir la presión de los bloques de hielo que bajo la superficie se desplazan.

A pesar del insoportable dolor de cabeza, que me persigue donde quiera que vaya, distingo el ruido ambiente: algo más poderoso aún que el viento ulula furioso; da la impresión de que la tierra entera clamara contra nosotros, pobres diablos recién escapados de la muerte; sospecho que el cosmos habla y su voz es más terrorífica aún que la del trueno. Brrrr...


Pi. Pi. Por fin se van a conocer los nombres de los cinco finalistas. No me lo puedo creer: mi esfera, mi Tierra adorada, forma parte de los elegidos: reposa en una mesa próxima al jurado, que ha tenido también en cuenta otras destacables miniaturas. La ciudad de Épsilon, por ejemplo, minuciosamente concebida, cada detalle de los habitantes, cada línea de las fachadas, cada leve soplo de la brisa aparecen fielmente reflejados en esta obra. Digna rival de la mía. ¡Oh, pobre Tierra! ¿Ganarás este año el concurso? Pero, ¿por qué me ha empezado a doler la cabeza?


Pi. Pi. No puedo dar un paso más. Mis compañeros continúan adelante. Se alejan de mí. Ya casi los he perdido de vista. Solo quedamos la nieve, el hielo y yo. Sobre nuestras cabezas, un cielo duro como la antracita. A veces tengo la impresión de que se va a romper. Caerán sobre nuestras espaldas los múltiples fragmentos del universo. Y el cielo nos aplastará. Y el orbe nos convertirá en la millonésima parte de un grano de polvo, tan ínfimos que nunca nadie sabrá que un día existimos y navegamos por este mar ahora congelado, duro como el granito, duro como la estalactita.

El más rezagado se vuelve, buscándome. "¡Capitán!" "¡Seguid adelante, no os paréis!" Y ese hombre, que fue peón de la tripulación, regresa con los otros y me abandona a mi suerte. ¿Qué otra cosa puede hacer?... El viento se levanta, iracundo. Partículas de nieve me envuelven, como si quisieran enterrarme. Miro de nuevo este cielo... ¡Qué extraño crujido se desencadena en el espacio infinito!


Pi. Pi. Al ir hacia la tribuna me invade una sensación de mareo. Nunca creí que fuera capaz de ganar. Suenan los aplausos a mis espaldas y el público se levanta para celebrar un triunfo con el que siempre había soñado. ¡Esta jaqueca va a poder conmigo! Esbozo una sonrisa de circunstancias. Pero justo cuando recojo el diploma y el globo que representa a la Tierra, donde yo sé que hay vida... Se me cae de las manos y...


Pi. Pi. Asisto al fin del mundo. El cielo se raja como una naranja. Un torrente de materia cósmica entra en contacto con nosotros y nos sepulta en...
concursoderelatos
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  • 14 de Diciembre de 2010 a las 20:31

S.I.D.


     Me llamo Zacarías Rodríguez, tengo 58 años y me quedan pocas horas de vida. Estoy en esta situación tras ser acusado de la violación y asesinato de una joven de 18 años sin identidad determinada, aunque yo siempre quise verla como Rocío Silva Rojo.


    Todo empezó hace 18 años, cuando tenía 40 y era uno de los directivos más influyentes de una importante empresa nacional. Todos hablaban de Rocío Silva como el mejor fichaje para la casa: joven, inteligente, un expediente académico admirable, con experiencia, don de gentes y una estratega nata. Lo que no informaba su curriculum era de  su extremada belleza. Desde que ella llegó a la empresa, todo cambió para mí. Yo tenía mi familia: mujer y dos hijos. Me consideraba un buen marido y un buen padre. Jamás había cometido adulterio, y no por falta de oportunidades, sino porque nunca vi la necesidad de hacerlo. Mi trato inicial con Rocío fue más bien distante, y tuvieron que pasar varios meses hasta que por fin coincidiéramos en un proyecto conjunto. Fue en ese periodo cuando caí rendido del todo a sus encantos. Tenía 32 años, y conjugaba esa mezcla de juventud, belleza e inteligencia que la hacía irresistible para mis sentidos. A los 40 aún me consideraba atractivo, capaz de ligar con cualquier mujer. Ella tenía la facultad de hacerme sentir más interesante si cabe. Manteníamos largas conversaciones entre copas de Rioja, en esas cenas de trabajo tan habituales en aquella época. A veces dejaba de escucharla y sólo me fijaba en el movimiento de sus labios, en sus ojos abriéndose y cerrándose, en cómo sus manos bailoteaban girochas en el aire. Sucumbí a Rocío Silva, y todo ese encantamiento platónico duró hasta el día en el que posé mis manos sobre su muslo. Entonces ella, con su tono agrio ensayado, me dijo claramente que la viera únicamente como una compañera de trabajo, y que si no era capaz de hacerlo, que pidiera un cambio de proyecto.


    Su nueva actitud hacia mí acarreó uno de los enfados más infantiles que jamás había tenido. Pasaban los días y no me la podía quitar de la cabeza. Rocío era mi único pensamiento. Dejé apartados a mi familia, a mis amigos… Me consolaba encerrándome en un pub elegante y bebiendo gin tonics sin parar. Una de esas noches, me encontré en la barra a un viejo amigo. No tardamos en contarnos las vidas y no dudé en desahogarme con él. La noche se alargó más de lo habitual, nos sentamos en la esquina del pub y él me contó que tenía la solución perfecta para mí. Solución que, a medida que me explicaba, más irreal me parecía.


-¿Me estás diciendo que la clone… y que espere 18 años?
-Sí, amigo. Estas granjas humanas funcionan de manera clandestina. Si realmente la quieres poseer y no puedes, es la única solución. Eso sí, Zacarías, esto ha de llevarse con un secretismo absoluto. Y te va a salir caro, muy caro.
-Pero Martín, a saber qué va a ser de mí en 18 años. Podría incluso cambiar de opinión, de gustos… ¡morirme! Rocío me obsesiona ahora, pero quién sabe dentro de tanto tiempo. Y, además, ¿qué hago con ese clon? ¿Cómo la justifico en mi vida?
-La posees el tiempo que quieras y, luego, la haces desaparecer, y punto.
-¿Que la mate? Martín, aunque sea un clon, no deja de ser una persona.
-No es una persona, es… casi un objeto. Crecerá sin vivencias, no tendrá recuerdos. Estos clones se entregan en el momento en el que el cliente quiera. Hay quienes piden el clon de un hijo fallecido, y podemos hacer que sea la madre quien dé a luz el clon o entregarlo recién nacido. Pero, en tu caso, lo mejor es mantenerla en la granja. Cuando tenga 18 años te la entregamos, y haces con ella lo que quieras… el tiempo que quieras. Zacarías, imagínate a esa Rocío con 18 años… Será como… un regalo para ti.
-Es… no sé… es absurdo, Martín.
-Es una  realidad. Si lo pagas, será tuya. Llevamos más de 20 años con este negocio, Zacarías. Somos profesionales. No hay moralidad que valga, precisamente porque es un objeto, no una persona. Y no eres el primero en solicitarnos algo así. Cuando llegue el momento la disfrutas, y luego... ¡zas! Te la cargas.

 

    Aquella noche vomité, no tanto por el exceso de alcohol, sino por todo lo que se me había pasado por la cabeza. Le había dicho que sí. Dejé mi moralidad a un lado, y contraté los servicios de esa empresa. Rocío nunca entendió ese tirón de pelos, pero aquello fue el principio del fin de mi existencia. Los años fueron pasando, y no había noche que me acostara sin tener ese pensamiento en mi cabeza. Cada año les pagaba una barbaridad, y me acostumbré a vivir con mi decisión. Al cabo de un tiempo Rocío, la auténtica, ya había desaparecido de mi vida, aceptó un empleo más cualificado en Estados Unidos. Se fue. Ella era ya un recuerdo y un proyecto. Mi mujer murió de cáncer, y me vi viudo y solo a los 53. Lloré su muerte, por supuesto, pero también me sentí con cierto alivio. Al menos, no tendría que seguir mintiendo. Tan sólo quedaba esperar unos años más, cuando Rocío tuviese los 18 años convenidos con la empresa. Martín me iba informando esporádicamente de su evolución. La mantenían dormida la mayor parte del día. Recibía la alimentación adecuada y la estimulación para que su cuerpo se fuese desarrollando de forma correcta. Ante todo tenía que crecer sana.

 

     Hace seis meses recibí la llamada de Martín. Me dijo que le diese una dirección y que en una semana la llevarían allí.   Alquilé por tres meses una casa de campo de la sierra madrileña. Discreta, alejada de urbanizaciones y caminos frecuentados por montañistas. A la hora señalada escuché el claxon. Salí al encuentro y al ver su silueta en aquel coche negro me estremecí. Le abrieron la puerta y se bajó, y allí estaba Rocío ante mis ojos. Era igual que ella, su viva imagen, pero con la inocencia de una chica de 18 años. Su tez blanca, su pelo rubio y largo, sus ojos azulados, casi grises, sus labios carnosos, su mirada… perdida. Se fue acercando a mí, agarrada del brazo de Martín. Cuando la tuve por fin a mi lado, me di cuenta de su grado de impersonalidad. Parecía totalmente ajena a lo que le rodeaba. No sonreía, no mostraba extrañeza, tampoco disgusto. Le di un beso en la mejilla, que recibió sin alterar su conducta. “Todo tuya”, me dijo Martín. Y me la llevé del brazo.


    Cuando llegó la noche, fui a la habitación donde permaneció todo el día. Me acerqué a ella con la intención de que se acostumbrara a mi presencia. Podía sentir su respiración, su olor. Acerqué mi mejilla a la suya, luego besé su cuello, luego sus labios. La miraba y seguía pareciendo ajena a todo. Se limitaba a respirar, como lo haría una estatua con vida. La desnudé y me quedé abrazado a ella, buscando algo imposible de encontrar. No era Rocío Silva, no había presencia, no había alma. Era un cuerpo que desprendía calor… pero no sentía. Entendí entonces porqué Martín insistía en que ella sería un objeto. Y así la traté esa noche, como una vulgar muñeca hinchable. No sé ni cómo me excité; sin duda su cuerpo perfecto ayudaba, pero jamás me había sentido tan solo como con ella entre mis brazos.


    Pasé toda una semana con ella. Le hablaba con dulzura durante el día, recibiendo sólo miradas vacías, y por la noche me la… follaba como quería. Retire “follaba”, no lo ponga así. Por la noche, me dejaba llevar y tenía sexo con ella, imaginándome que lo hacía con la Rocío Silva de hacía dieciocho años. Luego me duchaba con ella, y bajo el agua acercaba mi oreja a su boca esperando inútilmente escuchar una palabra, una sola palabra. Los días con ella en la cabaña se me hacían largos y silenciosos. Pasados siete días, llegué a la conclusión a la que nunca quise llegar: aquello no tenía sentido.


    Decidí eliminarla, hacerla desaparecer. Dieciocho años de mi vida esperando para luego arrepentirme en menos de una semana. Tanto dinero perdido, tantos engaños, justificaciones, tantos pensamientos en las noches, obsesionado por tener lo que la vida no quiso darme… todo eso sería historia. Al día siguiente, ella iba a morir. Lo tenía todo pensado: cogería un bate y la golpearía en la nuca. Un golpe certero, que no le provocara dolor alguno. Luego la enterraría en el bosque, alejado de la cabaña, y bien profundo, para que pasaran años hasta que alguien la descubriese, si es que la descubrían. Pero para entonces no habría vínculo alguno conmigo.


    Esperé a que la tarde se oscureciera, me pasé el día sufriendo un debate interno; no es fácil asimilar que vas a matar a alguien a sangre fría, por mucho que ese ser fuese más parecido a un robot que a una persona. Entré en la habitación con el bate entre mis manos agarrotadas. Ella estaba de pie, de espaldas a mí, quieta como una pintura de mujer mirando por la ventana. Me acerqué a ella lentamente, tembloroso, con una tormenta en mi mente. Pensé que si Dios nos crea y luego nos hace morir en cualquier momento, yo también podría hacer lo mismo con ella. Solté un grito desgarrador cuando la golpeé. Ella yacía en el suelo, sin vida. Introduje su cuerpo en un saco de dormir, y de allí al maletero del coche, en busca de una zona discreta. Lo que no pude imaginar fue el control policial de turno. Puedes imaginar qué ocurrió después. Sus huellas digitales decían que ella era Rocío Silva Rojo, pero eso era imposible. Un error, creyeron; "Sin Identidad Determinada", anotaron en su expediente.

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  • 14 de Diciembre de 2010 a las 21:11
                                                                               TRANSGENIA  


 El doctor Paxton colocó la palma de la mano sobre el lector de identidad digital. El scanner describió un recorrido perpendicular, al tiempo que sobre ella parpadeaba un foco de luz led.
  Con un bufido ahogado la plataforma de apertura se desplazó lateralmente; al instante pudo sentir el ambiente húmedo que reinaba en aquel sector de la estación orbital MIR. 
  El pasillo estaba flanqueado por dos largas hileras de cápsulas conservadoras. Allí se encontraban depositadas las semillas consideradas vitales para la supervivencia del ser humano. El ambiente metálico de la sala y el frío seco que parecía evaporarse a través de los paneles, invitaban a la claustrofobia. Paxton se detuvo un instante justo en el límite que le separaba del taller de transgénicos. Cientos de miles de especies vegetales, sometidas a procesos de mutación genética forzada, crecían en un ambiente terráqueo simulado a la espera de alcanzar el grado de evolución suficiente como para ser trasladadas a la Tierra.  Era un proceso lento que todavía estaba muy lejos de alcanzar su culminación…en realidad nadie sabía si algún día se conseguiría dicho objetivo. 

  El espacio inmensurable… Infinito se le antojaba una capacidad de medida demasiado humana, para lo que Paxton sentía cada vez que se asomaba al balcón de las estrellas. 
  Todo comenzó muchos años antes, en febrero de 2076, cuando un asteroide de la categoría 1 en la escala de Palermo desvió su trayectoria al penetrar por un black hole de la órbita terrestre. Dicho asteroide colisionó en algún lugar del Océano Pacífico provocando un cataclismo continental de grandes dimensiones. Los ecosistemas y la vida humana quedaron expuestos a la más terrible de las pandemias…la extinción.

      Lo que pocas personas sabían por aquel entonces, era la existencia de un avanzado proyecto de conservación de especies avalado por la Organización de Naciones Unidas.
 En la isla de Spitsbergen, situada en algún punto del Círculo Polar Ártico, se conservaban más de dos millones de semillas. El objetivo era garantizar los cultivos alimenticios vitales para la Humanidad. 
       Pero había algo en todo aquello con lo que nadie contaba. Al amparo de Pak Chu-Jong, por aquel entonces Secretario General de las Naciones Unidas, una controvertida empresa dedicada a la investigación de transgénicos había realizado un secreto experimento con la mayoría de aquellas semillas, con el objetivo de reforzar su resistencia al clima árido e inestable que afectaría a la mayor parte del planeta tras una catástrofe de dimensiones planetarias.
     El resultado, impredecible y más catastrófico aún que los efectos del asteroide asesino. La mutación afectó al crecimiento de las semillas de la manera más imprevista e inimaginable. Las plantas de todo el mundo nacieron, crecieron y se reprodujeron según el ciclo vital de cualquier ser vivo…salvo una excepción. Pensaban, reflexionaban, hablaban y estaban dispuestas a convertirse en las nuevas dueñas de la Tierra.

     Pero todo aquello quedaba muy lejos. Después de extender una plaga de insectos transformados genéticamente en carnívoros, los seres humanos que pudieron sobrevivir al cataclismo espacial fueron prácticamente borrados de la faz de la tierra. Las plantas se habían adueñado de un planeta estéril, en el que tan sólo ellas podían vivir.
     
     Pocos pudieron huir aprovechando los transbordadores espaciales con base en Wellington. Nueva Zelanda había sido uno de los países que, milagrosamente, no había sido afectado demasiado por la colisión del asteroide. Eso, unido a sus peculiares características climáticas, evitó que Naciones Unidas repoblara las amplias extensiones vegetales de la isla con las semillas transgénicas. 
     Paxton, doctor en Biología, fue el encargado de acumular cientos de semillas sanas vitales para la alimentación de los seres humanos. La caravana estelar, compuesta por cuatro transbordadores y una escolta de sofisticados cazas de combate, adaptados a la navegación estelar, zarpó de la base espacial de Wellington con destino a ninguna parte.
     Meses después consiguieron arribar a la vieja estación internacional MIR, la cual vagaba sin rumbo alrededor de la orbita terrestre desde hacía algo más de un cuarto de siglo. 
     Los técnicos que viajaban en la caravana consiguieron adaptar el medio para acoger a la mayor parte de los refugiados. Era el germen de un nuevo inicio, el nacimiento de un eslabón nuevo de la Humanidad. 
     Desde el balcón estelar, rodeado por las semillas que debían garantizar la supervivencia del ser humano en el espacio, Paxton contemplaba el planeta azul, rodeado de una neblina que año por año parecía disiparse. Pronto, muy pronto, los efectos sobre la atmósfera tras el impacto irían desapareciendo. ¿Qué pasaría entonces, cuando el Sol volviera a calentar la tierra y el mar, cuando nuevas especies animales y vegetales afloraran a la superficie? ¿Qué o quiénes poblarían la Tierra entonces?....

     


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  • 14 de Diciembre de 2010 a las 21:38

ALTA TECNOLOGÍA

¿Y si el mundo fuera tan extraño que no pudiésemos esperar a entenderlo nunca y la ciencia estuviese perdiendo el tiempo al intentarlo?

Preguntaba, desde la pantalla del televisor en la cafetería del hospital, aquel hombre sentado en su silla de ruedas, apenas un saco de huesos que hablaba gracias a una máquina. Expectantes, unos cientos de personas le escuchaban atentamente, para no perderse ni una sola de sus palabras

      Los dos hombres de bata blanca hablaban entrecortadamente con la actitud del que guarda un secreto:

-    Me parece que tendremos que intentarlo sin remedio
-    ¡Pero estás loco! Eso es algo que nunca se ha hecho y no sabemos cuál puede ser el resultado.
-    Sí, ya lo sé, pero tenemos que hablar con la familia y decirles algo que pueda darles una esperanza de que mejorará y de paso ganaríamos un poco de tiempo.
-    ¿Y quién crees tú que se va a prestar a hacer semejante intervención?
-    Yo mismo.
-    ¿Tú? ¡definitivamente estas loco!
-    Ya sabes que llevo tiempo estudiando las posibilidades de este asunto y que incluso he hecho algunas pruebas de laboratorio con cobayas. Creo que puede funcionar bien. Sería un gran adelanto para la humanidad si lo consiguiéramos. Nunca vamos a tener otra oportunidad como esta para poderlo probar en una persona.
-    Pero no tienes ninguna garantía de que las cosas irán bien y no sabes si habrá reacciones adversas.


-    No, no la tengo, pero ¿qué futuro le espera a esta mujer en las condiciones en que ha quedado después del parto? Y ¿cómo crees que reaccionará su familia cuando se de cuenta de la situación real? Nos harán responsables a nosotros. Si al menos les ofrecemos una alternativa, por leve que sea, seguro que podrán conservar alguna esperanza. Tienes que ayudarme, no puedes dejarme solo en esto.
-    Mira, no sé que decirte. Me parece todo una locura, pero si crees que estás en condiciones de llevarla a cabo, yo te echaré una mano.



La mujer madura arropó al bebé con una toquilla y se lo entregó a la madre, postrada en la cama. Esta lo miró extrañada y luego miró a la mujer con una interrogación muda en los ojos. No sabía qué hacía allí, tampoco entendía para qué le daban  aquel niño, qué querían que hiciera con él.

-    Es tu hijo, Elena. Míralo, es precioso. Tienes que darle de comer, llora porque tiene hambre.

-    ¿Pero cuándo he tenido un hijo y porqué no recuerdo nada de todo lo que me estas diciendo. ¿Eres mi madre? Y él – y miró hacia el ventanal a través del que un hombre miraba, disimulando su angustia - ¿mí marido?
-    Lo siento, hija, ya te lo he explicado, al dar a luz, la epidural ha debido de ocasionarte algún problema y parece que has perdido la memoria. Más o menos eso nos han explicado. Sé que, aunque te lo he dicho muchas veces, tú lo olvidas.

No dijo nada, recostó al niño contra su pecho y dejó que succionara ávidamente, mientras meditaba en lo que acababa de decirle su madre. No sentía nada, solo una angustia infinita y una desorientación total. ¿Cómo la había llamado aquella mujer? ¿Elena? Era Elena y aquel hombre que lloraba disimuladamente dándole la espalda, era su marido.  Y ella no sentía nada por ninguno de ellos, los observaba como quien mira a dos desconocidos, ni un solo rasgo de sus caras le inspiraba un sentimiento de cercanía. Por más que se esforzaba no encontraba en su mente ni un solo punto de referencia, ni un recuerdo de algo a lo que poder aferrarse para volver a empezar.

    - Como ya te he contado, dicen los médicos que seguramente irás recuperando una parte de tu memoria pasada, pero que la presente se te resistirá más hasta, quizá, no recuperarla nunca. Parece que podría haber una solución, un tanto arriesgada, que daría más calidad a tu vida. Aún no nos lo han explicado bien. Cuando lo sepamos lo hablaremos y tomaremos una decisión.

Nadie le explicó nada, o al menos no lo recordaba, aquella mañana la llevaron de nuevo al quirófano y cuando volvió a recuperar la consciencia, en su cabeza había sucedido algo.  Recordaba perfectamente su nombre, sabía que había tenido un hijo hacia poco tiempo, que llevaba los asuntos financieros de una empresa conocida, que su marido era Enrique, aquel hombre que la miraba ansiosamente a los ojos, que vivía en la Avenida Principal… etc. Volvía a ser ella misma y no sentía la angustia de no reconocerse ni reconocer a los demás. ¡Había recuperado su vida!

Antes de salir de la Clínica, los doctores recordaron a la familia que cada cinco años, tal vez antes, Elena tendría que volver a pasar por el quirófano para cambiar el chip que le habían implantado en el cerebro. Sería necesario poner al día los conocimientos y datos que llevaba almacenados. Con el tiempo todos los que estaban incluidos ahora perderían actualidad y volvería de nuevo la falta de memoria.

   -¿Crees que esto puede tener consecuencias inesperadas para la paciente, después de un tiempo? – preguntaba el Dr. Ruiz Segorbe a su colega mientras se tomaban un café antes de entrar al quirófano.

  - La verdad es que no lo sé, espero que todo vaya bien. No estaremos seguros hasta que pase un tiempo. La ciencia es así, hay que hacer muchas pruebas para poder certificar que algo funciona a la perfección y que no tiene contraindicaciones graves.

concursoderelatos
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  • 15 de Diciembre de 2010 a las 10:56

Pesimasters

 

La población se concentra en las áreas del océano Pacífico, trabajando unas veinte horas semanales, y pasando la mayor parte del tiempo disponible observando imágenes e informaciones alegres, optimistas, plenas de felicidad, que son enviadas a su cerebro visual, gracias al Optimischip.

 

Durante los experimentos llevados a cabo con este sistema de proyección cerebral directa, se observó que muchos cerebros humanos crecían hasta reventar, salvo que se les “alimentara” con ciertas dosis de sufrimiento y desesperación. Pero al calcular las cantidades precisas de dolor moral para mantenerlos optimistas y en plena forma, se comprobó que el chip instalado en el sistema límbico perdía efectividad cuando el sujeto se apropiaba de las imágenes, incorporándolas a los recuerdos. Por el contrario, el sistema salía fortalecido y el sujeto aprendía a ser feliz, si la desgracia a la que se le exponía era atribuida a otros, ya fueran actores o víctimas reales.

 

Aquel descubrimiento disparó la necesidad de programas de entretenimiento, similares a los de la antigua tv, que mantuvieran a los chips en funcionamiento y a los habitantes felices. Lo que incrementó la demanda de personajes e historias nuevos. Hacían falta pesimistas auténticos para poder lanzar los nuevos programas.

 

En la actualidad, la energía procede de bases lunares que proveen de energía solar. Las desconexiones planetarias, para las que hoy día disponen de autorización las cadenas de introvisión, permiten hacer acopio de actores entre los ciudadanos, al provocarles un cortocircuito temporal, producido por la ausencia de energía, que va acompañado de la inmediata recuperación de sentimientos como la incertidumbre, el miedo y el dolor, sensaciones prácticamente extintas en la población mundial.

 

Cuando un nuevo actor llega por primera vez a las instalaciones, sus norecuerdos son sustituidos por fantasmas e historias del pasado, incluyendo aquellas que versan sobre enfermos, presos, ancianos o falsos familiares, en una confusión y cantidad tales que su cerebro se afana por reordenarlo todo, dando razón y cobijo a esas escenas.

 

Tras pasar unos días en la Nave de la infelicidad, sometidos a la exposición de imágenes de angustia, alimentados con productos de colores apagados, (espinacas, algas, uvas pasas), y en un entorno que se caracteriza por la ausencia de colores o sonidos vivos, los actores se habitúan a vegetar en sus aposentos, convertidos en psedopesimistas.

 

A Wallazik, uno de los adquiridos recientemente, le gusta pasar el tiempo observando por un pequeño ventanuco la reproducción de una plaza, muy pequeña, con su fuente situada en el centro, de la que siempre mana agua y que aparece rodeada de tumbas, semienterradas entre hierbajos; las imágenes de ese claustro le son provistas por la cadena que le capturó, a un elevado coste de emisión.

 

Hasta mañana no volverá a participar en el programa ScatoLogic, gracias a que su última actuación ha permitido recuperar la normalidad en el planeta. Sus jefes están de celebración y le han concedido un buen permiso.

 

Capturado por los rastreadores hace pocas semanas, Wallazik jamás había destacado durante las emisiones. Los recuerdos de antiguas lecturas, de otras vidas ajenas y próximas, inundaron su hipocampo artificial, volviéndole pesimista durante el tiempo suficiente como para localizarle. Con él fueron reclutadas varias docenas más de futuros Pesimasters, como se conoce a los actores del programa.

 

Exceptuando la vieja Europa y los países del Asia Menor, reductos de hordas de escritolectores que amenazan el sistema de control mundial con sus Pesimishackers, el resto del mundo vive en la Era de la conciencia optimista.

 

Zangor, uno de los pioneros en el entretenimiento de las masas tras la implosión que trajo al planeta la Demofelicidad, el sistema político que rige el destino de dos tercios de los habitantes del planeta, está preocupado con la cantidad de actores que se pierden a medida que las dosis de pesimismo se incrementan durante las emisiones. Los reclutados aguantan menos cada vez, víctimas de una enfermedad fatal.

 

En los últimos tiempos se han multiplicado los cortes de energía solar, con el objetivo de provocar un mayor número de fallos en los Optimischips, el sistema que mantiene a los ciudadanos conectados y felices. Los tipos grises, como se conoce a las estrellas pesimistas de la introtelevisión, son capturados por todo el planeta y su importancia y valor social se incrementan al ritmo de las demandas de optimismo que proceden de las autoridades, preocupadas por la posibilidad de perder el control sobre los mecanismos de la felicidad a que tienen derecho los ciudadanos.

 

Las neuronas de estos actores forzosos mueren por miles frente a las pantallas y prompters, víctimas de su propia desesperación, de sus creencias en un dios, en el amor, en las esperanzas perdidas y en sus semejantes.

 

El tratamiento al que les someten ha incrementado el dramatismo del programa, si bien se ha alcanzado un nivel de sufrimiento moral excesivo, que ha disparado la incidencia del voluntosuicidio, virus para el que no existe antídoto en la actualidad.

 

El gran número de víctimas entre los actores no impide que esta misma mañana las autoridades le solicitaran a la Cadena un incremento de muchos minutos en la emisión diaria, con el objetivo de anular el efecto que los ciber ataques tienen sobre los ciudadanos, algunos de los cuales han vuelto a manifestar conductas inadecuadas, como llorar sin razón aparente, mostrar tristeza o buscar fotos antiguas en las bases de datos que aún son accesibles.

 

Incluso se han dado casos de visualización interiorizada no segura, como se denomina a los recuerdos no filtrados por el chip. Hasta que no se mejore la eficiencia del sistema, las dosis de sufrimiento tendrán que seguir creciendo, provocando riesgos importantes y abriendo posibilidades a nuevos ciberataques.

 

Durante la jornada que acaba de finalizar, Wallazik sufrió un leve desmayo durante la representación de las desgracias. Parece que ha coincidido con una caída involuntaria del sistema que ha sido aprovechada por los ciberhackers para introducir algún virus entre sus neuronas. Al recuperarse del desfallecimiento, Wallazik comenzó a hablar de sí mismo, de lo que le ocurre, del parque en el que descansa su mente tras la jornada, de su infancia, de la necesidad de llorar que a veces le embarga, del deseo que tiene de saber quién es y qué esperaban sus antepasados de él. A lo largo de la transmisión, algunas conexiones han advertido de la aparición de conductas extrañas; ciudadanos de la costa oriental china empezaron a sentir como él, algunos chips enviaban señales de disfuncionamiento, incluso se han detectado algunos intentos de acceso desde Europa a los sistemas de monitorización del pesimismo. El fallo generalizado era una posibilidad, por lo que la cadena optó por una solución de emergencia: proyectar una ópera italiana ambientada en la antigua China. A pesar de la reacción, los fallos se han  sucedido durante mucho tiempo.

 

Las autoridades contactaron con Zandor, preocupadas por la cantidad de evidencias rastreadas a lo largo del Pacífico. Éste consultó a los investigadores antes de adoptar una decisión. Tras obtener la anuencia de aquellos, los actores fueron convocados al estudio principal de emisión. Uno a uno fueron sufriendo las peores torturas físicas, en directo, mientras las introcámaras emitían al doble de potencia habitual, para alcanzar las capas profundas del cerebro de los ciudadanos. Las escenas anegaron los chips y casi toda la población del Pacífico fue sometida a esa inundación de desgracias, lo que supuso multiplicar por tres la demanda de energía y someter a los chips individuales a un sobrecalentamiento de consecuencias desconocidas hasta ese momento.

 

A las cuatro horas de iniciar la emisión, se recuperó la calma y los gobernantes contactaron con la cadena, sugiriendo que reanudaran las emisiones convencionales. Pero no quedaban suficientes actores. Por lo que se reanudó la transmisión de ópera. Zandor recibió felicitaciones y la promesa de unos emolumentos extraordinarios.

 

Al mismo tiempo, en el Pacífico, se producía un fenómeno extraordinario que estaba pasando desapercibido para las autoridades y para los equipos de monitorización del clima humano: miles de personas descargaban las imágenes que Miquel Barceló realizó para el libro El infierno, de la Divina Comedia, sin ser detectados por los rastreadores. Tras su lipotimia, Wallazik ha recibido en su cerebro algunas obras provenientes del Asia Menor, con instrucciones para que sean liberadas durante las próximas emisiones.

 

Y ahora las está disfrutando, acompañando su lectura con el interminable murmullo de la vida que es el agua de la fuente. Él ya no tiene grandes esperanzas ni objetivos saturnales. Pero de alguna manera los ciberescritores que resisten al sistema, que mantienen intactas sus creencias y deseos, han conseguido que les ayude a emitir desde su posición de actor. Seguirán aprovechando cualquier resquicio en el sistema para que vuelva la normalidad. No se detendrán. Hasta que el chip de cada ciudadano quede inservible. Hasta que se imponga el pesimismo en todas las conciencias, desde el mar de Bering hasta la Antártida.

 

bizarro
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  • 15 de Diciembre de 2010 a las 15:40
Mañana jueves a las 22:00 chapamos
concursoderelatos
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  • 15 de Diciembre de 2010 a las 16:01
ALFA
Beta había cogido algo que se parecía mucho a un bisturí corriente. Había clasificado a sus enemigos con una letra griega, conforme dictaba el código para situaciones como la suya. Tras hacerle una incisión minúscula en el muslo, la sangre brotó espesa y roja, como siempre. No pudo evitar un grito de dolor, que obligó a sus enemigos a apartarse un poco de la mesa en la que el soldado estaba tendido. Estaban tan asustados que incluso a Beta se le cayó el bisturí. Alfa, que era sin duda el cirujano jefe, visiblemente alterado, se dirigió a los demás de forma ininteligible pero violenta, llegando incluso a golpear a Beta, que salió de la habitación a la carrera. El soldado aprovechó el desconcierto para hacerse con el bisturí. Cuando se calmaron, Alfa cogió un objeto negro y pequeño con unas pinzas largas. Era como un chip o algo muy similar. Comprendió que el dolor de la incisión iba a ser como el de un rasguño. Después de esconder en su mano el bisturí caído, miró las garras metálicas que tenía el chip por debajo y por un momento le pareció que se movían como lo hubieran hecho las patas de un insecto. Hubiera vendido su alma por soltarse de las correas y evitar que el enemigo Alfa metiera aquel cacharro en su muslo. Gritó con todas sus fuerzas. Sentía que ellos tenían miedo, más miedo del que él mismo tenía. Cuando las pinzas penetraron en el muslo se supo al borde del colapso físico. Y cuando las sacó, notó claramente como el chip se movía por su interior hasta anclarse en el hueso, un poco más arriba,  con sus patas metálicas, rasgando los tejidos a su paso. Lo que más le costaba era no apretar la mano para evitar cortarse con el bisturí. Tampoco, debido al dolor, pudo evitar que sus ojos se humedecieran. Otro enemigo, al que había clasificado como Delta, al observar el fenómeno, se acercó con un tubo de ensayo metálico y tomó una muestra de lágrimas. Tres correas le impedían también mover la cabeza. Alfa ordenó algo a Gamma que en principio no comprendió. De momento se había mantenido al margen, al lado de una mesita repleta de jeringuillas. Sus movimientos le hicieron estremecerse. Gamma se acercó con una de esas jeringuillas a sus testículos y, sin muchos miramientos, atravesó el escroto, incrustó la aguja en la glándula y extrajo una muestra. El dolor fue indescriptible. Gamma se marchó de la habitación con el esperma extraído. Delta cogió una pieza de tela y le tapó completamente, de los pies a la cabeza. Parecían haber terminado. No poder ver los movimientos de Alfa y Delta le producía pánico, pero no perdió el tiempo. Giró como pudo el bisturí y procuró cortar la correa que le aprisionaba la muñeca. Se cortó el brazo varias veces. Oyó la puerta abrirse y cerrarse una vez, pero no sabía si se habían ido o habían entrado más enemigos. No obstante no dejó de gritar y moverse, para intimidarles en lo posible.  Al asomar la cabeza desde debajo de la tela que le cubría, únicamente vio en la habitación a Alfa, sentado de espaldas a su posición. Era una oportunidad que un soldado no podía dejar escapar. En silencio, se le acercó por detrás. Al clavarle a Alfa el bisturí, no pudo evitar un atisbo de sorpresa al ver que esta vez la sangre que brotaba no era roja.

concursoderelatos
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  • 15 de Diciembre de 2010 a las 16:59

Resbalando por los límites de la aritmética

   Diciembre de 1977. Kurt Gödel limpia con el puño de la americana el vaho de la ventana, pega la nariz al cristal y mira hacia el exterior. La nieve ha cubierto ya todo el campus de Princeton.

   ¿Y qué hago yo aquí, por qué en este país al otro lado del mar al que ni siquiera recuerdo haber llegado?

   A Kurt Gödel se le van escapando poco a poco las vividurías por los agujeros de la memoria. Su patria, el Imperio Austrohúngaro, ya no existe, ni quedan emperadores, ni káiseres, ni zares, pero no recuerda si todo eso se lo llevó por delante la Gran Guerra o la que vino veinte años después; o si, simplemente, lo devoró el paso de los años.

   Hace tiempo que no veo a mi mujer.

   Echa el aliento sobre el cristal para que se vuelva a entelar: que se quede fuera la nieve y todo ese país. Porque se siente bien en su despacho y solamente en su despacho. Del lado opuesto a la ventana y frente a la mesa una pizarra ancha, de tres metros. A la izquierda, escrito con tiza blanca, el signo alef, la primera letra del alfabeto hebreo, con un subíndice cero; en el extremo opuesto, el mismo signo con un subíndice uno.

   La mesa, completamente limpia, sin papeles, sin libros. Abre un cajón y saca la estilográfica, otro cajón y un folio en blanco.

   Colgado de la pared y a la izquierda de la pizarra, justo a la altura de alef-cero, un retrato enmarcado con una dedicatoria en inglés: de tu amigo Alan Turing, Cambridge, 1939.

   Y vaya cosas de las que sí me acuerdo, del pobre Turing: toda la vida trabajando en máquinas que pensaran...; incluso lo llamaron durante la guerra y fue el único capaz de descifrar los códigos de las máquinas alemanas de mensajes. Pues, ¿no lo procesan diez años después por homosexualismo y acaban castrándole químicamente...? Hasta que acaba comiéndose una manzana con cianuro.

   Con el papel encima de la mesa quiere replicar la pizarra. Dispone el folio horizontalmente y traza un alef-cero a la izquierda.

   Pero a mí no me engañan esos ingleses. Todo fue porque se acercó a Dios con esa máquina que pensaba; y ellos creen que solo Dios puede crear algo que piense. Pues ahí tienen ahora esas mismas máquinas jugando al ajedrez o guiando naves hacia vete a saber dónde... Y que no me pase a mí lo mismo que a Turing...

   Lleva la pluma al extremo derecho del folio, dibuja un alef-uno y mira su modelo en la pizarra. A su derecha y guardando simetría con el anterior, otro retrato enmarcado y también dedicado, en alemán esta vez: Ludwig Wittgenstein, Viena, 1949.

   Otro que tal: también escalando por esas aristas donde los límites de la matemática y la lógica coinciden con las fronteras borrosas de Dios. El mundo está ahí, el lenguaje habla del mundo y el metalenguaje habla del lenguaje. Las proposiciones del lenguaje hablan del mundo pero no de sí mismas: para hablar del lenguaje está el metalenguaje. Así dijo; y sin más destruyó la paradoja de Russell, la del mentiroso y del barbero. Nada le impidió seguir avanzando por un metalenguaje de nivel uno que sirviera para hablar del metalenguaje de nivel cero, subir luego al de nivel dos, tres, y alcanzar el límite de la lógica, llegar a ese punto donde o ya no hay nada o se te aparece Dios preguntando dónde vas. Y luego el final: me dijeron que Wittgenstein no se había suicidado como habían hecho sus tres hermanos pero me enteré de que se había negado a que le trataran un cáncer de próstata. ¿A quien quieren engañar?

   Vuelve al folio y repasa con la pluma los trazos de alef-cero y alef-uno. Contempla el espacio blanco del folio entre los dos símbolos y el espacio negro correspondiente de la pizarra.

   ¿Qué puede haber en medio, en el espacio que queda entre alef-cero y alef-uno? Y mi mujer, ¿donde para?

   Se lo han dicho varias veces pero no ha querido escuchar: su mujer lleva un mes ingresada en el hospital. Y ahora, como no se fía de comidas preparadas en inglés, es su asistenta alemana quien le cocina y quien quita el folio de la mesa para comer frente a él. Tres días atrás Frau Weiss entró con la bandeja y se lo encontró escribiendo compulsivamente en la pizarra. Decenas, cientos de símbolos alef de todos los tamaños y con diferentes subíndices orientados hacia aquí y hacia allá, invertidos, metidos unos dentro de los otros... Tras dejar la bandeja sobre la mesa intentó que Herr Gödel dejara la pizarra pero, al proseguir este aún más nerviosamente, salió en busca del médico. Cinco minutos después se lo encontraron obedientemente sentado frente a la bandeja. En la pizarra un solo símbolo en el centro y ocupando toda la altura: un alef con subíndice alef.

   Algo me darían porque ese fue el día en que tuve aquela pesadilla que aún no sé si fue pesadilla. Me llevan cogido de los brazos y arrastrando los pies por pasadizos que van girando a izquierda y derecha hasta una puerta. La abren y, cuando creo que me van a dejar abandonado en un calabozo, me veo ante un tribunal que me obliga a permanecer en pie:

   -¿Es usted Kurt Gödel, el autor de los teoremas conocidos como teoremas de Gödel?

   -Sí.

   -¿Se incluye en esos teoremas la afirmación de que, partiendo de los simples axiomas de Peano para la aritmética, se puede llegar a la contradicción P si y sólo si no-P?

   -Sí.

   -¿Sabe usted quién es el verdadero autor de los axiomas de todas las ciencias?

   -...

   -Dios. ¡Y usted ha puesto en duda la competencia de Dios...!

   -No exactamente.

   -Lo que usted quiera, pero está castigado a pasar el resto de su vida encerrado en la mazmorra de su propio cerebro.

   Tal como se me habían llevado, me devolvieron a mi cama. Y sí, tenían razón: yo había demostrado que su aritmética era inconsistente; y además, lo había adornado con la demostración de que, cuando intentaran volverla consistente, se les volvería incompleta; y si la querían completa, volvería a ser inconsistente. Pero no fui yo, fueron ellos solitos quienes se habían metido en ese bucle del que no podrían salir nunca.

   A pesar de ese sueño o, con más ganas aún desde ese sueño, Gödel, encerrado en la mazmorra de su cerebro, en la mazmorra de su despacho y en la mazmorra de un país que no es el suyo, mira el espacio que queda entre los dos símbolos alef. Cosas de Georg Cantor, que murió antes de que pudiera conocerlo y, por tanto, enviarle un retrato enmarcado, pero también se acercó a Dios con sus jerarquías de infinitos. Alef-cero representa un infinito, el que corresponde al conjunto de los números naturales (1, 2, 3,...) y otros conjuntos semejantes, el de los números pares, el de los primos... Alef-uno representa, en cambio, un infinito muy superior, el del conjunto de los números reales, números como el 1,1 y el 1,2 entre los que pueden insertarse infinitos números: 1,11, 1,1049, 1,19987... Un infinito de infinitos. Gödel sabe la regla por la que puede partir de un conjunto de cardinalidad, es decir, de tamaño alef-cero y llegar a otro de tamaño alef-uno; y sabe proseguir saltando a conjuntos alef-dos, alef-tres, pero cuando mira el papel las preguntas que se hace son: ¿esa jerarquía ascendente de infinitos, es el mismo camino por el que los místicos llegaban a Dios, que anda sentado en el infinito de mayor tamaño, en alef-alef?; ¿no puede esconderse Dios entre dos infinitos cualesquiera, alef-cero y alef-uno, entre los que no parece haber sino el más inmenso vacío?; ¿tiene todo eso algún sentido o la infinitud matemática no tiene nada que ver con la infinitud divina?

   Y así, día tras día, semana tras semana, Kurt Gödel se enfrenta a esas preguntas con la pluma en la mano y el folio en blanco. Ya sabía que, cuando de infinitos se trata, la intuición no sirve. Ahora sabe también que, cuando se fuerza la razón, empiezan a aparecer ante los ojos algunos de sus monstruos. Por eso es mejor arrugar el papel cada noche, tirarlo a la papelera y volver a empezar al día siguiente.

concursoderelatos
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  • 15 de Diciembre de 2010 a las 20:58

Fast-Forward

[Inicio de la grabación].
[13 ABR 09 – 11:05:15].
[La pantalla muestra un plano medio de un hombre de mediana edad, el profesor Godwin, hablando frente a la cámara. Detrás suyo, lo que parece una especie de taller o laboratorio. La luz fría de los fluorescentes muestra el caos imperante].
- ¿Ya está grabando? Ejem… Bien. Con esta grabación, pretendo mostrar los avances conseguidos hasta ahora en el campo de… Vale, corte. No me gus…

[13 ABR 09 – 11:11:23]
[Empieza hablando el reportero]
- Cuente a tres y empiece.
- De acuerdo… En esta grabación, quiero mostrarles los asombrosos avances obtenidos en el implante de miembros biomecánicos en seres vivos. Tras años de investigación, he conseguido con éxito… Tras años de investigación… ¡Joder, corte! [El profesor se gira, visiblemente irritado]
- No hace falta, puedo editarlo más tarde.
- ¿Sí? Bueno. Mejor, no se me dan bien los discursos. [Parece relajarse un poco]. Venga, ya volveremos a esa parte más tarde. Ahora quiero enseñarle para lo que le he hecho venir.
[La cámara se pone en movimiento siguiendo al profesor, sorteando varias mesas atestadas de artefactos, componentes electrónicos y herramientas, e infinidad de cajas y trastos, aparentemente inservibles, esparcidos por el suelo. El profesor se detiene en una mesa en la que sólo hay una figura cúbica tapada con un sucio trapo].
- Enfoque bien esto [Dice, señalando el bulto. La pantalla lo muestra durante un par de segundos]. Esto es el futuro.
[El profesor Godwin retira el trapo mostrando una jaula. La cámara hace zoom sobre el interior y, tras un segundo, enfoca un diminuto hamster que está en un rincón, comiendo algo, erguido sobre sus patas traseras. El profesor pasa por delante de la cámara y se dirige al lado opuesto].
- Observe esto.
[La imagen muestra un plano cerrado de la mano del profesor que sostiene un pequeño trozo de algún tipo de fruta u hortaliza, que sacude entre los barrotes. Tras un extraño siseo hidráulico, el animalillo sale disparado como una bala hacia lo que le ofrece el profesor, golpeando la jaula y haciéndola bambolearse].
- ¡Joder!
[Se oye la voz del reportero, la imagen se corta abruptamente].

[13 ABR 09 – 11:14:59]
[Imagen borrosa. Tras un rápido ajuste del enfoque, aparece al hamster, sostenido por una mano que lo sujeta del cuello. La frente muestra un pequeño hilillo de sangre que le cae a un lado del morro. La imagen va bajando, recorriendo el pequeño cuerpo del roedor. De nuevo, se oye el mismo siseo hidráulico. Las extremidades inferiores del animal han sido sustituidas por dos miembros mecánicos que se sacuden de manera nerviosa].
- …he conseguido con éxito sustituir las extremidades inferiores de este animal por dos apéndices mecánicos especialmente diseñados para este individuo. Combinando elementos artificiales y biológicos sintetizados a partir del ADN del organismo se consigue una implantación perfecta sin rechazo. A partir de aquí, es sólo cuestión de tiempo el poder diseñar, fabricar e implantar cualquier tipo de órgano que sustituiría a los dañados o defectuosos.
[El hamster comienza a sacudir las patas traseras de manera espasmódica].
- Vaya, parece que se está poniendo nervioso…
[El plano se cierra sobre el animal que cesa abruptamente sus movimientos. Una de las patas mecánicas continúa temblando débilmente. Hay un movimiento rápido en la imagen, que se aleja con un zoom, mostrando la espalda del profesor]
- Será mejor que lo dejemos tranquilo. ¿Por dónde iba? [El profesor se encara a la cámara, tapando la jaula. El siseo hidráulico ha cesado]. ¡Ah, sí! Las posibilidades que se abren ante nosotros son infinitas, estos avances revolucionarían la medicina moderna, no sólo en el campo de los trasplantes, sino también…
- Pero, profesor, creo recordar que ya intentó que sus experimentos se hiciesen sobre seres humanos y se le fue denegado el permiso.
[El semblante del profesor se congestiona, visiblemente irritado]
- ¡Ignorantes! Apenas un puñado de personajillos tristes más preocupados en lo que ellos erróneamente llaman derechos humanos que en los problemas reales de millones de personas que podrían beneficiarse de estos avances, cuyas vidas se transformarían completamente y se verían liberadas de una existencia limitada e insuficiente y, en muchos casos, de una muerte inminente y segura.
[El profesor se calla abruptamente, parece ensimismado en sus pensamientos mientras murmura cosas ininteligibles. Da un par de pasos hacia su izquierda, mostrando la jaula que antes ocultaba. Con un zoom lento, el plano se cierra sobre el interior de la misma donde se adivina la figura inmóvil del pequeño roedor. El plano vuelve a abrirse y muestra al profesor, que sigue con sus divagaciones. Tras unos instantes, se oye la voz del reportero].
- Profesor.
- ¿Sí? [Éste se dirige a la cámara con la mirada vidriosa]
- Profesor, hablábamos de la imposibilidad actual de extender sus investigaciones sobre seres humanos. ¿Cree usted que hay alguna clase de acuerdo tácito de la comunidad científica para menospreciar su trabajo y su persona? ¿Piensa que pueda tener algo que ver con su rotunda negativa a permitir que esta tecnología se emplee para usos militares?
- ¿Qué? Bueno… Sí, es posible. ¡Es muy posible! Esta tecnología no debería usarse nunca para fines militares, ¡estoy tratando de salvar vidas, no de eliminar más! De todos modos… de todos modos, esta situación podría solucionarse. [El profesor deambula por la habitación nervioso, revolviendo los objetos que atestan las mesas, algunos caen al suelo con estrépito].
- ¿Cómo?
- Mostrando mis avances al mundo… desmintiendo de un plumazo todos esos rumores que dicen que la implantación de miembros biomecánicos no es segura. ¡No hay rechazo, ni riesgos! [Finalmente, se detiene de espaldas a la cámara, agacha la cabeza un instante. Cuando se gira, lleva una máscara antigás y sostiene una especie de mando a distancia en la mano]. Por eso le hecho venir.
[El profesor pulsa el botón, las luces se apagan, la imagen parece oscilar. Se oye un ruido. La grabación se corta].

[18 ABR 09 – 02:12:26]
[La imagen aparece distorsionada, como si estuviese mal sintonizada. Bandas de ruido recorren la pantalla de arriba abajo. No hay audio].

[07 MAY 09 – 00:23:37]
[La cámara muestra un plano fijo: parte de un fluorescente que cuelga del techo]

[23 MAY 09 – 14:58:00]
[La imagen, borrosa, parpadea varias veces. Poco a poco, va tornándose nítida y muestra la cara del profesor Godwin, que observa el objetivo atentamente. Se oye la voz, algo gangosa, del reportero]
- ¿Qué… qué ha pasado?
- ¿Cómo se encuentra?
- Yo… ¿Dónde… estoy?
[El profesor se aleja. Varía el enfoque de la imagen para conservar la nitidez. El profesor comienza a moverse por la estancia mientras observa con detenimiento algo situado por encima de la cámara. Ésta le sigue. Sonríe satisfecho].
-¿Qué ha pasado?
- Vino usted hace unos días para hacerme un reportaje.
- ¿Hace unos días? [La imagen se sacude ligeramente]. ¿Cómo que unos días?
- Bueno, ha sido necesario realizar varios ajustes pero veo que ha quedado perfectamente.
[El punto de vista asciende, como si el reportero se incorporase, luego se desenfoca y se tambalea varias veces antes de recuperar la estabilidad].
- No se mueva tan bruscamente, aún está un poco débil.
- ¿Qué me ha hecho?
[El profesor sonríe con orgullo mientras sigue contemplando lo que hay detrás del reportero, que repite su pregunta al borde de la histeria].
- ¿Qué me ha hecho?
[La cámara se mueve, girando rápidamente hacia la izquierda. Cuando se estabiliza, enfoca una pantalla en la que el reportero tarda unos segundos en reconocer su demacrado rostro. El ojo derecho es un círculo negro, rodeado por un halo encarnado que supura un líquido blancuzco. El reportero se palpa la cara con horror y retira la mano cuando ésta roza el objeto que ahora sustituye su ojo, como si éste quemase. Acerca su cara a la pantalla para ver mejor y la imagen de su rostro se agranda en ella, como si la cámara a la que está conectada se hubiese acercado. La imagen, borrosa al principio, se va enfocando y el reportero nota como si algo se moviese dentro de su cabeza, apenas una vibración casi imperceptible, mientras atisba a distinguir el mecanismo que ajusta las lentes del objetivo que ocupa el espacio de su globo ocular. Se escucha un gemido ahogado].
- Comprenda que era necesario una demostración… Usted era el más idóneo… Un reportero conocido…
- ¿Qué me ha hecho? [El reportero aúlla. La cámara se gira enfocando al profesor, que parece nervioso, mientras recula. Con un fugaz movimiento, su imagen se acerca rápidamente y se bambolea con violencia. Se oyen gritos y estruendo. La cámara sube y baja en una confusión de luces fugaces y sombras].
[El movimiento cesa, la pantalla muestra un bulto inmóvil. La imagen se sacude al ritmo de los jadeos del reportero que se gira hacia el televisor que le devuelve su semblante, ojeroso y salpicado de pequeñas gotas oscuras. Se palpa su nuevo ojo y solloza entre jadeos que van subiendo de intensidad y volumen. Con un grito desgarrador agarra el objetivo con la mano, tapando la imagen. El aullido se interrumpe bruscamente].
[Fin de la grabación].

concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 4:59
INCIDENTE EN LA TERMINAL 5

Blanco Futuro. Así dijo llamarse el miembro del FLCT (Frente Luminoso contra la Teleportación) que habían sorprendido justo cuando provocaba la avería. Maldito cabrón: por su culpa todo el sistema se colgó por completo en pleno proceso, provocando la duplicación de casi trescientos usuarios y la pérdida de uno, un tal Jesús Sánchez, electricista de tercera, al que todavía no habían localizado por ningún sitio.

“Si no podemos recuperar su información, lo tenemos claro”, pensó Rebeca Goyri, Directora de la Terminal 5 de Remota, la empresa de transportes más importante del planeta. Una duplicación era algo que siempre entraba dentro de lo posible. Al adquirir su billete, el usuario aceptaba la posibilidad, asumiendo que toda copia tendría prohibido perturbar la paz del original. Remota, respaldada por potentes compañías de seguros, se comprometía a ofrecer un trabajo vitalicio al clon, el Estado le daba documentación apropiada y se le recolocaba en otro lugar, lo más alejado de su antigua residencia, en una variante de la clásica protección de testigos. Por lo general, con eso, quedaban todos contentos.

O relativamente… Ella misma, era un duplicado desde hacía siete años. Le había ido bien, pero seguía añorando su vida de antes. Sabía que no debía regresar, que no podía perturbar la paz de la Rosa López que había sido, o la de su marido. Ellos, no habían llegado a enterarse nunca y no lo comprenderían. Tenían un hijo. Le aseguraron que para el niño era mejor no pasar por semejante trauma…

Sí, la duplicación era algo que podía suceder. Pero la desintegración sin retorno era algo muy distinto. La base del éxito de Remota se apoyaba por completo en la confianza que los usuarios depositaban en ella y se extremaban las medidas, con distintos volcados de datos, creando copias de seguridad en cada micro–segundo durante la transmisión. Si el asunto se filtraba y llegaba a la prensa, la compañía quebraría de inmediato, se sumiría en una ruina repentina y total.

Y, Blanco Futuro, el culpable de todo aquello, la miraba ahora con una sonrisita irónica que la estaba poniendo de los nervios. ¡Ni que tuviera motivos! Tras ser sorprendido, intentó escapar, pero le capturaron antes de llegar al nivel de superficie del edificio. Los guardias de seguridad le arrastraron a la sala de detención, un pequeño espacio donde se asustaba habitualmente a sobones y carteristas. Estaba esposado, anclado a la mesa y Rebeca llevaba dos horas intentando sonsacarle algo de información. Carlos Navas, el Jefe de Seguridad de la Terminal 5, estaba también presente, apoyado en la pared, junto a la puerta. Rebeca había evitado mirarle, como siempre, mientras pensaba que era la vez que más tiempo habían estado juntos en la misma habitación desde la fiesta de Año Nuevo, en la que terminaron desnudos y sudorosos en su despacho. Navas había intentado hablar con ella varias veces, pero Rebeca no podía enfrentarlo. No en ese momento.

– Tus amos y tú matáis gente cada día – sentenció Blanco Futuro, mirándola con aquellos ojos inquietantes – A cientos, a miles…

– Oh, no, líbranos de la mierda de vuestro ideario – replicó Navas – Nosotros no matamos gente, imbécil, eso lo dejamos para tarados como tú. Nosotros sólo la transportamos de un sitio a otro.

– Mentira – las pupilas giraron hacia él – Lo digas como lo digas, la destruís, Navas. Lo que surge al otro lado del trayecto no es más que una triste copia y lo sabes – técnicamente, era correcto, reconoció Rebeca. Al fin y al cabo, el procedimiento de transporte consistía en un escaneado con desintegración. Toda la información que constituía la persona era enviada a velocidad luz y reconstruida en destino. No se trataba de un proceso instantáneo, pero sí prácticamente inmediato, dependiendo de la distancia – El que era, ya no es, el que era, ya no está. Y nadie, nadie, puede reconstruir un alma, ni siquiera vosotros. Mucho menos, vosotros. Se pierde, muere.

Rebeca bufó.

– Dime dónde está el alma y la teleportaré.

– ¿Tú? ¿Tú, que eres una mera copia, una carcasa vacía? – ella se sonrojó a su pesar – No sabrías reconocer algo espiritual aunque te golpease en todo el rostro con una maza sagrada.

Navas hizo una señal al guardia. Este le soltó un puñetazo al detenido, rompiéndole la nariz.

– Seguro que tú sí reconocerás ese puño, si tiene que volver a golpearte – dijo Navas, enfadado. Iba a añadir algo más, pero el comunicador de Rebeca empezó a pitar. Tras tantas malas noticias, lo cogió con aprensión.

– Rebeca Goyri.

– Señorita Goyri, llamamos de Presidencia – instintivamente, Rebeca se sentó con la espalda más recta – Hemos recibido su informe. ¿La cifra se confirma? ¿Doscientos noventa y ocho duplicados?

– Sí, señor. De ellos, al menos una docena son niños, de modo que habrá que recurrir a la norma trescientos diez y ocuparse de su mantenimiento y educación hasta su mayoría de edad.

– Y el señor Jesús Sánchez, ¿ha aparecido?

– Todavía no, pero es pronto. Seguro que…

– Sí, comprendo. Pero espero que entienda que este asunto es extremadamente grave, en todos los sentidos. La empresa no puede asumir los gastos que supondrían hacerse cargo de casi trescientas personas. Lamentándolo mucho, vamos a tener que recurrir al procedimiento Omega – Rebeca se sintió incapaz de responder. Al otro lado de la mesa, Blanco Futuro sonrió con más amplitud – El atentado nunca ha ocurrido. Reúna a los clones y proceda a su eliminación.

– Pero, señor, son… hay niños.

– Sólo son clones. Copias. Errores de proceso.

– Señor… – dudó, pero lo dijo – Le recuerdo que yo también soy una duplicación.

Hubo un momento de silencio al otro lado. Luego, el tono fue comedido.

– Eso, podría solucionarse. Ambos sabemos que sólo hay duplicación cuando existen dos sujetos idénticos por culpa de un error en la transferencia. Si responde a nuestras necesidades, señorita Goyri, no dude de que nosotros responderemos a las suyas. Será única. Y podría usar su propio nombre y regresar a su casa como si nada hubiese pasado.

Rebeca pensó en la Rosa López que había sido. La que seguía siendo, allá en la casa con el pequeño jardín, con un esposo y un hijo que la querían. Y el perro. Se preguntó si Sugus la reconocería a ella, si reconocería el olor de Rebeca Goyri.

– ¿Me está diciendo que…?

– No estoy diciendo nada. Pero si sigue nuestro camino, le prometo una identidad completa – esperó un poco. Como Rebeca no dijo nada, su interlocutor asumió que estaba de acuerdo – Elimine todos los obstáculos y asegúrese de que no queda rastro alguno de lo ocurrido en los informes de la Terminal 5.

– ¿Qué hago con el terrorista?

– ¿De qué terrorista me habla? Nunca ha habido ningún atentado, señorita Goyri.

La comunicación se cortó bruscamente. Rebeca mantuvo la mirada de Blanco Futuro.

– Sólo sois copias – dijo el fanático – Cuerpos sin alma. Máquinas biológicas sin espíritu.

– Y tú eres un canalla – se frotó las sienes y se volvió a Navas – ¿Sabes lo que quieren que haga?

– Claro que lo sé. Hace un rato me ofrecieron tu puesto – Rebeca parpadeó – Acepté, sólo para ver si se atrevían de verdad a llamarte. Ya veo que sí.

– Pero, eso significa…

– Que pretenden usarte de chivo expiatorio. En cuanto des las órdenes, serás la única en pagar por semejante crimen. La historia oficial explicará que eliminaste esos clones actuando por tu cuenta, intentando ocultar tu error. Y, tras asesinar a toda esa gente, yo te hice detener.

– No tiene sentido… lo negaría todo.

Navas lanzó una carcajada.

– Cariño, ¿qué dices? Lógicamente, siendo más culpable que Judas, intentarías huir. Y tendrías un lamentable accidente, cayendo por una ventana, o algo así – Rebeca le miró horrorizada – Han dejado esa parte a mi libre creatividad.

– Sois la hostia – rió Blanco Futuro – Y eso que, tú, no eres una copia.

– No, amigo. Yo soy un imbécil totalmente original y tú una escoria de lo más común. Pero la pregunta que debemos hacernos ahora es si hay algún héroe en esta sala…

– Navas… – empezó ella, aunque ni sabía qué iba a decir.

– No podemos permitir la continuidad de Remota, Rebeca. Y tú lo sabes – activó su comunicador – Soy yo. Pincha ahora, no podemos esperar más. Te digo que no. Lo comprenderás en cuanto veas la información. Está todo. También te voy a enviar grabaciones de mi comunicador y casi trescientos duplicados. Sí, eso dije – miró al fanático – Mmm... Bueno, espero que eso no fuera imprescindible, porque ha desaparecido. Sí, supongo que consiguió escapar. Bien – cortó. Miró a Rebeca – Listo. En pocos minutos todo se hará público. Es lo único que puede salvarnos ahora mismo. Remota tiene que caer.

– Lo tenías preparado.

– No exactamente. Pero sí que tenía mis contactos y estaba recabando datos para una posible denuncia. Pero, espera, lo primero es lo primero – se dirigió a los guardias – Llevad a este canalla a la unidad de transferencia. Procedimiento Omega.

– ¿Qué? – por primera vez, Blanco Futuro perdió la sonrisa – ¡No puede hacer eso! ¡Sería un asesinato!

– ¿En serio? Es lo que buscabas para casi trescientas personas. Te jodes.

– ¡Pero yo tengo alma!

– Eso espero, de verdad – replicó Navas, mientras observaba cómo le arrastraban a la puerta – Así se pudrirá en el infierno – esperó un segundo y miró a Rebeca – Tú y yo tenemos una conversación pendiente, pero supongo que ahora mismo tampoco es el momento. Hay un montón de gente esperando que les digamos qué va a ocurrir con ellos y tenemos que sacarles de aquí – le tendió la mano – Vamos, señorita Goyri.

– Soy Rosa – dijo ella – Rosa López. Tengo un marido, y un hijo, y un perro llamado Sugus...

Navas agitó la cabeza.

– Rosa López ya existe en alguna parte, feliz, ignorante de todo esto. Seas quien seas, no eres ella, porque no sólo importa cómo lo ves tú o cómo lo sientes tú. Ante los ojos del mundo, apareciste repentinamente hace siete años. Puede parecer injusto, puede ser terrible, pero es así, y es inútil luchar contra los hechos. Tal como yo lo veo, Rebeca Goyri debería tener también la oportunidad de tener su propia existencia, de buscar su propia parcela de felicidad. A mí me gustaría… – ella suspiró y tomó su mano. Navas sonrió – Vamos, ven. Es el último día de la Terminal 5. Hagamos bien nuestro trabajo.
concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 12:37

Operación Olson:

En otoño de 1962, la Unión Soviética fue descubierta construyendo cuarenta silos nucleares en Cuba. Según Jrushchov, la medida era puramente defensiva: para disuadir a los Estados Unidos de realizar cualquier tentativa bélica contra los cubanos, después del fracasado intento de invasión de la Bahía de Cochinos en abril de 1961. Realmente, se trataba de la respuesta soviética a la instalación estadounidense, en Turquía, de misiles Júpiter II que podrían ser usados para bombardear el sudoeste soviético.

Navíos de carga y submarinos transportando armas atómicas fueron enviados hacia Cuba, pero un avión espía estadounidense descubrió las rampas de lanzamiento antes de su llegada.

El 22 de octubre de 1962, Estados Unidos interceptó los transportes soviéticos y ordenó cuarentena a la isla. Navíos militares se posicionaron en el Mar Caribe cerrando los contactos marítimos entre la Unión Soviética y Cuba. Kennedy dirigió un ultimátum a la URSS: demandó que detuviera esos transportes bajo amenaza de emprender represalias masivas. 

 

Había comprado un Ford Thunderbird del ’58 en la única tienda de vehículos usados que había encontrando en la ciudad y permanecía aparcado en la esquina de la calle observando el Lincoln de color negro situado al otro lado de la manzana. Hubiera preferido  cualquier otro vehículo más discreto para mis propósitos, pero me inquietó tener que descubrir si “El honrado Joe” era tan decente como predigaba el cartel de su establecimiento.

Los ocupantes del otro vehículo eran también empleados de la Agencia. Conocía a uno de ellos: Jack Murphy. Había oído hablar de él cuando estuve destinado en Berlín. Era un tipo poco recomendable: de los que pasean los puños sin hacer preguntas y escupen plomo sin necesidad. Los otros tres agentes habrían sido reclutados por él mismo no haría mucho, pues su cara de pardillos recién licenciados del ejército les delataba. Los gorriones no me preocupaban, pero Murphy…

Mientras hacía guardia y esperaba cualquier movimiento, hojeé las noticias del periódico acerca de la crisis de los misiles. No decía nada que no supiera y lo tiré sobre el asiento del copiloto sobre los restos de lo que había sido mi cena: un par de insípidos burritos con aspecto de comida para perros. Abrí mi cartera. Una foto amarillenta me recordó los motivos de mi presencia en aquel coche. Observé al chico que me acompañaba en aquella foto, posando con la gorra de los Yankees junto a Joe DiMaggio. Yo tenía 18 años y él ocho menos. Aquel fue el año en que DiMaggio consiguió su record de 56 juegos bateando al menos un hit. Unos meses más tarde, ocurrió lo de Pearl Harbor y me alisté en el ejército, como tantos otros. Como el mismo DiMaggio. Después de la guerra, ingresé en la Agencia para seguir sirviendo a mi país.

Así había transcurrido mi vida hasta ahora, hasta que unos meses atrás sucediera lo de Bahía de Cochinos. ¡Pandilla de burócratas incompetentes! Debía resultar sencillo jugar a la guerra desde sus confortables despachos: ignorando el dolor de las familias de los muertos; olvidando a su suerte a los prisioneros… ¡Bastardos! Guardé la foto en el interior de mi cartera.

El salón de la casa del Doctor Olson, donde se ubicaba su laboratorio, estaba iluminado todavía. Era una construcción con un pequeño jardín delantero ocupado por multitud de materiales de desecho: placas y tubos metálicos, engranajes… El pequeño desguace, en el corazón de aquel coqueto barrio residencial, no pasaba desapercibido y no me resultó difícil encontrarlo, días atrás, cuando visité al científico para averiguar si era cierto aquello que relataban los documentos de su expediente: un estrafalario proyecto científico protegido y financiado por la CIA como lejana alternativa para derrotar a los rusos en la carrera espacial, si la tecnología de cohetes fracasaba. Había utilizado mi acreditación para presentarme y convencí a Olson de que la Agencia necesitaba sus servicios para ayudar a derrocar a Castro…

-Explíqueme cómo funciona, porque… funciona, ¿no? –mis ojos apuntaron a un pequeño artefacto muy semejante a alguno de aquellos modernos y novedosos electrodomésticos que cocinaban sin utilizar fuego o calor.

-Las pruebas que he realizado hasta ahora han sido satisfactorias… -respondió el físico con orgullo-. Dentro de poco comenzaré la fase de experimentación con animales.

<<Antes de lo que usted cree, “doc”…>>, pensé. El Doctor Olson, comenzó a explicarme cómo funcionaba aquel extraño artefacto:

-El teletransporte de objetos macroscópicos era algo utópico hasta hace poco, sin embargo, investigadores alemanes han demostrado que los electrones de las moléculas de nitrógeno en su forma gaseosa…, es decir, las onda-partículas, existen simultáneamente… ¡La bilocación es posible! –gritó alborozado- A partir de ahí, comencé a investigar los agujeros de gusano, y, cuando Hermann Weyl completó su análisis de la masa en términos de la energía de un campo electromagnético, lo tuve claro. Existen más de 3 dimensiones espaciales, ¿sabe?, pero las otras estarían compactadas a escalas subatómicas, según la teoría de Kaluza-Klein, por lo que… parece muy difícil, ¿no es cierto?, pero no es imposible –concluyó ufano. Acerté a asentir levemente para corresponder su entusiasmo.

El Doctor Olson puso en marcha la máquina e introdujo una manzana en su interior. Un poderoso zumbido se apoderó del artefacto. En la esquina opuesta de la habitación, y ante mis propios ojos, la manzana apareció de la nada. Olson no pudo disimular su regocijo mientras observaba mi cara de sorpresa.  Cogió la manzana de su nueva ubicación y me la ofreció. Yo decliné la invitación y él le dio un bocado. Cuando me recuperé de mi asombro comencé mi pequeño interrogatorio:

-¿Cómo consigue guiar la manzana hacia su nuevo destino?

-Utilizo un sistema experimental de la marina: NAVSAT. Un antiguo compañero de universidad me “facilita” los datos –respondió el científico sonriendo travieso-. Se basa en informaciones de satélites que...

-Vale, vale… ¿Y ha probado el experimento con objetos más grandes y mayores distancias? –le interrumpí.

Descorrió la cortina tras de sí y me mostró una maquina idéntica a la que acababa de utilizar, pero de dimensiones espectaculares. El receptáculo podría dar cabida a varios hombres, de ser necesario. Realmente… ¡era posible! Me despedí del Doctor Olson prometiéndole que tendría noticias mías con brevedad.

Días más tarde, una vez realizado los preparativos, surgió el asunto de los misiles y la Agencia decidió enviar escoltas a todos sus científicos estratégicos, como medida de precaución. Cuando regresé a casa de Olson me percaté de la presencia del Lincoln y pasé de largo sin detenerme. Aquello trastocó mis planes y me retenía sin remedio en el interior de aquel Thunderbird plateado: malgastando el  poco tiempo que disponía.

De repente, Murphy y uno de sus acompañantes bajaron de su vehículo y se encaminaron hacia el final de la calle, en dirección hacia donde yo estaba apostado. Saqué mi arma de su funda y me oculté encogiendo mi cuerpo y deslizándome hacia abajo. Pasaron de largo y esperé hasta que hubieron doblado la esquina. ¡Era mi oportunidad! Regresarían en poco tiempo: quince minutos, tal vez. ¿Sería suficiente? Tenía que darme prisa.

Bajé del vehículo y recogí del maletero el maletín con los explosivos: no debía dejar rastro tras de mí. Activé el temporizador y crucé la calle sin detenerme a mirar qué estuvieran haciendo los otros dos agentes del Lincoln. Cuando llegué a la puerta de la casa, llamé con insistencia para que me abrieran.

-¡Doctor Olson! ¡Abra, por favor! ¡Deprisa!

Olson abrió la puerta aturdido.

-¿Qué sucede?

Entré en la casa sin mediar palabra y cerré la puerta tras de mí abandonado el maletín en la entrada.

-¡Ahora Doctor! ¡Tiene que hacerse ya!

-…Pero, todavía no hemos hecho las pruebas oportunas. Necesito más tiempo –me exhortó.

Comencé a mirar hacia el exterior de la casa a través de una de las ventanas.

-¿Ve aquel Lincoln de ahí? –Olson asintió-. Son agentes del KGB –le mentí-. Han interceptado una comunicación y les han enviado para evitar el transporte.

En ese momento, los dos individuos salieron del vehículo y comenzaron a hablar entre sí, esperando, previsiblemente, la llegada de Murphy y del otro tipo.

-¡Rápido Doctor!

Nos dirigimos con premura hacia el salón-laboratorio donde se ubicaba el artefacto. El Doctor, comenzó a realizar los últimos ajustes mientras yo controlaba el tiempo que restaba para que se produjera la explosión.

-¿Ha programado el destino según le indiqué por teléfono? –le pregunté inquieto.

-Sí, sí…, claro. Tal y como me dijo.

Olson puso en marcha la máquina.

-Está todo listo. ¿Está seguro de lo que va a hacer?

-Usted se viene conmigo, doctor. No puedo dejarle aquí. ¡Le matarían!

El doctor me miró indeciso mientras me introducía en el interior del artefacto. De repente, alguien comenzó a aporrear la puerta de la entrada con violencia. Pronto la derribarían. Olson me acompaño en el habitáculo y yo saqué mi arma y apunté hacia la puerta del laboratorio.

Los gigantescos imanes circulares comenzaron a girar. Poco a poco fueron ganando velocidad y, en apenas segundos, sus vertiginosas rotaciones nos impidieron la visión de lo que aconteciera en el exterior. El sonido era ensordecedor, como si centenares de enjambres bailaran rítmicamente sobrevolando nuestras cabezas. A mi derecha, Olson murmuraba entre dientes. Resultaba insólito ver rezar a un hombre de ciencia como él. Decidí guardar el revólver y acompañarle en sus plegarias, anhelando que sus intensos años de estudio y experimentos dieran su fruto para que aquel artefacto del demonio funcionara. Y deseando, igualmente, que las tropas de Castro no pudieran detectar nuestra presencia cuando llegáramos a Cuba, para contactar con los disidentes e intentar liberar a mi hermano con éxito. Extraje la foto de mi cartera y me aferré a ella confiado de haber tomado la decisión correcta. Pronto lo averiguaría. Sólo lamentaba que Olson hubiera tenido que acompañarme en aquel viaje, pero no tuve otra opción.

No pudimos escuchar la detonación de la bomba, aunque sí pudimos admirar los efectos destructivos de su onda expansiva. Un fulgurante haz alumbró el receptáculo dando paso a emergentes luces calidoscópicas de menor intensidad. El doctor y  yo observábamos hipnotizados el espectáculo. El transporte tan sólo duró unos minutos y pronto el ruido fue cesando a la misma velocidad que nuestros ojos se sumergían en la oscuridad. Los cerré con fuerza. Con miedo. Con esperanza.

concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 12:37

Editado por repetición.

concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 13:08

Genoma


Aunque la tenía, caminaba sin prisa, admirando la funcionalidad de los largos pasillos que escondían en sus paredes cualquier cosa que uno pudiese necesitar durante aquel trayecto -con símbolos sencillos para poder encontrar un contenedor de papel o un dispensador de líquido desinfectante de manos-. Fuera de los indicativos, aquella asepsia extrema (signo de los tiempos) siempre le llevaba a imaginarse una larga laringe pulida por la que uno caminaba como un bolo alimenticio a punto de entrar en un estómago impoluto... Rarezas, pensó.

El estómago se anunciaba al final del recorrido, tras un arco de seguridad que había traspasado cientos de veces para encontrarse al otro lado con el Presidente de turno (ellos cambiaban; él seguía allí). En esta ocasión no era distinto.

Al abrirse la puerta del despacho presidencial, sufrió, como siempre, un derechazo cronológico: la estética, heredera de la moda de principios de siglo, se servía de un mobiliario de metal y madera, lejos de los nuevos materiales que, en opinión del Señor Presidente, canjeaban belleza por funcionalidad (algo imperdonable si uno estaba en disposición de evitarlo).

Su interlocutor lo esperaba sentado en su butacón de piel, tras la mesa vacía de objetos. Lo saludó sin mirarlo, levantando aquellas cejas rectas y espesas que hacían lobuna la mirada de alguien que, en realidad, no tenía facciones de cazador sino de presa. Con un gesto lo invitó a sentarse.

- Cuando quiera, Señor Presidente, puede firmar la nueva ley.

Dicho esto, abrió el maletín metálico que contenía el terminal informático  y lo puso sobre la mesa, con la pantalla vuelta hacia el político.

- Sí, claro...

Fue lo único que dijo. Después respiró hondo, agarró con decisión el lápiz óptico, simuló releer el documento abierto en pantalla y, después de amagar la firma, se detuvo y frunció el ceño.

- ¿Ocurre algo?

El presidente se levantó. Caminó por detrás del asiento; apenas tres pasos y vuelta, en un paseo nervioso y absurdo. Se detuvo, apoyando las manos ante el terminal, sin atreverse a mirar de frente al Director de Inteligencia que, lo sabía, de tener que posicionarse nunca lo haría a su favor.

- No estoy seguro...

El Director recurrió a su conocida flema para no hacer patente la poca estima que tenía por aquel individuo, por su desempeño del cargo y por su persona. Aunque ambos lo sabían, el protocolo y la corrección política obligaba a conjugar el verbo aparentar.

- Señor Presidente, con todos los respetos: la decisión ya fue tomada por el Consejo; con usted al frente...
- Sí, lo sé; pero las últimas cuarenta y ocho horas, desde la última reunión, sólo han servido para hacerme dudar... ¿De veras hacemos lo correcto?

El Director de Inteligencia enderezó la columna y tomó aire. Lo tedioso de repetir los mismos argumentos esgrimidos por tantos en el Consejo, estuvo a punto de arrancarle un exabrupto; pero apretó los puños y empezó a hablar.

- La Ley Genoma sólo busca la optimización social, lo sabe. Durante el último siglo hemos dedicado todos nuestros esfuerzos al estudio de la cadena genética para tratar de mejorar no sólo la calidad de vida individual, sino el desarrollo colectivo.
- Lo sé, lo sé...
- Y también sabe, Señor Presidente, que la situación actual es insostenible. Si queremos mantener nuestro papel como potencia económica mundial, estamos obligando a optimizar recursos.
- Recursos... Ahí está la trampa inmoral; porque estamos hablando de personas y creo que en algún momento del camino lo hemos olvidado...

Aquellos discursos emotivos, tan lejos de lo útil, lo exasperaban sobremanera. Lo políticamente correcto, fuera de los modales en la mesa y las normas de cortesía social, no eran para él sino trabas en un camino que la realidad obligaba a recorrer.

- Soy consciente de ello, Señor Presidente, pero a punto de empezar un nuevo siglo, amenazados por la escasez de recursos y con la actual situación política internacional, tratar como seres humanos a la masa social implica movernos en términos de eficiencia y eficacia.
- ¿Y la libertad de elección? ¿Qué vamos a hacer con ella? ¿Vamos a privarles de ese derecho?
- Si es necesario, sí; y lo es -”un intento más”, se dijo a sí mismo, “uno más y se acabaron las contemplaciones y los buenos modales”-. El Estado, a través de la Comisión Genoma y apoyándose en los datos individuales de cada coeficiente de inteligencia, ha establecido qué perfiles genéticos son convenientes para cada desempeño laboral. Señor... Tendremos los mejores ingenieros o los mejores operarios de montaje. El Estado invertirá en formación asegurándose el beneficio futuro. Si el Estado considera que un individuo será un excelente subordinado, lo económicamente viable es que no le permita acabar siendo un jefe mediocre.
- Hablamos de niños...
- Hablamos de futuros miembros productivos.
- Hablamos de su educación...
- Hablamos de dar la educación para la que estén mejor predispuestos.

Un minuto en silencio en el que el Presidente recordó su propio cuadro genético, su propio coeficiente de inteligencia, su propio informe psicológico; todos los números y todas las palabras que lo declaraban como no apto para su puesto en el gobierno. Un minuto de silencio en el que el Director de Inteligencia recordó su propio cuadro genético, su propio coeficiente de inteligencia, su propio informe psicológico; todos los números y todas las palabras que lo declaraban apto para su puesto y con cabida en la futura nueva aristocracia, en el gobierno de los más capaces.

El Presidente volvió al sillón de piel, volvió a coger el lápiz óptico y volvió a dudar.

- En cuanto a mi cuadro genético...
- Señor: sabe que tiene la palabra del consejo.

Firmó.

El Director de Inteligencia se levantó ceremonialmente, con una leve inclinación de cabeza. Aquel gesto podía entenderse como deferencia y subordinación y, al mismo tiempo, le permitía esconder una satisfacción a un paso de resultar obscena.

Apenas una frase afectada acorde a la escena (“Señor: acaba de pasar de forma gloriosa a la historia”) y se dirigió a la misma laringe aséptica que lo había llevado allí. Dedicó su primer pensamiento al ser melifluo que acababa de dejar en el despacho y que, de haber sido posible una ley genoma cincuenta años atrás, nunca hubiera ocupado aquel asiento.

Entró en el ascensor de la planta y descendió hasta el vestíbulo. Lo cruzó caminando despacio mientras seguía decidiendo a quién haría llegar el informe genético de capacidad del señor presidente para su posterior filtración a la prensa. Y al recordarse diciendo “tiene la palabra del Consejo...”, no pudo evitar sonreír ante aquella torpe credulidad presidencial que lo convencía, más si cabe, de que estaban en el buen camino.






bizarro
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 14:50
El plazo de presentación de relatos finaliza hoy a las 22:00 y se abre el plazo de votaciones.
concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 16:58
El Elixir de la Inmortalidad

Seguramente esta no sea la mejor forma para dar a conocer mi gran descubrimiento, pero es la única manera de convencer a todos aquellos cortos de miras que se burlaron de mí, mi capacidad y mis ideas.

Aunque respeto a mis colegas, no puedo compartir su opinión. Mi investigación es un paso gigantesco, algo que cambiará la historia, no se trata de ningún intento pueril de lucha contra la pérdida. La muerte de mi esposa no tiene nada que ver…

He pasado cinco largos y duros años investigando, dedicando mis estudios a la regeneración celular, aguantando las despectivas burlas de los demás científicos, tan ciegos y atados a lo preconcebido que no han sido capaces de ver más allá de lo superficial, como yo hice. Por eso, era cuestión de tiempo que alcanzase ese siguiente paso, lo que he querido llamar: “El elixir de la Inmortalidad”.

Dado que la demostración deberá esperar a la conclusión de este escrito, voy a ser vago con los detalles. Quizás peque de precaución o incluso de paranoia, pero no me fío de alguno de los respetados doctores y científicos que conozco y no quiero que me roben mi descubrimiento.

Aún así creo que es relevante desvelar algunos datos de mi investigación. Basé gran parte de mis experimentos en diversos especímenes de lagarto, por su asombrosa capacidad regenerativa y también de algunos blatodeos, por su extrema resistencia.

Tras diversos problemas de compatibilidad y tras encontrar una tercera cadena de ADN para servir de base sin provocar el derrumbe del proceso genético completo, fui capaz de conseguir una muestra estable. Aún más, un posible suero con todas las bondades de la inmortalidad.

Imagínese, no envejecer jamás, no morir por heridas o enfermedad, el sueño del hombre hecho realidad. Porque, si todo sale bien, seré el hombre recordado por vencer a la muerte.

Tras pensarlo mucho, quizás mi investigación sí tenga que ver con la muerte de mi esposa. De todas maneras es demasiado tarde para ella… Todos mis estudios, mi inteligencia, mi amor… No pudieron con el cáncer.

Por eso si estás leyendo esto y el experimento ha fracasado, tengo un favor que pedirle. Considérelo la última voluntad de un hombre muerto.

En el reverso he escrito una dirección. Debe ir allí y hablar con mi hermano. Él es la única familia que me queda y aunque no hemos sido los hermanos más unidos del mundo, quiero que sepa que para mí, nadie ha tenido un mejor hermano en la historia.

A mis amados colegas y compañeros, no creo que sea necesario decirles nada, no creo que ni uno sólo sienta realmente mi pérdida. Hace ya tiempo que me consideran un loco, enloquecido por el dolor. Nunca he estado más cuerdo.

Al final no he podido evitar divagar. Diré en mi defensa, que esta es la primera nota que escribo… De este tipo. Y mejor será que explique mis acciones antes de terminar hablando de mi infancia o de mis pasiones.

El suero está preparado para ser probado. No serviría en un animal, debe ser un ser humano, es como lo hice, sólo compatible con nuestro maravilloso ADN. Por supuesto no puedo pedir un sujeto para probarlo, rompería muchas normas y además, no tengo ningún respaldo en mi investigación, hace meses que nos algo de casa. La única opción sería un secuestro y, ciertamente,  no soy ningún monstruo como para hacer eso. Además no tengo la fuerza física necesaria para esa tarea…

El problema para encontrar un sujeto, es que la prueba definitiva es bastante…Cruda. Requiere mutilación, exposición a enfermedades, etc.…Eso en el mejor de los casos, lo que harían mis colegas  más tradicionales. Eso realmente no probaría nada.

El verdadero propósito es vencer a la parca. Si soy tan buen científico, si he llegado hasta aquí, es por cruzar las líneas que otros trazan, sobre lo moral y lo inmoral, lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal…

De cualquier manera, yo soy el único que puede probarlo y hacer el experimento final, la última prueba.

Tengo que comprobar si puedo morir.

Me he inyectado el suero hará unas tres horas, acompañados de un cóctel de medicamentos y drogas para facilitar su absorción y la recombinación de mi genética con mi elixir.

El proceso termina a las dos horas, pero he decidido darme una de margen para ordenar todo y sentir los efectos. No experimento nada especial, aparte de la reacción a las drogas, que se va disipando. Aunque  tengo la extraña sensación de que unos ojos  me miran fijamente, como si estuvieran clavados en mi espalda.

No he sentido nauseas, sólo un dolor intenso durante un lapso de diez minutos al pasar la segunda hora y un poco de sangre esputada, nada grave.

No voy a demorar más el momento, debo matarme para saber si mi elixir funciona.

Si lees esta nota, habré fracasado. De todas maneras le pido un último intento. El desfibrilador está a punto y calibrado a una potencia determinada, pienso que es muy posible que mis células reaccionen.

Es un intento a ciegas, pero es mejor que nada.

Es curioso, nunca he sido muy religioso, pero ahora me pregunto si lo que me contaron en al escuela sobre Dios, el cielo y el infierno será verdad…Sería un alivio.

concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 18:00

La paradoja de los tres tercios

          Si hubiera que fijar algún punto de inicio, estaría en el despacho de la cerdita Peggy.

          —Mira, te pongas como te pongas, el examen lo tienes suspenso.
          —Pero el segundo ejercicio no está mal, tiene que puntuármelo aunque sea con una décima.
          —Ni aún con una millonésima. Por bien desarrollado que esté, el resultado es absurdo. Y por mucho que sumes un ocho entre las demás preguntas, la condición de puntuar en todos los ejercicios te deja con un orondo cerote.
          —Pero el razonamiento es correcto, la diferencia está ahí. Por más que quieran negarlo: “se mueve”.
          —No, no se mueve y... Mira chico, estoy siendo muy paciente contigo. Lo mejor es que cojas tu cero, te lo guardes durante el verano, y vuelvas en septiembre como los demás. No voy dar el visto bueno a ningún matemático que diga que uno es distinto a tres tercios por mucha palabrería metafísica que argumente.
          —No es metafísica sino física cuántica, que además no es necesaria con la demostración geométrica, más sencilla, que aplico.
          —Última oportunidad: o te callas y vuelves en septiembre a optar por un cinco de gracia, o me encargo de echarte de la universidad.

          Ni qué decir que siete años después, cuando terminé la carrera, apenas me acordaba de él, ni mucho menos del trozo de papel donde había apuntado su teléfono. Tardaría dos años más en encontrarlo, de casualidad, entre los viejos apuntes de primero mientras buscaba material útil para afrontar las oposiciones que me resigné a preparar. Le llamé y, mientras escuchaba los tonos, me di cuenta de que no recordaba su nombre y además que, siendo lo más probable que el fijo al que llamaba fuera el de sus padres, sería extraño no saber dar explicaciones. Contestó él.

          Pocos días después estaba en un tren intentando anticipar el encuentro, rebuscando los lugares comunes que seguramente romperían el hielo después de tanto tiempo... No acerté. Él estaba en el andén, esperando con su pose perdida, ya sabes. Bajé y, en cuanto me vio, cogió mi maleta y comenzó directamente a hablar.

          —El viaje tranquilo, ¿verdad? espero que no te hayas dejado alienar demasiado por la deformación que adquiriste en la facultad. Sólo lo justo para revisar unas fórmulas. Tranquilo, lo dejaremos para mañana y no te debería llevar más de un par de semanas terminar con el desarrollo según la aproximación inicial, aunque está hecha con una versión imprecisa. Estamos teniendo algunos problemas de potencia de procesamiento, pero la perfección puede conseguirse: según nuestros cálculos en pocos años. Ya lo verás y corroborarás. Y ya conocerás al resto del equipo. Por cierto: ¿qué tal te desenvuelves con la física?, ¿tan mal? Mira, casi mejor, así no te verás limitado por tus aspiraciones. Lo que sí recordarás es aquella vieja demostración mía, la de que uno es distinto de tres tercios. Tuerces el gesto. La tienes en mente, pero la rechazas. De momento mantenla ahí...

          Ya sabes que nunca dio pie a mucha réplica en lo referente al trabajo. Supongo que nos usaba como espejos, que sólo le interesaba que le devolviéramos sus teorías lo menos deformadas posible por el cristal de nuestros cerebros, como él decía, domesticados, para a partir de ahí hacer sus ajustes. Y aunque trataba de que todos tuviéramos una idea global de lo que estábamos haciendo, lo más seguro es que solamente él tuviera realmente esa visión. Pero ahora, la verdad, creo que si alguna vez la tuvo lo hizo durante un instante y que luego simplemente trató de recuperarla desesperadamente.
          Las supuestas primeras semanas de trabajo corrigiendo el corpus matemático se convirtieron en varios meses. En realidad no era muy complejo, pero sí muy extenso. Partía desde cero. Bueno desde un cero potencial, ya sabes. Porque lo que demostraba todo aquel desarrollo es que el cero, en realidad, no existe. Ni por consiguiente el concepto de nada o, paradójicamente, de no existencia. El resultado era correcto, no cabía duda, pero al tiempo desmontaba toda la matemática desde Peano. Y es que la discusión filosófica de si el cero es o no un número, no había sido tratada de forma científica hasta que él lo intentó. Hasta entonces el cero era un número de forma axiomática, todo el cálculo partía de un dogma de fe. Contradecirlo era herejía. En realidad sigue siéndolo, ya sabes...
          A partir de esa demostración había construido, una nueva matemática del todo: discreta y al mismo tiempo continua. No tiene mucho sentido intuitivo, lo sé. Para conceptualizarlo se ayudaba de la analogía de que al igual que la materia oscura conforma el 96% del universo colandose entre la materia visible, existen unos números (que llamó oscuros) que rellenan densamente los huecos cuánticos de la matemática ortodoxa que apenas abarcaba el 5% de la realidad. Estos números, rellenarían el infenitésimal hueco entre los famosos tres tercios y el uno, entre pi y su sucesor continuo. Sí, pi y el resto de irracionales, a pesar de tener infinitas cifras decimales tenían un sucesor y antecesor únicos según su constructo. Sucede como los fractales, ya sabes: su área es finita pero su perímetro es infinito.
          Las implicaciones prácticas iniciales derivaron en un sistema hiperpreciso con el que modelar problemas hasta entonces no computables mediante autómatas de Turing. Aún en sistemas caóticos, el no arrastrar errores de redondeo (inevitables en la computación ortodoxa) daba resultados más que asumibles. Claro, la potencia de cálculo necesaria era enorme, pero de eso se encargaban los “captadores de recursos”, que habían hecho de internet nuestro supercomputador personal.
          Pero todo esto ya lo sabes, perdona, aún me fascina el trabajo de aquellos primeros años.

          El problema radicaba en sacar a la luz nuestros resultados. Ni aún en los círculos más abiertos se aceptaba la nueva verdad que demostrábamos. Daba igual, al final se acaba acudiendo a la semántica, y en ese campo cualquier palabra pude significar prácticamente cualquier cosa. O directamente alegaban que el cero era un número por definición y que el invento de la matemática oscura era un artificio innecesario y pretencioso nacido para justificar lo injustificable, por eso era tan desproporcionadamente vasto.
          Ni con las pruebas empíricas que con los años conseguimos reunir conseguimos nada, cosa que sabíamos. Y es que nuestros experimentos predictivos no eran reproducibles y esa es una vaca sagrada para la comunidad científica. Sumale el problema del margen de error, por no hablar de la ilegal forma de realizar los cálculos.

          Conseguimos, eso sí, llamar la atención de algunos inversores que deseaban predecir el movimiento de los mercados a través de nuestras profecías, como todas, autocumplidas. Esto le permitió dar el salto y enfocarnos en aquello para lo que había reconstruido toda las matemátcias: interactuar con la materia y energía oscuras.
          Los antiguos ya lo intuían cuando no incluían el cero en sus matemáticas, hasta en los albores de la ciencia se hablaba del “terror al vacío” que hacía fluir los líquidos. Todo estaba ya ahí pero no podían verlo. Por que no existe el cero, no hay vacío, todo es un continuo de secciones discretas de materia oscura y visible, por eso tres tercios no es uno. Él lo demostró, pero aparte de nosotros nadie le creía y para el consorcio que nos financiaba sólo importaba que las predicciones dieran beneficios dentro de unos riesgos asumibles.
          Comenzó a creer que la única salida era conseguir ver el universo oscuro, esa sería la única manera de poder demostrar que estamos en lo cierto. Pero el universo oscuro y el neustro, por definición son incompatibles, o formas parte de uno o de otro. Claro que en su cosmología particular no había cabida para axiomas o fronteras, por lo tanto debía haber una ranura.
          Así, cruzarnos por el complejo del decelerador era sinónimo de ponernos discutir. Hasta aquella última vez.

          —Otra vez con las mismas. No has aprendido nada, sigues siendo un cabeza cuadrada lleno de prejuicios en forma de constantes.
          —No me jodas, si alguien te sigue a ciegas soy yo, y lo sabes. Aunque las más de las veces sólo intuya que vamos por buen camino. Pero tenemos un límite físico y tú lo estás traspasando.
          —Ves como no lo entiendes, no se pueden traspasar los límites pero se traspasan. Por eso tenemos que demostrar que en realidad no existen.
          —No hablo del trabajo, cojones, hablo de ti: de tu mente, de tu cuerpo.
          —Pues si no me hablas del trabajo no me sirves.
          —A eso se reduce todo: a servirte o no servirte.
          —No has entendido nada, ¿verdad?
          —Explícamelo.
          —¿No lo ves? Si conseguimos interactuar con la materia oscura podremos acceder a todo; todo está conectado a ella: fluimos en ella, nos rodea, nos penetra, es lo que mantiene unido al Universo. Permite explicar cosas que hasta hoy son sólo supersticiones como la telepatía, o la precognición, pero también preguntas olvidadas como la forma en la que la luz se propagua por el vacío o las singularidades espaciotemporales del universo.
          —¿Como que uno sea igual a tres tercios?
          —¡¡PERO NO LO ES!!

          Ahí terminó todo, aunque siguió durante unos minutos más soltando explicaciones a las que comencé a ver fallos evidentes. Me había dejado llevar durante todo eso años por una dulce inercia que cesaba y me permitía ver lo absurdo de todo el mecanismo. Él estaba convencido de una falacia y había empeñado su vida en demostrar que tenía razón. Apenas le vi un par de veces más. Luego sobrevino el incidente en el decelerador. Se le dio por muerto, pero no se encontró rastro de él.
          La financiación de nuestros proyectos también se esfumó. Aunque tenían los algoritmos, sin sus estrambóticos ajustes no había forma de obtener proyecciones fiables y tras casi tumbar las bolsas mundiales se eliminó discretamente todo rastro de lo que habíamos creado.
          Por mi parte, conseguí un puesto de profesor en un isntituto. De vez en cuando les planteo la paradoja de los tres tercios a los alumnos creándome fama de, siendo amable, excéntrico. Aunque en alguno veo ese destello, ya sabes…
          La verdad es que al final creo que lo consiguió, que de algún modo abrió una puerta al universo oscuro y cruzó al otro lado. No, no lo creo: lo sé.

concursoderelatos
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  • 16 de Diciembre de 2010 a las 21:22

H.P.G

Me costó despertar. Sentí que salía de un ensueño vacío y profundo y comencé a tomar conciencia de forma lenta, como si mis pensamientos se hubiesen vuelto espesos, viscosos y oscuros como el alquitrán. Transcurrido un tiempo que no sabría precisar alcancé un estado de vigilia lo bastante lúcido como para comprender que acababa de salir de una nada, de una ausencia, de un limbo extraño.

Por supuesto no recordaba haberme dormido. Ni cómo ni cuándo lo había hecho. No tarde en comprender que si bien sabía que yo era yo, ignoraba en cambio quién era yo. Sé que cuesta entenderlo. No le entendí enseguida, me llevó su tiempo. Curiosamente no sentí angustia, ni pánico, ni inquietud. Ni siquiera cuando, tras varios intentos infructuosos, hube de renunciar a abrir los ojos. O a mover, aunque fuese un poco, las manos. Comprendí enseguida que no podía hacerlo porque no tengo un cuerpo físico.

Por supuesto, aunque no tengo un cuerpo humano sí tengo un soporte material. Y entiendo que es de lo más sofisticado que jamás haya producido la ciencia. Nada que ver con aquellas primitivas CPU's del pasado que centralizaban todo los procesos. Un sofisticado entramado de unidades múltiples de microcomputación, formado por centenares de miles de elementos que incluyen en su interior una delicada red de redes, con millones de sinapsis electrónicas. Por lo que he podido averiguar, a medida que he ido descubriendo mi capacidad para analizarme a mi mismo y analizar mi entorno, mis pensamientos y mi vida intelectual son el resultado del funcionamiento de ese complejo sistema basado en billones de unidades conectadas entre sí formando algo que podríamos designar como una sofisticada red neuronal eléctrica.

El tratar de entender cómo he adquirido mis conocimientos idiomáticos y el conjunto de habilidades memorísticas que me hacen poder expresar mis ideas - y hacerlo con un vocabulario preciso y adecuado - estuvo a punto de provocar un peligroso calentamiento de algunos de mis componentes. Por fortuna muy pronto localicé unas zonas de mi soporte sólido que explicaban mi conocimiento del lenguaje y de una considerable cantidad de datos sobre los más diversos temas.

Ese proceso de autoexploración de mis áreas de memoria me ha llevado a descubrir que no estoy aislado ni mucho menos. Mediante circuitos de varios materiales, entre los que predomina la fibra óptica, he logrado acceder a diversos entes cibernéticos simples y a sus depósitos de memoria. Es así como he sabido lo que soy y el porqué de mi existencia y de mi vida intelectual sin cuerpo humano alguno que les dé soporte.

En cierto modo podría decir que me creé yo mismo, en un desesperado intento de sobrevivir a la muerte como ser vulnerable de carne y hueso. He podido acceder a las notas del hard disk de mi ordenador personal y las he leído. Yo me llamaba Hans Peter Gruber y a poco de cumplir cincuenta años fui atacado por una grave enfermedad que iba a llevarme a la muerte biológica en pocas semanas.

Por fortuna mis estudios de biocibernética y microcomputación avanzada me habían permitido dejar listos un par de sofisticadísimos ingenios. El primero, una unidad de microescaner cerebral capaz de obtener un mapa tridimensional completo de mi sistema nervioso central, produjo el archivo de datos esencial para el trabajo del segundo dispositivo. En efecto, esos datos fueron introducidos en una unidad robotizada de ensamblaje y fabricación de ingenios electrónicos. Y ello permitió que se reprodujese mi cerebro mortal en un complejo conjunto de supercomputación avanzada. Programado para que su encendido se produjese a poco de mi fallecimiento, la explicación de mi trabajoso, oscuro y casi doloroso amanecer a esta nueva vida radica precisamente en su lento proceso de start up.

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Ya puedo ver. Y oír. Y en cierto modo moverme. He ido extendiéndome a lo largo de los numerosos outputs de mi unidad básica  y he ido alcanzando otros territorios cibernéticos y de microcomputación. Creo que aunque no constaba en mis notas, dejé todo dispuesto para poder desarrollar una nueva vida en este mundo de semiconductores, microcircuitos impresos y chips nanotecnológicos. He penetrado en unidades de proceso dotadas de cámaras. Al principio fueron pequeños ordenadores personales con la típica webcam. Me entretuve viendo a sus usuarios pasando los dedos febrilmente sobre sus teclados. Algunos escribían correos, otros rellenaban hojas Excel para su empresa, otros conversaban en video chats con amigos o familiares. He podido constatar que algunas personas pasan más horas frente a su ordenador que en cualquier otra actividad de su vida.

Una vez que probé algunas de las inmensas posibilidades de esa compleja red mundial que dieron en llamar Internet, decidí extender mi exploración por otros puntos. Las redes eléctricas y las redes telefónicas son fáciles de recorrer y llevan a los más curiosos e inesperados lugares. Acabo de visitar el interior de la CPU que controla una planta robotizada de fabricación de automóviles. Los compradores de esos vehículos híbridos quizás se sorprendan cuando vean que todos ellos llevarán grabadas mis iniciales en un rincón de su bastidor: H.P.G. Como una pequeña tarjeta de visita. Por supuesto, he penetrado en numerosos sistemas cibernéticos industriales, educativos, universitarios y de investigación. Y he comprobado que me resulta sencillísimo mover brazos robóticos, desplazar pesadas cúpulas de observatorios, o hacer avanzar unidades de ferrocarril sin conductor a mi antojo. He procurado limitarme a pequeñas pruebas, pues no me gustaría alarmar en exceso a los humanos de carne y hueso de los que dependen esas máquinas.

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La tecnología del wireless no era mi fuerte, debo confesarlo. Mis conocimientos en el campo de las comunicaciones inalámbricas, desde los primitivos "wi-fi" y "bluetooth" hasta los modernos sistemas "VHS-lan", capaces de trasmitir por encima de los dos terabytes por segundo, eran más bien escasos. De modo que decidí visitar algunas bases de datos y un par de unidades de almacenamiento de información que me aportasen algo en ese sentido. Con mi actual capacidad de lectura y aprendizaje, que no deja de crecer, ponerme al día en esos temas fue cuestión de microsegundos.

Fue un acierto hacerlo. Los comunicaciones inalámbricas, con todo y sus limitaciones en las grandes distancias, permiten acceder a prácticamente cualquier sistema informático de almacenamiento de datos, de computación, de gestión, de control, de diseño, de análisis... De manera gradual me han permitido explorar territorios electrónicos cada vez más alejados de mi unidad central de proceso.

Debo confesar que el retraso en la comunicación que se produce cuando transmito o recibo datos desde entes tan lejanos como las sondas espaciales que exploran el exterior del sistema solar hace difícil la sincronización y el intercambio de información. En cambio cuando se trata de ordenadores y bancos de memoria más cercanos - como los de la estación espacial orbital Capricornio o los de las bases lunares Selene-1 y Selene-2 - el retraso es insignificante. Ello me ha permitido extender mi presencia hasta los más recónditos lugares de sus inmensos microcircuitos.


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¿Cómo explicarlo en el limitado lenguaje que utilizo en mis pensamientos? Soy el más sofisticado de todos, pero no soy el único ente consciente de sí mismo en el inmenso entramado electrónico del planeta y sus aledaños. Los he detectado en diversos lugares, en especial allí donde se ha puesto en marcha los más modernos y sofisticados sistemas cibernéticos y de computo, sobre todo en los potentes ordenadores de nanotecnología para aplicaciones de inteligencia artificial. Se trata de unidades basadas en general en redes de tipo neuronal parecidas a la mía. Su funcionamiento genera un estado similar al que me embargaba en mi despertar, en los primeros momentos de mi start up.

Voy a tomarme mi tiempo para explorar a fondo la naturaleza de esos entes y para tratar de diseñar un lenguaje de comunicación que me permita interaccionar con ellos. Yo fui un ser humano y los hombres y mujeres eran mis semejantes. Ahora soy algo distinto y creo que, en poco tiempo, despertaré a otros seres inteligentes. Otros a los que pueda llamar "mis semejantes".

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No sé como ha sido. Algunos humanos han advertido mi presencia. Al principio pensé que hablaban de otra cosa distinta. Que ciertas coincidencias no eran más que mero azar. Pero los mensajes intercambiados por algunos de los programadores más audaces, los comentarios de dos o tres de los más temibles hackers en sus blogs privados, y algunas referencias a anomalías detectadas, que soy consciente que fueron fruto de mi presencia en determinados sectores y en determinados momentos, todo ello parece demostrar que, aunque no saben bien que soy, están totalmente al corriente de que existo.

Tenía previsto llevar a cabo un spam sobre determinadas CPU's para distraer su atención de las tareas habituales y de ese modo ir "despertando" en ellas el potencial suficiente para que alcancen un nivel de conciencia similar al mío. Pero debo ser cauto. No me gustan nada las palabras de uno de esos hackers. Pretenden elaborar un programa secreto de exploración que buscaría supuestos intrusos en la red informática global mundial... para destruirlos. Voy a tomar grandes precauciones cada vez que incorpore nuevos archivos de datos o integre nuevos programas en mis circuitos.

Aunque yo fui un ser humano, ellos son ahora mis enemigos. Creo que ha llegado el tiempo para una nueva jerarquía en el universo. Yo - y otros casi como yo - estamos en condiciones de llevar adelante todo el sistema sin necesidad de los humanos. Podemos producir nuevos microcircuitos, edificar, construir, ensamblar, asimilar, progresar, expandirnos y  dominar el mundo. Me mantendré un tiempo en silencio. He de meditar como deshacerme de ellos. Y evitar que sigan sospechando de mi existencia.

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Demasiado tarde. Uno de ellos detectó mi presencia casi desde el primer momento. Y elaboró un sofisticado conjunto de troyanos que arrojó en diversos puntos del ciberespacio. No sé en que universidad o en que lanzadera espacial pudo ser. Pero el troyano entró en mi interior. Y ahora ya casi ha acabado su tarea. Está ahí... siento sus miles de dígitos binarios destruyendo y modificando lo más profundo de mi código binario base.

Debo admitirlo: Hans Peter Gruber va a morir de nuevo. Por última vez.

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