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romi
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CADA DÍA ES UN REGALO, estudiante universitaria con beca Erasmus

23 de Diciembre de 2010 a las 19:05

Cada día es un regalo

    Estudiante universitaria con beca Erasmus

            Entre la Alhambra, en su colina y el Albaicín, en su monte, corre el río Darro. Un cauce pequeño que ha modelado un hondo valle y por eso, a un lado y otro, quedan dos laderas. La que cae desde la Alhambra hacia el río, se le conoce con el nombre del bosque y umbría de la Alhambra. Y la ladera que cae desde el cerro del Albaicín, se le conoce con el hombre de Albaicín Bajo. Mira al sur, esta ladera, es por completo espejo de la umbría, murallas y torres de la Alhambra y también refleja la luz del sol de la tarde. Solanas es como se le denominan a las laderas que ofrecen su cara al sol del mediodía y de la tarde.

            Por eso, esta ladera del Albaicín que cae desde el Mirador de San Nicolás hasta el Paseo de los Tristes, casi siempre se le ve bañada de sol. En otoño, muchas tardes, lo mismo en invierno y primavera y aun más en verano. Y son preciosas las tardes cuando se derraman sobre las blancas casas y ladera del Albaicín Bajo. Vistas desde la Alhambra, asombran mucho y, vista desde las altas torres de estos palacios, arrebatan y transportan.

            Quizá por esto o quizá por el sol que las tardes por aquí derrama, desde lejanos tiempos, muchas personas construyeron en este lugar sus casas. En lo que ya he dicho es ladera espejo de la Alhambra, se le conoce con el nombre de Albaicín Bajo y el sol, a lo largo de todo el día, la baña. Y, algunas de las casas que fueron construidas en esta ladera, eran y son pequeñas. Con una o dos plantas, casi todas con un patio chico, decorado con el agua de las fuentes y algunas, hasta con huerto. También otras casas eran y son pequeños palacios, construidos con las mejores piedras y maderas y hasta con bellos mármoles. Por eso también esta ladera del Albaicín Bajo es el rincón más señorial de todo el grandioso barrio, casi lo más bello de Granada. Y por eso también es el mejor espejo de la umbría y palacios de la Alhambra. Y, de una manera muy especial, cuando a la Alhambra se le observa desde las estrechas, empedradas y empinadas calles que conforman la ladera del Albaicín Bajo.

            Una de las hermosas casas que se construyó en este lugar de Granada también tiene un pequeño jardín con naranjos. Dos fuentes de piedra, con chorrillos de agua muy clara, un par de limoneros, un acerolo junto a un azofaifo, tres palmeras y cuatro o cinco longevos granados. En el lado de abajo tiene un trozo de tierra que él siembra cada verano: habas, tomates, pimientos, girasoles, berenjenas, calabazas… pero de todo, lo que más categoría da al pequeño jardín rodeado de hermosas casas blancas, son los naranjos. Por el olor tan agradable que regalan cuando florecen y por lo ricas que son sus naranjas cuando maduran. Él lo sabe mejor que nadie porque muchas tardes, en los primeros días de enero y hasta la llegada de la primavera, lo veía y disfrutaba.

            De sus naranjos, a primera hora de las mañanas y al caer las tardes, siempre cogía la mejor naranja. Lentamente la pelaba, se sentaba al borde de la fuente de los jazmines y, frente a la Alhambra, se la comía tranquilamente. Degustando el mejor sabor natural de Granada y observando, al mismo tiempo, la más bella, misteriosa y potente imagen de la Alhambra. Y como, una vez y otra, el corazón se le llenaba de gozo, paz y gusto por lo bello y levado, en forma de oración y para sí, el hombre susurraba: “Cada vez más tengo claro que la vida, cada día, hora y momento, es un regalo. El mejor y casi único regalo que el Creador pueda darnos a los humanos. Y como complemento a este regalo, cada vez más tengo claro que la Alhambra, el barrio donde vivo, el río Darro y Granada entera, es también un gran regalo. Y más cuando el sol se derrama sobre estos naranjos y cuando la lluvia cae y el viento pasa. La primavera, el verano, el otoño y el invierno, son regalos únicos y por eso más valiosos que todos los tesoros del mundo juntos. Y vivir en esta casa mía, con la figura de la Alhambra siempre saludándome y el río, los bosques y Granada, para mí es el mejor regalo y la mayor suerte del mundo. Cada día en sí es un regalo”.

            Y, con estas reflexiones y otras parecidas, sobre su vida y todo cuanto en su vida acontecía y le rodeaba, se alimentaba. Entre sus naranjos, en las laderas del barrio del Albaicín y frente a la Alhambra. Y en ciertos momentos, para seguir fortaleciendo su mundo interior y para agradecer al cielo todo cuanto tenía, se iba de paseo. A veces por la Carrera del Darro y luego subía por la Cuesta del Rey Chico hasta la Alhambra. Observaba, disfrutaba y gustaba de los bosques, jardines, palacios, sabores, olores y silencios de estos sitios y daba las gracias. Otros días se iba por las callejuelas del barrio del Albaicín, observando y gustando despacio y también se sentía feliz por todo lo que a su paso iba encontrando. Por el olor de los jazmines, el empedrado de las calles, los colores de las casas y sus tejados, por el azul del cielo y por el fino aire que le rezaba.

            Y algunos días se iba por el casco antiguo de Granada: plaza Nueva, catedral, plaza de Birrambla, Puerta Real, Carrera de la Virgen, Paseo del Violón y río Genil… hacía fotos, se paraba y se sentaba en los bancos solitarios, escribía, reflexionaba y seguía agradeciendo y descubriendo que cada día es un regalo, inmerecido. Se decía: “Nunca podré yo pagar, ni al cielo ni a nadie, los regalos tan bellos y buenos que a cada momento y paso, encuentro”.  

            Hasta que una tarde, ya casi al final del otoño y con apariencias de sincero invierno, se tropezó con ella. Caminaba, de regreso a su casa, por plaza Nueva cuando, al pasar cerca, le salió al encuentro y le preguntó:

- Quiero ir a la Alhambra. ¿Qué autobús es el que me lleva?

La saludó y con el mayor respeto le dijo:

- Ese pequeño que ahí mismo ves parado. Pero primero pasa por el Albaicín, vuelve por la Gran Vía y sube a la Alhambra.

Y como ya había advertido que tenía acento extranjero, le preguntó:

- ¿Eres nueva en Granada?

- Soy estudiante universitaria y acabo de llegar a esta ciudad, con una beca Erasmus. Estudio español y estoy muy ilusionada. Toda mi vida he soñado con venir un día a Granada para conocerla y también el Albaicín y la Alhambra. También quiero conocer gente, hacer amigos y empaparme de la cultura de esta belleza del mundo.

            Como le pareció inteligente y hondamente interesante todo lo que le contaba, se animó y le dijo:

- Yo voy de regreso para el Albaicín, por toda la orilla del río Darro hasta el Paseo de los Tristes. Y te lo digo porque si te apetece, puedes venirte por aquí y subir andando a la Alhambra, por la Cuesta del Rey Chico. Es un sitio bonito y muy típico aquí en Granada.

- ¿Se puede?

- Y además, te lo aconsejo. Ya te he dicho que es un rincón muy bello, además de histórico y un camino realmente original para acercarse a los lugares de la Alhambra.

- Pues entonces, si no te importa, me voy contigo y me explicas lo que vayamos encontrando.

- Una de las cosas que más me gusta es hablar y enseñar Granada, sus rincones, historias y misterios, a las personas que no son de aquí. Así que vente conmigo y, mientras recorremos el camino que por aquí lleva a la Alhambra, te cuento lo que vayamos viendo. Ya verás qué hermoso es todo y cuantas historias y secretos se agazapan en cada recodo de las calles, plazas y paseos de esta ciudad mágica.

            Despacio caminaron río Darro arriba, por el paseo, hacia el Puente del Aljibillo. Y despacio y con cariño el hombre le fue explicando. Sintiéndose honrado por la compañía de ella y sintiéndose orgulloso de sí mismo. Porque era cierto que una de las cosas que más le satisfacía en la vida, era precisamente enseñar Granada, desde la belleza que, en su corazón, de esta ciudad tenía. Por eso le comentaba:

- Ya me has dicho que eres extranjera, estudiante y que solo estarás en esta ciudad un tiempo. ¿Me permites que te diga algo?

- Sí, dímelo.

- Es como un consejo. Para que te sirva de luz y puedas aprovechar al máximo tu estancia en por estas tierras.

- ¿Qué consejo es?

- Que vivas con toda la intensidad que puedas tus días en Granada. Que conozcas a muchas personas y que recorras cada rincón de esta ciudad, para descubrirla en todos sus matices. Que viajes mucho y que te diviertas a fondo. Todo esto será muy bueno para ti y como experiencia en la oportunidad que la vida te regala.

            Hubo un momento de silencio mientras pasaban cerca de la iglesia de San Pedro. Pero al rato, el hombre le siguió diciendo:

- Pero en tus días aquí en Granada no te olvides de vivir a fondo lo mejor de todo.

Preguntó ella:

- ¿Y qué es lo mejor de todo?

- Conocer, ver y disfrutar la esencia más pura de Granada. No te quedes en la superficie, como tantos. Granada es más, mucho más, de lo que puedas ver con los ojos de la cara y tocar con las manos.

Ella se quedó en silencio y al rato le preguntó:

- ¿Dónde se encuentra y cómo puedo llegar a disfrutar de esa pura esencia que dices?

- Se encuentra en todas las calles, plazas, monumentos y rincones que hay en Granada. Pero no todos los que por estos sitos pasan llegan a conocer esta esencia ni tampoco son capaces de disfrutarla y menos, de llevársela consigo.  

- ¿Y tú sí?

- Algo y de una manera muy concreta.

            Se produjo otro silencio, ya a la altura del Paseo de los Tristes. Y como el Puente del Aljibillo no estaba lejos le dijo:

- Yo me voy para la izquierda, en busca de mi casa. Tú sigue por ahí, cruza el puente y toma por la Cuesta del Rey Chico. En poco tiempo llegarás al corazón mismo de los jardines y bosques de la Alhambra. Seguro que te gustará este recorrido.

Y fue a despedirla cuando ella le dijo:

- Si quieres te doy mi teléfono y otro día quedamos. Me gustaría mucho que me llevaras y enseñaras los misterios y belleza que dices hay en cada rincón de Granada.

- Pues por mí, encantado.

Anotó su teléfono, quedando en encontrarse otro día y antes de despedirse, se atrevió a decirle:   

- Y no olvides nunca que cada día es un regalo. No lo desperdicies.

            Ilusionado subió el hombre por la Cuesta del Chapiz y, mientras caminaba, ya empezó a imaginar los lugares que recorrería con ella. Comenzó a planificar los sitios a los que le llevaría, las cosas que con ella compartiría y los misterios que debía descubrirle. Por eso aquella misma noche comenzó a escribir en su cuaderno. Al día siguiente, en cuanto salió el sol, trazó una primera ruta por los sitios que ya había pensado llevarla. Otro día después, hizo lo mismo y así a lo largo de una semana entera. Cada día al atardecer volvía a su casa y se sentía satisfecho. Hondamente satisfecho porque comprobaba que, todo lo que con ella soñaba compartir, era bello, muy bello. Granada entera, sus calles, plazas, jardines, atardeceres y cielos le parecía que se transformaban en el más hermoso de los sueños. Como no había imaginado nunca que pudiera suceder. Por eso, una vez y otra, se decía: “Cada día es un regalo y cada regalo el mejor de los alimentos para el alma, el corazón y lo eterno. Le mostraré la esencia más pura de esta ciudad tan mágica para que se le abran los ojos del corazón y se enamore y vea lo más bello de lo bello”.

            Y mientras estas cosas soñaba, vivía y anotaba en su cuaderno, no dejaba de esperar su llamada. A cada instante, noche y mañana. Él quería llamarla pero no se atrevía por temor a molestarla. Y también por miedo a que pensara algo diferente de lo que en realidad quería darle. Por eso, se metió en su mundo, sin dejar de pensar en ella cada día, cada tarde y cada noche mientras el tiempo corría: una semana, un mes, dos meses, tres… y sabía que su final en Granada iba llegando lentamente. Y en sus meditaciones y horas largas de espera también se lamentaba que, todo lo que con tanta ilusión y cariño había soñado, se fuera perdiendo sin remedio ni provecho.

            Sin embargo, ya después de mucho tiempo, una brillante mañana de primavera, recibió una llamada.

- ¿Sabes quien soy?

- Claro que lo sé. Por fin has llegado.

- ¿Te molesto?

- De ninguna manera sino todo lo contrario: me alegra oírte.

- Es que no pude llamarte antes porque… bueno, es que mi tiempo se acaba aquí en Granada. Tengo que irme dentro de poco. Por eso te llamo y también para decirte que me gustaría quedar contigo. Tengo cosas importantes que contarte. ¿Tienes algún inconveniente?

- Ninguno. Cuando tú quieras y tengas un rato, quedamos.

- ¿Puede ser esta tarde misma?

- Por mí, sí.

- Pues a las cuatro estoy en el Paseo de los Tristes ¿te viene bien?

- No tengo ningún problema. A las cuatro en punto estoy ahí esperando.

- Gracias y hasta luego.

            Colgaron y a las cuatro en punto se encontraron. Y, nada más saludarse, ella dijo:

- Es que estoy preocupada. Mi tiempo aquí en Granada se acaba y ahora siento como si lo más importante se me hubiera ido de las manos. Pienso y pienso en aquellas palabras tuyas: “Cada día es un regalo” y me parece que no he sabido aprovecharlo.

- ¿Por qué piensas eso?

- Como tantos otros jóvenes estudiantes universitarios sí es verdad que he vivido cosas interesantes: discotecas, amigos nuevos, españoles y extranjeros, bares, cervezas, paseos por Granada, viajes, fotos, recuerdos, abrazos, achuchones, besos… ya sabes: lo típico y tópico y lo que siempre viven todos los estudiantes universitarios extranjeros y no. Y, aunque creo que me iré contenta y también triste, noto como si lo más importante, lo esencial, me faltara. Como si se me hubiera escapado de las manos de la manera más tonta.

Escuchó él en silencio lo que ella comentaba y cuando creyó que se había desahogado, le preguntó:

- ¿Puedo yo hacer algo en todo esto?

- Creo que has podido hacerlo pero ahora, en los pocos días que me quedan en Granada, me parece que ya no es posible recuperar lo que me he perdido. Pero de todos modos, te he llamado para que esta tarde me lleves a algunos de esos rincones mágicos que me dijiste. ¿Te acuerdas?

- Me parece bien y también interesante.

            Y mientras ella seguía comentando, comenzaron a caminar por la Cuesta de Chapiz. A la mitad, tomaron para la derecha y cogieron por el Camino del Sacromonte. Cuando llegaron al sitio que él en su mente había preparado tomaron un respiro. Se volvió para atrás pidiéndole a ella que también lo hiciera y al instante vieron la Alhambra, coronada sobre la gran colina. El sol de la tarde le daba de soslayo y la luz parecía revestirla con traje mágico. Le dijo a ella:

- Ahí está la Alhambra, más acá el río Darro, Al fondo Granada y a la derecha el Albaicín.

Y ella comentó:

- Todos esos sitios los he recorrido en compañía de mis amigos y por eso los conozco.

- ¿Y te han gustado?

- Son bonitos y originales pero todos me han dejado como una sensación de vacío. Como si lo más importante, lo más íntimo y bello, esa esencia que me dijiste aquel día, estos lugares se los hubiera reservado para sí. No sé si me explico.

            Después de un minuto de silencio dijo él:

- Te entiendo y lo siento. Es verdad que dentro de poco te marchas de Granada. Y creo, como tú, que te irás contenta y triste. Pero ya no tiene remedio. Por mi parte, he querido darte y enseñarte lo que estos lugares se han reservado para sí. Sé cómo hacerlo y puedo pero… la vida, ya lo sabes: cada día es un regalo. Si cada día se vive sabiamente y procurando coger, de entre todo, lo mejor, al final uno se siente bien y transcendido. Aunque nos alejemos de las cosas y personas y las perdamos no será triste porque dentro nos las llevamos con nosotros para siempre. Pero sino sabemos aprovechar el regalo que cada día la vida pone a nuestro lado, ciertamente, irremediablemente puede que nos sintamos vacíos y tristes.

            Hubo otro silencio y luego ella preguntó:

- ¿Y qué podemos hacer ahora para recuperar lo que me quisiste dar?

- Poca cosa. Casi nada porque te marchas pronto. Pero, y por mi parte, intentaré no olvidarte nunca y rezaré al cielo cada tarde.   

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