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romi
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El valle del silencio

31 de Diciembre de 2010 a las 12:25

El valle del silencio

            I

            Con el nombre de “El Valle del Silencio”, se le conoce a un rincón muy concreto de Granada. Y más fue en otros tiempos, cuando a este lugar se le llamaba así, que ahora. Porque, en estos tiempos modernos, el hermosísimo Valle del Silencio, casi ha desaparecido por completo. Pero el espacio se situó en lo que hoy conocemos como el Paseo de los Tristes, por donde se levanta la construcción del edificio Rey Chico y arranca el camino de la Fuente del Avellano. Este recogido rincón, junto al río Darro, a los pies de la Alhambra y barrio del Albaicín, fue conocido en otros tiempos con el nombre que arriba he dicho.

            ¿Que por qué fue esto así? Actualmente en Granada lo que más abundan son los turistas. Se les ve en todas las plazas, calles, monumentos y barrios y en todas las épocas del año. Cientos y cientos de personas venidas desde todos los lugares del mundo que suben y recorren los recintos de la Alhambra, andan y fotografían las callejuelas del Albaicín, se asoman a los miradores y llenan a rebosar el hermoso recorrido de la Carrera del Darro y la llanura del Paseo de los Tristes. Por eso en Granada ya apenas hay silencio, paz y serenidad en casi ninguna época del año. Y también porque las luces, los edificios y establecimientos, aparecen por todas partes. Ni siquiera al caer las noches hay tranquilidad ni silencio.

            Pero en otros tiempos, en el lugar de Granada que ya he dicho, las cosas eran muy diferentes. Sobre todo, en los días y meses del invierno y al caer las tardes y por las noches. Durante el día, por este rincón de Granada, no se veía a ningún turista. Solo personas que por aquí tenían sus casas y otros que iban y venían, ocupados en sus trabajos y menesteres. Y al caer las noches, como en aquellos tiempos no había tantas luces en los sitios, todo en este lugar quedaba por completo en silencio y a oscuras.

 

            Él lo sabía porque cada día, tarde y noche, lo vivía y era una de las cosas que más le gustaba. Tenía su vivienda, una pequeña cueva rematada hacia fuera con una construcción de palos y ramas secas, en la ladera que cae hacia el río desde la Alhambra. En este rincón y sitio vivía solo y durante el día, dedicaba muchos ratos a recoger leña. Ramas secas del bosque y monte en la ladera del río Darro, que amontonaba en la puerta de su vivienda. Partía las ramas en trozos pequeños y los amontonaba a un lado de la cueva y, cuando la noche caía, siempre encendía una pequeña lumbre. A veces dentro de la vivienda y otras veces en la misma puerta para gozar de las estrellas en el más absoluto silencio.

            Porque lo que más le gustaba, mientras se calentaba en su lumbre, era empaparse del hondo silencio del valle, sentir el canto de los mochuelos y observar el sigiloso vuelo de las lechuzas. Esto y también el rumor de las aguas del río y la sincera soledad que se cernía sobre el recogido valle. Y era feliz como ninguna otra persona porque estaba enamorado de este mundo tan auténtico. De las aguas del río cogía truchas para comer y, de las madroñeras en la ladera, cogía madroños. Y cuando la noche caía, se calentaba en su lumbre, bajo las estrellas y en el hondo silencio del pequeño valle.

            Por eso algunos dicen que hemos perdido muchas cosas y muy buenas, en estos modernos tiempos. Que vienen por Granada miles y miles de turistas a todas horas y todos los días del año pero que, hasta el hermosísimo Valle del Silencio y su nombre, ya ha desaparecido para siempre.

            II

            En el Valle del Silencio, en Granada y donde hoy se ve el Paseo de los Tristes y explanada del Rey Chico, en otros tiempos corrían arroyuelos. Pequeños regatos de aguas muy claras que descendían desde las montañas, despeñándose por las laderas. Y, en muchas ocasiones, estos claros arroyuelos, corrían a lo largo de todo el año. En invierno y primavera, muy caudalosos y, en verano y otoño, un poco menos. Sin embargo y, en aquellos tiempos, casi nunca estos regatos se secaban.

            Él lo sabía y por eso, cuando excavó su cueva en la ladera y la acondicionó con ramas secas, procuró que no estuviera lejos de uno de estos arroyuelos. Casi al borde de la corriente estaba y de ahí que continuamente se asomara a las purísimas aguas de un charco. Casi redondo, color azul verde y decorado, a lo largo de algunos días del invierno, con esculturas de hielo. Porque, cuando en invierno bajaban mucho las temperaturas, en algunas de las noches más largas del año, el agua se helaba. Cosa que a él no solo no le importaba sino que le gustaba mucho.  Casi tanto como contemplar las estrellas en las noches de luna clara y aun más.

            Y aquel día, veintinueve de diciembre, se levantó muy temprano. Miró desde la puerta de su cueva y vio el barrio del Albaicín sobre el cerro, ya bañado con el primer sol de la mañana. Miró luego al cielo y comprobó que estaba muy despejado. Todo azul claro aunque el frío era mucho. Por eso lo primero que hizo fue buscar un buen puñado de ramas secas, de entre los almendros, cornicabras, lentiscos, encinas y robles. Cuando ya tuvo suficiente se fue cerca del charco que hacía de espejo de su cueva y, junto a unas rocas blancas, preparó para hacer fuego. Quería calentarse al mismo tiempo que se comía unas naranjas como desayuno y gozaba del día que se iba abriendo. También quería asar un puñado de bellotas para comérselas.  Prendió fuego a las ramas y, al poco, el humo y las llamas se elevaron y él se sintió bien. Porque otra de las cosas que también le gustaba mucho era pasar sus horas muertas calentándose junto al fuego, mientras asaba bellotas o castañas y gozaba del silencio y de los paisajes del pequeño valle.

            En aquellos tiempos y aun ahora, en las laderas de la izquierda y derecha del río Darro, crecían encinas. Muchas y algunas muy grandes. De troncos gruesos y ramas retorcidas y por eso, bastantes de estas encinas, eran centenarias. Casi todas daban bellotas muy buenas, gordas y agradables al paladar. Él lo sabía y también sabía que es precisamente en invierno cuando maduran los frutos de las encinas, las bellotas. Al final del mes de noviembre y a lo largo de todo diciembre y parta de enero. De aquí que, en las mañanas frías y soleadas de este mes de diciembre y también al mediodía y por las tardes, dedicara muchos ratos a buscar y recoger bellotas. Conocía cuales eran las encinas que daban los mejores frutos. Según recogía estas bellotas las iba echando a su barja de cuero, volvía a su cueva y las guardaba en una orza de barro que tenía medio enterrada en un rincón, al fondo. Y luego, de este recipiente iba sacando, según lo necesitaba, pequeños puñados de bellotas y las asaba. Después se las comía en sus desayunos, al mediodía o por la noche. Saboreando despacio cada bocado de estas bellotas y sintiendo que, no solo resultaban apetitosas sino que también le alimentaban y daban fuerzas.

            Aquella mañana de diciembre, pasó muchas horas calentándose en la lumbre y asando estos frutos de las encinas. Fue luego a su huerto y en la tierra trabajó largo rato. Y cuando la tarde caía, se metió en su cueva. El frío había aumentado y, aunque junto a la lumbre se estaba calentito, se metió en su cueva y se acurrucó en su manta de lana. Mientras se dormía, para sí susurró: “Esta noche va a ser la más fría del invierno. El cielo se ha quedado sin nubes, en las cumbres de Sierra Nevada la nieve se acumula y son precisamente ahora las noches más larga del año. Pero que haga frío que esto también es bueno”. Y con estos pensamientos se quedó dormido. De un solo tirón durmió toda la noche y, cuando se despertó, vio que ya el sol entraba por la puerta de su cueva. Se colaba por lo más alto de la montaña que en estos tiempos acogen al palacio del Generalife.

            Se levantó rápido porque tenía un presentimiento. Por eso salió también aprisa de la cueva y se asomó al riachuelo. Y lo que vio le dejó pasmado. A un lado y otro de la pequeña corriente el hielo se acumulaba y, en las pequeñas cascadas, los carámbanos colgaban engalanando. Pero lo que más le llamó la atención fue el charco, espejo de su cueva. Lo descubrió todo helado y, por los bordes, decorado con hermosas y transparentes filigranas de hielo. El primer sol de la mañana, le daba de lleno y por eso, todo el charco y decoración a los lados, parecían arder en reflejos de colores y transparencias cristalinas. Se dijo: “En algún lugar de Universo, cuando todo pase en esta tierra, tiene que está recogida para la eternidad esta belleza”.  

III

Trabajaba en una pequeña alfarería, cerca del río Darro y no lejos de donde hoy se ve el Paseo de los Tristes. Y le gustaba mucho su oficio. Tanto que conocía perfectamente todas las técnicas y nombres de las vasijas: el barro y su manejo, amasado, humedad, textura… y las vasijas que con este material se hacían: ollas, platos, vasos, botijos, cántaros, lebrillos, ánforas, jarrones… De aquí que el dueño del pequeño taller estuviera contento con él. No le pagaba mucho pero sí lo trataba bien y con respeto.  

Todo fue así hasta que un día el dueño contrató a un hombre algo mayor. Le dijo:

- No sabe tanto como tú pero es muy trabajador. Seréis buenos amigos. Trátalo con respeto.

Y él así lo creyó y se dispuso para ello. Por eso, desde el primer momento, lo trató con respeto y le explicó todos los detalles de las cosas, tanto del barro, modelado y cocido de las piezas y manera de llevarlas de un lado a otro y su acabado final. Al principio, el recién llegado, hizo caso a todo lo que le decía pero luego, a los pocos días, comenzó a decirle:

- Esto ya lo sé. Déjame tranquilo y dedícate a lo tuyo.

También en un primer momento el joven interpretaba estas manifestaciones como algo natural aunque no lo entendía. Pero cuando, pasado unos meses, el nuevo le decía:

- O me dejas en paz o hablo con el duelo y le digo que eres un vago. No quiero nada de ti.

Se asustó el joven por lo que pudiera decirle al dueño y por la reacción de éste. Por eso, comenzó a guardar las distancia con el nuevo, desconfiando de él cada vez más. Solo le hablaba lo justo y con palabras escogidas para no molestarlo.

            Le empezó a temer y le preocupaba que en cualquier momento fuera al dueño y le contara lo que no era cierto. Intuía que podría manipular las cosas para quedar bien delante del dueño y desprestigiarlo a él. Y sucedió esto. Un día, el nuevo fue al dueño y le dijo:

- Es un bajo, no me deja en paz, hace las cosas mal y siempre me está ofendiendo. Ya ha estropeado varias piezas de valor y, cuando le digo algo, hasta se enfada conmigo.

Y el dueño le dijo:

- Hablaré con él, vete tranquilo.

Y habló al día siguiente con el joven, en un tono y actitud como nunca antes lo había hecho. Por eso el joven, al comprobar que lo agredía y defendía al nuevo, en lugar de ponerse a la defensiva y procurar que se viera la verdad, optó por guardar silencio y regresar a su trabajo. En el fondo, no quería desprestigiar ni hablar mal de su compañero.  

            Per cuando al día siguiente llegó al taller comprobó que las vasijas que el día anterior había modelado no estaban en el sitio donde las había dejado. Nada dijo al compañero, buscó por todo el recinto y las encontró escondidas entre unas tablas y palos. Y vio que algunas piezas estaban rotas. Sin dudar lo más mínimo pensó que había sido el compañero con la intención de provocarlo o tenderle una trampa y a punto estuvo de mostrarle su enfado y desconcierto. No lo hizo pero al día siguiente, trabajaba dándole forma a un plato y, en un momento en que tuvo que salir fuera a por algo que necesitaba, al regresar comprobó nuevamente como el plato había desaparecido de donde lo tenía colocado. Y ahora sí se molestó mucho pero otra vez nada dijo ni al compañero ni al dueño.

           A caer la tarde se le vio salir del taller con un palo largo acuestas y caminando por la ribera del río hacia la ladera norte de la umbría en la colina de la Alhambra. Al verlo algunos amigos le preguntaron:

- ¿A dónde vas con esta actitud y con este palo en forma de escoba?

- Me libero.

- ¿Que te liberas?

- Sí, mañana te lo cuento.

Y al día siguiente no volvió al taller de cerámica. A primera hora se fue a la ladera que se enfrenta al barrio del Albaicín, buscó un sitio apropiado y se puso a escavar una cueva. A los pocos días se fue a vivir a ella, junto al claro arroyuelo y el redondo charco de colores azul cielo. Y se sintió feliz como nunca antes lo había sido porque notaba que estaba liberado del extraño compañero de trabajo y del raro dueño. Por eso, mirando al barrio del Albaicín y desde la puerta de su cueva, se decía: “Mi libertad, honradez y sueño, por encima de todo. Pero sobre todo quiero ser libre aunque tenga que vivir en una cueva y comer bellotas de las encinas. No hay nada más hermoso en este mundo que sentirse libre y limpio frente al cielo y al viento”.  

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