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oniria
oniria
Mensajes: 2.278
Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009

LI (51) Relato Corto EL MIEDO: hilo para colgar los relatos

16 de Enero de 2011 a las 22:22
Pues eso, para los relatos exclusivamente ;D

Por si sirve de ayuda:

miedo.

(Del lat. metus).

1. m. Perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.

2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.


Yo qué se, lo que os inspire el miedo o lo que os dé miedo ;DD
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 16 de Enero de 2011 a las 22:30
¿No hubo una vez de tema: terror?
DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 17 de Enero de 2011 a las 11:18
Según el listado: XXXII: FOBIAS, que no es exactamente lo mismo pero sí muy parecido. De todos modos la normativa no impide repetir tema, aunque habiendo palos sin tocar...
oniria
oniria
Mensajes: 2.278
Fecha de ingreso: 15 de Febrero de 2009
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  • 17 de Enero de 2011 a las 11:42
Hubo un certamen de Fobias, sí, ya lo dije en el hilo de comentarios, al que os remito para plantear cualquier consulta al respecto:

LI (51) Relato Corto COMENTARIOS MIEDOSOS

Por favor, aquí, sólo relatos. Ya sabéis ;D
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 19 de Enero de 2011 a las 17:00

Dentro de él:

«El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma» (Aldous Huxley).

 Gris. Como la neblina de mis ojos al despertar. Como los charcos que se fueron formando en el suelo tras la mezcla de la artificial lluvia con el polvo en suspensión desprendido de los cascotes.  Como el color de los ojos de aquella hermosa mujer que agonizaba junto a mis pies sin que yo pudiera hacer nada por remediarlo. Sus labios tal vez murmuraran palabras de auxilio, quien sabe si de despedida, mientras el roto de su cuerpo daba salida a la poca vida que aún iluminaba sus pupilas. Me incorporé un poco más y traté de presionar con ambas manos, inútilmente, la mayor de sus heridas. Y grité socorro sin que nadie me escuchara. Yo mismo casi tampoco lo hice.

Miré alrededor y contemplé la película muda que se desplegaba ante mí: una inmensa producción de horrores; composición de escenas de la barbarie fundidas en negro que reaparecían cada vez que parpadeaba y giraba mi cuello en busca de una imagen que no rechazara mi mente. Por primera vez, sentí el pánico en los rostros de los que lograron ponerse en pie y correr sin dirección en busca de auxilio. Miré a aquella mujer, cuyo cuerpo dibujaba en el suelo un escorzo difícilmente reproducible en otras circunstancias, y abandoné aquella marioneta sin vida para intentar imitar a los que por allí deambulaban.

«Sal de aquí. ¡Corre! ¡Huye antes de que sea tarde!». Ellos tenían razón. Cogí mi bolsa, me levanté de un salto y corrí hacia la salida. Y me detuve. Paré mi carrera para mirar atrás. El cuerpo sin vida de aquella mujer me contenía. Y regresé junto a ella. Para mirar sus ojos una vez más. Para intentar descifrar la paz qué guardaban en su interior. 

 

Me levanté desorientado, como casi todas las mañanas, y me acerqué al espejo para que la cicatriz de la frente me diera los buenos días. No pude corresponderla porque ese día tampoco tenía nada que decir; me había acostumbrado a no hablar. ¿Para qué? Además, había olvidado  que ya no había espejo; perdí ese privilegio. ¿Existes si eres transparente? A nadie le importaba lo que dijera o lo que pensara. Ya no..., ni siquiera a mí. Sólo a él le importaba. Pronto vendría a visitarme.

En el reto diario del aseo personal, la desidia triunfaba no pocas veces sobre la higiene porque cuando a nadie le importas poco te importan los demás. Pero era incómoda la barba; picaba, la hijaputa. Sobre todo los pelillos del incipiente bigote en la comisura de los labios que anunciaban desafiantes tu última oportunidad para aniquilarlos, después te acostumbrarías a ellos; «aprenderas a quererlos», solía decirme. Me recordaban a los nuevos cuando llegaban: se rebelaban al principio y poco después parecía como si hubieran estado siempre ahí, dóciles… Aún así procuraba esquivar sus ojos.

La puerta del dormitorio se abrió y un batablanca se aposentó en la butaca cercana a la cama. Vaqueros, camisa de cuadros y pose de intelectual petulante bajo el uniforme. Su voz resonaba tan insultantemente familiar que ya casi no me resultaba pomposa.

-Buenos días, Fidel.

-…

-Tenemos que hablar, ¿recuerdas?

-…

-Hace buen día y sería una lástima que no pudieras salir al jardín para disfrutarlo –el maldito loquero sabía cómo tocarme la fibra sensible. Mastiqué el insulto durante un par de segundos y lo tragué resignado para escupir poco después el más fingido de los saludos.

-Buenos días, doctor –respondí finalmente.

-Las enfermeras dicen que te estás portando bien últimamente: te tomas la medicación, los celadores no tienen que atarte… Parece que mejoras –mintió- ¿Has dormido bien hoy? –le miré con el aprecio que se le tiene a las naipes de un descarte -. ¿Sigues teniendo ese sueño, Fidel?

-¿Cuál de todos? -le di la espalda y me acerqué a la ventana de la habitación. Tras las rejas, el jardín realmente se presumía precioso.

-Ya sabes cuál. Aquel en el que aparece la mujer del centro comercial.

-No sigas por ahí –di un paso al frente y él reclinó con fuerza su cuerpo sobre la butaca-. ¡Eso es mío! ¡¡Sólo mío!!

El loquero se puso en pie y se acercó lentamente hacia la puerta sin dejar de observar mis reacciones.

-¿Cómo se llamaba? –insistió.

Las arcadas de ira provocaron mi vómito de odio:

-Lucía. Bien lo sabes ya, ¡cabrón! -él esbozó un pequeño gesto de enfado que pronto disimuló bajo aquella cortina de falsa profesionalidad; unas preguntas más, algunas líneas que rellenar en el bloc y ya está: una visita menos. Sonrió indisimuladamente como si leyera mis pensamientos. Ambos sabíamos que acababa de ganarme ración doble de benzodiacepinas.

-¿Por qué no te fuiste? ¿Acaso la amabas?

-No la conocía de nada. Lo sabes. Hemos hablado de ello muchas veces. ¡Demasiadas!

-Pero te encontraron allí –insistió-, junto a ella, acariciando su rostro…

-¡Déjalo! –agarré los barrotes de la ventana y comencé a gritar hacia el exterior acompañando mi febril cántico de un compulsivo movimiento de brazos y cuerpo, en un vano intento de desprender las rejas de su marco.

Un par de celadores entraron al unísono alarmados por el alboroto.

-¿Le ponemos algo? –preguntó uno de ellos.

-Hoy no –dijo el loquero- está bastante locuaz y quiero que siga comunicativo. ¿No será necesario, verdad Fidel? –miré mis agujereados brazos y asentí relajando mis manos y soltando mi presa. Los celadores esperaron hasta recibir una seña del médico y, poco después, abandonaron la habitación. –Si hubieras huido de allí –prosiguió el médico-, la policía no te hubiera descubierto. Deberías haber escapado como las otras veces. No habrían encontrado tu bolsa con los planos y los detonadores…

-Salió mal –susurré para mí.

-¿Cómo?

-¡Explotó antes de tiempo, joder! Yo no tenía que haber estado allí, no tendría que haber visto…

-¿Qué? –preguntó el doctor; intrigado como nunca antes lo había estado hasta entonces. -¿Qué no querías haber visto? ¿La barbarie, la explosión, los muertos, la sangre…? ¿¿Qué??

-… ¡¡¡Sus ojos!!! –cerré los míos un instante para recordarlos y advertí el húmedo alivio que recorría mi cara-. Por un momento… –susurré de nuevo- dejé de escuchar y sólo veía sus ojos. Sentí paz. Me vi en ellos reflejado y dejé de temer.

-¿Por qué ella?

-Era ciega. Pero me miraba. ¡Lo juro! Pero no lo hacía como los demás. No sentí su odio o su lástima; tampoco percibí su miedo, mi miedo.

-¿A qué tenías miedo, Fidel?

-Esa es una pregunta estúpida doctor. Incluso para usted. ¿A qué tenía miedo? A lo mismo que todos los demás. No somos tan distintos, ¿no es así? Todos los miedos son iguales en su esencia.

-¿Y ahora?

-…

-¿Lo sigues teniendo?

-… A veces –me senté en la cama y me giré de nuevo en dirección al espejo ausente. El se levantó y se dirigió hacia la puerta. Y giró el pomo para abrirla, pero se detuvo para abordarme por última vez aquella mañana.

-¿En qué piensas cuando te miras?

-En que echo de menos la calle…, pero aquí no se está tan mal. Soy… extrañamente feliz. Apenas tengo contacto con nadie, ni con los otros enfermos ni con los celadores, pero no me importa. Cuando escucho las voces cierro los ojos.

Y veo los suyos.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 21 de Enero de 2011 a las 11:03
BAILARINA


Las noches en que no baila son las peores. Da vueltas entre sus cuatro paredes, pensando en cuándo se volverá loca.
Por fin, harta de música, de internet y de la soledad de su casucha, Candy decide olvidar el miedo y tentar a la suerte en las aceras. Antes de salir, coge dos pastillas de codeína y se las mete en el bolsillo del pantalón; para ella, desde hace meses, son como un as bajo la manga.

Es madrugada y las calles están muertas. Además, a Candy vagar por esa zona tan repetida como odiada le va borrando su valor, las ganas de continuar con su idea.  En ese momento, rompiendo la quietud de los edificios y farolas, pasa un autobús que tiene parada muy cerca, así que corre y logra llegar a tiempo para montarse.

Dentro del vehículo hay pocas personas, todos son hombres; las caras son distintas pero todas se asemejan: jetas mustias aunque sonrían al ver aparecer a Candy —como cada noche cuando sale a bailar con la barra—. Se sienta detrás, le parece que ahora el mundo sea tan sólo este autobús y los que en él están. Las paradas se suceden: nadie sube y nadie baja. El vehículo se desplaza raudo por las avenidas vacías, y ella, en su asiento, bota con los baches. Los semáforos rojos son los únicos que frenan aquella carrera.
Un viejo curvado y pequeño se levanta de su asiento y toca el timbre. Todos sus movimientos son mecánicos, como si los hubiese repetido durante toda la vida. Su mirada apagada se centra en los ojos de Candy que rápidamente ella baja. En su mano izquierda porta un cuaderno azul. Por fin desciende y se aleja desplazándose cansinamente. Candy lo sigue con la vista hasta que desaparece tragado por una esquina.
Continúan el viaje pero ahora es más lento, se ven más coches -luces rojas y blancas-. Sube un grupo de jóvenes, charlan acaloradamente de fútbol (despedazando el agradable silencio de voces que había reinado hasta entonces); todos pueden oír lo que dicen, y es inevitable prestar atención. Su conversación sobre “el gran-histórico-increíble partido” es tan estúpida y monotemática que Candy escapa en cuanto puede.

Al dejar el autobús todo se dibuja oscuro y enorme. No tiene ni idea de dónde está. Pero se lo toma con calma y empieza a caminar. Pronto sus pupilas se habitúan a la noche. Hay bastantes bares en esta zona, con sus terrazas rebosantes de personas que beben, ríen y hablan. Deambula sin saber hacia adónde dirigir sus pasos; a veces se lo pregunta, y se responde que por ahora continuaría descendiendo por esa avenida amplia y que luego decidiría. Algunos tipos, al cruzar a su lado, recorren su cuerpo con mirada felina: pero no era sexo lo que Candy buscaba; además prefería la suavidad de las mujeres a la aspereza de los hombres… En la puerta de una discoteca hay una fila de mujeres y hombres: muchos, casi todos, lucen una imagen sumamente cuidada. Por un momento sopesa entrar en ese lugar para observar cómo se lo montan esos personajes de billeteras llenas y vidas complicadas, pero continúa andando hasta llegar al final de la avenida. Ha de decidir: la calle corta, la que asciende o la que tiene una fuente de agua potable. Elige la fuente pues tiene sed. Bebe notando su boca pastosa. El camino adoquinado es oscuro y triste. Piensa: “Qué estoy haciendo, por qué estoy tentando así a la suerte…”, entonces, sin remedio, su mente vuelve a enredarse con Chaco, el hombre que le ha metido el miedo dentro; puede ver claramente su rostro lleno de violencia y no puede evitar rememorar aquella tarde, el punzante dolor frío, su sangre caliente saliendo de su barriga cuando ese hombre la acuchilló... Quiere olvidar, sacar de su cerebro a Chaco, pero ahora no se siente capaz… (La calle está vacía y solamente alguna moto trucada rompe el distante rumor de ciudad grande)… Aquella tarde Chaco hundió su cuchillo, de mango córneo —como le gustaba recalcar a él—, en las tripas de Candy porque no vio el terror de antaño en los ojos de ella al responderle “No.” y quiso recordarle quién mandaba, o lo que en este caso es lo mismo, a quién debía tener miedo siempre. Desgraciadamente, Chaco había conseguido su propósito, pero también que Candy, además de miedo, sintiese por él un desprecio y un odio infinitos, suficientes para, cada día, mantenerse viva y preparar su venganza.

Candy saca las dos pastillas de codeína, necesita calmarse con urgencia. Mientras busca la fuente que dejó atrás, distingue en una transversal unas luces muy potentes y al momento oye sonidos y ve como desde una ventana de un tercer piso cae una nevera o algo similar. Al chocar contra el suelo hace un ruido atrayente. La curiosidad le hace correr, guardándose la codeína, hacia aquel lugar y antes de llegar ya comprende que están rodando una escena de una película de cine o de alguna serie de televisión. Candy cuenta tres cámaras, una de ellas volando sobre una grúa; los focos alumbran la zona; y unas cuantas personas se mueven mostrando que todas saben perfectamente lo que tienen que hacer en cada momento.
En efecto, es una nevera lo que yace destrozada sobre el pavimento. El tipo al que Candy supone el director permite un descanso: el pequeño equipo se reúne entorno a una mesa con café, infusiones, chocolate, bocadillos, pastelitos de colores y fruta. Charlan. Al poco tiempo, Candy se da cuenta de que ahora son ellos los que la observan… Sonríe nerviosamente… Enseguida la invitan a tomar algo y acepta de buen grado un chocolate caliente. Les pregunta qué ruedan, para qué es y demás. En general son bastante simpáticos. El que más caso le hace es un operador de cámara muy feo. Candy, aunque trata de no hacerlo, acaba confesando que siempre soñó con trabajar en el cine. La pausa para el tentempié no es muy larga. “Quédate”, dice él, despidiéndose, “ahora toca rodar una escena con la actriz protagonista”.
Empiezan a prepararlo todo. Discuten sobre cómo iluminar correctamente la despedazada nevera. Candy curiosea entre los rostros femeninos tratando de adivinar cuál de aquellas mujeres es la protagonista, pero podría haber continuado toda la noche y no la hubiese encontrado pues no estaba allí, sino dentro de un coche blanco con los cristales tintados estacionado cerca. Al abrir la puerta escaparon del vehículo luz, humo y música: tenía una buena juerga montada. La actriz protagonista es muy atractiva y viste un bonito traje. Al andar contonea su cuerpo de forma elegante e insinuante. Nadie le hace mucho caso y ella tampoco le hace mucho caso a nadie, salvo al director que le explica la escena y su papel explayándose en la expresión de las manos; la maquilladora, mientras, ajusta lo que se ha desajustado en la fiesta... Candy, de pie y quieta detrás del director, aguarda sin perderse ni un detalle... Todo está ya preparado: van a comenzar a rodar, el silencio es total..., y en ese instante, en ese momento crucial tras el excitante “¡Acción!”, al no poder retenerlo dentro tras moverse para tener mejor posición, Candy deja escapar un bello y sonoro pedo trompetero, tan perfecto que aquello parece algo premeditado... Demasiadas caras, con bocas riendo como locas, se vuelven hacia Candy. Candy quiere desaparecer, desintegrarse mientras pide mil perdones y se agarra a los ojos del operador de cámara que le sonríen, diciéndole que no pasa nada, que ahora repetirían y ya está. En cuanto el equipo vuelve al trabajo, es decir, en cuanto dejan de mirarla, Candy, todavía avergonzada, reanuda su marcha.
En el primer cruce con el que se topa, se dirige hacia una plaza que se adivina tras una calle larga y angosta que se abre, como río desembocando, hacia su final. Por primera vez desde que se bajó del autobús cree saber por dónde transita, en qué parte de la urbe deambula. Es una ciudad enorme, alienante y famosa. Como otras muchas. Candy llegó escapando del hambre que había roto su familia para siempre y sin embargo esperanzada pues venía con un contrato para trabajar…, el trabajo luego resultó ser otro muy diferente pero la necesidad no le permitió elegir... Una metrópolis repleta de mentiras, ídolos de barro y puñaladas.

Candy llega a la plaza. Entonces termina de ubicarse. Cuatro calles más abajo deben estar fatigando sus antiguas compañeras. Candy ya no trabajaba con ellas, ahora era bailarina de striptease: la gratificación por la cicatriz de su vientre, ahora camuflada en el cuerno de un unicornio tatuado en azul… Cuando se da realmente cuenta de dónde está, Candy se queda helada e incluso le flaquean las piernas, ha llegado al territorio de Chaco —coto de proxeneta mafioso—, y sin embargo Candy comprende muy adentro que no va a dar la vuelta y escapar a su casucha a terminar de volverse loca ni tampoco va a tomarse las dos pastillas de codeína que droguen al miedo… Candy respira con todas sus fuerzas, no se va a detener ahora. Les hará una visita a sus amigas. Sabe que es muy probable que Chaco esté con ellas, o muy cerca. Pero no va a cambiar de idea.  Compra café, chocolate, bollos y pasteles. El coche de Chaco está aparcado en la puerta del bar donde organizan timbas de póquer. Candy intuye que no va a necesitar la codeína nunca más y saca esas dos pastillas del bolsillo del pantalón y las tira contra el coche; son pequeñas pero chocan con fuerza contra el cristal de una de las puertas… Ya puede divisar a sus compañeras. Rápidamente reconoce a Lola, Paola, Natacha, Veronic, Ingrid y Marlene…, y también hay algunas nuevas…, son magníficas, piensa Candy, actuando, mostrándose atractivas, vendiéndose a las luces -rojas y blancas- que recorren esa calle noche tras noche, madrugada tras madrugada. Es Marlene la primera que, cuando ya Candy está a pocos metros, la ve, e inmediatamente después grita, dando saltos y señalándola: “¡Eh, niñas, mirad! ¡Mirad! ¡Es Candy..., que ha venido Candy! ¡Pero es que estáis dormidas!... ¡Ahí! ¡Candy!...”

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 22 de Enero de 2011 a las 15:49

LA FLOR NEGRA

Querida niña, mi amor, mi absoluta vida.
Podría haber desaparecido sin hacer ruido y dejarte más sola de lo que ya te dejo, pero dentro de todo lo que hay que explicarte, dentro de todo lo que te queda por descubrir, sería aún más injusto. Si cabe.
Estoy enferma, Marta; tengo cáncer de páncreas. No hace falta que investigues; estoy muerta. Tu padre lo sabe, si es lo que te estás preguntando ahora; tu padre sabe demasiadas cosas para un espíritu tan convencional.
He desaparecido para que no me veas morir. Pensarás que quieres convencerme de que luche, que me dé la quimio, pensarás que quieres permanecer a mi lado hasta el último momento, cogerme la mano mientras muero y velar mi cadáver durante una noche. Créeme, no quieres hacer eso. Espero, con esta carta, convencerte de que no es lo que deseas y de que, si la vida te bendice con una hija, como me bendijo a mí, tampoco querrás que ella pase por ese trance.
La familia Cosabo da pocas mujeres y, las que nacemos, morimos mal.
Tenemos una familia grande, bien lo sabes, poderosa a su manera; tenemos jueces, comisarios, políticos, terratenientes de los que llevan toda la vida tirando de escopeta, abogados y algún pintor sin éxito alguno. La mayoría hombres, por supuesto, trabajando para, por y alrededor de un grupo reducido de señoras siempre tristes y malditas. Porque las Cosabo morimos mal y es algo que me obligaron a aprender en el entierro de mi madre, Margarita Cosabo.
Mi madre, tu abuela, murió antes de que nacieras y que yo siquiera me imaginara lo que es el verdadero terror. Supongo que te has dado cuenta de que poseemos, no ya un panteón familiar, sino un cementerio privado situado en la zona más remota, bella, arbolada y pacífica de la ciudad; técnicamente, de hecho, no pertenece a la ciudad; así lo atestiguan los lirios, las ardillas, los cipreses, la soledad y el rumor eterno de los pájaros.
El día en que enterramos a mi madre yo tenía veintidós años; era una estudiante en el extranjero que se había acostumbrado a sacudirse con bastante solvencia el polvo de la familia, así que me sentía de nuevo oprimida e inexacta rodeada de tanto empaque y tanto Cosabo. No había ninguna otra mujer allí y mi padre permanecía a la sombra de algunos tíos y primoshermanos de sólida constitución y mirada de fugitivo. Estaban atentos a mi reacción cuando el sol comenzaba a ponerse y todos permanecían en sus puestos, escoltando el edificio de piedra en el que el cuerpo de mi madre había entrado hacía unas cinco horas. Lo cierto es que tenía ganas de irme desde antes de llegar, y aceptaba una cierta cantidad de conversación y de condescendencia con mi edad y mis modales cosmopolitas, pero aquello estaba siendo a todas luces excesivo y no me parecía que hubiese ninguna cabeza notable dispuesta a decir que ya era momento de retirarse. La tragedia se había transformado en pena, en llanto y en aceptación tantas veces ese día que ya no tenía fuerzas para sentir nada. Estaba irritable.
Y ellos me miraban. En cierto modo, la atención de los presentes se dividía en dos distracciones: mi impaciencia y el descenso del sol sobre los árboles.
Me acerqué a mi padre para decirle que los demás podían quedarse a dormir al raso si querían hacerlo,  pero que yo me iba de allí. Entonces me cogió del brazo y me di cuenta de que se sentía terriblemente más triste por mí que por su esposa, y me dijo: “Debes verlo”.
Uno de mis tíos había ido a su coche y volvía con una preciosa escopeta de caza al hombro.  Se quedó recostado en un árbol y se dedicó a esperar, mirando la verja que rodeaba el mausoleo.
“No habría servido de nada contártelo, vida  mía”, me dijo mi padre. “Yo estuve en el entierro de tu abuela y sé de lo que hablo. Tienes que verlo para estar prevenida”.
“¿Ver qué?”.
Me fui acercando a la verja al tiempo que la noche se hacía de un confuso  anaranjado por el poniente, clara y estrellada por el levante. Esa verja debe tener cientos de años, es de un hierro negro, reverdido y húmedo, tan sólido como los huesos de la Tierra, y se dobla hacia dentro a unos cuatro metros de altura, como en la finas alambradas de las cárceles.
Mi tío Asier, el hermano menor de mi madre, el que pintaba y vivía de las mujeres y me hacía reír por teléfono, el que no entendía los mandos de la tele ni se enfadaba con los niños, apretaba los puños mientras me miraba y se sorbía los mocos. Negó con la cabeza tres veces como si quisiera convencerme de que no hiciera algo, y uno de sus hermanos, con el que no se hablaba hacía años, se lo llevó de allí para que pudiese romper a llorar.
Entonces se oyó el chirriar de la claraboya mientras era levantada. La gente del cementerio agachó la cabeza, incluso el de la escopeta, que parecía intentar mirar con el borlón de su gorra de paño. Era como si todos supiesen que yo iba a mirar, y que yo debía mirar a solas.
Para estar prevenida.
Miré y vi a mi madre vestida con la mortaja lila y el pelo suelto y vaporoso, de pie junto a la claraboya abierta, en el techo de piedra del mausoleo. Estaba a no más de diez metros pero no había luz suficiente para distinguir su cara, tan sólo la palidez y la delgadez de sus manos. Tenía los hombros caídos hacia atrás como si intentase desprenderse de una mochila, mostrándonos la tensión del vientre abombado por los gases.
Las piernas me fallaron y sentí una lengua áspera en las tripas que lo lamió todo hacia arriba e hizo que se me acumulara la sangre en el cuello. Perdí el conocimiento.
Cuando lo recuperé pensé dos cosas en el mismo segundo: que había pasado al menos una hora y que había visto una alucinación. Pero ninguna de ambas era cierta. Seguía en el suelo, había pasado menos de un minuto y mi madre estaba pegada a la verja y abría la boca hacia mí. Olía a tierra podrida y vomitada, ácida y dulce y espesa. Sus ojos estaban secos como huesos de dátil, vivos como el azufre incendiado. La boca abierta parecía difuminada por algún tipo de montaje, se abría negra, como sin labios, como una flor de pizarra, una explosión de esquizofrenia que intentaba convencerme de que me uniera a su locura.
Metió un escuálido brazo entre dos barrotes, mi madre, la que me había criado con su calor, y me agarró el pelo hasta la raíz con la mano más fría que jamás me ha tocado.  Entonces fue cuando grité y, de hecho, me di cuenta de que me estaba meando encima. Sonó un disparo que arrancó chispas de la verja y el calor me llovió encima, mi madre se retiró gritando como un jabalí enfermo y alguien me arrastró hacia atrás.
Permanecí tumbada de espaldas, a salvo pero sin que nadie me hiciese apartar la mirada de la forma lila de mi madre muerta. La vi balancearse a lo largo de la verja como un insecto que intenta transformarse en otra cosa, con el lamento grave de un barco perdido.
Mi tío, el de la escopeta, dijo: “Terminará de morirse en un par de días. Las Cosabo morís lento y mal”. Y se puso a seguir sus pasos desde el otro lado.
No obtuve más explicaciones de esta maldición familiar. No hay más explicaciones.
Una vez que vi lo que ellos quisieron que viese fui llevada a la casa de mi padre, donde estuve cuatro días en la cama con fiebre, en una noche sin colores en la que, en varias ocasiones, creí que mi corazón iba a romper las costillas y en otras temí que se detuviese al compás de mi mente podrida.
Tuve que seguir mi vida con el olor de mi madre muerta en la nariz y en la boca y una necesidad constante de llorar y un temblor que me sobresaltaba sin aviso previo. Pasaron los meses y veía la boca negra de mi madre en todas partes, en un calcetín perdido entre las sábanas de la cama, en la entrada de un túnel, en la boca de alguien que quisiera besarme.
Pasaron los años, todos mis años, con esa presencia voraz escondida en cada rincón oscuro.
Tu padre jamás me ha besado en los labios, con lo cual puedes imaginarte hasta que punto he seguido amputada y prendida a aquella noche y a aquella visión durante el resto de mi vida.
Ahora entiendes por qué tu madre nunca levantaba la mirada del plato para veros comer.
Y no quiero que eso te pase a ti, pequeña.
Sé que te obligarán a asistir a mi entierro en el mausoleo y sé que, además, no querrás evitarlo. Que querrás verlo con tus propios ojos, pase lo que pase, porque yo soy tu madre, y  mi maldición es tu maldición, y tu vida es mi vida. Pero, créeme no querrás haberlo hecho una vez que suceda.
Y sólo hay un modo de que no veas mi cadáver revelarse inútilmente contra la muerte durante dos o tres apestosas noches, y es que no haya cadáver, y por eso voy a desaparecer mucho antes de morir.
Quiero que puedas besar a alguien con pasión y que tengas el valor de entrar en cualquier cueva, en cualquier túnel, y que sonrías con pereza cuando encuentres un calcetín negro entre las sábanas de tu cama.
No es lo mismo verlo que saberlo, leerlo que vivirlo, y quizá me odies, pero no me temerás; no mientras me queden fuerzas para arrástrame lejos de ti, mi amor, mi absoluta vida.
Si quieres saber dónde estoy, báñate en el mar, porque se habrá comido mis secretos y creo que mi cuerpo será en poco tiempo una hebra más de todo lo bueno que nos rodea. De todo lo bueno que deber formar tu mundo.
Te quiero.
Te quiero.

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 23 de Enero de 2011 a las 2:22

Del fondo del barranco


La vida de Sípilo nunca había sido fácil, tampoco ahora que iba a enfrentarse a la muerte; no, él no quería morir pero era su destino, aquel para el que le prepararon desde su infancia.

Había aprendido a obedecer ciegamente y las órdenes eran avanzar hacia las montañas y esperar el ataque de las tropas enemigas. Caminaba rodeado de sus compañeros, envuelto en el polvo del camino y mirando al frente entre las rendijas de su casco de batalla, con el escudo cargado en su mano izquierda y en la derecha la lanza, dispuesto a atacar.

A pesar de todo su entrenamiento Sípilo sentía ya el cansancio de la larga marcha. Recurrió al sistema que siempre utilizaba para dejar de pensar en el miedo o el agotamiento cuando las batallas se ponían difíciles y volvió a recordar porqué estaba allí y cual era la razón de que les consideraran el ejército mejor preparado y más feroz del mundo.

De una manera extraña siempre había podido recordar cómo, apenas nacido, había sido examinado por la comisión de ancianos en el Pórtico y cómo lo consideraron poco apto y débil para ser un soldado en aquel ejército. Aún así habían probado su fortaleza tirándolo a un barranco. El era un superviviente y salió de aquella prueba indemne; lo educaron con disciplina,  endureciéndole y preparándole para la vida militar. Con el tiempo resultó, como sus compañeros, una perfecta máquina de matar.

No solía detenerse mucho en aquellos recuerdos en los que predominaba el sufrimiento y la soledad, ya que por fin lo había entendido: había nacido para entregar su vida por la gloria de su patria Esparta y de Leónidas su Rey. Y ahora marchaban hacia el paso de las Termópilas; los rumores decían que allí podrían frenar al ejército persa que avanzaba a marchas forzadas y él se limitaba a obedecer las órdenes y no pensar ni siquiera en la batalla y mucho menos en la muerte.

Cuando divisaron a lo lejos el polvo que se elevaba en el horizonte un escalofrío recorrió la espalda de Sípilo: tenían que ser muchos, miles, más que miles. Un rumor sordo, aterrador, mezcla de metal, voces y pasos resonaba a lo lejos, semejante a una marea embravecida. La tierra retumbaba como anunciando un terremoto. Apretó aún más fuerte su escudo y su lanza y endureció su corazón preparándolo para lo que se avecinaba. Fue cuando los vio avanzando entre gritos, con los turbantes rodeando sus cabezas dejando apenas al descubierto los ojos, perdiéndose a lo lejos donde la vista ni siquiera alcanzaba, cuando lo sintió por primera vez, Fue una punzada que encogió su estómago hasta sentir un dolor intenso; un sudor frío brotó de su frente y los latidos de su corazón se aceleraron. En la boca una saliva amarga resbalaba por su garganta y le asaltó el súbito deseo de dejar allí sus armas y huir corriendo sin saber a dónde.

La sangre manaba roja y caliente de brazos, piernas, cuellos y vientres. Sípilo pegaba a diestro y siniestro sin mirar al hombre que moría después de sus golpes. ¡Uno, otro, otro, más, más....que mueran ellos, ellos… que no sea yo! Pero eran demasiados, aunque sus lanzas fueran cortas y sus escudos de mimbre. Por las filas espartanas corrió la voz de que aquel ejército contra el que luchaban eran los temidos inmortales del rey Jerjes. Pronto los cuerpos yacían por todas partes, la sangre cubría la tierra  formando un barro espeso y pegajoso. Leónidas arengaba a los hombres pidiéndoles valor y asegurando que eran el mejor ejército del mundo y nadie podría vencerlos.

Bruscamente Sípilo sintió el golpe en su hombro; siguió peleando porque  no sentía dolor alguno, solo había sido un encontronazo, pensó, afortunadamente estaba vivo y podía pelear. El líquido caliente y rojizo empezó a deslizarse por su brazo y al cabo el dolor se hizo insoportable. Intentaba sostener el escudo pero el codo se doblaba. Estaba perdido, sin su defensa moriría al primer golpe. Comenzó a retroceder y en cuanto pudo salió corriendo. Sin saber lo que hacía miró a un lado y a otro pero allí no había donde esconderse así que se introdujo entre los cadáveres que comenzaban a formar pequeñas colinas sangrantes y permaneció quieto como si  fuera un muerto más. No podía pensar, no podía siquiera respirar, sintió una arcada y vomitó entre aquel amasijo de carne; temblaba y deseaba gritar de dolor y miedo. Veía a través de los brazos y piernas entremezclados donde se escondía, los pies, el polvo, los cuerpos que caían, las manos cortadas que aún se movían entre chorros de sangre. Sintió el líquido caliente que bajaba por sus piernas, se estaba meando, y  entonces dejó escapar un grito salvaje y otro, eran alaridos espantosos que se perdían entre el fragor de la batalla.

Despertó sin saber siquiera que se había desmayado, ya no se escuchaba el estruendo, solo los lamentos de los que habían sido heridos y esperaban la muerte clamando a los dioses clemencia y pidiendo ayuda. A pesar de ellos había un extraño silencio que, después de tanto fragor, resultaba  espantoso. Sípilo sacudió los cadáveres que lo ocultaban para quitárselos de encima; sintió una punzada en su brazo, pero la sangre se había coagulado sobre la herida y había dejado de manar. Un hombre medio enloquecido, con una oreja colgando de su cara, de la que se desprendía un flujo pastoso por el cuello, pasó por su lado y Sípilo pudo preguntarle qué había pasado.

- ¡Nos retiramos, nos retiramos! Leónidas ha dado la orden de retirarse. Los persas han atravesado por las montañas, los hoplitas no han podido detenerlos y nos atacan por la retaguardia. Todo está perdido, retrocedemos a Atenas, hay que defender la ciudad.

- ¿Y Leónidas, dónde está Leónidas, él también retrocede? - preguntó

Aquel hombre lo miró con asombro, casi con despreció y siguió su camino arrastrándose penosamente mientras decía:

- El se queda, él, su guardia y unos pocos leales.  Intentarán frenar el avance del ejército de Jerjes para que nos de tiempo a evacuar Atenas.

Sípilo lo vio desaparecer entre el polvo y pronto lo perdió de vista. Tenía que irse, no podía quedarse allí más tiempo. Recogió del suelo un escudo y una lanza, se puso un casco de los muchos que había sin dueño y comenzó a caminar penosamente siguiendo la dirección del soldado. Se paró en seco y se preguntó a dónde iba. Huía. Ya había huido antes y volvía a hacerlo, podría tal vez sobrevivir y si era así ¿se lo podría perdonar el resto de su vida? Dio la vuelta despacio, como si su decisión aún no fuera firme y  luego caminó todo lo rápido que pudo en dirección contraria.

En medio del desastre Leónidas daba órdenes  intentando reagrupar a sus hombres, no eran muchos y estaban agotados.  Sípilo esperaba entre ellos temblando no sabía si por el dolor o por el miedo; el Rey les miró a él y a  otro soldado y les dijo tú y tú  volver a  Atenas y contar lo que aquí ha sucedido y decirles que yo ordeno desalojar la ciudad

Y así fue como Sípilo asombrado e incrédulo pensó que, gracias a los dioses, había logrado salvar su vida.

concursoderelatos
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  • 23 de Enero de 2011 a las 13:09

A VECES, LOS CAMPOS QUEDAN SIN FLORES

   El miedo tiene olor. Como lo tiene la vejez, como lo tienen las casas vacías...

   El hoplita está inmóvil en su posición, en el centro de la tercera línea de su falange, y percibe el olor del miedo. Lo conoce de escaramuzas antiguas y ya olvidadas con ciudades vecinas que ahora están en el mismo lado para la que puede ser la batalla final contra los persas.

   Conoce el olor del miedo como conoce el olor de su hijo y de su mujer. Sigue inmóvil, atento a la voz del estratego, y piensa en cómo puede cambiar todo tan rápidamente. La rueda de la fortuna. Hace apenas diez días, mientras jugaba con su hijo y su mujer hilaba en el gineceo con las esclavas, oyó el pregón de los heraldos: convocaban a todos los ciudadanos libres entre dieciocho y cincuenta años en el ágora. Al alba siguiente. Allí estaba. A la guerra. Allí iría. Daba igual lo que luego dijeran los ancianos sobre la Hélade amenazada. Iría igualmente, irían todos. Iría la Hélade entera. Todas las ciudades que enviaban atletas a los juegos olímpicos, todas las ciudades que sabían que es Zeus quien amontona las nubes y decide las batallas. Contra los persas. Daba igual: si los ancianos decían que había que ir, es que había que ir. Lo demás, cuestiones de poca monta: cada hoplita tenía que aportar de su patrimonio un soldado de infantería ligera. Él lo aportaría. Nombraron al estratego y todos lo aclamaron porque era un ciudadano que inspiraba respeto y confianza. A Platea.

   El hoplita vuelve la vista a su derecha hacia las falanges espartanas. Todos miran al frente y, con el pie derecho avanzado, parece que de un momento a otro van a salir a la carrera. Como si el miedo no fuera con ellos. Pero el hoplita sabe que también lo tienen. A llegar al cuerpo a cuerpo, a oír el ulular del enemigo, a ver brazos y piernas cercenados por el suelo, a sentir el olor dulce de la sangre...

   Fueron pocos días de marcha hasta Platea. Atravesaron el istmo, pararon en Eleusis para los sacrificios y los augurios, cruzaron el Citerón por el paso de Vilna y llegaron a la llanura al atardecer. Por la cantidad de gente parecía estar allí toda la Hélade y toda la Hélade les aclamó al verlos. Entre bromas por haber llegado de los últimos. Frente a ellos, a una distancia de seis estadios, las hogueras persas.

   De eso hacía tres días. Al día siguiente se reunieron los estrategos de todas las ciudades para sortear el orden de batalla. A la derecha, como siempre, Esparta para aplastar el ala izquierda del enemigo y avanzar después hacia su centro. Y los demás, a suertes. A la ciudad del hoplita le cayó el extremo derecho justo a la izquierda de los espartanos y detrás de una falange de megareos. La víspera la dedicaron a desplazarse aquí y allá para ir ocupando posiciones.

   Silencio. El hoplita sigue inmóvil en su fila con toda su panoplia defensiva, el casco, el escudo redondo, y la lanza y la espada puntiaguda y de doble filo. Sabe que ha de avanzar en orden y a la voz del estratego, sin desplazarse a los lados para no abrir brecha ni desproteger a quien tenga a derecha o izquierda. Corren rumores de que los persas no avanzan así, de que avanzan con oficiales detrás dando latigazos a la última línea para que empuje a la penúltima y así sucesivamente hasta que su primera línea arrase la primera griega o quede ensartada en sus lanzas. El estratego habla desde el frente de la formación: cuenta la diferencia que va de morir de frente por espada a morir de espaldas, huyendo, por lanza. No hace falta, lo saben todos desde pequeños. El estratego dice que Aquiles les está mirando desde el Hades y, como eso sí parece tocarles el ánimo, golpean los escudos con las lanzas.

   La noche anterior el estratego había recorrido las hogueras de la gente más joven para pedirles que antes de la batalla se retiraran a los matorrales para sus necesidades; y si alguno se las hacía en medio de la batalla ya se preocuparía él, al volver, de difundirlo en el ágora. Se lo dijo a los más jóvenes pero en voz suficientemente alta como para que se enteraran todos.

   El hoplita ha hecho caso del estratego y sigue, con todos sus compañeros, a la espera. De pronto se oye un murmullo en las filas griegas. Es un águila que las sobrevuela, signo de buen augurio. Pero los buenos augurios son sólo eso, buenos augurios, y ni quitan el miedo ni consiguen que el ejército persa se desvanezca. A su derecha el hoplita sólo tiene la falange espartana y después el campo abierto. Mira a su izquierda y ve filas y más filas de cascos. Si fuera el águila podría hacerse, desde lo alto, una idea del orden total de batalla. Muy abierto, de más de diez estadios de largo e imitando la quilla de un barco con los espartanos avanzados en el flanco derecho y los eginetas y corintios en el izquierdo. Y con tres falanges de profundidad, cuatro en el centro para intentar perforar el centro persa, con pasillos horizontales y verticales entre ellas para que puedan moverse los correos de un flanco a otro, para que los heraldos suban y bajen transmitiendo las órdenes de los estrategos y para que pueda maniobrar la infantería ligera. El hoplita sólo sabe, porque los exploradores informaron a los estrategos, que quienes están enfrente y van a chocar contra ellos son tropas mercenarias bactrias, gentes de los confines del imperio persa. Ese no saber... No saber cómo son los bactrios, qué color de cara tienen, cómo son sus espadas, cómo su mirada, qué voces darán en su lengua bárbara al recibir el hierro antes de que se les nuble la vista. O al hincarlo en un vientre griego...

   Brillan bajo el sol los cascos y las armas griegos. El hoplita ve que los persas han empezado a avanzar levantando polvo. Por la izquierda el polvo del frente persa alcanza hasta perderse de vista. Se levanta viento y el polvo persa quiere venir hacia el campo griego. Como si quisiera envolver a ambos ejércitos antes de su encuentro fatal, como si las partículas de polvo persa quisieran penetran por la boca de todos los guerreros griegos como miasma que les oprimiera la garganta hasta estremecerlos. Y cuando los cascos y las armas persas empiezan a distinguirse y brillar en medio del polvo, polvo, miedo y sol confunden los tamaños y muchos se preguntan si los persas son así o es que ya están ahí mismo.

   La flor de la juventud griega. La flor de la juventud persa. Músculos que se tensan. Nudos en los estómagos. Destinos pendientes. Destinos comunes para ejércitos opuestos.

   Los espartanos ya avanzan y también los megareos de la falange de enfrente.. El estratego manda entonar el peán y todos los hoplitas de la falange cantan. Da orden de avanzar y avanzan al paso manteniendo la distancia con los megareos. Ya se oyen los gritos de los persas.

   De repente los persas se paran. Pero sólo los que están frente a las tres falanges derechas griegas mientras el resto sigue avanzando. Se oye una palabra que viene corriendo hacia atrás desde las primeras filas espartanas: ¡carros! Los persas van a sacar los carros. Los estrategos espartanos, el megareo y el de la falange del hoplita transmiten órdenes a la infantería ligera, en la retaguardia, para que avance al frente con las lanzas. La infantería ligera viene corriendo por los espacios laterales entre las falanges. Suenan cascos de caballos en el frente persa pero no son los carros, es la caballería que recorre horizontalmente, más allá del alcance de las lanzas, el espacio vacío entre los dos ejércitos. El hoplita oye la contraorden de los estrategos para que la infantería ligera vuelva atrás y ve cómo se atropellan los que siguen avanzando con los que ya retroceden. Oye después, sin entender, las voces de los estrategos espartanos y ve varios correos que pasan cabalgando por detrás y por delante de su falange hacia el ala izquierda. Van en busca de los arqueros atenienses que ocupan el centro de la formación. Ve desplegarse la caballería persa y se extraña de que no carguen contra ellos sino que sigan cabalgando horizontalmente hacia no se sabe dónde. Otra vez ese no saber. Escalofrío, el sabor del miedo en el paladar. El resto de hoplitas tampoco entiende qué hacen los jinetes persas pero ninguno pregunta: ya lo sabrá el estratego. De repente se oye una voz de mando persa. Y sí, el estratego sabe; porque manda cubrirse en el mismo momento en que la caballería persa se detiene. El hoplita sólo ve salir la lluvia de flechas. Y, tras el escudo, no las ve cruzar el sol y el cielo, sólo oye cómo vienen silbando las flechas.

   Flechas preñadas de muerte.

concursoderelatos
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  • 24 de Enero de 2011 a las 20:05

ELUSIONES

 

Aparcó el coche cerca de su portal. Dirigió sus pasos hacia la panadería que estaba dos manzanas más arriba para coger, minutos antes de que cerrara la tienda,  la barra de pan que Conchi le guardaba a diario. Hoy necesitaba un par de litros de leche; se repitió a sí mismo que no tenía que olvidarlo. Solía pasarle, se embelesaba charlando y con la conversación al final se iba con la barra olvidando el resto de las cosas que debería haber pedido.

Le gustaba entretenerse en aquella tienda; el olor lo envolvía en dulzura y la mujer que la atendía, además de ser atractiva, tenía sonrisa fácil, bastante sentido del humor y una amabilidad y cercanía que eran de agradecer después de un día de rutina al que sólo le esperaba, como remate, una cena solitaria. Mantenían un coqueteo inocente que nunca llegaría a ninguna parte; era divertido: Conchi retornaba por unos instantes a su adolescencia seductora y él se sentía, durante esos minutos de ironías, como el galán de cine que nunca fue ni pretendió ser.

Se despidió hasta el día siguiente con sus dos litros de leche y su barra de pan. Aún sonriendo por el recuerdo de la última broma que Conchi le había dedicado, llegó frente a su puerta. Su mano recorrió el bolsillo de la cazadora buscando las llaves. No estaban. Repitió la búsqueda en todos los bolsillos de su vestuario. Tampoco. Quizás se hubieran caído en la bolsa. No, allí sólo había leche y pan. ¿En el coche? No, estaba seguro. Se vio a sí mismo jugando con ellas sobre el mostrador mientras hablaba con la panadera: se las había dejado allí. Miró el reloj, ya habría cerrado, pero era posible que ella estuviera en la tienda aún. Tenía que intentarlo, no podía entrar en casa sin llaves. Colgó la bosa en el tirador de la puerta y salió corriendo hacia la panadería.

 

¿Qué iba a hacer yo? ¡Ah, sí! Sacar el pan de la bolsa y guardar la leche, ¿era eso? Iba a hacer algo más… Llaman. Y quien sea tiene prisa. Joder, ya oigo el timbre, no hace falta aporrear la puerta.

            —Voy. ¡Voy! ¡Que ya voy, coño!

 

Aunque la reja del cierre no estaba puesta, el cartel de cerrado era visible y la llave estaba echada. Había luz dentro. Golpeó el cristal. Conchi asomó la cabeza por la puerta de la trastienda. Al ver que era Diego acomodó una gran sonrisa en su rostro y fue a abrir.

            —Pasa, pasa. Sí, te las has dejado aquí —dijo franqueándole la entrada y volviendo a cerrar tras de sí —. Que no puedes estar sin mí y ya no sabes qué inventarte para venir a verme.

            —Mientras no me las hayas quitado tú para hacer que volviera…

Ambos rieron. Conchi pasó de nuevo a la trastienda y salió con el llavero en la mano.

            —Pues ya que has venido… podías hacerme un favor grande.

            —Lo que tú me digas, princesa. Ya sabes que hacerte un favor es uno de mis sueños.

 

            —Lo de hacerte el tonto para que te den por loco está bien; pero eso ya luego, con tu abogado y con vistas al juicio. Ahora yo sólo quiero que me cuentes lo que pasó. Mi compañera está muy cabreada, es muy feminista y ya sabes… no entienden nada. Es mejor que no llegues a hablar con ella, habla conmigo y te ahorras ese trago.

¿Estoy en un despacho?, y este tío… ¿quién es? ¿Qué quiere que le cuente si no entiendo nada? Me debo de estar volviendo loco.

            —Yo lo veo así, dime si me equivoco: la chica estaba buena,  llevaba tiempo poniéndote ojitos. Te puso especialmente cachondo y por eso regresaste, ¿verdad? ¿Qué pasó luego?, ¿se hizo la estrecha? Estas mujeres… ¿Quieres fumar? Está prohibido, ya lo sé, pero éste es mi despacho, que les den por culo a todos. Tú me entiendes, ¿verdad? Venga, no tengas miedo, cuéntamelo.

 

            —Qué zángano eres, tonto—respondió fingiendo rubor y sin disimular el agrado que sentía —. Lo que quiero es que te esperes cinco minutillos a que termine de recoger y me acompañes hasta la parada del metro. Es que llevo unos días que me da la sensación de que me sigue alguien. Serán cosas mías… pero yo qué sé… que no voy tranquila.

            —Claro, mujer, ¿cómo no me lo has dicho antes? Te acompaño. Y no hoy, todos los días si quieres. Eso sí… ¿me dejas pasar al baño un minuto? Es que si no… te voy a acompañar con mucha prisa.

            —Claro, pasa. Es esa puerta.

Conchi terminó de apuntar unas cifras en un libro. Alguien volvió a golpear el cristal de la puerta.

            —¡Buah! El tardón del día —refunfuñó.

 

¿Quién es esta mujer que me grita? ¿Y por qué me grita? Esta habitación… ¿dónde estoy? ¿Son esposas lo que llevo? ¡Son esposas! ¿Qué coño está pasando?

            —¡Venga, hijo de la gran puta! Empieza a hablar de una puta vez, a mí no me la das haciéndote el gilipollas. ¿Sabías que tenía dos hijas? Dos y cinco años. Eres un mierda, eso es lo que eres. ¿Se te puso dura cuando la violaste con el machete? ¿Dónde lo has escondido? Cerdo… Te vieron entrar, te vieron salir corriendo y has dejado tu porquería de semen por toda la trastienda. Estás jodido, es mejor que empieces a hablar.

¿De qué me habla?

 

Al abrir, el hombre se abalanzó sobre ella poniendo un cuchillo en su cuello.

            —Baja el cierre, cierra con llave y apaga las luces. —Su voz era un susurro rasgado —. Ni se te ocurra gritar, zorra.

Conchi obedeció. En el aseo, Diego cerraba el grifo, apagaba la luz y abría la puerta. Desde la sombra pudo ver como el intruso lanzaba a Conchi contra el suelo con un violento empujón. Quiso saltar sobre el hombre, sin embargo no se movió. Vio cómo le desgarraba la ropa. Escuchó los lamentos ahogados de la mujer. Contempló como cortaba su piel en el vientre y en los brazos. Sintió el dolor de la mutilación de sus pezones. Se estremeció observando como la penetraba con aquel enorme cuchillo. Fue testigo de la masturbación más macabra que nunca hubiera podido imaginar. Notó en su propio cuerpo cómo se deslizaba el cuchillo sobre el cuello de Conchi. Comprendió cómo se desangraba.

En todo momento se decía que tenía que hacer algo. No podía, sus músculos no obedecían, algo le impedía moverse. Nada físico, una fuerza que no era capaz de dominar. Adivinó momentos en los que ese desalmado estaba indefenso, en los que hubiera sido fácil reducirlo. No pudo. Sólo fue capaz de ocultarse en la sombra y mirar.

Aquel individuo se tomó su tiempo para abandonar el local. Diego tardó unos cinco minutos más en lograr salir del servicio. Todo su cuerpo temblaba. Cogió sus llaves y salió corriendo de allí. Tenía que salir de allí.

En su casa se dejó caer en el suelo. Seguía temblando.

            —¿Qué he hecho? Dios mío, ¿qué he hecho? O mejor dicho, ¿qué no he hecho? La ha matado. ¡La ha matado! Y yo allí, mirando y sin hacer nada. ¿Qué he hecho? Soy un cobarde de mierda y Conchi está muerta. ¡Un cobarde de mierda! ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? —Siguió repitiendo la pregunta una y otra vez.

 

¿Esa luz? Me molesta. Tengo la boca seca. ¿Qué pasa? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Me duele la cabeza. No veo bien. ¿Qué es esa luz? ¿Dónde estoy? Estoy atado.  ¿Extraterrestres? ¿Me habrán abducido? No jodas… ¿Qué pasa? ¿Quién habla?

            —Ya se está pasando el efecto del sedante, está abriendo los ojos. Ya se lo he dicho, no van a conseguir nada hablando con él.

            —Y esa amnesia…

            —Anterógrada.

            —Eso, ¿tiene cura? Las muestras de semen lo descartan, pero es el único testigo que tenemos.

            —Es pronto para saberlo. Tenemos que identificar las causas. El paciente presenta múltiples traumatismos craneoencefálicos, hay que valorar el alcance de las lesiones, si las hay. También presenta evidentes signos de encontrarse en estado de shock.

 

—¡¿Qué has hecho?! ¡¿Qué has hecho?! —Empezó a golpear su cabeza contra la pared sin dejar de repetirse la misma pregunta.

Los golpes eran cada vez más fuertes, más violentos. No parecía que aquello fuera a acabar nunca. El último topetazo fue particularmente impetuoso. Su cabeza sacudió el suelo: parecía muerto, tal vez sólo había perdido el conocimiento, posiblemente sólo estaba quieto. Así pasaron una, dos, tres… quizás cuatro horas. Pudieron ser cinco; tal vez fueron más.

Diego giró la cabeza, primero a un lado, luego al otro. Con movimientos torpes se levantó, cogió la bolsa de la compra y fue a la cocina. Dejó la barra de pan sobre la encimera, tomó los bricks de leche y fue a colocarlos en el frigorífico. Se detuvo un momento, parecía confuso. El timbre empezó a sonar de forma insistente, casi al mismo tiempo empezaron los golpes que parecían querer tirar la puerta abajo.

            —Voy. ¡Voy! ¡Que ya voy, coño!

 

 

 

 

 

           

 

 

concursoderelatos
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  • 25 de Enero de 2011 a las 13:46

DEATH BONE

 

 

I.

 

Yo lo había visto cavando zanjas y arrancando raíces con las manos, encendiendo fósforos sobre la eminencia del pulgar y, cuando estaba borracho, apagando los cigarrillos entre las yemas de los dedos. Una tarde, en el meadero, vi esos dedos sujetando una criatura monstruosa, toda compuesta de tierra seca y algodón rosa, recubierta de una arrugada corteza de secuoya. Una vena como la interestatal cuarenta pulsaba en toda su longitud, pausada, dotando a la pieza de carne negra de una pereza amenazante, la pereza de un león en duermevela después de un festín de carne. La carne multiplica la carne y el reverendo Baxter no se cansaba de advertirnos contra el peligro, la exaltación del instinto que la dieta de sangre provoca, la necesidad de guardar a nuestras hijas mientras la bestia siga suelta, porque la bestia siempre está hambrienta y su voracidad es incansable.

La mayor de mis hijas se llamaba Margarita. La había visto crecer y rebelarse contra su madre, contra lo que ella consideraba «la injusticia civil» y contra todo lo que representase tradición, rectitud y armonía. A fin de cuentas, jugaba a odiar todo lo que yo podía representar sin llegar al punto de identificar esas imágenes con mi persona. Su rabioso sentido de la humanidad me había indultado, tal vez por ser yo un hombre que siempre ha creído profundamente en todo aquello en lo que creía. No he sido nunca un tipo susceptible de rendirme a modas pasajeras o creencias superficiales. Yo adoraba mi trabajo, sentía un insondable respeto por mis antepasados y eduqué a mi primera hija lo mejor que pude. Lamento no poder decir lo mismo de las siguientes, a quienes desamparé cuando me retiré de la vida como tal, consagrando mi irrevocable existencia a la postración, la apatía y la hibridación de mi cuerpo vivo con mi cadáver, esperando la muerte.

A mi hija me la mataron en una noche de carnaval. A pesar de la negativa de su madre, Margarita vino a columpiarse sobre mis muslos, y asiéndose en las cuerdas membrudas de mis brazos me suplicó unas horas de aire nocturno. Unas horas, nada más. Habían venido unas compañeras suyas que estudiaban en Tulane. Eran hijas y vecinas de los Zee, gente que ostentaba la tierra suficiente para dejar la moral en el lado de la balanza que más cerca queda del fango. Yo toleraba aquello con paciencia, ya que en aquellos tiempos aún latía la esperanza de que la máquina de hacer dinero acabase salpicada de mierda, por muy alta que estuviese. Creía firmemente en que el Señor engrasa todas las balanzas del hombre, y confiaba en que la máquina moral alternase con los tiempos sin llegar a verse del todo ennegrecida. Más tarde, cuando mi cadáver se me sentó a cenar en la mesa queriendo usurpar el puesto del cuerpo que aún seguía vivo, perdí aquella fe. La máquina moral fue exterminada, el Señor se olvidó de los hombres y la bestia se alzó con el dominio de nuestros campos. La máquina de hacer dinero se siguió alimentando sin apenas emitir un quejido. Pero estábamos en la tarde del Mardi Gras. Sarah Zee vino a recoger a Margarita con unos chicos blancos, universitarios, atléticos. Su educación cautivó a mi esposa y la dejamos ir. Nunca pensaré que supliqué lo suficiente a aquellos chicos, ni que fueran conscientes de todo lo que les entregaba. Margarita salió emperejilada con aquel vestido maldito que iba a convertirse en lienzo de sangre y barro. Cuando lo compramos en el mercadillo de Westwego no éramos conscientes de que adquiríamos futuras pruebas para un juicio; por entonces se trataba sencillamente de un vestido de raso estampado con orquídeas. Cuando se terminó el juicio y se archivó el caso nos devolvieron todo aquello: un jirón de barro, un cinturón de sangre y unas bragas apergaminadas que destilaban un rancio polvo de esperma. Lo metí todo en un bidón de gasolina y lo quemé en el jardín trasero; mi esposa tuvo que sujetarme para evitar que mi cuerpo fuese dentro del fuego. Si no lo hubiera hecho, quizá mi cadáver no estaría ahora ganando el terreno de mi cuerpo, noche tras noche.

Fue violada y estrangulada por un negro. Vieron a un endriago monstruoso llevársela de la cabalgata entre las ocho y las nueve de la noche. Me interrogaron una y mil veces por sus amistades. Margarita no iba con negros. Hubo ruedas de reconocimiento, sobre todo para la señora Hershey, la última que, al parecer, había visto a mi hija con vida. Aquellos pijos de Tulane la habían emborrachado, y ella se dejó remolcar del brazo equivocado. Tal vez estaba drogada; nunca quise oír detalles al respecto. La señora Hershey terminó por señalar a dos hombres, dudosa, diría que cansada de acudir a los juzgados. Uno era Ephren Redgrave, un fornido albañil del pueblo, y el otro Spike Turner, un proxeneta del Big Easy. Las pruebas descartaron pronto a Spike Turner, y el albañil Redgrave fue a juicio. El jurado popular lo condenó a pagar cuarenta y cinco años.

Yo lo había visto conduciendo su camioneta por el pueblo, con su gorra y toda aquella mugre, y nos habíamos saludado como buenos veteranos POW’s al coincidir en la barra del Crawfish Bar. Él bebía Jack con cola si había cobrado la paga, y yo, que siempre he sido un tipo honrado y nada presuntuoso, me refrescaba la garganta con cerveza. Yo lo había visto pelear, lo había visto coger a un hombre como si fuese un rastrillo y hacerle empujar las colillas del suelo con la lengua. Ephren Redgrave parecía un tipo tranquilo, pero sus manos eran las de un asesino. En una ocasión, cuando el meadero de tíos estaba lleno, pasé al lavabo de mujeres y lo sorprendí fornicando con Molly Roundhips, una mujer blanca que rondaba la cincuentena, la solterona más cachonda del pueblo. Ella estaba doblada por la mitad, apoyando las manos en las paredes, y el culo se lo tenía ofrecido a la bestia. En aquel pene gigante, escrito en rouge sobre negro, había una leyenda que decía: «Death bone».

Me fui dejando morir sin encontrar ningún alivio en el hecho de que el monstruo de Redgrave estuviese encerrado bajo llave. Fue durante su cautividad que mi propio cadáver se fue adueñando de mi ser en cuanto a materia se refiere. Y en lo etéreo, un poder extraño se instaló en nuestro hogar, como si se tratase del aliento perverso de Redgrave, su apetito animal, el que ocupaba el espacio que mi anterior espíritu había dejado vacante.

Más tarde, abandoné mi casa y mi familia.

 

 

 

II.

 

Reverendo Baxter: Cómo ha ido la semana, John.

John Corpse: Yo lo había visto cavando zanjas y…

Reverendo Baxter: ¿Lo ha hecho más veces?

John Corpse: Oh, Maggie ya es una mujer.

Reverendo Baxter: Así que sigue rondando…

John Corpse: No puedo evitarlo, doctor. Maggie florece en su cuerpo y he de asistir, de algún modo.

Reverendo Baxter: John, escúcheme. Maggie está muerta.

John Corpse: Lo sé.

Reverendo Baxter: Dígame entonces por qué tiembla.

John Corpse: No desearía hacerlo, le juro que nada, nada en absoluto haría que yo…

Reverendo Baxter: «No tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la Cólera, pues dice la Escritura: Mía es la venganza. Yo daré el pago merecido, dice el Señor».

John Corpse: «El justo exultará al ver la venganza, y sus pies lavará en la sangre del impío».

Reverendo Baxter: ¡Cállese, por Dios!

John Corpse: Ella está callada, pero yo hablaré por ella, reverendo. ¡Por todos los diablos!, ¡no tiene derecho a mandarme callar ahora!

Reverendo Baxter: Pensé que podría serle de ayuda, pero veo que lo tiene bien claro. Ahora, por favor déjeme de visitar o tendré que avisar a las autoridades. No querría despedirme de usted en un patíbulo.

John Corpse: Yo lo había visto conduciendo su camioneta por el pueblo, con su gorra y toda aquella mugre…

 

 

III.

 

Mamá me llama frijol, papá me llama frijol y el hombre blanco me llama hija de puta. Papá me dice que no responda, pues mamá no es una puta y él no puede salir a defenderme, así que el hombre blanco me sigue cada tarde, al salir de clase, y me susurra entre dientes: Maggie, hija de puta. Yo le oigo. Al principio creía que no era a mí a quien se dirigía, porque yo no me llamo Maggie, pero más tarde estaba segura: hablaba conmigo. En una ocasión me giré hacia él para plantarle cara, y su mirada me hizo llorar. Mamá dice que no debo informar a la policía porque los negros pierden. Papá está encerrado, a mí me llaman hija de puta y mamá no puede hacer nada: los negros pierden. Siempre.

Me cuido de no entretenerme en el trayecto de vuelta. El hombre blanco duerme en el bosque, es un hombre que no tiene casa. Me ronda con un palo, pero nunca nadie lo ve. Hace un círculo con el pulgar y el índice y luego introduce el palo rozándose la piel hasta hacer sangre. Intento no mirarle, pero me es imposible. Mamá quiere proteger a papá, dice que si hablo sobre el palo del hombre blanco que ahora vive en el bosque mi papá no saldrá nunca a la calle. Dice que le colgarán. Yo observo el palo del hombre blanco y cómo se roza hasta hacer sangre y lloro para dentro y me callo. Y a mamá ya no le cuento nada.

Durante el día, mamá cocina en Tasty’s y el hombre blanco entra en casa. Gracias a Dios yo estoy en el colegio. Mamá sabe que entra en casa, yo sé que entra en casa, pero no decimos ni hacemos nada al respecto. A veces, cuando regreso, encuentro unas bragas quemadas sobre la cama, y sobre ellas un líquido pegajoso y brillante, blanco como leche condensada. Otras veces encuentro un palo ensangrentado donde están talladas dos palabras: «Death Bone». No sé qué significado tiene, pero no me gusta. No me gusta en absoluto. Por las noches escucho al hombre blanco en el jardín, tallando otro palo con el cuchillo.

           

concursoderelatos
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  • 26 de Enero de 2011 a las 10:38
Detenida
Enciendo el cigarrillo y me quedo mirando el paisaje detrás de la ventana. Apoyada en la encimera de la cocina, quieta, mientras la vida pasa y todos siguen su marcha, yo me detengo, cada vez con más frecuencia, a mirar por la ventana, a fumar un cigarrillo y a pensar. A veces creo ser incluso un poco feliz mientras aspiro el humo y veo, sin esperar nada, sin que nadie espere nada de mí, cómo se mueven los árboles o la gente, mientras pasean a sus perros, o los coches pasan. Se mueven. Y yo siento que estoy detenida. Y no importa que el cigarrillo se termine y yo vuelva a todas las tareas con las que generalmente me ocupo. Esa sensación no desaparece. Cuando estoy en la ventana y veo cómo el resto de las personas que tienen un destino se mueven, cómo parecen saber exactamente dónde dirigirse,  pienso que parece fácil, como sacar un billete de tren e ir a alguna parte, tener un destino, saber dónde se quiere ir. Sin embargo para mí no es así. 


En marcha
 A veces me pregunto si veré desprenderse la piel de un glaciar o acariciaré con mi mirada las cúpulas redondas de palacios lejanos, me pregunto si está hecha para mis dedos la suavidad de los ríos turquesas que riegan Nueva Zelanda o si podré  algún día recostarme de espaldas a contemplar la aurora boreal. Hay tantas cosas hermosas del mundo que me gustaría ver antes de morir, que creo que por eso miro siempre los documentales de la 2. Te enteras por ejemplo de por qué está descendiendo, a manos de cazadores furtivos, la población del puma americano, y eso te da una visión poliédrica del mundo. Sin embargo mi marido sólo mira fútbol y a veces también el telediario. Yo veo todos los documentales de la 2 y de Discovery Chanel. A mis hijos, cuando vivían en casa, les ponía siempre documentales, pero se aburrían y preferían sentarse en el ordenador. Yo nunca me aburro viendo documentales. Cuando vamos de vacaciones a la casa de  Fuengirola, porque para eso la compramos, suelo mirar incluso durante horas los viejos Atlas de mi padre y entonces me pregunto si en aquellos pueblos tan lejanos también hay mujeres que sueñan con viajar por todo el mundo, si también a ellas el corazón, algunas noches, parece que se lo apretaran unas manos invisibles, al darse cuenta que las cosas más bellas no han sido creadas para ellas. 

Estaciones intermedias
Muchas noches no puedo dormir. Me quedo pensando e intento entender qué me está pasando, por qué vuelvo siempre a la misma ventana, a fumar un cigarrillo y a pensar las mismas cosas, con lo fácil que sería comprarme un perro y sacarlo a pasear. Por qué soy la única que parece habitar en estaciones intermedias y entonces pienso en todos esos trenes yendo y viniendo y me doy cuenta que la vida se me está terminando y que no hay mucho tiempo para detenerse, que quizás no importen tanto los destinos, sino el movimiento. Y me doy cuenta que nos vamos a morir tarde o temprano y que pasarse las noches pensando en trenes no tiene mucho sentido. Por eso no puedo dormir. Una noche me levanté y salí a pasear, era ya muy tarde y por la calle nada se movía, pero fue muy agradable ver cómo en las ventanas no había ninguna mujer fumando. Llegué hasta la avenida y allí encontré coches, y gente que reía caminando de la mano y personas fuera de los bares. Pero fui incapaz de detenerme en algún bar, aunque deseaba un Bloddy Mary, seguí caminado, mirando la gente en las ventanas, preguntándome  ¿Conocen ellos su destino? ¿Se sentirán también  a veces detenidos? ¿Habitarán estaciones intermedias? 



Vagones imposibles
A veces me doy cuenta que no sé nada. En realidad y aunque me esfuerce por comprender las cosas, a veces dudo de todo lo que creo que sé. Dudo que Alfredo me necesite, o de si envejeceré a su lado, dudo si seguiré aquí esperando que los niños vuelvan sólo a casa para navidades o , que mirar los documentales en la 2 sirva para tener una visión poliédrica del mundo, dudo que valga la pena mantener la casa en orden y que una buena mujer es aquella que no grita y no se queja, incluso dudo de la importancia de cocinar el almuerzo (porque Alfredo volverá a decirme que comerá en el bufete de la empresa y entonces yo, que estaba segura de que esta vez vendría, vuelvo a congelar otro almuerzo, que casi ya no entra entre todos los almuerzos congelados) y dudo, sobre todo,  que sea demasiado tarde para cambiar. Dicen, los que saben sobre comportamiento animal, que  hasta las ratas de laboratorio aprenden perfectamente sobre qué botón hay que apretar para autosuministrarse el alimento. Yo sin embargo no me parezco mucho a la rata de laboratorio. Parezco olvidar las cosas esenciales. Y vuelvo a cuestionarme, mientras miro por la ventana y fumo, por qué no me gustan las telenovelas ni me hace ilusión ir al supermercado ni por qué no quiero ir a uno de esos centros de Spá, como me recomienda mi amiga Camila. Y es que Camila ha pasado por muy malos momentos y siempre ha salido de ellos con nariz nueva o nuevos pechos o cambio radical en el color del pelo. A mí no me gusta contarle mis cosas a la peluquera y mantengo el mismo color de tinte desde los treinta años, quizás por eso no puedo ser como Camila. Yo ni siquiera he cambiado el color de las paredes de mi casa en quince años. Y es que siempre supe conformarme. Pero ahora es distinto. Cuando miro por la ventana y dudo de todo,  pienso que  alguna de las personas que pasan puedo ser yo, y que es tan fácil como decidir un destino y montarse en un tren, aunque los vagones estén cargados de sueños imposibles.

Cercanías
El otro día estaba sentada junto a la mesa camilla,  mirando un documental en la 2 que hablaba sobre la vida del camarón troglóbido de las profundidades de las cavernas de la península de Yucatán, y pensé que para ciertos bichos estar ciego es natural, entonces sentí miedo y tuve que salir corriendo de casa y dejé todo encendido, tal es el miedo que sentí. Y me fui a caminar por la avenida,  porque a esa hora las calles están llenas de gente que van y vienen en todas direcciones y  sin darme cuenta, en un momento, estaba frente a la estación de cercanías que hay al final de la avenida. Entonces sentí curiosidad por ver los trenes y a las personas que llegan y se van y me senté en un banco a fumar un cigarrillo, pero los trenes no se movían y aunque había personas, estaban todas charlando o esperando, pero ninguna se movía en los andenes y me sentí decepcionada y volví a casa un poco triste. Estaba Alfredo y me preguntó dónde había estado, pero no pareció importarle que la gente no se moviera ni que los trenes no se fueran ni llegaran, me pidió que le hiciera un té y se encerró en el despacho y yo se lo hice, pero después, cuando volví a sentarme junto a la mesa camilla, me di cuenta asombrada que también todo se detiene a veces hasta en cercanías.


El destino
Hace algunas noches, mientras Alfredo dormía,  me preparé un Bloddy Mary y me senté en el rellano de la escalera y me di cuenta que no hace falta comprender las cosas, que quizás las cosas pasan y en realidad comprender no sirve para que las cosas pasen o dejen de pasar. Que la vida es como un tren  que te lleva en el que a veces, si haces muchas preguntas, te puedes sentir detenida, porque ves que lo que se mueve está sólo detrás de las ventanas.  Me di cuenta que voy a terminar por  envejecer junto a Alfredo y a esperar siempre a los niños en navidades y que seguiré  mirando los documentales de la 2 y fumando en la ventana sintiéndome incluso un poco feliz cuando veo la gente pasar. Porque los trenes cargados de sueños imposibles son para los que no tienen miedo. Pintaré las paredes de mi casa, cambiaré de color mis cabellos y aún así, seguiré necesitando encontrar, de tanto en tanto, nuevas  razones para olvidar lo que se está extinguiendo en mi vida. Pasarán los años y con suerte me empezarán a gustar las telenovelas o en algún momento, dejaré de pensar que hay tanto encanto en la suavidad turquesa de los ríos de Nueva Zelanda y mientras veo pasar desde la ventana todas las vidas que no serán las mías, quizás, deje de sentir miedo de que mi vida sea solamente este pequeño rellano donde nunca pasa nada,  y prenderé un cigarrillo sin dudar de que éste es, en definitiva, el destino que escogí.

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  • 26 de Enero de 2011 a las 21:17
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  • 26 de Enero de 2011 a las 22:01

Bajo la almohada

- Alberto, tienes que venir...
Aquella llamada llegó de madrugada, a la hora en la que sólo se reciben las peores noticias. Llevaba casi veinte años esperándola, los mismos que llevaba viviendo solo. Aún así, mis manos temblaban cuando colgué el auricular, y todavía temblaban cuando salí a la calle buscando un taxi.
El recuerdo más vívido de mi niñez son los gritos de mi padre, sus insultos, sus amenazas, sus golpes. Sobre todo por la noche, de madrugada, cuando ni siquiera conseguía sofocarlos metiendo la cabeza bajo la almohada, el cuerpo temblando de miedo y de rabia, tragándome mis propios gritos para no llamar su atención y sintiéndome miserable por dejar sola a mi madre, a merced de aquella bestia. A pesar de todo, ella nunca gritó, nunca se quejó a pesar de los moratones que lucía muchas veces, al día siguiente. Y aquello era aún peor porque su silencio entre los golpes que caían como latigazos alimentaba más su furia. Cuando la tormenta cesaba, muchas noches me dormía con la incertidumbre de no saber si aquella vez se le habría ido la mano y la habría matado. A veces, me levantaba sigilosamente y me acercaba temblando a la puerta de su dormitorio para tratar de atisbar algún signo de vida en ella que me tranquilizase. Otras, me arrebujaba en las mantas esperando oír el ruido de las sirenas.
- Alberto, tienes que venir… Es mamá…
Mi padre nunca nos puso la mano encima, ni a mi hermana ni a mí. Siempre mantuvo una distancia fría e inamovible que no salvaba ni siquiera para castigarnos: nos gritaba y reñía pero nunca nos pegó. Esperaba a que estuviésemos en la cama. Entonces los oía discutir, casi siempre acababa a gritos. Muchas veces, a golpes. Algunas, en palizas. Nos castigaba a través de mi madre y, a ella, a través de nosotros.
Pero, así como nunca nos pegó, tampoco recuerdo ningún gesto de cariño: un abrazo, una caricia, ni siquiera una triste palmada. Parecía rehuir nuestro contacto, como si quemásemos. O como si le diésemos asco.
Una de las noches en que la almohada consiguió que me durmiese, me levanté de madrugada tras un sueño breve pero denso. Cuando llegué al baño, él estaba ante el lavamanos, mirándose en el espejo. Quedé petrificado, incapaz de moverme, de escapar. Él giró la cara y me miró. Estaba llorando. Sentí como si todo mi ser se vaciase, como si me arrancasen las entrañas. Deseé fundirme, desaparecer, ser invisible. Deseé no haber nacido. Como en un sueño, él se acercó, se arrodilló ante mí y me miró a los ojos. Sentí que aquella mirada me traspasaba, que contemplaba algo a millones de kilómetros detrás de mí. Entonces me abrazó. Pero no como un padre abraza a un hijo, sino como un náufrago se aferra a un tablón carcomido en medio del océano. Y lloró, sus hombros se sacudían entre sollozos quedos que zarandeaban mi cuerpo mientras sus dedos se hundían en mi carne, crispados. Me quedé plantado, sin poder mover ni un músculo mientras vaciaba sus lágrimas sobre mí, inerte como una marioneta colgada en una percha.
Apenas duró unos segundos, tras los cuales se levantó y se marchó en silencio.
Cuando conseguí recuperarme, me abalancé sobre el retrete y vomité.
Nunca más volvió a tocarme. Nunca dio signos de que aquello hubiese pasado. Después de aquella noche, puse aún más ahínco en esquivarlo hasta que cumplí los dieciocho años y huí de casa.
- Alberto, tienes que venir… Es mamá… Ha…
Cuando finalmente el taxi llegó a casa de mis padres, ya se llevaban a mi madre. Apenas pude atisbarla un segundo antes de que la metiesen en un furgón.
Busqué con la mirada a mi hermana y fue cuando lo vi a él. Lo estaban sacando por la puerta. Iba en una camilla, dentro de una bolsa oscura.
- Alberto, tienes que venir… Es mamá… Ha matado a papá.
Como aquella noche, me quedé petrificado mientras metían la camilla en la ambulancia, que partió con las sirenas apagadas. Por un momento, tuve la sobrecogedora visión de mi padre abriendo la bolsa, saliendo al exterior y abalanzándose sobre mí, con los ojos anegados en lágrimas de sangre. Con un respingo, aquella idea se esfumó como un mal sueño que deja un regusto amargo al despertar.
Pensé en mi madre, con su estoico aguante, con su muda resistencia. La imaginé hundiendo un cuchillo en el cuerpo de su marido, atravesando la carne, liberándose con cada cuchillada. No pude (ni quise) evitar sentirme orgulloso de ella y, al igual que cuando escondía mi cabeza bajo la almohada, me sentí miserable y cobarde por haberla dejado sola. Porque, a pesar de todo, siempre había albergado la esperanza de que algún día podría reunir el valor suficiente para matar a ese cerdo.

concursoderelatos
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  • 26 de Enero de 2011 a las 23:38

LA MIRADA DEL MIEDO


Sus ojos se deslizaban atemorizados de un lado  a otro; sus hombros temblaban y le hacían bailar una danza maldita, la del conejo que sabe que, antes o después, las garras del águila le atraparán. Viernes noche en casa de los Suárez. Su madre le heló la sangre cuando comunicó a todos que la prima Julia pasaría el sábado con ellos. Iván conocía el miedo, por eso lo temía tanto. No era el miedo a lo desconocido, no era el miedo fantasioso de un niño de 7 años. Era el miedo real, aquel que te enfría la nuca con su vaho, el que te aprieta con sus garras y te deja sin respiración el tiempo suficiente para que sepas que estás en sus manos. Toda su familia reía los chistes del programa de la tele, todos menos Iván, porque su prima Julia iba a pasar el sábado con ellos.

 

Iván se despertó muy temprano, como hacía todos los sábados desde que reponían a las ocho “La Rosa Amarilla”. Sus sábados eran felices, de televisión y pijama, de cola caos y galletas. Sus hermanos adolescentes dormían la borrachera y sus padres le dejaban en paz. Pero Iván no salió de su cama, ni siquiera al darse cuenta de que se había orinado en ella. Su madre le obligó a levantarse sobre las 12. Debía bañarse y estar presentable para cuando llegara su prima. Mientras le frotaba su cuerpo, tan blanco y transparente que las venas se dejaban ver, su madre le pidió que esta vez se acercara más a Julia.


-…así que esta vez, haz el favor de ser más amable con tu prima, ¿eh? Que la pobre bastante tiene con lo suyo. Y no la tengas miedo.


Las palabras de la madre no consiguieron menguar el sentir de su hijo. Ya faltaba poco para que sonara el timbre de la puerta. Tras ella, estaría Julia con su madre, la Tía María. Sus hermanos mayores se tomaban a broma el miedo que sentía Iván. Entre risas, le decían que ya venía la bruja Julia, la monstrua, la demonio… hasta que la madre les reñía por tener tan poca consideración con la pobre Julia. A fin de cuentas, qué culpa iba a tener ella por lo que le pasó.

 
Puntual como siempre, la Tía María llamó al timbre con sus dos toques habituales. El irritante sonido que emanó fue como una cuchillada en el pecho para el niño. Su madre le acarició levemente la mejilla antes de ir a abrirles. Un jaleoso hola de su tía fue la banda sonora de su primera mirada a Julia. Y allí estaba ella, mirándole con su único ojo, el que se libró del impacto del cohete, el que consiguió evitar el hundimiento de su rostro que sí sufrió su ojo izquierdo. Julia tenía quince años, y diez meses antes fue víctima de una gamberrada brutal. Tras varias operaciones, consiguió tener un aspecto algo menos deforme, pero insuficiente para el niño. Su padre se acercó al crío para decirle que Julia no muerde, que se acostumbre a mirarla, y que dentro de poco una nueva operación le dejaría con mejor rostro. Pero aquello no consolaba a Iván, que a duras penas conseguía elevar sus ojos para verla, y cuando lo hacía, ella siempre mantenía su mirada dirigida a su primo pequeño.


No tardaron en sentarse en la mesa para almorzar. Iván se apañó para hacerlo lo más alejado de ella posible. Su madre hacía un esfuerzo por integrar a Julia en las conversaciones, aunque ella no acababa de soltarse. Un año antes era una adolescente vivaracha, feliz y siempre sonriente; era incluso descarada. El accidente le cambió por completo; su carácter se agrió, y apenas decía palabra. Sus amigas poco a poco la fueron abandonando. Su novio ni volvió a visitarla tras ver su rostro por primera vez. Cada mirada de Julia era como un navajazo. Iván la sentía incluso sin mirarla, pues se pasó todo el almuerzo cabizbajo, comiendo a un palmo del plato. Su otro hermano le daba patadas en su pierna, y le hacía muecas entre risas mudas.


Al acabar, se levantaron todos. Algunos se fueron a la cocina a lavar los platos y preparar el café, otros directo a la salita a coger sitio entre los sillones. Iván no se separó del padre, hasta que éste le pidió que fuese arriba, y que buscara un reloj antiguo que le quería mostrar a la Tía María. Iván se negó, pero tuvo que ir ante su insistencia. Comenzó una cabalgada más propia de un ñu escapando del hambre de un león. Llegó al armario con la lengua fuera, y fue abriendo cajones hasta que dio con el reloj. Entonces sintió escalofríos. Miró al interior de la puerta del armario, que tenía pegado un espejo, y en él vio a Julia, que sonreía tras él. Se giró lentamente, y la miró como si estuviese ante el mismo diablo. Ambos se quedaron mirando, sin articular palabra. De los dos, la única que disfrutaba de ese momento era ella. Parecía una mantis a punto de devorar a una mosca. Elevó su mano y acarició la mejilla del pequeño, que permanecía tembloroso y jadeante… hasta que se giró y salió corriendo escalera abajo a toda prisa. Tan aprisa que perdió el control y el reloj se cayó al suelo, separándose el cristal de la caja. Se ganó una buena reprimenda de su padre, pero él sonreía por haber escapado de Julia, mientras no se separaba de las faldas de su madre.


Estaban todos sentados, viendo la película de la tarde; algunos más dormidos que despiertos, otros atentos a los vaivenes del protagonista. Julia miraba de reojo con su único ojo a Iván. Y éste le evitaba, hundiéndose en el sofá, al amparo de su madre. Ya quedaba menos de sufrimiento. La tarde avanzaba, y sabía que sobre las siete la Tía María empezaría a despedirse. Eran las seis. Su madre se levantó para traer la merienda. Los dos hermanos mayores se fueron un rato antes para ir a jugar al fútbol. Y su padre y su tía se trasladaron al despacho para hablar de cosas de mayores. Iván se quedó a solas con Julia en la salita, pero él tardó tiempo en darse cuenta, el tiempo que tardó en despertarse, pensando que el brazo donde apoyaba la cabeza era el de su madre, cuando en realidad era el de su prima. Al abrir los ojos y ver de pronto el rostro deforme de su prima, le hizo soltar un grito que rápidamente fue apagado por la mano de Julia, que le tapó la boca. Iván acabó calmándose, tras varios segundos de forcejeo. La presa de Julia optó por mostrarse tranquilo. Desde la cocina, su madre creyó presenciar la tierna imagen que esperaba ver: su hijo aceptando por fin la deformidad de su prima. Pero la realidad era bien distinta.

 
Al poco, la madre llegó con la merienda, proclamando en alto las bondades de los dulces que había comprado. La tensión entre los primos se relajó a base de pastelitos. Iván miró el reloj de la pared, y vio que quedaba poco para que Julia se fuera por fin. Toda la tensión del día se iría de él, al menos hasta que su madre la invitara de nuevo, porque la simple presencia de Julia le atormentaba y le consumía, y no porque le faltara un ojo, no por su rostro deforme, sino por la dureza de saber que la víctima de su gamberrada es su prima, que ella también lo sabe y que está en sus manos para siempre.

concursoderelatos
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  • 27 de Enero de 2011 a las 7:50

Metáforas como montañas

 

Tap tap, las puertas se cerraron. Ernesto comprobó la carga de la batería: suficiente para llegar al pueblo. Pisó el pedal. El coche comenzó a deslizarse sin ruido. Ernesto activó el modo sonoro de ciudad, tráfico intenso.

Clara preguntó:

- ¿Sabes algo de Liu?

- No, nada -Ernesto no quiso dar más aire a la conversación. La pregunta le había resultado tan inoportuna como un semáforo en rojo. Liu llevaba dos semanas sin responder a los correos, ni activar el comunicador.

Echó una mirada al retrovisor. Kiticló se había puesto el cinturón, y rebullía como un cascabel.

- Aitá, pon música.

- Ahora no, Kiticló. Tengo que escuchar a los otros vehículos.

- Pues entonces baja la ventanilla.

- Hace frío. No llevas el abrigo puesto.

- Amá, dame a Grandullón.

Ernesto recordaba que Kiticló había aprendido en dos semanas un montón de palabras chinas. Le había sorprendido que un doctrinario como Liu fuera capaz de desprenderse de su máscara adusta y bajar a la altura de un niño. Sabía de él vagamente que tenía un par de hijos en alguna parte, una ex-mujer, hermanos, padres perdidos en una remota aldea de Sichuan (¡qué aldea china no es remota!). Ahora que había hecho por buscarlo se daba cuenta de la soledad de su vida dedicada a la literatura. Tanto como para desaparecer sin que nadie pudiera fijar el día exacto en que había ocurrido.

El viaje de Liu a España estaba apalabrado para la salida del primer libro. La editorial quería pasearlo, exhibirlo por ferias y eventos. Costó convencerlo. Decía: si salgo de China, quizás no me dejen volver.

- En China no se te lee. Estás ninguneado -le decía Ernesto.

- Prohibido. De facto, prohibido. Pero publicar en Occidente ¿qué me va a dar?

- Lectores. Dinero.

- Lectores a los que no les interesa mi literatura más que por las notas de color folclórico. Queda muy bien tener un escritor chino en el catálogo.

Liu no andaba desencaminado. Ernesto tampoco pretendía engañarlo. De todos los argumentos con los que había fundamentado su propuesta de un nuevo autor, el consejo se había fijado en primer lugar en el apartado “Posicionamiento en el mercado”.

- Si aquí te haces famoso, no te podrán ignorar en China.

- China puede ignorar al mundo. En realidad, es vuestro mundo el que no puede ignorar a China.

Tenía razón. El mundo pronto sería chino.

Ernesto apadrinaba a Liu porque Liu era el escritor que Ernesto sabía que no llegaría a ser. Ernesto había publicado media docena de títulos al cabo de veinte años. No había conseguido pasar del puesto cien del ranking de ventas en castellano, incluso después de que su grupo editorial echara el resto para promocionarle. Ahora ya ni su grupo creía en él, ni él miraba las listas. Sabía qué había de bueno en sus obras. Tenía una idea vaga de lo que les faltaba. Se sentía capaz de escribir de manera aseada, con oficio, con buen ojo para los temas del momento. Pero nada por encima de eso.

Al menos, sus obras le habían abierto una alternativa profesional en la que no pensaba cuando empezó a escribir: ser editor en uno de los sellos. Un día descubrió a Liu, un escritor chino que le llevaba veinte años, que no había conseguido otro reconocimiento salvo el de ser demonizado por las autoridades, pero cuya obra circulaba por las cloacas de internet, de servidor en servidor hasta que lo localizaban y cerraban. Porque China tenía capacidad de obligar a un gobierno occidental a bloquear una página web, si suministraba caracteres chinos. Habían sido sus condiciones para firmar el Tratado de Comercio Virtual: el reconocimiento de la soberanía del Estado sobre la lengua, no importa quién o dónde la hablara y a quién se dirigiera.

Liu empezó a publicar en inglés. Alguien tan desplazado e inadecuado como el propio Liu lo tradujo del inglés al castellano con más voluntad que oficio, y lo presentó sin su conocimiento en un casting literario. Fue una broma, una farsa. Cuando Ernesto descubrió la suplantación, el chasco solo avivó su interés. Localizó a Liu. Aprovechó las vacaciones de verano para viajar a China con Clara y Kiticló. Liu fue su anfitrión.

Decía Liu: nuestros viejos trucos se utilizan por igual para la mentira y la verdad, para la propaganda política, para la publicidad, para el ocio alienante. Tenemos que crear una literatura que no pueda ser manipulada. Hay que sacar la literatura del estrecho marco de la emoción, la empatía, el punto de vista. Hay que atrapar al lector y al mismo tiempo obligarle a ser libre, a mirar lo que se le presenta con la distancia de la no implicación emocional.

El lector se sumergía en las obras de Liu como se sumergen todos los lectores en la ensoñación de vivir una vida ajena, diferente. Hasta que a veces súbitamente, a veces de manera gradual, el lenguaje se transformaba, el punto de vista cambiaba, se diluía, y el lector se encontraba alejado del sueño, como un dios que contemplara a las criaturas, y la criatura era el mismo lector.

 

Kiticló se había descalzado y dibujaba en el vaho del cristal con el dedo gordo del pie. La ciudad quedaba atrás. Ernesto desactivó el modo tráfico intenso. El coche rodó envuelto en el apagado silbido del aire.

- ¿No vais a hacer nada por él? -insistió Clara.

- Si hubiéramos tenido ya sus obras publicadas, el grupo habría movilizado todos sus medios, prensa, radio y televisión -concedió Ernesto.

- ¡Qué bien!, ¿no? Defender a un escritor perseguido. ¿Y por qué no lo hacéis ya? ¿Es que sin  contratos firmados su causa no vale tanto?

En el sarcasmo de Clara goteaban los restos de la discusión de anoche: Ernesto no había podido ir a la fiesta de la ikastola, y Kiticló, cuando vio que su padre no estaba, no quiso salir al escenario.

- Los contratos están firmados.

-¿Entonces?

- Hay un proyecto de entrar en Shangai y Hong Kong con dos periódicos en inglés y una editorial. Se harán intervenciones discretas, si conseguimos averiguar dónde está y a quién tenemos que dirigirnos.

- Sois estupendos -y Clara giró la cabeza ostensiblemente a su derecha.

Ernesto activó de nuevo el modo ciudad. No le gustaba discutir en un coche: no se puede huir del silencio que queda atrapado.

- Amá, ¿cantamos?

- Vale, cariño. ¿Qué cantamos? Empieza tú.

- Tú también, aitá.

- Venga, empieza -Ernesto desactivó el modo ciudad, aliviado.
-
            Ni
            pinpon pilota naiz
            ta salto salto salto
            saltoka ari naiz (*)

 

Ernesto no veía la cima de la montaña, tapada por el montante de la puerta del conductor. La autovía discurría encastrada entre rocas, encinos y bojes. Más arriba, la montaña enrojecía con los colores otoñales, rojizos y dorados, del roble y el haya. Una txapela de nubes cubría a menudo la cresta, que en los días de frío luminoso amanecía con el amito blanco de la lantxurda.

El coche llegó a un punto donde una capa de polvo mataba el lustre de las hojas, asfixiaba los árboles, los achaparraba. Era el aliento insano de las canteras, que la lluvia y la nieve purificaban cuando podían. Poco después, las canteras mismas, paredes cortadas a plomo del color de la cal, centenares de metros de roca viva, herida. Tres canteras se sucedían codo con codo. Entre ellas, apenas espacio para una pista en zigzag para subir la dinamita, para las máquinas que despellejaban la montaña arrancando encinos, robles y oyagas cada vez que se ensanchaba el corte.

Ernesto había llegado a desear que las canteras engulleran la montaña por fin, la aniquilaran, la aplanaran. Que pusieran fin a su agonía de animal herido e indefenso.

Liu hubiera escrito ya sobre aquella montaña mutilada. Ernesto hubiera querido escribir.

Ernesto sabía que ni la más detallista de las reseñas podría recrear en la mente del lector una atrocidad como aquella. Tampoco los trucos del oficio que conocía, trucos que no consistían en otra cosa más que en empujar al lector a rescatar sus propias imágenes de su fondo de recuerdos y experiencias.

Compararla con una inmensa caries evocaba cabalmente la disgregación de lo pétreo. También lo insano. Pero el adjetivo “inmenso”, tan necesario, desnudaba la pequeñez del símil, su insuficiencia. Era necesaria otra metáfora, una metáfora tan grande como una montaña. No la encontraba.

Era imprescindible humanizar la montaña, que en torno a ella se tejiera la vida de un hombre, paradigma de todas las vidas. Ernesto sabía cuál era esa vida: la de su padre, pastor durante décadas hasta que cambió el zurrón y la vara de avellano por el buzo de la fábrica. Él había conocido la montaña íntegra, pura y sana, sólo arañada en otoño por los fuegos de los pastores que propiciaban los pastos.

Su padre. Los últimos años, cuando su padre vivía más para sus recuerdos que para el presente, él había eludido darle pie a la rememoración en voz alta, demasiado ocupado en su naciente carrera literaria. Después, cuando le resultó insoportable el arrastrar cansino de sus pies, su hablar balbuciente, sus torpezas y olvidos, fue lo bastante mezquino y manipulador para sugerirle las ventajas de una residencia. Duró apenas dos meses, cuatro visitas de cumplido. Su muerte fue un acta de acusación, una parte de la herencia tan tangible y duradera como la vieja casa de piedra a la que llegarían en unos minutos.

Ernesto hubiera ahogado ese momento de lucidez culpable entre las mundanidades del día, si en el retrovisor no le hubiera aparecido en ese momento la sonrisa feliz de Kiticló, sus ojos llenos de regalos, como el día que fueron a Juyong y Liu se sentaba a su lado, jugando y cantando.

Apretó los dientes, atenazó el volante.  Algo estalló en él.

- Tengo miedo.

- ¿Qué? -Clara arrugó las cejas- ¿Qué dices?

Kiticló le miraba con esa atención sencilla con la que los niños absorben el mundo.

- Nada. Tonterías -no, a ella no podía fallarle.

- Aitá, estás txorolo.

- No lo sabes bien, piojín. Venga.
            Ni
            pinpon pilota naiz
            ...


(*)Yo
pinpon pelota soy
y salto salto salto
saltando siempre estoy

 

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  • 27 de Enero de 2011 a las 15:04
Miedo Olvidado


Con pesada lentitud, sin prisa, iluminando levemente la oscura habitación, el cigarro se iba consumiendo. El humo era invisible en la profunda negrura, sólo el suave destello rojizo conseguía arrojar algo de luz, apenas podía combatir las tinieblas que le rodeaban. Pero servía para distinguir el rostro del fumador, un rostro pálido, serio, como esculpido en mármol.

Un rostro de alguien que saboreaba el miedo.

Estaba poco preocupado por el daño que aquel vicio, fumar, podía ocasionarle…Bueno, siendo sinceros nunca le había importado y sólo fumaba, mirando fijamente la puerta, sumido en el más profundo de los pensamientos.

Sentía el miedo atenazarle, una sensación extraña, como cenizas en la boca. Pero a eso estaba acostumbrado, era el resto de sensaciones; el encogimiento del corazón, el nudo en el estómago, el funesto sentimiento de derrota.

Hacía mucho tiempo, mucho, mucho  tiempo que no se sentía así. Con un chasquear de lengua intentó alejar esos poco halagüeños sentimientos, sin mucho éxito y sin embargo…Sin embargo estaba disfrutando cada segundo de aquel miedo.

Intentaba recordar la última vez que se había sentido así, tarea muy dura, había vivido mucho tiempo. Quizás demasiado tiempo.

No era la primera vez que estaba acorralado, pero sí la primera que tenía todas las de perder.

Sacudió el cigarro dejando caer la ceniza en el suelo, mientras apoyaba la cabeza en la pared, Estaba fría, como el suelo, aunque él no notaba nada. Tampoco el olor a cerrado, a polvo, a viejo, a muerte. Era el olor de una cripta. Justo el lugar donde se encontraba.

Calculaba que debía ser una hora cercana al mediodía, con el sol bien alto. Sonrió, sin quererlo, ausente, dejando a la vista unos perfectos dientes blancos y unos caninos especialmente pronunciados. Podía sentirlo, lo notaba debilitándolo, el dorado astro que no podía vislumbrar desde aquella noche en la que nació de nuevo y…Bueno, eso es otra historia.

Después de los largos años, los pesados lustros, los eternos siglos… ¿Había llegado su hora?  Había matado a muchos hombres, incontables y entre ellos cientos  de los que se llamaban “cazavampiros” y aún así…Esta vez era diferente.

Habían encontrado su santuario, su lugar de descanso durante el día lo que demostraba inteligencia.

Podía oír el rápido ritmo de seis corazones, no era un idiota con aires de grandeza, eran un grupo organizado. Sin duda eran inteligentes.

Esperando la hora propicia, cuando estuviera dormido y débil, en su ataúd. Eso les había salido peor, eran inteligentes pero confiados.

Un vampiro nunca esta desprotegido.

Venían con estacas, con símbolos sangrados, esas desagradables cruces. Se había preparado con armas de oro y agua bendita. Letales para los de su clase, su apestoso olor le llegaba desde la puerta de la cripta.

No…Ellos no eran los que le asustaban, era algo más profundo.

Ellos formaban parte de su vida, los veía casi a cada paso intentando erradicar una especia que consideraban impura, peligrosa y que no merecía vivir. Racistas ilusos, si ellos supieran quienes eran realmente los monstruos.

Perdido en sus pensamientos tardó en recordar su triste cigarro, ya casi consumido por el tiempo y las cavilaciones. Dio una última calada y lo apagó en el suelo, matando la luz, la débil luz que luchaba contra la oscuridad.

¡Eso es! Había estado delante de él todo el tiempo y sin embargo se le había escapado. El miedo era a la muerte.

No al acto en sí, ya había muerto una vez y salvo el dolor, no era tan trascendente como se decía…O quizás sí, en aquella muerte él sabía que no iba a permanecer mucho tiempo en el sueño eterno.

Pero esa oscuridad, ese olvido…Toda una vida luchando por vivir, a veces por sobrevivir podía acabarse en un segundo y no volver jamás. Eso era lo que podía pasar hoy. Polvo eres y en polvo te convertirás.

¿Tantos siglos no eran suficientes? Creía haber superado esa estupidez, ese miedo a la muerte… ¿Acaso no había vivido más de lo que e correspondía?

No, no era suficiente, no iba a dejar este mundo ese día, quedaba tanto por hacer, lugares nuevos que visitar, lugares viejos que recordar, gente que conocer, otra que reencontrar…

Se descubrió sonriendo otra vez, aunque ahora conocía la razón, siempre había un motivo para vivir, incluso para un vampiro viejo y cansado.

Ese era el poder del miedo, su amargo sabor, hacernos sentir vivos.

Aquellos desconocidos que intentaban arrebatarle la vida, que tenían tantas posibilidades de conseguirlo…No se sentía así desde antes de su nueva vida, era un vampiro no temía a nada y ahora…

Aún sonriendo se levantó del frío suelo y sacudiéndose un poco el polvo.

¡Qué maravilloso regalo, el miedo! Nubla la mente, embota los sentidos y sin embargo…

Sin embargo lo echaba tanto de menos. No se puede vivir sin miedo y sentirse completo.

Los cazadores se lo habían enseñado, le habían abierto los ojos.

Su sonrisa se ensanchó,  sus ojos brillaron un momento con malicia.

Ahora les devolvería el favor.

concursoderelatos
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  • 27 de Enero de 2011 a las 17:01
ADELA A SOLAS Y A OSCURAS

La Sra. Adela se destapa, aparta la ropa de cama y la deja caer; resbala rozándole la pantorrilla salpicada de varices azules y moratones que amarillean de un día para otro. Se tapa inmediatamente con los faldones del camisón y deja caer los pies al suelo helado. Luego se despeja a la par que despega los ojos legañosos y chasquea la lengua blanca y seca dentro de una boca casi hueca. 

Frente al espejo, coge los mechones canos que sobresalen e intenta hacer una cola con ellos; los dedos tensan una vieja horquilla, estira el matojo hacia atrás y lo atrapa bajo el trocito de metal herrumbroso. La Sra. Adela no fuma, pero sus dedos tienen las yemas levantadas en ampollas secas y son amarillos por los costados; parecen los de un viejo. Los tiene así de ordenar sus cosas, de poner un poco de orden en toda la casa, de añadir y quitar, de clasificar sus gangas en el trastero. Que sea una vieja no significa que se deje ir en las faenas del hogar, suele pensar. 

Se pone su bata azul y pasa un rato retirando las pelotillas de algodón de la bata. Así estará mejor, se dice, y pasea la palma buscando más pelotillas. La bata luce, gracias al cuidado de la Sra. Adela, como si fuera nueva. Eso la pone contenta; y se encamina orgullosa a la cocina con el montón de pelusa acogido en la palma con  mucho cuidado, como si fuera un pajarito. 

Se deshace de las pelusas en la basura y acerca la cara ojerosa al cazo del café del día anterior. Lo olisquea varias veces para asegurarse. Acerca un fósforo encendido al hornillo y abre el gas. Las llamas salen deformes, alargadas y naranjas por la grasa que casi tapona los orificios. La Sra. Adela da unos pasos por la estrecha cocina, aparta un par de bolsas de basura, las coge y las amontona con el resto en el rincón junto a la ventana; le llegan casi por el pecho... Allí donde no estorben, como le decía siempre su pobre Adolfo. Que el Señor lo tenga en su gloria, y se santigua. No era malo, piensa, es que tenía mucho genio cuando explicaba las cosas, y de ahí lo de los gritos; recuerda que lo perdonó cuando lo entendió. Luego llegaron los golpes.

Se levanta y se dirige a la ventana. Ay, mi Adolfo, murmura. Abre una rendija y el petardazo de una moto la asusta. Esos golfos, qué poca vergüenza, piensa, y cierra la ventana con las manos temblorosas; le cuesta girar la manija para anclarla al marco. Tras el desayuno —un poco de café con leche y una magdalena rancia—, más calmada, deja que las manillas del reloj inunden la pequeña cocina con un traqueteo cada vez más sonoro. Una mujer sola, qué va a hacer con toda la calle llena de golfos y maleantes... Qué puede hacer si está completamente sola. La Sra. Adela se balancea y mira indignada hacia la ventana. El barrio está cada día peor, lleno de drogadictos y violadores y quién sabe qué más. Sólo soy una vieja, piensa, ¿por qué no me dejan en paz?, se dice con apenas un quiebro en los labios. Se levanta, abre la ventana y la vuelve a cerrar. Con pasos torpes, se mueve entre sillas plegables apiladas y bolsas de plástico. Llega al salón, abre y cierra las ventanas, baja las persianas. Comprueba que la cadena y el cerrojo de la puerta de la calle están echados. Lo hace todo bien, como hubiera querido su pobre Adolfo. 

Ahora tiene que trabajar un rato; para avanzar y que la casa esté presentable, se anima la Sra. Adela. 

La puerta del trastero siempre arrastra. Las bisagras, combadas hace años, consiguen que la hoja de madera arañe con su filo el viejo suelo en damero. Esto sucede cada vez que la Sra. Adela empuja la puerta del trastero y, cada vez, las tripas se le ponen nerviosas y le arañan. Pero no tiene tiempo para frotarse el antebrazo arriba y abajo con la palma (es la única forma que conoce para que se le pasen los escalofríos) porque tiene que ordenarlo todo como hubiera querido su Adolfo... Hay varios montones de sillas plegables, el mueble-bar de la pared del fondo está lleno de gangas que ha ido recogiendo de la basura a horas seguras; cajas de cartón llenas de objetos de los que sacaría provecho cuando tuviera oportunidad; cajas deformadas, embutidas y aplastadas unas contra otras, que embuten y deforman los tres cuerpos del mueble. Sillas de cocina dadas la vuelta sobre viejas mecedoras que también sirven de estanterías para revistas y libros y más ropa... 

Cuando trabaja en el trastero, muchas veces es como si tuviera a Adolfo ahí mismo, mirándola, así que intenta dejar el espacio suficiente, sin que sus gangas estorben. Intenta hacerlo como a él le gusta. Una mujer debe guardarle respeto a su marido, hacer su voluntad... Adolfo era muy bueno... Trae del salón bolsas de ropa vieja y comienza a ordenarlas en varias categorías: trapos de limpieza, ropa de estar en casa y ropa que alguien podría aprovechar. De rodillas, se queda  mirando un trapo que le cuelga de la mano... y siente a Adolfo a punto de acercarse por detrás y agarrarla del cuello con sus manos fuertes cerrándose alrededor de su nuca. Adela siente las yemas de Adolfo quemándole la piel. Intenta esconder la cara hacia abajo, pero Adolfo no la deja y le grita al oído que no estorbe, que procure que sus porquerías de vieja loca no estorben. ¡Adolfo, por Dios!, se grita a sí misma y el grito suena extraño en medio del trastero. La voz ronca golpea la tela tensa de una silla, como la piel de un tambor, y la silla se desliza y cae. La Sra. Adela, sin soltar el trapo, la coloca en su sitio de nuevo. Luego evalúa el trapo y lo arroja al montón correspondiente, sobre unas bolsas de plástico de basura que siempre se quedan pequeñas, con la base tensa y engordada de ropa, y que acaban, tarde o temprano, por derramarse en montones de prendas plegadas que caen hacia un lado; caen sobre una colección de cintas de vídeo. Alguien las tiró, pero pueden tener algo bueno, se dice, o para grabar encima también podrían valer. Las coge una a una y las vuelve a apilar en el suelo, junto a la enorme cinta andadora que le compró su Adolfo. Debe ordenar todo aquello. Deja la montaña de trapos que se derrumba de nuevo, esta vez hacia atrás, y se pone a ordenar las cintas de vídeo y una colección de libros muy buenos sobre Napoleón y otros hombres que fueron muy grandes. Hombres Insignes de la Historia, se llama la colección. Cambia de rodilla y suelta un lamento: ¡Aaaaaay!, se queja. Tiene la rodilla enrojecida; se la sacude de pelusas y porquería y sigue en su empeño de ordenar todo aquello. Y coloca, donde no estorben, dos mesitas puestas patas arriba. 

Sale como puede de aquel lodazal de muebles y trapos. El montón que ha almacenado ya ocupa un tercio de la habitación. Apenas se puede abrir las puertas del tercer cuerpo del mueble bar que hay en la pared opuesta a la entrada. Es donde tengo las figuritas que me regaló mi Adolfo, se acuerda. Y pone todo su empeño en abrir el medio cuerpo superior sobre el que se apoyan dos alfombras viejas enrolladas, que descansan sobre las cajas de cartón que hay en la mesa. El conglomerado cruje, rompe la chapa que simula madera y se desgarra al sacarse de las entrañas unos tornillos deformados y negros de humedad... Medio trastero cae sobre la Sra. Adela. 

La Sr. Adela cabecea con la sien rota en sangre. Está a medio devorar por la montaña de trastos. Un escándalo, se arrepiente. Y ese hombre dormido que mañana tiene que trabajar, ay, qué vergüenza, se lamenta. No sabe cómo se le ha podido hacer de noche en el trastero, ni siquiera si es de noche. Pero sabe que Adolfo cuando la vea ahí, con todo ese desorden, la tendrá que reprender. Pobre, piensa. Una puerta golpea contra el marco y un montón de carne furiosa se mueve por el pasillo. Siente los sudores fríos y el horror, siente los puños masticándola, subiendo y bajando como castigo, siente los cabellos arrancados de cuajo y las patadas sordas. Hasta que deja de sentir nada.

La Sr. Adela no puede destaparse cuando se despierta. Le duelen las piernas y el costado. Sigue allí debajo de todos los trastos y se nota sucia. Huele a orines y heces. El timbre de la puerta sigue sonando, lleva así un buen rato. Retira como puede una de las mecedoras y empuja, hasta que pierde el aliento, una enorme caja repleta de enciclopedias viejas. Cuando se safa de la trampa, la Sra. Adela mira con recelo hacia la puerta de la calle. No va a permitir que la vean así y le vayan con el cuento a su hija, no quiere volver a escuchar nada de la residencia..., eso no va pasar, se dice incorporándose. Una mujer debe ocuparse de su casa y a ella aún no le fallan ni las fuerzas ni la cabeza... niega con la cabeza y esconde la cara... además, se lo prometió a Adolfo antes de que mueriera: que lo ordenaría... y la niña ya sabe cómo es su padre y cómo puede llegar a ponerse...
oniria
oniria
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  • 27 de Enero de 2011 a las 22:02
Bueno, pues hasta aquí, se acabó lo que se daba ;DD

En el hilo de comentarios indicaré el inicio de votaciones.

Gracias a todos por participar, mucha suerte ;D

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Autor: aitorzarate

   

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