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romi
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El romántico de la Alhambra

2 de Marzo de 2011 a las 19:45

Bubok

El romántico de la Alhambra

            Ya desde pequeño, tres cosas especialmente le gustaban: repartir sus alimentos con los pobres que por las calles se encontraba, ser amigo y jugar con los animalillos que viven en los bosques de la Alhambra  y dormir al raso, frente a las estrellas. Por eso, cuando su madre le decía:

- Pero hijo, si todo lo que te doy se lo llevas siempre a los pobres ¿cómo crees tú que en la vida serás rico?

Él siempre le respondía:

- Quizá el cielo lo sepa o me ayude algún día pero mi sueño, mi gran deseo, es que nadie pase hambre ni tenga frío nunca aquí en Granada.

Y la madre callaba.

            Tenían ellos un horno para cocer pan y dulces en una pequeña calle en la medina de la Alhambra. Junto al horno tenían una tienda donde vendían el pan y los dulces y también, cada día, llevaban algunos de sus productos a los palacios de los reyes y princesas. Él ayudaba a sus padres en estos trabajos y siempre estaba pendiente tanto del pan que se cocía en el horno como de los dulces que la madre preparaba. Y de todas las cosas que la madre hacía, lo que más a todos gustaba eran los roscos de azúcar, así llamados y conocidos en estas tierras de Granada. Un típico dulce, muy sencillo y rico y que desde tiempos muy remotos, se ha saboreado en casi todas las casas de estas tierras. Hecho solo de harina, leche o agua, huevos, aceite de oliva y azúcar. Y como su horno se calentaba con leña traída de las montañas, el día que la madre preparaba estos dulces, era toda una fiesta tanto en la casa como en la pequeña ciudad y en los palacios de la Alhambra.

            También era una fiesta para los pobres que por las calles pedían. Porque él, en cuanto salía del horno la primera tanda de estos roscos, llenaba un pequeño recipiente de esparto y se iba a repartirlos con todos los que conocía. Y al dárselos siempre les decía:

- No es mucho para lo que tú mereces y necesitas pero al menos hoy, ya tienes algo para comer. Mañana y al otro, ya veremos.

Y los pobres se lo agradecían, lo miraban y luego le decían:

- Si todo lo repartes con nosotros a ti no te quedará nada.

Y él les respondía:

- Lo único que de verdad quisiera es tener muchas monedas de oro.

- ¿Y qué harías con ellas?

- Me gustaría poder dar a cada uno de vosotros un buen puñado de estas monedas. Aunque tampoco os resorbiera la vida del todo, al menos tendríais para comer y quitaros el frío, durante un tiempo.

            Y un día de primavera, de cielo muy azul y sol espléndido, por entre las plantas y árboles cerca de su casa, apareció una ardilla. Al verla, enseguida dijo:

- No temas. Acércate que comparto contigo esto.

Y le mostraba en sus manos trozos de pan y algunos pedacitos de los roscos de azúcar. El animal, dudó unos instantes y luego se acercó. Comió un poco de lo que él le ofrecía, hizo algunas piruetas con su cola, orejas y con su cuerpo y luego se marchó por entre las plantas. Al verla irse le volvió a decir:

- Vuelve cuando quieras. Me gustaría ser tu amigo.

Algo después compartió lo ocurrido con la madre y ésta le dijo:

- Ser amigo de los animales sí que lo encuentro interesante. Pero eso de repartir, con los pobres que encuentras, todo lo que cae entre tus manos, roscos de azúcar, pan y fruta, no acabo de entenderlo. ¿Qué beneficio te reporta esto?

Y otra vez él le respondió:

- A mí me gusta y es lo que siempre me deja muy satisfecho y en paz conmigo mismo y con el cielo.  

            Tres días después, también una bonita y cálida tarde de primavera y un poco antes de que se pusiera el sol, salió de su casa. Con solo una pequeña barja de esparto y, dentro, algo de comida y una vieja manta. Caminó y salió fuera del recinto amurallado de la Alhambra. Siguió caminando y, cuando comenzaba a anochecer, llegaba al bosquecillo en las laderas del Cerro del Sol. Buscó un buen sitio, cerca de un árbol, se envolvió en la manta y, sobre la hierba, se tumbó frente al cielo. Se dijo: “Este es un lugar muy apropiado para contemplar despacio las estrellas. Ningún ruido me molesta ni estorbo ni me estorba nada. Y mañana por la mañana, al salir el sol, gozaré del bonito espectáculo de la Alhambra iluminada con las primeras luces del día”. Y se acurrucó un poco más en su vieja manta mientras se fijaba en las estrellas colgadas en la inmensidad de la noche y del cielo. Otra vez se dijo: “Y si aparece por aquí mi amiga la ardilla, compartiré con ella la comida que en la barja traigo y luego le pediré que se quede a mi lado para contemplar juntos las estrellas”.

            Rumiando esto y con el brillo de las estrellas reflejándose en sus ojos, se fue quedando dormido. Y, al poco, en sueño vio que se acercaba a él una joven muy bella. Alguien que nunca había visto y por eso no conocía pero sí la sentía como amiga suya desde siempre. Se acercó a él, sin pronunciar palabra y, a solo dos metros, se paró. Lo miró muy fijo y se aproximó un poco más, se inclinó hacia su cara y lentamente fue poniendo sus labios sobre sus mejillas hasta que las rozó por completo. Sintió en su corazón el calor del beso y luego sintió como si se marchara con ella muy lejos de esta tierra. Y, al empezar a caminar, muy dulcemente ella le dijo:

- No hay sentimientos más bellos en el mundo que los que tú tienes en tu corazón. Repartir con los pobres tus alimentos y desear compartir con ellos tus monedas de oro, es lo más noble en un joven como tú. A partir de mañana, tendrás en tus manos todo el oro que desees para que lo compartas con los pobres de Granada. El beso que acabo de regalarte es mi forma de agradecértelo.  

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