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estrellafugaz
Mensajes: 746
Fecha de ingreso: 18 de Julio de 2008

LVII: Concurso quincenal de relatos: el BAR

10 de Abril de 2011 a las 22:36

Este hilo sólo es para colgar los relatos hasta el jueves (santo) 21 de abril a las 22.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Abril de 2011 a las 10:23

CRAZY ON YOU

 

 

                A veces es bueno preguntarse por qué una piedra en el zapato puede molestarte más que un tiro en el hombro. Dicen que la bala te rompe los nervios y que la adrenalina te droga… y que luego te va a doler de todos modos. Pero yo creo que hay un motivo que se nos muestra cuando tenemos la muerte delante, sinceramente. No le tenemos tanto miedo como podría pensarse. A la muerte la damos por hecha. La vida es la que nos sorprende.

                Es irracional no poder quitarte una piedra en el zapato, aunque quizá no lo sea tanto que un compañero te esté apuntando con el arma oficial y te diga que si te muevas te pega otro tiro, esta vez en la cabeza.

                Luego se acerca a la perfectamente conservada gramola de Paco el Gordo y echa una moneda para poner la misma canción que antes, y que antes de antes: Crazy on you. Mi compañero es más joven que yo, pero sabe más que yo del tiempo de nuestros padres y nuestros abuelos. Debería ser motivo de orgullo, pero a mí me da un poco de pena. No sabe nada de este tiempo y del tiempo que será de nuestros hijos.

                En cualquier caso eso no tiene la más mínima importancia en esta situación, en el bar de Paco el Gordo, con dos tipos enfriándose en el suelo, Janice Joplin demostrando lo que vale en la gramola, un tiro en mi hombro, una piedra que no sé de dónde coño ha salido en mi zapato y mi arma reglamentaria prendía en los pantalones de mi compañero de trabajo, el detective Andrés Salazar.

 

-          Te lo digo en serio – me dice – como intentes volver a quitarte el zapato te pego otro tiro, esta vez en la cabeza.

 

Imaginaos que habéis comprando una serpiente falsa coral, que parece una coral pero que no tiene veneno, y que habéis jugado con ella durante años, y que un día alguien trae un perro a casa y la falsa coral le muerde y el perro cae muerto. Esta es la sensación que te produce que un compañero te pegue un tiro.

 

-          Andrés, me cago en la Constitución, me voy a quitar una china del zapato. ¿Qué te crees, que llevo una pipa dentro?

 

Andrés me mira con esa sonrisa de hombre sudado y un poco estúpido, ojos azules heredados de alguien más listo que él, y me señala la cabeza con el cañón.

 

-          Que no te toques.

 

Se acerca a la barra. El Gordo, os lo juro, tiene la misma cara que cuando viene el tío de las tragaperras a llevarse la recaudación. Ni un poco más ni un poco menos tenso. Es como si siempre sopesara la posibilidad de que le estén timando. Creo que una parte de su cerebro aún piensa que las balas pueden ser de fogueo y que todos nos hemos puesto de acuerdo para que Andrés beba gratis.

 

-          Ponme otro ballantines cola – dice Andrés.

 

Paco el Gordo se lo sirve con cara de pocos o ningún amigo.

Los tipos del suelo parecen cada vez más aplastados contra el suelo. Se están poniendo lacios, supongo. Dicen que luego se ponen tiesos, y luego otra vez lacios. Puedo ver cómo el charco de sangre se va volviendo más denso, incluso se contrae un poco mientras se coagula. En este momento aún no sé por qué ha pasado lo que ha pasado.

                Andrés espera a que la copa se enfríe y luego bebe.

Sólo puedo notar la piedra en el zapato. Toda mi mente está centrada en ese pequeño detalle. Imagino que la piel se me está arañando poco a poco, pero no puedo evitar mover el pie por dentro del zapato para ver si la piedra cambia de posición. Pero no cambia. Está ahí, incluso por encima de la una y otra y otra y otra vez genial Janice Joplin que esta generación aburguesada no ha sabido apreciar pero que la quinta de Andrés se baja del youtube con la misma pasión, por los cojones, con la que los jóvenes iban a los conciertos en los años sesenta.

Sólo veo un modo de que mi compañero me permita sacarme la piedra del zapato y que mis sesos lleguen a verlo, y es aclarar este asunto. Para darle charla. Empatizar y esas cosas que dicen en la academia que son importantes. Ahora mismo no recuerdo si tengo que usar todo el tiempo palabras negativas o si tengo que evitarlas. Y me da igual. ¿Se le debe dar un guantazo a un tipo histérico? ¿Y si lleva una pistola? No lo sé, la verdad. Creo que son dos tipos de histerias distintas.

 

-          Andrés, tío, escúchame un minuto. ¿Estás más relajado ya?

 

Andrés mira a Paco el Gordo como si estuviera midiendo el peso de sus mofletes, luego levanta la copa y dice: “perfecto”.

Luego me mira a mí y dice:

 

-          ¿Y tú qué quieres ahora?

-          Bueno, me has pegado un tiro, aunque eso más o menos lo entiendo. Yo estaba sacando el arma para pegártelo a ti. Pero eso lo hice porque te cargaste a estos dos de aquí, si te acuerdas. Por eso te pregunto si estás más relajado.

-          Estoy más relajado.

-          ¿Me puedo quitar el zapato ya?

-          ¡Cojones que eres cabezón tú! ¡Que no!

-          ¡Pero, ¿por qué no?!

 

Dispara a un palmo de mi cabeza. Mi vejiga ha hecho el intento de soltar lastre pero he apretado todos los músculos que van desde la rabadilla hasta el ombligo y he conseguido parecer un hombre hecho y derecho unos minutos más.

Ahora sé que nunca voy a averiguar por qué se ha vuelto loco mi compañero y por qué no deja que alivie la tortura que me está provocando la maldita piedra. Seguramente él tenía una en la cabeza y ha visto que esto de la matanza era la manera de sacársela.

Poned Crazy on you en vuestro ordenador. Bajadla. Id al concierto privado. Ponedla cien veces. Estáis en un polígono industrial y los domingos no viene nadie, los securatas, algunos parroquianos de siempre, Paco el Gordo, que es el que abre, y los polis que no quieren que los vean beber durante el servicio. Imaginadlo. Poned la puta canción cien veces. Yo os espero. Y mientras la escucháis, poneos un lápiz apretando un poquito en la barbilla. Y no lo quitéis. Cien veces.

Ahora se entiende lo que voy a hacer.

 

-          Paco – le digo a Paco el Gordo – Agáchate que va a haber tiros.

 

Paco el Gordo no se mueve. Pensará que le estamos timando.

 

-          ¿Qué cojones vas a hacer?

-          Me voy a quitar la piedra.

-          Si te mueves te mato.

-          Me chupa un huevo.

 

Me quito el zapato. Andrés dispara pero la pistola sólo hace click. Podría haber contado antes las balas, lo sé, pero no tenía la cabeza yo para cuentas… volved a hacer lo de la canción y lo del lápiz y lo entenderéis mejor.

El alivio es infinito, tanto que estoy a punto otra vez de mearme encima. Andrés mira la pistola con desprecio y se mueve para sacar la mía, la que tiene prendida en los pantalones. Se ha puesto tan nervioso que se le escurre el cubata de la mano y se cae al suelo. Se rompe y el cristal, el hielo y la bebida negra saltan. Me da igual.

Me apunta por fin con mi pistola.

Ahora que he conseguido quitarme el zapato y que tengo el cañón de nuevo apuntándome en la cabeza me da por pensar que quizá no era para tanto lo de la piedra.

 

-          Como te vuelvas a mover te pego un tiro.

-          Lo que tú digas.

 

Ha ido bien, después de todo.

La canción termina. Saca una moneda de la cartera y vuelve a la gramola. Parece que no he conseguido detener la orina al cien por cien. Tengo esa gotita cabecera que me mojado los calzoncillos y que ahora se está enfriando. Muevo lentamente la mano del brazo sano para reubicarme la polla dentro de los calzoncillos a un lugar donde no esté en contacto con esa gotita, pero una especie de dellaví me lo impide.

Andrés me está apuntando de nuevo.

Vuelve a sonar Crazy on you.

Y me dice:

 

-          Ni te muevas.

mariaclara
Mensajes: 364
Fecha de ingreso: 4 de Enero de 2011
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  • 15 de Abril de 2011 a las 13:27

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Abril de 2011 a las 22:02
Un lugar para ver anochecer

El sol enrojecía y se iba entre la bruma del anochecer, una franja naranja y amarilla se bañaba en el mar y llegaba hasta la arena de la playa. Los lugareños y algunos forasteros sabían perfectamente dónde había que ir para ver la mejor puesta de sol de toda la provincia y ese sitio era La Gaviota, el pequeño bar marinero de Alain El francés, una taberna de paredes de azulejo y madera, con dibujos de hojitas descoloridas, una barra de obra,  muchas botellas empolvadas por las estanterías y adornos marinos. Pero lo que todos los clientes buscaban allí era un lugar en la terraza, sobre el ribazo que ocupaba la casa, con sus mesitas y sombrillas a rayas apelotonadas para que cupiera más gente, ya que solía ser difícil que alguna quedara libre mucho tiempo.

Fuera de temporada aquello era un paraíso, los habituales ocupaban sus mesas como si estuvieran reservadas, uno se encontraba allí como en casa y Alain se encargaba de que así fuera, con mucho empeño y entre bromas y cotilleos. Rebeca era una de ellas, llegó a España cuando enviudó y después de un tiempo yendo y viniendo, se compró un pisito en el puerto y decidió quedarse. Todas las tardes se daba un paseo y luego pasaba la velada en La Gaviota tomando una ginebra con hielo despacito, esperando que llegara el anochecer leyendo un libro, siempre leyendo libros.

Pero Alain no era el único allí, había otros bares y otros restaurantes; uno de los más conocidos era el de Irene. El bodegón El Galeón tenía mesas dentro y fuera, servían platos ligeros, langostinos y pescado recién traído por Braco, un viejo pescador que salía a capturar peces costeando, para poder vivir. La Vikinga, como la llamaban por el puerto, porque era rubia y hermosota, mantenía una dura competición con su colega de enfrente y el Francés le siguía la corriente y de vez en cuando le echaba los tejos porque la verdad es que la rubia le gustaba mucho.

-Vikinga ¿qu’est qu’il y a aujourd’hui de menú? Dímelo que si es algo que me guste vengo a comer y te sientas conmigo.
- Me parece que tú estás loco, francés, por nada del mundo me siento contigo y vete ya anda ¿a qué te paseas tanto delante de mi negocio?
- ¡Oh la la! Si yo te dijera a lo que vengo me ibas a dar con la escoba… jajaja

Sentada enfrente, Rebeca miraba el mar con ojos soñadores; es curioso pero antes de llegar al pueblo se sentía sola y estaba segura de que la vida ya no podría ofrecerle nada que no fuera una vejez acomodada y aburrida. Ahora daba clases de inglés  y participaba en algunas de las actividades que el ayuntamiento organizaba para los mayores, disfrutaba mucho de su tiempo libre y era querida por todos en el pueblo. El sol hoy bajaba rápido a su encuentro con el agua y las nubecillas se iban uniendo en una lucha por cubrir el cielo. Tal vez al final lloviera.

- Rebeca, ¿Veux tu une tapita de ceciná avec un peu de aceitito de oliva?
- Bueno, Alain seguro que me vendrá bien para terminar mi ginebra.

Con el plato y un trapo de cuadros azules y blancos en la mano el francés se sentó con ella; apenas dos o tres personas ocupaban las mesas hoy; en una contra la pared, un hombre alto, de piel blanca y gafas de concha, contemplaba todo lo que sucedía a su alrededor con aire ausente.
- Je pense que demain no tendremos pesca, Braco no saldrá al mar si llueve por la noche y hoy creo qu’il lo hará.


- Sí, tienes razón mira que negro se está poniendo el cielo, ponme otra ginebra, anda, que esta cecina está muy buena pero me ha dado sed, me tomo la copa y me voy a casa porque creo que me voy a mojar si no.

El hombre recostado en la pared observaba a Rebeca con curiosidad, seguía la conversación sin que ellos se dieran cuenta. Luego la vio recoger su libro y su bolsito de tela floreada y calarse hasta las cejas un sombrerito a juego, para irse después.

-¡ Chao Alain, hasta mañana, me voy corriendo que aún tengo que comprar pan!





Una mañana El francés se tropezó con Irene justo cuando volvía del mercado. Caminaba ligera cuesta arriba con la cesta de pescado en una mano y arremangando la falda azul en un costado como si necesitara ventilar las piernas. La miró de arriba abajo sin disimulo y sintió ese revoltijo por su vientre una vez más.

-¿A donde vas Vikinga? Tu est chaque jour más bonita. ¿Aujourd’hui tienes pesca para el menú?  Eres una competencia muy dura rubia y yo tengo que ganar beaucoup d’argent, que quiero comprarte un regalo.
- Déjate de regalos francés y ocúpate de tu negocio que yo me ocupo del mío, parece que tienes poco que hacer que siempre andas persiguiéndome.
- Es que me gustas mucho, ya lo sabes ¿cuándo me vas a acompañar una noche a la playa a contar las estrellas, mirando al mar?.
- Cualquier día iremos, no pierdas la esperanza jajaja…
- Eres muy mala avec moi.
- Oye, francés ¿has visto a la inglesa con ese cliente tuyo que ha llegado hace poco al pueblo? Se han hecho muy amigos en poco tiempo. Creo que ayer ella le invitó a su casa y cenaron en la terraza. Bueno, eso es lo que dicen por ahí.
- ¡Este pueblo! No tienen plus a faire que hablar de les autres. Ya los he visto, ils sont  âgeés para hacer lo que deseen. Ils font un bon couple.
- Oye Alain ¿cuándo aprenderás por fin a hablar español como es debido?
- Cuando tú me enseñes, jolie ¿cuándo te vas a animar?



Ese fin de semana La Gaviota se llenó de turistas, llegaron a la plaza del puerto en un autobús rojo y se dispersaron por todos los rincones como si buscaran algo, rápidos y alborotadores. Alain tubo que trabajar rápido porque estaba solo para la barra y la terraza y no quería perder la oportunidad de ganar un dinero que le vendría bien. Jacinto, El paleta, apareció con la guitarra por allí cantando habaneras; aquello era bueno para el bar y el se sacaba unos euros. Con las mangas arremangadas luciendo sus brazos morenos Irene servía comidas, pero a ella le ayudaban en la cocina cuando pasaban estas cosas. El francés de vez en cuando la miraba, le guiñaba un ojo y luego se reía al ver la cara indignada de ella.  El forastero y Rebeca hacía días que habían desaparecido, bueno a medias porque el pueblo entero comentaba que paseaban por lugares tranquilos tomados de la mano y riendo como si fueran dos chiquillos.



Había pasado un mes más o menos, cuando el extraño desapareció de sus vidas tal como había llegado. Rebeca no salió de casa en unos cuantos días y luego volvió a sentarse en su mesa de siempre, contemplando el horizonte y leyendo. Nadie dijo nada y ella tampoco,
Todo volvió a la rutina. Al menos durante tres meses porque, una tarde Rebeca miraba el sol entre la niebla  de las gruesas lágrimas que se deslizaban silenciosas por sus mejillas, un telegrama acababa de notificarle que él había  muerto, tal como esperaban,  a causa del cáncer que padecía. La soledad nunca le había dolido tanto.


La vikinga restregaba las mesas de la terraza hasta sacarles brillo, el pelo rubio cayendo por su frente y el escote generosamente sugerente y brillante por el esfuerzo.

- Rubia, no me provoques  que je vais faire quelque chose de fou,  decídete de una vez ¿Cuándo te vendrás avec moi a la playa?
- Pues mira, francés, esta noche mismo. Espérame en el espigón después de cerrar, que voy.
 
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 16 de Abril de 2011 a las 14:59

JODIDA

 

Miré el reloj por enésima vez. Estaba nerviosa. No, nerviosa no, estaba histérica. Mi cabeza iba a mil por hora y era incapaz de acallar todas aquellas preguntas que se amontonaban en mi cabeza. Una y otra vez, repetidamente, incansables.

  ¡Dios! ¡Basta ya!, me grité mentalmente.

  Cogí mi cazadora negra y di un sonoro portazo al salir de casa. Estaba molesta conmigo, por sentir lo que sentía pero me era inevitable.

  Conduciendo recordé cómo empezó todo aquello, como empezamos a jugar sin intención alguna. Las palabras nos habían llevado hasta ese momento, hasta ese jodido momento. Sentía una presión en mi vientre ya hacia un par de días y los nervios podían con cualquier razonamiento que quisiera realizar para calmar aquel estado anímico que me dominaba por completo.

  Su primer e-mail lo guardaba junto al resto como si fuera un auténtico tesoro pues a menudo los releía, uno por uno, degustando cada palabra, cada verso, cada sensación y cada paso que él daba hacia mí.   

  Al principio nos escribimos esporádicamente pero, sin saber cómo, aquellos encuentros virtuales se convirtieron en una rutina casi diaria. Una agradable, preciada e ilusionante rutina que se convirtió en un soplo de aire fresco más que anhelado.

  Durante todo aquel año fueron constantes aquellos intercambios. Él me escribía versos cargados de pasión, de sensualidad, de adoración y de admiración. Y yo, le devolvía el gesto con una especie de citas imaginarias en las que poco a poco iba recreando una relación paralela en un mundo paralelo al mío.

  No sabía nada de él, únicamente su nombre. No sabía exactamente su edad, aunque creía que debía tener unos cinco años más que yo; debía rondar los cuarenta. No sabía a qué se dedicaba, dónde vivía, cómo era y ni si estaba emparejado. E increíblemente, me daba absolutamente igual.

  Llegué al lugar pactado. Miré hacia el bar y mis manos apretaron el volante con fuerza. Bajé del coche e inspirando profundamente me dirigí hacia allí.

  A cada paso que daba me iba empequeñeciendo y me sentía extraña, perdida, insegura y cagada de miedo. Quería conocer a Víctor, sus ojos, su sonrisa, sus gestos, pero algo me decía que quizás todo aquello no fuera más que un error.

  Y las preguntas dieron la vuelta: ¿Y si no me gustaba? ¿Y si leía en mis ojos la desilusión? ¿Y si…?

  Y si…y si… Basta, sé racional.

  ¿Racional? ¿Qué tenía todo aquello de racional por dios? Conocer in situ a alguien de quien no sabes nada, un auténtico desconocido que ha escrito durante tantos meses para ti, sobre ti y contigo. ¿Quién hace algo así? ¿Un perturbado?

  Miré hacia dentro, a través de los cristales sucios de aquel bar, y pude observar el bullicio de la gente charlando, riendo, tomando su habitual cubata o buscando un plan para aquella noche.

  Y di el paso, el gran paso que temía pero que deseaba con todas mis fuerzas. El jodido paso que me condujo a traspasar aquel umbral.

  Un vistazo rápido hacia el final de la barra me indicó que él no había llegado pues habíamos quedado en que aquel sería el quilómetro cero de nuestro encuentro, bueno, más bien lo había sugerido él. Y hacía ese punto me encaminé sintiendo ya cierto vértigo por lo que iba a suceder en breve.

- ¿Qué te pongo? – la voz grave del camarero me asustó y lo miré sorprendida.

  Él esperó pacientemente y en cuanto pude le respondí.

- Agua… un agua sin gas por favor – mi voz sonaba débil y más delicada que de costumbre.

- Un agua – repitió dándome la espalda.

  Cerré los ojos un momento, apreté mis mandíbulas y me obligué a reaccionar, a entender que aquello era un deseo propio y no un castigo que alguien me había impuesto.

  Bien, voy al baño, me refresco, vuelvo y disfruto. Eso es Silvia, eso está mucho mejor.

 - Aquí tienes – dejó un vaso y un agua en la barra.                                                                                                                                                                            

  Vi entrar a alguien y mi corazón se aceleró enérgicamente. ¡Dios! Pero no…era una chica y una mezcla de alivio y decepción se apoderaron de mí.

  Fui al baño, presurosa, y me refresqué las muñecas durante un largo minuto. Necesitaba sosiego y el correr del agua en mis manos me relajaba de un modo agradable.

  Miré el reloj de nuevo, faltaban aún unos cinco minutos para la jodida hora, así que me daba tiempo de hacer pis velozmente. Miré las cuatro puertas de los baños y como si fuera algo importante me detuve antes de decidirme.

  Vamos Silvia, no pierdas tiempo, me reñí por aquella absurda incertidumbre.

  Fui hacia el baño de la esquina y empujé la puerta de metal.

  Repentinamente sentí un aliento caliente en mi nuca y un brazo fuerte que me retenía contra las baldosas frías de aquel baño.

  ¿Qué coño…?

- Soy yo – oí una voz desconocida pegada a mi oído pero supe al momento que era Víctor – No te gires princesa.

  Y obedecí, con mi respiración agitada y mi corazón desbocado. Sabiendo que Víctor iba a hacer realidad mi mundo virtual, mis citas imaginarias con él. Cerró la puerta tras de sí y yo cerré mis ojos.

  Mi móvil empezó a sonar pero lo ignoré por completo y de ese forma la música de The Cure sonaba para nosotros: It’s Friday I’m in love…

  Me levantó la falda, apartó mi tanga despacio y sus dedos entraron en mi vagina, mientras sus labios rozaban mi oreja susurrando aquellos versos que escribía exclusivamente para mis ojos. Lo hizo tal cual yo le había narrado miles de veces: tus dedos…en mi coñito…mi líquido ardiente…

  Besó mi cuello, besó mi nuca, besó mi espalda, mis nalgas, mis piernas. Y yo seguía inmóvil, quieta y obediente, incapaz de pensar. Tan sólo sentía y gozaba de aquel placer que mi amigo incondicional me otorgaba.

  Sus dedos dieron paso a su miembro y una fuerte sacudida recorrió todo mi ser. Salió con la misma rapidez y noté su pene erecto frotándose en mi culo. Mis relatos volvieron a mí: tu polla…rozándome…primero la puntita…después toda entera… uhmssss…

  Entre gruñidos y gemidos ahogados me poseyó entrando y saliendo de mi receptivo cuerpo hasta que una explosión mutua terminó con aquello.

- Uhmssssssssss…

- Mi Silvia…

  En un minuto recuperamos el aliento. Yo seguía pegada a aquellas baldosas, con los ojos cerrados, y Víctor puso mi falda en su sitio. Oí la cremallera de su pantalón.

- Hasta pronto – musitó en mi oído mientras ya abría la puerta.

- Sí – le confirmé dichosa.

Monday you can fall apart…The Cure cantó una vez más.

- ¡Joder, joder!- exclamé rebuscando en mi bolso.

- ¡¿Para qué tenemos el móvil?! – Odiaba esa frasecita - ¿Dónde está el jodido Dalsy?

- Te lo he dicho antes de salir, donde siempre, en el jodido armario de las medicinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 16 de Abril de 2011 a las 19:41

Café cortado


–Llueve –Alicia hace una pausa y se distrae mirando a través del cristal de la cafetería.
–Lo sé –no sé qué contestar así que intento hacerla reír– ¿vas a comerte la pasta?
–¿Eh? –, definitivamente algo grave sucede– No toma, cómetela –ella nunca me ha cedido su galletita de chocolate, desde aquél primer café, desde aquél primer lunes.

También llovía entonces, pero no suavemente como hoy sino con rabia. El viento ponía a prueba la firmeza de los botones de mi gabardina. Entré empapado a la cafetería que estaba repleta de más refugiados. Ella ya estaba allí, sentada en una pequeña mesa junto a la cristalera, leyendo la misma novela que ahora mantiene cerrada junto a su mano izquierda. El mismo café cortado y la misma pastita de chocolate en un diminuto plato. Y frente a ella el único sitio disponible de la cafetería.

–Alicia –pocas veces uso su nombre–, perdona si me entrometo pero –vuelve al interior de la cafetería–, ¿puedo ayudarte en algo?
–Tranquilo no es nada –por primera vez en la tarde sonríe–. ¿Por dónde iba? 
–La bailarina de la serpiente –continúa contándome sus impresiones sobre “Blade Runner”, pero algo de ella se ha quedado tras el cristal. 

Yo nunca lo habría hecho, pero el camarero dejó bien claro con un par miraditas que o consumía algo o me largaba. Así que me acerqué y le pedí permiso para sentarme. Ella, sin levantar la vista, simplemente dijo que adelante y continuó leyendo. El camarero me trajo mi café solo y ella le pidió otro cortado mientras retiraba su taza. Se lo sirvió de inmediato. No parecía incómoda por mi presencia, es más era como si no yo no estuviera ahí. Yo estaba francamente a gusto tomando un terrible café con una desconocida, tan ensimismada en esos “Días de Humo” que ni tocó el suyo. La tormenta cesó. Salió del libro para guardarlo en el bolso y levantarse ignorándome en el proceso. Entonces le pregunté por la pasta de chocolate, tenía que decir algo. Ella sonrió y se la llevó sin más.

–Y ahí tuve que parar a secarme los lagrimones, ¿te puedes creer? –por fin se ilumina su mirada, que vence la tentación de cruzar el cristal.
–Sí que te impresionó, sí –desvío mi mano de la pasta y la acerco a la que tiene posada en la novela.
–Odié a Harrison Ford –da un sorbo a su cortado con dos de azúcar–, le costó redimirse a base de golpes y enamorándose de Rachel. 

No volví a pensar en ella y sin embargo el día siguiente, al salir de trabajar, me sorprendí arrastrado por el viento hasta la esquina donde, por los ventanales de la cafetería, la busqué en su mesa. Me decidí a entrar y esperar a que viniese. Pedí un café solo en la barra y me senté dejando libre su asiento. Ella no llegó. No tenía por qué hacerlo. Esperarla allí era ridículo. Dos casualidades serían demasiadas.

–Entonces, ¿te ha gustado? –Busca en su gran bolso mientras asiente.
–Sí, no ha estado mal toma –me devuelve la película y por un instante rozo su pálida mano.
–Parece que escampa –aquí soy yo el que se fuga por la ventana.

Cuando ya estaba por marcharme, avergonzado por mi torpe comportamiento de quinceañero, entró despreocupadamente y, tras un gesto a modo de saludo, el camarero le preparó un café cortado y dejó, sobre un diminuto plato, una pasta bañada en chocolate y dos azucarillos. Echó el azúcar en la taza, cogió el café y la pasta, y se sentó frente a mí. «Está libre, ¿verdad?», dijo con una sonrisa bizca. Sacó su libro y comenzó a ignorarme. Yo pensé en pedir otro café, en buscar alguna excusa para entablar alguna conversación superficial. Pero en sus ojos, perdidos en el humo que anunciaba la cubierta, no pude adivinar ninguna señal de nada que no fuera indiferencia. Al ir a levantarme, bajó la novela y se dirigió al camarero pidiéndole un café solo. «¿Porque te tomas dos, no?», añadió con otra media sonrisa, volviendo a ignorarme hasta que, quince minutos más tarde, apuré el café y eché una mirada golosa a la intacta pasta, que desapareció rápidamente entre página y página.

–¿Sabes?, hoy no iba a venir –Alicia busca mis ojos dentro del vidrio empapado.
–Pero has venido –yo le hablo a su imagen especular–, estás aquí –una leve pausa.
–Y no te importa nada más –sonrío y su homóloga sonríe–. Haces que sea tan sencillo estar contigo...

El miércoles me di cuenta de que no sabía su nombre. ¿Cuál sería? Repasé los de las mujeres de mi familia pero ninguno cuadraba con la extraña de la pastita de chocolate. Luego pasé a las chicas de oficina, y tampoco ninguna podía compartir distintivo con ella. Le di vueltas a varias opciones entre reuniones y cafés de máquina pero, estando claro que por mí mismo no iba a encontrar lo que buscaba, bajé a comer con las chicas de administración y, sin más, les pedí sugerencias fingiendo que iba a ser tío. Tampoco encontré allí la palabra mágica que invocara a mi desconocida. 

–Alicia –nombrarla es hacerla tangible–, sé que te ocurre algo esta tarde –sus manos se adelantan despacio sobre la mesa– y sé que crees que debes contármelo –las mías las rodean–. Pero ya sabes que si no quieres no hace falta –y por primera vez se engarzan fundiéndose como nunca debieron dejar de hacerlo.
–No, no quiero hacerlo – esta vez me mira fijamente –, pero no puedo ocultarte esto por más tiempo.

Por la tarde rastreé varias páginas de internet con nombres para niña, indagando en el significado de aquellos que parecían encajar. Nada. No hubo forma. Tal vez una señal del destino. Y mientras caminaba hacia la cafetería pensé que no estaba mal la broma. Mientras pedía el café solo y esperaba a que llegara me convencí de que tenía su toque aquello de no saber su nombre. Mientras observaba cómo leía ignorando mi presencia me convencí de que no necesitaba saber cómo se llamaba. Fue tras el segundo cortado, después guardar el libro en bolso y levantarse con una coqueta sonrisa, justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta. El camarero le dijo socarrón: «Alicia, te dejas algo». Y Alicia pasó ante una estatua de mármol y recogió la pasta de chocolate que había olvidado.

–Sabes que no es necesario, y que no me debes nada –la delicada mano de Alicia, que apretaba la mía angustiada, se relaja y deshace el nudo
–¿Y si no volviéramos a vernos? –Por primera vez se asoma la preocupación a sus ojos.
–¿Y si nunca nos hubiéramos visto? –Intento contrarrestarla sonriendo.

Lo primero que hice el día siguiente, cuando llegó, fue presentarme. No me parecía justo saber su nombre y que Alicia no supiera el mío. Ella sonrió y meneó la cabeza mientras decía que podríamos ahorrado tres días de silencios si hubiera comenzado por ahí el lunes. Me quedé sin saber qué decir. Por suerte ella había tomado la iniciativa y, tras pedir su primer cortado, con pasta de chocolate de regalo, comenzó una conversación trivial sobre el pésimo café que servían en el bar.

–No, no, por favor –se relaja de nuevo tras una carcajada–, hablo en serio. Yo...
–Alicia –la interrumpo–, yo también hablaba en serio –aprovecho para volver a tener sus manos entre las mías–. Dejar de verte sería... –dudo–, prefiero no pensarlo, pero de ser así las tardes en este café, las horas en esta mesa, su recuerdo, es ya en sí un tesoro que nadie podrá quitarme jamás.
–Gracias –me dice antes de besarme.

La amenaza del fin de semana se esfumó con la confirmación de que el viernes también serian fieles a la cita mis dos cafés solos y sus dos cafés cortados, siempre bajo la atenta mirada de una galletita de chocolate, y la novela que reclamaba con su presencia la atención perdida. Y también quedaron el lunes, y el martes y el miércoles siguiente, y escuchaban atentos nuestras banalidades. Los viajes que no hicimos, las películas que nos conmovieron, los libros que nos marcaron, las series infantiles que nos hicieron reír, fueron desfilando arrebulladas durante las tardes de esta turbulenta primavera, que terminaban con mis dedos avanzando arácnidamente hacia un plato del que desaparecía fugaz una pasta de chocolate.

–Tengo que marcharme –dicen sus labios dentro de mis labios.
–¿Volverás? –La pregunta se me escapa aún sin querer saber la respuesta.
–Volveré –miente con un abrazo que me engaña.

Llueve, también llovía entonces, pero no suavemente como hoy. Las gotas caen quedas con miedo a que el tiempo se despierte si ellas golpean el cristal de la ventana, nuestro hogar mientras nos abrazamos. La misma a través de la que entrábamos y salíamos buscándonos sin encontrarnos, junto a la mesita sobre a la que bosteza una novela resignada, y un café solo y otro cortado con dos de azúcar saben que siempre serán bienvenidos dos a dos.

–Hasta pronto, entonces –susurro sólo para ella.
–Hasta pronto –recoge sus cosas y se marcha.
–¡Alicia! –se gira, ya en la puerta, esperando mis palabras– ¡Vuelve! –entonces se acerca y, como el primer día, sonríe, coge la pastita de chocolate, y se va sin más.

concursoderelatos
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  • 18 de Abril de 2011 a las 14:19

UN ARTURO EN CIERNES


Fue por pura casualidad; estaba tapeando en el bar, y sólo quedaba una servilleta. Lo cogí y me fijé en que tenía algo escrito a bolígrafo. Era un mensaje escueto: “Mi vida es tan triste… tan triste…” Y no decía más. Observé que aquel servilletero era el único de color azul, los demás eran rojos. No le di demasiada importancia, hasta que al día siguiente, llevado por mi curiosidad, busqué de nuevo aquel servilletero azul, y saqué todas las servilletas hasta comprobar que, efectivamente, de nuevo la última tenía algo escrito. Y decía: “Mi vida sigue estando tan triste… tan triste…” Cogí mi bolígrafo y decidí escribir algo en esa servilleta, colocarlo en el servilletero, al final, y poner delante más servilletas; en un momento me monté una película en la cabeza, y pensé que quizás ese hombre esperaba que alguien le respondiese, y yo lo hice.
Esto ocurrió hace ocho años, cuando me mudé al barrio y empecé a frecuentar este bar. Como ves, no es un sitio agradable a la vista; es el típico bar de viejos, con pinchos de tortilla de patatas rancia, con palillos de dientes en el suelo, con ruido de máquinas tragaperras… Pero es el más cercano a mi casa, y siempre he sido muy de cervezas; de caña, no de botellín. Me pasaba por allí a eso de las ocho de la tarde, cuando salía del curro. Normalmente solo, aunque a veces me encontraba a alguno de los amigos que empezaba a hacerme por el barrio. En cualquier caso, siempre que iba, buscaba el servilletero azul, y casi siempre encontraba una nota de este hombre del cual no sabía nada en absoluto. Por lo que iba escribiendo en las notas, poco a poco fui haciéndome un perfil suyo: hombre culto, de unos cincuenta y muchos años, seguramente divorciado, sin hijos… En esa época yo era un veinteañero inacabado, deseoso de aprender y hacerme un hombre de verdad. Seguramente había visto demasiadas películas en mi niñez, y mis padres me protegieron en exceso. Era un buen chico, pero muy vulnerable, y nunca sabía si hacía lo correcto.
Sobre los mensajes en las servilletas… al principio casi todos iban en torno a él. Él exponía algún problema, y yo intentaba animarle como podía. Arturo… bueno, nunca me dijo su nombre, pero le llamé así un día y así se quedó. Arturo y sus mensajes me engancharon. De verdad. Me pasaba el día esperando que llegaran las ocho de la tarde para entrar en el bar y buscar el servilletero azul. Con el tiempo, fui yo quien empecé a hablar más de mi vida, y él quien me aconsejaba o me animaba. Una vez tuve una amante… bueno, yo era el amante; la chica tenía novio, un tal Javier. Le conté a Arturo algo que ocurrió una noche, y me respondió escribiendo esto:
“Me imagino a esa chica, en la cama junto a su novio Javier, leyéndole un poema dedicado a ti, a su amante carnal y preguntándole qué le parece. Y si no te llegó ese poema, es porque en alguna parte existe una ley no escrita donde se prohíbe a los amantes recibir letras de amor… Y esa ausencia de rimas se compensa con suspiros de pasión y rítmicos gritos que se hacen aire de silencio cuando los fluidos descansan en un rugoso condón”.
¿Comprendes ahora por qué me enganché a Arturo? Mira este otro mensaje. Tengo guardados los mejores. En esa época le hablaba mucho de Mónica, la chica que acabó dejando a su novio.
“Parece como si el mundo entero se confabulara para que tus actos sexuales se conviertan en experiencias vitales trascendentales, en actos llenos de amargura, diálogos whiscosos y ambiente otoñal… Parece como si tus recuerdos sexuales salieran de la imaginación de Raymond Chandler, y tus amantes fuesen Laurens Bacalls nacidas en La Latina. Qué suerte que el sexo que vives te marque tanto; para muchos, es sólo un divertimento”.
Te aseguro que las cañas sabían mucho mejor después de leer su notas. Me daban vida, me reconfortaban. Aquel bar se convirtió para mí en una especie de capilla donde acudir para liberarme, para encontrarme conmigo mismo. Me convertí en uno de sus habituales, en un individuo de esa fauna que acude a los bares de viejos a escapar de sus vidas, que no pueden vivir sin escuchar el ruido de la máquina de café, los gritos del camarero, la voz del narrador deportivo augurando otro gol al Atlético… Así me verían los demás; pero en realidad sólo buscaba a Arturo. Un día le escribí que hacerlo con la chica de aquella época era como subir a los cielos. Me respondió así:
“Hay muchas formas de llegar a Dios… pero en todas se llega con una mano deslizándose hacia algún lugar. La mano de la chica hacia el bajo de tu vientre… la del cura, hacia la boca de quien comulga. Tras la comunión, llega el silencio y la oración; tras el deslizamiento por tu cuerpo, llega el éxtasis y los suspiros. Mientras eso ocurre, en tu terraza suena Bill Evans, y en la iglesia el alabaré, alabaré. Y tras ese instante de exteriorización/interiorización, la realidad te consume de nuevo: ni el sexo te paga la hipoteca ni la fe te proporciona trabajo. Pero, por momentos, te hacen gozar. Y quizás por eso, el sexo y la fe a un dios han acompañado a la humanidad durante toda la vida”.
Lo mío con Arturo era un secreto. Jamás se lo comenté a nadie. No quería que aquello se desvirtuara. Quizás por eso nunca hice nada por conocerle. Podía haber ido al bar una mañana, y quedarme allí a esperar hasta ver a un tipo escribiendo en una servilleta y colocándolo en el fondo del servilletero azul… Pero no ganaba nada conociendo su aspecto, y quizás en persona no surgía esa magia que sí existía con nuestra correspondencia. Con el tiempo, y contagiado por su forma de escribir, yo también me animaba a escribir a su manera, y cuando me gustaba, lo reescribía en otra servilleta y me lo guardaba. Una vez me habló del miedo a la vejez. Yo le escribí esto:
“Gran pensamiento, amigo; como todos los que salen de ti. A veces me pregunto por qué con la edad se pierde el brillo de los ojos. Me dan igual las arrugas, la calvicie, el olor, el desgarbamiento… pero por Dios, que la evolución darwiniana consiga mantener el brillo en nuestros ojos, que las miradas de los mayores sean focos de ilusión y no pozos de sufrimiento. Amigo, mantén tu brillo interior, quizás así humedezcas tus pequeños ojos. No dejes que la ginebra y tus huecos existenciales drenen la vida en tu mirada. Esos destellos te darán vida cada vez que te mires al espejo y veas al niño que nunca debe huir de ti, al niño que conquistará los corazones de los que te rodean”.
En una ocasión, Arturo estuvo mes y medio sin aparecer en el servilletero. Yo seguí acudiendo a mi cita diaria, porque sabía que antes o después volvería. Nunca me dijo a qué se debió su ausencia, pero por sus notas, sabía que estaba triste, muy triste. Intenté animarle escribiéndole estas palabras:
“Amigo, echaba de menos tus escritos como un pájaro a una buena brisa donde dejarse llevar… La vida es como ese látigo de domador que suelta un chas mientras ondula de arriba abajo para acabar golpeando al aire y destrozar el silencio. Todo llega, amigo, todo llega y todo acaba. La vida que añoras sigue viva, sólo que reflejada en las pequeñas cosas que antes quedaban ocultas para ti. No veas la vida en halagos y tratamientos, vela en ese Fairy que te limpia treinta platos con una sola gota, vela en esa paloma que visita tu ventana cada tarde y deposita sus recuerdos en forma de mierda aterciopelada. Vive de tus pensamientos, no de los gestos externos de la gente que deambula a tu alrededor. Vive, al fin y al cabo”.
Pasó un par de años más, y seguimos con nuestra correspondencia, hasta que de nuevo volvió a faltar a su cita. Esta vez no tuve que esperar mes y medio para saber de él. Una noche, bebiendo mi segunda caña, se me acercó el dueño del bar y se sentó a mi lado. Y me lo dijo. Arturo había muerto. José había muerto, porque así se llamaba en verdad. Me dio una palmada en la espalda y se levantó para seguir atendiendo el bar. Yo me quedé ahí, sentado, andando el tiempo mientras mis pensamientos revivían cada uno de sus mensajes. Cogí el bolígrafo y decidí escribirle algo.
“Arturo… viejo Arturo… siempre Arturo. Hoy la copa te la tomarás desde arriba… o desde abajo; allá donde hayas querido ir, donde hayas considerado que vas a ser feliz en tu eternidad. Aquí en la tierra te echaré de menos… y hoy la noche será la más amarga de todas porque, a pesar de tu ausencia y tu dolor, te imaginaba llegando a los noventa. No ha podido ser. Descansa en paz… por fin”.
Y coloqué el papel al fondo del servilletero, y no volví más a ese bar. Jamás volvería a encontrar allí aquello que, durante esos años, me había dado. Para entonces, yo ya había dejado de ser un veinteañero inacabado, y ya era un treintañero maduro y profundo, casi un Arturo en ciernes.

concursoderelatos
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  • 19 de Abril de 2011 a las 21:45

Esperando al destino...

 

Solo se trataba de eso; era la peor taberna que yo había visto en mi vida, y había estado en algunas cuantas a lo largo de mi longeva vida…

Mis ojos alcanzaron a ver el perfil amenazador de uno, de los tantos rayos que durante esa noche habían cruzado el cielo antes de que mi mano, cansada por el largo viaje, se posase a modo de caricia sobre la desvencijada puerta de ese establecimiento, dejando que mis dedos recorrieran su desigual superficie surcada por el filo de mil navajas. Está, cansada de esa espera, empujó, no sin cierto afán, la puerta para dejar que las tinieblas que habitaban en su interior, me tragaran.

 Cuando mis pies cruzaron el umbral de la taberna y rozaron con su torpe andar los listones de madera que lo conformaban, alzaron una pequeña cortina de polvo seguido de un liguero sonido cristalino… A tiempo estuve, en ese segundo que duró mi entrada en ese tugurio, de apartar la cabeza para ver como una botella se estrellaba contra las desvencijadas maderas que hacían de pared, observando como está, podrida por el paso del tiempo, mostraba signos inequívocos de que muchas otras botellas habían seguido el mismo camino, hiendo a morir sobre esos desgastados listones; mientras la huella de tantas muertes, imperecedera en esa taberna,  recorría el suelo a modo de pequeños fragmentos de cristal. 

            En mi lento y regular paso, engullido por las tinieblas del tugurio, pude notar, no sin cierto grado de confusión, el elevado grado de embriaguez que parecían tener todos los parroquianos ahí congregados, pues estos, sedientos, bebían ávidos de unas sucias botellas impregnadas de polvo que se metían, inconcientes, en sus desdentadas bocas para tragar ingentes cantidades de alcohol.

            Cuando mis pies, también cansados de ese largo y duro viaje que terminaba en ese lugar para dejar que otro, tal vez mejor, tal vez peor, comenzará, pude distinguir, no sin cierto malestar por mi parte, los olores que esos parroquianos desprendían; pues eran estos tan amargos, como solo puede ser el sudor que lleva lustros pegado en un mismo cuerpo, y tan nauseabundos, como solo puede ser la descomposición que causa la muerte. A prisa, pero no con mucho afán, traté en vano de apartar  esos aromas de mi persona, pero estos eran tan fuertes que parecían formar parte de ese local, como si hubieran sido capaces de traspasar la capa de polvo y adentrarse por entre las rendijas de las desgastadas maderas que lo conformaban, para anidar entre ellas.

            Me senté, y preferiría poder decir que cómodamente en una de las sillas que había cerca de la barra, pero no fue así; ya que está, como todas las demás que tuve ocasión de poder observar desde donde yo me encontraba acompañado por la mortecina luz que habitaba dentro de ese tugurio, mostraban el mismo estado de dejadez que el resto del establecimiento, donde las termitas parecían haber hecho su hogar.

            Mis ojos, más por curiosidad que por otra cosa, seguían puestos en  los parroquianos que seguían llenado su mugriento buche con el licor de esas botellas, mientras unos cuantos eructos surcaban el cargado aire que todos respirábamos; porque ese aire, viciado desde su nacimiento, era irrespirable.

            El tabernero, supongo, ya que sin mediar palabra entre nosotros ese hombre me dejó encima de la deslustrada barra una de esas mugres y sucias botellas de licor que, gustosamente y con deleite, esos parroquianos se metían en su boca para sorber el dorado líquido que contenía, mientras yo le miraba  a la espera de poder preguntarle sobre el origen de esa botella; pero esté se limitó a sonreírme mientras en sus grandes ojos, enterrados debajo de unas oscuras ojeras, cruzaba burlón una cierta chanza… Se marchó para seguir enfrascado en sus quehaceres, que no eran otros que tratar de atrapar en un vaso a una negra cucaracha, que asustada por los gritos de esos parroquianos y sus absurdas apuestas, trataba en vano de salvar su vida… , y aquí señores, me gustaría, pero seré comedido y no entraré a dar las pertinentes explicaciones de las inmundicias que, y desde la distancia en la que yo me encontraba y por la falta de una buena luz que me permitiera observar mejor pude distinguir pegadas en ese vaso; solo resta decir que en su base pude distinguir claramente un liguero color verde… Y solo sugiero que, seguramente esa pobre cucaracha cuando fue apresada de malas maneras, agradecería ese trozo de césped para ella, y moho para el resto del mundo.

            Mis ojos se posaron, no sin cierta precaución, sobre la botella que descansaba delante de mis narices, a la espera de que mi boca se cerniera sobre la suya… pero dudé en hacerlo mientras mis dedos acariciaban la suave superficie de está, dibujando entre el polvo que la cubría, un nombre… Y aquí, he de advertir a los pobres de espíritu para que interrumpan esté relato, pues lo que vi en ese segundo de duda, fue suficiente para  que yo rechazará categóricamente beber de cualquier botella que me fuera ofreciera en ese tugurio; pues vino a mi, muy comedido en sus maneras y en su porte un gentil caballero, ó así lo juzgue yo a la liguera, tendiéndome gustoso su mano para acabar arrebatándome de malas maneras mi botella, que sin pereza ni hastió se metió en su boca y bebió un buen trago, largo en sí… Cuando su boca dejó de sorber el dorado liquido que caía bruscamente sobre todo su ser, pues parte de esté se le escapaba por la comisura de su boca, pude ver, entre fascinado y horrorizado como no todos los insectos del mundo  habían hecho de ese tugurio, su hogar; ya que alguno de ellos,  unos pequeños gusanos, tan pequeños que casi resultaba imposibles de distinguir, se mecían entre los pocos dientes que ese gentil caballero conservaba, y los pocos que aun le quedaban de pie, que no eran todos, ni todos derechos, estaban cubiertos por una fina capa de un extraño color amarillo verdoso… Y triste para mí, la botella, medio vacía, me fue entregada nuevamente por ese gentil caballero antes de eructar y seguir su vacilante recorrido por la taberna, tratando de apaciguar su sed con las botellas de otros extraños… 

            Y así, rodeado por los gritos, las reyertas y las chanzas de esos desconocidos, yo esperaba mi destino…
concursoderelatos
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  • 21 de Abril de 2011 a las 6:58
Dos coronas

Habíamos quedado para cenar a las nueve. Diez minutos antes, ambos ya estábamos en la puerta del restaurante, un mexicano del centro.
“¿Los esperamos dentro? Por mí, vale. Montse siempre ha sido de llegar tarde. Odio que me hagan esperar. Y yo.”
Nos sentamos en la barra. Dos cervezas con sendas rajitas de limón atascadas en la boca de la botella. Las empujamos hacia dentro, entrechocamos el cristal y bebemos. Suena una música de mariachis a bajo volumen, como de anuncio de agencia de viajes. El camarero nos trae una carta por si la queremos ir ojeando mientras esperamos. Me habían dicho que aquí el burrito lo hacen muy bueno, aunque ella dice que prefiere las fajitas.
“Ya era hora de que quedásemos, ¿no? Pues sí, ¿cuánto hace que no nos veíamos? ¿Un año? ¿Tanto? O más. La última vez fue cuando comimos con Montse. Que llegó tarde. Como siempre.”
La nuestra era una de esas amistades que empiezan en el trabajo y sobreviven por teléfono cuando el trabajo deja de ser algo en común, y se alimentan de un día aquí y otro allá y de “esto deberíamos repetirlo más a menudo” y un “a ver si quedamos algún día”. Así que allí estábamos, sentados rodilla con rodilla en la barra del bar del restaurante esperando a Montse, que siempre se hacía esperar, y a su nuevo novio, con una cerveza en la mano, decidiéndonos entre burritos o fajitas y que yo ya tengo hambre, que por qué no pedimos unos nachos y que no, que luego no ceno.
“¿Y qué tal tu nuevo trabajo? Bien, nada que ver con el despacho de Fernando. Es que Fernando sólo hay uno. ¡Gracias al cielo! Cerró la empresa, se divorció (de nuevo) y lo contrató una multinacional. Ahora está en México. Brindo por ello.”
Y recordamos cosas de un trabajo en el que no vamos a volver a coincidir, criticando a un jefe que no vamos a volver a compartir, y será la luz o será el alcohol pero empiezo a pensar que en un año (o más) las cosas pueden cambiar mucho y que hasta ahora no me había dado cuenta de las ganas que tenía de verla y de que, por mí, éstos pueden tardar otra media hora más en venir.
“¿Y la chica aquella con la que estabas? Ya no estoy. ¿Y tú, qué? Nada. Solo también se está muy bien. Tienes más libertad. Yo ahora vivo sola. Si quieres, un día te vienes y te enseño mi piso. Vale, pero mejor antes de un año. Prometido. ¿Qué tal mañana?”
Y reímos y pedimos dos más, con sendas rajitas de limón atascadas en la boca de la botella y las empujamos hasta el fondo donde arrancan pequeñas burbujas que suben hasta la superficie y rompen en el aire, y brindamos y bebemos de nuevo y volvemos a reír, y ya se me han olvidado los nachos y si los burritos son mejores que las fajitas o al revés.
“Éstos están tardando mucho, ¿no? Es que Montse siempre ha sido de hacer esperar a la gente. A lo mejor están buscando aparcamiento, es que aquí cuesta lo suyo. ¿Los llamamos a ver dónde están? Déjalos, ya vendrán.”
Y siento algo en las tripas, que no es hambre ni es el alcohol, que me susurra no se qué de esos ojos oscuros en los que me estoy perdiendo, mientras la cabeza me repite que esas cosas nunca salen bien, que cuando una compañera de trabajo se convierte en amiga es algo bueno pero cuando una amiga se transforma en algo más no suele tener un final feliz. Pero esta noche hay algo que me empuja a asomarme al borde del puente y querer saltar sin comprobar la longitud de la cuerda; quizás será la luz, quizás el alcohol, quizás esta música de agencia de viajes transatlánticos, quizás algo prendido en su pelo moreno (que nunca antes me había parecido tan liso ni tan negro), en la curva de su sonrisa, en sus dedos jugueteando con la botella, en cómo sus labios se aplastan contra el vidrio cuando toma cortos tragos, en que no me importaría que estos dos esta noche nos dieran plantón porque un año (¡ahora lo veo clarísimo!) es mucho tiempo, demasiado, y esto habría que repetirlo más a menudo, mañana mismo si hace falta, que solo se está muy bien pero en esta barra se está mejor.
Esta noche hay algo inevitable a nuestro alrededor.
Ella me mira y sonríe y hay una pregunta que baila en el brillo de sus ojos.
¿Y por qué no?
concursoderelatos
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  • 21 de Abril de 2011 a las 16:30
Al fondo, contra la pared



Allá al fondo hay mesa libre. ¿Te importa? No me gusta sentarme cerca de la puerta, ni dar la espalda al pasillo. ¿Te sonríes? ¿Piensas que treinta años de cárcel me han trastornado? Allá tú y tus encasillamientos. Cada vida es única. No me siento lástima, ni un héroe. Tampoco un villano.

Pero de eso se trata, ¿no? Vas a alimentar esos tópicos, ¿verdad? Quieres sacarme lo que quieres oír, que confirme lo que tú ya has pensado dar masticado a tus lectores. 

Me gustaría estropearte tu libro. Al menos, que no puedas citarme para escribirlo.

Café solo, gracias. ¿Sabes cómo me cogieron? Por una taza de café. Una ekintza en un bar. Al tipo lo teníamos enfilado desde hacía meses. Le habíamos quemado el coche. Un cóctel molotov había reventado en una llamarada contra el balcón de su casa. Pero el tipo no se iba del pueblo.

Sabía moverse, era un txakurra. Fue difícil cazarlo. La única rutina que repetía era tomarse un café por la mañana en el mismo bar. Ideal para entrar dos con las pistolas ya amartilladas y tirotearlo antes de que levantara la vista. Pero él se sentaba siempre en la misma mesa, al fondo, con la espalda contra la pared, vigilando la puerta. Tuvimos que arriesgar. Yo le esperaba en la barra. Le dejé entrar, sentarse, pedir su café, encenderse un pitillo. Di tiempo a que el bar se vaciara, a que solo quedaran otros dos clientes. Acabé mi café. Me aseguré de que la camarera dejaba mi taza en la fregadera. Entonces me di la vuelta con la pistola en la mano y disparé. Cuatro tiros, tres segundos.

Los jueces han cargado mi sumario con otras muertes. Ésta es la única de la que recuerdo el rostro. Una bomba detonada a distancia no deja recuerdos. Un cuerpo que se desploma, la cabeza taladrada por un coágulo, es una película que te pasa una y otra vez delante de los ojos. En el cine evito ver escenas como ésa. Cuando un zapeo casual me coloca delante de una de ellas, me quedo atrapado. Me repele, pero no puedo sustraerme.

Al hacerlo, yo no sentía nada. Era después, a salvo en mi escondite, cuando me temblaba todo el cuerpo. Ansiedad, excitación, miedo. Un júbilo desaforado por haber salido indemne, por el objetivo conseguido.

Aquel día yo no sabía a quién mataba. Me habían pasado fotos. Sabía su nombre, dónde vivía, que tenía esposa, niños, cómo era su coche, a qué hora salía de casa. Pero no sabía quién era. 

Después de hacerlo, su rostro se multiplicó por todas partes. Pantallas, periódicos, fundían su imagen con la que yo recordaba resbalando desde la mesa al suelo. Supe que años atrás él también había militado en ETA. No pedí explicaciones. Eran tiempos unánimes. 

Alguien puso flores y velas junto a la puerta del bar. A la noche otras manos dejaron claro que solo nuestros muertos tenían derecho a la memoria. Hubo pleno municipal, tumultuario en personas y en argumentos sostenidos con los puños. Entonces vi a su hermana por primera vez. Como una gorgona, atractiva y repulsiva al mismo tiempo. Entre tanto aspaviento a su alrededor, su gesto era intensamente sobrio. La oí en las entrevistas. Su dolor se volvía hacia mí, reflejaba mi odio. 

Durante años viví la doble vida del comando legal. Daba un palo y me escondía en la rutina diaria. Los conocidos comentaban el suceso con admiración, con sorpresa. Ellos no sabían que hablaban de mí. 

Me pillaron por la taza de café. La camarera no había fregado la taza. La rescataron del montón, la analizaron. Años después, alguien bastante listo encargó que se hicieran etilometrías “casuales” a una lista de personas. Con los restos de saliva, el laboratorio me señaló. Cuando les pareció oportuno, me echaron el guante. Te preparas para la tortura, para el dolor, y con lo que tienes que lidiar realmente es con tu propio miedo, la desorientación, tus inseguridades. La cárcel, cuando por fin llegas a ella, es una liberación. Los compañeros te aplauden, tú rebosas orgullo. Sabes que en tu pueblo ha sorprendido tu detención. Que te has convertido en un referente, en un ejemplo para los demás. Llegan las visitas, las cartas de ánimo. Durante años, solo respiras una frase: “jo-ta-ke irabazi arte”. 

Volví a verla en el juicio por la muerte de su hermano. Estaba entre el público. Cruzamos las miradas, sentí la vergüenza del que ofende. Al poco, los tres que estábamos dentro de la pecera nos levantamos, aporreamos los cristales, desafiamos al tribunal, nos sacaron de la sala. No es lo que yo hubiera querido hacer delante de ella.

Juicio tras juicio, las sentencias van sumando condenas imposibles de cumplir. No te preocupas: llegará la amnistía y barrerá con todo. 

Dentro de la cárcel los presos hacíamos piña, frente común, huelgas, plantes. El grupo se cementa con el odio, y el odio hay que cultivarlo con acciones, represalias y reacciones.

De los de fuera se espera un apoyo sin fisuras. Yo encontré pareja al poco de entrar en la cárcel, quién me lo iba a decir. Su nombre, Haitze, significa viento o susurro. Solía atender la barra de la herriko taberna en fiestas. Una vez la acompañé a su casa. Haitze apareció un día de visita acompañando a mi madre. Nada ocurre en este mundo de los presos y sus familias que no haya sido pensado, estudiado. Fue ella la que propuso, me pidió un vis a vis. No sé qué pude haber sido yo para ella. Quizás le bastaba con pasearse por el pueblo como la novia de un gudari. A mí, en todo caso, cada vez que se marchaba me dejaba una melancolía infinita. ¿Por ella? Entonces pensaba que sí, incluso que estaba enamorado. En realidad era la tristeza del preso.

Un día me dijeron: tu madre ha muerto en una carretera de Soria cuando volvía de visitarte. Otro día me trasladaron al pueblo para asistir al entierro de mi padre. Otro día me dijeron que Haitze había pasado la muga. Seguramente era necesario su aliento allí para la lucha. No me dijeron que también susurraba palabras de amor para otro hombre. Era lógico que lo hiciera. ¿Qué puede dar un preso?

En la cárcel la vida se congela, el tiempo no. Recurrentemente, caía en mis manos un artículo de ella, una entrevista con ella, la hermana. También en su cara aparecían surcos y se desvanecía el color de su pelo. Solo un rostro no envejecía: el de su hermano tiroteado, contorsionado, cayendo al suelo entre regueros de sangre.

La derrota llegó a paso lento. Compañeros que elegían abogados diferentes de los que señalaba la dirección. Compañeros que no secundaban las protestas, que no las consideraban “oportunas”. Los que, sin dar explicaciones, optaban por hacer su estancia en la cárcel lo más corta posible. Calculados traslados, que aislaban a los duros, protegían a los que se acomodaban, golpeaban al que ofrecía la consistencia quebradiza del cristal. 

Entremedias, las treguas, las sucesivas treguas. Tanta esperanza se abría, tanta era la decepción cuando meses después se rompía la tregua. Las detenciones no cejaban, las ekintzas se espaciaban, cada vez menos contundentes. Llegó un momento en el que ya no había treguas que ofrecer, que la amnistía, certeza de antaño, pasó a ser una quimera.

Antes, los que cumplían su condena eran recibidos a la salida de la cárcel, acompañados en comitiva hasta su pueblo, celebrados con un aurresku, un nombre para una calle, un lugar de honor en las fiestas. Con la derrota, sólo venían a la puerta de la cárcel apenas unos pocos amigos y familiares. Cuando me tocó a mí, treinta años cumplidos, le dije al abogado que mintiera sobre la fecha de mi salida, no sea que algún conocido se acordara de mí. Volví al pueblo solo, un largo viaje, llenándome los ojos de calle.

¿Sabes lo primero que hace un preso? Caminar sin límites, caminar hasta quedar exhausto sin necesidad de dar media vuelta cada cincuenta pasos. Era de esperar que ocurriera: vivimos en el mismo pueblo. Yo seguía atrapado en mi rutina compulsiva de paseos. Nos sorprendimos los dos, tan cerca. Ella iba del brazo de un hombre. Lo soltó, dio dos pasos hacia mí, lentos. Era una anciana. Una anciana no mucho mayor que yo. Me llamó “Asesino” con una voz tan baja que nadie más lo oyó.

Me sentí herido, dolido, rechazado. Furioso. Y al mismo tiempo, no la eludí. No me di la vuelta. Tampoco la enfrenté desafiante. Me quedé ante ella, con la cabeza agachada, un poco de lado. Dije “lo siento”. No sé si me oyó. Ya se había marchado.

Sigo paseando para encontrarla. La veo venir de lejos. Entonces me aparto, cambio mi camino. Sé que mi presencia le resulta odiosa. Quisiera hablar con ella, explicarle, pedirle perdón. ¿Pero cómo se le pide perdón a quién no te va a perdonar? Entonces me enfado con ella porque no me perdona.

He averiguado su dirección. Le escribo una carta, una sola carta que repaso una y otra vez, pero que no he llegado nunca a enviar.

Le digo que no soy un monstruo. Que un individuo normal, corriente, puede empuñar una pistola y matar. Le hablo del que tira una bengala en el graderío sur. Eso nunca se hace solo. Se va en grupo, en cuadrilla, animado, jaleado. Las pistolas las empuñan unos pocos. Los más decididos, ¿son más culpables que los que jalean, aplauden, calientan el partido?

Por qué, cómo se llegó a eso, todos sabemos cómo ha sido. Un poeta escribió un verso, un verso que hablaba de piedras y de pueblo y que ha sido como una losa para este pueblo. Harri eta herri. “Defenderé la casa de mi padre”. Yo nací aquí, en este pueblo. Abracé la causa, canté los versos. Era joven. 

Han pasado muchos años desde entonces. Mi vida entera. Y ahora me siento aquí, al fondo, la espalda contra la pared. Le escribo la carta de nuevo y sé que no se la puedo enviar. No hay en mi carta ninguna razón para que me perdone.




estrellafugaz
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  • 21 de Abril de 2011 a las 22:04
Pues hasta aquí hemos llegado. Hay sólo ocho relatos y, según las bases, eso significa que sólo hay que votar por tres, no por cinco relatos como en las últimas convocatorias.

La simplicidad del primer millón

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A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

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