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romi
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Al volver las golondrinas

20 de Abril de 2011 a las 11:28

Bubok

Al volver las golondrinas

            El rey llamó a la princesa, su hija y le dijo:

- Desde hoy tienes prohibido hablar con tu amigo, el jardinero.

Y la princesa, nerviosa y algo asustada, le preguntó:

- Señor ¿por qué me impone este castigo?

- Tu amigo no es de mi agrado. Ya hace tiempo que te lo vengo diciendo y no me haces caso.

- Es que Nadín, mi amigo el jardinero, es la persona más buena que nunca he conocido. Y como cuidador del jardín y todas las plantas que crecen por aquí, es único.

- ¿Y cómo me lo demuestras?

- Desde el día que su majestad me regaló las tierras que hay el levante de nuestro palacio, él ha trabajo aquí sin descanso hasta construir en este espacio el edén más hermoso que hay en torno a la Alhambra y en el reino de Granada. Solo tiene que mirar y verlo. Yo creo que nunca hubo ni habrá en el mundo otro jardín como este mío. Nadín es un hombre bueno, sabio y de corazón puro. Es amante de lo bello y lo excelso y, por todo esto, yo lo quiero mucho. Y como persona, también es un gran amigo.

- Pero desde aquel primer día yo he ido observando en él hacia ti mucha confianza y esto, no me gusta nada. Así que te lo repito: desde ahora mismo te prohíbo que hables con él y que te acerques a su lado.

- Pero padre…

            Y a la princesa ya no le dio tiempo explicar nada más. Se levantó el padre de su asiento de rey, dio las espaldas a la joven y se fue a sus cosas. A despachar con los gobernadores los asuntos del reino y de su palacio. Se levantó la princesa también de su asiento, caminó despacio y muy cabizbaja y se fue a su aposento, en la torre alta del gran palacio sobre el Cerro del Sol, por encima de la Alhambra. Una de las ventanas de su torre, palacio y alcoba, daba a la gran llanura del fabuloso jardín cultivado y cuidado por Nadín. Y tenía siempre de fondo las altas y blancas cumbres de Sierra Nevada.

            La primavera estaba ya muy avanzada. Cada día el sol lucía con su mejor luz y colores y por eso el calor se hacía sentir, como preludio de la llegada del verano. Pero las nieves sobre las montañas de Sierra Nevada todavía tardarían unos días en derretirse del todo. En su jardín, el edén más florido y verde que por aquellos tiempos había en Granada y en todos los recintos y alrededores de la Alhambra, ya habían florecido muchas plantas. Nadín el jardinero y gran amigo de la princesa, cada día cuidaba con tanto cariño a todas estas plantas que hasta le puso nombre a todo el terreno. Cuando hablaba con sus amigos o con la princesa siempre se refería al vergel como “El Jardín de la Princesa”. A ella le hacía mucha gracia y, en el fondo, le gustaba y se sentía honrada y orgullosa.

           A estas alturas del año y de la primavera, en el Jardín de la Princesa, ya habían brotado las lilas, las rosas rojas, blancas y amarillas, las pequeñas rosas de pitiminí, los lirios y las azucenas. También ya estaban abiertas las flores de los naranjos aunque de las ramas de estos árboles, colgaban aun muchas naranjas. Nadín las iba cogiendo poco a poco, algunos días, acompañada de la princesa. Por eso hablaba con ella y le decía:

- Dentro de poco volverán las golondrinas y también los ruiseñores y llenarán con sus vuelos y trinos, todos estos sitios.

Y la princesa comentaba con él:

- ¿Te acuerdas que el año pasado las golondrinas hicieron su nido donde tú guardas las herramientas?

- Claro que me acuerdo y también recuerdo lo mucho que a ti te divertía primero verlas construir cada día un trozo de su nido y luego, verlas acarrear hebras de pasto y, después, encubar sus huevos y crías los polluelos. Y también me acuerdo de tu alegría el día que las nuevas golondrinas salieron de su nido y se pusieron a dar vueltas por encima de este jardín tuyo.

            Guardón un momento de silencio la princesa y, mientras ayudaba a Nadín a coger una rama cargada de lustrosas naranjas, le preguntó:

- Y cuando este año vuelvan las golondrinas ¿vendrán las que hicieron aquí su nido el año pasado y también sus crías?

- Las golondrinas siempre vuelven cada año al llegar la primavera al mismo sitio donde hicieron el nido y nacieron.

- Pues desde ahora mismo voy a estar pendiente a ver si lo que me dices es cierto. Pienso que cualquier día de estos pueden volver las golondrinas y, en cuanto las vea revoloteando por encima de este jardín nuestro, lo primero que voy a comprobar es ver si vuelven todas.

- Yo también estaré pendiente y en cuanto las veas te lo digo.

Otra vez guardó silencio la princesa y al rato le preguntó:

- ¿Y por qué a ti te gustan tanto los pajarillos, los árboles, las flores, los animales, la naturaleza entera?

Sin titubear Nadín respondió:

- Princesa, nada sería igual en este mundo y entre nosotros los humanos si no existiera la naturaleza ni los animales ni las flores. ¿Qué belleza tendría la vida si en el mundo no hubiera flores y pájaros?

Y guardó silencio la princesa.

            Con estos pensamientos y refelxiones y recordando lo bonitos momentos que había vivido con su amigo el jardinero, la princesa de refugió en el aposento de su torre. Triste por lo que el rey le había dicho y preocupada por Nadín. Se acercó a la ventana que, en uno de los lados de la torre, se abría hacia los jardines de la llanura. Despacio y meditabunda miró para el vergel y descubrió los naranjos. En primer término, más cerca de su palacio, descubrió los rosales de rosas amarillas y pequeñas y luego la hiedra y las celindas, los cipreses, las encinas, los pinos y por último y ya hacia el pequeño barranco que subía desde los jardines de los Alixares, los olivos y más pinos. Y mientras miraba despacio como si buscara algo descubrió a muchos pajarillos revoloteando de un lado para otro. Mirlos, tórtolas, palomas torcaces, abubillas, currucas… Miró más despacio por si entre todas estas avecillas ya revoloteaban las golondrinas y no las descubrió. Sin embargo, sí vio a Nadín regando uno de los arriates de rosas rojas, cerca de los naranjos.

            Y lo primero que pasó por su mente fue salir del palacio a irse a su encuentro. Sentía la necesidad de compartir con él las cosas que el rey le había comentado. Pero lo pensó con calma y, asustada por lo que pudiera ocurrir, se contuvo. Sin embargo, continuó asomada a su ventana, ahora más pendiente de su amigo y, en uno de los momentos que éste miró para la torre del palacio, ella le hizo señales y le dijo: “Hoy no me esperes porque no puedo ir”. Desde la distancia también Nadín le hizo señales y le preguntó: “¿Te pasa algo?”  Repitió la princesa las señales y le contestó: “Nada grabe pero hay problemas”. Y enseguida Nadín quiso preguntar más cosas pero ya no le dio tiempo. La princesa tuvo miedo del rey y por eso se apartó de su ventana, caminó por dentro de la torre y se refugió en la cama de su aposento. Pensando en su amigo el jardinero y sin poder apartar de su mente las cosas que el rey le había dicho.

            Por eso, toda aquella tarde y por la noche, estuvo refugiada en su aposento. No comió nada ni tampoco durmió. Al día siguiente tampoco quiso salir de su torre aunque sí las doncellas le llevaron de comer. Durante la noche varias veces se asomó a la ventana de su torre y triste se puso a contemplar las estrellas. De fondo oyó el croar de las ranas en las acequias y estanques, el canto de los autillos, el ulular de algún cárabo y también al amanecer, se sorprendió al oír los trinos de un ruiseñor. Se había refugiado entre las ramas del rosal de flores de pitiminí amarillas y se puso a cantar. Al oírlo, enseguida se dijo: “Ya han vuelto los ruiseñores. Seguro que las golondrinas también volverán en cualquier momento”.

            De madruga ella se quedó dormida y cuando las asistentas entraron en su aposento y la vieron acurrucada en la cama, la dejaron tranquila. Ya al mediodía se levantó, bajó a los aposentos del rey, lo saludó y también a la reina su madre y luego dijo:

- Salgo un momento a dar un paseo por el jardín.

Ninguna objeción puso el rey y la dejaron que saliera. Y lo primero que hizo fue irse a donde el rosal de hojas amarillas con la intención de encontrar el nido del ruiseñor. No lo vio ni tampoco lo oyó pero sí descubrió el nido de una curruca. Un pequeño pajarillo del tamaño de un gorrión que había tejido su nido en unas delgadas ramas del rosal. Se acercó despacio para no asustar al pajarillo y enseguida vio que salió del nido y levantó vuelo. Se aproximó un poco más, alargó su mano y con sus dedos palpó cuatro huevecillos. Se dijo: “Son muy pequeños y están calientes. Seguro que los está encubando. Los dejaré aquí sin dañarlos”. Y se retiró. Caminó despacio hacia el centro del jardín y al pasar cerca del ciprés que Nadín había cortado en su parte alta unos meses atrás para que no tapara la ventana de su torre, el mirlo levantó vuelo. Conocía ella a este mirlo porque, desde hacía mucho tiempo, más de un año, siempre cantaba no lejos de su ventana. A veces en el ciprés y otras veces en las ramas del acebo. Por eso se aproximó al árbol, miró y descubrió el nido. Lo había construido justo al lado del tronco del ciprés, entre las ramas del acebo. También se acercó despacio y como el nido estaba muy bajo, ni siquiera tuvo que alargar su mano para palpar los huevos que había dentro. Sin apenas esfuerzo perfectamente descubrió los tres huevecillos color azul verdoso. Tampoco los cogió sino que, después de observarlos un rato, se retiró y siguió caminando. Se dijo: “Ojalá me encuentre por aquí a Nadín para compartir con él estos hallazgos”. Pero enseguida sintió miedo y se dijo: “Que no esté por aquí Nadín y me vea. Si se me acerca y charla conmigo y el rey se entera, no quiero ni pensarlo”.

            Caminó por los pasillos de los jardines en busca del cedro alto y grueso. Sabía ella que este era al árbol que más le gustaba a Nadín. Por eso, de vez en cuando le decía:

- En todo jardín que se precie debe crecer siempre un cedro. Y éste, es el más noble árbol que nunca se ha visto por estos reinos. Fíjate qué porte, qué follaje y qué dignidad le imprime a todo este jardín tuyo.

Y ella, siempre que Nadín le hacía caer en la cuenta de la gran belleza del cedro, le decía:

- Sí que es cierto. Me gusta mucho este árbol. Ojalá nunca nadie le corte sus ramas ni lo arranque. Para que, cuando pase el tiempo y ya ninguno de nosotros estemos por aquí, este cedro siga dando testimonio de tu presencia como jardinero y de mi amistad contigo.

            Y al acercarse ella ahora a este emblemático árbol, otra vez deseo encontrarse con Nadín y otra vez tuvo miedo. No lo vio pero sí le sorprendieron los aleteos de una torcaz. Miró para arriba y descubrió que en lo más alto estaba construyendo su nido. Se alegró y también sintió cierta satisfacción comprobar que hasta las palomas torcaces, acudían al cedro para hacer sus nidos. Se dijo: “Desde que Nadín cuida este jardín, no solo crecen por aquí las más bellas y mejores flores, rosas, tulipanes, jazmines, narcisos, violetas, lirios, lilas y celindos sino que hasta los pajarillos se han venido a vivir aquí. Diga lo que diga mi padre, estoy orgullosa de mi amigo jardinero y del florido vergel que para mí ha construido”. Y en estos momentos y al acercarse a un viejo olmo, vio una tórtola que se posaba en las ramas más altas del árbol. Se acercó y descubrió su nido entre la espesura de las ramas. Y mientras la observaba, otra vez se dijo: “Mañana mismo tengo que volver por aquí con papel y lápiz para tomar nota y poner por escrito en qué sitio he encontrado todos estos nidos y de qué son y en qué árbol se encuentra cada uno. Y en cuanto tenga la oportunidad de hablar con Nadín, se lo voy a comentar y, para que no se me olvide, nada mejor que tenerlo todo escrito”.

            Se decía esto cuando vio dos abubillas que, por entre las encinas, picoteaban y luego levantaron vuelo. Se pararon en lo más alto de la torre de sus aposentos y ahora recordó que las golondrinas podrían volver de un momento a otro. De nuevo se dijo: “Hoy he descubierto señales de currucas, mirlos, palomas torcaces, tórtolas y abubillas… Luego lo escribo y también cada uno de los detalles”. Se acercó a un rosal de rosas rojas, cortó varias flores, hizo un pequeño ramo, miró luego a un lado y otro intentando encontrar a Nadín por algún lado y, al no verlo, quiso llamarlo pero se lo impidió el miedo. Regresó por los paseos del jardín y entró a su palacio. Subió a sus aposentos y se asomó a la ventana de la torre. El día ya caía y por eso el sol brillaba sobre las nieves de Sierra Nevada. Sintió el canto de un autillo y a su mente acudió el recuerdo de Nadín. Se dijo: “Es extraño que no lo haya visto ni oído por ningún lado. Él siempre anda por entre las plantas de este jardín porque no para ni para dormir. Y es tan bueno conmigo y me quiere tanto que su mayor ilusión es tener el jardín más bonito para mí. ¡Qué extraño no haberlo visto por ningún lado!”.

            Fue cayendo la tarde y ella no salió de los aposentos de su torre. Las ranas en las acequias y en los estanques dieron comienzo a un gran concierto y los autillos y cárabos ululaban por entre los árboles del jardín. Contempló el cielo sembrado de estrellas durante un buen rato y aunque las doncellas le dejaron la comida para que cenara, les dijo que no tenía hambre. Se fue a la cama pensando en Nadín y diciéndose que al día siguiente tenía que hablar con su padre el rey. Pero al día siguiente, todavía antes del amanecer, sintió un gran tropel por la parte alta del jardín. Corriendo se asomó a su ventana y no vio nada porque era todavía casi de noche. Pero sí hasta sus oídos siguió llegando una gran algarabía de voces y gritos. Y por eso, en cuanto las doncellas llamaron a la puerta de su aposento para traerle el desayuno, ella les dijo:

- Pasad, está abierto.   

Pasaron las tres doncellas y le ofrecieron los alimentos para que desayunara al tiempo que le decían:

- El rey nos pide que te digamos que tienes que alimentarte y que si no lo haces, tomará medidas.

- ¿Qué medidas?

- Nosotras no lo sabemos pero esto es lo que nos ha dicho.

Y entonces la princesa preguntó a las doncellas:

- ¿Sabéis vosotras qué ha sido lo que esta madrugada ha ocurrido en la parte alta del jardín?

- Todo el mundo lo sabe en este palacio.

- ¿Y qué ha sido?

- El rey ha ordenado a los soldados y estos han hecho prisionero a Nadín, el jardinero.

            Por un momento la princesa se quedó aturdida. Quería seguir preguntando a las doncellas pero se contuvo unos segundos. Caminó y se fue a la ventana, miró para el jardín y luego se volvió para las doncellas y ahora sí les preguntó:

- ¿Y sabéis vosotras por qué el rey ha hecho esto?

- Lo único que sabemos es que el rey ha dado órdenes a los soldados para que recluyan a Nadín en las cuevas del barranco que sube desde los jardines de los Alixares.

- A las cuevas ¿por qué?

- Le ha prohibido que aparezca más por este jardín y, como castigo menor, le deja vivir en esas cuevas pero con la prohibición también de encontrarse contigo.

- Y si él rompiera esta prohibición ¿qué otra cosa haría el rey con Nadín?

- Esto ya no lo sabemos.

            Y en estos momentos, ya con el sol brillando sobre las nieves de Sierra Nevada, sobre su palacio y el jardín de la Princesa, de nuevo se oyeron voces y mucha algarabía. Se acercó la princesa otra vez a la ventana y al mirar descubrió un grupo muy numeroso de hombre. Preguntó a las doncellas:

- ¿A dónde van y que harán?

- También cumplen órdenes del rey.

- ¿Qué órdenes son éstas?

- Según nosotras hemos oído el rey ha ordenado que se arranquen todos los árboles de este jardín.

- ¿Y eso por qué?

- También hemos oído que es porque te han visto a ti, por entre estos árboles, charlando con Nadín. Y como el rey te lo ha prohibido, parece que se ha enfadado y, por ahora, la quiere pagar con los árboles de tu jardín. Quizá luego lo pague contigo.

- Pero es que yo no he hablado con Nadin y estos árboles están llenos de vida. Entre sus ramas viven cientos de pajarillos y ahora mismo tienen ahí sus nidos.

- Princesa, nosotras nada sabemos de estas cosas ni tampoco opinamos en la decisiones del rey.

            Desde la ventana ella esperó a ver como los hombres daban comienzo a la corta de los árboles. Y descubrió como los pajarillos, mirlos, currucas, ruiseñores, tórtolas y palomas torcaces, alzaron vuelo y se fueron para el barranco de las cuevas. Se retiraron las doncellas dejando en el aposento el desayuno para que comiera ella y ésta ni siquiera le hizo caso. Desde la ventana miraba triste y veía como cortaban y arrancaban los naranjos, los limoneros, las encinas, los cedros… Y a cada golpe sobre los troncos y ramas de los árboles su corazón temblaba. Por eso lloraba y miraba en silencio pensando en los nidos de los pajarillos y pensando en Nadín. Se dijo: “Tengo que salir y buscar al rey rápido y pedirle que detenga toda esta barbarie. No hay derecho que haga esto y menos cuando no hay ningún motivo para ello. ¿Qué mal ha hecho Nadín y qué daño han hecho estos árboles y todos los pajarillos que viven entre sus ramas?”  

            Y en estos momentos sintió el trino de las golondrinas. Volvió su cabeza para descubrirla y las vio surcando el cielo. Llegaban desde el lado de los jardines y buscaban el lugar donde el año anterior habían construido su nido y habían criado a sus pajarillos.

 

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