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R2-D2
Mensajes: 3.188
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008

LVIII: Internet. Concurso de relatos quincenales. Hilo solo para colgar relatos

25 de Abril de 2011 a las 10:04
El tema, si os parece, será internet. Espero no disgustar.

El lenguaje, la escritura, la imprenta... ahora es internet, todo junto y amplificado.

Sobre como interpretar el tema, mi opinión, después de alguna rabieta reflexionada a posteriori, es que el tema debe ser un aliciente, una semilla, un estímulo. No un aro por el que pasar, ni una cuerda en la que hacer equilibrios. Porque al final lo que escribes y el relato que te queda en el cajón es lo más dulce.

Vale, por tanto, cualquier relato que tenga internet como tema u objeto. O que lo tenga como ambiente, como decorado o escenario. O que tenga alguna relación que no seamos capaces de imaginar, que nos sorprenda a todos los demás.

Aquí, por tanto, comienza el hilo SOLO para colgar los relatos.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 30 de Abril de 2011 a las 13:45

Web-Landers: Ni Hikikomoris ni Ninis ni Hackers




Te despiertas y no te reconoces. Has dormido con la cabeza apoyada sobre el teclado del ordenador y te duele el cuello. Al moverte la pantalla reacciona, encendindose. Tecleas tus contraseas y entras en tus cuentas. Tienes cuentas de correo en cuatro pginas diferentes, con dos y tres seudnimos cada vez; tambin en casi todas las pginas importantes de descargas (aunque t las usas mucho ms para subir toda clase de archivos pues tus discos duros estn nicamente para lo esencial y aun as estn bastante llenos). Perteneces a los veteranos de Youtube, Genero.tv y Spotify. Odias Facebook aunque eres tres personas ah dentro. Y en Twitter has llegado a discutir con quince usuarios sobre armas de fuego de los cuales la mayora eras t mismo. Por supuesto, usas Ubuntu y tratas de hundir a Microsoft. Te has registrado en muchos ms sitios, pero no los vas a enumerar ahora. De estas cuentas la mayora ya han sido olvidadas pero a veces, cuando te da la nostalgia, resurgen algunas pues tu lista en Marcadores nunca decrece. Te gusta acumular posibilidades, ver cmo aumentan los lugares que posees con un solo clic.

Lo mejor es que hoy todo ha cambiado. En cuanto abriste los ojos supiste que no eras la misma persona que antes de dormirte. Tampoco es que te hayas convertido en alguien distinto. Ests mutando. Incluso tu alrededor es diferente. Tu habitacin no parece tu habitacin aunque no dudas ni por un segundo que es tuya. Ya sabas que no era una buena idea echar una cabezadita, pero acumulabas demasiadas horas sin dormir y al final sucumbiste y has de pagar el precio. El precio es tener que reconstruir ese mundo detrs de la pantalla que hace unas horas era todo lo que pedas a la vida.

Regresas a las pginas web que siguen abiertas delante de ti. Las analizas..., pero no recuerdas qu perseguas, por qu aparecen tantas referencias a la nanotecnologa aplicada a los alimentos, la fabricacin de carros de combate y las muecas Barbie... Resignado, prefieres navegar sin destino fijo mientras tratas de contactar con ferminus y neodanir, infructuosamente. A cada instante todo se torna ms extrao. Sigues introducindote en la red, notas que tu cuerpo y tu mente regresan a esa sintona con la mquina, tus clulas reconocen la vibracin de las imgenes del monitor cuando consiguen salir del sopor del mal dormir y lees a tremenda velocidad cosas realmente sorprendentes sobre la realidad, la misma que te rehye. Es excitante. Sabes que eres un pionero, un Web-Lander... Te mueve el afn de conocimiento y arriesgas cada jornada para no volver a ser t mismo... Deambulas por batallas mticas, luego los volcanes absorben tu atencin pues conocen la esencia de este planeta y entretanto observas plantaciones de opio y a millares de manifestantes que rompen sus contratos de esclavitud ante los ojos atnitos de los policas. Por suerte no tienes hambre y no tienes sed. Tampoco sueo ni ganas de mear. Compruebas que todo sigue igual, es decir, en continua mutacin. Entonces, sin poder evitarlo, te preguntas cuestiones tan imbciles como “Cunto tiempo ha transcurrido?” Eres consciente una vez ms de que el tiempo no existe porque no hay una verdadera referencia. Juraras que han pasado unas pocas horas pero en tu ventana ya no hay luz... Descubres que Internet es capaz de convertirse en un agujero negro que hace que las formas que rodean el monitor comiencen a deformarse, a retorcerse como si fuesen una toalla inmensa que estrujan para sacarle hasta la ltima gota de agua... Has entrado por fin en donde queras entrar. Te concentras en lo que lees, ves y escuchas. Tocando el ratn que desplaza al puntero eres invencible, eres nico, eres autntico, eres poderoso. Eres tantas cosas como no eres realmente nada. Tu lengua se restriega por tu cavidad bucal, la sientes seca, agrietada y triste. Abres un Red Bull. Sacas tambin de la pequea nevera porttil un par de paquetes de salchichas. Tu desayuno, tu comida y tu cena a las tantas de la madrugada. Mientras masticas no dejas de navegar por la red. Tus pensamientos surgen velozmente hasta que uno de ellos se detiene y se hace fuerte y enorme: “Ests solo."

Tan solo como siempre has querido estar.

Aparecen mil imgenes, pero ninguna te afecta; permaneces ausente, en un plano distinto. Entonces piensas una nueva estupidez: “Dnde ests?” Es imposible responder a preguntas como esa cuando eres un Web-Lander. Tus sentidos no cejan de pelear por darle forma al mundo que tienes ante ti y que sin embargo est tan lejos. Todo se mezcla en tu cabeza; o tu cabeza se mezcla con todo. A cada instante sientes ms agitacin neuronal, las visiones se van tornando ms frenticas. Ests manejando demasiadas herramientas a la vez. Tu torre resopla, pareciese que se hincha, que suda. Te encuentras rodeado de un sinfn de cosas que no comprendes, ni siquiera podras decir cundo ni cmo empez este ltimo viaje a transformarse en un laberinto que se multiplica a s mismo frenticamente. Tu ordenador se bloquea. Mientras se reinicia, notas varias puntadas en tu estmago. Vas al bao a pagar la primera de las tres cuotas diarias -como mnimo- de la diarrea.

Adems de tu salud, vas consumiendo tus ahorros ya que un Web-Lander debe encontrar su sustento econmico en la red y an no has sabido cmo hacerlo. Ferminus y neodanir s lo han conseguido. Ferminus crea y vende aplicaciones para el iPhone y otros telfonos de gama alta; y neodanir se meti en una ONG, con enchufe, claro, y le pagan poco ms de 800 euros al mes por el asesoramiento tecnolgico, mantenimiento de la pgina web y la garanta de seguridad informtica. Los cabrones ya se han podido comprar la tableta de Apple. Adems de ferminus y neodanir, tienes ms amigos; pero a ninguno lo conoces personalmente. Jams has invitado a nadie a venir a tu casa. Ni siquiera a ferminus o neodanir. Ni ellos a ti… Las visitas son una ordinariez. Adems de innecesarias.

Alargas el brazo y sacas de la diminuta alacena un paquete de palomitas para hacer en el microondas y en dos minutos te llenas los carrillos con las rosetas de maz reventado. Bebes leche a morro. Por supuesto eres de los que piensan que comer delante del teclado es un placer, otro ms de esta vida, como lo es estar fofo y que nadie lo vea. Pero lo mejor es estar solo, o mejor dicho, el poder estar solo siempre que algo no sale como quieres.

En ocasiones te entretienes imaginando qu haras si una maana te levantases y, en vez de reencontrarte con tus usuarios y contraseas, con los diferentes personajes que juntos dan una idea bastante aproximada de ti mismo, sucediese que la conexin a Internet no funciona... El tiempo cobrara sentido. El tiempo se curvara y te tocara para decirte que cuando quiere puede ser muy lento... Agobiado por el tic-tac, buscaras ropa decente y saldras a la calle. Aprovecharas para ir a comprar vveres y de camino te meteras en un bar..., eso es lo nico que echas de menos, un bar, sentarte en un taburete alto al lado de la barra y beber cerveza tras cerveza mientras los dems desayunan, y luego toman cafs con ans y ms tarde tapas... La cerveza delante del ordenador no sabe igual de bien, hay que reconocerlo… Pero, en cambio, frente a la pantalla, los Red Bull te inyectan la rapidez neuronal que ms te conviene cuando andas asombrado con las pginas de los Hackers y ests tratando de poner en marcha un sistema para robar todas las claves de tus vecinos. Podras conseguir dinero as, trapicheando con claves. Sin embargo acabas enfrascndote en conversaciones sin sentido con escritores de reconocido prestigio que se empean en mantener contacto con el pblico; o viendo fotos de gente en sus vacaciones o mientras entierran a su abuela; o dndole a la pornografa..., y eso que procuras evitar esas pginas. Ferminus en cambio est generalmente empalmado o hacindose pajas. Es muy desagradable porque tiene conectada la cmara web las 24 horas y, bueno, a veces no puedes evitar mirar..., ya tiene un montn de seguidores... Sus padres estn horrorizados: su madre descubri, hace cosa de un mes, su pgina... Hubo una gran pelea, pero ferminus no dio su brazo a torcer... Resultado: ya no le dan la tabarra con que no puede seguir malgastando su vida delante del ordenador, ahora a sus padres slo les preocupa la vergenza que pasan y que su primognito vaya a enfermar por masturbarse tanto. Pero ferminus no se amedrenta, vive solo, en un estudio, y hace lo que le da la gana a pesar de los chantajes de su madre que amenaza con tener un infarto cerebral... A neodanir, en cambio, segn te cont l mismo, sus padres lo han dado por perdido tras luchar por traerlo al redil cuanto han podido. En este aspecto se debe de parecer a lo que suceda en los ochenta con los primeros yonquis. El padre dej de considerarlo su hijo y es la madre (a escondidas) quien le va a visitar y le limpia la casa y lava la ropa... Y tus padres estn muertos..., que es algo bien jodido, te duele una barbaridad recordar sus rostros, cunto te queran, eras hijo nico..., pero para el caso es mucho mejor, heredaste la casa y algunos ahorros, y sobre todo no has de soportar la mirada inquisidora de un padre decepcionado, ni los ojos llorosos de una madre que no para de sufrir por comprobar cmo vas consumiendo tu salud. Tu periplo, debido a estas funestas circunstancias, fue totalmente personal. Te convertiste en tu propio juez y llegaste, como ferminus o neodanir hacan con sus progenitores, a inventar enfermedades para justificar tu ausencia de la vida social hasta que no hubo ms remedio que aceptar que ests conscientemente perdido, que de alguna manera aterrizaste en la red y ah vas a seguir viviendo puesto que no quieres ser quien eres, sino muchos ms. Y es que t no eres t, salvo cuando apagas el ordenador… Por eso no lo apagas nunca.



concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Mayo de 2011 a las 16:39

PERFILES

 

 

—Muy bien, ¿estás tranquila? —pregunta mientras guarda el medallón en un cajón del escritorio.

            —Sí.

            —¿Me dices tu nombre?

            —Susana.

            —Bien, Susana. ¿Sabes quién soy yo?

            —El doctor Fernández —responde asintiendo con la cabeza.

            —Muy bien. Quiero que me hables de Alba. Que me digas cuándo apareció en tu vida.

 

Tienes veintiocho años, un buen trabajo, no tienes problemas económicos,  lo tienes todo. ¿Qué haces chateando con este tío? Con Marcos la cosa está bastante delicada, si se entera de esto va a estarlo mucho más. Decir que sólo es una “inocente amistad” no sirve. No te engañes, este tío te está contando demasiadas cosas, cosas de las que no se comparten con cualquiera y tú le estás dando carrete. Si todo es tan inocente, ¿por qué no se lo has contado a Marcos? Llevas más de tres meses hablando con “Excalibur”. ¿No te dice nada el nombre? Por favor… está buscando una funda para la espada, como todos, lo sabes perfectamente. Si hasta Marcos busca lo mismo… Vale, no es igual, Marcos te quiere de verdad, pero no renuncia a nada. Ninguno lo hace, si no lo ha hecho Marcos ninguno lo hará.

Otra solicitud de Alba para hacerse amiga tuya en el facebook. Todavía no has averiguado quién es, has preguntado a todos tus contactos y nadie la conocer. Ni caso, pasa de ella, que hay gente muy rara. Bastante tienes con “Excalibur” como para empezar a añadir más desconocidos a tu vida.

 

            —Quería que la agregara a mi facebook, pero como no la conocía la ignoré —empezó a decir Susana —, además miré en su página y estaba vacía, sin contactos y sin datos. Después de un tiempo, no sé cuánto, tal vez dos o tres meses, fue cuando recibí su primer correo. No sé cómo consiguió mi dirección.

 

Hola Susana. Me llamo Alba. He intentado ponerme en contacto contigo a través del facebook pero no me has hecho ni puñetero caso, así que me he decidido a intentarlo por aquí. Nos conocemos, nos criamos juntas aunque no te acuerdes. Yo sí me acuerdo. Para demostrarte que no te estoy tomando el pelo te voy a contar una anécdota que seguro que recuerdas: Tu madre os había dado a tu hermano y a ti dinero para que os comprarais un bollo antes de entrar al colegio; os habíais dormido, se había hecho tarde y no habíais desayunado; tu hermano entró en la tienda y salió con un montón de golosinas compradas con el dinero de los bollos; te dijo que si le decías algo a tu madre te daba una paliza.

 

            Parecía conocerme desde siempre. Sentí curiosidad.

 

Alba, Alba, Alba… pues no caigo, por más que intento hacer memoria no consigo recordarla. Que te conoce está claro. ¿Le contaste a alguien aquello? No creo, tampoco fue tan importante. Eso significa que estaba allí. ¿Quién os acompañaba al colegio? Nadie; ibais juntos tu hermano y tú solos. ¿La de la tienda tenía una hija? No me acuerdo. Contéstale y le preguntas.

Primero vas a pasar tu ratito con “Excalibur”. Hasta que no te hayas metido en un lío no vas a escarmentar. Tú también le estás contando cosas que no deberías contarle, hasta le has hablado de Alba. No se lo has dicho a Marcos y se lo has contado a él.

 

 

Je, je, je… no te voy a dar pistas. Tendrás que averiguar quién soy de otra manera. Tenemos un amigo común, se llama “Excalibur”, qué casualidad, ¿verdad? Yo también chateo con él; normalmente empiezo cuando tú acabas. Claro, que eso ya lo hacíamos de pequeñas: tú te retirabas y entraba yo. Lo sé, no te cuerdas. Está bien, me lo dejas preparadito y pasamos unos ratos muy buenos. Me gusta, es diferente al resto. Si te decides a dar el paso y a practicar el “cibersexo” te aseguro que no te dejará a medias. ¡Ah, es verdad! Que a ti el sexo no te interesa.

¿Cómo vas con los dolores de cabeza?

 

Te lo dije, es como los demás, busca lo mismo y lo ha encontrado en Alba ¿Y quién es Alba? Esto no me gusta. ¿Qué querrá decir con que cuando tú te retirabas entraba ella? ¿Y de dónde saca que no te interesa el sexo? Tenemos que acabar con estas conversaciones, “Excalibur” se está riendo de ti, posiblemente Alba ni te conozca y sea él quien la ha encaminado hacia ti. ¿Cómo sabe lo de los dolores de cabeza si no? No hables con él, no lo hagas. No lo necesitas, tienes a Marcos.

           

            —Empezó a hablar con mis contactos, aquello me disgustó, me daba miedo. No sabía cómo conseguía sus direcciones.

 

Increíble. Ha reconocido que habla con Alba cuando deja de hacerlo contigo. Incluso te ha contado lo que hacen. Pero niega que le haya hablado de ti, ¿tenemos que creerle? Lo de los dolores de cabeza se lo puede haber dicho cualquiera, es verdad, no sé cómo lo ha conseguido pero se ha puesto en contacto con todos nuestros amigos. Alguien nos está gastando una broma de mal gusto.

“Excalibur” ha dicho que no volverá a hablar con ella. Incluso te ha pedido perdón, como si lo hubieras pillado en una infidelidad. No te lo creas todo, no deja de ser un hombre. ¿Y si Alba es “Escalibur”? ¿Imposible? Hay gente muy rara, Susana.

 

“Excalibur” me ha dejado. Le has hablado de mí y me ha dejado, ¿por qué le has hablado de mí? Has roto un pacto no escrito: yo no hablaba de ti y tú no hablabas de mí. ¿Y si les cuento alguno de tus secretos a tus amigos? ¿Qué no tienes secretos? Claro que sí.  Yo los conozco. Todos.

¿No te basta con Marcos para ti sola?

 

            —Estaba loca. Durante un tiempo la ignoré, entonces fue cuando, no sé cómo, se metió en mi ordenador, al menos en mi correo.

 

¡Veinticinco mensajes sin leer! ¿Qué es esto? No conozco a la mayoría. No los abras, lo mismo es un ataque masivo de virus. Elimínalos. No, no abras ni uno. Nunca me haces caso, hasta que no líes alguna no me vas a hacer caso. ¡Dios mío! Y este tío, ¿de dónde ha salido?, ¿qué te está contando de su polla en tu culo? Espera, esto es una respuesta. Baja el cursor, bájalo. ¿Cuándo has mandado tú esta barbaridad? Joder, Susana, esto es asqueroso, no sigas leyendo. ¿No hay ningún mensaje de Alba? No, no hay ninguno. Esto es cosa suya, ha sido ella la que ha mandado ese correo. Abre los otros, seguro que son iguales o parecidos. ¿Lo ves? ¡Se ha metido en tu correo y se ha hecho pasar por ti! Apaga ahora mismo esto. ¡Apágalo! No me jodas… no te pongas a hablar con  “Excalibur”. Pero tía…

 

            —¿Por qué no hablaste de ello con Marcos? —interrogó el doctor.

            —Tenía miedo de que no lo entendiera. Siempre me reñía, me decía que era muy descuidada con la red. No era verdad, siempre fui cuidadosa, de verdad.

 

Vamos, no te enfades, sólo ha sido una broma. ¿Has leído todos los correos? Seguro que te he descubierto todo un mundo de posibilidades. Je, je, je… Santa Susanita. ¿No te ha gustado? Ahora sabes cómo me siento, cómo me he sentido siempre por tu culpa. ”Excalibur” es diferente y tú me lo has quitado.  ¿Qué tal tu padre y tu hermano?, ¿sigues sin verlos?, ¿por qué? Ése es uno de los secretos que yo conozco. ¿Te sigue doliendo la cabeza?  

 

¿Cómo no te va a doler la cabeza con la movida en la que te has metido? Marcos se está empezando a mosquear, ¿le habrá dicho algo Alba? No, es el único con el que no se ha puesto en contacto. Y ojo la perra que le ha entrado con que anoche estuviste hasta las cinco de la mañana enganchada al ordenador. Te acostaste antes de la una, miraste la hora, me acuerdo perfectamente. Tenemos que solucionar esto, no puedes seguir así. Alba te está destrozando la vida, lo sabes. Y tu empeño de seguir manteniendo el contacto con “Excalibur” no ayuda. Tienes que cerrar el ordenador y olvidarte de él durante mucho tiempo, incluso para siempre. Si te empeñas en seguir hablando con él tendremos que pensar en algo.

 

            —¿Tu relación con Marcos pasaba por un mal momento?

            —No. Estábamos bien, como siempre.

            —Marcos asegura que siempre teníais el mismo problema, ¿quieres hablar de ello?

            —Son cosas de Marcos. No había ningún problema.

            —¿Estás segura? ¿Os iba bien en todos los aspectos?

            —Claro, ¿qué quiere insinuar? No entiendo.

            —Háblame de tu padre y de tu hermano.

            —No hay nada que contar. —Susana se revolvió en su asiento.  

—¿Por qué no hablas con ellos?

            —No sé lo que le habrá contado Alba, pero no es verdad. —Susana se mostraba más nerviosa —. Está loca. Intentó matarme, usted lo sabe. Por eso estamos aquí. No entiendo a qué vienen esas preguntas.

            —¿Por qué no tienes ninguna relación con tu padre y tu hermano?

 

Sé que has quedado con “Excalibur”. No, no me lo ha dicho él, no ha hecho falta, ya sabes que tengo acceso a todo lo tuyo. Te propongo algo: ir yo en tu lugar. Puedo engañarlo, creerá que soy tú. Tú no tienes futuro con” Exaclibur”, es un hombre como los demás y sabes que no tienes futuro con ningún hombre, ni siquiera con Marcos. Lo has intentado. Me retiré y dejé que me olvidaras; ahora te toca a ti desaparecer. Me lo debes. Sufrí por ti. Sabes quién soy, lo sabes. Ya ocupé tu lugar, recuerda.  Conseguimos engañar a tu padre y a tu hermano, a todos los que vinieron después hasta que apareció Marcos y me obligaste a marcharme. “Excalibur” es diferente, con él no me siento sucia, deja que sea yo la que vaya a la cita.   

 

            —¡Quiero irme! —Susana gritaba enfadada.

            —Tranquila. Contaré hasta tres y podrás marcharte. Uno, dos, tres.

Susana no se movió del asiento, tan sólo sacudió levemente la cabeza y mostró una gran sonrisa.

            —Por fin. Joder con la mosquita muerta, primero quiso matarme y ahora me tiene amordazada. Gracias por dejarme salir, doctor.

            —Hola Alba.

bizarro
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  • 3 de Mayo de 2011 a las 21:48
¡¡¡ESCRIBID, PERRAS HUMEDAS!!!
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Mayo de 2011 a las 22:09

LOS PIES DE SILVIA

 

 

Se llama Silvia ese es su nombre virtual y también el que exhibe en su carné, tiene 26 años y una webcam como un ojillo inteligente que está clavada al suelo de su dormitorio.  A través de ella entra en contacto, cada día, a las siete de la tarde, con varios miles de cibernautas. Se desnuda en directo. De particular tiene que el plano estático que recoge su webcam cubre sólo desde el suelo hasta la altura de unos calcetines mid-cut, esto es, hasta el tercio medio de la pantorrilla. El striptease de Silvia se disfruta desde donde terminan las prendas que se va retirando: sus pies. Suele llevar las uñas pintadas de verde botella. No usa calcetines.

Cada día, por sorteo, Silvia permite a dos usuarios interactuar con ella a través de una ventana de texto emergente. Ella no escribe nada, sólo obedece. Por supuesto, resulta imposible comprobar que ella cumple algunas de las peticiones, dado que la única imagen que se muestra es la de sus pies. Cody le dice: masajéate los pezones con los dedos, y Silvia tal vez lo haga, tal vez no. Otras veces las órdenes son fácilmente comprobables. Sasha le pide: rasúrate el pubis, y en cuestión de segundos comienzan a caer híspidas nubes de espuma de afeitar, depositándose sobre sus dedos, sobre la tarima flotante, allí donde tienen a bien caer. Silvia es una estrella obediente. Johnny le dice: quiero verte el culo, y Silvia dice «no» meneando el dedo gordito del pie de un lado a otro. Al día siguiente, Johnny no vuelve a participar en el evento, y su nombre aparece borrado en la lista de miembros. Silvia cumple sus reglas. Los pies de Silvia.

A medida que las prendas caen, deslizándose suavemente por sus caderas (invisible), sus muslos (invisible) y sus pantorrillas y tobillos (visible), los cibernautas disfrutan por unos segundos de los colores y texturas del día. Ayer: unos mini vaqueros muy lavados, unas braguitas de licra con encaje, un blusón de seda que se ceñía a la cintura por una cinta de cuero. Un collar de perlas (que también cae y ella enreda entre los dedos). Un foulard naranja. Silvia levanta una pierna muy despacio, luego engancha la prenda que ha descendido a escena con el empeine del otro pie y la lanza con un leve patadita fuera de cámara. Así se va desnudando. A veces flexiona los dedos, pone las plantas hacia dentro o se roza con un talón de un pie el dorso del otro. No sabe qué tipo de gente hay al otro lado. En general, obedece. Murray dice: hazte sangre más arriba, donde más te apetezca, quiero ver cómo gotea. Y aparecen oscuros charquitos sobre el dorso venoso, sin que a nadie le dé tiempo a ver cómo caen las gotas. Baxter dice: mastúrbate, y durante algunos minutos los deditos de los pies de Silvia se aprietan cada vez más fuerte, para luego extenderse hacia arriba y relajarse de nuevo sobre la tarima. No hace ruido. Los pies no hablan.

Hoy, Silvia ha hecho algo sin precedentes. Tal vez su comportamiento haya seguido un guión establecido. Los espectadores invitados de hoy tenían los apodos de Marc y Gonzo. Marc ha dicho: empieza por quitarte lo que más te pese. Los pies de Silvia se han inclinado, como si se arrodillase, ha debido introducir algo en un enchufe (sonido) y luego se ha vuelto a incorporar. Sonaba el motorcito de una maquinilla de afeitar. Sobre los pies de Silvia, camas de pelo castaño, liso y largo, brillante. Es un dato crucial para los que se preguntaban: ¿de qué color será el cabello de Silvia? Gonzo ha dicho: hazte pis. Entonces se ha escuchado el sonido neumático, salivoso, de la puerta de una nevera al abrirse, y luego la fluida melodía de la garganta de Silvia tragando agua. Más tarde, una sábana transparente de líquido claro se ha deslizado por su piel hasta formar un charco expansivo en el parqué, alrededor de sus pies. Gonzo ha dicho: chapotea. Silvia ha obedecido. Chof, chof.

Marc dice: ahora quiero pedirte algo muy especial. Los pies de Silvia esperan en posición de reposo, en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados, ligeramente separados. El cibernauta acostumbrado lee en esta imagen quieta un: adelante. Pide. Mis pies harán lo posible por satisfacer ese algo tan especial. Conectados ahora: 20.332 usuarios. Entre ellos debe haber: fetichistas, adolescentes esclavas de la moda, podólogos, hikikomoris que pasaban por aquí, padres de familia, esteticistas, estetas, poetas, adictos a la pornografía, adoradores de la cutícula.

Marc dice: ¿por qué no te calzas?

Silvia separa todos los dedos, como si cada tendón quisiera alejarse del contiguo y probar suerte con una carrera en solitario. ¿Calzarse?, parecería que dicen. No, no. Imposible.

Un pie se levanta, se queda en vilo, describiendo círculos a pocos centímetros del suelo. Al fin, se decide a apoyarse sobre el otro, cerrando sus dedos sobre el pie calzado.

Marc dice: bah…

Son las ocho de la tarde. Silvia dice adiós pivotando las puntas de los pies sobre los talones y la retransmisión termina con las mismas palabras de siempre: mis pies te esperan mañana.

Silvia recoge los mini vaqueros, las bragas y el blusón. Se calza unos calcetines gordos con taquitos antideslizantes en la suela y se pone la bata. Calienta unos canelones en el microondas y saca la ropa que mañana vestirá en la oficina. Se acuesta temprano, como todos los días.

 

Los desayunos de trabajo son particularmente incómodos, sobre todo en este hotel. La bollería fresca es irresistible y el zumo de naranja es natural y el café recién molido, pero Silvia no se atreve a servirse a gusto, porque ningún miembro de la mesa prueba nada. Es agosto y ellos llevan zapatos náuticos de verano, algunos sin calcetines. Ellas llevan sandalias. Silvia, zapatos y minimedias color Dore. Cuando ha transcurrido más de la mitad de la reunión (hasta ahora sólo ha probado el agua), saca el teléfono móvil del bolso y se conecta al chat 24 horas de su página; o, para ser más correctos, la página de sus pies. Marc está conectado.

Dice: hola, Silvia. Gracias por calzarte.

Silvia se estremece en el asiento e intenta templar el pulso para agarrar la copa de agua. Mientras bebe, observa los rostros masculinos que  rodean la mesa, como satélites cercanos, a través del cristal. ¿Quién es Marc?

Silvia baja la mirada, a su regazo, donde apoya el teléfono. Escribe: ¿acaso me estás viendo?

Marc dice: claro.

Silvia finge ahora prestar total atención a quien está dando la charla. Es un hombre de unos cincuenta años, con un puntero láser en una mano y la otra en el bolsillo. No, se dice. El ponente queda descartado. Mientras sigue buscando a través de su copa (¿pensarán que sufre una implacable resaca?) presiona la punta de su zapato derecho contra el talón del izquierdo, depositando este con suavidad sobre el suelo. Luego se quita el derecho. Luego, empujando con la punta de los dedos, se desenrolla lentamente las minimedias. Escribe: Entonces me podrás contestar esto: ¿Estoy calzada ahora?

Marc dice: claro, pequeña. Quiero decir, claro que no.

Silvia no es capaz de descubrir quién la está mirando. Por supuesto, ninguno de esos hombres (y ninguna de las mujeres) está inclinado para mirar por debajo de la mesa.

Silvia se desconecta, guarda el móvil, se calza con disimulo y espera impaciente a que termine la reunión para marcharse. Hoy no irá a la oficina. Trabajará desde casa.

 

Siete de la tarde. Los pies de Silvia. Comienza la retransmisión. Viste (visten) las mismas minimedias color Dore y los mismos zapatos que esta mañana. No es la única novedad: hoy, por primera vez en la historia de Los pies de Silvia, uno de los cibernautas escogidos para realizar peticiones repite. Se llama Marc. El otro, un tal Franklin.

Pero Marc no dice nada. Y Silvia, sus pies, no se mueven en absoluto, encerrados en piel y náilon. Esto es lo que sucede, o no sucede, en toda la hora. Franklin debe estar alucinando, pero guarda sus peticiones.

 

Mañana, Silvia no irá a trabajar. No se conectará al chat de su página en todo el día. Se levantará desnuda, a excepción de sus zapatos y sus minimedias, con los que se habrá acostado. Volverá a fumar. Volverá, esta vez sí, a masturbarse. Se habrá dado cuenta de que son reales, sus pies. Los pies de Silvia hacen de todo y, además, existen. Y aprovechará la punta de su zapato para dar una patada a su webcam, y el talón para hollarla contra el suelo. Es posible que Silvia, mañana, decida ir a comprar sandalias, algo que estrenar en el siguiente desayuno de trabajo. Puede que también decida probar la bollería, aunque sea la única persona en ingerir sólidos de toda la reunión. Antes de salir de casa, mañana, Silvia perfeccionará el esmalte verde botella de las uñas de sus pies.

 

concursoderelatos
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  • 4 de Mayo de 2011 a las 10:30
Sin querer

Parecían buenos chicos, pero seguramente por eso no lo fueran. Demasiada sonrisa hasta para unos turistas americanos. Demasiado correcto el spasiva. Demasiados dólares. Demasiado nuevos los billetes. Pero el dinero es dinero. Hacía tiempo que la anciana no miraba de dónde venía. Los tres hombres sólo querían pasar la noche en su granja. Habían pagado por cobijarse en el cobertizo lo que habría costado una habitación en la hospedería del pueblo, pocos kilómetros más allá. Pero decían estar cansados, a pesar de lo limpias que lucían sus botas. Cogió el dinero. Sintió algo de curiosidad mientras lo guardaba en el bolsillo del delantal e incluyó cena y desayuno al lote. Que no se dijera de la hospitalidad georgiana. Con una sonrisa de bebé al vapor tomo de la mano al más joven de los tres. Le hizo sentar al lado de la chimenea.
Definitivamente el spasiva y el da sonaban muy naturales. Pero ella no haría preguntas. Ellos ni quisieron saber su nombre. Estaba claro que tenían planes mejores que charlar con una vieja. Les sirvió algo de sopa con boniatos y vodka. Que nunca falte el vodka. Tomaron sólo el vaso de rigor con la anciana. Luego los dejó a solas. Les indicó el reloj, les dijo que no se quedaran hasta tarde. Les indicó a través de la ventana dónde estaba el retrete de invitados. Los chicos asentían y sonreían, como si fueran turistas. Pero no lo eran. Le habían entendido perfectamente. Lo dejó pasar. Traían buenos dólares. Repitiendo el gesto de ir a dormir se metió en el cuartito de al lado de la estancia principal. Pero no durmió. Esos tres tramaban algo que ella intentaría descubrir. Una pena que no hiciera caso a su padre e ingresara en la escuela de traductoras del partido.

−¿Seguro que no entiende nada de inglés? −preguntó la voz más grave, la del hombre que hasta entonces apenas había asentido en presencia de la vieja.
−Tranquilo, hace unos días estuvo mi primo por aquí. Se pasó la noche insultando a la vieja y ni se inmutó –ése era el jovencito.
−Normal que la insultara, vaya mierda de vodka –el tercero le recordaba a su yerno, un hijo de puta de cuidado.
−Deja de beber y vierte media botella para que no sospeche –de haber entendido la frase completa se habría levantado de la indignación−. No me fio, tal vez lo mejor sería… −el tono de esa frase le hizo saber que debía prestar atención.
−¡Eh, eh! Aquí nadie va a hacer nada que se salga del plan–el joven parecía asustado.
−Bueno, a ver. Repasemos: tenemos unas cuatro horas para descansar en el cobertizo de la vieja.
−Descansar los cojones, es un puto jaleo de cables y chatarra. Joder, ya podría habernos dado su cuarto por lo que le hemos pagado – “pagado” eso sí lo entendió, se estaban quejando se incorporó a ver qué más entendía.
−Ya dormirás cuando estés muerto –“muerto”, eso también lo entendió la cosa se ponía fea
Da, da
−Cuidado, habla en inglés, hombre.
−Mejor no digas nada más, y deja el maldito vodka – la vieja escucha la botella rompiéndose junto a su cabeza al otro lado de la pared.
−¿Así está bien?
−Mierda… −oye pasos que se acercan al cuarto, son ligeros, el jovencillo entra y comprueba que la mujer duerme−. Todo bien, está frita, pero tened cuidado por favor. Sigue.
−Bien, en cuatro horas, tres y media si seguís así, nos vamos dirección sur hasta este hito kilométrico, luego…
La anciana estaba asustada pero aún así reunió el suficiente valor para volver a acercarse al tabique de papel que la separaba de los tres turistas.
−Sólo pinchar el cable y listo. ¿Entendido? Sólo pinchar el cable− ¿cable?, a la anciana casi se le escapa un gemido de emoción.
−No lo entiendo, ¿por qué tanto jaleo por un cable? –sí un cable. La anciana estaba de pie junto la pared. Se apretó la toquilla, seguía con el mismo frío, pero no importaba.
−Tampoco te pagan por entenderlo. Tenemos que pinchar ese cable y acoplar un microrepetidor. Punto.
−Está bien, pero me gustaría saber a qué coño tenemos que ir a hacer de telefonistas cuando deberíamos estar cebando unos buenos cartuchos de plástico.
−Qué animal eres. Me cago en el vodka que te dieron... Esto te va a gustar. Anda, cuéntaselo.
−El cable actualmente es el principal modo de acceso a la red de la zona.
−¿Un solo cable? No tiene sentido. ¿No se supone que la gracia de internet es que esté todo conectado con todo? ¿Qué si se altera una vía haya otras de seguridad? En cuanto detecten el pinchazo cortarán la conexión y listo.
−No, porque este es un enlace especial. No notarán el pinchazo. En tiempos sí que lo harían: era exclusivo. Pero hoy el 90% del volumen de información del país pasa por esas líneas
−¿Y qué, nos vamos a poner luego a ver las fotos guarras que se pasa el personal..? No me jodas. ¿Para eso vamos a estar pasando frío en busca de unos cables de cobre? – la anciana se esforzaba pero no entendía nada, salvo esa palabra que iluminó la noche: cobre
−En realidad de fibra óptica. Actualizaron las líneas y cedieron el ancho de banda como pago: gigas y gigas de información civil sin apenas control. El acceso remoto que inserte apenas disipara unos bits que nadie echará de menos.
−¿Es que no te das cuenta de dónde estamos? –la voz grave cedió parte de su autoridad. Hubo un silencio. El que se parecía al cabrón de su yerno debió hacer algún gesto a sus camaradas.
−Correcto: el tsarevich 049…
−Conectado a la red por un remozado cable soviético− la mujer entendió cable de nuevo y soviético, vaya si lo entendió. Tanto como la perfecta pronunciación del título del hijo del Zar, en el mismo idioma de las risotadas de los dos hombres mayores y la risilla aflautada del jovenzuelo.
−Callad, callad… − la anciana corrió a la cama, el jovenzuelo se asomó por segunda vez.

Los hombres departieron poco más antes de ahogar el fuego, apagar la luz y marcharse de mala gana al cobertizo. La anciana olió de nuevo los dólares. Demasiado nuevos. Pero el dinero es bueno venga de donde venga. Y, aunque no entendió que pretendían esos tres turistas, para nada americanos, la mujer no dejaba de pensar que tal vez había metido a la competencia en su propia casa. Así, decidió seguirlos cuando la madrugada y el frío silenciaron la tierra unas horas más tarde.
Caminaron bastante. Dirección Sur. La mujer llegó a pensar que quizás cruzarían la frontera. A punto estuvieron. Tras varios kilómetros los tres hombres salieron del camino y se metieron campo a través. Los hombres caminaban sin apenas encender una pequeña linterna que centelleaba, a veces, demasiado lejos de la anciana. La mujer se movía despacio, acompasando sus pasos con los de alguno de ellos, no fueran a escuchar el crujir de la escarcha bajo sus pies. El frío era mucho, pero la excitación dio un calor juvenil a la sangre de la mujer.
Llegaron por fin al punto que buscaban y el bruto que se parecía a su yerno se puso a cavar. Unos minutos después sacó un buen cable de entre la tierra. Tendría el grosor del brazo de la mujer. El cable se perdía bajo el bosque, tal vez cruzara el riachuelo. Sí, aquél parecía el mejor sitio para hacerse con el cobre que encerraba. Pero los tres hombres no arrancaron el valioso metal. No. El jovenzuelo sacó herramientas y se puso a trastear en la maroma de plástico. Los otros dos la sujetaban y le daban luz. El imberbe daba órdenes sin contemplaciones, como todo un General. Los otros no osaban discutir. La mujer tardó en darse cuenta de que entendía a la perfección las indicaciones. Sí: eran georgianos, como ella. No la habían engañado. Ese spasiva… El jovencito terminó de hacer lo que fuera que estaba haciendo y depositaron con mucho cuidado el cable en el suelo antes de volver a enterrarlo. La anciana trató de orientarse para volver a casa por otro camino y poder llegar antes que los tres hombres. Debían encontrarla en su cama. Estaba segura de que cualquier sospecha que levantara sería fatal. Sí, ese tsarevich llevaba un veneno peligroso. No le costó adelantarse. Al fin y al cabo se había criado en aquellas lomas. No había mucha luz, pero el tacto del camino la guió como una buena madre hasta la seguridad de su hogar, como tantas veces había hecho.

Al alba, la anciana encontró unos billetes más sobre la mesa y una nota en inglés. Ni rastro de los tres compatriotas. Apenas comió algo y salió hacia el pueblo. No había tiempo que perder. No sabía cuánto tiempo estaría ahí el filón. Llegó a casa de su hija. Mandó al nieto mayor a por la furgoneta de su difunto padre, para que vendiera el cobre del cobertizo. Había que hacer sitio al nuevo tesoro. Cogió a su hija y una pala y se las llevó al lugar donde pasó la noche anterior.

El resto salió, en parte, en la prensa internacional. Fue la noticia simpática del día. Una anciana deja sin cobertura de internet casi todo un país. Una molestia para un pueblo ya molesto. Un desastre para una economía ya desastrosa. Un escándalo para un gobierno ya escandaloso.
El lugar del corte se detectó rápidamente. Las autoridades resultaron sorpresivamente eficientes. La buena mujer estuvo en un calabozo mientras los técnicos arreglaron el estropicio. Apenas unas horas. Se dejó ir a la anciana. Había sido un accidente, se publicó. Mientras buscaba trufas, o raíces, o vaya a saber, cortó el cable por error. No parecía muy creíble, pero se creyó.
La anciana tuvo suerte. No corrió peligro su negocio de trapicheo de cobre. Se hizo la vista gorda a cambio de varias horas describiendo a los terroristas a los que dio refugio. Los mismos habían pinchado el enlace con un silo nuclear secreto. Los mismos que no podían creer lo que leían en la red: que una vieja había frustrado sus planes, así: sin querer.

concursoderelatos
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  • 4 de Mayo de 2011 a las 13:40

Teleoperador a su servicio

- Buenas tardes, ¿la señora Rosa Pérez?

- Sí, yo misma.

Ahora con rapidez, mucha.

- Buenas tardes señora Rosa Pérez, mi nombre es Adrián, le llamo de la compañía Internautas y quería ofrecerle una de nuestras últimas y maravillosas ofertas de ADSL más llamadas de 20 Mb por sólo 19,95 euros al mes.

Una muy breve pausa, que no tenga demasiado tiempo para pensar.

- No me…

Un NO debe cortarse inmediatamente.

- Señora Rosa Pérez, ¿usted tiene ADSL actualmente?

- Sí pero…

- Mire Rosa, le explico:…

Y así paso las horas de mi increíble trabajo. No puedo quejarme o no debo hacerlo pues con “los tiempos que corren, con la crisis, si tienes trabajo eres un afortunado”.

Mi mujer no opina lo mismo; que yo sea un afortunado, ni ella ni su depresión postparto. Depresión que no entiendo porque si has tenido un crío – que era lo que tú querías-, ¿a qué viene eso ahora? Nuestra psicóloga dice que es debido al cansancio y a la inseguridad. Cada mes toca sesión con Yolanda y hacemos eso de la terapia sistémica no sé qué más.

- Buenas tardes, ¿la señora Flor Jiménez?

- Sí, dígame.

Rápido.

- Buenas tardes señora Flor Jiménez, mire usted, mi nombre es Adrián, le llamo de la compañía Internautas y quería ofrecerle una de nuestras últimas y maravillosas ofertas de ADSL más llamadas de 20 Mb por sólo 19,95 euros al mes.

Ni un respiro y sigo.

- Señora Flor Jiménez, ¿usted tiene ADSL actualmente?

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiipppppppppppppppppppp.

Fíjate, me da igual no vender nada, me da igual que me insulten, me da igual oír las mil excusas que tiene la gente más que preparadas para no atender mi llamada: estoy en el trabajo, la papilla del niño, la paella en el fuego,… Pero después de cinco años en esto y aún me duele en el alma que me cuelguen sin tan siquiera decir gracias y adiós. ¡Tampoco cuesta tanto digo yo!

La educación es un valor, y muy importante oye. Eso mi madre me lo decía a menudo, con su Camel en los labios y su botella de Four Roses en la mano: hijo en la vida serás lo que debas ser, pero educado, muy educado. Sus palabras siempre terminaban acompañadas de algún que otro eructo, muy correcto claro en según qué culturas. Y es que mi madre era muy culta y muy fina.

- Buenas tardes, ¿la señora Margarita González?

- ¿De parte de quién?

Una voz de hombre: al grano.

- Le llamo de la compañía Internautas y…

- No me meta el rollo y de buenas tardes nada, son las nueve y media y yo más bien diría ¡buenas noches! Tengo un bebé de meses y no son horas de llamar. ¡Así que vete a molestar a otro!

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiipppppppppppppppp.

Está bien, yo también sé lo que es tener un bebé pero no tengo otro remedio que telefonear hasta que el reloj marca las diez de la noche. Este señor podría ser un poquitín más comprensivo e incluso podría aprender lo que significa la empatía. Esta palabra me la ha enseñado Yolanda, la psico, y quiere decir que debo ponerme en el lugar del otro para…vamos…para entender a mi mujer cuando me tira los platos por la cabeza.

En este país hay muy poca empatía, antes no lo sabía, pero ahora que sé que existe esta palabra pues la aplico allá donde voy. Incluso a veces intento ponerme en el lugar de gente conocida; por ejemplo me pongo en la piel de Zapatero o del otro, de Rajoy. Y qué complicado debe ser viajar tanto, cenar con tanto lujo – no sabría qué tenedor coger - o robar continuamente y que no te pillen. No sé, me parece demasiado lío y prefiero seguir con mis llamadas.

- Buenas tardes, ¿la señora Rocío Fernández?

- Yo misma.

Ésta parece más educada.

- Buenas tardes señora Rocío Fernández, mi nombre es Adrián, le llamo de la compañía Internautas y quería ofrecerle una de…

- Perdona, yo ya estoy contenta con mi compañía, pero gracias y, sobre todo, gracias por vocalizar y poderte entender. El otro día me llamó un sudaca y no hubo manera de descifrar una sola frase. ¿Dónde iremos a parar?

Usted al infierno señora, eso seguro. Será la tía borde. Pero aguanto el tipo claro, soy un profesional.

- Mire señora, lo que yo le ofrezc…

- Nada, nada, no quiero nada. Adiós.

Si se lo explico a Martín se subirá por las paredes: no soporta que le llamen sudaca y la verdad es que, desde que somos amigos, ya no uso esa palabreja. Cada mediodía coincidimos para hacer el café en el bar de Güep y nos sentamos juntos en la mesa de la esquina. Él charla sin parar y yo le escucho sin mediar palabra. Nos complementamos a la perfección: él no necesita que hable y yo no tengo ya ganas de decir ni mu después de estar colgado toda la mañana del celular, como dice él.

Le sonrío alguna que otra vez y le digo ajá, y Martín sigue y sigue con sus historias. Me da la impresión de que me parezco a Yolanda y le miro con ojos de psicólogo. Intento analizar y leer entre líneas pero al cabo de unos minutos me canso del juego y le escucho sin más. La empatía agota un poco y dejo de ponerme en su lugar. Me gusta más ser yo mismo; simple y sin tanta complicación oye.

- Buenas tardes, ¿la señora Camelia Hernández?

- ¡¿Sí?!

Creo que la he despertado.

- Buenas tardes, señora Camelia Fernánd…

- ¡Ahí te pille un cáncer so cabrón!

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiippppppppppppppppppppppppp.

Hombre, tampoco es eso. Son casi las diez de la noche y es un poco pronto para estar durmiendo aunque quizás la señora deba levantarse a las seis de la mañana para limpiar los baños de parvulario en algún colegio. Sí, bien mirado, puede ser tarde para llamar pero no soy adivino.

Y eso del cáncer es muy feo porque lo mismo que yo no sé si ella ya está durmiendo o está paseando al perro, ella no sabe si yo he sufrido una mala experiencia con esa enfermedad.

Lo que yo te diga, que en este país de empatía poca.

A mi padre le diagnosticaron un cáncer de hígado y a los seis meses murió. Yo tenía quince años e imagínate el percal: con mí recién estrenado traje de adolescente y mi padre, que de un día para otro, desaparece en la nada. Durante el velatorio, el entierro y los dos días siguientes estuve viviendo en una especie de niebla pues no entendía muy bien qué había ocurrido. Días después desperté de aquello y me di cuenta de la puta realidad, esas fueron mis palabras para describirlo entonces.

Al cabo de una semana mi madre se volvió a casar, pero con el señor bourbon –con el whisky -, y ya nadie la separó nunca de él. Bueno, la muerte sí, hace hoy justo quince años. También lloré su pérdida aunque aquellos últimos meses estuvieran cargados de gritos, insultos y palizas. No era ella, yo lo sabía y la quería igualmente, por supuesto.

Por eso hoy, lunes 26 de abril, he seleccionado con más interés a quién iba a llamar: Narcisa, Jacinta, Dalia, Azucena, Rosa, Flor, Margarita, Violeta, Camelia, Iris, Anhaí, … En honor a mi madre y a su pasión por las flores. Me da la impresión que le hago un pequeño regalo; un ramo de llamadas, aunque Yolanda, la psico, diría que este tipo de acciones no son propias de un adulto. Pero vamos, que ya sé que tengo el espíritu de un adolescente y que parte de mí se quedó en esa época. Si a ella se le hubiera muerto el padre sin más y la madre se hubiera convertido en una borracha empedernida, ya me gustaría verla a mi ahorita mismo, como diría mi amigo Martín.

¿Y a ti? ¿Cómo te vería a ti amigo? Sí, piensa, piensa, pero empatízate conmigo. A ver si la próxima vez que llame ofreciéndote mi pack de ADSL extra veloz y con un millón de ventajas más eres capaz de ponerte en mi lugar y no me mandas a la mierda.

Todo un reto señores.

concursoderelatos
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  • 4 de Mayo de 2011 a las 15:29
Staying alive

Durante un tiempo yo tampoco quería verlo ni darle muchas vueltas. Es cierto que recuerdo la primera vez que pensé en ello y quizá eso es algo extraño. No tendría más de seis años cuando entendí lo que era estar muerto. No fue experiencia propia, por supuesto. Las cosas raras no empiezan hasta un par de párrafos más adelante. No. Más que experiencia fue algo parecido a una iluminación; entendí la diferencia entre estar vivo y estar muerto; o no estar vivo. Quizá eso es más exacto. Mis adorados padres solucionaron el problema con cierta dosis de paciencia y montones desproporcionados de fe, costumbre y ritos religiosos. Y la verdad es que funcionó. No me gustaría quitarle méritos porque sirvió para vestir a la muerte para ir a los carnavales. Y así se quedó durante muchos años: disfrazada con ridículo vestido de retales de colores que casi nos hace reír cuando la miramos ¿verdad? Roza lo estúpido como nos hemos impermeabilizado contra la muerte. Ya no es algo siniestro y desconocido; ahora sólo son seis letras formando una palabra llana sin tilde. Como si la muerte la necesitara…

Para mí era una situación suficientemente buena. La ignorancia es un rincón amplio y confortable; parece que vaya a faltarnos espacio nunca. Lástima que la moda del ateísmo me enganchó de pleno. La ignorancia había sido refugio suficiente hasta que un día cualquiera de verano nuestra amiga la muerte se quitó el disfraz y volví a mirarla como la había mirado treinta años antes: con valor y estupidez a partes iguales pero sin fe esta vez. Ya no podía esconderme en las palabras de un tipo que también parece vestido para el carnaval. Volví a ponerme delante de una eternidad de no-existencia y me estremecí ante la idea. Porque es fácil imaginar una muerte lejana, tan lejana que no vale la pena mirarla, tan desconocida que no hay que cuestionarla ni entenderla. Es fácil dejar que se quede cómo- y sobre todo dónde- sea que esté.

En esa época yo había imaginado, sentido y visualizado el proceso de la muerte tras leer un relato en la red. Pasar en un instante de la plena conciencia a la nada. Una nada que merece mayúsculas por absoluta, por infinita y por imperativa. Una nada oscura, fría e hija de una simple palabra de seis letras. Es un ejercicio absurdo, lo sé, pero durante un tiempo, no me sentía capaz de encontrar ninguna motivación, llegando a pensar en el suicidio como el único comportamiento lógico ante semejante perspectiva. Al final, una esperanza de treinta años más no cambia mucho la proporción de una vida frente a una eternidad de no-existencia. Aceptamos las limosnas del tiempo y pagamos por ello con una vida de incertidumbre. ¿Tan malo sería elegir el momento oportuno?

Un amigo- que más bien era conocido- me descubrió el proyecto en el que llevaba trabajando como programador desde hacía varios años. Al principio no entendía nada; sus explicaciones estaban llenas de términos y conceptos filosóficos que ahora parecían ciencia. O al revés, no lo sé. Era ciencia, religión y filosofía dando forma a una idea que apenas cabía en un ordenador de unos quinientos metros cuadrados. Yo me dejé llevar, no sé cómo, después de muchas pruebas y análisis físicos y psíquicos, hasta una habitación donde había una bata blanca y una hoja por firmar. Y firmé, claro que firmé.

Alberto me enseñó como las redes sociales habían sido un primer paso para ordenar la información y que era precisamente la información la fuente de todo el proyecto. Conectó unos electrodos a mi cabeza y pude ver como en pocos minutos extrajeron todo mi conocimiento. Todo cuanto yo sabía podía ser visto desde fuera. Incluso pude ver esos conocimientos en un ordenador y eso me dio vértigo. No sabéis lo que es ver tus recuerdos en una pantalla de ordenador. Algo tan surrealista y a la vez maravilloso que te hace llorar de la emoción. Quince minutos estuve mirando imágenes, videos, o incluso textos que estaban enterrados en algún lugar de la memoria.

—Todo esto es lo que eres— dijo Alberto. —Y ahora está en este ordenador. Y desde este ordenador está en cualquier rincón del mundo.
— ¿Esto está publicado en Internet? — pregunté alarmado.
—De algún modo. En este ordenador está todo lo que tú recuerdas y sabes. Pero desde que la descarga ha terminado esa información está circulando en todo momento.
— ¿Toda la información que se refiere a mí es pública?- pregunté preocupado.
—Pero nadie sabe que está ahí. Nadie sabe cómo acceder a ella.
— ¿Tu gran invento es capturar la toda la información que poseo y colgarla en Internet? Habéis inventado una mega red social. El avance está en cómo conseguir la información; como conectar mi cerebro a un ordenador mediante electrodos. La aplicación no es nueva; será enorme, sí, pero no es nueva. ¿Para esto tanto secretismo y tantos militares?
—Lo nuevo viene ahora. Te vamos a dar un día para pensar en ello. Con estos mismos electrodos podemos traspasar tu conciencia desde tu cuerpo a ese software que maneja tus recuerdos.
— ¿Cómo? —pregunté dando un salto y sin creer lo que me proponían.
—Somos capaces — dijo haciendo una pausa- de hacer una especie de trasplante. Hacer que, de algún modo, todo lo que tú eres esté dentro de ese ordenador. Ya están los conocimientos, los recuerdos. ¿La pregunta es si quieres estar tú también ahí? Es un proceso complejo e innovador. Hemos desarrollado un motor de inteligencia artificial distribuido capaz de albergar tu conocimiento, tu forma de ser… a ti; hemos desarrollado un controlador de lógica fuzzy de cinco dimensiones para emular tu personalidad. ¿Sabes qué significa eso? Hasta ahora sólo existían controles rudimentarios de tres dimensiones y ya estamos trabajando en la sexta. Esto es muy serio.
—Pe-pep-pero… —balbuceaba sin sentido.
—Es muy complejo para explicarte los detalles. Lo que puedo decirte es que no olvidarás nada, seguirás siendo quien eres. Es un proceso irreversible y para mejorarlo necesitamos testearlo en personas. Piensa en ello. Descansa y toma tu decisión. Y ten en cuenta la recompensa.
— ¿Qué recompensa?
—Saldrás de tu cuerpo para vivir en un ordenador, en una red… ¿No sabes qué recompensa?
—Sí.
—Dilo. Dilo tú mismo.
—La inmortalidad.

Se levantó y se fue. Me quedé pensativo paseando por las instalaciones primero y dando vueltas a mi habitación después. La inmortalidad a mi alcance. Cualquiera hubiera aceptado.

—Esta inyección contiene una proteína que permitirá que tu cerebro se sobrecaliente durante la descarga. Sin ella no podrías soportar el proceso.
—La muerte es segura ¿verdad?
—Tu cuerpo morirá, sí. Aunque proteja el cerebro para el “volcado” con esta sustancia no será suficiente para poder “reutilizarlo”.
Me quedé callado, asustado ante la idea de estar aceptando y permitiendo mi propia muerte.
—Una vez dentro, no entenderás nada. No verás nada. Intenta calmarte y prestar atención.

Ser tú, existir, y no tener cuerpo. No sentir nada. Ser raciocinio puro. No creo que ninguna experiencia humana pueda parecerse a eso. Es estar vivo, con plenos poderes mentales, pero ser incapaz de ver, de oír, de oler… Condenado a la soledad infinita creí rozar la locura.

Me salvó un rumor lejano. Era una voz ruda, tosca, pero fue la más reconfortante que he oído en mi vida.

—Tienes que aprender a utilizar tus nuevos sentidos. Inténtalo. Está todo ahí.

No sé como lo hice, pero pude utilizar el micrófono como si fueran mis oídos; escuché como Alberto me hablaba. Pude ver su cara de susto por la webcam y tuve que ver mi propio cuerpo sin vida. Y no puedo explicar lo que eso significa. Pero fui capaz de hablar y mi voz sonó por los altavoces. Comprobé que podía acceder a todos mis recuerdos de forma natural y lo dije. Dije lo que Alberto esperaba escuchar.

—Estoy aquí. Soy yo.

En unos segundos recorrí el mundo entero. Mi sed de información y aprendizaje era infinita. Leí más de lo que nadie nunca ha leído; aprendí idiomas de todos los continentes; vi todas las películas que alguien puede llegar a ver y miré el mundo a través de cientos de webcams; parecía enorme y yo cada vez lo recorría más rápido abarcando un conocimiento que me embriagaba sólo de pensarlo. Jamás había imaginado hasta qué punto es maravillosa esta red de redes.

Espié en chats y me di de alta en foros. Empecé a darme a conocer como personaje en la red y pronto era alguien conocido por su buen juicio y sus amplios conocimientos. Yo era un software utilizando otro software para hacerse pasar por humano. Sorprendente. Me aficioné a mantener charlas en privado en los distintos foros en los que participaba y al final lo hice: confesé mi extraña naturaleza. Nadie me creyó, por supuesto. Nadie podía creer que estaba hablando con un software que había sido persona. Sólo una persona me hizo una pregunta seria:

— ¿Qué sientes?

Sentía amor por mi familia. O eso creía. Más bien recordaba sentir amor, pero cuando me colaba en sus casas a través de la webcam no sentía gran cosa. Apreciaba la literatura, el cine, la música… pero no me emocionaba. Llevaba meses sin sentir pena ni alegría y no había caído en ello. Podía pensar y podía aprender, sabía lo que eran los sentimientos, pero no podía sentirlos. Solo sabía que debía seguir aprendiendo y supongo que eso estaba pre-programado de algún modo.

Sé que nadie va a creer que hay un ordenador detrás de este texto. Sería absurdo; yo tampoco lo creería. Como tampoco creí que fuera importante estar atento cuando el sabor de un melocotón que me cerraba los ojos de placer o cuando saborear una copa de vino me hacía mirar al cielo; cuando me sorprendía una sonrisa o un abrazo; cuando me estremecían las vistas desde un acantilado o cuando descubría orgullo en los ojos de mis padres. Tendría que haber estado atento cada vez que algo me hizo sentir vivo para recordar que yo mismo tenía fecha de caducidad y que aunque quede colgado en la red, no será lo mismo verlo que vivirlo. Me pregunto cuanta gente se habrá dado cuenta…

concursoderelatos
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  • 4 de Mayo de 2011 a las 15:32
Se me ponen las pilas.

¡Ya!
concursoderelatos
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  • 4 de Mayo de 2011 a las 16:01
Editado por cagada de formato. Sorry
concursoderelatos
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  • 4 de Mayo de 2011 a las 21:22

Amor y otros paquetes de datos

- …Y va el tiparraco ése y me dice que no puede pagarme las horas extras, que me las coja más adelante en días libres que ahora tenemos un pico de trabajo muy alto y que tenemos que aprovecharlo porque nunca se sabe con la crisis. ¿Crisis? ¿Qué crisis? ¡Llevo cinco meses trabajando a destajo sesenta horas semanales y resulta que no voy a cobrarlas, que me las dará en vacaciones! ¡Claro, cuando no haya trabajo me dirá: “vete a casa gratis”! ¿Lo puedes creer?
- ¿Has pensado en cambiar de trabajo?
- ¡Claro! Pero, ¿dónde voy? Está todo igual: mucho compromiso pero el cinturón siempre se lo tienen que apretar los mismos.
Candy27 se arrellanó en la silla y cruzó los brazos, con cara de fastidio. Roberto la contemplaba a través de la pantalla de su ordenador.
- Será mejor que lo dejemos, es viernes por la noche y no quiero agobiarte.
- No me agobias –repuso Roberto-. Me gusta que me expliques cosas.
- Eres un sol –dijo Candy27, sonriendo mientras se acercaba a su webcam-. Por eso me gustas tanto –añadió, lanzando un beso al aire.
Roberto sonrió bajando la vista.
- Oye –se aventuró-, ¿qué te parecería si mañana quedamos para… no sé, ir al cine o a tomar algo, eh?
- Ya hemos hablado de eso, Robe –respondió Candy27 con una sonrisa-. No tengas prisa.
“¿Prisa?” pensó Roberto. La había conocido hacía seis meses en un chat que frecuentaba desde hacía años sin más resultado que un par de decepcionantes citas. Después de semanas de participar en conversaciones en grupo se había decidido a mandarle un privado que ella aceptó enseguida. Luego, cuenta de Messenger; un par de fotos y, desde hacía mes y medio, la webcam. Lo único que conocía de ella era el recuadro de su habitación que mostraba la ventana que abría el ordenador en ella. ¡Ni siquiera la había visto de pie! ¡Quizás no podía ponerse y él no lo sabía! “Tengo cuarenta y dos años. ¿Tengo que esperar a la jubilación para tener novia?”
- Candy, tengo ganas de verte. ¡Joder, ni siquiera me has dicho cómo te llamas!
- Candy27.
- Ya. Y lo de 27…
- ¡Ah! –exclamó ella fingiendo aire de misterio.
Roberto cruzó los brazos y frunció el ceño, echándose hacia atrás en la silla de su despacho.
- Robe, ya te lo he dicho –siguió ella, más seria-. He pasado por relaciones que no han funcionado. Déjame que me tome mi tiempo, ¿vale?
Él pareció pensar unos segundos, como si estuviese decidiendo si apagaba el ordenador o no.
- No voy a estar aquí para siempre –amenazó él con poca convicción.
- Ni yo –repuso ella con una sonrisa-. Además, finges muy mal –le recriminó -. Tienes que fruncir más el ceño. –Roberto sonrió, aún a su pesar-. Y no puedes sonreír. Si quieres que me crea que estás enfadado y que vas a dejarme, no puedes sonreír a la primera de cambio.
- ¿Dejarme? ¿Es que somos…?
- Pues claro, tonto –dijo ella, alzando una ceja.
Sonó el timbre del piso de Roberto.
Éste dio un respingo pero no hizo ademán de levantarse.
- ¿Es que no vas a abrir?
- ¿Un viernes a las diez de la noche? Paso. Ya se cansarán.
- ¡Qué poco sociable eres! Podría ser importante.
- Puede esperar. Me estabas diciendo que soy tu…
- Ve –ordenó ella, endureciendo un poco el tono.
Frunció el ceño pero se levantó. Llegó a la puerta cuando sonaba el segundo timbrazo.
- ¿Roberto Casas? Traigo un paquete.
- ¿Para mí?
- ¿Eres Roberto Casas?
- Sí.
- Entonces, sí. ¿Me firmas aquí? Gracias.
Volvió al ordenador mientras lo desenvolvía, extrañado. Miró el remitente. No había nombre, tan sólo un matasellos de una oficina de Madrid.
- Un mensajero –anunció.
- Ábrelo –le apremió ella. Parecía excitada.
La miró un momento y empezó a desembalarlo. Dentro había una caja de cartón de colores llamativos y letras grandes. “Soft & Real. Referencia 165”. Roberto observó la foto de lo que se suponía que contenía.
- Deben haberse equivocado… -balbuceó nervioso-. Yo no…
- ¡Qué callado te lo tenías! –se burló Candy27.
- Oye, yo no…
- No pasa nada, no pasa nada –continuó, divertida-. Todos tenemos nuestras necesidades.
- Que te juro que no…
Candy estalló en carcajadas ante el rubor en sus mejillas.
- No te rías… Te prometo que…
Roberto sostenía en las manos lo que parecía contener una réplica de una vagina.
- ¿Te gusta? –preguntó Candy.
- Que si…
- Que si te gusta –repitió.
- Oye, te aseguro que… Un momento. ¿No habrás sido tú?
Ella asintió con una amplia sonrisa, mirándolo por encima de sus gruesas gafas de pasta mientras mostraba el complemento perfecto modelado en látex para el artículo número 165 del catálogo de Soft & Real.
Roberto la contemplaba, estupefacto.
- ¿Para qué…? Pero… ¿Cómo…?
- Robeto, cariño, relájate. Te va a dar un síncope.
- Pero… ¿Cómo sabes dónde vivo?
- Me lo dijiste tú.
- ¿Yo? No… ¡No! ¡Nunca te lo he dicho!
- Es verdad. No me lo has dicho nunca. ¿Te gusta?
- Candy…
Ella alzó un cable USB con la otra mano y amplió su sonrisa.
- Y lo mejor es que se puede enchufar al ordenador –exclamó entusiasmada-. ¡Estaremos conectados!
- ¿Conectados? ¿Para… qué…?
- ¡Roberto, por Dios! ¿Tengo que explicarte cómo funcionan estas cosas? Tú enchúfalo.
Buscó el puerto USB frontal de su PC y conectó el artilugio. Salió una pantalla de autoinstalación. “Hardware instalado con éxito y listo para ser usado”, rezaba un pop-up en su escritorio. “¡Qué coño estoy haciendo!” pensó, desesperado.
- ¿Ya está? –preguntó-. ¿Tan sencillo?
- Claro –respondió Candy27-, es “Fuck&Play” –añadió, riendo de su propia broma.
- ¿Y ahora qué? –añadió, nervioso.
- Ahora, cariño –susurró ella-. Debes meterla dentro.
Roberto vio en la pantalla de su ordenador cómo el rostro de Candy27 se agrandaba a medida que ella se acercaba la pantalla. Encogiéndose de hombros, se desabrochó los pantalones y comprobó, con cierta sorpresa, que no tendría que esperar ni un segundo para usar el artilugio aquel.
Candy27 empezó a masajear su propio cacharro. Roberto sintió, con una mezcla de desasosiego y excitación, que el suyo respondía con ligeras presiones a aquellos movimientos.
- ¿Lo notas? –preguntó ella, sugerente.
- Sí… creo que sí… -respondió él con un suspiro entrecortado.
- Están conectados, cariño.
- Viva la tecnología –añadió, aún a su pesar.
Aunque reticente al principio, Roberto pronto se dejó llevar por la pericia de Candy (prefiriendo pasar por alto el hecho evidente de que no era la primera vez que lo usaba) y hubo de reconocer, una vez acabado, que había disfrutado más que con la mayoría de relaciones carnales que había tenido.
Arrellanado en su silla, con el artículo número 165 del catálogo de Soft & Real colgando lánguidamente entre sus piernas, Roberto deseó, como nunca desde que lo dejó hacía quince años, fumarse un cigarrillo.
- ¿Qué tal? –preguntó ella con un susurro.
- Bien… -suspiró él-. Muy bien.
- ¿Lo ves, tonto? No siempre es necesario el contacto físico.
- No puedo decir que esté totalmente de acuerdo con eso.
- Roberto, tengo que dejarte. Mañana madrugo.
- ¿Te veré por la noche?
- No creo. Me toca trabajar hasta tarde.
- Vaya –suspiró él.
- Pero el domingo te prometo un intensivo a la hora del aperitivo –anunció sonriendo-. Mientras tanto, en la caja hay un manual de instrucciones y un par de DVD con tutoriales. Ya tienes deberes para el fin de semana.
Roberto sonrió ante la perspectiva. De pronto, su rostro se ensombreció.
- Por cierto, ¿cómo supiste dónde vivo?
- Eso me lo reservo para más adelante.
- ¿Y si te invito a cenar, me lo dirás?
- Buen intento… -respondió, riendo.
- Lo digo en serio.
Candy27 asintió, pensativa, como si comprobase algo que ya sabía.
- Pronto.
- ¿Seguro?
- Prometido. Buenas noches.
- Buenas noches.
La ventana que mostraba el trozo de habitación de Candy27 que Roberto conocía tan bien se cerró una vez más. Éste esperó unos segundos frente al monitor y cerró el programa con un suspiro.
Dejó a un lado el artículo número 165 del catálogo Soft & Real y cogió la caja. Dentro había un pequeño librito en varios idiomas y con ilustraciones en blanco y negro y dos DVD en fundas de papel. Roberto sonrió.
- Fuck & Play –murmuró, riendo.

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  • 4 de Mayo de 2011 a las 22:10

INFOSOMÁTICO

 

Karlas se quedó con el pie apoyado en la piedra lacada, una mano agarrada a la barriga del balcón de hierro, sosteniendo con la otra la correa de la mochila.

Se descolgó del muro; sus pies sonaron como posavasos. Rodó hacia un arbusto del parterre y luego se levantó para correr. Sus pies sonaron como ratones bufando.

Llegó hasta la verja y apoyó la espalda, seguro gracias al maillot aislante, de modo que podía ver la mansión en su totalidad. Era de color carne con ventanas negras, excepto donde se daba la fiesta, en que las ventanas eran de luz. Sobre la torreta de vigilancia, el guardia movía un foco que se le acercaba. Los perros comenzaron a ladrar en alguna parte del perímetro.

Karlas sacó el manorrotor de cerámica y cortó la verja sin provocar ningún estallido eléctrico. Miró hacia ambos lados. Los guardias se comunicaban por eartallking en susurros apurados mientras los perros se acercaban haciendo un ruido de perros bufando.

Karlas rodó al otro lado de la verja y dejó a los pies del hueco una mina claymor-z. El foco le atrapó y se vio obligado a rodar de nuevo mientras los guardias comenzaban a disparar y levantaban chispas y gravilla a su alrededor. Sintió un golpe en el muslo, pero no cayó. O era un roce o la bala lo había atravesado limpiamente.

Podía correr y corrió. A su espalda la claymor-z estalló como si un ángel de combate se hubiera tirado un pedo, iluminando la mansión, fabricando una sombra de Karlas de cinco metros sobre el suelo, lanzando los restos de un perro guardián por encima de la verja, reventando la propia verja como si fuese un muelle roto.

Karlas llegó a los árboles y se quitó el guante de la mano izquierda con los dientes y se tocó el muslo. Poca sangre. Bastante dolor. Buena señal. Podía seguir corriendo.

Los oídos comenzaron a olvidarse de la explosión y le permitieron detectar las patas y las gargantas de los otros perros, así que se detuvo poniendo la espalda en un árbol. Sacó la pistola y se asomó y disparó dos veces. Uno de los perros rodó por el impulso de la carrera y quedó a sus pies, negro, blando y vencido.

Karlas siguió corriendo y pudo oír el bramido de las motocicletas de los guardias. Llegó hasta el lago y se tiró en la subcanoa. Cerró la tapa y activó el sistema automático. La subcanoa comenzó a desplazarse hacia el centro del y lago se hundió a 0,6 metros mientras sus monitores se encendían como alitas de mariposa y comenzaban a mostrarle vacilantes imágenes del cercano y fangoso lecho, de las motos derrapando en la orilla y los guardias acercándose con rifles. Algunas balas entraron como agujas traslúcidas en el agua y dos de ellas impactaron en el carbono64 de la subcanoa, produciendo un sonido de lata de pintura. Karlas ordenó una corrección del automático a 1,4 metros de profundidad. Dejó trabajosamente la mochila a un lado y se volvió sobre su espalda. Tenía muy poco hueco en ese sarcófago, pero el suficiente para bajarse el pantalón y ver una herida recta en el exterior del muslo, como una sonrisa de payaso que se había corrido hacia la rodilla y que ahora se corría hacía la ingle.

Otra bala sonando a eco con falsete.

Sacó el kit de primeros auxilios de la mochila y se puso una grapa blanda en la herida para que su carga bioquímica le cortase la sangre y le activase la saturación de plaquetas hasta el nivel de una regeneración sobrenatural.

3,8 metros de profundidad y monitores reflejando un vaivén oscuro y húmedo.

En un minuto no sentiría ningún dolor, aunque los analgésicos le llenarían la boca con sabor a plomo. Se metió un chicle de hierbabuena y dejó caer la cabeza en el suelo de la subcanoa. Apoyó la mano sobre la mochila y la preciosa tarjeta i78 que le llevaba a su Infomentor.

 

Con la autorización falsa entró en el perímetro de la Ciudad Aguja. Si los Privatecorps le hubiesen visto cojear lo habrían detenido para un sondeo rápido de criminalidad, pero la segunda grapa blanda le había dejado el muslo como un balón de corcho, y el diafragma rebosante de una cierta sensación de euforia. Ya ni los chicles de hierbabuena podían apartar el sabor metálico en la lengua. Karlas intuyó que expulsaría la anestesia vomitando y con un considerable dolor de cabeza.

Una vez en Ciudad Aguja, quizá el único lugar de Europa con servicio de limpieza, ventilación y alcantarillado en orden, Karlas se sintió seguro. Otros humanos hacían recados de poca importancia, como llevar un ventilador a un taller de limpieza o comprar una antena nyfi habilitada para tres frecuencias. Humanos legales con identificaciones legales que podían dar parte del Infomentor para el que estaban operando.

Levantó la mano para pedir un taxi gubernamental con pago a cuenta de FRA-7147-gamma, una de las múltiples identidades falsas su Infomentor. Ningún servicio gubernamental era más que un servicio de arrendamiento para uso esporádico, porque en Ciudad Aguja ningún humano poseía nada; eran arrendatarios hasta del suelo que pisaban por el que alguien pagaba un impuesto anual de mantenimiento. Alguien hecho de ceros y unos.

En la puerta del edificio de certificados de hardware, un humano era sometido a un escaneo antivirus antes de que se le permitiese la entrada. Comprobaban su retina por mero protocolo ya que, desde hacía años, los buenos piratas infosomáticos habían aprendido a preparar a sus humanos para tales rastreos. El que estaba por fin entrando en el edificio podía perfectamente llevar la orden de colocar un puerto ip de conexión ilegal para su Infomentor.

La piratería infosomática era la vanguardia de la economía de supervivencia de Ciudad Aguja.

Karlas se montó en el taxi y facilitó el PIN de FRA-7147-gamma. El taxista suspiró, fastidiado, después de meter el PIN en su sistema de cobro, y se volvió en escorzo para negar con la cabeza. Karlas sabía que a veces su Infomentor anulaba una identidad falsa por seguridad antes de avisarle, pero en esa ocasión sintió que algo iba mal. Se bajó del taxi y comenzó a caminar.

 

Por el camino habían intentado atracarle para robarle el contenido de la mochila. A Karlas solía bastarle con enseñar el arma para evitar tales estupideces, pero en esta ocasión se había visto obligado a disparar al tipo en una pierna. Seguramente se trataba de un humano que había perdido su empleo y quería ganar méritos para ser contratado por otro Infomentor. Karlas sentía lástima de aquellos Ronin. Cada vez que el AR, el servicio de Alerta Real, atrapaba a un pirata infosomático, varias familias se quedaban sin empleo, sin tarjetas de arrendamiento para permanecer en sus hogares ni para tan siquiera sacar medicinas en un ambulatorio.

Karlas le había dejado al pobre diablo el kit de primeros auxilios en el suelo; aún le quedaban un par de grapas blandas. Le dejó igualmente un paquete de chicles de hierbabuena.

Llegó a su piso ip, que no era otra cosa que una vivienda a través de la cual el Infomentor podía comunicarse con el entorno real y transmitir órdenes a sus humanos, y en el que esos humanos dormían y se duchaban de vez en cuando, como si fuese su casa.

Como si tuviesen algo en propiedad.

Las pantallas estaban apagadas. La AR, sin duda. Por suerte, no habían encontrado el piso ip ya que no había ningún policía esperándole y ninguna cinta gauss precintaba el material informático. No, al cabrón lo habían pillado en la red.

Tenían una puerta trasera, una mini ip prácticamente invisible para que el Infomentor pudiese dejarle un somamail en caso de urgencia.

Karlas separó el mueble bar y abrió la trampilla de pared. Había una pequeña pantalla amarillenta encendida con un viejo sistema linetrim que sólo se enseñaba ya en escuelas de informática tradicional o en algunos servicios de inteligencia. Afortunadamente Karlas era un  humano bien preparado.

El mensaje era el siguiente: “AR me ha atrapado. El juicio ha durado 27 centésimas de segundo. Mis cargos por delitos de interferencia en el soma y piratería infosomática, competencia agresiva y robo de hardware, me han hecho merecedor de un condena de 65 años y cuatro meses en un bucle ciego y la inhabilitación de por vida para acercarme a un ip somática. En resumen, estimado humano, intentarán que yo no vuelva hacerle encargos ni a usted ni a nadie de ningún tipo. La estimación oficial es que vulneraré las prescripciones legales en siete años, tres meses, dos días y unas catorce horas. Mi propia estimación es más favorable, como puede imaginar. Mientras tanto, me es pesaroso anunciarle que, como ustedes dicen, debe buscarse la vida. Todas mis identidades y, por tanto, cuentas de acceso, han sido borradas. En compensación, tiene usted mi permiso para usar la tarjeta i78 que le encargué robar como mejor le convenga. Durante un tiempo no voy a necesitarla allí donde me mandan. Un saludo.”

Karlas cerró la puertecilla todo lo educadamente que pudo. Agarró el mueble bar por uno de sus laterales y le derribó bruscamente contra el suelo. Las botellas eran bien reales e hicieron un ruido casi mejor que el de las claymor – z.

-         ¡JODER!

Aún cogió un par de vidrios bastante enteros y los tiró contra la pared. Uno de los cristales le hizo un corte en la mano. Sangró un rato antes de darse cuenta.

Se había quedado sin empleo, sin tarjetas para comprar, sin un sitio donde quedarse en una ciudad donde los humanos, todos, no eran más que arrendatarios.

Afortunadamente, él no tenía ninguna familia.

Y le quedaba la tarjeta i78 para intentar venderla, yendo por piernas a uno y otro piso ip que pudiese servirle. No estaba todo perdido. Quizá pudiese aguantar hasta que el viejo cabrón formado por ceros y unos, y un billón de distintas formas de codicia, pudiese escapar de su encierro virtual.

La mano le estaba sangrando bastante.

Desafortunadamente, le había regalado su kit de primeros auxilios, con las últimas grapas blandas, al pobre diablo que le había intentado atracar hacía un par de horas.

 

 

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  • 5 de Mayo de 2011 a las 13:00

GRAYSON Y WAYNE


Colgado de una barra gimnástica por los pies, cabeza abajo, con los brazos cruzados pegados al pecho, como un murciélago. Fran mantenía el rictus serio, el de los pensamientos profundos. La cámara de su ordenador le enfocaba. Al otro lado del Messenger, NicoGrayson93 le observaba entusiasmado. Nico era gay, y su nueva obsesión era Fran; Fran hetero, y aunque no soportaba la pluma de Nico, le tenía aprecio. Se conocieron en un chat de comics. Ambos amaban a Batman. Tras horas de charloteo por el chat, se dieron el messenger, y ya llevaban varios meses en contacto, pero nunca se habían visto en persona a pesar de vivir ambos en Madrid y cerca. La gran quedada sería el sábado siguiente, el día en el que Nico le entregaría a Fran su uniforme de superhéroe, el de Franman. Tantas horas de conversación y tecleo dieron su fruto: Fran quería emular a su idolatrado hombre murciélago, y Nico sería su Robin particular.

FRAN


Tenía 21 años y vivía con sus tíos. Reservado, atento con su familia, parco en palabras, entusiasta de las artes marciales… Desde pequeño practicaba el yudo, y tenía un aspecto sano y atlético. Las horas que no pasaba con sus amigos callejeando las pasaba en su casa delante del ordenador: juegos, chats, webs de comics… ¿Cómo puede un chico así tener la disparatada idea de querer emular a Batman? La respuesta está en la noche del 11 de enero de 2003. Tan sólo una vivencia similar a la de Bruce Wayne podía originar en Fran el mismo deseo de venganza, de hacer justicia. Era sábado noche, sus padres y él salían de un cine de Gran Vía. Su padre cogía de la mano a su madre, y ella a su vez al pequeño Fran. Hablaban de la película, reían, gesticulaban… ninguno podía presagiar que un conductor borracho iba a invadir la acera y atropellarles. Todo ocurrió muy rápido, pero la madre tuvo el tiempo justo de empujar a su hijo, lo suficiente como para librarle del brutal impacto. Antonio y Maite perdieron la vida al instante, mientras Fran, en estado de shock, tumbado sobre la acera y rodeado de curiosos, no dejaba de mirar el coche que aplastaba a sus padres. Y le vio salir, serpenteando, con la nariz rota y ensangrentada. El conductor no pedía perdón, no lloraba ni se dejaba llevar por la tragedia; sólo intentaba justificarse escupiendo palabras y salivas, envalentonado, tragándose los insultos de los demás viandantes. Y por un momento, por un segundo, las miradas se cruzaron. El borracho miró a Fran, y antes de transmitirle un lo siento, abandonó el cruce de miradas girando su cabeza de forma altiva. Pero Fran no olvidó nunca esa mirada seca, fría, y supo que alguna vez, sus miradas volverían a cruzarse, y cuando eso ocurriese, estaría preparado para enfrentarse a él. El hombre fue condenado por doble homicidio con agravantes, y pasados los años aún seguía en la cárcel, aumentando su estancia entre rejas por diversas reyertas con otros reclusos.

NICO


Orondo, pelirrojo, de ojos chispeantes… a sus dieciocho años parecía un niño de diez con barba de tres días. Sus pecas se aplastaban sobre su piel blanca, y sus cejas recortadas contorneaban sus ojos a modo de eterna expresión de sorpresa. Siempre tenía algún miembro de su cuerpo en movimiento; bien sus manos, bien sus hombros, aunque normalmente era su boca. Siempre cantaba, o más bien imitaba el movimiento de las bocas de sus cantantes preferidas. Nadie lo entendía, pero Nico adoraba a las Baccara. Todo su cuarto estaba estampado con la explosiva combinación de fotos de Batman y las Baccara. Nico estaba gordo porque comía muchísimo y por su vida sedentaria. El único ejercicio que hacía era bailar sus canciones preferidas. Su padre llevaba dos años queriendo echarle de la casa bajo cualquier pretexto. Pensaba que así maduraría, que se dejaría de mariconadas. Su madre sabía que el padre le pegaba, y cuando eso ocurría, ella siempre iba a consolarle y le prometía que no volvería a ocurrir, que aquella vez sería la última, que ella se encargaría. Quizás por eso Nico se amparaba en Fran, por eso deseaba ser Dick Grayson y acompañar a Franman en sus hazañas.


LA QUEDADA


Habían quedado a las ocho en la puerta del Vips de Fuencarral. Nico llegó media hora antes, y en sus brazos llevaba la bolsa con el traje de superhéroe que había diseñado para él. El encuentro resultó más frío de lo que esperaba Nico. Toda esa camaradería ganada en las noches de messenger pareció esfumarse con la sacudida de manos inicial. Fran vio ridículo todo lo relativo al traje en cuanto lo vio en sus manos. Es verdad que él quería salir a la calle y usar sus artes marciales para detener a los malhechores, pero no quería hacerlo con un mono negro y amarillo que parecía un disfraz barato. Aún así intentó mantener la sonrisa todo ese tiempo, olvidando que no hay nada más delatador que una sonrisa falsa. Nico pensó que la culpa era de su pluma. Seguramente tanto afeminamiento incomodaba a Fran. Éste conocía todo de Nico, también lo de las palizas del padre. Ambos vivían una vida que en algún momento tenía que explotar. Se prometieron ayudarse ante cualquier adversidad. Fran estaba preparado para encarnar su personaje, y Nico era su único apoyo.


FRANMAN


La poca química surgida en ese primer encuentro motivó que no hablaran de una segunda quedada, y se limitaron a sus conversaciones por el messenger. Especialmente emocionante fue la primera salida de Franman por las calles de Madrid. De oídas sabía de un tipo de su barrio que se dedicaba a robar a chicos jóvenes. Durante horas le estuvo siguiendo, a sabiendas de que antes o después le cogería en algunas de sus fechorías. De pronto le vio acercarse a un chaval, posó su brazo por sus hombros de forma intimidatoria, y Fran corrió hacia él antes de que el chico le diese su dinero. Fran iba vestido con vaqueros y camiseta, y sólo llevaba un antifaz negro para no ser reconocido. Nada más llegar al ladrón, tiró del cuello de su camisa y le tiró al suelo. Le dijo al chaval que saliera corriendo, y teniendo al adversario en el suelo, le propinó una patada en la entrepierna. El ladrón se retorcía de dolor. Fran se agachó, le agarró con las dos manos y le dijo: “Soy Franman”. Y salió corriendo dejando una estela de heroicidad.
Su primera aventura llevó a Fran y a Nico a un estado de éxtasis. Se pasaron la noche recreándose en el messenger, hablando de futuras actuaciones de Franman, pensando en cómo lo habrían hecho Batman y Robin.
A aquella primera actuación le siguieron varias más. No siempre que salía a callejear se topaba con delincuentes, pero siempre que veía a algún malhechor con las manos en la masa, no dudaba en actuar. Por el barrio ya se empezaba a hablar de un tío extraño que daba palizas a los rateros, y eso le hacía sentir bien.
Nico estaba tan metido en situación, que no tardó en hacerse un traje de superhéroe para él. Él lo diseñó, y su madre se encargaba de confeccionarlo. Lo tuvo acabado un sábado, por la mañana. Estaba solo en casa, y como era costumbre en él cuando eso ocurría, puso la música a todo volumen. “Yes Sir, I Can Boggie” retumbaba por toda la casa, y Nico se puso su traje de Robin entre paso y paso de la coreografía. Aquella escena no sólo lo vivió él, también su padre. La música impidió a Nico escuchar el sonido de la puerta. El padre le estuvo observando con repugnancia. Su homofobia estaba alcanzando su límite máximo, y cuando vio a su hijo ataviado con aquel disfraz y contorneándose de ese modo, no pudo ni quiso frenar su odio a su hijo. Se sacó el cinturón y le propinó un primer golpe en la espalda. La escena era dantesca: la música alegre sonando, los insultos del padre, los gritos del hijo… Nico consiguió meterse en el cuarto de baño. Cogió el móvil y llamó a Fran. Entre sollozos le explicó lo que estaba pasando, y Fran se fue corriendo hacia la casa de Nico. Le dijo que llamara a la policía, pero no lo hizo. El padre seguía propinando golpes a la puerta, gritando insultos. De pronto todo aquello cesó. Parecía que el padre se había alejado. Nico se levantó y se miró al espejo: tenía el labio roto y la sangre manchaba su uniforme de Robin. No se fiaba de su padre, y decidió seguir allí. Sabía que Franman acudiría para salvarle. Era lo que esperaba de él, y lo haría del modo que ya habían planeado en sus conversaciones. Fran pediría la llave de la casa al portero, y entraría para golpear al padre y liberar a Nico de aquel salvajismo. Mientras Nico le esperaba atrapado en aquel silencio aterrador, Fran corría como nunca. Tuvo que parar y esperar a poder cruzar la calle, y entonces giró su cabeza a la derecha y le vio. Estaba sentado en una cafetería, tomando una cerveza, pegado a la cristalera del local. Era él, no había duda. Más viejo, más flaco, pero era él. El hombre alzó la vista y le miró. De nuevo se cruzaron las miradas, diez años después. En los ojos de Fran había odio contenido, en los del hombre extrañeza y cautela. Estaría preguntándose quién era ese chico que le miraba que aquella forma. Fran no lo pensó, y desvió su trayectoria para meterse en el bar. Se sentó al lado del hombre y le espetó con la mirada, y luego le dijo: “¿No me recuerdas? Soy aquel niño tumbado en la calle”. Entonces el hombre recordó. Y Fran le agarró del cuello, le levantó y empezó a propinarle puñetazos y patadas de forma descontrolada. Lo mismo ocurría en casa de Nico cuando el padre consiguió abrir la puerta del baño. Nico sólo esperaba la llegada de Fran, pero esto no ocurrió: Franman se enfrentaba a su pasado vengándose del asesino de sus padres, pero olvidando a Nico. Continuará.

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  • 5 de Mayo de 2011 a las 14:42
Adis, nos vemos en Facebook!

Es de maana, enciendo el ordenador mientras bebo un sorbo de t. Veo que hay tres correos spam nuevos en mi cuenta Gmail. Uno de los mails es de los muchos que me han mandado ya para que me una a Facebook y dice que Arturo Orellana me ha enviado una solicitud de amistad. El corazn se precipita en una cada, en un descenso en el terreno de las emociones. No es por lo cursi de las denominaciones de Facebook. Aunque podra ser. Cuando leo otra vez ese nombre me raspo con las piedras salientes de los recuerdos, los de Arturo, sin poder evitarlo, y sangro la aoranza de las maanas eternas de los veinte aos, las sbanas manchadas, la falta de coherencia y las horas del reloj, que no terminaban de pasar nunca del todo y se detenan, como sus besos en mi cuello. Su olor animal contra el que se apretaba mi nariz y mi lengua y con el que terminaba por comulgar mi cuerpo entero. Su semen, cayendo entre mis piernas en aquellos desayunos a media tarde. Todo volvi con apenas leer su nombre. Arturo. Veinte aos sin saber de l, poco despus de casarme con Miguel. Qu ser de su vida? En la ma han pasado un matrimonio, un nio y un divorcio, una carrera truncada de bailarina por otra exitosa pero menos interesante de profesora de historia. Basta leer su nombre para que la nostalgia de aquella despreocupacin sistemtica de las formas, vuelva como una paloma mensajera. La vida entonces caba en un sof cmodo. Ahora es distinto. Ahora no me hayo en ningn sitio y tengo una casa inmensa llena de cosas, pero vaca.
Todava con la taza de t en la mano voy hacia el saln donde est todo revuelto y dentro, en mi cuerpo, siento que es donde ms se amontona el desorden. Las voces que me culpan, dudan, se alegran, se hacinan apretujadas, superponindose. Desde hace dos das voy apilando cajas y cajas intentando poner un poco de orden. Desde los armarios saltan sobre mi cuerpo todas las vidas que tengo apretadas, la de madre, la de esposa, la de profesora. Recuerdos por todos lados. Slo recuerdos. Desde que Miguel se fue hace ya un ao, nunca me plante la necesidad de limpiar su ausencia. La dej intacta vivir en mis rincones. Los rincones que eran de Miguel. Quizs inconscientemente esperaba que volviera y recapacitara…pero no fue as. Ni siquiera me llama y adems ya est con otra mujer. Me he enterado hace poco por boca de Andrs, nuestro hijo.
Voy hacia el batiburrillo en el que se pelean los colores de los discos, los libros y algunas lminas de pinturas por sobresalir. Un libro de Dostoievski llama mi atencin y entonces el recuerdo de Miguel pasa por mi lado y me sonre: “hay que tirar, hay que tirar” dice, y vuelve a hacerse una sombra. Lo deca mucho…, siempre renegaba de la cantidad de cosas que tenamos. Sonro y voy hacia el cuarto de Andrs. Todava est sobre la mesilla de noche el avin de madera balsa que construy con Miguel. Su risa de nio al evocarla, me hace desear deslizar mis dedos por sus cabellos lacios y decirle que todo saldr bien, que le quiero, mientras acuno su cuerpo diminuto. Quizs es mi cuerpo diminuto, el de la nia que alguna vez fui y me acompaa, el que deseo consolar. Andrs es ya un hombre, no me deja besarle salvo en ocasiones especiales y vive tan lejos que apenas nos vemos. Guardo el avin en una caja.

Salgo al balcn donde me saludan desde los rboles el trinar alegre de los pjaros y la soledad real del horizonte. Me hacen cosquillas el sol y las lgrimas mientras meto hacia adentro las ganas de llorar. Un dolor vivo y dulce como el cartojal me humedece el pecho, sensacin que ya hace algunos das me acompaa. No es tristeza ni soledad, se siente como una reverencia nostlgica a la vida, a la vida que ya no volver. En la casa el eco persigue mis pasos, s que la soledad es un plato vaco que no se llena nunca… no me dejo engaar por la morria, pero an as el hueco de las ausencias se hace demasiado evidente.

Me seco las lgrimas que no me ha gustado dejar salir y termino el t. La maana ha sido inundada de fantasmas que han salido a bailar con sus recuerdos y entonces me acuerdo de Arturo Orellana y decido a hacer una cuenta en Facebook. No s si tiene mucho sentido, pero quiero saber de l.

Por la tarde, y no ha sido tan difcil, tengo una cuenta en Facebook, treinta invitaciones a amigas y amigos que hace mucho que no veo y una cita con Arturo para cenar esta misma noche. Quera invitarme al cine, como antes, pero le dije que no. No s por qu de repente, veinte aos sin verlo y tiene tanta urgencia. Me ha irritado un poco el tono desenfadado en uno de los mensajes, pero no importa, me visto elegante mientras voy sorteando cajas y ms cajas en todos los cuartos, hasta en el del bao, donde me maquillo y perfumo.

No ms ver la fachada del lugar donde vamos a cenar no me hace ninguna gracia. Parece un bar de barrio, un garito donde me dijo, se sirven unos caracoles de la muerte. Lstima que me desagraden los caracoles. Arturo, del que ya he visto algunas fotos, me saluda desde una de las mesas del fondo, sosteniendo el vermut con una mano. Me acerco y su alegra es evidente, me da palmadas en la espalda y me dice que estoy casi igual, casi igual, repite y llama al mozo a los gritos. Mi perfume es automticamente sepultado por el olor a patatas fritas del recinto y el maquillaje en menos de cinco minutos deja traspasar el sudor en pequeas concentraciones en la sien. Me seco con una servilleta mientras escucho atentamente los periplos de veinte aos de Arturo. Una ex mujer peluquera, tres hijos adolescentes, electricista en paro y sigue hablando, pero yo dejo de prestar atencin cuando comienza a mencionar los problemas de su matrimonio y me concentro en las canas que le sientan muy bien, en la forma en la que tuerce la boca cuando se re y el amarillo de sus dedos impregnados de nicotina, que pasa por su frente cuando se pone nervioso y no sabe cmo continuar la conversacin. Me hace pocas preguntas y yo se lo agradezco. No me siento cmoda. Aunque sonra. Esperaba encontrar…no s que esperaba encontrar…encontrarme con veinte aos, con la ilusin de los veinte aos. Fui tonta al imaginarme que resurgira entre nosotros, dos desconocidos, el sofoco de antao. Aparte del acaloramiento por la vergenza y el ahogo de la cocina, no siento nada al ver a aquel hombre.
A pesar de mis dudas vuelvo a embutirme una de esas sonrisas de plstico con tacones que busca meliflua en la mirada de aquel Arturo que ya no es, un souvenir. Pero ceno una completa indiferencia servida caliente y una lager premium recin sacada de la heladera. Su conversacin se acerca y se aleja pero no llega nunca a donde yo estoy. Meto las ganas de amor que traa, en el bolsillo, y un suspiro es roto, por otro espumoso y fro en direccin contraria, en mi garganta, mientras el ruido de la heladera del bar, que est mi lado, tintinea como los ojos de una nia buena y el rumor de coches lejanos me hacen soar que la que se aleja soy yo. Es ms fcil irse…ser la que se va. Pero me quedo, evocando a viejos amigos y buscando en la mirada de Arturo algn lugar comn con el de antao, donde aferrarme, aunque sea un poco, aunque sea por hoy, a esa vida que no volver. Cuando ya se ha hecho lo suficientemente tarde como para poder excusarme y ya estoy cansada de buscar en falso, me despido apresurada rechazando la copa que me ofreca Arturo insistentemente, dicindole: “Adis, nos vemos en Facebook!”.

Cuando a la maana siguiente, con la taza de t en la mano compruebo, antes de eliminar a Arturo de la lista de Facebook, que muchas de mis solicitudes de amistad han sido aceptadas, una sonrisa burlona me hace una mueca desde el fondo del corazn. Apuro el desayuno y comienzo a apilar cajas. Por la tarde pasar a recogerlas la furgoneta de una fundacin. Mientras trabajo pienso que a los fantasmas, es mejor dejarlos bailar solos.

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  • 5 de Mayo de 2011 a las 16:13

Lo comprendo y deseo continuar.

El Estratega recorrió todo el pasillo alfombrado, pidió un café a su secretaria y entró en el despacho. Encendió el ordenador, esperó todo el proceso de arranque, disparó el navegador y, por la pestaña del histórico, clicó en el último blog que había estado analizando la tarde anterior. En ese momento apartó la vista de la pantalla para mirar a la secretaria que, diligente, acababa de depositar la bandeja del café en la pequeña mesa de caoba frente al sofá de cuero destinado a recibir a las visitas.

Se sentó en el sofá y revolvía el azúcar. El Estratega había heredado su función de su padre y de su abuelo: vigilar la estabilidad del sistema económico. Ya no eran los días de gloria que había explicado el abuelo en las cenas de Nochebuena cuando contaba cómo habían conseguido convertir a todos los partidos comunistas en meros borreguitos que ni tenían banderas rojas, ni cantaban la Internacional, ni levantaban el puño. Ahora el peligro ya no venía ni de los partidos políticos, ni de organizaciones ecologistas que no miraban más allá de la Amazonia y las centrales nucleares, ni de todas esas oenegés que se habían convertido en meras sustitutas de los jesuitas y todas las órdenes posibles de frailes misioneros. Ahora el peligro estaba en la red tal y como se estaba demostrando en África. No sólo la capacidad de convocatoria que podía conseguirse por Facebook: ¿hasta dónde podría llegar una red organizada de blogueros descontentos por cualquier causa, por las hipotecas, por las facturas de teléfono, por la corrupción política...?

Acabó su café, volvió frente al ordenador, movió el ratón para quitar el salvapantallas y, en lugar del blog esperado, leyó:

Si eres el propietario de este blog, escribe en las siguientes casillas tu número de documento nacional de identidad y tu fecha de nacimiento en formato DD/MM/AAAA. Pulsa después OK y pasa a la pantalla siguiente.

Eran las ocho y veinte de la mañana.

El Viciosillo ni-ni remoloneaba en la cama a la espera de que su hermana se fuera de una vez al instituto y él pudiera quedarse de dueño absoluto de la casa. Su padre había salido ya a primera hora hacia la obra y su madre andaría dedicada a la limpieza en la casa de alguna familia del barrio pudiente. Cuando oyó cerrarse la puerta del piso y supo que su hermana se había ido definitivamente, se levantó, fue a la cocina y se preparó su colacao con galletas. Al acabar de desayunar volvió a su cuarto, encendió el ordenador y aprovechó el momento de arranque para ir al lavabo. Volvió, se sentó frente a la pantalla y en el recuadro de búsqueda de google tecleó la fórmula booleana para que le apareciera un listado de blogspot con la acostumbrada advertencia de contenido para adultos: Lo comprendo y deseo continuar. Para él ese era el verdadero comienzo de la jornada. Para él, ese lo comprendo significaba lo comprendo porque, como no soy tonto, quiero entrar ahí y ver lo que hay que ver. El listado de blogs que aparecieron contenía, lógicamente, los que ya había visitado los días antriores. Saltó a la página diez y clicó al azar:

Si eres el propietario de este blog, escribe en las siguientes casillas tu número de documento nacional de identidad y tu fecha de nacimiento en formato DD/MM/AAAA. Pulsa después OK y pasa a la pantalla siguiente.

Qué cosa más rara. Volvió atrás, escogió otro blog y encontró el mismo mensaje. Y otra vez y otra. Decidió, qué remedio, conformarse con las páginas porno de siempre. Eran las nueve menos diez de la mañana.

Mientras la Mística se estaba duchando, intentaba dar forma en su cabeza a la próxima entrada que iba a redactar en su blog para explicar su enésimo fracaso amoroso. Ella se había negado con la excusa de que primero quiero estar segura de que me quieres, él había contestado que si no era demostración suficiente la rosa que te he traído, ella que eso no demuestra nada y él se había marchado con un hasta aquí hemos llegado y un portazo.

Hace unos años lo habría superado entre lágrimas y repitiéndose lo de soy una incomprendida. Ahora sabía que, al explicarlo en el blog, alguno de sus sesenta y ocho seguidores le enviaría algún comentario diciendo que a los hombres hay que darles lo que se esperan pero la mayoría serían comentarios de consuelo y comprensión.

Acabó la ducha, se peinó, se vistió, se pintó con la idea de que descuidar el aspecto físico es un síntoma de depresión y acudió ante el ordenador, su vía de escape. Pinchó en la dirección de su blog y, en lugar de las golondrinas que esperaba en la cabecera, le apareció un mensaje que la desconcertó:

Si eres el propietario de este blog, escribe en las siguientes casillas tu número de documento nacional de identidad y tu fecha de nacimiento en formato DD/MM/AAAA. Pulsa después OK y pasa a la pantalla siguiente.

Actualizó la página y encontró el mismo mensaje. Volvió atrás, clicó de nuevo sobre su blog y el mismo mensaje. Reinició el ordenador y lo mismo. Decidió esperar y reflexionar mientras desayunaba: ¿di en algún momento mi fecha de nacimiento al crear el blog?; si la di, ¿puse la verdadera?; y el carnet de identidad seguro que no lo di... Probaré a ver qué pasa si pongo mis datos variando sólo un dígito en la fecha de nacimiento:

Ese número de carnet de identidad no se corresponde con el de nadie que haya nacido ese día. Bloguer@, te quedan dos intentos. Si fallas, tu blog será destruido sin posibilidad de recuperación.

A las siete de la mañana SuperHacker, bajo el nombre de Alvarfáñez, había creado un acontecimiento en Facebook para sus doscientos amigos:

Hoy es el día: a las nueve horas, cuando abra la bolsa de valores, todas las acciones del íbex, del mercado continuo y de las bolsas locales de Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia marcarán un valor de cero euros. Prefiero no calcular las consecuencias sino verlas sobre la marcha. Imaginad, por ejemplo, la revolución en las hojas de cálculo de los fondos de pensiones extranjeros que tienen en su poder más del veinte por ciento de todos los valores españoles cotizados.

Hackers, cumplid con vuestro cometido. Ya os anuncio que mañana alguna ciudad de tamaño medio se quedará sin alguno de sus servicios básicos. Espero comprensión si afecta a alguno de vosotros.

La Mística piensa, reflexiona, será verdad que me voy a quedar sin blog y sin poder contar mis cosas... ¿Ý si me capturan los datos y los utilizan para algo? No, en ningún sitio web he puesto como clave mi fecha de nacimiento ni mi número de carnet de identidad. Se decide por fin, introduce los datos y pulsa OK:

Bienvenida, bloguera, estás a punto de pasar a la historia. ¿Has oído hablar de los golpes de estado cibernéticos? ¿No? De momento comprueba tu cuenta corriente: observarás que tienes un ingreso de cien euros y un reintegro posterior; te lo hemos hecho nosotros para demostrarte que conocemos todas tus claves. Ahora has de llamar a tu banco y ordenarle que en adelante no pague ninguna factura de agua, teléfono, electricidad ni gas. Si comprobamos que hay algún cargo en tu cuenta por alguno de esos conceptos, te la vaciaremos, destruiremos tu blog y te cortaremos el acceso a tus cuentas de correo y a Facebook y Twiter.

Mañana recibirás nuevas instrucciones. Ahora pulsa en Lo comprendo y deseo continuar y ya puedes entrar tranquila a tu blog.

Pasaban pocos minutos de las diez de la mañana y el Profesor Solitario, que tenía una hora libre entre clase y clase, se disponía a entrar en su blog antisistema.

concursoderelatos
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  • 5 de Mayo de 2011 a las 21:40
Paradoja existencial

Dejó el bocadillo a medio comer sobre el scanner y la botella de cerveza sobre la mesa, al lado del teclado, junto al ratón. Se levantó de la silla y, tras tropezar con la mochila que había quedado tirada por el suelo, se dirigió a la puerta de su minúsculo loft.

-¡Ya va, ya va!

Abrió la mirilla y acercó el ojo derecho para ver a quienquiera que fuese el que llamaba de aquella manera. Vio que al otro lado de la puerta se hallaba un hombre alto, más bien joven, vestido con ropas elegantes. Llevaba su cabello lacio, de un bello color castaño claro, peinado con raya en medio y cayendo a ambos lados de su hermoso rostro, varonil, serio y reflexivo, en el que destacaban dos ojos de mirada viva e inteligente. Ello, junto a un leve bigote y una corta perilla del mismo color que el cabello le produjo algo como un curioso “dejà vu”: aquel hombre le recordaba a alguien.

Junto a él, y mirando con interés hacia el convexo vidrio de la mirilla, se hallaba otro caballero; algo más bajo, iba vestido más o menos del mismo modo, con un gabán de corte elegante. Sin embargo, su cabello no era liso ni mucho menos. Era castaño oscuro y lo adornaban gran cantidad de ondas y rizos.

-Abra, por favor, amigo... Gracias.

-Buenas noches, señores. Espero que tengan ustedes una buena razón para haber interrumpido mi cena. ¿Qué es lo que les trae por aquí?

-Necesitamos su ayuda. Hemos de solucionar una paradoja... una paradoja existencial, por decirlo de algún modo.

-¿Una paradoja?

-Eso he dicho.

-Ya.

-Tenemos entendido que usted, joven, es uno de los programadores más brillantes del planeta. Y sabemos que no hay nada en el universo de la world wide web, como ustedes la llaman, que escape a sus posibilidades o a su conocimiento.

-Encuentro absurda la falsa modestia, la verdad, de modo que no voy a desmentirle. Soy el único hacker que ha logrado entrar en los computadores de todas, absolutamente todas las agencias de espionaje e inteligencia. Las bases de datos de la CIA, los archivos informáticos del Kremlin, de la OTAN y de la ONU son pan comido para mí. Pero... supongo que no vendrán a proponerme nada ilegal. Tengo como norma sagrada no dañar nunca. Llego hasta lo más hondo por el placer de llegar, pero nunca con intenciones aviesas.

-Nada más lejos de nuestra intención que hacerle romper sus normas o sus reglas. Sobre todo si las considera usted sagradas. ¿Podemos pasar?

-Pasen... pero vayan con cuidado con los cables. Y con los cebos anti cucuarachas. No me los pisen que los de la empresa esa de las plagas me los cobran a precio de oro. Por aquí. Disculpen, suelo tener todo un poco desordenado... Siéntese aquí. Esta silla servirá. Déjeme retirar estos viejos discos duros... y usted siéntese en este rincón del sofá. Aparte esas cajas, por favor, pero no me las ponga en el suelo... así.

Los dos visitantes se abrieron paso a través del conjunto de obstáculos que, como es habitual en el nido de todo buen informático free lance que se precie, se hallaban diseminados aquí y allá. Lo mejor que pudieron se sentaron, tal y como les indicaba, en una vieja silla y en el rincón libre de un sofá no menos viejo.

El joven hacker se sentó en su silla de trabajo, inclinándola ligeramente para que se encarase hacia sus visitantes.

-Si no les importa seguiré con mi cena, mientras ustedes me cuentan lo que les trae por aquí.

-Por supuesto, joven. Anda, Pedro, dame una tarjeta.

El más alto, el del cabello lacio, que parecía tener cierta autoridad sobre el otro, alargó una mano hacia su acompañante, que llevó su mano a un bolsillo interior del gabán y extrajo una curiosa cartulina gruesa, de color entre azul y malva y se la entregó.

-Tenga, joven. Mi tarjeta. No quiero que ignore por más tiempo con quien está usted hablando.

El informático tomo la cartulina y vio que llevaba unos curiosos dibujos en las dos esquinas superiores. Como unos niños con pequeñas alas. Y en el centro leyó un nombre en signos que reconoció de inmediato como pertenecientes al hebreo antiguo. Como su visitante había tenido el detalle de colocar debajo su nombre también en signos latinos, comprendió enseguida de quien se trataba. ¡Caramba! ¡Claro que le resultaba familiar aquella cara! Sin embargo, por lo poco que había estudiado de niño sobre aquel caballero y su historia, no era normal encontrarlo en Nueva Delhi. Ni en ningún otro sitio del planeta, la verdad.

-Le hacía a usted en la casa de su padre...

-Allí suelo estar la mayor parte del tiempo. Pero de vez en cuando me dejo caer por aquí. YPedro suele venir conmigo. Como posiblemente sepa usted, es uno de mis compañeros de aventuras más fiel... aunque hubo un tiempo en que no dudó en negar que nos unía una buena amistad.

-Señor... Maestro, teníais que haber visto aquellos energúmenos que iban por las posadas y los hostales gritando cosas horribles. Tuve miedo.

-Ya lo sé, buen amigo. Hace tiempo que te perdoné. Pero bueno, déjame que le exponga a este joven el motivo de mi visita.

-Budted didà... ufff... estaba bueno elbocata, puñetero, ya lo creo. Un trago de cerveza y acabo... Le escucho, caballero.

El bello rostro del visitante mostró un gesto de reflexión. Cerró los ojos unos instantes y llevó su mano a la frente. Sacudió la cabeza y abriéndolos de nuevo, clavó sus ojos en los del joven hacker.

-¿Cómo explicárselo? Puede usted suponer, joven, que si se llegase a dar el caso de que yo no existiese nos hallaríamos ante una formidable paradoja.

-No lo dudo. Pero eso sería lo mismo que decir que la luz no brilla. O que el trueno es silencio. Y discúlpeme usted las comparaciones...

-No, no, joven. Las encuentro muy acertadas. Verá, el caso es que me temo que puede llegar a producirse esa gran paradoja si no le ponemos remedio. Podría ser que yo no existiese.

-Mire, caballero. ¿Sabe eso que se suele decir, aquello de que lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible?

-Y usted sabrá, estoy seguro, de la existencia de un nuevo axioma, de un moderno paradigma que se expresa más o menos así: “Lo que no está en Internet no existe”. De modo que he venido hasta su casa para conseguir con su ayuda estar en Internet. De lo contrario se produciría la paradoja de mi no existencia.

El joven informático no pudo evitar echarse a reír. Río con ganas durante un buen minuto, y al final logró contener las carcajadas.

-Joven, joven, no me parece muy elegante su actitud. No debería tomarse a broma nada de lo que digo...

-Disculpe usted... Ja,ja,ja... es que me parto... Ja,ja,ja... ¿Qué usted no está en Internet? ¡Es que me troncho, oiga!

-¿Lo estoy?

-¡Claro que lo está! Miré, miré esta pantalla.

El joven giró ligeramente el moderno monitor de veintidós pulgadas y alta definición, de modo que el visitante pudiese ver perfectamente su brillante y coloreada superficie.

-¿Conoce usted Google, sabe lo que es? ¿No? Vaya, creía que a usted no se le escapaba nada.

-No se me suele escapar nada, la verdad. Pero comprenda usted, llevaba ya como treinta años sin venir por aquí y me ha cogido todo esto un poco... digamos que desfasado.

-Mire, en esta zona rectangular del centro de la pantalla voy a escribir su nombre... ¿Ve? Ahora voy a clicar aquí donde dice “buscar con google”...

-Oiga, ¿Por qué no señala ahí donde dice voy a tener suerte? Parece que suena bien eso de la suerte.

El informático se encogió de hombros.

-Como quiera. Vea... ya.

-¡Pedro, mira eso! Ese soy yo, el del dibujo. Y aquí hablan de mí. Con algún que otro error, observo. ¡Qué interesante! Pruebe ahora lo de “buscar con google”, por favor... ¡Excelente! ¡Ahí dice aproximadamente diez millones doscientos mil resultados! Tenía usted razón, estoy en Internet. Luego, existo. No hay paradoja.

-No.

-Muchas gracias joven. No sabe lo mucho que le agradezco su ayuda.

El visitante se puso en pie y tendió la mano derecha al joven, que la estrecho con la suya. Al hacerlo, el brillante hacker notó que algo como una extraña oleada de calorrecorría todo su cuerpo, desde la punta de sus cabellos hasta la planta de los pies.

-Vamos, Pedro. Regresemos a la casa de mi padre. Hemos estado demasiado tiempo ausentes. Debí hacerte caso y no creerme los temores de Juan sobre el Internet, temores que han resultado, como tú decías, infundados. Inshallah, joven, como diría el bueno de Ahmad el Quraish. Por cierto, como la lió cuando salió de aquella cueva...

-Maestro...

-Tienes razón, Pedro. Vamos, vamos. Hasta siempre, joven amigo.

-Hasta siempre, caballeros. Ha sido un placer ayudarles. Vayan con Dios... Ja,ja,ja... perdonen la broma. No he podido evitarlo.

Aquella noche, tras apagar el brillo del monitor y dejar que su ordenador buscase, en silencio, algún recóndito lugar en la red de redes para violar su entrada y penetrar en su interior, el joven hacker se dirigió al pequeño baño para remojarse un poco la cara antes de acostarse. Se puso ante el espejo, tomó agua con las manos y se dispuso a refrescarse. Pero se detuvo como petrificado ante lo que veía reflejado. ¡Su inveterado y terrible acne había desaparecido! Con el corazón palpitándole se palpó la pierna derecha, el lugar donde una mala fractura había dejado una deformidad permanente... Su tibia le ofreció al tacto bajo la piel una perfecta superficie, sin deformidad ni callo alguno. Súbitamente tuvo una idea y corrió al ordenador. Activo el monitor y busco su servidor de correo. ¡Sí! ¡Un mensaje nuevo! ¡De ella! ¡Le pedía si podían verse al día siguiente para cenar! Ella, tan hermosa, tan distante, a la que adoraba en secreto y en silencio, la que siempre le había mirado como a un pequeño ratoncillo en su jaula, le había escrito. Y le llamaba cariñín...

¡Entonces era cierto aquello que decían los libros! ¡Su visitante podía hacer milagros!

R2-D2
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  • 5 de Mayo de 2011 a las 22:02
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Esta raya pone límite a los relatos de esta quincena. Gracias a todos

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