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romi
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Desde un carmen del Albaicín

23 de Mayo de 2011 a las 21:09

Bubok

Desde un carmen del Albaicín

            Cuenta una leyenda que Boabdil, el último rey narazí en la Alhambra, antes de abandonar Granada rumbo al exilio, ordenó esconder todos sus tesoros en una torre de estos palacios. Un soldado fue empujado al interior de la torre, junto al oro, las joyas y los demás objetos de valor, con la misión de protegerlos. Cerraron la puerta a su espalda y después un mago de la corte realizó un poderoso encantamiento. Mediante el mismo, el contenido de la torre quedaba oculto para siempre a la rapiña del soldado, cristianos, y otras personas y, de forma indirecta, condenado a permanecer allí prisionero hasta el fin del mundo.       

            Llegó el mes de mayo y todavía de sus tres naranjos colgaban las naranjas. Y aunque el vecino le había dicho muchas veces:

- Pero hombre, coge ya las naranjas del árbol que la primavera está encima. Si las dejas un poco más, cuando vayas a cogerlas se caerán todas las flores de la nueva cosecha.

Él siempre le respondía:

- Es que en estos primeros días de mayo vendrá a verme una de mis hijas.

- ¿Y eso qué tiene que ver para que no le cortes la naranjas a los árboles?

- Lo que más le gusta a mis nietos son las naranjas de estos tres naranjos de mi casa. Por eso las estoy dejando en espera de que lleguen ellos. Quiero que este año, cada vez que se coman una naranja, la cojan directamente el árbol. Les deleita a ellos esto mucho y para mí es una satisfacción inmensa verlos alimentarse con estos frutos tan buenos.

            Tenía él su pequeño carmen justo en la ladera del Albaicín, por completo frente a la Alhambra y no lejos del río Darro. Con un trocito de tierra en la puerta donde cultivaba tres bonitos naranjos, algunos rosales y una higuera. Y una de las ventanas de su habitación daba directamente a los naranjos. La otra, quedaba frente a la Alhambra y por eso, cuando se tumbaba en la cama, con solo volver la cabeza, disfrutaba tanto de sus tres naranjos como de la grandiosa figura de la Alhambra sobre su colina. Y, como desde hacía mucho tiempo, vivía solo y casi alimentándose de los recuerdos, sus tres naranjos y la Alhambra, cada día le daban fuerzas. Sobre todo, en los momentos en que la soledad le torturaba sintiéndola a ella continuamente viva en su alma.

            Y aquella noche principio del mes de mayo por fin llegaron sus nietos. Acompañados de su madre y para él, la hija más querida. Los abrazó, los besó, jugó con ellos un buen rato, les contó historias y leyendas de la Alhambra y les habló extensamente de un rincón mágico que solo él conocía.

- ¿Dónde se encuentra eso?

- No lejos de la Alhambra, a la izquierda y como en un valle todo verde, lleno de luz y con muchas flores con olor a caramelo.

- ¿Y tú eres su dueño?

- Lo soy pero nunca se lo he dicho a nadie. No lo entenderían y por eso nadie conoce este lugar, de lo cual, mucho me alegro.

- ¿Y nosotros sí podremos verlo?

- Quiero que lo conozcáis y quiero que seáis dueños de los tesoros tan bonitos que esconde aquello.

- ¿Cuándo nos llevarás?

- Mañana mismo, si hace buen tiempo.

 Y poco después y ya muy cansados, todos se fueron a la cama y la casa se quedó en silencio. Mientras intentaba coger el sueño, se decía: “Mañana, en cuanto amanezca, le enseñaré a la pequeña el nido del mirlo. Ya tiene tres mirlillos a punto de salir volando y está justo en el naranjo que da las mejores naranjas. Por eso, le diré que cuando vaya a coger naranjas de este árbol, lo haga con cuidado. Para que los pajarillos no se asusten y salgan de su nido. Todavía no vuelan y si se caen al suelo se los puede comer el gato del vecino”. Y rumiando esto y echándola de menos una vez más, se quedó dormido. No si antes haber puesto el despertador a una hora muy temprano para levantarse el primero y así preparar el desayuno a los nietos y a la madre.  

            Pero antes de que el despertador sonara, por la ventana que daba al jardín, entró una gran algarabía de revoloteos y chillidos de mirlos. Se despertó, miró por la otra ventana y al fondo descubrió la figura de la Alhambra iluminada. Luego miró por la ventana de los naranjos y vio a la más pequeña de los nietos. La que para él era la más risueña y por eso disfrutaba con solo verla. Se quedó tumbado en la cama, esperando a que el día iluminara un poco más pero solo fue unos minutos. Porque al poco de oír la algarabía de los mirlos sintió abrirse la puerta de su habitación. Y al instante descubrió a la más pequeña que, entrando apresurada, decía:

- Abuelo, mira lo que traigo.

En su pequeña mano mostraba un mirlillo. Con la otra mano lo sujetaba mientras avanzaba y seguía diciendo al anciano:

- Es lo más bonito que he visto en mi vida. Quiero quedármelo para que se haga mi amigo.

            Desde su cama la miró, observó despacio al pajarillo y luego le preguntó:

- ¿De dónde lo has cogido?

- Se ha caído del nido cuando fui a coger una naranja del árbol. ¿Tienes una jaula para meterlo?

El anciano se incorporó en su cama, cogió entre sus brazos a la nieta, le regaló un beso y con serenidad le dijo:

- Todos los años, los padres de este mirlillo, hacen su nido en el naranjo. Y todos los años crían pajarillos tan bonitos como éste y yo nunca encerré a ninguno en jaulas. Ellos viven en mis naranjos, son libres y son mis amigos y me alegran con sus cantos las tardes y las mañanas. Nunca hice por ellos nada más que dejarlos en paz y respetarlos. Porque ¿sabes una cosa? La naturaleza y los animales que en ella viven, casi siempre lo único que necesita de nosotros, es solo respeto y un poco de cuidado.

La pequeña miró, durante unos segundos, al abuelo y luego miró al polluelo que tenía entre sus manos y, pasado este tiempo, preguntó:

- Entonces ¿qué puedo hacer con este mirlillo?

- Déjalo donde te lo has encontrado. Seguro que los padres lo están buscando y seguro que él ahora mismo está asustado.

- Pues ven conmigo y me ayudas.

            Terminó de levantarse, cogió la mano de la nieta, salió fuera de la casa y cuando se acercaban a los naranjos para dejar al pajarillo entre las ramas, vio a los otros dos nietos que le esperaban. Les preguntó:

- ¿A dónde vais?

- Te estamos esperando ya con nuestras mochilas preparadas.

- ¿Y eso?

 - Anoche nos dijiste que hoy nos llevarías a ese lugar de la Alhambra donde crecen los lirios, hay cascadas, prados llenos de flores frescas y espárragos en abundancia. ¿No te acuerdas?

- Claro que me acuerdo pero antes de salir de casa tenemos que prepararnos.

- Nosotros ya hemos desayunado, hemos cogido esos palos que tú tenía entre los naranjos, hemos metido los bocadillos en las mochilas y aquí nos tienes preparados.

            El sol ya se alzaba como suspendido sobre los palacios de la colina, el día era por completo claro y con un azul muy intenso en el cielo y los mirlos revoloteaban por entre los naranjos, saludando al nuevo día y llenando de armonía la clara mañana de primavera. Ellos cruzaron el río Darro, por el lado de arriba del Paseo de los Tristes, todos en grupo y guiados por el abuelo camino del lugar mágico cerca de la Alhambra. Y, al comenzar a subir por la Cuesta del Rey Chico, por donde a la derecha corre un claro riachuelo y arriba se alza la Torre de los Picos, la pequeña preguntó al anciano:

- Y cuando estemos en ese prado de hierba y entre las flores que huelen a caramelo ¿nos contarás la historia y nos enseñarás el sitio donde dices se esconde el gran tesoro de la Alhambra y que nunca nadie todavía ha descubierto?

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