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romi
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La madre, el soldado y el rey

3 de Julio de 2011 a las 22:44

Bubok

La madre, el soldado y el rey 

En aquello tiempos, las mujeres tejían ellas mismas muchas de las prendas de lana que usaban en los meses de invierno. La labor nunca faltaba en sus manos cuando disponían de un momento tras cuidar de los hijos, alimentar a los animales domésticos, arreglar la casa, lavar la ropa... Incluso hacían calceta mientras charlaban en la calle en corro con sus vecinas, llevando el ovillo en una pequeña cesta colgada del brazo. Y era habitual que en cada pueblo residiera uno o más sastres que cortaban y cosían las prendas de la indumentaria que lucían tanto hombres como mujeres los días señalados y que con frecuencia pasaban de una generación a otra.

 Aquella mañana del mes de junio amaneció con el cielo desvaído. Color azul ceniza y como manchado de polvo y barro. Hacía sólo unos días que había llegado el verano y, aunque aquella mañana llegaba muy fresquita, el calor ya había llegado. Casi a cuarenta grados habían subido las temperaturas el día anterior y, el en nuevo día que se abría, se esperaba que las temperaturas llegarán a otro tanto. Por eso, aunque amanecía muy fresquito y a lo largo de toda la noche, el viento había acariciado, ya desde primera hora parecía anunciarse un día muy caluroso. Como son muchos de los días en Granada, en los soleados meses de verano. 

Pero aquella mañana, cuando comenzaba salir el sol y el aire aún corría fresco, en los palacios de la Alhambra, el rey llamó a su consejero y le dijo:

- Creo que hoy es el día propicio para ir a hacerle una visita. ¿Es mejor ir ahora por la mañana o esperamos a que la tarde caiga?

- Creo que la mejor hora para ir a visitarla es un poco antes de que el sol se ponga.

- Pues da las órdenes pertinentes y que vayan preparando mi caballo.

- Si me permite majestad, creo que es bueno que usted vaya en su carroza del rey.

- ¿Y porqué crees que es importante que yo vaya en mi carroza y no a caballo?

- Para ella, que su rey vaya a visitarla montada en su carroza, será como un sueño mágico. Seguro que se le llena el corazón de gozo sintiéndose la más afortunada de cuántas mujeres hay ahora mismo en su reino.

- Pues no se hable más y que preparen mi carroza. Da las órdenes pertinentes y que todo, un poco antes de ponerse el sol, esté listo.

Y en ese mismo momento, al otro lado del río Darro y en la colina frente al altozano de la Alhambra, ella se acurrucaba en su casa. No en un pequeño palacio, con jardines, fuentes y árboles, sino en una especie de chambado. Por la noche, con el fresquito del aire que subía de la vega y del río, había dormido muy relajada. Por eso, en cuanto amaneció, como el sueño la abandonó, dejó la cama. Salió a la puerta de su casa, se dirigió al chambaillo de tejas de barro y en su rincón de siempre, se puso a tejer una manta. Era un encargo que tenía que entregar unos días más tarde y hacia sólo unas horas que se lo habían dado. Y como el encargo era para una persona importante y rica del barrio, dejó todos los demás trabajos, mantas viejas y ropa pendiente de remendar, para tener pronto el último pedido.  

En el taburete de madera de álamo y hebras de eneas que el vecino le había hecho, se sentó. Frente al telar de manera y frente a los hilos de la manta que estaba tejiendo. Y según se ponía mano a la obra, a su mente acudía, una vez más, la figura del hijo. El único que a lo largo de su vida había tenido y ahora ausente para siempre. Porque antes de cumplir los dieciocho años los del ejército, se lo llevaron diciendo:

- Lo necesitamos y también a muchos jóvenes como éste, para que defiendan nuestro reino.

Ella protestó preguntando:

- ¿Qué reino es el que tiene que defender?

- Este reino nuestro de Granada y, si llegara el caso, hasta este barrio del Albaicín y los palacios de la Alhambra.

Y ella no hizo más comentarios ni preguntas. Sabía que era inútil y hasta temía que la castigaran por no estar de acuerdo con las cosas del ejército, con algunas cosas de la Alhambra y los reyes que en ella tenían sus aposentos. Por eso, en aquel momento, no dijo nada más. Se guardó para sí su disgusto y, poco después, también se guardó para sí, su dolor.

Y sólo unos meses más tarde de que los del ejército se llevaran a su hijo, recibió una grata noticia.

- Tu hijo ya es militar y lo han trasladado al recinto de la Alhambra para que defienda estos palacios de los ataques de los enemigos.

Y al tener noticia de esto, su corazón se llenó de gozo. El mismo día en que el hijo llegaba a los palacios de la Alhambra para vigilarlos juntos con otros soldados, ella fue a este lugar, pidió permiso al rey para que le dejara verlo y tanto el rey como los jefes militares, se lo denegaron diciendo:

- Ningún familiar puede venir a visitar a los soldados que defienden la Alhambra.

Ahogada en su dolor preguntó la madre:

- ¿Y eso por que?

- Porque así está escrito en nuestro reglamento.

Y sintió rabia y deseo de protestar pero también se contuvo. Sabía que tenía la de perder y por eso, con el corazón roto una vez más, desanduvo los caminos y volvió a su ruinosa y pequeña vivienda en el barrio del Albaicín.

Desde aquel día, siempre que se asomaba a la ventana de su hogar, siempre que trabajaba remendando ropa o mantas viejas o siempre que se ponía frente al telar de madera, miraba para la Alhambra y se acordaba del hijo. Y de vez en cuando, sin poderlo evitar, se le escapaba un suspiro: “¡Qué lástima de él y qué lástima de mí, tan cerca el uno del otro y ni siquiera nos podemos ver! Los militares, las guerras, los reinos, los palacios y reyes de los reinos… Cuánto dolor  para tantas madres aunque sea necesario y se beneficien de ello sólo unos pocos”. 

Corrió el tiempo y justo al cumplirse un mes de la presencia de su hijo como soldado de la Alhambra, una mañana calurosa de los primeros días de julio, llamaron a la puerta de su casa. Abrió ella rápido y al ver la figura del soldado, enseguida preguntó:

- ¿Me traéis noticias?

- Sí, pero no son buenas.

- ¿Qué ha pasado?

- A tu hijo militar se lo llevan a la guerra.

- ¿A qué guerra y dónde?

- Nadie lo sabemos pero sí nos han dicho que marcha esta tarde mismo, con otros muchos soldados, a los campos donde se libran las batallas.

Sin pensarlo ni esperar un momento, la mujer salió de su casa, despidió al militar, bajo rápida por los caminillos y con la misma prisa subió a la colina de la Alhambra. Y sin atender a las indicaciones de los soldados guardianes, se encajó en la misma puerta de los palacios diciendo:

- Quiero hablar con el rey ahora mismo.

Y los guardianes  le dijeron:

- Es imposible y si no desistes, te arrestaremos.

- A mi hijo se lo llevan a la guerra y quiero verlo antes de que parta. Necesito hablar con el rey para pedirle indulgencia.

- El rey no recibe a cualquiera ni en cualquier momento.

Y justo cuando el guardia pronunciaba estas palabras la madre vio a su hijo. Un batallón de soldados salía de la parte militar, la alcazaba y, desfilando, se alejaban a toda prisa hacia las puertas de la muralla. Y uno de los soldados del batallón, era su dijo. Lo vio a lo lejos y rápida quiso ir a su encuentro para darle un abrazo pero lo vigilantes se lo impidieron.

Llorando suplicaba la madre mientras veía alejarse al hijo. Desde la compañía, éste le dijo adiós con su mano y al poco, todos los soldados del batallón se perdieron al otro lado de las puertas de la muralla. Desconsolada la madre seguía suplicando hasta que ya no pudo más y vencida se dejó arrestar. Dijo:

- Llevadme a donde queráis porque, a partir de este momento, todo en la vida me dará igual.

Y no la llevaron delante del rey sino a un calabozo oscuro mugriento y allí la dejaron diciendo:

- Lo sentimos mucho pero nosotros cumplimos órdenes del rey.

- No importa lo que conmigo ahora hagáis.

Cerraron la puerta del calabozo, la dejaron dentro y en la oscuridad y allí siguió ella llorando la pérdida de su hijo y su desgracia. 

Pero, poco después, el jefe de los guardias, llevó la noticia al rey que a saber lo ocurrido dijo:

- Sacadla del calabozo y decidle que se vaya a su casa y que viva tranquilidad. Y transmitirle también que un día de éstos, un mensajero irá a verla de parte mía para llevarle una invitación para un encuentro conmigo. Quiero darle la oportunidad de que me cuente todo lo que le apetezca. Una mujer como ésta, tiene derecho a ser escuchada.

Los guardias obedecieron las órdenes del rey y, unas horas más tarde, la mujer descendía de la colina de la Alhambra, cruzó el río Darro, subió las cuestas del barrio del Albaicín y se refugió en su pobre casa. No durmió nada aquella noche pensando en la pérdida del hijo y pensando en la visita del mensajero del rey. Porque imaginaba ella que el rey sí la recibiría al día siguiente o dos días más tarde o como mucho una semana después. Era lo que realmente necesitaba y el corazón le pedía. Por eso, a lo largo de aquella primera noche en vela, al día siguiente, mientras tejía la manta que le habían encargado y luego por la tarde y otra vez por la noche, no paraba de darle vueltas en la cabeza a las cosas que iba a decirle al rey. Susurraba quedamente: “Con educación, porque al fin y al cabo el rey merece respeto, tengo que decirle que no estoy de acuerdo con su modo de proceder. Que no es justo lo que ha hecho conmigo quitándome a mi hijo y ni siquiera dejarme verlo en el momento de llevárselo a la guerra. Tengo que hacerle comprender que esto para una madre, es un dolor tremendo. A la mejor el rey se enfada conmigo por decirle  estas cosas pero a partir de ahora ¿qué me importa lo que puede pensar y hacerme?”

Tres días más tarde todavía no podía dormir por las noches pensando en el hijo ausente, pensando en la visita del mensajero del rey y dándole vueltas en su cabeza a las cosas que debía decirle. Porque cuanto más días pasaban, más era su dolor y más indignación y cosas para compartir con el rey se acumulaban en su corazón. Una calurosa tarde, a los quince días de la marcha de su hijo a la guerra, estaba sentada en la puerta de su casa y miraba melancólica a la Alhambra sobre la colina al otro lado del río Darro. Y vio, no con los ojos de la cara sino con las fibras del corazón, que en la explanada de los palacios, pasaba algo. Su corazón de madre enseguida le hizo pensar en el hijo y por eso el alma se le llenó de temor. Sintió profunda amargura y lloró. No sabía por qué pero esto era lo su corazón le pedía.  

Y en la Alhambra, en la explanada delante de los palacios, hicieron alto tres soldados. Los recibió el guardia de la entrada y el jefe de los tres soldados enseguida dijo:

-Traemos, desde donde se está librando la guerra, una noticia para el rey.

- Se lo diremos al jefe mayor y que éste se lo transmita al rey.

- Es que las órdenes que tenemos es que debemos dar nosotros mismos en persona la noticia al rey.

Y al saber esto, los guardias dejaron pasar a los tres soldados. Los recibió el jefe mayor y él mismo los condujo a la presencia del rey. Saludaron cortésmente y el rey enseguida les dijo:

- Trasmitirme la noticia que para mí traéis desde la guerra, sin rodeos y claramente.

Y el jefe de los soldados dijo:

- La noticia que nos han encargado que le transmitamos es hacerle saber que el soldado, hijo de la mujer de las mantas viejas, ha muerto.

Se mantuvo un momento en silencio el rey y luego preguntó:

- ¿Qué habéis hecho con su cuerpo?

- Allá en la guerra esperan órdenes de su majestad.

- Pues volver a la guerra y transmitir al general que dé sepultura allí mismo a este joven. Y decidle también al general que yo mismo me encargaré de dar la noticia de su muerte a la madre de este valiente soldado.

Despidió el rey a los tres soldados y al instante partieron para la guerra. Y también en ese momento el rey envió un mensajero a la casa de la mujer del chambaillo. Media hora más tarde el mensajero llegaba al barrio del Albaicín, preguntó por la casa de la mujer y cuando supo donde vivía se acercó y llamó a la puerta. Al ver la madre al mensajero del rey enseguida pensó que venía con la invitación para la entrevista que tanto estaba esperando. Pero en ese mismo instante también su corazón le dijo lo que ya había presentido. Por eso, nada más ver al mensajero, preguntó:

- Sé que vienes del parte del rey pero ¿qué noticia es la que me traes hoy?

- Departe del rey vengo y el encargo que tengo es transmitirte la noticia de la muerte de tu hijo en la guerra.

Parada, sin aliento y sin voz, se quedó la madre delante del mensajero. No le dio las gracias ni le ofreció un vaso de agua ni y le pidió que entrara y descansara un rato. Sí el mensajero, cayendo en la cuenta de la dolorosa noticia para la madre, dijo:

- ¡Lo siento! No sabía cómo decírtelo y, como ya no tiene remedio lo ocurrido, más que dar rodeos he preferido ser directo.

Y la madre, apartándose una lágrima de la mejilla, abrazó al soldado, besó su cara y apretándolo fuerte dijo:

- Tú estás cumpliendo con lo que te ordenan, lo mismo que ha hecho mi hijo. También yo lo siento por ti a la vez que sufro por él.

- Sed fuerte y ya verás como todo lo borra el tiempo. Tu hijo, como todos los hijos del mundo, era bueno y por eso, seguro que ahora ya, en el cielo tiene un paraíso donde te estará esperando.

- Sí, hijo. Él no quiso hacer daño nunca a nadie y por eso, aunque le han obligado a dar la vida por algo que no cree, sé que en el cielo tiene su pequeño reino. Pero qué dolor tan grande para una madre tan pobre y sola como yo.

            Con su pena, su soledad y ocupando el tiempo en remendar ropa vieja y tejer alguna manta o alfombra de colores, siguió la madre llenando sus días. Cada vez más con la pena del hijo muerto en la guerra  y cada vez más sola y triste. Hasta fue perdiendo las ganas de entrevistarse con el rey y también, poco a poco fue olvidando algunas de las cosas que había pensado decirle cuando estuviera frente a él. Y fue aumentando tanto su soledad y desazón por la vida después de la pérdida del hijo, que ni siquiera ya le interesaba que el rey la llamara para hablar con ella.

            Pero aquella mañana del mes de junio, cuando el fresquito subía desde el río Darro hacia la Alhambra y hacia el barrio del Albaicín, ella se puso a tejer la manta que le habían encargado. En los palacios de la Alhambra el consejero del rey dio órdenes y prepararon la carroza y los caballos. Y al caer la tarde, cuando el cielo se nubló un poco y el sol bajó su temperatura, el rey subió en su carroza y salió de los recintos amurallados. Cuatro caballos blancos tiraban de su carroza y cuatro caballos negros la escoltaban. Y mientras descendía por los bosques de la Alhambra para bajar a Granada y luego subir por las calles del Albaicín en busca de la casa de la mujer, el rey comentaba con su consejero:

- Lo único que quiero es saludarla y que sienta que su rey está cerca y con ella.

- Y si le saca el tema del hijo y de la guerra ¿Qué piensa decirle, su majestad?

- Nada. Le dejaré que hable y desahogue su corazón diciendo lo que quiera. Porque sé que ninguna palabra mía sería suficiente para quitarle su pena. Yo, aunque muchas personas piensen lo contrario, sé lo que es el corazón de una madre y sé lo que siente cuando pierde el hijo único.

- ¿Es que piensa compensarla o resarcirla de alguna manera?

- Podría hacerlo pidiéndole que se viniera a vivir a los palacios de la Alhambra y también podría regalarle una buena y bonita casa en el barrio del Albaicín.

- ¿Y hará esto su majestad?

- Ya veremos. Pienso que quizá esta mujer, lo único que quiera ahora, sea la presencia del hijo perdido. Por eso, si le ofrezco algo como premio, hasta podría ofenderla y esto es lo que nunca yo quisiera, después de todo lo que ya ha pasado.          

            La carroza del rey y los cuatro caballos negros que la escoltaban cruzaron el puente del río Darro, a la altura de lo que hoy es Plaza Nueva. Giró para la derecha, subió por unas callejuelas más o menos anchas y poco a poco, se fue acercando a la casa de la madre. Pero antes de llegar al lugar, la comitiva tuvo que pararse Las callejuelas se estrechaban tanto que por ellas no cabía ni la carroza ni los caballos. Dijo el consejero y General del rey:

- Majestad tendremos que bajar e ir a pie hasta su casa.

 - Pues vayamos y no perdamos mucho tiempo.

            Nadie en el barrio del Albaicín sabía de la visita del rey. Por eso, nadie salió a recibir ni a la carroza ni al rey cuando comenzaron a subir por las calles hacia la casa de la madre. Y como ella tampoco estaba avisada ni sabía nada, se encontraba en ese momento metida en su humilde taller de artesanía. Sumida en sus pensamientos, recogida en su soledad, ocupada en su trabajo y con los ojos puestos en los palacios de la Alhambra. Por eso cuando, alertada por los ladridos unos perros, miró y vio a los cuatro caballos de la escolta del rey, el corazón le dio un brinco. Pensó enseguida que se trataba del mensajero que tanto tiempo llevaba esperando pero no tardó en intuir que eran otros personajes.

            Los caballos blancos se pararon en la puerta de su casa, el general y el rey  avanzaron por entre ellos, se aproximaron a la madre que, en la puerta de su chambaillo, miraba y esperaba expectante. Y por eso fue la primera en saludar diciendo:

- Buenas tardes tengan ustedes y sean bienvenidos a este mi rincón pequeño. 

Y sin pronunciar palabra el rey se adelantó, se acercó mucho a la madre, de pie frente a frente, le hizo una reverencia al tiempo que le decía:

- Soy el rey de la Alhambra y vengo saludarte. ¿Es impertinente mi visita?

Y algo nerviosa y desconcertada ella dijo:

- Bienvenido sea su majestad pero ¿de cuándo a mí que mi rey venga a visitarme?

- Es mi deber y lamento no haberlo antes.

- Yo soy tan pobre que no tengo dónde recibirlo ni qué ofrecerle a no ser un vaso de agua fresquita.

-  Pues te lo agradecemos.

- Pasen y se acomodan en el único rincón que en mi morada poseo.      

La  madre condujo al rey y al general a su pequeño taller de ropa vieja y mantas y rey, sin más, dijo que se sentaba sobre una de las alfombras que allí tenía. Y en cuanto se acomodó y bebió un sorbo del agua fresca que la madre le ofrecía, de nuevo comentó:

- Sé que desde hace tiempo quieres hablar conmigo ¿Qué tienes que decirme?

- Hace ya tanto tiempo y han pasado tantas cosas que ya ni me acuerdo qué era lo que necesitaba decirle.

- Yo he debido atenderte antes pero…

- Bueno, lo de mi hijo, su marcha a la guerra y su muerte, ya ha pasada pero ahora que se me presenta la oportunidad de estar en presencia de su majestad, mi rey ¿me permite que le diga algunas cosas?

- Es una de las razones por la que he venido a tu casa. Habla y dime lo que quieras. Que al menos, en lo que te quede de vida, tengas la satisfacción de poder sentir y decir que tu rey te ha dado la oportunidad de hablar con él para contarle lo que necesitabas.

Y la Madre guardó un minuto de silencio y luego dijo:

- Lo de mi hijo ya no tiene remedio pero sí en el futuro, su majestad puede parar la guerra y evitar así que sigan muriendo personas inocentes.

- Pero es que la guerra…             

- Sí, ya sé, majestad va a decirme que la guerra es necesaria y que es necesario que mueran personas para el bien de otras. Esto siempre ha sido así desde que la humanidad existe. Pero yo pienso que nunca, nunca jamás, las guerras y la muerte de personas buenas e inocentes, servirá para hacer mejor a la humanidad. Majestad, los reinos hay que construirlos y gobernarlos solo con amor libertad y respeto. Este es el único camino cierto y bello y el que de verdad ayudará a las personas a ser ellas mismas y a encontrar la felicidad que tanto se necesita en esta vida. La muerte de mi hijo y la de otros jóvenes buenos, sólo va a servir para que su reino, usted y sus palacios, sobrevivan unos días más, unos meses, unos años. Porque yo tengo claro que todo aquello que se construye con odio, violencia y sangre, no pasado mucho tiempo, lo sepultará el olvido y lo pudrirá en ese mismo mundo de odio, violencia y sangre. Majestad, yo soy una madre sumida en la soledad y con el corazón roto y que ya no esperar nada de la vida sino el momento de irse a un reino nuevo, donde me encontraré con mi hijo para darnos el gran abrazo que necesito. Pero hágame caso: como en sus manos está, ponga fin a todas las guerras y construya un reino hermoso cimentado sobre el amor, la libertad y lo bello. Es lo único y más importante que los humanos necesitamos en esta tierra.

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