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bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008

LXIII (63) MEDIOS DE COMUNICACIÓN

3 de Julio de 2011 a las 23:52
Hilo para colgar los relatos, a petición de la Teniente.
bizarro
Mensajes: 5.103
Fecha de ingreso: 12 de Diciembre de 2008
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  • 10 de Julio de 2011 a las 19:34

A petición de nuevo de la Teniente, os recuerdo que teneis hasta el jueves a las 22:00 para colgar vuestros relatos. Igualmente debeis mandarle a ella por privado vuestras autorías, pero no os podrá contestar con las claves en 2 o 3 días que se encontrará sin internet.

¡ESCRIBID, CUAJARONES!

(esto va de mi parte)

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 12 de Julio de 2011 a las 17:36
El Jefe. Secretas fuentes


Galones y guantes blancos ¡una pesadilla! pero al Jefe no le quedaba más remedio que llevarlos con la mejor de sus sonrisas; Llevaba veinte años siendo el conocido portero del lujoso hotel HMT y el uniforme venía con el cargo.


El Jefe (Esteban Murillo, para ser exactos) era un hombre listo y observador que tenía muchos contactos, conocía la mayor parte de los coches de los asiduos y podía distinguir la calidad de un cliente simplemente viendo sus maletas. El día que llegaba el coche negro, de oscuros cristales blindados que pertenecía al ministro, significaba que venía de trabajo o con la familia al comedor del restaurante principal. Cuando el auto era un Audi azul marino y entraba rápidamente al garaje pequeño, era un asunto personal el que le traía allí y no deseaba que lo vieran y esto era algo que sucedía con frecuencia, como sabían todos en el hotel.

Si estaba atento podía ver que en la sala de recepción la nueva pupila del director de moda sonreía a los periodistas y les citaba a la rueda de prensa en el salón Filipinas. La noche anterior el director y ella habían bebido hasta altas horas en el pequeño bar privado situado en el ático. Luego habían dormido en la misma habitación, una información por la que la prensa pagaría muy bien y la mujer del director aún mejor, si había fotos con las que poder demostrarlo. El Jefe se limitaba a pasar el aviso; del resto se encargaba su socio, el reportero Fabián Lombardi.

A simple vista el suyo era un trabajo insignificante:

-    ¡Jefe!, pídeme un taxi, por favor.
-    ¡Jefe! Recoja mis maletas
-    No puedo dejar mi puesto – mentía él
-    Pues llame a un botones.

Dejaron de llamarle Esteban y se convirtió en el Jefe para todos. Pasaba horas en la puerta, pero no se aburría, miraba a la gente ir y venir, entrar y salir;  era estimulante y a veces un buen negocio. Al hotel, además de gente del famoseo o la política, acudían pequeños comerciantes, empresarios, amas de casa, gente más o menos conocida en la ciudad. Algunos venían a mantener reuniones de trabajo o tomar una copa en las diferentes cafeterías, incluso al spa  de fantástica piscina de aguas termales. Había otros  que miraban a un lado y otro antes de entrar sigilosos y a escondidas. Casi siempre se trataba de gente que tenía una cita amorosa o deseaba jugarse los cuartos en el Casino.

Hacía ya tiempo que el Jefe había llegado a un acuerdo con dos revistas muy conocidas del corazón y una reportera de una cadena televisiva de esas que nadie ve pero que tienen mucha audiencia. Esto era algo habitual, lo hacía todo el que tenía oportunidad,  pasaba información que pudiera interesarles y ellos le pagaban muy bien, bajo el compromiso de no nombrar nunca a sus “fuentes” y mantener la boca cerrada.



La mujer con grandes gafas tapaba su cara dejando caer sobre ella su preciosa melena rubia. El Jefe tenía olfato, aquella era una entrada furtiva en toda regla. El  paparazzi leía el periódico, intentando pasar desapercibido. Siempre estaba ahí aparentemente distraído. Un toque para los que entraban al salón, dos si tomaban el ascensor, era la contraseña. Esta vez la mujer fue directamente al elevador. El reportero disimuladamente le hizo un par de fotografías y desapareció de nuevo tras el periódico.


Era alguien importante aquel hombre que bajó de un cuatro por cuatro con cristales ahumados. Antes, otros dos habían mirado si todo estaba en orden y arroparon al personaje hasta que entró al hotel. Casi no le dio tiempo al Jefe de avisar a su cómplice, pero este estaba acostumbrado a estas situaciones y también consiguió la foto. Los gorilas lo miraron con desconfianza y se fueron a la barra del Ambigú.

Si los clientes deseaban tomar algo en la habitación o el salón privado, Lombardi se transformaba en un complaciente ayudante de planta que  aprovechaba para hacer la foto si se presentaba la ocasión. Aquella pareja discutía acaloradamente, ella iba levantando la voz totalmente histérica. No le prestaron atención cuando les llevó el agua y la cerveza que habían pedido. Fue fácil retratarles desde diferentes ángulos con aquella pequeña cámara que hacía fotografías suficientemente claras, si no perfectas.


No demasiadas, pero a veces al Jefe le remordía la conciencia, sabía que más de una pareja se había roto después de algún escándalo hecho público en los tabloides. Luego echaba una ojeada a los euros que se amontonaban en su caja fuerte casera y se le olvidaba todo.



Cuando vio las fotografías que había hecho por la mañana, Lombardi dedujo que algo se fraguaba en aquella reunión entre aquellas dos personas. Uno era el Presidente de un conocido banco y ella la Ministra de Economía y vicepresidenta del Gobierno. ¿Qué hacían en un hotel? Aquello no parecía una cita sentimental, aunque nunca se sabe. Aquella podía ser una riña de enamorados, pero más parecía una entre enemigos. Lo que le pareció más extraño es que se reunieran en un hotel cuando parecía una cita secreta.


En la puerta, el Jefe miraba caminar airosamente a un par de jovencitas muy bien “puestas” cuando Marga la recepcionista pasó por delante llorando desconsoladamente, no le dio tiempo a pararla y preguntarle qué le pasaba. La vio caminar por la avenida y cuando pareció serenarse, volver sobre sus pasos y entrar de nuevo al hotel sin mirarle. No le dio tiempo a preguntarle siquiera qué le pasaba, así que tendría que hacerlo más tarde. Llevaba tiempo animándola a dejar al energúmeno con el que vivía, e incluso le había ofrecido su casa, si no tenía dónde ir.


Lombardi parecía nervioso e incluso asustado aquellos días; seguía sentado donde siempre pero miraba furtivamente como si temiera algo. Había decidido seguir la investigación sobre la ministra y el banquero en busca de la noticia que les iba a hacer definitivamente ricos. Meses después la reunión misteriosa volvió a repetirse.  No hizo fotos esta vez, solo le pidió al Jefe que le dejara subir al salón contiguo al de la reunión. La rubia bajó del BMW y este desapareció inmediatamente, entró en el ascensor y detrás de ella, como si la estuvieran esperando, dos hombres que parecían gemelos.



La noticia ocupó las primeras páginas de los periódicos y horas en las tertulias y los telediarios. La mujer que apareció estrangulada en el callejón trasero del Hotel HMT de la capital, era la Ministra de Economía y el hombre también asesinado resultó ser  Fabián Lombardi, un reportero de tercera metido siempre en noticias escabrosas. Lo encontraron al día siguiente entre la ropa sucia del lavadero, donde había llegado deslizándose por la trampilla del pasillo de la misma primera planta, muerto de un tiro con silenciador. En principio nadie sabía que relación podían tener aquellas dos personas, luego se especuló con la posibilidad de que la Ministra hubiera acudido a una cita amorosa; el esposo y la familia negaron que eso fuera cierto. Pronto se habló de que no podía ser algo así ya que Lombardi era muy conocido en los ambientes gay. Algunos periodistas comenzaron una investigación que, misteriosamente, al poco tiempo quedó en el olvido.


En su puesto en la puerta del hotel el Jefe  miraba a un lado y otro con cautela. La verdad era que estaba muy asustado. No podía estar seguro de si alguien sabía que guardaba en su caja fuerte un video donde Lombardi contaba el resultado de sus investigaciones. Lo había encontrado en su buzón dos días después de su muerte y aún no había decidido que iba a hacer con él. Por suerte o nadie sabía de su existencia o no le relacionaban a él con el reportero.


La televisión fue la primera en dar la noticia del año. Fuentes bien informadas aseguraban que habían detenido al Presidente del Banco NB y a varios cómplices. Al parecer, junto con la Ministra asesinada hacía seis meses y otras personalidades, formaban parte de un grupo organizado que sacaba millones de euros del país por medio de empresas fantasma y otros negocios sucios. El Jefe miraba la pantalla y sonreía satisfecho. El locutor afirmaba que presuntamente ellos mismos habían hecho desaparecer a la Ministra, que se había asustado del  cariz que había tomado aquel negocio y había decidido pararlo y retirarse y a Lombardi que había llegado demasiado lejos en sus investigaciones. Ambos molestaban.  

En su página de Economía Carlos García Jiménez, periodista de El Mundo, explicaba cómo había recibido anónimamente un video  con todo lo que Fabián Lombardi, reportero freelance, había conseguido, antes de ser asesinado, tras un año de trabajo investigando.

El Jefe estaba contento pero seguía teniendo miedo, podía ser muy canalla, pero su amigo estaba muerto y él se alegraba de haberse encargado de vengarle. Terminó de hacer las maletas, llamó al taxi y le pidió que le llevara al aeropuerto. Ya en el coche descolgó su móvil y preguntó a Marga si ya estaba en camino y cómo habían ido las cosas. Todo había salido bien.  No volverían jamás, tenía suficiente dinero para vivir el resto de su vida sin trabajar.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Julio de 2011 a las 12:21

MORITURI

El suelo del set tiene forma de corazón, literalmente, y los contertulios están sentados en butacas de diseño espacial. El presentador está bebiendo agua de un vaso rojo traslúcido que hace parecer que bebe jugo de moras.
La grada es semicircular.
Hace calor debido a los focos y los contertulios discuten acaloradamente. Debaten sobre la relación entre dos hermanos cantantes que murieron diez años atrás en un accidente de avioneta. A todos les interesaría saber si murieron dando palmadas sobre el cuadro de mandos, escupiendo y discutiendo acaloradamente como ahora hacen ellos.
El presentador, Arturo Rodríguez tiene una otitis por hongos en el oído izquierdo, en el que generalmente lleva el pinganillo. Ahora lo tiene en el derecho y eso le descoloca. Las luces se le antojan más molestas y su programa más estúpido que otros días.  Mira hacia la grada, hacia el público de estómago agradecido, difuso ahora por los focos, mientras gira un poco el cuello para intentar que sus vértebras crujan, cosa que le produce gran placer.
Detiene el movimiento cuando se da cuenta de que la cámara está con él. A la vez, vislumbra que, en el más alto escalón de la grada, un tipo con una gorra roja se levanta. Se apoya algo largo en el hombro, acerca la visera a ese algo que sujeta con ambas manos y mira a través de él. Si no fuera porque es imposible, Arturo diría que están apuntándole con un rifle.
E, inmediatamente, se pregunta a sí mismo por qué ha pensado que eso sería imposible.
Detonación, salpicón, boquete, caída y el caos se despierta como un grito en el plató.

Preguntado una hora y media más tarde, el contertulio televisivo Patricio Santaella asegura que no se siente capaz de hablar, está bajo el efecto de un fuerte sedante y, a la vez, declara que es lo más impactante que le ha sucedido en su vida, que es irreal, que su amigo no podía tener enemigos, que un país donde matan a los buenos sin motivo es pasto para los malos, que la homofobia sigue siendo uno de los peores cánceres de nuestra sociedad, que todos están con la familia de Arturo.

Preguntado cuatro horas más tarde, el inspector de policía Manuel Cifuentes asegura que el tirador está perfectamente identificado y se espera su captura a la mayor brevedad posible. La detención se producirá exactamente cuarenta y cinco minutos después de esta conversación.

Preguntado dos días más tarde, el inspector de policía Manuel Cifuentes declara que aún no se conoce el móvil del crimen y que la televisión haría bien en no dar más importancia a este asesinato que a otros que suceden cada día, advertencia por la cual será tachado en días posteriores de insensible y homófobo.

Al quinto día tras el asesinato de Arturo Rodríguez, en el telediario del mediodía del canal público, el hombre del tiempo está comentando el estado probable de las precipitaciones para el fin de semana. Un tipo aparece de entre las dos cámaras que le graban en directo con un cuchillo de pescado, de esos que tienen la hoja grande como la de un ficus, y se lo clava en el pecho, se lo clava en el hombro, se lo clava en el cráneo antes de que un meritorio del equipo técnico, habiendo corrido desde la otra punta del plató, se lance sobre el atacante y consiga inmovilizarle contra el suelo. El tipo del cuchillo se ríe como si estuviesen jugando en la playa.

Preguntado un día más tarde, el meritorio dirá enojado que él no es ningún héroe y que sigue sin entender cómo nadie de los que estaban cerca dejó lo que estaba haciendo para intentar salvarle la vida al hombre del tiempo. Después de eso manda al carajo al cámara que lo está grabando, llamándolo por su nombre.

Preguntado ese mismo día, el inspector Cifuentes asegura que, tras el interrogatorio al atacante y después de una investigación preliminar, no parece haber ninguna relación entre ambos crímenes, más allá de que ambos se hayan producido durante la emisión de programas televisivos en directo. Vuelve a pedir que sean buenos compañeros de sus compañeros y tengan la prudencia de no mitificar más el asunto. El inspector dice que cada día que ha pasado tras el asesinato de Arturo Rodríguez se han usado, entre todos los canales de televisión, sin contar con radio y otros medios, unas cuarenta y ocho horas de media para hablar de estos sucesos, más que con cualquier otro evento que haya sucedido jamás.

Los programas que tratan el asunto alcanzan grandes cotas de audiencia. La opinión está dividida sobre el motivo de estos datos, ya que existe una posibilidad muy cierta de que la gente esté masivamente pegada a sus televisores porque la mayoría de los programas que tratan el asunto son, a su vez, programas en directo en los que, visto lo visto, podría pasar cualquier cosa.

Diez días más tarde del asesinato de Arturo, se televisa el derbi futbolístico entre los dos equipos fuertes de la capital. Las medidas de seguridad son excepcionales para separar a ambas hinchadas. El equipo que retransmite el partido está hablando a cámara con el estadio de fondo, un estadio verde y perfecto en el que figuritas atléticas dan saltitos o carreritas mientras la gente murmura o grita. El equipo que retransmite está formado por un presentador de treinta años llamado Osbaldo Arenas, un antiguo jugador llamado “Pupita” Sánchez, que actualmente tiene la cara comprimida entre dos rollos de carne oscura, la sonrisa de un mafioso satisfecho y el cuello de un toro afectado de bocio. El tercer miembro del equipo es Laura Sondra, periodista famosa por haber compaginado su trabajo como modelo con sus estudios universitarios. Está muy buena.
En cierto momento, la señorita Sondra comenta que el partido tiene doble emoción por los hechos que se han vivido durante estas dos últimas semanas durante la emisión de programas en directo. Sus compañeros se sienten incómodos. Sondra les pregunta si tienen miedo de que pase algo. “Pupita” Sánchez le dice secamente que él no tiene miedo a nada ni a nadie. Se miran largo rato. Sondra saca una pistola y suelta una carcajada ronca. Osbaldo Arenas desaparece como si nunca hubiese estado allí. El “Pupita” suspira, se quita la corbata y se quita lentamente los botones de su camisa para mostrar un pecho oscuro e inmenso con el tatuaje rojo de un jefe indio.
Sondra le atraviesa el tatuaje de un balazo, apunta a la cámara y dice: “sigue grabando, hijo de puta”.

Esa misma noche se emite una orden desde el Ministerio del Interior prohibiendo cautelarmente la emisión de programas en directo. Así mismo, se preparan dispositivos excepcionales de seguridad para la grabación de los programas que sean imprescindibles para garantizar el derecho a la información de los ciudadanos. Y se abre una investigación con el objeto de aclarar si los directivos o responsables de las cadenas de televisión han hecho lo suficiente para garantizar la seguridad en sus estudios, o de algún modo se ha favorecido esta situación en pro de una mayor audiencia.

Al mediodía del siguiente, el Ministerio del Interior se ve obligado a rectificar. Se prepararán los dispositivos de seguridad y se abrirá la investigación, pero precisamente para garantizar el derecho a la información de los ciudadanos, y para que la sociedad no se vea sometida al chantaje del terror, se levanta la prohibición de emitir programas en directo.
El problema consiguiente es encontrar presentadores que quieran trabajar en ellos mientras el asunto se aclara. Por supuesto, no se ha podido encontrar ninguna relación ni complot entre el asesino de la gorra, el del cuchillo y Laura Sondra.
Existe la creencia generalizada de que no se trata de ningún acto terrorista ni de los actos de un grupo organizado. Existe la creencia generalizada y no desmentida por el inspector Cifuentes, de que todo aquello no es más que algo que se ha puesto de moda.
Hay quien culpa a internet e iniciativas salvajes como Jackass. Hay quien, de nuevo, culpa a la música de tipos como Marilyn Manson.
Mientras tanto, se producen fuertes negociaciones fuera de cámara para conseguir a quien presente los siguientes formatos en directo programados en la parrilla televisiva. Esa misma noche. Se trata de los tres telediarios de las 21:00.
En cada uno de los platós hay un total de veinte policías aunque se sospecha que habrá otros tantos infiltrados como público o equipo técnico.
Se estima que un 94% de la población estará delante de los televisores. Las cuñas publicitarias han quintuplicado su precio.
La última de las negociaciones ha terminado cuarenta minutos antes de que comience la emisión. Se ha rescatado a Silvio Valle, un viejo presentador caído en desgracia después de un asunto de drogas y menores. Silvio era valorado por su hipnótica voz, su amplia cultura y su imagen de galán clásico. El maquillaje consigue recuperar algo de esa apariencia y la presencia de ánimo la obtiene a base de cortos tragos de escocés.
Fue bastante más fácil con Eduardo Fonseca, un joven y ambicioso periodista dedicado hasta entonces a la prensa del corazón. Quien está con él durante los minutos antes a que comience su telediario, repasando y, en cierto modo, controlando que no cambie de idea, posteriormente declarará que Fonseca parecía estar a punto de abrir un regalo de navidad y que, en ningún caso, parecía consciente de enfrentar peligro alguno.
La tercera presentadora es Inmaculada Gracia, íntegra, estricta y profesional de los pies a la cabeza. Ha decidido no cobrar nada por su participación en el telediario que le corresponde, como un gesto de orgullo periodístico.
Todas las personas en los tres platós han sido cacheadas. Se trabaja con personal mínimo. La policía va por parejas y unos controlan a otros.
Manuel Cifuentes se tapa la boca con la mano, suda y se permite cerrar los ojos unos segundos.
Los telediarios son retransmitidos en directo a cuarenta países, quinientos veinte millones de personas.
Se abren las emisiones en medio de un silencio preinfártico.
Silvio Valle carraspea dignamente, mira a cámara y dice: “Ave televidente, morituri te salutant”.
Funde a negro.

 

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 13 de Julio de 2011 a las 19:25

Lo dice la tele

 

Hoy es mi aniversario de boda. Mi marido se ha portado: me ha dado los buenos días con un masaje de ésos que sólo él sabe darme y que siempre rematamos como dios manda. Después me he vuelto a dormir. Un ratito nada más.

Ahora estoy desayunando en la cama. Me ha traído un zumo de naranja y café con churros. También me ha traído el periódico. Es un cielo.

Todo no puede ser prefecto, claro. En la portada viene que han matado a otra pobre mujer, otro caso de violencia de género. No sé si esto cada vez va a más o es que simplemente ahora salen a la luz todos los casos. Es un asco.

Se llamaba igual que yo, Julia. Y vivía en mi calle. Voy a leerme la noticia despacio, a ver si me entero de quién era esta pobre.

No me lo puedo creer, esta noticia está mal. Según el periódico la muerta soy yo y el que me ha matado mi pobre marido.

 

            —¡Nacho! ¡Nacho! Ven, mira esto.

            —¡Espera! Que estoy en el baño. Ya voy.

 

Nacho está tan sorprendido como yo. Efectivamente el periódico habla de nosotros: nuestros nombres, nuestra dirección. Hasta una foto de la fachada de nuestra casa.

Según esta gente yo no había presentado nunca ninguna denuncia aunque era sabido por algunos vecinos que vivía amenazada. Al parecer ayer tuvimos una bronca de cuidado, Nacho agarró un cuchillo y me dio cuarenta y siete puñaladas; luego se tiró por el balcón sin que le pasara nada de gravedad, entre otras cosas porque vivimos en un primero. Salió corriendo y lo están buscando. Me están haciendo la autopsia para determinar la causa de mi muerte. Esto es una locura.

Nos estamos riendo, pero no deberíamos hacerlo; alguien ha muerto y la verdad es que el que hayan confundido los nombres de los protagonistas de la historia nos puede traer alguna complicación, sobre todo a Nacho. Que alguien puede pensar que es un maltratador y un asesino.

 

            —Voy a llamar al periódico y a aclarar esto. Tienen que publicar una rectificación —le digo ya seria.

            —Sí. Tienes razón. La confusión no es nada agradable. ¿Llamas tú o quieres que llame yo?

            —Llamo yo. Si les habla la muerta se darán cuenta mejor de que han metido la pata, ¿no?

            —Vale. Invítalos a venir si les queda alguna duda.

            —Buena idea.

 

No ha sido fácil contactar con alguien útil. Y menos hoy que es sábado, pero al fin estoy hablando con el redactor. Me dice que los datos se los ha facilitado la policía y que es con ellos con quien tengo que hablar, que si resulta ser cierto lo que digo publicarán una rectificación. Lo he invitado a venir para que pueda verificar mi historia, pero dice que no hace falta. Creo que le ha molestado que lo incordie en sábado.

Nacho me llama. Está asomado a la ventana. Me pongo a su lado y veo los equipos de televisión. Han venido de tres o cuatro cadenas y están hablando con mis vecinos. Me visto corriendo y salgo, quiero aclarar que sigo viva y que mi marido nunca me ha levantado ni la voz.

 

            —Siempre confió en mí —es mi amiga Rosa la que está hablando ante las cámaras —. Yo la insistí muchas veces en que no podía continuar así, que tenía que denunciar… pero tenía mucho miedo. —Está llorando como una Magdalena —. Yo tendría que haber hecho algo. Me siento tan culpable…

            —Rosa, que estoy aquí. Que estoy bien y no me ha pasado nada. —La agarro del brazo y hago que se gire para verme. La sonrío, aunque estoy pensando que no sé a qué ha venido contar esa mentira. Esta chica está un poco tonta.

 

Me abraza y sigue llorando.

           

            —Pobre Julia —gime enterrada en mi hombro —. Cuánto la vamos a echar de menos.

            —Rosa, que soy yo. Que se han confundido, que no es a mí a la que han matado. Rosa, mírame.

 

Rosa me mira y vuelve a romper en sollozos. Sigue hablando de lo mucho que me quería y de lo culpable que se siente. La aparto de mí y me dirijo a las cámaras.

 

            —Me llamo Julia Álamo Ruiz. No sé qué ha pasado pero ha habido un mal entendido. Estoy viva y no he sufrido ninguna agresión por parte de mi marido que es una excelente persona. La policía ha cometido algún error y ha dado mal los datos, pero como ven, estoy perfectamente y hasta hace poco tiempo estaba disfrutando de un sábado estupendo celebrando mi aniversario de boda.

 

            —¿Dice que es su aniversario de boda?

            —Así es. Hoy hace once años que me casé.

            —¿Y desde cuándo viene sufriendo malos tratos?

            —No sufro malos tratos. Ya les he dicho que todo ha sido un error.

 

Los reporteros dejan de interesarse por mí y buscan a otro vecino para hablar con él. Esto es increíble. Ahora están hablando con el carnicero de la esquina.

 

            —Una chica estupenda. Buenísima persona. Y él daba el pego, se lo aseguro. Yo me he quedado de piedra cuando me he enterado. Parecía un matrimonio muy unido.

            —Luis, que no me ha pasado nada. —Me sitúo entre mi carnicero y la cámara. Esto es absurdo, hay que cortarlo ya.

 

Una de las periodistas me aparta y me dice que les deje trabajar, que están cubriendo una noticia importante.

 

            —Pero es que estáis dando mal la noticia. Se supone que la víctima soy yo y estoy aquí, viva y sin un rasguño. La muerta tiene que ser otra. Y mi marido no es ningún maltratador, mucho menos un asesino.

            — Sí, es lo típico. Las víctimas suelen justificar a sus parejas.

—Desde luego ella —vuelve a tomar la palabra Luis, mi carnicero —no hablaba más que cosas buenas de su marido. Lo tenía en un altar.

—¿Estamos todos locos o qué? —Estoy perdiendo la paciencia, esto ya es de un surrealismo insufrible —¡Que estoy viva! ¡Que la policía ha dado mal los datos y ha dado mi nombre y el de mi marido, pero que no somos nosotros!

—¿Y usted vio cómo el presunto agresor se lanzaba desde el balcón y emprendía la huida? —El del micro apunta a mi carnicero. Me están ignorando.

—Sí señor. Se escucharon primero muchas voces, ahora con el calor están todas las ventanas abiertas y se oye todo, luego los gritos de ella, que digo yo que sería cuando él la estaba apuñalando, y ya me asomé y vi que caía ahí mismo y empezaba a correr. Cojeaba un poco, pero iba ligero.

—¡Luis! ¡Me cago en la leche! Que estoy aquí delante. ¿A qué viene todo esto?

—Señora, por favor, ya le he dicho que estamos trabajando. Deje de molestar.

 

Me voy en busca de Rosa. A ella parece que sí que la escuchan, tiene que aclarar todo esto y hacer que pare este circo. No entiendo nada.

 

            —¡Rosa! Deja ya de llorar y mírame. Soy yo.

            —¡Ay, Julia! Qué disgusto tengo. —Bueno, al menos me reconoce. No vamos mal.

            —¿Se puede saber qué hacéis hablando con la prensa y diciendo todas las tonterías que estáis diciendo? ¿Es que no ves que estoy aquí y que estoy bien?

            —Ha salido en los periódicos y esta mañana temprano lo he oído en la radio también. Y ahora, fíjate, han venido los de la tele.

            —Pero todo ha sido un error y tú además sabes que Nacho nunca me ha hecho nada.

            —Yo no sé nada, Julia. Las cosas parecen de una manera y luego se descubre que son de otra. Mi pobre Julia… mira que te dije que denunciaras —. Y se pone otra vez a llorar. Estoy por darle dos tortas, de verdad.

            —¡Rosa, coño! —Que se las voy a dar al final. —¿Qué me vas a decir que denunciara?, ¡si nunca te he dicho nada de que Nacho me pegara, si Nacho nunca me ha pegado! ¡Y que estoy viva, joder! ¿No me estás viendo? —Intento tranquilizarme; hay que solucionar esto —. Los de la prensa no me hacen ni caso, quiero que vayas a hablar con ellos y les digas que soy yo, que todo ha sido un error. Venga, vamos.

            —Julia, negar la evidencia no sirve de nada —me dice entre lágrimas —. Ha sido un golpe muy duro para todos.

 

Evidentemente algo se ha liberado en el ambiente y todo el mundo ha perdido la razón. No hay otra explicación. Hago un último intento de hablar con los reporteros para aclarar esta locura y, según ven  que me acerco, se alejan y me evitan. Me voy a mi casa. Voy a adecentarme del todo, luego iré con Nacho a la policía, ellos han empezado todo este galimatías, supongo que serán capaces de aclararlo todo.

 

            —¡Nacho! Esta gente está gilipollas. Vamos a arreglarnos y nos vamos a la comisaría más cercana, a ver si allí sí que me escuchan y se acaba todo este lío.

            —No voy a entregarme, Julia. Huiré. Sé que está mal lo que he hecho, pero no voy a pasar ni un solo día en la cárcel, no lo soportaría. Huiré a donde nadie me conozca y empezaré una vida nueva.

            —¿Y tú de qué me estás hablando ahora? —Está haciendo una maleta y tiene el gesto descompuesto.

—Acabo de verlo en la tele. Es horrible, Julia. Ahora entiendo por qué Rosa nunca me miró con buenos ojos. Era tu confidente, ella sabía la mala vida que te estaba dando.

—¿Qué mala vida? Tú estás tonto.

—Julia… tengo que irme.

 

Esto es de locos. Se ha ido de casa con la maleta. Por un momento pienso que es una broma de la tele, que en cualquier momento vendrán todos con un ramo de flores y una gran sonrisa para decirme que estamos en un programa de cámara oculta.

 

Después de tres horas desecho la idea. Pongo la tele: están hablando de mí, han detenido a mi marido dos calles más arriba. Mis vecinos casi lo linchan, la policía lo ha impedido.

No hay duda: mi marido me maltrataba y ahora estoy muerta. Lo dice la tele.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 14 de Julio de 2011 a las 9:48

EL REPORTER GUILLERMO LEAL

 

La redacción del diario AHORA mantenía el nerviosismo habitual de las horas vespertinas. Dos  periodistas ojeaban sin disimulo por el cristal del despacho del director. Era noviembre de 1931, y Manuel Azaña ya era Presidente del Gobierno.

-¿Quién es el mozo que está con el jefe?

-El hijo pequeño del doctor Leal… por lo visto quiere ser periodista.

-No sabe dónde se mete.

 

En el interior del despacho, el jefe, que era Manuel Chaves Nogales, sabía que el personal estaba al tanto de quién era ese repeinado que intentaba dar su mejor imagen. Pero Chaves siempre daba la oportunidad de convencerle a todo joven con ganas de comerse el mundo. El joven Guillermo lo estaba intentando, si es que le dejaba la tartamudez que siempre se asomaba cuando se sentía observado.

-¿Qué por qué quiero trabajar en el AHORA? Pues… pues… porque usted me convenció.

-¿Yo?- respondió extrañado Chaves.

-Sí, sin saberlo, claro. Todo se debe a sus reportajes de “Lo que ha quedado del imperio de los zares”. Me cautivó su forma de escribir. Y… y… me di cuenta de que lo que hace usted es exactamente lo que quiero hacer yo en la vida.

-Así que quieres ser un reporter.

-Sí. Sé que eso lleva su tiempo, y que seguramente tendré que empezar con crónicas de sucesos, pero seguro que aprendo trabajando para usted.

-Bueno Guillermo, tu padre es buen amigo mío. Y mis amigos saben que el compromiso con ellos acaba en el momento en el que finalizo la entrevista. A partir de entonces, es el propio candidato el que tiene que demostrarme si realmente puede tener un hueco en el AHORA. Hagamos una cosa… sal a la calle, y vuelve dentro de tres días con un buen reportaje.

-¿Sobre qué tema, Don Manuel?

-Eso lo tienes que decidir tú. Escoge un buen tema, habla con la gente, escúchalos. Repito: escúchalos. Y cuando tengas toda la información, enciérrate en tu habitación y plasma en palabras todo lo que has visto y escuchado. Y ojo, con buen vocabulario, ¿entendido? Los jóvenes de ahora cada vez escribís peor…

 

Guillermo, al salir del edificio, dejó escapar un mecagoendios que hubiese ruborizado al mismísimo Stalin. Después se santiguó diez veces y siguió caminando, contrito, y  preguntándose sobre qué podría hacer su reportaje. Aunque era lo que más deseaba en el mundo, en el fondo no se veía preparado para hacer algo que realmente sorprendiera a su venerado Chaves Nogales. Estaba cagadito de miedo, como un torero esperando la salida de un Miura. Pero no podía fallarle, porque su futuro dependía de ello. O conseguía un puesto en el AHORA o se veía haciendo interviús a las estrellas de los vodeviles. Antes de subir a casa a enfrentarse a las preguntas de su padre, se pidió un refresco en el aguaducho de su calle. Quería parar y pensar. ¿De qué podría escribir? ¿Se centraría en asuntos de altos vuelos? Con la influencia de su padre, podría conseguir un encuentro con personas cercanas a Azaña. El chico sabía que Chaves admiraba al Presidente, y si se centraba en su ascenso al poder, retratándole generosamente, quizás conseguiría la cercanía emocional propia entre correligionarios que le aupara al puesto. ¿O quizás debiera centrarse en personas de la calle? Conocía a un zascandil que le podría poner en contacto con personas de mala vida, como por ejemplo al cojitranco Viyuela, que perdió su buena condición física al intentar robar un caballo de pura sangre; o al jaranero Benítez, un postinero de cuidado que se jactaba de enseñar Madrid a las nobles de provincias que vienen de visita sin sus maridos; o a cualquiera de los zagalones badulaques que formaban chacotas todas las noches en el bar de la esquina.

 

El refresco se acabó y la hora de la cena se aproximaba. Guillermo subió a su casa, donde su padre, el doctor Leal, le esperaba dispuesto a sonrojarle, porque es lo que hacía desde que le comunicó su intención de no estudiar Medicina. Al final el niño le salió periodista. Al único que respetaba de aquella profesión era a Chaves Nogales. Le conoció por casualidad, en una de esas fiestas organizadas por amigos comunes; descubrieron que, a pesar de sus discrepancias en materias esenciales de la vida y de España, tenían una serie de aficiones comunes que les hermanaban, y desde entonces, siempre le leyó con interés, primero en el Heraldo de Madrid, y ahora... en el AHORA.

En el salón de la casa se había formado un pequeño conciliábulo: su padre, su tía Angustias y la honorable abuela Mercedes. Guillermo tuvo que soportar toda clase de preguntas y comentarios; estaban intrigados por saber cómo le fue en la entrevista. Como siempre, el joven tartamudeó, y se le encendió el rostro ante tantas inquisiciones. Pero sus respuestas les convencieron, al menos para dejarle tranquilo hasta el siguiente encuentro con Chaves. Luego se encerró en su habitación, y se tumbó en su lecho a seguir pensando. La idea del reportaje sobre Azaña la eliminó de inmediato: demasiado inextricable para él. Siempre se había considerado parte de la caterva de jóvenes acomodados con más ilusión que intelecto. Lo sabía, y quería luchar contra ello. Pero eso tardaría su tiempo, y de momento tenía que pensar y redactar su reportaje. Siguió pensando en personajes variopintos que tenía a mano. Estaba el atrabiliario Gómez Cifuentes, habitual de las trifulcas de la facultad de Periodismo; también Ortuño, el ropavejero que vivía con dos mujeres; el tendero Mario Collantes, que había montado su negocio tras haber ganado un primer premio en la lotería; el mítico doctor Izquierdo, aunque éste andaba en la cárcel…

Muchos personajes en su cabeza… pero ninguna historia que mereciera un reportaje. Nada realmente interesante. Necesitaba un incendio, un edificio flameante, con fotos de quemados llevados en parihuelas, algo que creara conmiseración ante cualquier lector. Pero las desgracias no suceden al antojo de los periodistas, y él no era nadie como para desear el mal ajeno por tal de lucirse ante Chaves Nogales. La duermevela comenzaba a asomarse, y decidió levantarse y acercarse a su gaveta para coger papel y la pluma que le regaló su padre. Con eso en su mano, le vendría más fácilmente la inspiración. Pero nada le venía excepto el olor a sopa de la inminente cena. Empezaba a sentirse realmente incapaz, se imaginó como un ganapán sin futuro y sin ilusiones. Se había creído capaz de comerse al mundo, pero poco mundo había conocido. ¿Cómo se puede escribir de la vida sin conocerla de verdad? Si quería ser como Chaves Nogales, escribir como él, debía viajar y adentrarse en la aventura de la vida, pero la vida real, la vida de quien pasa hambre de verdad, la de la madre que ve morir a sus hijos de hambre… la vida que golpea de veras. Y sólo así, viendo las cosas, podría abrir su mente, afilar su pluma, y dejar salir el talento que de verdad poseía. Quería ser un reporter practicón, para alejarse de la cazurrería habitual del novato. Hablaría con su padre, lo haría con honestidad, para que entendiera la necesidad que tenía de viajar, porque su mundo era parvo, y necesitaba engrandecerlo. Y a Chaves… a Chaves le diría que muchas gracias por haberle atendido, que por favor le concediera otra entrevista a la vuelta de su viaje, y que volvería con el mejor reportaje de cualquier candidato a periodista para el AHORA.

Pero, no obstante, no quería irse sin haberle dejado un testimonio de su escritura. Así que se sentó, apartó la pluma, cogió su máquina de escribir, y comenzó a teclear y teclear, obviando el olor a sopa con el que empezaba a soñar su andorga. ¿No le pidió Chaves que escuchara? Pues eso hizo, escucharse a sí mismo, y luego sentarse y plasmarlo en la hoja, deseando que Manuel, su ídolo, lo disfrutara al menos un poco.

 

                                                           ------------------------------------

 

Manuel Chaves Nogales terminó de leer el texto escrito por Guillermo Leal. Se quedó pensativo, con una sonrisa en la boca. Luego sacó de su cajón un ejemplar de su libro “La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja”, y en la tercera página, escribió con su pluma:

 

Para Guillermo Leal, futuro reporter del diario AHORA

Lo he disfrutado, y no sólo un poco

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  • 14 de Julio de 2011 a las 11:58
DÍAS CENICIENTOS

Fue un domingo durante las últimas vacaciones. En Francia, en la Bretaña. Nos hospedábamos en un hotelito frente al mar. Cruzábamos un paseo y estábamos ya en la playa.
Me despierto con nubes en el cerebro y aparto de mi vientre la mano de Enrique. Me levanto con cuidado para no despertarle, entro en el cuarto de baño, me ducho y salgo envuelta en la toalla:
-¿Qué haces tan pronto?

   En un acto de comunicación como un diálogo, emisor y receptor intercambian constantemente sus papeles.

   Recuerdo muy bien el tema inicial de Lengua Española en el último curso del instituto: la comunicación, lo de emisor, receptor, código… Y los días en que me pongo autista no quiero hablar ni que me hablen, no quiero ser emisora ni receptora. Por eso no le contesto. Él ya sabe. Al principio se preocupaba. Ahora también, pero al principio buscaba el remedio:
   -He mirado en Internet y lo que tú tienes está clasificado y controlado. Es ciclotimia o trastorno bipolar.
   Sí, Enrique es de los que creen que todo se soluciona a través de Internet y a veces pienso que lo raro es que nos conociéramos en el mundo real. Y me quiere, de eso estoy segura porque, si no, no me habría aguantado tantos días como este que estoy explicando. Ni me habría aguantado que hiciera caso omiso cuando me recomendaba ir al psiquiatra porque, según su Internet, eso mismo le pasa al 17% de la población y alguna solución buscarán los demás; ni me habría tolerado que olvidara entre un montón de papeles una receta -Depamide recuerdo que se llamaban las pastillas- que había conseguido de un primo suyo médico.
   Se queda un momento sentado en la cama y empiezo a vestirme de espaldas a él. No quiero mirarle a los ojos y no sé si es porque no me atrevo o porque no merezco su mirada. Pero por un instante pienso en una de sus ocurrencias:
   -Todavía no he decidido si me gustas más de frente o de espaldas.
   No sonrío ni por dentro. Enrique comprende, se da la vuelta y sigue durmiendo.
   En días así se me cierra completamente el mundo pero ese domingo quedó una mínima rendija abierta. Porque estábamos de vacaciones y no quería fastidiarle el día; porque no quería colgar el cartelito de No molesten y, como habría hecho en casa, quedarme encerrada hasta quién sabe cuándo; porque, en el fondo, algo de caso sí le hacía cuando me decía que, para no dejarme arrastrar por el remolino, había de seguir los actos rutinarios, desayunar, comer... Así que me sobrepongo, salgo de la habitación, me dejo llevar a través de esa rendija abierta y me veo sentada ante un cruasán y un tazón de café con leche. Alguien me dice Bonjour y contesto moviendo la cabeza: sin querer, ya me he convertido en emisora. Sin embargo, va a ser uno de tantos días en los que no voy a pronunciar una sola palabra.
   Cruzo el paseo y camino por la arena en dirección al agua. Sé que la marea está bajando, llego al borde del agua, me descalzo y dejo allí las sandalias. Camino un poco más, me sumerjo hasta los tobillos, paro y me quedo quieta sólo esperando que, al seguir bajando la marea, los pies me queden fuera del agua. Cuando así ocurre vuelvo a entrar hasta los tobillos y a esperar. No tengo nada mejor que hacer ni en qué pensar, sólo sentir el mar en los pies. Cuando he repetido cinco o seis veces la operación de comprobar con los pies cómo baja la marea, siento que Enrique está en la playa. No lo intuyo, lo sé a ciencia cierta y por eso no me giro para asegurarme. Yo también le quiero y me doy cuenta en esos momentos en que lo percibo por un sexto sentido. Sé que está ahí, sentado en la arena junto a mis sandalias y mirándome a mi y no a cualquier otra en biquini que pueda estar mejor que yo. Sin querer tampoco, me he convertido en receptora de dos mensajes, la bajada de la marea y la llegada de Enrique. El primero con los pies, el segundo no sé con qué, quizá con el corazón.
   De pronto suena una campana e, instintivamente, levanto el brazo para mirar la hora en el reloj. Pero el reloj, con el móvil y no recuerdo qué libro, se ha quedado en la mesita de noche. Por lo que decía: ni quería hablar ni que nadie me hablara. Nadie ni nada, ni siquiera que el reloj me dijera la hora. Pero no puedo evitar oír la campana ni darme cuenta de que no da la hora: son dos campanas en una melodía que, como es domingo, llama a misa. Sigo en lo mío con los pies en el agua y, como la marea sigue bajando y yo avanzando, cada vez estoy más lejos de Enrique, que sigue mirándome. Momentos después vuelven las campanas y me giro en la dirección de la que creo que viene el sonido, una iglesia pequeña de piedra. Sólo con verla dan ganas de ir a misa. Camino hasta Enrique, me calzo y sigo en dirección a la iglesia.
   Mientras estaba con la marea, la playa se ha ido llenando de gente: los hay tomando en sol y los hay sentados leyendo el periódico, hablando por el móvil e incluso escuchando la radio en pequeños transistores. ¿Para qué querrá la gente todo eso si basta con pararse a escuchar la cadencia de las olas?

   La comunicación puede ser bidireccional o unidireccional. Bidireccionales son las ternuras o cochinadas que se pueden decir dos novios por el móvil; en cambio, los mensajes de los grandes medios de comunicación, el periódico, la televisión, la radio, el cine, la literatura, son unidireccionales: porque ni le puedes quitar una coma al Quijote ni desde casa puedes decirle a un tertuliano de televisión que se calle.

   ¿Y por qué, de toda la asignatura de Lengua, sólo me quedó ese tema de la comunicación en la memoria y olvidé lo demás, aquello de sujeto y complemento directo? Seguramente porque al ver aquel esquema tan perfecto en la pizarra con el mensaje pasando del emisor al receptor a través del canal, tomaría conciencia de que, desde pequeña, lo único que pretendía cuando me atrapaban esos días era salirme de ese esquema. Si hasta bajaba la persiana de mi cuarto para que ni siquiera la luz me dijera qué hora podía ser… Salir del mundo y entrar en mi burbuja.
   Y sí, los novios se pueden decir cochinadas a través del móvil y también mentirse; incluso mirándose a los ojos. Como pueden mentir o manipular los periódicos o la radio de quienes están en la playa. Pero ellos, con sus móviles, radios y periódicos, son incapaces de saber que el rumor del mar ni miente ni manipula, sólo dice que es el rumor del mar. Ni miente el perro cuando ladra. Y si resulta que la campana no está convocando a misa, no es que mienta, es que soy yo quien se engaña.

   Cuando hablamos de medios de comunicación pensamos en la televisión, el periódico,… pero un semáforo, si comunica permitiendo o no el paso, es también un medio de comunicación. Por eso las personas somos también medios de comunicación.

   Y el reloj que no llevo, la bandera verde de la playa, el mar, la campana... Y Enrique en su silencio. Va a mi lado obediente, entra en la iglesia sin decir nada y asiste junto a mí a toda la misa en francés aunque sé que se muere de ganas de salir a fumar.
   Salimos y entonces soy yo quien se deja llevar. Hasta un restaurante. Sabe que tampoco voy a mirar la carta y pide lo que cree que me apetece. No me apetece nada pero aún así como. Y bebo, que pide una botella de vino convencido de que con eso se me puede pasar la tontería.
   Volvemos al hotel y otra vez le doy la espalda. Para desnudarme. Es lo que él dice de los actos rutinarios y la siesta es la hora de su cuerpo en el mío y el mío en el suyo. Me siento seca porque no tengo ganas y a lo mejor él tampoco tiene.  Aún así me tumbo en la cama con las piernas bien abiertas y también de espaldas: porque no merezco ni su mirada tierna ni su mirada de deseo, ni que me muerda los pezones ni sus juegos con la lengua.

    La comunicación humana puede ser verbal, con palabras, o no verbal: una sonrisa, un puñetazo, un beso, un meneo de caderas, un gesto de desprecio…

    Me merecería que me girara bruscamente y me diera un bofetón para hacerme reaccionar. Pero sé que no va a hacerlo. Oigo cómo se desabrocha el cinturón, sigo seca y quiero seguir seca: para que me desgarre con dolor. Él ya sabe. Que no quiero que me bese la espalda, que no quiero dulzuras al oído. No me las merezco. Que me desgarre y, si quiere, que varíe de conducto. Le siento llegar, palparme y situarse. Empuja con toda su fuerza, me duele hasta que grito y él ya sabe. Porque el mismo grito de dolor me lo sabe transformar en grito de un placer que no merezco. Sabe también que no quiero que esté pendiente de mí, que quiero que vaya a la suya, que me utilice hasta el final sin detenerse. Sabe también convertir cada uno de sus vaivenes en mensajes que ni mienten ni manipulan y que me van revolviendo el cerebro hasta que me doy cuenta de que me estoy engañando y de que, en realidad, sí quiero irme con él. Sabe sincronizarme y, como en todo el día no me ha oído una sola palabra, se venga de mí y me pone a gemir hasta el grito final. Tampoco mienten mis gemidos, ni mi grito, ni su respiración entrecortada.
    Luego me deja dormir pensando que quizá me despierte mejor y, al cabo de un rato, pensando que estoy dormida y no me doy cuenta, me da un beso en la frente.
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  • 14 de Julio de 2011 a las 14:32
Por qué no sabemos quién mató a JFK

     Esto de la crisis es jodido.... ¿Quién me iba a decir a mí, doctor en filología germánica y experto en lenguas fósiles del norte de Asia, que acabaría trabajando de vigilante nocturno? Pero es lo que hay. Toca el remedio del calvo. Ajo, agua y resina.

     Vaya... ¿Qué es eso? Parece que alguien está saltando por la valla del patio. Sí. Aunque lo hace por el rincón más oscuro, la cámara del alero del tejado le capta perfectamente. Lástima que estas cámaras den una imagen tan cutre... no le distingo bien. Pero me suena el individuo ese... me resulta familiar. Ya está en el patio. ¿Qué hace ahora? Se va derecho a la puerta del almacén. ¡Ah! Conoce el escondrijo bajo la luz de la pared, de modo que podrá darle al motor que abre la puerta. En fin, habrá que hacer algo, digo yo. Tomo el chuzo y me voy abajo, a darle la bienvenida.

     Ya estoy detrás de esta gran máquina de offset. Ahora está silenciosa, pero en pocas horas temblara y mugirá cuando salgan de sus entrañas miles de ejemplares del diario de la mañana. Desde aquí veo cómo la gran puerta metálica va subiendo lentamente, impulsada por el silencioso motor que ha accionado ese  intruso. Ya se ha elevado algo más de un metro. La detiene. Hay espacio suficiente para entrar por debajo de la puerta. Y lo hace. Lleva una pequeña linterna. Creo que es una de esas modernas con leds.

     El sujeto no quiso saber nada del almacén donde se hallan las cuatro grandes impresoras del diario. Lo ha atravesado y pasando apenas a un par de metros de donde yo me ocultaba, ha llegado a la puerta que conduce a las oficinas. Sigo pensando que me resulta familiar su aspecto. Si hubiese más luz y le viese la cara... el caso es que este hombre, pues estoy seguro de que es un hombre, lleva una llave de la puerta de las oficinas. Ha de ser alguien de la casa para tenerla en su poder. Y ello explicaría esa sensación que tengo que me hace pensar que le conozco. Ahora estamos en la sala de redacción.

     Por ahora no le he visto intención de robar nada ni tampoco de romper o destrozar cosa alguna. De momento me mantendré escondido, observándole, detrás de estos archivadores. Se ha sentado en el cubículo del redactor de internacional y ha dejado sobre al mesa una pequeña bolsa. La abre y saca... un bocata y un botellín. Parece que de vino. ¿Será posible que este fulano se haya tomado tantas molestias únicamente para venir a tomarse un ligero refrigerio en las oficinas del periódico? No lo creo. Algo debe tramar. Seguiré espiándole.

     Ha guardado cuidadosamente las migas y el botellín vacío de nuevo en la bolsa y ha sacado algo de su interior. Una pequeña cajita, me ha parecido ver cuando la ha iluminado con su linterna. La ha colocado sobre la mesa y la ha abierto. ¿Qué es eso que saca de la cajita? ¿Una goma de borrar? ¿Una barrita aplanada de yeso? No, no. Creo que sé lo que es. Un pendrive. Un USB de esos para almacenar datos. Vaya, lo introduce en un sobre... y también una pequeña hojita de papel. Lo deja todo encima de la mesa. Justo al lado del ratón del ordenador. Ahora se dirige al fondo de la oficina. Ya regresa. Trae un vasito en la mano...

     Ya se ha ido. No ha robado nada. Al contrario. Ha dejado el sobre con el pendrive en el primer cajón de la mesa del redactor jefe de internacional. Luego se ha tomado el café que sacó de la máquina vending del fondo de la oficina y a continuación se ha marchado discretamente, tal y como había llegado.

     La verdad es que no estoy seguro de si... de si he hecho lo correcto. ¿No se espera de mí, el vigilante nocturno, que evite asaltos, robos o daños a la empresa? Pero es que el sujeto ese no ha robado nada, y si bien ha asaltado el edificio, ya que ha entrado en él con nocturnidad, no ha hecho daño alguno. Ha limpiado cuidadosamente los restos de su refrigerio y lo único que se ha llevado ha sido el vaso vacío del café. Supongo que no ha querido dejarlo en la papelera. La verdad, creo que ha sido una suerte no tener que llegar a las manos con el intruso. Ahora que... cuando le cuente al señor Rakofnik lo que ha pasado esta noche... Claro que no tengo porque contarle nada. En realidad es como si nada hubiese ocurrido. Bueno, está ese sobre con el pendrive y la hojita de papel. Será mejor que no lo encuentre en su mesa por la mañana. De modo que lo más seguro será que lo coja y me lo lleve yo.




     ¡Caramba con el señor Segura! Porque no era otro que él, el ex corresponsal del diario en la antigua Alemania del Este. ¡Lo que dejó en ese sobre en la mesa del jefe de internacional es una auténtica bomba! ¡Esto vale su peso en oro! Y el muy ingenuo lo entrega así, sin más, por la cara, sin pedir nada a cambio. Su notita lo dice muy claro:

     “Señor Rakofnick: este pendrive contiene pruebas fehacientes y abrumadoras de la doble vida que llevó un elevado cargo del anterior gobierno, de la existencia de agentes gubernamentales infiltrados en los diversos grupos de “indignados”, de la presencia de  topos y agentes dobles que trabajan en la CIA, el FBI, el Mossad, Al Qaeda, Wikileaks, el Vaticano, el Quirinal y la SGAE. También incluye pruebas sobre la trama bancaria oculta que se halla detrás de la quiebra de dos grandes consorcios empresariales y sobre la auténtica identidad del asesino de JFK, entre otras cosas igualmente enjundiosas. Se lo entrego para que haga libremente lo que quiera con estos datos. No quiero nada a cambio. Acontecimientos muy graves en mi vida, que prefiero no explicarle, han hecho de mí una especie de ermitaño del siglo XXI. Vivo retirado y mis necesidades son mínimas. Pero creo que nada me enriquecerá tanto como ver que se da luz a estos datos, frutos de mi investigación periodística durante décadas. Y por favor, no me busquen. Lamentaría que perdiesen parte del tiempo que han de dedicar a la publicación de estos documentos, hasta ahora secretos celosamente guardados.




     Hace un día excelente y la brisa fresca del mar me reconforta. Este combinado sabe delicioso. De todos modos creo que dejaré este paraíso natural de la Polinesia, donde he pasado estas últimas semanas, y me instalaré por un tiempo en algún hotel de lujo del Golfo Pérsico. Más adelante me encantaría visitar la región de los Grandes lagos. Y para el año próximo no me puedo perder Nueva Zelanda. Desde que vi la trilogía del Señor de los Anillos no me he quitado de la cabeza la idea de visitar algún día el escenario natural de la Tierra Media. ¡Ah, el bueno de Tolkien! Su obra encierra para nosotros, los filólogos, mucha mayor riqueza que para el resto de los mortales...

     A veces pienso si debió disgustarse mucho el bueno del señor Segura. Desde su refugio el pobre anciano debió esperar en vano durante un tiempo ver publicadas todas aquellas cosas que contenía su pendrive. ¿Pensó que los del diario no le habían tomado en serio? ¿O que ni se dignaron tal vez en colocar el USB en un ordenador? Porque finalmente nada de todo aquello se publicó y aquellos secretos siguieron siendo secretos. ¿O tal vez ellos dieron con su paradero y le evitaron nuevas inquietudes y angustias?

     Porque la verdad, había personas que estaban dispuestas a pagar muchísimo para conseguir que aquel pequeño pendrive y su contenido fuesen destruidos de forma completa e irreversible. Y por supuesto, yo no iba a dejar pasar esa oportunidad.
concursoderelatos
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  • 14 de Julio de 2011 a las 16:24
EL ASESINO DEL CAMPING

(Fragmento extraído de una entrevista publicada el 7/7/2011 en la sección de Sucesos del diario croata Splitsku.)


-L.F.: (…) Así que, en realidad, comencé matando a una hormiga. Y a nadie en el camping le interesó lo más mínimo; ni siquiera cuando me ensañé con el pobre insecto. Sí, la hice sufrir. Y contemplé absorto como nunca antes la manera en que se retorcía (¿de dolor?) tras un primer apretón de mi índice. Luego la aplasté con el pulgar y dejó de moverse. Aunque sería mejor decir que dejó de ser hormiga pues se convirtió en diminutas partecitas negras adheridas a mi dedo, dejando una minúscula mancha sobre la superficie de la mesa plegable en la que todavía me aguardaba el desayuno…

-S.: Ha sido condenado por asesinato, el asunto que nos atañe es, por tanto, mucho más grave, ¿una hormiga?, ¿está de broma?… Es decir, ¿va a hablar de cómo ocurrieron los hechos o apago la grabadora?

-L.F.: Sin duda, pero quiero dejar claro el orden de los acontecimientos… Esta entrevista es una oportunidad para contar cómo ocurrió todo. En realidad… En el juicio, como usted sabe, yo mismo me declaré culpable, admití mi culpa…, y sin embargo al señor juez pareció no bastarle, cada una de las vistas del proceso fue un linchamiento… También este periódico… No me cansaré de decir que no hubo ningún plan, no elaboré una estrategia ni nada parecido… Pero todo eso ya no importa… Eso sí, permítame continuar relatando los hechos tal y como sucedieron…

-S.: De acuerdo, le escucho, siga…

-L.F.: Al día siguiente, al día siguiente de haber matado a la hormiga, un perro, por la noche, serían las doce o la una, me despertó con sus ladridos. Seguramente fuese uno de los perros del dueño del camping, animales acostumbrados al trato con los campistas, pedigüeños y sumisos, animales dóciles en definitiva. Salí de mi furgoneta y me encaminé hacia los baños. Me suelo levantar cada noche para orinar por lo que pensé que si vaciaba mi vejiga en ese momento podría dormir a pierna suelta hasta por la mañana. Pero los ladridos no cesaban, más bien al contrario. Así que decidí continuar camino e ir a ver qué pasaba, ¿por qué aquel perro no se callaba? La luna estaba casi llena e iluminaba todo el monte que el camping ocupaba. No me fue difícil encontrar al animal, estaba a unos doscientos metros ladera arriba del edificio de los baños, en una especie de vertedero emplazado en un socavón y repleto de cosas viejas. El perro ladraba un sitio muy concreto, con los ojos fijos en un determinado punto bajo cascotes de obra. Con cuidado, pues la masa informe que pisaba, en ocasiones, era bastante inestable, me fui aproximando. Cuando llegué, pude comprobar que el perro tenía acorralada a una rata y sin embargo no podía atacar a su presa ya que ésta se había refugiado en una minúscula galería que formaban dos grandes piedras y algunas vigas de hormigón. Lo primero que pensé fue que la rata no tenía escapatoria. Y luego, siguiendo un impulso asesino, agarré un palo de los que por allí habían y, tras comprobar que tenía la consistencia adecuada, lo introduje con todas mis fuerzas por el agujero entre las rocas. Noté el impacto de la madera contra el cuerpo de la rata, un cuerpo increíblemente duro. La adrenalina fluyó y no me detuve, al contrario, a cada instante golpeaba con más rabia. Dos o tres veces vi asomar los bigotes de la rata, una rata bien grande, pero no se atrevió a escapar, aunque tampoco con mi palo le dejaba opción. Además, el perro (que ya no ladraba) seguía allí, atento, con los músculos en tensión para cazar a su presa en cuanto ésta se pusiese a tiro. Y la rata lo debía saber. Sólo podía confiar en esquivar los golpes y en la resistencia de su piel. Pero la galería entre las dos piedras era realmente pequeña y le era imposible ponerse a cubierto. Oí los chillidos más desagradables que he escuchado nunca. No eran muy potentes pero sí enormemente penetrantes. Ataqué con mayor frenesí. El perro también se tensó aún más y volvió a ladrar agachando la cabeza hasta casi tocar el suelo. Hacíamos ruido, de verdad, sobre todo el perro, pero fue cosa de un par minutos. A partir de ese momento, la rata perdió fuelle y los estacazos le hicieron mella, primero rompiendo su piel, y más tarde triturando sus huesos y sus tripas…, un olor nauseabundo impregnó todo…, notaba perfectamente cómo la madera de la punta del palo trituraba los tejidos de la rata hasta que adentro de las piedras sólo quedó un revuelto inerte de carne y huesos, maloliente. Me erguí, observé la quietud del camping, cosa que me extrañó sobremanera. Sudaba copiosamente. Trastabillándome tres o cuatro veces pude salir del vertedero. Me apoyé sobre una enorme roca y vomité la cena. Cuando me sentí con fuerzas, todavía extrañado de no ver a nadie, ni siquiera se hubiese acercado algún curioso, reemprendí el camino de vuelta a la furgoneta. El camping permanecía en calma. Podía escuchar, incluso, el rumor de las olas allá abajo. El perro, que hacía tiempo que se había callado, no se separaba de mí. Mientras descendía, me sorprendió descubrir que todavía llevaba el palo agarrado en mi mano derecha. Con asco, lo arrojé a la montaña…

-S.: También en el juicio contó esta historia, reconozco haber quedado impresionado en aquella ocasión, también en ésta, pero la historia de por sí no explica nada, ni por supuesto justifica un acto tan vil como el que usted cometió… ¿Qué pensamientos tuvo aquella noche? ¿Fue consciente de que al día siguiente asesinaría a dos inocentes?

-L.F.: No, maldita sea, ya le dije que no hubo ningún plan. Es más, esa noche dormí como un tronco. Serían casi las once cuando amanecí. A pesar de haber descansado bien, me encontraba triste, cansado. Abúlico, en una palabra. No comprendía el porqué me estaba comportando así. La hormiga. La rata… Me había ensañado con una rata indefensa, quitándole su trofeo a un perro.... Entonces vi a mis nuevos vecinos…. Eran una pareja, polacos o checos…

-S.: -Bueno, como se supo gracias al juicio, no eran polacos ni checos, sino eslovenos…

-L.F.: Qué importa eso, le cuento los hechos tal y cómo los viví en aquel momento… Me preparé el desayuno y seguí observándolos. Me hice un té con leche, y abrí un paquete de galletas… Eran fofos los dos, de miradas grises, de treinta y pocos años pero que dan con el perfil de treinta y muchos, y deambulaban por su parcela con sus pequeñas preocupaciones, como dónde poner las hornillas, o qué lugar sería mejor para la mesa y las sillas plegables. Ella era rubia, pero un pelo rubio que aun siendo natural había perdido ya toda su belleza. Lo llevaba recogido en una absurda colita sobre la nuca. De su cara destacaban sus labios que podrían haber sido hermosos pero que mantenían una mueca bobalicona cuando no estaban en movimiento. Su cuerpo pedía a gritos correr por la montaña, nadar, subirse a los tejados. Él tenía ya poco pelo, que llevaba corto por lo que eran muy visibles las calvicies de la coronilla y sobre la frente. De su cara no destacaba nada, bueno, un pañuelo azul que usaba al estilo Rambo para detener al sudor en su cabeza. Era más bajo que ella, y más redondo. Además daba la sensación de que su cuerpo ya había iniciado el empequeñecimiento que otorga la vejez… (Silencio)

-S.: Por favor, no se detenga ahora, continúe…

-L.F.: … Se sentaron a comer al finalizar con su acomodo. Me saludaron y les saludé. Comían y callaban. No se hablaban. Tampoco se miraban. Me miraban a mí, a mi furgoneta, a veces al horizonte, al mar. Entonces ella se levantó y se dirigió a los baños. Y luego él. Los seguí, por supuesto. La mayoría de los campistas estaban en la playa, o almorzando en los restaurantes diseminados por el malecón del pueblo. Hacía mucho calor. Se metieron en los excusados. Cada uno por la puerta correspondiente tras dirigirse unas sonrisas. Desde fuera pude escuchar cómo cagaban. Me subí al tejado del edificio que aglutinaba los dos módulos, de váteres y duchas, para Señoras y Caballeros. Fue muy sencillo escalar hasta arriba ya que por la parte de atrás el techo de los baños estaba a la altura de la ladera de la montaña. Era un techo plano, con algunas placas solares para el agua caliente, impermeabilizado con lámina asfáltica, con restos de materiales de obra sin valor diseminados por aquí y por allá. Cogí dos bloques de cemento, de los que sirven para hacer muros, no estaban enteros pero aun así pesarían unos 15 kilos cada uno. Los coloqué sobre las puertas de los excusados. Me posicioné al lado de los bloques y levanté la vista, podía ver el mar en toda su amplitud desde aquella posición. Sentí lo fácil que era contemplar las cosas como uno jamás las había visto, bastaba subirse a un tejado de poco menos de tres metros de altura. Luego, alcé el primer bloque sobre mi cabeza. Justo cuando comencé a sentir que mis brazos flaqueaban, ella apareció debajo de mí. Fue tremendamente fácil atinar en su cráneo. No le dio tiempo ni a gritar. Él salió unos segundos después alertado por el ruido del impacto. Se agachó y quiso levantarla. El movimiento hizo que le saliera a la moribunda mucha más sangre de la cabeza. Alcé la segunda piedra. Cuando él se percató de que yo estaba arriba y quería matarle ya era demasiado tarde. Gritó y trató de protegerse con los brazos. Y no fue en vano…, pues en realidad, como ya sabe usted, ahí comenzó todo. (…)


(Agradezco a Dinko Tudor la inestimable ayuda prestada en la labor de traducción del texto.)

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  • 14 de Julio de 2011 a las 16:35

Radio Macuto

8:36. Máquina de café de la tercera planta.
- Me ha dicho Márquez, de personal, que se están preparando despidos.
- ¡Qué dices!
- Más de trescientos se van a ir a la calle, eventuales y fijos.
- Pero… Eso no puede ser. Es casi la mitad de la plantilla.
- Es lo que ha oído Márquez. Y es de personal. Algo sabrá, digo yo.
- ¡Joder! Me habían dicho que la cosa estaba mal pero tanto…

9:18. Fotocopiadora de la primera planta.
- ¡La mitad a la calle! Como lo oyes.
- ¿La mitad? Eso son, tirando bajo, cuatrocientos y pico.
- ¡Qué fuerte! Pero… ¿Qué pretenden que hagamos? Aquí el que más y el que menos tiene hipoteca y críos. Si nos vamos a la calle…
- Y muchos ya pasamos de los cincuenta. ¡A ver dónde nos cogen!
- ¿Pero es seguro o no?
- La noticia ha salido de personal, se ve que la cosa está fatal, cada vez hay más deudas y no se vende nada. Ayer tuvieron reunión hasta tarde y es la propuesta que salió.
- No te extrañe que pronto empiecen a tocarnos la nómina.
- ¡Qué cabrones!

10:43. Escalera entre la cuarta y quinta planta.
- ¡No pueden echar a tanta gente!
- Según dicen, no hay ni un céntimo. ¡No sé ni cómo cobramos!
- ¡Pues, a mí, como dejen de pagarme, me planto y que trabaje su madre!
- ¡Pero si hace dos días, al jefe de contabilidad le arreglaron el coche! ¡Tienen dinero para lo que quieren!

12:28. Pasillo de la segunda planta, junto a la sección de ventas.
- ¡Al de contabilidad le han puesto coche nuevo, como te digo! Y nosotros, el mes que viene, casi seguro que cobramos la mitad de la nómina.
- ¡Hijos de puta!
- ¿Y qué prefieres, que nos echen a todos?
- ¿Pues no te digo que van a echar a más de la mitad?
- ¿Y qué hacen los del comité? ¡Qué hagan algo, joder, que para eso están!

16:25. Despacho del gerente.
- Armando, ¿qué es eso que va diciendo el personal que vais a echar a media plantilla?
- ¿Eso dicen?
- Y recortes en las nóminas. ¡No podéis tocar las nóminas!
- La crisis nos afecta a todos, tú lo sabes…
- ¡Pero no puedes despedir a tanta gente ni tocar sueldos sin justificación! ¡Desde el comité no vamos a tolerar…!
- Vale, vale, para el carro. No vamos a echar a la mitad. El recorte de la plantilla será el que acordamos con vosotros el mes pasado. Dejé correr el rumor de que serían más para que ciento cincuenta no les pareciera tan malo. Además, así quedáis vosotros como reyes. Habréis salvado más de trescientos puestos de trabajo.
- Bueno, visto así…
- Que sí, hombre, que sí, lo que yo te diga. ¿Y qué dicen, que recortaremos las nóminas? Hombre, si ya se han hecho a la idea…
- ¡Armando, no me jodas!

concursoderelatos
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  • 14 de Julio de 2011 a las 22:02
Ruido blanco

Pocos se dieron cuenta cuando, de madrugada, uno tras otro, todos los canales de la TDT se quedaron en negro. Había señal, o al menos los receptores no detectaban que no la hubiera, pero ésta se correspondía con una continua imagen en negro. Alfonso lo comprobó dando la vuelta a las ochenta presintonías de su tele. Dos veces. Todo en negro. Comprobó las conexiones. Todo parecía correcto, salvo porque no se encontraba ni una mala tele-tienda, ni un maldito timo-concurso telefónico o algo de mal porno setentero que llevarse a los ojos. La TDT había muerto. Y Alfonso con insomnio. Se le ocurrió que tal vez pillara algo en algún canal analógico. ¿Quién sabe? Pero nada, tampoco había señal. Eso sí, esta vez el viejo ruido blanco, el teselado blanquinegro de la pantalla, le trajo un poco de paz. Es más, sin darse cuenta, acabó quedándose dormido en el sillón.
 
Jacinto no se lo creyó hasta que bajó a pie de máquina y vio con sus propios ojos como de la rotativa sólo salían líneas y rectángulos negros donde debía haber texto y fotografías, así fueran a color. Inexplicable. Revisó, como ya habían hecho antes los operarios y jefes, cada uno de los pasos del proceso de impresión. Pero nada, ni a la máxima autoridad despierta del polígono quisieron hacer caso las jodidas máquinas. Se despertó a varios informáticos que echaron la culpa a las impresoras, y a varios técnicos que aseguraban que el fallo estaba en lo que llegaba de los ordenadores. Sea como fuere, se acercaba a la hora límite, los repartidores llevaban ya tiempo esperando. Jacinto no esperó más y se rebajó a llamar a la competencia. Colgó muy despacio tras una extraña conversación: todos los impresores estaban igual; no habría prensa de ningún tipo esa mañana.
 
Nuri estaba muy contenta. Por fin, después de meses sirviendo cafés, haciendo fotocopias, o corrigiendo textos, iba a salir en antena. Había grabado la información cultural, apenas dos minutos al final del bloque de noticias de las seis y las siete, pero suficiente; su voz iba a estar en el aire, iba a ser escuchada por el millón de oyentes que tenía la cadena a esas horas. Se había llevado una copia en el móvil y no dejaba de escucharla desde que la pasó a producción, pero sabía que oírlo en “directo” sería especial. Llamó a su padre, que aún seguiría despierto. Llamó a su novio, quien no cogió el teléfono. Llamó a un taxi para escucharse camino a casa. Pero nadie oyó la voz de Nuri a través de la radio. El taxista se excusó: hacía horas que sólo se escuchaba una emisora con música clásica y sin locución.
 
El caso de la web, que no es lo mismo que internet, ni lo mismo que la red, como Candela se aburría de explicar, fue distinto. Tras apagar el despertador antes de que sonara y mientras se dirigía al baño, pudo comprobar que ciertas páginas no se cargaban y otras sí. Error: todas las páginas se cargaban en sus correspondientes pestañas, pero el contenido de unas era el correcto, mientras que otras permanecían en blanco. Puso el café a quemarse mientras reiniciaba las conexiones de sus páginas habituales. El mismo resultado. Las redes sociales, foros, chats y la mayoría de los blogs funcionaban sin problema mientras que la prensa digital, portales de agencias de noticias y otras, estaban en blanco. Lanzó varios pings a los servidores. Todo correcto, pero sin información en los navegadores. Su web sí funcionaba con quinientos usuarios activos: un alivio. Candela puso sus bots a trabajar.
 
Sandra no podía creer lo que veía en su bandeja de entrada: apenas eran las ocho y ya había más de doscientos correos electrónicos y, no, no parecían spam. El contestador de la centralita también estaba saturado. Tomó aire antes de comprobar el móvil de empresa. El mismo panorama. Mensajes, llamadas, correos, todos pedían lo mismo: una explicación para la publicidad que se había pagado y no se estaba mostrando. En ningún medio. Ni anuncios en televisión, ni cuñas de radio, ni banners en internet. Hasta los carteles en autobuses y vallas habían desaparecido o se habían convertido en manchas de color más o menos artísticas, según las fotografías adjuntas, pero sin ningún valor publicitario alguno. Las cantidades de dinero que se reclamaban eran ruinosas. Había que buscar cabezas de turco. Sandra permaneció tranquila y comenzó a escribir circulares. La suya no iba a caer por un error de otros.
 
El asunto no tardó en llegar al Ministro de Interior. No tenía sentido: todos los informes técnicos indicaban que las máquinas estaban en perfecto estado. Incluso las pruebas con nuevo material. Nada. No había forma de emitir por televisión; en la radio sólo la música anterior al siglo XIX pasaba el “filtro”; de las imprentas no había forma de sacar publicidad o noticias, es más, lo ya impreso comenzó a degradarse; internet se había visto reducido al caos de redes sociales, foros y blogs sin administración. El Ministro del Interior lo vio claro: se trata de un ataque. Aunque no podía determinar cómo, sí se atrevió a sospechar acerca de quién y por qué: los cyber-activistas por fin se habían decidido a hacer algo digno de su nombre. Llamó al Presidente y entre ambos convinieron en instaurar el Estado de Crisis. Lamentablemente se vieron con el problema de comunicárselo al pueblo. Aquello parecía una broma, pero no quedó otra. Se movilizó a ejército y policía. Un reducido grupo trataba de averiguar algo. El resto se convirtió en pregoneros que llevarían a voz en grito, los megáfonos tampoco iban, las resoluciones del Gabinete plaza a plaza, en cada ciudad y pueblo.
 
Sandra se vio en la calle y sin saber qué hacer. ¿Había alguien que lo supiera? Con el paso de los días la cosa no fue a peor, pero ni mejoró ni tenía visos de hacerlo así que ¿quién necesita una directiva publicitaria si no hay publicidad que dirigir? Esto no tenía sentido. Se metió en internet para buscárselo pero todo era más confuso. Los foros eran discusiones de porteras, nadie parecía tener idea cierta de nada. Sandra pensó que tal vez sería mejor así, que debería centrarse en buscar una nueva salida profesional. Pero descubrió que su tejido social en la red estaba ceñido a la publicidad y el márquetin. Estaban igual o peor que ella. Tocaba hacer nuevos contactos. Pero nada, cada vez que intentaba venderse, sus dedos tecleaban galimatías, por bien que se fijara en las letras. Así, la llamaban troll y otras cosas que no entendía. 
 
Una cosa estaba clara y es que la red se había rebelado contra aquellos que querían hacer de ella un instrumento de información parcial. Candela sabía que detrás de aquello debía de haber alguien. Probablemente un grupo, aunque la idea de que se tratase de un solitario no le dejaba de descuadrar. Pero sea como fuere había un genio detrás de todo esto. Un genio invisible que había realizado la mayor proeza en análisis semántico de todos los tiempos. Porque sus bots le decían de que la información estaba en los servidores, pero que llegado el momento de ser mostrada, desaparecía. Y no, no se habían infectado todos los navegadores del universo. Al menos los suyos estaban limpios. Lo sabía: Candela había revisado el código que ella había escrito personalmente línea a línea. Un genio, el que hubiera hecho esto era un genio. Y ella llamaría su atención como fuera.
 
Nuri no dejó de tomar notas. Llevaba días sin dormir bien, sin ducharse y comiendo cualquier cosa. Esto era muy gordo y había que dejarlo por escrito. Se le ocurrió que otros periodistas estarían haciendo lo mismo, pero aún así, siguió montando su versión de los hechos. Llamaba a su novio que seguía sin coger el teléfono, y luego se dejaba el saldo en llamar a compañeros para ver si alguno podía decirle algo. Nadie sabía nada. Nuri se pateó la ciudad prestando atención a los comentarios de la gente que se encontraba mientras iba a oficinas de publicidad, medios de comunicación o instituciones. Escuchó lo mismo que en bares, autobuses y taxis. Lo mismo que su compañera de piso le contaba que se cocía en la web. Lo mismo que podía ver en los grandes cartelones publicitarios del centro: manchas de color sin un significado, que no decían nada.
 
Jacinto se marchó por fin, aquella primera mañana, a su casa. Su mujer le esperaba con la cena fría en la cocina, mientras se preparaba un segundo desayuno para acompañarlo. Ella le preguntó que qué había pasado, a lo que él contestó que si no se había dado cuenta. Pero no, su mujer gustaba del silencio cuando estaba a solas. No necesitaba ahuyentar ningún fantasma con la radio y la televisión le parecía una distracción para hacer cualquier tarea decente, por lo que no solía ponerla hasta que Jacinto se despertaba a media tarde, y por él, claro. Jacinto no volvió al trabajo al día siguiente, sólo llamó. Todo igual. No se volvió a preocupar en preguntar. Cuando las máquinas funcionaran ya le avisarían. Además, se había ganado esta especie de vacaciones. Tras despertarse al lado de su mujer durante una semana decidió que no volvería a dejar de hacerlo. 

Despertó con el ímpetu de la revelación. Esa cabezada sin sueños bien podría haber durado unos minutos, bien días. Todo seguía igual: la tele emitiendo su ruido blanco, la luz apagada, la noche tras la ventana. Pero todo había cambiado. Alfonso lo tenía claro. Corrió al ordenador y apenas se permitió pasar por el baño mientras el chisme se encendía. A la vuelta no lo dudó: desconectó el router, no podía permitirse ninguna distracción. Un par de minutos y ya estaba tecleando como un loco. No ya las frases, los párrafos brotaban solos. La historia que siempre anduvo buscando lo encontró al abrir los ojos. Alfonso estaba entusiasmado. Pasó así varios días, acumulando texto en un ensayo con forma de novela distópica. El argumento era sencillo, pero engancharía a millones de lectores, pensaba. Lo que no sabía es que lo que estaba escribiendo, en realidad, sucedía literalmente en la calle.

TenienteTulip
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  • 14 de Julio de 2011 a las 22:08
HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO

Se abre el plazo para votaciones, plazo que quedará finiquitado el próximo domingo, 17 de Julio, a las 22:00 horas (de mi reloj).

MIL GRACIAS A TODOS LOS QUE HABÉIS PARTICIPADO

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