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romi
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EL JOVEN DEL CABALLO NEGRO // I- Las monedas de oro

19 de Julio de 2011 a las 22:21

Bubok

El joven del caballo negro                                                    Casi todas las personas,

lo que más buscamos, ansiamos y necesitamos

a lo largo de nuestra vida, es amistad, amor y respeto.

            I- Las monedas de oro

            En las noches de luna clara, con frecuencia algunas personas lo veían. Desde las orillas del río Darro, laderas del Albaicín y partes altas, donde hoy se alza el Mirador de San Nicolás. Y cuando, en estas noches de clara luna, por muchos rincones de la Alhambra lo veían, unos a otros se preguntaban:

- ¿Quién será y qué tesoro por ahí esconderá?

- Quizás no guarde o vigile un gran tesoro pero algún interés muy especial seguro que por ahí tienes escondido.

- ¿Y por qué lo vemos siempre solo, montado en su caballo negro y como si fuera al encuentro de algo muy amado?

- Tampoco lo sabemos pero sí es cierto que su caballo es tan hermoso, que a la luz de la luna, fíjate cómo brillan sus pelos.

- ¿Será algún príncipe que, en algún momento, de la Alhambra fue desterrado?

- Puede serlo y también puede ser algún príncipe enamorado que vuelve por aquí de vez en cuando en busca de la princesa por los recintos de esos palacios.

- Quizás pudiera ser esto. Pero para saberlo y tener conocimiento de todos estos  secretos, no nos queda otro remedio que organizarnos y, una noche de luna clara, agazaparnos por esos rincones de la Alhambra y, en cuanto lo veamos, le preguntamos.

            Estas y otras cosas parecidas era lo que, algunas de las personas que observaban desde las laderas y partes altas del Albaicín, entre sí comentaban. Sobre todo en las noches de luna llena, en primavera y en verano. Y lo que ellos veían y cada vez más les intrigaba, era la figura de un hermoso caballo negro que, montado y guiado por un desconocido, aparecía de repente y se paseaba por muchos rincones de la Alhambra. A veces por donde las murallas y los caminillos que se adentraban en el bosque, otras veces, por los paseos de los jardines y junto a las albercas de aguas claras y, en otras ocasiones, por los senderos que se alejaban, desde la colina de la Alhambra, hacia las montañas. Siempre su caballo era negro y, a la luz de la luna, hasta desprendía destellos desde sus crines y su grupa. Y lo que también sucedía con la misteriosa figura del hombre del caballo negro, era que no todo el mundo lo veía. Sólo algunas personas y a unas horas muy concretas de las claras noches de luna.

            Tiempos atrás, según cuenta la leyenda, en la Alhambra las cosas fueron así: en uno de los recintos que se recogía dentro de las murallas, vivía un numeroso grupo de personas. No era en los palacios hoy conocidos con el nombre de nazaríes ni tampoco las personas eran reyes ni príncipes. Sí estos aposentos eran tan lujosos como los palacios de los reyes y, las personas que formaban de este grupo, también eran muy ricas. Casi todos tenían grandes posesiones, títulos de nobleza y desempeñaban cargos importantes dentro de los recintos de la Alhambra. Por eso, entre sí y en los círculos de los reyes y príncipes, eran respetados y considerados. Tenían sus leyes propias y, con frecuencia, se reunían para tratar de temas que les  concernían a ellos y a sus formas de vida y comportamientos. Y, entre estas personas, había un joven que, aunque compartía casi todo con el grupo general, en el fondo, vivía sus ideas propias. Se adaptaba, siempre que podía, al modo de vida de todos los que le rodeaba pero de una forma muy concreta. Cuando consideraba que nadie lo veía o a escondida, trataba con los más pobres, de una forma muy especial. 

            Sin embargo, algunos de los del grupo, con frecuencia le decían:

- No sé de dónde te viene a ti esta inclinación por los pobres.

- ¿Por qué me dices eso?

- No hay nada más que verte: en cuanto puedes te vas con ellos, les hablas y dejas que te cuenten sus problemas y hasta les repartes tu comida y ropa. ¿Por qué haces esto si tú no eres pobre ni tienes nada que ver con ellos?

Y el joven reflexionaba durante unos minutos y luego argumentaba:

- Los pobres también son personas y como los respeto, ellos se sienten amigos míos y me quieren. En el fondo ¿no es cariño y amistad lo que la mayoría de las personas buscamos y necesitamos a lo largo de la nuestra vida?

- Pero nosotros somos de una casta superior. Ellos no tienen cultura y para lo único que sirven en esta vida es para estar siempre a nuestras órdenes. No sabrían vivir sin tener un dueño que les órdenes, les obligue y los someta. Porque ni son inteligentes ni saben filosofía ni conocen modales.

- Pero te repito: son personas con sentimientos y tienen buen corazón y saben amar y respetar. Muy pocos de ellos tienen ansias de riquezas como sí nosotros.

- En fin, allá tú con tu forma de pensar, proceder y comportamientos pero un día…

            Y un día, cuando la primavera estaba llegando a su final, este gran grupo de personas nobles, convocó una reunión. Una joven, muy amiga del hombre amante de los pobres, dijo a éste:

- No dejes de asistir a esta reunión porque voy a proponer para ti algo muy interesante.

- ¿Qué vas a proponer?

- Me ha costado mucho conseguirlo pero, al final, lo he logrado. Y ahora no te  digo nada más, asiste a la reunión y ya lo descubrirás.

Intrigado se quedó el joven pero, como era de corazón bueno, agradeció a la muchacha lo que le anunciaba. Esperó ilusionado el momento de la reunión general y, cuando ya estaban todos en la gran asamblea, la muchacha miró al joven. Con sus ojos le pidió que tuviera paciencia. Y no tuvo que esperar mucho porque, en la primera parte de la reunión, fue ella la que habló aclarando:

- Ha llegado el momento de materializar lo que ya he hablado con cada uno de vosotros en particular.

Todos los reunidos miraban a la joven y esperaban que procediera a realizar lo que  había anunciado.

            Ésta habló de nuevo y dijo:

- Lo acordado es concederle un premio en metálico a este compañero nuestro.

Señalando al joven que tenía su derecha y éste, algo desorientado, miró en todas las direcciones. La joven siguió hablando y dijo:

- Y le concedemos este premio en metálico por su loable comportamiento entre nosotros. Porque todos sabemos que continuamente está haciendo favores, aconsejando a muchos y acompañándolos en sus problemas. Así que, el premio que le damos ahora, lo tiene más que merecido. ¿Alguien tiene alguna pregunta o desea exponer algo?

Hubo un momento de silencio y a continuación, uno de la asamblea levantó la mano y dijo:

- Yo sí que estoy de acuerdo pero con una condición.

- Puedes hablar y dar tu opinión.

- Lo que pienso no es gran cosa pero creo que tiene mucho sentido. Acepto que hoy se le dé un premio a nuestro compañero pero, a cambio, pido que él deje de ser amigo de los pobres que por aquí nos rodean.

De nuevo se produjo un gran silencio y, como pasado un buen rato nadie más pidió la palabra ni dio su opinión, la joven de nuevo dijo:

- Que se levante este compañero y que se acerque para que podamos entregarle lo que ya hemos dicho.

            El joven se levantó, caminó despacio y se acercó a donde estaba la muchacha. Se paró junto a ella y ésta, enseguida cogió de manos de otro compañero, una gran bolsa de cuero, la alzó un poco mostrándola al tiempo que se la entregaba al joven pronunciando estas palabras:

- Este es el premio que entre todos los aquí presentes hemos reunido para ti.

Cogió el joven la bolsa en sus manos, pronunció unas palabras de agradecimiento, saludó y agradeció a la joven lo que estaba llevando a cabo y, sólo unos minutos después, la reunión se terminaba. Poco a poco todos fueron saliendo de la sala y mientras se dispersaban, entre ellos comentaban. La joven se quedó junto al amigo premiado y cuando vio que éste habría la bolsa, le dijo:

- Es una gran suma de dinero.

- ¿Y por qué tanto?

- Todos tenemos un gran deseo de ofrecerte la mejor y más práctico.

- De nuevo os lo agradezco.

Y mientras caminaban, el joven iba contando las monedas de oro que ahora tenía en sus manos. De nuevo preguntó la muchacha:

- ¿Y qué harás con todo esto?

- Ya lo estoy pensando pero tendré que meditarlo algo más despacio.

- Esta gran riqueza ahora es tuya y por eso, hagas lo que hagas, eres libre y estás en tu derecho.

Y parándose el joven, miró de frente a la muchacha y le preguntó:

- ¿Pero por qué me concedéis este premio tan grande?

- Ya te lo hemos dicho: por tu buen comportamiento.

- ¿Y no hay ninguna otra motivación oculta?

- Seguro que no.

Nada más dijo el joven. Siguieron caminando mientras continuaba contando sus monedas de oro.

            Y aquella noche, cuando ya estuvo en su cama, el joven reflexionó y para sí se dijo: “Ya sé lo que haré con todas estas monedas de oro. Me las han regalado seguro que con muy buenas intenciones pero yo no la necesito. Tengo que emplearlas en lo más honesto y bueno”. Y en cuanto amaneció al día siguiente salió de su casa, se fue por donde sus amigos pobres y uno a uno les fue diciendo:

- Esta tarde misma quiero reunirme con todos vosotros.

- ¿Y para que eso?

- Os lo diré cuando ya estemos todos juntos.

- De acuerdo pero ¿dónde quedamos?

- En la ladera del barranco de las higueras y en el mismo sitio que otras veces.

            Otras veces, en muchas ocasiones y a lo largo de bastante tiempo, este joven se reunía con sus amigos los pobres, sólo para estar con ellos, preguntarles cosas y darles la oportunidad de que hablaran y desahogaran sus penas  y preocupaciones. Y ellos, agradeciendo al joven estas reuniones, le decían:

- Al menos, alguien en esta vida nos escucha y, aunque no pueda ayudarnos con riquezas ni alimentos, tener la suerte de contar a alguien nuestras desgracias, ya es algo bueno.

Y él les razonaba:

- Eso ya os lo he dicho muchas veces: cosas materiales no puedo daros porque también yo poseo poco, mas, mi compañía y respeto, siempre lo tendréis.

Y algunas veces, algunos se animaban y preguntaban:

- Y sí acudiéramos a los reyes de la Alhambra ¿nos darían casas, vestidos y alimentos?

A lo que de joven siempre respondía:

- A los reyes y en general, a todos aquellos que la sociedad distingue como “grandes”, es preferible no molestarlos mucho. Ellos quieren vivir lo más protegidos posible de los problemas de los demás y por eso, cuando algo o alguien les molesta, buscan la manera de quitarlo de en medio.

Los amigos del hombre pobre, agradecían estos consejos y se conformaban un poco más con su suerte.

            Al caer la tarde de aquel día de primavera, el joven fue el primero en llegar al lugar del encuentro con los pobres. Ellos fueron llegando poco a poco y él esperó a que estuvieran todos. Los fue saludando según aparecían y, en cuanto estuvieron todos, se sentaron en el suelo, en forma de un gran círculo, se puso en el centro el joven y les dijo:

- Nunca fui rico pero ahora lo soy un poco.

Y enseguida le preguntaron:

- ¿Y eso?

Y con detalle, les explicó lo del premio y a continuación les dijo:

- Pero como la fortuna que en estos momentos tengo no es tan grande como para sacarnos a todos de pobres, se me ha ocurrido algo interesante.

- ¿Y qué es?

- Voy a repartir entre vosotros todas mis monedas de oro aunque con una condición.

- Tú pon la condición que quieras que todos estaremos de acuerdo. ¿Qué es lo que se te ha ocurrido?

- Tres o cuatro monedas de oro para cada, poco va a resolver vuestra pobreza. Por eso,  sería bonito organizar todos juntos una comida. Nos servirá para compartir un poco más nuestras cosas, al tiempo que disfrutamos y degustamos buenos alimentos. ¿Qué os parece?

- Que es una idea fantástica. Nunca en nuestra vida hemos tenido la oportunidad de vivir una cosa como ésta. Y si además, luego nos vamos cada uno con un par de monedas de oro en el bolsillo ¿Qué más podemos pedirle a usted y al cielo?

- Pues no se hable más y a partir de ahora mismo, vamos a organizarnos para preparar esta gran comida entre amigos.

- Eso, amigos todos entre sí y no como tantos otros que conocemos. Pobres, sin casa ni ropa ni techo pero respetuosos unos con los otros, gracias a este joven de corazón buen.

            Un rato más duró la reunión y en ella se habló de otras muchas cosas. Algunos, contaron los últimos acontecimientos de sus vidas y otros, narraron sus penas y sus sueños. Dejó el joven que hablara cada uno lo que le apeteciera porque entendía que esto era una forma de estar juntos, gozar de la amistad de unos para con los otros y, al mismo tiempo, llenar el momento y pequeño trozo de sus vidas, con las experiencias y pensamientos de los conocidos. Luego, cuando ya la reunión llegó a su final, sacó él la gran bolsa de cuero llena de monedas de oro y dijo:

- A cada uno voy a entregar unas pocas de estas monedas. Porque cada uno se va a encargar y responsabilizar de comprar aquellos alimentos que le apetezca. Y, dentro de tres días, como es fiesta, a primera hora de la mañana, todos nos volveremos a juntar en este mismo sitio. Cada uno de nosotros traeremos las cosas que hayamos comprado, las pondremos aquí en común, prepararemos mesas y asientos y daremos comienzo a la celebración de la comida que ya hemos dicho.

Y al terminar el joven de exponer su plan, casi todos a una dijeron:

- Es fantástica la idea que se te ha ocurrido.

Otros comentaron:

- También podremos buscar ramas secas de estos monte cercanos a la Alhambra, hacemos fuego y, en las brasas, asamos cosas.

- Eso también es una muy buena idea. Que cada uno exponga y aporte aquellas ideas y proyectos que se le ocurra.

- Todo esto nos parece tan original que seguro va a ser una experiencia única en nuestras vidas.

- Pues pongámonos mano a la obra.

            Y el joven, abriendo la gran bolsa de cuero, comenzó a repartir las monedas de oro entre sus amigos lo pobres. A unos les daba tres, a otro dos y a los que sabía de sus cualidades y entusiasmo para hacer el bien entre los compañeros, les dio más monedas. Todos las fueron cogiendo entusiasmados y al tener las monedas en sus manos, las miraban, las tocaban, las mordían con sus dientes y luego decían:

- Nunca hemos tenido tanto oro en propiedad. Y es cierto, reluce como el fuego y tienen un color tan bonito que parece caramelo.

- Caramelo del bueno y también se parece a las puestas de sol que desde esta colina cada día vemos.

Y otros, entre sí y con las relucientes monedas entre sus manos, cuchicheaban diciendo:

- Somos tan ricos como los mismos reyes de la Alhambra y por eso ahora no tenemos envidia ninguna de ellos.

- Y menos envidia de ellos vamos a tener cuando dentro de unos días estemos todos por aquí celebrando la gran comida.

Y otros volvían a preguntar al joven:

- ¿Y podemos comprar lo que queramos?

- Lo que queráis y todo aquello que os  apetezca para que la comida resulte rica, variada y abundante.

Y al pronunciar estas palabras, algunos murmuraron cosas entre sí, muy bajo.

            La noticia del reparto de monedas y organización de la gran comida, se supo enseguida por todos los recintos de la Alhambra, alrededor y fuera de las murallas. Y muchos, al saber lo de la monedas de oro regaladas al joven como premio a su honestidad, fuera de la Alhambra y barrio del Albaicín, comentaban:

- Desde luego, a esto se le llama tener suerte y no yo, que me paso la vida trabajando del sol el sol y escasamente tengo para comer.

- Pero también hay que ser poco inteligente para repartir tanto oro entre los pobres.

- A los que he preguntado, comentan que el joven dice: “Repartiendo mi oro con los pobres, estoy juntando un gran tesoro en el cielo, donde no lo corroe la polilla ni lo roban los ladrones”.

- Eso son fantasías sin sentido. Mejor disfrutar todo lo que se pueda en esta vida y, en la otra si es que existe, ya veremos.

- Pero ya se sabe: cada uno tenemos nuestras cosas e ideas propias y eso, lo mejor siempre, es respetarlo.

            Dentro de los recintos de la Alhambra y en especial, en el círculo de nobles compañeros del joven, también se comentaba la noticia. Y lo que con más interés todos comentaban, era lo que el joven había hecho con sus monedas de oro. Decían:

- Lo de la comida con los pobres no me parece una buena idea.

- Desde luego que no lo es y por eso, hasta nuestros amigos los reyes, están alertados. Tanto que ya han dado órdenes para que se vigile la concentración que va tener con los pobres el día de esa comida.

- Yo creo que hacen bien porque, con reuniones como ésta o parecidas, es como empiezan las revoluciones y caen los reinos y los gobiernos. No hay que fiarse nunca mucho de las buenas intenciones de la gente buena y, menos, de los más pobres.

- ¿Pero a quien se le ocurre poner en manos de un joven como éste, tantas monedas de oro?

- Todo ha sido obra de su amiga, esa muchacha tan guapa que siempre lo está defendiendo.

- Pues yo creo que con ella también debemos tener cuidado. ¿Con que intenciones lo favorece tanto?           

            Este relato tiene una segunda parte que pondré pronto aquí y que se titula:

II- El caballo negro

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

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