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concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009

I EDICIÓN DEL CERTAMEN QUINCENAL DE RELATOS BUBOK .- TEMA "EL BOSQUE"

5 de Septiembre de 2011 a las 15:36
Bueno, pues ya hemos abierto el tema. Es lunes, lo habitual era que esto empezara un domingo por la noche, por lo tanto aprovecharemos la circunstancia aunque hayamos perdido unas horas. El plazo para presentar relatos comienza a las 15:30 horas del día de hoy y finaliza a las 22:00 horas del día 15 de septiembre. En ese instante se iniciará el plazo de votaciones, abiertas, como marcan las normas originales. Dicho plazo finalizará el domingo día 18 de septiembre a las 22:00 horas, momento en que Piqueras, como primer Mdc de la nueva etapa del concurso quincenal dará a conocer al ganador de la edición.
PD. Soy PedroCebrián. Me he tomado la libertad de aligear a Piqueras de trabajo. Un saludo y estáis todos invitados. Aquel que pretenda participar deberá leer las normas y si aún así tiene alguna duda sobre la posibilidad de hacerlo o no, dirija un amable privado al Maestro de Ceremonias el cual le aclarará cuantas dudas surgan durante el proceso.
Por el bien de esta intentona pongamos todos de nuestra parte, tanto los que están, como los que se fueron, si es que quieren participar, como los nuevos que se incorporen.

AQUÍ SÓLO RELATOS, POR FAVOR, ABRIRÉ EL HILO CORRESPONDIENTE PARA LOS COMENTARIOS.
concursoderelatos
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  • 6 de Septiembre de 2011 a las 12:01


concursoderelatos
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  • 6 de Septiembre de 2011 a las 12:55

El Bosque prohibido

Amanda miró hacía atrás mientras seguía corriendo, notando cómo el miedo circulaba por
sus venas y se alimentaba de su propia sangre: estaba asustada, muy asustada. Sus
intranquilos ojos trataron de distinguir a su perseguidor, pero el manto de oscuridad
que cubría esa noche el bosque era tan denso que sólo lograba romperlo, traspasando las
frondosas copas de los árboles, los ocasionales destellos de la luna que se estrellaban
contra el fértil suelo.
— ¡Me excitas!— sólo fue un susurro, una fresca brisa lamiendo su cuello—. Cuanto más huyes,
más aumenta mi deseo…—esta vez la voz provenía de un cercano árbol.
Las lágrimas de autentico miedo comenzaron a bajar por las temblorosas mejillas de
Amanda mientras intentaba escapar de… ¿de qué huía? porque, aunque no sabía qué era
lo que la perseguía, si sabía que no se trataba de ninguna persona…
— ¡No creo que pueda resistir mucho más!—era la misma voz masculina susurrando a su
alrededor—. Tengo ganas de poseerte…—y Amanda gritó cuando le pareció sentir, acariciando
su cuello, el frío tacto de la muerte…
— ¡Vete, déjame sola!—gritó ella a la noche, porque todo a su alrededor estaba en el
más completo de los silencios… Nada conseguía romper esa quietud, sólo sus rápidos y
desesperados pasos tratando de alcanzar el fin de ese bosque…
—Tú has venido a mí…
— ¡Vete!
—Tú me has buscado…
— ¡Eso no es verdad!—gritó ella desesperadamente—. Yo no te he buscado…
—Has entrado en mi territorio, sin miedo…—y otra vez una fina brisa besó su cuello.
— ¡Yo no sabía que este bosque te pertenecía!
— ¡Mientes!— bramó la voz delante de ella, consiguiendo que unos cuantos pájaros huyeran
asustados de sus nidos.
Más lágrimas comenzaron a inundar los ojos de Amanda mientras seguía corriendo, tratando
de sortear las grandes raíces que sobresalían de la húmeda tierra, hasta que una oscura
mancha apareció a su derecha… ella tropezó y cayó al suelo.
—Huelo tu miedo… y me gusta cómo huele—era la misma voz masculina, rodeándola…
Amanda se arrastró por el suelo hasta que su espalda chocó contra el retorcido tronco
de un viejo árbol; poco a poco fue levantándose…
— ¿Qué quieres de mí?—preguntó ella en un momento de valentía mientras intentaba, sin
éxito, de contener su miedo.
— ¿Qué quiero?—susurró esa voz en su cuello—. Dime tú primero, ¿Por qué has entrado en
mi territorio?
—Ya te lo he dicho antes, no sabía que no podía entrar en este bosque…
— ¿No lo sabías o querías verme, encontrarme?
—No, te aseguro que no…
—No mientas mujer…—dijo la misma voz masculina.
—Sólo quiero irme a casa—repuso llorando Amanda.
—Puedo oír cómo tu corazón bombea sin parar, oír tu entrecortada respiración… pero tú,
¿puedes escuchar cómo corre la sangre por mis venas?—y de entre la penumbra que la rodeada,
de unos cercanos árboles, comenzó a perfilarse la figura de un hombre, de un vampiro
sumamente atractivo y tan pálido como la luna.
Poco a poco, él fue acercándose a ella.
—Quiero irme a casa…—imploró Amanda sin poder reprimir las lágrimas que se le aglomeraban
en los ojos.
—Y yo quiero probar tu sangre, poseerte para toda la eternidad—susurró él mientras le
cogía fuertemente una muñeca.
—Déjame ir…
—He matado a tus tres acompañantes; reconozco que me he divertido… mucho—susurró mientras
sus fríos dedos se paseaban por el cuello de ella, acariciándolo con anhelo.
—Ellos no querían hacerte ningún mal…
Él la miró un segundo antes de reírse y decir:
—Sí querían, al igual que tú. Y si pudieras, me matarías ahora mismo.
—Déjame ir…
— ¿Eras mi presa, verdad? Por eso te trajeron con ellos—y dejó que su aliento besara la
piel del cuello de Amanda mientras sus labios la rozaban, buscando…
—Tienes razón, tienes razón…—comenzó a decir ella, asustada—. Ellos me trajeron para
distraerte…
— ¡Mentira!—bramó él dejando que sus dientes rasgaran la suave piel del cuello de ella y
que la sangre, naciera—. Te trajeron porque pensaban que estabas enferma y que si ellos
fallaban, tu sangre me mataría… Y aún así, decidiste entrar en mis dominios y buscarme…
ayudarles a cazarme…
Sus miradas se encontraron, en los ojos de ella reinaba el miedo, en los de él, la pasión…
—Te doy miedo, noto cómo tu corazón grita desesperado…—siguió diciendo él.
—Es verdad…— sollozó Amanda.
—Ellos te condenaron, no yo…—dijo él lamiendo una gota de su sangre—. Tú sangre no va a
matarme…— susurró mientras volvía a lamer, con verdadera pasión, unas cuantas gotas
más—, porque no estás enferma, pero recuerda que eres mi presa…— y sus ojos la miraron
durante un segundo—, así te has presentado ante mí…
Amanda suspiró y cuando él se apartó de ella, sus piernas no pudieron sostenerla por
más tiempo: cayó de rodillas al suelo… Alzó la cabeza y miró a su alrededor: estaba sola,
él se había ido. Poco a poco y aún temblando, se levantó y comenzó a correr otra vez por
el bosque, huyendo de quien ya no la perseguía…

concursoderelatos
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  • 6 de Septiembre de 2011 a las 23:05
…. O CUANDO EL ÁRBOL NO DEJA VER EL BOSQUE



Kilingar, el hada de las amapolas, surgió en medio de un torbellino iridiscente…

Pero antes de empezar con esta historia, conviene hacer mención de los hechos inusuales que aquel mes sucedieron en El Bosque.
Corría el Mes del Avellano, que convierte a sus neonatos en seres intuitivos y preclaros, cuando el pequeño Groom vino al mundo debajo del sombrero de una enorme y pintiparada seta. Algo común a los gnomos que, como otros muchos clanes, son seres idílicos del bosque. Quiere decir esto que tan sólo habitan en la mente de los humanos, y por lo tanto tan sólo pueden ser vistos a través de los ojos de la imaginación.

Groom creció rápido, algo que sólo ocurre entre los gnomos cuando están predestinados a grandes hechos. Con tan sólo ciento cincuenta años, Groom se convirtió en el Maestro de las Costumbres, y por lo tanto, en el gnomo encargado de dirimir en las disputas que a menudo se producían entre los seres Idílicos y los Naturales, cuya relación tantas veces se ve empañada por el egocentrismo de unos y la estupidez de los otros.

—Es una afrenta intolerable. —Koldor, uno de los espíritus del bosque, dio un salto y se impulsó hacia el herbazal cercano. La tierra, húmeda y fangosa, había amanecido sembrada de agujeros de mayor o menor tamaño, prueba evidente de la actividad nocturna de los topos.
El espíritu del bosque comprobó que los agujeros se extendían hasta el límite del territorio del Viejo Nogal, formando una sucesión de círculos concéntricos que se interrumpía de forma brusca al llegar al vallado azul que marcaba la propiedad de Hull Nariz Rota. —Esto no le va a gustar nada a Groom… —Afirmó de forma grandilocuente.

Como habíamos dicho al inicio de esta historia, Kilingar, el hada de las amapolas, surgió en medio de un torbellino iridiscente, espolvoreando a su alrededor una miríada de luminarias.
—Feo asunto, feo asunto… —Canturreaba el hada de las amapolas, mientras revoloteaba alrededor del enfurruñado espíritu del bosque.

La casa del viejo Hull Nariz Rota se levantaba junto al discurrir viscoso del Río de las Nueces, que se llamaba así debido a la gran cantidad de nueces que, con la llegada del otoño se desprendían de las ramas de los nogales cayendo a sus aguas para, merced a la corriente, acabar amontonándose en la represa de Marius Castor. Aquel era el principal recurso alimenticio del clan de los Castores y, por lo tanto, ampliamente respetado entre todos los Naturales del bosque. Por lo tanto era una de las Leyes del Bosque promulgadas por el Consejo de los Idílicos.

—Ya sé que es una de las Leyes Fundamentales. No soy tonto, pequeño Koldor. —Hull Nariz Rota era un viejo gnomo retirado. Durante generaciones gozó de la máxima consideración dentro del Consejo de los Idílicos. Pero una serie de dimes y diretes a cuenta de alguna controvertida decisión que otra, terminó con la decisión de dimitir del viejo Nariz Rota. Desde entonces habitaba un tanto separado de los aconteceres diarios del bosque, más por miedo al juicio público que por la propia búsqueda de la soledad.

—Pero, viejo Nariz Rota. Tu fama de honesto te precede. Groom, el Maestro de las Costumbres es un juez joven y un tanto déspota. Desde que abandonaste tus funciones, las Leyes Fundamentales son contravenidas continuamente… Hoy, sin ir más lejos, he observado con mis propios ojos como esos apestosos topos, que apenas sacan la nariz de sus hediondos agujeros, se han dedicado a excavar sus galerías en el Llano de las Nueces; sin lugar a dudas con la intención de recolectar nueces. Cosa que está completamente prohibida ya que entra en conflicto con los intereses del clan de Marius el Castor. ¿Qué harían esas desgracias criaturas si el río no portase las nueces que necesitan para sobrevivir? Yo te lo diré, acabarían desbrozando la maleza que limita con el bosque y, es más, acabarían con todos los árboles. Tienes que denunciar esto ante Groom… Y tienes que ayudarle a tomar la decisión adecuada.
Nariz Rota se rascó la barbilla; el mentón se movía de arriba abajo, mientras parecía apuntar hacia el horizonte que se adivinaba a través de los postigos de la ventana.

Groom, el Maestro de las Costumbres, se sentó en el tocón. El faldellín que le otorgaba la condición de juez se movió de lado a lado, provocando que todos siguieran el vaivén con una mirada perpleja.
—A ver. ¿Qué motivo tenéis los Naturales para convocar al Maestro de las Costumbres?
Koldor, el inquieto espíritu del bosque, alzó la mano, se levantó de un salto y caminó unos pasos para adelantarse al resto de la concurrida asamblea.
—Groom, Maestro de las Costumbres. Traemos ante ti una peliaguda cuestión que sin duda afecta a la misma supervivencia de este bosque, al que todos, tanto Naturales como Idílicos, consideramos nuestro hogar.
— ¿Y…? —Interrogó Groom, haciendo un peculiar gesto con la mano.
—Se trata de la disoluta actitud del Clan de los Topos, cuyo insaciable apetito les ha llevado a contravenir una de las Leyes Fundamentales… Han recolectado en el Llano de las Nueces… —Un murmullo de asombro siguió a la acusación de Koldor. —Como testigo presento al bueno de Hull Nariz Rota, antiguo miembro del Consejo de los Idílicos, cuya propiedad limita con el Llano de las Nueces a lo largo del vallado azul.
— ¡Eso es mentira! —Nadie hasta entonces se había percatado de la presencia de Ulrich el Topo, por lo cual la mayoría había optado por considerar las acusaciones de Koldor como ciertas. No obstante, a pesar de oír claramente su voz ronca y atorada, nadie podía decir, sin arriesgarse a mentir, que había visto a Ulrich el Topo aquella mañana en la asamblea. Al menos no hasta que asomó un palmo de húmeda nariz a través de un agujero recién excavado.
—Habla Ulrich. Di lo que tengas que decir en tu defensa. —Groom carraspeó intentando acallar el creciente murmullo.

—Ha sido un despiste de uno de los cachorros del año pasado. Se despistaron mientras jugaban a excavar. De alguna forma tienen que aprender los muchachos, si quieren llegar a ser topos de provecho para la comunidad. En ningún momento recolectaron frutos en el Llano de las Nueces. Cualquiera sabe los topos no comemos nueces…preferimos los gusanos y larvas que nos ofrece el subsuelo. Es una mentira muy gorda de un espíritu del bosque cotilla y envidioso. Los Idílicos deberían mostrar más respeto por los Naturales, y procurar velar por las Leyes Fundamentales no haciendo acusaciones infundadas. Además, para demostrar mi inocencia he convocado esta mañana al jefe del clan de los Castores, el respetado Marius. Él, sin duda, hará buenas mis palabras.
Koldor, el espíritu del bosque se encogió refunfuñando.
—Adelántate, Marius el Castor. ¿Qué tienes que decir al Consejo de los Idílicos?

—No quisiera yo que debido a mis palabras, la culpa recayera sobre el bueno de Ulrich. Más aún cuando no son ciertas las acusaciones tan graves que hoy le traen ante la asamblea. El clan de los Castores no tiene acusación alguna contra el clan de los Topos, y nuestra relación es fluida y fraternal, como no podía ser de otro modo entre los Naturales del bosque.

— ¿Qué tienes que decir a todo esto, viejo Hull Nariz Rota? —Preguntó Groom, el Maestro de las Costumbres. Durante muchos años ostentaste la alta función que hoy me toca a mí representar. ¿Cómo he de juzgar la ligereza del espíritu del bosque? ¿Cómo he de calificar la torpeza de los jóvenes cachorros del Clan de los Topos? ¿He de premiar la nobleza de corazón de Marius el Castor?

Hull Nariz Rota, que estaba sentado junto a Koldor, miró de reojo al defraudado espíritu del bosque. Después miró a su alrededor, para comprobar que la asamblea aguardaba expectante su dictamen.
—Bien, Groom, Maestro de las Costumbres. Sólo un consejo te daré, y espero que te ayude para dirimir esta y otras peliagudas cuestiones que sin duda surgirán a lo largo de tu carrera. “A veces el árbol te impide ver el bosque”. Y se levantó para alejarse de la asamblea con andar renqueante, igual que un sapo gordo de piernas arqueadas.

Moraleja y epitafio. La vida es un eterno juicio en el cual, ni juzgados ni juzgadores deberían sentirse acomplejados si al final son consecuentes con sus actos. Yo lo soy, y aquel que haya obrado con justicia y rectitud, también debería serlo.


concursoderelatos
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  • 7 de Septiembre de 2011 a las 17:07

Redención

Abelina abrió la puerta, su mirada se detuvo dudosa sobre el hombre que acababa de golpear la aldaba. Parecía, pero no estaba segura de que fuera.

—¿Crisóstomo?

Los ojos del hombre respondieron por él. Abelina notó un pellizco en sus entrañas. Deseaba verlo, que estuviera allí, mas el Crisóstomo que recordaba no se correspondía con la imagen de aquel extraño.

—Bendito sea Dios, que has venido —dijo franqueándole el paso y haciendo un amago de abrazo que Crisóstomo evitó con disimulo—. Mandé que te buscaran, pero los cazadores me dijeron que no fueron capaces de dar contigo, que nunca lo hacían, que cuando te veían era porque tú te acercabas a ellos.

—¿Cómo está madre?

—Muy mal, por eso mandé que te buscaran. Se muere.

Crisóstomo se adentró en la casa con la seguridad de quien conoce el terreno. Se acercó al fuego y frotó sus manos con fruición. Poco después se desprendió de su gabán y acercó una vieja silla para tomar asiento junto al hogar. Abelina lo miraba reconociendo cada uno de sus movimientos.

—Estás hecho un desastre —le señaló sentándose junto a él—, no entres así a ver a madre. Date un baño y quítate esa ropa, te buscaré algo para ponerte, todavía hay algún trapo tuyo en el armario de tu alcoba. ¿Cómo te has enterado de que madre estaba mala?

—Anoche me picó una graja en la oreja —explicó levantando su abundante cabellera para mostrar la prueba de su acto de comunicación.

—¡Dios Santo! Date un baño y deja que te cure eso.

Mientras Crisóstomo se adecentaba en el baño, Abelina buscó en el armario. Casi toda la ropa que le recordaba estaba allí. ¿Cómo se había vestido durante todos estos años? ¿Realmente había vivido como un animal como todos afirmaban? ¿Por qué se había ido? ¿Por qué nunca hasta ahora había regresado? ¿Había vuelto para quedarse?

Eligió una camisa, un pantalón y un jersey. En el cajón del comodín buscó ropa interior. Entreabrió la puerta del cuarto de baño y le arrojó las prendas para que pudiera salir vestido. También fue a buscar las zapatillas de andar por casa de su difunto Mateo, las conservaba porque le gustaba ponérselas cuando se sentía nostálgica. Ahora tendrían una función verdaderamente útil, se alegró de haberlas guardado. Las dejó junto al fuego para que se calentaran.

Crisóstomo salió envuelto en un olor que le resultaba extraño después de tanto tiempo. Abelina lo observó, hasta ese momento había guardado la esperanza de que el aspecto amargo de su hermano se debiera a la suciedad y lo precario de sus ropas. No era así, limpio y vestido con trapos decentes su vista seguía siendo funesta.

Le ofreció las zapatillas acercándoselas mientras se fue a buscar lo necesario para curar la oreja picoteada. También buscó unas tijeras para cortarle el pelo.

—Si madre te ve así, se muere antes de tiempo.

—Madre no llegará a la noche.

—Eso ha dicho el médico esta mañana. Igual no te conoce, no se lo tomes a mal.

—Me conocerá —afirmó sin dejar lugar a dudas—. Me enteré de lo de Mateo, lo sentí de verdad.

—Por San Pedro hizo ocho años, has tardado en darme el pésame. —Con decisión aplicó una gasa empapada en alcohol sobre la herida—. No te muevas, ya sé que escuece, pero es mejor pasar por esto a que te tengan que cortar la oreja. —Crisóstomo se dejó hacer —. Esperé que vinieras cuando pasó lo de Mateo, pero no apareciste. Si no me hubieran dicho que te habían visto… te habría dado por muerto, no podía creerme que me dejaras sola en un momento así. ¿No te picó la graja para avisarte entonces?

—No. Me trajo un gusano muerto en el pico. —Abelina agarró las tijeras y dio el primer corte en la descuidada melena.

—¿Y por qué no viniste?

—Madre me hubiera matado de haber aparecido.

—¿Qué dices?, ¿por qué iba a querer matarte? Me parece que tanto tiempo viviendo en el bosque como los lobos te ha vuelto chiflado.

Crisóstomo se giró para mostrarle una sonrisa cargada de cariño. Abelina torció el gesto con ironía y lo recolocó con contundencia para poder acabar con su trabajo de peluquería.

La habitación estaba en penumbra y un olor agrio se concentraba alrededor del cuerpo que respiraba con esfuerzo en la cama. Abelina subió un poco la persiana, lo suficiente para que la luz dejara reconocer los rostros de los que allí estaban.

—Madre —susurró acariciándole la cara—, madre. Mire quién ha venido, madre. —La cabeza canosa se movió para buscar con la mirada la dirección que le señalaba Abelina.

—Hola madre —agarrándole la mano—, he venido a despedirme.

—Sigues soñando, hijo del diablo, puedo verlo. Sigues soñando.

—Madre… —Crisóstomo se detuvo para secar una lágrima—. En cuanto usted se muera me volveré a marchar, se lo juro.

—¿Qué dices? —Abelina parecía enfadada—. No tienes que irte, has vuelto y tienes que quedarte. No pintas nada viviendo en el bosque como una alimaña. Dígaselo usted, madre.

—Una alimaña, una bestia… eso es lo que eres. El hijo del diablo. Ya te has despedido de mí, no te quedes más.

—¡Pero madre! —exclamó Abelina.

—Sal de aquí, hermana, por favor. Quiero hablar con madre a solas.

Abelina abandonó el dormitorio conteniendo las lágrimas. Nunca entendió nada. Nunca supo por qué su hermano se había ido, por qué cuando supieron por los cazadores que estaba viviendo en el bosque, su madre no fue a buscarlo ni permitió que lo hiciera ella.

—Madre, es verdad, sigo soñando. Pero no tema, me iré esta misma noche y nunca más volveré.

—Ella irá a buscarte. Lo hizo muchas veces a escondidas mías.

—Lo sé. Y nunca me encontró. Seguirá sin encontrarme, nadie puede encontrarme en el bosque, por eso me fui allí y no a otro lugar.

—Tienes que dejar de soñar, tienes que sacar el mal que llevas dentro.

—Lo intento madre, llevo más de treinta años intentándolo, pero no puedo. Los sueños vienen solos.

—Porque los alimentas con la imaginación despierta —le espetó con mirada furiosa y voz quebrada.

—Madre… —Crisóstomo rompió a llorar—. No puedo evitar sentir lo que siento, no puedo. ¿Por qué no basta con renunciar a lo que se desea? Lo he intentado y no puedo, madre, no puedo.

—Porque tienes el diablo dentro, lo veo en tus sueños. Si no puedes sacarlo tienes que marcharte y no volver. Estando cerca de ella la tentación vencerá. Y tu hermana es buena pero débil. Y te quiere, tampoco lo puede evitar. El diablo la poseería como te posee a ti.

Crisóstomo sintió cómo se marchaba el último aliento de la anciana, le dio el beso que no se atrevió a darle en vida y le cerró los ojos. Salió fuera y, ante la mirada interrogante de su hermana, comenzó de nuevo a llorar. Abelina entró de forma precipitada en la habitación, comprobó lo que ya sabía y salió para abrazar a su hermano y compartir sus lágrimas.

—Dime que no te vas a ir. Dime que no me vas a dejar sola.

Crisóstomo regresó a la realidad de la que había salido al sentir el cuerpo de Abelina entre sus brazos. Se separó de ella y no dejó de dar pasos hacia atrás hasta que su espalda topó con la pared.

—Abelina… madre tenía razón, no soy bueno, tengo el diablo dentro. Ella lo sabía, podía verlo.

—No sé lo que ella podía ver, pero eres mi hermano y sé que eres bueno, que siempre lo fuiste. No sé por qué te fuiste ni quiero saberlo, pero ahora has vuelto y no te puedes marchar. No puedes vivir en el bosque como los animales, mírate, estás viejo y ajado, si te pasa algo allá arriba… a mí no me viene a picar ninguna graja.

—El bosque es el único sitio en el que puedo vivir. Allí soy como todos, un animal que se guía por sus instintos sin preocuparse del bien o del mal.

—Tú no eres un animal.

—Sí, lo soy, pero allí no importa. Aquí sería una aberración humana. Tengo sueños, acuden a mí cada noche sin que pueda evitarlo. Madre lo sabía, podía ver mis sueños, por eso hizo que me marchara. Porque si me quedara intentaría hacerlos realidad.

—Todos tenemos sueños y no hay nada de malo en querer cumplirlos. Madre no tenía razón. —Crisóstomo se dio cuenta de que su hermana se había ido aproximando con cada palabra y que ahora lo tenía acorralado contra la pared. Muy cerca.

—Abelina… —Su mano acariciaba la cara de la mujer—. Será mejor que vayas a avisar al médico y al cura. Mañana hablaremos.

Abelina hizo caso a su hermano, cogió su abrigo y salió en busca del doctor y el sacerdote. Crisóstomo la contempló intentando retener en sus pupilas la última imagen que su hermana le brindaba.

—Mi pobre Abelina… ni siquiera sabes de qué estábamos hablando —dijo cuando estuvo seguro de que no podía oírlo.

Buscó sus viejas botas y su gabán. Entró en la habitación a dar otro beso a su madre, también le acarició el pelo con suavidad. Salió de la casa, ya había oscurecido. Una graja acudió a su encuentro para posarse sobre su hombro. Tomó aire como si nunca más fuera a volver a respirar y emprendió el camino dirigiéndose al bosque.

concursoderelatos
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  • 10 de Septiembre de 2011 a las 3:48

Supervivencia

—No volveré a pisar este maldito lugar, B75.

—No te entiendo, B92, es espectacular y además con esta gravedad tan liviana, disfrutamos de una libertad que en nuestro mundo ya la quisieran todos.

Mientras B75 recogía toda la instrumentación que habían teletransportado desde la nave nodriza, B92 miraba al horizonte. Una enorme arboleda se extendía ante su vista, recortada caprichosamente por un brazo de agua que aumentaba de grosor a medida que se acercaba al enorme depósito que ocupaba casi la totalidad del planeta. Desde la altitud a la que habían sido teletransportados, junto con sus equipos de medición, se dominaba una basta extensión de bosque de intenso verdor, así como aquel grandísimo almacén de agua donde desembocaba la serpiente líquida que decoraba el paisaje.

—¿Tú puedes entender mayor absurdo, B75? Un planeta cubierto casi en un sesenta por ciento de agua y esta esté absolutamente contaminada. Además, tanto espacio para solo unos cuantos animales pequeños que jamás podrán conocer todo su planeta.

—Aún es pronto para saber qué nos depara este lugar. Además, es por eso por lo que nos hemos detenido en él. Atmósfera válida para nosotros, alimentación posible, aunque esa extensión de agua no sea utilizable directamente. Sin riesgos de animales que pudieran poner en peligro nuestras vidas. B92, reconócelo, es el lugar ideal para implantar una base.

Cubiertos con sus trajes especiales de color dorado reflectante, los dos astronautas hablaban amigablemente, mientras frente a ellos, perfectamente ocultos y disimulados por las altas hierbas y matorrales del lugar, cuatro hipnotizados ojos les observaban, convertidos por el miedo en la más perfecta petrificación humana. Pero aquella escena tenía algún espectador más. Justo al lado contrario, a la espalda de los dos astronautas, otros dos ojos, negros, hipnóticos, fijos y en tensión, también contemplaban el movimiento despreocupado de B75 y B92.

—Bien, B92, llama al teletransportador para que suban todo el equipo. Aún tenemos que reconocer tres puntos más de posible implantación. Encripta las coordenadas. Ubicación: 1172,24Z, 67,45H, 144,00K —y volviéndose hacia su derecha, se quedó contemplando la vista.

Ese fue el momento elegido por el dueño de los negros ojos, un enorme jaguar, para lanzar su rápido y mortal ataque. Los cortos cinco metros que le separaban de los astronautas fueron recorridos en décimas de segundo y su salto sobre B75 fue definitivo.

Pero, justo en el momento en el que sus garras y colmillos apresaban su presa, esta, sin inmutarse, desapareció del lugar y, ante los asombrados e hipnotizados ojos que los observaban, apareció de nuevo justo al lado del cuerpo del jaguar que, elásticamente, caía sobre el terreno.

Sin poder dar crédito a sus ojos, los petrificados humanos creyeron ver como una casi invisible mano se movía, agarraba el cuello del felino y casi al instante este quedaba tumbado en el suelo, a los pies de B75, absolutamente inmóvil.

—Parece que hay algo más de esos pequeños animalitos que hemos encontrado —y agachándose, posó su mano sobre el jaguar y la deslizó sobre su piel. B92 se acercó lentamente, mirando a su alrededor.

—Tenemos que hacer un mayor reconocimiento de estos parajes, B75. No podemos volver a la base sin determinar absolutamente todos los seres vivos que hay por la zona.

Mientras observaban al animal, los dueños de los ojos que les observaban, comenzaron a retroceder lentamente, aún con más sigilo que el propio jaguar, hasta encontrarse a la distancia que ellos creyeron suficiente para no ser oídos. Se levantaron y a la mayor velocidad de sus piernas, corrieron hacia el cercano poblado.

Todo fue relatado con prisas y atropelladamente. Pero sobre todas sus palabras, sonaban fuertemente los seres del sol y el gran jaguar. Terminada la exposición de los hechos y ante el asombro general, el jefe del poblado tomó su cerbatana, su carcaj lleno de dardos y salió al trote en dirección a la cima del monte. No hubo órdenes, ni organización alguna por parte de ninguno de ellos, pero al poco en el poblado solo quedaban mujeres y niños. Los cerca de sesenta hombres guerreros, en perfecta fila india, trotaban hacia el lugar donde habían visto aquella aparición.

A mitad de camino, como un solo hombre, todos se detuvieron y quedaron paralizados en sus puestos. De nuevo, los dos extraños seres aparecieron de la nada ante sus ojos, pero esta vez, B75 y B92 sí les vieron a ellos y se quedaron mirándolos expectantes.

El jefe fue el primero en reaccionar y sin pensarlo, levantó su cerbatana y disparó sin pensarlo. Cuando el resto de los hombres fueron a soplar, no encontraron contra quienes hacerlo, pero cuatro de ellos sintieron como unas tenazas le agarraban del cuello y perdían el conocimiento. Segundos después, los sesenta hombres yacían dormidos sobre el verde suelo del bosque. La acción fue tan rápida que solo el jefe llegó a ver a sus compañeros tendidos en el suelo inconscientes. No intentó un solo movimiento al ver a los dos seres junto a él. Les miró a los ojos y sintió la sensación de que sonreían. Poco después oyó una voz interior.

-¿Dominas sobre todos ellos? —solo supo mover afirmativamente la cabeza, pero su gesto no fue entendido. Uno de los seres, alargó su mano y cogió del carcaj un dardo, lo colocó en su mano y de sus ojos salió un rayo de color azul intenso. Vio como se miraban entre ellos, pero nada oyó. De nuevo, sin apreciar como sucedía, la mano de uno de los seres cogió la suya y puso la punta del dardo sobre su muñeca. En ese momento el jefe miró a los ojos de B92 y sonrió. Aquel gesto asombró a los dos seres que se miraron entre ellos. Sin pinchar, B92 devolvió el dardo al carcaj, y sonrió al jefe. Pero este, sorprendentemente, cogió el dardo, lo introdujo en la cerbatana y a gran velocidad apuntó detrás de los seres vestidos con el traje de sol y sopló con fuerza. Aún no había llegado el dardo al blanco, cuando ambos seres ya habían desaparecido de la vista del jefe, mientras que un gran jaguar, con el dardo clavado en su pecho, seguía su salto hacia donde se encontraba el jefe. Justo cuando este supo que el veneno actuaría demasiado tarde, el salto del felino quedó repentinamente parado en el aire y cayó al suelo, a sus pies. Se revolvió rápidamente, pero aún fue más rápida la mano de B92 que, sin que la vista del jefe pudiera seguirla, agarró al felino por el cuello y este, fulminado, cayó al suelo dormido.

B92 miró lo miró de nuevo a los ojos.

—Nada temas, nada te haremos. Cuando hayamos desaparecido de tu vista, despierta a tus compañeros, volved a vuestras casas y llevaos este animal con vosotros; a partir de hoy os protegerá del ataque de otros como él —sin preocupación alguna, se volvió con movimientos normales y ambos, B75 y B92 se dirigieron hacia la colina.

Aún hoy en día, en la tribu de los trumai, junto al río Xingu, cuando oyen rugir a un jaguar, miran hacia una de las chozas del poblado donde aún guardan y veneran la piel de un jaguar que la leyenda dice que protegió al poblado de otros ataques y, luego, al bosque, donde los hombres vestidos de sol viven para cuidarlos.

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  • 10 de Septiembre de 2011 a las 22:31
REPOBLACIÓN FORESTAL
Soy sumisa y obediente. Que me mandan un cuentecito en el que el protagonista se defina por sus propias acciones, pues me estoy dos días hasta que salta la idea, otros dos para darle forma en mi cerebro y, por fin, otros dos para redactarla. Por ahí perdido en algún hilo andará mi texto. Allá ellos si lo suyo no era escribir sino enzarzarse en discusiones inútiles. Que si qué hacer en caso de empate: con lo fácil que es pasar a la prórroga y luego, el gol de oro o los penaltis. Que si semanita de reflexión, así, como unos ejercicios espirituales, que casi se alarga tanto como cuando la ministra del ejército dijo en febrero que lo de Libia eran dos semanas y ahí los tienes aún.
Voy a seguir siendo sumisa y obediente. Ahora han sacado como tema el bosque y para dar ideas te salen con ejemplos como Fangorn o El bosque animado. Lo de siempre, literaturita televisiva de anteayer. Mira si habrá textos y textos sobre bosques. Que si los de todos los cuentos con Hansel y Grettel, Caperucita y los siete enanitos, y todas las brujas, lobos y ogros posibles. Que si el bosque aquel catalán al que llegan de noche don Quijote y Sancho Panza: Sancho, sobre el burro, choca con algo en la oscuridad sin distinguir qué es, se apean para dormir y, a la mañana siguiente, se encuentran con que lo de la noche anterior era uno de tantos bandoleros colgados en racimo de los árboles. ¿Y Fangorn, el bosque cuyos árboles se mueven hacia el abismo de Helm? Bueno, cualquiera que sea un poco leidito sabrá que con el dominio que Tolkien tenía de la literatura inglesa se había inspirado en el pasaje de Shakespeare por el que las brujas profetizan que Macbeth sólo será vencido el día en que se mueva el bosque de Birnam.
Sí, bueno, soy una intelectual. ¿Y qué? También me sé el bosque de Brocelandia. A lo mejor nadie sabe donde está. Pero podrían, deberían saberlo. Deberían saberlo todos esos para los que sólo existe algo si sale en una película. Y a lo mejor sale en Excalibur, no me acuerdo, pero es el bosque por excelencia de las novelas artúricas y es allí donde Merlín acaba encarcelado por la Dama del Lago.
O el de La vorágine de José Eustasio Rivera. Un bosque tan tupido que aquellos que deben cruzarlo para escapar de la esclavitud han de encaramarse hasta la copa de los árboles para ver por dónde sale el sol y poder orientarse. Vale, sí, no es un bosque, es la selva amazónica. Ya sé lo seriamente que algunos se toman el tema y con el diccionario de la Academia en la mano son capaces de demostrarte que un bosque y una selva son algo completamente diferente. Y no les digas de la Selva Negra alemana, que tiene abetos y no lianas para que Tarzán salte de árbol a árbol. Ni se te ocurra mencionar que en latín al bosque se le llama silva, de donde viene selva; y por eso a los animales que corren por allí se les llama selváticos y, de ahí, salvajes. Pues eso, no sigo con la selva que me apedrearán por salirme del tema.
Que sí, que ya sé que aún no he entrado decididamente en el tema. Voy a intentarlo. Aunque mucho Fangorn y mucho bosque animado pero nadie ha dicho cómo quiere el bosque, si como escenario o como protagonista. La vez anterior, la del relatito con un protagonista definido por sus propias acciones, al menos dijeron que eso debía de ser una premisa y ahí tenías dónde agarrarte. Daba igual si lo de la premisa no tenía ningún sentido porque las premisas son conceptos de lógica aristotélica y tomista, eso de premisa mayor -Todos los hombres son mortales-, premisa menor -Sócrates es hombre- y conclusión: Por tanto, Sócrates es mortal. Daba igual que las premisas no tuvieran nada que ver con la literatura, pero por lo menos era una guía para el tema. Pero ahora ¿qué querrán?, ¿por dónde tirar?, ¿un bosque protagonista a lo Macbeth pero situado en Asturias y con los helechos aliándose con los castaños para expulsar a los jabalíes?, ¿un bosque escenario con un claro en medio en el que cinco druidas sodomizan a cinco brujas? Seguro que si distribuyo las cinco parejas sodomíticas en un pentáculo perfecto me llevo muchos puntos. Sobre todo de quienes no saben que un pentáculo es lo mismo que un pentágono con los vértices unidos de otro modo.
Venga, me voy a poner ya en serio. Aunque la única idea clara que tengo es que voy a escribir cualquier cosa excepto bobadas de tufo ecologista con ardillitas made in Walt Disney huyendo del bosque porque Repsol ha descubierto una bolsa petrolífera en su subsuelo y está perforándolo todo. Y si nadie ha dicho cómo quiere que aparezca el bosque en el relato, pues también podrá ser simbólico o metafórico. Si, además, está más que dicho que los bosques de los cuentos infantiles son símbolos del mundo y el lobo o las brujas anuncian al niño los peligros a los que se enfrentará de adulto. Por la misma razón, puedo hablar de un bosque metafórico, y qué mejor bosque que el mío. Y lo de mío entre muchos paréntesis, que también es de Carlos.

Todo empezó en el gimnasio, en clase de aerobic. Voy dos tardes por semana, nos dan un buen tute y, luego, nos duchamos, nos vestimos y a casa. Más que en el gimnasio, el asunto empezó concretamente en el vestuario. La primera fue Paula y, al cabo de un tiempo, empezaron a seguirla las demás, Loli, Irene, Verónica... O sea, no es que yo me fijara, es que si todas salimos desnudas de la ducha, se ve a simple vista si una u otra lleva el perejil afeitado. Eso fue, que todas copiaron a Paula y yo tampoco tenía tanta confianza como para preguntarles por qué habían decidido llevarlo así. Para mí se lleva como se ha llevado siempre y luego, sobre todo en verano con el bikini, se recorta para que la pelambrera no asome.
Sin embargo, envidiosilla que es una, las miraba y pensaba si se lo habrían afeitado por capricho de sus novios o maridos o si por alguna moda moderna que yo tampoco me explicaba: ¿por qué va a afectar la moda a algo que no se suele ir enseñando por ahí? Pero caí en la tentación. No sé si por imitarlas y que no pensaran que yo era una antigua o si por Carlos, por lo de renovarse y buscar estímulos nuevos. Decidida, me lo afeité yo también.
Eso fue el jueves de la semana pasada. Y el viernes me dice Carlos a lo cursi que si cena romántica en mi casa. Llevamos dos años y ya desde el principio se lo dejé claro: lo que quieras, pero tú en tu casa y yo en la mía. O sea, que alguna noche se puede quedar a dormir. Porque, para él, cena romántica es comprar un par de platos preparados en el Delicatessen, cenar y polvete. Un día quiso que pusiera dos velitas para ambientar la cena y le dije que, habiéndose inventado la electricidad, para qué las velitas si además podía caer cera en el mantel.
Cenamos y al asunto. Entramos a la alcoba, él empieza a desnudarse en el lado que acostumbra y yo lo hago en el mío de espaldas. Acabo, me voy dando la vuelta despacio para echarle emoción y, cuando estoy ya completamente de frente, veo que me está mirando ahí con cara de tonto:
-¿Se puede saber qué ha pasado?
-Que quería darte una sorpresa?
-¿Y para eso has tenido que talar mi bosque preferido, el que anuncia el camino a Disneylandia?
-Las demás, en el gimnasio, lo llevan así.
-Pero yo no me acuesto con las demás. Me acuesto contigo. Y así soy incapaz.
-¿Por qué? Si no cambia nada…
-Pues porque así o me parecería que lo hago con una niña de diez años o con una puta de las que aparecen de noche por los canales porno, que todas lo llevan así.
-¿Y qué haces tú viendo los canales porno?
-No los veo, me salen solos haciendo zapping. Y ya te digo, yo así no lo hago porque, además, seguro que no armo.
Y venga con que seguro que él así no arma y yo venga a intentarlo con mil recursos que no voy a detallar. Pero no, me dejó a dos velas porque ni armó el viernes a la noche ni el sábado al despertarnos, que volví a intentarlo por si lo cogía por sorpresa. Además, aunque siempre dormimos desnudos, me pidió que por favor me pusiera bragas no fuera a rozarme ahí con la pierna sin querer y luego tener pesadillas.
Al despedirse el sábado por la mañana mucho cuánto te quiero y mucho cariño por aquí y cariño por allá pero que las cosas eran así. Y aún me pidió, también con muchísimo por favor, que cada noche me hiciera ahí una foto con el móvil y se la mandara:
-Para ver cómo va progresando la repoblación forestal. Y cuando vuelvas a tener el bosque bien tupidito y frondoso…
He dicho que soy sumisa y obediente. Ya me tienes cada noche, y de momento sólo van cuatro y no veo avance alguno, enfocándome con el móvil y enviándole la foto. Dice que se las pasará al ordenador, las imprimirá y hará un álbum… Mientras tanto, yo a esperar. Y no, no se me ocurre buscarme otro novio con menos manías. Quiero a Carlos y más aún después de su argumento contundente:
-Con lo que me gusta a mí pasarte la lengua y después estar media hora escupiendo pelos…
Si en el fondo tiene razón, la culpa es mía por hacer caso a las del gimnasio y buscar aventuras. Pues eso, aquí estoy mirándome cada dos por tres a ver cómo avanza mi repoblación forestal.
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  • 13 de Septiembre de 2011 a las 0:10

Perdida en el bosque

La casa de Manuela la Castañera está sola y escondida en medio de uno de los bosques más frondosos e intrincados de la comarca, a unos setecientos metros del pueblo más cercano. Se llega a ella por un camino de tierra, que ya ha perdido su nombre de Camino Real y se encuentra en un estado de total abandono.
A Manuela la Castañera no se le conocen parientes, directos ni indirectos. Sola vivió siempre, sin miedo a los lobos ni a los ladrones, hasta que contrató a Laura.
Laura tiene diecisiete años y un problema: Su madre se ha propuesto casarla con un rico hacendado, veinte años mayor que ella, que se llama Félix Oliveira y para obligarla está dispuesta a recurrir a cualquier medio a su alcance, incluidos el chantaje y la coacción. Ese es el motivo por el que Laura huyó, dejándole una nota en la que le hacía saber que jamás volvería a verla. Se cambió el nombre por el de Lucía y aceptó el empleo de sirvienta en aquella casa apartada de la civilización, donde sería muy difícil que su madre pudiera encontrarla.
Uno de los cometidos que hubo de tomar Laura, ahora Lucía, a su cargo, era el de ir todos los días a última hora de la tarde al pueblo, donde un vecino llamado Leandro le vendía un litro de leche recién ordeñada. Para ello llevaba siempre una botella de vidrio con la etiqueta de Anís del Mono, en una bolsa de plástico.
Leandro era duro de oído y además le fallaba bastante la memoria. Todos los días le preguntaba:
-¿Cómo me dijiste que te llamabas? –y ella le gritaba al oído:
-¡Lucía!
Entonces el hombre asentía con la cabeza y decía:
-Ah, te llamas igual que la Reina –y añadía luego -: No te vi esta mañana comprando el pan.
-Del pan no tengo que ocuparme, el panadero nos lo lleva a casa.
-Ah, lo hacéis en casa; eso está muy bien.
El panadero les dejaba el pan en el buzón destinado a la correspondencia, que estaba al lado del portón de la entrada y del cual él tenía una llave. En aquel buzón jamás se había visto una carta.


Una tarde que la niebla había invadido el valle, la joven volvía de casa de Leandro con la botella de leche en su bolsa de plástico, saltando los charcos que encontraba a cada paso en la vereda, cuando vislumbró entre la bruma un destello rojo como el fuego. Al acercarse un poco más, el destello adquirió las formas de un coche parado en medio del camino. ¡Era el deportivo de Félix Oliveira!
-¡Dios, pero qué hace éste aquí!
Allí estaba sentado en el capó, con los brazos cruzados y mirándola con una sonrisa torcida.
-¡Félix! –profirió ella con voz ahogada.
-Hola, cariño.
-¿Qué haces aquí?
-Te estaba esperando.
-¿Esperándome? ¿Para qué?
Al ver que Laura se había detenido, Félix se incorporó y empezó a acercarse a ella sin apear su gélida sonrisa.
-¿Para qué? Para llevarte conmigo –contestó.
-No quiero volver a casa.
-Ni yo pretendo obligarte, cariño. Pero éste no es lugar para ti. Ven conmigo y nos iremos a donde tú quieras, a Málaga, a Benidorm... Iremos donde tú digas.
-Lo siento pero no quiero ir contigo a ninguna parte.
Félix la cogió de un brazo y ella alzó la voz:
-¡Suéltame!
-Escúchame, cielo –dijo él apretándole más el brazo-. ¿Crees que después de buscarte durante dos semanas, vigilando a tu amiga Marisa, apostado durante horas delante de su casa, siguiéndola como un perro, esperando que ella me condujera a tu escondite; ahora que te encontré, voy a irme sin ti? ¡Ni lo sueñes!
-¿Vas a raptarme?
-No, sólo voy a llevarte con tu madre; ya que te pones en ese plan.
Laura agachó la cabeza y dejó de oponer resistencia. Parecía resignada, rendida a su destino fatal.
-Déjame al menos despedirme de la señora Manuela –dijo.
-De eso nada. Mañana llamas a tu amiga por teléfono y que ella le diga que lo has pensado mejor, que ya no quieres trabajar de criada para una vieja bruja. ¡Vamos!
Félix arrastró a Laura hasta el coche y, mientras la sujetaba con una mano, con la otra intentó abrir la puerta del lado del acompañante, pero de repente, Laura le estrelló en la cara la bolsa que llevaba en la mano. La botella de vidrio impactó contra las narices del hombre con tal ímpetu que se rompió y la leche le saltó a los ojos dejándole momentáneamente ciego. Laura se soltó de un tirón y corrió hacia el bosque internándose entre los árboles.
-¡Maldita zorra! –masculló Félix con los dientes apretados.
Se entretuvo un instante palpándose la nariz, pero al darse cuenta de que Laura se escapaba, sacudió la cabeza, se limpió los ojos a la manga de la camisa y se metió en el bosque tras ella.
-¡Laura! –gritó-. ¡No seas estúpida, por ahí no vas a ninguna parte!
Laura no le escuchó, continuó huyendo sin volver la cabeza, aumentando la distancia que les separaba hasta que la niebla la ocultó a los ojos de su perseguidor. El bosque se tornaba más y más intrincado a medida que avanzaba y cada vez se hacía más difícil abrirse camino entre los matojos. A veces Félix la veía y enseguida volvía a perderla. De pronto tuvo que pararse a escuchar pues no sólo había dejado de verla, tampoco la oía, ni sus pasos ni el roce de una rama, nada. Laura estaba jugando con él al escondite.
Era improbable que hubiera continuado monte arriba aunque no imposible, también podía estar escondida muy cerca de él, e incluso podía estar huyendo sigilosamente en cualquier dirección.
-La he perdido –masculló- O tal vez no. Seguro que intentará acercarse a la casa de la vieja, así que yo me adelantaré y buscaré un escondrijo para esperarla.
Laura, escondida detrás de un árbol, la ropa mojada y desgarrada de engancharse en los espinos, temblando de miedo y de frío, oyó las pisadas de Félix en la hojarasca y unos segundos después vio como su silueta se recortaba entre la niebla. El horrible aspecto de su cara, ensangrentada y con las narices hinchadas, le provocó un estremecimiento de pánico y a punto estuvo de echar a correr de nuevo. Ya se había separado del árbol, dispuesta a emprender la huída cuando vio que él se daba la vuelta y empezaba a alejarse. Respiró aliviada.
Adivinó la intención de Félix de dirigirse hacia la casa de Manuela, para esperarla allí. Pensó que no podía quedarse en el bosque, porque se moriría de frío, pero tampoco podía intentar llegar hasta la casa porque eso era lo que él estaba esperando para echarle el guante. ¿Qué puedo hacer? –se preguntó desesperada, mientras se frotaba los brazos para darse calor. Tenía que intentar volver al pueblo y buscar refugio en casa de Leandro, pero estaba desorientada a causa de la niebla, perdida en medio de la espesura. A trompicones, corrió hacia donde creía que estaba la vereda, esquivando las zarzas. A cada rato volvía la cabeza temblando, creyendo oír los pasos apresurados de Félix tras ella. A veces creía verle entre la niebla y se llevaba una mano a la boca para sofocar un grito de espanto, entonces se fijaba un poco más y la silueta de Félix se convertía en la sombra de un árbol.
Perdió la noción del tiempo que anduvo perdida, buscando una salida del bosque entre cientos de árboles, todos iguales, difuminados por la niebla. Resbaló, se cayó, murmuró una imprecación y una bandada de cuervos alzó el vuelo batiendo sus alas con estrépito; poco después, comenzó a oír un ruido sordo, estremecedor que se acercaba velozmente haciendo temblar el suelo bajo sus pies. Crujieron las ramas de los arbustos pisoteados, tan cerca de ella que sólo tuvo tiempo de arrimarse al tronco de un árbol para evitar que una piara de jabalíes, sombras negras y fugaces entre las sombras de la noche, le pasara por encima.
Rendida por el cansancio y los sustos encadenados, se acomodó en el hueco que le ofrecía el tronco carcomido de un viejo y enorme castaño y cerró los ojos.
-Descansaré aquí un rato –pensó, encogiéndose en el hueco del árbol y escuchando los múltiples ruidos del bosque, el croar de las ranas, el ulular del búho...
De pronto, algunos árboles se iluminaron con una claridad lechosa, el tintineo monótono de una campanilla sustituyó a los demás sonidos y unas luces muy débiles y temblorosas asomaron entre el espeso follaje. Lo que Laura vio a continuación fue una especie de procesión de seres humanos exánimes, cadavéricos, vestidos con túnicas blancas y negras, alumbrándose con velas. El que iba en cabeza portaba una cruz y un caldero, entre ellos llevaban un ataúd, todos iban rezando y al olor de la cera quemada se mezclaba el olor de la muerte.
Laura había oído hablar de aquel tipo de procesión nocturna conocida como La Santa Compaña. Aterrorizada apartó los ojos de aquella comitiva de ultratumba, pues según la leyenda, la consecuencia de ver a tales muertos vivientes y que ellos te vean es convertirte de inmediato en uno de ellos.
Ya parecía que los penitentes iban a pasar de largo, sin fijarse en ella, pero entonces Laura estornudó y la mujer que iba en la cola de la procesión volvió la cabeza y la señaló con el brazo extendido, profiriendo la fatídica palabra:
¡¡Allí!!
Todos se volvieron y empezaron a arrastrar sus pies en dirección al árbol. Laura empezó a temblar

-¡Lucía! ¡Lucía despierta!
Laura intentó abrir los ojos, pero la deslumbró la luz de una linterna.
-No la enfoques a la cara, animal.
-Sí, ya la veo que está muy mal. Tendré que llevarla en brazos.
“¿Estas voces, no son las de Leandro y la Castañera?” –pensó Laura. Abrió los ojos y, efectivamente, allí estaban ante ella los dos viejos que, preocupados al ver que no aparecía, no habían dudado en salir a explorar el bosque, armados con un palo y una linterna, hasta que la encontraron.

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  • 13 de Septiembre de 2011 a las 22:12

Posidonia

El oficinista está de vacaciones, como todo hijo de vecino, al menos una o dos veces en su vida. De otros se dice que incluso tienen vacaciones todos los años, pero son los menos. Y suele ser habitual, nadie sabe la razón, entre los individuos de la especie humana dirigirse durante estos periodos vacacionales a las costas para tenderse como lagartijas al sol, de levante de mañanas o poniente por las tardes, sobre la tórrida arena y, a poder ser —si todavía hay sitio—, a la orillita del mar. Fíjate qué curioso, el oficinista odia la playa como el que más. Entonces, ¿qué hace aquí? Incomprensible, ¿verdad? Ahí le vemos, como un bañista más, con sus floridas bermudas hasta un poco más allá de medio muslo, rojito más que tostado, procurando que ninguna parte de su cuerpo permanezca sin suficiente crema protectora y, si es posible, que no sobresalga tampoco demasiado de la triste sombra que le proporciona su parasol bermellón de Coca-Cola.

Cuando está hasta los mismísimos de dormir la siesta del borrego, se come el bocata de jamón que se ha traído. Y cuando lo está de dormir la siesta de verdad, la vespertina, decide levantarse y pasear por la orilla, puede que con los pies dentro del agua, arropado intermitentemente por las olas. Se pone su gorra, también de propaganda, se calza la mochila al hombro para que no se la roben, y se pone a andar, hacia los edificios no, mejor al otro lado, hacia… Vaya, también hay edificios. Qué le vamos a hacer. No le gusta la playa y aquí está. Ni le gusta andar por la orilla, pero anda que te anda, cuidado con los niños y sus castillos, cuidado con los cristales esos, vista a la izquierda, rubia en topless, inevitable, ojo, medusa muerta, ojo, pegote de alquitrán, zona de piedras punzantes y conchas descascarilladas, vaya tela con el paseíto por la playa, qué le vamos a hacer. Cuando alcanza el siguiente poste al que encaramados vigilan a los nadadores los chicos de la Cruz Roja, el oficinista se encuentra una bolita de esas marrones que hay siempre en las playas, qué serán, se pregunta siempre. Como disfruta de cierto interés por la botánica y hace poco leyó que ciertas semillas están recubiertas por una cáscara peluda o pinchuda, al menos que se acuerde eso le sucede a la castaña pilonga, el oficinista decide —fíjense bien, que él, únicamente él decide— que se trata de la simiente de alguna planta del entorno, acuática o no, y se apresta plantarla en la arena, algo que se le antoja poético, si bien, sabe que absurdo, allí cerca de los edificios, entre sombrillas, sin posibilidades de que la planta en cuestión nazca, crezca y se desarrolle como es debido. Qué le vamos a hacer. Con desmirriada esperanza, saca su botella de agua mineral de la mochila y le echa un buen chorro al lugar en el que ha plantado la bolita. Casi instantáneamente, la arena absorbe el agua como si jamás esa mínima parte de la playa se hubiera mojado.

Hecha su bucólica obra del día, se centra en volver hasta su metro cuadrado de costa, allí donde dejó sombrilla, toalla y zapatos, por la orilla, pero ahora mojándose el pie izquierdo, porque el oficinista está en el Mediterráneo y se puso al principio a caminar más o menos hacia el norte. El sol se pasa ya de castaño oscuro: aunque ya son las siete, cómo calienta, madre. Al llegar a su puesto, todavía queda muchísima gente alrededor, y se dispone a ser prácticamente el primero en salir pitando de allí, llegar a casa, darse una ducha y salir a cenar fuera en cuanto sea un poco más tarde. No vive lejos del mar, pero tiene que coger su coche, por comodidad, que para eso está uno de vacaciones, vamos, digo yo.

Al día siguiente, opta por volver a la playa, otra vez, qué le vamos a hacer si está de vacaciones, y toma la misma carretera que en días anteriores, pero pretende ir más al norte, más cerca de donde terminó ayer el paseo, que parecía ser zona con menor densidad de bañistas, eso parecía. Al llegar, casi a media mañana, se sorprende de encontrar la misma playa que ayer estaba abarrotada, hoy con sólo un par de niños correteando desnudos de la arena al mar y del mar a la arena, otro par de pescadores tirando sus cañas con patata y, a lo lejos, cinco o seis sombrillas diseminadas en la lontananza hacia un lado y hacia otro. De los edificios, ni rastro. Le cuesta ubicarse, si bien acaba por advertir que este poste de socorristas es el mismo de ayer, y que veinte pasos más al norte, plantó la bolita marrón y peluda, justo donde ahora se divisa un bosquecillo de alcornoques que ayer no estaba. Ante la falta de turistas a los que vigilar, el socorrista en cuestión está echando un sueño reparador con la espalda recostada en el poste. El oficinista no tiene ningún reparo en despertarlo e inquirirle si sabe o conoce la razón por la que de un día para otro ha surgido un bosque de alcornoques donde ayer mismo, escúchame bien, ayer mismo, planté una bolita de esas marrones, ya sabes, de las que hay siempre en las playas, es más, esto estaba lleno de gente con sombrillas, casi se podía andar sin pisar arena, y ahora hay un bosque de alcornoques, que en mi vida había visto un alcornoque y ni siquiera sé si crecen tan cerca del mar. El socorrista, recién arrancado del sueño, mira sorprendido al oficinista, luego legañoso a los alcornoques, y vuelve por último a mirar al oficinista como susurrándole con los ojos pero qué dice usted, hombre de dios, que esos alcornoques los veo yo todos los días y siempre han estado ahí… Bueno, termina diciendo el socorrista, no sé, a lo mejor fue usted ayer a otra playa y…

Claro. La explicación es tan sencilla, tan esclarecedora, tan milagrosa, que el oficinista no tiene más remedio que convencerse a sí mismo de que el socorrista tiene razón, que no debía ser la misma playa, y fíjate tú que es difícil encontrar playas tan despejadas de bañistas como esta, en pleno agosto que estamos. ¿En qué desvío me habré confundido? Una vez convencido de lo primero, también se persuade, tras mucho cavilar contemplando el bosquecillo de alcornoques, de que con toda seguridad nunca plantó, cómo se le iba a ocurrir semejante idiotez, una bolita de esas marrones que hay siempre en la playas. Y por último, decide que—fíjense bien, que él, únicamente él decide—, aun no sabiendo cómo cojones es en realidad la posidonia ni habiendo visto jamás un sólo ejemplar, y exclusivamente por culpa de su interés por la botánica, decide, fíjense, que la dicha planta supuestamente acuática debe parecerse enormemente a los alcornoques de toda la vida, los del corcho y eso, qué le vamos a hacer, si es que aquellos árboles del aparecido bosquecillo son alcornoques, que a lo peor son castaños de indias, o acaban también por ser cualquier otro árbol o arbusto o hierbajo de esos, incomprensible, ¿verdad?, de esos hierbajos que dicen que hay en campos formidables debajo del mar y que se mueven como trigales siguiendo las corrientes.

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  • 14 de Septiembre de 2011 a las 21:17

ÉL, ELLA, UN BOSQUE.

ELLA

Eva se encuentra rodeada de enormes árboles, debajo de sus pies hay un inmenso vacío que termina en un vasto terreno pedregoso y sus manos se sujetan con fuerza a unos arbustos que están salvando su vida en aquellos terribles momentos.

- Mierda, mierda, vamos Alan ven pronto, por Dios, mierda…

Una lágrima cae rodando por su mejilla.

ÉL

Eva ha resbalado por aquella superficie fangosa y ha bajado rodando por el precipicio hasta cogerse milagrosamente a unos hierbajos suspendidos en la pared de aquel despeñadero. La noche anterior ha llovido sin parar. Alan sabía que aquella parte del bosque no era nada segura pero ella no y ha querido asomar la cabeza para ver el infinito de ese barranco que la ha engullido sin piedad.

- Eva tranquila, no te sueltes. Voy a buscar algo para sacarte de ahí. No te preocupes.

ELLA

Eva piensa que ha sido una idea estupenda pasear por el bosque, con sus botas nuevas de montaña y su mochila rosa del Decathlon, un regalo de Alan sin venir a cuento. Cuando él se lo dio ella lo miró con cariño y con cierto arrepentimiento pero lo aceptó gustosamente y se lo agradeció con miles de besos.

- Mañana nos vamos a dar un paseíto por el bosque.

Y ahora estaba allí, suspendida en el aire, esperando a que su salvador llegara de un momento a otro. Le parecía que ya tardaba demasiado pero quiso concentrarse en sus manos y no decaer en el victimismo.

ÉL

Alan había pasado la noche en vela planeando aquella excursión:

Aparcamos el coche en la entrada de Montroig, subimos montaña arriba por el camino rojo, dando un tranquilo paseo por aquel precioso bosque y cogemos el sendero verde para llegar hasta el barranco donde podría hacerle unas fantásticas fotos a Eva con aquel paisaje a sus espaldas…

Alan no dejó de pensar en ello, una y otra vez.

ELLA

Pocas horas antes de recibir aquel regalo de Alan, Eva estuvo hablando con Marc por teléfono.

- Marc no, te he dicho que no, ha sido la última vez…

- Eva por favor, tú no amas a Alan.

- Te equivocas del todo…

- Entonces no lo hubieras hecho conmigo…

- ¡Un error! Fue un error y se acabó.

- Pero…

Eva colgó repentinamente y se quedó mirando el móvil, pensativa.

Tan pensativa como se encontraba en aquellos interminables minutos. ¿Por qué tardaba tanto Alan? Empezaba a notar sus brazos cansados, sus músculos tensos y procuró no gastar energía con aquellas lágrimas que caían por sus mejillas.

ÉL

El día de antes de que Alan fuera al Decathlon, su jefe lo mandó a ir al edificio de la Caixa en Tarragona para supervisar la línea del ADSl. Le fastidiaba ir allí pues su primo Marc era el director general de dicha oficina y su antipatía era mutua.

Aparcó donde siempre y fue dando un paseo hasta el lugar. Varios metros antes vio el A1 de Eva, miró la matrícula y confirmó que así era. Al acercarse se percató de que ella estaba dentro; reconoció su silueta de inmediato. Se detuvo al darse cuenta de que había un hombre a su lado.

Y entonces Alan vio una película: él cogía la barbilla de ella, ella lo miraba a los ojos, él se acercaba lentamente a sus labios, ella le correspondía, él la besaba con más intensidad, ella pasaba su mano por el pelo de él,…

Eva arrancó su Audi y desapareció.

La furia lo invadió de inmediato pues sabía perfectamente qué era lo que Eva y su asqueroso primo iban a hacer. Respiró con dificultad, le costaba respirar y sus pensamientos no eran nada coherentes: respirar…oxígeno…tranquilidad…necesito aire…en el bosque…daría lo que fuera por estar allí ahora…en el bosque hay aquel barranco…llueve…la lluvia en el barranco…Eva…Eva…hija de puta…

ELLA

Eva ve como sus manos realmente se esfuerzan pero no hay nada que hacer. El tiempo se agota. Alan, Alan, Alan… Y su vida pasa por delante, como una película: cuando conoció a Alan en la fiesta de su primo Marc, cuando salieron juntos por primera vez, cuando se besaron, cuando él le dijo de vivir juntos, cuando le pidió en matrimonio, cuando supo que estaba embarazada, cuando lo perdió en su quinto mes, cuando la depresión la atrapó a la vez que Alan vivía para y por el futbol, cuando Marc empezó a rondarla, cuando Alan no le dio importancia a su estado anímico, cuando Marc supo entenderla, cuando…

UN BOSQUE

Su propio grito escalofriante en medio de aquel bosque cortó de golpe sus pensamientos y notó la presión de la caída. Supo que iba a morir y sólo pensó en él: cuídate mi amor.

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  • 15 de Septiembre de 2011 a las 11:49

La cantera

Pereza. Cual manta de asbesto, protegindome del recuerdo que amaga en mi cabeza, sin acabar por corromper la belleza del amanecer.

El cadver, en grotesca posicin, confirma las memorias de lo sucedido. Evito su contaminacin, respiro hondo y dejo que mis pupilas, negras, contradas, comunes, absorban luz y me devuelvan la naturaleza apenas despertada, con sus olores y sonidos.

Sopla con fuerza este viento mediterrneo, impulsado por retamas y frutales salvajes, madeja verde, annima, all, al fondo de mis pies, abiertos en ngulo. Me toco la polla. Y guio los ojos, vencidos por la luminosidad diurna.

Las mquinas de la cantera permanecen en silencio. Despus de la fiesta de despedida se marcharon los obreros. Nos vamos a casa. Si esto vuelve a ponerse en marcha, supongo que nos llamarn. Dijo el capataz. Yo empezar a trabajar en la panadera de mi cuado; le va bien con las pistolas y las baguetes. Aadi uno de los manchegos, al que llamaban el Manitas, porque las tena como sartenes de veinticuatro de dimetro.

Montaron en la furgoneta, doce, como los apstoles. Les saludamos, El Brocha y yo, siguindoles con la vista y la mano alzada, movida en abanico, al unsono. Como si destripar la tierra durante seis aos hubiera sintonizado nuestra musculatura.

Quedaba por hacer lo peor. Limpiar la planicie de los restos de la fiesta. Por eso discutimos. El Brocha me dijo, recoge t, que an sigo siendo el encargado.

Han cerrado la cantera; solo nos queda buscar faena en la repoblacin del bosque, le contest. Y aad. Creo que no vas a poder ejercer de hijoputa cuando se trate de tapar los agujeros que le hemos hecho a la montaa. T eres ms de abrirlos, de dinamitarlos. La faena va a cambiar. Y tu cabeza. As que empieza a reciclarte. T a por las botellas de cristal y yo a por las de plstico. Y deja los platos y los hules para m; van en la bolsa amarilla. Todo eso le dije. Antes de su exabrupto.

Me vas a comer la polla. Ahora que se han ido tus colegas manchegos, los que te han protegido durante todos estos aos. Me vas a comer la polla. Y se la sac. Haba rumores. Que si le haban hecho encargado porque se follaba al Ingeniero jefe. Pensbamos que eran habladuras, fruto del acuartelamiento al que estbamos sometidos. Empezar a las siete, repostar las mquinas, reventar la tierra, seleccionar el mineral con las manos. Comer de rancho, energa en dosis altas, apelmazadas sobre los platos, legumbres y derivados porcinos. Da s, da tambin. Descansar unos minutos y volver al tajo. Hasta las siete. Para cobrar las horas. Cada jornada, tambin en sbado. Lloviera a ritmo de gota fra, nevara o hiciera sol con calima de Poniente. Una mierda. Todo eso pens.

Y le pegu. Mientras sujetaba su polla con dos dedos. Le met en el cuello. Con el pincho de recoger plsticos, que una vez hurt del equipo de jardinera de los repobladores del bosque. Se qued atolondrado, con una mano sobre la yugular, dolindose. Tuve miedo. El valenciano era grande. Y capataz. Se autoproclamaba el Encargado de la cuadrilla. Pero no lo era. Apenas el chupapollas del ingeniero. Cargu contra l como un delantero de rugby. Su tripa cedi. Entonces pens que necesitaramos tantas manos como un pulpo para rogar a los dioses, trabajar y liar un cigarrillo al tiempo. Dej el pincho. Y me li uno, mientras se le escurran los intestinos. Alguien tena que pagar por las putadas. Por los seis aos de esfuerzo y aislamiento; y por los veinte das de indemnizacin. Tendr que cambiar de aires, me dije.

Encend contra el viento y aspir del cilindro nicotnico. Antes de la derrota hacamos ese tipo de bromas. Cuadrpedo donado. Delicias del Condestable. Barbitrico lquido. Soflama ingenieril. Creamos un lenguaje propio. Masones de cuarta. Si un mineral es una piedra, si somos canteros, inventemos el canterano, lengua universal. Pleitesa. Vadecumen, por vademecum. Sonajero. Para saludar, hablar del manual de voladuras, insultarnos. Me vas a chupar las bolas del sonajero. Entonces nos sentamos importantes. Parte de alguna historia que se contaba en otro pas. Las partidas de minerales salan en camiones, gigantescos Dumper descubiertos. Y luego en barco. Hacia sitios exticos, en los que se haca dinero. Ms que aqu.

Huele mal. Siento que huele mal. Sern los restos del Brocha. Busco el tabaco, evitando el cuerpo; obligndome a mantener la mirada lejos del fantoche en que se ha convertido. Se pas las horas gimiendo. Y yo remachando los restos de la fiesta antes de guardarlos en bolsas. Bebiendo de cada vaso. Vino, coac, horchata. Cada vaso un brindis. Consum el tiempo mientras la noche cerrada se vena encima de nosotros. Moribundo en transicin y parado de larga duracin buscan apartamento infernal. Razn la cantera. Aguanto el vino mejor que la coac. Cada sorbo me despertaba una pregunta: Esto lo tomaba el Juanes; estotro, la horchata con ginebra, es del Moro; cmo se ha hecho a nuestras costumbres. Ms me costaron los vasos con vino. Aunque tengo buena memoria geogrfica. Cada vaso me traa la imagen de quien haba ocupado ese sitio.

Mi profesor de Sociales deca que cada quien ocupa un lugar y que no lo abandona por nada del mundo. Te sientas en la misma mesa. Te comes la cabeza con la misma cosa. Te follas a la misma mujer en cada una de las que te lo conceden. Dnde se oculta un asesinato? Cul es el sitio que ocupa en la tierra? En la cabeza?

Son las ocho. Empieza a calentar. Pienso en hacerlo rodar monte abajo; que sirva de abono durante la repoblacin. Y si lo encuentran? Si me contratan y tengo que descubrirlo yo mismo, antes de plantar un retoo? Caigo en la cuenta. Tengo colegas entre los que ya no volvern a la cantera. Y algunos odiaban al Brochas. Llamo al Jaro. Le cuento.

En dos horas estarn por aqu. Otro cigarro. Me alejo del muerto. Se acerca un coche. El Ingeniero jefe. En el pker, la jugada mnima es la pareja.

Que no venga solo el Jaro. Que van a ser dos los paquetes de abono biolgico. As llambamos a las bolsas de diamante para las cadenas de corte. Porque detrs de un diamante siempre hay una mujer. Y se rea el muy canalla. Eso de las mujeres lo deca el Nio, un guaje de poco ms de veinte, uno de los ltimos en entrar a faenar para la empresa; antes de que llegaran la catstrofe y el cierre.

Cuando se pasen el ruido y la furia, me ir de putas. Con los manchegos. Con los que me ayuden a acabar con todo esto. Me gust esa novela. Siempre llevo una en el bolsillo del mono. Para los ratos de asueto. Hoy no traje. Me corrijo. Ayer no traje. En verdad, me digo, hoy ya no ser.

Me armo del pincho y me dirijo hacia el BMW. Don Diego me saluda, sin sonrisa. Maldita la gracia que le har el ver obreros por aqu, ahora que todo se acaba. Voy hacia l, mientras pienso si para repoblar se necesita dinamita. Porque el almacn est lleno de cartuchos. Ya s cmo acabar con esto y sin implicar a los manchegos. Ya s. Y compruebo que el mechero sigue en el bolsillo.


concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 15 de Septiembre de 2011 a las 14:36
El bosque

Una vez me pasó lo siguiente: tenía un compromiso con una revista quincenal, que esperaba mi artículo como agua de mayo para completar una serie dedicada a la ciudad morisca de Granada. Me habían pedido que hablara de las grandezas de la Alhambra. Yo, como buen escritor que soy, oculté que nunca había estado allí, algo que si confieso hubiera perjudicado a mi reputación de persona «cultivada». ¡Inconcebible que un escritor de mi categoría no se hubiera paseado alguna vez por los jardines y columnas de la Alhambra! Pensé que una visita a los sitios de internet y una ojeada al primer tomo de la enciclopedia, el cual podía hallar en la biblioteca de mi barrio, me sacarían las castañas del fuego. Y como tengo por costumbre dejar los compromisos más embarazosos para última hora, me fui por la tarde a recorrer la orilla del río, luego asistí a una charla con mis amigos en nuestro bar predilecto, y luego, por último, me entretuve con las páginas de mi novela, anhelaba hacerla avanzar a toda costa. Lo del Alhambra quedó relegado en la cola del tren; pero de pronto aquel compromiso se convirtió en un serio contratiempo. No era la primera vez que fallaba a los redactores de la revista. Si volvía a las andadas, corría el riesgo de perder mi plaza en ella, así como el jugoso incentivo monetario. Buceé en internet en busca de datos, imágenes, comentarios... Demasiados datos, demasiadas imágenes, demasiados comentarios. Me empezaron a temblar las manos, mi vista, por lo general miope, se declaró en aquellos angustiosos instantes más miope que nunca. Alguna vez acometía la cristalina página en blanco; pero no lograba sino angustiarme más todavía y teclear balbuciente sílabas inconexas: «al... al... hambra... a lo... mejor... veo la al... al... hambra...» Abandoné la silla y acudí, aún esperanzado, al auxilio del café. Con una taza caliente en la mano regresé a mi puesto de trabajo. La pantalla del ordenador parpadeaba y emitía destellos blancos, como una inmensa llanura nevada que yo habría de atravesar a pie, de este a oeste, con la vista puesta en un grupo de árboles, donde lo blanco de la virginal nieve desaparecería por completo y llenaría el espacio de puntos negros, letras, que serían como las ramas de aquel bosque que creía divisar a lo lejos. Cuando me puse a andar hacia ese lugar lleno de hojarasca, siempre con el pensamiento puesto en la bella imagen de mi adorada Alhambra, tropecé y caí sobre la nieve y me quedé dormido. Mi cuerpo trazaba en la blanca y fría superficie la temible escena de un entierro. No podía seguir adelante. Sé que soñé con la Alhambra en tiempos de... «Llora como un niño lo que no has sabido defender como un hombre.» Al día siguiente abrí los ojos. Miré la pantalla y descubrí que el bosque había hecho desaparecer la llanura blanca. La hoja en blanco había dejado de serlo. Alguien había escrito el artículo por mí. O bien yo mismo lo había escrito en sueños y delirando. No me atreví a leerlo. Me fui al buzón virtual y lo envié en modo adjunto a la dirección de la revista. Al cabo de unas horas recibí un e-mail felicitándome por mi escueto trabajo sobre la Alhambra. Lo iban a publicar inmediatamente.
jpiqueras
Mensajes: 2.807
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009
  • CITAR
  • 15 de Septiembre de 2011 a las 22:07

Muchísimas gracias a todos. Hasta aquí ha permanecido abierto el periodo para presentar relatos al concurso. Y han sido diez, sí, diez, los relatos presentados. Sinceramente pienso que en los tiempos convulsos que vivimos es una cifra satisfactoria.

Nuevamente, pues, gracias.

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