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romi
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La anciana, reina del bosque

14 de Octubre de 2011 a las 19:40

Bubok

La anciana, reina del bosque

            II - Legó el otoño y aparecieron los colores en los bosques. Las dos grandes laderas, a un lado y otro del río, comenzaron a perder su verde vivo de los días de primavera y se llenaron de tonalidades ocres, luces de atardeceres, oro viejo y rojo sangre. Lo mismo, poco a poco, iba sucediendo por las orillas del río. Álamos, fresnos, arces y madreselvas, se vestían con tonos pálidos. Y la luz de la mañana, del mediodía y de la tarde, casi se apagaba a la vez que se fundía con el vientecillo húmedo y cargado de olores a musgo.

          Y aquella mañana de otoño, con el cielo azul brillante, el silencio abrazando y el sol un poco apagado, el hijo esperaba a la madre. Justo en lo más alto del cerrillo, en la puerta de la pequeña casa, sentado en el banco de piedra y mirando en silencio al profundo surco del río. Por ahí sabía que discurría la senda que, desde la casa de piedra junto al manantial, descendía río abajo hasta el montículo donde en estos momentos la esperaba. Necesitaba que llegara para despedirla con el más sincero de los abrazos y para vivir junto a ella, otro momento mágico. Pero sabía que la senda, desde el cerrillo donde estaba esperándola hasta la casa de piedra, era larga, tortuosa, con muchas bajadas y grandes cuestas y densos árboles a los lados. Y sabía que la madre, para él la más hermosa y buena, ya estaban muy agotada. Vieja como los mismos árboles del bosque, delgada como el silbido del viento al rozar las hojas y casi sin fuerzas. Por eso se dijo: “Mejor me pongo yo en camino, recorro la senda hasta su casa de piedra y ahí me encuentro con ella”.

         Y sin pensarlo más, cargó con su zurrón, llamó a su pequeño perro podenco y por la veredilla, comenzó a bajar. Como al encuentro del río pero antes de llegar a las aguas, siguiendo en trazado de la senda, remontó por la ladera. Volvió a otra vez al valle, lo recorrió ahora muy cerca de las aguas y casi media hora después, comenzó a oír el rumor de la cascada. Sabía que la hermosísima casa de piedra, donde vivía la madre, ya estaba cerca. Pero todavía le quedaba un buen trecho y precisamente era el trozo por donde la senda más se complicaba. Por eso, mientras continuaba avanzando, remontando ahora por la inclinada ladera, con su pensamiento puesto en la madre y en su pequeño palacio de piedra justo al lado mismo del copioso manantial, otra vez se dijo: “Ay que ver mi madre, toda una vida entera viviendo en este rincón y recorriendo un día y otro esta senda y aun en su corazón, viva la ilusión del volver un día a los palacios de la Alhambra. Qué mujer más valiente y recia, con ideas hermosas y entrega silenciosa y noble. Por más que se le busque y me digan, sé que en este suelo no hay otra mujer como ella”.

         Recorrió el último tramo de la senda, ya muy próximo al manantial de la casa cuando, al mirar, la vio asomada a la puerta de su pequeña casa de piedra. La saludó con su mano desde la distancia y ella, tal como estaban en el pequeño rellano de la puerta, siguió con sus miradas perdidas por donde el valle y el río se alejaba. Saltaba la corriente unos metros más abajo y luego se alejaba, atravesando el ancho valle para perderse en la profundidad brumosa. Este era el grandioso paisaje que a lo largo de toda su vida, había recorrido y soñado en las noches llenas de estrellas. Y aun así, después de tantos años, de ningún modo estaba cansada ni deseaba marcharse de la casa de piedra que él, con sus propias manos, había construido para ofrecérsela luego como regalo. En el rincón más bonito del bosque, justo al lado mismo del copioso manantial, frente por completo al gran valle y donde el silencio era más profundo y el cielo se derramaba a raudales. Por esto, en cuanto el hijo llegó, le regaló un sincero beso, le pidió que se sentara en el banco de madera que en el mismo rellano de la puerta se calvaba frente al río y le dijo:

- Has hecho bien en venir a verme. Yo ya casi no tengo fuerzas para recorrer la senda, a pesar de que es lo que siempre más me ha gustado, cuando vivía tu padre.             

El hijo le cogió la mano, acarició su cara, la miró fijamente y le dijo:

- No tienes que decirme nada porque lo he visto millones de veces con mis propios ojos. Por eso sé que tú eres la más hermosa, buena y fuerte y por eso sé que, aunque ya te abandonen las fuerzas, tu alma y corazón siempre están en estos bosque y en el amor sincero que, en todo momento, mostrarse a mi padre. Estos cominos, el manantial de la roca, el valle verde con las claras aguas del río que lo riega, el azul del cielo y los abrazos del vientecillo que por aquí siempre se pasea, te pertenecen. Son las mejores joyas que princesa alguna nunca haya poseído.

Guardó silencio la madre, sin dejar de observar la silueta del río surcando el valle. Luego, de nuevo dijo:

- Tu padre, cuando yo era joven y princesa en los palacios de la Alhambra, fue desterrado a estos lugares. Cuando lo supe, me vine aquí con él y en este singular palacio de piedra, hemos vivido la vida entera. Murió ya hace tiempo y, él como yo, lo único que deseamos es regresar a Granada y que nos entierren en algún rinconcillo de los jardines de la Alhambra. Así que ya sabes: carga con tu zurrón de piel de cabra, dirígete a la hermosa ciudad de la vega, ve a la Alhambra, pide audiencia al rey y dile cual es deseo de esta anciana, que pronto se marchará al cielo. No me quedan muchos años de vida y, cuando muera, quiero que me entierres junto a él. En estos bosques, cerca del río, pero si el rey te da permiso y lo quiere, llévanos a los dos y nos fundes con la tierra de los jardines de la Alhambra.   

- Tú no te preocupes, madre. Yo también deseo que tu cuerpo y el de mi padre, vuelva a tener el brillo y la dignidad que aquel fatídico día le denegaron. Hablaré con el rey y lucharé con todas mis fuerzas para que te abran las puertas de la Alhambra y, junto con mi padre, descanséis en paz en los jardines que tanto sueñas.

- Que Dios te bendiga, hijo mío y te dé las fuerzas que necesitas.

         Y poco después, se le vio al joven surcando el valle, con su zurrón a las espaldas, seguido de su perrillo amigo y dirección a la ciudad de Granada. Con un puñado de tierra en sus manos y la tristeza al mismo tiempo que la ilusión, asfixiándole el corazón. Y mientras se alejaba de la casa de piedra donde, en el rellano de la puerta, seguía la madre mirando hacia el hermosísimo río que surcaba el valle, se decía: “Fue princesa y luego llegó a reina aunque nadie nunca la coronara. Y ahora que es anciana ya muy agotada, sigue siendo la reina de estos bosques y la madre más bella y buena que hubo nunca en esta tierra”.  

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