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lasacra1
lasacra1
Mensajes: 1.821
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010

LXXIII (73) EDICIÓN CONCURSO DE RELATOS. RELATOS NEGROS

2 de Enero de 2012 a las 12:43
La única definición que he encontrado de "relato negro" es ésta: "Este tipo de relato presenta una atmósfera asfixiante, de miedo, violencia, falta de justicia, corrupción del poder e inseguridad." (wikipedia).

El plazo de presentación se abre ahora mismo y se cierra el jueves doce de enero a las 22,00 h.

Para dudas y demás, ya sabéis, en el hilo de comentarios o por privado. Si sois nuevos leed las bases antes de hacer nada.

Suerte a todos.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 6 de Enero de 2012 a las 19:10
Ubicuidad

Al principio, francamente, no me dí cuenta, creí durante un tiempo que era un sueño. Me despertaba, de repente, en mitad de la noche y tenía el recuerdo vívido ante mis ojos. Lo curioso es que no era un sueño de esos dislocados y absurdos, no, eran historias completas, cosas que pasaban muy coherentemente una detrás de otra. Yo estaba en un bar de alterne y pedía fuego a una de las chicas. Luego le decía una picardía, nos reíamos. Le tomaba una mano, se la besaba, eres un caballero, me decía y nos reíamos de nuevo. Era una chica con un bonito pelo, largo, fino, ya no se lleva eso demasiado, mucho menos en esos ambientes, además de color natural, está uno harto de tanta rubia de bote. Cuando despertaba tenía sus ojos frente a mí, el humo del cigarrillo, el ruido de las botellas y la copa que se llenaba. Me parecía un sueño agradable, la verdad, tantos años de matrimonio le cansan a uno. Mi mujer roncaba suavemente a mi lado y yo me levantaba despacio. Me iba al balcón mirando la ciudad de noche, la quietud de la calle por la que no circulaban coches a hora tan temprana, las luces del semáforo cambiando inútilmente de color. Hasta que me entraba el sueño y volvía a la cama en un intento inútil de que volviera tan agradable sueño. Pero nunca lo hacía, al principio no, desde luego.

Luego el sueño se fue transformando y evolucionaba. Estaba en la cama con esa mujer, no era una puta como cualquier otra, no, parecíamos tener mucha confianza, como si lleváramos tratándonos años. Se empeñaba en pintarme de carmín los labios antes de besarme y yo la dejaba, me ponía pendientes de esos de clip en la oreja y mientras tanto me iba besando y yo la dejaba, besos cada vez más íntimos. Tenía un cuerpo recio, oscuro, lleno de pliegues y matices, un cuerpo digno de ser explorado. Comprendí que algo no estaba funcionando como debiera cuando volvía a despertarme con el sabor de sus besos en la boca y me levantaba quedo hasta el cuarto de baño, orinaba y empezaba a encontrarme distinto. A veces eran los lóbulos de las orejas que aparecían colorados, luego me descubrí los labios pintados cuando me miré en el espejo. Me quedé quieto ante mi imagen y poco a poco fui comprendiendo que algo iba mal porque no sólo no recordaba haberme pintado los labios sino que me di cuenta que ese color de carmín no era el de mi mujer pero sí el que había soñado.

Empecé a soñar despierto y además, a voluntad. Iba por la calle camino del trabajo esquivando coches, esperando semáforos, y veía también otra calle estrecha y empedrada, la veía a mi lado, sonriendo, enamorada, una maldita puta enamorada. Sentía el calor de su mano, su brazo que ceñía mi cintura, me iba hablando de la criatura que nacería dentro de un tiempo, sobre algo así como nuestra felicidad juntos, un apartamento que le había prometido no sé dónde. Miraba las piedras del camino y luego su perfil, el pecho generoso, la suave línea de su vientre bajo el vestido ceñido y de color amarillo, demasiado llamativo para mi gusto. Era buena en la cama pero no tenía intención de que me atrapara así. Lo cierto es que la buscaba a todas horas del día, frente al ordenador donde hacía los balances de la jornada, en la cafetería mientras departía de manera aburrida con los compañeros discutiendo las excelencias de sus equipos de fútbol, al ver la televisión por la noche sentado en el sofá familiar. La buscaba y la encontraba, su carne firme, su espalda interminable, su cuello que mordisqueaba con placer, sus grititos de excitación. Empecé a buscarla y la encontraba sin dificultad. Hallaba rastros de la otra vida a cada momento, marcas en mi cuerpo, pequeños objetos que circulaban de una vida a otra con mayor liberalidad cada vez, pañuelos, bolígrafos, una servilleta de papel con un teléfono apuntado...

La presión era cada vez mayor, mi mujer incluso empezó a preocuparse. Me veía tenso y distraído pero yo le decía que era por el trabajo. A la puta también le extrañó que apareciera de repente con una alianza matrimonial en mi dedo anular cuando le había dicho que estaba soltero. Todo se me empezaba a mezclar pero pensé que era cuestión de organización, borrar las huellas de una vida cuando me diera cuenta de que estaba en la otra. Empecé así a salir de la ensoñación  y me registraba con detalle, me miraba en el espejo descubriendo pistas que debía hacer desaparecer. Todo fue entrando en la rutina y me encontré disfrutando, a la vez, de una agradable rutina hogareña y, al tiempo, de una mujer espléndida en la cama, turbia para los deseos turbios, muy alejada de la sosa de mi mujer. Vamos, me dije, el sueño de todo hombre, qué más podría desear.

Pero la puta me presionaba cada vez más con el piso, el embarazo, más evidente a cada momento, con su madre que quería traer de muy lejos a instalarse entre nosotros. Yo sonreía sin saber muy bien qué hacer, no estaba dispuesto a dejarme enredar de aquella manera. Empecé a pensar en una solución pero era difícil porque, cuando entraba en aquella vida, no lo hacía a voluntad y donde quisiera, como al principio, sino que siempre la tenía cerca. Me empecé a dar cuenta lo atrapado que estaba, no podía escapar así como así. 

Un día, cuando más preocupado estaba, encontré la solución. No tenía más que eliminarla, hacerla desaparecer, matarla, vamos. No es tan difícil, soy un hombre recio y una buena puñalada con un cuchillo de cocina es suficiente. Me pondría un chubasquero para no mancharme de sangre y le cercenaría el cuello, es la forma más segura, algo sangrienta suponía, pero segura del todo. Y luego, qué. Pues que si me atrapaban me olvidaba de aquella vida y ya está, viviría mi acomodada rutina matrimonial, no muy excitante, eso es verdad, pero que me valía. 

De modo que así lo hice. Cogí el cuchillo de cocina más largo y puntiagudo que tenía mi mujer y me trasladé a aquella otra habitación. Estaba sólo, casi era de noche y oía a la puta que cantaba en el baño mientras se daba una ducha. Me encontraba tendido en la cama, con el chubasquero puesto, esperándola. Me levanté colocándome tras la puerta del cuarto de baño. Cuando su figura pasó a mi lado y empezaba a preguntar por qué había apagado la luz, le cogí por detrás, atenazándola, y pasé el cuchillo con todas mis fuerzas. Cayó con un gemido ahogado y yo me eché para atrás, temblando pero con alivio. Todo estaba consumado ya, ella aún gemía entre estertores en el suelo, pero no duraría mucho. Pasé al baño y me despojé del chubasquero, lo tiré todo dentro de la bañera, también los zapatos. Me fui lavando y cambiándome de ropa mientras se hacía el silencio en el dormitorio.

Me desperté empapado en sudor, las manos me temblaban. Mi mujer se rebulló inquieta a mi lado y yo me levanté despacio para no despertarla. Cuando llegué al baño caí de rodillas y vomité hasta el último resto de mi estómago. Empecé a sudar de nuevo y a marearme, me quedé sentado en el suelo y luego me descubrí algunas manchas de sangre en las manos. Tuve que lavarme concienzudamente. Al menos, consideré haber terminado con bien de aquel desgraciado episodio. Eso creía entonces.

La otra vida empezó a asaltarme sin control alguno por mi parte. Me veía en la calle, deambulando de bar en bar, mirando a mi alrededor con sobresalto, atento a cualquier ruido, ocultándome ansioso en cuanto oía una sirena de policía. Aún tenía el cuchillo en el bolsillo de una gabardina que no recordaba haber tenido nunca. No sabía de dónde sacaba el dinero para sobrevivir allí, en la calle, hasta que me di cuenta de que lo sacaba del otro bolsillo, de mi vida matrimonial. Cuando iba al trabajo me encontraba la cartera vacía y debía reponerla de continuo, aquel sujeto gastaba demasiado últimamente, estaba fuera de control.  
De repente las calles empezaron a coincidir, recordaba haber pasado por el mismo sitio con una vida y con la otra, recorría los mismos bares y, mientras el sujeto de la gabardina entraba en ellos, yo me contentaba con pasar por la puerta. Empecé a mirar dentro con temor y cierta dosis de angustia, dispuesto a salir corriendo si le llegaba a ver. Mientras tanto, el hombre de la gabardina recorría de las calles buscándole, buscándome, la persecución comenzó a ser implacable. Uno de nosotros tenía que terminar, eso ya lo sabía yo, pero no pensaba que fuera así, no creía que finalmente nos persiguiéramos por las calles de la misma ciudad, no pensaba que fuéramos a coincidir nunca. Por eso ahora he entrado en una crisis de ansiedad, miro hacia atrás continuamente, veo las mismas calles por las que acabo de pasar y acelero el paso de inmediato. Salgo del trabajo y miro hacia arriba y hacia abajo con temor. Un día me alcanzará y aún continúa con el cuchillo, no podré sobrevivir, no soy un hombre violento, no podré resistirme, mi única salida es la huida. Pero yo sé que me alcanzará y entonces estaré perdido.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Enero de 2012 a las 21:40
Concursoderelatosbubok edita: Aprovechando que había un hueco en el siguiente mensaje me he tomado la libertad de copiar este relato y corregir mínimamente la maquetación para que sea más fácil leer. Para los nuevos participantes, me gustaría comentar que es conveniente copiar el texto al bloc de notas antes de pegarlo en el foro. Copiamos de word a bloc de notas y del bloc de notas al foro. De este modo evitamos que el texto quede "raro" como el siguiente.

IN BOCCA AL LUPO

New York 9 de diciembre 2011

Hola soy Mark, acaba de aterrizar el avión e inmediatamente nada más he salido del aeropuerto he querido llamaros para que estéis tranquilos, el viaje estupendo, y aquí de momento todo bien, estoy esperando un taxi, ya os contaré como se desarrollan los acontecimientos, seguiremos hablando en otro momento, adiós.

Por fin, después de una larga cola de espera subió al Taxi, ¡por favor!, al 113 de Mulberry Street . Su conductor era un señor de unos 50 años con mirada fría, no dejaba de observarme a través del espejo retrovisor, cosa que inquietaba mucho a Mark, ¡perdone!, ¿cuánto tiempo tardaremos en llegar?, – aproximadamente unos 60 minutos. – Muchas gracias.

Mark era un chico de 32 años, alto 1,84 cms. 75 kilos, cabello castaño claro, ojos verdes, con sonrisa amplia y ojos risueños, su forma de vestir informal y desenfadada. Nunca se hubiera imaginado que terminaría en New York .

Cinco meses antes su jefe lo llamó al despacho y le comentó que quería hacer un reportaje sobre la mafia italiana en New York y que le consideraba la persona más cualificada para ese trabajo. Desde ese momento empezaron los preparativos, buscar contactos, crearse una identidad distinta, ya que al llegar allí nadie debería sospechar que era periodista, porque si lo descubrían podría destrozar muchos meses de trabajo, además de meterse en un gran lío y poco podían ayudarle estando a tantos kilómetros de distancia, piso cercano al lugar, le alquilaron un apartamento en Little Italya, los soportales de entrada estaban al lado de “Cha Cha In Bocca Al Lupo” que según le habían informado sus contactos, el dueño le ayudaría en todo lo posible y sería el nexo de unión entre Madrid y New York .

Después de exactamente 55 minutos, habían llegado a la dirección. Pagó al taxista y se dirigió a la puerta del restaurante, tenía que preguntar por su dueño, al cual lo llamaban “Cha Cha”.

Entró, se acerca a un chico joven, vestido de camarero.

- Hola, ¿podría hablar con Cha Cha?, espera mi llegada.

– Un momento por favor. Minutos después salió un hombre de mirada dulce, entradito en kilos pero no fofo, de aproximadamente 1,70 de altura. Lo mira y dice: “In Bocca Al Lupo”.

Al escucharlo recordó que le habían comentado en la agencia que tenía que decir una contraseña, ¡Dios! ¿ cómo era?, empezó a ponerse nervioso, pero en ese momento buscó en su bolsillo, sí allí estaba el papel donde lo había apuntado, lo sacó y pronunció “Crepe Al Lupo”.

Hola amigo, ¿cómo ha ido el viaje, comprenderás que todas las precauciones son pocas?, estamos andando con fuego. Fueron sus primeras palabras.

– Bien muy bien, todo perfecto, me podría indicar dónde esta mi apartamento, estoy un poco cansado del viaje y me gustaría asearme y descansar antes de la cena.

– No faltaría más, saliendo del restaurante hay un portal a mano derecha, entras y tu apartamento está en la planta 3ª puerta 2, toma las llaves, más tarde cuando cierre el local hablaremos más relajadamente.

Cogió las llaves y se dirigió al apartamento, ya allí se instaló y después de un baño, descansó durante un par de horas. Repuesto del viaje, se apresuró a bajar a cenar, eran las 22 horas y tenía que darse prisa porque no quería estar durante mucho tiempo en New York. Cenó y se quedó maravillado al ver la delicadeza con que Cha Cha, atendía a sus clientes.

Salió a la calle mientras esperaba que llegara la hora de cierre del mismo. Empezó a andar, fumando un cigarrillo y algo le llamó la atención en el 129 de esa misma calle, dentro de un restaurante “Da Gennaro’s“, que estaba con las puertas medio cerradas, pudo observar cómo dos hombres se peleaban y uno de ellos caía al suelo con la cara llena de sangre por los golpes recibidos. Al ver eso apresuró su vuelta, no quería meterse en líos nada más llegar. Y esperó tranquilamente en el soportal a que Cha Cha, le llamara.

- Lo siento Mark, los negocios son así.

– No pasa nada, pero quiero preguntarte algo, he presenciado una pelea en un restaurante que hay un poco más abajo, en el 129.

- Ya, es el “Umberto’s”.

– No, ese no era su nombre.

– Mark es mejor que estés de momento apartado de esa familia, ¿conoces la historia de lo que ocurrió precisamente allí?.

– No, dime.

Ahora, el restaurante ha mudado su nombre a Da Gennaro´s pero sigue exactamente igual que hace años, con sus grandes cristaleras, entonces se llamaba Umberto´s Clam House, tiene a sus espaldas una historia sangrienta. El 7 de abril de 1972, el capo Joe Gallo fue asesinado a tiros mientras celebraba su 43 cumpleaños.

Gallo y sus hermanos Larry y Albert se habían rebelado años antes contra el capo Joe Profaci. Joe Gallo no pudo escapar al inevitable reguero de muerte que corrió en una y otra dirección. Acompañado de su hermana Carmella, su esposa Sina, su hija Lisa y su guardaespaldas, Peter Diapoulas, “Pete el Griego”, Gallo se disponía a soplar su última tarta de cumpleaños. Dos pistoleros irrumpieron en el local y abrieron fuego. Cinco disparos alcanzaron al mafioso, que sólo acertó a salir a la calle tambaleándose para desplomarse a cielo abierto. Falleció minutos después en el hospital. Su hermana clamó venganza en su funeral con una elegía que anticipaba el inevitable ajuste de cuentas. “¡Las calles se teñirán de sangre, Joey!”.

- Precisamente por eso estas aquí, en las últimas semanas se están sucediendo una serie de asesinatos entre ambas familias y debes intentar infiltrarte en Gennaro’s para sacar información.

- Pues le estaban dando una tunda buena a un tipo.

– Seguramente es una advertencia, cuando alguien no siguen sus normas, lo suelen marcar con una cicatriz para que los que le vean aprendan quien es el amo y señor.

Después de esta conversación Mark se fue a su apartamento, ya a la mañana siguiente idearía algo para poder sacar la información sobre los asesinatos sucedidos semanas atrás, tenía que conseguirlo en ello iba su ascenso.

New York 10 de diciembre 2011

Se levantó temprano, desayunó rápido y se dirigió al 129 de la misma calle, donde el día antes había presenciado la pelea.

– Hola, quería hablar con el dueño del local.

–¿Para qué?.

– Soy nuevo en la ciudad y estoy buscando trabajo de lo que sea, camarero, cocinero, lo que me puedan dar.

– Precisamente necesitamos un pinche de cocina, ayer se accidentó y va a estar de baja durante algún tiempo.

– ¿Cuándo podría empezar?.

– Este mediodía, pásate a las 12 horas que es cuando se empiezan los preparativos.

- Gracias aquí estaré. Salió riendo y silvando de alegría,¡¡¡ lo había conseguido!!!, ya estaba dentro.

A la hora convenida estaba en el restaurante, el cocinero era un hombre recio, serio, parco en palabras, y de mirada ausente. Tan sólo lo llamaba para pedirle algo. Este hombre poco le iba a contar a cerca de lo sucedido, pero si se iba haciendo amigo, quizás le pudiera sacar información.

Llegaron los primeros clientes, marchando dos de spaguettis para la mesa 3, una pizza de cinco estaciones, 2 de raviolis….. Estando cogiendo las encomiendas, vio a una joven entrar, era pelirroja con grandes ojos verdes, figura escultural, muy elegante, iba acompañada de un señor mayor, se sentaron y empezaron a charlar, al rato entraron tres hombres más, que se unieron a la misma mesa.

- ¡ Oye tú!, tráeme el mejor vino que tengáis.

Estaba claro, tenía que ser el dueño del restaurante, por la forma que habló al maître. Uno de los hombres estaba hablando a gritos, la muchacha empezó a llorar. ¿Qué estaría pasando?.

El Maître estaba muy nervioso, y preparando una mesa se corto con uno de los cuchillos de trinchar carne. Tuvieron que llevarlo urgentemente otros empleados al Hospital.

- Mark coge el uniforme de Louis y póntelo no podemos estar sin Maître, están aquí los Umberto’s y deben ver que somos eficientes, si no queremos lamentarnos.

- ¿Si no queremos lamentarnos? Pensé, ¿por qué habrá dicho esta frase?.

Me acerqué a la mesa y le serví el vino que habían pedido, la muchacha me miró y me brindó una sonrisa, que casi me hizo tambalear, ¡¡¡Dios, pero que guapa es!!!!.

-¿Qué haces aquí parado, ¡Veté, ya!, gritó uno de los que estaban sentados.

Y al volver la vista atrás ví como abofeteaba a la muchacha, no pude resistirme, no dejaba de darle puñetazos y salté sobre él.

–¡Déjala, no la golpees más!, ¿pero qué es lo que ha hecho?.

-Es una perra, y tú ¿quién eres su amante?.

-¿ Yo? Pero si llegué ayer de España, yo no conozco a nadie en esta ciudad.

Se levantaron los otros tipos, mientras la mujer no dejaba de gritar y de llorar, ¡él no me conoce!, ¡él no es quién buscáis!, os lo diré todo pero dejadlo marchar, es inocente.

Quedé en el suelo haciéndome el inconsciente, y pude escuchar todo. ¿Con quién te acuestas, perra?, Dilo o le corto el cuello a esta sabandija.

– Matadme a mi pero dejadlo tranquilo, yo no quería pero me obligaron, o me acostaba con él o mataba a mi hermano y yo no lo podía permitir.

– ¿Quién es él?, ¿Por qué no me lo contaste?, un marido no puede permitir que otros se rían de él. Me estas mintiendo.

-No, no es así es toda la verdad. Es el hijo menor de los Bonnano.

El hombre enfurecido, sacó una pistola de su chaqueta y sin mediar más palabras disparó contra ella. Del susto del impacto, abrí los ojos, me levanté de un salto y salí corriendo, los otros dos hombres corrían tras de mí, pero conseguí despistarlos. Me quedé escondido tras unos contenedores hasta la mañana siguiente. No quería dormirme, cuando creí estar a salvo, como pude, volví al apartamento.

Necesito hablar con Cha Cha. - ¿Dónde has estado?. Hay que mandar urgentemente esta cinta, lo tengo todo grabado, es de vital importancia que salga en los periódicos de mañana sin falta, y ¡por favor! Prepara todo para mi partida, si me encuentran soy hombre muerto.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Enero de 2012 a las 21:41

IN BOCCA AL LUPO

New York 9 de diciembre 2011

Hola soy Mark, acaba de aterrizar el avión e inmediatamente nada más he salido del aeropuerto he querido llamaros para que estéis tranquilos, el viaje estupendo, y aquí de momento todo bien, estoy esperando un taxi, ya os contaré como se desarrollan los acontecimientos, seguiremos hablando en otro momento, adiós.

Por fin, después de una larga cola de espera subió al Taxi, ¡por favor!, al 113 de Mulberry Street . Su conductor era un señor de unos 50 años con mirada fría, no dejaba de observarme a través del espejo retrovisor, cosa que inquietaba mucho a Mark, ¡perdone!, ¿cuánto tiempo tardaremos en llegar?, – aproximadamente unos 60 minutos. – Muchas gracias.

Mark era un chico de 32 años, alto 1,84 cms. 75 kilos, cabello castaño claro, ojos verdes, con sonrisa amplia y ojos risueños, su forma de vestir informal y desenfadada. Nunca se hubiera imaginado que terminaría en New York .

Cinco meses antes su jefe lo llamó al despacho y le comentó que quería hacer un reportaje sobre la mafia italiana en New York y que le consideraba la persona más cualificada para ese trabajo. Desde ese momento empezaron los preparativos, buscar contactos, crearse una identidad distinta, ya que al llegar allí nadie debería sospechar que era periodista, porque si lo descubrían podría destrozar muchos meses de trabajo, además de meterse en un gran lío y poco podían ayudarle estando a tantos kilómetros de distancia, piso cercano al lugar, le alquilaron un apartamento en Little Italya, los soportales de entrada estaban al lado de “Cha Cha In Bocca Al Lupo” que según le habían informado sus contactos, el dueño le ayudaría en todo lo posible y sería el nexo de unión entre Madrid y New York .

Después de exactamente 55 minutos, habían llegado a la dirección. Pagó al taxista y se dirigió a la puerta del restaurante, tenía que preguntar por su dueño, al cual lo llamaban “Cha Cha”.

Entró, se acerca a un chico joven, vestido de camarero.

– Hola, ¿podría hablar con Cha Cha?, espera mi llegada.
– Un momento por favor. Minutos después salió un hombre de mirada dulce, entradito en kilos pero no fofo, de aproximadamente 1,70 de altura. Lo mira y dice: “In Bocca Al Lupo”.

Al escucharlo recordó que le habían comentado en la agencia que tenía que decir una contraseña, ¡Dios! ¿ cómo era?, empezó a ponerse nervioso, pero en ese momento buscó en su bolsillo, sí allí estaba el papel donde lo había apuntado, lo sacó y pronunció “Crepe Al Lupo”.

–Hola amigo, ¿cómo ha ido el viaje, comprenderás que todas las precauciones son pocas?, estamos andando con fuego. Fueron sus primeras palabras.
– Bien muy bien, todo perfecto, me podría indicar dónde esta mi apartamento, estoy un poco cansado del viaje y me gustaría asearme y descansar antes de la cena.
– No faltaría más, saliendo del restaurante hay un portal a mano derecha, entras y tu apartamento está en la planta 3ª puerta 2, toma las llaves, más tarde cuando cierre el local hablaremos más relajadamente.

Cogió las llaves y se dirigió al apartamento, ya allí se instaló y después de un baño, descansó durante un par de horas. Repuesto del viaje, se apresuró a bajar a cenar, eran las 22 horas y tenía que darse prisa porque no quería estar durante mucho tiempo en New York. Cenó y se quedó maravillado al ver la delicadeza con que Cha Cha, atendía a sus clientes.

Salió a la calle mientras esperaba que llegara la hora de cierre del mismo. Empezó a andar, fumando un cigarrillo y algo le llamó la atención en el 129 de esa misma calle, dentro de un restaurante “Da Gennaro’s“, que estaba con las puertas medio cerradas, pudo observar cómo dos hombres se peleaban y uno de ellos caía al suelo con la cara llena de sangre por los golpes recibidos. Al ver eso apresuró su vuelta, no quería meterse en líos nada más llegar. Y esperó
tranquilamente en el soportal a que Cha Cha, le llamara.

–  Lo siento Mark, los negocios son así.
– No pasa nada, pero quiero preguntarte algo, he presenciado una pelea en un restaurante que hay un poco más abajo, en el 129.
–  Ya, es el “Umberto’s”.
– No, ese no era su nombre.
– Mark es mejor que estés de momento apartado de esa familia, ¿conoces la historia de lo que ocurrió precisamente allí?.
– No, dime.

Ahora, el restaurante ha mudado su nombre a Da Gennaro´s pero sigue exactamente igual que hace años, con sus grandes cristaleras, entonces se llamaba Umberto´s Clam House, tiene a sus espaldas una historia sangrienta. El 7 de abril de 1972, el capo Joe Gallo fue asesinado a tiros mientras celebraba su 43 cumpleaños.

Gallo y sus hermanos Larry y Albert se habían rebelado años antes contra el capo Joe Profaci. Joe Gallo no pudo escapar al inevitable reguero de muerte que corrió en una y otra dirección. Acompañado de su hermana Carmella, su esposa Sina, su hija Lisa y su guardaespaldas, Peter Diapoulas, “Pete el Griego”, Gallo se disponía a soplar su última tarta de cumpleaños. Dos pistoleros irrumpieron en el local y abrieron fuego. Cinco disparos alcanzaron al mafioso, que sólo acertó a salir a la calle tambaleándose para desplomarse a cielo abierto. Falleció minutos después en el hospital. Su hermana clamó venganza en su funeral con una elegía que anticipaba el inevitable ajuste de cuentas. “¡Las calles se teñirán de sangre, Joey!”.

–  Precisamente por eso estas aquí, en las últimas semanas se están sucediendo una serie de asesinatos entre ambas familias y debes intentar infiltrarte en Gennaro’s para sacar información.
–  Pues le estaban dando una tunda buena a un tipo.
– Seguramente es una advertencia, cuando alguien no siguen sus normas, lo suelen marcar con una cicatriz para que los que le vean aprendan quien es el amo y señor.
Después de esta conversación Mark se fue a su apartamento, ya a la mañana siguiente idearía algo para poder sacar la información sobre los asesinatos sucedidos semanas atrás, tenía que conseguirlo en ello iba su ascenso.

New York 10 de diciembre 2011

Se levantó temprano, desayunó rápido y se dirigió al 129 de la misma calle, donde el día antes había presenciado la pelea.

– Hola, quería hablar con el dueño del local.
–¿Para qué?.
– Soy nuevo en la ciudad y estoy buscando trabajo de lo que sea, camarero, cocinero, lo que me puedan dar.
– Precisamente necesitamos un pinche de cocina, ayer se accidentó y va a estar de baja durante algún tiempo.
– ¿Cuándo podría empezar?.
– Este mediodía, pásate a las 12 horas que es cuando se empiezan los preparativos.
–  Gracias aquí estaré. Salió riendo y silvando de alegría,¡¡¡ lo había conseguido!!!, ya estaba dentro.

A la hora convenida estaba en el restaurante, el cocinero era un hombre recio, serio, parco en palabras, y de mirada ausente. Tan sólo lo llamaba para pedirle algo. Este hombre poco le iba a contar a cerca de lo sucedido, pero si se iba haciendo amigo, quizás le pudiera sacar información.

Llegaron los primeros clientes, marchando dos de spaguettis para la mesa 3, una pizza de cinco estaciones, 2 de raviolis….. Estando cogiendo las encomiendas, vio a una joven entrar, era pelirroja con grandes ojos verdes, figura escultural, muy elegante, iba acompañada de un señor mayor, se sentaron y empezaron a charlar, al rato entraron tres hombres más, que se unieron a la misma mesa.

- ¡ Oye tú!, tráeme el mejor vino que tengáis.

Estaba claro, tenía que ser el dueño del restaurante, por la forma que habló al maître. Uno de los hombres estaba hablando a gritos, la muchacha empezó a llorar. ¿Qué estaría pasando?.

El Maître estaba muy nervioso, y preparando una mesa se corto con uno de los cuchillos de trinchar carne. Tuvieron que llevarlo urgentemente otros empleados al Hospital.

–  Mark coge el uniforme de Louis y póntelo no podemos estar sin Maître, están aquí los Umberto’s y deben ver que somos eficientes, si no queremos lamentarnos.
–  ¿Si no queremos lamentarnos? Pensé, ¿por qué habrá dicho esta frase?.
Me acerqué a la mesa y le serví el vino que habían pedido, la muchacha me miró y me brindó una sonrisa, que casi me hizo tambalear, ¡¡¡Dios, pero que guapa es!!!!.
– ¿Qué haces aquí parado, ¡Veté, ya!, gritó uno de los que estaban sentados.
Y al volver la vista atrás ví como abofeteaba a la muchacha, no pude resistirme, no dejaba de darle puñetazos y salté sobre él.
–¡Déjala, no la golpees más!, ¿pero qué es lo que ha hecho?.
– Es una perra, y tú ¿quién eres su amante?.
– ¿ Yo? Pero si llegué ayer de España, yo no conozco a nadie en esta ciudad.

Se levantaron los otros tipos, mientras la mujer no dejaba de gritar y de llorar, ¡él no me conoce!, ¡él no es quién buscáis!,
os lo diré todo pero dejadlo marchar, es inocente.

Quedé en el suelo haciéndome el inconsciente, y pude escuchar todo. ¿Con quién te acuestas, perra?, Dilo o le corto el cuello a esta sabandija.

– Matadme a mi pero dejadlo tranquilo, yo no quería pero me obligaron, o me acostaba con él o mataba a mi hermano y yo no lo podía permitir.
– ¿Quién es él?, ¿Por qué no me lo contaste?, un marido no puede permitir que otros se rían de él. Me estas mintiendo.
– No, no es así es toda la verdad. Es el hijo menor de los Bonnano.

El hombre enfurecido, sacó una pistola de su chaqueta y sin mediar más palabras disparó contra ella. Del susto del impacto, abrí los ojos, me levanté de un salto y salí corriendo, los otros dos hombres corrían tras de mí, pero conseguí despistarlos. Me quedé escondido tras unos contenedores hasta la mañana siguiente. No quería dormirme, cuando creí estar a salvo, como pude, volví al apartamento.

Necesito hablar con Cha Cha. - ¿Dónde has estado?. Hay que mandar urgentemente esta cinta, lo tengo todo grabado, es de vital importancia que salga en los periódicos de mañana sin falta, y ¡por favor! Prepara todo para mi partida, si me encuentran soy hombre muerto.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 9 de Enero de 2012 a las 14:41

Y todo por el vaso caído

Me propinó tal mordisco que me llegó a contagiar sus caries, e inmediatamente sentí sus largos caninos penetrando mi epidermis, mi dermis, eran los caninos más largos que podía poseer un hombre sin llegar a ser considerado vampiro. Recordé que minutos antes, en la barra de un club de la calle Varillas, había advertido (¿cómo no hacerlo?) sus labios gruesos, sus incisivos, separados y amplios los superiores, cuadraditos nacarados los inferiores, había intuido entre trago y trago de whishy sus premolares cilíndricos como secciones del fuste de una columna dórica, vaticinado sus molares prismáticos y lejanos ocupando hasta el último resquicio de encía. ¿Quién podía pensar que toda esa dentadura iba a afincarse vorazmente en mi antebrazo izquierdo minutos después, quién podía adivinar el descuido, las advertencias, las disculpas, las contiguas amenazas, el insulto consiguiente, el gancho de izquierda, el revolcón por las sufridas baldosas? Menudo rodillazo le metí yo, eso no lo niego, pero ya la cosa se había puesto fea. Cuando los tres matones del club se acercaron para separarnos y echarnos a ambos al asfalto de la calle, todavía tuvo tiempo aquella rata de hincarme todas sus piezas dentales en el antebrazo izquierdo. Y todo por el vaso caído, la chaqueta manchada, mis disculpas, caballero, que te follen, si al menos hubiera sido por la chica rubia, o porque antes había visto a aquella rata pasando cocaína a diestro y siniestro, la chica rubia que tácitamente nos disputamos ambos, eso creía yo incluso ahora en el asfalto de la calle, o que él hubiera sabido que yo era madero, fuera de servicio, pero madero al cabo, y todo no por lo anterior, sino por un vaso vertido en un descuido, por una mancha en el americana. Y no saqué mi placa, uno porque estaba fuera de servicio, dos porque de aquel silencio con dolor de antebrazo izquierdo podría surgir una operación para trincar al camello y quién sabe si también a algún pez más gordo, tres porque no lograría explicar mis whiskies en aquel club de la calle Varillas y mi participación en aquel combate arrabalero con el sparring de dientes de rata. Mañana, al levantarme en la celda, será sencillo hablar de un soplo, de un chaval del barrio que me pasa información barata y calentita, en el club de la calle Varillas se mueve mucha mierda, tron, un tipo con dientes de rata que trabaja solo y que no es más que un camello de poca monta, valiente, temerario, pero de poca monta, aunque tías para follar no le faltan, chavales tengo un soplo, en el club de la calle Varillas, un camello, hay que trincarle a parte por si nos manda arriba y pescamos un buen atún. Pero en el asfalto de la calle todavía no ha terminado la historia. El camello dientes de rata me quiere volver a morder, esta vez en la pierna, valiente, temerario, pero entonces le metí el rodillazo, eso no lo niego, y todo aquel enfrentamiento por una rubia, seguro que de bote, que tías para follar no le faltan, tuvo que ser precisamente aquella rubia a la que le había echado el ojo, y yo casi tontamente invitándola a una copa, fuera de servicio, señor comisario, pero trabajando siempre, como los periodistas, como los curas, que lo mío es vocación, y antes había visto a aquella rata pasando mierda de mesa en mesa como si un amarillo ofreciera rosas, y seguro que al final le tiré el vaso a propósito, uno porque era una rata camello, dos porque yo era madero, fuera de servicio, pero madero al cabo, y él no era más que un camello, valiente, temerario, pero rata camello, tres porque aquella rubia iba a chupármela a mí esa noche, y se acabó el tema, él empujándome, quita, que si la rubia tal, que si la rubia cual, largo, lerdo, entonces la copa vertida en un descuido por la mano de la rubia en la chaqueta de la rata, y verlo venir de frente, con sus labios, sus incisivos, caninos, premolares y molares todos en fila, camello, pero valiente, temerario y con los dientes en fila, los ojos avispados, y la puta de la rubia empotrándome en el súbito embrollo, tan inútiles ambos que no advierten que yo era madero, hacerme la cama a mí, tócate los cojones, tan inútil yo que me alboroto cuando en el asfalto de la calle Varillas saca la rata el pico, grande y brillante, cuando respondo desempolvando la pipa, fuera de servicio, pero pipa al cabo, y dos tiros al aire, y todos corriendo, la rata gritando que soy un cagao, que dónde voy con eso, que si no fuera un cagao no hubiera espantado moscas disparando a las estrellas, valiente, temerario el jodido rata, con la rubia también allí, ahora, riéndose de mí, madero fuera de servicio, trabajando siempre, como los curas, como los periodistas, vocación que tiene uno, pero fuera de servicio, que no podría justificar aquello ante el comisario, qué tontería disparar al aire, pero puedo estar trabajando aunque esté fuera de servicio, comisario, una copita, no suelo, ya sabe usted, vi a la rata camello pasando mierda y no pude contenerme, cargué contra él, jodí la operación, hubiéramos trincado un buen atún, con la rubia descojonada de mí, quizás porque sabía ya que yo era madero y que ella iba a morir, y el camello rata acercándose, pero sobre todo necesito beberme seis whiskies secos antes de entrar a las rubias, y los camellos rata vienen a joderme siempre que estoy ya bastante borracho, seguro que de bote, así lo cagué todo y por eso me quemaron en el cuerpo de policía, uno porque no sabía controlarme, dos porque ahora nada me impide meterle una bala en el pulmón a aquella rata que quería levantarme a la rubia, tres porque la pipa que llevo, una prueba robada en un caso, la conservé desde entonces, otra bala más en las tripas de la rubia, que se ríe como una zorra, que querían joderme los dos hijos de puta, va a resultar que querían joderme a mí y joder la operación, pero conmigo no pueden jugar, que soy madero, coño, que fui madero en estupefacientes y no me quemó el alcohol, solamente ocurría que llegado el caso no me podía controlar, con seis whiskies, tirándome rubias, claro, vienen los líos, y con la pipa en la axila, joder, como para no echarme del cuerpo, aún cuando una pipa, hoy por hoy, la puede conseguir cualquiera. 

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  • 10 de Enero de 2012 a las 11:18
Señora mía

Colgó el teléfono, temblaba y su cara parecía de cera. Encendió un cigarrillo y miró a la calle. Solo podía ver las oscuras ventanas de las torres que, frente a la de su oficina, formaban parte de aquella nueva zona de negocios en el Ensanche.
Las cosas se estaban poniendo feas y dentro de poco se harían públicas y se arruinaría su carrera. Apuró su cigarro nerviosamente, recogió el bolso y se puso el abrigo. Mientras esperaba el ascensor miró el reloj, eran las ocho y media, hacía horas que debiera haberse ido a su casa pero aquel asunto la tenía preocupada y embotaba su cabeza sin dejarla pensar sensatamente. Como todas las noches últimamente, decidió ir andando, el aire fresco la ayudaría a despejar la cabeza. Subió bien el cuello de su abrigo y se abrazó a sí misma para protegerse del frío; aún había gente por las calles, dentro de poco aquella zona quedaría totalmente desierta. Una vez más atravesó el puente y se dirigió directa al Comodoro, la humedad se pegaba al pelo, las aguas del río bajaban negras y amenazadoras; le apetecía tomar una copa y luego se iría a casa.
Volvió a verlos como cada noche, se reunían en el paseo que bordeaba el río, bajo los arcos del puente, resguardados en uno de los huecos que se formaban entre los pilares y una especie de caseta para controlar las luces de la zona. Eran unos cuantos, tumbados sobre cartones y abrigados con viejas y sucias mantas, tomando tragos de vino peleón, buscando entrar en calor.
Tomó la copa pensando en aquellos hombres sin pasado, ni presente y casi seguro que sin futuro, sin nada que perder; ya en la calle hizo una señal al coche que la seguía y se fue a casa. No le esperaba nadie, hacía tiempo que vivía sola. Se duchó se puso cómoda y preparó una ensalada. No le había dado importancia a aquello, nunca, en realidad lo había olvidado completamente hasta el día en que recibió la primera carta con aquella fotografía. Luego fueron otras con algunas más y una especie de currículo donde se contaba en qué circunstancias se habían hecho. Al poco empezaron las llamadas.


Roque buscaba entre la ropa desperdigada por la habitación una camisa que aún pudiera ponerse. El desorden reinaba por todas partes, la cama sin hacer, la mesa llena de restos de comida, en la pequeña cocina un despliegue de vasos, platos y sartenes sucios. En la que encontró parecía no haber ninguna mancha, estaba arrugada, pero podría servirle. Caminaba rápidamente, como si lo que iba a hacer fuera muy urgente. Subió la calle tomó el metro y luego el 79 que le llevaría hasta la Plaza de Chile, entró en la cabina telefónica e hizo la llamada. Empezaba a hartarse, aquella zorra pensaba que no hablaba en serio, a lo mejor creía que no se atrevería a cumplir su amenaza. No sabía bien quién era él, aunque debiera recordarlo, no creía que hubiera olvidado el tiempo que pasaron juntos.
Volvió a tomar un autobús que esta vez le llevó a las afueras de la ciudad y le dejó justo frente a un edificio marrón, lleno de pequeñas ventanas, algunas con rejas gruesas. Subió las escaleras y desapareció por la puerta.


La reunión, aquella mañana había sido dura. Todo se complicaba. Se dejó caer en el sillón de su despacho, encendió otro cigarro – tendría que dejar de fumar- pensó por fin en que había recibido una nueva llamada amenazándole y que tendría que hacer algo si quería que aquello acabara.


Yuri no pensó que en España tendría que mendigar y vivir en la calle. Era un hombre educado, había sido militar en su país y creyó que tendría suerte Nadie le avisó de que se acercaba una crisis económica que lo había puesto todo patas arriba. Una noche más vio acercarse a  la mujer rubia y elegante que miraba insistentemente hacia el rincón donde se reunían. ¿Qué andaría buscando? Se preguntó. Esta vez subió al puente y le salió al paso
-    ¿Me da un cigarrillo, por favor? ¿Y fuego?
Se miraron a los ojos, encendieron ambos un cigarro y dieron las primeras caladas escrutándose con la mirada.
-    ¿De dónde eres? – dijo ella
-    Rumano, del norte – tenía un bonito acento.
-    Te invito a una copa.
La miró sorprendido. Alguna viciosa, pensó. Pero no podía desaprovechar la oportunidad de tomar una copa gratis. Caminó detrás de ella, hoy no le seguía el coche negro. Miró a hurtadillas y no lo vio por ningún lado. Curioso que anduviera por esas calles solitarias, sola en plena noche. Metió sus dedos por el pelo y alisó su ropa, intentando aparentar normalidad.

Ella pidió que les hicieran unos bocadillos de jamón, se los sirvieron en una mesa en un rincón  oscuro, como si fuera una cita furtiva, aunque apenas había nadie allí. Unos gin-tonic hicieron las veces de postre.
-    ¿Trabajas? – preguntó ella
-    No, que más quisiera.
-    ¿Estarías dispuesto a trabajar en lo que fuera?
-    Si – Y miró aquellos fríos ojos directamente. Se entendieron sin palabras.


Esta vez contestó a la llamada mucho más segura de sí misma.

-    Ya te lo he dicho, Roque, no me vuelvas a llamar, no vas a conseguir nada de mí.
-    Ya lo creo que sí nenita, sabes que si la prensa se entera de tu secreto, las lenguas se afilarán y eso no será bueno para tu campaña. Y lo que te pido no será difícil para ti.
-    ¿Y luego qué me pedirás? Tú sabes de sobra que esto es un chantaje y que podría denunciarte.
-    Hazlo, querida, hazlo y todo se hará público. Te doy una semana de plazo, necesito el dinero y también los papeles que te he pedido.


Caminaba por la calle oscura, en medio de la niebla que se levantaba del río como un manto roñoso. Sus pasos lentos, la cara oculta por las solapas del abrigo y un cigarro en los labios. El hombre le salió al paso, brotando como un fantasma de la puerta de un portal. La tomó del brazo y la llevó poco menos que en volandas.

-    ¿Dónde vives? - Preguntó
-    Cuidado, Yuri, me siguen y podrían verte.
-    Despídeles y diles que yo te acompaño.
-    No quiero.
-    Te conviene hacerlo
Volvieron a mirarse a los ojos y supo que aquel hombre era capaz de cualquier cosa.


Subieron a su casa. Nicolás, el conserje de noche la saludó con una sonrisa cómplice en los labios, no era la primera vez que volvía acompañada.

Le dijo que iba a ponerse cómoda y sacó del cajón de la mesilla el pequeño revolver que le había regalado Roque cuando aún vivían juntos.
Yuri había preparado unos cócteles y escuchaba música mirando por la ventana. Parecía un hombre de mundo, incluso su aspecto había mejorado mucho. La tomó en sus brazos y comenzaron a bailar. Estaba sorprendida y no supo resistirse. Cuando la besó en el cuello y luego en los ojos hasta finalmente llegar a su boca no pudo o no quiso frenarle.

-    Yo voy a cuidar de ti – le dijo al oído – nada ni nadie te hará daño si te portas bien conmigo. Eres muy hermosa y me gustas mucho. Podríamos pasarlo muy bien los dos juntos. Déjame que te haga el amor, no seas arisca, déjate llevar.
Estuvo a punto de sacar la pequeña pistola del bolsillo del blusón, pero su cuerpo temblaba de deseo y aquel hombre era muy hábil.


Roque tomó el autobús pensando que esta vez iba en serio y si ella no quería entenderlo lo comprendería en cuanto viera la primera imagen en el Todo Noticias del día siguiente:

“En el preciso momento en que la Vicepresidenta primera del Gobierno, postula en las primarias de su partido para presentarse a las elecciones generales de Marzo, como aspirante a la Presidencia, una noticia se ha hecho pública: Carmela Santisteban Sánchez es madre de una niña disminuida psíquica; lo escandaloso del hecho, que en sí carecería de importancia, es que la Santisteban dejó abandonada a la niña al poco de nacer en un orfanato de la ciudad, al comprender que jamás podría ser normal”.

Sonrió malévolamente. Apenas habían pasado unos meses desde que salió de la cárcel, había sido condenado por malversación de fondos públicos y desconocía la existencia de aquella niña hasta que la zorra le anunció que también era suya y que se hiciera cargo de ella, si era lo que quería. La cría le importaba poco, pero le prometió que lo haría pero con condiciones. Ella no quiso admitir ninguna, ahora tendría que hacerlo a la fuerza.
 
Era de noche y había llovido toda la tarde, del asfalto brotaba un vapor espeso; bajó en la parada más próxima a su casa, cruzó de acera justo por detrás del autobús, en ese momento un coche pasó velozmente y chocó contra Roque arrastrándolo unos metros. El conductor bajó del coche rápidamente, hurgó en los bolsillos de su abrigo y se fue corriendo. El suelo estaba húmedo y muy frío abrió y cerro la boca dos veces, absorbiendo el aire desesperadamente. Tosió y una mancha roja pintó sus labios, con ojos aterrados miró a un lado y otro. Para cuando llegó la ambulancia ya había muerto.
A nadie le pareció extraño que en el piso del muerto reinara el más total de los desórdenes; como nadie había forzado la puerta y aparentemente no faltaba nada, la policía resolvió que aquella muerte había sido un accidente y cerró el caso.

En el Teatro Nacional, Carmela Santisteban, en su primera salida oficial como Presidenta de la Nación, contemplaba a las bailarinas danzando delicadamente, Justo detrás, a su espalda, recostado contra la pared, un hombre rubio y atractivo, que parecía extranjero,  miraba su nuca con una sonrisa satisfecha.

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  • 10 de Enero de 2012 a las 15:16
                                                                                                               Meciendo la noche

Natalia miraba la expresión de Susana a través del cristal que separaba las dos habitaciones. Veía como gesticulaba exageradamente y eso tenía que significar que había dado con una buena llamada. Abría los ojos con evidente sorpresa, se retiraba de la mesa y perdía la mirada más allá de la pared, como si ésta fuera a confesarle la veracidad de la historia que estaba escuchando.

La voz melancólica de Chris Martin empezaba a dejar todo el protagonismo al piano que despediría la canción en solitario en pocos segundos. Natalia parecía impacientarse, quería saber algo de su próximo interlocutor, y cuando leyó “esta va a ser buena” sonrió. El monitor que usaban para comunicarse entre ellas estaba confirmando sus sospechas: Susana había dado con una llamada interesante en la que detenerse el tiempo necesario.

—Aceptamos que Chris nos abandone a cambio de una nueva llamada— susurró al micrófono. Había aprendido a pausar el ritmo en sus intervenciones y a modular el tono de su voz para mecer a sus oyentes—. Buenas noches.
—Bu-buenas noches, Natalia— sonó una voz nerviosa en sus auriculares mientras Susana levantaba los dos pulgares al otro lado del cristal. “Este tío está como una regadera” escribió después para informar a Natalia, que tenía la costumbre de no alejar los ojos del monitor.
—¿Con quién hablamos esta noche?— preguntó disimulando una interrogación que podría resultar invasiva.

Natalia aceptó con agrado la pausa que le imponían desde la distancia porque había aprendido el valor de los silencios. En su programa de radio, los vacíos se habían convertido en actores principales. Natalia elegía la música y medía los silencios para conseguir el ambiente necesario para las confesiones. Porque ella tenía claro que el suyo era un programa de confesiones. La gente llamaba para liberarse del peso de un pecado o un secreto; el morbo y la curiosidad hacían el resto para que su audiencia no parara de crecer.

—Sagitario— contestó rompiendo el silencio por fin, sorbiendo tímidamente los mocos en la más clara confesión posible de un llanto reciente—. Me llamo Sagitario.
—¿Y desde dónde nos llamas, Sagitario?
—Me…— hizo una pausa intentando calmarse y volvió a empezar—. Me gustaría no hablar de eso— pidió sin conseguir ocultar su nerviosismo.
—Como quieras, Sagitario. Ya sabes que aquí no hay más normas que la educación.
—Lo sé. Mu-muchas gracias— contestó tartamudeando.
—¿Qué te gustaría contarnos, Sagitario?
—No sé po-por d-dónde empezar— tartamudeó de nuevo—. Estoy muy nervioso.
—No te preocupes, Sagitario— contestó con dulzura Natalia—. La radio es algo que nos pone nerviosos a todos. Yo sigo poniéndome nerviosa y llevo cinco años haciendo el programa. ¿Hace mucho que nos escuchas, Sagitario?— dijo Natalia viendo como Susana le levantaba los pulgares de nuevo. Ese era el camino para obtener lo máximo de una llamada.
—Hace un par de años— contestó algo más tranquilo—. Te escucho todas las noches.
—Muchísimas gracias, Sagitario. Es un honor tener oyentes tan fieles.
—No se merecen— parecía más tranquilo.
—Claro que se merecen. Siento mucha gratitud por nuestros oyentes. Vosotros sois los que hacéis este programa. Muchas gracias.
—De nada— siguió tranquilizándose—. Gracias a ti.
—Pero no nos llamas para contarnos tu fidelidad. Hoy nos llamas porque tienes un problema ¿Verdad?— se aventuró.
—Así es— susurró Sagitario.

Medio país estaba escuchando y esperando cualquier cosa escandalosa. La audiencia de “Meciendo la noche” superaba a la mayoría de los programas televisivos de la parrilla desde la privatización de las últimas cadenas públicas y la proliferación de decenas de canales que no conseguían destacar. Era una audiencia fiel y no estaban acostumbrados a que un personaje anónimo –de los muchos que participaban- tardara tanto rato en abandonarse a esa especie de cálido abrazo que era la voz de Natalia.

—Intuyo que debe ser algo que hace tiempo que quieres contar.
—Sí— contestó tras otra breve pausa.
—Sé que no resulta fácil, Sagitario. Es como lanzarse al vacío. Pero no te preocupes. Vayamos despacio. ¿Cuánto hace que ocurre?
—Siempre ha sido así —confesó con un sollozo entrecortando su voz. Natalia no contestó, creyendo que el silencio conseguiría que Sagitario siguiera hablando. Y nadie sabía del silencio tanto como ella—. Me hice policía porque creí que la calmaría. Pero no se calmó… No ha habido nada que la calme… Nada puede calmarla…— terminó hablando para si mismo.
—¿Qué es lo que no se puede calmar?— preguntó Natalia algo intrusiva. Taxistas de todo el país levantaron la mano derecha como si eso pudiera asegurar un poco de silencio; amas de casa de todas las ciudades se llevaban las manos a un paño que ya no era tan blanco y muchos solitarios nocturnos se quedaban quietos, dejando que el perro tirara inútilmente de la cuerda.
—La voz.

Natalia había esperado más que aquello. Cuando escuchó la manida confesión miró a Susana dibujando un reproche con sus cejas. ¿Todo eso para confesar que “la voz” no callaba? Se limitó a la pregunta más simple que podía hacer, confiando en el criterio de Susana, esperando que sólo tuviera que tocar la tecla adecuada para conseguir una buena historia.

—¿Qué te dice la voz, Sagitario?
—No estoy loco ¿sabes? Sé lo que estarás pensando.
—Si hay algo que hace de este programa lo que es, es que nosotros no juzgamos, Sagitario. Sólo queremos acompañarte.
—Pero sé lo que parece. Un tipo loco que escucha voces que le piden cosas –empezó a hablar por fin sin miedo ni tropiezos—. Pero no es tan raro. Es como si hablara conmigo mismo. Es como si fuera a la vez las dos personas de la misma conversación. Y soy consciente de ello.
—Muchos de nosotros hablamos con nosotros mismos.
—El problema es que yo no puedo controlarlo. No sé de dónde sale, pero tiene conciencia propia. Y me tienta.
—¿Cómo te tienta?
—Me habla de lo divertido que sería hacer daño; de la sensación de poder cuando eres juez y verdugo…— se hizo una nueva pausa y Natalia intervino de nuevo.
—¿Tienes enemigos, Sagitario?
—No, no. Es mucho más simple que eso. A veces veo gente que no me gusta; gente que parece enfadada o gente mal vestida; gente que parece violenta o, peor aún, que parece simple. No hay ninguna regla para definirlos pero, en algún momento, me digo que sería divertido, que estaría bien matar a esa persona— confesó ante la sorpresa de Natalia sin sorprenderse de que aquel hombre tan nervioso hubiera conseguido hablar con esa seguridad al tranquilizarse un poco—. Entonces me digo que podría ir a buscar un cuchillo y cortarle el cuello; me digo que podría llevármelo a un callejón y ahogarle con mis propias manos; me veo a mi mismo estrujando su cuello, mirando el terror en su mirada y sintiendo el poder de otorgar vida y muerte. Y me siento fuerte — terminó con convicción.
—¿Y cómo iba a ayudarte el hacerte policía?— preguntó Natalia sin escandalizarse en ningún momento.
—Leí que a eso le llamaban “pensamientos intrusivos”, que todo el mundo los tiene en alguna medida. Averigüé que las teorías actuales dicen que son reacciones inconscientes ante nuestros propios miedos. Al principio me sentí más tranquilo por saber que era algo común. Después pensé que tenía que conseguir seguridad en mí mismo. De algún modo llegué a la conclusión de que siendo policía me sentiría más seguro. Me dieron una pistola y eso fue realmente impresionante. Se suponía que un arma en el cinturón tendría que acabar con mis propios miedos... Tenía sentido.
—Pero no fue así.
—¡No! ¡Ni mucho menos! No hizo más que empeorar. Mis fantasías eran cada vez más frecuentes  y violentas. No podía luchar contra ello. De verdad que no podía…—parecía disculparse rebajando el tono de voz a cada palabra hasta recuperarlo de golpe—. Así que empecé a recrearme en ellas; se fueron volviendo más y más sangrientas— hizo una pausa para relajar de nuevo el tono de su voz y continuó hablando—¬. No quiero engañar a nadie, siempre supe que estaba mal. Pero me convencí de que era mi pequeña travesura, mi secreto. Llegué a sentir que era normal fantasear con convertirme en un asesino. Hasta que la vida me hizo un regalo.
—¿Qué regalo te hizo, Sagitario?
—Conocí a una chica especial que cambió mi vida por completo. Durante unos meses me sentí eufórico. Por primera vez en mucho tiempo empecé una relación formal y eso me hacía sentir bien; como si nada pudiera hacerme daño. Fueron unos meses sin fantasías extrañas…
—¿Por qué hablas en pasado, Sagitario?
—Después de unos meses, cuando ya vivíamos juntos, descubrimos que era hipoxifílica.
—¿Te importaría explicarnos en qué consiste la hipoxifilia, Sagitario?
—Sólo conseguía excitarse cuando la asfixiaba. Tardó meses en confesármelo y creyó que me escandalizaría— confesó volviendo a los sollozos pero mezclándolos con una leve risa que rozaba la histeria—. Pero fue como un regalo para mí. Mis fantasías volvieron con más fuerza que nunca. Cada vez que hacíamos el amor podía asfixiarla con mis propias manos. Cada vez fui un poco más lejos; necesitaba llevarla hasta sus propios límites… Sólo cuando veía en sus ojos que estaba a punto de morir me sentía satisfecho— confesó arrastrando las palabras como si estuviera reviviendo las sensaciones—. Tendrías que ver esa mirada, Natalia… Nada es tan intenso como la convicción de la propia muerte.
—¿No temes por la vida de tu pareja, Sagitario? Se os puede ir de las manos.
—Ya no— dijo llorando tras una pausa—. ¡Ya no!

Un disparo heló el corazón de todo el país. Sólo había sido un ruido brusco e irreconocible; la inmensa mayoría de los oyentes jamás había oído un disparo y aún así estaban convencidos de lo que había pasado. Natalia palideció y escrutó incrédula la mirada de Susana. Unas lágrimas inconscientes resbalaban por su cara mientras levantaba los hombros en señal te total incomprensión.

—¿Sagitario?— preguntó asustada al micrófono, sin ningún convencimiento, subrayando el silencio más claustrofóbico de su trayectoria profesional—. ¿Estás ahí?
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  • 10 de Enero de 2012 a las 15:35

Segundas intenciones 

Me desperté de madrugada, como casi todas las noches desde hacía varios meses, y comencé mi nocturno ritual para aquellas ocasiones: encendí la lámpara de mi mesita, me calcé y me dirigí hacia la ventana para fumar un cigarrillo. Llovía. Como casi todas las noches. También en la calle.

Apuré el pitillo con tres nuevas caladas. Después me encaminé de vuelta a la cama y me senté frente a la peinadora. No pude reconocer al fantasma que me observaba desde el otro lado del espejo: camisón de raso blanco que escondía un menudo cuerpo casi transparente. Abrí el cajón de la mesita y, junto a mi placa, encontré el bote de somníferos que andaba buscando. Permaneció abierto en mi diestra durante un par de minutos aguardando mi decisión. Tragué una pastilla, me tumbé abrazando la almohada y cerré los ojos. Sabía que no podría conciliar el  sueño, pues mi cuerpo ya se había acostumbrado a la dosis del medicamento, aunque en realidad me conformaba sólo con huir de mi consciencia para no poder recordar...

 

Cuando me enviaron desde la central para servir de apoyo a la investigación, a Darío no le hizo mucha gracia, pero aceptó mi compañía, supuse, “animado” por la aparición de nuevos cadáveres mutilados de forma cada vez más cruel y violenta. Era mi primer caso importante. El caso con el que siempre había soñado. Nunca me arrepentí tanto de haber sido tan ambiciosa... y nunca hubiera imaginado cuán literal llegarían a ser mis deseos.

Me obsesioné con los detalles de cada crimen. Leí su documentación decenas de veces. Tenía que haber algo, escondido entre la montaña de folios y fotografías, y debía averiguar qué era. Llegué a conocer las vidas de cada una de aquellas mujeres como la mía misma. Era extraño: sentía como ellas. Pronto comenzarían las pesadillas.

No existía ningún vínculo entre los casos. Parecía como si las hubieran escogido al azar y tardamos aún varias semanas en descubrir, pues muchas de las víctimas no lo habían denunciado, que todas ellas habían sido violadas justo un año antes de que se produjeran cada uno de los asesinatos. Decidimos centrarnos en las violaciones y surgió un nombre de entre los sospechosos: Joaquín Mendoza. Era un catedrático de literatura que frecuentaba foros de escritores para captar a sus víctimas con falsas promesas de publicación regadas con adulaciones gratuitas. Resultó demasiado sencillo hacer hablar a aquel fantoche presuntuoso.

-...Recuerdo el tacto de su piel desnuda. Recuerdo su olor. El sudor recorriendo sus cuerpos. La fragilidad de su ánimo. El último suspiro de todas ellas… Lo único que no recuerdo es su nombre; nunca me importó cómo se llamaran, realmente. Me hubiera incomodado, incluso -Mendoza acompañó cada una de sus palabras con una sonrisa cada vez más amplia y gozosa.

-¡Eres un enfermo! -le dije.

-Déjalo, Ainhoa. Ya tenemos lo que buscábamos -Darío abandonó la sala de interrogatorios para preparar las diligencias de la detención. Yo me mantuve en silencio mientras Mendoza continuaba observando las fotos que habíamos desperdigado sobre la mesa.

-¿Por qué sigue aquí, inspectora? -me preguntó una vez le hube arrebatado su entretenimiento.

-¿Por qué? Tal vez porque sigo buscando respuestas, malnacido hijo de puta. ¿Por qué lo hiciste?

-¿Acaso importa? Soy un enfermo, como dice.

-Me importa a mí. ¡Les importa a los padres, maridos e hijos de todas esas mujeres!

-Tal vez no exista una explicación para mis crímenes -conjeturó.

-La hay. Debe haberla.

-Déjeme volver, inspectora.

-¡¿Cómo?!

-Sáqueme de aquí y le llevaré donde comenzó todo. Es eso lo que quiere, ¿no es así?

A pesar de todo lo que sucedió después, no me arrepiento de la decisión que tomé en aquel instante, pues había algo en aquel asunto que me turbaba. Sabía que las pesadillas no cesarían hasta que la verdad no saliera a la luz.

Bajé el sospechoso a escondidas y lo introduje en el maletero de mi coche hasta que llegamos a un edificio de apartamentos abandonado. Accedimos desde el garaje a la primera planta y Mendoza caminó hasta llegar a la altura de una de las puertas.

-Es aquí –dijo.

-Hace mucho que no paso por la cabina de tiro y no me importaría practicar un poco -le advertí mientras le apremiaba con el cañón de mi 9mm.

Empujó la puerta y ésta cedió. La vivienda era amplia y luminosa y recorrimos todas sus estancias esquivando los escombros hasta que llegamos a la habitación de matrimonio.

-Mi  madre y yo vivimos aquí durante mi infancia. Era prostituta, ¿sabe, inspectora? Y éste su... Ya sabe, su “centro de negocios”. Ella me encerraba en el armario con la puerta entreabierta para que pudiera verlo todo. Pero lo peor era cuando venía a visitarme por las noches a mi cama... Ya me entiende, ¿no, inspectora?

-¿De qué coño estás hablando? Sé que te criaste en un internado, bastardo -un chasquido sonó detrás de mí y me giré un momento para ver de dónde procedía. Cuando me quise dar cuenta era demasiado tarde: Mendoza había recogido una barra metálica del suelo y me golpeó con ella en la nuca.

Recuperé el conocimiento a los pocos minutos. Me había atado las manos a la espalda con el cable del hilo telefónico y me había desnudado de cintura para abajo. Forcejeé todo lo que pude al principio. Me resistí. Le escupí y pateé. Grité de rabia y repugnancia aún a sabiendas de que nadie me oiría.

-¿Qué esperabas, inspectora? ¿De verdad creías que encontrarías una explicación a mi conducta? No. No la hay. Soy así. Soy quien soy. Y tú, inspectora, ¿sabes ya quién eres? ¿Lo sabes? Sí, la número 17.

Deseé que aquello no fuera más que uno de esos sueños que había venido padeciendo.

-¿Te gusta, zorra? Ya no te resistes.

-Me llamo Ainhoa Arqués –le dije-. Soy la inspectora Ainhoa Arqués Medina -le grité mientras soportaba sus empellones.

Él me miró desconcertado.

-¿Qué dices?

-Ainhoa Arqués.

-¡Calla, puta!

- ¡Ainhoa Arqués! Recuérdalo, hijo de perra.

Me agarró por el cuello y comenzó a estrangularme. Mi cuerpo se desvanecía. Los sentidos me abandonaban. Escuché su nerviosa risa y sus bravatas en la lejanía y, por último, un golpe seco. Sentí el impacto de su cuerpo desplomándose sobre el mío y abrí los ojos. Darío le apartó de mí a patadas y le disparó un tiro a bocajarro.

Tuve suerte aquella tarde. Mi compañero se alarmó al regresar a la sala de interrogatorios y no encontrarnos. Obtuvo la posición del GPS de mi coche y llamó a comisaría para que triangularan la señal de mi móvil cuando estuvo junto a él. Unos segundos más tarde y no hubiera llegado a tiempo. Unos instantes más y aquellas chicas no habrían obtenido nunca la justicia que me reclamaban.

 

 

Cuando Darío llegó a mi apartamento yo acababa de preparar el desayuno. El café humeaba en las tazas.

-¿Qué tal has dormido hoy?

No contesté

-Le he echado mucho azúcar, como te gusta –le informé señalando una de las tazas-. ¿Alguna noticia de mi recurso?

-El caso está cerrado. No quieren reabrirlo, Ainhoa -Darío hizo una pausa para dar un gran sorbo al café que le había preparado-.

Por esperada, la noticia, no me cambió el gesto; tan sólo interrumpió mis quehaceres frente al fregadero. Dejé los platos y me senté con él para acompañarle. Bebí también.

-Tú tampoco me crees, ¿no es así?

-Mendoza está bajo tierra y han dejado de aparecer nuevos cadáveres... Tal vez sea momento de pasar página. –me sugirió mientras acariciaba mi mano.

Rechacé su gesto y le miré con la rabia acumulada de varias vidas, las de aquellas inocentes que seguían apareciendo en mis sueños todas las noches.

-No puedo.

-¿Sigues teniendo esas pesadillas?

Asentí sin mirarle.

-Así que no abandonarás nunca.

-Exacto. Hasta que dé caza al cómplice de Mendoza.

-Pero..., ¿por qué piensas que no actuaba sólo?

Aquella era la primera vez en los últimos meses que había conseguido centrar la atención de Darío varios centímetros por encima de mi escote.

-Mendoza era un charlatán, no tenía huevos para matar a nadie, ni estómago para asesinar a esas chicas de la forma en que se supone que lo hizo.

-Pero a ti sí estuvo a punto de matarte...

-Aquello fue un golpe de suerte. ¿Me equivoco?

-¡¿Qué dices?! –respondió aturdido.

-A punto estuvo de estropear tus planes, pues si hubiera llegado a matarme no habrías podido desempeñar el papel de héroe que habías planificado. «El “gran” policía deja escapar al sospechoso y éste mata a su compañera».  En lugar de eso, te ofrecí la oportunidad perfecta para deshacerte de Mendoza y evitar que se pudiera ir de la lengua. Y yo que testifiqué que le mataste en legítima defensa…

-Estás loca. ¿Qué motivo podría tener yo para cometer esos asesinatos?

-Sé lo del libro, lo he visto en la tele. Ese era el trato, ¿no es cierto? Un ascenso y repartiros la pasta de las ventas. Después vendrían los siguientes: el morbo vende bien y un escritor entre rejas da mucho juego. Una lástima que te deshicieras de la gallina de los huevos de oro...

Se quedó callado sin reaccionar durante varios segundos, paladeando su bebida. Con la mirada en el fondo de la taza mientras escogía sus palabras.

-¿Desde cuándo lo sabes?

-Supongo que siempre lo supe, pero no quise darme cuenta -le respondí mientras terminaba de ingerir el café de mi taza con desagrado-. Sólo tengo una duda..., ¿cómo os conocisteis?

-En un taller de escritura al que me obligó a asistir el psicólogo del cuerpo. Dijo que sería bueno canalizar mi agresividad de forma creativa. Joaquín era el profesor; él descubrió al “artista” que llevo dentro –ironizó-. Es una lástima, Ainhoa. Me gustabas. Pero comprenderás que no pueda dejar que compartas tu historia con nadie más, ¿verdad?

Le sonreí.

-Tú tampoco saldrás vivo de este apartamento. Ya deberías estar notando el efecto de los somníferos. Darío intentó ponerse de pie  y, tras avanzar un par de pasos hacia mí tambaleándose, se desplomó sobre el suelo de la cocina. Yo me dirigí a duras penas hacia la sala y me dejé caer sobre el sofá. Cerré los ojos. Ya no habría más pesadillas. Por fin podría descansar.

concursoderelatos
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  • 12 de Enero de 2012 a las 14:08

LA MIRADA DE LA VERDAD

Se sentían unos peleles en ese almacén gris. Se sentían así a pesar de ser asesinos. A pesar de haber mirado a los ojos a muchos hombres antes de meterles una bala entre ceja y ceja. Se sentían superiores cuando hacían eso. Pero todo el mundo tiene alguien por encima de sí mismo, y ese ser era para ellos Matt Fracasso.
Gil, John, Ed y Rob, los cuatro matones de Matt, llevaban dos horas esperando la llegada de su jefe. Otros cinco hombres se mantenían muy cerca de ellos, con los dedos acariciando la culata de sus revólveres. Gil no paraba de mover la pierna izquierda; John canturreaba una eterna melodía; Ed sudaba como un cerdo en sanmartín y Rob se mantenía quieto, oculto tras unas gafas de sol, en silencio, como el cactus en el desierto. Alguno de los cuatro había traicionado a Matt. Quizás todos lo hicieron. Pero nadie traiciona a Matt Fracasso, y si lo hacen, él siempre encuentra al culpable y le busca una ocupación en el infierno.
La mirada de la verdad. Así llamaban al procedimiento. Matt miraba a los ojos a todos los sospechosos. Uno a uno, fijamente, en silencio. Quien ha presenciado ese momento ha podido escuchar hasta el tragar de su saliva. Matt miraba a los ojos buscando la verdad, la delación que produce la mentira en las miradas. Pero a veces su pronóstico fallaba. Todos sabían que Mick Savage no se chivó a los polizontes, y aun así Matt le dio por culpable. Por eso los cuatro allí reunidos sabían que aquella noche podría ser la última. Pero de los cuatro, sólo uno confiaba en sus posibilidades.
Los perros ladraron; señal de que el coche de Matt estaba traspasando la verja de la finca. Los guardianes abandonaron sus posturas acomodadas y se erguieron. La puerta metálica se abrió, y una sombra, seguida de otras dos, se fue acercando hasta los presentes. Hizo un gesto con la cabeza para que sus pistoleros retrocedieran dos pasos; quería tener espacio para sentirse cómodo. Mientras ojeaba a los cuatros sospechosos, se fue despojando de sus prendas de abrigo. Les miraba uno a uno, como recordando lo mucho que había confiado en ellos.
-Tú, Gil… Tú. Te saqué de la calle cuando eras un crío. ¿Lo recuerdas? Te morías de hambre, tus hermanos también. Te hiciste un hombre a mi lado, y siempre respondiste bien. Pero… ahora estás aquí, y necesito saber si me has traicionado, o si puedo seguir confiando en ti. Acércate Gil.
Gil obedeció como lo haría una rata adiestrada.
-Tienes los ojos de tu madre, Gil. Siempre me gustó; tu padre no se la merecía. A ver qué me desvelan tus ojos, Gil… Mírame fijamente, Gil. Mí-ra-me… quiero saber qué me dicen…
Gil estaba muy pálido. Mientras Matt le observaba, recordó a su madre, cuando era joven y dura como la Sicilia que le vio nacer. Gil se sabía inocente; siempre iba a estar agradecido a Matt por ayudarle en su infancia. Él no le traicionó, nunca lo haría. Y Matt supo verlo en su mirada.
-Gil dice la verdad. Gil, puedes sentarte allí.
Y así quedaron tres en la fila. John era el siguiente.
-John… ¡Johnny! Mataste a tres de mis hombres cuando aún pertenecías a la banda de Cullum. Por eso te fiché. Yo quería que formaras parte de mi equipo de hombres de confianza, pero descubrí que las mujeres te pierden, John. Y no quiero a mi lado a un hombre que deja de serlo cuando una mujer se levanta la falda. Aún así, como tirador eres el mejor, y los sabes. Tres de los míos cayeron la semana pasada. Es lo que aquí juzgamos hoy. Y a los tres le entraron la bala por la boca. Y fueron tiros lejanos. Sé que no eres el único buen tirador de Chicago, pero sí eres el único que podía saber lo del atraco. Chico… mírame a los ojos… a-ten-ta-men-te.
John seguía tarareando la canción por dentro; no quería mostrar ningún sentimiento que pudiese ayudar a Matt a ver la verdad. John no había matado a esos hombres, pero sí le había traicionado en un asunto que aún estaba por ser descubierto. Matt lo vio claro, y con un gesto con la cabeza, hizo que dos de los guardianes se llevaran a John a una esquina, donde le pegaron ocho tiros. La melodía que tatareaba era Blue Night, de Paul Whiteman.
-Que John esté muerto no significa que sea el único culpable. Ed… Por Dios, Ed, mírate. Estás gordo. Sudas como un cerdo, y no porque aquí haga calor. ¿Para qué quiero a alguien que no va a poder correr ni veinte metros sin ahogarse? Tampoco eres un lumbreras, Ed, la verdad sea dicha. No te veo capaz de idear algo, pero sí de dejarte convencer fácilmente… Así que acércate, Ed, que tus ojos hablarán por ti.
Ed obedeció. Cuando Ed empezó con  Matt, pesaba treinta kilos menos, y era el encargado de dar las palizas para hacer hablar a la gente. Tenía manos de gigante, pero una mirada de niño perdido, de cerdo a punto de ser degollado. Seguramente a Ed le hubiesen convencido para traicionar a Matt, pero nadie pensó en él para semejante empresa. Matt lo vio en sus ojos, y le dejó ir.
Sólo quedaba Rob, que seguía manteniendo sus gafas Foster puestas, casi como una provocación a su jefe. Este siempre tuvo debilidad por Rob. Admiraba su frialdad, su capacidad de concentración en los momentos tensos. Le había salvado la vida en más de una ocasión, pero si estaba ahí era porque él pudo haberle traicionado. Y Rob sí podía ser la mente que imaginó el mayor robo realizado a Matt Fracasso.
-Rob… ¿Cuántas veces me has salvado la vida? Al menos tres, ¿verdad? Si no fueras tú, directamente te hubiese matado por llevar esas gafas oscuras justo en este momento. De nada te van a servir si me has traicionado, Rob. Quiero que des dos pasos al frente, te las quites y plantes tu mirada sobre mis ojos.
Rob hizo lo que le pidió. Se acercó a Matt, y sin inmutarse se quitó las gafas con la parsimonia de un viejo relojero. Cuando Matt se fijó en sus ojos dio un salto para atrás.
-¿Qué te ha pasado, Rob?
-Al día siguiente del atraco frustrado, la banda de Chuck me cazó. Me tenían manía desde aquel asunto del whisky clandestino. Me han dejado ciego, jefe.
-Este hombre es un inválido. ¿Por qué lo habéis traído? ¡Sacádmelo de aquí!
Los chicos dejaron a Rob en la puerta de su casa. Su mujer y sus dos hijos ya estaban en un tren camino de Nueva York. Al entrar en la casa, Rob no encendió la luz, por si acaso los chicos sospechaban de él. Un ciego no enciende las luces. Se fue hacia el cuarto de baño y se quitó aquellas horrorosas lentillas de cristal que tanto daño le hacían. Dejó pasar unas horas, y salió por la puerta trasera. Tenía un coche aparcado a dos manzanas. Se cercioró de que nadie le seguía. Se le escaparon varias carcajadas de camino a la estación. Allí cogería otro tren a la mañana siguiente, disfrazado de religioso. Y en sus manos, dos maletas con ropa y miles de dólares en su interior. La mitad del botín. La otra mitad para la banda de Chuck, en pago por su silencio.

concursoderelatos
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  • 12 de Enero de 2012 a las 17:06
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concursoderelatos
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  • 12 de Enero de 2012 a las 21:42

El vagabundo

 —Ya sabes que no me gusta interferir en los asuntos de los humanos...
 —¡Pero Señor, es que esos frailes me tienen tal devoción que no os podéis hacer idea! Y me han pedido ayuda con tal fe que me gustaría echarles una mano.
 —Por una vez haremos una excepción, Jeremías. Baja y como dices, echales una manita. Pero con discreción, por favor. Nada que pueda hacerles pensar en milagros ni cosas por el estilo. Que parezca algo natural.
 —No descarto que alguno de ellos piense en lo sobrenatural. Lo hacen siempre. Ante la fortuna piensan en dones divinos y ante la adversidad se conforman pensando en que forma parte de tus planes.
 —Lo cual no deja de ser enojoso. Les otorgué el libre albedrío y decidí no volver a interferir en sus asuntos. No me importa que piensen en mi influencia cuando les van bien las cosas. Pero cuando les van mal podrían pensar en Luzbel, digo yo. Que seguro que en más de una ocasión mete sus pezuñas en los asuntos de los humanos.

*****************************************************

 En el fondo del callejón, en el rincón más oscuro y sombrío, junto a dos grandes cubos metálicos llenos de maloliente basura, dormía sobre un apolillado jergón un ser miserable, un pordiosero sucio y cubierto de harapos, tapado con una pequeña y vieja manta de viaje.

 A escasos metros de allí se veían los grandes portalones de madera que cerraban el patio de una pequeña misión. En el interior del edificio cerca de veinte personas, entre niños, adultos y ancianos, temblaban de frío y de miedo, muchos de ellos arrodillados en los bancos de madera. Los frailes a cuyo cuidado se hallaba la pequeña iglesia les iban pasando algo de comer o de beber, y trataban de animarles un poco.

 —Estén tranquilos. Aquí en nuestra misión están ustedes seguros. Nadie se atrevería a profanar este santo lugar. Nadie que esté en sus cabales, quiero decir.
 — ¡Ay, hermano! ¡Ojalá tuviese usted razón! Pero yo conozco bien a esos bandidos. No respetan nada y no creen en nada que sea ajeno a sus sucios negocios. Por desgracia mis hijos se vieron tentados por el dinero fácil y entraron a trabajar para ellos. Ahora, como viesen la verdadera naturaleza de sus asuntos han querido echarse atrás. Y bien sabemos que ello equivale a firmar su sentencia de muerte y la de sus familias y sus amigos.
 —Aquí nos protege nuestro Santo Patrón, San Jeremías. Estando bajo su protección no tenéis que temer nada.
 —¡Dios le oiga, hermano!


 El vagabundo abrió ligeramente un ojo y su respiración cambió de ritmo. Algo le había despertado, un sonido flojo como de arrastrar pies con cuidado. Fingiendo que seguía dormido dirigió su mirada a la entrada del callejón. Allí vio un grupo de hombres, como media docena, que avanzaban sigilosos pegados a las paredes y buscando el refugió de las sombras en los pequeños umbrales de las viviendas.

 No tardaron en situarse frente a las puertas de la misión, que permanecían firmemente cerradas. Uno de ellos tomó en la mano la gruesa aldaba que colgaba en la puerta de la derecha y golpeó con fuerza. Un sonido metálico retumbó por el patio que separaba las puertas del edificio de la misión.

 —¿Quién vive?
 —¡Loado sea el señor! Haced la merced de abrirnos. Somos un grupo de peregrinos que venimos de Juarez huyendo de unos bandidos miserables que nos han despojado de todo, menos de nuestras ropas.
 —Aguardad un poco, hermanos. Voy a buscar ayuda para abriros las puertas.

 Se oyeron los pasos del monje que se dirigía hacia el edificio de la misión y los recién llegados se aproximaron a las puertas al tiempo que sacaban las armas que todos llevaban ocultas. Cuando algunos de ellos amartillaron sus revólveres sonaron unos breves chasquidos metálicos.

 —Disparad en cuanto abran. Sobre cualquier bicho viviente. No ha de quedar nadie, ¿entendéis?, no ha de quedar ni uno solo de esos perros con vida.

 Con los músculos tensos y las armas a punto, escucharon los pasos de dos personas al otro lado de las puertas. Empuñaron con más fuerza los revólveres y las carabinas, y pusieron un dedo junto al gatillo dispuesto a disparar. Comenzaron a oírse los sonidos de los cierres y los candados que mantenían las puertas cerradas. Todos tenían puesta la vista en la línea vertical que las separaba. Quizás por eso no advirtieron que el vagabundo, en silencio, se había puesto en pie.

 Le cubría la vieja manta, con un orificio por el que sacaba la cabeza. Con un gesto rápido apartó la manta y sacó ambos brazos, en los que llevaba algo, algo que tomaba con ambas manos, algo que ofrecía una superficie brillante de aspecto metálico.

 —¡Bang! ¡Bang!

 Sonaron dos tiros y dos de los supuestos peregrinos cayeron fulminados al suelo. Los demás, antes de que tuviesen tiempo siquiera de reaccionar, corrieron la misma suerte alcanzados por una rápida ráfaga de certeros disparos.

 Las grandes puertas del patio se abrieron justo cuando resonaban los ecos de los últimos disparos. Dos monjes salieron al exterior y encontraron al grupo de hombres armados, abatidos todos, por lo visto, por los certeros tiros de un hombre que en pie, les miraba desde el fondo del callejón.

 —¡Oiga! ¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Quién es usted? Venga aquí, no se vaya por favor.

 El forastero les saludó con la mano, se colocó un sombrero de ala ancha y, con una agilidad sorprendente, saltó al otro lado de la valla que cerraba el fondo de aquel sucio callejón.

 Uno de los monjes corrió para rodear la misión y salir a campo abierto para tratar de seguirle. Pero apenas unos minutos más tarde regresó muy excitado.

 —¿Quién era ese hombre? Parecía un pobre vagabundo.
 — ¡He corrido otro lado para llamarle y no le he visto por ninguna parte!
 — ¿Me estás diciendo que desapareció?
 —Así podríamos decirlo, sí. ¡Desapareció!
 —Se lo tragó la tierra.
 —Hermano, no te rías de mi, pero creo que no se fue hacia abajo sino que se fue hacia arriba.
 —¿Volando?
 —No le vi, pero sentí como ruido de viento sobre mi cabeza y miré hacia lo alto y vi... vi como una esfera de luz que se alejaba a gran velocidad.

 

lasacra1
lasacra1
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Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010
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  • 12 de Enero de 2012 a las 22:07
Muchísimas gracias a todos los que habéis participado. Gracias también a los que vais a leer, votar y comentar.

Pasamos al hilo de comentarios, aquí ya está el pescado vendido.

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