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romi
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Un cuento para la princesa

14 de Febrero de 2012 a las 21:35

Bubok

Un cuento para la princesa           

I- Cuando la princesa era todavía niña, lo que más le gustaba a ella, era jugar y cortar flores del jardín. También le gustaba mucho entretenerse con el agua de las albercas en los palacios y jardines, correr libre por entre las plantas donde iba a buscar las flores, abrir sus brazos y dejarse acariciar por el fresco airecillo, al caer las tardes y muchas veces por las mañanas y al mediodía, en los meses de primavera y verano. Le gustaba mucho distraerse con los pajarillos que siempre revoloteaban por entre los árboles y rosales del jardín y disfrutar de sus cantos y melodías.

         Pero a la princesa de la Alhambra y en la etapa de su niñez, le gustaba más que otras cosas, algo muy concreto. Tenía ella sus aposentos en una de las más altas y bonitas torres de los palacios de la Alhambra. Y esta torre, tenía varias ventanas. Grandes ventanales, decoradas por dentro con telas de hermosos colores y que se abrían a los paisajes más espectaculares que desde la colina de la Sabika se divisan. A Sierra Nevada, daba una de estas ventanas. Al gran valle de la Vega de Granada, se abría otra ventana. A los jardines que ella con frecuencia recorría, también se abría una tercera ventana y la más grande y que a ella le gustaba mucho, daba al barrio del Albaicín. A la umbría que desde la Alhambra desciende hacia el río Darro, al ancho valle de este río y a las laderas y partes altas de la colina del barrio de las casas blancas. Y a este paisaje, era al que más tiempo dedicaba. A veces, horas enteras se pasaba sentada frente a la ventana, mirando para la colina de enfrente y como abstraída o perdida en la distancia y laberintos de los cerros.

         La madre reina, ya se había dado cuenta de esto y dejaba pasar el tiempo. Se decía: “Al fin y al cabo, ningún daño hace a nadie ni a ella misma, mirando por esta ventana y soñando sus sueños”. Pero un día, ya muy intrigada la reina madre del interés que la niña mostraba en la observación de lo que se veía desde la ventana, se acercó a ella y le preguntó:

- ¿Qué es lo que desde aquí ves que te entusiasma tanto?

Y la niña le respondió:

- No sé explicarte lo que veo pero sí a veces me pregunto cosas.

- ¿Y qué cosas son las que te preguntas?

- En ocasiones me pregunto en cómo serían hace mucho, mucho tiempo, esos cerros de enfrente. Por donde ahora se ven las casas blancas de este tan bonito barrio. ¿Tú sabes algo?

- Los sabios lo han dejado escrito en los libros y, por eso, muchas cosas sí se saben.

- ¿Y qué es lo que en esos montes había hace mucho, mucho tiempo?

- ¿Cuánto tiempo?

- Por ejemplo, antes de que en el barrio del Albaicín hubiera personas viviendo y se construyeran cuevas en esas laderas.

         Y la madre reina, bastante intrigada con la pregunta que le hacía la princesa, pensó durante un momento. Se puso a mirar con la niña por el hueco de la ventana, mientras intentaba recordar lo que de este cerro del Albaicín a ella le habían contado los sabios y maestros de los palacios de la Alhambra. Luego miró a su niña y de nuevo comentó:

- Como tú sueñas tanto e imaginas tan varias cosas quiero preguntarte algo.

- Pero ya sabes que la que necesita conocer, soy yo.

- Es que mi pregunta la única persona que puede responderla eres tú.

- ¿Y qué es lo que deseas preguntarme?

- Si cuando miras por esta ventana y te pierdes por esos montes de enfrente tú has pensado alguna vez cómo serían esos lugares hace mucho, mucho tiempo.

- Claro que lo he pensado.

- ¿Y cómo te imaginas que era eso?

- Me lo he imaginado de muchas maneras y todas muy bonitas y llenas de flores. Pero una noche tuve un sueño y en él vi todos esos cerros de enfrente. Eran mucho más grandes y desde las partes altas caían hondo y largos barrancos. En la mitad de la ladera y a la derecha de uno de estos barrancos, vi a un joven muy fuerte, alto y bello. Al lado de arriba y casi en lo alto del todo, vi a una niña así como yo que lo llamaba y le decía:

- Salta y vente a jugar conmigo a lo alto de este monte.

Y vi que el joven siguió caminando y volcó para el barranco que, desde aquel monte, cae para el río Darro, llegó al mismo borde y en ese momento, dio un gran salto y por el aire salió volando al encuentro de la niña que lo llamaba en lo más alto del cerro.

         Yo me sentía muy contenta y al ver al joven volando por el aire, como lo hace cualquiera de las avecillas que viven en los jardines de estos palacios, tuve miedo. Lo llamé y al instante desperté. En aquel momento y hasta hoy, sentí y tengo mucho interés en lo que hubo y cómo eran esos cerros hace mucho, mucho tiempo. ¿A caso alguna vez por ahí las cosas fueron como las he visto en mi sueño?

La reina madre meditó unos segundos y luego dijo a su niña:

- Te voy a contar un cuento. ¿Quieres?

- Claro que sí.

- Pues escucha y verás qué bonita historia de esos lugares, en tiempos lejanos.

Y la reina madre, lentamente comenzó a narrar a su niña:

         Hoy a este barrio de las casas blancas frente a la Alhambra, se le ve ahí: en lo más alto de una colina, donde el terreno es llano, por algunos sitios, tiene laderas, pequeños cauces corriendo, un río al lado sur y otro río al norte. Y por estas laderas, pequeños valles, collados y partes altas de los cerros, hoy se ven ahí muchas casas blancas, multitud de calles estrechas, recogidas plazas, muchas de ellas bien empedradas y por las tierras que miran al sol de las mañanas y de las tardes, también muchas cuevas. Y por todos estos pequeños, bonitos e interesantes rincones, hoy se ven muchas personas. Habitantes de las casas blancas, algunos de ellos, habitantes de las cuevas excavadas en las laderas y algunos turistas que van y vienen llegando de todas partes. Y en todo momento y desde cualquier parte de estos cerros, barrancos y valles, se abre al frente la robusta silueta de la Alhambra. Más a lo lejos y al fondo, desde cualquier rincón de lo que hoy es el barrio del Albaicín, continuamente se ven las cumbres de Sierra Nevada, muy blancas en invierno y color gris apagado en las otras estaciones del año.

         Pero el monte donde hoy se extiende y reluce blanco el barrio del Albaicín, no siempre estuvo sembrado de casas. En otros tiempos, mucho antes de la construcción de la Alhambra y de la aparición del primer asentamiento humano sobre la colina del Albaicín, todos estos lugares fueron tierras solitarias. Despobladas de seres humanos, cubiertas de vegetación con monte bajo y espesos y altos árboles y con algunos caminillos que, por entre esta densa vegetación, iban de norte a sur buscando el mejor paso en las laderas, collados y barrancos y perderse para luego descansar en alguna construcción de piedra o cueva en los barrancos. Rudimentarias construcciones levantas por los primeros humanos que se establecieron y vivieron en estos montes que hoy ocupan las casas blancas del barrio del Albaicín.

         No han quedado documentos de aquella etapa de la civilización ni tampoco la arqueología ha podido encontrar nada con lo que hilvanar los hechos. Pero como aquellos montes existieron y también fue cierta la presencia de aquellas primeras personas, puede hablarse de ellos como algo real. Y yo sé que, por entre la vegetación que cubría el gran monte hoy conocido como Albaicín, en aquellos tiempos había algunas ruinas de casas. Muy primitivas pero viviendas en forma de casas, ocupadas por personas y muy perdidas entre el monte y los árboles de estos cerros. Al lado norte y por la ladera que caen para el río Beiro, había algunas casas. No blancas sino color tierra, de madera, piedras y tierra y muy pequeñas. Un poco al este de este gran terreno también había casas, en el collado al poniente, se veía un edificio algo más grande y al levante, casi mirando a lo que hoy es la Alhambra y Sierra Nevada, se alzaba un par de construcciones más. Por donde hoy se encuentra el corazón del Albaicín y que en aquellos tiempos todo era bosque con gruesos árboles, algunas veredas y más viviendas.

         Y una mañana fría de invierno, de una de las pequeñas casas en las laderas que caen para el río Beiro, salió un joven. Alto, fuerte, de pelos largo, ojos oscuros y miradas claras. Le dijo a la madre que en aquel momento apilaba unos palos junto a la entrada de la vivienda:

- Voy a la ladera sur y volveré al caer la tarde.

- Ve con cuidado y con nadie te enfrentes ni enfades. Y si por el bosque encuentras algo que pueda servirnos para comer, si no tiene dueño, cógelo y te lo traes. También, cuando regreses, recoge las ramas y monte seco que encuentres. Lo necesitamos para calentarnos.

Y el joven respondió:

- De acuerdo, madre.

Llamó al instante a su pequeño perro, color canela claro y por una de aquellas sendas, se puso a caminar hacia el lado sur de la montaña, ya vertiente al río Darro. Y solo en unos minutos, coronó al collado, volcó para la vertiente sur y enseguida se encontró frente al ancho valle del cristalino río que te he dicho. Y al descubrir el amplio y misterioso paisaje, desde estas tierras y colina de la Alhambra, río arriba hacia las profundidades de las montañas, se paró. En eso momento el sol se alzaba a medio cielo sobre las cumbres de Sierra Nevada y las montañas de donde viene este río y la luz caía como velando en una misteriosa cortina de niebla blanca. Del río se alzaba también finas nubes de vapor de agua y en la mitad del valle, descubrió un hermoso lago. Todo azul y reflejando los rayos del sol de la mañana, escoltado a los lados por las dos altas colinas que este río tiene.

         Miró durante un buen rato, escudriñando despacio este bellísimo espectáculo, buscó luego un lugar cómodo, se sentó en una piedra, llamó a su pequeño amigo el perro y le dijo: “Quiero contemplar despacio esta maravilla de la naturaleza y quiero gozar en profundidad los colores y luces que brotan de este lago. ¿Te acuerdas tú de ella? Por este misterioso río y esas oscuras montañas que se ven al final, se marchó aquel día. Como al encuentro de las blancuras de Sierra Nevada y desde entonces, nada hemos sabido de su persona. ¿A dónde se habrá ido, en qué lugar tendrá su palacio y cómo será el paraíso que ahora pisan sus pies?” Su pequeño perro amigo pareció comprenderlo y por eso, durante unos segundos, lo miró. Luego saltó por entre unas matas, buscó una estrecha sendilla y después de ladrar un par de veces, comenzó a trotar despacio, volviéndose para atrás y mirando al joven, como invitándole a que lo siguiera.     

         El joven pareció comprender a su perro amigo y por eso, se levantó de donde estaba sentado, caminó hasta la senda al tiempo que de nuevo habló a su perro y le dijo: “Quizás quieras enseñarme algo que conoces o intuyes que puede ser bueno para mí. Camina y ladra que yo te sigo”. Y el perro de nuevo ladró un par de veces y prosiguió su trotar lento y decidido. La sendilla surcaba toda la ladera sur y poco a poco iba cayendo para el río, aproximándose cada vez más al lago azul, por donde las finas nieblas, jugueteaban formando paisajes fantásticos. Por eso, entre esta luz de colores y bruma en forma de vellones algodonosos, el perrillo y el joven se fueron perdiendo. Como al encuentro del sol que se alzaba colgado en la gran bóveda celeste.

         Y nadie, en ese momento vio ni al joven ni a su perrillo amigo color canela claro. Y tampoco nadie lo encontró aquella tarde cuando la madre y unos conocidos, salieron a buscarlo. Lo llamaron desde lo más alto del cerro tapizado de bosque y luego lo buscaron por algunos rincones del valle del río y por ningún sitio lo vieron ni no oyeron. Ni aquella tarde ni por la mañana ni en los días que siguieron. Al cuarto día, varias personas se unieron a la madre y se fueron a buscarlo a donde el lago azul y aun más lejos, río arriba. Ninguna señal vieron de él ni tampoco les decían nada concreto las personas a les que les preguntaban.

         Pasó un tiempo y siguieron sin saber nada de este joven. Pero sí, a los pocos días de aquel frío invierno, algunas personas empezaron a decir que en las aguas del río Darro, encontraban pequeñas pepitas de oro. Comentaban:

- ¿Será esto obra del joven que se marchó con su perro amigo?

- No lo sabemos pero sí es cierto que este río, desde aquel día, tiene mucha más agua que nunca. Y estas pepitas de oro, solo ahora empiezan a verse por aquí.

         Y la reina madre, al llegar a este momento del relato, guardó silencio. La princesa la miró y le preguntó:

- ¿Tú crees que aquel joven tuvo algo que ver con el oro y las aguas claras de este río?

- Yo creo que sí.

- ¿Pero a dónde se fue a vivir?

- Muchos creyeron y aun se siguen creyendo hoy que se fue a las montañas oscuras donde nace este río de la Alhambra.

Y la princesa, después de un rato en silencio, volvió a preguntar:

- ¿Puedo yo un día, cuando sea mayor, ir por estas montañas a ver si encuentro a este joven?

Nota: Este relato tiene una segunda parte titulada “El lago del Patio de los Arrayes”. La pondré aquí en breve.

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