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jpiqueras
Mensajes: 2.807
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009

LXXVII (77ª) Edición del Concurso: La universidad (Hilo para los relatos)

27 de Febrero de 2012 a las 9:40
Pues eso, hasta el jueves 8 de marzo hacia las diez de la noche, tenéis tiempo de postear aquí vuestros relatos sobre:

La Universidad

En el sentido más amplio que deseéis. Del campus, de los colegios mayores, de las cátedras. De las oposiciones, de las aulas, de las clases, del ambiente estudiantil, de la investigación y las tesis, de la universidad del pasado, de la del presente, de la del futuro. De los bedeles (que a veces, con los años, llegan a ser expertos en temas propios de la cátedra), de las bibliotecas universitarias, de las becas y los erasmus, de la redacción de los boletines estudiantiles, de los comedores universitarios, de los que pasan el curso lejos de la familia, de los que vaguean y tratan de copiar en los exámenes, de los que estudian lo que les impone la tradición familiar y no lo que les gustaría, Relatos de ambiente universitario, vaya.

Para los que acaban de llegar, o los que llevan poco tiempo por aquí:

http://www.bubok.es/foros/tema/1933/BASES-del-CONCURSO-BISEMANAL-DE-RELATOS-BUBOK-LEER-antes-de-votar-o-participar/#ultimo_mensaje




concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 1 de Marzo de 2012 a las 9:25

El juego de los absurdos

La noche es la única compañera de mis pasos. Los oigo cada vez que caen sobre el suelo de piedra que ha cobijado a tantos y tantos alumnos durante tantos años… Pero ahora, en estos momentos en que la pesadumbre se abate sobre nuestros hombros me parecen losas…

Al final, vencido por mis propios temores me he hecho acompañar por la mortecina luz de una tea a la espera de que pueda ocultar aquello que sin querer ver, estoy obligado a encontrar... Me resulta tan desconcertante recorrer los pasillos en busca de un fantasma del que dicen, es el responsable de las muertes que han venido sucediendo en nuestra universidad.

El libro en cuestión—el responsable de las muertes—es por pura paradoja un libro dedicado al amor…“Las cuitas del joven Werther”. Es verdad que antes de dejarlo caer en la biblioteca ya conocíamos las desgracias que éste había causado en Alemania y los suicidios que había provocado entre los jóvenes del país, pero ¿quién podía imaginarse que algo así también nos afectaría a nosotros? Es más, si alguien hubiera vaticinado el tormento que estos días nos asola, lo hubiéramos tachado de loco…Y pensar que dónde antes reinaba la erudición ahora corre la ignorancia más extrema; pues ¿no osan afirmar las mentes estrechas que por estos corredores se pasea el fantasma de Goethe, cuando ni tan siquiera ha muerto? Entonces, si bien sé que no puede haber ningún fantasma, ¿porque me falta el arrojo con el que emprendí este sin razón?

El eco de mis pasos es el único sonido que me acompaña. La penumbra que se oculta en  los resquicios de las paredes y en el follaje de los capiteles sale a recibirme a cada esquina, y cómo si pretendiera intimidarme más de lo que posiblemente ya lo estoy, se eleva sobre mí como un monstruo de perversa sonrisa…

 La estrechez del pasillo me asfixia y el tañer de las campanas de la iglesia me dice que estamos entrando en la hora de las brujas y sigo sólo, recorriendo los claustros en busca de lo que no existe…

La biblioteca sale a recibirme con su peculiar olor a caduco, a vejez bien llevada que tienen los libros que hay en los anaqueles de las librerías. Me resulta extraño y desconcertante al mismo tiempo pensar que aquí, donde hay tanta sabiduría, es donde se han llevado a cabo los suicidios; pues los seis estudiantes que nos faltan se precipitaron al mar por una de sus ventanas.

Antes de entrar he dejado la tea fuera porque no quiero que el fantasma me vea llegar a mí antes que yo a él… Y con este fin, dejo, gustoso, que la sombra de los pasillos que conforman los libros, me cobije…

— ¡Estas loco!

Mi corazón empieza a bombear frenéticamente… Miró a mí alrededor en busca del dueño de la voz, pero no consigo ver nada; sólo existe la oscuridad que me ha acompañado desde que entré en la biblioteca…

—Ahora resulta que soy un loco, un demente…o  tal vez, un incomprendido…

— ¡Tienes que parar!

—No puedo, ni quiero hacerlo.

— ¿No ves qué lo que estás haciendo es monstruoso?

— ¿Cómo Frankhestein?—la voz está teñida de ironía, y si en un principio era desconocida para mí, poco a poco empieza a entrar en mi entumecido celebro la claridad y la voz pasa a ser conocida: y si no me equivoco, es la de un brillante estudiante de medicina.

— ¡Deja de compararte con él!

—No puedo hacerlo…—salí del rincón donde había quedado velado por la oscuridad y dejé que la penumbra iluminara mi entendimiento. Dos estudiantes, uno vestido imitando a Wehther, estaban hablando al lado de la ventana por la que los estudiantes se habían precipitado—. ¿Sabes que Frankhestein también leyó a Goethe?

— ¡Te lo he dicho mil veces!—exclamó furioso el que estaba más lejos de la ventana—. Mary Sheller escribió Frankhestein, él sólo es un personaje de un libro…

  —Pero es tan parecido a mí…

— ¡Quiero que toda esta pesadilla termine!—gritó fuera de sí—. Yo no puedo seguir encubriendo todo lo que haces…

—Y, ¿qué es lo que hago?—otra vez ironía en la voz—. Yo sólo sé que cuando leí las cuitas del joven Wether me vi reflejado en él: la pasión, el deseo no correspondido, la pena, el sufrimiento y el dolor que causa el desamor…Está escrito para mí…

—No sigas, sabes que el amor no siempre es correspondido.

—Sí, lo sé… Pero cuando tuve en mis manos el libro de Frankhestein y leí que él también leía al joven Werther, la luz remplazó a la oscuridad… ¿No lo ves? Todo encaja.

—Estás loco y yo no voy a encubrirte más—dijo, severo.

— ¿Sabes porque mi amor no puede corresponderme?—dijo seguro de sí, como si las palabras que iban a salir de su boca fueran las más ciertas del mundo—. Porque soy feo, un monstruo como Frankhestein, algo horrible que sólo causa el menosprecio de la gente.  

— ¿Sabes porque no puede corresponderte la persona que tu dices amar?—repuso en tono cansado, como si ya se lo hubiera dicho miles de veces—. Porque su corazón pertenece a otra persona.

El joven Werther, o como yo le acababa de bautizar al que iba vestido con su atuendo, estudió a su compañero antes de decir:

—Eso es imposible. Yo me he encargado de matar a todos sus pretendientes…

El peso del silencio que siguió a esas palabras cayeron sobre mí con tanta fuerza, que apenas y si tuve coraje para mantenerme en pie y no desfallecer.

—Mañana iré a hablar con el rector de la universidad y le contaré todo…—dijo, severo, el estudiante antes de pasar por mi lado sin verme.

—Mi amado se va sin siquiera despedirse de mí…—y cuando quise darme cuenta, mi joven Werther se había tirado por la ventana, quién sabe si imitando a su Frankhestein particular y desapareciendo al igual que él en el mar…

 Alguien, una vez dijo algo parecido a esto “la lógica podía cobrar todo sentido si se le aplicaba el absurdo…” (*) y que razón llevaba…

(*) Extraído de la película “Los crímenes de Oxford”.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 4 de Marzo de 2012 a las 19:24
De cómo hice carrera

Mis padres estaban contentos. Mis abuelos eran felices. Mis hermanos pequeños me admiraban. Mis amigos me envidiaban. Yo… yo no sé cómo me sentía, pero hubiera entregado mi alma a cambio sentirme siempre así.
La Universidad. Era la primera en mi familia que llegaba a alcanzar esa cota. Para mis abuelos aquello era un mundo lejano; para mis padres un sueño casi imposible y para mí, al fin una realidad.
Don Miguel, el dueño de casi todo el pueblo, aquel año hizo alarde de generosidad e hizo público que concedería una beca al mejor expediente académico de nuestra localidad. Uno de sus hijos se había curado de una grave enfermedad y, según se decía, había hecho promesa al Cristo. Siempre fui lista y trabajadora, no me resultó difícil conseguir aquella prebenda.
Preparé mi marcha a Madrid; resultaba tan lejano en aquel tiempo… De momento me alojaría en la casa de una prima de mi padre, sólo hasta que encontrara algún sitio barato en el que poder instalarme. De hecho, la tía Luisa había puesto un mes de plazo y su acogida no era gratuita. Tenía ocho hijos y vivían en un piso de no más de sesenta metros cuadrados. Era entendible su escasa hospitalidad.
Yo era consciente del sacrificio que mis padres estaban haciendo al dejarme aceptar la beca de Don Miguel. No sólo no empezaría a trabajar –y por tanto a colaborar en la economía familiar- sino que además, a pesar de que los estudios serían gratis, mi escalada en el mundo cultural, suponía un gasto extra que ellos tendrían que afrontar con mucho, demasiado, esfuerzo.

Mi llegada a Madrid fue triste. Llovía y no había nadie esperándome en el andén. Tampoco me esperaban en otro sitio. Tomé un taxi que me condujo hasta la dirección que llevaba apuntada en un papel y que, por nada del mundo (eso me había dicho mi madre), tenía que perder. Ahora sé que el taxista, adivinando que era mi primera visita a la capital, aprovechó para hacer un recorrido turístico en el que pude ver casi toda la ciudad; tendría que haber sospechado algo al ver por segunda vez La Cibeles, pero, ingenua de mí, pensé que era muy lógico que en una gran ciudad como Madrid hubiera dos estatuas iguales en entornos idénticos.
El piso de la tía Luisa no sólo era pequeño para la cantidad de gente que vivía allí, además era interior. Quizás por eso toda la familia tenía ese leve tono cetrino que tanto me llamó la atención. El olor también era peculiar; no era a cerrado, no era a sucio, era empalagoso y desagradable.
Don Miguel me había dado un número de teléfono al que tenía que llamar cuando estuviera instalada. No sé qué había tras el número marcado; me citaron para el día siguiente en la puerta de la Facultad de Derecho. Las mañanas de los primeros días me las pasé en la Ciudad Universitaria intentando orientarme (lo primero) y  haciendo las gestiones para matricularme de la mano de Esperanza, la cuarentona remitida desde el número de Don Miguel, que me indicaba a dónde teníamos que dirigirnos y que se ocupó de todo el papeleo. Ya todo estaba solucionado: las clases empezarían el seis de octubre en el aula 206 de la Facultad de Derecho. ¡Era universitaria!
Gracias a Esperanza, conseguí instalarme a la semana siguiente en una pensión para señoritas y abandonar la casa de la tía Luisa. Nunca más regresé a aquel lugar ni volví a ver a mis familiares; no nos conocíamos antes, no lo hicimos en la semana que estuve allí y nunca consideré que les debiera nada.
La pensión era un gran piso regentado por Doña Manuela. Teníamos horarios y reglas un tanto estrictas en cuanto a vestimenta y aficiones; por supuesto, las visitas masculinas estaban prohibidas. Allí conocí a Puri, que también empezaba su vida universitaria aquel año, aunque ella haría Farmacia. No tardamos en congeniar y hacernos casi amigas.

Estudiar en la Universidad me pareció algo mágico. Todo era tan… ¿universitario? De repente me había convertido en alguien, al menos esa sensación era la que yo tenía; auténticos sabios me daban clase y me escuchaban cuando yo tenía algo que decir. Valoraban mis opiniones y mi sabiduría, ¡la mía!, que no le llegaba ni a los tobillos al más tonto de ellos. Y me daban buenas notas; eso era lo mejor, ver que mi esfuerzo y el sacrificio de mis padres daban su fruto.
El primer curso se pasó volando, casi ni me enteré. No hice muchas amistades. Me centré en estudiar, estudiar y seguir estudiando. En realidad la única persona con la que tuve algo de relación, y no demasiada, fuera de las clases, fue Puri. A ella le gustaba salir y divertirse. No es que a mí no me gustara, pero la verdad es que no me quedaba tiempo y tampoco me lo podía permitir: lo que me mandaban mis padres apenas alcanzaba para pagar la pensión y malcomer.

El verano lo pasé en el pueblo, claro. Se me hizo más largo que el invierno que había pasado en la capital. Me alegré mucho de verlos a todos, los había echado de menos, pero se me hacía raro estar entre ellos. Cuando les contaba cómo eran las clases, cómo mis días en Madrid o alguna anécdota… me daba cuenta, a medida que iban brotando mis palabras, de que todo era un absurdo allí. No compartían nada de mi nueva vida e intentar hacerles partícipes de ella carecía de sentido.
La carta que recibí de Puri supuso una tabla de salvación a la que me aferré sin dudarlo ni un segundo. Me contaba que había regresado a Madrid antes de tiempo con la intención de buscar un piso para alquilarlo junto a otras compañeras suyas y me proponía formar parte del grupo. Habían visto uno muy bien situado, lo bastante amplio para cuatro personas y que nos supondría un ahorro, ya que tocaríamos a menos de lo que pagábamos en la pensión. Y estaba amueblado, así que no había que comprar nada. Con la excusa de verlo e instalarme si me convencía, también yo adelanté mi vuelta al que consideraba mi mundo.

Y fue el mundo entero el que se vino abajo cuando, una vez instalada, llamé al número que Don Miguel me había dado el año anterior. Quería ponerme en contacto con Esperanza para que, de nuevo, se ocupara de mi matriculación.
Me explicó que las instrucciones de Don Miguel se ceñían al curso anterior y que no había recibido indicaciones sobre el que iba a comenzar. Me emplazó para el día siguiente a fin de darle tiempo para hacer las averiguaciones pertinentes. Cuando volví a llamar me confirmó lo que había estado temiendo durante toda la noche que pasé sin dormir: la generosa promesa de Don Miguel duraba un curso, no más.
Llamé a mis padres para decírselo. Me dijeron que no me moviera de Madrid, que irían a hablar con Don Miguel, que seguro que todo era un malentendido, que todo se solucionaría.
Me quedé junto al teléfono llorando. Estaba sola, mis compañeras de piso sí estaban haciendo sus matrículas. Me repetí una y mil veces que mi sueño se había acabado. Me vi regresando al pueblo y viviendo una vida que no quería vivir. Me habría quedado así todo el día si no me hubiera sacado de aquel “viaje astral” el timbre del aparato.
Descolgué sin darme cuenta casi de que lo hacía y respondí de forma mecánica.
—¿Sí?
—¿Celeste?
—No. Aquí no hay ninguna Celeste. Se ha equivocado.
—Llamaba por el anuncio.
—¿Qué anuncio? Se ha equivocado, no hay ninguna Celeste ni ningún anuncio.
No me paré a pensar en la llamada. No hice conjeturas sobre su significado. Simplemente había sido una llamada equivocada. Después de cinco llamadas confundidas, caí en la cuenta de que alguien había publicado un anuncio con nuestro número de teléfono. Al sexto le pregunté en qué periódico había encontrado el número; me lo dijo y bajé a comprarlo.
Cuando regresé, Puri ya estaba en casa. Le conté mi desventura con el bueno de Don Miguel y volví a llorar sin recordar por qué tenía un periódico en la mano.
Puri me abrazó y me consoló. Me aseguró que todo se arreglaría, que siempre había una solución para todo.
Fue entonces cuando ella reparó en el diario y me lo arrebató con una amplia sonrisa.
—A ver si han publicado el anuncio.
—¿Has puesto tú un anuncio? Pues han llamado un montón de veces y les he dicho a todos que se han equivocado. Pero preguntaban por Celeste.
—Claro, no iba a poner nuestros nombres.
Sonándome los mocos y secándome las lágrimas, me situé tras Puri para poder leer el anuncio al mismo tiempo que ella. No entendí nada. O sí, pero no quería entenderlo.
Fue una larga tarde hablando con Puri. Yo negaba, ella asentía. Yo pensaba en mis padres, ella en sumas y restas. Yo me escandalizaba, ella reía. Yo… ella…

Una semana después mis padres me llamaron. No habían conseguido hablar con Don Miguel; nunca lo encontraban en casa y no parecían llegarle los recados que le dejaban.
—Lo siento hija. Tendrás que regresar.
—He encontrado un trabajo, papá. Si tú me dejas…
—¿Trabajo? ¿De qué?
—En una oficina por las tardes. Me da para pagarme los estudios y no me tendríais que mandar nada. Incluso me han dado un adelanto para que me pueda matricular.
—¿Tú estás bien? ¿Estás contenta? ¿Es una buena empresa?
—Claro, papá.

Durante unos cuantos años fui una de las cuatro Celestes que compartían piso mientras hacían la carrera.
No le guardo rencor a Don Miguel, gracias a él pude dar el paso para hacer lo que deseaba y, sin saberlo, pagó buena parte de mis estudios: su hijo enfermo y sanado fue uno de mis mejores clientes… mientras vivió. El pobre murió poco después de que me licenciara, cuando Puri empezó a trabajar en una farmacia, más o menos. No se sabe cómo, alguna de las pastillas de su medicación estaba cambiada, contenía un poderoso veneno. No sé qué ponzoña sería, yo no entiendo de eso.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 5 de Marzo de 2012 a las 16:26

Evaluación continua

Soy demasiado viejo para estas cosas…

¿Cómo llegué aquí? Sí, claro, en autobús, que no estamos para dispendios. Porque cualquiera viene en coche con lo cara que está la gasofa, que sube más veces que una puta a su habitación en una despedida de solteros… Pero, a lo que iba, ¿por qué estoy aquí? ¿Qué falló?

La vida está mal hecha. La idea no es mía, pero me la agencio: deberíamos nacer viejos y sabios para morir jóvenes y totalmente ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor. Que de mayores también puede ocurrir. Lo de la inconsciencia, me refiero; pero claro, a ver quién es el guapo que se mantiene en forma a los setenta o a los ochenta… Que a esas edades no se le levanta a uno ni la moral. Digo yo. Sin embargo, morir jóvenes y, a ser posible, dilapidando los ahorros de toda una vida en excesos (carnales o no) tiene que ser una auténtica gozada.

 

Por dónde iba… A ver… ¡Ah, sí! Aquí. Nombre: Germán. No me gustaba mucho de pequeño, pero a fuerza de oírlo repetido te acostumbras. A mi madre tampoco le hacía mucha gracia porque decía que era nombre de abuelo. Por eso utilizaba toda clase de eufemismos (joder con el palabro) y así me evitaba el disgusto cuando me llamaba. Salvo cuando mi padre estaba presente, claro. Porque con esos bigotazos, que parecía habérselos pedido prestado al sargento chusquero de turno, imponía el muy cabrón. Nadie le llevaba la contraria salvo yo. Fui su china en los zapatos. Su partido comunista doméstico. Je, je, je… Él muy facha; yo un cabronazo rebelde que le hice la vida imposible hasta que me fui de casa a estudiar a la “Uni”. Curioso. Le echo de menos ahora que soy padre. Y le comprendo mejor que entonces, también.

La “Uni”, ¡qué tiempos, coño! Hace poco quedé con los de la facultad y aquello parecía “La parada de los monstruos”. Unos todo canosos, otros descapotables y, quien más, quien menos, con más sobrepeso que un ascensor en una convención de sopranos… ¡Si el que mejor planta tenía era yo! Y bueno, también “Joe”. El gringo parece haber hecho un pacto con el diablo, el mamonazo. Se nota que los gintonics que tomaba durante la carrera hicieron buen trabajo: le han conservado mejor que el éter. Como un cuchillo en manteca, vamos. Pero sólo de carrocería, seguro. ¿Y Paquito, que era todo un deportista? Ahí andaba renqueante de una hernia que le había salido jugando al padel o haciendo nosequé… Si ya lo decía yo: que correr no podía ser bueno; «que eso es cosa de cobardes y de malos toreros». Eso les decía mi padre desde el andamio a los que veía hacer fútin por los alrededores.

 

A ver… ¿Qué más pone por aquí…? Hijos: dos. El primero y el último, que dan muchos gastos y cualquiera repetía. Venganza del destino, claro. Mi padre se estará partiendo la caja desde arriba. O desde abajo, vete tú a saber, que era muy de misa diaría, pero anda que no blasfemaba. Era un mal hablado del copón. Je, je. En el fondo sí que nos parecemos, aunque él se esforzara en negarlo…

El niño me ha salido remilgado. Pues no se me está amariconando, que me dice el otro día que todo el mundo decía que era muy guapo. «Chaval, eso no tiene ningún mérito», le dije. «Eso es cosa de tu madre. Estudia y presume sólo de tus logros. Y sé buena persona, como lo fueron tus abuelos. Humildes, campechanos, trabajadores. Lo tenía que haber llevado a un público, cojones. Que se fuera curtiendo con los moros y panchitos de turno. Pero no, su mami quería que fuera al mejor colegio privado que pudiéramos pagar (a ver qué hacemos ahora). Y su papi a eslomarse y a pagar una riñoná para que el niño vaya vestido como si fuera Harry Potter. Que sólo le falta la varita, hostias. ¡Pero que pijaza que es mi parienta! Lo mejor que encontré en la “Uni”, porque la carrera no la terminamos ninguno de los dos, pero algo bueno sí que nos llevamos de allí. O al menos yo. Me pregunto cómo sería mi vida ahora si hubiera seguido estudiando Quien sabe… Estaría igual, seguro, aunque más frustrado. Que la culpa no es mía, que es de los políticos y los banqueros, que lo dice todo el mundo.

-¿Ha terminado ya?

Pero será sieso el tío. Mírame el careto, que no soy un número, joputa. Así está mejor. Pero si es… ¡Que no me reconoce el cabronazo! El Cipriano… Que yo ya leía de corrido cuando Sor Nieves me sacaba al encerado mientras tú todavía pegabas mocos debajo de la mesa. Te lo has montado bien: ¡hala, a poner sellitos! Supongo que eso sí sabrás hacerlo.

-Aquí tiene, muchas gracias.

Me pregunto qué habrá sido de sus dos hermanos, que eran todavía más bobos que él. ¡Ah, claro! Como si lo viera: sindicalista y concejal.

Joder, venir al INEM es como caer en un agujero negro: 2 horas para rellenar un puto impreso. Mañana perdida.

Ahora que pienso… media vida también. ¿Y ahora qué?

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 6 de Marzo de 2012 a las 15:28

El sicómoro del campus

 

Estoy seguro de que es el único ejemplar que hay en toda la ciudad, y hasta me atrevería a decir que no hay otro igual en toda la vertiente norte de la Península. Realmente esto es algo que tampoco debiera extrañar a nadie, pues es un árbol cuyo hábitat natural se localiza en la zona central y meridional de África, y nadie acierta a saber cómo fue posible que una especie tan rara llegara a echar raíces tan lejos de su lugar de origen. El caso es que, a finales de los ochenta, cuando la Facultad de Biología era el límite oeste del campus, D. Silverio Hernández, titular del Departamento de Botánica, se percató de que el pequeño árbol que crecía en la amplia llanura que se abría tras los lindes de la universidad, era un joven fycus sicomorus, vulgarmente conocido como sicómoro o higuera africana. Seguramente su descubrimiento tuvo lugar en uno de sus acostumbrados paseos por aquella pradera silvestre que él tanto frecuentaba, y donde era habitual encontrarle haciendo muestreos o catalogando las especies arbóreas propias de la zona. Nunca sabrá el profesor Hernández cuán agradecido estoy a su ojo clínico, y eso a pesar de que D. Silverio, persona adusta y de agrio carácter, no gozaba de especial aprecio entre la grey de sus alumnos, si bien nadie era capaz de poner en duda que era hombre de docta competencia, y por ello muy respetado en el magisterio de su disciplina. Y tal fue el empeño que el profesor puso en proteger su particular descubrimiento, que hoy en día, veinticinco años después de aquello, el sicómoro permanece en el mismo sitio que antaño gracias a la mediación del profesor Hernández. Y desde luego que no debió resultarle tarea fácil librarlo de la tala que hubo a principios de los noventa, pues la agreste llanura que lo rodeaba tiempo atrás se ha convertido hoy en un amplio parque, salpicado de estanques y nuevos edificios que han ampliado los dominios del campus hacia el oeste. Y entre el decorado de sus cuidados jardines, sobresale con destacado privilegio el lugar solitario donde reina el sicómoro protagonista de esta historia, convertido ya en un noble ejemplar de brazos sarmentosos y poblada fronda.

 

Pero antes de seguir, es preciso que recupere de mi memoria algunas secuencias de mis días de estudiante, para dar cuenta de las sensaciones que hoy me embargan al pasear por estos cuidados jardines. ¡Qué distinto este paraje al valle que ocupaba tiempo atrás el mismo espacio! Y es que, como ya he mencionado, hubo un tiempo en que la Facultad de Biología era la frontera del campus y el extremo occidental de la ciudad, y aún me resulta fácil evocar la voz recia de D. Silverio resonando en el aula a última hora de la tarde, mientras yo distraía mi atención absorto en las fantásticas puestas de sol que era posible apreciar los días claros de primavera. Desde las ventanas del aula de la segunda planta se veía el extenso valle que se abría hasta una arboleda lejana, donde un pequeño bosque trazaba su límite siguiendo la sinuosa ribera del río. Hasta allí se aventuraban algunas veces los alumnos de primero a cazar ranas y tritones para diseccionarlos luego en las prácticas de laboratorio, e incluso los que gustábamos de hacer trabajos para entomología, recorrimos buena parte de aquel valle yendo a la búsqueda de ejemplares con los que ampliar nuestra particular colección de insectos.  

 

Sin duda guardo muy buenos recuerdos de mi vida de estudiante, pero para el tema que nos ocupa, me referiré sólo a tres de los momentos que han dejado en mí una huella imborrable de aquellos lejanos días. Los relataré por el orden en que acontecieron, aunque la secuencia de los hechos no responda al orden de importancia que ocupan en el podio de mi memoria.

 

El primero de esos momentos tuvo lugar el día que dieron comienzo las clases de tercero de carrera; el día que conocí a Verónica. Ella había cursado los dos primeros años en Barcelona, pero, por motivos que nada viene a cuento mencionar, su familia hubo de trasladarse a León en 1985, y ese mismo curso, aterrizó en la facultad con claros síntomas de nostalgia a su ciudad condal, hecho que pude constatar al poco de sentarme a su lado el primer día de clase.

 

Y aunque era evidente que ambos nos gustamos desde un principio, no fue hasta bien entrado el mes de marzo cuando, animados por el festejo que se organizó con motivo del paso de ecuador, nuestras manos se dijeron lo que nunca hasta entonces se habían atrevido a contar nuestras bocas; y así, al abrazo de la noche de una primavera en ciernes, acompañamos a la madrugada dejándonos llevar por el libre deseo de nuestros labios.

 

A partir de entonces no sólo compartimos aula, apuntes y largas horas de estudio hasta el final de la licenciatura, sino también muchos nervios y risas, y como no, el estrecho espacio que ocupa el colchón de una habitación de estudiante. Juntos recorrimos mil veces la ciudad deambulando sin rumbo por sus calles de piedra, y descubrimos rincones al abrigo de muros centenarios que aún guardan el eco de palabras que nunca he vuelto a pronunciar. Y soñamos con viajar y recorrer el mundo; y servir de por vida a la ciencia diseñando en el aire estudios imposibles; y hasta hablamos de ser un día portada de la revista Science y candidatos al Nobel. Pero ni esos, ni tantos otros sueños que compartimos, llegaron nunca a tener siquiera visos de realidad, pues al final, la universidad que tanto nos había unido fue también testigo del fin de nuestro sueño de conquistar juntos el mundo. Al poco de licenciarnos, ella acabó encontrando trabajo en Londres para una multinacional farmacéutica que la tuvo varios años viajando entre la India y Sudamérica, y yo, por mi parte, me inicié con una beca de dos años en la Universidad de Provo, en el Estado de Utah, universidad a la que sigo todavía vinculado como docente, si bien paso gran parte del año impartiendo conferencias por diversos países a lo largo y ancho del globo. Y aunque fuimos capaces al principio de mantener la magia durante un tiempo, lo cierto es que poco a poco nuestros encuentros se fueron dilatando hasta que la distancia y el paso del tiempo acabaron por hacer el resto. De eso hace ya más de veinte años.

 

El segundo de esos momentos que guardo siempre conmigo, tiene que ver con el viaje que hicimos a Granada cuando cursábamos cuarto año de carrera; el único viaje que llegamos a hacer los dos juntos. Recuerdo la tarde que deambulamos por las estrechas calles que discurren junto a la catedral, y el momento en que descubrimos una pequeña herboristería regentada por un joven marroquí, donde pudimos extasiarnos en la variedad de su amplio muestrario de hierbas exóticas. Cautivados por el hallazgo de aquel rincón que era para nosotros un tesoro de botánica, adquirimos unas semillas de sicómoro provenientes, al parecer, de un mercader del zoco de Marrakech.

 

Durante más de un año, las semillas del sicómoro germinaron en un tiesto de cerámica al calor de nuestra habitación de estudiantes. Y dudo que aquellos dos futuros biólogos enamorados fueran capaces de entregarse con más mimo al cuidado de aquel brote que acompañó sus días hasta el final de la licenciatura. Fue así como, siendo el sicómoro un delgado aunque fibroso esqueje, lo llevamos al valle que había tras la facultad una calurosa tarde de finales de junio; el último día de curso y de carrera; el mismo día que ambos abandonamos la universidad para siempre. Recuerdo que buscamos un rincón soleado y fértil donde trasplantarlo, alejado varios metros del margen del sendero que llevaba hasta el río. Con cuidado lo liberamos del tiesto y lo asentamos firmemente en la tierra, cubriendo bien el hoyo para que se enraizara con fuerza. Luego, hincados los dos sobre la tierra, estuvimos un rato contemplando la planta de nuestro árbol como si de una obra de arte se tratara. Recuerdo que nos miramos durante unos segundos, y ambos sonreímos tratando de engañar el verdadero sentir de nuestras emociones.

 

Aquel fue el día de nuestra despedida; y supongo que nadie se extrañará si digo que el recuerdo de esa última noche juntos, es el tercero de esos momentos que guardo con especial celo en el cofre de mi memoria.

 

Cuánto tiempo ha pasado ya. Por eso sé que la cena de hoy será sin duda un encuentro emotivo. Ha sido difícil reunir a la mayoría de nuestra promoción veinticinco años después de licenciarnos, así que estoy seguro de que esta noche participaremos todos del agrado de reencontrarnos después de tanto tiempo.

 

Por mi parte siento que además no podré reprimir ciertas emociones, pues ayer, tras aterrizar en la ciudad y registrarme en un hotel del centro, salí de inmediato hacia el campus a caminar por el entorno de mi vieja facultad. Y al llegar a la zona donde antes se abría el valle hacia el oeste, la vi a lo lejos paseando por el parque, luciendo con elegancia el mismo talle esbelto que conserva como antaño; y al reconocerla sentí por un momento que el corazón se me hacía pequeño, y que los recuerdos afloraban hasta empañarme el alma con un halo de dulce melancolía. Pero víctima de una pueril vergüenza, ni siquiera fui capaz de acercarme a saludarla, pues la coraza de cristal que guarda las lágrimas de los hombres para servir de disfraz a su coraje, se rompió en mil pedazos cuando la vi mirar a lo alto la copa frondosa de nuestro sicómoro, y acariciar con ternura la corteza áspera de su tronco.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 8 de Marzo de 2012 a las 13:51
                                                            El último examen

David colocó la hoja del examen en medio de la mesa y perfectamente alineada con el borde exterior ésta; el bolígrafo y el lápiz a escasos cinco centímetros del borde derecho del papel y completamente paralelos. La goma quedó en el vértice imaginario de la línea que describían el extremo más alejado del papel y el bolígrafo. Hacía todos los movimientos con suma calma, más relajado que la inmensa mayoría de los compañeros que como él estaban haciendo el examen en esa misma sala. Apoyó los brazos cruzados sobre la mesa antes de perder la mirada en la pizarra.

Cuatro años después aquél había sido el último examen. Ni siquiera tenía que revisarlo porque sabía que la nota sería tan alta como de costumbre; porque también los estudios terminan por seguir una cierta inercia y determinar absurdas tradiciones. Algunas tan inútiles como la de terminar el primero. Algo que no había cambiad durante esos años como muchas otras cosas. Miró a Miguel, el profesor, y tomo aire. Pensó que ya era hora que las cosas empezaran a cambiar.

Había sufrido a muchos como ese, de los que consideran que ocupan un escalafón superior por ser profesores. Personas que por creerse indespedibles arruinaban todo el buen trabajo hecho por sus compañeros. Porque daba igual cuantos buenos profesores tuvieras un año, los que te marcaban el día a día eran los más inútiles. Y esos no lo iban a perseguir cuando todo terminara.

La empresa en la que estaba haciendo prácticas ya le había ofrecido un buen contrato para cuando tuviera un título que enmarcar. Se acabaron los exámenes y los profesores engreídos. ¡Se acabó la pobreza! Por fin podría darse algún capricho. ¡Podría pagar algo a plazos si quería! Algo que había resultado completamente imposible durante años. Y lo que era mejor, tendría tiempo. Montones de tiempo, que hasta entonces había dedicado a estudiar, y podría dedicar a cualquier otra actividad por improductivita que fuera. Podía incluso no hacer nada y no se sentiría culpable por ello. Disfrutaría de las resacas de los domingos como cualquier chaval de su edad sin pensar en informes ni exámenes.

Echó un vistazo al papel que tenía delante por decencia, para evitar que se le escapase nada, pero había tenido una ración exagerada de sistemas de regulación durante los dos últimos años. Ni siquiera fue capaz de repasar la primera pregunta entera sin sentir nauseas. No. Ya iba siendo hora de terminar con aquello y no valía la pena seguir repasando. Dos puntos más o menos no iban a cambiar aquellos cuatro años. Se limitaría a esperar a que sus compañeros empezaran a levantarse para no ser de los primeros en entregar el examen. Otra tradición.

Aburrido como estaba miró a Alberto, despeinado dos mesas hacia la derecha con una vacía entre ellos. Especialista en la búsqueda perfecta del cinco había fracasado en demasiadas ocasiones. Posiblemente aún tuviera algunas asignaturas pendientes de segundo y varias de tercero. Había hecho un arte de la improvisación y no sólo en los exámenes. Todo el mundo necesita un amigo como Alberto, de los que repelen la tristeza en un radio de diez metros. Esperaba encontrar en el mundo más gente capaz de estar indefinidamente alegre porque sería una pena dejar escapar al único de la especie.

Justo delante de Alberto se sentaba Jorge jugando con la calculadora como si se tratara de un nuevo y revolucionario modelo de teléfono móvil. Siempre se había tomado la universidad como un pasatiempo ya que Trabajaba en la empresa de sus padres y las clases eran la excusa para no enterrarse en ella. Hacía lo que podía con asignaturas y jamás parecía muy angustiado por las notas. Quizá, porque sus dos años de más le daban una extraña confianza en si mismo que hubiera sido genial de ser contagiosa. Siempre tenía grandes soluciones para arreglar el mundo y a un par de chicas guapas merodeándole.

A su izquierda dos sillas y justo delante de él se sentaba Muro. Alguien que nunca necesitó un nombre real teniendo semejante apodo y espalda. Alguien con una tendencia sobrenatural a pedir. Ya fuera apuntes, dinero o un poco de compañía, pero siempre pedía. Y siempre había quien le daba porque su mirada era la de un niño bueno desvalido; porque si no tenía nada era porque de tenerlo lo hubiera dado. Era un tipo para el que la mentira no tenía sentido y para el que siempre quedaba mucho tiempo para mañana, demasiado. David a veces dudaba que estuviera matriculado de todas las asignaturas a las que iba.

Dos mesas a la izquierda de Muro, y en diagonal desde  David, estaba Elena. La única chica del grupo. Su estandarte y su consuelo. Sin ella, sólo hubieran sido un grupo sumido en el anonimato de las masas universitarias. Con ella, habían sido “los cuatro de Elena”. Un apelativo que sólo tiene sentido en una facultad de Ingeniería y que no consigue ofender porque el pagafantismo se contagia en cuanto te matriculas.

Elena tenía una facilidad pasmosa para conseguir apuntes, copiar prácticas y aprobar por los pelos en último momento. Se le habían cruzado todas las asignaturas de programación de la carrera y no parecía muy preocupada por ello. Media clase estaba enamorada secretamente de ella mientras el resto demostraba haber aprendido a disimular.

Lástima que prefiriera tíos con más músculos y menos neuronas.

David tenía suficiente con sus migajas. Las coleccionaba y se alimentaba de ellas sin flagelarse por ello. En la era de las comunicaciones podía acercarse tanto como quisiera sin ser visto. Tenía su compañía, su sonrisa y ese ruidecito absurdo pero simpático de sus dientes durante los exámenes. Se conformaba con poder escucharla y mirarla sin que ella se sintiera invadida.

Habían sido unos buenos compañeros. Durante cuatro años no tuvo que sentirse sólo más que cuando él quiso. Habían compartido todo con una normalidad que no tenía sentido al mundo al que iba pero era el momento de dar un paso al frente, de buscar el sitio que le correspondía en la sociedad por más absurdo que eso le sonara. Y sería el primero en hacerlo. Podía ser un intrépido aventurero en el mundo real mientras sus compañeros seguían cobijados en las aulas. Se perdería los jueves universitarios, pero el recuperaría los viernes y lo haría con dinero en el bolsillo.

Varios compañeros se levantaron a entregar el examen y él los imitó. Era un gesto sencillo que estaba punto de hacer por última vez. Cogió el lápiz, el bolígrafo y la carpeta del suelo; entregó el examen y se dirigió al bar. Había cruzado ya la puerta cuando se dio cuenta de que había olvidado poner el nombre en el examen. Paró en seco y antes de ponerse a andar levantó ligeramente las comisuras de los labios. Era algo que podía arreglarse en otro momento.

jpiqueras
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  • 8 de Marzo de 2012 a las 22:41

Cinco relatos compiten, pues desde este momento queda cerrado el plazo de presentación. Ahora se abre el periodo de votaciones. Podemos seguirlo en el hilo de comentarios en el campus.

Buena noches y buena suerte.

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Autor: aitorzarate

   

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