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oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012

LXXVIII edición concurso quincenal de relatos: ACCIDENTES (comentarios)

12 de Marzo de 2012 a las 14:59

 

Se inaugura la 78ª edición del concurso quincenal de relatos bubok.

El tema escogido para esta edición es 

ACCIDENTES.

Tomaremos como referencia para el relato, cualquier idea que tenga cabida en las cinco primeras acepciones del término según la RAE.

 

Ver artículo enmendadoaccidente.

(Del lat. accĭdens, -entis).

1. m. Cualidad o estado que aparece en algo, sin que sea parte de su esencia o naturaleza.

2. m. Suceso eventual que altera el orden regular de las cosas.

3. m. Suceso eventual o acción de que involuntariamente resulta daño para las personas o las cosas. Seguro contra accidentes.

4. m. Indisposición o enfermedad que sobreviene repentinamente y priva de sentido, de movimiento o de ambas cosas.

5. m. Pasión o movimiento del ánimo.

oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
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  • 16 de Marzo de 2012 a las 20:16

ACCIDENTES...

No por conocida deja de ser simpática la escena...

http://www.inboxity.com/content/dress-kill-porsche.jpg

Y venga. A animar esto que está "mu apagao" y ya es viernes...

oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
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  • 17 de Marzo de 2012 a las 9:11

Bieeeen.

Ya tenemos un relato.

jpiqueras
Mensajes: 2.807
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009
  • CITAR
  • 17 de Marzo de 2012 a las 19:51

Un poco apagado está esto de los comentarios... Vaya, no quería hacerlo pero creo que está haciendo falta un poco de animación:

Hace dos años y dos días, a las 19:22 del quince de marzo de 2010, me permití una pequeña broma en la XXIX edición del concurso de usuarios. El tema de la quincena era "viajes". Yo participé con una cosa breve y un poco absurda, de hecho con un viejo chiste que contábamos de niños, al que llamé "El accidente". Por supuesto que no voy a volver a participar con ese pequeño engendro literario, pero como que encajaría perfectamente en el tema propuesto por Carlos, me he atrevido a postearlo en los comentarios, por si alguno no lo leyó en su momento. Sed benevolentes si comentáis algo. O mejor, no comentéis. Es tan sólo una pequeña broma:

El accidente

     —Oye...¿Qué te ha pasado?
     —Un accidente.
     —Sería un accidente gordo, digo yo. Porque un brazo en cabestrillo, la cabeza vendada y una pierna enyesada no son moco de pavo.
     —Ya lo creo. Solo recordarlo se me pone la piel de gallina.
     —¿Cómo fue eso del accidente? ¿Te saliste de la carretera por correr mucho? ¿Diste positivo de alcoholemia?
     —No digo que no hubiese dado positivo si me hacen soplar, pues llevaba ya mis buenos tragos encima. Pero no fue un accidente de esos que piensas.
     —¿No?
     —No. Verás... iba subido en un elefante.
     —Joder, tío... yo no sé que le veis a eso de los safaris y el África negra y todo lo demás. Con lo bien que se está en la Costa del Sol o en Croacia, digo yo. O sin ir más lejos, aquí cerca en las rías.
     —No tuve que viajar tan lejos, no creas. Pero... ¿por donde iba?
     —Ibas en un elefante...
     —Cierto. Iba en un elefante. Y en plan chulo, sin agarrarme ni nada. Y me distraje un momento, ya sabes, un momento tonto de esos que se tienen a veces, y me caí.
     —¿Desde un elefante? Así no me extraña que te magullases tanto.
     —No creas, de entrada no parecía nada serio, ya que aunque caerse de lo alto de un elefante tiene su riesgo, yo caí bien y apenas me hice nada, ni un rasguño.
     —¿Entonces cómo...?
     —Fue cuando me iba a levantar. El elefante me golpeó con una de sus patas delanteras y salí disparado hacia un lado, como un par de metros.
     —Tío, ya es mala suerte...
     —Aun así no me habría pasado gran cosa, pero es que al caer de nuevo y tratar de levantarme otra vez, un caballo que se acercaba me golpeó de costado y muy fuerte, con sus patas delanteras alzadas.
     —¡Qué bestia! Eso ya es más que mala suerte, es ser gafe total.
     —Pues debo serlo, porque tambaleándome y medio atontado intenté escaparme del caballo, pero tuve la mala pata de perder el equilibrio y caer algo hacia la derecha, justo por donde otro elefante levantaba sus patazas y... zás, otro testarazo. Medio inconsciente, viendo que el mundo giraba a mi alrededor, oyendo algo como una música que entraba por mis oídos y se metía en mi cerebro, lo cual me desorientaba cada vez más, traté de escapar hacia un lado...
     —Sigue, sigue, puedo imaginarme la situación. ¿Lograste escapar?
     —Lo que logré fue recibir un tremendo golpe de algo confuso, borroso y voluminoso que se me tiraba encima. Me golpeó en la cabeza y un montón de estrellitas luminosas empezaron a volar a mi alrededor. Justo antes de perder el conocimiento vi, tendido ya en el suelo, un coche de bomberos que se abalanzaba sobre mí.
     —¿Un coche de bomberos? ¿estas seguro?
     —Ya lo creó, con la sirena a tope y todo de luces.
     —Caramba, tío. ¡Podías haber muerto en el intento!
     —Pues no digo que no. Si no llega a ser por que el encargado de la feria paró los caballitos, allí la palmo, seguro.

ElCubo
Mensajes: 1.621
Fecha de ingreso: 15 de Agosto de 2010
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  • 17 de Marzo de 2012 a las 21:44
Jejeje. Yo te habría dado algún punto, porque la carcajada no, pero una sonrisilla sí que me vería ahora mismo en el espejo, Josep.
ElCubo
Mensajes: 1.621
Fecha de ingreso: 15 de Agosto de 2010
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  • 17 de Marzo de 2012 a las 21:46
"Cara de luna" de Jack London... Peazo relato. Me encantó leerlo en el taller. A ver si buceo un poco y traigo para acá los comentarios que hice sobre él.
ElCubo
Mensajes: 1.621
Fecha de ingreso: 15 de Agosto de 2010
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  • 17 de Marzo de 2012 a las 21:47
cita de oterocouto

Bieeeen.

Ya tenemos un relato.

Y habrá más pronto... ¡Yo esta vez voy a por el tercer puesto!

Me reservo las fuerzas para cuando salgas del masterazgo. Jejeje...
carlosmaza
Mensajes: 3.048
Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008
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  • 17 de Marzo de 2012 a las 21:50
Pues tu cuento, Josep, me ha arrancado una sonrisa amplia. El final muy bueno.
jaumemoreso
Mensajes: 947
Fecha de ingreso: 9 de Abril de 2009
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 16:32

Hola! Me gustaría volver a participar en el certamen. Ya era un participante regular hace años (algunos me conocerán) y supongo que no habrá problema.


carlosmaza
Mensajes: 3.048
Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 18:17
cita de jaumemoreso Hola! Me gustaría volver a participar en el certamen. Ya era un participante regular hace años (algunos me conocerán) y supongo que no habrá problema.

Supongo que cumples las reglas de antigüedad cuanto menos y si hay que avalar, cuenta con mi aval. Los veteranos te recordamos. Bienvuelto.
oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 19:30

Me alegra ver que se anima un poco este hilo.


Bienvenido de nuevo jaumemoreso. Entiendo que no hay problema para que vuelvas a participar. De hecho es lo que precisamos... Cuantos más mejor.

... Y al resto, ánimo, que de aquí al jueves hay tiempo más que suficiente para crear un buen relato.

Saludos.

Carlos
oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 19:34
cita de jpiqueras

Un poco apagado está esto de los comentarios... Vaya, no quería hacerlo pero creo que está haciendo falta un poco de animación:

Hace dos años y dos días, a las 19:22 del quince de marzo de 2010, me permití una pequeña broma en la XXIX edición del concurso de usuarios. El tema de la quincena era "viajes". Yo participé con una cosa breve y un poco absurda, de hecho con un viejo chiste que contábamos de niños, al que llamé "El accidente". Por supuesto que no voy a volver a participar con ese pequeño engendro literario, pero como que encajaría perfectamente en el tema propuesto por Carlos, me he atrevido a postearlo en los comentarios, por si alguno no lo leyó en su momento. Sed benevolentes si comentáis algo. O mejor, no comentéis. Es tan sólo una pequeña broma:

El accidente

     —Oye...¿Qué te ha pasado?
     —Un accidente.
     —Sería un accidente gordo, digo yo. Porque un brazo en cabestrillo, la cabeza vendada y una pierna enyesada no son moco de pavo.
     —Ya lo creo. Solo recordarlo se me pone la piel de gallina.
     —¿Cómo fue eso del accidente? ¿Te saliste de la carretera por correr mucho? ¿Diste positivo de alcoholemia?
     —No digo que no hubiese dado positivo si me hacen soplar, pues llevaba ya mis buenos tragos encima. Pero no fue un accidente de esos que piensas.
     —¿No?
     —No. Verás... iba subido en un elefante.
     —Joder, tío... yo no sé que le veis a eso de los safaris y el África negra y todo lo demás. Con lo bien que se está en la Costa del Sol o en Croacia, digo yo. O sin ir más lejos, aquí cerca en las rías.
     —No tuve que viajar tan lejos, no creas. Pero... ¿por donde iba?
     —Ibas en un elefante...
     —Cierto. Iba en un elefante. Y en plan chulo, sin agarrarme ni nada. Y me distraje un momento, ya sabes, un momento tonto de esos que se tienen a veces, y me caí.
     —¿Desde un elefante? Así no me extraña que te magullases tanto.
     —No creas, de entrada no parecía nada serio, ya que aunque caerse de lo alto de un elefante tiene su riesgo, yo caí bien y apenas me hice nada, ni un rasguño.
     —¿Entonces cómo...?
     —Fue cuando me iba a levantar. El elefante me golpeó con una de sus patas delanteras y salí disparado hacia un lado, como un par de metros.
     —Tío, ya es mala suerte...
     —Aun así no me habría pasado gran cosa, pero es que al caer de nuevo y tratar de levantarme otra vez, un caballo que se acercaba me golpeó de costado y muy fuerte, con sus patas delanteras alzadas.
     —¡Qué bestia! Eso ya es más que mala suerte, es ser gafe total.
     —Pues debo serlo, porque tambaleándome y medio atontado intenté escaparme del caballo, pero tuve la mala pata de perder el equilibrio y caer algo hacia la derecha, justo por donde otro elefante levantaba sus patazas y... zás, otro testarazo. Medio inconsciente, viendo que el mundo giraba a mi alrededor, oyendo algo como una música que entraba por mis oídos y se metía en mi cerebro, lo cual me desorientaba cada vez más, traté de escapar hacia un lado...
     —Sigue, sigue, puedo imaginarme la situación. ¿Lograste escapar?
     —Lo que logré fue recibir un tremendo golpe de algo confuso, borroso y voluminoso que se me tiraba encima. Me golpeó en la cabeza y un montón de estrellitas luminosas empezaron a volar a mi alrededor. Justo antes de perder el conocimiento vi, tendido ya en el suelo, un coche de bomberos que se abalanzaba sobre mí.
     —¿Un coche de bomberos? ¿estas seguro?
     —Ya lo creó, con la sirena a tope y todo de luces.
     —Caramba, tío. ¡Podías haber muerto en el intento!
     —Pues no digo que no. Si no llega a ser por que el encargado de la feria paró los caballitos, allí la palmo, seguro.


Pues una sonrisa sí que arranca.
Gracias, Josep.
oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 19:40

Poder Judicial de Galicia - Tribunal de Primera Instancia de Pontevedra. Accidente Laboral.

Es conocido pero tiene su chiste y viene muy a cuento (rincondechistes.com):

 Explicación de un albañil gallego a la compañía aseguradora que no comprendía, debido a la naturaleza de las lesiones como podía haber ocurrido el accidente. 


Excelentísimos Señores:

En respuesta a su pedido de informaciones adicionales declaro:

En el item Nº 1, sobre mi participación en los acontecimientos, mencioné:"Tratando de ejecutar la tarea solo y sin ayuda", como la causa de mi accidente. Me piden en su carta que dé una declaración más detallada, por lo que espero que lo que sigue aclare de una vez por todas sus dudas.

Soy albañil desde hace diez años. En el día del accidente estaba trabajando, sin ayuda, colocando ladrillos en una pared del sexto piso de un edificio en construcción en esta ciudad. Finalizadas mis tareas verifiqué que habían sobrado aproximadamente 250 kilos de ladrillos. En vez de cargarlos hasta la planta baja a mano, decidí colocarlos en un barril y bajarlos con ayuda de una roldana que felizmente se hallaba fijada a una viga en el techo del 6º piso.

Bajé hasta la planta baja y até el barril con una soga, y con ayuda de la roldana lo izé hasta el sexto piso, luego de lo cual até la soga a una de las columnas del edificio. Subí luego hasta el sexto piso y cargué los ladrillos en el barril. Volví para la planta baja, desaté la soga y la agarré con fuerza, de modo que los 250 kg . de ladrillos pudieran bajar suavemente (debo indicar que, en el item 1º de mi declaración a la policía, ya informé que mi peso corporal es de 80 kilos).

Sorpresivamente, mis pies se separaron del suelo y comencé a ascender rápidamente arrastrado por la soga. Debido al susto que me llevé, perdí mi presencia de espíritu e, irreflexivamente, me aferré aún más a la soga mientras ascendía a gran velocidad.  En las proximidades del 3º piso me encontré con el barril que bajaba a una velocidad aproximada a la de mi subida. Fue imposible evitar el choque. Creo que fue allí donde se produce la fractura del cráneo. Continué subiendo hasta que mis dedos se engancharon dentro de la roldana, lo que provocó la detención de mi subida, y también las quebraduras múltiples de los dedos y de la muñeca. - A esta altura -de los acontecimientos- ya había recuperado mi presencia de espíritu, y, pese a los dolores, continué aferrado a la cuerda.- Fue en ese instante que el barril chocó contra el suelo. El fondo del mismo se partió y los ladrillos se desparramaron.- Sin los ladrillos, el barril pesaba aproximadamente unos 25 kilos. Debido a un principio físico simplísimo comencé a descender rápidamente hacia la planta baja, y aproximadamente al pasar por el 3º piso me encontré con el barril vacío que subía. En el choque que sobrevino, estoy casi seguro se produjo la quebradura de los tobillos y de la nariz. - Este choque felizmente disminuyó la velocidad de mi caída de manera que cuando aterrice encima de la montaña de ladrillos solo me quebré tres vértebras.

Lamento sin embargo informar, que cuando me encontraba caído encima de los ladrillos, con dolores insoportables y sin poder moverme, y viendo encima de mí el barril, perdí nuevamente mi presencia de espíritu y solté la soga. Y debido a que el barril pesaba más que la cuerda, descendió rápidamente y cayó encima de mis piernas, quebrándome las dos 
tibias.

Esperando haber aclarado definitivamente las causas y desarrollo de los acontecimientos, me despido atentamente.

 Será justicia. 

jaumemoreso
Mensajes: 947
Fecha de ingreso: 9 de Abril de 2009
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 20:49

Muchas gracias por vuestra bienvenida Carlos Maza y Oterocouto, tengo ganas de volver a participar en esto, realmente tengo buenos recuerdos y es un placer poder leer los relatos aquí presentados, comentar y que valoren y critiquen también tu relato.


Entonces, me imagino que se hace igual que antes, con un usuario que es el concursoderelatos. Imagino que alguien tendrá que mandarme el usuario y contraseña para poder colgarlo.
oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
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  • 18 de Marzo de 2012 a las 21:13
cita de jaumemoreso Muchas gracias por vuestra bienvenida Carlos Maza y Oterocouto, tengo ganas de volver a participar en esto, realmente tengo buenos recuerdos y es un placer poder leer los relatos aquí presentados, comentar y que valoren y critiquen también tu relato.

Entonces, me imagino que se hace igual que antes, con un usuario que es el concursoderelatos. Imagino que alguien tendrá que mandarme el usuario y contraseña para poder colgarlo.
Hola, Jaume.

Ya te he enviado la información a tu buzón privado.

estrellafugaz
Mensajes: 746
Fecha de ingreso: 18 de Julio de 2008
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  • 19 de Marzo de 2012 a las 16:18
Yo, de momento, prefiero seguir sin participar. No obstante, he vuelto a parir un relatito sobre el tema:

(Y también se puede leer en mi blog)

Ausencias
Ya hace bastantes años que ocurrió, lo menos veinte, pero tampoco quieres echar la cuenta exacta. Si al menos te hubiera llamado como aquella otra vez, si tú hubieras sabido detectar que algo le pasaba aquel día… Pero ella era así, unas veces derrochaba pura alegría explicándote historias divertidas de su familia o de cuando estudiaba en Coimbra y otras veces se metía en esos mundos de los que tan difícil era sacarla. Dormías con ella en tu casa o en la suya los viernes: si era en la suya escuchabas su música, preparabais la cena entre los dos, sacabais sus libros de la mesa para poner el mantel y cenabais frente a frente; o en ángulo, igual daba, porque el caso era cenar con ella. Ya más tarde, a la hora de acostaros, se desnudaba despacio, doblaba la ropa con cuidado y la dejaba sobre la silla, se quedaba sentada en la cama y te pedía con una sonrisa que le cepillaras el cabello. Luego ponía el despertador de cara a la pared y apagaba la luz. Y empezaba a moverse desnuda en la penumbra con la poca luz que entraba de la calle mientras su gato, en un extremo de la cama, intentaba no molestar.
Otras veces no, otras veces llegabas a su casa y el gato acudía a ti como pidiéndote que rompieras ese delirio suyo de construirse muros y dejaros a los demás al otro lado. Y mientras ella permanecía en el sofá con aquellas músicas tan tristes, eras tú quien preparaba la cena, quien apartaba los libros de la mesa preguntándote si algo que habría leído en ellos la había metido en el pozo, quien ponía la mesa y la cogía de la cintura para que se sentara a cenar. Luego otra vez ese desnudarse despacio, doblar la ropa y quedarse sentada para que le cepillaras el pelo. Tú se lo cepillabas echando de menos su sonrisa y luego, ya con la luz apagada, se venía a ti y tú la abrazabas fuerte y le acariciabas la espalda.
Así era. No es que fuerais novios, no exactamente, erais amantes de los de verdad, de los que se aman. Antes de ella tu mundo era de casa al trabajo, del trabajo al bar y del bar a casa. Llegó ella y, por decirlo de una manera que quizá signifique algo, empezó a dar sentido a tus cosas. Por eso dormías con ella los viernes y, por eso también, los sábados te levantabas temprano y, sin despertarla, bajabas a la panadería por cruasáns para llevarle el desayuno a la cama. Dormías con ella todos los viernes. Excepto aquél.
Antes te dio un aviso, sí, o varios, pero tú no supiste leerlos. Que a veces se perdía ya lo sabías: se lo notabas en la manera de hablarte por teléfono y no te quedabas tranquilo hasta ese momento, hasta que te llamaba porque ya había llegado a casa. Porque entonces no había ni móviles ni Internet. Y te llamaba cada día antes de las diez porque, si no llamaba, ya sabías lo que ocurría. Esperabas de todas maneras hasta las diez y media y, como ella era de rutas fijas, antes de una hora ya la habías encontrado. Te veía entrar, se acababa de un trago el martini y, cuando llegabas junto a ella, ya había abierto el bolso, había sacado las llaves del coche y te las ponía en la mano al tiempo que decía:
-Perdona.
Luego se venía sumisa detrás de ti, le abrías la puerta de su coche bien de niña bien, la llevabas a casa, metías el coche en el garaje, le preparabas algo para cenar y os acostabais sin su sonrisa ni ese moverse elegantemente en la penumbra. Y a la mañana siguiente te ibas a trabajar tras darle un beso en la frente a ver si le limpiabas los malos pensamientos.

Sin embargo, el aviso más serio fue un viernes de invierno en el que habíais quedado a las diez en tu casa. Habías dedicado media tarde a adecentarla, a fregar los platos, a cambiar las toallas y poner en la cama las sábanas de franela que tanto le gustaban… Al acabar saliste al bar de siempre, el del Argentino, para hacer tiempo, y estuviste echando el tute un rato. Luego, como había gente mirando y con ganas de jugar, cediste tu sitio y te pusiste de mirón. Y entonces te llamó al bar, que ella tenía el teléfono para casos de urgencia porque tú, si no estabas en el trabajo o con ella, estabas siempre allí. Acudiste rápido porque sabías que sólo podía ser ella y que no te llamaba por nada bueno:
-Quiero que me lleves a Lisboa.
Tú, que si dónde estás y que ahora voy. Vas al cajero automático, sacas todo el dinero disponible por si acaso y a la parada de taxis. Llueve. Entras en El Argonauta y ahí está con las llaves del coche en la mano:
-Que me lleves a Lisboa.
Que si vámonos a casa a cenar y dormir, que si a Lisboa, que si a casa, que si ya iremos a Lisboa más tranquilos el fin de semana que viene… hasta que te ves al volante de su coche bajo las luces naranjas de los bucles de entrada a la autopista. Sigue lloviendo y, seguro de su coche, aceleras. Te da las gracias por no haberla engañado llevándola a casa a la fuerza.
Más de veinte años hace ya. Antes del euro, antes de la autopista hasta Oporto. Paráis en Tuy para repostar y entráis al bar. Ella otro martini y tú un café. Pides además tres paquetes de Winston y otros tantos de Ducados, le das un billete de mil duros al camarero y le preguntas si te puede devolver el cambio en moneda portuguesa. Ella dice que no hace falta, saca del bolso un fajo con más de diez mil escudos y te lo da:
-Ten, prefiero que lo lleves tú.
Deduces que ya había salido de casa con la idea de ir a Lisboa. Cruzáis el puente de hierro y, al entrar en Portugal, más lluvia y más oscuridad. Y de Valença a Caminha para luego ir los dos Portugal abajo buscando de noche la línea del ponerse el sol; por el confín del mapa, como para no molestar. Miño, Limia, Cávado, Fao, el Duero en Oporto… cruzasteis todos los ríos del mundo y todas las rías de todos los ríos. Y ella, hermosa en su dormir y en su silencio. Ya en la autopista más allá de Oporto paraste en un área a tomar otro café, por Leiria sería, donde la Virgen de Fátima, y ella, siempre dormida, ni se enteró. La despertaste ya con las luces del día en unas obras a la entrada de Lisboa y, cuando consiguió orientarse, te fue llevando por calles y avenidas hasta pedirte que entraras el coche en el garaje de un hotel elegante.
Allá estabais en recepción sin equipaje ninguno y ella expresándose en un portugués que, de seguro, era de clase alta. El recepcionista, antes de entregaros la llave de la habitación, os llamó no sé cuántas veces o senhor y a senhora y, al subir, ella propuso una ducha para relajaros y poder dormir mejor. Así lo hicisteis y, cuando acabaste de secarle la espalda, se giró, te miró a los ojos y te dijo:
-No puedo hacerlo. Me siento sucia por dentro.
Os despertasteis a primera hora de la tarde y, lo primero, comprar ropa para cambiaros y aderezos de aseo con su cepillo para el pelo. Volvisteis al hotel, os cambiasteis y dijo que conocía un sitio donde seguro que os daban de comer a esas horas. Para un taxi, da una dirección y vais a parar, según dijo, a las callejuelas de Alfama. Entráis en una taberna que parecía sacada de los años cincuenta, habla con la patrona y pide de comer sin consultarte. Y alegre, no como solía estar el día después de perderse, sin parar de hablar y explicándote los planes para lo que quedaba de tarde. Al Rossio, a una tienda de música en la que compró no sé cuántos cedés; luego cruzasteis la Baixa y os metisteis en una librería donde compró un montón de libros; junto a la librería había un elevador, el de Santa Justa, y lo cogisteis para subir al Bairro Alto. Recorriste con ella espacios que ibas descubriendo a medida que ella los nombraba y  que no has vuelto a pisar. Luego volvisteis a la Baixa para ir a parar a un café antiguo donde, según dijo, se reunían los poetas de principios de siglo. Pides un café, ella un té y tres o cuatro pastelitos que entraban por los ojos, saca de las bolsas los libros y cedés que había comprado y te da un cedé:
-Este es para ti.
Era fado, por supuesto, lo que ella siempre escuchaba en su casa. Luego te da no sé cuántas explicaciones sobre los libros y los cedés y, cogiéndote la mano, se te viene al oído, vuelve a agradecerte haberla traído a Lisboa y acaba por decir:
-Ya me siento limpia. ¿Te apetece si ahora…?
Y sin esperar respuesta tira de ti, os levantáis y salís a la calle. Paráis en un puesto callejero, compráis tres o cuatro bocadillos y una botella de agua, y al hotel.
Que si te apetecía... Porque con ella no era sólo algo físico, con ella era también sumergirse, era sentirte envuelto en otra atmósfera en la que respirabas su piel…
Se desnuda como siempre, despacio y doblando la ropa con cuidado, se sienta en el borde de la cama y te da el cepillo para el pelo. Te arrodillas detrás y estás un rato cepillándoselo. Apaga la luz y se viene hacia ti en la penumbra. Brillante. Estuvo cariñosa y brillante.
Aún recuerdas que luego tenías la cabeza apoyada en su hombro y ella había abierto uno de muchos libros que había comprado y estaba recitando poemas mientras tú estabas sólo pendiente de cómo salían los sonidos de esa lengua suya que aún deseabas. Luego, los bocadillos, otro ratito de poesía y que si te importaba repetir pero con la luz encendida. Si era ella la que siempre apagaba la luz… Otra vez vuestros cuerpos enredados pero ahora mirándoos a los ojos.
Dormisteis hasta las tantas del domingo y emprendisteis el camino de vuelta hacia aquí.

Eso fue en invierno. Hace más de veinte años. Al llegar la primavera decidió hacer el viaje ella sola. Cómo pesa el tiempo sobre los muertos.
oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
  • CITAR
  • 19 de Marzo de 2012 a las 21:05
cita de estrellafugaz Yo, de momento, prefiero seguir sin participar. No obstante, he vuelto a parir un relatito sobre el tema:

(Y también se puede leer en mi blog)

Ausencias
Ya hace bastantes años que ocurrió, lo menos veinte, pero tampoco quieres echar la cuenta exacta. Si al menos te hubiera llamado como aquella otra vez, si tú hubieras sabido detectar que algo le pasaba aquel día… Pero ella era así, unas veces derrochaba pura alegría explicándote historias divertidas de su familia o de cuando estudiaba en Coimbra y otras veces se metía en esos mundos de los que tan difícil era sacarla. Dormías con ella en tu casa o en la suya los viernes: si era en la suya escuchabas su música, preparabais la cena entre los dos, sacabais sus libros de la mesa para poner el mantel y cenabais frente a frente; o en ángulo, igual daba, porque el caso era cenar con ella. Ya más tarde, a la hora de acostaros, se desnudaba despacio, doblaba la ropa con cuidado y la dejaba sobre la silla, se quedaba sentada en la cama y te pedía con una sonrisa que le cepillaras el cabello. Luego ponía el despertador de cara a la pared y apagaba la luz. Y empezaba a moverse desnuda en la penumbra con la poca luz que entraba de la calle mientras su gato, en un extremo de la cama, intentaba no molestar.
Otras veces no, otras veces llegabas a su casa y el gato acudía a ti como pidiéndote que rompieras ese delirio suyo de construirse muros y dejaros a los demás al otro lado. Y mientras ella permanecía en el sofá con aquellas músicas tan tristes, eras tú quien preparaba la cena, quien apartaba los libros de la mesa preguntándote si algo que habría leído en ellos la había metido en el pozo, quien ponía la mesa y la cogía de la cintura para que se sentara a cenar. Luego otra vez ese desnudarse despacio, doblar la ropa y quedarse sentada para que le cepillaras el pelo. Tú se lo cepillabas echando de menos su sonrisa y luego, ya con la luz apagada, se venía a ti y tú la abrazabas fuerte y le acariciabas la espalda.
Así era. No es que fuerais novios, no exactamente, erais amantes de los de verdad, de los que se aman. Antes de ella tu mundo era de casa al trabajo, del trabajo al bar y del bar a casa. Llegó ella y, por decirlo de una manera que quizá signifique algo, empezó a dar sentido a tus cosas. Por eso dormías con ella los viernes y, por eso también, los sábados te levantabas temprano y, sin despertarla, bajabas a la panadería por cruasáns para llevarle el desayuno a la cama. Dormías con ella todos los viernes. Excepto aquél.
Antes te dio un aviso, sí, o varios, pero tú no supiste leerlos. Que a veces se perdía ya lo sabías: se lo notabas en la manera de hablarte por teléfono y no te quedabas tranquilo hasta ese momento, hasta que te llamaba porque ya había llegado a casa. Porque entonces no había ni móviles ni Internet. Y te llamaba cada día antes de las diez porque, si no llamaba, ya sabías lo que ocurría. Esperabas de todas maneras hasta las diez y media y, como ella era de rutas fijas, antes de una hora ya la habías encontrado. Te veía entrar, se acababa de un trago el martini y, cuando llegabas junto a ella, ya había abierto el bolso, había sacado las llaves del coche y te las ponía en la mano al tiempo que decía:
-Perdona.
Luego se venía sumisa detrás de ti, le abrías la puerta de su coche bien de niña bien, la llevabas a casa, metías el coche en el garaje, le preparabas algo para cenar y os acostabais sin su sonrisa ni ese moverse elegantemente en la penumbra. Y a la mañana siguiente te ibas a trabajar tras darle un beso en la frente a ver si le limpiabas los malos pensamientos.

Sin embargo, el aviso más serio fue un viernes de invierno en el que habíais quedado a las diez en tu casa. Habías dedicado media tarde a adecentarla, a fregar los platos, a cambiar las toallas y poner en la cama las sábanas de franela que tanto le gustaban… Al acabar saliste al bar de siempre, el del Argentino, para hacer tiempo, y estuviste echando el tute un rato. Luego, como había gente mirando y con ganas de jugar, cediste tu sitio y te pusiste de mirón. Y entonces te llamó al bar, que ella tenía el teléfono para casos de urgencia porque tú, si no estabas en el trabajo o con ella, estabas siempre allí. Acudiste rápido porque sabías que sólo podía ser ella y que no te llamaba por nada bueno:
-Quiero que me lleves a Lisboa.
Tú, que si dónde estás y que ahora voy. Vas al cajero automático, sacas todo el dinero disponible por si acaso y a la parada de taxis. Llueve. Entras en El Argonauta y ahí está con las llaves del coche en la mano:
-Que me lleves a Lisboa.
Que si vámonos a casa a cenar y dormir, que si a Lisboa, que si a casa, que si ya iremos a Lisboa más tranquilos el fin de semana que viene… hasta que te ves al volante de su coche bajo las luces naranjas de los bucles de entrada a la autopista. Sigue lloviendo y, seguro de su coche, aceleras. Te da las gracias por no haberla engañado llevándola a casa a la fuerza.
Más de veinte años hace ya. Antes del euro, antes de la autopista hasta Oporto. Paráis en Tuy para repostar y entráis al bar. Ella otro martini y tú un café. Pides además tres paquetes de Winston y otros tantos de Ducados, le das un billete de mil duros al camarero y le preguntas si te puede devolver el cambio en moneda portuguesa. Ella dice que no hace falta, saca del bolso un fajo con más de diez mil escudos y te lo da:
-Ten, prefiero que lo lleves tú.
Deduces que ya había salido de casa con la idea de ir a Lisboa. Cruzáis el puente de hierro y, al entrar en Portugal, más lluvia y más oscuridad. Y de Valença a Caminha para luego ir los dos Portugal abajo buscando de noche la línea del ponerse el sol; por el confín del mapa, como para no molestar. Miño, Limia, Cávado, Fao, el Duero en Oporto… cruzasteis todos los ríos del mundo y todas las rías de todos los ríos. Y ella, hermosa en su dormir y en su silencio. Ya en la autopista más allá de Oporto paraste en un área a tomar otro café, por Leiria sería, donde la Virgen de Fátima, y ella, siempre dormida, ni se enteró. La despertaste ya con las luces del día en unas obras a la entrada de Lisboa y, cuando consiguió orientarse, te fue llevando por calles y avenidas hasta pedirte que entraras el coche en el garaje de un hotel elegante.
Allá estabais en recepción sin equipaje ninguno y ella expresándose en un portugués que, de seguro, era de clase alta. El recepcionista, antes de entregaros la llave de la habitación, os llamó no sé cuántas veces o senhor y a senhora y, al subir, ella propuso una ducha para relajaros y poder dormir mejor. Así lo hicisteis y, cuando acabaste de secarle la espalda, se giró, te miró a los ojos y te dijo:
-No puedo hacerlo. Me siento sucia por dentro.
Os despertasteis a primera hora de la tarde y, lo primero, comprar ropa para cambiaros y aderezos de aseo con su cepillo para el pelo. Volvisteis al hotel, os cambiasteis y dijo que conocía un sitio donde seguro que os daban de comer a esas horas. Para un taxi, da una dirección y vais a parar, según dijo, a las callejuelas de Alfama. Entráis en una taberna que parecía sacada de los años cincuenta, habla con la patrona y pide de comer sin consultarte. Y alegre, no como solía estar el día después de perderse, sin parar de hablar y explicándote los planes para lo que quedaba de tarde. Al Rossio, a una tienda de música en la que compró no sé cuántos cedés; luego cruzasteis la Baixa y os metisteis en una librería donde compró un montón de libros; junto a la librería había un elevador, el de Santa Justa, y lo cogisteis para subir al Bairro Alto. Recorriste con ella espacios que ibas descubriendo a medida que ella los nombraba y  que no has vuelto a pisar. Luego volvisteis a la Baixa para ir a parar a un café antiguo donde, según dijo, se reunían los poetas de principios de siglo. Pides un café, ella un té y tres o cuatro pastelitos que entraban por los ojos, saca de las bolsas los libros y cedés que había comprado y te da un cedé:
-Este es para ti.
Era fado, por supuesto, lo que ella siempre escuchaba en su casa. Luego te da no sé cuántas explicaciones sobre los libros y los cedés y, cogiéndote la mano, se te viene al oído, vuelve a agradecerte haberla traído a Lisboa y acaba por decir:
-Ya me siento limpia. ¿Te apetece si ahora…?
Y sin esperar respuesta tira de ti, os levantáis y salís a la calle. Paráis en un puesto callejero, compráis tres o cuatro bocadillos y una botella de agua, y al hotel.
Que si te apetecía... Porque con ella no era sólo algo físico, con ella era también sumergirse, era sentirte envuelto en otra atmósfera en la que respirabas su piel…
Se desnuda como siempre, despacio y doblando la ropa con cuidado, se sienta en el borde de la cama y te da el cepillo para el pelo. Te arrodillas detrás y estás un rato cepillándoselo. Apaga la luz y se viene hacia ti en la penumbra. Brillante. Estuvo cariñosa y brillante.
Aún recuerdas que luego tenías la cabeza apoyada en su hombro y ella había abierto uno de muchos libros que había comprado y estaba recitando poemas mientras tú estabas sólo pendiente de cómo salían los sonidos de esa lengua suya que aún deseabas. Luego, los bocadillos, otro ratito de poesía y que si te importaba repetir pero con la luz encendida. Si era ella la que siempre apagaba la luz… Otra vez vuestros cuerpos enredados pero ahora mirándoos a los ojos.
Dormisteis hasta las tantas del domingo y emprendisteis el camino de vuelta hacia aquí.

Eso fue en invierno. Hace más de veinte años. Al llegar la primavera decidió hacer el viaje ella sola. Cómo pesa el tiempo sobre los muertos.
Bonito relato. Buena la historia y excelente la ambientación. Qué cierto aquello de ¡Quen non viu Lisboa no viu cousa boa! 
oterocouto
Mensajes: 285
Fecha de ingreso: 1 de Febrero de 2012
  • CITAR
  • 19 de Marzo de 2012 a las 21:14

Bien.


Tenemos ya tres relatos, cuatro contando con el de Estrella Fugaz fuera de concurso. La cosa marcha. Y aún quedan unos días.

Ánimo.
ElCubo
Mensajes: 1.621
Fecha de ingreso: 15 de Agosto de 2010
  • CITAR
  • 20 de Marzo de 2012 a las 8:59

«Relato acabado», me dije. Y, dado que era día festivo en "los madriles", le pido a mi mujer que lo lea (cosa que rara vez ocurre con mis escritos [modo Calimero ON]; de hecho a mi sólo me leéis vosotros y algún buen samaritano más [modo Calimero OFF]).


Si no le hubiera gustado no hubiera tenido problema, pues algunos de mis mejores relatos no le gustan (ella es asín; y yo asán), pero el hecho de no encontrar ninguna reacción me ha dejado hecho un mar de dudas.
Os pido consejo y así abro un poco de debate sobre un tema que seguramente os ha pasado a más de uno alguna vez (recibir una crítica no esperada) ¿Qué haríais en mi lugar: presentar otro relato, retocarlo..., pedir ayuda médica/psiquiátrica...?
ElCubo
Mensajes: 1.621
Fecha de ingreso: 15 de Agosto de 2010
  • CITAR
  • 20 de Marzo de 2012 a las 9:01
cita de estrellafugaz Yo, de momento, prefiero seguir sin participar. No obstante, he vuelto a parir un relatito sobre el tema:

(Y también se puede leer en mi blog)

Ausencias
Ya hace bastantes años que ocurrió, lo menos veinte, pero tampoco (...)
Ya tienes la primera crítica...
mariaclara
Mensajes: 364
Fecha de ingreso: 4 de Enero de 2011
  • CITAR
  • 20 de Marzo de 2012 a las 11:27
cita de ElCubo «Relato acabado», me dije. Y, dado que era día festivo en "los madriles", le pido a mi mujer que lo lea (cosa que rara vez ocurre con mis escritos [modo Calimero ON]; de hecho a mi sólo me leéis vosotros y algún buen samaritano más [modo Calimero OFF]).

Si no le hubiera gustado no hubiera tenido problema, pues algunos de mis mejores relatos no le gustan (ella es asín; y yo asán), pero el hecho de no encontrar ninguna reacción me ha dejado hecho un mar de dudas.
Os pido consejo y así abro un poco de debate sobre un tema que seguramente os ha pasado a más de uno alguna vez (recibir una crítica no esperada) ¿Qué haríais en mi lugar: presentar otro relato, retocarlo..., pedir ayuda médica/psiquiátrica...?
Pues creo que la respuesta es muy sencilla: confiar en ti. Qué el relato no es muy bueno, las criticas te lo dirán y sabrás dónde estaba el fallo. Qué ganas, perfecto. ¿Qué tienes a perder?
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