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jpiqueras
Mensajes: 2.807
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009

LXXIX Edición del Concurso de Relatos: EL TEATRO. Hilo para los relatos.

26 de Marzo de 2012 a las 22:58

Podéis postear aquí vuestros relatos sobre:

El teatro

En el sentido más amplio que deseéis. Del lugar físico, de los personajes, de los directores, de los espectadores, de los estrenos, de las candilejas, del escenario, del apuntador, de los autores, desde Esquilo, Sófloques y Eurípides a els Comediants y la Fura dels Baus, pasando por Shakespeare, Lope de Vega y Calderón, de los antiguos teatros greco romanos a los modernos teatros de Broadway. De los teatros de opera y sus fantasmas. De los atentados y magnicidios perpetrados en teatros. Relatos sobre el teatro, en el teatro, por el teatro.

Para los que acaban de llegar, o los que llevan poco tiempo por aquí:

jpiqueras
Mensajes: 2.807
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009
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  • 26 de Marzo de 2012 a las 23:09

Dios mío, como estoy... Editado. Esto iba en el otro hilo.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Abril de 2012 a las 13:54
Doble asesinato en la morgue

— ¡Sencillamente es imposible matar lo que ya está muerto!
—Pues alguien lo ha hecho… Y ahora sólo nos queda preguntarnos, ¿por qué?—afirmó el inspector de Scotland Yard, Wilson Smith.
—Me está diciendo que alguien ha entrado en la morgue para…
—Lo único que afirmo, es que dos personas han entrado esta noche aquí, y han vuelto a matar lo que ya mataron antes. 
— ¡Eso es una ridiculez!—exclamó su regordete ayudante, mirando con aprensión el cadáver que yacía tapado con una sabana blanca.
—Opinó lo mismo; pero, ahora, lo único que tenemos que hacer es tratar de reconstruir las últimas horas de nuestro actor para saber quién y porqué lo mataron—dijo el inspector—. Veamos, ¿qué fue lo último que hizo?
—Actuó en el teatro, interpretando, como viene haciendo cada noche desde hace meses, el papel del joven Wagner.
—Y la función, ¿terminó?
—Dicen que se montó un revuelo entre el público durante el monologo.
—Interesante—murmuró el inspector—. Y, ese revuelo, ¿por qué fue?
— ¿No lo ha leído? ¡Sale en la primera plana del periódico!
El inspector cogió el periódico que, curiosamente, llevaba doblemente doblado en el interior del bolsillo de la gabardina y, tras desplegarlo, leyó el titular de ese día—: Escándalo en el teatro Acrópolis, unos cuantos asistentes abuchean durante el monologo al actor, tachándolo de monstruo. 
Su ayudante volvió a mirar al difunto y un escalofrío recorrió su espalda, ¿era necesario permanecer más tiempo ahí, en la morgue? 
—Supongo que la fama que le otorgó el papel de Wagner, fue quien realmente lo mató—Aseveró el inspector mientras volvía a doblar el periódico, y lo aguardaba otra vez en el bolsillo de la gabardina. 
—No lo entiendo…
—Nuestro actor, sumido en el éxito, llegó a creer que era Wagner y como tal actuaba...
—Pero, ¿por eso lo mataron?
—Por eso y por el miedo que llegó a generar—explicó el inspector mientras levantaba la sabana y miraba el cadáver, blanco como la nieve—. Para encontrar al culpable, o a los culpables de su muerte, sólo tenemos que saber quiénes protagonizaron el escándalo durante el monologo.
—Por favor, puede…—le pidió su ayudante, tratando de no mirar al muerto. El inspector volvió a dejar la sabana sobre el inerte cuerpo—. Sigo sin comprender…
El inspector lo miró, suspiró y se dirigió hacía la puerta pero antes de abrirla, le dijo:
—Es muy fácil. Como ya he dicho antes, nuestro joven actor, ofuscado por el éxito, llegó un momento en que creyó ser Wagner. Recuerda que muchos periódicos así lo afirmaban. Decían que nadie podía interpretar tan bien ese papel sin entender realmente al personaje. Pero también es cierto que esto le causo un grave perjuicio. Algunos de sus seguidores dejaron de verlo como un actor y empezaron a observarlo con miedo—y antes de que su ayudante pudiera replicar, añadió—: Debes de comprender que para ellos era real lo que veían. El actor había desaparecido y en cambio había surgido una criatura que sólo existía en las pesadillas y en los libros; así que debían de darle muerte…
—Es una pena…—susurró el ayudante, deseando salir rápido de ese lugar—. Una gran pérdida para el teatro.
—Así es—corroboró el inspector—. Ahora, sólo debemos de mirar la fotografía del periódico, que si no me equivoco, fue tomada durante el escándalo que se montó durante el monologo y encontraremos a los culpables.
—Debo confesarle que fui a ver esa representación en más de una ocasión—le dijo su ayudante—, y que la parte que más me gustaba era la del monologo. Hasta llegue a aprenderme un trozo de él:  

“¡Ay, libélulas!, espíritus errantes que os posáis sobre las mansas y cristalinas aguas que rodean a mi propiedad, y desde la cual, yo puedo veros. ¿Dónde estáis en estos momentos, en la que la aflicción me sobrepasa? Aquí estoy, en el cementerio que tanto he visitado en vida y en donde he de vivir lo que me queda de muerto, si es que uno estando muerto, vive…
No puedo dejar de observar la tierra que ha cubierto mi ataúd, ahora vació. Recuerdo la sensación de calidez con que me tapaba, confiriendo a mi cuerpo la nostalgia de la tierra que me vio nacer, y en cambio, me dio la muerte en vida.”
 
—Vamos…—le dijo el inspector con una sonrisa, mientras abría la puerta—, aún tenemos trabajo.
— ¿Qué, qué ha pasado?—preguntó una sorprendida voz a sus espaldas. 
El inspector y su ayudante se giraron para ver cómo la sabana parecía cobrar vida.  
— ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?—volvió a decir la misma voz.
—Se encuentra en la morgue—murmuró el inspector sin salir de su asombró, mientras que su ayudante, mudo por el susto, no dejaba de temblar. 
— ¿En la morgue?—el cuerpo que yacía en la fría mesa metálica se incorporó, y la sabana acabó por resbalar mostrando un cuerpo perfecto, sin ninguna herida—. ¿Por qué estoy aquí?
—Creo que lo han matado…
— ¿Otra vez?
—Y no creo que sea la última vez…
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 4 de Abril de 2012 a las 17:41

!Soy un triste juguete del destino!



Me llamo Noelia Brizuela, soy una mujer especial, aunque nadie se dé cuenta de ello jaja; hay cosas que no se olvidan fácilmente, aunque pase el tiempo, hay otras que nos sorprenden sin esperarlo; salí de viaje el fin de semana y tardaré en olvidarlo.
Llevábamos un mes preparando el viaje, nuestro destino tenía algo de especial: íbamos al pueblo donde había nacido mi abuelo. Durante años nos había contado anécdotas de su infancia, historias increíbles de cosas que habían acontecido durante y después de la guerra.

Nuestros amigos son muy viajeros, cuando les propusimos la excursión enseguida se animaron. Paramos en Aranda a tomar un café, la carretera es buena y la conversación hizo corto el camino.

Creo que cuando viajo lo que me gusta realmente es el viaje en sí: las carreteras comarcales, las que pasan por medio de los pueblos, los campos de cultivos, los contrastes entre el norte, la meseta y el sur. La luz va cambiando los colores de las cosas a medida que subes a las tierras castellanas, o bajas, que eso no lo tengo muy claro; los paisajes se doran en verano y sobre todo se extienden a lo lejos creando la sensación de que nunca se va a acabar la llanura. He hecho viajes en absoluto silencio, mirando tanto que los ojos han acabado doliéndome. Y con la música sonando que sé que me transportará al mundo que yo intuyo que se esconde en medio de la Naturaleza.

En aquella ocasión circulábamos por una recta que se perdía en el horizonte; yo acababa de cerrar los ojos y no me di cuenta de lo que pasó, realmente. Oí un ruido sordo, como de algo que chocaba contra algo y un frenazo. Cuando abrí los ojos estábamos parados en el arcén de la carretera, mi marido juraba en arameo y el cristal delantero se iba desmoronando convertido en miles de pequeños puntos brillantes. El viejo autobús que nos había adelantado, parecía trastear de un lado a otro como una vieja locomotora. La matricula trasera colgaba a medias pendiendo de un tornillo flojo y las ruedas apenas si dibujaban las líneas, por lo que parecía incapaz de detenerse rápidamente en una frenada de emergencia. Torció hacia la izquierda y entró en un camino de tierra que parecía llevar a unas casitas, a lo lejos.

Al parecer nos habían adelantado y al pisar un piedra, esta había salido disparada contra el cristal. Como pudimos retiramos el resto de los cristales y muy despacio seguimos en busca de un taller. Lo encontramos pronto, dejamos el coche y nos prometieron arreglarlo rápidamente. Colgando en la fachada de una de las casas, se balanceaba el viejo cartel de una posada y nos dirigimos allí. El bar era oscuro, recubierto de maderas rústicas y con una barra demasiado alta para gente como yo de media estatura.

Preguntamos si podríamos comer,  nos sentamos en una mesa y entonces me fijé en un grupo de gente que me pareció peculiar, sentados en una de esas mesas de asientos corridos en un rincón.
Hacían una estampa curiosa. Entre ellos había gente de diferentes edades. El hombre sentado a la cabecera de la mesa movía las manos con parsimonia, parecían dos palomas cuyas alas se abrieran para volar. Había algo de irreal en su imagen pasada de moda. El pelo le cubría las orejas, muy rizado, los ojos le brillaban extrañamente, como poseídos por una fiebre inacabable y cuando sonreía asomaban entre sus labios unos dientes blancos y afilados como los de un animal hambriento. Comían juntos de una gran cazuela de barro, algo que me parecieron migas. Pero la que llamó mi atención fue una mujer de pelo rubio. Tendría unos cuarenta años, estaba muy pálida y muy delgada.

Cuando se levantó pude ver que tenía un cuerpo espigado de largas piernas y cintura alta. Hubiera podido parecer hermosa de no ser por las ojeras moradas de sus ojos, daba la impresión de estar muy cansada.

Tomamos una sopa castellana que estaba deliciosa y después del café nos fuimos, porque teníamos que recoger el coche y seguir nuestro camino para llegar antes de que anocheciera. En el aparcamiento estaba estacionado el autobús que nos había regalado la piedra.  En uno de los costados, con letras temblorosas y repasadas varias veces se leía: COMPAÑIA DE TEATRO ANTONIO CARMONA (Maravillas).

Volvimos a la carretera y me olvidé del incidente por completo hasta que llegamos a nuestro destino. El pueblo ha cambiado mucho de cómo lo recordaba. Conserva el aire castellano, el precioso castillo en lo alto del cerro y el aroma a horno de leña y vino. Habían abierto un hotel nuevo en la parte baja, junto a la carretera y allí nos alojamos. No era gran cosa pero estaba limpio y los dueños fueron muy amables con nosotros.

Nos dimos una ducha y salimos a recorrer las calles; en general habían cambiado completamente. En una esquina, la casa de mis abuelos seguía en pié; la habían vendido hacía muchos años, cuando mi abuela, al morir su marido, decidió que no iba a volver nunca más. En el zaguán, él había montado una especie de habitación de juegos en la que podíamos movernos a gusto todos sus nietos, cerca de la puerta de la calle, por la que salíamos y entrábamos, sin tener que dar explicaciones. Allí había ahora una moderna cafetería y en la fachada de la plaza una terraza cubierta por toldos granates, en la que nos sentamos a tomar una copa de vino antes de cenar.

Pegado en el cristal de la puerta un cartel anunciaba la gran compañía de teatro de Antonio Carmona (Maravillas) que iba a representar esa noche, en una única función, la gran pieza clásica Romeo y Julieta. Nos miramos los unos a los otros y nos reímos recordando al grupo de comediantes que habíamos dejado atrás en la posada.

—Oye, por qué no vamos; pensaba que ya no existían estas compañías de teatro.

—Sí, yo también lo creía, será por la crisis, volveremos al pasado sin remedio. Ya has visto el autobús que llevan, cómo serán los decorados y el vestuario.

—Venga chicos, acercaros al Teatro y comprar unas entradas, cenamos y luego vamos a verlo, me apetece hacer algo diferente.

Llegamos pronto, entre el viaje y los paseos que nos habíamos dado, estábamos cansados y además ver los prolegómenos de la representación podría resultar entretenido. Pudimos escoger la fila que nos pareció mejor.
Poco a poco el cine, convertido en teatro para la ocasión, se fue llenando de público y desde el escenario, ojos curiosos nos vigilaban por saber si habían tenido éxito al menos con el aforo. Aunque parezca algo insólito, las mujeres se fueron situando en el lado derecho y los hombres en las butacas de la izquierda. Nosotros éramos la excepción que confirma toda regla.

La función era variada, algún cómico contando chistes verdes que hacían reír a los espectadores, una jovencita que bailaba ballet, cuatro mujeres vestidas con poca ropa  bailaban y cantaban con movimientos sensuales, luego bajaron al patio de butacas y se acercaron al lugar en que los hombres empezaban a decir frases picantes, pasándoles la mano por la cabeza, besándoles en la mejilla o sentándose sobre sus piernas. Todos nos reíamos, nosotros de aquel espectáculo, los hombres nerviosos por la cercanía de las vedetes y sus mujeres no sé de qué.

Cuando el hombre del pelo rizado salió al escenario, ellas desaparecieron por la puerta de entrada a la sala. Iba vestido con un traje corto campero y empezó a cantar canciones de la copla con una buena voz y bastante gusto. Se erguía sobre sus botas de tacones como buscando en el aire la altura que le faltaba. El telón del escenario representaba la fachada de una casa blanca en la que se abría una ventana enrejada y en ella una mujer medio ocultaba su cara, aparentando escuchar a su amante que le venía a rondar. ¿Pero Julieta dónde estaba, era ella?

La segunda parte del espectáculo cambió totalmente. Cuando se abrió el telón, un jardín lleno de flores ocupaba todo el escenario. En la fachada de la casa se veía un balcón cubierto por una enredadera. Julieta vestida de gasa blanca, resaltaba en la oscuridad, la luna brillaba en el cielo cuajado de estrellas en un contraste delicioso de claro oscuros. Se movía inquieta mirando a un lado y otro del balcón. De pronto se irguió escuchando en el silencio, algo la había puesto en alerta, !viene por fin!

Un joven mira hacia arriba, buscando a su amada, la ve y se esconde bajo el saliente del balcón, quiere darle una sorpresa. Todos los ojos estaban fijos en Julieta, envuelta en la gasa blanca parecía un ángel que volaría de un momento a otro sin necesidad de alas.  Una alegría exultante los envuelve cuando se encuentran:

Romeo:
(Tomando la mano de Julieta)

Si con mi mano, por demás indigna
profano este santo relicario,
he aquí la gentil expiación:
Mis labios, como dos ruborosos peregrinos,
están prontos, están prontos
a suavizar con un tierno beso
tan rudo contacto.

Julieta:

El peregrino ha errado la senda
aunque parece devoto.
El palmero sólo ha de besar
manos de santo.

Romeo:

Pues oídme serena mientras
mis labios rezan, y los vuestros
me purifican. (La besa)

Julieta:

En mis labios queda
la marca de vuestro pecado.

Romeo:

¿Del pecado de mis labios?
Ellos se arrepentirán
con otro beso. (Torna a besarla)

La  mujer estaba transfigurada, en su rostro no podía haber más belleza, aquella luz surgía de su interior, estaba poseída por una gracia delicada y exquisita imposible de adivinar en ella antes de verla representando a Julieta. Todos pudimos darnos cuenta, puede que ella no lo supiera, tal vez ignorase a la mujer que vivía en su interior, esperando poder salir y manifestarse.

Les aplaudimos mucho, salieron a saludar una y otra vez y alguien llegó con un sencillo ramo de flores que le entregó a ella. Guardo como un tesoro ese recuerdo.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 5 de Abril de 2012 a las 7:37
Experimental

Un chasquido. Una tenue llama enciende un cigarrillo que brilla en la oscuridad.
- No deberíais estar aquí –espeta su dueño con voz queda. El público, apenas una veintena de personas repartidas en pequeñas mesas, aguarda inquieta.
Tras cinco o seis largas caladas, la pequeña luciérnaga se estrella contra el suelo donde es aplastada.
El hombre avanza el rostro hasta que sus facciones interceptan un haz de luz que emerge del suelo.
- No deberíais estar aquí –advierte de nuevo.
La luz se apaga con un fuerte golpe.
Poco a poco, las tinieblas se disuelven dibujando el contorno impreciso de una silla de madera en el centro del escenario vacío, vestido únicamente con un fondo negro.
Un hombre cubierto de harapos arrastra trabajosamente sus pies de un extremo al otro. Al llegar a su destino, da un trago de la botella que sostiene en la mano y, entre reniegos y bufidos, se estira en el suelo, de espaldas al público.
Al poco, aparece otro hombre enfundado en un mono de trabajo que, con paso firme, toma asiento en la solitaria silla. Extrae un enorme bocadillo de una maleta que ha dejado a su lado y, sin ceremonia alguna, le proporciona una gran dentellada que le hace masticar trabajosamente. Al acabar, gira la cabeza y escupe el contenido de su boca sobre el harapiento. Vuelve a morder el bocadillo, mastica de nuevo y escupe otra vez. Pronto, una capa de pan y carne triturados cubre al hombre que permanece inmóvil en el suelo.
Al finalizar, el comensal saca un paño de la maleta y, tras limpiarse la boca y las manos, vuelve a guardarlo. Se levanta, se dirige hacia el pordiosero y, sin mediar palabra, coge la botella y le da un largo trago, reservándose la última parte con la que se enjuaga la boca ruidosamente. Al acabar, escupe el líquido sobre el hombre que continúa tumbado y se marcha.
Tras unos segundos, las luces se apagan y la sala vuelve a quedar en penumbra.
Poco a poco, va apareciendo la figura arrodillada de un hombre, los brazos caídos a los lados del cuerpo. Lleva un gran capirote calado hasta la nariz como única prenda.
Unos tacones resuenan en la sala, precediendo a una mujer que atraviesa el escenario con paso decidido. Justo antes de abandonarlo se detiene, como si acabase de recordar algo. Abre su bolso y con gesto altivo arroja algo hacia el hombre y desaparece rápidamente. El pequeño objeto tintinea en el suelo unos segundos. El arrodillado permanece inmóvil.
Al poco, aparece otro hombre enfundado en un mono de trabajo. Sostiene una gran escoba con la que barre el suelo con parsimonia.
Al llegar cerca del penitente, se agacha para recoger algo del suelo que se lleva a la boca y, tras morderlo, se guarda en el bolsillo.
Tranquilamente, se marcha sin dejar de barrer.
Las luces van perdiendo intensidad al mismo tiempo que el sonido de la escoba contra el suelo de madera, sumergiendo la sala en la negrura de nuevo.
Se oye un llanto, quedo al principio, que va aumentando de intensidad.
Durante varios minutos, una mujer llora sin consuelo.
Después, un único foco se enciende mostrando su figura acurrucada en la silla. Lleva un camisón como única prenda y abraza su cuerpo encogido mientras se balancea con suavidad, con la mirada perdida en su dolor.
Despacio pero con movimientos decididos, se levanta y se sube a su asiento, sin dejar de gimotear. El foco solitario muestra sus pies descalzos en un pequeño círculo de luz. Entonces, la silla cae al suelo con estrépito y los pequeños pies quedan suspendidos en el aire, balanceándose como un péndulo: de derecha a izquierda, de izquierda a derecha.
Se sacuden durante unos segundos, víctimas de pequeños espasmos, sin dejar de oscilar.
Una nueva isla de luz emerge con fuerza en la parte derecha del escenario. Un hombre vestido con tejanos y americana parlotea por un móvil en tono desenfadado, emitiendo sonidos ininteligibles. A veces se calla, como si escuchase; otras, inunda la sala con sonoras carcajadas.
Mira a su alrededor y, con un movimiento distraído, desaparece en la oscuridad un segundo, volviendo a emerger con la silla de madera que minutos antes ocupaba la mujer, cuyos pies siguen flotando en el aire de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. El hombre vuelve a reír con estruendo mientras toma asiento.
Al cabo de unos segundos, guarda el teléfono en el bolsillo de su chaqueta, de la que saca un cigarrillo que empieza a fumar con parsimonia.
Poco a poco, la luz central se va apagando, engullendo los pies de la mujer que no han dejado de balancearse en ningún momento.
El hombre acaba su cigarro, se levanta y se va.
Tras unos segundos, una mujer ocupa su lugar, sentándose con la espalda erguida y la mirada perdida al frente.
Se lleva a la boca el globo que sostiene en la mano y empieza a inflarlo con largos bufidos hasta que estalla ruidosamente, arrancando algún grito sobresaltado entre el público. La mujer sostiene la boquilla sin dejar de soplar.
Al cabo de un rato, la mira extrañada y la deja caer al suelo con aire distraído.
Después, se levanta y se marcha por donde ha venido.
El escenario vuelve a quedar a oscuras.
Un chasquido. Una pequeña llama enciende un cigarrillo que brilla en la oscuridad, aumentado su fulgor por una intensa calada.
Una luz tenue ilumina un rostro conocido.
- No deberíais estar aquí –repite.
La luz anaranjada baña ahora todo su cuerpo. Está sentado en el centro del escenario, en la silla de madera y contempla despreciativo al público.
Dos manos femeninas emergen por detrás para acariciar su torso desnudo. Gira el rostro para recibir unos labios apremiantes. Sin dejar de besarse, la chica se coloca sobre él a horcajadas, contorneando su cuerpo mientras deja que las manos de él la exploren impúdicamente. Sus respiraciones entrecortadas resuenan en el silencio de la sala, al ritmo del roce de sus cuerpos. La mujer echa la cabeza hacia atrás mientras él hunde la cara en sus senos. Un gemido escapa de sus labios cuando se incorpora y el hombre empieza a desvestirla, mostrando su espalda desnuda.
Súbitamente, todas las luces de la sala se encienden iluminando al público que parpadea con fuerza. El fragor de los amantes aumenta de volumen en el escenario que permanece ahora oculto tras la luz intensa de los focos. El público se remueve inquieto, algunas miradas se cruzan fugazmente aunque la mayoría huyen hacia cualquier rincón.
La pareja acompasa sus gemidos que se tornan más urgentes, más intensos, hasta que estallan en una sola voz que retumba en las paredes, llenando el silencio de húmedos gritos antes de ir apagándose con las luces hasta que todo vuelve a quedar sumido en la oscuridad.
Nadie se mueve. Apenas se oye alguna tos contenida.
Todas las luces de la sala se encienden a la vez mostrando un escenario desierto.
Tras unos minutos, la gente empieza a mirarse, sonríen nerviosos, expectantes. Ninguna voz, ninguna señal.
Empiezan a removerse en sus asientos, algunos incluso se levantan mirando a su alrededor, buscando aceptación en los rostros que se vuelven hacia ellos. Alguien aplaude con timidez aunque el silencio que deja se antoja más extraño que el sonido que le ha precedido.
Poco a poco, uno a uno, abandonan sus mesas y se dirigen a la salida con la sensación de huir de un lugar al cual no habían sido invitados.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 5 de Abril de 2012 a las 17:10
El fantasma

SAINETE EN UN SOLO ACTO


Personajes:
Fina (mujer de unos cuarenta años)
Cándido (marido de Fina, cuarenta y cinco años)
Raúl (vecino de ambos, unos treinta cinco años)


La escena está dividida en tres estancias, abiertas frente al espectador: El hall, la cocina y el salón. En la pared del salón hay un reloj que indica que son las seis de la mañana. En el salón hay un mueble bar una mesa de comedor y seis sillas, un sofá, dos sillones, una mesita baja y, en una esquina, una mesa camilla vestida con un faldón largo.

 Fina y Cándido están de pie en el hall, ella se acerca, le da un beso de despedida y le dice: hasta luego cariño. Cándido está vestido de traje y corbata y Fina está en zapatillas y bata y el pelo despeinado como quien acaba de levantarse de la cama. El hombre abre la puerta que da a la escalera, sale y cierra tras de sí. Fina desaparece a toda prisa por otra puerta y regresa un minuto después con el pelo recogido y ataviada con un “picardías” rojo que insinúa más que oculta, se acerca a la puerta por la que salió su marido, la abre un poco y la deja arrimada sin encajar el cierre, luego empieza a pasear, como presa de una súbita inquietud, entre el hall y el salón, mientras se oyen las notas de una vieja canción y la voz lejana de Sara Montiel que canta: Ven y ven y ven, chiquillo vente conmigo. La puerta se abre despacio y entra Raúl, cauteloso, con sigilo. Fina y Raúl se abrazan, comienzan a besarse, van hacia el sofá del salón y por el camino se van desnudando. De pronto suena el timbre de la puerta, tres timbrazos seguidos.
FINA. ¡Es mi marido que ha olvidado algo! ¡Escóndete! ¡En la terraza no, que ahí te ve! ¡Aquí en la despensa!
     Raúl corre de un lado a otro, descalzo, en calzoncillos y recogiendo la ropa del suelo, Fina le empuja a la despensa, le cierra y va corriendo a abrirle la puerta a su marido, que no ha parado de tocar el timbre.
CÁNDIDO. ¿Donde andas?
FINA. ¿Qué has olvidado esta vez?
CÁNDIDO. La carpeta roja, ¿la has visto? (Cándido da unos pasos hacia el salón y tropieza con una de las zapatillas de Raúl. Fina, con disimulo, le da una patada a la otra zapatilla y la hace desaparecer bajo el sofá).
CÁNDIDO. ¿Qué coño hay tirado por el suelo? (coge la zapatilla, la mira y luego mira a su mujer y pregunta), ¿Y esta zapatilla?
FINA. La habrá traído el gato.
CÁNDIDO. ¡Fina!
FINA. ¿Qué?
CÁNDIDO. ¡No tenemos gato!
FINA. Me refiero al gato de Raúl, que no hace más que metérsenos en casa.
CÁNDIDO. ¿El gato de Raúl? ¿Y por dónde entra?
FINA. Entra por la terraza y a veces trae cosas. (Se oye un golpe en la despensa, como si se hubiera caído algo de un estante).
CÁNDIDO. ¡Está en la despensa!
FINA. (asustada), ¿Qué dices?
CÁNDIDO. Digo que el gato de Raúl está aquí. (De dos zancadas, se planta ante la puerta de la despensa y ya tiene la mano en el pomo, cuando Fina lanza un grito y se deja caer al suelo. Cándido se vuelve a ver qué le pasa)
FINA. ¡Ay! ¡Ay, qué dolores!
CÁNDIDO. ¿Se puede saber qué te ha pasado?
FINA. Creo que me hice un esguince en este tobillo.
    Cándido la levanta y la sienta en el sofá. Mientras, Raúl sale sigilosamente de la despensa y cruza la cocina. Está a punto encontrarse con Cándido, que ha oído sus pisadas y acaba de salir al hall a ver quien es el intruso. Raúl recula hacia la cocina, Cándido va tras sus pasos, Raúl intenta esconderse en el salón, corre a gatas por detrás del sofá, llega a la mesa camilla y se esconde bajo el faldón. Cándido le busca por las esquinas, desplaza el sofá, arrastra los muebles, arranca las cortinas. Está histérico. Ya sólo le falta por revisar la mesa camilla cuando su móvil empieza a sonar, le están llamando de la oficina, Cándido se disculpa con su jefe, le dice que se ha dormido, el jefe está cabreado, Cándido también lo está, porque sospecha que hay un fantasma en su casa, pero si se lo contara a su jefe no le creería. Mientras tanto la mesa camilla, como si tuviera vida propia, se desplaza velozmente a través del salón en dirección a la puerta de salida. Cándido corre tras ella y le levanta el faldón, pero debajo ya no hay nadie y la puerta de la escalera está entreabierta; el pájaro ha volado. Cándido se vuelve hacia su mujer y grita:
CÁNDIDO. ¡¡Fina!!
FINA. No grites que estoy aquí, bien cerca.
CÁNDIDO. ¿Quién estaba aquí contigo?
FINA. ¿Conmigo?
CÁNDIDO. ¡Aquí había un hombre!
FINA. No digas estupideces. ¿De verdad crees que si hubiese un hombre aquí, no le habrías visto?
CÁNDIDO. Aquí había un hombre y estuvo jugando conmigo al escondite, no te hagas la inocente.
FINA. Vale, sí, había alguien y te voy a decir quien era. Era un fantasma.
CÁNDIDO. ¿Qué?
FINA. Era el fantasma de mi pobre hermano muerto. Ese que tú echaste de esta casa a la calle como si fuera un perro sarnoso.
CÁNDIDO. Tu hermano era un yonqui.
FINA. Era mi hermano y yo era lo único que él tenía en el mundo. Al echarle de casa le mataste.
CÁNDIDO. Murió de una sobredosis.
FINA. Se suicidó porque le echamos de casa.
CÁNDIDO. O sea, que sigue viniendo por aquí después de muerto.
FINA. Según él, las almas de los que se suicidan siguen vagando algún tiempo por los lugares que habitaron. De vez en cuando me visita.
CÁNDIDO. Y, ¿qué hace? ¿Habla contigo?
FINA. Pues claro. ¡Pobre hermano mío! ¡Ni después de muerto descansa en paz! (Fina rompe en sollozos)
CÁNDIDO. Ni después de muerto deja de darte disgustos. En fin, deberías habérmelo dicho. Tengo que irme.
FINA. Vete, Cándido, antes de que tu jefe te vuelva a llamar para decirte que estás despedido.
CÁNDIDO. Sí, me voy, adiós. Si vuelve el fantasma de tu hermano, dile que siento mucho lo que le ocurre. 
Cándido sale y Fina le despide en la puerta, dejando ésta arrimada sin encajar el cierre. De fondo se oyen unos acordes musicales y la voz de Sarah Brightman en el Fantasma de la ópera. Pasa un minuto y entra de nuevo Raúl, Fina le sonríe, sin rastro de lágrimas en sus ojos.
RAÚL. ¿Iba muy cabreado?
FINA. No.
RAÚL. ¿Qué le dijiste?
FINA. Que eres un fantasma.
RAÚL. ¿Y se lo creyó?
FINA. Sí. (Se abrazan)
RAÚL. ¿Vamos a la cama?
FINA. Vamos. (Se van, comiéndose a besos)

                  TELÓN

concursoderelatos
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  • 5 de Abril de 2012 a las 19:54

Puro teatro

Cantaba Olga Guillot que rara vez las cosas son como parecen.

El primer acto de la farsa en que se convirtió la resolución de aquel caso comenzó al tiempo que la resaca posterior a la celebración de mi divorcio. El timbre no cesaba de torturarme y el estridente sonido era acompañado por repetitivos y arrítmicos golpes en la puerta. Me levanté y recorrí zigzagueando el angosto pasillo que me separaba de la entrada, pues mi curiosidad sobre la identidad del autor del escándalo era sólo comparable a mis deseos de silencio.

El muchacho tenía planta de bibliotecario adicto a los juegos de rol; de esos que de niño se habría llevado más de una colleja en las filas hacia clase. Chaleco de rombos, camisa rosa y zapatos a la moda (la del año del mundial de Naranjito). Mientras mis retinas aceptaban la imagen que llegaba hasta ellas, me serví un reparador café tamaño XXL y escuché su historia, a fin de cuentas ya estaba despierto y no tenía otra cosa mejor que hacer. Un nombre y una dirección bastaron para ponerme en marcha; y aquella desagradable sensación en mi estómago, que poco tenía que ver con el alcohol ingerido la noche anterior.

La desangelada nave donde debía tener lugar mi cita, en un polígono industrial a las afueras de la ciudad, resultaba un lugar ideal para deshacerse de alguien, por eso no me sorprendí al observar el contenido de la cámara frigorífica que hallé en uno de sus rincones. El segundo muerto del caso en apenas dos horas. En aquel momento no albergaba ninguna esperanza de concluir con éxito la investigación, pues se encontraba tan fría como podía estarlo mi confidente. Sólo un golpe de suerte...

El fulano había recibido alguna que otra caricia antes de pasar a mejor vida: le habían roto los dedos de la mano derecha y su cara estaba más abollada que el paragolpes de mi coche. Me dirigí hacia a un cuarto de grandes ventanales y accedí a él sin dificultad pues la cerradura había sido forzada. El despacho estaba patas arriba y el teléfono, bajo unas carpetas, tirado en el suelo. Saqué un pañuelo del bolsillo y, con él a modo de guante, descolgué el auricular para hacer una llamada. A los pocos minutos, dos turismos de color oscuro aparcaron frente a la pesada puerta metálica que daba acceso a la nave bloqueando la salida. Me oculté tras una columna y eche mano al interior de mi chaqueta. Dos tipos emergieron de uno de los vehículos y charlaron amistosamente con un tercero, más orondo y con pinta de sheriff de película de serie “B”, que había descendido del otro. Decidí guardar la pipa y salir a su encuentro.

-¡Hombre, García! Tranquilos, muchachos, es de fiar –dijo el gordito a sus acompañantes.

El subinspector Aranda, oficial Aranda cuando nos conocimos hace tiempo, había ganado kilos al mismo ritmo que perdió el cabello. Por aquel entonces ya le llamábamos Esteban “el abubilla”. El mote se lo puso el comisario. Buen tipo, el jefe, de los pocos que intentó ayudarme cuando me expulsaron del cuerpo.

-¿Has llamado tú, supongo?

-Tu sagacidad no ha empeorado con los años –le espeté en tono burlón.

Los oficiales que acompañaban al subinspector rieron indisimuladamente y “el abubilla” se giró hacia ellos con gesto desafiante. Las risas cesaron.

-Así que era verdad lo que había oído de que seguías en el negocio...

-Algún trabajo sale de vez en cuando.

-Y bien, ¿qué tenemos?

-Un fiambre. Parece que buscaban algo por cómo ha quedado la oficina. El cadáver está en la cámara frigorífica del rincón. Si queréis echarle un vistazo...

Uno de los acompañantes del subinspector se dirigió hacia allí.

-¿Has tocado algo?

-No.

Aranda porfió con la mirada.

-¿Qué buscaban?

-¿Qué se yo? –respondí.

-Has dicho que no han encontrado «lo que buscaban». ¿Lo has encontrado tú?

Sonreí mientras se atusaba celosamente el penacho de pelos eréctiles que sobrevivían en su calva.

-¿Crees que he tenido algo que ver?

-Tal vez... Recuerdo que hace años tenías la mano bastante suelta.

-Sabes que lo de los punkis en la manifestación fue un ligero “malentendido”. Salí absuelto de aquel juicio.

-Ya, pero la paliza que le diste al chulo de la aquella puta fue diferente. Recuerda que estaba allí contigo cuando sucedió todo. Siempre te gustó defender “causas perdidas”...

-Ya. A ti no -le recriminé.

El oficial que husmeaba junto a la cámara frigorífica regresó junto a nosotros. Salvo por la diferencia de estatura, los dos acompañantes de Aranda parecían gemelos: el mismo sastre, el mismo rictus serio… Uno de ellos, el más alto, se dirigió a mí libreta en mano.

-¿Conocías al fiambre o es que sólo pasabas por aquí?

-Le llamaban “El ruso”, aunque era argentino, creo. Tenía un apellido raro... Warshoski…, o algo así. Alguien me sugirió que podría informarme sobre ciertos detalles del caso que estoy investigando.

-¿Alguien?

-Mi cliente.

-¿Y qué investigas? -preguntó de nuevo sin levantar la vista de su bloc.

-El asesinato de un tendero –respondí.

Alzo la vista después de un breve silencio.

-Y no crees que el asunto te queda un poco grande. ¿Por qué no lo dejas en manos de “profesionales”? –replicó el pequeño de “los Dalton”. Sus palabras provocaron en mi estómago la misma náusea que sentí en mi apartamento.

-Porque la policía ha dejado de buscar a los culpables.

-Explícate, García -solicitó el subinspector Aranda mesándose el tupé.

-Vino a verme un chaval de unos veinte o veintipocos años. Me soltó un sobre con dinero y me pidió que acudiera a una cita en la que obtendría información para resolver el asesinato de su padre. Le dije que hablara con la policía, pero se negó en rotundo. Me dijo que fueron unos maderos quiénes le habían matado. Habían estado extorsionando a su padre durante años hasta que, unos meses atrás, tuvo que dejar de pagarles. El negocio no iba bien y no podía permitírselo, así que se plantó y les hizo frente. Simularon un robo y le dieron matarile.

-¿Y qué tiene que ver ese asunto con el muerto? –preguntó el canijo.

-El chaval le había visto varias veces en la tienda y en otras colindantes. Le resultó extraño verle salir siempre sin ninguna compra en la mano.

-Vale. El muerto era el cobrador, ¿y qué más? –volvió a interesarse Aranda.

-Pues que le gustaba gastarse los ahorros jugando al póker; tenía deudas y el muchacho se ofreció a saldarlas a cambio de cierta información. El chico traspasó el negocio y me entregó todo el dinero que había obtenido con la venta. Yo tenía que entregarle la pasta a Warshoski.

El largo cerró su libreta y la guardó en el interior de su chaqueta.

-Veamos lo que tenemos hasta ahora: un sospechoso de asesinato al que han dado boleto y un ex-policía con pasado justiciero que casualmente ha encontrado el cadáver. Tal vez a ese detective se le fue la mano a la hora de buscar respuestas.

-Estadísticamente, el que encuentra el muerto suele ser el culpable en un elevado número de ocasiones -añadió el canijo.

-Interesante teoría, ¿qué dices a eso, García? -preguntó “el abubilla”.

-“El ruso” no tenía suficiente cerebro para llevar la manija de un negocio del calado del que estamos hablando. Además, la policía le habría metido en el talego tarde o temprano si no hubiera tenido protección. Tal vez algún soplo puso en guardia a sus “jefes”, le hicieron una visita y decidieron eliminarlo antes de que se fuera de la lengua.

-Me gusta más la teoría del culpable que simula encontrar el cadáver -me reprobó Aranda.

-Sí, es más probable -le apoyó el canijo.

-Estadísticamente... -convino el largo.

-¿Y qué hay de aquello de que «el culpable siempre vuelve al lugar del crimen»? -expuse.

Todos rieron al unísono y las carcajadas retumbaron por las paredes de la nave.

-Sí, ¿por qué no? -añadí-. Si yo fuera un poli corrupto y acabara de cometer un asesinato habría aguardado a que llegara la policía para unirme a la investigación. ¿Qué mejor forma para tenerlo todo controlado.

-¿Y por qué no huir simplemente? -sugirió el canijo.

-Tal vez querían colgarle el muerto al primero que pasara por aquí.

-¿Estás sugiriendo que alguno de nosotros se ha cargado al tal Warshoski? Es una lástima que se te adelantaran y no puedas probarlo. -dijo “el abubilla”.

-Tal vez sí pude hablar con “el ruso”, a pesar de todo. Agonizante, y en venganza contra sus asesinos, pudo darme la información prometida: los números de sus placas.

Tras unos instantes de pausa, el canijo recuperó el habla.

-¡Será mejor que pienses con calma lo próximo que salga de tu boca! Estás haciendo acusaciones muy peligrosas.

-No tenemos nada que ocultar -dijo “el abubilla”-. Por lo que a mí respecta, acudí al aviso que escuché por radio.

-Igual que nosotros -corroboró el más alto de “los Dalton”.

-Es curioso..., porque yo sólo recuerdo haber marcado el número de teléfono de un antiguo ex compañero al que hacía mucho tiempo que no veía. Si hubiera llamado a la central, ¿no deberían haber llegado ya el juez y los de la científica, Esteban?

“Los Dalton” se miraron entre sí y, como accionados por un resorte, sacaron sus armas de la funda. Dos disparos atronaron en la desangelada nave y dos cuerpos sin vida se desplomaron sobre el frío cemento.

Esteban sacó un paquete de tabaco de su americana y encendió un pitillo.

-La próxima vez que me llames espero que sea para invitarme al próximo aniversario de tu divorcio y no para meterme en uno de tus líos.

-¡Ey! Yo no tengo la culpa de que estuvieras anoche de servicio...

-Me debes una -replicó Esteban haciendo oídos sordos a lo que yo había dicho-. Por cierto, ¿cómo supiste a quién disparar?

-Supuse que te resultaría más sencillo cargarte al de tu derecha.

-Claro, porque soy zurdo…

-No. Recordé lo mal tirador que eras... y el alto tenía más cuerpo donde acertar -ambos reímos con ganas.

concursoderelatos
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  • 5 de Abril de 2012 a las 20:43

 

SUEÑOS ENTRE BAMBALINAS

La función está a punto de concluir. El aplique de una falsa columna dispuesta en medio del decorado, sirve de apoyo a un Segismundo altivo y ceremonioso, que mira al público con aire circunspecto sabedor de que está a punto de rematar, victorioso, el último acto.

Desde las bambalinas observo el porte sereno con el que el actor recita los últimos versos, versos que voy musitando a la vez para mis adentros, simulando el mismo tono grave y solemne con el que el artista devuelve a Segismundo al cautiverio de su sueño.

Y al poco de recitar las palabras finales, los primeros aplausos atraviesan el escenario barriéndolo como una brisa de aire que llega desde el patio de butacas. Y apenas un segundo más tarde, libero las argollas de las poleas y aflojo la cuerda que retiene el telón, dejándolo  caer lentamente, mientras el público aplaude y aplaude la brillante interpretación del papel protagonista.

El actor espera inmóvil tras el telón. Un gesto de satisfacción se deja traslucir en su sonrisa como muestra de su orgullo, y al instante, siento como su ego pletórico se nutre con la entrega de un público que sigue y sigue aplaudiendo. Todo el mundo quiere ver al actor salir de nuevo a escena. Desde las bambalinas el conjunto de reparto y el grupo de tramoyistas se deshacen en elogios y felicitaciones. El actor agradece a diestro y siniestro sus muestras de reconocimiento, y a su señal, comienzo a halar de nuevo la cuerda para abrir otra vez el telón, despacio, recreándome en el tiempo para percibir el entusiasmo del público que crece en intensidad a medida que el telón se eleva. Ahora veo alzarse en pie a las primeras filas del patio de butacas, y al poco el clamor de los aplausos inunda de tal manera el teatro, que hasta es posible sentir cómo tiembla bajo mis pies la tarima del escenario. El actor se adelanta varios pasos, sortea la concha del apuntador, y se allega junto a las candilejas hasta el límite mismo del proscenio. Y allí, dominando el sentir de las almas entregadas al talento grande de su artista, eleva ligeramente los brazos en señal de agradecimiento. Y el respetable se rinde entonces, entregándose a un éxtasis de mayores vítores y aplausos. Todo el teatro se pone en pie. E invadido por un sentimiento de envidia, cierro los ojos para imaginar míos esos aplausos.  Y cual Segismundo en su particular soliloquio, pienso “¿Y si fuese verdad que es la vida un sueño, y que el hombre, al fin, sueña sólo lo que es? Hasta el alma entregaría yo a cambio de sentirme, si acaso un segundo, merecedor de ese clamor entusiasta que embriaga el espíritu; ese clamor con el que yo, desde está insulsa bambalina, sueño y sueño cada vez que le veo al final de su función…”       

Y al abrir los ojos, contemplo con la mirada acristalada como el respetable al frente continúa aplaudiendo y lanzando vítores con entusiasmo. Y completamente entregado y agradecido, retrocedo, lentamente, reverenciando con saludos y venias a un lado y otro de escenario, sin llegar a saber si esta plenitud que siento es cierta como la vida misma, o es si acaso, por contra, tan solo un fantástico sueño…  

concursoderelatos
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  • 5 de Abril de 2012 a las 23:25

El ritual sardónico

El silencio empapa la noche. Nada se mueve, el cielo está muerto. Hoscas nubes ocultan las estrellas, pero entre su frío manto, la luz fantasmal de una luna menguante se filtra en forma de tenues hilos de hielo. En picado caen sobre la gran metrópoli. Chocan contra los más altos edificios, sobre las torres ciclópeas y los monumentos más colosales. Y caen, caen como cometas mortecinos, destinados a perecer.

Mas antes de morir bajo las sombras de los titánicos edificios, se mezclan con la propia luz de la ciudad, se mezclan y se funden en ella para recortar en contorno inmenso que separa la urbe de las oscuras tinieblas de sus alrededores.

Pero no solo en el exterior están las tinieblas. Entre las estrechas callejuelas que se cruzan en laberínticas formaciones, la oscuridad nace del suelo. Se aferra a los pies de los edificios, se ciñe en ellos. Se agarra fuerte a las columnas y pilares, para escalar como una depredadora hacia los techos más bajos y desamparados.

Con atrevimiento se cuela por cualquier resquicio que encuentra, por cualquier rendija o ventana abierta, asaltando la tranquila seguridad de los hogares, ignorando los posibles movimientos y despreciando las gentes que en ellos habitan.

>> En un preciso momento, de entre la oscuridad ignorante, una silueta humana saltó de una ventana abierta que no dejaba ver lo que había en su interior, con recelo. 

La figura cayó pesadamente contra la dura piedra de una lúgubre calle, levantando con un sonoro chapoteo el agua de un ancho charco que se alimentaba del escape de una cañería agrietada.

Tardó en levantarse. Sus movimientos se mostraban fatigados y la debilidad de sus piernas se acentuaba en una cojera. Corría sin dejar de mirar atrás, en dirección a la ventana que flotaba entre la oscuridad, en las alturas de un edificio negro como la misma noche.

A sus espaldas se escucharon dos chapoteos más. Acompasados, suaves y armónicos, que precedieron a un silbido posterior. Un silbido como el del viento, pero no tan fluido, sino que se parecía más al disparar de una escopeta de aire. Era intermitente y poseía una cualidad amenazadora que se transcribió en el movimiento aún más frenético y desesperado de las piernas de la asustada figura.

A lo lejos una puerta se reveló entreabierta, dejando escapar suaves halos de luz que se difuminaban en la barrera casi sólida que proyectaba la oscuridad. La encorvada silueta aceleró aún más el paso, sollozando entre sus mismos gemidos de agotamiento. Saltó con desespero a través de la puerta y la cerró casi al instante, apoyándose contra ella, y buscando con sus manos nerviosas algún tipo de cerradura.

No tardó en percibir con sus dedos un picaporte y, mientras una gran bocanada de aire salía impulsada por su boca, lo cerró con fuerza y se aseguró que la puerta no se podía abrir. Pero aún no estaba tranquilo, se podía leer en sus gestos. Corrió en dirección a la procedencia de la luz, esquivando unos cofres y demás utensilios dispersados por toda la sala.

Mientras corría escuchó un golpe seco a su espalda, que resonó como un metal al caer contra el suelo. Y fue tan grande la confusión que le produjo, que no se dio cuenta, hasta que estuvo al otro lado, que ya había atravesado una gruesa cortina que impedía a la luz fluir con total naturalidad. 

Centenares de voces estridentes, silbidos y chillidos desenfrenados que se mezclaban en una insoportable cacofonía asaltaron sus oídos, obligándole a llevarse las manos a las orejas. Sus ojos sufrieron una ceguera repentina al recibir de golpe toda una marea de luz lanzada por múltiples focos. Su cabeza se mareó y estuvo a punto de estallar.

Escuchó varias palabras muy cerca de él, que no entendió al instante, pues antes de que pudiese escapar ya le habían cogido por los brazos.

-¡Aquí tenemos el nuevo voluntario!- anunció la voz a su derecha.

-¡Qué bien! ¡Qué bien!- pregonó la voz a su izquierda.

-¡Él es el personaje principal de este acto!- afirmó la voz a su derecha.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Un aplauso para él!- pidió la voz a su izquierda.

El redoble de palmas de casi un millar de manos brotó vertiginosamente, lanzando una rauda cadencia al aire para llegar a los oídos del joven que ahora se veía atrapado en una situación que no podía entender.

Poco a poco sus ojos fueron recobrando la visión y, entre ese movimiento bullicioso, casi abstracto y diluido, de un millar de manos golpeándose sin cesar; pudo descubrir la sala de un lustroso teatro, ocupado por centenares de lujosas butacas que aguantaban el peso de los entusiasmados espectadores, totalmente invadidos por el jolgorio y la joya.

Intentó zafarse de esas manos que lo sujetaban, pero le fue imposible. Ni con todas sus fuerzas podía levantar un mínimo asomo de duda en la fortaleza de esos robustos puños.

Entonces, de detrás de la misma cortina que había atravesado, surgieron dos figuras ataviadas con ropas oscuras. Sus rostros estaban ocultos bajo capuchas, permaneciendo sus expresiones y miradas, en el anonimato.

Las luces se fueron apagando paulativamente, hasta que solo quedó de ellas una frágil luminiscencia que envolvía los cuerpos de los actores, creando una imagen fantasmal.

Los cuatro artistas sobre el escenario iniciaron una danza alrededor del paralizado joven. Solo su mirada, frenética, se movía de un lado para otro, observando con expresión enajenada, unos movimientos extraños que proyectaban formas decididas a poseer todos sus miedos e invadir su mente.

Al ritual se le unieron muchas más figuras, ataviadas, de igual modo, con ropas oscuras que ocultaban sus rostros y unas expresiones que nadie querría observar.

En ese momento, el joven, aterrorizado, con todo su cuerpo invadido por temblores, trató de huir, acompañando sus intentos con gritos de socorro.

La gente se rió a carcajadas. Sus rostros se desencajaron con la locura de un enfermo mental. Gritaron, se rieron y saltaron de sus butacas.

La mente del pobre muchacho se colapsó entonces. No sabía qué hacer, no tenía fuerzas ni voluntad para poder luchar. Imágenes grotescas que no podría ni haber descrito ante un psiquiatra asaltaron sus visiones. Animales salvajes, fuegos de antorcha, tótems alados que se alzaban hasta el techo… una indescifrable sucesión de sibilinas imágenes que lo arrastraban hacia la oscuridad.

En su camino se encontró con fuegos que crepitaban entre arcanas notas de unas envenenadas flautas y unos crótalos lascivos. Expresiones sardónicas cuyas miradas brillaban bajo la luz rojiza del fuego primitivo. Saltos obscenos entre figuras que copulaban en grupos. Lanzas y herramientas dentadas enardecidas por el fuego de la rabia. Colgantes en forma de dientes, orejas, ojos y lenguas que saltaban al ritmo de sus dueños, describiendo movimientos amortiguados y esponjosos…

Y al final, al límite de la cordura, su mente se sumió en el terror más absoluto, al igual que su cuerpo, sobre un altar que había presenciado celebraciones que iban más allá de la imaginación.

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Autor: aitorzarate

   

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