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bizarro
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PIENSALO MIENTRAS EL PARACHOQUES TE APLASTA LA CABEZA

16 de Febrero de 2009 a las 22:31

Aqui os incluyo un extracto de los relatos que podéis encontrar en la página www.gabinete6.com

Ayuda a comprender la ambientación y a la vez a no explicar nada, para joder un poco...

PONTIAC
 
Isla de la Gomera, verano de 1957.
 
El chico negro había aparcado su Pontiac recién robado entre dos contenedores de mercancías. Luces apagadas, motor frío desde hacía una hora. Sangre fría, imposible de ser detectada. Ojos de fuego, verde traidor, brillo de estrellas.
El chico negro llevaba media noche apretando los dientes. Luego abría la boca, hacía crujir las mandíbulas y miraba su reloj. Y volvía a apretar. Aún tenía manchas de pintura blanca en las manos, como sangre alienígena. No había puesto demasiado interésen quitarlas; si Sorren podía oler la pintura entre todos los olores del muelle, relacionarla rápidamente con las pintadas que había hecho por todas las islas, detectarlo y atacarle como un relámpago... bueno, si hacía todo eso, se puede decir que Sorren merecía sobrevivir.
El chico negro también había apretado los dientes mientras cubría de pintadas los muros de los peores barrios de las otras islas: solares en Hierro, una calle de putas y camellos en Fuerteventura, las paredes de un decrépito ambulatorio en Lanzarote, uncampo de baloncesto en La Palma, unos chalets que nunca se terminarán en Lanzarote, las ventanas de restaurantes cerrados en Gran Canaria y Tenerife. Y el mismo mensaje en blanco juicio: “Bailé sobre la cabeza de Styros y ahora bailaré sobre la tuya”. No le importaba mentir en este caso. Ni robar. Ni esperar. Por supuesto que él no había matado a Styros, el creador de Sorren. De eso se había encargado el mítico Esclavo. Y eso exactamente quería que pensara Sorren. Que el Esclavo lo había encontrado en Canarias e iba a por él. Que estaba en todas las islas; menos en La Gomera. Que La Gomera era su único punto de fuga.
Sin aeropuertos, ni carreteras.
A través del muelle. El mismo en que el chico negro aguardaba con un Pontiac recién robado.
Una fuera borda con las luces apagadas se acercaba al muelle rebanando suavemente las débiles olas. El chico negro podía detectar a los dos hombres que aguardaban sigilosos en la cubierta. Su sangre estaba revuelta por la tensión. Hacían algo ilegal. Seguramente eran los hombres que debían sacar a Sorren de la isla. Era imposible que no supieran nada acerca de los asesinatos. De las doce vírgenes (aunque sólo cuatro lo fueran realmente); las doce chicas que habían asaltado salvajemente en los últimos meses, desgarradas y desangradas, apaleadas y asesinadas; en ese orden. Si esos dos marinos eran de las islas, quizá incluso conocían a alguna de las chicas, alguna de las que no eran turistas. Y de seguro que tendrían que sospechar que iban transportar al asesino. También las pintadas habían salido en la prensa.
No. Todo estaba relacionado. Todos los sabían. Todo el mundo tenía preparadas las antorchas para salir a quemar al monstruo… si otro lo encontraba. La misma mierda de siempre con distinta forma: todo el mundo se apunta a un buen linchamiento, pero muy pocos se apuntan a una cacería.
El chico negro sabía que, si aquellos hombres sin alma se ponían en su camino, también los mataría.
Sorren apareció puntualmente en escena. Sólo lo había visto una vez: en Londres, en 1949. Su cara le pareció de repente extraña, sin toda la sangre de su madre muerta goteándole por la barbilla y manchando su pelo y la punta de su nariz. Como si hubieseestado tomando un extraño capuchino. El chico negro recordaba más bien la puntita de sangre que le había parecer un payaso, el humo que aún salía de los balazos que su madre había conseguido acertarle, la lengua roja limpiando los dientes rojos, haciéndolos blancos. Y su voz, pastosa de sangre, diciéndole: “Veremos qué piensa tu padre de esto. Veremos si también a ti te persigue por todo el mundo para cortarte la cabeza”.
Sin sangre, sin sonrisa, sin prepotencia, Sorren casi podía parecer un hombre. Casi podía merecer piedad. No era muy distinto de un leñador nórdico vestido para la fiesta del pueblo, un tipo fuerte y duro, de aspecto mundano, pelo de paja, torso de obrero y ojos de niño.
El chico negro pensó que habría que poner algo de sangre en esa cara; por los viejos tiempos. Y en un par de golpes de muñeca arrancó el motor y sacó el Pontiac, como un rayo, de entre los dos contenedores.
Sorren se volvió y entonces el chico negro encendió los faros. El vampiro se tapó los ojos con un brazo y salto a un lado, tan rápido y alto como una rana. El Pontiac giró rápido y perfecto, como un misil teledirigido. Cuando los pies de Sorren golpearon el suelo, el coche lo embistió como un futbolista golpea una bolea. Lo lanzó a través del aire hasta que dio en un pequeño contenedor oxidado, que se abolló espectacularmente por el impacto.
El Pontiac volvió a cerrar los ojos y describió una curva cerrada. Sorren se despegó del contenedor, giró la cabeza hacia el sonido de neumáticos y gritó antes de saltar. Pero nunca saltó. El Pontiac le pasó por encima, dando un par de buenos botes antes de volver a girar como un tiburón hambriento.
La lancha fueraborda encendió motores y se alejó del muelle con mucha más rapidez de la que había usado para llegar.
Sorren, con un brazo pegado al pecho y una pierna doblada tres veces, intentó levantarse y buscar a la vez con la mirada. De nuevo los focos iluminaron su cara; no había sangre. Las ruedas del Pontiac dieron un par de vueltas quemando ruedas antes de levantarlo y lanzarlo en su embestida, mientras el chico negro, esta vez sí, gritaba:
 
- ¡Sangra, cabrooooooón!
 
El parachoques del Pontiac le impactó en pecho, cuello y barbilla y lo llevó arrastrando esta vez quince metros antes de volver a pasarle por encima; otros dos graciosos botes de todoterreno. Cuando pudo incorporar la cabeza pareció dispuesto a un últimoalarde de energía, golpeando el suelo con talones y codos para escapar. Pero el Pontiac no había girado. Marcha atrás volvió a arrollarlo. Un golpe lo lanzó tres metros a ras de suelo, otro golpe, otros tres metros. Otro golpe y le volvió a pasar por encima; dos botes. Y el Pontiac no tuvo que volver a girar. El chico negro cambió la marcha y se lanzó hacia delante. Dos botes.
En este momento se preguntaba si el Pontiac robado era un cazador mejor que su propio padre, un asesino más eficiente que todos los asesinos del Gabinete, que todos los cazadores de vampiros que habían buscado la cabeza de Sorren, que todas las espadas, lanzas y balas a las que se había enfrentado a lo largo de los siglos.
No. Sorren no moriría por mucho tiempo que siguiera atropellándole. El coche era el arma.
Apagó el motor y bajó del coche.
El asesino era él.

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