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jpiqueras
Mensajes: 2.807
Fecha de ingreso: 9 de Julio de 2009

LXXXI Edición (LA SOLEDAD) : Hilo para los relatos.

23 de Abril de 2012 a las 9:36
Si se abre, este será el hilo para los relatos sobre LA SOLEDAD
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008
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  • 23 de Abril de 2012 a las 11:33
Se abrió, se abrió. Gracias Josep.
Empezamos la edición 81 del concurso de microrrelatos... digoooo, de relatos (¿en qué estaría yo pensando?). Tema: LA SOLEDAD. Soledad, aislamiento... a veces, negativa, incluso un castigo; a veces, positiva, casi necesaria. Somos animales sociales pero, en ocasiones, necesitamos nuestro propio espacio aunque solemos condenar a nuestros semejantes apartándolos de la manada. Gran contradicción.
Ya sabéis cómo va ésto: un relatillo de 1700 palabras como mucho a presentar antes del jueves, 3 de mayo a las 22:00h.
Hala, a escribir.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 30 de Abril de 2012 a las 19:10
Tan tristes, tan solos…

Se escurría poco a poco. Laura abrió los ojos y con una sacudida sobresaltada sacó la cabeza de debajo del agua.
Joder, me he quedado dormida en la bañera.
Envolvió su pelo con una toalla y su cuerpo con un albornoz. Se desenredó el cabello y fue a su dormitorio para ponerse el pijama. Estaba anocheciendo, miró la hora en el reloj de la mesilla: las nueve menos cuarto pasadas.
Estaba cansada, propondría pedir una pizza para cenar; no tenía ganas de meterse en la cocina. Fue entonces cuando reparó en el silencio: los niños no jugaban ni discutían; tampoco estaban viendo la televisión, se oiría; Germán también estaba muy callado. Extrañada, salió de la habitación.

—¡Chicos! ¿Qué hacéis que no se os oye? Alguna estaréis liando, seguro.

No obtuvo respuesta. En el salón no había nadie; en la alcoba de los niños tampoco; la cocina estaba vacía.
¿Se han ido sin decirme nada? Qué raro.
Buscó por si le habían dejado alguna nota. No encontró nada. Miró en la bandeja que había sobre el mueble de la entrada, las llaves del coche estaban allí.
No han ido muy lejos. Seguro que se me han adelantado y han ido ellos a por una pizza. Qué bien.
Regresó al cuarto de baño, con el cepillo y el secador terminó de acomodar su pelo. Crema para la cara y también para las manos. Estaba lista para sentarse a descansar.
Se acomodó en el sofá y cogió el mando del televisor. Aprovecharía la tranquilidad del momento para ver las noticias porque ya deberían de ser las…
¿Las nueve menos cuarto pasadas? Este reloj va mal. O el de mi habitación.
Soltó el mando sin haberlo usado y buscó su móvil para comprobar la hora.
El del salón va bien, es el de mi habitación. Menos mal que me he dado cuenta, si no mañana…
Regresó a su dormitorio para ajustar la hora de su despertador.
¡Bueh! ¿Cómo he mirado yo antes? Si tiene la misma hora.
De camino al salón marcó el número de su marido para saber si tardarían en llegar con la cena. Una voz robotizada le dijo que el número marcado se hallaba desconectado o fuera de cobertura.
De nuevo en el sofá volvió a tomar el mando a distancia para encender el televisor. Una imagen congelada apareció en la pantalla. Cambió de canal, tampoco aquella imagen se movía. Uno a uno, fue recorriendo todos los canales del dial. Distintas imágenes, todas quietas.
¿Y esto? ¿Será la antena?
Cogió las llaves de la casa y salió para llamar a la puerta de su vecina. Nadie abrió. Bajó un piso para llamar a otra puerta. Tampoco allí abrieron. En la puerta de al lado no hubo mejor suerte.
¿Y a quién pregunto? A cualquiera. Voy a probar con el de encima de mí, no lo conozco, pero para preguntar que si se ve la tele… tampoco hace falta mucha confianza.
Con agilidad subió los dos pisos para pulsar el timbre de su vecino. Sin respuesta al igual que en la puerta contigua.
Vaya mierda… ¿dónde se ha metido todo el mundo?
En su casa hizo un nuevo barrido de canales. Nada. Apagó el aparato y se fue a encender la radio. Una niebla ruidosa se apoderó de los altavoces. Todas las emisoras sonaban igual.
Joder, pues estamos bien.
Apagó también la radio y se asomó a mirar por la ventana. Seguía anocheciendo. Frunció el ceño extrañada. No podía creer lo que estaba viendo.
¿Y los coches? No hay ni un solo coche circulando. Ni gente. ¿Pasaba hoy algo para que cortaran esta calle? No, no he visto ningún cartel en el portal ni nadie me ha dicho nada.
Volvió a marcar el número de Germán.

—Información gratuita. El teléfono marcado…

Decidió vestirse y bajar a la calle para averiguar qué pasaba.
A ver si van a hacer una zanja o algo y mañana no puedo sacar el coche para ir a trabajar.
Se estaba abrochando las deportivas cuando reparó en el reloj de la mesilla: las nueve menos cuarto pasadas.
¡Pero bueno! Luego te pongo en hora.
Antes de salir a la calle encendió la luz del recibidor de la casa.
No sea que llegue yo antes que los chicos. Cuando suba será de noche y siempre me doy con el puto mueble.
Recorrió la acera mirando a su alrededor. El silencio era absoluto, molesto. No encontró nada que impidiera el paso de los coches o los transeúntes a la calle. Cuando llegó a la esquina paró en seco.
¿Aquí tampoco hay coches? Ni gente. Esto ya sí que es raro.
Siguió caminando hasta que encontró una tienda. Pasó para preguntar.
 
—¡Hola!

Nadie tras el mostrador. Nadie que respondiera a su saludo.

—¿Hay alguien? ¡Hola!

Nadie que saliera de la trastienda. Nadie que acudiera a su llamada.
Se atrevió a salvar el mostrador y entrar dentro. Miró en cada rincón sin dejar de gritar “holas”. La intensidad del silencio empezó a asustarla. Salió a la calle. Seguía anocheciendo. Corrió hasta llegar a su casa. Se dio cuenta de que estaba temblando. Hizo un nuevo intento con el móvil.

—Información gratui…

Al colgar fijó su mirada en la pantalla del teléfono.
Ocho cuarenta y siete. Esto no puede ser.
El reloj del salón marcaba la misma hora. También el de la cocina. En la calle seguía anocheciendo.
Mamá. Voy a llamar a mi madre.
Mamá no respondía. Su hermana también estaba fuera de cobertura. Y su amiga Luisa.
La policía. Cero noventa y uno.
Nadie al otro lado del aparato.
El uno uno dos.
Tampoco.
Germán, coge el teléfono, por favor.

—Informaci…

Corrió hacia el pasillo de la escalera, subió hasta el último piso y una a una fue golpeando todas las puertas a medida que descendía hasta el bajo. Nadie se asomó para ver quién llamaba. Subió hasta su casa y cerró con llave. Salió a la terraza y gritó.

—¡Hola! ¿Hay alguien en algún sitio?

El silencio se hizo más patente.
¿Qué está pasando? ¿Dónde está la gente? Mis hijos, mi marido, mis padres… todos, ¿dónde está todo el mundo?
Volvió a comprobar la hora en todos los relojes de la casa.
Menos cuarto pasadas.
Seguía anocheciendo. Se acurrucó en el sofá y sin poder ni querer evitarlo rompió a llorar.

—¡Laura, Laura! Llevas más de una hora en el baño, son más de las nueve, ¿estás bien?
—¿Qué vamos a cenar, papá?
—No lo sé. ¡Laura, Laura!
Derribó la puerta con una patada.
—¡Dios mío! ¡Laura!
Sin detenerse a pensar si tendría fuerzas para hacerlo, sacó a su mujer de la bañera.
—El boca a boca… no sé cómo se hace el boca a boca, ¡mierda! ¡Laura, Laura!
—¿Qué pasa papá?
—¡No! ¡No entres aquí! Coge el teléfono y llama al uno uno dos, ¡corre!

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 12:42
SOLO EN CASA (RELOADED)
Le gustaba estar solo en casa. No era que le gustase la soledad, no, era exactamente eso, que le gustaba estar solo en casa. Porque en la calle bien que le apetecía el rato en el bar y las cañas con los amigos. Pero en casa… por eso ni se había casado ni había llegado a ninguna de esas situaciones en las que dos personas se dicen aquello de podríamos irnos a vivir juntos. Aunque, claro, si alguna noche de fin de semana caía algo y no había otro lugar, acababa con alguna en casa. A la mañana siguiente, eso sí, le preparaba el desayuno por una cuestión de hospitalidad e incluso se lo llevaba a la cama. Pero en seguida procuraba deshacerse de ella con alguna fórmula de esas de ya te llamaré.
    Recordaba una frase de su amigo Alejandro una tarde de cervezas. En un bar por Antón Martín haría más de veinte años:
-Si una mujer se presenta en tu casa con la maleta, lo mejor que puedes hacer es preparar tú la tuya y marcharte.
De ahí la sensación de sentirse liberado cuando su amante ocasional cruzaba hacia fuera el umbral. Entonces ya volvía a estar solo y ya podía hacer lo que quisiera sin dar explicaciones a nadie. Ponía música de los setenta, se tumbaba en el sofá a leer a Lafuente Estefanía… Sí, porque una vez a una se le ocurrió, al verle sobre la mesita de noche una de esas novelas, comentar que eso lo leía su abuelo. ¿Y qué? A él le gustaba leer todas las semanas una novelita del oeste y el domingo acudía al Rastro donde había un puesto en que las cambiaban. Y si una mujer el primer día ya opina sobre lo que uno lee o deja de leer, el segundo te pondrá del revés todos los muebles de la casa.
Por eso lo de estar solo y tranquilo. Y sin entrar en esas tonterías sobre si uno es celoso de su propia intimidad o no sé qué de la privacidad. Él lo que quería era que no le marearan. Sin más.

Sin embargo…
Sin embargo, ese día se veía yendo hacia la estación de Atocha en un taxi que había cogido a toda prisa. Porque no se había despertado de la siesta como cada tarde a la hora del serial sino que había seguido durmiendo media hora más. ¡Qué casualidad! Todos los días abría los ojos con la sintonía del serial pero ese día que tenía que ir a esperar la llegada del AVE había seguido durmiendo y durmiendo. Sería lo que los  psicólogos llaman actos fallidos, eso de que pierdes las llaves del coche el día en que has de salir de vacaciones porque, en realidad, no quieres ir de vacaciones. Ahí estaba la cuestión. Porque él, en principio, sí quería ir a esperarla a Atocha. En principio.
Había saltado del sofá, se había remojado la cara para despejarse, había salido corriendo y había parado el taxi en el paseo Rosales. Estaban llegando a Atocha y aún le dolía la cabeza por ese despertar brusco; había estado unos segundos sin tomar conciencia de que no era un despertar como el de cada mañana sino a una hora diferente que aún tardó en situar en el día; luego, la imagen de ella en el cerebro, la mirada al reloj y que le entraran todas las prisas para ir a Atocha a recogerla.

La había conocido aquel verano en Ibiza y todo fue normal. Bueno, pero la historia es más larga porque en Ibiza había conocido muchísimas mujeres durante todos los años en que, sin fallar un mes de agosto, alquilaba un apartamento con los amigos, Alejandro inclusive, y, durante veinte días, ya se sabe: discoteca ya entrada la noche, dormir hasta las tantas, despertar con resaca y comer lo que admita el cuerpo, siesta en la playa, al apartamento a ducharse y cambiarse, copas, a la discoteca y vuelta a empezar. Ese ritmo, claro está, es soportable cuando uno no llega a los treinta pero empeñarse en mantenerlo a sus edades… Como que a veces lo enfocaba al revés y pensaba si no sería el resto del año el que, trabajando, descansaba de los excesos ibicencos.
Fue una de esas noches. En una discoteca frecuentada por gente que ya hace tiempo ha superado los veinte y, además, lo sabe. Y la conoció, como había ocurrido otras veces, en grupo: ellas eran tres, ellos otros tres y casi era inevitable. Que luego le tocara una u otra de ellas ya era cuestión de azar, de cómo se situaran en la barra para pedir las copas, de cómo se emparejaran en los coches para ir a tomar la penúltima…
Montse se llamaba y eso era ya un punto positivo. Un nombre normal, por lo demás de esperar en una mujer que tampoco era una cría, y que no admitía diminutivos tontos.
Ahí otra de las ocurrencias de su amigo Alejandro, que se dedicaba a la enseñanza, y hace también tiempo se puso con un catálogo de nombres de pila de sus alumnos:
-Los padres no ven que al llamar Yénifer a su hija la están predeterminando a que su máxima aspiración sea convertirse en peluquera.
Montse. Aunque a él lo que más le importaba de una mujer no era el nombre. Ni el color de los ojos. Ni siquiera las curvas que determinan que una mujer sea una mujer. O sí, eso sí importaba. Pero había algo que le importaba más y era el lugar de procedencia. Cuanto más lejos, mejor, y si era extranjera seguro que se enamoraba automáticamente a pesar de las dificultades de comunicación… Aún recuerda a aquella de Vigo que conoció un viernes por la noche en Madrid. Le dijo que había venido sólo para el fin de semana porque había rematado una discusión con su marido diciéndole:
-Necesito respirar, necesito espacio.
Y había cogido el avión para huir el fin de semana. Una mujer capaz de decir eso es capaz de cualquier cosa pero aun así estaba dispuesto a abrirle su corazón. Más aún cuando, avanzada la noche, además de decirle que tenía billete para volver el domingo por la tarde le contó que tenía dos hijos. O sea, que el lunes ya volvería a estar en el redil. Eso le decidió a invitarla a casa y vaya si necesitaba espacio… Como que, a pesar de que ella tenía habitación reservada en un hotel, desde que llegaron al piso el viernes a las tantas, que ya era sábado, hasta el domingo por la tarde dos horas antes de su vuelo, no salieron de casa. Que si llama al Telepizza, al chino, al kebab del barrio... Y de la cama salieron lo justo para ir al baño o para comer. Aún se puso algo tonta al despedirse:
-Si pudieras venir un fin de semana a Vigo encontraría una excusa…
Él se había enamorado pero, aun así, lo que verdaderamente le importaba era cerrar la puerta, dejarla al otro lado y quedarse solo con su música, su tele y sus cosas. Y lo de ir a Vigo… si eso está en el fin del mundo y sólo pisaba Barajas para ir a Ibiza.

Y ahora Montse, otra que le había llegado al corazón. Por causa parecida, porque con ese nombre era de Barcelona. Así que la primera noche ya estaba enamorado y, por eso, a lo de mezclar sus carnes le añadió ternuras al oído. Cuatro días duró el romance porque ellas ya se volvían y acabaron intercambiándose los números de móvil y el imeil. Sin peligro porque en su mundo Barcelona estaba tan lejos como Vigo y el hecho de que hubiera más aviones no era excusa suficiente: que si el metro a Barajas, que si súbete al avión, que si al aeropuerto de Barcelona no llega el metro, ufff, todos esos obstáculos con los que repentinamente se desvanece cualquier amor estival.
Sin embargo cuando se despidió de ella tuvo la extraña sensación de haber cometido algún error y no sabía cuál. También tuvo la intuición de que para Montse el intercambio de móviles e imeils no había sido puro formulismo. Acertó: el 15 de setiembre recibió un correo suyo que le dejó sorprendido porque le recordaba un paseo nocturno por la playa; y se extrañó porque no esperaba que una mujer de carrera como ella, que lo era, le saliera con esos romanticismos del brillo de la luna y los dos de la manita: para él ese paseo fue una excusa para despejarse de las últimas copas y poder cumplir después medianamente. Dos días tardó en pensar qué contestaba y dos más en contestarle con el tópico de que guardaba buen recuerdo de todo. Así mensaje va mensaje viene hasta que no sabe cómo se ve a mediados de octubre diciéndole que lo mejor no fue sentir la piel de ella contra la suya sino saberla ahí al despertar. Cuando se arrepintió su frase ya volaba por el ciberespacio. La respuesta no tardó: que si aprovechando el puente de Todos los Santos…

El taxi está ya llegando a Atocha. Mira y lo primero que le viene a la mente es que ahí falta algo, el scalextric, aquella serie de calzadas superpuestas como las que salen en las películas americanas pero en pequeño, a la española. ¿Cuánto tiempo hace que quitarían el scalextric de Atocha? Y una sensación, la de vivir con la cabeza veinte años atrás. Veinte o más porque seguro que el scalextric lo quitarían mucho antes, cuando en Madrid los taxis aún eran negros y con una franja roja. Y entonces cae en el error que cometió al enamorarse de Montse. Porque en parte de su cerebro no habían transcurrido esos veinte años y, al conocerla, sólo pensó en las mil barreras que les separaban por avión y no en el AVE, que en un ratito te deja ahí mismo.
Entra en la estación pensando no en lo poco que va a tardar en sentir en su cuerpo el de Montse sino en el trayecto contrario cuando, ya con ella de regreso a Atocha, pueda volver a casa y estar completamente solo.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 14:36
                                                                                                              Piso vacío

—Mire — le dije buscando algo de la dignidad que me quedaba—, me acaban de echar de casa. Este piso me parece estupendo pero tres meses de fianza me parecen un problema. Sé que no es culpa suya que mi mujer sea una puta  pero soy un tipo majo que no causará ningún problema—dije buscando su complicidad ya que parecía que nos habíamos caído bien—. Y pagaré todos los meses.
—Vamos a hacer una cosa. Voy a llamar al propietario y le contaré la situación. Voy a intentar rebajar las condiciones.

El hombre salió al balcón y cerró la puerta tras él mientras yo cotilleaba. Tendría que comprar una cama, una mesa y un par de sillas. Posiblemente esperaría un mes para comprar la nevera. Sobreviviría sin tele unos meses. Esa era la palabra: sobreviviría.

—Pues ha tenido usted suerte—dijo el comercial volviendo a entrar—. Se conforma con un mes de fianza y no es necesario que pague la primera mensualidad hasta principio de mes.
—¿De verdad?— pregunté sorprendido por ese repentino golpe de suerte—. ¿Cuándo puedo instalarme?
—¿Sabes qué? — dijo tuteándome—. Te puedes quedar las llaves mientras hacemos el papeleo. Pero te agradecería que no se lo dijeses a nadie.
—¿De verdad? ¿No te pondrás en un problema?
—Si no se enteran, no. Y no se enterarán si tú no dices nada. Sólo es para que tengas tiempo de medir los espacios y encargar muebles— dijo abriendo exageradamente los ojos—. No para que instales aquí— me guiñó el ojo antes de dirigirse a la puerta—. Mi exmujer también se comportó como una maldita puta.

Se fue y me quedé solo en el que iba a ser mi piso. Había topado con un mínimo de complicidad porque ese hombre había tenido un enemigo parecido al mío. Y sí, supongo que si habláramos de nuestras exmujeres los hombres nos sentiríamos más unidos. Al final, la mayoría tienen un don especial para quedarse con nuestro dinero y con nuestros hijos. Sí, sí, lo de la barbie divorciada no nos hace tanta gracia a los que hemos pasado por ello.

Esa misma tarde fui a comprar los muebles imprescindibles. En una horita me agencié una cama de metro treinta y cinco, una mesa de aluminio y cristal con cuatro sillas que aguantarían a alguno de mis invitados y el menaje indispensable: una sartén, cuatro platos, cuatro juegos de cubiertos y unos pocos vasos. También compré en el mismo sitio unas sábanas, una almohada y unas toallas. Unos tipos muy majos de la puerta me lo llevaron a casa por 30 euros. Estos en B. Recogí las cosas del hotel donde había estado y me mudé a mí nueva casa.

Cené a las nueve de la noche en mi recién estrenado piso, en mi nueva mesa. El menú estaba compuesto por unos fideos chinos que se cuecen solos en cinco minutos si les echas agua hirviendo. El sabor a marisco aún se lo estoy buscando. Bebí una fantástica coca cola caliente y pensé que la nevera no era un capricho. ¡Qué triste!

Sufrí más de la cuenta para montar una simple cama y estrené las sábanas. Miré la habitación desnuda, sin mesillas, ni cuadros, ni cortinas y me senté. Podía jugar cada día a sacar lo mejor de mí mismo, podía sacar fuerzas de flaquezas cada mañana, pero mi situación era deprimente. Aquella habitación con una miserable bombilla balanceándose del techo no era lo que me merecía; yo nunca había hecho daño a nadie.

Con semejante humor desestimé la posibilidad de llamar a mis padres y contarles lo ocurrido. Vencí las ganas de bajar a comprar tabaco después de dos años sin fumar y busqué mil formas distintas de maldecir a Marta. Necesitaba acostumbrarme a coger el portátil del trabajo cada tarde para poder ponerlas por escrito. Sin televisión ni ordenador, no conseguí alargar el día hasta más allá de las diez de la noche. Pensé que me daría mucha vergüenza que alguien me viera en ese estado e hice lo que llevaba todo el día queriendo hacer: lloré.


Al día siguiente me desperté con la alarma del teléfono como de costumbre. Dejé que sonara unos segundos mientras miraba al techo. No había pegado ojo en toda la noche pero busqué la forma de animarme y gritarle al techo:
—¡Vamos, Antonio! ¡Joder!

Me levanté con todos los ánimos que me quedaban y me di una ducha sin gel. Anoté mentalmente que tenía que ir adquiriendo esas pequeñas cosas indispensables y canté. Canté porque estaba hasta las narices de compadecerme de mí mismo; porque iba a jugar aquella maldita partida y enderezar mi vida. Tendría una casa decente e intentaría normalizar la relación con mi hijo.  Sería un buen padre a pesar de todo. Me prometí que no volvería a llorar por mi situación y que no permitiría que nadie sintiera lástima por mí.

Durante esa semana gasté prácticamente todo cuanto tenía. Firmé los papeles del piso, compré una nevera y un microondas. Compré incluso unas cortinas de “panel japonés” para hacer que el salón pareciera un poco más humano. Estuve tentado de comprarme un sofá pero pude contenerme. No tenía ni idea de cuanto más se me podían complicar las cosas.

Creí que todo eso me estaba reconstruyendo poco a poco; que me sentía más fuerte y más capaz. Creí que sería fácil enfrentarme a Marta de nuevo pero fue entrar en el párking ese sábado por la mañana y recuperar todos mis demonios. Su coche estaba ahí, desaprovechando media plaza pero mostrándome el camino a la salida. Supongo que se habría apañado una copia del mando de algún vecino. Me puse nervioso pensar que Marta ya había dado todos los pasos que tenía que dar.

Mi dedo índice estuvo casi medio minuto delante del timbre. Llamar a tu propia casa aún y teniendo las llaves en el bolsillo (¿funcionarían aún?) es duro. Cada pequeño gesto de ese día me sentaba como una patada en las pelotas. Abrió la madre de Marta con mirada seria.

—Hola, Antonio— dijo visiblemente afectada—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien— conseguí decir después de tragar saliva—. ¿Está preparado el pequeñín?
—Sí, pasa, pasa.
—Prefiero que me lo saques tú, si no te importa— contesté con la voz temblorosa.
—Claro, claro. No te preocupes.

Antonia era buena mujer y sentí cierta pena al verla. Sé que se supone que a la suegra no se le coge cariño pero no voy a mentir para que la historia parezca más creíble. Salió en un par de minutos con el niño en brazos y una bolsa de mano. Y sí,  volví a llorar. Más que nunca. Pero lloré porque una alegría inmensa se apoderó de mí. Jamás me he sentido tan lleno de dicha como en ese momento. Había pensado que no querría venirse o que no me conocería, no lo sé, pero sonrió y abrió los ojos como si se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Lo abracé, lo besé y sentí que el mundo no podría conmigo. Antonia reposó su mano en mi hombro y me beso la mejilla. También ella estaba llorando.

Me despedí con un simple adiós y salí de esa casa más cargado que cuando yo mismo me fui. Gasté lo que me quedaba en una cuna y un muñeco para que Carlos pudiera pelearse con alguien. Me di cuenta de que no podría volver a sentirme solo.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 19:41

Guante blanco

Está anocheciendo y los últimos rayos de sol se esconden entre los edificios. Desde mi singular atalaya puedo ver el antiguo cine del barrio y los campos de fútbol donde jugaba cuando era un muchacho, ahora convertidos en centro comercial; el parque; la taberna del Sr. Felipe, moderno restaurante japonés que descubrí hace unos meses cuando regresé... Cierro los ojos y noto como una leve brisa golpea mi cara y mece mi pelo. El tráfico son olas que chocan contra rocas imaginarias y las luces de neón de los comerciales se convierten en improvisados faros que guían los destinos de la poca gente que pasea por la calle. Allí, a lo lejos, intuyo también el escaparate de la joyería en la que debuté. Fue un trabajo burdo y descuidado del que no puedo estar orgulloso, pero sonrío al recordarlo, y al admirar el brillo del anillo que aún hoy adorna mi mano.

Abro la mochila y compruebo su contenido: unos arneses, una cuerda estática, un mosquetón y un ocho de rapel. Introduzco los guantes dentro de la mochila y también una vieja linterna que andaba por casa. La enciendo. Parece que funciona.

Ha anochecido. Dejo la mochila en el suelo y me siento en una banqueta oxidada. Escucho ruidos de pasos y voces que provienen del piso de abajo. Pero pronto quedará en silencio. Me coloco el arnés, también el mosquetón, paso la cuerda alrededor de la barandilla y del ocho y aseguro éste al mosquetón. La barandilla es vieja pero tiene buen aspecto. La agarro y tiro de ella hacia mí. Me cuelgo la mochila y miro por encima. Me inclino hacia delante un poco más y compruebo con satisfacción que la luz del piso de abajo tampoco luce. Oscuro, como mi destino o mi vida. A la sombra. Huyendo de furtivas miradas que me pudieran descubrir. Desconfiando siempre de todos y de todo… Salvo de ella. ¿Por qué no le mentí como a los demás? ¿Por qué me fui de su lado?

Respiro hondo, asomo la cabeza por el balcón y miro hacia abajo. La experiencia dura pocos segundos, exactamente lo que tarda mi cerebro en calcular la distancia hasta el suelo. Resuelvo girarme un poco, casi estoy de espaldas. Agarro con las dos manos la barandilla del balcón. Lo hago tan fuerte que la pintura oxidada empieza a agrietarse y a desconcharse. Mi pierna derecha se eleva por encima de la barra metálica mientras la izquierda ejecuta un armónico contoneo: es la danza del miedo. A estas alturas, mi cuerpo ya se halla a medio camino del punto de no retorno y una rara emoción expulsa como siempre mi pánico. Me santiguo, sujeto firmemente la cuerda y me descuelgo hacia el vacío cerrando los ojos.

No quiero abrirlos. En realidad, no puedo. Estoy completamente paralizado y aunque ordenara a mis músculos que se movieran estos no responderían. Sin embargo, no puedo permanecer eternamente suspendido y me animo a soltar un poco de cuerda y desciendo unos centímetros, entonces, mi cuerpo golpea la pared del edificio y comienzo a dar vueltas como si viajara en un improvisado tiovivo; casi puedo escuchar la música. Abro los ojos con dificultad y extiendo mi mano izquierda para tratar de equilibrarme. Mis dedos tocan el áspero pero reconfortante muro y la peonza humana cesa de girar.

Esta sencilla maniobra me permite recuperar la calma y resuelvo aprovechar estos instantes de temporal lucidez para recobrar el aliento y contabilizar los futuros cardenales que con seguridad aparecerán en mi baqueteado cuerpo. Miro hacia arriba y compruebo mi hazaña, tan solo he descendido medio metro aunque hubiera jurado que eran medio centenar. Estoy viejo y desentrenado. Un minuto hubiera bastado hace años, pero ahora… ¿Por qué lo hago? ¿Y por qué me lo pregunto cada noche si ya conozco la respuesta?

A mi izquierda, limito con la pared lateral de mi terraza y, enfrente, el muro del edificio es testigo mudo del espectáculo circense. No creo que falte mucho para que mis pies puedan tocar la barandilla de la casa de Eva, pero evito la tentación de mirar hacia abajo para confirmarlo y doy por buena la hipótesis. Aguanto la respiración y relajo mi mano derecha para descender nuevamente. La cuerda se desliza con presteza e intento aprisionarla con mis dedos, pero están agarrotados y tardan un par de segundos en reaccionar. Segundos que parecen horas. Consigo cerrar la mano y con ello freno de golpe mi caída. La barandilla gime como las paredes de un submarino sometido a toneladas de presión, pero, afortunadamente, no cede. Trago saliva, miro alrededor y respiro aliviado, pues a pesar del brusco desplome, la terraza no ha quedado demasiado lejos. Sólo tengo que estirarme un poco y me aferro a la barra metálica como si ella misma me abrazara. Arqueo mi cuerpo tratando que mi pie haga cumbre en la barandilla y... lo consigo.

Jadeante, hago pie en el balcón y me incorporo intentando templar mis nervios. Me tomo el pulso y noto como desciende gradualmente hasta la normalidad. Abro la mochila y me coloco los guantes con pulcritud. Una vez hecho esto, suelto el mosquetón que me unía al ocho y atisbo el interior de la vivienda a través del cristal. Mis ojos tardan un poco en adaptarse a la ausencia de luz y les exijo un pequeño sobreesfuerzo para poder percibir que se esconde tras las sombras. El balcón está cerrado pero no me resulta muy difícil acceder dentro. Abro las manos en toda su extensión y las pego al cristal ejerciendo presión hacia arriba a modo de ventosa. El ventanal corredero se eleva un par de centímetros por encima del raíl que le sirve de guía y, tras un par de infructuosos intentos, consigo desplazarlo lateralmente por encima del pestillo que lo bloquea hasta obtener una abertura lo suficientemente ancha para que quepa mi cuerpo.

Al alcanzar la cama observo como la luz de la luna se reflejaba en la cristalera de la puerta hasta iluminar la desnuda espalda de Eva. Ella supo envejecer mejor que yo. Mi mano se acerca a acariciarla pero, repentinamente, se detiene a escasos milímetros de su objetivo. Me acuesto a su lado. Sé que dentro de unas horas, cuando yo no esté, despertará sorprendida como cada mañana: la terraza abierta y la cama caliente a su espalda. 

-Duerme, mi niña –le susurro-, te vigila tu “fantasma”.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 19:46
Cuarto Menguante


Drop, drop. Despierto boca arriba, agarrado fuertemente a las sábanas, sudando, con las piernas en tensión y el pulso acelerado. Drop, drop. He sufrido un vértigo mientras soñaba. Drop, drop. Las luces verdosas del despertador me informan de que son las cuatro cuarenta y nueve. Drop. Respiro profundamente e intento calmarme. Mis ojos se acostumbran a la leve luz que se cuela por la ventana y me vuelvo para ver tu foto. Drop, drop. Es la foto que te hice a traición en el parque. Drop. Estabas tumbada boca abajo, leyendo. Drop. Entonces dejaste caer el libro, levantaste la vista y cerraste los ojos tras suspirar. Drop, drop. Cuando los volviste a abrir te hice la foto. Me dijiste que la borrara. Drop. Te dije que lo haría si me decías en que pensabas. Drop, drop. Cuatro cincuenta y dos. Drop. Está claro que no volveré a dormir esta noche. Drop. Lydia ha dejado el baño perdido. Tendrías que verla. Drop, drop. Le digo que se parece mucho a ti, sé que le gusta oírlo, pero lo cierto es que no tiene nada que ver contigo. Drop. Salvo cuando arruga la nariz indignada. Drop. Cerraré el grifo de la ducha.

Tic, toc, tic, toc. La puerta del balcón está abierta. Tic, toc. Cruzo el salón en semioscuridad. Tic. Hay ceniceros llenos por todas partes. Toc. Golpeo una lata de cerveza que rueda hasta colarse debajo del sillón donde leías. Tic, toc. Repaso tus libros con los dedos. Tic. Tenías tantos. Toc. Y los dejaste huérfanos tan prematuramente. Tic, toc. Tu horrible reloj de cuco marca las cinco y tres. Tic, toc. La brisa nocturna hincha las fantasmales cortinas que se resisten a ser atadas. Tic. Busco un cigarro. Toc. Y salgo al balcón.

Ras, ras, raaas. La plaza está desierta. Ras, ras. Las terrazas están recogidas y solamente quedan un par de barrenderos. Ras. El cielo está surcado de nubes grises que brillan contra la luna menguante. Ras, ras. No soy el único en vela. Ras. Hay más balcones habitados esta calurosa noche. Raaaas, ras. Un hombre mayor está sentado en una silla de mimbre, mirando la tele que está dentro de la casa. Ras. Una chica joven mece un bebé entre sus brazos. Ras, raaas. Hay varios, como yo, fumando sin más. Intentando no pensar. Ras. Como si eso fuera posible. Ras. La ronda de limpieza termina. El reloj marca las cinco treinta y ocho.

Tac, tac, tac, tac. Antes de entrar la veo. Tac, tac. Cruza la plaza con cierta prisa, mirando el bolso, buscando algo. Tac, tac, tac, tac. Deja de buscar y mira hacia arriba. Tac, tac. Me ve y se para. Se encoge de hombros y yo asiento. Tac, tac, tac, tac. Va a subir a casa.

Humpf. No sé qué estoy haciendo. Aaah. La he invitado a subir, hemos acordado un precio, y he comenzado a buscarte en su cuerpo aún sabiendo que no te encontraría. Huuumpf. Pero parecía sencillo el artificio con la noche de mi parte. Oooh, aaaaaah. Termino y huyo al balcón.


– ¿Sabes?, no debería decírtelo pero ahora pareces aún más triste. – No contesto. – Oye, ¿te importa que me dé una ducha?

Drop. De nuevo en la cama, esta vez boca abajo. Drop, drop. Muerdo la almohada. Drop. Ahogo un grito. Drop. Te echo tanto de menos. Drop, drop. Son casi las seis. Drop. Lydia debería volver en breve. Drop. Tal vez aún pueda dormir algo. Drop. Tal vez aún pueda.

Drop.



Drop.

Drop.

concursoderelatos
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 20:49

   AMELIA

 

Amelia se sienta ante el espejo y se prepara para hacer frente a las inquisidoras miradas. Sabe que muchos murmurarán a sus espaldas y que sus lenguas servirán de acicate al insulto y al desprecio. Pero ahora ya todo da igual. Amelia se allegará hasta la primera fila del funeral y lustrará su gesto gallardo con una pátina de orgullo y dignidad. Y ello a pesar de esas voces, ufanas y escondidas, que tildarán su jactancia como muestra de la más absoluta desvergüenza; voces necias que nunca han amado; voces mundanas que rezumarán vanidad al abrigo de un coro de indolentes plañideras y adornarán con lágrimas su falso sentimiento de duelo. Y Amelia se mira de soslayo en el espejo, primero de un lado, luego del otro, con ese aire coqueto que siempre acompañó su sonrisa traviesa y la mirada rebelde. “¿Por qué me has dejado tan sola?” piensa. Luego se atusa el cabello, lentamente, recordando su otrora melena larga y rubia, hoy revertida en un manto plateado de pelo corto y ralo.


Amelia se sienta ante el espejo y recuerda las vistas al mar desde un balconcito a orillas del Adriático, el mismo mar azul que refleja el iris de sus ojos ahora melancólicos. Cuántas veces aquel mar fue testigo y cómplice de sus furtivas caricias, caricias que nunca más volverán, caricias que fundieron con su calor la forja que celaba el jardín de la impudicia, caricias que limaron con el esmeril de sus dedos los límites a rincones que eran cobijo de placeres nunca hasta entonces conocidos. Y Amelia se mira las manos, largas y elegantes como el fino talle de su figura. Y con el mismo esmero que hace diestro al artesano, pincela de esmalte y brillo el suave liso de sus uñas.


Amelia se sienta ante el espejo y recompone su rostro ajado con sombras que liman las asperezas del tiempo. Su tez blanca se atempera al rubor de la tarde. Y entre mirada y mirada, pinta de un rosa discreto los labios que un día descubrieron el vértigo de amar sin mentiras. Y de nuevo el mar se hace un hueco en la imagen del espejo, reviviendo en la piel la emoción de una amante desnuda de mesuras. Y al evocar los besos de aquel amor incomprendido, reconforta su dolor luciendo el porte recto, sin lutos, repleto de fortaleza y noble serenidad. Sobre el aparador, un pañuelo azul de seda le transporta sin querer a una calle de París, y por un instante sus ojos se cierran recobrando la memoria de aquellos largos paseos a orillas del Sena. Qué lejos ya la huella de aquel beso en la Rue de la Cité. Cómo olvidar la tarde que sus manos se juntaron sobre la mesita del Café de Flore, o el retrato de su risa dibujada a carboncillo  en la plaza del Tertre; o el aroma de las rosas blancas que vendía una cíngara junto a un barandal en el mirador de Montmartre. Cómo olvidar.


Amelia se sienta ante el espejo y mientras se anuda al cuello la seda azul que ella le regaló, sus ojos color mar se acristalan al sentir el daño de su ausencia. Un sentimiento de amarga soledad se apodera de ella arropado por el silencio que todo lo llena. Entonces, su voz renace para distraer por un momento su dolor y ese desgarrador silencio: -¿Sabes Eva? Ya están en flor los naranjos del camino-. Y en la imagen del espejo, la nostalgia se sirve del cincel de sus lágrimas para tallar con virtud la emoción de su recuerdo.

concursoderelatos
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 21:10

Guillermo 

      Tras aquella puerta acristalada se hallaba el sancta sanctorum, el despacho, del señor Ormazabal, el director del colegio. Algunos de los alumnos lo recordaban con temor y desagrado, pues sólo lo habían visitado con motivo de haber sido expulsados de clase por diversas razones. Otros, en alguna ocasión, habían estado allí junto a sus padres para hablar del estado y evolución de sus estudios, en general con motivo de haber dado señales de no seguir el ritmo adecuado o no poner en sus tareas la energía que se esperaba de ellos. En pocas palabras, para la gran mayoría de los alumnos aquel era un lugar del que preferían mantenerse lo más lejos posible.

      En cambio para Guillermo aquel era un lugar diferente. No es que sus recuerdos del despacho del director fuesen especialmente buenos, pero no tenían la carga de sufrimiento o vergüenza que aquel lugar despertaba en la memoria de otros alumnos. En realidad él era el único de ellos que había acudido en alguna ocasión para contribuir en la tarea de vender, por así decirlo, las excelencias del colegio. Y aunque al principio llegó incluso a gustarle, no tardó en sentir algo como de molesto cuando el señor Ormazabal lo utilizaba de aquella manera, exhibiéndolo como a un animal exótico o una mujer barbuda, en uno de esos “Circos Universales” que pasaban por la ciudad cada verano, plantando sus enormes tiendas de lona en las afueras.

      Aquello solía ocurrir siempre del mismo modo. Él estaba en el aula pensando en algún gran proyecto, tal vez construir un enorme globo o viajar por el espacio, mientras el profesor de turno explicaba para sus compañeros por enésima vez alguna  cosa que el había comprendido ya al leerla en el libro, incluso antes de que comenzase el curso. Cuando sus padres le compraban los libros se encerraba en su cuarto y en pocos días los leía con aquella avidez que le confería su inmensa curiosidad de saber y conocer. Pues bien, en medio de la clase se entreabría la puerta del aula. Al momento el señor Silvestre, el bedel, asomaba la cabeza y, tras disculparse con una tosecilla, señalaba a Guillermo y le decía:

      —Guillermo Ojeda, el señor director quiere verle en su despacho.

      A continuación miraba hacia el profesor. Este miraba a Guillermo, suspiraba y encogiéndose de hombros le indicaba que podía salir de la clase.

      Poco rato después Guillermo estaba de pie frente a un matrimonio, normalmente un hombre y una mujer con aire distinguido y con aspecto de tener un buen estar en la vida, interesados en encontrar un buen colegio para sus hijos. Tal vez aquella era la tercera escuela que visitaban, y a él le correspondía tratar de convencerles de que sería la última. Y el señor Ormazabal sabía cómo lograrlo. Bastaba con tentarlo con dos o tres preguntas sobre historia, física, matemáticas, arte o literatura y Guillermo no podía evitarlo: su entusiasmo y sus conocimientos (enormes y mucho más profundos de lo que es habitual para un joven de su edad) hacían el resto.

      Pero cuando Guillermo entró en el despacho del señor director vio que algo era distinto en aquella ocasión. En vez del par de progenitores curiosos e interesados, cuyos retoños no iban a tardar en formar parte del alumnado del colegio, se halló frente a un hombre mayor, de elevada estatura, algo rubicundo, vestido de manera muy elegante, que llevaba su blanco cabello impecablemente peinado. Su rostro era afable, amistoso, y unos grandes ojos azules de mirada viva e inteligente trasmitían, o así le pareció a Guillermo, una sensación de amistosa proximidad y afable tranquilidad.

      —Guillermo, quiero presentarte al señor Esteve. Señor Esteve, este es el alumno del que hemos hablado, Guillermo Ojeda.

      Aquel hombre, con una sonrisa leve, le tendió la mano. Guillermo, timidamente tendió la suya y  notó como el otro la estrechaba suavemente.
 
      —Yo... Mucho gusto... señor Esteve.
      —Es un placer poder saludarte en persona. El señor Ormazabal me ha hablado mucho de ti.
      —¿De mí? Espero que no le haya contado nada malo...
      —Sientate, Guillermo. Sentemonos, señor Esteve.

      Los tres se sentaron, y Guillermo quedó frente al visitante, que seguía observándole con sus grandes ojos claros, al tiempo que, con su media sonrisa aprobadora, parecía satisfecho del aspecto que, finalmente, tenía aquel joven del que ya sabía tantas cosas y al que había conocido siendo casi un niño.

      —El señor Esteve es un antiguo alumno de nuestra escuela. De los que la fundaron, para ser precisos. Su familia y las de otros muchachos, hace de ello ya cerca de cincuenta años, crearon la fundación San Patricio, para que gestionase un centro educativo en el que sus hijos, como correspondía a su elevada categoría social y también, por que no decirlo, a su notable nivel económico, recibiesen la mejor y más selecta de las educaciones. Así nació este Colegio.

      Guillermo lo sabía perfectamente. Él era un alumno especial. Su padre era propietario de un pequeño colmado, una simple tienda de esas en las que un flamante letrero de “Ultramarinos” daba entender que allí podían comprarse cosas tan prosaicas pero tan necesarias como los garbanzos o la gaseosa. Y su madre, aunque ahora le ayudaba en el colmado, en años pasados había sido la responsable de que el mobiliario de las casas de algunos de los alumnos del colegio luciese brillante y libre de polvo. Sí, su madre había hecho la limpieza en las casas de algunos señoritos cuyos hijos eran alumnos del colegio. Y si Guillermo estaba en aquellos momentos en el despacho del director del elitista Colegio San Patricio, ello era porque con sus notas en el instituto se había hecho acreedor a una beca. Por lo menos así se lo habían explicado sus padres en su momento. Guillermo miró a aquel hombre elegante y bondadoso, y algo, como una idea o una explicación pasó por su cabeza. Seguramente el señor Esteve vio la pregunta en sus ojos y le dio la oportuna respuesta.

      —Sí, Guillermo. Yo soy quien ha financiado tus estudios. Te conocí hace ya muchos años, un día en que te ofreciste a ayudar a Chari, nuestra criada, a subir a casa la compra que había hecho en el colmado de tu padre. Entraste en la cocina y viste, por la puerta abierta, mi biblioteca. Yo estaba sentado en la sombra, en mi butaca, descansando. Me despertaste al pasar junto a mí sin verme.

      Guillermo enrojeció. Recordaba aquel momento perfectamente.

      —Te observé, Guillermo. Por espacio de casi media hora estuviste viendo mis libros. Tomaste uno y te pusiste a leerlo...
      —Un tomo de la Comedia Humana...
      —Exacto.
      —Yo... ¿Usted pagó mi beca? Quiero decir... ¿usted era mi beca? ¡Oh, señor Esteve, gracias! ¡Muchas gracias!

      Su benefactor levantó la mano abierta como diciendo “¡Calma, jovencito!”. Guillermo calló y se quedó mirando al bondadoso caballero. El señor Ormazabal tomó un dossier que había sobre la mesa y se lo entregó a Guillermo.

      —Toma esto, Guillermo. En esta carpeta tienes todo lo necesario para tramitar tu matrícula en la Universidad de Standford, en California. El señor Esteve y yo nos hemos encargado de enviar una aplicación en nombre tuyo, y has sido aceptado para estudiar un grado especial que imparten allí. Algo como un combinado de Ciencias de la Tierra, Ingeniería, y Ciencias Naturales. Es una titulación especial que se ofrece a muy pocos estudiantes, superdotados como tú. Teniendo en cuenta vuestra capacidad para otros aspectos del conocimiento podrás escoger. además, como asignaturas optativas, entre Historia, Arte, Filosofia, Economia, Literatura y Política.

 


     Y llegó un día en el que Guillermo debía tomar el gran jumbo que le iba a llevar, via Frankfurt, al aeropuerto de Los Angeles, en los Estados Unidos de América. Tras despedirse de sus padres, del señor Ormazabal y del señor Esteve, que con sus respectivas esposas habían acudido también a despedirle al aeropuerto, tras pasar el control policial, miró hacia atrás. Allí estaban también algunos de sus compañeros, los pocos con los que había llegado a establecer una buena relación aquellos años en el colegio. Todos le saludaban, sonriendo, agitando una mano en alto. Su madre, con un pequeño pañuelo junto a los ojos. Su padre serio, pero con un brillo de orgullo en los ojos que Guillermo creía distinguir desde allí.

      Guillermo notó como un nudo que le subía por la garganta. Estaba a punto de llorar. Hizo un esfuerzo y saludó con energía. Miró hacia su madre y le lanzó un beso. Dio media vuelta y se dirigió hacia la terminal de embarque. Poco a poco fue llegando hasta la puerta que le habían indicado al hacer el check in. Faltaba todavía ceca de media hora. Se sentó en un banco de mármol,  y dejó su maleta de cabina entre las piernas. Apoyó la cara entre las manos y no pudo evitarlo. Unas lágrimas brotaron de sus ojos.

      Y Guillermo, a punto de embarcarse rumbo a California intuyó que aunque ser un superdotado era algo muy especial, que tenía muchas cosas buenas, suponía también algo que le parecía aterrador. A poco que se descuidase, al ser tan distinto de los demás, pensó que corría el riesgo de sentirse en el futuro completamente solo.

      Un “Bip-Bip” sonó en su mochila. Era un mensaje en el móvil. Lo sacó y lo leyó.

 “Buen viaje, Guillermo. Ánimo, hijo, todo irá bien. Llámanos cuando llegues. Besos”

      Guillermo desconectó el móvil y lo guardó de nuevo en la mochila. Se recostó sobre el duro respaldo del banco en que se había sentado y, colocando las manos tras la cabeza, miró hacia el bonito techo de la terminal, sonriendo.

      —Gracias a todos. Papá, mamá, perdonadme por haber pensado que podía quedarme solo. Sé que siempre podré contar con vosotros.

      Cuando mostró el pasaporte y la tarjeta de embarque a una joven azafata, junto al “Buen viaje“ de rigor, está le devolvió una dulce sonrisa y Guillermo, durante el trayecto hacia Frankfurt, se relajó y soñó que nunca estaría solo.

concursoderelatos
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 21:24
En una masturbación

No entiendo cómo he llegado a este momento. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué yo? No me entra en la cabeza, no consigo descifrar todo este entramado de sucesos. ¿La Humanidad se ha vuelto a reír de mí como lo ha estado haciendo toda mi vida? ¿O soy yo el que se reirá ahora de todos vosotros? Ganas no me faltan, pero necesito saber el por qué de todo esto. No me gusta ser un títere. Quiero creer que soy el dueño de mis propias acciones y de mi destino.

-Lo eres- un tamborazo amortiguado acompañó la aparición espontánea de estas dos palabras. 
-¡¿Quién coño ha hablado?!-.
-Soy yo, ¿no me conoces?- De nuevo cinco palabras resplandecieron en la pantalla, acompañadas de cinco tamborazos. 

Un hálito de sorpresa fluctuó.

-¡No quiero ser tu títere! ¡Dime qué está pasando!- golpeé con fuerza esos paneles donde lo materia huía de toda norma.
-Cálmate- un tamborazo y una luminiscencia opaca, sin brillo.

Tomé aire, intenté recordar, traté de entender, pero solo venía a mi mente una profunda sensación de apatía y una tristeza que me envolvía el cuerpo, y me presionaba los ojos.

-No llores, no va contigo- cinco tamborazos, un corazón latiendo con más potencia.
-¿Que no llore? ¡No voy a llorar!- los ojos me escocían, la humedad quiso refutar mis palabras.
-Tranquilo- un tamborazo -calma... no pretendas entenderlo todo. No puedes. Somos solo personas, ¿verdad?-.
-Solo personas…-
-Tan frágiles y tan expuestas a los peligros…-
-Solo personas…-
-No tengas miedo, yo te protegeré, nada te hará daño si estás conmigo.- los tamborazos parecieron una metralleta, pero su cadencia era suave y el impacto en mis sentidos, ¿agradable…?

Me sentí observado. Imaginé dos ojos rasgados, envolviendo unas pupilas alargadas, y punzantes. Casi sentí su brillo en mi nuca.

-Contigo… ¿puedo estar contigo?-.
-No lo dudes nunca, aquí tendrás un lugar que te proteja, para siempre…- los tamborazos terminaron con un siseo.
-Nunca he estado con nadie, no sé qué es eso…-
-Pobre criatura mía, te han hecho tanto daño… yo te curaré.- un tamborazo final más potente, más seguro, pretencioso.
-¿¡Te ríes de mí!? ¡¿Quién coño eres?! ¡Muéstrate!- me encabrité. Mi miembro se sacudió bajo mis pantalones.

Un largo silencio fue apaciguando mi ardor.

-¿Por qué preguntas eso? ¿A caso no sabes quién soy? Recuerda, por favor.-
-¡No puedo!-.
-Te gusta la tarta de fresa, ¿verdad?-.
-No lo sé… sí, sí que me gusta.- mis manos corrieron como una araña por encima de mis piernas.
-Claro que te gusta, ¡Te encanta! Siempre comías cuando te sentías solo.-
-Es verdad… solía esconderme en mi habitación y comer hasta hartarme, hasta que mi estómago me quemaba…-
-Pobre… pobrecito mío…-
-¿Por eso estoy tan gordo?-
-Las demás personas te hicieron gordo…-
-Se reían de mí, me pegaban… me hicieron daño…-
-¿Quieres tarta de fresa?-
-¡No quiero!- algo centelleó en una caída libre hacia mis pantalones.
-Llorar no es de hombres, así te lo han dicho siempre ¿verdad?-.
-Me insultaban, me decían que era maricón…-
-¡Eran muy malos contigo!-.
-Nadie me quería, me sentía muy solo…-
-¿Y es horrible eso, verdad? El tiempo pasa más lento, los espacios se comprimen pero a su vez todo es mucho más grande, inmenso, inalcanzable. Todo te parece lejos, muy muy lejos, y tú temes no poder llegar.-
-Me sentía estancado, nunca tuve metas, sabía que mis objetivos fracasarían.-
-Todos nuestros objetivos están destinados al fracaso, cuando estamos solos. Los sabes tan bien como yo. Somos almas gemelas. ¿No lo ves? Estamos destinados a estar juntos.-
-¿Juntos?- nunca había pensado en lo que podía significar esa palabra.
-Para siempre, nunca te dejaré…- cinco tamborazos y un silencio.
-No lo sé… no estoy seguro…-
-A veces nos acostumbramos a estar solos, ¿verdad?-
-Es un vicio, estamos ciegos.-
-Y nos corroe por dentro, hasta el punto que no queremos estar con nadie.-
-Las miradas de los demás me dolían… me señalaban con el dedo y se reían de mí…-
-Porque eran hipócritas, ¡Malvados! Les gustaba reírse de los más débiles, de los que no se podían defender. Por eso nunca triunfaste en nada, por eso tus padres te odiaban y las mujeres se alejaban de ti.
-¡¡Cállate!!- grité tan fuerte que la garganta me dolió. 

En la oscuridad de la sala los gemidos resonaron con el eco de la traición. Me recordaron la soledad de mi alma, mi furtiva presencia. Quería irme, quería esconderme como lo había hecho siempre, quería llorar.

-Solo no paso vergüenza, quiero estar solo… ¡Déjame!-.

No hubo más tamborazos, no hubo más palabras, solo el eco me respondió, silbando a mí alrededor. 

El metal cobró presencia, las paredes se estrecharon, la oscuridad se hizo más profunda y distante.

-Solo así soy alguien…-

Los paneles de control siguieron mudos, flotando bajo cálidos hologramas que danzaban en harmonía.

-Soy alguien ¿Me entiendes?-.

El cielo oscuro seguía impasible, esos cristales me enseñaban el dolor de la ignorancia.

-¡Pero cuando estoy con más gente no soy nadie!-.

Las estrellas pestañeaban a una distancia incalculable, pero sentía su mirada clavada en mi cuerpo. 

-¡Escúchame por favor! ¡No me gusta que me miren!-.

Un silencio ensordecedor apresó al tiempo entre sus garras.

-Cuando te miran te anulan- cinco tamborazos, otra vez, sonaron con parsimonia.
-Sí… cuando me siento observado me colapso, no soy nadie…-
-Sus miradas están envenenadas. Te lo dicen todo con ellas, Te desprecian, te atacan, te insultan. ¿Por qué? ¿Por qué te lo hacen? ¿A caso tú te lo mereces?-.
-No… no quiero sufrir nunca más…-
-Claro que no, yo tampoco lo quiero.-
-¿Me ayudarás?-.
-Yo te protegeré, estaré siempre contigo. Yo te amaré…-
-Me gustaría… que me amasen…- mi mano corrió hacia la bragueta.
-Yo te amaré como tú te amas en la intimidad… si tú me amas a mí.- el último tamborazo se alargó mientras mi mirada se dirigía hacia el planeta Tierra, que flotaba en la oscuridad, soportando un gran peso.
-Amarte… no sé cómo se hace eso…- mi mirada volvió hacia mi pelvis, un ardor corría serpenteando.
-Sí que lo sabes, claro que lo sabes, ¿verdad?-.
Reseguí con mis dedos un contorno abultado que se esgrimía en un intento por salir. Bajé dos dedos, acompañando la cremallera.
 -Así, muy bien, hazlo por mí…- los tamborazos ya casi no se apreciaban, la voz era como un suave susurro.
Metí los dedos debajo de mis calzoncillos. Estaban algo mojados. La boca del glande regaba con prisa.
-Tengo muchas ganas de hacerlo, contigo…-
Saqué mi miembro cogido con toda mi mano. La negra oscuridad vio salir un color inaudito. En medio de las tinieblas parecía brillar y palpitaba entre mis dedos. 
-Tengo muchas ganas… muchas ganas…-
Lo apreté con fuerza y subí la piel hacia el glande, casi cubriéndolo. Volví a bajar, para que las sábanas de mi polla lo acariciaran. Las venas se hincharon, los olores emergieron. Un sabor dulce se ideó en mi cabeza, y en mi lengua, que se relamió toda la boca y las comisuras de mis labios.
-No quiero seguir siendo un fracasado, que nada me salga bien, que nadie me quiera.- dije con furia frotándome la polla con rápidos golpes.
-Lo sé, lo sé… quieres sentirte importante, hacer algo que provoque su envidia, algo significativo, decisivo, que deje huella y sentirte realizado.-
-Quiero que me envidien…- dije con desprecio mientras me frotaba la polla aún con más fuerza.
-Lo sé, lo sé…-
-Quiero que me respeten.- dije con contundencia, y mi polla se convulsionó.
-Lo sé, lo sé…-
-Quiero que me admiren.- dije levantando la mirada y moviendo mi sexo de un lado a otro.
-Lo sé, lo sé…-
-Quiero que sufran lo que yo he sufrido.- dije, apretando la mandíbula, frotando la piel bajo un glande hinchado que abría y cerraba su boca con demencia.
-Quieres castigarles…-
-¡¡¡Sí!!!- el grito se alargó unos segundos, lanzando con rabia esa vocal en respuesta a una vibración orgásmica que tenía lugar por todo el lomo de mi abultada polla hasta el humedecido glande.
-Ahora, hazlo ahora... Levanta el brazo, acerca el dedo.-
Los gemidos brollaron acompañando el semen que salpicaba todo el panel de control. La oscuridad ya no era tan negra.
-¡Apriétalo!-
Mi polla siguió escupiendo, una explosión universal retumbó por toda la sala, todo mi sexo era invadido por un placer extasiante. Levité, floté, me moví sin pensar, en libertad.
-Así me gusta…-
Resoplé después del ejercicio, estaba satisfecho. Miré el panel de control mojado, luego hacia el exterior. Mis ojos se estremecieron. La sorpresa se apoderó de mi mirada. Había muchas rocas y mucho polvo, también fuego, demasiado…
-Lo has hecho bien, mi amor…- una voz se encendió en las sombras, a mí espalda.
Me giré con la polla aún aferrada en mi mano, y allí la vi. Su cuerpo contenía todas las formas posibles, sus pechos eran increíbles y su sexo, su sexo era el paraíso… 

concursoderelatos
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  • 3 de Mayo de 2012 a las 22:34

[Editado por torpeza del MdC]

peludin1
peludin1
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  • 6 de Mayo de 2012 a las 18:39
cita de concursoderelatos Tan tristes, tan solos…

Se escurría poco a poco. Laura abrió los ojos y con una sacudida sobresaltada sacó la cabeza de debajo del agua.
Joder, me he quedado dormida en la bañera.
Envolvió su pelo con una toalla y su cuerpo con un albornoz. Se desenredó el cabello y fue a su dormitorio para ponerse el pijama. Estaba anocheciendo, miró la hora en el reloj de la mesilla: las nueve menos cuarto pasadas.
Estaba cansada, propondría pedir una pizza para cenar; no tenía ganas de meterse en la cocina. Fue entonces cuando reparó en el silencio: los niños no jugaban ni discutían; tampoco estaban viendo la televisión, se oiría; Germán también estaba muy callado. Extrañada, salió de la habitación.

—¡Chicos! ¿Qué hacéis que no se os oye? Alguna estaréis liando, seguro.

No obtuvo respuesta. En el salón no había nadie; en la alcoba de los niños tampoco; la cocina estaba vacía.
¿Se han ido sin decirme nada? Qué raro.
Buscó por si le habían dejado alguna nota. No encontró nada. Miró en la bandeja que había sobre el mueble de la entrada, las llaves del coche estaban allí.
No han ido muy lejos. Seguro que se me han adelantado y han ido ellos a por una pizza. Qué bien.
Regresó al cuarto de baño, con el cepillo y el secador terminó de acomodar su pelo. Crema para la cara y también para las manos. Estaba lista para sentarse a descansar.
Se acomodó en el sofá y cogió el mando del televisor. Aprovecharía la tranquilidad del momento para ver las noticias porque ya deberían de ser las…
¿Las nueve menos cuarto pasadas? Este reloj va mal. O el de mi habitación.
Soltó el mando sin haberlo usado y buscó su móvil para comprobar la hora.
El del salón va bien, es el de mi habitación. Menos mal que me he dado cuenta, si no mañana…
Regresó a su dormitorio para ajustar la hora de su despertador.
¡Bueh! ¿Cómo he mirado yo antes? Si tiene la misma hora.
De camino al salón marcó el número de su marido para saber si tardarían en llegar con la cena. Una voz robotizada le dijo que el número marcado se hallaba desconectado o fuera de cobertura.
De nuevo en el sofá volvió a tomar el mando a distancia para encender el televisor. Una imagen congelada apareció en la pantalla. Cambió de canal, tampoco aquella imagen se movía. Uno a uno, fue recorriendo todos los canales del dial. Distintas imágenes, todas quietas.
¿Y esto? ¿Será la antena?
Cogió las llaves de la casa y salió para llamar a la puerta de su vecina. Nadie abrió. Bajó un piso para llamar a otra puerta. Tampoco allí abrieron. En la puerta de al lado no hubo mejor suerte.
¿Y a quién pregunto? A cualquiera. Voy a probar con el de encima de mí, no lo conozco, pero para preguntar que si se ve la tele… tampoco hace falta mucha confianza.
Con agilidad subió los dos pisos para pulsar el timbre de su vecino. Sin respuesta al igual que en la puerta contigua.
Vaya mierda… ¿dónde se ha metido todo el mundo?
En su casa hizo un nuevo barrido de canales. Nada. Apagó el aparato y se fue a encender la radio. Una niebla ruidosa se apoderó de los altavoces. Todas las emisoras sonaban igual.
Joder, pues estamos bien.
Apagó también la radio y se asomó a mirar por la ventana. Seguía anocheciendo. Frunció el ceño extrañada. No podía creer lo que estaba viendo.
¿Y los coches? No hay ni un solo coche circulando. Ni gente. ¿Pasaba hoy algo para que cortaran esta calle? No, no he visto ningún cartel en el portal ni nadie me ha dicho nada.
Volvió a marcar el número de Germán.

—Información gratuita. El teléfono marcado…

Decidió vestirse y bajar a la calle para averiguar qué pasaba.
A ver si van a hacer una zanja o algo y mañana no puedo sacar el coche para ir a trabajar.
Se estaba abrochando las deportivas cuando reparó en el reloj de la mesilla: las nueve menos cuarto pasadas.
¡Pero bueno! Luego te pongo en hora.
Antes de salir a la calle encendió la luz del recibidor de la casa.
No sea que llegue yo antes que los chicos. Cuando suba será de noche y siempre me doy con el puto mueble.
Recorrió la acera mirando a su alrededor. El silencio era absoluto, molesto. No encontró nada que impidiera el paso de los coches o los transeúntes a la calle. Cuando llegó a la esquina paró en seco.
¿Aquí tampoco hay coches? Ni gente. Esto ya sí que es raro.
Siguió caminando hasta que encontró una tienda. Pasó para preguntar.
 
—¡Hola!

Nadie tras el mostrador. Nadie que respondiera a su saludo.

—¿Hay alguien? ¡Hola!

Nadie que saliera de la trastienda. Nadie que acudiera a su llamada.
Se atrevió a salvar el mostrador y entrar dentro. Miró en cada rincón sin dejar de gritar “holas”. La intensidad del silencio empezó a asustarla. Salió a la calle. Seguía anocheciendo. Corrió hasta llegar a su casa. Se dio cuenta de que estaba temblando. Hizo un nuevo intento con el móvil.

—Información gratui…

Al colgar fijó su mirada en la pantalla del teléfono.
Ocho cuarenta y siete. Esto no puede ser.
El reloj del salón marcaba la misma hora. También el de la cocina. En la calle seguía anocheciendo.
Mamá. Voy a llamar a mi madre.
Mamá no respondía. Su hermana también estaba fuera de cobertura. Y su amiga Luisa.
La policía. Cero noventa y uno.
Nadie al otro lado del aparato.
El uno uno dos.
Tampoco.
Germán, coge el teléfono, por favor.

—Informaci…

Corrió hacia el pasillo de la escalera, subió hasta el último piso y una a una fue golpeando todas las puertas a medida que descendía hasta el bajo. Nadie se asomó para ver quién llamaba. Subió hasta su casa y cerró con llave. Salió a la terraza y gritó.

—¡Hola! ¿Hay alguien en algún sitio?

El silencio se hizo más patente.
¿Qué está pasando? ¿Dónde está la gente? Mis hijos, mi marido, mis padres… todos, ¿dónde está todo el mundo?
Volvió a comprobar la hora en todos los relojes de la casa.
Menos cuarto pasadas.
Seguía anocheciendo. Se acurrucó en el sofá y sin poder ni querer evitarlo rompió a llorar.

—¡Laura, Laura! Llevas más de una hora en el baño, son más de las nueve, ¿estás bien?
—¿Qué vamos a cenar, papá?
—No lo sé. ¡Laura, Laura!
Derribó la puerta con una patada.
—¡Dios mío! ¡Laura!
Sin detenerse a pensar si tendría fuerzas para hacerlo, sacó a su mujer de la bañera.
—El boca a boca… no sé cómo se hace el boca a boca, ¡mierda! ¡Laura, Laura!
—¿Qué pasa papá?
—¡No! ¡No entres aquí! Coge el teléfono y llama al uno uno dos, ¡corre!

Muy , muy, bueno...enhorabuena. Me ha gustado mucho
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 6 de Mayo de 2012 a las 19:32
cita de peludin1
cita de concursoderelatos
Muy , muy, bueno...enhorabuena. Me ha gustado mucho

Disculpa, Juan Carlos, pero NO SE PUEDEN EMITIR OPINIONES NI COMENTARIOS sobre los relatos a concurso hasta que haya finalizado la fase de votaciones, hoy a las 22:00 horas. Podrás comentar los relatos, si lo deseas, a partir de ese momento, en el hilo correspondiente, que no es este, por cierto. Y oye, ya puestos ¿Por qué no te lees las bases del concurso?

Gracias.

peludin1
peludin1
Mensajes: 47
Fecha de ingreso: 4 de Mayo de 2012
  • CITAR
  • 8 de Mayo de 2012 a las 17:40
cita de concursoderelatos                                                                                                               Piso vacío

—Mire — le dije buscando algo de la dignidad que me quedaba—, me acaban de echar de casa. Este piso me parece estupendo pero tres meses de fianza me parecen un problema. Sé que no es culpa suya que mi mujer sea una puta  pero soy un tipo majo que no causará ningún problema—dije buscando su complicidad ya que parecía que nos habíamos caído bien—. Y pagaré todos los meses.
—Vamos a hacer una cosa. Voy a llamar al propietario y le contaré la situación. Voy a intentar rebajar las condiciones.

El hombre salió al balcón y cerró la puerta tras él mientras yo cotilleaba. Tendría que comprar una cama, una mesa y un par de sillas. Posiblemente esperaría un mes para comprar la nevera. Sobreviviría sin tele unos meses. Esa era la palabra: sobreviviría.

—Pues ha tenido usted suerte—dijo el comercial volviendo a entrar—. Se conforma con un mes de fianza y no es necesario que pague la primera mensualidad hasta principio de mes.
—¿De verdad?— pregunté sorprendido por ese repentino golpe de suerte—. ¿Cuándo puedo instalarme?
—¿Sabes qué? — dijo tuteándome—. Te puedes quedar las llaves mientras hacemos el papeleo. Pero te agradecería que no se lo dijeses a nadie.
—¿De verdad? ¿No te pondrás en un problema?
—Si no se enteran, no. Y no se enterarán si tú no dices nada. Sólo es para que tengas tiempo de medir los espacios y encargar muebles— dijo abriendo exageradamente los ojos—. No para que instales aquí— me guiñó el ojo antes de dirigirse a la puerta—. Mi exmujer también se comportó como una maldita puta.

Se fue y me quedé solo en el que iba a ser mi piso. Había topado con un mínimo de complicidad porque ese hombre había tenido un enemigo parecido al mío. Y sí, supongo que si habláramos de nuestras exmujeres los hombres nos sentiríamos más unidos. Al final, la mayoría tienen un don especial para quedarse con nuestro dinero y con nuestros hijos. Sí, sí, lo de la barbie divorciada no nos hace tanta gracia a los que hemos pasado por ello.

Esa misma tarde fui a comprar los muebles imprescindibles. En una horita me agencié una cama de metro treinta y cinco, una mesa de aluminio y cristal con cuatro sillas que aguantarían a alguno de mis invitados y el menaje indispensable: una sartén, cuatro platos, cuatro juegos de cubiertos y unos pocos vasos. También compré en el mismo sitio unas sábanas, una almohada y unas toallas. Unos tipos muy majos de la puerta me lo llevaron a casa por 30 euros. Estos en B. Recogí las cosas del hotel donde había estado y me mudé a mí nueva casa.

Cené a las nueve de la noche en mi recién estrenado piso, en mi nueva mesa. El menú estaba compuesto por unos fideos chinos que se cuecen solos en cinco minutos si les echas agua hirviendo. El sabor a marisco aún se lo estoy buscando. Bebí una fantástica coca cola caliente y pensé que la nevera no era un capricho. ¡Qué triste!

Sufrí más de la cuenta para montar una simple cama y estrené las sábanas. Miré la habitación desnuda, sin mesillas, ni cuadros, ni cortinas y me senté. Podía jugar cada día a sacar lo mejor de mí mismo, podía sacar fuerzas de flaquezas cada mañana, pero mi situación era deprimente. Aquella habitación con una miserable bombilla balanceándose del techo no era lo que me merecía; yo nunca había hecho daño a nadie.

Con semejante humor desestimé la posibilidad de llamar a mis padres y contarles lo ocurrido. Vencí las ganas de bajar a comprar tabaco después de dos años sin fumar y busqué mil formas distintas de maldecir a Marta. Necesitaba acostumbrarme a coger el portátil del trabajo cada tarde para poder ponerlas por escrito. Sin televisión ni ordenador, no conseguí alargar el día hasta más allá de las diez de la noche. Pensé que me daría mucha vergüenza que alguien me viera en ese estado e hice lo que llevaba todo el día queriendo hacer: lloré.


Al día siguiente me desperté con la alarma del teléfono como de costumbre. Dejé que sonara unos segundos mientras miraba al techo. No había pegado ojo en toda la noche pero busqué la forma de animarme y gritarle al techo:
—¡Vamos, Antonio! ¡Joder!

Me levanté con todos los ánimos que me quedaban y me di una ducha sin gel. Anoté mentalmente que tenía que ir adquiriendo esas pequeñas cosas indispensables y canté. Canté porque estaba hasta las narices de compadecerme de mí mismo; porque iba a jugar aquella maldita partida y enderezar mi vida. Tendría una casa decente e intentaría normalizar la relación con mi hijo.  Sería un buen padre a pesar de todo. Me prometí que no volvería a llorar por mi situación y que no permitiría que nadie sintiera lástima por mí.

Durante esa semana gasté prácticamente todo cuanto tenía. Firmé los papeles del piso, compré una nevera y un microondas. Compré incluso unas cortinas de “panel japonés” para hacer que el salón pareciera un poco más humano. Estuve tentado de comprarme un sofá pero pude contenerme. No tenía ni idea de cuanto más se me podían complicar las cosas.

Creí que todo eso me estaba reconstruyendo poco a poco; que me sentía más fuerte y más capaz. Creí que sería fácil enfrentarme a Marta de nuevo pero fue entrar en el párking ese sábado por la mañana y recuperar todos mis demonios. Su coche estaba ahí, desaprovechando media plaza pero mostrándome el camino a la salida. Supongo que se habría apañado una copia del mando de algún vecino. Me puse nervioso pensar que Marta ya había dado todos los pasos que tenía que dar.

Mi dedo índice estuvo casi medio minuto delante del timbre. Llamar a tu propia casa aún y teniendo las llaves en el bolsillo (¿funcionarían aún?) es duro. Cada pequeño gesto de ese día me sentaba como una patada en las pelotas. Abrió la madre de Marta con mirada seria.

—Hola, Antonio— dijo visiblemente afectada—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien— conseguí decir después de tragar saliva—. ¿Está preparado el pequeñín?
—Sí, pasa, pasa.
—Prefiero que me lo saques tú, si no te importa— contesté con la voz temblorosa.
—Claro, claro. No te preocupes.

Antonia era buena mujer y sentí cierta pena al verla. Sé que se supone que a la suegra no se le coge cariño pero no voy a mentir para que la historia parezca más creíble. Salió en un par de minutos con el niño en brazos y una bolsa de mano. Y sí,  volví a llorar. Más que nunca. Pero lloré porque una alegría inmensa se apoderó de mí. Jamás me he sentido tan lleno de dicha como en ese momento. Había pensado que no querría venirse o que no me conocería, no lo sé, pero sonrió y abrió los ojos como si se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Lo abracé, lo besé y sentí que el mundo no podría conmigo. Antonia reposó su mano en mi hombro y me beso la mejilla. También ella estaba llorando.

Me despedí con un simple adiós y salí de esa casa más cargado que cuando yo mismo me fui. Gasté lo que me quedaba en una cuna y un muñeco para que Carlos pudiera pelearse con alguien. Me di cuenta de que no podría volver a sentirme solo.
Muy bien también. Por suerte no conozco en si la palabra "SOLEDAD"...Gracias a Dios. Pero supongo que la de un padre sin su hijo debe de ser una de las peores.
Enhorabuena carlosarubi
peludin1
peludin1
Mensajes: 47
Fecha de ingreso: 4 de Mayo de 2012
  • CITAR
  • 8 de Mayo de 2012 a las 17:40
cita de concursoderelatos                                                                                                               Piso vacío

—Mire — le dije buscando algo de la dignidad que me quedaba—, me acaban de echar de casa. Este piso me parece estupendo pero tres meses de fianza me parecen un problema. Sé que no es culpa suya que mi mujer sea una puta  pero soy un tipo majo que no causará ningún problema—dije buscando su complicidad ya que parecía que nos habíamos caído bien—. Y pagaré todos los meses.
—Vamos a hacer una cosa. Voy a llamar al propietario y le contaré la situación. Voy a intentar rebajar las condiciones.

El hombre salió al balcón y cerró la puerta tras él mientras yo cotilleaba. Tendría que comprar una cama, una mesa y un par de sillas. Posiblemente esperaría un mes para comprar la nevera. Sobreviviría sin tele unos meses. Esa era la palabra: sobreviviría.

—Pues ha tenido usted suerte—dijo el comercial volviendo a entrar—. Se conforma con un mes de fianza y no es necesario que pague la primera mensualidad hasta principio de mes.
—¿De verdad?— pregunté sorprendido por ese repentino golpe de suerte—. ¿Cuándo puedo instalarme?
—¿Sabes qué? — dijo tuteándome—. Te puedes quedar las llaves mientras hacemos el papeleo. Pero te agradecería que no se lo dijeses a nadie.
—¿De verdad? ¿No te pondrás en un problema?
—Si no se enteran, no. Y no se enterarán si tú no dices nada. Sólo es para que tengas tiempo de medir los espacios y encargar muebles— dijo abriendo exageradamente los ojos—. No para que instales aquí— me guiñó el ojo antes de dirigirse a la puerta—. Mi exmujer también se comportó como una maldita puta.

Se fue y me quedé solo en el que iba a ser mi piso. Había topado con un mínimo de complicidad porque ese hombre había tenido un enemigo parecido al mío. Y sí, supongo que si habláramos de nuestras exmujeres los hombres nos sentiríamos más unidos. Al final, la mayoría tienen un don especial para quedarse con nuestro dinero y con nuestros hijos. Sí, sí, lo de la barbie divorciada no nos hace tanta gracia a los que hemos pasado por ello.

Esa misma tarde fui a comprar los muebles imprescindibles. En una horita me agencié una cama de metro treinta y cinco, una mesa de aluminio y cristal con cuatro sillas que aguantarían a alguno de mis invitados y el menaje indispensable: una sartén, cuatro platos, cuatro juegos de cubiertos y unos pocos vasos. También compré en el mismo sitio unas sábanas, una almohada y unas toallas. Unos tipos muy majos de la puerta me lo llevaron a casa por 30 euros. Estos en B. Recogí las cosas del hotel donde había estado y me mudé a mí nueva casa.

Cené a las nueve de la noche en mi recién estrenado piso, en mi nueva mesa. El menú estaba compuesto por unos fideos chinos que se cuecen solos en cinco minutos si les echas agua hirviendo. El sabor a marisco aún se lo estoy buscando. Bebí una fantástica coca cola caliente y pensé que la nevera no era un capricho. ¡Qué triste!

Sufrí más de la cuenta para montar una simple cama y estrené las sábanas. Miré la habitación desnuda, sin mesillas, ni cuadros, ni cortinas y me senté. Podía jugar cada día a sacar lo mejor de mí mismo, podía sacar fuerzas de flaquezas cada mañana, pero mi situación era deprimente. Aquella habitación con una miserable bombilla balanceándose del techo no era lo que me merecía; yo nunca había hecho daño a nadie.

Con semejante humor desestimé la posibilidad de llamar a mis padres y contarles lo ocurrido. Vencí las ganas de bajar a comprar tabaco después de dos años sin fumar y busqué mil formas distintas de maldecir a Marta. Necesitaba acostumbrarme a coger el portátil del trabajo cada tarde para poder ponerlas por escrito. Sin televisión ni ordenador, no conseguí alargar el día hasta más allá de las diez de la noche. Pensé que me daría mucha vergüenza que alguien me viera en ese estado e hice lo que llevaba todo el día queriendo hacer: lloré.


Al día siguiente me desperté con la alarma del teléfono como de costumbre. Dejé que sonara unos segundos mientras miraba al techo. No había pegado ojo en toda la noche pero busqué la forma de animarme y gritarle al techo:
—¡Vamos, Antonio! ¡Joder!

Me levanté con todos los ánimos que me quedaban y me di una ducha sin gel. Anoté mentalmente que tenía que ir adquiriendo esas pequeñas cosas indispensables y canté. Canté porque estaba hasta las narices de compadecerme de mí mismo; porque iba a jugar aquella maldita partida y enderezar mi vida. Tendría una casa decente e intentaría normalizar la relación con mi hijo.  Sería un buen padre a pesar de todo. Me prometí que no volvería a llorar por mi situación y que no permitiría que nadie sintiera lástima por mí.

Durante esa semana gasté prácticamente todo cuanto tenía. Firmé los papeles del piso, compré una nevera y un microondas. Compré incluso unas cortinas de “panel japonés” para hacer que el salón pareciera un poco más humano. Estuve tentado de comprarme un sofá pero pude contenerme. No tenía ni idea de cuanto más se me podían complicar las cosas.

Creí que todo eso me estaba reconstruyendo poco a poco; que me sentía más fuerte y más capaz. Creí que sería fácil enfrentarme a Marta de nuevo pero fue entrar en el párking ese sábado por la mañana y recuperar todos mis demonios. Su coche estaba ahí, desaprovechando media plaza pero mostrándome el camino a la salida. Supongo que se habría apañado una copia del mando de algún vecino. Me puse nervioso pensar que Marta ya había dado todos los pasos que tenía que dar.

Mi dedo índice estuvo casi medio minuto delante del timbre. Llamar a tu propia casa aún y teniendo las llaves en el bolsillo (¿funcionarían aún?) es duro. Cada pequeño gesto de ese día me sentaba como una patada en las pelotas. Abrió la madre de Marta con mirada seria.

—Hola, Antonio— dijo visiblemente afectada—. ¿Cómo estás?
—Bien, bien— conseguí decir después de tragar saliva—. ¿Está preparado el pequeñín?
—Sí, pasa, pasa.
—Prefiero que me lo saques tú, si no te importa— contesté con la voz temblorosa.
—Claro, claro. No te preocupes.

Antonia era buena mujer y sentí cierta pena al verla. Sé que se supone que a la suegra no se le coge cariño pero no voy a mentir para que la historia parezca más creíble. Salió en un par de minutos con el niño en brazos y una bolsa de mano. Y sí,  volví a llorar. Más que nunca. Pero lloré porque una alegría inmensa se apoderó de mí. Jamás me he sentido tan lleno de dicha como en ese momento. Había pensado que no querría venirse o que no me conocería, no lo sé, pero sonrió y abrió los ojos como si se hubiera llevado la sorpresa de su vida. Lo abracé, lo besé y sentí que el mundo no podría conmigo. Antonia reposó su mano en mi hombro y me beso la mejilla. También ella estaba llorando.

Me despedí con un simple adiós y salí de esa casa más cargado que cuando yo mismo me fui. Gasté lo que me quedaba en una cuna y un muñeco para que Carlos pudiera pelearse con alguien. Me di cuenta de que no podría volver a sentirme solo.
Muy bien también. Por suerte no conozco en si la palabra "SOLEDAD"...Gracias a Dios. Pero supongo que la de un padre sin su hijo debe de ser una de las peores.
Enhorabuena carlosarubi

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
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Autor: aitorzarate

   

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