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romi
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Las torres de la Alhambra

24 de Abril de 2012 a las 11:59

Bubok

Las torres de la Alhambra 

               Ahora es conocido con el nombre de Jesús del Valle. Del mismo modo en que fue bautizado varios siglos atrás. Pero antes, cuando en la Alhambra había reyes, príncipes y princesas, a este lugar se le conocía con el nombre de “El Valle de la Luz”. Y tiene sentido este primer nombre y el segundo que le pusieron.

          Porque el rincón sí es exactamente un valle. Todo un pequeño paraíso, más o menos a la mitad del recorrido del río Darro. A unos siete u ocho kilómetros del nacimiento de este río y casi a la misma distancia donde el cauce se entrega al río Genil, es donde se encuentra el valle que digo. Justo donde el río traza una amplia curva, obligado por una cuerda montañosa que nace justo donde la Alhambra se asienta. Esta gran colina, larga y muy robusta, es conocida con varios nombres: por donde la Alhambra, se le da el nombre de la Sabika, algo más arriba, el lugar muchos lo llaman Cerro del Sol, aunque sean los aledaños de este gran cerro, Luego, Dehesa del Generalife y llanos de la Perdiz. Y a la altura del valle que vengo diciendo, es donde encaja perfectamente el nombre del Cerro del Sol. Cumbre con 1036 metros de altura y verdadero Cerro del Sol porque es el punto más elevado. Por aquí, crecían y aun crecen, densos bosques de encinas, cornicabras, retamas, muchas aulagas y en las partes bajas, olivos y avellanos. Ya en los primeros tiempos de este edén, cuando era conocido como Valle de la Luz por lo bien iluminado que siempre está gracia al brillante sol que en muchos momento lo baña, sembraban por aquí muchos olivos. También viñas y avellanos. Y dicen que las avellanas que se han dado siempre en este bellísimo lugar, eran las mejores de todo el reino de Granada. Lo mismo dicen de las uvas y el vino que salía de la viña que aun hoy en día puede verse no lejos del río. También en tiempos lejanos, en las tierras de este valle y en las laderas que a un lado y otro lo encierran, se daban muy buenas cosechas de cereales: trigo, cebada, centeno, avena…

         Porque el Valle de la Luz, además de una belleza excepcional, desde tiempos remotos, ha tenido mucha agua y muy buenas tierras. Pero sobre todo, sol y agua en abundancia, pura y fina porque el manantial donde brotan, se abre en la montaña bajo una roca. Y precisamente por esta abundancia de agua y buenas tierras es por lo que, desde tiempos lejanos, en el lugar siempre hubo grupos de personas. Al principio del siglo quince, en la construcción y existencia de un gran cortijo hoy conocido con el nombre de Hacienda de Jesús del Valle. Un gran complejo, recio, ampuloso y de alguna manera, bello.

          Pero mucho antes de la Hacienda de Jesús del Valle, era importante un pequeño cortijillo en las tierras de este singular paraíso. Bueno, había más de una construcción ocupadas por algunas familias pero una en concreto es lo que interesa en este relato. Se alzaba, no lejos de la corriente del río. Sobre una llanura cara al sol de la mañana y, por lo tanto, mirando a Sierra Nevada y a un lado y otro, las tierras estaban sembradas de viñas y olivos. Blanco, rectangular, rodeado también de álamos y avellanos y con su corral al lado de arriba, para ovejas y cabras. Por el lado de abajo y hacia el río, se veía la senda que llevaba al gran charco. Remansado en la arena, entre algunas piedras y a la sombra de un par de almeces. Aquí era donde la madre muchas veces acudía para lavar la ropa de los hijos y del marido.  

Y los dos hermanos, de entre diez y doce años, muchas veces también se venían con la madre cuando ésta lavaba en el río. Jugaban ellos con la corriente de las aguas, juntaban piedrecitas de distintos colores y tamaños, buscaban nidos de ruiseñores, recogían frutos silvestres, moras, avellanas, bellotas, majoletas, selvas, azufaifas, acerolas… Y luego decían a la madre:

- Por las aguas de este río de la Alhambra, un día flotaremos un barco construido por nosotros y nos iremos navegando hasta Granada.

- Eso será muy divertido y una gran aventura pero ¿y si os perdéis navegando río abajo hacia la Alhambra?

- No nos perderemos porque, según nos ha dicho nuestro padre, la Alhambra tiene muchas torres que se ven desde gran distancia. Iremos atentos a estas torres y nos servirán de guía.

          Y para ir conociendo las torres de la Alhambra, muchas veces ellos se iban con el padre, cuando éste labraba la viña o los olivos, por el lado de arriba del cortijo. Y en estas ocasiones, era el hermano el que siempre decía a la pequeña:

- Subamos a ese cerro a ver si desde lo más alto, divisamos las torres de la Alhambra.

Y por el campo, pisando la hierba y siguiendo las veredas de las ovejas, se iban al cerro. Desde lo más alto, miraban y como no descubrían ni la Alhambra ni sus torres, se decían:

- Pues mañana subimos a ese otro cerro más alto, que desde ahí seguro que sí vemos las torres que buscamos.

Y al día siguiente, mientras el padre labraba las tierras de la viña y la madre lavaba en las aguas del río Darro, ellos remontaban otro cerro. Desde este monte, como sí era muy alto, descubrían algunas de las torres. Y entonces se entusiasmaban y se decían:

- Pues mañana subimos al monte de aquel lado del río, que desde allí se tiene que ver mucho más.

          Y otra vez de nuevo al día siguiente y al otro, al cuarto y quinto día, subían a un monte y otro para descubrir las torres de la Alhambra. Hasta que llegó un momento que ya habían subido a todo los cerros que el río Darro tiene por donde las tierras de Jesús del Valle. Y como ellos fueron descubriendo que todos estos cerros eran más altos que las torres de la Alhambra, se le fue ocurriendo una nueva idea. Comenzaron a darle nombres a cada uno de estos cerros y comenzaron a buscar de qué manera conectarlos con las torres que soñaban. Hasta que un día descubrieron que subiéndose a lo más alto del cerro más elevado, el de los olivares al otro lado del río, desde su cumbre, se veían cinco o seis montes muy altos y todos parecían estar en línea recta con las torres de la Alhambra. Éstas se divisaban al final del todo, muy lejos y por donde el río Darro se perdía.

          Y una tarde, estando ellos en lo más alto de este monte, frente a la puesta del sol y con las torres de la Alhambra al fondo recortadas y todas alineadas con los cerros que conocían, la hermana pequeña dijo:

- ¿Y si en lugar de construir un barco para irnos por las aguas del río, un día damos un salto y desde estas cumbres salimos volando hasta las torres de ese gran palacio?  

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