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romi
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La lluvia y la princesa

30 de Abril de 2012 a las 18:34

Bubok

La lluvia y la princesa

               Siempre tiene algo de misterio la lluvia en Granada. En otoño, en invierno y especialmente, en primavera. Y da igual desde qué lugar se observe. Desde el Albaicín, frente a la Alhambra, desde el río Darro, frente al Albaicín y a los bosques del Generalife y desde el Realejo y riveras del río Genil. Y también da igual en qué momento caiga. Por las noches, cuando en muchos rincones del Albaicín reina el silencio, por las mañanas, cuando la luz del sol brota desde Sierra Nevada, al medio día, cuando por las orillas de los ríos los mirlos cantan y por las tardes, cuando el sol comienza a irse allá por la Vega de Granada. Da igual la época del año, el día o la hora. Cuando la lluvia cae sobre Granada, siempre tiene algo de misterio y mucho, muchísimo de mágica.          

          Y cuando la lluvia cae sobre y por entre los jardines de la Alhambra, todavía resulta más hermosa y alegra o entristece al corazón y al alma. Porque cuando la lluvia cae sobre Granada, los bosques de los ríos y las colinas que sostienen a la Alhambra, siempre el espíritu llora o sueña. Porque la lluvia siempre hiere, lava, regala versos, hondos momentos de melancolía y sueños fantásticos que elevan y sanan. Su rumor, siempre de melodías únicas, su transparencia blanca resbalando por los pétalos de las flores y quebrándose contra las torres de la Alhambra, su tono gris plata y la fragilidad con que se rompe y dulcemente lava… Todo en la lluvia es limpia poesía, embelesos misteriosos para el alma y recuerdos y alimento para el corazón que ama.

          Y ella, la pequeña princesa de la Alhambra, parecía conocer muchos de los misterios que la lluvia regala cuando en primavera cae. Desde su ventana en la torre más bonita de la Alhambra y hacia los valles del río Darro, parecía irse con el viento o el tiempo, mientras la lluvia caía y en silencio ella la contemplaba. Ni siquiera percibía el paso de las horas ni oía si alguien la llamaba. Pero sí, en muchos momentos, a veces cuando llovía, salía de su torre y en silencio cruzaba los salones de los palacios y sin pararse, se iba a los jardines de las rosas blancas. Los que también estaban repletos de jazmines y albercas y acequias plateadas. Y por aquí, como si gozara con las gotas de lluvia que caían o como si pretendiera hacerse amigas de todas ellas, a veces abría sus manos y dejaba que la lluvia se las llenara de perlas transparentes. Luego, cuando ya tenía un buen puñado, las derramaba todas sobre su cara y se decía: “Lluvia hermana, lávame el corazón y hazte amiga de mi sangre. Me gusta tu caricia blanda y la música tan fina que siempre de tus dedos mana. Lluvia purísima y más que hermana mía, gracias por la dicha que me regalas y por la vida que le regalas a las plantas”.  

          Y a veces esta princesa, dicen que la más hermosa y romántica de todas las princesas que han vivido en la Alhambra, corría como loca y con los brazos abiertos, mientras cantaba y las gotas de lluvia la empapaba. Otras veces, por entre las flores del jardín, se sentaba y en silencio se quedaba mucho rato mirando a las aguas de las albercas. Le gustaba a ella, de una manera especial, contemplar en silencio las gotas de lluvia romperse sobre las superficies de las aguas. Sobre el cristal de las albercas por entre los jardines de la Alhambra y sobre las pequeñas olas que se formaban en las acequias que iban a los jardines y a las huertas. Algunas veces, desde la distancia o desde las ventanas de las torres en los palacios, los padres la observaban. Y, después de permitir y dejarla sola largor ratos, el rey salía fuera, se acercaba a la princesa y le preguntaba:

- ¿Qué es lo que encuentras tú en esta lluvia que cae que te gusta y embelesa tanto?

Y ella, sin pensarlo mucho, siempre le respondía:

- No hay cosa más bella y pura en este mundo que la lluvia que riega y empapa las flores de este jardín. Y si te quedas quieto y desde aquí conmigo miras para las torres que emergen desde los palacios, observa como nada hay más bello en este mundo que ver la lluvia caer. Lenta y con su música de cielo, lavando y besando cuanto encuentra a su paso.

Y el padre le decía:

- Tienes razón en lo que dices pero ¿por qué no contemplas esta lluvia desde las ventanas de tu torre en los palacios?

- Sentir la lluvia caer cobre mi cara y sentir su beso resbalando suave por mis mejillas, es lo más dulce y tierno para el corazón y el alma.

          Y a veces, el rey padre, se quedaba allí con la princesa y también se dejaba empapar de la lluvia. Otras veces, se volvía a los palacios y le decía a la reina:

- Esta hija nuestra, es la criatura más soñadora que nunca hubo en esta tierra.

- Soñar es bueno. Y que nuestra hija se enamore y juegue con la lluvia, es más bueno aun. No solo de pan deben alimentarse las personas.

Y al oír estas palabras de boca de la reina, el rey callaba, dejaba que la princesa siguiera jugando con la lluvia y meditaba.  

          Estaba ya la primavera bastante avanzada y por eso los almendros se veían tupidos de verde. Los cerezos ya tenían sus frutos algo gordos y las rosas en los jardines de la Alhambra, se abrían en cantidades grandes. Se nubló el cielo una tarde y por la noche llovió mucho. Siguió lloviendo por la mañana y al caer la tarde y al día siguiente. Desde su ventana la princesa miró y miró en silencio la lluvia cayendo por el barrio del Albaicín y por todo el valle del río Darro y por la dehesa del Generalife y huertas reales. Escribió ella algunas cosas en su diario a lo largo de estos días de lluvia y al tercer día, salió a pasear por el jardín. Ya aquella tarde las nubes se habían alzado, el sol brillaba puro y todo el jardín de la Alhambra y bosques cercanos, olían puro y húmedo. Caminó ella despacio por entre las flores ya abiertas y lavadas por la lluvia y al llegar a una alberca, rectangular y grande, se paró frente a las aguas. Las miró durante un buen rato y luego se acercó al sauce de la derecha. De sus ramas bajas, cortó una delgada y de un metro poco más o menos de larga. Le quitó los tallos y las hojas, se acercó a la superficie del agua y con fuerza, deslizó la vara a lo largo de toda la superficie. Al instante vio ella que del agua de la alberca, saltaban pequeñas nubes de gotitas transparentes, se elevaron por el aire y luego comenzaron a caer en forma de lluvia. Algunas sobre la alberca y otras, sobre las plantas del jardín.          Se aproximó un poco más a las aguas de la alberca, movió la vara de mimbre con algo más de fuerza, siguiendo la superficie líquida y de nuevo la pequeña nube de gotas cristalinas, se elevaron por el aire. Y comprobó ella que, en esta ocasión, algunas gotas fueron a caer sobre las mismas torres de la Alhambra. Esto le gustó y con más fuerza y ánimo, volvió a cimbrear la vara de mimbre. Y ahora, no una vez sino muchas veces seguidas y al instante vio como desde la alberca se alzaba una densa y ancha nube de gotas líquidas que se elevó por encima de las torres, cubriendo el valle del río Darro y todo el barrio del Albaicín. Y luego, poco a poco, comenzaron a caer como en forma de lluvia fina y suave que lavaba todo cuanto a su paso encontraba.

Dentro de los palacios, el rey descubrió que la lluvia que caía, era mucha y mucho más limpia y bella que otras veces. Llamó a la reina para que ésta se lo dijera a la princesa y aunque la buscaron en su torre y por todos los recintos de los palacios, no la encontraron. Sí vieron que, desde la gran alberca del jardín, se alzaban nubes de lluvia que se abrían más y más y caían ya no solo sobre la Alhambra, río Darro y Albaicín sino sobre toda la ciudad de Granada. Siguieron buscando a la princesa y nadie la encontró por ningún sitio. Sí comprobaron que algunas horas después, de la alberca ya no brotaban nubes de gotas. Tampoco llovía sobre los palacios ni por el valle del río ni Albaicín ni Granada. Salió el sol, el día se llenó de luz y la primavera parecía brillar con tonos y luces especiales.         

          Siguieron llamando y buscando a la princesa y nadie la encontró por ningún lado. Tampoco nadie supo, ni en aquellos momentos ni nunca, qué fue lo que pasó en la alberca del jardín ni con las nubes de gotitas que de la alberca brotaron. Pero sí desde aquel día y siempre que la lluvia cae sobre Granada, el barrio del Albaicín, río Darro, Alhambra y jardines, muchos dicen que tiene algo de mágica. Que el corazón se llena de melancolía y que el alma sueña y se eleva. Que uno, aunque no quiera, se embelesa contemplando la lluvia caer y que entran ganas de escribir versos, de llorar, en algunos momentos y de tener alas para volar e irse, no se sabe a dónde. Quizás a donde se fue aquella princesa que vivió en la Alhambra y era amiga de la lluvia. Y quizás también por eso, siempre tiene algo de mágica y es misteriosa y bella la lluvia en Granada. Como si tuviera y guardara en sí todos los secretos y maravillas del Universo, como si concentrara en cada una de sus gotas, todos los sueños que a lo largo de la vida sueña el alma o como si fuera espejo o mensajera del idílico paraíso que apetecemos cada día y cada mañana.        

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