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oterocouto
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LXXXV CONCURSO DE RELATOS - LA VERGÜENZA (Relatos)

17 de Junio de 2012 a las 23:27

Aquí los relatos que desnudan sus vergüenzas http://www.bubok.es/libros/215295/Concurso-Bisemanal-de-relatos-Bubok--85-edicion-LA-VERGUENZA.. AVISO: Debido a problemas a la hora de subir los relatos, sólo es posible visualizar los
concursoderelatos
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  • 21 de Junio de 2012 a las 15:35
Matos Andino
“¿Cómo diablos aguantan esto en la boca?”. Saboreaba asqueado el creyón sobre sus labios. Los ojos se le torcían de dolor por el arreglo de cejas. A ratos insistía en rectificar el amaneramiento femenino de su paso. Él, puro macho, poseedor de seis mujeres en el Reparto Bobes y dosificador de nueve orgasmos por noche, prefirió tal humillación a que lo movilizaran para el Servicio Militar. Llegó, más mujer que su madre, a la oficina de reclutamiento. Aguantó la burla de los convocados y oficiales; a unos respondió con un beso, a otros, con delicado rozar de manos por el rostro. Estrenó su parpadear fílmico y así se mantuvo hasta que le ordenaron bajarse los pantalones e inclinarse para el examen de rutina. Sus facciones endurecieron, pero ante la idea del uniforme verde olivo y las marchas forzadas se explayó en fingido goce. “¡Ay, qué rico, mi oficial!”. No era su mejor día. El Mayor Lorenzo, testigo de todo el espectáculo, dictó. “Reclútalo. A ese lo enderezo yo.” Así nació el tirador de fusil Matos Andino.
Negado a la abstinencia y celoso de su harén, esperaba la noche para escapar. Debía vencer una caminata de ocho kilómetros por monte cerrado, compartir las ancas de la yegua de Fulgencio con el guajiro que lo esperaba en el cruce de la carretera y luego el transporte público hasta el Reparto Bobes y sus deseosas amantes. Por cuestiones de tiempo y resistencia física, redujo de nueve a seis la cuota de dichas. “Al menos una por alma”, se consoló. Como sombra en los primeros claros, escurridizo, se colaba en el dormitorio. De tanto dar del cuerpo en huesos quedó, pero aún no pudo salvarse del Mayor Lorenzo que lo hacía marchar en la plaza. “¡Firmes!”, ordenaba el militar; el soldado no aguantó y se desmayó.
Ardía en su brazo el punto donde se hincó la aguja del suero. Fue el Mayor a sacarlo de la enfermería cuando creyó suficiente la ausencia. “¡Bruto monorgásmico!”, lo insultó el joven recluta y tuvo por respuesta un recargo de servicio. “Ofensa a un superior en idioma extranjero”, se argumentó en el acta.
Más fueron las fugas y los ingresos. La enfermera, previsora, la noche anterior preparaba el litro de dextrosa. “Desayuno directo en vena.”
No aguantaba más; era recuperar la calma de su vagancia diurna y novenario madrugón, o disolverse dentro del uniforme verde olivo. Pasar por loco fue su idea. Una tarde, al entrar los reclutas al cuartel, el hedor los llevó a Matos Andino ocupado en una ingesta de heces. “Es más un caso de flojera patriótica que mental”, pudo el Mayor Lorenzo convencer al psiquiatra. “¡Esta es mi flojera!”, gritaba el amotinado, cuando la siguiente tarde vació el cargador de su fusil automático contra el tanque de agua de la Unidad.
Dos meses pasó preso. Contaron los celadores que sentado en la litera pulía paciente el plástico de un cepillo de dientes. El viernes de liberación, la cisterna no alcanzó para quitar el pecaminoso olor en la celda y borrar obscenos dibujos en las paredes consumió la provisión de cal de la Unidad. Feliz se hallaba Matos Andino mostrando su perla de plástico y pregonando lo que pronto acontecería.
A media noche, con medio cuartel admirándolo, borracho y medio, y sin medio miedo, con una cuchilla oxidada hirió su hombría extendida. En la zanja por donde comenzó a fluir sangre viva colocó la perla plástica, dejó correr el pellejo y se desplomó luego. Vuelto fue a la enfermería con fiebres e infecto, nalgas coloradas por el antibiótico, pero renuente a deshacerse de su nueva posesión, imaginando los placeres agregados que repartiría entre sus amantes. Fue el Mayor Lorenzo a comprobar la real convalecencia del subordinado, que impúdico se mostraba en cueros. Al amagar el oficial con su mano para reconocer la herida contaminada, recibió un golpe y el rostro amenazante del recluta.”Será Mayor y todo, pero ese soldado no es suyo.”
Recuperado, pero convencido de su debilidad, Matos Andino decidió tomar un reposo y pospuso sus escapadas al Reparto Bobes. Fue ese mes el de extraños alborotos donde las carneras dormían y a la yegua de Fulgencio le surgieran los antojos de aparecer solita por el cuartel.
Una tarde, apremiado de ganas, se dispuso a buscar a la yegua. No la encontró amarrada en la talanquera del sembrado de maíz y se metió al monte, siguiendo el trillo que conducía al río. En el recodo donde una palma se encaprichó de crecer rozando la corriente vio amarrado al animal. Pero cuando salía del monte el instinto lo hizo tenderse en el húmedo terreno. La yegua no estaba sola. Complaciente, mantenía levantada su cola a un costado para facilitarle la tarea a un hombre, que en el apuro no había podido zafarse los pantalones del uniforme de la pierna izquierda y hacía malabares sobre el tocón que le daban la altura propicia para satisfacerse. Matos Andino se divertía con el espectáculo que llegó al clímax poco después que el hombre diera entusiastas palmaditas en las redondas ancas de la yegua y esta respondió con relincho bajo y pataditas chapoteando en el río. Toda la precaución no le alcanzó al hombre, que a como pudo, se subió el pantalón, escurrió las manos embarradas, compuso el uniforme y miró a Este y Oeste. Matos estaba al Norte, aplastado en la yerba fronteriza del río, paladeando el helado placer de la venganza.
Dura fue aquella semana de agosto en que los hicieron marchar hasta conseguir ese grado de imperfección que se acepta en quienes jamás serán buenos soldados, pero son obligados a entender qué es izquierda y qué derecha. Se extremó la chapea y el fregado de los camiones; se sustituyeron los uniformes raídos y se repartieron latas de betún por compañías. Siete días y ya todo estaba preparado para recibir al General; Matos Andino, también.
La posta de la entrada recibió al General con la marcialidad requerida. Toque de campana y la Unidad se formó en la plaza. El General se mostró satisfecho frente a la tropa, haciéndose acompañar del Mayor Lorenzo. Tosió el visitante de alto rango, acomodando la ronca garganta, y comenzó una arenga de trinchera que sorprendió a todos y espantó la paz. Seguía el discurso cuando un silbar intermitente se escuchó a tres cabezas de la segunda escuadra de la cuarta compañía. Los soldados, procurando mantener compostura, vieron la yegua de Fulgencio, con un lazo rosa en sus crines trenzadas, entrar al lugar de formación y ubicarse detrás del Mayor Lorenzo. Cuando el murmurar y las risas llegaron a notas más altas que el discurso, atinaron los oficiales a darse vuelta. Estaba el animal incrustando en el rostro del Mayor Lorenzo toda la magnitud de su intimidad equina, levantada la cola al costado y dando pataditas que le hacían temblar las ancas mientras relinchaba bajo.
No alcanzó ni el mediodía, ni la tarde para que el rubor se perdiera de la cara avergonzada del Mayor Lorenzo; pero esa noche Matos Andino se fugó para celebrar, seis sombras femeninas (si se descubriera género en la sombra) cruzaron las calles del Reparto Bobes y nueves gemidos estremecieron la madrugada, al goce orgásmico de una perla plástica en una cumbre caprichosa.

concursoderelatos
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  • 21 de Junio de 2012 a las 17:34
concursoderelatos
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  • 21 de Junio de 2012 a las 17:39
Verano del 79

Eran sólo cuatro mujeres hablando y aquello parecía una estación de autobuses en hora punta. Celebraban el nacimiento de mi prima Adela. Madre e hija ya estaban en casa. Mi madre se había encendido un cigarro.
—No le vayas a decir nada a tu padre —me dijo con gesto serio.
—No, yo no quiero. Me han dicho que no es bueno. —Era Lidia, una de las vecinas de mi tía, la que rechazaba el pitillo acariciándose el vientre abultado.
—Ahora te toca a ti —dijo Candela, otra vecina, mirando a mi madre—. Tienes que animarte, que hay plaga.
Todas empezaron a reír como si hubieran escuchado un gran chiste. Mi madre empezó a toser ahogada por el humo.
—Aplícate el cuento tú, ¡no te digo! —Terminó de toser y recupero el gesto serio —. Arturo quiere, ya me lo ha dicho varias veces, pero no, ya cedí con ésta —señalándome a mí—. ¿Dónde voy a mis años?
Así fue como descubrí que mi existencia no se debía a un descuido tal y como parecía debido a la diferencia de edad con mis hermanos (doce y catorce años me llevaba con ellos), sino a un capricho de mi padre al que mi madre no quiso, o no supo, decir que no.

Mi infancia, a pesar de la soledad a la que me condenaron mis hermanos ignorándome en todo momento excepto cuando se presentaba la ocasión de burlarse de mí, fue tan placentera como corresponde a un capricho; pero éste se limitaba a un bebé y a una criatura adorable que confundía a sus padres con dioses y a sus hermanos mayores con héroes. La llegada de una preadolescente ansiosa de encontrar sus límites no formaba parte del deseo por muy inevitable que fuera. Y la preadolescente llegó.
No es que fuera un torbellino imposible de dominar, nada de eso. Simplemente era un cuerpo saturado de hormonas en movimiento. Quería vivir como si tuviera treinta años (como hacían mis hermanos, por otra parte) y mis padres me trataban como si me estuviera vedado cumplir más de ocho. Por eso cuestionaba muchas cosas y pedía una explicación lógica para casi todo, en especial para las prohibiciones que me eran impuestas. Y me enfadaba cuando no conseguía entender. Mucho, quizás demasiado.

Tenía trece años tan recién cumplidos que aún respondía que tenía doce cuando me preguntaban por mi edad. Me mandaron de “colonias”. Pensaron que estar alejada de papá y mamá durante un tiempo me llevaría a valorarlos como merecían y que eso sofocaría mi incipiente rebeldía. Era la primera vez que me iba a alguna parte yo sola y, la verdad, estaba encantada. Necesitaba, eso creía, desintoxicarme de normas absurdas e incomprensibles.

Fernando se presentó en el autobús. Era rubio, alto, fuerte y guapo, muy guapo. También era muy mayor: veintiocho años. Y el monitor del grupo en el que me había tocado estar.
Enseguida se ganó la simpatía de todas (no lo había dicho, era un campamento sólo para chicas de entre doce y diecisiete años) y nos embelesó tocando su guitarra y haciéndonos cantar. El viaje duró casi doce horas y hubiéramos estado con gusto otras doce escuchándolo y mirándolo embobadas.

¿Cómo conseguí llamar su atención? Ah… sí. Le dije que escribía poesías. Estaba hablando con su grupo de favoritas, yo me había colocado como si formara parte de aquello, pero no era así. En cuanto nos instalamos y pasaron unos días se hicieron grupos diferenciados: las andaluzas por un lado, las mayores por otro, las feas por el de más allá… yo no terminé de encajar en ninguno de los conjuntos definidos, estaba en el montón de la amalgama, el de la masa que pasa desapercibida y sólo parece servir para hacer bulto. Como decía, Fernando estaba hablando con el grupo de las favoritas -ya sabéis, las chicas guay superdivertidas que siempre consiguen ser “amigas” del profe enrollado o, en este caso, del monitor guaperas-, les decía que había escrito un libro y que pronto saldría publicado, les decía el título, pero no me acuerdo de él. Y yo salí con que escribía poesía, cosa que no era verdad.
—¿En serio? —me preguntó.
—Claro. Y todos dicen que soy muy buena —mentí con toda naturalidad.
Era ya casi la hora de acostarnos, por eso cuando me dijo que quería ver algo de lo que escribía no sonó raro que le dijera que se lo enseñaría a la mañana siguiente.
Me pasé la noche pensando en qué le iba a mostrar y, antes de las seis de mañana, me puse a escribir poesías como si eso formara parte de mi rutina diaria. Era fácil, la cosa estaba en escribir frases cortas cambiando de línea. Métrica libre, estaba claro; y temática críptica, así me daba un aire misterioso e interesante, además de adulto, por supuesto.
Se leyó con atención los tres folios que conseguí prepararle, como si le interesara de verdad. Y empezamos a hablar todos los días y a casi todas las horas. Él tenía la edad de mis hermanos y, a diferencia de éstos, no sólo no me alejaba de su lado sino que parecía disfrutar de mi presencia sin necesidad de hacerme sentir… “eso que llegó un día para dar la lata”. Y no me trataba como si fuera una niña, me escuchaba con atención y me respondía como si fuera su igual.

Hacía mucho calor. Éramos cuatro en el dormitorio y yo dormía en una de las literas de arriba. Unas braguitas y una camiseta de hombreras. Hacía calor y dormía, por eso estaba desarropada y no me preocupaba que la camiseta estuviera arrugada y demasiado subida.
No me asustó sentir su caricia en mi cara. Sonreí sabiendo que era él aun antes de abrir los ojos. Se llevó el dedo a la boca para indicarme que no hiciera ruido. Volví a sonreír y obtuve como respuesta el roce de sus labios en los míos. Era mi primer beso. Me dije que tenía que atesorar ese momento. Me acarició el hombro hasta llegar a la mano. Se entretuvo en mi cadera, retomó el brazo y regresó con su caricia de nuevo hasta mi hombro haciendo un breve alto en mi pecho descubierto. Volvió a besarme.
—Te espero en el pasillo. Espera un rato antes de salir.
¿Qué pensaba que iba a suceder? No tenía ni idea, ni siquiera me lo planteé. Fernando me estaba esperando y yo fui.
De vuelta, en mi litera, me sentí extraña. Así que era así… lo había imaginado más dulce, más tierno, más bonito. Sabía que algo no había estado bien, pero no acertaba a saber qué exactamente. No me importaba. Estaba enamorada y mi amor era correspondido.

Fueron quince días los que pasaron sin que Fernando me prestara la más mínima atención. Era como si nunca me hubiera conocido, como si me hubiera vuelto invisible. Me dije que todo tenía una explicación y me apliqué en encontrarla: era lógico, yo sólo tenía trece años, él me doblaba la edad (más aún) y era un monitor del campamento. Si se supiera lo nuestro tendríamos problemas, nadie entendería nuestra pasión. Me estaba invitando a ser prudente y sabía que yo lo entendería porque me conocía. Cuando aquello acabara, en Madrid, retomaríamos nuestra historia, en secreto por supuesto, y en cuanto yo cumpliera los dieciocho años viviríamos felices. Fueron quince días muy largos y tristes en los que vi pero no entendí, o no quise entender.
Habíamos regresado. La estación era un revuelo de niñas, y no tan niñas, cambiando direcciones, abrazos y consignas absurdas que despertaban sus risas nerviosas. Fernando estaba rodeado de sus favoritas, repartía tarjetas de visita con su nombre y dirección.
—No. No me deis papelitos, si me escribís yo os respondo, pero entended que no puedo llevar una mochila cargada de direcciones; yo soy uno, vosotras muchas.
Me planté frente a él y me alargó una de las tarjetas con la misma indiferencia con la que se las entregaba a las demás.
Mis padres me estaban esperando. Salí de aquel círculo y perdí a Fernando de vista.

Sí, le escribí. Esperé dos meses sin recibir respuesta. Sí, volví a escribirle. Espere. No, no volví a escribirle nunca más.

Algo había estado mal, estaba segura. Quería hablar con alguien de lo sucedido, necesitaba que me explicaran qué había pasado, pero… ¿a quién le podía contar aquello? Mis padres o mis hermanos estaban descartados, eso era seguro.
Mis padres o mis hermanos estaban descartados… Me lo repetí un millón de veces y me pregunté si sabía lo que eso significaba. Y encontré un significado: lo que había hecho era vergonzoso, muy vergonzoso. Me había comportado como una… sí, me atreví a decírmelo, como una puta con todas las letras. Tenía lo que me merecía, no me había hecho respetar y por eso Fernando me ignoraba y no quería saber nada de mí.
No podía contárselo a nadie. Había sido una imbécil, una tonta, me había dejado seducir y la culpa era mía, sólo mía. Tan mayor como quería ser… ¿por qué salí a aquel pasillo?, ¿por qué le seguí?, ¿por qué no dije “no”?

Me convertí en una hija dócil y mis padres se felicitaron por la sabia decisión que habían tomado enviándome a aquel campamento. Mi vida continuó en una mezcla que se debatía entre el escepticismo y la búsqueda de una perfección redentora. Desconfiaba de los hombres en general y de los que mostraban algún interés por mí en particular.
Hasta que mi prima Adela cumplió trece años.
Lo estábamos celebrando en su casa, sus padres se quejaban ante los míos de su repentina rebeldía. Me detuve a observarla; estuve un rato hablando con ella, escuchándola: quería vivir como si tuviera treinta años y estaba hasta las narices de que la trataran como si tuviera ocho. No era más que una niña atrapada en un cuerpo rebosante de hormonas en movimiento y deseosa de encontrar sus límites. Era tan vulnerable… No era más que una niña.

Obedeciendo un instinto la abracé y comprendí qué había estado mal en aquel verano. Alguien merecía vivir con la marca de la vergüenza. Ese alguien no era yo.

concursoderelatos
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  • 21 de Junio de 2012 a las 18:56
concursoderelatos
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  • 21 de Junio de 2012 a las 19:17

En un país llamado Sinvernalia

Esto que os voy a relatar sucedió no hace mucho y puede que aún suceda, en un pequeño país llamado Sinvernalia. No era un lugar especial. Se parecía a otros muchos países, ni pequeños, ni grandes en el que vivían personas con los mismos problemas y preocupaciones que el resto del mundo.

Juanón Jetón, vivía en la capital del Reino. Era un hombre discreto, con una vida discreta y un trabajo de gran responsabilidad. O eso pensaban todos sus conciudadanos. Sus colegas de la Oficina sí sabían bien cuál era la vida y costumbres de Juanón. Bastante parecidas a las suyas propias, por otra parte. Vivían felices. Cobraban un buen sueldo, eran recibidos al estilo VIP en cualquier parte y tomaban decisiones que podían elevar o hundir a otros ciudadanos. Se sentían poderosos. Pero ellos sabían muy bien lo que hacían. Para eso habían estudiado mucho y también (por qué no reconocerlo) tenían muy buenas relaciones. Jetón era el más de lo más.

Pascual Simplón también era un hombre importante. No estaba muy seguro de saber por qué lo era y cómo había llegado a donde había llegado. Como no fuera porque su suegro tenía negocios con personas importantes que no deseaban dar la cara. !En fin! El lo que sabía es que formaba parte de la Junta Directiva de una empresa estatal y cobraba muy bien, aunque no tenía ni idea de a lo que se dedicaba exactamente.

Pepón Listillo se había prometido a sí mismo que iba a llegar a lo más alto. Le costara lo que le costara. Lo había intentado varias veces sin ningún éxito, pero era uno de esos hombres que vuelven y vuelven a por lo que quieren, aunque les salgan chinchones de tanto golpearse en la cabeza. Todos los que le conocían pensaban de él que era un hombre insignificante, sin ningún carisma, ni especial simpatía o gancho. Y además así, a simple vista, no parecía ser demasiado brillante intelectualmente. ¿Quién le apoya? se preguntaba la gente que le rodeaba. ¿Por qué está ahí siempre en primera fila? Que si era la Banca, o el Jefazo, o su hermano, que invertía los beneficios de todos los ricos del País.

El, lo que si era es voluntarioso. Era como un martillo pilón. Daba y daba y hacía críticas terribles de sus competidores. Así que acabó consiguiendo lo que quería y además con creces. Para sorpresa suya y de todos los demás. Claro que necesitó ayudas varias. De esas cosas no se habla, así que perdonen. Tampoco se habla cuando uno no quiere, o no sabe qué decir, o no quiere decir digo para luego no tener que aclarar que dónde dije digo, quería decir Diego. Era un especialista en esa materia: hablar y hablar y no decir nada. Contestar a las preguntas con respuestas ambiguas, que no aclaraban nada, incluso que sabía perfectamente que eran mentira. Pero el fin justifica los medios. Y el fin era muy, pero que* muy bueno... para él.

Lo que pasa es que las cosas estaban peor de lo que él pensaba, o ya lo sabía pero le había parecido que podría sacar el dedo de señalar y arreglarlo todo en un Pis Pas.

Los ciudadanos primero se preocuparon un poco, pero como vivían bien, procuraron no escuchar los primeros avisos y luego la alarma y al final la agonía del desastre. Estaban entretenidos con las Carreras de saltamontes y el Mundial de cantos canoros. Para cuando quisieron hacer algo era demasiado tarde. En estas, las noticias de servidores del pueblo que se servían ellos primero y luego a sus familiares y amigos y después a aquellos a los que decían servir, se hicieron tan frecuentes, que llegó un momento en que todos ellos parecían más la banda de Alí Babá (recuerden que esto es un cuento y que todo parecido con la realidad es pura coincidencia) que buenas gentes salidas del pueblo para servirlo.

Total un desastre. Los paisanos se habían pasado gastando, en viviendas y cosas de esas que dicen los papeles, donde se anotó lo que era y no era justo para la buena marcha del País, que era un derecho. Y a los bancos, a fuerza de dar créditos se les empezó a acabar el dinero. Y esto puso* muy nervioso a todo el mundo, porque, si ellos no tienen dinero ¿quién va a tenerlo? Y a propósito: si hace un par de años todos vivíamos tan bien y eso ¿dónde ha ido a parar todo el dinero, que parecía ser muchísimo? ¿Alguien, en un ataque de locura, lo habrá quemado, o regalado, o tirado, o estará todo en Suiza y las Islas Caimán? A mí que me registren. En mi vida he tenido un duro. Más o menos como la mayor parte de los sinvernalienses. ¿Cómo —se preguntaban unos a otros consternados— hemos podido llegar a esto?

Entonces todo el mundo se puso nervioso. Los diarios voceros empezaron a hablar de cosas que, hasta entonces, eran secretas, secretísimas. El primo hermano del Mandón, que había resultado un pillo de primera y su amante, sobrina del suegro del Mandón, o sea, prima también pero política (perdón, no está bien decir esa palabra, que está mal vista), que parecía una mosquita muerta y resultó ser una pájara de cuidado.

En las altas esferas se cocían pucheros en fuegos de artificio. Por aquí y por allá (sí, como por arte de magia) aquel país estaba en la ruina. No había dinero ni para palillos. El pueblo caminaba por la calle con la cara colorada y como si padeciera de almorranas (perdón por la ordinariez) de tanto apretarse el cinturón. Ellos, ¡ay! ellos miraban a otro lado rodando un pulgar sobre otro y llamándose los unos a los otros por el móvil. Fueron días de móviles largos, bueno conferencias largas (quedaba muy bien) ¡Qué pena! qué sufrimiento el de esas pobres personas. ¿Qué iba a pasar con su dinero? Con lo que les había costado robarlo... err... digo ganarlo. Andaban revueltos, pero de puntillas. Porque pronto los sinvernalienses se dieron cuenta de que no era uno, ni dos, ni tres... sino muchos más, tantos que daba vergüenza solo pensarlo.

Cuando el Mandón se fue a Rinconalia, en viaje de trabajo y dijo a la prensa que todo iba bien y que se las arreglaban muy bien ellos solos, los paisanos se miraron a los ojos unos a otros. ¿Qué decía? con veinticinco parados y siete empresas en la ruina. Teniendo que empujar la camilla en los hospitales, cuando ibas a urgencias. Necesitando que tus familiares midieran, uno los minutos contando hasta sesenta y otro diciendo, con voz cavernosa: pom, pom, pom... porque no había monitores cardíacos.

Luego vino lo de Juanón Jetón. Aquello fue rizar el rizo. Un escándalo en toda regla. Aunque el Minimandón del ramo dijo que no era para tanto, y sus colegas comentaron que eso era lo normal (de que ellos también lo hacían no dijeron nada, no sea que el ojo del G ran Hermano, se volviera para mirarles a ellos). Cuando Jetón vio que nadie se acercaba a él a dorarle la píldora y huían cuando se aproximaba a la bandeja de los canapés, en los desayunos oficiales, pensó que todos eran unos ingratos y él un incomprendido. Así que, después de mirar en su cuenta y ver que iba bien, se fue a su casa a disfrutar de la vida y del dinerito.

—No me extraña que no haya dinero para nada —pensó— nos lo hemos ganado y bien ganado unos cuantos.

El sufrido pueblo, miró todo esto con asombro y porque no decirlo, rabia e indignación. Pero era un pueblo resignado y casi aborregado y se consolaron pensando que, tal vez con esta última indignidad, toda aquella chusma que mandaba en el país acabaría dándose cuenta de que tenían escandalizado al mundo y que eran la vergüenza para quienes los veían desde dentro y fuera de Sinvernalia.

Ya sabéis, porque lo he dicho al principio, que esto solo es un cuento. Y como yo soy la creadora, voy a escribir un final a mi gusto.

Todas aquellas gentes siguieron como estaban. No era la primera vez, ni sería la última en que los mandones y minimandones y otros del mismo género, se forraban a cuenta de los ignorantes, los necesitados y la gente de orden. Tampoco era la primera vez, ni sería la última en que les hacían presing y los asfixiarían hasta estrujarlos como pasas. Y ellos no dimitirían, no devolverían el dinero, no se bajarían los sueldos, no prescindirían de los coches oficiales y otras prebendas. Sin vergüenza, sin sentir ningún sonrojo por la calidad de su trabajo y la desfachatez de su aptitud.

Ya digo, sin vergüenza... ¡sinvergüenzas!

Nota de la autora: Que quede claro, como ya he dicho, que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, lo prometo, lo aseguro, lo juro...

concursoderelatos
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  • 24 de Junio de 2012 a las 2:50
PASEO POR LA PLAYA

An era temprano y decid ir a correr por la arena fresca de la playa antes de que el sol se situara en lo ms alto.
Me vest con una camiseta y unos shorts, y encima de estos, mis pantalones de verano favoritos.
Me gustan mucho porque llegan justo por debajo de la rodilla, mostrando mis gemelos bien formados, y a los lados caen graciosamente unas cintas azules, del mismo color del pantaln.
Pens que ya me los quitara cuando llegase al parking de la playa. No me gusta sentarme en el asiento del conductor en pantaln corto, pues se me clava la tapicera en las piernas, dejndome despus unos dibujos extraos bajo los glteos, adems de unas rojeces que pican.
Me sent en mi descapotable y tras un par de atascos por el bulevar y varios semforos en los que no dej de ver extranjeros colorados como gambas cocidas y nios con cara llena de helado, llegu al parking.
Abr la puerta del vehculo y al intentar salir de l, mi pie derecho haba pis la cinta del pantaln de la pernera izquierda, con lo que mi cara sali antes que mi cuerpo y gracias a mis manos no se estamp contra el asfalto.
En esa postura, con las piernas bajo el volante y mi cara a ras del suelo del parking, busqu bajo la portezuela sntomas de estar solo en la zona.
No haba piernas por all debajo, ni ruidos cercanos, as que pens que nadie haba visto mi torpeza.
Me arrastr como pude, colocando todo mi cuerpo, hasta conseguir erguirme y volv a mirar a mi alrededor.
Un grupo de chicos y chicas, de unos quince aos, se hallaban sentados en un banco cercano bebiendo cerveza y fumando.
No parecieron reparar en m, as que supuse que no me haban visto caer de bruces saliendo de mi descapotable con mi pantaln de cintas.
Las palmas de las manos me escocan pues el suelo me las haba araado.
Me acerqu al maletero en busca de la bolsa de deporte para quitarme los pantalones. Entonces fue cuando me di cuenta de que haba estacionado la parte trasera demasiado cerca de una farola, pero pens que el maletero abrira.
Ingenuidad la ma y sorpresa al ver que no era as.
La puerta del maletero, se me escurri de las manos y sali disparada hacia arriba. Y tras golpearme con energa en la mandbula, se qued atascada contra el hierro de la farola.
Volv a mirar hacia el banco donde estaban los chicos y nada… seguan sin reparar en m.
Sin poder cerrar el maletero, volv a entrar en el coche para moverlo un poco hacia adelante; no sin antes mirarme en el espejo del parasol la barbilla. Me haba quedado una pequea rojez en el mentn, pero no era importante.
Al salir, tuve ms cuidado de no volver a pisarme el pantaln.
Consegu salir sin percances. Me quit el pantaln, cerr el vehculo y me dispuse a correr hacia la playa.
Los chicos ya no se encontraban en el banco y tampoco vi hacia donde haban ido.
En la playa de mi pueblo, una lnea de piedra de aproximadamente medio metro de altura, separa la arena del paseo; decid saltarla por encima para llegar antes, con tan mala suerte, que tropec y volv a caer, esta vez, estampando mi carita de nio guapo sobre la arena.
Mis piernas, quedaron totalmente estiradas sobre la piedra, mientras el resto de mi cuerpo, a medio metro por debajo, era engullido por la arena de la playa.
Entonces s o un montn de carcajadas llorosas y muy jvenes tras de m que se burlaban y decan cosas como:
“yupi tonto… vete a casa!”
“est buena la arena?”
“… y eso que ahora vas en pantaln corto…”
Me cost levantarme y volver a una postura ms o menos normal, y tras escupir la arena que me haba entrado en la boca, volv hasta el coche, sin hacer caso a los chicos que seguan regalndome todo tipo de lindezas entre risotadas y me fui avergonzado a casa.
Esa fue la ltima vez que sal a hacer footing por la playa.
concursoderelatos
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  • 25 de Junio de 2012 a las 10:05
Las sombras…
concursoderelatos
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  • 25 de Junio de 2012 a las 19:32
En el parque

No puedo parar de preguntarme si el haber conocido lo que nos deparaba el destino hubiese cambiado las cosas. La idea sacude mi interior como una vibracin csmica, como si todas las estrellas se hubiesen puesto de acuerdo.

Me lo pregunto continuamente, acompaando las lgrimas contenidas y la tristeza encarcelada en lo que antes haban sido mis ojos, con esta idea que tortura mi alma con la culpabilidad.

No s porque no puedo dejar de pensar en ello. Quiz el motivo es esta tristeza tan grande, que se zafa con fuerza en mi alma como esa mscara profilctica que trae el miedo al corazn del hombre.

Y es este el pavor que me invade, el pensar que no he sido digno, que fui un cobarde y no te proteg.
concursoderelatos
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  • 27 de Junio de 2012 a las 17:10
¿Donde está el botón de enviar?
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  • 27 de Junio de 2012 a las 17:11


concursoderelatos
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  • 27 de Junio de 2012 a las 17:13
El hilo está quedando precioso
concursoderelatos
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  • 27 de Junio de 2012 a las 17:15
Ahora no se pueden leer los relatos. ¡¡¡Bravo Bubok!!!
concursoderelatos
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  • 27 de Junio de 2012 a las 17:56

Noelia

Subir en bicicleta a la aldea no era fácil, además de cuesta arriba, en el último tramo la carretera era estrecha y sinuosa, pero yo sabía que el esfuerzo de la subida tenía su compensación al regreso, cuando la abuela, después de besarme, me metía cien pesetas en el bolsillo. A veces el abuelo me despedía levantando una mano desde la puerta de la cuadra; me vía montar en la bici y lanzarme cuesta abajo a toda velocidad y rezongaba: Verás que hostia se va a dar cualquier día. La abuela me lo chivó.

La aldea, que apenas tenía tres docenas de vecinos, asciende por la falda de una pequeña colina hasta la iglesia, que está situada en lo más alto, a la sombra de un tejo varias veces centenario. A veinte kilómetros, río abajo, se extiende el núcleo urbano donde yo vivía con mis padres. Me llamo Abel, entonces tenía trece años y desde el principio del verano iba a ver a mis abuelos los sábados por la tarde. Un sábado que bajaba a toda velocidad porque mis amigos me esperaban para jugar al fútbol, el vaticinio de mi abuelo se cumplió.
Era la hora de la siesta y los termómetros marcaban veintiocho grados a la sombra; el aire caliente que me azotaba el pecho y la cara, me traía los olores del bosque y de la hierba recién segada. Poco tráfico a aquella hora. Conocía la carretera de memoria y, como tenía prisa, me fui confiando y aflojando el freno.
Lo que no pude prever es que la lluvia, que había caído unas horas antes, había formado un reguero que cruzó la carretera a la entrada de una curva, dejando un rastro de arena y piedras. Al alcanzarlo, la bici derrapó y, tras hacer unas cuantas eses, tuve la mala suerte de toparme con una chica que venía por la orilla con una bolsa en la mano. La encontré en medio de la curva, cuando toda mi atención se concentraba en el intento de no perder el equilibrio y por querer esquivarla, fui a aterrizar en el fango de la cuneta.
Ella empezó a dar ayes.
-¡Ay madre! ¡Ay, ay, ay!
Echó las manos a la cabeza y, dejando la bolsa en el suelo, acudió en mi auxilio.
-¿Te has roto algo? –preguntó con cara de susto.
Me sacudí con rabia el barro que chorreaba de mis bermudas gruñendo algo para mis adentros y después la miré. Me pareció guapa, quiero decir, muy guapa Aparentaba dieciséis años, era morena, de pelo largo y ojos negros que en aquel momento, mientras me tendía la mano para ayudarme a salir de la cuneta, me parecían enormes.
A pesar de que me había puesto colorado, quise hacerme el duro:
-¿Por qué no subes por el otro lado de la carretera? –le espeté.
-¿Qué dices? ¿Me estás echando a mí la culpa de tu caída? –protestó ella.
-Pues ¿a quién si no?
-¡Anda, que morro tiene el tío! Pero si ya venías tambaleándote. Además, ¿no sabes que en carretera los peatones circulan por la izquierda?
-Esa norma aquí no vale una mierda.
-¿Por qué no vale?
-Porque no tía, porque esta es una carretera muy estrecha, con curvas muy cerradas y si viene un coche, antes de que pueda verte ya te llevó por delante. Aquí lo que hay que ir siempre es por donde te vean bien y pasar del tema de la izquierda y la derecha, que pareces tonta.
-Pero tú no eres un coche y, además, yo no tuve nada que ver con tu caída. Te caíste tú solito, majo, y... mírate, estás sangrando por una rodilla. Hay que lavar esa herida y ponerle una tirita o algo.
Yo me miré la rodilla. Un hilo de sangre me bajaba por la pierna.
-Déjala, ya parará de sangrar –refunfuñé.
-¿Cómo que déjala? ¿Quieres desangrarte? Mi casa está cerca. Ven conmigo y te pongo una venda.
-Gracias, pero tengo un poco de prisa. Me esperan para un partido de fútbol.
-¿Has visto como está la bici?
A la bici se le habían roto algunos radios de la rueda delantera y ésta rozaba en la horquilla. Por otra parte, mi rodilla no paraba de sangrar, así que no tuve más remedio que acompañar a la chica a su casa, para que me vendase la herida.
-Yo me llamo Noelia, ¿Y tú?
- Abel.
-A lo mejor conozco a tu madre, ¿cómo se llama?
-Irene.
-¿Irene? Entonces tú... ¿eres el nieto de Rosaura?
-Sí, ¿la conoces?
-Mi madre le hizo vestidos a tu abuela, es modista.
Tomamos un desvío a la izquierda, un camino empinado que discurría casi en su totalidad bajo las sombras de los castaños. A medida que avanzábamos, yo iba aminorando el paso y por dos o tres veces tuve la tentación de darme la vuelta.
-¿Qué pasa, tienes miedo? –inquirió Noelia.
-¿Miedo, de qué? Es la bici que rueda muy mal y la llevo casi arrastras.
La casa de Noelia era la primera del pueblo; se alzaba dentro de una finca, rodeada de árboles frutales en su mayoría manzanos. Entre los árboles había un huerto y delante de la casa un diminuto jardín con rosales y otras plantas, incluidas unas macetas de geranios.
No había nadie en casa. Después de llamar a gritos a sus padres sin obtener respuesta, Noelia me señaló la puerta del cuarto de baño y me dijo:
-Quítate el pantalón y lávate, ahí dentro.
Yo me encerré en el baño, que olía a perfume femenino, pero al minuto Noelia llamó a la puerta con los nudillos.
-¿Qué quieres?
-Los pantalones.
-¿Para qué?
-¿Para qué? Tendré que limpiártelos un poco, digo yo.
-Ya los limpio yo.
-Déjate de tonterías y dámelos.
Tuve que dárselos. Saqué un brazo por la puerta entreabierta con los bermudas colgando de la mano, mientras me parecía ver la sonrisa burlona de Noelia.
Tres minutos después:
-¡Abel! ¡Sal, que te cure la herida, tío!
De nuevo asomé el brazo por la rendija de la puerta.
-Dame los pantalones.
-Están mojados. Los estoy secando con el secador del pelo, pero hay que esperar un poco. Ven que te cure la rodilla mientras tanto.
-De eso nada, monada; yo sin los pantalones no salgo. ¿Quieres que lleguen tus padres y me pillen en calzoncillos?
-¿Qué tiene de malo que te pillen en calzoncillos? Les contamos lo que pasó y ya está.
-Que no, que no salgo así.
-Bueno, allá tú. Esperaremos a ver si se secan un poco más.
Un minuto:
-¡Abel!
-Sí. ¿Ya están?
- Todavía no. Es que necesito entrar urgentemente.
-Pues dámelos como estén.
-No puedo esperar. Sal un minuto, por favor, que me meo.
Salí, colorado como un tomate, con una mano en la rodilla, intentando contener la hemorragia con un gurullo de papel higiénico. Ella miró de refilón mis calzoncillos, estampados con dibujos de chimpancés. Sonrió. Me cogió con fuerza del brazo y me llevó casi arrastras hasta una silla donde me obligó a sentarme, luego fue a un armario y volvió con vendas y frascos de alcohol yodado y agua oxigenada.
-¿Tú no decías que te estabas meando?
-Se me quitaron las ganas.
-Tramposa.
Noelia se arrodilló delante de mí para lavarme la herida. Sin apartar los ojos de mi rodilla dijo, aguantando la risa:
-Tus calzoncillos son una monada.
¡Me dolió el comentario!; pero enseguida las cosas fueron a peor: Por la posición de Noelia, yo tenía su escote al alcance de mis ojos y las dos peras en dulce que eran sus pechos, atrayendo mi mirada como dos imanes y, para mayor tortura, sus manos de seda me hacían cosquillas en la rodilla. Mi corazón se aceleró, los chimpancés se agitaron y donde había un valle creció un montículo con un mono encaramado en la cumbre; de nada sirvió que yo intentara fijar la mirada en un maniquí que había cerca de la ventana, el mono seguía haciendo equilibrios en la cima de la colina. Y entonces ocurrió algo terrible: Noelia fijó la venda en la rodilla con esparadrapo, alzó la cabeza y observé perplejo que se había puesto pálida. Yo pensé que tampoco era para tanto, ¡ponerse así por una simple erección! Se incorporó despacio, diciendo que iba a por mis bermudas y de pronto se desplomó y cayó muerta, tendida tan larga como era en medio de la estancia. A mi me entró pánico y al intentar ponerme los bermudas metí los dos pies por el mismo sitio, los saqué, dejé los pantalones en el suelo y corrí a comprobar si Noelia respiraba Estaba tomándole el pulso cuando irrumpieron en la sala un hombre y una mujer, luego supe que eran sus padres. Les miré asustado y por unos instantes me consideré hombre muerto, digo, niño muerto.
La mujer, es decir, la madre, se acercó a ella, le dio dos bofetadas no muy fuertes y la zarandeó un poco, Noelia abrió los ojos, se levantó y se sentó en una silla con la ayuda de su madre.
-¿Qué les pasó a tus pantalones –oí que me decía el hombre, en un tono que me pareció muy poco amistoso.
-Es que me caí de la bici –balbucee yo, mientras intentaba de nuevo ponerme los bermudas.
-¿Cómo dices?
Yo me debatía entre el pánico y la vergüenza de verme en calzoncillos, en una casa extraña, delante de tres personas a las que no conocía.
Noelia contestó por mí:
-Se cayó a la cuneta, por no chocar conmigo, y los llenó de barro. Le dije que se los quitara para limpiárselos un poco y de paso curarle la herida que se hizo en la rodilla.
-Yo a ti te conozco. ¿Tú no eres el nieto de Rosaura?, –dijo la madre de Noelia. Yo asentí. –Recuerdo haberte visto en casa de tu abuela. No te asustes por lo de Noelia, no fue nada; es sólo que cuando está mala, o si hace mucho calor, le baja la presión arterial y a veces le dan mareos.

Cinco años después, cuando empezó a salir conmigo, Noelia me regaló por San Valentín unos calzoncillos con dibujos de elefantes.
-Quería que tuvieran chimpancés –me dijo-, pero no los encontré.


concursoderelatos
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  • 28 de Junio de 2012 a las 16:29
En el parque

No puedo parar de preguntarme si el haber conocido lo que nos deparaba el destino hubiese cambiado las cosas. La idea sacude mi interior como una vibracin csmica, como si todas las estrellas se hubiesen puesto de acuerdo.

Me lo pregunto continuamente, acompaando las lgrimas contenidas y la tristeza encarcelada en lo que antes haban sido mis ojos, con esta idea que tortura mi alma con la culpabilidad.

No s porque no puedo dejar de pensar en ello. Quiz el motivo es esta tristeza tan grande, que se zafa con fuerza en mi alma como esa mscara profilctica que trae el miedo al corazn del hombre.

Y es este el pavor que me invade, el pensar que no he sido digno, que fui un cobarde y no te proteg.

Dej que te fueras, te perd para siempre.

Por eso me pregunto a cada instante si todo hubiese sido distinto al conocer prematuramente el eplogo de mi vida. Pues, si hubiera sabido de mi destino, es posible que hubiese actuado mejor, con ms coraje, con ms valenta? Como un guerrero que recobra todo su valor al conocer su fin.

Sera posible eso? Abandonar todos los miedos, ahuyentar los demonios, erradicar las lgrimas fras, vencer la cobarda… Ay! Mi vida, mi amor, si hubiese sido solo un poco ms valiente! Dnde ests ahora? Te he perdido para siempre? Ya te has ido, te has marchado sin que nos despidiramos?

Todo fue demasiado rpido, y yo fui demasiado lento, como un triste sauce a orillas del ro de un mundo siempre cambiante.

Ni cuando nos encontrbamos en ese sendero tan poco frecuentado os saludarte. Te acuerdas de ese caminito que serpenteaba por el bosque? Yo me acuerdo a cada instante. Pero sobre todo de tu andar discreto y sencillo, de tu forma de vestir tan elegante y de tus trenzas tan divertidas y alegres.

Ay cmo me acuerdo! No puedo pensar en nada ms! Tu figura ha quedado grabada para siempre en mi memoria, perfilada discretamente entre esa penumbra de los rboles, en ese sendero que solo t y yo conocamos…

Y yo pensaba que si fuese solo un poco ms valiente y quiz ms guapo me acercara a ti y te dira que cada maana me levanto solo para poderte encontrar en nuestro camino secreto. Que cada maana me despierto por ti, con ganas de que sea la hora para salir y encontrarte en nuestro caminito… Pero entonces llega el momento y siempre me freno. La vergenza aplaca mis agallas, las inseguridades bloquean mi mente.

Detrs de ti te admiro y te sigo. Pienso entonces que nunca te fijars en m, que nunca sabrs que me levanto cada maana solo para encontrarte en nuestro camino hacia el parque…

Entonces llegamos, t te sientas en un banco y yo en el que est frente a ti. Abres los brazos, ladeas la cabeza, tu mirada vuela entre el espeso follaje. Los sueos despegan pero ni te imaginas que llevo mi mejor ropa solo para ti. Que me he peinado y arreglado un buen rato para poder gustarte. Y que antes de salir, cada maana, frente al espejo pronuncio palabras subyugadas al deseo de amarte.

Pero no tengo valor!

Y entonces yo me pregunto porqu no me muevo, porqu no tengo el coraje de levantarme y preguntarte cmo te llamas, de dnde vienes y decirte que me muero por ti.

Qu poca cosa que soy…!

Liberas un bostezo y la luz perezosa empieza a renacer. La maana asciende ante nuestros ojos, tu pelo brilla con el poder del alba, mis pupilas se inundan con tu imagen.

No puedo dejar de mirarte, mi vello se eriza, mis pupilas se dilatan y el corazn me golpea bajo el pecho. Entonces me miras, yo aparto la vista, suspiro y se me corta el aliento. Me hago pequeo, las distancias se alargan, todo est muy lejos y me pongo a temblar.

Y as pasan las maanas, de lunes a viernes, cada da igual. Te sigo por el caminito, te acompao al parque, luego te marchas al instituto y yo solo deseo que llegue maana para volverte a ver.

A veces te sigo un buen rato queriendo decirte cunto te amo. Te sigo y persigo hasta la entrada pero all me quedo mirndote. Los muros se ensanchan, se hacen ms altos y yo me vuelvo de regreso al parque. Miro la hora, se hace tarde, tengo que correr, las clases ya empiezan.

No puedo dejar de pensar en ti, sobre el pupitre veo tu imagen e imagino mil historias.

Fluye el da con lentitud. Las horas solitarias acechan con reticencia la llegada de la noche. Lnguida como un gusano llega a mi corazn, pero yo me descubro pensndote e imaginando tu rostro al dormir… Entonces el sueo me invade, caigo rendido para levantarme de nuevo por la maana.

Y el primer pensamiento que asalta mi cabeza es volver a encontrarte en el banco del parque. Me voy al bao, me arreglo con entusiasmo pensando en estar ms guapo. Quiero gustarte, que te fijes en m, poder ser valiente y al menos saludarte. Cojo la mochila, salgo corriendo y llego por fin al caminito del parque.

All no hay nadie, la maana an es oscura y los rboles se agitan con las primeras brisas. Se me borra la sonrisa, los nimos caen, siento el siseo del viento a mi espalda.

Entonces te escucho, oigo tus pisadas, s que te acercas con un ramo de flores entre tus manos. Me giro nervioso y te veo sonriendo, con las flores en tu pecho y aparto la vista. Entonces me pregunto quin te las ha dado y porqu no he sido yo.

Pasas por mi lado, me miras de reojo. El viento calla, todo est en silencio. Te quedas parada un rato mirndome y yo me estremezco, quiero abrazarte.

Oigo un suspiro, vuelves a andar y yo te sigo de cerca. Llegamos al parque y te quedas parada frente al banco que tantas maanas ha compartido tu soledad. Entonces ocurre, no puedo sentarme, me acerco a ti y mis labios pronuncian las palabras.

T te giras muy sorprendida con tu boquita liberando el aliento contenido, aguantando una respuesta y con los ojos muy abiertos.

Supongo que pensars que soy un tonto. Qu chico ms iluso!

Un pensamiento se cruza en mi cabeza como un rayo, como la seduccin del trueno, y entonces quiero morirme.

Pero se apaga el fuego y el tiempo se para. Te acercas diciendo que no me conoces pero que cada noche me echas de menos. Que cuando caminas por ese sendero solo deseas girarte y verme. Por eso cada maana coges flores y haces un ramo. Quieres regalarme tu deseo ms preciado.

El atrevimiento rompe las barreras de la vergenza, libera mi vida por un instante. Yo me acerco un poco ms. Ya puedo tocarte y alargo el brazo sin pensar. Nuestras manos coinciden casi sin darnos cuenta y, al invadir tu tacto mis sentidos, tiemblo como una frgil hoja. Es una sensacin inaudita, como si despertara de un eterno letargo, como si el mundo arrancase su movimiento por primera vez en un universo infinito.

Ninguna sensacin mundana podra parecerse. Tu calidez es nica. La suavidad de tu palma, un cuento prohibido. El abrazo de tus dedos, la salvacin revelada.

Tu rostro me mira, tus ojos me transmiten paz y serenidad. Siento que algo culmina, miramos las flores y nuestras sonrisas se iluminan con complicidad. Entonces hay un destello, un da especial se enciende en el cielo y mi vida cambia.

Ese seis de agosto despierta con fuego y la pasin de nuestros cuerpos nos invita a abrazarnos. Uno junto al otro, por fin llega el momento. Pronuncio las palabras, te digo que te quiero. Acaricias mi rostro, cierro los ojos, todo es oscuro.

Entonces me muevo con valenta, te abrazo deseando tu cuerpo y una de mis manos lo recorre hasta llegar a tu rostro.

Abro los ojos, quiero verte, pero todo es oscuro. Qu ha pasado? Me siento perdido y empiezo a temblar. Pero tus manos me calman y me dices que no tenga miedo.

En la oscuridad tiento tus mejillas en busca de un beso, pero t te adelantas. Siento tus labios, tambin tu saliva y saboreo el significado de la dulzura. Me dices que me quieres y no s porqu yo empiezo a llorar.

El olor de tus flores invade mis fosas nasales, tu voz celestial llena de alegra mis odos, el tacto de tu piel inunda mis poros, tus ojos verdes claros y tu rostro rosado ocupan toda mi ofuscada vista y tus labios llenan de sabores mi boca.

Yo no me muevo, me has regalado el momento ms maravilloso de toda mi vida. A ti estoy entregado y yo tambin quiero darte algo.

Lo que no saba entonces es que yo te regalaba el ltimo beso, el ltimo soplo de mi corazn.

Porque luego… luego lleg el fuego y lo ltimo que vi fue Hiroshima ardiendo.

Y ahora yo tambin me quemo con las llamas de la culpabilidad, de la tristeza y del odio. Todo ha terminado, me estoy perdiendo. S que nunca ms te podr ver y que fui un estpido y un cobarde.

Mi amor, mi amor… Puedes escucharme? Lo siento, lo siento mucho amor mo, te amar hasta el fin.

concursoderelatos
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  • 28 de Junio de 2012 a las 16:29
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concursoderelatos
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  • 28 de Junio de 2012 a las 16:36
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oterocouto
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  • 29 de Junio de 2012 a las 14:37

Podéis visualizar el contenido íntegro de los relatos en el siguiente enlace:

http://www.bubok.es/libros/215295/Concurso-Bisemanal-de-relatos-Bubok--85-edicion-LA-VERGUENZA

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Autor: aitorzarate

   

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