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DanielTurambar
Mensajes: 5.100
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008

XCII Edición: Tabú (hilo para relatos)

5 de Noviembre de 2012 a las 22:04

He ahí el tema: Tabú, lo prohibido.


Supongo que no habrá mucha duda, pero ante la susodicha me mandáis un privado.

Los relatos de entre 200 y 1.700 palabras aquí, con el usuario del concurso, hasta el jueves 15 de noviembre de 2012 a las 22 horas de Madrid (inaplazable).

Comentarios en hilo siguiente:
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 5 de Noviembre de 2012 a las 22:35
CONFESIN


Me sent a la mesa camilla con algo de recelo an. La silla era cmoda, con brazos a los lados, imitando un silln de lectura, pero con el respaldo algo ms perpendicular al suelo.


Luisa me haba dicho que aquella mujer era buena realizando su trabajo en infinidad de ocasiones, aunque yo necesitaba comprobarlo por m mismo y albergaba la esperanza de que no fuese as para poder quitarle la razn al menos una vez en la vida. Tras varias negativas por mi parte, haba accedido a visitarla; a pesar de mi incredulidad ante estos temas.


La mesa, estaba tapada por un gran velo negro ribeteado con puntilla del mismo color, que trasluca la vieja madera de la que haba sido fabricada. Me pregunt si la carcoma estara viviendo all dentro y saqu las piernas de debajo de la misma, retirando la silla hacia atrs y posando mis codos sobre ella. Una baraja de cartas gigantescas, permaneca boca abajo esperando ser utilizadas por quien supiese hacerlo; un incensario y una bolsita oscura cerrada con un cordel, terminaban de formar el conjunto de herramientas de la pitonisa.


El aroma a sndalo y la quietud de la estancia, ayudaron enormemente a que mi serenidad regresara y se calmaran los latidos de mi corazn.


En las paredes, docenas de estampas de todos los santos y vrgenes, se aglutinaban con otras tantas figuras de todos los tamaos, realizadas en diferentes materiales. Una de aquellas figuras, me llam mucho la atencin. Se trataba de una imagen tallada en madera negra sin pintar, con dos cuernos retorcidos a ambos lados de la cabeza y piernas acabadas en pezuas. Los brazos de aquella representacin, se cruzaban en el pecho; y junto a la posicin cabizbaja de la cabeza, daba la impresin de mostrar sumisin y respeto.


Justo cuando ca en la cuenta de que no era la nica forma diablica que all se reuna acompaando a beatos, mrtires, santos y vrgenes de todos los tamaos, colores, y materiales que puedan existir, se abri la puerta acompaada de un suave chasquido. No pude evitar dar un pequeo brinco en la silla. Entr entonces una mujer mugrienta, con coleta gris y despeinada, que miraba al suelo… o a mis zapatos… no supe distinguir muy bien hacia dnde miraba.


Me puse en pie y salud a mi anfitriona tendindole la mano. Ella la tom con las dos suyas y tir de m, susurrndome al odo: -Y ella lo sabe?-


Me dej sin palabras, por lo que no pude contestarla al momento. Cuando por fin pude hacerlo, la adivina ya estaba sentada en la silla frente a la ma y se dispona a abrir el saquito oscuro.


- A qu se refiere?- Pregunt mientras tomaba de nuevo asiento.


- T ya sabes a qu me refiero… Es demasiado joven para ti.- Y me mir de soslayo, regalndome una mueca desdentada medio sonriente y la mirada rebosante de picarda.


Dej caer el contenido del pequeo saco tras tirar del cordel, sobre la mesa, y unas pequeas piedras con smbolos dibujados en negro sobre ellas rodaron por encima del velo.


-Qu quieres saber? Las runas nos ayudarn con la respuesta.- Dijo la seora, moviendo las runas con ambas manos y sin quitarme el ojo de encima.


Cmo poda ella saberlo? Nadie lo saba. Aquella bruja era amiga de Luisa, mi mujer. Y Luisa no poda saberlo. As que me qued con la boca abierta y la mirada perdida. De hecho, pens en la probabilidad de que Luisa lo supiera y que el hacerme ir a ver a su amiga, fuese una especie de encerrona para que confesara. Pero no poda confesar. Era demasiado peligroso hablar de mi otra relacin con la primera persona que se cruzase en mi camino. Y ms cuando llevaba tantos meses ocultndoselo a todo el mundo.


-Por qu tiene usted tantas imgenes del demonio?- Escup sin pensar, en un intento de ocultar mis preocupaciones.


- Fue un ngel y un mrtir...- Profiri tras soltar un espeluznante eructo que prcticamente me salpic el flequillo. - … es tan poderoso realizando milagros como cualquiera de las otras imgenes que ves aqu. De hecho, yo dira, que es el que ms prodigios y bendiciones nos concede a los humanos.- Hizo una pausa y prosigui: - Qu te preocupa? Acaso crees que se lo contar a Luisa? No te preocupes. No dir nada.- Solt de sopetn.


- Pero qu sabe usted y por qu?- No entenda cmo poda seguir hablndome as, como si ambos hubisemos hablado del tema en infinidad de ocasiones, con total normalidad.


- S que ests enamorado de ella, y tambin s que es ilegal. Pero las leyes humanas y las divinas se contradicen en numerosas ocasiones y de nosotros depende seguir a unas u a otras. Lo importante es tener la conciencia tranquila. T la tienes Jos?- Y cruz las manos sobre la mesa esperando mi respuesta.


- S, estoy enamorado. Soy consciente de la cantidad de aos que nos separan. Pero la amo con toda mi alma. Es solo que…-


-Qu?-


- Que ella tan solo tiene trece aos.-


- Ya.- Y volvi a meter las runas en su saquito sin decir ms. Cerr de nuevo con el cordel y lo dej a un lado. Despus, dirigi su mirada a la pequea estatua de madera negra de la pared y sonri. Cuando yo mismo mir en aquella direccin, observ que los brazos de la pequea figura, estaban ahora elevados en cruz, con las palmas hacia arriba y la cabeza ensalzada, mirando al cielo.


Cuando sal de all, no poda quitarme de la cabeza aquella abominable imagen del diablo mirando al cielo con los brazos en cruz. Jams he credo en Dios, y mucho menos en brujas ni demonios, y an no sabra cmo explicar que aquel engendro tuviese vida. Tan slo quera poner en orden mis pensamientos e inventar una buena historia que contar a Luisa. Ella me preguntara por la experiencia con su amiga, la bruja, y yo no sabra qu contestarla. Cuando quise darme cuenta, haba llegado a casa, y simplemente decid que la contara algo de cuando era ms joven, que ella no supiera ya, por supuesto; o alguna prediccin inventada que luego me servira para sealar que aquella vidente no tena ni idea de predecir nada, y as matara dos pjaros de un tiro.


Cualquier cosa me habra servido, menos contarle la verdad a mi mujer. Que me haba enamorado de una de mis alumnas, que podra ser mi nieta, y que por supuesto, saba de antemano que mi amor algn da me dejara por alguien ms joven o morira antes de que ella llegase a ser realmente una mujer.


Por primera vez en los ltimos meses, sent el peso de la justicia sobre m.


Abr la puerta de casa y no hall respuesta por parte de Luisa. La encontr tirada en el suelo del bao, desnuda.


Su cuerpo arrugado estaba blanquecino. Su cara, en un gesto de pavor, me record a algunas de las imgenes que acababa de ver en el antro de la pitonisa. Fue enterrada dos das despus, tras el examen del mdico forense. Haba muerto de un infarto, Padre.


Y ahora estoy contndole todo esto, porque no s a quin acudir y yo sigo enamorado de un imposible. Esa mujer lo sabe, y tengo miedo porque intuyo que tarde o temprano, la justicia humana har mella en m, de una forma u otra. Necesito que alguien me diga que no estoy actuando mal. Creo que no hago mal a nadie…
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 7 de Noviembre de 2012 a las 19:56
Un descuido de Dios

Confesar a las hermanas le resultaba tedioso. Eran monjas y estaban en un convento de clausura, ¿qué pecados podían haber cometido? Sin embargo ellas siempre encontraban algo que reprocharse, algo de lo que arrepentirse. Fray Gonzalo fingía prestarles atención y las absolvía de forma mecánica.
Torció el gesto al ver acercarse a Sor Fernanda, la poseída; así la llamaba en sus adentros las escasas veces en las que pensaba en ella. Había algo en la hermana que, con solo mirarla, le repudiaba; eso le hacía sentirse culpable y ese reconocimiento le conducía a un mayor rechazo. Y encima creía estar poseída por el Demonio. ¿Por qué algunos religiosos se empeñaban en magnificar su fe ofendiendo a Dios?

—Padre, he meditado largamente y creo que no consigo liberarme del Maligno porque siempre he ocultado mi mayor pecado.
Fray Gonzalo volvió la mirada hacia la celosía. Al menos habría algo nuevo en la confesión, quizás esta vez consiguiera convencerla de que el Diablo no tenía ningún interés en ella.
—Es raro el día en el que no pienso seriamente en quitarme la vida.
—Ése sí que es un gran pecado, hermana. ¿Hasta dónde llegan esos pensamientos? ¿Son sólo ideas pasajeras o ha hecho algún intento?
—Tengo un cuchillo bajo mi almohada. Nunca he ido más allá, pero estoy desesperada, padre, no sé cuánto tiempo resistirá mi temor de Dios.
Sor Fernanda no podía contener las lágrimas y el confesor se dijo que tal vez no había cumplido bien con su papel de consejero espiritual. Había llegado el momento de prestar más atención y escuchar con detenimiento a la poseída.
—Deje de llorar, hermana. Dios siempre nos da fuerzas si así se lo pedimos. Vayamos poco a poco y verá como conseguimos alejar sus miedos. Según me ha dicho siempre, el Diablo se le aparece por las noches. ¿En sueños?
—Comienza con ensoñaciones y, cuando me despierto por el desasosiego, sigue allí. Y hay veces que aun sin soñar, al despertar hace aparición.
—¿Y qué forma toma el Maligno?
—Es asqueroso, padre. Sólo alcanzo a ver su cabeza. Diría que se parece a una serpiente sin ojos y con piel humana.
—Sólo ve su cabeza… ¿cómo es eso?
—Es lo único que asoma.
—¿Por dónde asoma? ¿Está en su cama, entre las sábanas? ¿Atraviesa la pared?
Sor Fernanda rompió de nuevo en sollozos. La mirada baja, las manos nerviosas, todo su cuerpo negando.
—Está dentro de mí, padre. Sale de mí.
—¿Brota de sus manos?, ¿sale de su boca?, ¿surca su vientre?

Fray Gonzalo esperaba la respuesta que no llegaba, la monja no dejaba de llorar y, a través de la celosía, vio que el rubor se había apoderado de ella. No pudo evitar dejar escapar una pequeña sonrisa y un suspiro de alivio.

—¿Sale de tus entrañas a través de tu sexo? —Sor Fernanda se sintió aplastada por la vergüenza y el llanto se apoderó por completo de ella cuando asintió con la cabeza.

El confesor cerró los ojos para poder decirse que había estado ciego ante lo obvio. Así que ése era el demonio de la hermana… furor uterino, deseo carnal no reconocido como tal o, simplemente, negado. Era tan habitual entre los hermanos… y entre las hermanas. Algunos caían en la tentación de pleno, él mismo estuvo a punto en alguna ocasión. Pero había conseguido dominarse. Verdad que algunas noches, a solas en su aposento… Su consejero espiritual le quitó importancia cuando se lo contó: “somos humanos, Dios lo entiende si sabemos pedirle perdón con humildad y compensar con buenas obras”. ¿Cuál sería la causa de la desazón de la poseída?, ¿se sentía culpable por proporcionarse placer o su confusión perduraba en los años precisamente por no haberse dejado llevar por la excitación? La monja estaba muy afectada, no dejaba de llorar, habría que hacer que se confiara poco a poco.

—Tranquilícese, hermana, estoy convencido de que no es tan grave como piensa, no se preocupe, Dios nos abrirá puertas. Hábleme de los sueños.
—Siempre es el mismo. Sueño con cuando mi prima vino a pasar unos días a mi casa siendo yo niña.
Fray Gonzalo levantó las cejas sorprendido.
—¿Qué tiene que ver su prima con el Demonio?
—Creo —dijo sorbiendo las lágrimas— que el Diablo siempre ha estado dentro de mí y que fue ella quien lo despertó.
—¿Cómo?
—No lo sé. Yo tenía diez años, ella quince, vino a buscar trabajo para servir como doncella o criada de alguna familia adinerada y, mientras encontraba una casa apropiada, se hospedó con nosotros. Dormía en mi cama, conmigo. —La mirada de Sor Fernanda regresó a sus pies.
—¿Y…?
—Y nada, padre. Simplemente ocurrió. El Demonio salió de mi cuerpo. Yo rezaba y sólo conseguía dormirme cuando ella abandonaba el lecho.
—¿Te hizo ella algo?¿Te tocó? —Las palabras de Fray Gonzalo mostraban, por primera vez, preocupación e interés.
—¡No!
—Y cuando sueña… ¿qué sueña exactamente?
—La veo desvistiéndose, preparándose para entrar en la cama.
Fray Gonzalo volvió a cerrar los ojos. No era el Demonio el que habitaba en la monja, sí el pecado. También ocurría entre algunos hermanos, no lo podían evitar, se encendían ante la presencia de un hombre desnudo. Había escuchado que también se daban casos entre algunas mujeres, mas en todos sus años de confesor nunca se había topado con una hermana afectada por el pecado de la perversión.
—Hermana, creo sinceramente que el demonio no está dentro de usted, pero sí acechándola para hacerla caer en un gran pecado. Debe ignorarlo, cuando la asalten esos sueños… rece y… acuda a por agua al pozo para derramarla sobre sí. Dígame, ¿alguna vez ha acudido a su llamada?
—No lo sé, padre, no sé qué pretende de mí. Sólo sé que aparece y que me siento repugnante ante su presencia. Puede que sí, una vez creí que lo había matado y no fue tal, creo que en realidad hice lo que él quería que hiciera.
—Cuénteme eso.
—Noté que aparecía. Como siempre, empecé a rezar esperando que se escondiera, pero persistía. Me armé de valor para agarrarlo y tirar de él. Quería sacarlo de allí. Tiré con todo mi ímpetu pero se había aferrado con fuerza por dentro y el dolor era insoportable. Lo zarandeé con rabia y no sólo no se amedrentaba sino que parecía hacerse más fuerte y grande. Luché, padre, luche hasta sentir algo que nunca había sentido, que Dios me perdone, pero si no entré en éxtasis fue algo muy parecido; entonces la serpiente escupió espuma blanca y poco a poco se fue ocultando. Me sentí tan bien, padre… y fueron varios los días en los que no volvió a aparecer, pero… al cabo regresó y casi diría que con más vida, pidiendo que volviera a pelear con él. Pero no lo hago, padre, no lo hago por temor a ceder a los deseos del Maligno. Entonces pienso que lo mejor que puedo hacer es darme muerte. —De nuevo la lágrimas desesperadas de la monja hicieron aparición.

Fray Gonzalo intentó imaginar la escena, ¿qué agarraba la hermana?, ¿hasta dónde llegaban sus delirios? Todo era desconcertante.

—¿Ha hablado de esto con alguien?
—Con mi antiguo confesor y con usted. Nadie más.
—¿Me da permiso para hablar con su superiora y, tal vez, con su familia?
Sor Fernanda agrandó su llanto y negó con la cabeza al tiempo que se encogía. Finalmente consiguió dominarse y, recomponiendo la postura, habló.
—Estoy en sus manos, padre. Yo sólo quiero librarme de este mal.

Dos semanas más tarde Sor Fernanda entraba en su celda junto a la comadrona que había llegado a la abadía acompañando a Fray Gonzalo. Fue él quien exigió un informe escrito.

“Descubríanse baxo la región hipogástrica dos labios unidos en la parte superior al monte de Venus, y en la inferior al perineo, formando la rima mayor. Separados los labios no se encontraron ninfas ni clítoris; pero en el sitio que debía ocupar éste, se manifestó el conducto urinario, por donde salía ese líquido. Dos líneas más abajo no se halló el orificio externo de la vagina, y en su lugar estaba un perfecto pene demarcado su balano en la parte superior por una línea membranosa, que lo circunscribía, y terminaba con el uréter por donde deponía mensualmente desde los 14 a los 15 años una corta cantidad de sangre, expeliendo también por el mismo conducto un líquido seminal, cuando experimentaba alguna erección o estímulos venéreos. El pene carecía de prepucio; cuando se observó tendría pulgada y media de longitud, y en su erección aseguró llegar a tres pulgadas. En la base de ese miembro se encontraron dos eminencias colaterales redondas y pequeñas en forma de testículos, cubiertos por la misma túnica que interiormente cubre las partes carnosas de los labios.”


Su madre la esperaba en la puerta del convento, le resultó extraño ver a su pequeña vestida con pantalones. Se abrazaron y lloraron. En silencio subieron al coche que las esperaba. En silencio, con el trote de los caballos como único fondo, recorrieron las leguas que las separaban de su hogar. En silencio llegaron al umbral de su casa. Fernanda, antes de entrar, agarró a su madre del brazo para detenerla.

—Cuando era un bebé usted me cambiaba los pañales y me lavaba, ¿no se dio cuenta?

Su madre agachó la cabeza, se zafó de su mano y, sin levantar la mirada, consiguió sacar un hilo de voz.

—¿Y qué podía hacer? No podía contárselo a nadie, ¿cómo iba a hablar de ello? Pensé que Dios se había distraído y que Él pondría remedio. Entra en casa, hij…




Nota del autor: El informe al que se hace referencia en el relato es real y forma parte de un expediente archivado en la Curia Eclesiástica de Granada
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Noviembre de 2012 a las 9:52

concursoderelatos
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  • 10 de Noviembre de 2012 a las 9:53
MIÉRCOLES
Fue el primer te quiero que oí. Me lo dijo al oído en voz muy baja y, si cierro los ojos, aún siento su eco en mis entrañas. El segundo me lo dijo poco después mirándome de frente. Y aún hubo un tercero cuando, ya saciados, empezábamos a vestirnos.
También fue mi primera vez. Y después, mientras desayunábamos en la cocina, me salió una sonrisa tonta. Porque recordé que días antes habíamos estado hablando entre las amigas sobre cuál de los chicos del instituto preferíamos para la primera vez. Cosas de crías. Sonreía porque no había sido con ninguno de los que salieron en la conversación; y porque me sentía bien.
Cada miércoles repaso la misma escena, desde el primer te quiero hasta el desayuno, mientras voy en taxi hacia su casa. Para que me lo repita, para sentir su voz otra vez dentro de mí.
Después, al coger el taxi de vuelta alejándome de él, hay veces que pienso en cómo hubieran sido nuestras vidas sin esa primera vez, en lo frágil que es todo y en cuánta felicidad nos habríamos perdido sin aquello que, en principio, no fue sino una chiquillada mía.
Fue un sábado por la mañana. Nos habían dejado solos en casa todo el fin de semana porque habían ido a la boda de ni recuerdo quién. Me despierto, veo su cuarto cerrado e imagino que está dentro estudiando. Porque él siempre ha sido de los de madrugar para aprovechar el tiempo. Me meto en el baño, al fondo del pasillo, y, convencida de que no va a salir de su habitación, dejo la puerta abierta para que no se entele tanto el espejo. Me ducho y, al acabar, descorro la cortinilla. En ese preciso momento sale al pasillo, gira la cabeza y me ve allí completamente desnuda. Nos quedamos los dos quietos mirándonos con cara de sorpresa hasta que yo, sin que aún ahora sepa el porqué, digo:
-Anda, ven.
Lo frágil que es todo. Ese primer te quiero, los que vinieron después, los que voy a oír hoy miércoles, los que van a quedar para todos los miércoles, todos ellos dependían de lo que yo acababa de decir:
-Anda, ven.
Y dependían de que viniera. Porque vino, me cubrió con la toalla, me frotó para secarme y me puso frente al espejo. Mientras me cepillaba el pelo nos mirábamos a los ojos y así, a través del espejo, nos fuimos adivinando el uno al otro. Al acabar, me quitó la toalla, me cogió en brazos como a una recién casada y, ya en el pasillo, le dije:
-No me harás daño, ¿verdad?
Me dejó caer suavemente sobre mi cama. Y no, no me hizo daño. Seguramente porque me supo envolver con sus te quiero del mismo modo que va a hacer hoy, veinticinco años después, con otros te quiero que oiré cargados de significados nuevos.
Después, fuimos repitiendo cada fin de semana en que nos dejaban solos. Uno de ellos decidimos llevar mi colchón a su cuarto y poner los dos en el suelo para dormir juntos. Y nos duchábamos juntos, nos secábamos el uno al otro, nos preparábamos el desayuno... Un día, dos años haría ya desde la primera vez y andaría yo por los diecisiete y él por los diecinueve, le pregunté mientras le acariciaba el pecho:
-¿No nos pasará nada malo, verdad?
-¿Por qué nos ha de pasar algo malo?
-Porque lo que hacemos...
Me puso el dedo sobre los labios para silenciarme y contestó:
-No dejaré que nunca nos pase nada malo.
Me abracé a él. Y nunca nos ha pasado nada malo. Sólo pequeños detalles mientras íbamos atravesando la vida más o menos como todos. Yo estuve saliendo con chicos hasta decidirme por Enrique, mi marido. La primera vez que lo hice con otro también me gustó. No tanto, pero me gustó. Porque con él no era sólo que me gustara, era mucho más, era como un secreto, como algo muy, muy nuestro. Por eso me daba cierto reparo, tras haber sentido otro cuerpo, volver al suyo. Le rehuía, no me atrevía a mirarle a los ojos porque creía no merecerle más. Lo notó y a la primera ocasión estaba esperando, con la puerta de su cuarto abierta, a que me despertara. Me llamó:
-Clara, ven.
Acudí. Incluso mi nombre suena diferente en su voz desde aquel primer te quiero. Acudí y me quitó el pijama. Sentirme desnuda frente a él como me sentiré de aquí un rato... Esa sensación de estar completamente desnuda con este cuerpo de cuarenta años y querer desnudarme aún más para él.
Le hablé poco antes de casarme con Enrique. Le dije que, aun casada, seguiría queriéndole y necesitándole. Por entonces él ya andaba, tras tanto estudiar, dando clase en la universidad y había comprado el piso en el que vive y nos vemos. Le dije que le necesitaría y se limitó a acercar sus labios a los míos haciéndome entender aquel beso como un pacto de por vida.
Yo con él, en cambio... Mentiría si dijera que no soy celosa. Me caían tan mal aquellas dos novias que tuvo mientras estudiaba la carrera... y se me llevaban los demonios al imaginarme sus cuerpos manchando el suyo. Seguro que iban sólo a aprovecharse de lo mucho que sabía. Quizá por eso intenté ocuparle también ese espacio. Fue algo más tarde cuando estaba ya con lo de la tesis doctoral. Como es algo desordenado y entonces, como ahora, solía tomar notas en pequeñas libretitas a medida que se le ocurrían las ideas, era yo la que se las pasaba a limpio en el ordenador. Y cuando no entendía alguna palabra me la explicaba y aprovechaba para contarme anécdotas e historias referidas a lo suyo, los griegos, los persas y otros pueblos antiguos de los que yo nunca había oído hablar. Hace poco me contó de no sé qué guerra en que las mujeres, desde lo alto de una muralla, gritan y lloran al ver cómo se baten abajo sus hijos y maridos defendiendo la ciudad. Y lo cuenta de una manera que me lo imagino en el aula con todas sus alumnas babeando.
Estoy segura, sin embargo, de que ninguna me lo toca porque yo le doy todo lo que necesita. Me gusta pensar que por eso no se casó, porque sólo yo soy su complemento ideal. Además, ninguna habría aguantado que dedicara tanto tiempo a lo suyo: tras la tesis, las oposiciones a titular de universidad en medio de una obsesión enfermiza por publicar y asistir a congresos para hacer currículum; al conseguir la plaza, algo de descanso y vuelta a investigar y publicar porque se trataba entonces de una cátedra que no consiguió sino hace un par de años. Yo, ya casada, no podía ayudarle tanto pero al menos le llevaba ordenados los papeles del currículum.
Ahora, con su cátedra, dice que ha llegado donde aspiraba y no necesita más. Ha servido también para darnos más orden. Como le supuso menos horas lectivas y poder librar una mañana entera, me pidió que escogiera un día de la semana: de ahí nuestros miércoles frente a las mil combinaciones que teníamos que hacer antes.
Yo espero impaciente ese día para dejarme envolver y él consigue que yo siga sintiendo ese gusanillo dentro cuando amanece el miércoles. Algunas veces se me hace difícil esperar el paso de toda la semana. Si me pongo triste cierro los ojos, pienso en un punto cualquiera de mi cuerpo, trato de recordar la última vez que pasó sus dedos o su lengua por ahí y acabo llegando a la conclusión de que nos hemos recorrido el uno al otro completamente. Ni me ha puesto límites ni se los he puesto yo: porque la primera vez, cuando me llevaba en brazos por el pasillo, prometió no hacerme daño y no me lo hizo; porque más tarde dijo que nunca permitiría que nos ocurriera nada malo y nunca nos ha ocurrido. O esa seguridad cuando me tiene enlazada y que vuelvo a sentir cuando no lo estoy y sigo sintiendo en la distancia. No sé cuántas razones habrá para que, al salir de su casa el miércoles, ya esté deseando que llegue el próximo. Es la misma seguridad por la que lo nuestro no altera para nada el resto de mi vida.
Porque con mi marido la relación es buena, normal. Si algún día llega contrariado del trabajo, busca cualquier excusa para enfadarse conmigo o con los niños y va subiendo de tono hasta recordarnos que es él quien trae el dinero a casa, quien me paga la peluquería, las clases de piano de la niña, las deportivas del niño... Luego se va tranquilizando y, al acostarnos, ya me encargo yo de acabar de calmarlo.
Y entre uno y otro, la cordialidad de quienes apenas se soportan. El domingo pasado, sin ir más lejos, celebramos el cumpleaños de papá con comida familiar. Se ponen Enrique, mi hijo y papá a hablar de no sé qué penalty decisivo en un partido de la selección y, cuando llevan al menos diez minutos con eso, salta él y dice:
-Al dar las diez de la mañana, cualquier maestro de primaria ya ha hecho ese día por el país más que la selección entera desde que existe.
-Ya salió el intelectual...
Eso le contestó Enrique y aquí paz y después gloria.
Con lo que me gusta que sea un intelectual y me explique esas historias de guerreros antiguos presumiendo de armas, o de cuernos y celos entre dioses como en un culebrón venezolano. O lo que me dijo cuando estaba muy embarazada de la niña:
-En algunos pueblos antiguos estaba prohibidísimo lo que acabamos de hacer.
-Pues como mi amiga Maribel. Cuando tiene el mes, le dice al marido que no y que no.
-Claro, otra de las prohibiciones.
-¿Y qué pasaba, les ponían una multa si los pillaban?
-No, habían de someterse a ritos de purificación. Por haber quebrantado los tabúes, prohibiciones culturales que calaban muy hondo en el ser humano.
O algo así que no acabé de entender. Pero si lo dice él...
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 10 de Noviembre de 2012 a las 20:14

…y perdona mis pecados
Gracián salió de su celda perfectamente arreglado. Corriendo y, antes de ir a desayunar, se acercó a la capilla. Se arrodilló ante el Sagrario y rezó.

“Dios mío, gracias por todo lo que recibo día a día de tu magnanimidad y bondad. Hoy comienzan mis vacaciones; te ruego me ayudes a mantener mi alma limpia, y a mi cuerpo libre de tentaciones terrenales pero, si alguna vez caigo en el pecado, te ruego que tu castigo sea lo suficientemente contundente para que me convenza de no volver a pecar. Todo te lo pido de corazón y de corazón te agradezco tu bondad” Levantándose, corrió hacia el comedor.
Aunque aun no habían llegado todos los seminaristas, Gracián tomó su bandeja, se sirvió café y se sentó en la mesa acostumbrada.

Se sentía nervioso. Era el momento de su diaconado. Todo estaba preparado y, el obispado, tal y como era costumbre, les daba una semana de vacaciones. Solo había invitado a sus tíos a la celebración, ya que sus padres murieron hacía años en un accidente de aviación. En agradecimiento, sus tíos le correspondían invitándole a él a pasar con ellos en la playa esa semana. Solo tenía una pequeña duda; después de muchos años fuera del país, habían vuelto y sus referencias eran muy pocas.
Mientras daba vueltas a su cabeza, pensando qué hacer durante toda una semana, fuera del Seminario en el que llevaba encerrado mas de siete años, oyó como el Superior llamaba a la oración. Se levantó y rezó con todos.

—Bien, hijos, hoy me gustaría dirigirme específicamente a aquellos que, tras su concienzuda preparación, y habiendo sabido superar este gran reto que Jesucristo nos puso antes de entrar en su elegido grupo de discípulos, quisiera preveniros de algunos peligros a los que deberéis acostumbraros, a partir de ahora —La voz del Superior flotaba en el ambiente, con un cierto grado de aviso y gravedad.
—No creo que, después de conocer profundamente vuestra preparación religiosa, ética y moral, vayáis a dudar, por muchas trabas que la vida os pueda presentar a partir de ahora, como son el dinero, el poder y la falta de Fe; pero hay un peligro para el que no estáis, ni estaréis nunca, suficientemente preparados. Me refiero al peligro de la carne. Nada concreto os puedo decir sobre él, pues el sexto mandamiento de la Ley Divina es, a mi entender, el mas difícil de ver, el mas duro de evitar y el peor de los pecados, por ello, andad siempre prestos a la tentación, evitadla y, cuando esta llegue, castigaros físicamente hasta los mayores límites, pues, cuando se ha caído una vez, ya nunca se puede salir de la vorágine en la nos sumerge. Recordad, hijos míos, mis palabras y, ahora, id a disfrutar de estas pequeñas vacaciones, ya que a la vuelta empezará vuestro magisterio al que ya os dedicaréis en cuerpo y alma, hasta que Dios os llame a su Reino. Yo, cuando volváis, no estaré aquí, pues, después de estos años que hemos convivido en este Seminario, me envían a realizar otras labores. Que Dios os bendiga y os cuide.

Gracián salió del autobús y miró algo desconcertado la estación en la que se encontraba. Nunca había estado en Sitges; mas aun, nunca había visto la playa, pues nació en un pueblo de Castilla, y toda su vida la había pasado en el interior, hasta su ingreso en el Seminario cerca de Valladolid.
Caminó hasta encontrar un kiosco de prensa y preguntó por la dirección de sus tíos. Poco después, se encontraba llamando al timbre de una enorme verja, tras la que, al fondo de un gran jardín, se veía una preciosa y gran casa.
Al entrar, sus tíos le esperaban sentados en el salón. Le miraron sonrientes y su tía le indicó que se acercara.

—Siéntate, Gracián, te esperábamos —le observaba detalladamente mientras él saludaba a su tío y se sentaba —Eres muy atractivo, Gracián, y te pereces mucho a mi hermana; esos ojos azules me recuerdan a mi padre, tu abuelo. ¿Qué tal en el Seminario? ¿Ya está todo preparado para tu consagración? Cuéntanos, hijo, que veo que hablas poco.

Al oírla, Gracián sonrió. “¿Cómo iba a hablar?” pensó “si ella no le dejaba” Pero estaba contento; junto a los únicos familiares que le quedaban, se encontraba bien.

Pasó tres días entre pasear por los jardines que rodeaban la casona, sus muchísimas oraciones y su lectura de los Evangelios. Había observado en sus tíos una gran dejadez religiosa y, en sus rezos, rogaba a Dios perdón por ellos. Aquel medio día, mientras comían, su tía le anunció la llegada de sus primas esa misma tarde.

Asi fue, y aunque la casa era enorme, se notó su presencia. Llegaron juntas, como llegan a nuestras vidas el viento y la lluvia, mojándolo todo y esparciendo vida y alegría por toda la casa. Ana, la mayor, alegre, divertida y, sobre todo, mujer para un sueño de una tarde de Agosto. Luisa, pequeña y desvergonzada; inteligente y rápida en sus pensamientos. Fue la primera en hablarle.

—¿Por qué, un hombre como tú, se quiere hacer sacerdote? ¡Anda, deja de rezar y vente a la playa! ¿Sabes, primo? Se me ocurren mil formas de pasar esta tarde contigo —Y, mientras tiraba de su mano hacia ella, Gracián, sonriendo y avergonzado pensaba: “Es igual que su madre, avasalla con las palabras. Pero… ¡Dios mío! ¿Qué hay en una mujer que no puedo apartar la mirada de ellas?” Y sus ojos pasaban de Luisa a Ana constantemente “Esta es la tentación de la que me hablaba el Superior. ¡Dios mío, si me mandas una prueba, por favor, mándame también la fuerza necesaria para superarla!” Y, el pobre inexperto, se resistió a bajar aquella tarde, respirando tranquilo ante su gran voluntad. Su encierro en la habitación fue la forma de quitar de su mente cualquier posibilidad de…

Bajó a cenar, pero, sorprendido, vio que sus tíos no estaban en casa y se sentó solo a la mesa. Poco después apareció Luisa.

—Hola, primo. Hoy te dejaré tranquilo, pues me han invitado a una fiesta, pero mañana tendrás que bajar conmigo a la playa —Y se fue hacia la puerta, gritando
—¡No lo olvides; me lo debes!

Terminó de cenar solo y se fue a su habitación. Allí, rezó todas sus oraciones y se acostó. Aun estaba entre sueños cuando notó cómo algo acariciaba su pecho. Abrió los ojos y se incorporó. La suave luz que entraba por la ventana le permitió ver cómo su prima Ana, en pie junto a su cama, tenía su mano sobre él. Al verlo despierto, puso su dedo sobre sus labios.

—No grites, primo, soy yo —Y sin esperar contestación, dejó que el transparente camisón que llevaba puesto, cayera a sus pies, quedando completamente desnuda a sus ojos.

Gracián quiso cerrar los suyos, pero una fuerza interior le impidió hacerlo. Como hipnotizados, sus ojos no apartaban la mirada de aquel precioso cuerpo de mujer, como jamás pensó que pudiera ser. Cuando quiso reaccionar, ya la mano de Ana estaba sobre su pene, acariciándolo. Poco después y, ante la pasividad de Gracián, Ana se tumbó sobre él y…
Fue tan grande el deseo, tan desbordada la pasión que sintió, tan increíble el placer que, cuando Ana, sin decir una sola palabra, salió de la habitación tan en silencio como había entrado, Gracián incrédulo ante lo que había ocurrido, se levantó y se acercó a la ventana, respirando con precipitación y con los ojos desmesuradamente abiertos.

Larga y dura noche. Rezos y sollozos; dudas y promesas; desesperación y tristeza, hasta el extremo que, viendo en su reloj que eran las seis de la mañana, se levantó hizo sus maletas y salió de la casa, hacia la estación de autobuses.

Nada explicó en el Seminario. Entró en su celda y allí, con el látigo del sufrimiento, se destrozó la espalda y el pecho. Pero de su mente no pudo borrar la imagen del cuerpo desnudo de Ana. Ya, cuando las fuerzas y el dolor le obligaron a parar el castigo, se puso la sotana, entró en silencio y con sigilo en el comedor y cogió un gran cuchillo. Subió a la azotea y allí, a solas, se metió en la boca una servilleta y tomando con fuerza y resolución su pene, se lo cortó de un solo tajo. Su grito de dolor quedó amortiguado por la mordaza, pero fue tan grande el dolor que perdió el conocimiento. Poco después, toda la sangre del cordero sacrificado, quedó esparcida por el suelo de la azotea y, junto a ella, la redención de su pecado, mientras sus últimos pensamientos fueron: “Y perdona mis pecados, Dios mío…”

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  • 11 de Noviembre de 2012 a las 23:13

¿Dónde el amor?



Le había costado tomar la determinación de volver. Regresar al pasado. Cuando se ha estado huyendo de él, es como sumergirse en una bañera y olvidarse de respirar.

Aquella mañana las hojas dejaban resbalar muy despacio las gotas del rocío. Por entre los árboles, la niebla se mezclaba con los primeros rayos del sol. Aneley recorría el camino como había hecho antes, cuando aún llevaba su cuaderno bajo el brazo y la bolsa de cuero con la comida del día. Nada había cambiado demasiado. El pueblo seguía dormido entre los campos de labranza y las casas se iban desmoronando de puro abandono. Un día comprendió que las cosas cambiarían pronto para ella. Se hacía mayor. Su padre decidiría con quién debía casarse y si nadie la quería, su futuro era quedarse en casa ayudando a su madre en las labores de la granja y la casa. La sola idea de un horizonte tan pobre la enfermaba. Lo que ella quería era descubrir el mundo, hablar con gente distinta a la del pueblo, aprender y todas esas cosas no estaban allí sino muy lejos. Por eso se aplicaba en la escuela. Intuía que saber todo lo que le ensañaban en ella sería necesario para encontrar lo que ansiaba.

En aquellos días era una interrogación de 13 años, con un precioso pelo negro y brillante recogido en una gruesa trenza y los ojos más inocentes que jamás se hubieran visto. Yendo y viniendo por aquel camino la curiosidad ponía en su cabeza miles de preguntas. Sobre la soledad, la Naturaleza, el por qué de que todo naciera, creciera y muriera cada temporada. Quería entender lo que unía a un hombre y una mujer. Por qué se hablaba de amor y si era amor lo que sus padres tenían. Los miraba sentados a la mesa, silenciosos, ella con la mirada fija en el plato o sirviendo la comida a su padre con mano temblorosa y expresión asustada. El con aquella mirada dura, que parecía desnudar tu alma hasta saber tus más íntimos pensamientos. A veces, por la noche, les oía discutir, escuchaba a su madre suplicar aunque no entendía bien sus palabras y luego ruidos extraños que duraban poco. Al final se hacía el silencio. A la mañana siguiente su madre parecía aún más triste que antes y más concentrada en sí misma.

«Madre, ¿de dónde viene los niños? y ¿cómo es el amor del que habla todo el mundo?» Le preguntó cuando aún era pequeña. «Cuando seas mayor te lo diré» Y cuando llegó el momento, su madre le dijo que de esas cosas no se hablaba y menos a una jovencita como ella. La mañana que sangró empezó a temblar. Seguro que estaba enferma, pensó angustiada. «No, no estás enferma, esto te pasará todos los meses durante toda tu vida» le dijo su madre. «¿Por qué?» le preguntó llena de asombro «es un castigo de Dios a las mujeres» le aclaró ella. «Explícamelo, ¿Por qué ha tenido Dios que castigar a las mujeres, madre»? «De estas cosas no se habla, hija» le dijo y no volvieron a tocar el tema nunca más.

Tanok empezó a acompañarla a casa por el camino del bosque. Se sentaba a su lado cuando comían si hacía bueno en el jardín de la escuela y si no, en el viejo comedor destartalado. No supo qué hacer cuando la tomó de la mano haciendo que por su espalda corriera aquella corriente eléctrica que la asustó. Mucho más lo hizo cuando la empujó contra un árbol y metió su mano por debajo de su falda de algodón floreado. Acarició sus muslos y sus piernas empezaron a temblar. ¿Qué debía hacer? ¿Por qué se sentía tan débil? Como no sabía las respuestas, echó a correr por el camino de tierra, sin mirar atrás, asustada y con la cara caliente y arrebolada. Pero aún pudo escuchar la risa de su amigo que, parado delante del árbol, con los brazos en jarras la veía correr, divertido y excitado.

A menudo le asaltaba aquella profunda curiosidad por encontrar respuestas a todas las preguntas y por saber por qué sentía, cuando estaba con Tanok, aquello tan diferente a todo lo que había sentido hasta ahora. Por eso le dejó tocar sus pechos y que volviera a introducir la mano bajo la falda, pues llegó el día en que ella deseaba ansiosamente que lo hiciera. ¿Qué misterio se escondía en aquello, de dónde surgía aquella ansia que la atraía hacia Tanok de una manera irresistible? Un día Tanok se tumbó junto a ella entre las hojas secas, la besó en los ojos y por fin su lengua recorrió sus labios y después de muchas caricias que la hacían derretirse por dentro, se colocó sobre ella e hizo estallar el universo con aquella misteriosa parte del cuerpo de su amigo, que crecía con solo tocarla. La rompió por dentro, se sintió atada al poder que emanaba de aquel abrazo, se dolió pero a la vez pareció que nacía a una nueva vida y se dijo que aquello debía de ser el amor y sería porque era tan extraño, que nadie quería hablar de ello. Ruborizada pensó en lo que habían hecho. Era demasiado íntimo como para contárselo a los demás.

Fue su madre la que le dijo que estaba esperando un hijo. Siempre había sabido leer en ella. Solo que esta vez Aneley no comprendía cómo podía ser tal cosa. La madre escrutó su rostro, con una expresión angustiada en los ojos y le preguntó si algún hombre se había acostado sobre ella y le había regalado su semen. «Sí». Dijo mirando al suelo y no añadió nada más. No era necesario y en realidad tampoco hubiera sabido qué decir. ¿Cómo podía explicar aquella dulce agonía que la hacía desear más y más? Quién sabe, quizá su madre sí supiera lo que sentía.


En la casa olía a humedad y pescado viejo. Las olas del mar lamían casi la puerta de entrada. Sobre la cama de colchón de hojas y ayudada por la vieja arrugada que era su abuela, nació su hija Leley.

Cuando se presentó en casa de la madre de su madre, el temor y la soledad llenaban su corazón, tanto como aquella criatura llenaba ya su vientre. Su padre la había llamado desvergonzada y otras cosas mucho peores. La vieja Baribay no fue más amable cuando la vio, pero después la había envuelto con sus brazos y le había asegurado que no debía preocuparse por nada. «Ha hecho bien mi hija, tu madre, en alejarte de tu padre. No sé que hubiera podido pasar. Puede que te hubiera golpeado hasta arrancarte a tu hijo de las entrañas».

Había ido a la escuela, algo raro en una mujer. Como sabía leer y escribir y entendía de cuentas, trabajó en el pueblo, en la ferretería de Kasakir, que también era el alcalde. Trabajaba en la tienda, pero necesitaba ayuda en casa, porque se había quedado viudo y tenía dos hijos pequeños. Pronto él entró en ese extraño camino que lleva al amor, sin apenas darse cuenta y trató de que ella le siguiera. Pero no sentía aquel delicioso temblor de entonces. Lo pensó mucho y llegó a la conclusión de que aquello nada tenía que ver con el amor del que leía en los libros. Tampoco su abuela era de muchas palabras. ¿Con quién podría hablar de aquello? «El amor no es esas tonterías que dicen los libros, se basa en obedecer y ser complaciente con tu hombre. No es nada más que eso. No pienses tonterías y cásate con Kasakir, es un buen hombre y tendrás lo necesario para tu hija.» le dijo.

Caminaba deprisa por entre los árboles. Las lágrimas apenas la dejaban ver. Aquel lugar atraía el recuerdo del tiempo en que le pareció que amaba a Tanok, antes de que él desapareciera y ella tuviera que huir porque esperaba un hijo. Volvía a casa de sus padres. No sabía a dónde ir. Había sucedido algo de lo que tampoco se hablaba, su marido había violado a su hija.

«Apenas tiene doce años ¿cómo has podido hacerlo?» Y no se había conformado con eso sino que la había destrozado cuando ella se había resistido. Nadie lo sabría, aquello era algo de lo que no había que hablar, por muchas veces que pasara en el secreto de los hogares. Nadie le culparía de nada y si ella lo acusaba, nadie la creería. Mientras consolaba a su hija y curaba su cuerpo y su corazón heridos, aquella rabia subió por su interior y se instaló en su cabeza. Tomó la escopeta y lo mató. No lo pensó, solo lo hizo. Qué extraña locura la del amor, aquel que sentía por su hija. ¿A dónde podría ir ahora? Se la llevarían presa y no volvería a ver a su niña, ni los campos, ni el mar.


Aquel día, por primera vez en tantos años, su madre se enfrentó a su padre cuando este volvió a echarla de la casa. «¿Insistes? ni lo sueñes, hombre. Se quedará aquí conmigo hasta que vengan a buscarla y no la dejaremos sola esta vez. Ni tú, ni yo.»

Volvieron al silencio. Sentada bajo el soportal de la casa miraba al sol ponerse tras la colina pensando en todo lo que había pasado, buscando en su corazón la huella del amor que andaba buscando toda la vida. En algún lugar escondido, como los secretos inconfesables, aquellos de los que nunca se habla estaba la respuesta a todo lo que siempre había deseado saber y nadie había sabido enseñarle.

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  • 12 de Noviembre de 2012 a las 23:19

concursoderelatos
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  • 12 de Noviembre de 2012 a las 23:26
Tiempo

Sabía perfectamente que vendría a por mí des del primer momento en que lo hice. Derrotar a sus versiones pasadas no me aseguraba la victoria. Solamente me daba más tiempo.

¿Te preguntas quién soy yo? Raro que a estas alturas no lo sepas. Vendrás de un futuro después de mi muerte o, quién sabe. Quizá de un pasado en el que aún no he existido. Pero te responderé, curioso inquilino. Yo soy el amo y señor de lo que ahora estás viendo, has visto y verás. Incluso lo que nunca llegarás a ver. Pues, querido inquilino, yo soy el Hegemón de todo lo que concierne a este Universo.


Siéntate, no tengas miedo. No muerdo, demasiado. Te contaré como logré llegar hasta esta posición. Te contaré como, yo solo, logré engañar a esos bobos guardianes y les arrebaté el control. Te lo contaré, sin ningún compromiso por ello. ¡Eh! No, no te inquietes. No te mataré por saberlo, me gusta que se conozca mi historia. Al menos… antes de que desaparezca.


Desde que había nacido sabía que tenía una función especial dentro de este mundo que habitábamos, pues ahora es inhabitable debido a la contaminación. ¿Cómo lo supe? Mi mente privilegiada estaba atrapada en el cuerpo de un infante. Pero tenía paciencia, mucha, y el tiempo estaba a mi favor.


Cuando pude manipular bien los objetos con mis pequeñas manos, me encargué, simplemente, de que mis padres no fueran un estorbo para mis propósitos. No, no los liquidé. ¿Qué clase de loco eliminaría a sus progenitores? Solamente los neutralicé.


Manipulando el reloj central de la relojería que tenía mi padre logré detener el tiempo completamente en todo el globo. Fue difícil y no lo logré hasta que mi cuerpo físico adquirió los diez años. Pero una vez hecho fue coser y cantar.


Mi mente privilegiada, que recordaba mis vidas, todas sus experiencias, todos sus conocimientos, me proporcionó la información para llamarlos.


Mientras no venían, no los esperé sin más. Fui construyendo mis propias máquinas. Sé que el material de este planeta es pobre y no da para mucho, pero en ese momento me fue de mucha utilidad.


El planeta ya llevaba parado en el tiempo cinco años. Yo había crecido, mi tiempo físico no se había detenido, pero el resto del planeta seguía igual de joven que el primer día.


Por fin, pasado un año más, vinieron. Se habían hecho de rogar. Cuando se presentaron creo que les dejé las pistas suficientes para que me encontraran.


Habían carteles de mi rostro por todas partes, solo había que seguir el orden cronológico de su colocación para dar con mi posición. Se supone que una tarea de niños para ellos. No me defraudaron. Pero esperaba que fueran más perspicaces…


Llegaron al almacén donde estaba metido, sentado en un sillón de cuero, esperando su llegada. Cosa que me pasó el chivatazo de un viejo conocido.


Cuando llegaron se encontraron todo a oscuras, pero avanzaron sin miedo. Estúpidos. Para cuando se encontraban en el centro del almacén encendí la luz. Eso los cegó y probaron a detener el tiempo, pero allí ya estaba detenido. Yo lo había detenido. Por eso en ese tiempo mandaba solamente yo.


Esbocé una sonrisa. Ellos se sorprendieron de que su plan no funcionara. Luego me vieron y, su rostro, se convirtió en una mueca de puro terror.


Pulsé el botón, reactivando el tiempo y, las máquinas que les rodeaban y que previamente había programado para disparar a un objetivo, hicieron su sencilla labor. Masacraron a esos dos ingenuos. Aún así detuve el tiempo antes de que les hicieran papilla y caminé hacía sus dos futuros fiambres.


Les arranqué de sus gélidas manos los relojes que poseían y les miré directamente a los ojos. Que desgracia el hecho de ser un guardián del Tiempo. Te pueden congelar físicamente pero para tu alma seguirán corriendo los años, viendo lo que tus ojos te permitan ver. Y, los suyos, vieron como un niño de dieciséis años sacaba una pistola, les apuntaba, y les reventaba la cabeza en pedazos. Sin ni siquiera mancharse, debido a que la sangre estaba tan congelada en el tiempo como ellos.


¿Algo duro, quizás? No. Esto fue solamente el inicio.


Ya disponía de sus aparatos para, no solo controlar el tiempo, sino también viajar a través de él. Además contaba con una ventaja, conocía a mi enemigo y, él, no me conocía a mí. Todavía.


¿Qué hice después, preguntas? Veo que te ha picado la curiosidad. Proseguiré.


Fue sencillo, fui viajando por los distintos tiempos, dejando la Tierra congelada, eliminando los guardianes del Tiempo en sus tiempos pasados. Antes de ser seleccionados como tales. En algunos casos, antes siquiera se ser planificados para ser procreados. Sí. Maté a infantes, a padres y madres. Sí, también a mujeres embarazadas. Y a familias enteras.


¿Qué si me arrepiento? No seas bobo, inquilino. Todo sea por la hegemonía del Universo. Bajo mi mandato.


Llegué, en una ocasión, incluso a hacer un genocidio. Destruyendo el planeta natal de los guardianes del Tiempo. Pero a esos no podía matarlos en el pasado, sino mi plan nunca hubiera funcionado en el presente. Eso lo hice en el futuro, claro está.


Pero nunca llegaría a saber en qué tiempos y espacios estaba infiltrado un guardián del Tiempo. Por eso mi yo del futuro se encargó precisamente a buscarlos y me mandó una lista a mi yo del pasado para que ahora, en la actualidad, ya estuvieran todos liquidados.


Sé perfectamente que el tiempo tiene sus reglas. Sus normas. Y no deben ser quebrantadas inquilino. ¿Pero acaso tú has seguido siempre todas las leyes al pie de la letra? Además, contando que era por una buena causa. Hegemonizar el Universo. No me mires así, ambos sabemos que tengo razón. Pero déjame continuar.


Sí, llegó el momento en que no quedaba ningún guardián del Tiempo con vida. Todos estaban muertos y mis manos futuras, pasadas, presentes manchadas de sangre temporal. Pero no me importaba, ahora ya podía aprovechar la hegemonía lograda bajo mi único mandato y poder temporal. Yo era, y sigo siendo, el dueño del Tiempo. Y nadie más ha conseguido arrebatármelo. Ni siquiera esas escuadrillas idiotas.


¿Cuáles, preguntas? Te responderé con gusto.


El Tiempo no es tonto, es como yo. Así que al ver que se le había manipulado al antojo de alguien creó el Don. Sí, el Don. Una capacidad que aparecía en unas pocas personas que les permitían viajar al pasado, pero sin poder regresar al futuro. Cosa que les hacía correr un riesgo grande, ya que debían vigilar todos sus actos. Se hacían llamar los restauradores del Tiempo. Y a mí me llamaban el “Aniquila Tiempos”. Y bueno, tuvieron parte de razón… Aniquilé su tiempo.


Solo tuve que coger a uno, que lo hice con mis propias manos al venirme a la mente un recuerdo de mi yo pasado donde uno lo intentaba matar y mis progenitores lograban salvarme. Querían aprovechar que aún era muy pequeño, físicamente. Y no podían matarlos a ellos, podrían cambiar el Tiempo y convertirse en seres como yo. Sosa que se suponía que odiaban y tenían prohibido.

Pues bien, una vez el recuerdo afloró en mi cabeza, viajé a ese tiempo y lo capturé. Luego conseguí que cantara y, los recuerdos que tuve al ver como lo decía todo, hicieron que desapareciera al rato. ¿Cómo? Sencillo. Mi yo futuro recibió los datos y, sencillamente, se encargó de que nunca nacieran. Si, cree otra paradoja en el tiempo. ¿Pero qué más daría? Era el señor y amo del Tiempo. Estaba incluso por encima de él.

Pero supe que algún día acabarían mis días cuando recibí la nota de mi yo futuro. Una nota sencilla y clara. El fin del Tiempo.


Por lo visto, mi enemigo, al que utilicé para obtener la hegemonía del Universo y mi cargo como su Hegemón, decidió sacrificarse para derrotarme. Acabando, no solo con él y conmigo, sino con todo. Y, debido a esto, no solo se convirtió en mí al querer eliminarme en el futuro con una medida drástica que incluso yo hubiera tomado, si hubiera sido necesario, eliminando en el pasado a los guardianes del Tiempo. Solo que él resultó ser más estúpido. En lugar de programar su fin en el pasado, lo hizo en el futuro.

concursoderelatos
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  • 14 de Noviembre de 2012 a las 14:44

No es cosa de dos

Dos llamadas perdidas y un mensaje de texto. El móvil vibró sobre su mesa y él lo volvió a sortear para alcanzar la cima de la montaña de facturas. Miró el reloj. Miró después hacia el despacho frente a su cubículo y la luz en el interior se apagó. Esbozó un gesto de amargura.

-Hasta mañana Don Antonio –dijo Él cuando la puerta se hubo abierto.

-¿Aún está Vd. ahí? ¿Es que no tiene a nadie que le espere? –contestó D. Antonio a modo de chanza. La sombra, bajo el gabán, se despidió sin efusión camino del ascensor. Tras el ruido de pasos la sala quedó en silencio y las dudas de Él regresaron con más fuerza.

Ella apuraba a sorbos cada vez más cortos el café que había destinado a su amante. Era tan oscuro como los pedazos de tarde que se habían ido escapando por el ventanal de la cafetería; tan amargo como la conversación con la que pretendió forzar su encuentro. «Tenemos que hablar», fue su ultimátum. Bajo el aguacero, el tráfico parecía extrañamente ordenado en el exterior; «todo el mundo conoce su destino menos yo», se dijo. Un nuevo sorbo. Más pensamientos.

La Otra no era ajena a lo que ocurría. Siempre supo de la existencia de Ella, incluso antes de que Él la hubiera conocido; pero el futuro nunca importa cuando el pasado te alcanza a cada momento, y pensar es un deporte de riesgo no apto para frágiles almas. Una copa de vino descansaba en la encimera de la cocina presta a ser utilizada cuantas veces hiciera falta.

«Tráfico lento hasta el km. 15», rezaba el luminoso. El station wagon de segunda mano que Él conducía no lograba parecerse al deportivo que siempre ansió, pero bajo la lluvia, y en mitad de un centenar de coches utilizando sus cláxones a modo de protesta, la velocidad apenas importaba. Ni siquiera los sueños incumplidos. El teléfono sonó por tercera vez durante esa tarde, pero tampoco obtuvo respuesta en el interior del vehículo.

Ella guardó el móvil en su bolso y apagó su cigarro en un cenicero que rebosaba preguntas que nunca obtendrían respuesta. Después pagó el café de ambos y un tercero que había solicitado al camarero y que dejó marchitar sobre la mesa. Aún humeaba cuando abandonó el local después de recoger la maleta que había permanecido acompañándola bajo sus pies. Al doblar la esquina de la calle, y antes de perderse entre la turba que se dirigía hacia el metro, se enfundó la gabardina y ocultó sus lágrimas bajo el paraguas sabiéndose nuevamente La Otra.

Al llegar a casa, Él cerró la puerta tras de sí sin apenas hacer ruido y besó la mejilla de su esposa con tibieza. Ella fingió sorprenderse, pero continuó cocinando como si tal cosa.

-Te he dicho mil veces que no me des esos sustos –le reprochó aliviada-. Por cierto…, llegas tardísimo. ¿No te habrás quedado tú sólo en la oficina… como siempre?

-Esta vez no: una reunión –se excusó Él despojándose de maletín, chaqueta y corbata.

-Te está esperando, ¿sabes?

- Sí, he visto los mensajes. ¿Aún no se ha dormido?

-No. Está nerviosa –Ella se giró hacia Él con una copa de vino en cada mano, pero Él caminaba ya por el pasillo en dirección al dormitorio.

La niña cerró los ojos al asomar su padre por el quicio de la puerta, pero no pudo disimular la sonrisa y se giró descubriendo el flanco de las cosquillas. «¡Que se tiene que dormir!», se le escuchó decir a Ella tras las primeras risas, pero la batalla continuó aún largo tiempo.

-¿Y cuál se te ha caído? –preguntó el padre durante la tregua. La cría iluminó su carita de ángel y sus ojos se rasgaron hasta el infinito. Él recordó la primera vez que se vieron en el orfanato, el largo viaje en compañía de su esposa y la creencia de que todo cambiaría con su presencia, aunque siempre pensara que jamás llegaría a quererla por no ser sangre de su sangre: «cariño, sí, pero nada más».

-Éste. ¿Lo ves?

-¡Pero si es un colmillo! –Él se abalanzó sobre su hija cuál vampiro reanudándose las risas.

-¿Tú qué crees que me traerá el ratoncito? –preguntó la niña.

-Pues… una moneda, ¿qué si no? –la cría torció el gesto-. Anda, duérmete que si no tu madre me mata.

-¿Y no se le pueden pedir deseos?

-¡¿Como si fuera el genio de la lámpara?! -el padre no pudo contener la carcajada.

-No te rías, tonto -se quejó la niña cruzándose de brazos y dándole la espalda.

-Vale, no me río -dijo Él recomponiendo el gesto -. ¿Y qué ibas a pedirle? -preguntó intrigado- Espera… ¡no me lo digas!, que entonces no se cumplirá. Venga, duérmete -le dijo sonriendo.

-Vale, pero cuéntame un cuento primero.

-No, que es tarde –dijo Él mientras le arropaba por enésima vez.

-Pues volveré a reírme y mamá se enfadará contigo –Él la miró y dejó de sonreír. Después se levanto de la cama y apagó la luz antes de abandonar la habitación.

-Hasta mañana, Jun.

-Hasta mañana, papá.

La niña aguantó su desesperanza apenas dos segundos.

-¿Papá?

-¿Qué? -dijo Él volviendo sobre sus pasos y encendiendo de nuevo la luz.

-¿Te has enfadado?

-No.

-Sí. Te has enfadado –se dijo la niña cabizbaja.

-Te he dicho que no me he enfadado. Estoy… un poco triste, nada más -le dijo Él acercándose nuevamente a la cama.

-¿Y por qué estás triste?

-Cosas de mayores.

-¡Ya sé! –dijo Jun- te daré mi diente para que lo guardes tú bajo la almohada y le pidas el deseo al ratoncito Pérez.

Ella había escuchado toda la conversación desde el pasillo y no pudo contener su incertidumbre.

-¿Y qué vas a pedir? –le preguntó a Él mientras se acercaba hacia la puerta. Ambos paladearon sus reflexiones como tantas noches habían hecho en el interior de su cama, espalda contra espalda: Ella perdida en el norte, Él confuso en el sur. Pero esta vez se miraron, durante largos y silenciosos segundos hasta que Jun les interrumpió.

-No puede decirlo, mamá, o no se cumplirá.

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  • 14 de Noviembre de 2012 a las 19:54

El nuevo socio


Bienvenido, seor Anderson, a nuestro humilde Club de Caballeros. Como comprender, al ser un club tan exclusivo, no le hemos podido revelar nuestra ubicacin exacta; pues, aunque le haya recomendado un antiguo miembro, toda medida es poca.

Espero que el vino sea de su gusto, el tinto es siempre el mejor para la carne. Me atrevera a sugerirle la carne de lomo, que es muy suculenta o quiz un trozo de pierna, nuestro cocinero hace una salsa deliciosa. Algunos de nuestros miembros prefieren algo preparado tipo carpaccio y alguna pieza extica como el corazn o el hgado; pero el primero es demasiado correoso para m y el segundo muy fuerte. Es difcil encontrar piezas con hgados en buen estado, me dan escalofros slo de pensar en la alimentacin de hoy da.

Veo que est inquieto, quiz sea la emocin de estar entre nosotros la primera vez; quiz, que lleva sin degustar unos platos tan exticos como los que se sirven en nuestro restaurante mucho tiempo, todo sabemos que son manjares de difcil acceso. Quiz se debe a que usted es slo un escritorzuelo de tres al cuarto que cree que, por el hecho de haber contado sus experiencias en un club de sadomasoquismo, puede hacerse el justiciero y contar las intimidades de un club de amantes de la carne humana.

No, por favor, no monte una escena. Nuestra clientela es harto sensible y un escndalo podra incomodarlos sobremanera. Le reconozco su labor de investigacin, aunque nosotros ya estbamos al tanto de que, tras su xito con los clubes sadomaso, quera alcanzar cotas ms altas. Lamento decirle que le pusimos un anzuelo y usted lo mordi con ganas, seor Anderson.

Como compensacin por su osada y su ambicin, le obsequiar con dos historias: la primera, la de cmo descubr mi aficin al canibalismo. No es una historia digna de ser recordada, ni creo que le vaya a gustar, pero usted ha sido el que se ha empeado en investigar y dar a conocer al resto del mundo los entresijos ms oscuros del ser humano.

Hace mucho tiempo, fui soldado; la guerra en la que combat no tiene importancia, ni tampoco el bando al que perteneca. Slo le dir que mi compaa y yo guardamos durante un largo y crudo invierno una posicin estratgica y lo hicimos sin refuerzos ni ninguna clase de ayuda material. Estbamos solos contra el mundo, nosotros y los prisioneros que habamos tomado. Nos dijeron que les interrogramos acerca de ms enclaves enemigos, de su estrategia, las armas secretas del ejrcito... aquellos pobres diablos haban sido abandonados a su suerte como nosotros, pero ellos tuvieron la desgracia de haber sido capturados por el enemigo.

Las semanas pasaban y, aunque intentbamos cazar, cada vez nos quedaban menos municiones y tenamos que ir ms lejos. Al final, nos rendimos a la evidencia y decidimos recurrir a la carne disponible ms cercana. Por supuesto, muchos se opusieron, sobre todo al principio. Pero, tras meses de escasez, todos se rindieron a la evidencia. As que cogimos a uno de los prisioneros con la excusa de que haba intentado escaparse, lo matamos, lo descuartizamos, lo cocinamos y nos lo comimos. Todos sabamos que estbamos comiendo carne humana y que estaba mal, pero con el hambre que tenamos nos lanzamos a comernos nuestras raciones y no dejamos nada en el plato.

Aquella noche muchos lloraron en sus literas y alguno incluso vomit despus de haber comido. Yo pas la noche en vela, sin querer dormirme, porque haba comido la carne ms deliciosa que haba comido jams, aunque para mis adentros me repeta que era porque llevbamos mucho tiempo sobreviviendo a base de galletas y carne reseca.

Seguimos intentando cazar, no obstante, pero el invierno no pareca querer irse nunca y haba semanas en las que no encontrbamos nada con que alimentarnos a nosotros ni a los prisioneros. As que volvimos a la celda donde los tenamos encerrados y elegimos a otro infeliz. Yo me repeta a m mismo que en realidad les hacamos un favor, puesto que era mejor morir rpido que ser torturado durante meses.

Por fin, llegaron los suministros y tras un par de aos, acab la guerra. Volv a casa con honores, pesadillas que me atormentan de por vida y una obsesin: disfrutar del bocado ms exquisito que ningn cocinero de prestigio haba osado cocinar. Durante aos, luch contra el impulso de salir completamene e la sociedad, aunque con las atrocidades que haba visto en la guerra ya me senta fuera de ella. Pero al final, el ser humano es dbil y volv a degustar la carne humana, aunque no pude hacerlo con tranquilidad hasta que fundamos este club.

Ahora que ya tiene su historia, seor Anderson, voy a contarle la segunda. En esta, usted ser protagonista, as podr tener ese best-seller que tanto anhela. En esta historia, el despiadado monstruo que le retiene le llevar a una espeluznante sala de despiece llena de horribles instrumentos cortantes. All, le desnudarn y le ordenarn que seale una parte de su cuerpo; esa mano, pie... lo que elija, se lo comer el monstruo delante suyo, una vez se haya recuperado del desmayo producido por el dolor, pues no utilizaremos anestesia para no contaminar su delicioso sabor. Aunque he de decir que debera cuidar ms su alimentacin, pero nada es perfecto.

Tras este ritual, que no durar ni medio da, usted saldr de aqu y volver con su mun cauterizado a su pretencioso apartamento donde llorar y se lamentar durante meses, pero ser un hombre rico gracias a su historia, un buen intercambio, no cree?
DanielTurambar
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  • 15 de Noviembre de 2012 a las 22:04
Finaliza, aquí, la recepción de relatos, siendo todos candidatos a llevarse el primer premio. Puedes descargar una versión PDF aquí:http://www.bubok.es/libros/219708/XCII-Edicion-del-concurso-de-relato-TABUES

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

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